INDICE





LAS MEMORIAS DE UN NATURALISTA Y CIENTÍFICO QUE CEDIÓ A LA TENTACIÓN DE SER OBSERVADOR Y CRÍTICO SOCIAL

INTRODUCCIÓN

TOMO I

CAPÍTULO I
Mi formación — La Revolución francesa — Napoleón — El espanto de la guerra — Humboldt — Preparativos de viaje.

CAPÍTULO II
Caracas — Los temblores de tierra — Ascención a la silla.

CAPÍTULO III
Valle de Aragua — Lago Tacarigua — Morro de San Juan — Sitio de Puerto cabello— El general Páez— El árbol de la vaca— Aguas termales de la cadena del litoral.

CAPÍTULO IV
Cordillera Oriental de los Andes — Su constitución geológica —Nivelación barométrica — Efectos del temblor de tierra de 1812, observados en diferentes localidades — Sierra Nevada de Mérida —Lago Urao— Pamplona, sus minas de oro— Hierro meteórico de Santa Rosa.

CAPÍTULO V
Explanada de Bogotá — Nación Muisca — Su conquista - Guerras de la Independencia — Descripción de la meseta.

CAPÍTULO VI
Las primeras luchas por la Independencia — Bolívar.

CAPÍTULO VII
Meseta de Bogotá — Constitución geológica — Sal gema — Salinas —Carbón — Minas de esmeraldas.

CAPÍTULO VIII
Bogotá — Situación — Clima — Costumbres — Aventuras — Excursiones por los alrededores.

CAPÍTULO IX
Excursión para determinar los límites del terreno al sur de Bogotá —   Valle del Magdalena entre honda e Ibagué — Observaciones sobre el aumento de la intensidad del sonido durante la noche — Puente natural de Pandi o Icononzo.

TOMO II

CAPÍTULO X
Jugo venenoso del ajuapar— Accidentes que sucedieron mientras analizábamos esa materia — El comandante don Juan con nodriza — Irradiación nocturna en Bogotá.

CAPÍTULO XI
Algunos de mis conocidos en Bogotá — El Libertador Bolívar —Personajes — Sucesos.

CAPÍTULO XII
El Salto de Tequendama — Historia de Manuelita Sáenz.

CAPÍTULO XIII
Expedición de 1824— En los llanos del Meta.

CAPÍTULO XIV
Cordillera Central y Cordillera Oriental— Valle del Cauca— Minas de oro de La Vega de Supía - Provincia de Antioquia.

CAPÍTULO XV
Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

CAPÍTULO XVI
Viaje a la región aurífera y platinífera del Chocó.

CAPÍTULO XVII
Viaje al Ecuador— Estudios sobre la región volcánica.

CAPÍTULO XVIII
Ascensión al volcán del Puracé.

CAPÍTULO XIX
Viaje de Popayán a Pasto — Estancia en Pasto.

CAPÍTULO XX
Viaje de Pasto a Quito.

CAPÍTULO XXI
Ecuador.

CAPÍTULO XXII
Ascensión al volcán de Pichincha.

CAPÍTULO XXIII
Ascensión al Antisana.

CAPÍTULO XXIV
Tertulias y puros.

CAPÍTULO XXV
Ascensión al Chimborazo (1831).

CORRESPONDENCIA 1818-1826
Correspondencia I-X
Correspondencia XI-XVI
Correspondencia XVII-XXII
Correspondencia XXIII-XXIX
Correspondencia XXX-XL
Correspondencia XLI- LI
Correspondencia LII-LXII
Correspondencia LXIII- LXXIII
Correspondencia LXXIV - LXXXI
Correspondencia LXXXII - CII
Correspondencia CIII - CXXIX

La explanada de Mérida está comprendida entre dos ríos, o más bien dos torrentes, la Macarega y el Chamo que se reúnen cerca de la población de Panta. Mérida está formada de una arenisca parecida a la de Agua-Obispo y dispuesta en capas perfectamente demarcadas en las cuales vimos afloramientos de carbón. Pero esta arenisca está depositada sobre el esquisto pizarroso y sobre el neis, de escaso espesor; la formación sedimentaria es de poco espesor y por esta razón la sacudida de 1812 removió el suelo de Mérida y yo añadiría que en la ciudad todavía sentían temor de un temblor sucedido el sábado santo de 1823.

17 de abril. | Partimos para San Juan. Al pasar debíamos visitar una fuente de aguas termales; en dos horas llegamos al pueblo de Egido; de allí se necesitó la misma cantidad de tiempo para llegar a la hacienda de Aguas-Calientes, en donde se ve salir de una caliza negra aguas sulfurosas. Hay tres fuentes muy abundantes con temperaturas de 45,5º, 47,8º y 46,1º; del fondo de los pozos no salía ningún gas.

De Aguas-Calientes nos dirigimos a San Juan y después de haber subido, descendimos a la población, siguiendo el curso de la quebrada grande; se ve el neis cubierto de escombros de arenisca, de calizas y esquistos carburados.

San Juan, en donde fuimos recibidos a la perfección por don Luis Pinavera, comandante de las milicias, está situado sobre una meseta constituida por fragmentos de rocas caídas de las montañas vecinas.

Altitud     1.087 metros

|20 de abril. En Mérida habíamos oído hablar de una lagunilla de donde se extraía una sustancia que se añadía al tabaco para hacer una especie de betel usado en la Provincia de Varinas | | * (sic); era ese mismo chimo negro, acre y desagradable que nos había ofrecido con tanta gracia, la señora del general Páez. El comandante Pinavera nos llevó hasta Lagunilla.

Se necesitaron dos horas, al paso de las mulas, para llegar allí. La laguna podía tener un largo de 1.000 metros, por 250 de ancho; un canal sirve para el escape del exceso de agua hacia el río Chamo que siempre hemos bordeado desde la cima del Páramo de Mucuchies, su máxima profundidad no llega a 3 metros y encontramos que su altitud de 1.048 metros es un poco inferior a la de la población; el agua es literalmente alcalina, tiene un tinte verdusco, los animales la beben con avidez y con gran dificultad logramos retener a nuestras mulas que galoparon para calmar la sed y se les deja beber a discreción. El suelo alrededor de la laguna se cubre, en época de sequía, de una capa de carbonato alcalino.

El objeto de la explotación | | (1) es un yacimiento de carbonato de soda en la arcilla cubierta por el agua. Es posible que este yacimiento se extienda más allá pero es el único conocido y el único del que se saca partido.

La sal extraída por los indios de Lagunilla no tiene la apariencia del carbonato de soda que se encuentra cerca de los lagos de Egipto: es un ensamblaje de agujas transparentes, amarillo pálido, divergentes de un centro común, que presentan la particularidad de no dañarse al aire y cuyo sabor, francamente alcalino, es bastante menos fuerte que el del carbonato de soda ordinario.

La explotación de la sal alcalina sumergida es curiosa. Para conocerla, subimos a una canoa Pinavero, Rivero y yo y otra canoa donde iban tres indios, se colocó al lado de la nuestra y nos acompañó hasta el centro de la laguna; allí dos indios se botaron al agua y el tercero permaneció en la embarcación y sin soltarla, metió una gran vara dentro de una excavación bajo agua; uno de los indios que nadaba, agarró esta vara y se zambulló, seguido de otro y permanecieron allí durante por lo menos un minuto; apenas descendieron vimos que salía a la superficie buena cantidad de burbujas de un gas y pronto los nadadores reaparecieron asidos de la vara, trayendo sendos pedazos de “urao” de 1 a 2 kilogramos y cristales de un carbonato de calcio transparente y de una forma particular.

Cuando aparecieron los indios, nos llamó la atención que habían perdido su color cobrizo y estaban negros como etíopes y solamente después de haberse bañado en una parte calmada de la laguna, recuperaron su color natural. También observé que todos los indios que trabajaban en la explotación de “urao” ya no tenían los cabellos negros característicos de su raza sino rojizos. El comandante Pinavero nos decía: “parecen oficiales ingleses”; él creía, en su profunda ignorancia y después de haber visto la brigada irlandesa, que todos los ingleses tenían que estar vestidos de levita roja y tener cabellos de ese color.

