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CAPITULO XII
EL REGRESO
Simpatía de Colombia por la
ArgentinaSus causasRivalidades de argentinos y colombianos en el
PerúCarácter de los oficiales de la independencia-La conferencia de
Guayaquil Bolívar y SanmartínUna hipótesisEl recuerdo
recíprocoAnalogías entre colombianos y argentinosCaracteres y tiposLa
partidaEn Los ManzanosLas mulas de Piquillo -El almuerzoEl tuerto
sabaneroUna
lluvia en los trópicosEn
GuaduasEncuentrosEn busca de mi tuertoUn entierroRecuerdo de los
AndesViajando en la montañaE1 viajero de la armadura de oroD.
SalvadorSu historiaSu famosa aventuraPobre D. .Juan!Una costumbre
quichua.
Mi permanencia en
Colombia había concluido, debiendo pasar, por disposición de mi gobierno; á ocupar una
de las legaciones argentinas en Europa. Fue entonces, en medio de la agitación que
siempre producen las nuevas perspectivas, los cambios
radicales
en el curso de la vida, que
me
apercibí de mí cariño por el pueblo que tan
abierta
y generosa hospitalidad me había dado. Y no era
por cierto el sentimiento exclusivo de mi gratitud personal; era algo más alto, era el
afecto profundo por aquella sociedad que hablaba de mi patria con una predilección
marcada sobre todas las naciones del continente y que había querido
honrar en mí al
representante de la tierra argentina.
Es la primera y última vez que hago
una referencia á mi posición oficial en Colombia; pero quiero que, si algún argentino
lee este libro, sepa que en Bogotá, desde los altos poderes públicos, hasta el pueblo
mismo en sus ingenuas manifestaciones, no han cesado un momento de demostrarme la viva
simpatía por nuestra patria, el contento generoso por sus progresos y el deseo de
estrechar con ella relaciones íntimas y cordiales, en beneficio del adelanto y
de la paz americana.
Esa simpatía responde á varias
causas. En primer lugar, Los recuerdos de la lucha de la independencia. Todos
conocemos aquella rivalidad caballeresca, que tenía por teatro la vieja Lima, entre los
oficiales colombianos y
los argentinos, entre
los vencedores de Boyacá y los vencedores de Chacabuco. Antagonismo de héroes, combates
de cortesía, como habría dicho un
heraldo de armas del siglo xv. Los
colombianos tenían por jefe á Bolívar, los argentinos á Sanmartín y
todos comprendían que esas dos glorias no
cabían en el continente. Los colombianos traían marcadas
en las heridas de la carne y muchos en las del
corazón, las huellas del largo batallar en las llanuras de Venezuela y en los
cerros granadinos contra la fuerza, la arrogancia y el valor español. Los argentinos
recordaban la incomparable hazaña del paso
de los Andes, cuando, en las alturas donde
mora el cóndor, había librado combates inmortales.
Unos y otros miraban el
Perú como tierra conquístada, propia; unos y otros hacían resonar sus espuelas en el
pavimento de la ciudad de Los Reyes con la altivez de triunfadores y tal vez con la
conciencia de la superioridad sobre los que acababan de libertar. ¡Y qué hombres! Sucre,
Córdoba...
de un lado, Lavalle, Necochea... del otro. Nubes cargadas
de electricidad en presencia! No brotó el rayo,
pero el relámpago iluminó mas de una vez los varoniles rostros.
Tanto los oficiales de Bolívar como
los de Sanmartín pertenecían á la clase más elevada de las sociedades de Colombia y el
Río de la Plata. La altivez nativa se unía á la jactancia castellana del valor.
Habituados á jugar la vida á cada instante, á los triunfos fáciles en amor, al amparo
de su maravilloso prestigio en América, el antagonismo no se concretaba á la reputación
militar, sino que revestía sus formas más irritantes
en el estrado
donde la limeña hacía brillar sus ojos tras el abanico de encaje. Allí, la voz de
bronce de la disciplina tuvo que sonar más de una vez para impedir que el rápido cruzar
de palabras irónicas en el salón, no se convirtiera, en la calle, en el centellear de
las espadas.
Antagonismo de cabezas ligeras y
corazones calientes como fueron todos esos oficiales de la
guerra de la Independencia,
aristocráticos hasta la medula, desprendidos, generosos, con el sentimiento más que con
la razón de la causa por que jugaban la vida, enardecidos por la lucha y siguiendo
la bandera de su jefe con la ciega obstinación
de un oficial de Wallenstein en la guerra de treinta años. El largo alejamiento de la
patria, la persistencia tenaz de la lucha, la efímera ocupación del suelo que concretaba
con frecuencia esa misma patria á los límites del campamento y
en los días de batalla, á la tierra del
combate, la influencia, por fin, de la vida militar prolongada, habían hecho de los
oficiales argentinos y colombianos, el prototipo de hombres ligeros en el pensamiento y la
acción, brillantes en la despreocupación del porvenir, viviendo au jour
le jour, sabiendo que con valor pagaban y seguros de que el caudal no concluiría.
Al fin, uno cedió. ¿El más
patriota, el más razonable? Cuánto se ha dicho sobre esa entrevista de Guayaquil, que
algunos historiadores, para
quienes las cosas de la Independencia
están siempre al diapasón de la tragedia, han querido cubrir de un velo de misterio y
levantar al nivel de los grandes problemas históricos! Al norte del ecuador, el acto de
Sanmnartín no fue sino el acatamiento respetuoso del genio y del derecho de su rival; al sud, la abnegación suprema
de un gran corazón, la inspiración del patriotismo, el generoso sacrificio de sí
mismo en obsequio de la causa americana. A mis ojos (y bien osado me encuentro para hablar
de estas cosas, después de voces tan altas y autorizadas) no hubo sacrificio personal, en el retiro del general Sanmartín. Todo
es cuestión de Organización moral; Bolívar, retirándose á la vida privada ó
Sanmartin, manteniendo á sangre y fuego su primacía en el Perú, habrían sido hechos
tan fuera de la lógica, tan contrarios á su carácter, como naturales fueron los papeles
diversos que les tocó en el drama. Bolíva
r...
se me ocurre
suponer á Bolívar nacido en suelo argentino, miembro de la logia Lautaro (allí Alvear
habría encontrado su maestro) vencedor en San Lorenzo, general transitorio del ejército
del norte, organizador, en fin, del ejército de los Andes. ¿ Cuál habría sido su
actitud ante la situación interna del país bajo el directorio de Rondeau? Habría, como
Sanmartín , desobedecido, cruzado la montaña y dando la espalda á la anarquía, más
aún, á la agonía de la patria nueva, ido á libertar al Perú? Habría, una vez en el
Perú, vencedor, cedido el puesto á Sanmartín, viniendo del norte, embarcádose y al
llegar frente á las playas de su tierra, negádose á pisarlas, porque la guerra civil la
asolaba, para ir á terminar en la vida de un burgeois
meditabundo, su carrera de acción y de luz? Y allí, en su casita de los arrabales de
Bruselas, Bolívar, en 1830, cuando un pueblo golpeaba
á su puerta pidiéndole que se
pusiera al frente de la insurrección contra un opresor tan odiado como el español...
habría contestado á los belgas con la seca lógica de Sanmartín? A mi juicio, los
rumbos de la historia americana habrían camb
iado profundamente; el espíritu se
pierde en la conjetura, pero el estudio de los caracteres de esos dos hombres permite
asegurar que su acción, en medios idénticos, habría sido diversa. Bolívar ansiaba algo
más que la gloria militar, que era el todo para Sanmartín (me refiero á las ambiciones
y no á los sentimientos patrióticos de los dos libertadores). Bolívar veía mas alto y
más lejos, pero Sanmartín veía mas recto. El uno había nacido
para dominar, el otro
para vencer. Bolívar tenía la tela de aquellos generales romanos que
se hacían proclamar emperadores por las legiones
que mandaban en el fondo de la Germania ó en las montañas de la Hispania. Sanmartín era
un general del tiempo de la república; habría cavado gustoso la tierra... pero después
de vencer. Para Bolívar la tarea empezaba después de la batalla; para Sanmartín
concluía.
En 1826,
Bolívar pedía aún una coalición americana
contra el Brasil; más aún, la ofrecía...
con tal que se le diera el mando supremo. Sanmartín quedaba silencioso en
Boulogne. Insaciable el uno, por temperamento, por vibración intelectual, por el correr
violento de la sangre; frío, se
reno, reposado el otro, por la glacial
y predominante fuerza de la razón. Caudillo, tribuno, político, ora cacique de barrio,
ora diplomático de alto vuelo el primero; el segundo, soldado. ¿Soldado, con la
religión del deber, el primero bajo la disciplina, soldado, según la idea moderna y
exacta? No lo
sé; pero sí, soldado en su
corte moral, en sus propósitos,
en sus
ambiciones, en el ideal de su vida, trazada de antemano como la trayectoria de una bala de
cañón. ¿Qué tenía que hacer semejante hombre en el Perú, después de la victoria? La
independencia era un hecho yá y su consagración definitiva, Junín, Ayacucho, cuestión
de días más. Y luégo? Ser dictador del Perú, crear, por un movimiento de orgullo, ese
absurdo de Bolivia, rotulándolo con su nombre, volver á Buenos Aires, hacerse dictador
en el hecho, saltar una tarde por una ventana ante la conspiración que avanza, salvado
por su querida, para ir á pasar la noche bajo el arco de un puente miserable y salir al
alba con el rostro lívido y el traje maculado?... No, Sanmartín no era hombre de ese
corte. Había concluido su misión. Lo tomó, á más, el desencanto profundo de los que
llegan á la meta y allí, fría el alma, repiten el triste gemido del salmista? Tal vez
...
Pero el hecho es que era un
hombre concluído. Volver á su patria, hundirse en la estéril
abnegación de Belgrano, deshojar
uno á uno sus laureles
luchando, como el vencedor de Tucumán,
contra oscuros gauchos que lo vencían... ó verse,
en un consejo militar, burlado por un Moldes ó un Dorrego, petulantes, irritables y
escépticos, Bolívares pequeños,turbulentos é implacables por trepar al poder? No era
ese su corte, lo repito, y eso
felizmente
para su gloria.
Tengo,
pues, para mí, que Sanmartín, al embarcarse
en el Callao para Guayaquil y al
sentarse en aquel sofá al lado de Bolívar,
dominándolo con su alta talla, tenía yá resuelto en el fondo de su espíritu todo el
problema. No hubo misterio, no hubo la abnegación desgarradora que se dice; hablaron un
cuarto de hora sobre el tema, una hora sobre si mismos... y todo quedó arreglado. Un
fisiólogo habría previsto el retiro de Sanmartín, como un astrólogo el regreso de tal
cometa, siguiendo ambos las leyes de la naturaleza, inmutables en el cielo como en el
microcrocosmos humano...
Después de la partida de
Sanmartín, el antagonismo entre
colombianos y
argentinos se acentuó más aún; la arrogancia recíproca dio origen a la triste página
de Arequito, lo que no impidió más tarde las heroicidades de los granadinos y de
los hijos del Plata en los campos de Junín y
Ayacucho. Pero cuando sonó la hora del regreso, para volver á la patria, á morir casi
todos ellos en las
oscuras guerras cívíles, salvo los
elegidos que hallaron tumba gloriosa en ltuzaíngo...
cómo se
tendieron y estrecharon esas
manos varoniles
encallecidas por la espada y cómo se humedecieron
esos ojos iluminados siempre en la
batalla! Trepando
en la áspera senda de la
gloria llegaron simultáneamente á la cumbre y allí, con la
cara torva, se miraron como debieron hacerlo
Jiménez de Quesada y Belalcázar al encontrarse frente á frente en la Sabana de Bogotá,
partido el uno del Norte, el otro del Sud, después de varios meses de martirio... Más
tarde, los colombianos contaban á sus hijos el duro batallar de la independencia, la
figura de Necochea, del Murat argentino, abriéndose camino con su sable entre el muro
español... y á su vez, los argentinos, los pocos que vegetaban aún en las largas
y tristes veladas de la
tiranía, narraban en
voz baja las
hazañas pasadas, cuando Córdoba
avanzaba como un héroe legendario, á la voz de Paso de vencedores!"...
Y los dos pueblos que habían dado libertad á la
América y confundido su sangre en la batalla, dejaban á
la generación que los seguía ese legado de
cariño, de
simpático respeto que hoy muestra
Colombia por la Argentina y la Argentina por
Colombia.
No nos volvimos á encontrar en las
rutas de la
Historia. Harto que hacer teníamos
con nosotros mismos, ocupados en sangrarnos hasta la extenuación, como si hubiéramos
querido fecundar la tierra patria
con el jugo de nuestras
venas. Pasaron los años, y un día, día feliz para mí, me toca en suerte ir á decir á
Colombia que el pueblo argentino no se había olvidado del pasado y que le tendía su
mano, no yá para batallar, sino para avanzar unidos en la paz y el progreso. Cómo fue
recibida esa palabra, no lo olvidaré nunca, como tampoco la sensación inefable, grave y
profunda que se siente cuando el destino nos llama, en uno de esos momentos, á
representar la patria en el extranjero.
¿En el extranjero?... Debía
nuestro idioma tener otra palabra para designar los pueblos idénticos á nosotros. No
puedo conformarme en designar con la misma voz a un uruguayo ó á un colombiano, que á
un alemán ó a un ruso. En el corte moral, somos iguales, como en el tipo físico, en las
maneras, en el calor de los cariños, en la rapidez del entusiasmo, y lo diré? en la
ligereza con que nos formamos opinión sobre las cosas y los
hombres. Concebimos bajo las mismas
leyes intelectuales, como aspirarnos á la fortuna con idéntico
propósito, como con
igual desenfado la echamos por la ventana una vez conseguida. Un bogotano, un cachaco exquisito, pobre como Adán, había tenido
la suerte de ser designado por el Gobierno para conducir á Quito no sé qué piedra
conmomerativa de la indepeniencia. Como es natural, recibió de antemano
su viático, suma bastante redonda. Cuando
llegué, era tal su cariño por la República Argentina y tal su deseo de manifestárselo,
que supe estaba resuelto á emplear todo su viático en darme un baile! Me costó
un triunfo hacerlo disuadir por medio de un
amigo. Es el mismo cachaco que decía, no sé
en qué ocasión solemne, en que había que celebrar algo grande:
Vamos á calaverear la República!.. . ¿No os parece
oír hablar á un compatriota?
Luego la sociabilidad, las
mujeres... Idénticas, mis amigos! Caprichosas, dominantes, ocupando en la sociedad aquel
puesto de la Argentina, que asombraba al escritor
brasilero
Quintino Bocayuva y
le hacía atribuírles en
gran parte nuestro desenvolvimiento. ¿Y la historia? Una noche, el Dr. Núñez, á
quien había pedido me explicara la filiación de algunas aberraciones en la organización
política de Colombia, lo hacía de tal manera que me obligó á preguntarle ¿ pero
dónde ha aprendido usted tan á fondo la historia argentina?
Las mismas luchas entre las ideas y las cosas, entre las
teorías y los
hechos fatales, nacidos del estado social, las
mismas aspiraciones vagas del núcleo inteligente, estrellándose contra la atonía de la
masa, como entre nosotros contra el empuje semibárbaro del caudillaje. Agregad la
identidad de origen, la petulancia andaluza, que no perdió nada al pasar el mar, unida al
vago fatalismo árabe que empuja al abandono, recordad que jamás argentinos y colombianos
discutieron
un
palmo de tierra
ni cambiaron una nota agria por las
mil fútiles
causas que la diplomacia desocupada inventa, y comprenderéis por qué vive
vigorosa y creciente esa simpatía entre los dos pueblos, que nada puede cambiar y que
llevada á la acción, será un día la garantía más firme, la única, de la anhelada
paz del continente
sudamericano.
Hay que partir; el carruaje espera á
la puerta y los buenos amigos que van á acompañarme hasta el confín de la Sabana,
están listos. Rueda el coche por las angostas calles, pasámos la plaza de San Victorino
y en las últimas casas de la ciudad, me vuelvo para darle la mirada de adiós. Siempre he
dejado un sitio con la seguridad de volve
r...
pero Bogotá!
Las cinco horas que empleámos hasta
llegar á Los Manzanos fueron para mí tristes, á pesar de la charla animada y espiritual
de Roberto Suárez, Carlos Sáenz y Julio Mallarino, que me acompañaban. Una vez en la
posada donde
debíamos pasar la noche, nos
preocupámos de la forzosa restauración de dessous
le nez, como dice Rabelais.
Mallarino había
sostenido que en Los Manzanos había vino, lo que hacía inútil el trabajo de llevarlo
desde Bogotá. Una vez en la mesa, supimos que no había más que cerveza de Cuervo (á
quien respeto como filólogo, como sabio, como todo, menos como cervecero) y....
champaña! Pero qué
champaña, mis amigos! Suárez sostenía que era de la casa de
Mallarino y éste lo amenazaba con un juicio por difamación, olvidando que en Colombia no
los hay. Al fin nos tendimos en unas camas
flacas como las vacas de Faraón, pobladas de
magros insectos que bien pronto entraron en campaña. No pude dormir; al alba me levanté,
hice ensillar tranquilamente mi mula; mi compañero de viaje, un simpático y respetable
caballero establecido en Honda, hizo otro tanto y antes de partir entré al cuarto de mis
amigos para darles el abrazo del estribo. Dormían y respeté su sueño. Al bajar,
encontré á Sáenz, con quien me indemnicé. Me arregló mis zamarros y unas espuelas orejonas de media vara que me había regalado él
mismo, me envolvió bien en mi ruana y apretando por última vez la mano á aquel amigo
que sabe el cielo si volveré á encontrar en los azares de la vida, nos pusimos en
marcha. Eran las seis y media de la mañana.
