|CAPÍTULO III
Valle de Aragua - Lago Tacarigua - Morro de San Juan - Sitio de
Puerto cabello- El general Páez- El árbol de la vaca- Aguas
termales de la cadena del litoral.
Después de haber pasado 6 semanas en Caracas, tuve que ir al
Valle de Aragua. El general Sublete había informado de mi llegada
al general Páez, quien sitiaba a Puerto Cabello, ocupado por los
españoles. Más adelante yo debía llevar a cabo una nivelación
barométrica hasta Santa Fe de Bogotá, verificar las medidas de la
ruta entre esta ciudad y Caracas, y además señalar los yacimientos
de minas que tuviera la ocasión de observar.
Esta encomienda demandaba tanto trabajo que saqué la conclusión
de que no alcanzaría a hacerlo todo y resolví hacer lo más
conveniente para mí. ¡No rehusar nunca una misión, cualquiera que
sea, es una excelente máxima! A ese propósito recibí de mi coronel,
don José María Lanz, quien también fue mi maestro, una lección de
la cual he sacado mucho provecho.
Estaba en Bogotá ocupado con el mapa de Colombia, cuando el
congreso soberano decidió erigir en la plaza mayor de la capital,
una estatua ecuestre en platino, del general Bolívar, como un
homenaje imperecedero de la nación al hombre a quien debía su
libertad.
Algunos días después recibí una nota de los ministerios dc
Guerra y de Finanzas, por medio de la cual se me designaba para
dirigir todas las operaciones relativas a la fundición y erección
de tal estatua; la nota me había llegado por la vía
jerárquica, es decir por el coronel Lanz y yo tenía que
contestarle al ministro de las Finanzas.
Di respuesta en los mejores términos, diciendo que agradecía la
misión que habían tenido la amabilidad de confiarme, pero que no me
podía hacer cargo de ella porque la cantidad de platino necesaria
era tan considerable (yo indicaba el peso) que todas las minas de
Colombia no podrían producirlo ni en un siglo, terminando así por
donde había debido comenzar, expliqué que el platino no se podía
fundir por los medios conocidos en estas artes y que no existía por
lo tanto posibilidad alguna de fundir una estatua con este
metal.
Lanz me dijo que todo esto era exacto, pero que desde el punto
de vista de vista de mi posición, mi carta no tenía sentido común,
puesto que probaba la ignorancia del congreso y de los ministros,
lo que no me perdonarían y menos aún por tener yo la
razón.
Así que me dijo: “Escriba; voy a dictarle la respuesta que
debe enviar”; en ella agradecía al ministro la confianza que
mostraba en mis conocimientos para una misión tan importante,
añadiendo que no ahorraría ningún esfuerzo para que tuviera
éxito.
Antes de firmar, volví a decirle al coronel Lanz que ese éxito
era imposible, puesto que la fusión del platino era impracticable;
“poco le importe”, me contestó; “usted se compromete
a hacer toda clase de esfuerzos; además Ud. sabe que jamás
encontrará suficiente metal para ello; tenga en cuenta que todo
esto pasará y que Ud. no habrá incomodado a nadie”.
Sucedió lo que Lanz había previsto: el ministro, encantado, me
agradeció el interés que había manifestado y el asunto se olvidó.
Recibí en total 2 kilogramos de mena de platino que sirvió para
fabricar algunos aparatos en el laboratorio de los
ingenieros.
Escogimos como residencia a Maracay, población situada en la
base de la cordillera, por no encontrarse demasiado lejos de Puerto
Cabello. Maracay es la localidad más importante del Valle de
Aragua. Nos hospedamos en una casa muy confortable, propiedad de
una viuda, situada en la plaza principal.
Gastamos 4 días, al paso de nuestras mulas, para llegar de
Caracas a Maracay pasando por lindos poblados como: Antimano, San
Pedro, La Victoria, San Mateo, Jurmero. Cerca de La Victoria se
entra a los valles de Aragua, después de haber cruzado unas colinas
y es allí donde se atraviesa el río Aragua y cuyas aguas desembocan
en un mar interior de agua dulce, el Lago Valentín
|
|
*
o Tacarigua,
mientras el río del Tuy que acabábamos de dejar, corre hacia el mar
de las Antillas.
Entre Ternero y Maracay habíamos descansado a la sombra de un
árbol famoso en la región, el zamany
|
|
**
(sic) del Gaira, una
hermosa especie de las mimosas, objeto de veneración por parte de
los indios y cuyo enorme follaje, visto de lejos, tiene el aspecto
de un túmulo, o de una colina cubierta de espesa vegetación; la
bóveda vegetal formada por sus ramas puede cubrir un batallón
formado en columnas; la edad de este anciano del reino vegetal es
desconocida. Los primeros conquistadores de Venezuela lo
encontraron probablemente en el estado en que se encuentra hoy;
antes de 1802 Humboldt había constatado que su ramaje formaba una
cima hemisférica de 187 metros de circunferencia y nosotros
verificamos esta medida en 1823. Las extremidades de sus ramas caen
como un paraguas hacia la tierra hasta una distancia de 4 a 5
metros.
Humboldt había caído en la cuenta “que el lado sur del
árbol estaba enteramente despojado de sus hojas por efecto de
la sequía, mientras que el lado opuesto tenía hojas y
flores a la vez como tillanóceas, loranteas, la raqueta pilaherga y
otras plantas parásitas".
Nosotros constatamos que el zamany estaba enteramente cubierto
de hojas que eran más numerosas y más vigorosas al norte que al
sur. Este coloso está aislado: ninguna planta nace a sus
alrededores; el terreno parece por lo demás poco fértil. Se
necesitaba una mimosa para prosperar en tal
situación.
La riqueza y la diversidad de los cultivos de los valles de
Aragua son motivo de sorpresa para el viajero. El clima y la
naturaleza del suelo permiten cultivar simultáneamente los cereales
de Europa y las plantas de las regiones cálidas de los trópicos.
Sobre las colinas se ven plantaciones de trigo a poca distancia de
cafetos, tabaco, cacao y añil.
La tierra es más fértil a medida que se eleva por encima del
lago, de manera que Maracay, o más bien los terrenos al sur de esa
población, le sirven a las plantas más exigentes. Se encuentran
campos de añil de una extensión considerable y allí fue donde
presencié por primera vez la extracción del
colorante.
También asistí varias veces a la recolección de la cosecha de
café y de cacao. Durante un día o dos que pasé en un cacaotal, tuve
que soportar de la mañana a la tarde un ruido ensordecedor; los
frutos de cacao estaban maduros, comenzaba la colecta y había que
defenderse de un verdadero ejército de loros que trataba de devorar
el grano; el loro abre la pulpa azucarada de la vaina para retirar
los granos. El medio más eficaz para alejar a estos pajarracos es
hacer ruido; disparar no sería económico, lo mejor es tocar un
tambor, así que bandadas de negritos recorren las plantaciones, de
la mañana a la noche, tamborileando y realmente es el ruido lo que
asusta a las aves.
En los valles del Aragua vi extraer la “bija” de los
frutos espinosos del árbol conocido como achiote.
El lago Tacarigua contribuye, sin duda, a la fertilidad de los
valles del Aragua por la humedad que sus aguas con una temperatura
de 24º, evaporan en la atmósfera. Sin esta masa de agua, los
vientos muy cálidos y secos de los llanos, arruinarían la
vegetación.
El viento del Norte viene del mar después de haber pasado sobre
los bosques de la cordillera del litoral, lo cual produce
excelentes condiciones para mantener el aire en un estado
higrométrico conveniente.
Las observaciones mostraron en Maracay:
Para temperatura media 25,5º
Para temperatura máxima 30,5º
Para temperatura mínima 20,6º
El higrómetro de cabello se mantuvo entre 40º y
95º.
La altura sobre el nivel del océano fue de 434 metros y por
encima del nivel del lago de 410 metros.
En Maracay la pendiente del suelo, va hacia el Suroeste. Las
aguas son detenidas por las montañas de Guacamaya y de Yuma, que
constituyen el lado meridional del lago y forman casi un
acantilado. Hacia el Norte hay una amplia playa muy fértil y
poblada. La pendiente es tan suave que una disminución de 1 o 2
decímetros en el nivel de las aguas del lago, descubre una
superficie extensa de tierra, cubierta de un rico limo. Cuando la
retirada de las aguas parece ser permanente, los ribereños se
apresuran a plantar tabaco, algodón y añil sobre el terreno
descubierto.
El coronel Codazzi calcula en 80 leguas cuadradas la superficie
del terreno cuyas aguas llegan al lago por 22 ríos. Este lago tiene
22 islas de las cuales la mayor es la del Burro, en donde afloran
el neis y el granito de la cadena del litoral.
El largo del lago de Tacarigua, desde Guaruto hasta la
desembocadura del río de los Guayos, es de 51 kilómetros de E
a O. La mayor profundidad de acuerdo con los sondeos llevados a
cabo por don Antonio Mazano, sería de 65
|
metros y la
profundidad promedio no sería superior a los 21 metros.
El lago tiene muchos peces y el señor de Rivero y yo nos
tomamos muchas molestias para conseguir algunos de
ellos, lo mismo que un pequeño cocodrilo (babilla)suficientemente
atrevido como para acercarse a los bañistas. En el momento en que
una babilla salía del agua para respirar, un campesino que nos
acompañaba en la pesca le abrió la cabeza de un machetazo. La
babilla ya muerta y salada fue puesta en una caja: medía 1,83
metros de la nariz a la cola. Los pescados envueltos en telas, se
depositaron dentro de un barril lleno de ron y esa colección fue
embarcada con dirección al Museo de Historia Natural, en un navío
holandés.
Desgraciadamente no llegó a su destino, lo que es de lamentar
porque no existe ningún pescado del Lago de Tacarigua en las
colecciones europeas.
El agua del lago es potable, pero demasiado caliente para ser
agradable al beberla: contiene pequeñas cantidades de carbonato de
sodio y trazas de nitrato.
La casa que habitábamos en Maracay era espaciosa: cuatro lados
formaban un cuadrado y en el centro del patio un espléndido
cocotero. Nuestros instrumentos fueron instalados perfectamente y
durante algunos días y podría decir que algunas noches, despertamos
la curiosidad y posiblemente el temor de nuestros huéspedes, por la
asiduidad de nuestras observaciones. De resto, nos trataban como si
fuéramos parte de la familia.
La viuda, de cuyo nombre siento no acordarme, pues recuerdo con
gratitud sus atenciones, poseía una buena fortuna: tierras y
esclavos. La intimidad que nos brindó prontamente, me permitió
observar la manera de vivir de las criollas americanas.
Había dos jóvenes encantadoras: una de tez morena y la otra casi
rubia. Estas señoritas
|
pasaban sus días afuera, bajo un
vestíbulo, sentadas en sillones de espaldar muy inclinado, o a la
manera de los orientales, sobre un diván, en las habitaciones donde
casi no entraba la luz; una negrita, sentada a sus pies sobre un
tapete, les acercaba los objetos que necesitaran, para evitarles el
menor movimiento: lo más frecuente era fuego para prender sus
cigarros, porque su principal ocupación era fumar y lo hacían con
una gracia muy particular, lanzando de cuando en cuando un
salivazo, con una destreza increíble que les permitía describir una
parábola siempre igual, por encima de la cabeza del visitante.
Practicando perseverantemente, ¡jamás logré impulsar mi saliva en
una trayectoria tan perfecta!.
Algunas veces yo leía a la señorita Rafaela, la rubia, un pasaje
del
|Don Quijote de la Mancha para aprender a pronunciar el
español. Era la primer vez que estas jovencitas habían oído hablar
de Cervantes; su ignorancia era absoluta. No había un solo libro en
la casa, ni siquiera un libro de misa, a la que se asistía con un
rosario, después de haberse cubierto con la mantilla de seda negra,
bordeada de ricos encajes, atavío sin el cual una mujer blanca, de
sangre noble, no se habría atrevido a presentarse en la casa del
Señor; la salida para la iglesia es bastante solemne. La señorita,
muy atractivamente arreglada, marcha lentamente, seguida de una
negra, quien lleva un lindo tapete de bellos colores, sobre el cual
la dama se colocará para oír la misa; la habitual abulia de una
joven criolla se interrumpe a veces por un rayo de vivacidad que
puede ser un signo de impaciencia o de contrariedad.
Admirando un día la bonita mano de Rafaelita, vi, no sin
sorpresa, que el dedo meñique estaba contrahecho. La joven
me dijo: “fue por pegarle a la negra en la cabeza y la
cabeza de los negros es muy dura”. Estas palabras hicieron que
la negrita se riera y mostrando sus dientes blancos y haciendo una
señal afirmativa, parecía decir: “¡es verdad, bien
hecho!”.
Teníamos una comida excelente; nos sentábamos a la mesa solo
servidos por una mestiza de indio o zamba; nos traían carne de res,
gallinas, rara vez legumbres verdes, unas alverjas amarillas,
garbanzos y una gran cantidad de confituras deliciosas. Como
bebida, agua fresca y limpia, caldos o chocolate, siguiendo la moda
oriental. Las señoras comían aparte, nosotros nunca las vimos ni
almorzar ni cenar; solamente el chocolate y el café se tomaban en
sociedad y era una ocasión para reunirse. Yo supongo que la base de
la alimentación de las señoras de Maracay consiste en platos
dulces. Lo que un habitante de Venezuela consumía en azúcar en esa
época era increíble: carne y azúcar, con un bizcocho de maíz
(arepa) que reemplazaba generalmente el pan. En cuanto a los negros
se les alimentaba de bananos, de carne gorda y de melaza o de
panela. Las damas de la aristocracia y puedo decir que también los
hombres, tomaban una alimentación insuficiente, así que la anemia
era general.
La monotonía de la vida de las damas no cesaba ni con el
matrimonio. Los maridos vivían afuera y la maternidad no preocupaba
mucho a las mujeres. El niño, desde su nacimiento, era enviado a
una nodriza negra, generalmente provista de un formidable aparato
mamario. Una gran abundancia de leche y una alegría desbordante
hacen de las negras unas nodrizas maravillosas, en forma tal que
sus hijos de leche son unas verdaderas bellezas. Sin ninguna duda,
durante su lactancia, es cuando el habitante de las regiones
calientes de América del Sur, recibe la mejor
alimentación.
Por las tardes teníamos visitantes que querían mirar el planeta
Júpiter y sus satélites, sus pequeñas lunas y la Luna con sus
montañas, a través de nuestro telescopio: éste era un espectáculo
nuevo para estas buenas gentes. Nosotros poníamos mucho de nuestra
parte para mostrarles a ellos estas curiosidades que Rivero les
explicaba ¡y en qué forma! No solamente veían en la luna montañas,
volcanes, ríos y lagos, sino también había hombres y mujeres...
cristianos, “todos bautizados” gritaba Johnston, nuestro
negro, “todos bautizados” y añadía en francés cuando yo
lo reprendía: “eso les da gusto, que los habitantes de la luna
sean católicos”.
Nuestras veladas astronómicas tuvieron gran éxito: venían desde
lejos para asistir a ellas; una noche, a las 10, apareció el
general Páez con dos ayudantes de campo para admirar “las
lunitas” de Júpiter y las montañas de la Luna. El general
venía del frente de Puerto Cabello, para visitar a su madre, a
quien él adoraba; yo esperaba un bribón, un cabecilla de cosacos,
cuya lanza había matado tantos españoles, y tenía delante de mí un
fino caballero, de bonita figura y una fisonomía muy suave, de
talla media muy equilibrada y de una soltura de movimientos
impresionantes; me dio un abrazo que no terminaba, añadiendo que
contaba conmigo, pues nos volveríamos a encontrar en Valencia antes
de 15 días —esto era una orden— y que al día siguiente
debía yo ir a cenar con él al ingenio de azúcar.
Páez, cuyo nombre será célebre en la guerra de la Independencia,
era mayordomo de un hato de los llanos de Apure, cuando siendo muy
joven tomó la lanza para combatir a los españoles. En 1818, durante
la expedición del general Morillo, se distinguió por gran valor,
fue la admiración del ejército y llegó a ser rápidamente un oficial
que prestó los más grandes servicios. General a la cabeza de varios
escuadrones de lanceros que él había organizado, hizo la campaña
mientras Bolívar, vencido por Morillo, fue obligado a
huir a jamaica, diciendo que “la patria acababa morir en sus
brazos”. Como guerrillero, Páez no se dejó agarrar.
Perseguidos por fuerzas superiores, sus escuadrones desaparecían
como por encanto, luego se volvían a formar y cuando él juzgaba el
momento oportuno, atacaban al enemigo y lo masacraban. Las tropas
españolas, incapaces de resistir el clima de las estepas,
abandonaron los llanos para penetrar en las cordilleras; fue
entonces cuando Páez organizó su caballería, la cual en el curso de
la campaña de Bolívar, contribuyó a la destrucción completa del
cuerpo expedicionario comandado por Morillo.
En la batalla de Carabobo, la infantería española formada en
cuadro fue despedazada por los llaneros y obligada a retirarse a
Puerto Cabello, después de haber tenido grandes pérdidas. A pesar
de los consejos que se le daban y de la asesoría de excelentes
oficiales de caballería venidos de Francia e Inglaterra, Páez no
quiso jamás cambiar, ni siquiera modificar el armamento y la manera
de combatir de sus llaneros. Varios escuadrones de lanceros de
élite habían sido uniformados y armados con equipos traídos de
Europa; era verdaderamente una hermosa tropa; pero el día del
combate, los brillantes uniformes eran guardados y el llanero
volvía a usar su silla hecha de un pedazo de cuero, sus estribos de
madera en los que no podía introducir sino el dedo gordo del pie y
su lanza, cuyo hierro estaba amarrado a la madera por una tira de
cuero de res.
Había que ver a Páez cargar a la cabeza de sus llaneros, todos
tendidos sobre sus caballos. El hombre desaparecía y quedaba
solamente una bestia de cuyos flancos salía una lanza formidable
que iba derecho al enemigo. En el centro de una acción Páez era el
primero y el más intrépido de los lanceros. No daba órdenes, iba
hacia adelante y se le seguía; la espuma brotaba de su boca y con
frecuencia, en medio de una carnicería, caía
víctima de un ataque de epilepsia. Después de la acción se
encontraba al general en manos del médico, tomando la medicina que
él prefería y que siempre llevaba consigo: ¡qué medicina! Un veneno
terrible, del cual hablaré más adelante, “el curare” en
dosis capaces de matar a 50
|
personas si hubiera sido
introducido en la circulación de la sangre, pero que se podía tomar
sin peligro por vía interna.
