Las jornadas más secas precedieron la llegada de la lluvia; esto
fue el 9 de marzo, cuando la sequía llegó al máximo y no dudo que
se sentía uno mal al respirar en una atmósfera que contenía tan
pocos vapores acuosos.
Los principales cultivos de la meseta de Bogotá continúan como
en la época de los muiscas: maíz, quenopodio (pata de ganso) y
papa. La conquista introdujo el trigo, cuyo rendimiento es muy
productivo; también trajeron los españoles el caballo, el asno, el
ganado y los animales domésticos. Sería difícil encontrar mejores
plantaciones de alfalfa que aquellas que se ven al pie de la
cordillera y que dan cosechas abundantes durante todo el año,
gracias a una irrigación bien aplicada.
Una industria muy lucrativa, el engorde de ganado que se trae
flaco de los llanos o del valle de la Magdalena, se ha desarrollado
gracias a esta riqueza en forrajes. Se dice que está cebado el
ganado que ha pasado de 6 a 8 semanas en los pastales, la carne es
gorda y de muy buena calidad y los bueyes, después de la
castración, van al engorde como las vacas. La velocidad del
desarrollo se debe no solamente a una gran cantidad de alimento
verde, sino también a la ausencia de los insectos que en las
regiones cálidas asaltan día y noche a los animales que se hallan
pastando. El mercado de Bogotá está provisto, además, de variados
productos agrícolas que llegan de tierras calientes: azúcar, cacao
y frutas suculentas: naranjas, chirimoyas, aguacates, granadillas,
patillas, guayabas, etc. De las legumbres no se cultiva sino el
garbanzo, el fríjol y las lentejas; no se veían legumbres
verdes.
La vida, aún en las clases altas de la sociedad, era de una
simplicidad primitiva. Cuando llegué a la meseta eran las
costumbres de los españoles de la edad media; ningún lujo, a no ser
que fuera para los vestidos de gala.
Las habitaciones eran encaladas y en cuanto a muebles, una mesa,
algunas bancas, sillas de madera, un canapé bajo donde las mujeres
se mantenían sentadas sobre sus talones, al estilo morisco. En las
casas de los más importantes había muebles tapizados en cuero de
Córdoba y poltronas de roble, tan pesados que se movían
difícilmente: yo admiré varios que venían, sin duda, de la época
que siguió inmediatamente a la conquista.
En las clases altas se usaba generalmente vajilla de plata, pero
en las clases medias no se veían sino vasijas de barro cocido; sin
embargo, en casi todas las casas se bebía en vasos de plata,
definitivamente más económicos que los de vidrio, muy frágiles, en
un país en donde tienen un precio muy elevado. En cuanto a
cuchillos, poco se les empleaba; rara vez se usaban los tenedores,
de manera que se tenía que proceder a una lavada general después de
cada comida, la cual era muy poco variada. Casi todo el mundo
desayunaba con chocolate en agua, muy claro y ardiente. Cada uno lo
preparaba en su casa, mezclando el cacao tostado y molido sobre una
piedra caliente, una cierta cantidad de maíz que variaba en
proporción de acuerdo con el estado social del individuo. Para los
sirvientes el maíz era abundantísimo; las personas más pudientes
servían el chocolate con huevos revueltos o fritos en grasa
apetitosa.
Establecí la distinción entre los huevos revueltos y los fritos
a causa de un accidente bastante desagradable, al principio de mi
estancia y al que me acostumbré: en las mejores casas no había
entonces cocinas propiamente dichas; no era necesario tener una
cocina como a las que estamos acostumbrados en Francia: en una
pieza se colocaban a nivel del suelo tres grandes piedras que
hacían el oficio de trípode y entonces venía lo que Bergman llamaba
las inmundicias de la atmósfera, o sea el polvo en el aire,
teniendo en cuenta que la escoba era un instrumento muy poco
conocido y los cabellos abundaban en esa mugre, porque las damas y
sus esclavos se peinaban en la cocina.
Sobre los huevos en cacerola, los cabellos conservaban su
flexibilidad y por el color se podía adivinar su procedencia. Al
masticar sentía yo terrible repugnancia; antes de comer retiraba
tantos cabellos como me era posible, tal como lo habría hecho con
las espinas de un pescado; en cambio, en los huevos fritos, debido
a la temperatura aplicada a la grasa, se tostaban y se quebraban,
de manera que se tragaban sin que uno se diera
cuenta.
Con los huevos servían tajadas de papas fritas o de bananos
maduros azucarados que es una comida deliciosa, parecida a los
buñuelos; en realidad el desayuno era copioso. En 1823 se almorzaba
a la 1 o a las 2. Paso a describir un almuerzo sin
ceremonia, en casa de un abogado distinguido: primero se
pasó la famosa olla podrida de los españoles que es un revuelto de
un pedazo de buey hervido en medio de papas, manzanas, albaricoques
verdes sin semilla, garbanzos, arroz, repollo y tocino. Estábamos
solos en la mesa; la señora de la casa y su hija, dos personas
encantadoras, comían en una pieza aparte, posiblemente en la
cocina, pues así se acostumbraba. La olla podrida me pareció
deliciosa: no se usaban servilletas y se reemplazaban con un mantel
angosto bordado que todos usaban; cucharas, tenedores y bandejas de
plata; platos de loza, todo esto era de un lujo
inusitado.
