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CAPITULO
III
CUADROS DE VIAJE
Una hipótesis filológica !La
vida del boga y sus peligros Principio del viajeConsejos é
instruccionesLos vaporesLas chozasAspecto de la naturalezaLas
tardes del Magdalena Calma soberanaLos mosquitosLa confección del
lechoBaño rusoEl sondajeDías horribles. Los compañeros de á
bordoUn vapor !Decepción Agonía lentaPor fin !El Montoya-- Los caimanessus costumbresLa plaga
del Magdalena-CombatesMadres sensiblesGuerra al caimán.
Me inclino á creer que el nombre de
burro dado á la unidad de medida de la leña,
respondía al principio, á la cantidad de la misma que uno de esos simpáticos animales
podía cargar. En cuanto á hoy, no hay burro que
pudiera moverse bajo uno de sus homónimos.
Un vapor cualquiera en el Magdalena
gasta de cuarenta á cincuenta burros de leña diarios; el Antioquia consume el doble, pero en cambio anda la
mitad menos que los demás. Es, pues, muy dura la vida de los marineros á bordo del
insaciable vapor, que cada dos horas se arrima á la orilla, se amarra fuertemente para
poder resistir á la corriente que lo arrastra, y empieza á absorber leña con una
voracidad increíble. Cuando la operación se
practica en las deliciosas horas de la
mañana, los pobres bogas saltan de contento; pero repetida durante el día con
frecuencia, dentro de aquella atmósfera incandescente, bajo un sol de que en nuestras
regiones es difícil formar idea, constituye un martirio real. Una larga plancha une al
buque con la orilla, á guisa de puente. Los marineros, desnudos de medio cuerpo, con una
bolsa sujeta en la cabeza, cayendo sobre la espalda como un inmenso capuchón, bajan á
tierra, reciben en el espacio comprendido entre el cuello, el hombro y el brazo izquierdo,
una cantidad increíble de astillas, las sujetan con una cuerda, amarrada en la muñeca de
la mano. libre, y, cediendo bajo el peso, trepan laboriosamente al vapor y arrojan su
carga junto á las hornallas. Los que alimentan á éstas se llaman candeleros, por una curiosa analogía.
A veces el río ha crecido y los
depósitos de leña se encuentran bajo las aguas, teniendo los bogas que trabajar con la
mitad del cuerpo sumergido. Rara es la ocasión, cuando trabajan en seco, que no se
interrumpan para matar las víboras sumamente venenosas que se ocultan entre la leña.
Pero cuando ésta se encuentra bajo el agua, no tienen defensa, estando á más, expuestos
á las picaduras de las rayas....
Por fin, despachados, nos pusimos en
movimiento. Empezaba el duro viaje bajo una sensa
ción compleja que mantenía mi espíritu
en esa inquietud nerviosa que precede á un
examen
en la adolescencia, á un duelo en la juventud, á un momento largamente esperado, en
todas las edades. En primer lugar, una curiosidad vivaz y ardiente; luégo, la idea de que
cada hora de marcha me alejaba tres de la patria, y, fuera de los estremecimientos del
cuerpo por los martirios físicos que entreveía, graves preocupaciones que respondían á
mi posición oficial, que no tiene nada que hacer con estas páginas íntimas.
Así que supieron nuestra
posición y destino algunos pasajeros que iban á puntos próximos, me dejaron ver una
franca y sincera conmiseración. Uno de ellos, caballero colombiano, perfectamente culto y
cortés, como todos los que he encontrado en mi camino, me preguntó inquieto si yo tenía
noticia de lo que era la navegación del Magdalena, y cómo, en caso afirmativo, había
cometido la chambonada de embarcarme en el Antioquia. "Porque ha de saber usted,
prosiguió, que cada uno de los vapores que recorren el río desde Barranquilla á Honda,
tiene su reputación particular, sus condiciones propias, perfectamente conocidas de
todo el mundo. Así, yo no me embarcaría en el Antioquia
ni en el Mosquera por nada en el mundo, si
tuviera que hacer un viaje largo. Para eso tenemos el Victoria, el Montoya, el Inés
Clarke, el Stephenson Clarke, cuyo silbato
le ha merecido el popular apodo de Quiquiriqui,
el Roberto Calixto, etc. Esos pasan
siempre, aun sobre los regaderos más temibles,
á causa de su poco calado, y en los chorros con
un simple cable están del otro lado. En cuanto al trasborde que les han prometido, le
confieso que no tengo esperanzas, porque aquí los directores proponen y el río dispone.
Yá está usted embarcado y no hay remedio: prepárese á pasar días muy duros, no tome
agua pura, no coma frutas, no abuse del brandy y trate de tener el espíritu sereno. »
Las últimas recomendaciones,
especialmente aquella de que debía apartarme del brandy, mi único alimento, y la que me
imponía la serenidad intelectual, eran tan difíciles de cumplir como fáciles de hacer.
Me preparé lo mejor que pude á afrontar el porvenir y puse en juego todos los resortes
de mi energía.
No fatigaré al lector recordando
uno á uno los puntos donde el vapor se detuvo durante los tres primeros días, sea para
tomar la eterna leña, sea para pasar allí la noche. He dicho yá, y lo repito, que las
orillas del Magdalena presentan un aspecto esencialmente primitivo; los pequeños
caseríos que se encuentran, no dan la más ligera idea de la vida civilizada. En chozas
abiertas á todos los vientos, viven hacinados, padres, hijos, mujeres, hombres, y
animales, muchas veces. Los niños, corriendo por las
márgenes, completamente desnudos,
tienen un aspecto salvaje. No hay allí recursos de ninguna clase; muchas veces he bajado
y viendo huevos frescos, he querido adquirirlos á cualquier precio. Con una calma
desesperante, con apatía increíble contestan: No son para vender; y es
necesario renunciar á toda insistencia, porque el dinero no tiene atractivo para esa
gente sin necesidades.
La naturaleza cambia lentamente á
medida que avanzamos; al principio, el río ancho y majestuoso, corre entre orillas de un
verde intenso, pero la vegetación, si bien tupida y lujosa, no alcanza las proporciones
con que empieza á presentarse á nuestros ojos. A la izquierda, vemos el cuadro
inimitable de la Sierra Nevada, que, cruzando el Estado del Magdalena, va á extinguirse
cerca del mar. Sus picos, de un blanco intenso é inmaculado, se envuelven, al caer la
tarde, en una nube rosada de indecible pureza. Al occidente, el espacio, libre de
montañas, nos deja ver las puestas de sol mas maravillosas que he contemplado en mi vida.
Irnposible describir ese grupo de nubes incandescentes y atormentadas, con sus franjas
luminosas como una hoguera, su fondo de un dorado pálido, inmóviles sobre el horizonte,
disolviendo su forma y su color con una lentitud que hace soñar. Todos los tonos del iris
se reproducen allí, desde el violeta profundo, que arroja su nota con vigor sobre el
amarillo transparente, hasta el blanco que
hiere la pupila interrumpiendo la
serenidad del azul intenso de los cielos. Nunca, lo repito, me fue dado contemplar cuadro
tan soberanamente bello, ni aun en medio del Océano, cuando se sigue al sol en su
descenso, formando uno de los vértices de aquel triángulo glorioso de Chateaubriand, ni
aun entre las gargantas de los Andes, sobre las que cae la noche con asombrosa rapidez y
que quedan envueltas en la sombra, mientras las cumbres vecinas brillan bajo los rayos del
sol, lejano aún, antes de dar su adiós á nuestro hemisferio.
ˇQué calma admirable la que sucede
á ese instante solemne! La naturaleza parece recogerse para entrar á la región serena
del sueño. El río sigue corriendo silenciosamente; en los bosques impenetrables de la
orilla, donde el buque acaba de detenerse, no se oyen sino los apagados silbos melódicos
del turpial que llama á su compañera; hasta las enormes y vistosas guacamayas, con su plumaje irisado, llegan en
silencio y buscan entre las ramas el nido que pende de la copa de un inmenso caracolí,
mecido por las lianas que lo sujetan. De tiempo en tiempo, el rumor de un eco en el
niterior de la selva y luégo de nuevo la paz callada, extendiendo su imperio sobre todo
lo creado. . .
La suave y deliciosa quietud dura
poco; un ejército invisible avanza en silencio y un instante después se sienten
picaduras intensas en las manos, la cara, en el cuerpo mismo, al través de las
ropas. Son
los terribles mosquitos del Magdalena que hacen su temida aparición. No corre un hálito
de aire, y es necesario buscar un refugio, a riesgo de sofocarse, contra aquellos
animales, que en media hora más nos postrarían bajo la fiebre. Hé ahí uno de los
momentos de mayor sufrimiento. Se tiende el catre en cubierta y sobré él un espeso
mosquitero, cuyos bordes se sujetan bajo la estera que sirve de colchón. En seguida, con
precauciones infinitas, se desliza uno dentro de aquel horno, teniendo cuidado de ser el
único habitante de la región comprendida entre el petate y el ligero lienzo protector.
Luégo se enciende una panetela de puro
Ambalema, cigarro de una forma análoga á los de paula
y hecho del exquisito tabaco que se encuentra en el punto indicado y que, en la
categoría jerárquica, viene inmediatamente después del de la Habana. Allí empieza un
indescriptible baño ruso; el calor sofocante, pesado, mortal, aleja el sueño é impide
á la imaginación esos viajes maravillosos que suelen compensar el insomnio y á los que
excita allí la bella y serena majestad de la noche.
A la mañana siguiente, apenas
apunta el alba, de nuevo en camino. A la hora de marcha, se oye la campana del práctico,
la máquina se detiene y los contramaestres á proa comienzan á sondar. El Antioquia necesita para pasar cinco pies y medio
por lo menos. Nos precipitámos todos ansiosos a
proa y tendemos ávidamente el oído,
á los gritos de los sondeadores.iNo hay fondo! Nueve pies! Ocho
escasos !Seis largos! Las fisonomías empiezan á oscurecerse.Seis
fallos!-Malo, malo!Cinco pies y medio! El buque empieza á sobarse, esto es, á deslizarse lentamente sobre
la arena y de pronto se detiene.Para atrás! Desandámos lo andado, hacemos una,
dos, tres nuevas tentativas: inútil! El río se ha regado
de una manera extraordinaria y el canal debe haber variado de dirección con el
movimiento de las arenas. De nuevo á la costa y á amarrar. El práctico toma una canoa y
se lanza á buscar pacientemente el paso por médio de sondajes.
Qué días horribIes aquellos en que,
arrimados á la orilla, con el sol tropical cayendo á plomo, sin el más leve
movimiento del aire y bajo una temperatura que á la sombra alcanzaba á 38 y 39°
centígrados, vagábamos desesperados, sin un sitio donde amparamos, tostados por la
irradiación de la caldera, transpirando á raudales, con el rostro icandescente, los ojos
saltados, la sangre agitada. . . y sin más recurso que un vaso de agua tibia con
panela
(1)
ó brandy! Nunca se me borrará el recuerdo de aquellas botas que no creía pudiera
soportar él cuerpo humano... Entra una desesperación infinita, la voluntad decae, la
bestia recupera todo su predominio y cruzan ideas de lucha, de protesta, deseos de
arrojarse al río, á pesar de los caimanes ó de pegarse un tiro y acabar con aquel
martirio sin gloria, sin excitación moral, sin
propósito alentador!
Los días se sucedían en esa
agradable existencia, sin que el pequeño vapor que debía transbordarnos y arrancarnos de
aquel infierno, dejara ver sus humos en el horizonte. Habíamos avanzado algo, gracias á
la habilidad del práctico que logró encontrar un pequeño paso, pero fue para detenernos
un poco más arriba de Barrancabermeja, donde definitivamente nos amarrámos con cadenas
á los troncos enormes de la orilla, se apagaron los fuegos y quedámos á la gracia de
Dios. Así estuvimos tres días. Los pocos pasajeros á quienes tan ruda jornada había
tocado, éramos, como creo haberlo dicho yá, el profesor suizo, un joven de Bogotá,
García Mérou y yo. Además, venia una rarísima mujer, colombiana de buena familia, pero
que en Francia habría pasado por tener una colección de arañas aut plafond. No salía para nada de su camarote y
á veces entreveíamos su cara, horrible y roja por el calor, asomarse á la puerta,
respirar un momento y volver al antro. Volví á encontrarla más tarde á poca distancia
de Honda; había emprendido á pie el camino de Bogotá y me cóstó un
triunfo hacerla aceptar
lo necesario para procurarse una mula.
ˇUn vapor! un vapor! gritó azorado
un muchacho, señalando, detrás de un recodo del río, una débil columna de humo que se
dibujaba en el azul trasparente del cielo. Fue una revolución a bordo; en vano procuré
detener al suizo, explicándole que, aun cuando el buque anunciado fuera el que con tánta
ansia esperábamos, tendríamos un día y medio ó dos que pasar en aquel punto, mientras
se hacía el trasbordo de las mercaderías. En vano! El suizo se había precipitado á su
camarote y hacía sus maletas con una velocidad increíble... El vapor apareció;
pero como todos tienen un corte igual, es necesario esperar á oir el silbato para
distinguirlos.
Sería el Victoria? Sería el Calixto? En ambos casos estábamos salvados. Algo
como la tos prolongada de un gigante resfriado, algo como debe ser el quejido de una
foca á la que arrebatan sus chicuelos, llegó á nuestros oídos y tódos los
muchachos del servicio de á bordo gritaron en coro:
El Montoya! Es necesario saber que, siendo el Montoya de la misma compañía y teniendo nosotros
la bandera á media asta en popa, lo que equivalía á pedirle se detuviera, éranos
lícito regocijarnos en la esperanza del trasbordo.
En un instante el Montoya, deslizándose sobre las aguas á favor de
la corriente, con una veloci
dad dé 15 ó 16
millas por hora, llegó á nuestro lado y
manteniéndose sobre la máquina, éntabló correspondencia. Trasbordo imposible. Cargado
hasta el tope de bultos de quina. Victoria viene
atrás. Y de nuevo en marcha, perdiéndose en la primer encrucijada del río, haciéndonos
oir, como una carcajada, su antipático silbido. Nos mirámos á las caras: nunca hé
visto la desesperación más profundamente marcada en rostros humanos....
żA qué insistir en la agonía de
aquellos días como no he pasado, como no volveré á pasar jamás semejantes en la vida?
Hacía dos semanas que estábamos en el Antioquia, con
la mirada invariable al Norte, esperando, esperando siempre, cuando la misma tos de
gigante resfriado, el mismo quejido de foca desalada, se hizo oír al Sud. Era el Montoya que había tenido tiempo de llegar hasta
cerca de Barranquilla, dejar su carga en su puerto y tomar los pasajeros del Confianza que, temeroso de la suerte del Antioquia, no se atrevía á remontar el río. Esta
vez respirámos libremente y una hora después estábamos en la cubierta del Montoya, en cuyo centro una gran mesa, cargada de
rifles, escopetas, rémíngtons, anteojos, y rodeada de cómodas sillas, nos produjo la
sensación de encontrarnos en el seno del más refinado sibaritismo.
Los grandes sufrimientos del viaje
habían pasado. El Montoya era un vapor chico,
pero limpio, más fresco que el Antioquia, y
aunque el inmenso número de pasajeros que venían en él nos impidió tener camarotes,
esto es, un sitio donde lavarnos y mudarnos, era tál la satisfacción de poder continuar
el viaje, que no nos hizo mayor extorsión la toilette
obligada al aire libre y un poco en común.
Había una colección completa de
pasajeros, gente agradable en su mayor parte. Senadores y diputados, que iban á Bogotá
para la apertura del Congreso, jóvenes ingenieros americanos para los trabajos de los
ferrocarriles de Antioquia, uno de los cuales, hombre robusto, sin embargo, venía doblado
por la fiebre palúdica tomada en el viaje; negociantes franceses é ingleses; touristes devuelta, y por fin, la familia entera
del ministro inglés, compuesta de su señora, tres niños, dos jóvenes maids inglesas, chef maítre dhótel, qué sé yo! La
armornía, las buenas amistades se entablaron pronto y sólo entonces empecé realmente á
gozar de las bellezas idescriptibles de aquella naturaleza estupenda.
Pasábamos el día guerreando á
muerte con los caimanes. No he hablado aún de esos huéspedes característicos del
Magdalena, porque durante mi inolvidable permanencia en el Antioquia, creo no haberles dispensado una
mirada.
Es el alligator, el cocodrilo del Nilo y de algunos ríos
de la India, el yacaré de los nuéstros, pero
de dimensiones colosales. Parecíame una exageración la longitud de cinco á seis metros
que asigna á algunos un viajero francés, M. André;
pero después de haber observado
millares de caimanes, puedo asegurar que, en realidad, hay no
pocos que alcanzan á ese
enorme tamaño. He visto á algunos cruzar lentamente las aguas del río; vienen
precedidos de una nube constante de pescados que saltan fuera del agua, como en el mar, á
la aproximación de un tiburón ó de una tintorera. Pero en general, sólo se les ve en
las playas arenosas que deja el río á descubierto cuando desciende.
