CAPÍTULO
VIII
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Bogotá - Situación - Clima - Costumbres - Aventuras -
Excursiones por los alrededores.
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La capital de la Nueva Granada está situada en el límite
oriental de la llanura, al pie de unos peñascos de donde brota el
torrente del río San Francisco, uno de los numerosos afluentes del
río Funza, donde se reúnen todas las aguas de Bogotá.
La ciudad está dividida en 195 manzanas, trazadas con una
precisión geométrica, agradable a la vista. Las casas, generalmente
de un solo piso, en estilo morisco, están sólidamente construidas
en adobe y cubiertas de teja de barro. En 1823 eran muy pocas las
ventanas que tenían vidrios.
Las calles, bien alineadas, están regadas por pequeños arroyos
por donde corren a gran velocidad las aguas límpidas de la
sierra.
En 1823 la población de Bogotá se calculaba en 30.000 habitantes
de raza española, indios muiscas y mestizos. La plaza mayor es muy
grande, sin que en ella haya plantas, árboles o jardines; todo
presenta la triste aridez que gusta tanto a los castellanos. Es
necesario salir de la población para encontrar largas avenidas de
daturas gigantescas (chamico), de
|Salix Humboltdtea y de
paxifloras.
Bogotá encierra edificios más recomendables por su solidez que
por la elegancia de su arquitectura. Se encuentran 31 templos, ocho
conventos de hombres, 5 de mujeres, 2 colegios, algunos hospitales,
una casa de moneda, una biblioteca pública con muy pocos libros y
ningún lector y el Observatorio edificado por Mutis en
1783. La cantidad de iglesias, los eclesiásticos y los religiosos
que se encuentran por todas partes, imprimen un carácter monástico
que ya había encontrado en Pamplona y que más tarde volví a
observar en Quito.
La Calle Real que termina en la Plaza Mayor, es el centro de un
comercio activo durante algunas horas del día, porque en la tarde
cesa toda transacción, ya que la ciudad no tiene más luz que la de
la luna cuando se halla por encima del horizonte. Las tiendas en
donde se vende la chicha son las únicas que quedan abiertas después
de la puesta del sol. Es allí donde los indios se embriagan con su
bebida favorita; por la noche el silencio reina fuera de las casas
y escasamente se encuentran algunas personas que regresan a su
hogar siguiendo a un sirviente que lleva un farol.
La ciudad se encuentra a 2.650 m
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(1)
de altitud absoluta por encima del
nivel del mar y más o menos 250
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m por encima de la parte más
baja del llano que recorre el río Funza. Sobre el cerro, a cuyo pie
se reclina la ciudad, se encuentran dos capillas: una al sur de la
quebrada de San Francisco, está dedicada a Nuestra Señora de
Guadalupe; la otra, al norte, a Nuestra Señora de Monserrate. Estos
son dos sitios de peregrinaje muy frecuentados, en donde el geólogo
puede reconocer que las capas de areniscas están fuertemente
inclinadas en sentido contrario: las de Monserrate, al oriente y
las de Guadalupe, al occidente. Más arriba (sic) de las capillas se
explota como una caliza rellena de conchas, superpuesta a la
arenisca en estratificación concordante. Desde estos lugares de
peregrinación, que tienen una elevación de 660 m por encima de la
Plaza Mayor, el paisaje que se divisa es grandioso, pero, como lo
observa Humboldt, melancólico y desierto. La llanura en toda su
extensión parece sembrada de islotes que se deben a capas de
areniscas levantadas.