Hasta ahí, nada para beber; felizmente, trajeron caldo caliente.
Una vez pasada la primera impresión, me acostumbre fácilmente a
esta bebida; la comida se condimentaba con sal y pimientos largos
que cauterizaban la boca. A la olla sucedió un plato de repollo,
ornamentado de salchichas y más caldo; el pan estaba muy bueno,
mucho mejor que el pan francés, cuya reputación, para mí, es
inmerecida. En seguida apareció una bella colección de confituras
de guayaba y de cidra; a una señal del anfitrión trajeron grandes
vasos de plata llenos de agua fría; ¡esto fue a tiempo y jamás
había bebido tanta agua de una sola vez! La india que nos servía
dijo una plegaria de gracias, nos santiguamos y comenzamos a
fumar.
Más adelante acompañé a mi huésped a una de sus haciendas y por
la tarde asistí a la tertulia o reunión de amigos. Las señoras
estaban acurrucadas sobre un diván adosado al muro del salón
iluminado por una sola vela. La luz tenue conviene para las
conversaciones íntimas. Las damas, generalmente bellas y siempre
amables, distribuyeron a los señores cigarros que ellas mismas
habían prendido y pronto nos encontramos dentro de una espesa nube.
Se instalaron algunas partidas de monte, juego de naipes favorito
en el país y se jugaron sumas bastante elevadas; se tomó
chocolate y se comieron dulces. La velada fue muy agradable: la
tertulia tiene la ventaja de que se puede llegar sin ser invitado y
sin hacer ninguna
|toilette.
|
En las clases inferiores, porque entonces no había y aún no hay
clase media en la sociedad, los alimentos no eran diferentes a los
que acabo de describir. Los artesanos, no muy numerosos y los
campesinos, se alimentaban especialmente de ajiaco que es una
mezcla de carne de res o de oveja, cortada finamente y cocida con
papas y sazonada con ajo y cebollas; la cocción es rápida debido a
los pequeños pedazos de carne y en menos de un cuarto de hora el
ajiaco está listo y afirmo que es una buena sopa. Los trabajadores
se nutren también con salchichas, tocino y grasas. Las comidas las
toman cerca del fuego; no hay mesas, si mucho algunos bancos o
butacas; el chocolate se toma en la mañana y en la noche, seguido
de un vaso de agua. En los almuerzos y aún fuera de esas horas, se
consume la chicha, bebida muy fortificante y con mucho mayor
contenido de alcohol que la cerveza europea.
Yo he visto a los orejones y aun a ricos hacendados que pasan
gran parte de su vida a caballo vigilando el ganado que,
|
a
pesar de estar cerca de un arroyo de aguas cristalinas, recorren al
galope más de una legua para ir a tomar chicha. Estas personas le
tienen horror al agua y si el vino no es de España, no les gusta a
los que ya están acostumbrados a la bebida autóctona. En seguida
cito una prueba evidente:
Después del triunfo de Boyacá, los patriotas quedaron en
posesión de las altas regiones de la Nueva Granada; por todas
partes Bolívar era recibido como un héroe; todos los que, de no
haber triunfado, lo habrían perseguido como a una bestia salvaje,
llegaban a él en señal de sumisión. La casa donde el Libertador
había establecido su cuartel estaba llena de visitantes, cuando se
presentó un nuevo personaje, uno de los más ricos propietarios de
la Sabana; Bolívar llamó a un joven oficial francés de su estado
mayor para que le dijese al hacendado que lo esperara algunos
instantes, ya que deseaba recibirlo solo y le rogó a su edecán
atender al personaje con grandes miramientos y de refrescarlo con
vino de Burdeos.
—“¿Del mejor, mi general?”
—“Sí, lo mejor que encuentre”.
El comandante no se lo hizo decir dos veces y encargó al
mayordomo que trajese el vino que fue ofrecido al hacendado. Se
brindó y se bebió; el joven oficial se tomó de un trago el
excelente licor, pero su invitado, apenas se llevó el vaso a los
labios, se levantó bruscamente, rojo de cólera y botando el vino
dijo: —“Es una chanza de mal gusto que no se debía hacer
a un hombre de mi edad y de mi calidad; lo que me está ofreciendo
es tinta; ¿me quiere envenenar?” a lo cual respondió el
francés: —“¿Tinta? ¡Qué va! En todo caso no es veneno,
¡mire!” y se tomó, uno detrás de otro, tres vasos de vino;
además, añadió: —“Es el mejor vino que tiene el general
Bolívar”. El hacendado se apaciguó, sonrió y declaró que el
vino era detestable. El sabor astringente, en efecto, da a los
vinos de Burdeos de las mejores cosechas un gusto que recuerda el
de la tinta. En cuanto al oficial, llamó a un compañero para que le
ayudase a terminar con la botella, ya que no quería envenenarse
solo.
En los campos de la Sabana se come poco pan de trigo; se le
reemplaza por galletas de maíz o raíces de yuca y por papa; el
queso entra también en el régimen de los campesinos, en buena
proporción.
Los artesanos y la mayoría de las gentes del campo son mestizos
con mezcla de sangre india y blanca: los hombres son de fuerte
constitución y las mujeres de una frescura y belleza que llama la
atención al viajero.