El fondo de la laguna es de una arcilla plástica, como parece indicarlo la materia que cubre los cristales de urao.

He aquí la descripción del yacimiento hecha por los indios buceadores: “Primero se atraviesa un lodo negro, espeso y fétido, luego una franja de arcilla amarillosa de 8 centímetros de espesor, cubierta de una multitud de cristales transparentes y con puntas suficientes para hacer sangrar las manos: (estos cristales son los que los indios llaman clavos, debido a su forma) por debajo de la arcilla amarilla con clavos, se encuentra el urao disperso en la arcilla”.

¿Esta es una capa distinta a aquella en que están diseminados los clavos? Las informaciones que dan los indios no permiten resolver este problema, pero todo hace creer que los cristales de clavos ocupan una situación superior a la de los cristales de urao.

Para un mineralogista acabado de salir de las aulas de la escuela, la jornada del 20 de abril de 1823 había sido magnífica. Había descubierto en la lagunilla dos nuevas especies minerales bastante interesantes. Los análisis hechos poco tiempo después en Santa Fe de Bogotá, establecieron que el urao es un sesquicarbonato de soda que tiene menos ácido carbónico que el bicarbonato y más que el carbonato.

En cuanto a los clavos que a primera vista parecían cal carbonatada se comprobó que formaban un carbonato doble de soda y de calcio.

Dediqué esta especie a Gay-Lussac.

La fórmula de la Gay Lussita fue determinada por el señor Cordier sobre las muestras que yo había enviado a París. Arago mostró el nuevo mineral en el curso de una sesión de la Academia de Ciencias.

Los nadadores indios recibían un real (0,70 francos) por cada libra dc urao que extrajeran.

He dicho que esta sal de sodio no se usaba sino en la preparación de un extracto de tabaco. De acuerdo con el señor Palacio Fayar, servían para obtener los extractos llamados “mó y chimó”, cuyo uso es muy extenso en la provincia de Varina (sic) donde hay grandes cultivos de tabaco. Las hojas de esta planta se colocan en montones y expuestas al sol, inmediatamente después de la recolección; allí se fermentan y se calientan y al pasarlas por una prensa, sueltan un líquido carmelita, el “avir” que se concentra hasta la consistencia de jarabe. Este extracto es el “mó” al que se le añade 1/16 de urao en polvo y así tenemos el “mó dulce”. El “chimó” o mó fuerte proviene del extracto de avir al que se le ha adicionado 1/8 de urao.

Al colocar en la boca una pequeña cantidad de esas asquerosas preparaciones, se provoca una salivación abundante que determina un efecto sobre el sistema nervioso que los consumidores encuentran agradable. Estos extractos alcalinos se conservan en cajas de oro o de plata.  

Las jóvenes y atractivas señoritas de Mérida nos ofrecían estos extractos como si fueran “rapé”; se toman el “mó” y el “chimó” con una espátula de metal precioso o con la uña del

dedo meñique que para este efecto se deja crecer en forma desmesurada.

El gobierno tiene el monopolio de la venta del urao y mantiene permanentemente a un guarda al borde de la laguna. Antiguamente, es decir antes de la revolución, se extraían anualmente 2.000 arrobas o sea 500 quintales españoles, lo que implicaría un fuerte consumo de “mó” y “chimó”, pero estas cifras probablemente son inexactas.

El efecto más destacado del uso de estos productos es el de ennegrecer el esmalte de los dientes y es triste ver a mujeres frescas con labios rojos, pero con dientes negros como el ébano.

De Lagunilla volvimos a San Juan. En la plaza se ejercitaban en el manejo de las armas algunos conscriptos, pobres diablos de indios, sin sombra de una opinión política, sin el menor patriotismo, para hacerlos marchar contra los españoles tan pronto supieran disparar un tiro de fusil.

Al entrar por azar a una casa, me sorprendió ver abierto un libro sobre la única mesa de la vivienda: las obras de Horacio. Este volumen pertenecía al comandante Castelli, teniente coronel de un regimiento de infantería y a quien don Pinavera se apresuró a presentarme. Este era piamontés, de Turín y había servido en Francia en la guardia imperial con el grado de sargento; ahora servía al ejército colombiano y era muy útil allí, como tantos oficiales europeos. Bolívar los apreciaba y los prefería a los oficiales ya con demasiada edad para aceptar las exigencias de una nueva situación, siempre mal satisfechos e incapaces de soportar las fatigas de la guerra bajo un clima insalubre. Cuando encontré al comandante Castelli, se hallaba desesperado por haber fallado en la muerte del general Morales, un asesino con galones, igual a tantos otros que España había enviado a tierra firme con su ejército. 

Morales era un antiguo pescador de la isla Margarita y ganó reputación por su valor, sin lugar a dudas, pero más que todo por el terror que inspiraban sus crueldades: muchas veces había sucedido que invitaba a su mesa a los oficiales patriotas que había hecho prisioneros y al llegar al postre se hacía oir un redoble de tambor y el general prevenía amablemente a los infelices que debían bajar al patio donde se les fusilaba en su presencia. En Santa Marta hizo ahorcar de un balcón a un joven escocés de 18 años, aspirante de marina e hijo de uno de mis amigos el señor X y esto sucedió después de la Convención de Santa Ana entre los generales Bolívar y Morillo, cuando se regularizó la guerra para hacer cesar la lucha a muerte.

Castelli me refirió que cuando se retiraba ante las fuerzas españolas que eran superiores y cerca de San Juan, ocupaba la hacienda “El Estanque”, sabía que cuando Morales llegaba fatigado a alguna casa, su primer impulso era el de buscar una mesa y botarse allí con todo y botas, para descansar. Así que Castelli preparó “con amore”, una máquina infernal: un barril de pólvora debía inflamarse a la menor presión que se hiciera sobre la mesa que había sido colocada en el centro de la sala. Las tropas de Morales llegaron y la retaguardia americana se retiró al tiempo que protegía la huida del cuerpo principal; el piamontés llevó a su gente a un bosque espeso donde era inexpugnable. Pasaron los minutos y luego las horas sin que hubiera habido explosión y los espías afirmaban que los españoles ocupaban la casa. Castelli tomó la ofensiva; su retirada de la víspera no había sido sino una estratagema para atraer a Morales en una emboscada. Desalojó a los españoles y se dio cuenta de que su invento había sido retirado y que el general enemigo había dormido profundamente sobre la mesa. Los esclavos de la hacienda que estaban escondidos como serpientes en un bosque vecino de la casa, habían visto todo un negro traidor había revelado el secreto. Al terminar la historia Castelli añadió:

“Hice fusilar a ese negro,”
“¿Sin juzgarlo?”, le pregunté
‘‘Sin hacerlo juzgar”
“¿Y ud. lee a Horacio?”
“Sí y estoy seguro de que Ud.
habría hecho lo mismo en mi lugar”.

Castelli fue uno de los oficiales más útiles del ejército; casi siempre en campaña, alejado del estado mayor general, del “Sol”, avanzó lentamente. Amaba la guerra y fue él quien en la provincia de Antioquia, derrotó al famoso y brillante general Córdoba, después de su revuelta contra la autoridad del Libertador. Se retiró a Caracas, donde murió con el grado de general de brigada.

|23 de abril. Salimos dc San Juan en compañía del comandante Pinavera e hicimos una corta estación en Lagunilla para hacer beber agua alcalina a nuestras bestias; los indios nos aseguraron que no había peces en la laguna aunque varias veces habían visto culebras.

A las 10 de la mañana el termómetro marcaba, a la sombra, 24,8º.

De la Lagunilla comenzamos a descender por el lecho de un torrente y una hora después apareció el esquisto arcilloso y negro, fuertemente inclinado hacia el SO. Sobre este esquisto reposan los escombros de rocas de la meseta de San Juan.

Al dejar el torrente, entramos en un desfiladero estrecho y profundo, que es una fisura abierta en un esquisto talcoso, negro y verdusco, con eflorecencias de magnesio. Estos esquistos sobrepasan por encima el camino, a tal punto, que nos parecía atravesar un subterráneo.

Después de haber trepado una cuesta muy inclinada, bajamos a la ribera del río Chama donde reposamos y nos refrescamos con agua de coco mezclada con ron. En el Chama se podía ver el neis sobre la orilla izquierda y arenisca sobre la derecha. Seguimos un camino muy accidentado a lo largo del valle y la lluvia nos sorprendió antes de llegar al pueblo de Chiguara donde nos encontramos con tropas que se dirigían hacia la laguna de Maracaibo, entonces en poder de los españoles.

|24 de abril (1823). Bajamos de Chiguara en donde pasamos la noche, con intención de atravesar el río Chama para llegar a la hacienda de “El Estanque”; la casa en donde habíamos dormido estaba acribillada a balazos, pues un oficial patriota había sido sorprendido y muerto allí por una patrulla realista.

Había llovido en tal forma que el río ya no era vadeable y su aspecto era terrible; el ruido que producían las enormes rocas que arrastraba nos ensordecía a tal punto que para hacerse oír había que hablar al oído.

|25 de abril. La lluvia no cesaba y el paso del río era tan imposible como la víspera. Tuvimos que remontar el valle para buscar el puente o la tarabita. Nuevo problema: el puente se encontraba en tan mal estado que tuvimos que consolidarlo para que nuestras mulas de silla y de carga pudieran pasar, no sin peligros; nosotros nos decidimos por la tarabita establecida en el paso de la Cabullo | | ** (sic).

Se llama tarabita a una manera de atravesar un río y que consiste en amarrar al viajero a una silla de madera suspendida por unas 8 o 10 tiras de cuero de buey, cuyas extremidades han sido fijadas a un par de postes sólidamente enterrados a lado y lado del río. El pasajero va atado a la silla que está provista de dos tiras que corresponden a cada uno de los postes. En el embarcadero el viajero baja por su propio peso hasta la mitad del río donde se modera el descenso por el plano inclinado, reteniéndose por la tira prendida a la silla. Tan pronto como ésta llega a un punto estable es izada del lado opuesto, es decir, del lado del desembarcadero, a donde el viajero llega emocionado, después de haber subido el plano inclinado.

Es muy poco agradable este pasaje que se efectúa por encima de un torrente furioso o de un abismo, sobre los cuales se oscila como un péndulo durante algunos minutos.

El comandante Pinavera pasó de último: era un hombre muy gordo y la lluvia había mojado las tiras; cuando llegó a la mitad, al ser izado hacia la orilla opuesta, se reventó una de la tiras y luego una segunda; debido a este percance la flexión de las tiras restantes fue mayor y los pies del pasajero rozaban la espuma del torrente que parecía arrastrarlo. Todos tratamos de halarlo cuidadosamente, pero en el momento de llegar, la tira prendida a la silla se rompió y Pinavera volvió a bajar a gran velocidad hasta el punto de la mayor flexión; de inmediato uno de los “paseros” se dejó resbalar para atar una nueva tira a la silla, pero su peso aumentaba la flexión de las tiras restantes: daba terror ver a esos dos hombres sumergidos en parte, oscilar en ese cable; al fin la silla fue atada y pudimos halar al comandante hacia nosotros. El pobre Pinavera estaba pálido, fuera de sí, más muerto que vivo y nos dijo: “Si solamente hubiera podido hacer la señal de la cruz cuando me creí perdido...pero era imposible porque estaba muy bien amarrado”.

En el paso de la Cabullo | | *** la altitud del río Chama, que en ese lugar tiene 20 metros de ancho, se encontró ser de 417 metros; la temperatura del aire era de 30,6º.

Nos alojamos en la hacienda de “El Estanque” dedicada al cultivo del cacao; fue allí que sucedió el drama de Castelli y Morales que terminó en la muerte del negro; por la tarde, a la hora de la oración, los esclavos se reunieron para cantar un cántico y recibir la bendición del mayordomo.

Desde “El Estanque” vimos durante la noche esas singulares luces que habíamos observado en Mérida y San Juan; son conocidas con el nombre de “farol de Maracaibo”; se divisan desde las costas del mar, como del interior y se asegura que son visibles a más de 40 leguas de distancia; parece ser que esas llamas, esas fosforescencias nacen en el río Catatumbo, cerca del río Zulia.

El “farol” por su posición y persistencia, dirige como un verdadero faro, a los navegantes que frecuentan el golfo de Maracaibo. Una leyenda dice que esas apariciones luminosas se deben al alma en pena del tirano López| **** de Aguirre; este soldado de la conquista fue quien después de haberse rebelado contra España, le escribía a Felipe II, hijo de Carlos V “el invencible” para justificar su traición, al tiempo que confesaba sus crímenes con un cinismo increíble:
“Yo, López de Aguirre, tu vasallo, cristiano de larga data, nacido de padres pobres, pero nobles, llegué al Perú, siendo joven, lanza en mano, para trabajar... Te invito a ser más justo con los buenos vasallos que tienes en este país, porque yo y los míos, cansados de ver las crueldades y las injusticias que ejercen en tu nombre tus virreyes, hemos resuelto no obedecerte más y te haremos una guerra cruel... Yo cojeo del pie izquierdo debido a dos arcabuzasos que recibí en el valle de Coquimbo combatiendo bajo las órdenes de tu mariscal Alonso Alvarado contra Francisco Girón, rebelde entonces como yo lo soy ahora y lo seré siempre, porque después de que tu virrey marqués de Caneto, hombre cobarde, ambicioso y afeminado hizo ahorcar a nuestros más valientes guerreros, no le hago más caso a tus perdones que a los libros de Martín Lutero... Tengo la convicción de que pocos reyes van al cielo, así que nosotros nos consideramos muy felices de encontrarnos aquí en las Indias conservando en toda su pureza los mandamientos de Dios y de la Iglesia Romana... Al salir del río Amazonas desembarcamos en una isla de nombre ‘La Margarita’; fue allí donde recibimos de España la noticia de la gran facción de los luteranos. Esta noticia nos dio mucho miedo y encontramos entre nosotros uno de los facciosos de nombre Monteverde, a quien hice descuartizar como correspondía... En el año de 1559 el marqués de Caneto envió al Amazonas a Pedro de Ursúa, navarro o más bien francés... No habíamos hecho ni 300 leguas cuando tuvimos que matar a ese malvado y ambicioso capitán. Escogimos por rey a un caballero de Sevilla, Fernando Guzmán y le juramos fidelidad. A mí se me nombró su ayudante y porque no consentí en hacer su voluntad quisieron matarme, pero más bien yo maté al nuevo rey, a su capitán de guardia, a su teniente general, a su capellán, a una mujer, a un caballero de la isla de Rodas y a cinco o seis sirvientes. Resolví entonces castigar a tus ministros y a tus consejeros (Oidores), nombré a capitanes y a sargentos que quisieron matarme. Los hice ahorcar a todos y fue así como en medio de estas aventuras navegamos 11 meses hasta la desembocadura del río es decir más de 1.500 leguas. Sabe Dios cómo nos libramos de esta masa de agua... que Dios te tenga en su santa guarda”.

De la isla Margarita, Aguirre penetró por el puerto de Barbarata a los valles de Aragua; en Valencia proclamó la destitución de Felipe II y a su llegada los habitantes se retiraban a las islas del lago de Tacarigua. Fue de Valencia de donde dirigió su famosa carta al rey de España, la cual pinta, dijo Humboldt, con una aterradora veracidad, las costumbres de la soldadesca del siglo XVI.

Abandonado de los suyos, López de Aguirre fue muerto en Barquisimeto y en el momento de sucumbir apuñaló a su única hija para que no tuviera que avergonzarse de llevar el apellido de un traidor. El alma del tirano anda errante en las sabanas como una llama y huye cuando los hombres se acercan | | (2) . Es así como los indígenas explican los fuegos que aparecen en el fondo del golfo de Maracaibo.

Esos meteoros luminosos que siempre se divisan de noche desde las montañas de Mérida, tienen la apariencia de rayos de calor, rayos sin trueno, que muy frecuentemente se ve brillar en los valles de las regiones cálidas, desde las mesetas de las cordilleras. De resto, nadie ha encontrado alguna sustancia bituminosa, espontáneamente inflamable, o un gas fosforescente al que sea posible atribuir el fenómeno del “farol” de la laguna de Maracaibo.

|26 de abril. En “El Estanque” nos separamos del excelente comandante Pinavera, cerca de la parroquia de Bailadores. Después de haber seguido un torrente, marchando sobre una rampa estrecha muy inclinada, llegamos a los Mucuties, descendiendo la cuesta escalada no sin dificultad; atravesamos un puente que nos permitió seguir el curso del río, remontándolo nuevamente. Decididamente habíamos dejado el río Chama que a la altura de Chiguara voltea súbitamente hacia el Norte, para entrar en la Ciénaga Grande, cuyas aguas desembocan en el mar de las Antillas.

Entramos en la parroquia a las 4 de la tarde; todos sus habitantes habían escapado al bosque a causa de la proximidad de las tropas españolas. Íbamos de casa en casa y en cada puerta hacíamos la interpelación usual entre buenos católicosy gente bien educada: “Ave María” a lo cual se contestaba “sin pecado concebida”, pero nadie nos respondía; nos habíamos apeado y llevábamos las mulas por la rienda, cuando en la sala de una casa, cuya puerta estaba abierta, alcancé a ver un hombre dormido en una hamaca, con su sable colocado en una silla a fácil alcance; vestía guerrera azul, ¿sería un español o un colombiano? Hice señales a mis compañeros para que no hicieran ruido y armé una pistola. 

La casualidad quiso que me hiriese con la piedra de sílex y mi mano quedó roja de sangre; llegué cerca del durmiente, retiré su sable, le coloqué la boca de mi pistola sobre su frente y lo desperté. El pobre hombre tuvo un susto tremendo viendo a una persona de mal aspecto, cubierta con un capote ya gastado, armada hasta los dientes y con la mano ensangrentada. Este señor era el alcalde, quien nos contó que estaba esperando al enemigo de un momento a otro. Nos acompañó a uno de los extremos del pueblo, en donde nos hospedamos con un escuadrón comandado por un teniente.

En el torrente de Mucuties, habíamos visto el neis in situ.  

|27de abril. Salimos a las 7 de la Parroquia y llegamos a las10 a la villa de Bailadores, que estaba tan desierta como la parroquia y por la misma razón: guerra en los alrededores. Esta población se halla cerca del río Mucuties, su altitud es de 1.759 metros. A las 10, la temperatura del aire era de 21,7º.

Como el tiempo era favorable resolvimos pasar el páramo de Portachuelo y se necesitaron 3 horas de rápido ascenso para llegar a la cima. La montaña está formada de granito y de neis; su altitud 3.097 metros, a las 3 la temperatura era de 14,4º.

Al bajar del páramo por un camino muy accidentado, nos alcanzó una espantosa tempestad: estaba oscuro y nuestras mulas dirigían por la luz ininterrumpida de los rayos; eran las 9 de la noche cuando llegamos a las primeras casas de La Grita.

|28 de abril. Continuó la lluvia; estábamos fatigados de la etapa de la víspera y tan mojados que tomamos un día de reposo.

La Grita fue destruida por el temblor de 1812 y a causa de la guerra estaba casi desierta; sin embargo asistimos a un baile ofrecido por los oficiales del regimiento en guarnición.

Todas las mujeres, sin excepción, padecían de voluminosos cotos; el sirviente Johnston decía que las asistentes, muy descotadas, tenían tres senos.

La altitud de La Grita es de 1.581 y la temperatura de 2O,6º a las 4 de la tarde.

|29 de abril. De La Grita se baja hasta el río del valle, cerca de su unión con el río Cobra, cuyas aguas son rojizas debido a una arcilla ocre. En este punto, el granito se superpone al neis. Remontamos el río Cobra hasta una cabaña que se encuentra al pie del Páramo del Zumbador que debíamos pasar al día siguiente.

La lluvia no había cesado desde la mañana y los vados del torrente de la Cobra habían sido difíciles y hasta peligrosos debido a una fuerte creciente. Nos encontrábamos en un triste estado y tal era mi miseria que un agujero de mi sombrero dejaba pasar la lluvia a mis vestidos o más bien a mis harapos y el agua salía por los huecos de las botas. Habíamos pasado varias noches con nuestra ropa mojada y lo mismo sucedió al pie del páramo donde sentimos un fuerte frío debido al agua que nos empapaba, aun cuando la temperatura del aire era de 18º.

Altitud del pico del Zumbador, 1.995 metros.

|30 de abril. A pesar de que llovió toda la noche, la mañana fue suficientemente bonita para no vacilar en pasar el Zumbador. A las 6 estábamos en camino; llegados a una gran elevación, bajamos para volver a subir hasta la cima; a las 9 abrí el barómetro para encontrar que la temperatura del aire era de 14,40 y la altitud del zumbador de 2.732 metros. El viento soplaba con violencia y se nos aseguró que siempre era lo mismo en ese páramo. Su nombre “Zumbador” sería justificado.

La parte alta de la montaña es de neis, al subir a partir del pico del páramo seguimos la arenisca que pronto desapareció bajo la hierba; pero a la bajada del Zumbador volvimos a encontrarla. Llegamos al río San Cristóbal, después de haber atravesado tres torrentes tributarios. A las 2 entrábamos en la sabana Laya, en donde fuimos forzados a esperar en un rancho porque el río que debíamos atravesar estaba extraordinariamente crecido. El dueño estaba enfermo de fiebre que había contraído en los llanos de Barinas.

Por la noche nos proporcionaron luz con una singular luminaria: granos de ricino, ensartados en un alambre, los cuales suministraban una luz viva y brillante. La sarta tenía un pie de largo y tan pronto se consumía un grano, el fuego pasaba al vecino.

|1o. de mayo. Pudimos pasar el río para desayunar en Zariba. Marchábamos sobre arenisca y al entrar a Capacho lo hacíamos sobre una caliza formada por conchas.

Altitud de Capacho      1.367 metros
Temperatura a las 4    21,7º

El río San Cristóbal se dirige hacia los llanos de Barinas.

|2 de mayo. Seguimos el torrente de Capacho en donde reconocimos en la arenisca varios afloramientos de carbón, así como de cristales de yeso.

Dejarnos el lecho del Capacho, sobre el cual caminábamos desde hacía rato, para tomar un sendero que nos llevó a San Antonio del Rosario, sobre el río Táchira, el cual pasamos sobre un puente colgante hecho de cortezas de árbol y tan oscilante que casi no podíamos mantenernos de pie y las mulas lo hicieron a nado. A las 2 de la tarde entramos a San Antonio de Cúcuta en donde el Congreso de la República había promulgado la Constitución.

Altitud de Cúcuta  429 metros
Temperatura 10 de la mañana 29,7º
Temperatura 4 de la tarde  31,7º

Nos quedamos allí hasta el 5 | de mayo y durante las tres noches que pasamos en esta ciudad volvimos a ver, hacia el norte, la luz del |“farol” del río Catatumbo. Esta luz lejana no tiene la apariencia de rayos ni en ella se distingue los centelleos y el |zig-zag del relámpago; es como un vapor luminoso, muy fugaz que abarca un gran espacio y aparece y desaparece con suficiente rapidez para hacer creer que es permanente.

|5 de mayo. Teníamos la intención de pasar por San José, pero el río que se une al Táchira estaba demasiado crecido y tuvimos que seguir un desecho. Después de 2 horas de una marcha fatigante sobre un terreno cubierto de maleza, llegamos a un cultivo de caña de azúcar en la hacienda de La Garita (sic) y siempre observamos la arenisca en capas más o menos inclinadas.

 

(1) Anales de Química y Física, segunda serie, tomo XXIX, página 110: Memoria sobre el Urao; página 283: Observaciones sobre algunos carbonatos, segunda serie, tomo XXX; página 109: Análisis de una nueva sustancia mineral. (regresar 1)
(2) Humboldt, viajes, Tomo V. Pág. 233. (regresar 2)
* Barinas. (regresar *)
** Debe tratarse del paso de la Cabuya. (regresar **)
*** Así en el original.(regresar ***)

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