NOTAS DE VIAJE SOBRE VENEZUELA Y COLOMBIA
Miguel Cané
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       CAPITULO XII

        EL REGRESO

 

Simpatía de Colombia por la Argentina—Sus causas—Rivalidades de argentinos y colombianos en el Perú—Carácter de los oficiales de la independencia-—La conferencia de Guayaquil— Bolívar y Sanmartín——Una hipótesis—El recuerdo recíproco—Analogías entre colombianos y argentinos—Caracteres y tipos—La partida—En Los Manzanos—Las mulas de Piquillo -El almuerzo—El tuerto sabanero—Una lluvia en los trópicos—En Guaduas—Encuentros—En busca de mi tuerto—Un entierro—Recuerdo de los Andes—Viajando en la montaña—E1 viajero de la armadura de oro—D. Salvador—Su historia—Su famosa aventura—Pobre D. .Juan!—Una costumbre quichua.

 

   Mi permanencia en Colombia había concluido, debiendo pasar, por disposición de mi gobierno; á ocupar una de las legaciones argentinas en Europa. Fue entonces, en medio de la agitación que siempre producen las nuevas perspectivas, los cambios radicales en el curso de la vida, que me apercibí de mí cariño por el pueblo que tan abierta y generosa hospitalidad me había dado. Y no era por cierto el sentimiento exclusivo de mi gratitud personal; era algo más alto, era el afecto profundo por aquella sociedad que hablaba de mi patria con una predilección marcada sobre todas las naciones del continente y que había querido honrar en mí al representante de la tierra argentina.

Es la primera y última vez que hago una referencia á mi posición oficial en Colombia; pero quiero que, si algún argentino lee este libro, sepa que en Bogotá, desde los altos poderes públicos, hasta el pueblo mismo en sus ingenuas manifestaciones, no han cesado un momento de demostrarme la viva simpatía por nuestra patria, el contento generoso por sus progresos y el deseo de estrechar con ella relaciones íntimas y cordiales, en beneficio del adelanto y de la paz americana.

Esa simpatía responde á varias causas. En primer lugar, Los recuerdos de la lucha de la  independencia. Todos conocemos aquella rivalidad caballeresca, que tenía por teatro la vieja Lima, entre los oficiales colombianos y los argentinos, entre los vencedores de Boyacá y los vencedores de Chacabuco. Antagonismo de héroes, combates de cortesía, como habría dicho un heraldo de armas del siglo xv. Los colombianos tenían por jefe á Bolívar, los argentinos á Sanmartín y todos comprendían que esas dos glorias no cabían en el continente. Los colombianos traían marcadas en las heridas de la carne y muchos en las del corazón, las  huellas del largo batallar en las llanuras de Venezuela y en los cerros granadinos contra la fuerza, la arrogancia y el valor español. Los argentinos recordaban la incomparable hazaña del paso de los Andes, cuando, en las alturas donde mora el cóndor, había librado combates inmortales.

   Unos y otros miraban el Perú como tierra conquístada, propia; unos y otros hacían resonar sus espuelas en el pavimento de la ciudad de Los Reyes con la altivez de triunfadores y tal vez con la conciencia de la superioridad sobre los que acababan de libertar. ¡Y qué hombres! Sucre, Córdoba... de un lado, Lavalle, Necochea... del otro. Nubes cargadas de electricidad en presencia! No brotó el rayo, pero el relámpago iluminó mas de una vez los varoniles rostros.

Tanto los oficiales de Bolívar como los de Sanmartín pertenecían á la clase más elevada de las sociedades de Colombia y el Río de la Plata. La altivez nativa se unía á la jactancia castellana del valor. Habituados á jugar la vida á cada instante, á los triunfos fáciles en amor, al amparo de su maravilloso prestigio en América, el antagonismo no se concretaba á la reputación militar, sino que revestía sus formas más irritantes en el estrado donde la limeña hacía brillar sus ojos tras el abanico de encaje. Allí, la voz de bronce de la disciplina tuvo que sonar más de una vez para impedir que el rápido cruzar de palabras irónicas en el salón, no se convirtiera, en la calle, en el centellear de las espadas.

Antagonismo de cabezas ligeras y corazones calientes como fueron todos esos oficiales de la guerra de la Independencia, aristocráticos hasta la medula, desprendidos, generosos, con el sentimiento más que con la razón de la causa por que jugaban la vida, enardecidos por la lucha y siguiendo la bandera de su jefe con la ciega obstinación de un oficial de Wallenstein en la guerra de treinta años. El largo alejamiento de la patria, la persistencia tenaz de la lucha, la efímera ocupación del suelo que concretaba con frecuencia esa misma patria á los límites del campamento y en los días de batalla, á la tierra del combate, la influencia, por fin, de la vida militar prolongada, habían hecho de los oficiales argentinos y colombianos, el prototipo de hombres ligeros en el pensamiento y la acción, brillantes en la despreocupación del porvenir, viviendo au  jour le jour, sabiendo que con valor pagaban y seguros de que el caudal no concluiría.

Al fin, uno cedió. ¿El más patriota, el más razonable? Cuánto se ha dicho sobre esa entrevista de Guayaquil, que algunos historiadores, para quienes las cosas de la Independencia están siempre al diapasón de la tragedia, han querido cubrir de un velo de misterio y levantar al nivel de los grandes problemas históricos! Al norte del ecuador, el acto de Sanmnartín no fue sino el acatamiento respetuoso del genio y del derecho de su rival; al sud, la abnegación suprema de un gran corazón, la inspiración del  patriotismo, el generoso sacrificio de sí mismo en obsequio de la causa americana. A mis ojos (y bien osado me encuentro para hablar de estas cosas, después de voces tan altas y autorizadas) no hubo sacrificio personal, en el retiro del general Sanmartín. Todo es cuestión de Organización moral; Bolívar, retirándose á la vida privada ó Sanmartin, manteniendo á sangre y fuego su primacía en el Perú, habrían sido hechos tan fuera de la lógica, tan contrarios á su carácter, como naturales fueron los papeles diversos que les tocó en el drama. Bolíva r... se me ocurre suponer á Bolívar nacido en suelo argentino, miembro de la logia Lautaro (allí Alvear habría encontrado su maestro) vencedor en San Lorenzo, general transitorio del ejército del norte, organizador, en fin, del ejército de los Andes. ¿ Cuál habría sido su actitud ante la situación interna del país bajo el directorio de Rondeau? Habría, como Sanmartín , desobedecido, cruzado la montaña y dando la espalda á la anarquía, más aún, á la agonía de la patria nueva, ido á libertar al Perú? Habría, una vez en el Perú, vencedor, cedido el puesto á Sanmartín, viniendo del norte, embarcádose y al llegar frente á las playas de su tierra, negádose á pisarlas, porque la guerra civil la asolaba, para ir á terminar en la vida de un burgeois meditabundo, su carrera de acción y de luz? Y allí, en su casita de los arrabales de Bruselas, Bolívar, en 1830, cuando un pueblo golpeaba á su puerta pidiéndole que se pusiera al frente de la insurrección contra un opresor tan odiado como el español... habría contestado á los belgas con la seca lógica de Sanmartín? A mi juicio, los rumbos de la historia americana habrían camb iado profundamente; el espíritu se pierde en la conjetura, pero el estudio de los caracteres de esos dos hombres permite asegurar que su acción, en medios idénticos, habría sido diversa. Bolívar ansiaba algo más que la gloria militar, que era el todo para Sanmartín (me refiero á las ambiciones y no á los sentimientos patrióticos de los dos libertadores). Bolívar veía mas alto y más lejos, pero Sanmartín veía mas recto.  El uno había nacido para dominar, el otro para vencer. Bolívar tenía la tela de aquellos generales romanos que se hacían proclamar emperadores por las legiones que mandaban en el fondo de la Germania ó en las montañas de la Hispania. Sanmartín era un general del tiempo de la república; habría cavado gustoso la tierra... pero después de vencer. Para Bolívar la tarea empezaba después de la batalla; para Sanmartín concluía.