En cuanto a los indios, son ellos una categoría aparte.
Generalmente viven fuera de la ciudad, en chozas circulares de
techo cónico, para que el humo pueda escapar, en la misma forma
como los encontraron los españoles; la única diferencia que se nota
entre el muisca actual y sus antepasados es que ha perdido su
idioma autóctono. El indio vive más o menos como vivía tres siglos
atrás: se alimenta de papas cocidas en agua o asadas bajo cenizas;
raíces de arracacha, de legumbres secas y de galletas de maíz;
consume poca carne, a menos que sea de curí o de salchichería,
además, es un gran bebedor de chicha, con su familia, no muy
numerosa, cultiva una “chacra” y cría gallinas. Su
estatura es baja y de fuerte musculatura; se contrata como criado o
pastor y en una palabra, ejerce un trabajo que no exige mucha
fuerza. Es asiduo y paciente en el trabajo; en los caminos se le
encuentra hilando algodón con huso, al mismo tiempo que camina y
vigila los ganados lo que hacía bajo el dominio de los zauqes
(sic). Por lo demás, el indio de Bogotá es un pillo: mentiroso,
sucio y cubierto de piojos y mugre y además beodo, como lo eran sus
padres.
Cuando yo llegué a Bogotá, antes de la invasión europea que
siguió a la declaración de independencia, pude darme cuenta del
estado social, tal como era en la época cuando las colonias
españolas no comerciaban sino con la metrópolis. Durante el dominio
español, sobre la meseta muisca, escasamente se vieron 2 o 3
extranjeros en el curso de 20 años, sólo se conocían los
negociantes y sus mercancías eran originarias de
Castilla.
En lo referente a la educación, costumbres y vestidos, todo era
igual a la España de la edad media: una religión automática,
obedecimiento absoluto y tolerante a una cleresía dominante, la
pasión del juego llevada al extremo, como sucede en toda sociedad
ociosa e ignorante y que no tenga ninguna aspiración
hacia cosas más elevadas; hombres y mujeres jugaban de una
manera desenfrenada: yo me encontré alguna vez en una tertulia en
donde se comenzó por jugar una peseta y el ánimo llegó a tanto que
en el curso de la noche el general Urdaneta perdió 20,000 pesos.
Durante las fiestas nacionales se apostaba en la plaza pública y
las señoras del mejor mundo arriesgaban sumas considerables y tal
era su entusiasmo que su juego no tenía interrupción; nada las
habría hecho desplazarse, así que al día siguiente el sitio que
habían ocupado era un establo de Augias.
Las riñas de gallos tenían muchos aficionados: se batían a
muerte dos animales en una arena rodeada de gradas colmadas de
espectadores. Yo acompañaba con gusto a mi amigo el general París,
cuyos gallos gozaban de una celebridad merecida; la apuestas subían
frecuentemente a sumas excesivas y vi al dueño del gallo ganador
recoger de 1.000 a 2.000 pesos.
En 1823 los hombres llevaban abrigos que escondían
frecuentemente una vestimenta desaliñada. El vestido de los
eclesiásticos y de los monjes no variaba jamás, tal como la iglesia
católica es inmutable. La vestimenta de las damas, aun cuando un
poco masculina en lo que se refiere al sombrero, no era escasa de
gracia. Llevaban un sombrero de hombre en paja o en castor rodeado
de una cinta y adornado de flores o de plumas, colocado sobre la
cabeza recubierta de un chal ricamente bordado, suficientemente
amplio para cubrir el talle, disimulándolo como lo habría hecho una
manta.
Un vestido de muselina enfundado, provisto de una guirnalda o de
un festón que no llegaba a la pantorrilla; medias de seda y zapatos
de satín blanco; los brazos van siempre bajo el chal, de manera que
pueden, por medio de un movimientos gracioso, de lo más
provocativo, tapar la cara a un posible admirador, dejando apenas
una abertura para mirarlo y atraerlo. Esa era la vestimenta de gala
y para hacer visitas. También hay un vestido que se usa para salir
a la calle, para ir a la iglesia y atender los negocios; tiene la
regularidad de un uniforme y a 10 pasos un esposo no reconocería a
su mujer, pues todas están vestidas en la misma forma; esto me ha
parecido muy inteligente: un sombrero redondo en fieltro negro de
alas anchas, horizontales, luego una manta en paño azul que baja un
poco por debajo del codo y permite, por su amplitud, esconder el
rostro, como ya lo he dicho; bajo la manta una camisa muy descotada
bordada artísticamente, luego una falda de seda atada a la cintura
por una faja de lana; la falda está plisada y para mantenerla
tensa, en la parte baja lleva una alforza con pedazos de
piorno.
Para las mujeres del pueblo éste es el vestido usual; únicamente
se diferencia en que la falda está hecha en paño azul corriente.
Dentro de la casa y el almacén, se permanece en enaguas y en camisa
pero para salir al vecindario se reviste la mantilla y si se va más
lejos, se lleva el sombrero.
Los puros indios están vestidos de algodón, tal como los vio el
conquistador Jiménez de Quesada. Un poncho, cobija que tiene un
hueco por donde pasa la cabeza, una especie de casulla, pantalones
cortos, una camiseta y siempre un sombrero de paja de maíz, los
pies desnudos o a veces, calzados con alpargatas.
