La explanada de Mérida está comprendida entre dos ríos, o más
bien dos torrentes, la Macarega y el Chamo que se reúnen cerca de
la población de Panta. Mérida está formada de una arenisca parecida
a la de Agua-Obispo y dispuesta en capas perfectamente demarcadas
en las cuales vimos afloramientos de carbón. Pero esta arenisca
está depositada sobre el esquisto pizarroso y sobre el neis, de
escaso espesor; la formación sedimentaria es de poco espesor y por
esta razón la sacudida de 1812 removió el suelo de
Mérida y yo añadiría que en la ciudad todavía sentían temor de un
temblor sucedido el sábado santo de 1823.
17 de abril.
|
Partimos para San Juan. Al pasar debíamos
visitar una fuente de aguas termales; en dos horas llegamos al
pueblo de Egido; de allí se necesitó la misma cantidad de tiempo
para llegar a la hacienda de Aguas-Calientes, en donde se ve salir
de una caliza negra aguas sulfurosas. Hay tres fuentes muy
abundantes con temperaturas de 45,5º, 47,8º y 46,1º; del fondo de
los pozos no salía ningún gas.
De Aguas-Calientes nos dirigimos a San Juan y después de haber
subido, descendimos a la población, siguiendo el curso de la
quebrada grande; se ve el neis cubierto de escombros de arenisca,
de calizas y esquistos carburados.
San Juan, en donde fuimos recibidos a la perfección por don Luis
Pinavera, comandante de las milicias, está situado sobre una meseta
constituida por fragmentos de rocas caídas de las montañas
vecinas.
|20 de abril. En Mérida habíamos oído hablar de una
lagunilla de donde se extraía una sustancia que se añadía al tabaco
para hacer una especie de betel usado en la Provincia de
Varinas
|
|
*
(sic); era ese mismo chimo negro,
acre y desagradable que nos había ofrecido con tanta gracia, la
señora del general Páez. El comandante Pinavera nos llevó hasta
Lagunilla.
Se necesitaron dos horas, al paso de las mulas, para llegar
allí. La laguna podía tener un largo de 1.000 metros, por 250 de
ancho; un canal sirve para el escape del exceso de agua hacia el
río Chamo que siempre hemos bordeado desde la cima del Páramo de
Mucuchies, su máxima profundidad no llega a 3 metros y
encontramos que su altitud de 1.048 metros es un poco inferior a la
de la población; el agua es literalmente alcalina, tiene un tinte
verdusco, los animales la beben con avidez y con gran dificultad
logramos retener a nuestras mulas que galoparon para calmar la sed
y se les deja beber a discreción. El suelo alrededor de la laguna
se cubre, en época de sequía, de una capa de carbonato
alcalino.
El objeto de la explotación |
|
(1)
es un yacimiento de carbonato de
soda en la arcilla cubierta por el agua. Es posible que este
yacimiento se extienda más allá pero es el único conocido y el
único del que se saca partido.
La sal extraída por los indios de Lagunilla no tiene la
apariencia del carbonato de soda que se encuentra cerca de los
lagos de Egipto: es un ensamblaje de agujas transparentes, amarillo
pálido, divergentes de un centro común, que presentan la
particularidad de no dañarse al aire y cuyo sabor, francamente
alcalino, es bastante menos fuerte que el del carbonato de soda
ordinario.
La explotación de la sal alcalina sumergida es curiosa. Para
conocerla, subimos a una canoa Pinavero, Rivero y yo y otra canoa
donde iban tres indios, se colocó al lado de la nuestra y nos
acompañó hasta el centro de la laguna; allí dos indios se botaron
al agua y el tercero permaneció en la embarcación y sin soltarla,
metió una gran vara dentro de una excavación bajo agua; uno de los
indios que nadaba, agarró esta vara y se zambulló, seguido de otro
y permanecieron allí durante por lo menos un minuto; apenas
descendieron vimos que salía a la superficie buena cantidad de
burbujas de un gas y pronto los nadadores reaparecieron asidos de
la vara, trayendo sendos pedazos de “urao” de 1 a 2
kilogramos y cristales de un carbonato de calcio transparente y de
una forma particular.
