INDICE





LAS MEMORIAS DE UN NATURALISTA Y CIENTÍFICO QUE CEDIÓ A LA TENTACIÓN DE SER OBSERVADOR Y CRÍTICO SOCIAL

INTRODUCCIÓN

TOMO I

CAPÍTULO I
Mi formación — La Revolución francesa — Napoleón — El espanto de la guerra — Humboldt — Preparativos de viaje.

CAPÍTULO II
Caracas — Los temblores de tierra — Ascención a la silla.

CAPÍTULO III
Valle de Aragua — Lago Tacarigua — Morro de San Juan — Sitio de Puerto cabello— El general Páez— El árbol de la vaca— Aguas termales de la cadena del litoral.

CAPÍTULO IV
Cordillera Oriental de los Andes — Su constitución geológica —Nivelación barométrica — Efectos del temblor de tierra de 1812, observados en diferentes localidades — Sierra Nevada de Mérida —Lago Urao— Pamplona, sus minas de oro— Hierro meteórico de Santa Rosa.

CAPÍTULO V
Explanada de Bogotá — Nación Muisca — Su conquista - Guerras de la Independencia — Descripción de la meseta.

CAPÍTULO VI
Las primeras luchas por la Independencia — Bolívar.

CAPÍTULO VII
Meseta de Bogotá — Constitución geológica — Sal gema — Salinas —Carbón — Minas de esmeraldas.

CAPÍTULO VIII
Bogotá — Situación — Clima — Costumbres — Aventuras — Excursiones por los alrededores.

CAPÍTULO IX
Excursión para determinar los límites del terreno al sur de Bogotá —   Valle del Magdalena entre honda e Ibagué — Observaciones sobre el aumento de la intensidad del sonido durante la noche — Puente natural de Pandi o Icononzo.

TOMO II

CAPÍTULO X
Jugo venenoso del ajuapar— Accidentes que sucedieron mientras analizábamos esa materia — El comandante don Juan con nodriza — Irradiación nocturna en Bogotá.

CAPÍTULO XI
Algunos de mis conocidos en Bogotá — El Libertador Bolívar —Personajes — Sucesos.

CAPÍTULO XII
El Salto de Tequendama — Historia de Manuelita Sáenz.

CAPÍTULO XIII
Expedición de 1824— En los llanos del Meta.

CAPÍTULO XIV
Cordillera Central y Cordillera Oriental— Valle del Cauca— Minas de oro de La Vega de Supía - Provincia de Antioquia.

CAPÍTULO XV
Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

CAPÍTULO XVI
Viaje a la región aurífera y platinífera del Chocó.

CAPÍTULO XVII
Viaje al Ecuador— Estudios sobre la región volcánica.

CAPÍTULO XVIII
Ascensión al volcán del Puracé.

CAPÍTULO XIX
Viaje de Popayán a Pasto — Estancia en Pasto.

CAPÍTULO XX
Viaje de Pasto a Quito.

CAPÍTULO XXI
Ecuador.

CAPÍTULO XXII
Ascensión al volcán de Pichincha.

CAPÍTULO XXIII
Ascensión al Antisana.

CAPÍTULO XXIV
Tertulias y puros.

CAPÍTULO XXV
Ascensión al Chimborazo (1831).

CORRESPONDENCIA 1818-1826
Correspondencia I-X
Correspondencia XI-XVI
Correspondencia XVII-XXII
Correspondencia XXIII-XXIX
Correspondencia XXX-XL
Correspondencia XLI- LI
Correspondencia LII-LXII
Correspondencia LXIII- LXXIII
Correspondencia LXXIV - LXXXI
Correspondencia LXXXII - CII
Correspondencia CIII - CXXIX
|CAPÍTULO III  
 

 

Valle de Aragua - Lago Tacarigua - Morro de San Juan - Sitio de Puerto cabello- El general Páez- El árbol de la vaca- Aguas termales de la cadena del litoral.
 
 

 

Después de haber pasado 6 semanas en Caracas, tuve que ir al Valle de Aragua. El general Sublete había informado de mi llegada al general Páez, quien sitiaba a Puerto Cabello, ocupado por los españoles. Más adelante yo debía llevar a cabo una nivelación barométrica hasta Santa Fe de Bogotá, verificar las medidas de la ruta entre esta ciudad y Caracas, y además señalar los yacimientos de minas que tuviera la ocasión de observar.

Esta encomienda demandaba tanto trabajo que saqué la conclusión de que no alcanzaría a hacerlo todo y resolví hacer lo más conveniente para mí. ¡No rehusar nunca una misión, cualquiera que sea, es una excelente máxima! A ese propósito recibí de mi coronel, don José María Lanz, quien también fue mi maestro, una lección de la cual he sacado mucho provecho.

Estaba en Bogotá ocupado con el mapa de Colombia, cuando el congreso soberano decidió erigir en la plaza mayor de la capital, una estatua ecuestre en platino, del general Bolívar, como un homenaje imperecedero de la nación al hombre a quien debía su libertad.

Algunos días después recibí una nota de los ministerios dc Guerra y de Finanzas, por medio de la cual se me designaba para dirigir todas las operaciones relativas a la fundición y erección de tal estatua; la nota me había llegado por la vía jerárquica, es decir por el coronel Lanz y yo tenía que contestarle al ministro de las Finanzas.

Di respuesta en los mejores términos, diciendo que agradecía la misión que habían tenido la amabilidad de confiarme, pero que no me podía hacer cargo de ella porque la cantidad de platino necesaria era tan considerable (yo indicaba el peso) que todas las minas de Colombia no podrían producirlo ni en un siglo, terminando así por donde había debido comenzar, expliqué que el platino no se podía fundir por los medios conocidos en estas artes y que no existía por lo tanto posibilidad alguna de fundir una estatua con este metal.

Lanz me dijo que todo esto era exacto, pero que desde el punto de vista de vista de mi posición, mi carta no tenía sentido común, puesto que probaba la ignorancia del congreso y de los ministros, lo que no me perdonarían y menos aún por tener yo la razón.

Así que me dijo: “Escriba; voy a dictarle la respuesta que debe enviar”; en ella agradecía al ministro la confianza que mostraba en mis conocimientos para una misión tan importante, añadiendo que no ahorraría ningún esfuerzo para que tuviera éxito.

Antes de firmar, volví a decirle al coronel Lanz que ese éxito era imposible, puesto que la fusión del platino era impracticable; “poco le importe”, me contestó; “usted se compromete a hacer toda clase de esfuerzos; además Ud. sabe que jamás encontrará suficiente metal para ello; tenga en cuenta que todo esto pasará y que Ud. no habrá incomodado a nadie”.

Sucedió lo que Lanz había previsto: el ministro, encantado, me agradeció el interés que había manifestado y el asunto se olvidó. Recibí en total 2 kilogramos de mena de platino que sirvió para fabricar algunos aparatos en el laboratorio de los ingenieros.

Escogimos como residencia a Maracay, población situada en la base de la cordillera, por no encontrarse demasiado lejos de Puerto Cabello. Maracay es la localidad más importante del Valle de Aragua. Nos hospedamos en una casa muy confortable, propiedad de una viuda, situada en la plaza principal.

Gastamos 4 días, al paso de nuestras mulas, para llegar de Caracas a Maracay pasando por lindos poblados como: Antimano, San Pedro, La Victoria, San Mateo, Jurmero. Cerca de La Victoria se entra a los valles de Aragua, después de haber cruzado unas colinas y es allí donde se atraviesa el río Aragua y cuyas aguas desembocan en un mar interior de agua dulce, el Lago Valentín | | * o Tacarigua, mientras el río del Tuy que acabábamos de dejar, corre hacia el mar de las Antillas.