Están tendidos en gran número: he
contado hasta sesenta en un pedazo de playa que no tendría más de unos cien metros
cuadrados. Inmóviles como si se hubieran desprendido de la cornisa de un templo egipcio,
mantienen la boca abierta cuan grande es, hacia arriba. En esa posición, la boca forma un
ángulo, cuyos lados no tienen menos de medio metro. Los he visto permanecer así durante
horas enteras; el olor nauseabundo de su aliento atrae á los mosquitos que se
aglomeran por millones sobre la lengua; cuando una fournée
está completa, el caimán cierra las fauces con rapidez, absorbe los inocentes
visitantes y de nuevo presenta al espacio el temible é inmundo ángulo.
El caimán es la plaga del
Magdalena; cuando algún desgraciado boga, bañándose ó cayendo de su canoa, ha
permitido á uno de esos monstruos probar el perfume de la carne humana, la comarca entera
tiembla ante el caimán cebado; anfibio como es,
salta á la playa, se desliza por las arenas con las que confunde su piel escamosa y pasa
horas enteras acechando un niño ó una mujer. Cuántas historias terribles me contaban en
el Magdalena de las luchas feroces contra el caimán, del valor salvaje de los bogas que,
semejantes á nuestros indios correntinos, se arrojan al río con un puñal y cuerpo á
cuerpo vencen al saurio! A su vez, el caimán suele ser sorprendido en sus siestas de la
playa, por los tigres y pumas de los bosques vecinos. Entonces se traba una lucha
admirable, como aquellas que los romanos, los hombres que han gozado más sobre la tierra,
contemplaban en sus circos. El caimán queda generalmente vencedor, pues su piel
paquidérmica lo hace invulnerable á la garra y al diente del agresor. Pero lo que un
tigre no puede, lo consigue una vaca ó un novillo; cuando éstos atraviesan á nado el
río, pasando, en el bajo Magdalena, del Estado de Bolívar al que lleva el nombre del
río y que ocupa la margen derecha, ó viceversa, si el caimán los ataca, levantan un
poco la parte anterior del cuerpo y hacen llover sobre el
agresor una lluvia de puñetazos con sus córneas pezuñas, que lo
detiene, lo atonta y acaba por ponerlo en fuga....
Se ha hecho el cálculo que, si
todos los huevos de bacalao que anualmente ponen las hembras de esos antipáticos
animales, se consiguieran, la sección entera del Atlántico comprendida entre la América
del Norte y la Europa, se convertiría en una masa sólida. Otro tanto podría suceder en
el Magdalena con los caimanes.
El caimán es ovíparo; la hembra
pone una inmensa cantidad de huevos, grandes y duros como piedra, que entierra entre la
arena. Llegada la época conveniente, la sensible madre se coloca con la enorme boca
abierta al lado del sitio que empieza á escarbar; los pequeñuelos, que yá han
abandonado la cáscara, saltan á medida que se despeja la arena que los cubría. Unos dan
el brinco directamente al río; otros, pergeños ignorantes de las costumbres de su raza,
saltan del lado de la enorme boca materna que los recibe y los engulle en un segundo. Se
calcula que la caimana se come la mitad de sus
hijos. Luégo, la piedad maternal la invade y semejante á la Niobe antigua, deja correr
dos lágrimas por sus hijos tan prematuramente muertos. Una vez en el agua, reúne la
prole salvada y no hay madre más cariñosa!
Qué odio por el caimán! Con qué
alegría los bogas marineros, descubriendo con su mirada avezada una turba de cocodrilos
sobre un arenal lejano, nos daban el grito de alerta! Cada uno toma su fusil, elige su
blanco y á un tiempo se hace fuego.
Las armas que
se emplean son carabinas Rémíngton, Spencer, Winchester, etc. Nada resiste á la bala;
el caimán herido, abre la boca más grande aún, si es posible, que cuando se ocupa en
cazar mosquitos, levanta la cabeza, la sacude frenético y se arrastra, muchas veces
moribundo y cubierto de heridas, pues la lentitud de sus movimientos permite hacerle fuego
repetidas veces, para ir a morir en el seno de las aguas ó en su cueva misteriosa.
CONTINUAR
INDICE
1.
Panela,
el azúcar
sin clarificar, una masa negra, algo
como nuestro masacote, y uno de los principales
alimentos en la Costa.
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