Cuando aparecieron los indios, nos llamó la atención que habían
perdido su color cobrizo y estaban negros como etíopes y solamente
después de haberse bañado en una parte calmada de la laguna,
recuperaron su color natural. También observé que todos los indios
que trabajaban en la explotación de “urao” ya no tenían
los cabellos negros característicos de su raza sino rojizos. El
comandante Pinavero nos decía: “parecen oficiales
ingleses”; él creía, en su profunda ignorancia y después de
haber visto la brigada irlandesa, que todos los ingleses tenían que
estar vestidos de levita roja y tener cabellos de ese
color.
El fondo de la laguna es de una arcilla plástica, como parece
indicarlo la materia que cubre los cristales de
urao.
He aquí la descripción del yacimiento hecha por los indios
buceadores: “Primero se atraviesa un lodo negro, espeso y
fétido, luego una franja de arcilla amarillosa de 8 centímetros de
espesor, cubierta de una multitud de cristales transparentes y con
puntas suficientes para hacer sangrar las manos: (estos cristales
son los que los indios llaman clavos, debido a su forma) por debajo
de la arcilla amarilla con clavos, se encuentra el urao disperso en
la arcilla”.
¿Esta es una capa distinta a aquella en que están diseminados
los clavos? Las informaciones que dan los indios no permiten
resolver este problema, pero todo hace creer que los cristales de
clavos ocupan una situación superior a la de los cristales de
urao.
Para un mineralogista acabado de salir de las aulas de la
escuela, la jornada del 20 de abril de 1823 había sido magnífica.
Había descubierto en la lagunilla dos nuevas especies minerales
bastante interesantes. Los análisis hechos poco tiempo después en
Santa Fe de Bogotá, establecieron que el urao es un
sesquicarbonato de soda que tiene menos ácido carbónico que el
bicarbonato y más que el carbonato.
En cuanto a los clavos que a primera vista parecían cal
carbonatada se comprobó que formaban un carbonato doble de soda y
de calcio.
Dediqué esta especie a Gay-Lussac.
La fórmula de la Gay Lussita fue determinada por el señor
Cordier sobre las muestras que yo había enviado a París. Arago
mostró el nuevo mineral en el curso de una sesión de la Academia de
Ciencias.
Los nadadores indios recibían un real (0,70 francos) por cada
libra dc urao que extrajeran.
He dicho que esta sal de sodio no se usaba sino en la
preparación de un extracto de tabaco. De acuerdo con el señor
Palacio Fayar, servían para obtener los extractos llamados “mó
y chimó”, cuyo uso es muy extenso en la provincia de Varina
(sic) donde hay grandes cultivos de tabaco. Las hojas de esta
planta se colocan en montones y expuestas al sol, inmediatamente
después de la recolección; allí se fermentan y se calientan y al
pasarlas por una prensa, sueltan un líquido carmelita, el
“avir” que se concentra hasta la consistencia de jarabe.
Este extracto es el “mó” al que se le añade 1/16 de urao
en polvo y así tenemos el “mó dulce”. El
“chimó” o mó fuerte proviene del extracto de avir al que
se le ha adicionado 1/8 de urao.
Al colocar en la boca una pequeña cantidad de esas asquerosas
preparaciones, se provoca una salivación abundante que determina un
efecto sobre el sistema nervioso que los consumidores encuentran
agradable. Estos extractos alcalinos se conservan en cajas de oro o
de plata.
Las jóvenes y atractivas señoritas de Mérida nos ofrecían estos
extractos como si fueran “rapé”; se toman el
“mó” y el “chimó” con una espátula de metal
precioso o con la uña del
dedo meñique que para este efecto se deja crecer en forma
desmesurada.
El gobierno tiene el monopolio de la venta del urao y mantiene
permanentemente a un guarda al borde de la laguna. Antiguamente, es
decir antes de la revolución, se extraían anualmente 2.000 arrobas
o sea 500 quintales españoles, lo que implicaría un fuerte consumo
de “mó” y “chimó”, pero estas cifras
probablemente son inexactas.
El efecto más destacado del uso de estos productos es el de
ennegrecer el esmalte de los dientes y es triste ver a mujeres
frescas con labios rojos, pero con dientes negros como el
ébano.
De Lagunilla volvimos a San Juan. En la plaza se ejercitaban en
el manejo de las armas algunos conscriptos, pobres diablos de
indios, sin sombra de una opinión política, sin el menor
patriotismo, para hacerlos marchar contra los españoles tan pronto
supieran disparar un tiro de fusil.