Entre Ternero y Maracay habíamos descansado a la sombra de un árbol famoso en la región, el zamany | | ** (sic) del Gaira, una hermosa especie de las mimosas, objeto de veneración por parte de los indios y cuyo enorme follaje, visto de lejos, tiene el aspecto de un túmulo, o de una colina cubierta de espesa vegetación; la bóveda vegetal formada por sus ramas puede cubrir un batallón formado en columnas; la edad de este anciano del reino vegetal es desconocida. Los primeros conquistadores de Venezuela lo encontraron probablemente en el estado en que se encuentra hoy; antes de 1802 Humboldt había constatado que su ramaje formaba una cima hemisférica de 187 metros de circunferencia y nosotros verificamos esta medida en 1823. Las extremidades de sus ramas caen como un paraguas hacia la tierra hasta una distancia de 4 a 5 metros.

Humboldt había caído en la cuenta “que el lado sur del árbol estaba enteramente despojado de sus hojas por efecto de la sequía, mientras que el lado opuesto tenía hojas y flores a la vez como tillanóceas, loranteas, la raqueta pilaherga y otras plantas parásitas".

Nosotros constatamos que el zamany estaba enteramente cubierto de hojas que eran más numerosas y más vigorosas al norte que al sur. Este coloso está aislado: ninguna planta nace a sus alrededores; el terreno parece por lo demás poco fértil. Se necesitaba una mimosa para prosperar en tal situación.

La riqueza y la diversidad de los cultivos de los valles de Aragua son motivo de sorpresa para el viajero. El clima y la naturaleza del suelo permiten cultivar simultáneamente los cereales de Europa y las plantas de las regiones cálidas de los trópicos. Sobre las colinas se ven plantaciones de trigo a poca distancia de cafetos, tabaco, cacao y añil.

La tierra es más fértil a medida que se eleva por encima del lago, de manera que Maracay, o más bien los terrenos al sur de esa población, le sirven a las plantas más exigentes. Se encuentran campos de añil de una extensión considerable y allí fue donde presencié por primera vez la extracción del colorante.

También asistí varias veces a la recolección de la cosecha de café y de cacao. Durante un día o dos que pasé en un cacaotal, tuve que soportar de la mañana a la tarde un ruido ensordecedor; los frutos de cacao estaban maduros, comenzaba la colecta y había que defenderse de un verdadero ejército de loros que trataba de devorar el grano; el loro abre la pulpa azucarada de la vaina para retirar los granos. El medio más eficaz para alejar a estos pajarracos es hacer ruido; disparar no sería económico, lo mejor es tocar un tambor, así que bandadas de negritos recorren las plantaciones, de la mañana a la noche, tamborileando y realmente es el ruido lo que asusta a las aves.

En los valles del Aragua vi extraer la “bija” de los frutos espinosos del árbol conocido como achiote.

El lago Tacarigua contribuye, sin duda, a la fertilidad de los valles del Aragua por la humedad que sus aguas con una temperatura de 24º, evaporan en la atmósfera. Sin esta masa de agua, los vientos muy cálidos y secos de los llanos, arruinarían la vegetación.

El viento del Norte viene del mar después de haber pasado sobre los bosques de la cordillera del litoral, lo cual produce excelentes condiciones para mantener el aire en un estado higrométrico conveniente.

Las observaciones mostraron en Maracay:

Para temperatura media 25,5º

Para temperatura máxima 30,5º

Para temperatura mínima 20,6º

El higrómetro de cabello se mantuvo entre 40º y 95º.

La altura sobre el nivel del océano fue de 434 metros y por encima del nivel del lago de 410 metros.

En Maracay la pendiente del suelo, va hacia el Suroeste. Las aguas son detenidas por las montañas de Guacamaya y de Yuma, que constituyen el lado meridional del lago y forman casi un acantilado. Hacia el Norte hay una amplia playa muy fértil y poblada. La pendiente es tan suave que una disminución de 1 o 2 decímetros en el nivel de las aguas del lago, descubre una superficie extensa de tierra, cubierta de un rico limo. Cuando la retirada de las aguas parece ser permanente, los ribereños se apresuran a plantar tabaco, algodón y añil sobre el terreno descubierto.

El coronel Codazzi calcula en 80 leguas cuadradas la superficie del terreno cuyas aguas llegan al lago por 22 ríos. Este lago tiene 22 islas de las cuales la mayor es la del Burro, en donde afloran el neis y el granito de la cadena del litoral.

El largo del lago de Tacarigua, desde Guaruto hasta la desembocadura del río de los Guayos, es de 51 kilómetros de E a O. La mayor profundidad de acuerdo con los sondeos llevados a cabo por don Antonio Mazano, sería de 65 | metros y la profundidad promedio no sería superior a los 21 metros.

El lago tiene muchos peces y el señor de Rivero y yo nos tomamos muchas molestias para conseguir algunos de ellos, lo mismo que un pequeño cocodrilo (babilla)suficientemente atrevido como para acercarse a los bañistas. En el momento en que una babilla salía del agua para respirar, un campesino que nos acompañaba en la pesca le abrió la cabeza de un machetazo. La babilla ya muerta y salada fue puesta en una caja: medía 1,83 metros de la nariz a la cola. Los pescados envueltos en telas, se depositaron dentro de un barril lleno de ron y esa colección fue embarcada con dirección al Museo de Historia Natural, en un navío holandés.

Desgraciadamente no llegó a su destino, lo que es de lamentar porque no existe ningún pescado del Lago de Tacarigua en las colecciones europeas.

El agua del lago es potable, pero demasiado caliente para ser agradable al beberla: contiene pequeñas cantidades de carbonato de sodio y trazas de nitrato.

La casa que habitábamos en Maracay era espaciosa: cuatro lados formaban un cuadrado y en el centro del patio un espléndido cocotero. Nuestros instrumentos fueron instalados perfectamente y durante algunos días y podría decir que algunas noches, despertamos la curiosidad y posiblemente el temor de nuestros huéspedes, por la asiduidad de nuestras observaciones. De resto, nos trataban como si fuéramos parte de la familia.

La viuda, de cuyo nombre siento no acordarme, pues recuerdo con gratitud sus atenciones, poseía una buena fortuna: tierras y esclavos. La intimidad que nos brindó prontamente, me permitió observar la manera de vivir de las criollas americanas.

Había dos jóvenes encantadoras: una de tez morena y la otra casi rubia. Estas señoritas | pasaban sus días afuera, bajo un vestíbulo, sentadas en sillones de espaldar muy inclinado, o a la manera de los orientales, sobre un diván, en las habitaciones donde casi no entraba la luz; una negrita, sentada a sus pies sobre un tapete, les acercaba los objetos que necesitaran, para evitarles el menor movimiento: lo más frecuente era fuego para prender sus cigarros, porque su principal ocupación era fumar y lo hacían con una gracia muy particular, lanzando de cuando en cuando un salivazo, con una destreza increíble que les permitía describir una parábola siempre igual, por encima de la cabeza del visitante. Practicando perseverantemente, ¡jamás logré impulsar mi saliva en una trayectoria tan perfecta!.

Algunas veces yo leía a la señorita Rafaela, la rubia, un pasaje del |Don Quijote de la Mancha para aprender a pronunciar el español. Era la primer vez que estas jovencitas habían oído hablar de Cervantes; su ignorancia era absoluta. No había un solo libro en la casa, ni siquiera un libro de misa, a la que se asistía con un rosario, después de haberse cubierto con la mantilla de seda negra, bordeada de ricos encajes, atavío sin el cual una mujer blanca, de sangre noble, no se habría atrevido a presentarse en la casa del Señor; la salida para la iglesia es bastante solemne. La señorita, muy atractivamente arreglada, marcha lentamente, seguida de una negra, quien lleva un lindo tapete de bellos colores, sobre el cual la dama se colocará para oír la misa; la habitual abulia de una joven criolla se interrumpe a veces por un rayo de vivacidad que puede ser un signo de impaciencia o de contrariedad.

Admirando un día la bonita mano de Rafaelita, vi, no sin sorpresa, que el dedo meñique estaba contrahecho. La joven

me dijo: “fue por pegarle a la negra en la cabeza y la cabeza de los negros es muy dura”. Estas palabras hicieron que la negrita se riera y mostrando sus dientes blancos y haciendo una señal afirmativa, parecía decir: “¡es verdad, bien hecho!”.

Teníamos una comida excelente; nos sentábamos a la mesa solo servidos por una mestiza de indio o zamba; nos traían carne de res, gallinas, rara vez legumbres verdes, unas alverjas amarillas, garbanzos y una gran cantidad de confituras deliciosas. Como bebida, agua fresca y limpia, caldos o chocolate, siguiendo la moda oriental. Las señoras comían aparte, nosotros nunca las vimos ni almorzar ni cenar; solamente el chocolate y el café se tomaban en sociedad y era una ocasión para reunirse. Yo supongo que la base de la alimentación de las señoras de Maracay consiste en platos dulces. Lo que un habitante de Venezuela consumía en azúcar en esa época era increíble: carne y azúcar, con un bizcocho de maíz (arepa) que reemplazaba generalmente el pan. En cuanto a los negros se les alimentaba de bananos, de carne gorda y de melaza o de panela. Las damas de la aristocracia y puedo decir que también los hombres, tomaban una alimentación insuficiente, así que la anemia era general.

La monotonía de la vida de las damas no cesaba ni con el matrimonio. Los maridos vivían afuera y la maternidad no preocupaba mucho a las mujeres. El niño, desde su nacimiento, era enviado a una nodriza negra, generalmente provista de un formidable aparato mamario. Una gran abundancia de leche y una alegría desbordante hacen de las negras unas nodrizas maravillosas, en forma tal que sus hijos de leche son unas verdaderas bellezas. Sin ninguna duda, durante su lactancia, es cuando el habitante de las regiones calientes de América del Sur, recibe la mejor alimentación.

Por las tardes teníamos visitantes que querían mirar el planeta Júpiter y sus satélites, sus pequeñas lunas y la Luna con sus montañas, a través de nuestro telescopio: éste era un espectáculo nuevo para estas buenas gentes. Nosotros poníamos mucho de nuestra parte para mostrarles a ellos estas curiosidades que Rivero les explicaba ¡y en qué forma! No solamente veían en la luna montañas, volcanes, ríos y lagos, sino también había hombres y mujeres... cristianos, “todos bautizados” gritaba Johnston, nuestro negro, “todos bautizados” y añadía en francés cuando yo lo reprendía: “eso les da gusto, que los habitantes de la luna sean católicos”.

Nuestras veladas astronómicas tuvieron gran éxito: venían desde lejos para asistir a ellas; una noche, a las 10, apareció el general Páez con dos ayudantes de campo para admirar “las lunitas” de Júpiter y las montañas de la Luna. El general venía del frente de Puerto Cabello, para visitar a su madre, a quien él adoraba; yo esperaba un bribón, un cabecilla de cosacos, cuya lanza había matado tantos españoles, y tenía delante de mí un fino caballero, de bonita figura y una fisonomía muy suave, de talla media muy equilibrada y de una soltura de movimientos impresionantes; me dio un abrazo que no terminaba, añadiendo que contaba conmigo, pues nos volveríamos a encontrar en Valencia antes de 15 días —esto era una orden— y que al día siguiente debía yo ir a cenar con él al ingenio de azúcar.

Páez, cuyo nombre será célebre en la guerra de la Independencia, era mayordomo de un hato de los llanos de Apure, cuando siendo muy joven tomó la lanza para combatir a los españoles. En 1818, durante la expedición del general Morillo, se distinguió por gran valor, fue la admiración del ejército y llegó a ser rápidamente un oficial que prestó los más grandes servicios. General a la cabeza de varios escuadrones de lanceros que él había organizado, hizo la campaña mientras Bolívar, vencido por Morillo, fue obligado a huir a jamaica, diciendo que “la patria acababa morir en sus brazos”. Como guerrillero, Páez no se dejó agarrar. Perseguidos por fuerzas superiores, sus escuadrones desaparecían como por encanto, luego se volvían a formar y cuando él juzgaba el momento oportuno, atacaban al enemigo y lo masacraban. Las tropas españolas, incapaces de resistir el clima de las estepas, abandonaron los llanos para penetrar en las cordilleras; fue entonces cuando Páez organizó su caballería, la cual en el curso de la campaña de Bolívar, contribuyó a la destrucción completa del cuerpo expedicionario comandado por Morillo.

 En la batalla de Carabobo, la infantería española formada en cuadro fue despedazada por los llaneros y obligada a retirarse a Puerto Cabello, después de haber tenido grandes pérdidas. A pesar de los consejos que se le daban y de la asesoría de excelentes oficiales de caballería venidos de Francia e Inglaterra, Páez no quiso jamás cambiar, ni siquiera modificar el armamento y la manera de combatir de sus llaneros. Varios escuadrones de lanceros de élite habían sido uniformados y armados con equipos traídos de Europa; era verdaderamente una hermosa tropa; pero el día del combate, los brillantes uniformes eran guardados y el llanero volvía a usar su silla hecha de un pedazo de cuero, sus estribos de madera en los que no podía introducir sino el dedo gordo del pie y su lanza, cuyo hierro estaba amarrado a la madera por una tira de cuero de res.

Había que ver a Páez cargar a la cabeza de sus llaneros, todos tendidos sobre sus caballos. El hombre desaparecía y quedaba solamente una bestia de cuyos flancos salía una lanza formidable que iba derecho al enemigo. En el centro de una acción Páez era el primero y el más intrépido de los lanceros. No daba órdenes, iba hacia adelante y se le seguía; la espuma brotaba de su boca y con frecuencia, en medio de una carnicería, caía

víctima de un ataque de epilepsia. Después de la acción se encontraba al general en manos del médico, tomando la medicina que él prefería y que siempre llevaba consigo: ¡qué medicina! Un veneno terrible, del cual hablaré más adelante, “el curare” en dosis capaces de matar a 50 | personas si hubiera sido introducido en la circulación de la sangre, pero que se podía tomar sin peligro por vía interna.

Por invitación del general Páez fui a su hacienda. La asistencia de los dos sexos era numerosa; las caras eran de todos los tintes imaginables, desde el negro hasta el blanco; las mujeres eran de todos los colores, con cabellos pasablemente crespos. Páez me recibió muy amablemente, pero con la timidez que le era habitual. Había adquirido cierta educación, escribía bien, hablaba un poco de francés y sabía algo de música. Se había convertido en un hombre de mundo gracias al contacto con los oficiales extranjeros, de quien le gustaba rodearse y en verdad no habría estado fuera de lugar en ninguna parte. Hace tiempo hice yo esa observación: es raro que un hombre que tenga una aptitud excepcional para algunas cosas, siga siendo un sujeto ordinario para las cosas distintas a dicha aptitud.

La comida fue tan alegre como singular. La mesa estaba puesta en una gran sala, pero no había sillas para todos los invitados; pensé que las damas se sentarían antes que los hombres, quienes comerían después. Fue muy distinto; se decidió que cada caballero sentaría una mujer sobre sus rodillas y ellas, como marca de favor, debían designar su asiento. Fui ocupado por una mulata de edad razonable y por consiguiente bien acolchonada abajo, para que los huesos no hirieran el asiento. Pronto hizo un tanto de calor, teniendo en cuenta que la temperatura era de 29º y que además, para la estabilidad de la pareja, la silla debía rodear la dama con sus brazos. ¿Cómo comer cuando los brazos están ocupados a -manera de cincha? Era una sola carcajada de una punta de la mesa hasta la otra y todo salió bien. 

El bello sexo, no importa su color, es siempre ingenioso y mis brazos no necesitaron retirarse de su sitio ya que mi mulata me daba de comer durante todo el tiempo, me colocaba en la boca los pedazos más delicados y me hacía beber en su vaso de ron, ciertamente un poco fuerte; me daban los alimentos como si fuera manco. Fuera de esto, la comida era homérica: delante de los convidados se apilaban enormes pedazos de res y yo nunca he comido unos asados tan buenos como los que preparaban los llaneros. El general nos había atendido con un entreverado: “como decía un oficial negro, carne que ningún carnicero había dañado”. La cocina estaba armada en el patio y el novillo muerto, sin haber sido despellejado, estaba puesto en vara; luego, cuando el exterior se consideraba a punto, un llanero cortaba una larga tajada de algunos centímetros de espesor y que por consiguiente tenía carne asada en todos los grados, desde quemada hasta sanguinolenta.

Yo imagino que un asiento se siente contento cuando se levanta la persona que lo ocupa: fue ese el sentimiento de satisfacción que tuve al final de la comida.

Al caer la noche tomé de nuevo el camino de Maracay y al día siguiente creí mi deber hacer una visita a la señora de Páez que había regresado con nosotros desde su hacienda. Se decía en voz baja que no era la señora legítima del general. Fue muy cortés y durante la conversación sacó de su bolsillo una cajita de oro que creí fuera una tabaquera. De la caja abierta y con la ayuda de una espátula sacó la señora una sustancia negra y gelatinosa que nos ofreció diciendo: “¿Quiere tomar de mi vicio?” Probé y le encontré a esta sustancia un atroz sabor de pipa curada; era “chimó”, extracto de tabaco con carbonato de soda que las señoras de los llanos de Apure se meten entre la boca para masticar a manera de betel. El primer inconveniente que tiene esta droga, es el de colorear los dientes de negro; el segundo, el de provocar una fuerte salivación y una vez tomada la costumbre de hacerlo, es difícil dejar de usar chimó.

Existen dos fuentes termales en las cercanías de Maracay, las cuales visitamos sucesivamente. Se encuentran al norte, al pie de una ramificación de la cadena del litoral. Al subir el río Maracay, se encuentra la fuente de Onoto, que brota del granito y el neis; el agua es casi pura, ligeramente sulfurosa y alcalina y su temperatura es de 44,5º. El termómetro marcaba 31,3º y la altura de la fuente es de 700 metros.

La fuente termal de Mariaro es más caliente. Para llegar allí se atraviesa el río Tapatapa cerca del puente donde entra en el lago Tacarigua, a la extremidad oriental, no lejos del fuerte del Cabrero, que protege un desfiladero que va hacia Valencia. Allí encontramos a un pobre oficial alemán que había perdido una pierna en los últimos sucesos de los valles de Aragua.

Los baños de Mariaro se hallan en la hacienda de San Buenaventura, a 566 | metros de altura. El agua procede de varias fuentes y la más caliente tiene una temperatura de 64º con un olor de ácido sulfhídrico, olor que desaparece por enfriamiento. Las fuentes brotan del granito y del neis, como en Onoto, de manera que no contiene sino muy pocas materias fijas; deja sobre la roca un depósito de silicio.

Desde la plataforma del fortín del Cabrero, a donde subimos al regreso, se ve el lago de Tacarigua en toda su extensión y la más hermosa parte de los valles de Aragua.

El tiempo era magnífico y la vista alcanzaba un panorama admirable. Al norte, la sierra del Mariaro, con sus escarpadas masas graníticas, que aparecían aquí y allá en medio dc un bosque impenetrable. Al sur, primero las montañas de Guacamaya, de Yuma y más lejos, las cimas de la cadena del Galora, límite de los llanos que recorren los ríos tributarios del Orinoco. Las montañas del sur excitaban mi curiosidad al más alto punto. ¿Cuál era su constitución geológica? El neis y el granito que nos acompañaban desde que habíamos llegado a América, ¿llegarían hasta allá? Después de 2 o 3 días de descanso, tomamos la ruta de Cura, ciudad situada a orillas del río Tucutumano, uno de los afluentes del Apure.

En primer lugar pasamos por los Mamoncitos y Camburi, fundaciones a orillas del lago, en donde se cosecha el tabaco y se utilizan los ríos Turmero y Aragua para irrigación. Salimos a las 4 de la tarde de Maracay y llegamos a Cura a las 9 de la noche.

Después de la puesta del sol, fuimos testigos de un espectáculo curioso: sobre las cimas y desfiladeros de las montañas aparecían súbitamente líneas de fuego de una vivacidad extrema, que se extendían en todas las direcciones y dejaban a su paso una luz roja que se apagaba gradualmente. Se quemaba la hierba seca de los pajonales, nombre que designa grandes extensiones de terreno cubiertas de gramíneas, en donde apacienta el ganado. El incendio se propagaba rápidamente por pavesas que transportaba el viento.

La combustión de hierba seca es el único medio de revivificar las praderas inmediatamente después del incendio, el suelo se ve negro y algún tiempo después, por efectos del rocío siempre abundante, la tierra se cubre nuevamente de verdura. Era la primera vez que yo veía una quema. Más tarde, en las llanuras del Meta y de Casanare, corrí algún peligro debido a la combustión de hierba seca y fuimos obligados a huir a toda la velocidad de nuestros caballos, durante cerca de dos horas, delante de un río de llamas que parecía perseguiros encarnizadamente y que algunas veces nos alcanzaba y del cual sólo podíamos escapar cambiando la dirección de nuestra carrera desenfrenada. Los hombres de a pie, que rara vez se ven en los llanos, pues la vida transcurre a caballo, no habrían podido escapar de este peligro.

El alcalde de Cura, ante quien nos presentamos para conseguir alojamiento, nos ofreció una hospitalidad cordial. La ciudad, arruinada por la guerra, tenía apenas 4.000 habitantes; el calor era más fuerte que en Maracay y el termómetro se mantenía entre 27º y 28º.

Fuimos llevados a una mina de cobre abandonada: vi que había oxídulo de cobre en una serpentina en relación con un neis; todavía era terreno perteneciente a la cadena del Litoral. En los escombros, sacados de una galería, encontré muestras de un bello ópalo.

De una fuente que salía de la serpentina, descubrimos los morros del San Juan, de curioso aspecto: montañas como sierras que se proyectaban sobre el azul del cielo como una madrépora gigantesca.

De regreso a Cura pude fijar su latitud al tomar una altura meridiana de Canopus. Ya me había familiarizado con esta parte de la esfera celeste invisible en Europa. ¡Cuántas veces contemplé las brillantes estrellas del hemisferio austral! Mi admiración se dirigía especialmente a la constelación de “La Cruz del Sur”, cuya situación más o menos inclinada, indica las horas de la noche a quien camina en el desierto.

El 18 de febrero iba a ser para mí un día de fiesta: conocería los morros de San Juan, famosos en la comarca por las supersticiones que existían sobre ellos. Se creía que estaban habitados por el espíritu maligno, por lo cual todos se les acercaban temblando. Con gran frecuencia en el curso de mis excursiones y de mi existencia de filibustero, me he puesto a buscar el diablo, que no he encontrado nunca, sino al pie mío, en la persona de un corregidor o de un alcalde o, sobre todo, de un monje.

Iba a montar a caballo, cuando, una muchacha me entregó una cruz de plata gue me colgó al cuello y su madre me dio una pequeña imagen de plomo de Nuestra Señora de los Valencianos y el viejo papá me regaló una calabaza llena de agua bendita; dulces e ingenuas creencias que siempre hay que respetar cuando son sinceras.

Así acorazado, no tenía nada que temer; de todas maneras mi asistente Johnston creyó su deber limpiar las armas, ya que se había señalado la presencia de malhechores en la región.

Nos pusimos en camino bien temprano y paramos a alguna distancia de Cura, para ver los trabajos ejecutados por mineros mexicanos que habían buscado cobre labores abandonadas hacia mucho tiempo.

Ya de noche, entramos en el pueblo de San Juan, cuya altitud de 265 metros es inferior a la de Cura.

El 19 de febrero, en camino hacia los Morros, vimos un pantano formado por una fuente caliente que manaba ácido sulfúrico. El agua tenía una temperatura de 34,4º y al percibir el fétido olor, nuestros guías nos hicieron observar que el “coco” (diablo) no debía encontrarse lejos.

Nos acercábamos a los Morros y se veían bloques calcáreos dispersos por el suelo. Después de haber atravesado el río San Juan, la marcha continuó sobre una roca de un verde profundo, fácil de confundir con “grünstein”.

Al llegar a un bosque tuvimos que desmontarnos pues, además de las dificultades que los árboles oponían al paso de los caballos, el terreno estaba cubierto de bloques de un calcáreo compacto amarillo pálido, con venas de cristales de cal carbonatada. Nos detuvimos para descansar a la entrada de una abertura que recordaba la puerta ojival de un monumento gótico y que daba acceso al interior de la montaña. Hacía mucho calor y la marcha a través del bosque nos había

puesto en un estado de cansancio que nos obligó a reposar. Nos habíamos adormecido cuando oímos que salían de la gruta sonidos armoniosos parecidos al tintineo de varias campanas. Los guías, que habían regresado, se alejaron tratando de llevarme con ellos, lo que no hice. Al entrar a la gruta bajé por una pendiente muy suave y a medida que avanzaba, las dimensiones de la caverna aumentaban. Largas y fuertes estalactitas bajaban de la bóveda y daban a este interior el aspecto de una cripta del siglo XIII. La luz, al penetrar por estrechas fisuras, producía un claro-oscuro que ayudaba a la ilusión. El sonido de las campanas aumentaba en intensidad y pronto descubrí la causa: era mi ayudante negro que golpeaba la extremidad de las estalactitas con un pedazo de roca calcárea; procedí a hacerlo yo también y entre los dos produjimos un carillón tan ruidoso como poco armonioso; una de las estalactitas daba un “la” que habría hecho las delicias de un fabricante de campanas.

Desde la abertura de la gruta llamé a nuestros guías y disparé con mi pistola para llamar su atención; las bóvedas de la “iglesia” repercutían el ruido de las explosiones en ecos prolongados, pero ninguna voz respondía desde el bosque. Al salir, encontré a nuestras gentes a buena distancia de los Morros y al explicarles que el único “diablo” que había encontrado era el negro Johnston, quien tocaba todavía las campanas, logré convencerlos de que entraran conmigo y dimos principio a la exploración de esos extraños subterráneos.

La primera caverna, a la que dimos el nombre de La Iglesia, presenta largas grietas laterales, especie de corredores que llegan a otras cavidades; exploramos cinco de éstas con estalactitas, y la primera que penetramos está a un nivel más alto que las otras. En seguida entramos en una tercera caverna, grande y muy alta, con columnas suspendidas; para nosotros

representaba “la catedral”; es la más espaciosa de todas y allí ejecutamos un concierto formidable. La nota cambiaba de acuerdo al espesor de la pieza con la que golpeábamos, de manera que para determinar las vibraciones de la columna con fragmentos de piedra de menor volumen, el sonido se debilitaba gradualmente hasta llegar a simular el lejano tañido de una campana. Que yo sepa, nadie hasta ahora ha mencionado la sonoridad metálica de las estalactitas de las cavernas. Es cierto que posiblemente no se hayan encontrado columnas calcáreas suspendidas, tan largas y voluminosas como son las de los cerros de San Juan.

Estos vastos subterráneos cuya entrada está escondida por un espeso bosque, tienen un aspecto misterioso. Parece que hubiesen sido habitados y servido como refugio a los indios, antes de la conquista española, puesto que parece que se han descubierto allí armas y osamentas.

Al examinar con atención las paredes de estas cavernas no vi ningún indicio de inscripciones ni de dibujos; lo único que observé, parecido al trabajo de un hombre, son dos cavidades hemisféricas, talladas en la roca calcárea; estaban colocadas en el corredor entre las dos primeras cavernas un poco más allá, en la cavidad de la roca, había un tallado que daba una buena impresión de un asiento, pero no encontré ningún vestigio de osamenta o de instrumentos. El piso de estas grutas es bastante parejo; no se ven allí las estalagmitas correspondientes a las estalactitas terminadas en punta, como se observan en otras cavernas. Las columnas suspendidas llegan a distancias más o menos alejadas del piso y yo no vi ninguna que llegara hasta el suelo. Por lo demás, estas rocas descendentes estaban perfectamente secas; consistían en un calcáreo de un blanco ligeramente amarilloso, cristalino, que mostraba aquí y allá, laminillas brillantes.

Lo que me pareció sorprendente fue que las grutas de los Morros no sirvieran de guarida a los pájaros nocturnos; por lo menos yo no encontré excrementos; si los guácharos o los murciélagos hubieran establecido allí su residencia diurna, indudablemente los habríamos encontrado. También hay que tener en cuenta que los árboles que crecen en la base de los Morros, impiden el acceso al subterráneo.

Al recorrer el lecho del río San Juan uno se puede formar la idea de la situación geológica de la curiosa montaña cuyo interior acabábamos de visitar.

De Cura a San Juan, el terreno dominante está constituido por cuarzo que contiene aglomeraciones de serpentinas metalíferas; a partir de esta población, el “grünstein” reemplaza a la serpentina: es una roca de cristales de anfibol bien aparentes; más al sur una roca esquistosa que contenía bancos delgados de un calcáreo negro sustituía la “grünstein”. Al avanzar un poco más hacia el Sur aparece una roca negra especie de diorita, con cristales de piroxeno: estos cristales se encuentran alterados en algunos puntos, formando un caolín piroxénico.

Las rocas que acabo de mencionar pertenecen a una cadena de colinas como lo es todo el monte de La Galera; esa es la cadena que limita con los llanos: los Morros se encuentran más allá y son montañas aisladas y por su naturaleza y el contacto con el piroxeno alterado y sobre todo por su aspecto hinchado recuerdan las masas no estratificadas de dolomita del Tirol, tan bien descritas por Leopoldo de Buch; solamente anoto que las “recuerdan” porque no tienen nada en común con ellas por no contener magnesio.

Después de haber contemplado las inmensas cavernas de los Morros, no pude dejar de hacerme esta pregunta: ¿Cómo es posible que un hecho geológico tan importante se le haya escapado a Humboldt, quien conoció muy bien a Cura, San Juan y sus Morros ya que los describe exacta y detalladamente?.

El 20 de febrero estábamos de regreso en Maracay, después de haber visitado una plantación de caña de azúcar, en donde encontramos el curioso espectáculo de un mulato que cortaba un cuero de res para sacar lazos: el operador cortaba con un cuchillo muy afilado una tira de 1 centímetro de ancho, en círculo, avanzando del centro hacia la circunferencia; este círculo podría tener 1,50 metros de diámetro y el mulato pretendía poder obtener una correa enteriza de una longitud de 176 metros. Estos lazos se usan en toda América meridional y antes de utilizarlos los mojan para que así inflados y blandos sirvan para atar. Al secarse, la piel se contrae y los objetos permanecen sólidamente amarrados. Yo no creo que haya un mejor medio para fijar una arma cortante a su mango, como las lanzas, ya que esta ligadura no sostiene mientras esté húmeda, pero puesta al sol, le gana a cualquier otro procedimiento utilizado para ligar el hierro y la madera. Estas tiras de piel acaban de ser introducidas en Europa y seguramente serán utilizadas en las minas.

En Maracay encontramos un nuevo huésped en la casa: era un raro animal, un perezoso, que un negro había encontrado sobre un guarumo; era una bestia curiosa cuyas patas terminaban en una uña en garfio, con una cabeza un tanto triangular, ojos embotados, longitud de 70 cms. Su pelo era corto y de color pardo y ¡qué movimientos tan lentos! Al acercarme para pesarlo me asió la nariz (sic) y yo lo dejé que lo hiciera y creo que habría necesitado dos o tres horas para llegar a la altura de mis hombros. Es un animal que come hojas, vive en los árboles de donde se deja caer para evitarse el trabajo de bajar. Su corazón batía tan lentamente que se podía dudar de que lo tuviese; es imposible excitarlo o asustarlo y debe vivir mucho tiempo: es la ostra de los bosques. Conozco algunas personas que se parecen a mi perezoso.

Habla pasado un mes en Maracay en la forma más agradable e instructiva: todo un mes de felicidad deja un rastro en la vida. Me había familiarizado con las culturas de las regiones equinocciales y comenzaba a pronunciar pasablemente el español, gracias a la señorita Rafaela, quien para sus lecciones aplicaba el método adoptado para la educación de los loros: pronunciaba una palabra y yo me esforzaba por repetirla, vibrante y sonora, como la oía salir de su linda boca.

Continuaba el sitio de Puerto Cabello, o más bien el bloqueo. Yo debía reunirme con el cuartel general en Nueva Valencia, así que nos despedimos de nuestros amigos. Un joven mulato, el doctor Orta, quien se había hecho muy amigo nuestro, quiso de todas maneras acompañarnos hasta Bogotá. Era un ser de una vivacidad increíble, un entusiasta de la Revolución francesa, que sabía, pero mal, un montón de cosas. Su compañía no era de desdeñar debido a su profesión, pues había servido como médico militar, además de ser un agradable compañero; como era tan pobre como Job, no gastó mucho tiempo en sus preparativos de viaje y cuando le confiamos un estuche con instrumentos de cirugía, procedentes de los talleres de Charrier, lo hicimos el más feliz de los mortales.

Después de haber dado un abrazo a las amables damas que nos habían acogido, montamos a caballo y a las 10 salimos de Maracay para no regresar allí. La noche nos sorprendió más allá del pueblo de Guaraca. Un jinete, seguido de un lancero, pasó cerca de nosotros como un rayo; era el general Páez que iba a Maracay donde su madre acababa de morir.

En el bosque, por donde nos habíamos metido, nos sorprendió desagradablemente y nos obligó a parar un grito de: “¿Quién vive?” ¿Qué contestar? ¿Sería una patrulla española, como las que frecuentemente salían a robar comestibles, ya que los víveres escaseaban en la plaza? Sería, al contrario, una patrulla colombiana? Éramos cuatro y bien armados y no se me podía ocurrir que un hombre solo tuviera la pretensión de arrestarnos: así que recomendé silencio. Al tercer requerimiento oímos un disparo de fusil; la bala, que oí silbar cerca de nosotros, no hirió a nadie. “Bueno, pensé, está solo: una patrulla habría hecho una descarga” . En un instante alcanzamos un soldado que estaba ocupado en recargar su arma; era un granadero que se dirigía al cuartel de Valencia y su estado de beodez explicaba por qué, en lugar de disimularse en el bosque, había hecho fuego sobre una fuerza superior. Después de haberlo desarmado, lo obligamos a seguirnos y al llegar a Valencia le devolvimos su fusil. Cuando entramos a la ciudad, era muy tarde y nos costó trabajo despertar a alguna de las autoridades. Estábamos muy cansados, habíamos cabalgado 16 o 17 horas, dormimos sin haber comido, en una sala de guardias. Un alcalde que se levantó con el sol, nos llevó a una casa absolutamente vacía en donde fuimos recibidos por una señora de edad, muy distinguida, quien nos dijo: “Caballeros, ésta es mi casa, pero no puedo ofreceros nada, ni siquiera una silla o un pedazo de pan: los patriotas me han arruinado completamente”.

Y era verdad; daba tristeza ver a la pobre mujer cuyos cabellos blancos caían en desorden sobre sus delgados hombros. La casa era espaciosa y allí instalamos los instrumentos. Johnston fue a buscar víveres y cocinó de manera aceptable; desde luego no olvidamos a la pobre señora. Llegada la noche nos acostamos en el piso, con una almohada que nunca falta al jinete: la silla de su caballo.

Los episodios del bloqueo de Puerto Cabello, muy poco interesantes, por cierto, no merecen ser tenidos en cuenta. La plaza fuerte era vigilada por lanceros y por infantes que ocupaban una línea muy extensa. La miseria de los sitiadores habría sido igual a la de los sitiados, silos primeros no hubieran estado bien aprovisionados de víveres. Páez visitaba con frecuencia la línea, solo o acompañado de algunos oficiales. Si nos aproximábamos demasiado, los españoles disparaban una descarga, cuyo efecto se limitaba a cubrirnos de tierra y a dañar nuestros uniformes, como decía Johnston. Páez se exponía inútilmente pues en la noche la tropa llevaba a cabo rondas para sorprender a las patrullas españolas, trayendo algunos prisioneros cuando no los mataban; de día la tropa pasaba su tiempo en los ranchos.

Esa tarde fui a ver al coronel Usler, un alemán que, me parece, comandaba la brigada irlandesa y vi traer a tres oficiales superiores capturados entre Valencia y Maracay; se hallaban en estado lamentable, prácticamente muertos de hambre: los pusimos bajo llave dándoles todas las seguridades de que no serían fusilados. En efecto, la guerra se había regularizado después de una entrevista entre Bolívar y Morillo, la cual tuvo lugar en el pueblo de Santa Ana: la guerra a muerte había terminado. Sin embargo la vida de un prisionero quedaba a merced de los vencedores. Los oficiales españoles declaraban que la penuria era grande en los fuertes de Puerto Cabello y que los víveres faltaban, lo cual no era el caso entre nosotros. Un gracioso sargento decía: “No tenemos manera de bañarnos, eso es todo”. Y en efecto el baño y el arreglo hacían falta como pude verificarlo al acompañar al coronel Usler a una inspección de la brigada irlandesa: hombres fuertes, casi desnudos, sin camisas, sin guerrera y con pantalones chirosos, ¡qué hombres tan andrajosos! Tenían chacós cortados de viejossombreros de paja. 

Las armas en buen estado y después de todo la salud no dejaba nada que desear; los soldados eran robustos porque gozaban de buena comida compuesta de carne, queso, azúcar, bananos y maíz; los de constitución débil habían desaparecido y no quedaba más que una tropa aguerrida, formada por los que habían resistido: “el equipo se gasta rápidamente en campaña, el vestido que resiste mejor es la propia piel” decía un soldado de los más harapientos. Esto es cierto en los climas cálidos, como Valencia, donde la temperatura se eleva de 25º a 30º, pero que venga el frío y por más que resista la piel, el hombre sucumbe. Esto lo aprendió en su propio pellejo la brigada irlandesa, cuando más tarde, en los páramos del Almorzadero o de Zumbador, a una altura de 4.000 metros en la Cordillera Oriental, perdió en una noche un tercio de sus efectivos, aun cuando la temperatura no bajó de +3º a +5º, pero les faltó leña para calentarse.  

Un hombre mal vestido y mal alimentado, no resiste una temperatura de algunos grados por debajo de 0; la muerte sobreviene no por congelación de los miembros, sino por enfriamiento. Los extranjeros que no habían hecho la guerra, se sorprendían del aspecto miserable del ejército colombiano. Olvidaban que estaba en campaña desde hacía mas de dos años y ni en Europa hubiesen estado en mejores condiciones, después de haber soportado tantas fatigas y privaciones. Estarán de acuerdo conmigo, aquellos que como yo, presenciaron en París en 1815, la entrada de los prisioneros rusos y alemanes o la de los heridos franceses que llegaban a los hospitales después de las terribles y gloriosas batallas libradas en Champagne; esos soldados, conscriptos o veteranos, ya no tenían uniformes y estaban cubiertos de harapos, como nuestros soldados americanos.  

Valencia o “Nueva Valencia del Rey”, fundada en 1552, está construida sobre un calcáreo blanco, que tiene la apariencia de toba que descansa sobre el neis. Este calecáreo puede no ser un depósito reciente, pero sí una modificación debida a las influencias atmosféricas del calcáreo sacaroidal, en constante relación con el neis de la cadena del Litoral. Cerca a Valencia pude examinar una gruta formada en el calcáreo granular, encajado en el neis. Sea lo que sea, esa toba o esa caliza modificada, al reflejar intensamente los rayos solares, contribuye al calor excesivo, a la sequía y a la aridez del llano.

Valencia que antes de la guerra contaba con 607.000 almas, está hoy (1823) prácticamente desierta. La ciudad está situada a 5.265 | metros del lago y la altitud de la casa que habitábamos era de 484 metros, 50 mts. por encima del nivel de Maracay.

Yo me había propuesto visitar una fuente termal muy caliente, las aguas calientes de la Trinchera, a algunas leguas de Valencia. Nos pusimos en camino el 1o. de marzo, muy temprano; con gran tristeza de mi parte no pude llevar un barómetro por temor de encontrar una patrulla española, lo que era peligroso para mi instrumento. Así que salimos equipados como trabajadores: éramos 6 hombres armados y fuimos a caballo hasta la hacienda de Magua-Magua. Al pie de las montañas del litoral descansamos. Al avanzar hacia el Norte encontramos bloques de granito en la grande y bella hacienda del Bárbula; era el final de la sabana. El camino se elevaba por una pendiente tan insensible que pronto nos dimos cuenta, con estupefacción, que comenzábamos a descender hacia la costa. La cordillera es tan baja en ese punto que no vimos la divisoria de aguas a cadena del litoral en la dirección que seguíamos y en donde ofrece una curiosa disposición: baja considerablemente y es por una abertura (abra) por donde se llega de la llanura al océano. Gracias a esta abra un viento marino, muy saludable por su frescura, penetra todas las tardes en los valles de Aragua.

El camino presenta al bajar, después de Bárbula, el aspecto agreste de la ruta de Caracas a La Guayra: se encuentran las mismas rocas, los mismos accidentes del terreno, la misma fertilidad y una vegetación arborescente de las más vigorosas. Atravesamos un torrente por un puente formado por una ceiba colosal, ya observada por Humboldt; en el centro de esta ceiba caída, una rama se había convertido en un árbol de 15 a 20 metros de altura y me pareció que el puente tenía todavía raíces en la tierra, debido a que la cepa, al retener una tira de corteza, no se había separado del tronco.

Después de 3 o 4 horas de marcha, llegamos a las fuentes de la Trinchera, así nombradas a causa de las fortificaciones en tierra que filibusteros franceses construyeron en 1677, cuando tomaron la ciudad de Valencia a sangre y fuego.

El agua sale abundantemente de dos pequeñas fuentes labradas en el granito y forma un hilo de agua caliente de 5 a 6 decímetros de ancho y algunos centímetros de profundidad; la emisión es muy fuerte y deja salir incesantemente burbujas de un gas que creímos sería nitrógeno. En la fuente más elevada, el termómetro indicó 92,2º y en la otra 97º; en la sombra, la temperatura del aire se mantenía en 29,7º. El agua huele a ácido sulfhídrico, olor que pierde al enfriarse, es débilmente alcalina, casi pura y contiene seguramente silicio en disolución a juzgar por las concreciones silíceas que se ven sobre la roca.

El agua caliente de la Trinchera recibe aguas frías un poco más lejos y el riachuelo que resulta de esa mezcla lleva el nombre de “Río de Aguas Calientes”: pronto se convierte en una corriente bastante fuerte cuyo volumen crece a medida que se acerca al mar.

Humboldt encontró, 20 años antes, que la temperatura de la Trinchera era de 90,3º, notablemente inferior a la indicada por mi termómetro, cuya graduación había sido verificada en Caracas, comparándola con el termómetro patrón que está a la par con el de París.

¿La temperatura de la fuente habría disminuido? Esto es poco probable. Sin embargo pienso que un observador al tomar la temperatura de una fuente termal busca siempre el punto en donde el agua es más caliente. Puede ser también que la temperatura de un agua termal no sea absolutamente constante y sea modificada por las aguas frías exteriores en las épocas de lluvias abundantes. Debo anotar que Humboldt visitó la fuente de la Trinchera en la misma época del año, cuando yo lo hice, a fines de febrero.

Humboldt recordó que después de la fuente de Uryena en el Japón, cuya agua está a 100º, la fuente de la Trinchera sería la más caliente del mundo.

Las aguas calientes de Onoto, de Mariara y de la Trinchera manan también, en la Cordillera del Litoral, de la misma roca, el granito asociado con el neis; tienen la misma constitución, puesto que el agua es más o menos pura; geológica y químicamente hablando, estas aguas son idénticas: no difieren entre sí sino por la temperatura.

Decidí visitar la Trinchera para verificar si sus aguas eran iguales o diferentes a las de Mariara y Onoto. Por analogía con las observaciones hechas en Onoto y en Mariara, el agua de la Trinchera debería salir del granito, ser sulfurosa, casi pura y mucho más caliente, puesto que de acuerdo con las probabilidades su altitud era inferior; vimos que estas suposiciones se realizaron y que en efecto, en lo que le concierne a la relación de la altura de la fuente por encima del nivel del mar, se tiene:

Temperatura del agua     Altitud del lugar
Onoto  44,5º      700 metros 
Mariara         64º                566 | metros 
Trinchera    97º |                      0,50 metros

                               

Los alrededores de la hacienda del Bárbula son notables por la belleza y el tamaño de los árboles que allí se encuentran y podría yo añadir que por su rareza. Ya cité el puente de la ceiba y no lejos de allí había un búcaro gigantesco |(erithrina corallodendron) estrechamente enlazado por un vigoroso bejuco, un matapalo, que había trepado del tronco del búcaro a las ramas principales; su adherencia y la presión que hacía eran tales, que el árbol no pudiendo extenderse más, formaba unos anillos que tendían a recubrir el bejuco que lo comprimía. Las ramas no seguían su dirección normal, habían sido desviadas y torcidas: era una lucha entre el coloso del bosque con sus ramajes poderosos y el bejuco que lo envolvía como lo habría hecho una serpiente. Ante ese grupo yo pensé en Laoconte.

De la hacienda de Magua-Magua donde pasamos la noche, fuimos a un bosque en donde había muchos “árboles de la vaca". | |(1).

El palo de leche o palo de vaca llega a tener una altura de 20 a 30 metros: es un árbol de raíces muy desarrolladas que dan al tronco la apariencia de un candelabro de iglesia. Este árbol produce un líquido blanco, llamado leche. Algunos lanceros que encontramos con recipientes, nos dijeron que acababan de ordeñar el árbol. Hicieron varias incisiones en la corteza y colocaron embudos que llevaban el liquido a un vaso; en poco tiempo logramos una buena provisión. Este zumo | lechoso es agradable al paladar y un poco más viscoso que la leche de vaca; la ebullición no lo coagula, ni los ácidos lo hacen cuajar como sucede con la leche de los mamíferos.

Cuando salí de Europa, Humboldt me había recomendado especialmente que hiciera un análisis de la leche de este árbol, lo que efectué en Maracay, con leche traída de la montaña de Periquito. Varias veces tomamos de esta leche e hicimos con ella un delicioso chocolate.

Al poner esta leche al baño María, se comporta al principio como la de vaca; en su superficie se forma una película y se obtiene un extracto parecido a la crema de almendras; al continuar con la evaporación, aparecen gotas aceitosas a medida que el agua se evapora y terminan por reunirse en un líquido de apariencia oleaginosa en la cual nada una substancia fibrosa que desprende un olor a carne que se estuviese friendo en grasa: esta materia tiene la apariencia de la fibrina animal. Johnston fue el primero en reconocer una de las propiedades de esta leche: estaba adormecido en su hamaca cuando gritó de repente: “¿Quién está cocinando carne?” Era el olor de la fibrina que se cocinaba en la grasa de la leche vegetal.

Esta mantequilla, o más bien esta materia, tiene propiedades que la relacionan con la cera de abejas. Funde a 60º de temperatura; al enfriar, se vuelve sólida, blanca y traslúcida y resiste a la presión del dedo. Es una de las numerosas ceras vegetales elaboradas por la naturaleza. Añadiré que con ella hicimos velas. La leche del árbol de la vaca contiene:

Fibrina,
Albúmina,
Cera vegetal,
Sales calcáreas,
Sales de magnesia,
Fosfatos,
Agua.
Se comprobó ausencia total de caucho.

Es una leche que contiene, como la animal, una substancia nitrogenada muy nutritiva; la substancia parecida a la cera, representaría la mantequilla; no se puede dudar de que también la leche vegetal es un rico alimento.

Es muy curioso ver un árbol |(galactodendron dulce o galactodendron brosimon), que pertenece a la familia de las verticíleas o a la de las higueras, producir un abundante zumo lechoso, que tiene analogías con la leche que secretan los mamíferos.

Una muestra de leche del árbol de la vaca traída a Europa por el señor Goudot, fue analizada por mí a pesar de haber sido recogida de tiempo atrás y por lo mismo, debía haber perdido cierta cantidad del agua inicial; me dio el siguiente porcentaje:                                                                   

Fibrina y albúmina 3,73
Cera vegetal, azúcar 23,41
Agua       72,86
100,00

Vauquelin ya había creído reconocer en la leche de la “caricapapayo” una materia que tiene semejanza con la fibrina de la sangre; esta leche es la savia que produce el |galactodendron dulce. Es notable que este zumo se pueda utilizar como alimento, ya que la mayoría de los jugos lechosos vegetales son venenosos.

Un espectáculo inolvidable es el que ofrecen los soldados que ordeñan a sablazos un árbol con el objeto de tomar su leche. Cuántas veces hablamos del árbol de la vaca en la ociosidad de los vivaques, especialmente durante los “purgatorios”. Así nombraba yo las situaciones más tristes, la miseria, el desamparo, las intemperies, todas estas circunstancias que no se sobrellevan si no se tiene un cierto espíritu de alegría, de resignación y de despreocupación que debe tener quien se lance en lejanas aventuras.

Para definir estos purgatorios, quiero relatar algunos: pasar toda una noche en una selva, con una lluvia torrencial, sentado sobre una piedra, sin fuego, sin comida y devorado por los mosquitos y por aquellos terribles chupadores de sangre: los zancudos (Selva de Anserma a Riosucio).

Bajar un río en la canoa rajada de un indio, obligado a achicar el agua sin cesar con una calabaza, con peligro de ahogada a la menor interrupción de este difícil trabajo (Navegación en el río San Juan).

Caminar en un pantano por 8 o 10 horas con las piernas desnudas (Selva del Chocó).

Hacer su cama, cavando una tumba bajo la nieve, para dormir sin congelarse (Volcán de Cotopaxi).

Este purgatorio se transforma en infierno cuando se está solo o con un ser insignificante. En buena compañía es soportable y algunas veces hasta divertido.

En el año de 1824 recibí la misión de levantar el mapa del distrito de Supía (sobre el río Cauca), latitud boreal 5º, longitud 90 del meridiano de Caracas. Me acompañaban el inglés Walker y el Dr. Roulin, encargado de la parte gráfica. Ocupábamos una gran choza de indios en el limite del Río Sucio de Engurumá; era una estación elevada, centro de nuestras operaciones; calculábamos los triángulos y dibujábamos. Con este objeto hablamos hecho montar una gran mesa; la estación de lluvias nos sorprendió; el techo dejaba pasar el agua y nos apresurábamos a cubrir los libros y papeles con los abrigos de caucho (ponchos), luego prendíamos fuego con madera verde y nos refugiábamos bajo la tabla, extendidos sobre paja de maíz, fumando y charlando; teníamos víveres y ron. Cuando

la lluvia persistía quedábamos encerrados días y noches: nuestra alegría no decaía a pesar de la situación. Walker, quien a fuerza de subir picos para tomar ángulos y establecer señales no tenía sino una sola bota para calzarse, y como era un hombre de hábitos regulares, los días pares la usaba en la pierna derecha y los impares en la izquierda. Habíamos comenzado una descripción de las maravillas de América meridional y cada uno ponía lo suyo: “el río Cauca ofrece el fenómeno de tener una de sus riberas plantada con caña de azúcar y la opuesta con limoneros y naranjos; al venir la maduración de las frutas botábamos al agua los limones, las naranjas y la caña de azúcar y el Cauca se convertía en un río de limonada”.

“Los torrentes arrastran abundantes laminillas de oro, que desgraciadamente cambian a mica, ‘oro de gato’, una vez que se secan”. “Se confeccionan pasteles de hormigas, echando harina en los hormigueros que son grandes como casas”.

Pero la maravilla mayor, desde el punto de vista humanitario, es sin duda el palo de leche, palo de la vaca, el árbol de la vaca. “Este árbol milagroso permite suprimirlas nodrizas: libra de los penosos deberes de la maternidad; de ahora en adelante el papel de la mujer se limitará a hacer hijos; el árbol se encargará de nutrirlos con su leche. Después de colocar al niño en una red se subirá al árbol, se cortará una rama próxima y la sección, introducida en la boca, y debidamente sujetada, asegurará una lactancia continua. Quince o dieciocho meses después, el niño, grande y gordo, sería desprendido del árbol como un gran fruto. Y esto no es todo: el árbol de la vaca procuraría a la cleresía una economía considerable. Gracias a la fuerte proporción de cera, contenida en su jugo lechoso, un cura se procurará fácilmente un cirio todas las mañanas y todas las tardes, al tomar leche vegetal después de haber tragado una ¡flecha de algodón”.

Desde Aguas Frías regresamos a Valencia (longitud occidental 1º latitud boreal 10º grados del meridiano de Caracas) a donde llegamos por la tarde. Al pasar por El Corisul cayó un poco de lluvia: estábamos cerca al filo de separación de las aguas y el tiempo era magnifico de un lado y de otro. Nuestros guías nos aseguraron que, todos los días sin excepción, llueve poco o mucho en este sitio.

Yo creo que las localidades con lluvias cotidianas son bastante frecuentes en las cordilleras así como en las montañas de Europa.

En el monte Pilatos, cerca de Saint Etienne en Forez, los habitantes de una hacienda construida cerca de la cima de esta montaña, sostienen que rara vez pasa un día del año sin lluvia. Este fenómeno periódico depende indudablemente de la configuración del terreno; es fácil imaginar que tenga lugar en donde un viento caliente y húmedo que viene de un valle inferior, encuentra el aire frío y húmedo de un punto elevado.

 

(1) Véanse los Anales de Química y de Física, segunda serie, tomo XXIII, pág. 219: Memorias sobre el árbol de la vaca. (regresar 1)
* Se trata del Lago de Valencia. (regresar *)
**  Se trata del samán. (regresar **)

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