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Resolvimos dejarlos atrás y
seguimos la marcha, cruzando por Villeta como una tromba. Me habían dado un excelente
caballo, habituado á la montaña, y el compañero montaba una mula escogida. Cada vez que
divisábamos un camino medianamente plano, galopábamos hasta que la subida sofocaba á la
bestia ó el descenso nos advertía que no estaba lejano el momento de rompernos la nuca.
Qué cuesta aquella para salir del
valle profundo de Villeta y traspasar la montaña que lo rodea!
Parece imposible conseguirlo sin
mulas; el camino es malísimo, poco más ó menos como el nuestro de Mendoza a Uspallata,
en los Andes argentinos; pero en cambio el lujo salvaje de la vegetación reposa la vista
y los hilos de agua que descienden entre flores y follaje alegran el paisaje. El diferente
andar de los animales nos había hecho separar unos cincuenta metros del compañero,
cuando éste me alcanzó rápidamente y dándome la voz de alarma, me mostró un denso nubarrón que avanzaba cubriendo el
cielo, pocos momentos antes sereno y deslumbrador como una placa reflectora. No tuvimos
tiempo más que para desprender la inmensa capa de caucho que arrollada llevábamos á
la grupa y envolvernos en ella, levantando el capuchón. La lluvia se descolgó,
una de aquellas lluvias torrenciales de los trópicos que dan una una idea de lo que
debió ser el formidable cataclismo que inundó el mundo primitivo. Avanzábamos siempre,
las bestias con la cabeza entre las manos y nosotros, silenciosos, inclinados sobre
la cruz, cegados por el agua que nos batía el rostro como por bandas compactas y mecidos
más que aturdidos por el chocar de la lluvia contra los árboles. No eran gotas, era un
raudal seguido y espeso; las piedras del camino lavadas y pulidas, se hacían resbalosas y
las bestias marchaban con una prudencia infinita. El diluvio duró un cuarto de hora; de
pronto el sol brilló de nuevo, los árboles sacudieron las últimas perlas suspendidas en
sus cabelleras, el azul del cielo apareció más intenso y el coro de los insectos entonó
da capo su eterna sinfonía...
Eran las tres y cuarto de la tarde
cuando Ilegámos á la plaza de Guaduas, que aún aguardaba la estatua de
la Pola
(1)
, la más noble entre las hijas del Valle. En
media jornada habíamos hecho el camino en que yo empleara dos á la venida; verdad que
habíamos andado como chasquis y que la gente
á quien comunicábamos la hora de nuestra salida de Los Manzanos, no podía creernos. Mi
compañero me propuso llevar á cabo la hazaña de ponernos en un día desde la Sabana á
Honda lo que haría nuestro viaje legendario. Acepté por pura botaratería, porque no sólo me era igual si no preferible llegar al
Magdalena un día después, para tomar inmediatamente el vapor, evitándome así una noche
en Bodegas de Bogotá, noche que se me presentaba bajo un aspecto poco risueño.
Pero en el momento de resolverlo,
alcanzámos una numerosa caravana que, en orden de uno por fila, caminaba lenta y
pausadamente bajo aquel sol de fuego que impulsaba á acelerar la marcha, Eran los
señores Cuervo, (de uno de los que he hablado yá, que iban á tomar el vapor,
acompañados de varios amigos. Pensaban pasar la noche en Guaduas. A más, al llegar al
bonito hotel del Valle, del único que tenía buenos recuerdos de todos los de la ruta,
vi en la puerta á las
Sritas.Tanco que también iban á Europa. Ante la perspectiva de una buena noche, en
agradable compañía, renuncié a mi inútil y quijotesco proposíto de llegar a Honda en
el mismo día. Mi compañero, que iba á reunirse con su familia, insistió y siguió
viaje. Después supe que había tenido que hacer noche en una
choza próxima al Magdalena, pues la oscuridad lo
había obligado á detenerse.