Al entrar por azar a una casa, me sorprendió ver abierto un
libro sobre la única mesa de la vivienda: las obras de Horacio.
Este volumen pertenecía al comandante Castelli, teniente coronel de
un regimiento de infantería y a quien don Pinavera se apresuró a
presentarme. Este era piamontés, de Turín y había servido en
Francia en la guardia imperial con el grado de sargento; ahora
servía al ejército colombiano y era muy útil allí, como tantos
oficiales europeos. Bolívar los apreciaba y los prefería a los
oficiales ya con demasiada edad para aceptar las exigencias de una
nueva situación, siempre mal satisfechos e incapaces de soportar
las fatigas de la guerra bajo un clima insalubre. Cuando encontré
al comandante Castelli, se hallaba desesperado por haber fallado en
la muerte del general Morales, un asesino con galones, igual a
tantos otros que España había enviado a tierra firme con su
ejército.
Morales era un antiguo pescador de la isla Margarita y ganó
reputación por su valor, sin lugar a dudas, pero más que todo por
el terror que inspiraban sus crueldades: muchas veces había
sucedido que invitaba a su mesa a los oficiales patriotas que había
hecho prisioneros y al llegar al postre se hacía oir un redoble de
tambor y el general prevenía amablemente a los infelices que debían
bajar al patio donde se les fusilaba en su presencia. En Santa
Marta hizo ahorcar de un balcón a un joven escocés de 18 años,
aspirante de marina e hijo de uno de mis amigos el señor X y esto
sucedió después de la Convención de Santa Ana entre los generales
Bolívar y Morillo, cuando se regularizó la guerra para hacer cesar
la lucha a muerte.
Castelli me refirió que cuando se retiraba ante las fuerzas
españolas que eran superiores y cerca de San Juan, ocupaba la
hacienda “El Estanque”, sabía que cuando Morales llegaba
fatigado a alguna casa, su primer impulso era el de buscar una mesa
y botarse allí con todo y botas, para descansar. Así que Castelli
preparó “con amore”, una máquina infernal: un barril de
pólvora debía inflamarse a la menor presión que se hiciera sobre la
mesa que había sido colocada en el centro de la sala. Las tropas de
Morales llegaron y la retaguardia americana se retiró al tiempo que
protegía la huida del cuerpo principal; el piamontés llevó a su
gente a un bosque espeso donde era inexpugnable. Pasaron los
minutos y luego las horas sin que hubiera habido explosión y los
espías afirmaban que los españoles ocupaban la casa. Castelli tomó
la ofensiva; su retirada de la víspera no había sido sino una
estratagema para atraer a Morales en una emboscada. Desalojó a los
españoles y se dio cuenta de que su invento había sido retirado y
que el general enemigo había dormido profundamente sobre la mesa.
Los esclavos de la hacienda que estaban escondidos como serpientes
en un bosque vecino de la casa, habían visto todo un negro traidor
había revelado el secreto. Al terminar la historia Castelli
añadió:
“Hice fusilar a ese negro,”
“¿Sin juzgarlo?”, le pregunté
‘‘Sin hacerlo juzgar”
“¿Y ud. lee a Horacio?”
“Sí y estoy seguro de que Ud.
habría hecho lo mismo en mi lugar”.
Castelli fue uno de los oficiales más útiles del ejército; casi
siempre en campaña, alejado del estado mayor general, del
“Sol”, avanzó lentamente. Amaba la guerra y fue él quien
en la provincia de Antioquia, derrotó al famoso y brillante general
Córdoba, después de su revuelta contra la autoridad del Libertador.
Se retiró a Caracas, donde murió con el grado de general de
brigada.
|23 de abril. Salimos dc San Juan en compañía del
comandante Pinavera e hicimos una corta estación en Lagunilla para
hacer beber agua alcalina a nuestras bestias; los indios nos
aseguraron que no había peces en la laguna aunque varias veces
habían visto culebras.
A las 10 de la mañana el termómetro marcaba, a la sombra,
24,8º.
De la Lagunilla comenzamos a descender por el lecho de un
torrente y una hora después apareció el esquisto arcilloso y negro,
fuertemente inclinado hacia el SO. Sobre este esquisto reposan los
escombros de rocas de la meseta de San Juan.
Al dejar el torrente, entramos en un desfiladero estrecho y
profundo, que es una fisura abierta en un esquisto talcoso, negro y
verdusco, con eflorecencias de magnesio. Estos esquistos sobrepasan
por encima el camino, a tal punto, que nos parecía atravesar un
subterráneo.
Después de haber trepado una cuesta muy inclinada, bajamos a la
ribera del río Chama donde reposamos y nos refrescamos con agua de
coco mezclada con ron. En el Chama se podía ver el neis sobre la
orilla izquierda y arenisca sobre la derecha. Seguimos un camino
muy accidentado a lo largo del valle y la lluvia nos sorprendió
antes de llegar al pueblo de Chiguara donde nos encontramos con
tropas que se dirigían hacia la laguna de Maracaibo, entonces en
poder de los españoles.
|24 de abril (1823). Bajamos de Chiguara en donde pasamos
la noche, con intención de atravesar el río Chama para llegar a la
hacienda de “El Estanque”; la casa en donde habíamos
dormido estaba acribillada a balazos, pues un oficial patriota
había sido sorprendido y muerto allí por una patrulla realista.
Había llovido en tal forma que el río ya no era vadeable y su
aspecto era terrible; el ruido que producían las enormes rocas que
arrastraba nos ensordecía a tal punto que para hacerse oír había
que hablar al oído.
|25 de abril. La lluvia no cesaba y el paso del río era
tan imposible como la víspera. Tuvimos que remontar el valle para
buscar el puente o la tarabita. Nuevo problema: el puente se
encontraba en tan mal estado que tuvimos que consolidarlo para que
nuestras mulas de silla y de carga pudieran pasar, no sin peligros;
nosotros nos decidimos por la tarabita establecida en el paso de la
Cabullo
|
|
**
(sic).
Se llama tarabita a una manera de atravesar un río y que
consiste en amarrar al viajero a una silla de madera suspendida por
unas 8 o 10 tiras de cuero de buey, cuyas extremidades han sido
fijadas a un par de postes sólidamente enterrados a lado y lado del
río. El pasajero va atado a la silla que está provista de dos tiras
que corresponden a cada uno de los postes. En el embarcadero el
viajero baja por su propio peso hasta la mitad del río donde se
modera el descenso por el plano inclinado, reteniéndose por la tira
prendida a la silla. Tan pronto como ésta llega a un punto estable
es izada del lado opuesto, es decir, del lado del desembarcadero, a
donde el viajero llega emocionado, después de haber subido el plano
inclinado.
Es muy poco agradable este pasaje que se efectúa por encima de
un torrente furioso o de un abismo, sobre los cuales se oscila como
un péndulo durante algunos minutos.
El comandante Pinavera pasó de último: era un hombre muy gordo y
la lluvia había mojado las tiras; cuando llegó a la mitad, al ser
izado hacia la orilla opuesta, se reventó una de la tiras y luego
una segunda; debido a este percance la flexión de las tiras
restantes fue mayor y los pies del pasajero rozaban la espuma del
torrente que parecía arrastrarlo. Todos tratamos de halarlo
cuidadosamente, pero en el momento de llegar, la tira prendida a la
silla se rompió y Pinavera volvió a bajar a gran velocidad hasta el
punto de la mayor flexión; de inmediato uno de los
“paseros” se dejó resbalar para atar una nueva tira a la
silla, pero su peso aumentaba la flexión de las tiras restantes:
daba terror ver a esos dos hombres sumergidos en parte, oscilar en
ese cable; al fin la silla fue atada y pudimos halar al comandante
hacia nosotros. El pobre Pinavera estaba pálido, fuera de sí, más
muerto que vivo y nos dijo: “Si solamente hubiera podido hacer
la señal de la cruz cuando me creí perdido...pero era imposible
porque estaba muy bien amarrado”.
En el paso de la Cabullo
|
|
***
la altitud del río Chama, que en
ese lugar tiene 20 metros de ancho, se encontró ser de 417 metros;
la temperatura del aire era de 30,6º.
Nos alojamos en la hacienda de “El Estanque” dedicada
al cultivo del cacao; fue allí que sucedió el drama de Castelli y
Morales que terminó en la muerte del negro; por la tarde, a la hora
de la oración, los esclavos se reunieron para cantar un cántico y
recibir la bendición del mayordomo.