En 1826, Bolívar pedía aún una coalición americana contra el Brasil; más aún, la ofrecía... con tal que se le diera el mando supremo. Sanmartín quedaba silencioso en Boulogne. Insaciable el uno, por temperamento, por vibración intelectual, por el correr violento de la sangre; frío, se reno, reposado el otro, por la glacial y predominante fuerza de la razón. Caudillo, tribuno, político, ora cacique de barrio, ora diplomático de alto vuelo el primero; el segundo, soldado. ¿Soldado, con la religión del deber, el primero bajo la disciplina, soldado, según la idea moderna y exacta? No lo sé; pero sí, soldado en su corte moral, en sus propósitos, en sus ambiciones, en el ideal de su vida, trazada de antemano como la trayectoria de una bala de cañón. ¿Qué tenía que hacer semejante hombre en el Perú, después de la victoria? La independencia era un hecho yá y su consagración definitiva, Junín, Ayacucho, cuestión de días más. Y luégo? Ser dictador del Perú, crear, por un movimiento de orgullo, ese absurdo de Bolivia, rotulándolo con su nombre, volver á Buenos Aires, hacerse dictador en el hecho, saltar una tarde por una ventana ante la conspiración que avanza, salvado por su querida, para ir á pasar la noche bajo el arco de un puente miserable y salir al alba con el rostro lívido y el traje maculado?... No, Sanmartín no era hombre de ese corte. Había concluido su misión. Lo tomó, á más, el desencanto profundo de los que llegan á la meta y allí, fría el alma, repiten el triste gemido del salmista? Tal vez ... Pero el hecho es que era un hombre concluído. Volver á su patria, hundirse en la estéril abnegación de Belgrano, deshojar uno á uno sus laureles luchando, como el vencedor de Tucumán, contra oscuros gauchos que lo vencían... ó verse, en un consejo militar, burlado por un Moldes ó un Dorrego, petulantes, irritables y escépticos, Bolívares pequeños,turbulentos é implacables por trepar al poder? No era ese su corte, lo repito, y eso felizmente para su gloria.

Tengo, pues, para mí, que Sanmartín, al embarcarse en el Callao para Guayaquil y al sentarse en aquel sofá al lado de Bolívar, dominándolo con su alta talla, tenía yá resuelto en el fondo de su espíritu todo el problema. No hubo misterio, no hubo la abnegación desgarradora que se dice; hablaron un cuarto de hora sobre el tema, una hora sobre si mismos... y todo quedó arreglado. Un fisiólogo habría previsto el retiro de Sanmartín, como un astrólogo el regreso de tal cometa, siguiendo ambos las leyes de la naturaleza, inmutables en el cielo como en el microcrocosmos humano...

Después de la partida de Sanmartín, el antagonismo entre colombianos y argentinos se acentuó más aún; la arrogancia recíproca dio origen a la triste página de Arequito, lo que no impidió más tarde las heroicidades de los granadinos y de los hijos del Plata en los campos de Junín y Ayacucho. Pero cuando sonó la hora del regreso, para volver á la patria, á morir casi todos ellos en las oscuras guerras cívíles, salvo los elegidos que hallaron tumba gloriosa en ltuzaíngo... cómo se tendieron y estrecharon esas manos varoniles encallecidas por la espada y cómo se humedecieron esos ojos iluminados siempre en la batalla! Trepando en la áspera senda de la gloria llegaron simultáneamente á la cumbre y allí, con la cara torva, se miraron como debieron hacerlo Jiménez de Quesada y Belalcázar al encontrarse frente á frente en la Sabana de Bogotá, partido el uno del Norte, el otro del Sud, después de varios meses de martirio... Más tarde, los colombianos contaban á sus hijos el duro batallar de la independencia, la figura de Necochea, del Murat argentino, abriéndose camino con su sable entre el muro español...   y á su vez, los argentinos, los pocos que vegetaban aún en las largas y tristes veladas de la tiranía, narraban en voz baja las hazañas pasadas, cuando Córdoba avanzaba como un héroe legendario, á la voz de “Paso de vencedores!"... Y los dos pueblos que habían dado libertad á la América y confundido su sangre en la batalla, dejaban á la generación que los seguía ese legado de cariño, de simpático respeto que hoy muestra Colombia por la Argentina y la Argentina por Colombia.

  No nos volvimos á encontrar en las rutas de la Historia. Harto que hacer teníamos con nosotros mismos, ocupados en sangrarnos hasta la extenuación, como si hubiéramos querido fecundar la tierra patria con el jugo de nuestras venas. Pasaron los años, y un día, día feliz para mí, me toca en suerte ir á decir á Colombia que el pueblo argentino no se había olvidado del pasado y que le tendía su mano, no yá para batallar, sino para avanzar unidos en la paz y el progreso. Cómo fue recibida esa palabra, no lo olvidaré nunca, como tampoco la sensación inefable, grave y profunda que se siente cuando el destino nos llama, en uno de esos momentos, á representar la patria en el extranjero.

