Fui muy amigo de Demarquet (Eloy) a quien conocí en Quito, en
donde se había casado. Bajo el imperio perteneció a los pupilos de
la guardia, un regimiento de niños, formado especialmente para la
guardia del rey de Roma; luego hizo parte del ejército activo con
el grado de subteniente y al ser licenciado pasó a América, como
muchos otros lo hicieron. En Jamaica encontró a Bolívar cuando éste
fue forzado a alejarse, después de haber sido derrotado en
Cartagena por las tropas de Morillo. Fue allí donde Bolívar reclutó
varios militares franceses que lo acompañaron cuando regresó a
Venezuela.
Demarquet fue el primer edecán de "el Libertador"; hizo todas
las guerras de la independencia desde 1816 o 1817, acompañó a
Bolívar en la campaña del Perú y antes de la muerte de éste ya
había sido retirado del servicio y se había establecido como
comerciante en Quito, Lima y el Chocó, ganando una buen renta que
le permitió establecerse con su familia en París, donde murió a
principios de 1870. Yo pronuncié una alocución junto a su tumba en
el cementerio del Pére Lachaise. Este oficial fue un hombre honrado
en toda la acepción de la palabra y en el curso de su difícil y
peligrosa carrera, tuvo que sufrir las circunstancias del medio
donde vivió; era de una alegría encantadora, lo que no excluía una
gran sensibilidad.
Un día -en el curso de una expedición contra la Provincia de
Pasto esta vendée de América meridional donde yo tuve singulares
aventuras- llegó un informe al cuartel general dando cuenta que un
soldado español de nacimiento había contado en el vivaque que había
visto desfilar una columna enemiga cuyo uniforme describía: levitas
verdes con cuello amarillo; su relato contado con gran seriedad,
impresionó a sus compañeros y se le hizo venir; se excusó afirmando
que simplemente había querido hacer una chanza, indicando el paso
de una banda de loros de plumaje verde y amarillo. El general
Bolívar dictó a Demarquet una orden al jefe del regimiento para que
el pobre diablo fuera pasado por las armas; el francés trató de
intervenir, pero el general frunció las cejas -y qué cejas- y una
lágrima cayó sobre el papel que escribía Demarquet. Bolívar
entonces golpeó el hombro de su edecán y le dijo: "muy bien
coronel, usted es un hombre sensible, pero la orden está firmada" y
media hora después el soldado era fusilado.
Como consecuencia de la ley del divorcio, Demarquet tenía dos
padres y dos madres y siempre conservó muy buenas relaciones con
los cuatro.
Después de haber arreglado mis asuntos con la legación
colombiana, le hice una visita a Berthier quien era bajito, feo, la
cara marcada como un cedazo, ojos azules y de un estiramiento
insoportable; el más désagradable de los mortales para quienes no
eran de sus simpatías y yo era uno de ellos. Me llevó a la
colección geológica de la escuela de minas, me mostró una roca y me
preguntó: "¿qué es esta piedra?" Vi que quería corcharme, como
dicen los escolares, y le contesté: "no sé" y ¿esta otra?"
-"tampoco sé"- y ¿esta otra?" -"Tampoco sé"-"¿Es así como le han
enseñado mineralogía en Saint-Etienne? Mis felicitaciones a sus
profesores". Entonces solté la risa y le nombré sus rocas y todas
las que había a mi alcance, haciéndole notar que era absurdo que
supusiera que yo no conocía los granitos, los neises, los esquistos
micáceos, etc. y se mostró fastidiado. No lo volví a ver. El tiempo
demostró que este hombrecito tenía costumbres viles y al final de
su vida tuvo un problema escabroso ante los tribunales. Era, por lo
demás, un hábil analista de mezclas de metales.
Rivero y yo estábamos muy ocupados en preparar y vigilar los
empaques de los objetos que debíamos llevar y los asuntos
relacionados con el pago de cuentas, etc., todo lo cual lo
concentrábamos en la habitación que él ocupaba en la calle de
Prouvaires, frente a la iglesia de San Eustaquio.