Cuando la señora Roulin llegó a Bogotá usaba el vestido que se
llevaba en Francia en 1822: sombrero de seda con flores
artificiales, quitrín de seda, corsé, chal Ternaux, guantes y
botines, o bien blusa de seda cruda y sombrero a la Pamela;
permanecía elegantemente vestida y caminaba sin nunca olvidar
levantar un poco la falda para mostrar una pantorrilla bretona
irreprochable. Esto causó una revolución entre las señoritas y las
preguntas que me dirigían sobre el atavío de mi linda compatriota
eran agradables y muy indiscretas; lo que las intrigaba por encima
de todo era la cintura de avispa de la señora francesa: “¿Don
Juan, no es cierto que se necesita una máquina para disminuir tanto
la medida?” —“Dígale por favor, ya que la conoce,
que se vista ante Ud. y nos hace un plano de la máquina para
mostrárnoslo”. El corsé fue rápidamente imitado y comenzó a
usarse muy pronto.
Las europeas llegaron a Bogotá en gran cantidad: el comercio
inglés se aprovechó con la actividad febril que lo caracteriza, de
los mercados que la libertad le había abierto. Los productos
británicos llenaron los puertos de Chile a California sobre la
costa de México. Los franceses siguieron de lejos ese movimiento
con su timidez habitual, porque el gobierno de Luis XVIII siempre
había sido hostil a la emancipación de las colonias españolas. En
pocos años se vivió y se vistió como en Londres o en París. Los
servicios de mesa no dejaron nada que desear. Se vieron vidrios en
las ventanas de las casas y se instalaron en los apartamentos
muebles fabricados en el Faubourg Saint Antoine.
Faltaba, sin embargo, algo al confort: los indispensables
lugares secretos para los cuales los colonos mostraron siempre una
viva repugnancia.
Los hombres continuaron al “aire libre” de acuerdo con
la pintoresca expresión de Royer-Collard y las mujeres preferían
los recipientes portátiles, todavía en uso no solamente en Italia y
España, sino también en el mediodía francés. ¡Qué incomodidad para
un europeo! Cuántas veces tuve que montar a caballo para hacer un
paseo obligado, a una legua de distancia.
Una vez, en una ciudad importante del Cauca, yo habitaba una
especie de palacio; el tiempo estaba horroroso y mi ayudante tenía
mi caballo ya ensillado cuando la dueña de casa, matrona
respetable, habiendo adivinado el objeto de mi excursión, hizo
colocar ante mí un excusado de plata abollado, obra de arte de
orfebrería del siglo XVI; luego sentándose en una poltrona, rodeada
de tres o cuatro negras, me suplicó que no me expusiera a la
lluvia.
Esto me recuerda contar una historia muy
divertida.
Había recibido la misión de hacer pasar del Valle de la
Magdalena una cantidad considerable de máquinas, útiles, pólvora,
etc., destinados a la explotación de las minas de la Vega de Supía.
Se debía recorrer algo así como veinticinco leguas en la Cordillera
Central, por senderos impracticables para las mulas y a veces
escalar altitudes de 3.500
|
metros. Para dirigir esta osada
operación me instalé, con varios oficiales de las minas y un
destacamento de obreros, en Sonsón, gran población situada a poca
distancia de la cresta de separación de aguas a la altura de 2.400
metros. Tomé en alquiler algunas habitaciones y una casa cuyo
destino era servir de letrina; con un personal tan numeroso era una
medida de importante orden.
Sonsón ofrecía algunos recursos: familias amables que se
ocupaban de comercio y de agricultura. Durante sus ratos de ocio,
mis alegres compañeros organizaban bailes, juegos, etc. Las
bailarinas y los jugadores nunca faltaban; el clima es templado, el
suelo es fértil y se vivía agradablemente. Al llegar a la casa
secreta, había notado varias veces que los fragmentos de
“Morning Herald”, del “Times” y de “La
Gaceta Nacional”, desaparecían súbitamente. El viento no se
los podía llevar, puesto que el recinto estaba cerrado por una
puerta y no me podía explicar la desaparición de estos fragmentos
maculados. Mi curiosidad fue excitada a tal punto, que encargué a
Trebilcock, un joven minero galés, para que averiguara qué camino
tomaban los papeles. El minero era muy inteligente y gracias a la
frescura de su tez había desposado una señorita de piel
oscura que había recibido como dote una hacienda y un ojo
menos. A pocos días de esto, vi entrar a mi Trebilcock, riendo a
carcajadas y en tal forma que al principio le fue imposible
articular palabra: cuando se recuperó, me dijo que había visto a
una negrita recoger los documentos, disimularlos bajo su mantilla y
huir. ¿Cuál sería el motivo de esta acción? El minero recibió la
orden de detener a la muchacha y de traerla a mi presencia. Así se
hizo y supe entonces que la pobre esclava cumplía una comisión que
le daban sus dueñas:
—“¿En qué emplean ellas esos sucios
papeles?”
—“Para hacerse rizos”...¡el papel era muy raro en
Sonsón!
Las damas importantes de Bogotá son generalmente bellas,
frágiles, delicadas y anémicas, consecuencia de un régimen de
alimentos poco substanciosos, mucho azúcar, frutas y poca carne. Su
débil constitución forma un contraste con la robustez de las
mujeres del pueblo con su tez rozagante, con ojos y cabellos negros
y músculos muy acentuados.
Los hombres de raza blanca y vida sedentaria no se podían
comparar con los mestizos, dueños de una actividad prodigiosa que
pasaban su existencia al aire libre, cazando siervos en los grandes
bosques de los páramos y llevando a cabo carreras de obstáculos en
los más accidentados terrenos.
Más de una vez pude admirar la intrepidez y el valor que
desplegaban cazadores caballos y perros en estas carreras
insensatas. Los indios, cuando están estimulados por el interés,
salen de su apatía y sin mostrar jamás la actividad febril del
mestizo, desempeñan trabajos duros; son carboneros que fabrican su
producto en lo alto de las montañas y bajan a la ciudad cargando
sobre sus hombros sacos que pesan de 50 a 60 kilogramos, o bien
aguateros que portan durante horas enteras ollas de barro que
contienen cerca de 60 litros de líquido que recogen en el Alto de
San Francisco. Como chasquis o mensajeros, son inimitables: su
andar, a buen paso gimnástico, lo pueden sostener durante 5 o 6
horas.
Las mujeres de vida alegre gozan en las ciudades de las
cordilleras de una situación especial: son de gran belleza, cosa
necesaria para su profesión, todas son blancas o con muy poca
sangre india; son las cortesanas de la antigüedad. Su clientela las
enriquece y sobrepasan con sus ropajes y sus habitaciones el lujo
de las damas del gran mundo, de las cuales son rivales. Aun cuando
venales en el más alto grado tienen, en ocasiones, muestras de
desinterés; así la “Pepita de Oro” (porque estas damas
siempre tienen un sobrenombre) que era lindísima, se había
enamorado de un coronel de Hanover, un gigante, un coloso de nombre
Friedmann, que en esa época no poseía ni un centavo. Sin embargo,
esos enamoramientos sinceros no persistían y yo tuve prueba de
ello.
Después de “Pepita de Oro” venía
“Quebrantacujas”, menos llamativa por su fisonomía que
por sus redondeces, ya que daba la impresión de tener delante de
uno a la Venus de Milo, pero con brazos. En ese entonces yo tenía
la fama de ser el oficial más delgado del estado mayor, lo que fue
un atractivo para la Venús y que a mí me trajo problemas: Venus me
seguía como un perrito y vigilaba mis pasos sin la menor
discreción; cuando salía de una casa la encontraba sentada en la
puerta, esperándome para seguirme; decididamente yo estaba metido
en un compromiso. ¿Qué hacer? Nada. Afortunadamente llegó a Bogotá
un joven oficial poseedor de una talla más fina que la mía y de
quien Venus se apoderó con toda mi satisfacción. Fue así como
recobré mi libertad.
Las de vida alegre de clases bajas, diferían notablemente de las
de su misma profesión, pero de clase más rica, siendo también
hermosas, pero más mestizas. La misma vestimenta escandalosa, pero
un prejuicio de casta les impedía calzarse, así que iban
con los pies desnudos y se les daba el nombre de
“descalzas” y se vengaban exhibiendo los pies más bonitos
y más coquetos, cuyos dedos estaban adornados con anillos valiosos.
Se asegura que en vista de este lujo, la autoridad hizo una
concesión a las picantes descalzas, al permitirles el uso, no de
medias de seda sino de medias de algodón, lo que éstas rehusaron
con indignación.
He dicho que la cleresía era licenciosa e inmoral. Los
sacerdotes y los monjes mantenían concubinas abiertamente o vivían
maritalmente con ellas.
Con frecuencia me encontraba con un Hermano Hospitalario de San
Juan de Dios, seguido de un niño vestido con el hábito de su Orden:
eran padre e hijo. Un día un predicador de mucha fama, el canónigo
Guerra, llegó como enloquecido a donde el doctor Roulin,
suplicándole que fuera a ver a su señora que estaba teniendo un
hijo. El doctor salió inmediatamente con su forceps y regresó
pronto, para anunciarnos que la señora canóniga y su hijo se
encontraban muy bien.
Yo había conocido en París a un sacerdote americano que se
hallaba en el exilio. En reconocimiento de su patriotismo le habían
otorgado un curato de los mejor retribuidos, en las cercanías de la
capital. Pasando cerca de allí, resolví visitar a mi amigo; la
víspera había habido una terrible tempestad y habían caído varios
rayos sobre el presbiterio; mi hombre me mostró los daños causados
por la electricidad a la cabecera de su cama: un candelero de plata
y la armadura de un paraguas completamente fundidos y el colchón
carbonizado. Entonces le dije: “¿Cómo no fulminó a Ud.
también?” Me respondió: “Por una razón muy sencilla o más
bien por un milagro; Dios me había inspirado y esa noche me acosté
con mi amiga en la pieza vecina”.