Desde “El Estanque” vimos durante la noche esas
singulares luces que habíamos observado en Mérida y San Juan; son
conocidas con el nombre de “farol de Maracaibo”; se
divisan desde las costas del mar, como del interior y se asegura
que son visibles a más de 40 leguas de distancia; parece ser que
esas llamas, esas fosforescencias nacen en el río Catatumbo, cerca
del río Zulia.
El “farol” por su posición y persistencia, dirige como
un verdadero faro, a los navegantes que frecuentan el golfo de
Maracaibo. Una leyenda dice que esas apariciones luminosas se deben
al alma en pena del tirano López|
**** de Aguirre;
este soldado de la conquista fue quien después de haberse rebelado
contra España, le escribía a Felipe II, hijo de Carlos V “el
invencible” para justificar su traición, al tiempo que
confesaba sus crímenes con un cinismo increíble:
“Yo, López de Aguirre, tu vasallo, cristiano de larga data,
nacido de padres pobres, pero nobles, llegué al Perú, siendo joven,
lanza en mano, para trabajar... Te invito a ser más justo con los
buenos vasallos que tienes en este país, porque yo y los míos,
cansados de ver las crueldades y las injusticias que ejercen en tu
nombre tus virreyes, hemos resuelto no obedecerte más y te haremos
una guerra cruel... Yo cojeo del pie izquierdo debido a dos
arcabuzasos que recibí en el valle de Coquimbo combatiendo bajo las
órdenes de tu mariscal Alonso Alvarado contra Francisco Girón,
rebelde entonces como yo lo soy ahora y lo seré siempre, porque
después de que tu virrey marqués de Caneto, hombre cobarde,
ambicioso y afeminado hizo ahorcar a nuestros más valientes
guerreros, no le hago más caso a tus perdones que a los libros de
Martín Lutero... Tengo la convicción de que pocos reyes van al
cielo, así que nosotros nos consideramos muy felices de
encontrarnos aquí en las Indias conservando en toda su pureza los
mandamientos de Dios y de la Iglesia Romana... Al salir del río
Amazonas desembarcamos en una isla de nombre ‘La
Margarita’; fue allí donde recibimos de España la noticia de
la gran facción de los luteranos. Esta noticia nos dio mucho miedo
y encontramos entre nosotros uno de los facciosos de nombre
Monteverde, a quien hice descuartizar como correspondía... En el
año de 1559 el marqués de Caneto envió al Amazonas a Pedro de
Ursúa, navarro o más bien francés... No habíamos hecho ni 300
leguas cuando tuvimos que matar a ese malvado y ambicioso capitán.
Escogimos por rey a un caballero de Sevilla, Fernando Guzmán y le
juramos fidelidad. A mí se me nombró su ayudante y porque no
consentí en hacer su voluntad quisieron matarme, pero más bien yo
maté al nuevo rey, a su capitán de guardia, a su teniente general,
a su capellán, a una mujer, a un caballero de la isla de Rodas y a
cinco o seis sirvientes. Resolví entonces castigar a tus ministros
y a tus consejeros (Oidores), nombré a capitanes y a sargentos que
quisieron matarme. Los hice ahorcar a todos y fue así como en medio
de estas aventuras navegamos 11 meses hasta la desembocadura del
río es decir más de 1.500 leguas. Sabe Dios cómo nos libramos de
esta masa de agua... que Dios te tenga en su santa
guarda”.
De la isla Margarita, Aguirre penetró por el puerto de Barbarata
a los valles de Aragua; en Valencia proclamó la destitución de
Felipe II y a su llegada los habitantes se retiraban a las islas
del lago de Tacarigua. Fue de Valencia de donde dirigió su famosa
carta al rey de España, la cual pinta, dijo Humboldt, con una
aterradora veracidad, las costumbres de la soldadesca del siglo
XVI.
Abandonado de los suyos, López de Aguirre fue muerto en
Barquisimeto y en el momento de sucumbir apuñaló a su única hija
para que no tuviera que avergonzarse de llevar el apellido de un
traidor. El alma del tirano anda errante en las sabanas como una
llama y huye cuando los hombres se acercan
|
|
(2)
. Es así como los
indígenas explican los fuegos que aparecen en el fondo del golfo de
Maracaibo.
Esos meteoros luminosos que siempre se divisan de noche desde
las montañas de Mérida, tienen la apariencia de rayos de calor,
rayos sin trueno, que muy frecuentemente se ve brillar en los
valles de las regiones cálidas, desde las mesetas de las
cordilleras. De resto, nadie ha encontrado alguna sustancia
bituminosa, espontáneamente inflamable, o un gas fosforescente al
que sea posible atribuir el fenómeno del “farol” de la
laguna de Maracaibo.
|26 de abril. En “El Estanque” nos separamos del
excelente comandante Pinavera, cerca de la parroquia de Bailadores.
Después de haber seguido un torrente, marchando sobre una rampa
estrecha muy inclinada, llegamos a los Mucuties, descendiendo la
cuesta escalada no sin dificultad; atravesamos un puente que nos
permitió seguir el curso del río, remontándolo nuevamente.
Decididamente habíamos dejado el río Chama que a la altura de
Chiguara voltea súbitamente hacia el Norte, para entrar en la
Ciénaga Grande, cuyas aguas desembocan en el mar de las
Antillas.
Entramos en la parroquia a las 4 de la tarde; todos sus
habitantes habían escapado al bosque a causa de la proximidad de
las tropas españolas. Íbamos de casa en casa y en cada puerta
hacíamos la interpelación usual entre buenos católicosy
gente bien educada: “Ave María” a lo cual se contestaba
“sin pecado concebida”, pero nadie nos respondía; nos
habíamos apeado y llevábamos las mulas por la rienda, cuando en la
sala de una casa, cuya puerta estaba abierta, alcancé a ver un
hombre dormido en una hamaca, con su sable colocado en una silla a
fácil alcance; vestía guerrera azul, ¿sería un español o un
colombiano? Hice señales a mis compañeros para que no hicieran
ruido y armé una pistola.
La casualidad quiso que me hiriese con la piedra de sílex y mi
mano quedó roja de sangre; llegué cerca del durmiente, retiré su
sable, le coloqué la boca de mi pistola sobre su frente y lo
desperté. El pobre hombre tuvo un susto tremendo viendo a una
persona de mal aspecto, cubierta con un capote ya gastado, armada
hasta los dientes y con la mano ensangrentada. Este señor era el
alcalde, quien nos contó que estaba esperando al enemigo de un
momento a otro. Nos acompañó a uno de los extremos del pueblo, en
donde nos hospedamos con un escuadrón comandado por un
teniente.
En el torrente de Mucuties, habíamos visto el neis in
situ.
|27de abril. Salimos a las 7 de la Parroquia y llegamos a
las10 a la villa de Bailadores, que estaba tan desierta como la
parroquia y por la misma razón: guerra en los alrededores. Esta
población se halla cerca del río Mucuties, su altitud es de 1.759
metros. A las 10, la temperatura del aire era de 21,7º.
Como el tiempo era favorable resolvimos pasar el páramo de
Portachuelo y se necesitaron 3 horas de rápido ascenso para llegar
a la cima. La montaña está formada de granito y de neis; su altitud
3.097 metros, a las 3 la temperatura era de 14,4º.
Al bajar del páramo por un camino muy accidentado, nos alcanzó
una espantosa tempestad: estaba oscuro y nuestras mulas dirigían
por la luz ininterrumpida de los rayos; eran las 9 de la noche
cuando llegamos a las primeras casas de La Grita.
|28 de abril. Continuó la lluvia; estábamos fatigados de
la etapa de la víspera y tan mojados que tomamos un día de
reposo.
La Grita fue destruida por el temblor de 1812 y a causa de la
guerra estaba casi desierta; sin embargo asistimos a un baile
ofrecido por los oficiales del regimiento en
guarnición.
Todas las mujeres, sin excepción, padecían de voluminosos cotos;
el sirviente Johnston decía que las asistentes, muy descotadas,
tenían tres senos.
La altitud de La Grita es de 1.581 y la temperatura de 2O,6º a
las 4 de la tarde.
|29 de abril. De La Grita se baja hasta el río del valle,
cerca de su unión con el río Cobra, cuyas aguas son rojizas debido
a una arcilla ocre. En este punto, el granito se superpone al neis.
Remontamos el río Cobra hasta una cabaña que se encuentra al pie
del Páramo del Zumbador que debíamos pasar al día siguiente.
La lluvia no había cesado desde la mañana y los vados del
torrente de la Cobra habían sido difíciles y hasta peligrosos
debido a una fuerte creciente. Nos encontrábamos en un triste
estado y tal era mi miseria que un agujero de mi sombrero dejaba
pasar la lluvia a mis vestidos o más bien a mis harapos y el agua
salía por los huecos de las botas. Habíamos pasado varias noches
con nuestra ropa mojada y lo mismo sucedió al pie del páramo donde
sentimos un fuerte frío debido al agua que nos empapaba, aun cuando
la temperatura del aire era de 18º.
Altitud del pico del Zumbador, 1.995 metros.
|30 de abril. A pesar de que llovió toda la noche, la
mañana fue suficientemente bonita para no vacilar en pasar el
Zumbador. A las 6 estábamos en camino; llegados a una gran
elevación, bajamos para volver a subir hasta la cima; a las 9 abrí
el barómetro para encontrar que la temperatura del aire era de
14,40 y la altitud del zumbador de 2.732 metros. El viento soplaba
con violencia y se nos aseguró que siempre era lo mismo en ese
páramo. Su nombre “Zumbador” sería justificado.
La parte alta de la montaña es de neis, al subir a partir del
pico del páramo seguimos la arenisca que pronto desapareció bajo la
hierba; pero a la bajada del Zumbador volvimos a encontrarla.
Llegamos al río San Cristóbal, después de haber atravesado tres
torrentes tributarios. A las 2 entrábamos en la sabana Laya, en
donde fuimos forzados a esperar en un rancho porque el río que
debíamos atravesar estaba extraordinariamente crecido. El dueño
estaba enfermo de fiebre que había contraído en los llanos de
Barinas.
Por la noche nos proporcionaron luz con una singular luminaria:
granos de ricino, ensartados en un alambre, los cuales
suministraban una luz viva y brillante. La sarta tenía un pie de
largo y tan pronto se consumía un grano, el fuego pasaba al
vecino.
|1o. de mayo. Pudimos pasar el río para desayunar en
Zariba. Marchábamos sobre arenisca y al entrar a Capacho lo
hacíamos sobre una caliza formada por conchas.
|
Altitud de Capacho
|
1.367 metros
|
|
Temperatura a las 4
|
21,7º
|
El río San Cristóbal se dirige hacia los llanos de
Barinas.
|2 de mayo. Seguimos el torrente de Capacho en donde
reconocimos en la arenisca varios afloramientos de carbón, así como
de cristales de yeso.
Dejarnos el lecho del Capacho, sobre el cual caminábamos desde
hacía rato, para tomar un sendero que nos llevó a San Antonio del
Rosario, sobre el río Táchira, el cual pasamos sobre un puente
colgante hecho de cortezas de árbol y tan
oscilante que casi no podíamos mantenernos de pie y las mulas
lo hicieron a nado. A las 2 de la tarde entramos a San Antonio de
Cúcuta en donde el Congreso de la República había promulgado la
Constitución.
|
Altitud de Cúcuta
|
429 metros
|
|
Temperatura 10 de la mañana
|
29,7º
|
|
Temperatura 4 de la tarde
|
31,7º
|
Nos quedamos allí hasta el 5
|
de mayo y durante las tres
noches que pasamos en esta ciudad volvimos a ver, hacia el norte,
la luz del
|“farol” del río Catatumbo. Esta luz
lejana no tiene la apariencia de rayos ni en ella se distingue los
centelleos y el
|zig-zag del relámpago; es como un vapor
luminoso, muy fugaz que abarca un gran espacio y aparece y
desaparece con suficiente rapidez para hacer creer que es
permanente.
|5 de mayo. Teníamos la intención de pasar por San José,
pero el río que se une al Táchira estaba demasiado crecido y
tuvimos que seguir un desecho. Después de 2 horas de una marcha
fatigante sobre un terreno cubierto de maleza, llegamos a un
cultivo de caña de azúcar en la hacienda de La Garita (sic) y
siempre observamos la arenisca en capas más o menos inclinadas.
|
(1)
|
Anales de Química y Física, segunda serie, tomo XXIX,
página 110: Memoria sobre el Urao; página 283: Observaciones sobre
algunos carbonatos, segunda serie, tomo XXX; página 109: Análisis
de una nueva sustancia mineral. (regresar
1)
|
|
(2)
|
Humboldt, viajes, Tomo V. Pág.
233. (regresar 2)
|
|
*
|
Barinas. (regresar *)
|
|
**
|
Debe tratarse del paso de la
Cabuya. (regresar **)
|
|
***
|
Así en el original.(regresar ***)
|