¿En el extranjero?... Debía nuestro idioma tener otra palabra para designar los pueblos idénticos á nosotros. No puedo conformarme en designar con la misma voz a un uruguayo ó á un colombiano, que á un alemán ó a un ruso. En el corte moral, somos iguales, como en el tipo físico, en las maneras, en el calor de los cariños, en la rapidez del entusiasmo, y lo diré? en la ligereza con que nos formamos opinión sobre las cosas y los hombres. Concebimos bajo las mismas leyes intelectuales, como aspirarnos á la fortuna con idéntico propósito, como con igual desenfado la echamos por la ventana una vez conseguida. Un bogotano, un cachaco exquisito, pobre como Adán, había tenido la suerte de ser designado por el Gobierno para conducir á Quito no sé qué piedra conmomerativa de la indepeniencia. Como es natural, recibió de antemano su viático, suma bastante redonda. Cuando llegué, era tal su cariño por la República Argentina y tal su deseo de manifestárselo, que supe estaba resuelto á emplear todo su viático en darme un baile! Me costó un triunfo hacerlo disuadir por medio de un amigo. Es el mismo cachaco que decía, no sé en qué ocasión solemne, en que había que celebrar algo grande: “Vamos á calaverear la República!.. .“ ¿No os parece oír hablar á un compatriota?

Luego la sociabilidad, las mujeres... Idénticas, mis amigos! Caprichosas, dominantes, ocupando en la sociedad aquel puesto de la Argentina, que asombraba al escritor brasilero Quintino Bocayuva y le hacía atribuírles en gran parte nuestro  desenvolvimiento. ¿Y la historia? Una noche, el Dr. Núñez, á quien había pedido me explicara la filiación de algunas aberraciones en la organización política de Colombia, lo hacía de tal manera que me obligó á preguntarle ¿ pero dónde ha aprendido usted tan á fondo la historia argentina?   Las mismas luchas entre las ideas y las cosas, entre las teorías y los hechos fatales, nacidos del estado social, las mismas aspiraciones vagas del núcleo inteligente, estrellándose contra la atonía de la masa, como entre nosotros contra el empuje semibárbaro del caudillaje. Agregad la identidad de origen, la petulancia andaluza, que no perdió nada al pasar el mar, unida al vago fatalismo árabe que empuja al abandono, recordad que jamás argentinos y colombianos discutieron un palmo de tierra ni cambiaron una nota agria por las mil fútiles causas que la diplomacia desocupada inventa, y comprenderéis por qué vive vigorosa y creciente esa simpatía entre los dos pueblos, que nada puede cambiar y que llevada á la acción, será un día la garantía más firme, la única, de la anhelada paz del continente sudamericano.

Hay que partir; el carruaje espera á la puerta y los buenos amigos que van á acompañarme hasta el confín de la Sabana, están listos. Rueda el coche por las angostas calles, pasámos la plaza de San Victorino y en las últimas casas de la ciudad, me vuelvo para darle la mirada de adiós. Siempre he dejado un sitio con la seguridad de volve r... pero Bogotá!

Las cinco horas que empleámos hasta llegar á Los Manzanos fueron para mí tristes, á pesar de la charla animada y espiritual de Roberto Suárez, Carlos Sáenz y Julio Mallarino, que me acompañaban. Una vez en la posada donde debíamos pasar la noche, nos preocupámos de la forzosa restauración de dessous le nez, como dice Rabelais.

   Mallarino había sostenido que en Los Manzanos había vino, lo que hacía inútil el trabajo de llevarlo desde Bogotá. Una vez en la mesa, supimos que no había más que cerveza de Cuervo (á quien respeto como filólogo, como sabio, como todo, menos como cervecero) y.... champaña! Pero qué champaña, mis amigos! Suárez sostenía que era de la casa de Mallarino y éste lo amenazaba con un juicio por difamación, olvidando que en Colombia no los hay. Al fin nos tendimos en unas camas flacas como las vacas de Faraón, pobladas de magros insectos que bien pronto entraron en campaña. No pude dormir; al alba me levanté, hice ensillar tranquilamente mi mula; mi compañero de viaje, un simpático y respetable caballero establecido en Honda, hizo otro tanto y antes de partir entré al cuarto de mis amigos para darles el abrazo del estribo. Dormían y respeté su sueño. Al bajar, encontré á Sáenz, con quien me indemnicé. Me arregló mis zamarros y unas espuelas orejonas de media vara que me había regalado él mismo, me envolvió bien en mi ruana y apretando por última vez la mano á aquel amigo que sabe el cielo si volveré á encontrar en los azares de la vida, nos pusimos en marcha. Eran las seis y media de la mañana.