Rivero se vio precisado a ir a Inglaterra y me dejó a cargo de
todo el trabajo y para no perder tiempo yo dormía algunas veces en
su apartamento. Allí me sucedió un pequeño incidente desagradable:
debo contar que antes de su viaje, Rivero me había presentado al
barón de Humboldt, con quien nos encontramos casualmente en el
Pont-Neuf. El barón prometió visitarme para tratar algunos puntos
relacionados con mi viaje a Colombia: una mañana en que yo estaba
ocupado en ordenar una montaña de papeles, entró una señora todavía
atractiva, cubierta con un chal de Cachemira, quien tendría de 30 a
35 años (edad de la emancipación) y me entregó una carta que yo
debería hacer llegar a Rivero.
En esas comenzó a llorar, siguió con alarmantes sollozos, en
fin, tuvo un verdadero ataque de nervios; yo le eché agua en la
cara, le golpeé las manos, pero nada servía; en medio de esta
situación entró el señor de Humboldt quien después de saludarme con
su fina sonrisa, con un gesto me indicó discretamente que siguiera
con el tratamiento y se puso a mirar por la ventana, mirando de
cuando en cuando a la enferma, quien al fin reaccionó y me dejó,
recomendándome su carta. "Léala, no tiene nada de malo", me dijo,
lo cual hice más adelante, a pesar de que eran cuatro páginas
apasionadas. Yo supe por el administrador del hotel, que el marido
de esta dama era un rico comerciante de la calle Saint-Honoré,
vecino de Rivero. Le expliqué el incidente a Humboldt y él hizo una
mueca de duda, pero cuando le mostré la dirección escrita en el
sobre se convenció de mi inocencia y añadió maliciosamente:
"Además, si la visita hubiera sido para usted, sin duda habría
cerrado la puerta". Eso era un buen argumento.
Después de que la infortunada había salido, encontré un librito
de misa con bordes dorados que había olvidado. Seguramente cuando
venía a ver a Rivero decía que iba a misa, pero teniendo en cuenta
la proximidad de San Eustaquio, podía oír la misa ¡desde su
apartamento!.
Humboldt se interesaba vivamente en nuestra expedición: debíamos
no sólo recorrer regiones que él había visitado hacía veinte años
sino también residir allí: muchas de las observaciones hechas
debían ser completadas y ampliadas. Los progresos científicos que
se habían hecho en geología y en geografía desde su viaje
memorable, exigían una revisión cuidadosa de los terrenos sobre los
cuales había pasado muy rápidamente y de las posiciones geográficas
que no habían sido determinadas con una precisión suficiente. Puedo
afirmar que gracias a él tuvimos que ejecutar trabajos que fueron
juzgados favorablemente en toda Europa.
Humboldt quería darse cuenta de mis capacidades; hablaba mucho y
bien y yo lo escuchaba como un alumno a su maestro, y me decía que
yo poseía el "gran arte de saber escuchar". Pronto me demostró la
viva amistad que conservó por mí hasta su muerte. Me obsequió
varios instrumentos de los que se había servido en América: un
sextante de bolsillo, un horizonte artificial, una brújula de
prisma, un planisferio celeste de Flamsteed, reliquias preciosas a
las que saqué un gran partido y que dejé a mi amigo, el infortunado
coronel Hall.
El barón hizo aún más por mí; se empeñó en enseñarme el uso de
estos instrumentos e hicimos una cita para vernos con ese objeto.
El vivía sobre el quai Napoleón, en un apartamento del quinto piso,
más o menos frente a la Monnaie.
Humboldt tenía entonces cincuenta y cinco años, estatura
mediana, cabellos blancos, mirada indefinible, fisonomía vivaz,
espiritual, marcada de huellas de viruela, enfermedad que había
contraído en Cartagena de Indias. Su brazo derecho estaba
paralizado a consecuencia de un reumatismo adquirido por dormir
sobre hojas húmedas en los bosques del Orinoco. Cuando quería
escribir o saludar con su mano derecha, levantaba con la izquierda
el antebebrazo enfermo a la altura que fuera necesario. Usaba
vestidos de la época del Directorio: levita azul, botones y chaleco
amarillos, pantalón en material rayado, corbata blanca, sombrero
negro y botas de revés, las únicas que se reían en París en
1822.
Cuando fui a visitarlo pensé que encontraría al chambelán del
rey de Prusia en un espléndido apartamento y mi sorpresa fue grande
al entrar a donde el célebre viajero: una pequeña habitación, una
cama sin cortina y en su despacho cuatro sillas de paja y una gran
mesa de pino sobre la cual escribía y que estaba llena de cálculos
numéricos y de logaritmos. Cuando la superficie de la mesa quedaba
colmada de cifras, hacía venir a un carpintero para que la
cepillara. Muy pocos libros: las Tablas de Callet y el Conocimiento
de los Tiempos.
Comía en "Los hermanos provensales"; por la mañana siempre
pasaba unas dos horas en el café de Foy donde se dormía después de
haber almorzado.
Nuestros ejercicios de sextante comenzaron tan pronto llegué:
medimos el ángulo entre la hecha de los Inválidos y el pararayos de
la iglesia de Saint Sulpice; también tomábamos la altura del sol;
nada se omitió en mi instrucción práctica: medios de verificación,
para constatar errores de colimación; escribíamos todos los
cálculos sobre la madera de la famosa mesa, de tal suerte que
pronto me familiaricé con el uso del sextante y del horizonte
artificial.
Ese era Humboldt antes de mi viaje y así lo encontré a mi
regreso de América; ya hablaré más de él a su debido tiempo. En ese
entonces se ocupaba en terminar su obra interminable y proyectaba
radicarse en México, para trabajar con la colaboración de algunos
jóvenes, de quienes yo haría parte. Este proyecto no se realizó
debido a las revoluciones y estoy seguro de que aun sin éstas, el
barón no habría podido vivir siempre en ese país en donde habría
muerto de aburrimiento a pesar de su amor por la ciencia.
El sabio alemán estaba unido en estrecha amistad con GayLussac
y Arago a quien vi con frecuencia reunidos, estando yo presente. Su
unión era conmovedora a pesar de sus opiniones diferentes sobre
muchos asuntos. Se tuteaban como en la época de su juventud y uno
de los mejores recuerdos de mi existencia es el de haber sido
apreciado por estos espíritus eminentes.
Humboldt y Gay-Lussac habían visitado el Vesubio en 1804 en
compañía de Bolívar; cuando Arago regresó a España de la medición
de un arco del meridiano terrestre, con peligro de su vida, se
completó el triunvirato y comenzó la amistad de esos hombres
ilustres, la cual duró mientras vivieron.
Fui a Londres a encontrar a Rivero para tratar con la legación
colombiana lo referente al barco que debía llevarnos a América. Se
convino en que la expedición se embarcaría en Bélgica o en Holanda
para escapar de la vigilancia de la policía francesa, dado que el
gobierno de Luis XVIII era hostil a los estados insurrectos.
Al regreso a París apresuré la entrega de los instrumentos que
habíamos pedido: 2 barómetros de Fortin, 2 bellos cronómetros de
Breguet que el coronel de ingenieros Lanz había solicitado para las
operaciones relativas al mapa de la república que se iba a iniciar
bajo su dirección.
Los miembros más ilustres de la Academia de Ciencias: de
Laplace, Arago, Poisson, Biot, Humboldt, se interesaban en un
importante asunto de la física del globo, el cual fui encargado de
resolver. Se trataba de determinar la altura exacta del barómetro
bajo el ecuador "al nivel del mar". Sin duda ya se habían hecho
observaciones en esa situación, por ejemplo los académicos en su
viaje al Perú en 1795, Humboldt al principio del siglo y varios
navegantes habían llevado barómetros a la zona equinoxial, pero sus
instrumentos no habían sido previamente comparados con aquellos de
un observatorio cuya altura sobre el nivel del mar fuera conocida
rigurosamente y ésta era una condición esencial.
Para saber si en el ecuador, al nivel del mar, el mercurio se
mantenía en el barómetro a la misma altura que en nuestras
latitudes, era necesario que el viajero llevara un instrumento
perfectamente calibrado al hacer sus observaciones bajo la línea
equinoxial. Humboldt me recogió para hacer las comparaciones de mis
dos barómetros Fortin con el de observatorio; Arago debía
esperarnos allá.
Iba pues, a conocer al célebre astrónomo: él estaba entonces en
toda la fuerza de la juventud, magnífica prestancia, un rostro
agradable a pesar de sus enormes cejas negras; Mathieu su cuñado,
se encontraba con él; Arago bromeó primero con Humboldt, mientras
montaba los barómetros Fortin junto al barómetro patrón y dejamos
que los instrumentos se equilibraran en temperatura, lo que demandó
un tiempo bastante largo; se procedió luego a la comparación cuando
los termómetros de los tres instrumentos indicaron el mismo grado
de calor.
Antes de llevar a cabo las observaciones Arago me pidió leer la
altura del mercurio en el barómetro. No sé por qué razón Fortin
colocaba el 0 del nonio (vernier) móvil en el centro de una
división en 30 partes, pero sin mostrar uno de manera que al leer
la fracción de milímetros en 30 partes, de acuerdo con dos rayas
coincidentes, el de la división de la montura en cobre y el del
nonio, se cometía un error. El sabio creyó que yo iba a dar una
falsa estimación de la fracción, pero como había estado en la
escuela de Saint-Etienne a cargo de las observaciones barométricas
con un barómetro de Fortin, conocía el truco del nonio, con gran
sorpresa del astrónomo.
Recuerdo que Arago grabó con un cincel, tan bien como lo habría
hecho un hábil grabador, los números I y II sobre el cobre que
servía de base a nuestros instrumentos. El resultado de la
comparación fue que el barómetro número I indicaba una altura de
mercurio igual a la del patrón; la del número II mostraba una
pequeña diferencia; los termómetros estaban perfectamente de
acuerdo con los del observatorio.
A pesar de mi éxito con el nonio, el señor Arago no estaba muy
seguro sobre la manera como cumpliría mi misión; esto lo supe doce
años más tarde por Humboldt, quien se anotó un triunfo cuando,
menos de tres meses después de mi salida, envié desde La Guayra una
magnífica serie de observaciones barométricas que Arago se apresuró
a informar a la Academia de Ciencias, con grandes elogios, para el
joven viajero.
Arago me presentó a su mujer mientras yo estaba en el
Observatorio; "descendiente de Boileau" dijo de Humboldt y yo, a
pesar de mi timidez, no pude evitar de hacer notar que yo descendía
del vendedor de vinos de quien habla la sátira del gran
escritor.
"Boussingault no tiene iguales"
en cuya fonda Boileau se embriagaba algunas veces en compañía de
Moliére y de Racine.
-"Yo no le conocía ese defecto a mi tatarabuelo", dijo la señora
Arago.
-"Pero es historia", dijo Humboldt.
La señora Arago era notablemente bella y ese día tenía un brazo
muy hinchado debido a la picadura de un insecto.
Humboldt era infatigable: para serme útil redactó una
"instrucción" la que me fue muy útil. Quería de todas maneras que
yo llevase una pequeña colección de rocas traquíticas de Hungría,
para lo cual fue donde Beudant, curador de la colección del conde
de Bournon, tomó algunas muestras y pasó de inmediato a donde un
carpintero y ordenó una caja en donde cupiesen; a las 10 de la
mañana yo ya las tenía.
También me dio una carta de recomendación para el general
Bolívar, en la cual me convertía en un personaje importante,
exageración dictada por sus buenos sentimientos. La carta comenzaba
así: "Al dirigirme al Primer Magistrado de una República de la cual
usted es fundador"... seguían los elogios. A mi hermana le
dejé copia de esta carta, la que se perdió con gran tristeza de mi
parte. En cuanto al original pude entregarlo al general Bolívar con
mucho retraso, por motivo de guerra. Este me reprochó mi
negligencia y me nombró inmediatamente en una posición importante:
director de una escuela militar, lo que no acepté, no por modestia
sino por el convencimiento que tenía de no tener capacidades para
asumir ese cargo. Sin embargo, mi rechazo no fue directo, pues para
formularlo esperé los acontecimientos, porque nunca hay que decir
"no" a secas a los poderosos de la tierra.
He olvidado decir que mientras estábamos en el Observatorio,
Humboldt había hecho un regalo a la expedición: dos barómetros
portátiles construidos en Ginebra con la forma y apariencia de
bastones con su empuñadura. Arago sostenía que no era muy buena
idea la de disfrazar de bastón un instrumento tan delicado y frágil
y para probarlo contó que el célebre físico inglés Leslie, de viaje
por Francia, pasó una noche en Macon; al día siguiente, tomó el
vapor que iba a Lyon y en el momento de partir se dio cuenta que
habla olvidado su barómetro-bastón en el hotel y fue grande su
temor cuando vio que por el muelle corría un muchacho que gritaba;
"Señor, olvidó su bastón, agárrelo". Leslie le suplicaba por medio
de señales que no lo lanzara. "No tema, jamás fallo, agarre"
contestó el niño tirando el bastón que cayó a los pies del físico y
el barómetro se rompió.
Después de haber sido escogidos los miembros de la expedición,
las cajas con los instrumentos fueron enviadas a Amberes, en donde
nos debíamos embarcar.
Al regresar Rivero de Inglaterra, ofrecimos una comida de
despedida en Véry a varios sabios, cuyos nombres no he olvidado:
Rivero, Roulin, Bourdon, Goudot, todos ellos miembros de la
expedición; invitados: de Humboldt, Alexander Brongniart, Adolfo
Brongniart, Audouin y Bory Saint-Vicent.
La reunión fue interesante y nos dimos cuenta de que Humboldt no
tenía sus botas dobladas sino medias de seda y llevaba sombrero
nuevo.
Todo estaba listo para la expedición: los instrumentos de
física, el laboratorio y la biblioteca deberían ser embarcados en
Burdeos con destino a Cartagena; yo debía llevar conmigo los
instrumentos necesarios para efectuar observaciones durante nuestro
viaje desde la costa, donde desembarcaríamos, hasta Santa Fe de
Bogotá, ciudad escogida para fundar allí un establecimiento
científico.
El 3 de agosto de 1822 abracé a mis padres, a mi hermano menor y
les dije que iba a Bélgica, lo que era cierto y que volvería a
verlos antes de embarcarme, lo que no lo era. Como yo viajaba
frecuentemente, mi familia no tuvo ninguna sospecha. Especial y
efusivamente abracé a mi hermano menor Cadet (Nicolás) muchacho
alegre, jovial, con su bella cabellera crespa, sus grandes ojos
azules, sus labios rojos, pobre niño a quien debía volver a ver
enfermo y moribundo; triste día aquel cuando deposité un último
beso sobre su frente helada por la muerte.
Por la tarde tomé la diligencia de Lille; la cita era en
Amberes. Iba conmigo un ex-clérigo Scarpeta, personaje bastante
inmoral, de la orden de los Franciscanos de Quito, que era
repatriado a América de donde había sido llevado prisionero por los
españoles. Después de haberme demorado en Lille, en Gante y haber
tenido tropiezos desagradables en la aduana de Menin, llegué a
Amberes el 6 de agosto y encontré a Rivero en el hotel de Brabante.
Sucesivamente llegaron los naturalistas: el doctor Roulin, su mujer
y un niño, Luis, quien murió muy joven siendo ya un pintor
conocido; el doctor B... antiguo cirujano militar, entomólogo,
quien tenía la manía del robo; terminó por amasar una gran fortuna
especulando y robando; Goudot, botánico y preparador de historia
natural, muy original y hábil, apasionado por las plantas; reunió
extraordinarias colecciones y era un poeta a quien las bellezas de
la naturaleza producían una viva impresión que describía bellamente
en sus cartas, pero que era incapaz de expresarlo en palabras.
El barco que debía llevarnos no había aparecido todavía y pasé
seis o siete semanas en Amberes, sin mucha ocupación, siguiendo el
funcionamiento de los dos cronómetros de Breguet; el doctor Roulin
cayó con fiebre durante este intervalo.
***
Al fin el "New York", bello bergantín americano, entró en puerto
y nos embarcamos el 22 de septiembre de 1821. Bajamos el Escaut,
después de haber levado anda a las 9 de la mañana; nos seguía otro
bergantín que llevaba el material de guerra y a las 4 de la tarde
anclamos a la altura y a la vista de Flessingue.
El 23 se apagaron todos los fuegos a bordo y se procedió a
cargar la pólvora; al día siguiente nos alejamos lentamente de
Flessingue, debido a un viento contrario, pero siempre escoltados
por el bergantín que nos seguía y el 2 de octubre, ya a buena
distancia de la costa recibimos de éste 18 cañones y algunas
armas.
Una vez efectuado el trasbordo, el capitán Maitland rodeado de
su estado mayor, apareció sobre el puente. Nos hallábamos
uniformados ya un silbato de un oficial la bandera de la Unión
(Estados Unidos) fue reemplazada por el pabellón colombiano de
colores amarillo, azul y rojo y nosotros, empujando nuestras
espadas, gritamos tres veces: "¡viva la República!" Yo apenas tenía
20 años y gritaba muy fuerte.
El mar estaba muy picado y a pesar de un viento ESE, el 3 de
octubre nos encontrábamos frente a Dover, en donde embarcamos
víveres, algún suplemento de equipajes y una bonita judía, la
señora Maitland. Entonces teníamos a más de 100 hombres a bordo, de
los cuales casi todos habían servido en Grecia bajo las órdenes del
almirante Cochrane y eran audaces marinos, bastante
indisciplinados.
El tiempo empeoró de tal forma que no obstante nuestra situación
equívoca, tuvimos que buscar un puerto. No fue posible entrar a
Plymouth, de manera que seguimos a Portsmouth; al fin, anclamos
frente a la isla de Wight. La tempestad era espantosa y no se podía
pensar en mantenerse en el mar, así que nos consideramos felices de
hallarnos al abrigo de un puerto.
El 9 de octubre, cuando todo estaba preparado para castigar a
dos desertores que los oficiales habían alcanzado en una calle de
Portsmouth, la tripulación se rebeló. La actitud del estado mayor y
de los pasajeros hizo reflexionar a los marineros; las
conversaciones dieron como resultado que la tripulación fuera
devuelta a tierra, por no querer ser considerada como perteneciente
a un barco de guerra. Al día siguiente llegó una nueva tripulación
reclutada en Portsmouth.
Solamente pudimos salir de la isla de Wight el 14, con un viento
NE muy violento. Tuvimos mucho trabajo para dejar el estrecho; el
mar estaba espantoso y las olas barrían el puente sin descanso; en
la noche del 19 poco faltó para chocarnos contra la costa, cerca
del cabo Lizard, cuyos faros no habíamos visto. Cuando oímos el
grito "¡tierra!" estábamos tomando el té y todas las tazas cayeron
de las manos; era menester amarrarse para poder permanecer de pie,
así eran las sacudidas; el cabeceo era tan fuerte que todos los
pasajeros, algunos marinos y yo especialmente, nos mareamos. El 20
de octubre vimos un barco que hacía toda clase de esfuerzos para
alcanzarnos; se le disparó una andanada y se nos distribuyeron
sables de abordaje; cuando tuve el mío, desapareció súbitamente el
mareo que me atormentaba. El barco enemigo era español y dejó de
avanzar cuando se dio cuenta de que estábamos armados. Quisimos
perseguirlo, pero el estado del mar no lo permitió; cuando el
peligro pasó, mi mareo retornó más fuerte que nunca.
A partir del 27 de octubre el tiempo fue favorable; pusimos
rumbo ESO y pudimos dormir. El mar tenía un color azul añil y
fuimos escoltados por magnificas doradas. Por la noche yo admiraba
las fosforescencias producidas por la estela del navío.
La calma se aprovechó para ejercitar a nuestros marinos en el
tiro de cañón. Una bandada de peces voladores cayó sobre el puente,
lo que nos deparó una buena cantidad de comida. Los marineros
pescaron un enorme tiburón que nos seguía hacía 2 o 3 días y la
tripulación se dio un banquete, a mí me pareció desagradable esa
carne, probablemente por algún prejuicio.
El 5 de noviembre cortamos el trópico; Neptuno nos bautizó
haciendo grandes muecas; los marineros estaban ebrios y hubo riñas;
luego, una magnífica escena de boxeo que se convirtió en un
espectáculo.
Pasamos frente a Madera, Tobago y La Barbidos, (sic) por un
momento temimos encontrar un barco español; cargamos los cañones y
distribuimos las armas; sin embargo no pasó nada en esos parajes.
Pasados algunos días, el "Patriota" -éste era el nombre de nuestro
bergantín- iba a cubrirse de gloria, al divisar una bella fragata
enemiga, la "María Francisca"; comenzó el cañoneo y un marinero que
se encontraba cerca del cabrestante, perdió una pierna; los
aparatos de cirugía estaban listos en el salón. En el curso de la
batalla nos costó un trabajo tremendo impedir que las señoras
Roulín y Maitland subieran al puente, desde donde "querían ver".
Felizmente la "María Francisca" bajó el pabellón y el "Patriota"
llevó su presa a Puerto Cabello. Nada tan curioso como oír enumerar
a los marinos ingleses, el botín que le correspondía a cada
uno.
El 21 de noviembre pudimos divisar tierra firme formada por la
cadena del litoral de Venezuela; veíamos los desfiladeros paralelos
cubiertos de vegetación que se abrían hacia el mar. Se destacaba la
"Silla de Caracas" como el punto más elevado de la cadena
costanera.
A las 4 de la tarde anclamos en el puerto de La Guayra, y
desembarcamos el 22 de noviembre después de dos meses de
navegación.
Curioso espectáculo el que se presentó a mis ojos: ¡todo era
nuevo para mí! Las plantas que apenas había divisado en las tierras
cálidas, las plantaciones de café, de cacao y los campos de añil;
no encontré sino una cosa conocida: ¡las rocas! Eran el granito, el
neis y el esquisto micáceo que yo había visto ya en las montañas
del Forez. Los naturalistas debían embarcarse para llegar con sus
colecciones a la desembocadura del Río Grande de la Magdalena, el
cual deberían remontar hasta Honda y seguir luego por tierra hasta
Santa Fe de Bogotá, capital de Colombia. El señor de Rivero y yo
debíamos llegar al mismo destino, pero siguiendo toda la Cordillera
Oriental, viaje que nos tomaría de 2 a 3 meses.
Los marinos del "Patriota", después de algunos días de descanso
en el puerto, izaron velas para perseguir los barcos españoles.
Habíamos vivido en buena camaradería durante la travesía,
especialmente después de la llegada del buen tiempo porque al
principio del viaje estábamos "bajo agua", inundados y acostados
cuando podíamos estarlo. Cuando divisamos a Madera los oficiales
tuvieron tiempo disponible y los pasajeros algo de
tranquilidad.
El capitán Maitland, un hombrecillo horroroso y amable, había
estado anteriormente al servicio de la Compañía de Indias; tengo
mis sospechas de que era israelita. La bonita judía que hizo
embarcar en Plymouth no era su esposa legítima, aun cuando ella lo
pretendiera y un día quisiera mostrarme su certificado matrimonial;
era una mujer bastante ordinaria.
Los tenientes eran oficiales de gran actividad, pero sus
conocimientos astronómicos a duras penas les servían para tomar la
altura del sol. En los barcos de guerra ingleses hay un "master"
-grado inferior al de teniente- encargado de los cálculos y de lo
relacionado con la marcha del navío. Los marinos estaban
sorprendidos de verme observar las estrellas con la misma facilidad
que un "master" y hacer los cálculos necesarios con una pequeña
tabla de logaritmos.
Con tristeza supe que poco después de haber regresado al mar, el
capitán Maitland había sido muerto en una riña y que el "master"
Andreas se había ahogado en Curazao.
La sociedad que frecuentábamos en La Guayra era increíblemente
mezclada: franceses que sirvieron en la marina bajo el imperio,
convertidos en corsarios colombianos y algunos oficiales que venían
de Texas del champs-d'Asile.
Nos hospedarnos en un hotel manejado por un americano del norte
y en una de sus vastas habitaciones sin ventanas instalé mi
barómetro; la casa, de estilo morisco, tenía una galería interior
sobre la que se abrían los cuartos y así se podían tener los
instrumentos al abrigo del sol.
El 22 de noviembre de 1822 comenzamos una serie de observaciones
barométricas horarias, las cuales continuaron hasta el 30 de
diciembre.
De acuerdo con una medida trigonométrica, los barómetros se
encontraban a 11,5 metros por encima del nivel del océano y la
estación había sido muy bien escogida, teniendo en cuenta que en La
Guayra las mareas son insensibles.
De antemano yo había comparado uno con otro los dos barómetros.
La diferencia entre las alturas de la columna de mercurio en los
dos instrumentos fue exactamente la misma encontrada en el
Observatorio de París, lo que establecía que no había sucedido
ningún daño durante el viaje. Así que, a pesar de una navegación
larga y penosa, de las tempestades y de un combate naval, nuestros
elementos de trabajo habían llegado sin accidente. Es cierto que
los habíamos instalado perfectamente a bordo, sólidamente amarrados
a uno de los montantes de nuestro camarote, en posición vertical y
nadie entraba a éste durante nuestra ausencia.
El resultado de las observaciones hechas en La Guayra llevadas a
nivel del mar, fue que el mercurio en el barómetro se sostenía a
760,3 milímetros con una temperatura de 27 grados. En una memoria
di la altura del mercurio suponiéndola de 0º.
La Guayra es la base de una cadena de montañas formadas de
granito, de neis y de esquisto micáceo en dirección E a O. La
ciudad, construida en anfiteatro, ocupa un espacio tan angosto que
parece adosada a un muro. Está dominada por la batería del Cerro
Colorado y defendida del lado del mar por fortificaciones bien
dispuestas. La playa, bastante extensa cuando uno se dirige al
occidente, hacia el Cabo Blanco, está cubierta por bloques de rocas
graníticas y por un esquisto parcialmente cubierto de gravas, que
se encuentran en cantidad considerable, mezcladas con circones, con
hierro, con titanio, en las arenas provenientes de la desagregación
de los cantos producida por el movimiento incesante que les
imprimen las olas.
La temperatura de La Guayra nos incomodaba mucho, en la sombra
rara vez llegaba a más de 28º, pero al sol era fatigante
moverse.
Hice varias excursiones a pie para estudiar el terreno. Un día
marchaba solo hacia el oeste para llegar al pueblo de Maiquetía;
iba por una llanura árida cuando me di cuenta de que me seguía un
animal del tamaño de un burrito y que parecía tener intenciones
hostiles. Yo no tenía sino un martillo por toda arma, regresé hacia
La Guayra a buen paso y el animal de inmediato aceleró su marcha;
corrí y él también corrió, entré en el mar y la maldita bestia
seguía por la playa; al fin me desembaracé de él cuando llegué a un
matorral de cactus; cuando desapareció me sentí muy satisfecho. Al
contar el incidente, las gentes de la región me aseguraron que mi
animal debía ser un sauro, especie de zorro y que había hecho bien
en no matarlo, ya que su carne no era buena. Nunca pensé hacerlo,
porque confieso que había tenido un miedo tremendo, pues todavía no
estaba acostumbrado a encontrarme con bestias feroces.
La Guayra en ese entonces no era sino un montón de minas
ocasionadas por el gran temblor de tierra de 1812. Dejamos esta
ciudad el 7 de diciembre para seguir a Caracas.
Fue un viaje muy pintoresco e interesante desde el punto de
vista de la geología. El camino trazado para mulas es tan peligroso
que decidimos hacerlo a pie. En línea recta la distancia es muy
corta, pero debido a los rodeos y a las fuertes pendientes,
necesitamos toda una jornada para pasar la montaña. Habiendo salido
a las 8 de la mañana, a la 1:30 llegamos a la "Venta Grande"
después de haber abierto el barómetro en las estaciones de
"Conocouli" y del "Salto de la Venta"; a una altura de 1.260 metros
se alcanza a ver el mar. A las 3:30 llegamos a la Cumba, el punto
más elevado con 1.435 metros La Cuchilla, fortín un poco más
elevado, se halla a 1.482 metros. A las 7 de la noche llegamos a
Caracas.
En este momento me he convertido en un habitante de la América
meridional.
Lejos de mí la idea de publicar el diario de una larga
residencia. Me limitaré a describir las observaciones recogidas en
el curso de excursiones frecuentes y contar algunos acontecimientos
surgidos durante la guerra de la Independencia.
A estos relatos les doy el título de: "La Vida en las
Cordilleras", esas montañas donde pasaron los más bellos años de mi
juventud.