Con decir que las bestias que
llevábamos eran de Piquillo, he dicho su
calidad superior. Del mismo modo que M. André, ei la Tour do Monde, como creo que ya he contado, entrego
á la execración universal al que le alquiló mulas en Honda, á mi vez impulsado
por un sentimiento humanitario y cumpliendo un acto de justicia, recomiendo á todo el que
hacia aquellos mundos se lance, emplear las mulas de Piquillo. Mulitas
valerosas, hechas á la tarea,
firmes y
voluntarias,
trepando la cuesta empinada con su pasito menudo pero incansable, nos hicieron el viaje
delicioso.
Marchar por la montaña, en las
primeras horas de la mañana, sanos de cuerpo y espíritu, bien montados y en medio á los
cuadros de una naturaleza que va cambiando lentamente sus perspectivas, es una
sensación de las más gratas que conozco.
Al llegar al Alto del Roble nos detuvimos un instante y miré
largo é intenso la tendida Sabana rodeada de montes y allá, en el perdido fondo, entre
las nubes de la mañana, el Monserrate, á cuyo pie duerme Bogotá... . Y en marcha.
Descendíamos de la
Sabana hacia la tierra caliente; hé ahí Agualarga. Una mirada al pasar, y adelante. A
ambos lados del camino, entre la espesa vegetación que cubre la falda de la montaña y
allá en el fondo del profundo valle hacia el que bajámos en ziszás, empieza á oírse
esa sinfonía peculiar á la región tórrida, á la gue nuestros oídos se habían
deshabituado en la altura. Eran los grillos, las chicharras, qué se yo del nombre que
llevan las estridentes tribus que cantan al sol entre el tupido follaje de la tierra
cálida! Los abrigos se hacían pesados y, fenómeno
curioso del que se me había advertido, los oídos comenzaban á zumbarme ligeramente.
Parece que es efecto del rápido cambio de temperatura, pero pasa pronto.
A poco se nos agregó un hermano del
poeta
Pombo, librero en Bogotá, amateur botánico,
que saludaba por su nombre, como antiguos conocidos, á los yuyos del camino. iba á Chimbe, no sé á qué.
Costábale trabajo seguirnos, porque
nuestras mulas devoraban la ruta. con su paso igual y parejo, bajaban, subían, avanzando
siempre con fina rapidez que me asombraba. No las economisábamos, porque más previsor
que á la venidaun , había hecho preparar, como
el compañero, bestias de repuesto en Villeta. La sola idea de pasar ligero por aquel
horno me alegraba el alma.
¡ Hola! hé ahí á Chimbe, donde
nos calafatearon el almuerzo famoso de la venida; ahí está el árbol á cuyo píe,
tendido con la rienda de mi mula cansada en la mano, se me aparecíó la Providencia bajo
la forma de un indio montado en un alazán y allá en el fondo de su eterno embudo,
Villeta, la dulce al dejar. Hace rato que nos ha dejado Pombo; miramos el reloj. Son apenas las once;
hemos marchado más rápidamente que el correo. Nos detenemos un instante en un caserío,
donde mi compañero tiene amistades, y parlamentamos hasta conseguir un almuerzo que nos
evita detenernos en Villeta. ¡ Qué apetito aquel! La buena sopa de papas y el duro
trozo de carne salada desaparecieron en el acto. Quién me hubiera dado más tarde esa fourchett en Nueva
York ó en París, para hacer honor a Delmónico ó Bignon,
ó á los renombrados chefs de Md. B...o de
Mde. S!...
Y
de nuevo en camino. Poco antes de llegar á Villeta, nos dctenemos en algo que
debía ser casa de Piquillo, porque allí
cambiamos bestias... Me he olvidado de dos personajes importantes que nos seguían o
pretendían seguirnos en nuestra marcha vertíginosa, nuestros sirvientes, montados como
tales. El mío, un rubio tuerto, sabanero, como
lo indicaba su tipo, especie de letrero para la gente del camino, de la que me informaba
más tarde sobre su destino, pues acabó por perdérseme, mi sirviente, repito, montaba
una mulita baja, escueta, regañona, canalla, y el sabanero no llevaba espuelas! El
espectáculo de aquel taloneo angustioso é incesante me
hacía mal, porque me recordaba las peripecias de
la venida, y me veía no bajo un prisma muy halagador, muy de helmuth y de poncho de guanaco, blasfemando contra
mi bestia reacia.
CONTINUAR
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