Entretanto paso el día, llegó la
tarde y mi rubio tuerto, mi sabanero, portador
de mi maleta más importante, no aparecía. Cuando á la mañana siguiente, todo el mundo
en pie después de una noche de reposo, se preparaba para montar á caballo, constaté con
una cólera indecible que mi tuerto maldecido brillaba aún por su ausencia. Resolví
continuar el viaje, porque
retroceder era
inutil y, á más de indagar en el camino si me había precedido, hacer jugar el
telégrafo una vez llegado a Honda.
Mientras marchábamos por los duros
despeñaderos, no podía menos que admirar la resolución y la voluntad de aquellas tres
criaturas delicadas, habituadas á todas las comodidades de la vida, que iban á mí lado
sonrientes y conversadoras bajo un sol de friego, al insoportable movimiento de la mula.
El Sr.Tanco sonreía y me recordaba que en su juventud salir á la Costa era una cuestión
mucho más grave que hoy. En vez del vapor que íbamos
á encontrar en Honda, había que
meterse bajo el toldo de paja de un champán, toldo
de media vara de alto, que sólo permitía la posición horizontal. Los negros bogas
corrían sobre él, medio desnudos, soeces, salvajes en sus costumbres
...
y esa vida, sobre todo cuando
se trataba de subir el río, duraba meses enteros!
Cada cuarto de hora me detenía en la
puerta de ranchos extendidos sobre el camino y comenzaba mi eterna cantilena: ¿Ha
visto pasar un mozo rubio sobre una mula baya? etc. En una de esas tentativas, una
buena mujer me contesto que en la tarde del día anterior había pasado un sabanero tuerto, con la mula cansada. No cabía
duda, era el mio. Pero para mayor tranquilidad (tenía todo mi dinero y papeles en la
maleta que llevaba mi sirviente, lo que creo explicará mi inquieud) resolví
adelantarme solo y piqué mi caballo. El sol caía á plomo y próximo yá al valle del
Magdalena, el calor se hacía insoportable. A pesar de sus excelentes condiciones, mi
caballo empezaba á fatigarse y me detuve un cuarto de hora bajo un árbol. Allí ví
pasar un entierro de las campañas colombianas, cuyo recuerdo aún me hace mal. El muerto,
descubierto, con la cara al sol, era llevado sobre una tabla, á hombros de cuatro indios.
En Bogotá había visto yá entierros de niños en iguales condiciones, cuadro que deja
una impresión negra y persistente.... Pero yá que estoy descansando
bajo este árbol de
grata sombra, voy á contar á ustedes de los recuerdos de los Andes argentinos que cierta
correlación de ideas me trae á la memoria. Es la historia famosa D. Salvador el correo. Si es algo larga, cúlpese á la marcha
lenta en la montaña, que dá tiempo para narrar.
Viajaba
en la cordillera; hacia tres días que
estaba separado de los últimos vestigios de la
civiliización y montado en mi mula, de paso igual y
firme, atenta al peligro, ajena á la fatiga, avanzaba entre las gargantas de los
Andes argentinos, ya trepando un cerro en cuya cumbre rugían los vientos de los páramos,
ya siguiendo lentamente el cauce seco de un río que esperaba el deshielo para convertirse
en torrente. La senda era única é inerrable; la brújula, consultada con frecuencia por
mera curiosidad, me hacía ver las caprichosas direcciones del camino. Tan pronto la
bestia marchaaba al Norte, tan pronto al Sud y casi nunca al Oeste, que era el objetivo.
Avanzábamos derivando. Como al levantar campamentos antes de llegar el alba, mi mula era
la primera que estaba lista, tomaba siempre la delantera, mientras el guía y el mozo de
mano arreglaban los cargueros. Así marchaha hasta la mitad del día, solo, perdido en mis
pensamientos y dejando á veces escapar exclamaciones de sorpresa ante un cuadro cuya
salvaje grandeza me hacía detener á mi pesar. Era un cerro desnudo y esbelto, brillando
al sol como una placa de metal bruñido; una garganta, estrecha y sombría, como una
profunda herida de estileto en
el corazón de la montaña; una
cascada cayendo de golpe de una altura enorme, sin
gracia y sin majestad, con una majestad feroz; un río corriendo silencioso y
libre a cien metros bajo mis pies, en el seno de un cauce inmenso, de orillas
torturadas
por el torrente pasado, ó, por fin, u un valle muerto y helado, sin una
planta, sin un arbusto, sin un eco. Cuando el calor se hacia insoportable, me
detenía á la sombra de un peñasco saliente que nos abrigaba amenazando y esperaba allí
á los peones. Una hora después se sentía á lo lejos el rumor del cerro de las bestias
de carga, que no tardaban en aparecer en la cumbre vecina que yo mismo acababa de
cruzar, detenían allí un momento su paso cansado levantaban la cabeza al viento y
volvían emprender la marcha resignadas. En un instante el almuerzo estaba pronto,
salía á luz el charqui y los fiambres, el buen vino de Mendoza, el mate hacía los
honores de postre y, luégo de pasadas las fuertes horas del sol, emprendíamos nuevamente
la marcha (en la tarde. Los guías hablaban poco; de tiempo en tiempo una observación
sobre tal mula que se iba haciendo vieja ó una consulta para arreglar los sobornos de un carguero. A veces un canto
plañidero y monótono, una triste vidalita, pero
en general un silencio completo.
Una tarde el sol acababa de
desaparecer detrás
de una cumbre y á pesar de que la noche estaba lejos, las sombras
caían rápida mente sobre el valle profundo en que marchaba. No había hasta entonces
encontrado un solo viajero viniendo de Chile y como estaba completamente separado de la
vida activa de los hombres, deseaba saber las cosas que habían ocurrido en el Inundo
dinamite mi secuestro volunitario. Así, fue con viva satisfacción ritme vi aparecer en
la cumbre de un cerro un tanto alejado del punto en que me encontraba, un hombre que me
parecío cubierto de una armadura de oro y jinete en un caballo resplandeciente. Yo lo
miraba desde la oscuridad que á cada itistante se hacía más densa, y él recibía, en
ese momento de reposo en la altura, los rayos vivos del sol que lo iluminaban, dándole la
apariencia que producía esa viva ilusión á mis ojos. Aceleré cuanto pude el
paso de mi
montura, asombrada de aquella trasgresión de nuestro contrato, en la esperanza de
unirme
cuanto antes al viajero que debía darme las noticias tan deseadas. Pero el cerro estaba
lejos y él lo descendía lentamente al paso mesurado de la mula prudente, quien afianzaba
su pie con firmeza para reconocer la solidez de la senda. Los que viajan en las montañas
tienen siempre un sentímiento de gratitud á la mula, cuyo esfuerzo y vigilancia
atribuyen, en su vanidad, al respeto y cariño por la vida del hombre que conducen. No
podria la
mula contestarles como el marinero de
Shakespeare: None that I love more
than myself.?
(2)
Había llegado al término de mi
jornada de aquel día y al punto que mi guia había designado para pasar la noche, pues de
común acuerdo habíamos resuelto evitar las detestables casuchas llenas de insectos que
á largas distancias figuran como posadas en la cordillera. De todas maneras, como el
camino era único, mi hombre de Chile tenía forzosamente que pasar por él. Primero
llegaron mis guías, dscargaron lasbestias, las aseguraron bien y con las tablas de un
cajon de comestibles al que dimos fin esa tarde, hicieron un buen fuego. Nods
preparábamos á cenar, yo un tanto retirado de los peones, que nunca pudieron vencer su
humildada y cenar junto conmigo, á pesar de mi invitación, cuando desembocó de un
recodo mi caballero de la ardiente armadura. Los arrieron se levantaron inmediatamente y
saludando al recién venido por el nombre de "D. Salvador," salieron á su
encuentro. Nada de transportes; se dieron sencillamente la mano, á la manera gaucha, casi
sin oprimirla, contentándose con un contacto fugitivo. Por las miradas de D. Salvador,
comprendí que el guía hacia mi presentación y narraba las circunstancias por las cuales
había sido él mi acompañante principal. A mi vez, yo estudiaba un poco a D. Salvador
que acababa de echar pie á tierra
, aunque coservando
aún en la mano las riendas de su mula, pequeña, fuerte, de un color casi negro y vuelta
yá á la vulgaridad de su especie, después de los pasajeros resplandores de la cumbre.
Era D.
Salvador u hombre alto, delgado, con
toda la barba canosa y representando unos cinctuenta años, lo que servía de base para
calcularle diez ó quince más. Tenía los ojos grandes y claros; su traje era el que usa
generalmente el arriero de los Andes, un fuerte poncho, botas, un pañuelo al cuello y
otro cubriendo la cabeza y parte del rostro y sobre él un sombrero de paja.
Se acercó á mí, me saludó
descubriéodose, me dio todas las noticias que conocía y me dijo que era correo entre Mendoza y Santa Rosa de los Andes.
Siempre me han inspirado una simpatía profunda esos hombres valerosos cuyas filas clarea
cada rudo invierno de la Cordillera. Sus sueldos son mezquinos y hasta ahora no han sido
acusados de una sola infidelidad, llevando generalmente serios valores en sus valijas.
Durante los largos meses que la Cordillera está cerrada por las nieves, emprenden su
viaje á pie: algunos, después de quince días de luchas tenaces, llegan a su
destino,
extenuados, sin
voz, hechos pedazos y desnudos.
Se han abierto camino á fuerza de
perseverancia, desplegando ese valor solitario contra los elementos, que es el timbre más
alto del hombre, evitando los ventisqueros, guareciéndose tras una roca
contra la
avalancha que cae rugiendo, pasando á veces la noche bajo un morrtaja de nieve. Otros
quedan sepultados en las cumbres lívidas, y al primer deshielo, sus compañeros
piadosamente los restos de aquel que les muestra cómo acaba la triste ruta de la vida.
D.
Salvador
era de esos hombres; su voz ligeramente ronca revelaba que había pasado más de una noche
terrible entre los hielos. Lo invité á cenar y á pasar la noche con nosotros, puesto
que su jornada había concluído también. Al alba nos separaríamos y yo le daría cartas
para mi tierra. Aceptó gustoso, desensilló su mula, que unió á las nuéstras, puso las
valijas en un punto seguro, junto al cual tendió su cama y en seguida se acercó al
fogón y sentado en una piedra, empezó á charlar, siguienido atentamente los progresos
del fuego.
Entretanto, mi lecho de campaña
había sido también preparado; después de cenar, me tendí en él vestido, como tenía
costumbre, y encendiendo un buen cigarro, placer inefable en la Cordillera como en todos
los sitios salvajes, donde las delicadezas de la civilización adquieren un mérito
extraordinario, dejé vagar la mirada por los cielos y el alma por el inmenso mundo moral,
más grande aún que esa bóveda que me cubría. Pocas noches de mi vida recuerdo más
serena y más bella. Era un portento de calma; no corría el
menor viento y el silencio solemne
sólo se interumpía á ratos por uno de esos ruidos misteriosos y lejanos de la montaña,
que el eco suave reviste del acento de una queja apagada. A pocos metros corría con
imperceptible rumor un hilo de agua. Las estrellas tenían una claridad intensa y el ojo
se detenía extasiado ante su rápido y fugitivo fulgor. Los recuerdos venían y el sueño
se alejaba...
El guía se une acercó y me
dijo:No puede dormir, señor?No, pero no lo siento. La noche está muy
linda.¡¿ Por qué No toma un mate y hace hablar á D. Salvador? Es un viejo que
conoce medio mundo y que sabe más que Licurgo. Ha andado por Chile, Bolivia y el Perú, y
conoce palmo á palmo el terreno donde á esta hora han de estar peleando los ejércitos.
Me picó la curiosidad, me
incorporé en la cama y dije en voz alta: D. Salvador, si no tiene mucho sueño,
¿quiere acercarse un poco? Tomaremos un mate y charlaremos. D. Salvador se levantó
inmediatamente, hizo rodar la piedra en que se sentaba, hasta cerca de mí y sonriendo, se
sentó nuevamente.
Figúrese, D. Salvador, que
hace tres días largos que ando entre los cerros, solo y sin despegar los labios, porque
los otros se quedan siempre atrás.
Nosotros estamos
acostumbrados, señor. Pero
una vez, hace yá muchos años, yo también, en un viaje
largo, me fastidié de andar solo, encontré un compañero, que más vale no lo hubiera
encontra
do!
y me pasó un caso del que no me he de olvidar nunca.
¿Era un bandido?
No, señor; pero, si tiene
paciencia, le contaré cómo fue aquello, para que después usted lo cuente, aunque no se
le crean. Pero le juro que es cierto y si no, pregúntelo en el Perú, adonde dicen los
amigos que usted va.
Fue entonces que D. Salvador me
narró la curiosa aventura que á su vez puse por escrito apenas me fue posible, en mi
estilo llano y simple, no atreviéndome á imitar el lenguaje especial y pintoresco con
que el narrador la adornó.
D.
Salvador
era de San Juan; en su juventud, como peón, había recorrido casi todo el territorio de
la República conduciendo mulas de un punto a otro, á las órdenes de un capataz. Fue
así como se encontró en Salta, donde se entró á servir á un arriero viejo y conocido,
acompañándole á llevar una recua á Bolivia. Allí se quedó algunos años y luégo,
siempre en su oficio, pasó al Perú, se hizo con un pequeño capital, que bien pronto el
juego disipó; obligado á volver al trabajo, tomó la profesión de chasqui ó propio,
para lo que lo hacía idóneo su fuerza infatigable para andar á caballo, ó más
propiamente, en mula. Pero ese oficio, en un tie
rra donde el indio marcha más
rápidamente que la bestia y puede pasar por sitios donde aquella no se arriesga, no era
por cierto muy lucrativo.
No es mi objeto narrar las peripecias de la vida de
D.Salvador, cómo del interior del Perú pasó á la Costa, cómo se hizo mas tarde minero
en Copiapó, pasando luégo de nuevo á la República Argentina y ocupando por fin el
honroso puesto de correo que desempeñaba hacia
diez años.
Fue en uno de sus viajes couno
chasqui en que le ocurrió el caso á que él se
refería. Estaba en la provincia de Cuzco y volvía de un pequeño lugar, al Norte, cerca
de
la raya de Junín, que se llama Itnchacate.
El camino es generalmente accidentado hasta llegar á la vieja capital de los incas, pero
no ofrece dificultades de ningún género. Es una senda seguida y angosta, que trepa los
cerros, se hunde en los valles y costea los montes altos. Hay pocos ríos y torrentes que
atravesar. El clima es dulce y la naturaleza pródiga en esas regiones predilectas de la
vieja raza.
Una mañana, al romper el día, D.
Salvador, que había hecho noche entre Santa Ana y Chinche, después de haber dejado á su
izquierda una pequeña población llamada Buenosaires, cerca de Chancamayo, la que, según
me decía, le había hecho acordar de los porteños, una mañana, pues se puso nuevamente
en camino, con el espíritu alegre, la mula descansada y caliente el estómago con
un trago de aguardiente.
D. Salvalor silbaba, cantaba viladitas, pero se aburría, porque D. Salvador era hombre
social y le gustaba en extremo echar su párrafo. A eso de las ocho de la mañana, le
pareció percibir bastante lejos, como á una legua larga, un viajero que, montado como
él en una mula, trepaba una cuesta. Aunque el desconocido marchaba á paso vivo y le
llevaba bastante delantera, D. Salvador no desesperó de alcanzarlo y con tal objeto,
empezó á apurar su mulita. De tiempo en tiempo el viajero desaparecía á sus ojos, para
reaparecer mas tarde, según los accidentes del camino, sin que D. Salvador ganara
sensiblemente terreno.
Así marchó hasta la parada de
mediodía que no dudaba haría también su hombre, pues solo loco podía seguir viaje bajo
aquel sol abrasador. A eso de las tres se puso
de
nuevo en camino y, sea que el desconocido hubiera prolongado más su reposo ó que su mula
enmpezara á fatigarse, el hecho es que, poco después de las cinco, al caer a un valle,
vio al viajero como á unas dos cuadras delante de él. D. Salvadoror ahuecó la voz, hizo
bocina con las manos y empezó a gritar lo más fuuerte que pudo: Párese,
amigo! El amigo seguía impertérrito su
marcha, pero la distancia que los separaba dism¡nuía rápidamente. D. Salvador
gritaba, silbaba, producía todos los ruidos inmaginables sin éxito ninguno. Era
imposible que aquel hombre,
por más sordo que fuera, no hubiera
oídio el tumulto que se hacía á su espalda. D. Salvador comenzó á enojarse y dejando
de gritar, consideró al altivo viajero con atención.
Montaba una mulita baya, pobremente
aperada, á lo que podía ver, y que marchaba con
su
paso monótono, llevando la cabeza casi entre las piernas. El jinete, que D. Salvador
sólo divisaba
de espaldas, era un hombre sumamente
alto y erguido; llevaba un pesado poncho azul oscuro que le cubría todo el cuerpo y que
descendía hasta más abajo de las rodillas. La cabeza, á más de un sombrero de fieltro,
de anchas alas caídas, estaba cubierta por un pañuelo colorado. Unas grandes botas
completaban el traje.
D.
Salvador
consiguió alcanzarlo, porque la mulita baya había aflojado considerablemente el paso.
Cuando estuvo cerca de él, vio que traía la cara casi completamente cubierta con el
pañuelo, como quien desea ocultarse. Aunque á D. Salvador le pareció que el que así
viajaba no debía andar en
cosas buenas, como
estaba enojado por su ronquerera adquirida inútilmente, al pasar á su lado, le dijo:
-" Buenas tardes le dé Dios. Sabe que había sido sordo?El viajero no
contestó una palabra. Cuando un
Cristiano habla, se le contesta, añadió D. Salvador-, sin obtener respuesta
alguna. Un momento titubeó entre armarla, como
él decía, ó seguir tranquilamente su viaje. Su buen sentido triunfó y lanzando al
viajero su flecha de parto en un sarcasmo, picó su mula y siguió adelante. Al caer la
noche llegó á Huiro, un pueblito miserable, y se detuvo en una posada muy pobre que
había á la entrada, tenida por un
indio
viejo.
Después que desensilló la mula se
sentó en la puerta con el indio y se pusieron á charlar, cuando apareció, como á una
cuadra, el viajero silencioso.
Ahí viene D. Juan en la baya, dijo el indio
viejo.
Y quién es ese D. Juan?
preguntó D. Salvador con una curiosidad mezclada de ironía.
D. Juan Amanchi, mi compadre,
un indio viejo de Paucartambo. Allí tiene su familia y siempre que va al Norte, pasa la
noche en casa.
Y qué tal hombre es?
Excelente y servicial con todo
el mundo.
D. Salvador se mascó el bigote y
puso una cara altanera, porque D. Juan llegaba en ese momento. Su mula, fatigada, se
detuvo á la puerta y el indio posadero salió á recibirlo.
Llegado junto al viajero, le habló,
lo tocó y dándose vuelta, dijo sencillamente á D. Salvador:
Pobre D. Juan, viene muerto!
Más tarde, en el Perú, pude
verificar la exactitud de la narración de D. Salvador. Hasta no há
mucho se encontraban en
los caminos del interior algunas mulas llevando la fúnebre carga. La vía es única, la
mula marcha á la querencia, no había otro medio de transporte y el indio, que durante la
monarquía incásica vivía y moría en el mismo pedazo de suelo, como el siervo feudal,
encargaba siempre por una tradición de su raza, que en caso de muerte lo confiaran á su
mula fiel, que lo llevaría á reposar entre los suyos.
D. Salvador ensilló de nuevo
su mula y se puso en marcha sin demora. Desde entonces, jamás hace esfuerzos por alcanzar
á los viajeros que le preceden en las rutas de la tierra.
CONTINUAR
INDICE
1
Policarpa Salabarrieta.
(regresar a 1)
2 Tempest. 1, se. i. (regresar a 2)
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