La moral de las gentes de iglesia no es siempre muy delicada. Yo
conocí más de un cura que prestaba dineros a fuerte interés. Otros
comerciaban vendiendo vestidos y víveres a sus parroquianos. La
casualidad hizo que yo encontrara uno a quien el amor del lucro
inspiró una idea y tuvo la osadía de proponerme me asociara con él:
me encontraba desde hacía poco en Bogotá, cuando el gobierno me
encargó que visitara la Capuchina, cuyos frailes habían sido
expulsados, a excepción de uno que montaba la guardia. El convento
se halla a corta distancia de la ciudad; yo debía estudiar
cuidadosamente la construcción para saber si era posible instalar
allí la Escuela de Ingenieros. Una amable mujer me rogó que le
permitiera acompañarme, ya que desde hacía mucho tiempo tenía el
deseo de ver el interior de un convento de hombres. ¿Cómo podía yo
rehusarme a satisfacer esta legítima curiosidad? Para salvar las
apariencias invité a un excelente cura amigo mío, para que se
añadiese a la partida. Por fuera, la Capuchina es un bonito
monasterio y al golpear vino a abrir una pesada puerta, como de
fortaleza, un fraile bien encapuchado.
Tan pronto el hermano guardián vio a la joven señora, comenzó a
santiguarse. Le mostré mi encomienda y nos dejó entrar. Durante
nuestra visita nos lanzaba miradas increíbles y nos ponía una cara
poco amistosa, al punto de que me felicité de no haber venido
vestido de civil y resolví no perderlo de vista; le ordené
mostrarme todo lo que hubiera de ver y me obedeció pasando adelante
sin pronunciar palabra. Lo que me llamó especialmente la atención
fue una colección de reliquias artísticamente arregladas, con sus
respectivas etiquetas, guardadas en armarios-vitrinas, cuyas llaves
pedí. Mi cicerone, quien conocía muy
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bien las preciosas
reliquias, me explicó su origen y su poder: se veían dientes,
maxilares, tibias y omoplatos de una gran cantidad de santos y el
cura me los presentaba, pidiéndome que los mirara
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muy
de cerca; me parecía estar en un museo paleontológico en presencia
de osamentas fósiles; cuando lo consideré suficiente y nos
retiramos, el capuchino, al tiempo que se santiguaba nuevamente,
cerró la puerta con tal violencia que mostró la intención de
rompemos los pies.
Al día siguiente recibí la visita del cura
cicerone:
—“¿Y bien, qué piensa de las reliquias?”
—“Nada, usted sabe muy bien, mi querido cura, que yo no
creo en esas porquerías”.
—“Porquerías, porquerías, de acuerdo, pero valen mucha
plata; ¿no se ha dado Ud. cuenta que esas santas osamentas tienen
un aspecto muy diferente de las que no son santificadas?
—Convine en que estas reliquias presentaban algunas
características particulares; generalmente la superficie parecía
corroída.
—“¿Entonces qué es lo que quiere usted? le pregunté al
visitante, quien me respondió: —“Antes de explicar
quisiera saber si por medio de procesos químicos Ud. pudiera
comunicar esas características a huesos
comunes".
—“Sin duda, se lograría quitarles la apariencia pulida
corroyéndolos ligeramente con un vapor ácido, inclusive se podría,
creo, desarrollar sobre su superficie esa traza de criptogramas que
se nota sobre algunos de ellos, ¿y entonces?”.
—“Podríamos hacer dinero; yo le traería osamentas y
Ud. las santificaría por medio de química. En cuanto a venderlos,
no se preocupe, se venderían más de los que Ud. pudiera
santificar”.
—“¿Entonces, señor cura, ¿su intención sería fabricar
reliquias falsas? Pero esto es indigno; cómo se imagina llevar a
cabo una acción tan indigna? Sería sencillamente un robo lo que Ud.
estaría cometiendo”.
—“¿Así que no hay negocio?”
—“No y salga de aquí”.
La policía de Bogotá, lo mismo que sucede en las ciudades
españolas, no protegía a nadie; se robaba impunemente y hubo tantos
ataques nocturnos y asesinatos, que el Congreso en 1823 decretó la
pena de muerte contra los ladrones. La ley fue puesta en vigor de
inmediato y los tribunales la aplicaron sin piedad, aun por los
hurtos que en otros tiempos apenas eran castigados con penas
correccionales.
Sin la participación de la administración militar habría costado
mucho trabajo llevar a cabo las condenas. Fue imposible encontrar
un verdugo para administrar el garrote; se presentó un hombre listo
a ocupar este puesto y era un soldado que había pertenecido a la
Legión irlandesa: un borracho que iba a entrar en funciones cuando
el coronel Campbell, encargado de negocios de Su Majestad británica
se opuso formalmente.
Mi amigo, el general París, comandante militar de Bogotá, puso a
disposición de la justicia civil los piquetes de ejecución que se
requerían. En la plaza mayor, cerca de un muro, se armó el cadalso
formado por un banco que tenía como espaldar una plancha a la cual
se amarraba el condenado, quien una vez sentado, era fusilado por
cuatro hombres a órdenes de un sargento. Inmediatamente después el
monje con quien el criminal se había confesado, subía al cadalso y
dirigía un discurso al populacho de los dos sexos, siempre
dispuesto a acudir a un espectáculo que terminara con la muerte; y
entre esa muchedumbre no era raro ver llegar a individuos amigos o
parientes del condenado.
Yo vivía donde la señora Tadea, perteneciente a una de las
familias más ricas de ciudad, antes de las pérdidas que le habían
causado las guerras de la independencia. Un joven esclavo negro que
habían puesto a mi servicio, me pidió riendo el permiso para ir a
ver fusilar a un ladrón.