Por invitación del general Páez fui a su hacienda. La asistencia
de los dos sexos era numerosa; las caras eran de todos los tintes
imaginables, desde el negro hasta el blanco; las mujeres eran de
todos los colores, con cabellos pasablemente crespos. Páez me
recibió muy amablemente, pero con la timidez que le era habitual.
Había adquirido cierta educación, escribía bien, hablaba un poco de
francés y sabía algo de música. Se había convertido en un hombre de
mundo gracias al contacto con los oficiales extranjeros, de quien
le gustaba rodearse y en verdad no habría estado fuera de lugar en
ninguna parte. Hace tiempo hice yo esa observación: es raro que un
hombre que tenga una aptitud excepcional para algunas cosas, siga
siendo un sujeto ordinario para las cosas distintas a dicha
aptitud.
La comida fue tan alegre como singular. La mesa estaba puesta en
una gran sala, pero no había sillas para todos los invitados; pensé
que las damas se sentarían antes que los hombres, quienes comerían
después. Fue muy distinto; se decidió que cada caballero sentaría
una mujer sobre sus rodillas y ellas, como marca de favor, debían
designar su asiento. Fui ocupado por una mulata de edad razonable y
por consiguiente bien acolchonada abajo, para que los huesos no
hirieran el asiento. Pronto hizo un tanto de calor, teniendo en
cuenta que la temperatura era de 29º y que además, para la
estabilidad de la pareja, la silla debía rodear la dama con sus
brazos. ¿Cómo comer cuando los brazos están ocupados a -manera de
cincha? Era una sola carcajada de una punta de la mesa hasta la
otra y todo salió bien.
El bello sexo, no importa su color, es siempre ingenioso y mis
brazos no necesitaron retirarse de su sitio ya que mi mulata me
daba de comer durante todo el tiempo, me colocaba en la boca los
pedazos más delicados y me hacía beber en su vaso de ron,
ciertamente un poco fuerte; me daban los alimentos como si fuera
manco. Fuera de esto, la comida era homérica: delante de los
convidados se apilaban enormes pedazos de res y yo nunca he comido
unos asados tan buenos como los que preparaban los llaneros. El
general nos había atendido con un entreverado: “como
decía un oficial negro, carne que ningún carnicero había
dañado”. La cocina estaba armada en el patio y el novillo
muerto, sin haber sido despellejado, estaba puesto en vara; luego,
cuando el exterior se consideraba a punto, un llanero cortaba una
larga tajada de algunos centímetros de espesor y que por
consiguiente tenía carne asada en todos los grados, desde quemada
hasta sanguinolenta.
Yo imagino que un asiento se siente contento cuando se levanta
la persona que lo ocupa: fue ese el sentimiento de satisfacción que
tuve al final de la comida.
Al caer la noche tomé de nuevo el camino de Maracay y al día
siguiente creí mi deber hacer una visita a la señora de Páez que
había regresado con nosotros desde su hacienda. Se decía en voz
baja que no era la señora legítima del general. Fue muy cortés y
durante la conversación sacó de su bolsillo una cajita de oro que
creí fuera una tabaquera. De la caja abierta y con la ayuda de una
espátula sacó la señora una sustancia negra y gelatinosa que nos
ofreció diciendo: “¿Quiere tomar de mi vicio?” Probé y le
encontré a esta sustancia un atroz sabor de pipa curada; era
“chimó”, extracto de tabaco con carbonato de soda que las
señoras de los llanos de Apure se meten entre la boca para masticar
a manera de betel. El primer inconveniente que tiene esta droga, es
el de colorear los dientes de negro; el segundo, el de provocar una
fuerte salivación y una vez tomada la costumbre de hacerlo, es
difícil dejar de usar chimó.
Existen dos fuentes termales en las cercanías de Maracay, las
cuales visitamos sucesivamente. Se encuentran al norte, al pie de
una ramificación de la cadena del litoral. Al subir el río Maracay,
se encuentra la fuente de Onoto, que brota del granito y el neis;
el agua es casi pura, ligeramente sulfurosa y alcalina y su
temperatura es de 44,5º. El termómetro marcaba 31,3º y la altura de
la fuente es de 700 metros.
La fuente termal de Mariaro es más caliente. Para llegar allí se
atraviesa el río Tapatapa cerca del puente donde entra en el lago
Tacarigua, a la extremidad oriental, no lejos del fuerte del
Cabrero, que protege un desfiladero que va hacia Valencia. Allí
encontramos a un pobre oficial alemán que había perdido una pierna
en los últimos sucesos de los valles de Aragua.
Los baños de Mariaro se hallan en la hacienda de San
Buenaventura, a 566
|
metros de altura. El agua procede de
varias fuentes y la más caliente tiene una temperatura de 64º con
un olor de ácido sulfhídrico, olor que desaparece por enfriamiento.
Las fuentes brotan del granito y del neis, como en Onoto, de manera
que no contiene sino muy pocas materias fijas; deja sobre la roca
un depósito de silicio.
Desde la plataforma del fortín del Cabrero, a donde subimos al
regreso, se ve el lago de Tacarigua en toda su extensión y la más
hermosa parte de los valles de Aragua.
El tiempo era magnífico y la vista alcanzaba un panorama
admirable. Al norte, la sierra del Mariaro, con sus escarpadas
masas graníticas, que aparecían aquí y allá en medio dc un bosque
impenetrable. Al sur, primero las montañas de Guacamaya, de Yuma y
más lejos, las cimas de la cadena del Galora, límite de
los llanos que recorren los ríos tributarios del Orinoco. Las
montañas del sur excitaban mi curiosidad al más alto punto. ¿Cuál
era su constitución geológica? El neis y el granito que nos
acompañaban desde que habíamos llegado a América, ¿llegarían hasta
allá? Después de 2 o 3 días de descanso, tomamos la ruta de Cura,
ciudad situada a orillas del río Tucutumano, uno de los afluentes
del Apure.
En primer lugar pasamos por los Mamoncitos y Camburi,
fundaciones a orillas del lago, en donde se cosecha el tabaco y se
utilizan los ríos Turmero y Aragua para irrigación. Salimos a
las 4 de la tarde de Maracay y llegamos a Cura a las 9 de la
noche.
Después de la puesta del sol, fuimos testigos de un espectáculo
curioso: sobre las cimas y desfiladeros de las montañas aparecían
súbitamente líneas de fuego de una vivacidad extrema, que se
extendían en todas las direcciones y dejaban a su paso una luz roja
que se apagaba gradualmente. Se quemaba la hierba seca de los
pajonales, nombre que designa grandes extensiones de terreno
cubiertas de gramíneas, en donde apacienta el ganado. El incendio
se propagaba rápidamente por pavesas que transportaba el
viento.