La vista alcanza a toda la región montañosa y boscosa que se
extiende hasta la cordillera del Quindío, cuyas cimas, en muchos
puntos, alcanzan grandes alturas. Al occidente y a una distancia de
35 leguas, se ve el pico nevado del volcán del Tolima, en forma de
cono trunco y que parece estar unido a los páramos del Ruiz y de
Santa Isabel, cubiertos también de nieves eternas. Yo no olvidaré
jamás el esplendor de una puesta de sol a la que asistí desde la
capilla de Nuestra Señora de Guadalupe: el aire era de una limpieza
absoluta y el cielo azul oscuro; cuando el astro desapareció,
lentamente, detrás de los inmensos campos de nieve, ¡fue como un
eclipse! La luz del día después de debilitarse gradualmente nos
dejó súbitamente en la oscuridad porque no hay crepúsculo en el
ecuador. Pero lo que me causó gran sorpresa fue un bello tinte rojo
pálido, que apareció y se mantuvo durante un tiempo por encima de
la zona que acababa de dejar el sol. Este tinte, o más bien este
vapor, se extendió al principio en la altura, luego dejó de ser
visible, no porque disminuyera en intensidad sino porque al
desplazarse hacia abajo, el astro radiante parecía lo hubiese
arrastrado; el glaciar conservó durante algunos minutos una
espléndida coloración.
Desde entonces, tuve varias veces la oportunidad de observar
este fenómeno, especialmente desde las minas de plata de Santa Ana,
situadas al norte del páramo del Ruiz; era tan constante y
pronunciado que escribí a Humboldt que la nieve parecía volverse
fosforescente por algunos momentos, después de la puesta del
sol.
Por encima de los santuarios de Monserrate y Guadalupe comienza
la vegetación de las regiones frías de los páramos, cuyas hojas
lisas y brillantes recuerdan las del mirto y del laurel. Es allí
donde Humboldt y Bonpland, encontraron el bellísimo género
“aragoa”.
Al subir a la estación más elevada de la montaña, el páramo de
Chingaza (altitud de 3.905
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m), entre en un pequeño bosque de
fraylejones, juncos (sic) algodonosos, algodonáceos
|(espeletia) donde vi una linda gacela muy poco asustada por
mi presencia y un cóndor, pájaro carnicero de las cimas de las
cordilleras, el cual pude observar muy de cerca, ya que necesitó
algún tiempo para alzar el vuelo.
Bogotá goza de un clima parejo, lo cual es consecuencia de su
altitud. La temperatura media de 14,5º varía muy poco durante el
año; de día el termómetro indica de 12º a 18º y es raro que baje
aun durante la noche a 8º o 10º. Para dar una idea de la igualdad
de la temperatura, es suficiente anotar que el promedio del mes más
caliente es de 15,3º y la del mes más frío, de 14º.
Cuando el cielo está puro y el aire poco agitado, el clima de la
meseta es delicioso: es la primavera de los países templados de
Europa. Sin embargo, en esas condiciones las noches
sondemasiado frescas, no porque descienda mucho la
temperatura, sino a causa de la irradiación nocturna a la cual
queda uno expuesto. Durante el tiempo cubierto y lluvioso,
especialmente con viento fuerte o con niebla, Bogotá es uno de los
sitios más desagradables, teniendo en cuenta que en el interior de
las habitaciones no hay calefacción. Inclusive existe un prejuicio
contra las chimeneas desde que un arzobispo murió de repente al
acercarse a una de ellas.
Las tempestades acompañadas de granizo no son muy frecuentes;
sin embargo he visto varias veces el pavimento y la ciudad
cubiertos de granizo.
La altura del mercurio en el barómetro es de 0,561 m. La presión
atmosférica es tan poco variable como la temperatura y el
movimiento de la columna mercurial tiene lugar dentro de
las 24 horas, con gran regularidad, como sucede en las
localidades situadas cerca del ecuador.
Un año de observaciones llevadas a cabo en el Observatorio en
enero dio el siguiente resultado:
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Altura máxima
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0,5623
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Altura mínima
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0,5586
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De manera que en Bogotá el agua hierve a una temperatura
inferior a 100 grados.
A pesar de las pocas variaciones de la temperatura y de la
atmósfera, repentinos cambios en la dirección de los vientos y
nubes espesas enturbian súbitamente la extrema serenidad del aire;
lluvias persistentes y violentas tempestades acompañadas de
granizo, hacen que el clima de las altas mesetas de las cordilleras
sea de los más inconstantes. Las altitudes de 3.000 a 3.500 m, son
poco inferiores a la región de las nubes que traen la humedad
necesaria a la vegetación que se encuentra en esas llanuras
elevadas.
En Bogotá, los vientos del oeste y del suroeste traen el aire
tibio del valle del Magdalena y generalmente la lluvia; al
contrario, los vientos del este y del sur que vienen de los llanos,
traen la sequía; el aire caliente abandona su vapor acuoso al
atravesar un gran macizo de altas montañas. Sin embargo, cuando
este viento sopla con fuerza, puede traer lluvias abundantes, pero
de corta duración; es entonces cuando se observan las bruscas
alternativas de buen y mal tiempo que caracterizan la estación de
los páramos.
Cuando el cielo está cubierto, se puede determinar con exactitud
la altura de las nubes tomando por base vertical las rocas de
arenisca donde están edificados los santuarios de Monserrate y
Guadalupe. Mientras estas capillas sean visibles, la masa de nubes
se encuentra a una elevación absoluta, superior a los 3.300 metros
o a 1.050 metros por encima de la ciudad. Esta masa baja
gradualmente hacia la planicie y vista a distancia, forma una línea
horizontal; continuamente tuve que atravesar la llovizna, antes de
llegar a su límite inferior, aun cuando esta fina lluvia no llegaba
a la base de la montaña. Generalmente, cuando la línea límite
llegaba a una capilla dedicada a Nuestra Señora de la Peña, llovía
sobre la Sabana a 230 metros más abajo.
Estos hechos, observados en condiciones favorables, corroboran
la idea que de una nube cae lluvia, que si no es abundante, se
volatiliza durante la caída; es así como una masa nebulosa
desaparece en la atmósfera al entrar en una nube.
Uno se puede dar cuenta de la lentitud con que bajan a tierra
las muy pequeñas partículas resultantes de la condensación del
vapor acuoso. Si llueve, apenas se nota; es necesario que las gotas
se reúnan para que su caída se acelere, al vencer con más facilidad
la resistencia del aire.
En las extremidades de la meseta, donde comienza el descenso
rápido que lleva al valle de la Magdalena, se puede ver la
formación de las nubes y de las niebla. Estos dos meteoros son
idénticos para los meteorólogos: una nube es una niebla en donde
uno no está y una niebla es una nube en la cual uno está.
Sobre los bordes de la meseta, la vegetación está muy
desarrollada. Se encuentran bosques en donde abundan robles y
algunas especies de quinas, que forman contraste con la rareza de
las plantas arborescentes que se encuentran en la planicie; es un
efecto de la humedad permanente ocasionada por la condensación del
vapor contenido en el aire que viene de las regiones cuya
temperatura es de 26º a 28º, al mezclarse con el aire relativamente
frío del Alto del Roble, en el cual el termómetro baja
frecuentemente a 8º o 10º. En Facatativá, con una altitud de 2.640
metros, donde permanecí varias veces, la formación de las nubes es
muy curiosa: se les ve subir lentamente cuando el viento del Oeste
es débil, llegar a la meseta en donde se extienden en espesores
variables; entonces uno está dentro de una niebla espesa que a
veces se disipa en algunos minutos observando a las nubes subir la
pendiente, se puede pensar en un rebaño. Los indios afirman que al
claro de la luna es muy distinto, se parecen a animales, toros,
caballos y sobre todo a formas que pueden representar al diablo en
persona.
Las nubes juegan un gran papel, gracias a la imaginación, en las
tradiciones populares de los países montañosos. Yo sonreía de las
ilusiones de estas pobres gentes, sin pensar que un corto tiempo
después comprendería que se puede participar de ellas por lo menos
momentáneamente: sucedió que, debido a una misión urgente tuve que
ir, en una sola jornada, de Bogotá a Villeta, es decir, 13 a 14
leguas por un camino accidentado y en mal estado; salí a las 10 de
la noche, sin compañía; la noche estaba muy oscura y me perdí
después de haber pasado Funza. No había estrellas visibles para
orientarme, sino una muy débil claridad de la luna para guiarme
sobre un terreno en donde no veía ninguna trocha. Yendo al azar,
podría llegar al norte, a Zipaquirá o a Fusagasugá al sur: ¡estaba
perdido! El excelente macho que montaba se paraba tan pronto le
soltaba la rienda y me daba cuenta que estaba lejos de cualquier
habitación; para mi gran satisfacción vi entonces, muy claramente,
un jinete; me apresuré a dirigirme hacia él y le grité, confiando
en que se detendría, pero mientras más espoleaba a mi montura, más
huía él. Me lancé a toda velocidad y él lo hacía en la misma forma;
entonces comenzó una carrera desenfrenada que continuó durante 8 o
10 minutos y cuando ya le iba a dar alcance, hombre y bestia se
dividieron en tres bolas que rodaron y desaparecieron. ¡Le había
dado caza a una imagen fantástica!.
Poco después encontré el río Serrezuela que yo conocía bien y
subiendo su corriente encontré fácilmente el camino de Facatativá,
en donde entré muy avanzada la noche. Conté a los indios cómo había
tomado una nube por un hombre a caballo y me respondieron: “no
era una nube, era un jinete blanco, a quien conocemos bien; siempre
se pasea al claro de luna en la Sabana; pero tan pronto como uno se
acerca, él desaparece”. Después de haber dado forraje a mi
macho, comencé el descenso de la cordillera, al trote, sin
preocuparme de los espectros, de los toros o de los jinetes blancos
que dejé en el camino hasta llegar a Villeta al
amanecer.
Sobre la meseta de los muiscas me han señalado con frecuencia la
existencia de “nieblas secas”. Yo he visto frecuentemente
nieblas o nubes acuosas de poca densidad y solamente en las
cercanías de los volcanes he observado cenizas extremadamente
tenues, suspendidas en el aire que cuando el tiempo está calmado,
acaban por depositarse sobre las hojas de los árboles. Lo que uno
toma en la planicie por una niebla seca, moja las plantas en la
misma forma que el rocío; a cierta distancia la nube es casi
diáfana; a duras penas debilita los rayos solares que pronto la
harán desaparecer; en una palabra, es un meteoro acuoso. En algunos
casos, sin embargo, la atmósfera se vuelve vaporosa por una materia
cuya naturaleza no puede ser confirmada porque suspendida a gran
altura, no se sabe si consiste en partículas de agua. Esta
substancia cubre espacios considerables y permanece días y noches
sin que la luz solar que la atraviesa, logre disiparla. Una de esas
nebulosidades, singulares por su persistencia, ha sido vista en
Bogotá; felizmente fue descrita por un físico muy sagaz, el
infortunado Caldas.
Esto sucedió el 11 de diciembre de 1809 (no se sabe con certeza
el año: pudo ser en 1809 o en 1810). No se podía mirar el
sol sin utilizar un vidrio ahumado; tanto a la salida como a la
puesta del sol su disco era color de plata y en su punto culminante
la luz era más viva, pero se podía soportar a simple
vista.
Al acercarse al horizonte el sol tenía un color ligeramente
rosado, verde claro y otras veces gris azulado como el acero. El
calor solar fue notablemente atenuado y generalmente, por la
mañana, se sentía un frío desacostumbrado; la tierra se cubría de
hielo y las plantas delicadas se quemaban, accidente muy raro en la
Sabana. Toda la bóveda del cielo parecía velada por una nube
transparente que le daba un tinte blancuzco sin que fuera posible
ver las coronas “enfáticas” que se ven en esas
condiciones alrededor del sol y de la luna. El brillo de las
estrellas de primera, segunda y tercera magnitud, se debilitaba
notablemente y a simple vista no se podían ver las estrellas de
cuarta magnitud: es decir, que la nebulosidad se manifestaba de día
y de noche; este fenómeno se vio en toda la extensión de la Nueva
Granada. Sobre la meseta, mientras esto duró, la tierra estaba
seca, el viento del sur soplaba por intervalos entre los cuales
había calmas totales.
La cantidad de lluvia que cae en Bogotá es muy
abundante.
He aquí algunas observaciones udométricas: