INDICE





LAS MEMORIAS DE UN NATURALISTA Y CIENTÍFICO QUE CEDIÓ A LA TENTACIÓN DE SER OBSERVADOR Y CRÍTICO SOCIAL

INTRODUCCIÓN

TOMO I

CAPÍTULO I
Mi formación — La Revolución francesa — Napoleón — El espanto de la guerra — Humboldt — Preparativos de viaje.

CAPÍTULO II
Caracas — Los temblores de tierra — Ascención a la silla.

CAPÍTULO III
Valle de Aragua — Lago Tacarigua — Morro de San Juan — Sitio de Puerto cabello— El general Páez— El árbol de la vaca— Aguas termales de la cadena del litoral.

CAPÍTULO IV
Cordillera Oriental de los Andes — Su constitución geológica —Nivelación barométrica — Efectos del temblor de tierra de 1812, observados en diferentes localidades — Sierra Nevada de Mérida —Lago Urao— Pamplona, sus minas de oro— Hierro meteórico de Santa Rosa.

CAPÍTULO V
Explanada de Bogotá — Nación Muisca — Su conquista - Guerras de la Independencia — Descripción de la meseta.

CAPÍTULO VI
Las primeras luchas por la Independencia — Bolívar.

CAPÍTULO VII
Meseta de Bogotá — Constitución geológica — Sal gema — Salinas —Carbón — Minas de esmeraldas.

CAPÍTULO VIII
Bogotá — Situación — Clima — Costumbres — Aventuras — Excursiones por los alrededores.

CAPÍTULO IX
Excursión para determinar los límites del terreno al sur de Bogotá —   Valle del Magdalena entre honda e Ibagué — Observaciones sobre el aumento de la intensidad del sonido durante la noche — Puente natural de Pandi o Icononzo.

TOMO II

CAPÍTULO X
Jugo venenoso del ajuapar— Accidentes que sucedieron mientras analizábamos esa materia — El comandante don Juan con nodriza — Irradiación nocturna en Bogotá.

CAPÍTULO XI
Algunos de mis conocidos en Bogotá — El Libertador Bolívar —Personajes — Sucesos.

CAPÍTULO XII
El Salto de Tequendama — Historia de Manuelita Sáenz.

CAPÍTULO XIII
Expedición de 1824— En los llanos del Meta.

CAPÍTULO XIV
Cordillera Central y Cordillera Oriental— Valle del Cauca— Minas de oro de La Vega de Supía - Provincia de Antioquia.

CAPÍTULO XV
Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

CAPÍTULO XVI
Viaje a la región aurífera y platinífera del Chocó.

CAPÍTULO XVII
Viaje al Ecuador— Estudios sobre la región volcánica.

CAPÍTULO XVIII
Ascensión al volcán del Puracé.

CAPÍTULO XIX
Viaje de Popayán a Pasto — Estancia en Pasto.

CAPÍTULO XX
Viaje de Pasto a Quito.

CAPÍTULO XXI
Ecuador.

CAPÍTULO XXII
Ascensión al volcán de Pichincha.

CAPÍTULO XXIII
Ascensión al Antisana.

CAPÍTULO XXIV
Tertulias y puros.

CAPÍTULO XXV
Ascensión al Chimborazo (1831).

CORRESPONDENCIA 1818-1826
Correspondencia I-X
Correspondencia XI-XVI
Correspondencia XVII-XXII
Correspondencia XXIII-XXIX
Correspondencia XXX-XL
Correspondencia XLI- LI
Correspondencia LII-LXII
Correspondencia LXIII- LXXIII
Correspondencia LXXIV - LXXXI
Correspondencia LXXXII - CII
Correspondencia CIII - CXXIX

Las jornadas más secas precedieron la llegada de la lluvia; esto fue el 9 de marzo, cuando la sequía llegó al máximo y no dudo que se sentía uno mal al respirar en una atmósfera que contenía tan pocos vapores acuosos.

Los principales cultivos de la meseta de Bogotá continúan como en la época de los muiscas: maíz, quenopodio (pata de ganso) y papa. La conquista introdujo el trigo, cuyo rendimiento es muy productivo; también trajeron los españoles el caballo, el asno, el ganado y los animales domésticos. Sería difícil encontrar mejores plantaciones de alfalfa que aquellas que se ven al pie de la cordillera y que dan cosechas abundantes durante todo el año, gracias a una irrigación bien aplicada.

Una industria muy lucrativa, el engorde de ganado que se trae flaco de los llanos o del valle de la Magdalena, se ha desarrollado gracias a esta riqueza en forrajes. Se dice que está cebado el ganado que ha pasado de 6 a 8 semanas en los pastales, la carne es gorda y de muy buena calidad y los bueyes, después de la castración, van al engorde como las vacas. La velocidad del desarrollo se debe no solamente a una gran cantidad de alimento verde, sino también a la ausencia de los insectos que en las regiones cálidas asaltan día y noche a los animales que se hallan pastando. El mercado de Bogotá está provisto, además, de variados productos agrícolas que llegan de tierras calientes: azúcar, cacao y frutas suculentas: naranjas, chirimoyas, aguacates, granadillas, patillas, guayabas, etc. De las legumbres no se cultiva sino el garbanzo, el fríjol y las lentejas; no se veían legumbres verdes.

La vida, aún en las clases altas de la sociedad, era de una simplicidad primitiva. Cuando llegué a la meseta eran las costumbres de los españoles de la edad media; ningún lujo, a no ser que fuera para los vestidos de gala.

