CAPÍTULO
IV
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Cordillera Oriental de los Andes - Su constitución geológica
-Nivelación barométrica - Efectos del temblor de tierra de 1812,
observados en diferentes localidades - Sierra Nevada de Mérida
-Lago Urao- Pamplona, sus minas de oro- Hierro meteórico de Santa
Rosa.
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Los Andes limitan al oeste las tierras de la América
meridional y forman la cadena litoral del Océano Pacífico.
Dirigidos de Sura Norte hasta los 15º de latitud austral,
desvían hacia el NO hastael ecuador; a partir del
grupo volcánico de la zona ecuatorial, los Andes se dividen en
tres grandes ramificaciones.
1o.- La “Cordillera Occidental” que tiene de un lado,
al este, los pantanos del Chocó; del otro, al oeste, el
valle del Río Cauca.
2o.- La “Cordillera Central” que separa el Cauca del
Río Magdalena,
3o.- La “Cordillera Oriental” que, después de haber
seguido el curso del Magdalena, casi en paralelo con la Cordillera
Central, desvía hacia el NE como los Andes, de donde proviene,
derrama sus aguas hacia los llanos.
En total, después de la bifurcación que tiene lugar cerca al
ecuador, la dirección general de los Andes continúa más o menos la
misma, es decir, NS. Los valles del Cauca y del Magdalena son
fisuras o más bien, anfractuosidades, arrugas.
La Cordillera Occidental es la continuación de la cadena costera
del mar del Sur y la Cordillera Oriental marca siempre el límite de
los inmensos llanos donde se encuentran las cuencas de
los ríos de la Plata, Amazonas y Orinoco. Era en la Cordillera
Oriental donde debía llevar el barómetro.
El sitio de Puerto Cabello tocaba a su fin, puesto que la plaza
no podía sostenerse más por falta de víveres; las tropas españolas
habían sido derrotadas y encerradas en Maracaibo.
Teníamos que continuar la nivelación barométrica de la
Cordillera Oriental comenzada en La Guayra, hasta Bogotá.
Independientemente del interés que se tenía en conocer el relieve
de la cadena de montañas, la altitud de las ciudades y de los
pueblos, existía otro: constatar los efectos del temblor de tierra
de 1812 sobre la línea que íbamos a recorrer en la cordillera,
teniendo cuidado de señalar la naturaleza de las rocas para ver si
la base geológica de una ciudad ejerce una influencia real sobre
las consecuencias de una fuerte conmoción subterránea, si un
aluvión o un terreno sedimentario de gran espesor impediría, o por
lo menos atenuaría, la propagación de las vibraciones, como
empezábamos a suponerlo. En una palabra, si había realmente suelos
que, “al hacer puente protegían los edificios que soportaban,
de acuerdo con la expresión de los habitantes de los Andes. Esta
suposición parecía confirmarse por lo que habíamos visto al
principio de nuestro viaje. La Guayra, Maiquetía, Caracas, sobre
neis y granito, habían quedado casi destruidas; en cambio en
Antumano, San Mateo, Turnero, Maracay, Valencia, todos los
edificios permanecieron en pie, aun cuando la sacudida fue lo
suficientemente fuerte para asustar a sus habitantes. El terreno de
los valles de Aragua consiste en toba calcérea o caliza desagregada
o en aluvión.
El 10 de marzo de 1823 llegamos a Nirgua, ya de noche; habíamos
caminado hacia el Suroeste y encontramos algunos bosques de palmas;
habíamos atravesado el río Gualapara, cuyas aguas van a la
Portuguesa y de allí al Apure, afluente del Orinoco. La
jornada había sido muy calurosa, a las 6 de la tarde el termómetro
marcaba 31º.
Nirgua es una aglomeración de pobres chozas; estábamos
hambrientos y tenía que ser así para resignarnos a cenar con carne
salada y seca que se machacaba sobre una piedra hasta convertirla
en una especie de fieltro que se echó sobre manteca de cerdo
hirviente; felizmente este cocido era pasable y no había otra
bebida que agua turbia. Nuestras bestias devoraron el techo de
hojas de palmera de la casa, porque no hallaron otra cosa para
comer.
De Valencia habíamos descendido, pues la altitud de Nirgua es de
193 metros solamente. Avanzábamos hacia los llanos y habíamos
seguido el neis, siempre muy calcáreo, hasta la población de
Tocuyito donde la roca desapareció bajo sus
aluviones.
El 12 de marzo llegamos a Tinaco después de una marcha difícil
bajo un sol ardiente. En el curso de la mañana habíamos vadeado los
ríos Guarina, Tamanaco y Tinapo. A las 2, luego de haber subido
varias colinas, nos detuvimos en Buenavista, la más alta de ellas;
de ese punto en adelante el camino bajaba hasta San
Carlos.
En Buenavista abrí el barómetro, cuya observación no fue muy
exacta en razón de que no había más sombra que la que daban
nuestras mulas. Al rayo del sol el calor era insoportable a las 2
de la tarde:
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Temperatura del termómetro
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36,5º
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Barómetro
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734,5 milímetros
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Altitud
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0 metros
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La cadena de la Galera se podía ver claramente desde
Buenavista.
Entramos a Tinaco, bonita población, después de haber pasado el
río que un poco más abajo se une al Orupa que esmás
importante. (13 de marzo) La salida tuvo lugar a las 4 de la mañana
para evitar la insolación y a la 8 llegábamos a San Carlos, ciudad
bastante importante de los llanos, en donde deseaba fijar la
latitud, tomando la altura meridiana de Canopus. Las observaciones
barométricas indicaron una altura de 164 metros; el calor era muy
fuerte y no había la menor brisa.
4 de la tarde el termómetro marca 31,7º
10 de la mañana el termómetro marca 28,8º
8 de la noche el termómetro marca 30º
Un termómetro puesto en el suelo al pie de un muro blanqueado
subió a 55,3º
|.
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En la casa en donde nos hospedábamos pedí fuego para encender un
cigarro, a las negras que planchaban ropa, quienes soltaron la risa
y me mostraron en el centro del patio las planchas de cara al sol.
Era imposible asirlas debido al tremendo calor que despedían y me
dijeron: “éste es nuestro bracero,
blanco”.
Las condiciones de calentamiento eran bien favorables: el sol se
encontraba casi en el cenit y el aire estaba quieto. Al abrigo del
viento y dentro de la construcción que rodeaba el patio, éste era
un horno.
Las negras que cuidaban de mi ropa, en cuyas manos las camisas
parecían más blancas de lo que eran, me mostraron la manera como
preparaban su jabón: en una lejía hirviente, hecha con ceniza,
arrojaron un ternero que había nacido muerto; el animal desapareció
poco a poco, soltando amoniaco y al fin se obtiene una especie de
jabón blando; carne, grasa y cartílagos, todo había sido
saponificado.
En San Carlos, el río contiene esquistos arcillosos carburados,
como en las cercanías de los Morros de San Juan. Salimos de allí el
16 de marzo para dirigirnos a Caramacate.
Sobre un terreno arenoso, aparecían aquí y allá bloques de
arenisca bien caracterizada, una especie de pudinga. Al sur se
extendía la vista sobre una gran llanura y pronto nos envolvió una
espesa humareda y notamos que el fuego nos envolvía por todos
lados; se quemaban hierbas secas en las sabanas.
Atravesamos dos ríos, los Pozuelos de Camarcico y llegamos a
nuestro destino al ocultarse el sol.
Caramacate es un triste villorrio indio, en el centro de un
palmar y nos advirtieron que debíamos tener cuidado porque desde
hacía algunos días los jaguares entraban hasta las habitaciones
para llevarse las mulas, por lo cual establecimos un vivaque en
sitio cerrado. Estábamos más bajos que en San Carlos: la altitud de
Caramacate es de 152 metros.
El 17 de marzo salimos con intención de llegar a Barquisimeto;
vadeamos el río Cojedes, aun cuando estaba muy crecido y a pesar de
que divisamos algunos caimanes que habrían podido espantar a
nuestras mulas, el paso se efectuó sin accidentes. El camino
atravesaba una selva notable por la variedad y belleza de sus
palmeras. Al sur se elevaba una montaña calcárea cuyos contornos
eran similares a los Morros de San Juan. Una lluvia abundante nos
obligó a detenernos en la “pulpería de la morena”, en
donde pasamos la noche. El 18 de marzo, al salir de allí, vimos el
neis y el esquisto micáceo:nos acercábamos a la
cordillera y después de haber atravesado el río Cabudare, entramos
en Barquisimeto.
Esta ciudad está construida sobre un terreno similar que toca el
neis y quedó casi completamente arruinada por el temblor de tierra
de 1812. Nos mostraron los escombros de un cuartel, bajo los cuales
están sepultados unos soldados de la milicia patriota, reclutados
para marchar contra el general español Boyes. Encontramos que la
altitud de Barquisimeto es de 564 metros.
El 19 de marzo dejamos esta ciudad a las 4 de la tarde, por un
camino de aridez desesperante. Andábamos con muchos inconvenientes
por entre cactus tremendamente espinosos y así llegamos al pueblo
de Quibor, con una altitud de 600 metros.
Entre los numerosos cactos contra los que tuvimos que defender
nuestro pellejo, encontramos uno que se ha aprovechado: es el
berchi, que contiene agua en su interior, muy preferible a aquella
sucia y caliente de los pantanos.
Dejamos a Quibor a las 4 de la tarde y volvimos a ver el
esquisto negro de San Juan: nos detuvimos en Tocuyo, pueblecito
destruido por los temblores de tierra, lo que se explica por la
proximidad del terreno esquistoso y rodeado de montañas cubiertas
por una vegetación pobre. El calor es muy fuerte, mucho más de lo
que justifica su altitud de 635 metros.
Tocuyo está atravesado por un río que desemboca en el mar de las
Antillas. En el punto en donde nos hallábamos y que pertenece a la
base de la Cordillera Oriental de los Andes, ya las aguas no eran
de la vertiente del río Apure.
El 26 de marzo salimos con satisfacción de Tocuyo; a la subida
del Vico nos encontramos definitivamente sobre arenisca que
sobreyace un esquisto muy carburado, un esquisto ampelito, rico en
piritas, terreno que dejaríamos un poco más allá de Mérida. Nos
detuvimos en Guarico, villorrio indio a poca distancia de Tocuyo,
para buscar una mina de plomo, de la cual nadie nos pudo dar razón.
La altitud de Guarico es de 1.109 metros y aproveché para tomar una
latitud por altura meridiana de Canopus.
El 27 de marzo salimos hacia Humucaro bajo. Montarnos a caballo
a las 6 de la mañana para seguir por uno de esos atroces caminos
que no se encuentran sino en las cordilleras. Atravesamos varias
montañas llenas de árboles, lo que me permitió anotar que llovía
bajo el bosque y no en los terrenos descubiertos. Varias veces tuve
la oportunidad de constatar este hecho que yo atribuyo a que,
durante la noche, baja la temperatura de las hojas lo suficiente
para condensar por la mañana el vapor de agua contenido en el
aire.
Después de haber pasado el río Tocuyo, llegamos a Humaro-capo en
el preciso momento de una procesión; la altitud de este lugar es de
1.030 metros.
El 28 de marzo estábamos en camino antes de que despuntara el
sol y el viaje comenzaba a volverse monótono, eso que no he
mencionado lo miserable de nuestra existencia, puesto que desde
Maracay no habíamos vuelto a dormir en una cama, lo que fue un
aprendizaje para más adelante. Al salir del pueblo, después de
haber pasado un puente, entramos en un valle estrecho en donde
alternan capas de arenisca y caliza; subimos continuamente hasta el
alto de Camelón, a una altitud de 1.600 metros y con temperatura de
17º, que para nosotros era fría. Desde esta altura seguimos por el
borde un torrente que se precipita ruidosamente en el valle. El
ruido del agua era ensordecedor, cuando de repente alcanzamos a oír
un sonido grave y armonioso que lo dominaba: una nota de árgano que
producía un efecto singular en la soledad. Este sonido era el
resultado de vibraciones que producía el agua al caer de gran
altura sobre una placa de arenisca esquistosa delgada, extensa y
aislada porque era la prolongación o saliente de una capa
intercalada en la masa de arenisca que formaba el muro de la
cascada.
Suspendimos la marcha para dar descanso a nuestros caballos en
una granja llamada Agua-Obispo, en donde vimos capas de arenisca y
caliza con las formas más singulares; el calcáreo contenía
grafitos.
La noche nos sorprendió entre Agua-Obispo y Carache y era tal la
oscuridad que habría sido imposible continuar la marcha
si la atmósfera no hubiera sido aclarada por una multitud
de insectos fosforescentes (cocuyos) cuya luz, alternativamente
roja y verde, era de una notable intensidad.
El alcalde de Carache, un indio, nos hospedó en la mejor casa
del pueblo, cuyo techo de palma no nos protegería de la lluvia.
Después de una etapa tan penosa tuvimos como cena pan, panela y
agua; estábamos en cuaresma, pero teníamos como recompensa a tantas
fatigas y privaciones el haber oído una cascada que emitía sonidos
melodiosos y el espectáculo de una iluminación espléndida producida
por un mundo de insectos. La altitud de Carache es de 1.209 metros
y la temperatura sostenida en 17,2º.
A las 4 entramos en Santa Ana que es una aglomeración de algunas
casas alrededor de la iglesia. Fue allí donde tuvo lugar la
entrevista de Bolívar con el general español Morillo, para tratar
de regularizar la guerra. El barómetro marca una altitud de 1.644
metros. Y la temperatura del aire es de 16º.
El 30 de marzo nos dirigimos hacia Trujillo; al principio,
caminamos sobre capas de caliza y arenisca infrayacidas por
esquisto pizarroso: en el río Mocoi volvimos a encontrar el neis.
En el alto de Barreto, que es el punto más elevado entre Santa Ana
y Trujillo, el barómetro indicó una altitud de 2.031 metros y una
temperatura de 16,4º de este lugar se baja a Trujillo, a donde
llegamos temprano; la ciudad está construida sobre una pendiente
muy inclinada como lo indican las observaciones barométricas hechas
en el punto más alto, el Calvario y en el punto más bajo, el río de
Jiménez.
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En Calvario, altitud
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949 metros
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En el río, altitud
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748 metros
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El río Jiménez desemboca en el río Motatán que llega a la laguna
de Maracaibo. Trujillo está construida sobre una arenisca que se
convierte en una pudinga, formada por grandes cantos cuya
base reposa sobre esquisto y probablemente también sobre neis. En
la arenisca vimos hermosos afloramientos de hulla. Fijé la latitud
de la ciudad por medio de una observación meridiana del pie de la
Cruz del Sur. La población había sido fuertemente sacudida por el
terremoto de 1812.
Los 4 o 5 días que permanecimos allí para conseguir mulas y
comida, los pasé durmiendo; realmente necesitábamos el
descanso.
El 6 de abril salimos de allí y en 5 horas de camino llegamos a
Sabanagrande, en donde pasamos la noche sin dormir, ocupados en
observar el movimiento de 2 o 3 hombres que a nuestra llegada se
habían escondido sobre el techo de paja de la casa donde estábamos
hospedados. ¿Serían desertores? Se combatía a pocas leguas de
allí.
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Altitud en Sabanagrande
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468 metros
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Temperatura del aire
|
25,5º
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|7
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|de abril. Desde Trujillo habíamos
marchado al sur por una sabana formada por un aluvión de escombros
y de neis de granito. Después de haber atravesado el río Motatán,
llegamos al pueblecito de Valero.
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Altitud
|
558 metros
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Temperatura del aire
|
26,8º
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4 horas después estábamos en Mendoza.
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Altitud
|
1.221 metros
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Temperatura del aire
|
23,3º
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Después de 2 horas de marcha llegamos, al caer la noche, a la
misión indígena de La Puerta.
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Altitud
|
1.769 metros
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Temperatura del aire
|
18,2º
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Enfrente a cada cabaña del grupo formado cerca de la iglesia,
estaba plantada una cruz de madera. Las pocas familias indias se
habían escondido en la selva, por miedo a las tropas.
Nos hospedamos en la casa del cura, que era una especie de jaula en
donde sufrimos de frío durante la noche. Al levantar el sol el
termómetro marcaba 13º; en los alrededores se cultivaba trigo.
Por la noche nos iluminamos con una lámpara alimentada por
petróleo negrusco, bastante viscoso, parecido al de Pechelbronn. El
betún estaba depositado en un plato de barro y un pedazo de trapo
le servía de mecha. Esta lámpara soltaba mucho humo, cuyo olor sin
embargo no me era desagradable; me recordaba a mis buenos amigos de
Alsacia. Este petróleo provenía de Escuque, pueblo cercano a La
Puerta. Los terrenos del fondo del Lago de Maracaibo parecen
encerrar grandes yacimientos de aceite mineral.
|8 de abril, 1823. Al salir de La Puerta a las seis de la
mañana, ascendimos rápidamente la cuesta de San Ildefonso, formada
por neis y granito, rocas que habíamos seguido desde
Mendoza
|. En granito ofrecía grandes masas de caolín. A las
10 estábamos en la cima de la cuesta, a una altitud de 2.604
metros. —Temperatura del aire 14º. Necesitamos cerca de 3
horas para bajar del Alto de San Ildefonso al lecho del río
Motatán. Durante la bajada reconocimos sucesivamente el granito, el
neis y el esquisto micáceo que contenía bellos cristales de
turmalina; en seguida una caliza negra, compacta, con venas
blancas. Al salir del río, cuyo lecho remontábamos desde Trujillo,
entramos en el pueblo de Timotes.
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Altitud
|
2.030 metros
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Temperatura del aire
|
24,2º
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De Timotes se debe subir constantemente hasta la venta del pie
del Páramo; así se pasa la noche cuando se atraviesa el famoso
Páramo de Mucuchies. El ventero don Antonio Rivas era quien decía
si el páramo se podía atravesar sin peligro.
La altitud de la venta fue de 2.809 metros y la temperatura del
aire a las 7 de la noche era de 13,9º el termómetro se mantuvo a
esta temperatura durante toda la noche; sin embargo no pudimos
dormir, pues la permanencia en las regiones cálidas nos había
vuelto muy sensibles al frío. Antes de salir comimos un excelente
"agaco"
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*
(sic) mezcla de papas y
de trozos de cordero, condimentos con ajo y
pimienta.
|9 de abril. El tiempo estaba magnífico, tranquilo y el
cielo de una extraordinaria pureza. El correo pedestre, según don
Antonio, había informado que el paso no ofrecía ningún peligro. A
las 6 de la mañana cabalgábamos nuestras mulas, el correo llevaba
nuestros barómetros y a medida que avanzábamos me llamaba más y más
la atención, el espectáculo que veíamos: una escena de los Alpes,
pero amplificada con accidentes de terreno como nunca había visto.
El horizonte estaba limitado por picos irregulares, abruptos, rocas
negras, cuyas cimas dentadas y revestidas de nieve se proyectaban
sobre un fondo azul; las gargantas profundas no recibían la luz a
esa hora: abajo la oscuridad, arriba la luz y en medio de las masas
gigantescas que nos rodeaban, nuestra caravana parecía una tropa de
hormigas perdidas.
Hacía dos horas que subíamos por una suave pendiente, cuando vi
por primera vez la planta de los páramos, el frailejón que se
encuentra en las montañas de los Andes, en los últimos limites de
la vegetación y resiste al frío mejor que las gramíneas de los
pajonales. La naturaleza lo ha vestido para una invernación
perpetua, tiene más de un metro de altura, sus hojas bien
desarrolladas son de un verde pálido, sus brotes foliáceos están
provistos de una especie de lana y su tallo produce un zumo
resinoso que tiene la consistencia y el olor de la trementina.
El “frailejón” suministra una cama soportable y
caliente a quienes la tormenta obliga a pasar la noche en esos
desiertos aéreos. El frío se recrudecía: nuestros sombreros de paja
nos protegían mal hasta que el correo nos aconsejó ponerles hojas
de frailejón. La temperatura había bajado a 6º, no había nieve,
pero si un hielo bastante espeso en las depresiones del
terreno.
Desde la venta del pie del páramo habíamos caminado sobre
granito y luego sobre neis; más arriba vimos esquisto micáceo que
pasaba a un esquisto arcilloso, dentro del cual no se veía mica;
ese esquisto negro tenía venas de cuarzo. Los estratos casi
verticales tenían una dirección NE-SO.
A las 9 habíamos llegado a la cumbre del Páramo de Mucuchies y
fue entonces cuando aparecieron súbitamente y en todo su esplendor,
las nieves perpetuas de la Sierra de Mérida y con viva emoción
contemplé ese espectáculo.
El termómetro indicaba 8,3º en la sombra y el mercurio se
sostuvo en el barómetro a 541,5 milímetros. Estábamos a 4.241
metros por encima del nivel del océano, altura un poco inferior a
la de la cima del Monte Blanco.
La Sierra Nevada limita al NO con los Llanos de Barinas y es la
montaña más elevada de la Cordillera Oriental. La cresta del Páramo
de Mucuchies separa el valle de Motatán del río Mamo, por el cual
íbamos a bajar.
A las 2, después de un descanso en el pueblo de Mucuchies, el
correo nos llevó a la pulpería, un buen sitio en donde pudimos
comer, de lo que teníamos mucha necesidad. Allí tomé
“chicha” por primera vez, una especie de cerveza de maíz,
bebida común de las regiones frías de los Andes.
El negro Johnston decía, mientras nos servía un enorme plato de
papas, adornado de salchichón y pan blanco: “Enhorabuena, aquí
se puede comer, no como en las regiones calientes en donde se vive
de manjares dulces y de carne seca”.
En este sitio una observación barométrica arrojó una altitud de
3.000 metros y a las 2 el termómetro marcaba 19,3º.
Los indios y los mestizos de Mucuchies son bajos, fuertes y de
buena constitución; indudablemente estábamos en una población
“alpina” de las cordilleras.
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Altitud
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2.257 metros
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Temperatura del aire
|
14º
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Al bajar desde la cumbre del páramo, volvimos a encontrar las
altísimas rocas que observamos en el ascenso.
|10 de abril de 1823. A las 4 salimos para Mérida, pasando
por San Rafael de Tabaij (sic) a donde llegamos a las 11.
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Altitud
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1.712 metros
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Temperatura del aire
|
14º
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Cerca del río Chamo encontramos un bello cultivo de café y en
cuanto a la roca, siempre la combinación de granito y neis. Desde
el río subimos a una meseta en donde se halla situada
Mérida.
El temblor de tierra de 1812 había destruido la mayor parte de
la ciudad. Hubo muchas víctimas, entre otras el obispo, muerto en
el momento de salir de su palacio. La población no pasaba de 6.000
almas. Tuvimos dificultades para alojamos en medio de las ruinas.
Nos acogió el jefe político, una especie de sub-prefecto; era
platero de oficio y gran aficionado a las riñas de gallos; en su
patio había una docena de estos combatientes que cantaban
continuamente, cuidados por un negrito.
Mérida, a pesar del desastre, tenía todavía una universidad,
muchos canónigos y un convento de monjas; apenas estuvimos
instalados, la superiora nos invitó al locutorio para
vernos: habría sido mal visto el rehusar esta
invitación; las religiosas estaban colocadas detrás de una reja
cubierta por un velo y una voz nasal nos rogaba caminar y
voltearnos para podernos examinar por todos lados; del otro lado de
la cortina se oían cuchicheos y risas. Rivero hizo sonar una
cajita de música y tuvo un gran éxito. Cuando yo traté de levantar
la tela que nos impedía ver a las santas mujeres, me pellizcaron en
la mano y tuve que renunciar a mi curiosidad; al fin nos retiramos
y al llegar a la casa recibimos una colección de magníficas
confituras, de parte de la abadesa, ¡Bien valía la pena nuestra
exhibición!.
Poca gente se veía en la ciudad, la mayor parte de los
habitantes adinerados vivían en sus haciendas. Durante nuestra
estada llovió casi constantemente y la Sierra Nevada, de la cual
estábamos muy cerca y que habíamos admirado desde el Páramo de
Mucuchies, no se podía ver sino hasta las 10 u 11 de la mañana, el
resto del tiempo las nubes que nunca bajan hasta Mérida, la cubren.
Esta ocultación de los nevados por una acumulación de vapores
residuales se produce constantemente.
Traté de apreciar la altura de la cima de la Sierra por una
medida angular, infortunadamente no logré conseguir una base
suficiente. La observación en esta evaluación imperfecta daba...
metros para evaluar el pico nevado que se yergue sobre la ciudad.
Las observaciones barométricas establecen 1.596 metros para la
altitud de Mérida y la temperatura media no debe estar muy lejos de
21,1º al menos durante la estación de lluvias.