—“Pero si esto es horrible”, le dije al
muchacho.
—“Es que mi hermano mayor es a quien van a fusilar y
yo quisiera verlo morir y rezar por él”, me
respondió.
Pocas horas después el negrito volvió satisfecho.
Se encontraban asesinos y ladrones en altas posiciones sociales.
Un negro, quien gracias a su valor durante la guerra de Pasto había
ascendido al grado de coronel de caballería, el coronel Infante,
esclavo liberto por el general Bolívar mató a sablazos a un
zapatero que era su acreedor; y ya se sospechaba que había
asesinado a varias personas; fue juzgado y condenado a muerte por
un consejo de guerra presidido por mi coronel José María Lanz. Fui
designado como fiscal; la ejecución tuvo lugar en la plaza mayor un
día de mercado. Infante, en gran uniforme, con un crucifijo en la
mano, se dirigió valerosamente hacia el banco fatal; no quiso que
se le vendaran los ojos y fue fusilado por un piquete de
artilleros; inmediatamente después un monje subió al cadalso y
comenzó a predicar, mientras que el fiscal ponía la mano sobre el
corazón del ajusticiado para constatar su muerte; las tropas
desfilaron alrededor del cadáver.
La marquesa de Tadea, muy entrada en años, poseía entre los
restos de su antigua opulencia, un collar de perlas de un tamaño y
de una regularidad que eran la admiración de los conocedores,
especialmente del coronel francés Esmenard, llamado para negocios
en la Nueva Granada, el más experto en joyería de todos ellos. Una
mañana, al amanecer, se encontró a la pobre señora medio muerta de
frío y de miedo al pie de su cama y ella contó que un hombre
embadurnado de negro, pero con manos blancas, había entrado en la
noche y habiéndola torturado, casi estrangulado, para obligarle a
declarar dónde guardaba el collar de perlas. Ella trató de
resistir, pero como el día ya aclaraba, el ladrón se había ido
después de haber tomado sus alhajas de oro. La marquesa no declaró
todo a la justicia, pues el ladrón era su nieto, capitán
del ejército; al día siguiente este oficial huyó y no se volvió a
ver. Este era un hombre de mala fama, jugador incorregible, quien
jamás pagaba sus deudas, excepto las de juego; yo lo veía
frecuentemente y no me fiaba de él; una vez que yo salía para
llevar a las minas de Mariquita una centena de millares de francos
(20.000 piastras) en onzas de oro, el nieto me preguntó con quién
haría el viaje.
—“Con un lancero” le contesté y quiso saber cuál
de los tres caminos tomaría para bajar al valle de la Magdalena, a
lo cual me apresuré a indicarle el que no iba a
seguir.
Los monumentos de Bogotá escasamente merecen ser mencionados, si
se exceptúa la Catedral, cuya arquitectura es exactamente la de la
iglesia de los jesuitas de la calle Saint Antoine. Pero un edificio
que nadie esperaría encontrar a una altitud absoluta de 2.650
metros cerca al ecuador, es un observatorio astronómico; éste se
debió a la iniciativa y al entusiasmo de un ilustre sabio español,
convenido más tarde en americano, el doctor Mutis, quien nació en
Cadiz en 1732. Su gusto por las ciencias se manifestó desde su más
tierna juventud; se graduó de doctor en medicina en Sevilla y en
esa calidad acompañó a don Pedro Mecía de la Zerda, nombrado virrey
de la Nueva Granada. En 1760 Mutis desembarcó en Cartagena y
acompañó al virrey hasta Bogotá, después de haber recogido en su
viaje, de subida por el Magdalena, una rica colección de plantas y
de haber hecho un descubrimiento importante: la variación periódica
nocturna de la altura del mercurio en el barómetro. Al regresar de
la Zerda a Europa, Mutis se instaló en Bogotá, en donde pronto fue
nombrado director de la Expedición Botánica y fue en esta ciudad
donde comenzó “La Flora de la Nueva Granada” que continuó
en Mariquita donde pasó varios años con el objeto de estudiar
más fácilmente los vegetales al vivir a diversas alturas
y lógicamente a temperaturas muy variadas desde las regiones
calientes hasta los fríos límites de las nieves eternas del Ruiz y
del Tolima.
En 1824 encontré, en el centro de los restos de la casa que
había habitado Mutis que, del piso de la sala salía un magnífico
árbol de quina, amarillo, que provenía, sin lugar a dudas de algún
grano caído de un herbario. El árbol había atravesado el entejado y
sus hojas, de una gran riqueza en colores, abrigaban las ruinas del
edificio. Muy cerca se veía un bosquecito de canelos sembrados por
el ilustre botánico y considerando, no sin tristeza, esta soledad
absoluta en un sitio que había visto tanta actividad, se podía
decir con Addison: “Un hombre útil ha pasado por
aquí”.
Fue en Mariquita donde Mutis instruyó a unos dibujantes muy
hábiles: las flores, las frutas y las hojas fueron reproducidas con
una exactitud que sorprendió a los que vieron esos bellos cuadros
dibujados por pobres mestizos, transformados en artistas que
habrían sido muy bien acogidos en cualquier otra
parte.
Para terminar su obra, Mutis resolvió regresar a la capital en
donde el gobierno lo instaló en una bella casa (la casa de la
botánica) en donde pronto tuvo 5.000 dibujos sobre tela, un
herbario de 10.000 plantas, una colección de granos y de muestras
de madera y hasta una imprenta. Desde 1772 Mutis había entrado al
sacerdocio. Llenó sus funciones sacerdotales con un entusiasmo que
no encontraba obstáculo: fue constantemente el médico y el
consolador de los pobres; su reputación se extendió más allá de la
América española y mantuvo una nutrida correspondencia con los
naturalistas más célebres de la época: Linneo lo proclamaba el
príncipe de los botánicos americanos.
Durante la guerra de la Independencia, de la cual Mutis no
alcanzó a ser testigo, los dibujos de la Flora de la Nueva Granada
fueron llevados por los españoles; no nos quejemos pues esta rica e
invaluable colección está religiosamente conservada en el Museo de
Historia Natural de Madrid. Si hubiese quedado en Bogotá, lo más
probable es que se hubiera dispersado y destruido y lógicamente se
habría perdido para la ciencia.
Mutis murió en 1808 a los 77 años. Su última obra fue la de la
fundación del Observatorio Astronómico, construido en 1802-1803,
bajo su dirección, por el capuchino fray Domingo de Petrez, sobre
un terreno que dependía de la dirección de la Expedición Botánica.
El edificio consiste en una torre octagonal, cuyos costados tienen
13 pies de ancho. La terraza hemisférica terminal se eleva 132 pies
por encima del suelo y está perforada en su centro por una pequeña
abertura que deja penetrar un rayo de luz que proyecta la imagen
del sol sobre el piso cuadriculado de la pieza principal, sobre el
cual se halla trazada una línea meridiana que forma un cuadrante
solar horizontal de 37 pies, 7 pulgadas de elevación. Todo allí
está dispuesto para observar el cielo hacia los 4 puntos
cardinales. Las ventanas son muy altas, para permitir la
observación cerca del zenit. Lo único que se puede reprochar al
observatorio es que los pisos de las salas no son suficientemente
estables, vibran sensiblemente cuando se camina sin precaución;
este inconveniente no se presenta sobre la terraza construida en
bóveda. En una palabra, el edificio no es macizo y es lástima que
no tenga una sala en el primer piso.
Teniendo en cuenta la situación y la época, el observatorio fue
liberalmente dotado. El rey de España donó un cuarto de círculo de
Sisson, dos teodolitos y dos cronómetros salidos de talleres de
artistas ingleses de gran reputación. Mutis donó
también al establecimiento 4 anteojos acromáticos, 3
telescopios de reflexión de Dollond, termómetros y un regalo
precioso:
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un reloj astronómico de Graham, que había
pertenecido a los académicos enviados al ecuador para determinar la
figura de la tierra y, finalmente, un cuarto de círculo de Bird, de
18 pulgadas de radio, que Humboldt usó durante su navegación por el
Orinoco
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(2)
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Al observatorio no le faltaba sino un astrónomo. Mutis, de tan
sagaz y perseverante espíritu, y quien juzgaba a los demás de
acuerdo consigo mismo, estaba convencido que cualquiera se podía
convertir en astrónomo si tenía a su disposición los medios de
observar el cielo.
Conocí el observatorio por primera vez en 1823. Era increíble el
estado de abandono en que se encontraban los instrumentos que no
habían sido robados. Durante la guerra, una soldadesca
indisciplinada se había apoderado del contenido del observatorio;
los lentes oculares habían sido robados, lo mismo que los
cronómetros y los anteojos; el reloj de Graham estaba completamente
destruido. Entre los restos me sorprendió encontrar, casi intactos,
los telescopios de reflexión y el cuarto de círculo de Bird. En
medio de esas ruinas, instalé dos barómetros de Fortin comparados
con el del Observatorio de París. Procedí a un inventario de estos
tristes restos y fue entonces cuando en un montón de papeles
acumulados en un cuarto oscuro, tuve la fortuna de descubrir y de
salvar manuscritos preciosos: en primer lugar las observaciones
termométricas llevadas a cabo durante muchos años en la Casa de la
Expedición Botánica y luego muy curiosos paquetes de cartas de las
religiosas del convento de Santa Clara, dirigidas a su director
espiritual. Para conocer su contenido hubo que leerlas. ¡Pobres
reclusas! ¡Qué desahogos! ¡Qué pecados tan singulares de los que se
acusaban! Exaltaban el amor a su esposo,Nuestro Señor
Jesucristo, en términos que habrían podido expresar sentimientos
carnales. Esta correspondencia que demostraba una piadosa
admiración por su confesor, contenía la confesión de algunas faltas
evidentemente imaginarias. Habría sido indigno divulgarlas; ¡se
habría violado el secreto de la confesión! Por lo tanto quemé las
cartas, creo que fue una laudable resolución tomada por un
comandante de filibusteros que llegaba apenas a sus 22 años.
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(2)
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De la Condamine vendió su reloj al reverendo
padre Terol, dominicano de Quito y hábil relojero. Al morir Terol,
el instrumento pasó por varias manos y al fin fue comprado por
Caldas, quien lo trajo a Santa Fe de Bogotá. El cuarto del círculo
de Bird que debió ser para Humboldt bastante incómodo durante el
viaje fue comprado por Ignacio de Pombo.(regresar 2)
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