Las habitaciones eran encaladas y en cuanto a muebles, una mesa, algunas bancas, sillas de madera, un canapé bajo donde las mujeres se mantenían sentadas sobre sus talones, al estilo morisco. En las casas de los más importantes había muebles tapizados en cuero de Córdoba y poltronas de roble, tan pesados que se movían difícilmente: yo admiré varios que venían, sin duda, de la época que siguió inmediatamente a la conquista.

En las clases altas se usaba generalmente vajilla de plata, pero en las clases medias no se veían sino vasijas de barro cocido; sin embargo, en casi todas las casas se bebía en vasos de plata, definitivamente más económicos que los de vidrio, muy frágiles, en un país en donde tienen un precio muy elevado. En cuanto a cuchillos, poco se les empleaba; rara vez se usaban los tenedores, de manera que se tenía que proceder a una lavada general después de cada comida, la cual era muy poco variada. Casi todo el mundo desayunaba con chocolate en agua, muy claro y ardiente. Cada uno lo preparaba en su casa, mezclando el cacao tostado y molido sobre una piedra caliente, una cierta cantidad de maíz que variaba en proporción de acuerdo con el estado social del individuo. Para los sirvientes el maíz era abundantísimo; las personas más pudientes servían el chocolate con huevos revueltos o fritos en grasa apetitosa.

Establecí la distinción entre los huevos revueltos y los fritos a causa de un accidente bastante desagradable, al principio de mi estancia y al que me acostumbré: en las mejores casas no había entonces cocinas propiamente dichas; no era necesario tener una cocina como a las que estamos acostumbrados en Francia: en una pieza se colocaban a nivel del suelo tres grandes piedras que hacían el oficio de trípode y entonces venía lo que Bergman llamaba las inmundicias de la atmósfera, o sea el polvo en el aire, teniendo en cuenta que la escoba era un instrumento muy poco conocido y los cabellos abundaban en esa mugre, porque las damas y sus esclavos se peinaban en la cocina.

Sobre los huevos en cacerola, los cabellos conservaban su flexibilidad y por el color se podía adivinar su procedencia. Al masticar sentía yo terrible repugnancia; antes de comer retiraba tantos cabellos como me era posible, tal como lo habría hecho con las espinas de un pescado; en cambio, en los huevos fritos, debido a la temperatura aplicada a la grasa, se tostaban y se quebraban, de manera que se tragaban sin que uno se diera cuenta.

Con los huevos servían tajadas de papas fritas o de bananos maduros azucarados que es una comida deliciosa, parecida a los buñuelos; en realidad el desayuno era copioso. En 1823 se almorzaba a la 1 o a las 2. Paso a describir un almuerzo sin ceremonia, en casa de un abogado distinguido: primero se pasó la famosa olla podrida de los españoles que es un revuelto de un pedazo de buey hervido en medio de papas, manzanas, albaricoques verdes sin semilla, garbanzos, arroz, repollo y tocino. Estábamos solos en la mesa; la señora de la casa y su hija, dos personas encantadoras, comían en una pieza aparte, posiblemente en la cocina, pues así se acostumbraba. La olla podrida me pareció deliciosa: no se usaban servilletas y se reemplazaban con un mantel angosto bordado que todos usaban; cucharas, tenedores y bandejas de plata; platos de loza, todo esto era de un lujo inusitado. 

Hasta ahí, nada para beber; felizmente, trajeron caldo caliente. Una vez pasada la primera impresión, me acostumbre fácilmente a esta bebida; la comida se condimentaba con sal y pimientos largos que cauterizaban la boca. A la olla sucedió un plato de repollo, ornamentado de salchichas y más caldo; el pan estaba muy bueno, mucho mejor que el pan francés, cuya reputación, para mí, es inmerecida. En seguida apareció una bella colección de confituras de guayaba y de cidra; a una señal del anfitrión trajeron grandes vasos de plata llenos de agua fría; ¡esto fue a tiempo y jamás había bebido tanta agua de una sola vez! La india que nos servía dijo una plegaria de gracias, nos santiguamos y comenzamos a fumar.

Más adelante acompañé a mi huésped a una de sus haciendas y por la tarde asistí a la tertulia o reunión de amigos. Las señoras estaban acurrucadas sobre un diván adosado al muro del salón iluminado por una sola vela. La luz tenue conviene para las conversaciones íntimas. Las damas, generalmente bellas y siempre amables, distribuyeron a los señores cigarros que ellas mismas habían prendido y pronto nos encontramos dentro de una espesa nube. Se instalaron algunas partidas de monte, juego de naipes favorito en el país y se jugaron sumas bastante elevadas; se tomó chocolate y se comieron dulces. La velada fue muy agradable: la tertulia tiene la ventaja de que se puede llegar sin ser invitado y sin hacer ninguna |toilette. |

En las clases inferiores, porque entonces no había y aún no hay clase media en la sociedad, los alimentos no eran diferentes a los que acabo de describir. Los artesanos, no muy numerosos y los campesinos, se alimentaban especialmente de ajiaco que es una mezcla de carne de res o de oveja, cortada finamente y cocida con papas y sazonada con ajo y cebollas; la cocción es rápida debido a los pequeños pedazos de carne y en menos de un cuarto de hora el ajiaco está listo y afirmo que es una buena sopa. Los trabajadores se nutren también con salchichas, tocino y grasas. Las comidas las toman cerca del fuego; no hay mesas, si mucho algunos bancos o butacas; el chocolate se toma en la mañana y en la noche, seguido de un vaso de agua. En los almuerzos y aún fuera de esas horas, se consume la chicha, bebida muy fortificante y con mucho mayor contenido de alcohol que la cerveza europea.

Yo he visto a los orejones y aun a ricos hacendados que pasan gran parte de su vida a caballo vigilando el ganado que, | a pesar de estar cerca de un arroyo de aguas cristalinas, recorren al galope más de una legua para ir a tomar chicha. Estas personas le tienen horror al agua y si el vino no es de España, no les gusta a los que ya están acostumbrados a la bebida autóctona. En seguida cito una prueba evidente:

Después del triunfo de Boyacá, los patriotas quedaron en posesión de las altas regiones de la Nueva Granada; por todas partes Bolívar era recibido como un héroe; todos los que, de no haber triunfado, lo habrían perseguido como a una bestia salvaje, llegaban a él en señal de sumisión. La casa donde el Libertador había establecido su cuartel estaba llena de visitantes, cuando se presentó un nuevo personaje, uno de los más ricos propietarios de la Sabana; Bolívar llamó a un joven oficial francés de su estado mayor para que le dijese al hacendado que lo esperara algunos instantes, ya que deseaba recibirlo solo y le rogó a su edecán atender al personaje con grandes miramientos y de refrescarlo con vino de Burdeos.

—“¿Del mejor, mi general?”

—“Sí, lo mejor que encuentre”.

El comandante no se lo hizo decir dos veces y encargó al mayordomo que trajese el vino que fue ofrecido al hacendado. Se brindó y se bebió; el joven oficial se tomó de un trago el excelente licor, pero su invitado, apenas se llevó el vaso a los labios, se levantó bruscamente, rojo de cólera y botando el vino dijo: —“Es una chanza de mal gusto que no se debía hacer a un hombre de mi edad y de mi calidad; lo que me está ofreciendo es tinta; ¿me quiere envenenar?” a lo cual respondió el francés: —“¿Tinta? ¡Qué va! En todo caso no es veneno, ¡mire!” y se tomó, uno detrás de otro, tres vasos de vino; además, añadió: —“Es el mejor vino que tiene el general Bolívar”. El hacendado se apaciguó, sonrió y declaró que el vino era detestable. El sabor astringente, en efecto, da a los vinos de Burdeos de las mejores cosechas un gusto que recuerda el de la tinta. En cuanto al oficial, llamó a un compañero para que le ayudase a terminar con la botella, ya que no quería envenenarse solo.

En los campos de la Sabana se come poco pan de trigo; se le reemplaza por galletas de maíz o raíces de yuca y por papa; el queso entra también en el régimen de los campesinos, en buena proporción.  

Los artesanos y la mayoría de las gentes del campo son mestizos con mezcla de sangre india y blanca: los hombres son de fuerte constitución y las mujeres de una frescura y belleza que llama la atención al viajero.

En cuanto a los indios, son ellos una categoría aparte. Generalmente viven fuera de la ciudad, en chozas circulares de techo cónico, para que el humo pueda escapar, en la misma forma como los encontraron los españoles; la única diferencia que se nota entre el muisca actual y sus antepasados es que ha perdido su idioma autóctono. El indio vive más o menos como vivía tres siglos atrás: se alimenta de papas cocidas en agua o asadas bajo cenizas; raíces de arracacha, de legumbres secas y de galletas de maíz; consume poca carne, a menos que sea de curí o de salchichería, además, es un gran bebedor de chicha, con su familia, no muy numerosa, cultiva una “chacra” y cría gallinas. Su estatura es baja y de fuerte musculatura; se contrata como criado o pastor y en una palabra, ejerce un trabajo que no exige mucha fuerza. Es asiduo y paciente en el trabajo; en los caminos se le encuentra hilando algodón con huso, al mismo tiempo que camina y vigila los ganados lo que hacía bajo el dominio de los zauqes (sic). Por lo demás, el indio de Bogotá es un pillo: mentiroso, sucio y cubierto de piojos y mugre y además beodo, como lo eran sus padres.

Cuando yo llegué a Bogotá, antes de la invasión europea que siguió a la declaración de independencia, pude darme cuenta del estado social, tal como era en la época cuando las colonias españolas no comerciaban sino con la metrópolis. Durante el dominio español, sobre la meseta muisca, escasamente se vieron 2 o 3 extranjeros en el curso de 20 años, sólo se conocían los negociantes y sus mercancías eran originarias de Castilla.

En lo referente a la educación, costumbres y vestidos, todo era igual a la España de la edad media: una religión automática, obedecimiento absoluto y tolerante a una cleresía dominante, la pasión del juego llevada al extremo, como sucede en toda sociedad ociosa e ignorante y que no tenga ninguna aspiración

hacia cosas más elevadas; hombres y mujeres jugaban de una manera desenfrenada: yo me encontré alguna vez en una tertulia en donde se comenzó por jugar una peseta y el ánimo llegó a tanto que en el curso de la noche el general Urdaneta perdió 20,000 pesos. Durante las fiestas nacionales se apostaba en la plaza pública y las señoras del mejor mundo arriesgaban sumas considerables y tal era su entusiasmo que su juego no tenía interrupción; nada las habría hecho desplazarse, así que al día siguiente el sitio que habían ocupado era un establo de Augias.

Las riñas de gallos tenían muchos aficionados: se batían a muerte dos animales en una arena rodeada de gradas colmadas de espectadores. Yo acompañaba con gusto a mi amigo el general París, cuyos gallos gozaban de una celebridad merecida; la apuestas subían frecuentemente a sumas excesivas y vi al dueño del gallo ganador recoger de 1.000 a 2.000 pesos.

En 1823 los hombres llevaban abrigos que escondían frecuentemente una vestimenta desaliñada. El vestido de los eclesiásticos y de los monjes no variaba jamás, tal como la iglesia católica es inmutable. La vestimenta de las damas, aun cuando un poco masculina en lo que se refiere al sombrero, no era escasa de gracia. Llevaban un sombrero de hombre en paja o en castor rodeado de una cinta y adornado de flores o de plumas, colocado sobre la cabeza recubierta de un chal ricamente bordado, suficientemente amplio para cubrir el talle, disimulándolo como lo habría hecho una manta. 

Un vestido de muselina enfundado, provisto de una guirnalda o de un festón que no llegaba a la pantorrilla; medias de seda y zapatos de satín blanco; los brazos van siempre bajo el chal, de manera que pueden, por medio de un movimientos gracioso, de lo más provocativo, tapar la cara a un posible admirador, dejando apenas una abertura para mirarlo y atraerlo. Esa era la vestimenta de gala y para hacer visitas. También hay un vestido que se usa para salir a la calle, para ir a la iglesia y atender los negocios; tiene la regularidad de un uniforme y a 10 pasos un esposo no reconocería a su mujer, pues todas están vestidas en la misma forma; esto me ha parecido muy inteligente: un sombrero redondo en fieltro negro de alas anchas, horizontales, luego una manta en paño azul que baja un poco por debajo del codo y permite, por su amplitud, esconder el rostro, como ya lo he dicho; bajo la manta una camisa muy descotada bordada artísticamente, luego una falda de seda atada a la cintura por una faja de lana; la falda está plisada y para mantenerla tensa, en la parte baja lleva una alforza con pedazos de piorno.

Para las mujeres del pueblo éste es el vestido usual; únicamente se diferencia en que la falda está hecha en paño azul corriente. Dentro de la casa y el almacén, se permanece en enaguas y en camisa pero para salir al vecindario se reviste la mantilla y si se va más lejos, se lleva el sombrero.

Los puros indios están vestidos de algodón, tal como los vio el conquistador Jiménez de Quesada. Un poncho, cobija que tiene un hueco por donde pasa la cabeza, una especie de casulla, pantalones cortos, una camiseta y siempre un sombrero de paja de maíz, los pies desnudos o a veces, calzados con alpargatas.

Cuando la señora Roulin llegó a Bogotá usaba el vestido que se llevaba en Francia en 1822: sombrero de seda con flores artificiales, quitrín de seda, corsé, chal Ternaux, guantes y botines, o bien blusa de seda cruda y sombrero a la Pamela; permanecía elegantemente vestida y caminaba sin nunca olvidar levantar un poco la falda para mostrar una pantorrilla bretona irreprochable. Esto causó una revolución entre las señoritas y las preguntas que me dirigían sobre el atavío de mi linda compatriota eran agradables y muy indiscretas; lo que las intrigaba por encima de todo era la cintura de avispa de la señora francesa: “¿Don Juan, no es cierto que se necesita una máquina para disminuir tanto la medida?” —“Dígale por favor, ya que la conoce, que se vista ante Ud. y nos hace un plano de la máquina para mostrárnoslo”. El corsé fue rápidamente imitado y comenzó a usarse muy pronto.

Las europeas llegaron a Bogotá en gran cantidad: el comercio inglés se aprovechó con la actividad febril que lo caracteriza, de los mercados que la libertad le había abierto. Los productos británicos llenaron los puertos de Chile a California sobre la costa de México. Los franceses siguieron de lejos ese movimiento con su timidez habitual, porque el gobierno de Luis XVIII siempre había sido hostil a la emancipación de las colonias españolas. En pocos años se vivió y se vistió como en Londres o en París. Los servicios de mesa no dejaron nada que desear. Se vieron vidrios en las ventanas de las casas y se instalaron en los apartamentos muebles fabricados en el Fau­bourg Saint Antoine.

Faltaba, sin embargo, algo al confort: los indispensables lugares secretos para los cuales los colonos mostraron siempre una viva repugnancia.

Los hombres continuaron al “aire libre” de acuerdo con la pintoresca expresión de Royer-Collard y las mujeres preferían los recipientes portátiles, todavía en uso no solamente en Italia y España, sino también en el mediodía francés. ¡Qué incomodidad para un europeo! Cuántas veces tuve que montar a caballo para hacer un paseo obligado, a una legua de distancia.

Una vez, en una ciudad importante del Cauca, yo habitaba una especie de palacio; el tiempo estaba horroroso y mi ayudante tenía mi caballo ya ensillado cuando la dueña de casa, matrona respetable, habiendo adivinado el objeto de mi excursión, hizo colocar ante mí un excusado de plata abollado, obra de arte de orfebrería del siglo XVI; luego sentándose en una poltrona, rodeada de tres o cuatro negras, me suplicó que no me expusiera a la lluvia.

Esto me recuerda contar una historia muy divertida.

Había recibido la misión de hacer pasar del Valle de la Magdalena una cantidad considerable de máquinas, útiles, pólvora, etc., destinados a la explotación de las minas de la Vega de Supía. Se debía recorrer algo así como veinticinco leguas en la Cordillera Central, por senderos impracticables para las mulas y a veces escalar altitudes de 3.500 | metros. Para dirigir esta osada operación me instalé, con varios oficiales de las minas y un destacamento de obreros, en Sonsón, gran población situada a poca distancia de la cresta de separación de aguas a la altura de 2.400 metros. Tomé en alquiler algunas habitaciones y una casa cuyo destino era servir de letrina; con un personal tan numeroso era una medida de importante orden.

Sonsón ofrecía algunos recursos: familias amables que se ocupaban de comercio y de agricultura. Durante sus ratos de ocio, mis alegres compañeros organizaban bailes, juegos, etc. Las bailarinas y los jugadores nunca faltaban; el clima es templado, el suelo es fértil y se vivía agradablemente. Al llegar a la casa secreta, había notado varias veces que los fragmentos de “Morning Herald”, del “Times” y de “La Gaceta Nacional”, desaparecían súbitamente. El viento no se los podía llevar, puesto que el recinto estaba cerrado por una puerta y no me podía explicar la desaparición de estos fragmentos maculados. Mi curiosidad fue excitada a tal punto, que encargué a Trebilcock, un joven minero galés, para que averiguara qué camino tomaban los papeles. El minero era muy inteligente y gracias a la frescura de su tez había desposado una señorita de piel

oscura que había recibido como dote una hacienda y un ojo menos. A pocos días de esto, vi entrar a mi Trebilcock, riendo a carcajadas y en tal forma que al principio le fue imposible articular palabra: cuando se recuperó, me dijo que había visto a una negrita recoger los documentos, disimularlos bajo su mantilla y huir. ¿Cuál sería el motivo de esta acción? El minero recibió la orden de detener a la muchacha y de traerla a mi presencia. Así se hizo y supe entonces que la pobre esclava cumplía una comisión que le daban sus dueñas:

—“¿En qué emplean ellas esos sucios papeles?”
—“Para hacerse rizos”...¡el papel era muy raro en Sonsón!

Las damas importantes de Bogotá son generalmente bellas, frágiles, delicadas y anémicas, consecuencia de un régimen de alimentos poco substanciosos, mucho azúcar, frutas y poca carne. Su débil constitución forma un contraste con la robustez de las mujeres del pueblo con su tez rozagante, con ojos y cabellos negros y músculos muy acentuados.

Los hombres de raza blanca y vida sedentaria no se podían comparar con los mestizos, dueños de una actividad prodigiosa que pasaban su existencia al aire libre, cazando siervos en los grandes bosques de los páramos y llevando a cabo carreras de obstáculos en los más accidentados terrenos.

Más de una vez pude admirar la intrepidez y el valor que desplegaban cazadores caballos y perros en estas carreras insensatas. Los indios, cuando están estimulados por el interés, salen de su apatía y sin mostrar jamás la actividad febril del mestizo, desempeñan trabajos duros; son carboneros que fabrican su producto en lo alto de las montañas y bajan a la ciudad cargando sobre sus hombros sacos que pesan de 50 a 60 kilogramos, o bien aguateros que portan durante horas enteras ollas de barro que contienen cerca de 60 litros de líquido que recogen en el Alto de San Francisco. Como chasquis o mensajeros, son inimitables: su andar, a buen paso gimnástico, lo pueden sostener durante 5 o 6 horas.

Las mujeres de vida alegre gozan en las ciudades de las cordilleras de una situación especial: son de gran belleza, cosa necesaria para su profesión, todas son blancas o con muy poca sangre india; son las cortesanas de la antigüedad. Su clientela las enriquece y sobrepasan con sus ropajes y sus habitaciones el lujo de las damas del gran mundo, de las cuales son rivales. Aun cuando venales en el más alto grado tienen, en ocasiones, muestras de desinterés; así la “Pepita de Oro” (porque estas damas siempre tienen un sobrenombre) que era lindísima, se había enamorado de un coronel de Hanover, un gigante, un coloso de nombre Friedmann, que en esa época no poseía ni un centavo. Sin embargo, esos enamoramientos sinceros no persistían y yo tuve prueba de ello.

Después de “Pepita de Oro” venía “Quebrantacujas”, menos llamativa por su fisonomía que por sus redondeces, ya que daba la impresión de tener delante de uno a la Venus de Milo, pero con brazos. En ese entonces yo tenía la fama de ser el oficial más delgado del estado mayor, lo que fue un atractivo para la Venús y que a mí me trajo problemas: Venus me seguía como un perrito y vigilaba mis pasos sin la menor discreción; cuando salía de una casa la encontraba sentada en la puerta, esperándome para seguirme; decididamente yo estaba metido en un compromiso. ¿Qué hacer? Nada. Afortunadamente llegó a Bogotá un joven oficial poseedor de una talla más fina que la mía y de quien Venus se apoderó con toda mi satisfacción. Fue así como recobré mi libertad.

Las de vida alegre de clases bajas, diferían notablemente de las de su misma profesión, pero de clase más rica, siendo también hermosas, pero más mestizas. La misma vestimenta escandalosa, pero un prejuicio de casta les impedía calzarse, así que iban con los pies desnudos y se les daba el nombre de “descalzas” y se vengaban exhibiendo los pies más bonitos y más coquetos, cuyos dedos estaban adornados con anillos valiosos. Se asegura que en vista de este lujo, la autoridad hizo una concesión a las picantes descalzas, al permitirles el uso, no de medias de seda sino de medias de algodón, lo que éstas rehusaron con indignación.

He dicho que la cleresía era licenciosa e inmoral. Los sacerdotes y los monjes mantenían concubinas abiertamente o vivían maritalmente con ellas.

Con frecuencia me encontraba con un Hermano Hospitalario de San Juan de Dios, seguido de un niño vestido con el hábito de su Orden: eran padre e hijo. Un día un predicador de mucha fama, el canónigo Guerra, llegó como enloquecido a donde el doctor Roulin, suplicándole que fuera a ver a su señora que estaba teniendo un hijo. El doctor salió inmediatamente con su forceps y regresó pronto, para anunciarnos que la señora canóniga y su hijo se encontraban muy bien.

Yo había conocido en París a un sacerdote americano que se hallaba en el exilio. En reconocimiento de su patriotismo le habían otorgado un curato de los mejor retribuidos, en las cercanías de la capital. Pasando cerca de allí, resolví visitar a mi amigo; la víspera había habido una terrible tempestad y habían caído varios rayos sobre el presbiterio; mi hombre me mostró los daños causados por la electricidad a la cabecera de su cama: un candelero de plata y la armadura de un paraguas completamente fundidos y el colchón carbonizado. Entonces le dije: “¿Cómo no fulminó a Ud. también?” Me respondió: “Por una razón muy sencilla o más bien por un milagro; Dios me había inspirado y esa noche me acosté con mi amiga en la pieza vecina”.

La moral de las gentes de iglesia no es siempre muy delicada. Yo conocí más de un cura que prestaba dineros a fuerte interés. Otros comerciaban vendiendo vestidos y víveres a sus parroquianos. La casualidad hizo que yo encontrara uno a quien el amor del lucro inspiró una idea y tuvo la osadía de proponerme me asociara con él: me encontraba desde hacía poco en Bogotá, cuando el gobierno me encargó que visitara la Capuchina, cuyos frailes habían sido expulsados, a excepción de uno que montaba la guardia. El convento se halla a corta distancia de la ciudad; yo debía estudiar cuidadosamente la construcción para saber si era posible instalar allí la Escuela de Ingenieros. Una amable mujer me rogó que le permitiera acompañarme, ya que desde hacía mucho tiempo tenía el deseo de ver el interior de un convento de hombres. ¿Cómo podía yo rehusarme a satisfacer esta legítima curiosidad? Para salvar las apariencias invité a un excelente cura amigo mío, para que se añadiese a la partida. Por fuera, la Capuchina es un bonito monasterio y al golpear vino a abrir una pesada puerta, como de fortaleza, un fraile bien encapuchado. 

Tan pronto el hermano guardián vio a la joven señora, comenzó a santiguarse. Le mostré mi encomienda y nos dejó entrar. Durante nuestra visita nos lanzaba miradas increíbles y nos ponía una cara poco amistosa, al punto de que me felicité de no haber venido vestido de civil y resolví no perderlo de vista; le ordené mostrarme todo lo que hubiera de ver y me obedeció pasando adelante sin pronunciar palabra. Lo que me llamó especialmente la atención fue una colección de reliquias artísticamente arregladas, con sus respectivas etiquetas, guardadas en armarios-vitrinas, cuyas llaves pedí. Mi cicerone, quien conocía muy | bien las preciosas reliquias, me explicó su origen y su poder: se veían dientes, maxilares, tibias y omoplatos de una gran cantidad de santos y el cura me los presentaba, pidiéndome que los mirara | muy de cerca; me parecía estar en un museo paleontológico en presencia de osamentas fósiles; cuando lo consideré suficiente y nos retiramos, el capuchino, al tiempo que se santiguaba nuevamente, cerró la puerta con tal violencia que mostró la intención de rompemos los pies.

Al día siguiente recibí la visita del cura cicerone:

—“¿Y bien, qué piensa de las reliquias?” —“Nada, usted sabe muy bien, mi querido cura, que yo no creo en esas porquerías”.

—“Porquerías, porquerías, de acuerdo, pero valen mucha plata; ¿no se ha dado Ud. cuenta que esas santas osamentas tienen un aspecto muy diferente de las que no son santificadas? —Convine en que estas reliquias presentaban algunas características particulares; generalmente la superficie parecía corroída.

—“¿Entonces qué es lo que quiere usted? le pregunté al visitante, quien me respondió: —“Antes de explicar quisiera saber si por medio de procesos químicos Ud. pudiera comunicar esas características a huesos comunes".

—“Sin duda, se lograría quitarles la apariencia pulida corroyéndolos ligeramente con un vapor ácido, inclusive se podría, creo, desarrollar sobre su superficie esa traza de criptogramas que se nota sobre algunos de ellos, ¿y entonces?”.

—“Podríamos hacer dinero; yo le traería osamentas y Ud. las santificaría por medio de química. En cuanto a venderlos, no se preocupe, se venderían más de los que Ud. pudiera santificar”.

—“¿Entonces, señor cura, ¿su intención sería fabricar reliquias falsas? Pero esto es indigno; cómo se imagina llevar a cabo una acción tan indigna? Sería sencillamente un robo lo que Ud. estaría cometiendo”.

—“¿Así que no hay negocio?”

—“No y salga de aquí”.  

La policía de Bogotá, lo mismo que sucede en las ciudades españolas, no protegía a nadie; se robaba impunemente y hubo tantos ataques nocturnos y asesinatos, que el Congreso en 1823 decretó la pena de muerte contra los ladrones. La ley fue puesta en vigor de inmediato y los tribunales la aplicaron sin piedad, aun por los hurtos que en otros tiempos apenas eran castigados con penas correccionales.

Sin la participación de la administración militar habría costado mucho trabajo llevar a cabo las condenas. Fue imposible encontrar un verdugo para administrar el garrote; se presentó un hombre listo a ocupar este puesto y era un soldado que había pertenecido a la Legión irlandesa: un borracho que iba a entrar en funciones cuando el coronel Campbell, encargado de negocios de Su Majestad británica se opuso formalmente.

Mi amigo, el general París, comandante militar de Bogotá, puso a disposición de la justicia civil los piquetes de ejecución que se requerían. En la plaza mayor, cerca de un muro, se armó el cadalso formado por un banco que tenía como espaldar una plancha a la cual se amarraba el condenado, quien una vez sentado, era fusilado por cuatro hombres a órdenes de un sargento. Inmediatamente después el monje con quien el criminal se había confesado, subía al cadalso y dirigía un discurso al populacho de los dos sexos, siempre dispuesto a acudir a un espectáculo que terminara con la muerte; y entre esa muchedumbre no era raro ver llegar a individuos amigos o parientes del condenado.

Yo vivía donde la señora Tadea, perteneciente a una de las familias más ricas de ciudad, antes de las pérdidas que le habían causado las guerras de la independencia. Un joven esclavo negro que habían puesto a mi servicio, me pidió riendo el permiso para ir a ver fusilar a un ladrón.

—“Pero si esto es horrible”, le dije al muchacho.

—“Es que mi hermano mayor es a quien van a fusilar y yo quisiera verlo morir y rezar por él”, me respondió.

Pocas horas después el negrito volvió satisfecho.

Se encontraban asesinos y ladrones en altas posiciones sociales. Un negro, quien gracias a su valor durante la guerra de Pasto había ascendido al grado de coronel de caballería, el coronel Infante, esclavo liberto por el general Bolívar mató a sablazos a un zapatero que era su acreedor; y ya se sospechaba que había asesinado a varias personas; fue juzgado y condenado a muerte por un consejo de guerra presidido por mi coronel José María Lanz. Fui designado como fiscal; la ejecución tuvo lugar en la plaza mayor un día de mercado. Infante, en gran uniforme, con un crucifijo en la mano, se dirigió valerosamente hacia el banco fatal; no quiso que se le vendaran los ojos y fue fusilado por un piquete de artilleros; inmediatamente después un monje subió al cadalso y comenzó a predicar, mientras que el fiscal ponía la mano sobre el corazón del ajusticiado para constatar su muerte; las tropas desfilaron alrededor del cadáver.

La marquesa de Tadea, muy entrada en años, poseía entre los restos de su antigua opulencia, un collar de perlas de un tamaño y de una regularidad que eran la admiración de los conocedores, especialmente del coronel francés Esmenard, llamado para negocios en la Nueva Granada, el más experto en joyería de todos ellos. Una mañana, al amanecer, se encontró a la pobre señora medio muerta de frío y de miedo al pie de su cama y ella contó que un hombre embadurnado de negro, pero con manos blancas, había entrado en la noche y habiéndola torturado, casi estrangulado, para obligarle a declarar dónde guardaba el collar de perlas. Ella trató de resistir, pero como el día ya aclaraba, el ladrón se había ido después de haber tomado sus alhajas de oro. La marquesa no declaró todo a la justicia, pues el ladrón era su nieto, capitán del ejército; al día siguiente este oficial huyó y no se volvió a ver. Este era un hombre de mala fama, jugador incorregible, quien jamás pagaba sus deudas, excepto las de juego; yo lo veía frecuentemente y no me fiaba de él; una vez que yo salía para llevar a las minas de Mariquita una centena de millares de francos (20.000 piastras) en onzas de oro, el nieto me preguntó con quién haría el viaje.

—“Con un lancero” le contesté y quiso saber cuál de los tres caminos tomaría para bajar al valle de la Magdalena, a lo cual me apresuré a indicarle el que no iba a seguir.

Los monumentos de Bogotá escasamente merecen ser mencionados, si se exceptúa la Catedral, cuya arquitectura es exactamente la de la iglesia de los jesuitas de la calle Saint Antoine. Pero un edificio que nadie esperaría encontrar a una altitud absoluta de 2.650 metros cerca al ecuador, es un observatorio astronómico; éste se debió a la iniciativa y al entusiasmo de un ilustre sabio español, convenido más tarde en americano, el doctor Mutis, quien nació en Cadiz en 1732. Su gusto por las ciencias se manifestó desde su más tierna juventud; se graduó de doctor en medicina en Sevilla y en esa calidad acompañó a don Pedro Mecía de la Zerda, nombrado virrey de la Nueva Granada. En 1760 Mutis desembarcó en Cartagena y acompañó al virrey hasta Bogotá, después de haber recogido en su viaje, de subida por el Magdalena, una rica colección de plantas y de haber hecho un descubrimiento importante: la variación periódica nocturna de la altura del mercurio en el barómetro. Al regresar de la Zerda a Europa, Mutis se instaló en Bogotá, en donde pronto fue nombrado director de la Expedición Botánica y fue en esta ciudad donde comenzó “La Flora de la Nueva Granada” que continuó en Mariquita donde pasó varios años con el objeto de estudiar más fácilmente los vegetales al vivir a diversas alturas y lógicamente a temperaturas muy variadas desde las regiones calientes hasta los fríos límites de las nieves eternas del Ruiz y del Tolima.

En 1824 encontré, en el centro de los restos de la casa que había habitado Mutis que, del piso de la sala salía un magnífico árbol de quina, amarillo, que provenía, sin lugar a dudas de algún grano caído de un herbario. El árbol había atravesado el entejado y sus hojas, de una gran riqueza en colores, abrigaban las ruinas del edificio. Muy cerca se veía un bosquecito de canelos sembrados por el ilustre botánico y considerando, no sin tristeza, esta soledad absoluta en un sitio que había visto tanta actividad, se podía decir con Addison: “Un hombre útil ha pasado por aquí”.

Fue en Mariquita donde Mutis instruyó a unos dibujantes muy hábiles: las flores, las frutas y las hojas fueron reproducidas con una exactitud que sorprendió a los que vieron esos bellos cuadros dibujados por pobres mestizos, transformados en artistas que habrían sido muy bien acogidos en cualquier otra parte.

Para terminar su obra, Mutis resolvió regresar a la capital en donde el gobierno lo instaló en una bella casa (la casa de la botánica) en donde pronto tuvo 5.000 dibujos sobre tela, un herbario de 10.000 plantas, una colección de granos y de muestras de madera y hasta una imprenta. Desde 1772 Mutis había entrado al sacerdocio. Llenó sus funciones sacerdotales con un entusiasmo que no encontraba obstáculo: fue constantemente el médico y el consolador de los pobres; su reputación se extendió más allá de la América española y mantuvo una nutrida correspondencia con los naturalistas más célebres de la época: Linneo lo proclamaba el príncipe de los botánicos americanos.

Durante la guerra de la Independencia, de la cual Mutis no alcanzó a ser testigo, los dibujos de la Flora de la Nueva Granada fueron llevados por los españoles; no nos quejemos pues esta rica e invaluable colección está religiosamente conservada en el Museo de Historia Natural de Madrid. Si hubiese quedado en Bogotá, lo más probable es que se hubiera dispersado y destruido y lógicamente se habría perdido para la ciencia.

Mutis murió en 1808 a los 77 años. Su última obra fue la de la fundación del Observatorio Astronómico, construido en 1802-1803, bajo su dirección, por el capuchino fray Domingo de Petrez, sobre un terreno que dependía de la dirección de la Expedición Botánica. El edificio consiste en una torre octagonal, cuyos costados tienen 13 pies de ancho. La terraza hemisférica terminal se eleva 132 pies por encima del suelo y está perforada en su centro por una pequeña abertura que deja penetrar un rayo de luz que proyecta la imagen del sol sobre el piso cuadriculado de la pieza principal, sobre el cual se halla trazada una línea meridiana que forma un cuadrante solar horizontal de 37 pies, 7 pulgadas de elevación. Todo allí está dispuesto para observar el cielo hacia los 4 puntos cardinales. Las ventanas son muy altas, para permitir la observación cerca del zenit. Lo único que se puede reprochar al observatorio es que los pisos de las salas no son suficientemente estables, vibran sensiblemente cuando se camina sin precaución; este inconveniente no se presenta sobre la terraza construida en bóveda. En una palabra, el edificio no es macizo y es lástima que no tenga una sala en el primer piso.

Teniendo en cuenta la situación y la época, el observatorio fue liberalmente dotado. El rey de España donó un cuarto de círculo de Sisson, dos teodolitos y dos cronómetros salidos de talleres de artistas ingleses de gran reputación. Mutis donó también al establecimiento 4 anteojos acromáticos, 3 telescopios de reflexión de Dollond, termómetros y un regalo precioso: | un reloj astronómico de Graham, que había pertenecido a los académicos enviados al ecuador para determinar la figura de la tierra y, finalmente, un cuarto de círculo de Bird, de 18 pulgadas de radio, que Humboldt usó durante su navegación por el Orinoco | | (2) .

Al observatorio no le faltaba sino un astrónomo. Mutis, de tan sagaz y perseverante espíritu, y quien juzgaba a los demás de acuerdo consigo mismo, estaba convencido que cualquiera se podía convertir en astrónomo si tenía a su disposición los medios de observar el cielo.

Conocí el observatorio por primera vez en 1823. Era increíble el estado de abandono en que se encontraban los instrumentos que no habían sido robados. Durante la guerra, una soldadesca indisciplinada se había apoderado del contenido del observatorio; los lentes oculares habían sido robados, lo mismo que los cronómetros y los anteojos; el reloj de Graham estaba completamente destruido. Entre los restos me sorprendió encontrar, casi intactos, los telescopios de reflexión y el cuarto de círculo de Bird. En medio de esas ruinas, instalé dos barómetros de Fortin comparados con el del Observatorio de París. Procedí a un inventario de estos tristes restos y fue entonces cuando en un montón de papeles acumulados en un cuarto oscuro, tuve la fortuna de descubrir y de salvar manuscritos preciosos: en primer lugar las observaciones termométricas llevadas a cabo durante muchos años en la Casa de la Expedición Botánica y luego muy curiosos paquetes de cartas de las religiosas del convento de Santa Clara, dirigidas a su director espiritual. Para conocer su contenido hubo que leerlas. ¡Pobres reclusas! ¡Qué desahogos! ¡Qué pecados tan singulares de los que se acusaban! Exaltaban el amor a su esposo,Nuestro Señor Jesucristo, en términos que habrían podido expresar sentimientos carnales. Esta correspondencia que demostraba una piadosa admiración por su confesor, contenía la confesión de algunas faltas evidentemente imaginarias. Habría sido indigno divulgarlas; ¡se habría violado el secreto de la confesión! Por lo tanto quemé las cartas, creo que fue una laudable resolución tomada por un comandante de filibusteros que llegaba apenas a sus 22 años.

(2) De la Condamine vendió su reloj al reverendo padre Terol, dominicano de Quito y hábil relojero. Al morir Terol, el instrumento pasó por varias manos y al fin fue comprado por Caldas, quien lo trajo a Santa Fe de Bogotá. El cuarto del círculo de Bird que debió ser para Humboldt bastante incómodo durante el viaje fue comprado por Ignacio de Pombo.(regresar 2)

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