  Con decir que las bestias que llevábamos eran de Piquillo, he dicho su calidad superior. Del mismo modo que M. André, ei la Tour do Monde, como creo que ya he contado, entrego á la execración universal al que le alquiló mulas en Honda, á mi vez  impulsado por un sentimiento humanitario y cumpliendo un acto de justicia, recomiendo á todo el que hacia aquellos  mundos se lance, emplear las mulas de Piquillo. Mulitas valerosas, hechas á la tarea, firmes y voluntarias, trepando la cuesta empinada con su pasito menudo pero incansable, nos hicieron el viaje delicioso.

  Marchar por la montaña, en las primeras horas de la mañana, sanos de cuerpo y espíritu, bien montados y en medio á los cuadros de una naturaleza  que va cambiando lentamente sus perspectivas, es una sensación de las más gratas que conozco.

   Al llegar al Alto del Roble nos detuvimos un instante y miré largo é intenso la tendida Sabana rodeada de montes y allá, en el perdido fondo, entre las nubes de la mañana, el Monserrate, á cuyo pie duerme Bogotá... . Y en marcha.

   Descendíamos de la Sabana hacia la tierra caliente; hé ahí Agualarga. Una mirada al pasar, y adelante. A ambos lados del camino, entre la espesa vegetación que cubre la falda de la montaña y allá en el fondo del profundo valle hacia el que bajámos en ziszás, empieza á oírse esa sinfonía peculiar á la región tórrida, á la gue nuestros oídos se habían deshabituado en la altura. Eran los grillos, las chicharras, qué se yo del nombre que llevan las estridentes tribus que cantan al sol entre el tupido follaje de la tierra cálida! Los abrigos se hacían pesados y, fenómeno curioso del que se me había advertido, los oídos comenzaban á zumbarme ligeramente. Parece que es efecto del rápido cambio de temperatura, pero pasa pronto.

A poco se nos agregó un hermano del poeta Pombo, librero en Bogotá, amateur botánico, que saludaba por su nombre, como antiguos conocidos, á los yuyos del camino. iba á Chimbe, no sé á qué.

Costábale trabajo seguirnos, porque nuestras mulas devoraban la ruta. con su paso igual y parejo, bajaban, subían, avanzando siempre con fina rapidez que me asombraba. No las economisábamos, porque más previsor que á la venidaun , había hecho preparar, como el compañero, bestias de repuesto en Villeta. La sola idea de pasar ligero por aquel horno me alegraba el alma.

¡ Hola! hé ahí á Chimbe, donde nos calafatearon el almuerzo famoso de la venida; ahí está el árbol á cuyo píe, tendido con la rienda de mi mula cansada en la mano, se me aparecíó la Providencia bajo la forma de un indio montado en un alazán y allá en el fondo de su eterno embudo, Villeta, la dulce al dejar. Hace rato que nos ha dejado Pombo; miramos el reloj. Son  apenas las once; hemos marchado más rápidamente que el correo. Nos detenemos un instante en un caserío, donde mi compañero tiene amistades, y parlamentamos hasta conseguir un almuerzo que nos evita detenernos en Villeta. ¡ Qué apetito aquel! La buena sopa de  papas y el duro trozo de carne salada desaparecieron en el acto. Quién me hubiera dado más tarde esa fourchett en Nueva York ó en París, para hacer honor a Delmónico ó Bignon, ó á los renombrados chefs de Md. B...o de Mde. S!... Y de nuevo en  camino. Poco antes de llegar á Villeta, nos dctenemos en algo que debía ser casa de Piquillo, porque allí cambiamos bestias... Me he olvidado de dos personajes importantes que nos seguían o pretendían seguirnos en nuestra marcha vertíginosa, nuestros sirvientes, montados como tales. El mío, un rubio tuerto, sabanero, como lo indicaba su tipo, especie de letrero para la gente del camino, de la que me informaba más tarde sobre su destino, pues acabó por perdérseme, mi sirviente, repito, montaba una mulita baja, escueta, regañona, canalla, y el sabanero no llevaba espuelas! El espectáculo de aquel taloneo angustioso é incesante me hacía mal, porque me recordaba las peripecias de la venida, y me veía no bajo un prisma muy halagador, muy de helmuth y de poncho de guanaco, blasfemando contra mi bestia reacia.

                              CONTINUAR                                          

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