La combustión de hierba seca es el único medio de revivificar
las praderas inmediatamente después del incendio, el suelo se ve
negro y algún tiempo después, por efectos del rocío siempre
abundante, la tierra se cubre nuevamente de verdura. Era la primera
vez que yo veía una quema. Más tarde, en las llanuras del Meta y de
Casanare, corrí algún peligro debido a la combustión de hierba seca
y fuimos obligados a huir a toda la velocidad de nuestros caballos,
durante cerca de dos horas, delante de un río de llamas que parecía
perseguiros encarnizadamente y que algunas veces nos alcanzaba y
del cual sólo podíamos escapar cambiando la dirección de nuestra
carrera desenfrenada. Los hombres de a pie, que rara
vez se ven en los llanos, pues la vida transcurre a caballo,
no habrían podido escapar de este peligro.
El alcalde de Cura, ante quien nos presentamos para conseguir
alojamiento, nos ofreció una hospitalidad cordial. La ciudad,
arruinada por la guerra, tenía apenas 4.000 habitantes; el calor
era más fuerte que en Maracay y el termómetro se mantenía entre 27º
y 28º.
Fuimos llevados a una mina de cobre abandonada: vi que había
oxídulo de cobre en una serpentina en relación con un neis; todavía
era terreno perteneciente a la cadena del Litoral. En los
escombros, sacados de una galería, encontré muestras de un bello
ópalo.
De una fuente que salía de la serpentina, descubrimos los morros
del San Juan, de curioso aspecto: montañas como sierras que se
proyectaban sobre el azul del cielo como una madrépora
gigantesca.
De regreso a Cura pude fijar su latitud al tomar una altura
meridiana de Canopus. Ya me había familiarizado con esta parte de
la esfera celeste invisible en Europa. ¡Cuántas veces contemplé las
brillantes estrellas del hemisferio austral! Mi admiración se
dirigía especialmente a la constelación de “La Cruz del
Sur”, cuya situación más o menos inclinada, indica las horas
de la noche a quien camina en el desierto.
El 18 de febrero iba a ser para mí un día de fiesta: conocería
los morros de San Juan, famosos en la comarca por las
supersticiones que existían sobre ellos. Se creía que estaban
habitados por el espíritu maligno, por lo cual todos se les
acercaban temblando. Con gran frecuencia en el curso de mis
excursiones y de mi existencia de filibustero, me he puesto a
buscar el diablo, que no he encontrado nunca, sino al pie mío, en
la persona de un corregidor o de un alcalde o, sobre todo, de un
monje.
Iba a montar a caballo, cuando, una muchacha me entregó una cruz
de plata gue me colgó al cuello y su madre me dio una pequeña
imagen de plomo de Nuestra Señora de los Valencianos y el viejo
papá me regaló una calabaza llena de agua bendita; dulces e
ingenuas creencias que siempre hay que respetar cuando son
sinceras.
Así acorazado, no tenía nada que temer; de todas maneras mi
asistente Johnston creyó su deber limpiar las armas, ya que se
había señalado la presencia de malhechores en la
región.
Nos pusimos en camino bien temprano y paramos a alguna distancia
de Cura, para ver los trabajos ejecutados por mineros mexicanos que
habían buscado cobre labores abandonadas hacia mucho
tiempo.
Ya de noche, entramos en el pueblo de San Juan, cuya altitud de
265 metros es inferior a la de Cura.
El 19 de febrero, en camino hacia los Morros, vimos un pantano
formado por una fuente caliente que manaba ácido sulfúrico. El agua
tenía una temperatura de 34,4º y al percibir el fétido olor,
nuestros guías nos hicieron observar que el “coco”
(diablo) no debía encontrarse lejos.
Nos acercábamos a los Morros y se veían bloques calcáreos
dispersos por el suelo. Después de haber atravesado el río San
Juan, la marcha continuó sobre una roca de un verde profundo, fácil
de confundir con “grünstein”.
Al llegar a un bosque tuvimos que desmontarnos pues, además de
las dificultades que los árboles oponían al paso de los caballos,
el terreno estaba cubierto de bloques de un calcáreo compacto
amarillo pálido, con venas de cristales de cal carbonatada. Nos
detuvimos para descansar a la entrada de una abertura que recordaba
la puerta ojival de un monumento gótico y que daba acceso al
interior de la montaña. Hacía mucho calor y la marcha a través del
bosque nos había
puesto en un estado de cansancio que nos obligó a reposar.
Nos habíamos adormecido cuando oímos que salían de la gruta sonidos
armoniosos parecidos al tintineo de varias campanas. Los guías, que
habían regresado, se alejaron tratando de llevarme con ellos, lo
que no hice. Al entrar a la gruta bajé por una pendiente muy suave
y a medida que avanzaba, las dimensiones de la caverna aumentaban.
Largas y fuertes estalactitas bajaban de la bóveda y daban a este
interior el aspecto de una cripta del siglo XIII. La luz, al
penetrar por estrechas fisuras, producía un claro-oscuro que
ayudaba a la ilusión. El sonido de las campanas aumentaba en
intensidad y pronto descubrí la causa: era mi ayudante negro que
golpeaba la extremidad de las estalactitas con un pedazo de roca
calcárea; procedí a hacerlo yo también y entre los dos produjimos
un carillón tan ruidoso como poco armonioso; una de las
estalactitas daba un “la” que habría hecho las delicias
de un fabricante de campanas.
Desde la abertura de la gruta llamé a nuestros guías y disparé
con mi pistola para llamar su atención; las bóvedas de la
“iglesia” repercutían el ruido de las explosiones en ecos
prolongados, pero ninguna voz respondía desde el bosque. Al salir,
encontré a nuestras gentes a buena distancia de los Morros y al
explicarles que el único “diablo” que había encontrado
era el negro Johnston, quien tocaba todavía las campanas, logré
convencerlos de que entraran conmigo y dimos principio a la
exploración de esos extraños subterráneos.
La primera caverna, a la que dimos el nombre de La Iglesia,
presenta largas grietas laterales, especie de corredores que llegan
a otras cavidades; exploramos cinco de éstas con estalactitas, y la
primera que penetramos está a un nivel más alto que las otras. En
seguida entramos en una tercera caverna, grande y muy alta, con
columnas suspendidas; para nosotros
representaba “la catedral”; es la más espaciosa de
todas y allí ejecutamos un concierto formidable. La nota cambiaba
de acuerdo al espesor de la pieza con la que golpeábamos, de manera
que para determinar las vibraciones de la columna con fragmentos de
piedra de menor volumen, el sonido se debilitaba gradualmente hasta
llegar a simular el lejano tañido de una campana. Que yo sepa,
nadie hasta ahora ha mencionado la sonoridad metálica de las
estalactitas de las cavernas. Es cierto que posiblemente no se
hayan encontrado columnas calcáreas suspendidas, tan largas y
voluminosas como son las de los cerros de San Juan.
Estos vastos subterráneos cuya entrada está escondida por un
espeso bosque, tienen un aspecto misterioso. Parece que hubiesen
sido habitados y servido como refugio a los indios, antes de la
conquista española, puesto que parece que se han descubierto allí
armas y osamentas.
Al examinar con atención las paredes de estas cavernas no vi
ningún indicio de inscripciones ni de dibujos; lo único que
observé, parecido al trabajo de un hombre, son dos cavidades
hemisféricas, talladas en la roca calcárea; estaban colocadas en el
corredor entre las dos primeras cavernas un poco más allá, en la
cavidad de la roca, había un tallado que daba una buena impresión
de un asiento, pero no encontré ningún vestigio de osamenta o de
instrumentos. El piso de estas grutas es bastante parejo; no se ven
allí las estalagmitas correspondientes a las estalactitas
terminadas en punta, como se observan en otras cavernas. Las
columnas suspendidas llegan a distancias más o menos alejadas del
piso y yo no vi ninguna que llegara hasta el suelo. Por lo demás,
estas rocas descendentes estaban perfectamente secas; consistían en
un calcáreo de un blanco ligeramente amarilloso, cristalino, que
mostraba aquí y allá, laminillas brillantes.
Lo que me pareció sorprendente fue que las grutas de los Morros
no sirvieran de guarida a los pájaros nocturnos; por lo menos yo no
encontré excrementos; si los guácharos o los murciélagos hubieran
establecido allí su residencia diurna, indudablemente los habríamos
encontrado. También hay que tener en cuenta que los árboles que
crecen en la base de los Morros, impiden el acceso al
subterráneo.
Al recorrer el lecho del río San Juan uno se puede formar la
idea de la situación geológica de la curiosa montaña cuyo interior
acabábamos de visitar.
De Cura a San Juan, el terreno dominante está constituido por
cuarzo que contiene aglomeraciones de serpentinas metalíferas; a
partir de esta población, el “grünstein” reemplaza a la
serpentina: es una roca de cristales de anfibol bien aparentes; más
al sur una roca esquistosa que contenía bancos delgados de un
calcáreo negro sustituía la “grünstein”. Al avanzar un
poco más hacia el Sur aparece una roca negra especie de diorita,
con cristales de piroxeno: estos cristales se encuentran alterados
en algunos puntos, formando un caolín piroxénico.
Las rocas que acabo de mencionar pertenecen a una cadena de
colinas como lo es todo el monte de La Galera; esa es la cadena que
limita con los llanos: los Morros se encuentran más allá y son
montañas aisladas y por su naturaleza y el contacto con el piroxeno
alterado y sobre todo por su aspecto hinchado recuerdan las masas
no estratificadas de dolomita del Tirol, tan bien descritas por
Leopoldo de Buch; solamente anoto que las “recuerdan”
porque no tienen nada en común con ellas por no contener
magnesio.
Después de haber contemplado las inmensas cavernas de los
Morros, no pude dejar de hacerme esta pregunta: ¿Cómo es posible
que un hecho geológico tan importante se le haya escapado a
Humboldt, quien conoció muy bien a Cura, San Juan y sus Morros ya
que los describe exacta y detalladamente?.
El 20 de febrero estábamos de regreso en Maracay, después de
haber visitado una plantación de caña de azúcar, en donde
encontramos el curioso espectáculo de un mulato que cortaba un
cuero de res para sacar lazos: el operador cortaba con un cuchillo
muy afilado una tira de 1 centímetro de ancho, en círculo,
avanzando del centro hacia la circunferencia; este círculo podría
tener 1,50 metros de diámetro y el mulato pretendía poder obtener
una correa enteriza de una longitud de 176 metros. Estos lazos se
usan en toda América meridional y antes de utilizarlos los mojan
para que así inflados y blandos sirvan para atar. Al secarse, la
piel se contrae y los objetos permanecen sólidamente amarrados. Yo
no creo que haya un mejor medio para fijar una arma cortante a su
mango, como las lanzas, ya que esta ligadura no sostiene mientras
esté húmeda, pero puesta al sol, le gana a cualquier otro
procedimiento utilizado para ligar el hierro y la madera. Estas
tiras de piel acaban de ser introducidas en Europa y seguramente
serán utilizadas en las minas.
En Maracay encontramos un nuevo huésped en la casa: era un raro
animal, un perezoso, que un negro había encontrado sobre un
guarumo; era una bestia curiosa cuyas patas terminaban en una uña
en garfio, con una cabeza un tanto triangular, ojos embotados,
longitud de 70 cms. Su pelo era corto y de color pardo y ¡qué
movimientos tan lentos! Al acercarme para pesarlo me asió la nariz
(sic) y yo lo dejé que lo hiciera y creo que habría necesitado dos
o tres horas para llegar a la altura de mis hombros. Es un animal
que come hojas, vive en los árboles de donde se deja caer para
evitarse el trabajo de bajar. Su corazón batía tan lentamente que
se podía dudar de que lo tuviese; es imposible excitarlo o
asustarlo y debe vivir mucho tiempo: es la ostra de los bosques.
Conozco algunas personas que se parecen a mi perezoso.
Habla pasado un mes en Maracay en la forma más agradable e
instructiva: todo un mes de felicidad deja un rastro en la vida. Me
había familiarizado con las culturas de las regiones equinocciales
y comenzaba a pronunciar pasablemente el español, gracias a la
señorita Rafaela, quien para sus lecciones aplicaba el método
adoptado para la educación de los loros: pronunciaba una palabra y
yo me esforzaba por repetirla, vibrante y sonora, como la oía salir
de su linda boca.
Continuaba el sitio de Puerto Cabello, o más bien el bloqueo. Yo
debía reunirme con el cuartel general en Nueva Valencia, así que
nos despedimos de nuestros amigos. Un joven mulato, el doctor Orta,
quien se había hecho muy amigo nuestro, quiso de todas maneras
acompañarnos hasta Bogotá. Era un ser de una vivacidad increíble,
un entusiasta de la Revolución francesa, que sabía, pero mal, un
montón de cosas. Su compañía no era de desdeñar debido a su
profesión, pues había servido como médico militar, además de ser un
agradable compañero; como era tan pobre como Job, no gastó mucho
tiempo en sus preparativos de viaje y cuando le confiamos un
estuche con instrumentos de cirugía, procedentes de los talleres de
Charrier, lo hicimos el más feliz de los mortales.
Después de haber dado un abrazo a las amables damas que nos
habían acogido, montamos a caballo y a las 10 salimos de Maracay
para no regresar allí. La noche nos sorprendió más allá del pueblo
de Guaraca. Un jinete, seguido de un lancero, pasó cerca de
nosotros como un rayo; era el general Páez que iba a Maracay donde
su madre acababa de morir.
En el bosque, por donde nos habíamos metido, nos sorprendió
desagradablemente y nos obligó a parar un grito de:
“¿Quién vive?” ¿Qué contestar? ¿Sería una patrulla
española, como las que frecuentemente salían a robar comestibles,
ya que los víveres escaseaban en la plaza? Sería, al contrario, una
patrulla colombiana? Éramos cuatro y bien armados y no se me podía
ocurrir que un hombre solo tuviera la pretensión de arrestarnos:
así que recomendé silencio. Al tercer requerimiento oímos un
disparo de fusil; la bala, que oí silbar cerca de nosotros, no
hirió a nadie. “Bueno, pensé, está solo: una patrulla habría
hecho una descarga” . En un instante alcanzamos un soldado que
estaba ocupado en recargar su arma; era un granadero que se dirigía
al cuartel de Valencia y su estado de beodez explicaba por qué, en
lugar de disimularse en el bosque, había hecho fuego sobre una
fuerza superior. Después de haberlo desarmado, lo obligamos a
seguirnos y al llegar a Valencia le devolvimos su fusil. Cuando
entramos a la ciudad, era muy tarde y nos costó trabajo despertar a
alguna de las autoridades. Estábamos muy cansados, habíamos
cabalgado 16 o 17 horas, dormimos sin haber comido, en una sala de
guardias. Un alcalde que se levantó con el sol, nos llevó a una
casa absolutamente vacía en donde fuimos recibidos por una señora
de edad, muy distinguida, quien nos dijo: “Caballeros, ésta es
mi casa, pero no puedo ofreceros nada, ni siquiera una silla o un
pedazo de pan: los patriotas me han arruinado
completamente”.
Y era verdad; daba tristeza ver a la pobre mujer cuyos cabellos
blancos caían en desorden sobre sus delgados hombros. La casa era
espaciosa y allí instalamos los instrumentos. Johnston fue a buscar
víveres y cocinó de manera aceptable; desde luego no olvidamos a la
pobre señora. Llegada la noche nos acostamos en el piso, con una
almohada que nunca falta al jinete: la silla de su
caballo.
Los episodios del bloqueo de Puerto Cabello, muy poco
interesantes, por cierto, no merecen ser tenidos en cuenta. La
plaza fuerte era vigilada por lanceros y por infantes que ocupaban
una línea muy extensa. La miseria de los sitiadores habría sido
igual a la de los sitiados, silos primeros no hubieran estado bien
aprovisionados de víveres. Páez visitaba con frecuencia la línea,
solo o acompañado de algunos oficiales. Si nos aproximábamos
demasiado, los españoles disparaban una descarga, cuyo efecto se
limitaba a cubrirnos de tierra y a dañar nuestros uniformes, como
decía Johnston. Páez se exponía inútilmente pues en la noche la
tropa llevaba a cabo rondas para sorprender a las patrullas
españolas, trayendo algunos prisioneros cuando no los mataban; de
día la tropa pasaba su tiempo en los ranchos.
Esa tarde fui a ver al coronel Usler, un alemán que, me parece,
comandaba la brigada irlandesa y vi traer a tres oficiales
superiores capturados entre Valencia y Maracay; se hallaban en
estado lamentable, prácticamente muertos de hambre: los
pusimos bajo llave dándoles todas las seguridades de que no serían
fusilados. En efecto, la guerra se había regularizado después de
una entrevista entre Bolívar y Morillo, la cual tuvo lugar en el
pueblo de Santa Ana: la guerra a muerte había terminado. Sin
embargo la vida de un prisionero quedaba a merced de los
vencedores. Los oficiales españoles declaraban que la penuria era
grande en los fuertes de Puerto Cabello y que los víveres faltaban,
lo cual no era el caso entre nosotros. Un gracioso sargento decía:
“No tenemos manera de bañarnos, eso es todo”. Y en efecto
el baño y el arreglo hacían falta como pude verificarlo al
acompañar al coronel Usler a una inspección de la brigada
irlandesa: hombres fuertes, casi desnudos, sin camisas, sin
guerrera y con pantalones chirosos, ¡qué hombres tan andrajosos!
Tenían chacós cortados de viejossombreros de paja.
Las armas en buen estado y después de todo la salud no dejaba
nada que desear; los soldados eran robustos porque gozaban de buena
comida compuesta de carne, queso, azúcar, bananos y maíz; los de
constitución débil habían desaparecido y no quedaba más que una
tropa aguerrida, formada por los que habían resistido: “el
equipo se gasta rápidamente en campaña, el vestido que resiste
mejor es la propia piel” decía un soldado de los más
harapientos. Esto es cierto en los climas cálidos, como Valencia,
donde la temperatura se eleva de 25º a 30º, pero que venga el frío
y por más que resista la piel, el hombre sucumbe. Esto lo aprendió
en su propio pellejo la brigada irlandesa, cuando más tarde, en los
páramos del Almorzadero o de Zumbador, a una altura de 4.000 metros
en la Cordillera Oriental, perdió en una noche un tercio de sus
efectivos, aun cuando la temperatura no bajó de +3º a +5º, pero les
faltó leña para calentarse.
Un hombre mal vestido y mal alimentado, no resiste una
temperatura de algunos grados por debajo de 0; la muerte sobreviene
no por congelación de los miembros, sino por enfriamiento. Los
extranjeros que no habían hecho la guerra, se sorprendían del
aspecto miserable del ejército colombiano. Olvidaban que estaba en
campaña desde hacía mas de dos años y ni en Europa hubiesen estado
en mejores condiciones, después de haber soportado tantas fatigas y
privaciones. Estarán de acuerdo conmigo, aquellos que como yo,
presenciaron en París en 1815, la entrada de los prisioneros rusos
y alemanes o la de los heridos franceses que llegaban a los
hospitales después de las terribles y gloriosas batallas libradas
en Champagne; esos soldados, conscriptos o veteranos, ya no tenían
uniformes y estaban cubiertos de harapos, como nuestros soldados
americanos.
Valencia o “Nueva Valencia del Rey”, fundada en 1552,
está construida sobre un calcáreo blanco, que tiene la apariencia
de toba que descansa sobre el neis. Este calecáreo puede no ser un
depósito reciente, pero sí una modificación debida a las
influencias atmosféricas del calcáreo sacaroidal, en constante
relación con el neis de la cadena del Litoral. Cerca a Valencia
pude examinar una gruta formada en el calcáreo granular, encajado
en el neis. Sea lo que sea, esa toba o esa caliza modificada, al
reflejar intensamente los rayos solares, contribuye al calor
excesivo, a la sequía y a la aridez del llano.
Valencia que antes de la guerra contaba con 607.000 almas, está
hoy (1823) prácticamente desierta. La ciudad está situada a 5.265
|
metros del lago y la altitud de la casa que habitábamos era
de 484 metros, 50 mts. por encima del nivel de Maracay.
Yo me había propuesto visitar una fuente termal muy caliente,
las aguas calientes de la Trinchera, a algunas leguas de Valencia.
Nos pusimos en camino el 1o. de marzo, muy temprano; con gran
tristeza de mi parte no pude llevar un barómetro por temor de
encontrar una patrulla española, lo que era peligroso para mi
instrumento. Así que salimos equipados como trabajadores: éramos 6
hombres armados y fuimos a caballo hasta la hacienda de
Magua-Magua. Al pie de las montañas del litoral descansamos. Al
avanzar hacia el Norte encontramos bloques de granito en la grande
y bella hacienda del Bárbula; era el final de la sabana. El camino
se elevaba por una pendiente tan insensible que pronto nos dimos
cuenta, con estupefacción, que comenzábamos a descender hacia la
costa. La cordillera es tan baja en ese punto que no vimos la
divisoria de aguas a cadena del litoral en la dirección que
seguíamos y en donde ofrece una curiosa disposición: baja
considerablemente y es por una abertura (abra) por donde se llega
de la llanura al océano. Gracias a esta abra un viento marino,
muy saludable por su frescura, penetra todas las tardes en los
valles de Aragua.
El camino presenta al bajar, después de Bárbula, el aspecto
agreste de la ruta de Caracas a La Guayra: se encuentran las mismas
rocas, los mismos accidentes del terreno, la misma fertilidad y una
vegetación arborescente de las más vigorosas. Atravesamos un
torrente por un puente formado por una ceiba colosal, ya observada
por Humboldt; en el centro de esta ceiba caída, una rama se había
convertido en un árbol de 15 a 20 metros de altura y me pareció que
el puente tenía todavía raíces en la tierra, debido a que la cepa,
al retener una tira de corteza, no se había separado del
tronco.
Después de 3 o 4 horas de marcha, llegamos a las fuentes de la
Trinchera, así nombradas a causa de las fortificaciones en tierra
que filibusteros franceses construyeron en 1677, cuando tomaron la
ciudad de Valencia a sangre y fuego.
El agua sale abundantemente de dos pequeñas fuentes labradas en
el granito y forma un hilo de agua caliente de 5 a 6 decímetros de
ancho y algunos centímetros de profundidad; la emisión es muy
fuerte y deja salir incesantemente burbujas de un gas que creímos
sería nitrógeno. En la fuente más elevada, el termómetro indicó
92,2º y en la otra 97º; en la sombra, la temperatura del aire se
mantenía en 29,7º. El agua huele a ácido sulfhídrico, olor que
pierde al enfriarse, es débilmente alcalina, casi pura y contiene
seguramente silicio en disolución a juzgar por las concreciones
silíceas que se ven sobre la roca.
El agua caliente de la Trinchera recibe aguas frías un poco más
lejos y el riachuelo que resulta de esa mezcla lleva el nombre de
“Río de Aguas Calientes”: pronto se convierte en una
corriente bastante fuerte cuyo volumen crece a medida que se acerca
al mar.
Humboldt encontró, 20 años antes, que la temperatura de la
Trinchera era de 90,3º, notablemente inferior a la indicada por mi
termómetro, cuya graduación había sido verificada en Caracas,
comparándola con el termómetro patrón que está a la par con el de
París.
¿La temperatura de la fuente habría disminuido? Esto es poco
probable. Sin embargo pienso que un observador al tomar la
temperatura de una fuente termal busca siempre el punto en donde el
agua es más caliente. Puede ser también que la temperatura de un
agua termal no sea absolutamente constante y sea modificada por las
aguas frías exteriores en las épocas de lluvias abundantes. Debo
anotar que Humboldt visitó la fuente de la Trinchera en la misma
época del año, cuando yo lo hice, a fines de
febrero.
Humboldt recordó que después de la fuente de Uryena en el Japón,
cuya agua está a 100º, la fuente de la Trinchera sería la más
caliente del mundo.
Las aguas calientes de Onoto, de Mariara y de la Trinchera manan
también, en la Cordillera del Litoral, de la misma roca, el granito
asociado con el neis; tienen la misma constitución, puesto que el
agua es más o menos pura; geológica y químicamente hablando, estas
aguas son idénticas: no difieren entre sí sino por la
temperatura.
Decidí visitar la Trinchera para verificar si sus aguas eran
iguales o diferentes a las de Mariara y Onoto. Por analogía con las
observaciones hechas en Onoto y en Mariara, el agua de la Trinchera
debería salir del granito, ser sulfurosa, casi pura y mucho más
caliente, puesto que de acuerdo con las probabilidades su altitud
era inferior; vimos que estas suposiciones se realizaron y que en
efecto, en lo que le concierne a la relación de la altura de la
fuente por encima del nivel del mar, se tiene: