INDICE





LAS MEMORIAS DE UN NATURALISTA Y CIENTÍFICO QUE CEDIÓ A LA TENTACIÓN DE SER OBSERVADOR Y CRÍTICO SOCIAL

INTRODUCCIÓN

TOMO I

CAPÍTULO I
Mi formación — La Revolución francesa — Napoleón — El espanto de la guerra — Humboldt — Preparativos de viaje.

CAPÍTULO II
Caracas — Los temblores de tierra — Ascención a la silla.

CAPÍTULO III
Valle de Aragua — Lago Tacarigua — Morro de San Juan — Sitio de Puerto cabello— El general Páez— El árbol de la vaca— Aguas termales de la cadena del litoral.

CAPÍTULO IV
Cordillera Oriental de los Andes — Su constitución geológica —Nivelación barométrica — Efectos del temblor de tierra de 1812, observados en diferentes localidades — Sierra Nevada de Mérida —Lago Urao— Pamplona, sus minas de oro— Hierro meteórico de Santa Rosa.

CAPÍTULO V
Explanada de Bogotá — Nación Muisca — Su conquista - Guerras de la Independencia — Descripción de la meseta.

CAPÍTULO VI
Las primeras luchas por la Independencia — Bolívar.

CAPÍTULO VII
Meseta de Bogotá — Constitución geológica — Sal gema — Salinas —Carbón — Minas de esmeraldas.

CAPÍTULO VIII
Bogotá — Situación — Clima — Costumbres — Aventuras — Excursiones por los alrededores.

CAPÍTULO IX
Excursión para determinar los límites del terreno al sur de Bogotá —   Valle del Magdalena entre honda e Ibagué — Observaciones sobre el aumento de la intensidad del sonido durante la noche — Puente natural de Pandi o Icononzo.

TOMO II

CAPÍTULO X
Jugo venenoso del ajuapar— Accidentes que sucedieron mientras analizábamos esa materia — El comandante don Juan con nodriza — Irradiación nocturna en Bogotá.

CAPÍTULO XI
Algunos de mis conocidos en Bogotá — El Libertador Bolívar —Personajes — Sucesos.

CAPÍTULO XII
El Salto de Tequendama — Historia de Manuelita Sáenz.

CAPÍTULO XIII
Expedición de 1824— En los llanos del Meta.

CAPÍTULO XIV
Cordillera Central y Cordillera Oriental— Valle del Cauca— Minas de oro de La Vega de Supía - Provincia de Antioquia.

CAPÍTULO XV
Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

CAPÍTULO XVI
Viaje a la región aurífera y platinífera del Chocó.

CAPÍTULO XVII
Viaje al Ecuador— Estudios sobre la región volcánica.

CAPÍTULO XVIII
Ascensión al volcán del Puracé.

CAPÍTULO XIX
Viaje de Popayán a Pasto — Estancia en Pasto.

CAPÍTULO XX
Viaje de Pasto a Quito.

CAPÍTULO XXI
Ecuador.

CAPÍTULO XXII
Ascensión al volcán de Pichincha.

CAPÍTULO XXIII
Ascensión al Antisana.

CAPÍTULO XXIV
Tertulias y puros.

CAPÍTULO XXV
Ascensión al Chimborazo (1831).

CORRESPONDENCIA 1818-1826
Correspondencia I-X
Correspondencia XI-XVI
Correspondencia XVII-XXII
Correspondencia XXIII-XXIX
Correspondencia XXX-XL
Correspondencia XLI- LI
Correspondencia LII-LXII
Correspondencia LXIII- LXXIII
Correspondencia LXXIV - LXXXI
Correspondencia LXXXII - CII
Correspondencia CIII - CXXIX

Mi padre me decía frecuentemente que en su juventud no había conocido sino la miseria; así tenía que ser puesto que la familia se componía de catorce hijos. Mi abuelo era un hombre instruido, de costumbres severas y respetado de todos a pesar de su pobreza. Se había casado dos veces: la última con una señorita Boiron, hermana de un financista, quien por haberse opuesto a este matrimonio, nunca socorrió a mi abuela. Algunos de los catorce niños fueron educados por un hermano de mi abuelo, quien también ocupaba un empleo en las haciendas del rey y cuya historia es suficientemente singular para ser contada.

Había en un seminario de Picardía una beca establecida a perpetuidad a favor de un miembro de nuestra familia. En efecto, varios jóvenes ingresaron a las órdenes: uno de ellos y el más notable de todos, fue el reverendo padre Boussingault, religioso de la Orden de la Santa Cruz, quien publicó un itinerario muy interesante de su viaje a Flandes. Es una obra escrita con talento, de la cual poseo un ejemplar, en donde se lee una descripción muy curiosa de la ciudad de París. El reverendo padre había nacido en esta ciudad, puesto que se da el tratamiento de parisiense.

Mi tío abuelo era becario del seminario. Había terminado sus estudios y al punto de ser ordenado sacerdote, vino a pasar algunos días en Hesdin. Por esta visita se habían reunido a comer la familia y los amigos. Se esperaba la llegada del seminarista para pasar a la mesa, cuando se oyó el ruido de un sable que se arrastraba y vieron entrar un soldado de caballería: el seminarista se había alistado y su padre le dijo con una voz firme: “hijo mío, prefiero verte hecho un buen soldado que un mal sacerdote”, y se procedió a comer alegremente. Fue el único reproche que se le hizo. Mi tío abuelo, el soldado de caballería, estuvo en dos campañas bajo el mariscal de Saxe y llegó a suboficial, único grado que podía ambicionar en ese entonces un hombre, por instruido que fuera, cuando no pertenecía a la nobleza. El buen tío era poeta y por consiguiente, un poquito loco; muy apreciado por sus jefes como se puede ver en una biografía en donde se dice que publicó un poema sobre las victorias del mariscal de Saxe, poema que se menciona en el “Annuaire Litteraire” de 1756. Yo hice lo posible, sin éxito, para conseguir esta obra.

Comprendo que el autor le tuviera cariño al cariscal de Saxe, quien probablemente le salvó la vida en las siguientes circunstancias:
Ya he dicho que el poeta era algo alocado. Un día la compañía en la cual servía en su calidad de suboficial, llegó a Cambrai, hizo alto en la plaza de la catedral a la espera de que se le suministraran las raciones para los hombres y los caballos. El pueblo se había amontonado, como sucede siempre a la llegada de un cuerpo de tropa, pero de víveres y de forraje no se hablaba. Fue entonces cuando mi tío llevó su caballo a la entrada de la iglesia para hacerlo beber en la pila de agua bendita. Cocotte se la tomó toda y se levantó entonces un rumor general: el pueblo habría masacrado al imprudente suboficial si la tropa no hubiese tomado las armas. Fue un problema muy desagradable, un acto de herejía flagrante y si el mariscal, quien era herético, no hubiera intervenido, la jurisdicción eclesiástica, probablemente, habría ordenado quemar al tío, ya que por menos muchos otros fueron quemados.

Después de haber hecho varias campañas, el tío obtuvo por recomendación del mariscal un empleo bastante importante en las haciendas del rey en Oudenarde, a donde llevó consigo dos de sus sobrinas. Una de ellas fue la tía Duhamel quien me contó por lo menos trescientas veces este episodio, sin la menor variación.

Es fácil de entender que para mi abuelo fuera difícil dar una educación aceptable a sus numerosos hijos. Los niños iban a la escuela de los Hermanos de grandes sombreros, donde se aprendía a leer, escribir y calcular; mi padre no tuvo ninguna otra educación. En cuanto a sus otros dos hermanos, el uno se alistó en la artillería de marina y murió en un duelo en Guadalupe, donde servía en calidad de suboficial; el otro, Luis, más joven, tenía un cierto gusto literario y trabajaba en una notaría. En cuanto a las niñas, tres o cuatro de ellas aprendieron a escribir a medias, con la excepción de la mayor, Mariana, quien estudió en un convento y pasó a Inglaterra como institutriz; nunca volvimos a oír hablar de ella.

Mi abuelo murió poco tiempo antes de la revolución y toda esta desafortunada familia se dispersó. Varios hermanos se volvieron a encontrar, por casualidad, en París, algunos años después; mi padre vino por primera vez a esta ciudad para ocupar un empleo en la oficina de recaudos; su nombramiento, el cual yo tuve en las manos, estaba firmado por Lavoisier, en su calidad de administrador general de las haciendas del rey. El mismo día en que mi padre llegó a París, el pueblo quemó todas las oficinas de recaudación.

En el peor instante de la revolución mi padre se encontraba en el ejército en Valenciennes, bombardeada en ese momento por los austriacos; allí se encontró con su hermano Luis, quien tendría de 16 a 18 años y que había sido obligado por una triste circunstancia, a dejar París.

Cuando Luis salió de Amiens había entrado como aprendiz donde un notario de la capital y vivía donde su hermana, la señora Bertaud; una noche, le sacaron de su portafolio unos valores que había cobrado para su patrón y no se atrevió a regresar al trabajo; después de haber escrito para explicar su desventura, partió hacia el Norte en donde se encontró con mi padre. El señor Dubois Aymé director de aduana de Valenciennes, cuya familia hacía tiempo que era amiga de la nuestra, le dio una posición en sus oficinas. Más tarde emigró y sirvió en la caballería de Enghien, en el ejército de Condé.

En cuanto a mi padre, ayudado por la revolución, se encontró un día como director de los hospitales militares dc Sambre-et-Meuse y como tal servía bajo las órdenes de Hoche y de Marceau; se halló en la retirada de Jourdan, en donde fue gravemente herido por un sablazo que casi le cercena las manos y fue evacuado a Wetzlar. En esta ciudad conoció a mi madre, hija del burgomaestre señor Münch; se hizo amigo íntimo de esta familia y pidió y obtuvo la mano de la hija, señorita Elisabeth.

Mi padre era un hombre notoriamente hermoso, de tez muy fresca, ojos azules, muy fuerte y con cabellos negros, muy gracioso y de maneras cultas que no eran raras en la pequeña burguesía anterior a la revolución. La rudeza y el desenfado de las costumbres del 93 no habían llegado aún. Agrego que mi padre no hablaba ni una palabra de alemán y mi madre, ni una palabra de francés en ese momento. Se debieron prendar de sus cualidades exteriores; no me explico, de otra manera, su matrimonio.

Tan pronto como mi padre se repuso de sus heridas, los esposos fueron a París en época de invierno; el viaje de ocho días, lo que necesitaba la diligencia para ir de Frankfurt a París, estuvo lleno de penalidades. En París, como ya lo he contado, mi padre obtuvo el empleo de almacenista de los cuarteles de la primera división militar; mi madre me contó muchas veces lo que había sufrido en este cambio de posición.

El tren de vida que mi madre llevaba en Wetzlar donde tenía coches, sirvientes, etc., fue sucedido por una escasez, rayana en la miseria. Los sueldos no se pagaban con puntualidad, ni se comía convenientemente y fue una fortuna para él que tan pronto hubo llegado a París, pudiera invertir los 10 o 15.000 francos que le restaban de su pasado esplendor, en la adquisición de una casa cuya renta era escasamente suficiente para existir. Esta situación debía ser más penosa para mi madre, en cuyo país su familia gozaba de una situación desahogada que era común en la burguesía alemana de las pequeñas ciudades. Su padre era campesino propietario de viñedos y había muerto hacia algunos años; es probable que si hubiese vivido, el matrimonio no habría tenido lugar.

En cuanto a la fortuna del viejo Münch podía haber sido de 180.000 francos, lo que era bastante importante en esta época. Mi abuela Münch nos enviaba, cada año, algunas joyas para Pascua pero infortunadamente la guerra terminó con las relaciones de la familia.

Nunca supe cómo después de la muerte de mi abuelo Boussingault, varios de los hijos encontraron a mi padre en París. Mi tía Colombe vivía con nosotros antes de mi nacimiento; mi madre la describía como la mayor perezosa que se pudiera imaginar, pues gastaba todo el día en leer novelas. Ella se había casado con un natural de Wetzlar, el señor Luther, quien después de haber desertado del ejército prusiano sirvió en Francia en el batallón de cazadores, de donde se retiró por haber recibido un lanzazo en la garganta; era un hombre alto, delgado, callado, sobrio, y extremadamente laborioso; era sastre y en mis primeros recuerdos lo veo trepado sobre su mostrador confeccionando uniformes militares. Mi tía Colombe, para ese entonces había cambiado completamente: trabajaba de sol a sol y a pesar de que este matrimonio trabajó sin descanso, permaneció toda su vida en la pobreza; tuvieron dos hijos, mis primas Teresa y Juanita, que les ayudaban en sus quehaceres; ambas fueron exageradamente religiosas y llenaron de amargura los últimos días de su padre por la insistencia con que trataron de hacerlo adoptar la religión católica, pero el señor Luther era un celoso protestante, tanto que ya viejo y casi ciego y cuando le era difícil trabajar, venía con frecuencia donde mi madre a llorar a causa de los sufrimientos que sus hijas le causaban. Después de su muerte a la que pronto sucedió la de su esposa, Juanita, la menor entró a un convento y Teresa vivió de una pequeña renta que provenía de una herencia.

Otra hermana de mi padre que conocí en mi infancia porque pasaba la mayor parte de su tiempo en mi casa, fue la tía Duhamel, viuda de un militar con quien se había casado no sé cómo; al estallar la revolución su marido era sargento en el regimiento de la reina. En 1792 era capitán en el regimiento de cazadores de infantería y en una batalla que tuvo lugar en las afueras de Lille recibió una bala en una rodilla; lo estaban curando en una ambulancia cuando la artillería enemiga tumbó un muro que sepultó a cirujanos y enfermos. Mi tío Duhamel cuya estatura era de seis pies pudo agitar la mano por encima de las minas y fue socorrido, retirado todavía vivo y transportado al hospital de Lille, en donde murió algunos días después. Lo singular que se supo después fue que este hospital estaba dirigido por mi padre.

Mi tía Duhamel obtuvo una pensión de 900 francos como viuda de capitán. Era una mujer singular, de constitución fuerte, morena, marcada de viruela y sin embargo con un rostro agradable y de actitudes completamente militares. Fue ella quien me enseñó a maldecir, era excelente narradora y por ella supe toda la historia de su marido: en un principio fue dependiente de cervecería en Flandes, luego soldado, sargento, experto en sable, duelista, capitán de 24 años y, agregaba ella, futuro mariscal de Francia si no lo hubiesen matado. Me gustaba mucho conversar con esta tía, ella me llevaba frecuentemente a su casa, calle de Sonnerie, cerca del muelle de la Ferraille; allí me sentaba en el suelo junto a un cajón donde tenía lo que llamaba sus reliquias más preciosas: las charreteras del pobre capitán, uno de cuyos flecos había sido volado por una bala, su alza-cuello que tenía estampado un gorro frigio, su cinturón, sus granadas y sus pistolas. Nunca me cansé de hurgar todos esos objetos que hicieron mis delicias durante muchos años. Mi tía jugaba a la lotería y me prometía todo lo

que yo deseara si se ganaba el premio mayor: un cabriolé de oro macizo sobre el que montaría detrás como un paje, anhelo que jamás se cumplió puesto que el premio mayor nunca fue para ella; el número 73 era el que debía traernos la suerte, ilusión que aumentó mi tía durante los 86 años de su vida; la muerte le sobrevino antes de que la lotería fuera suprimida.

Fue en su casa en la calle de la Barillerie donde tuve la ocasión de ver a la hermana de Marat, vieja de atroz fisonomía, bigotes grises y voz masculina; me asustaba aun cuando entonces yo ignoraba quién era su hermano. Ella me mostró una bella colección de mariposas, preparadas por Marat.

La hermana del “padre del pueblo” vivía con una señorita de edad que tenía un expendio de papel timbrado, persona encantadora que perteneció a la antigua corte, como doncella de María Antonieta. ¿Cómo dos seres tan opuestos se habían unido bajo un mismo techo?.

Fue hacia 1808 o 1809 cuando comenzó mi educación. Me pusieron externo donde el señor Deslyons, antiguo oratoriano y | sacerdote casado. El pensionado se encontraba en la calle du Jardinet y se pagaban 12 francos mensuales, lo que era costoso para nosotros. Comencé el latín. Entre mis condiscípulos recuerdo a Bachelier, hijo del librero y a Loubry, a quien debo nombrar por ser, como se verá más adelante, quien decidió mi carrera científica.

Dejé el pensionado Deslyons por el Liceo Imperial a donde entré a “sexto”; tuve como profesor al señor Couenne, antiguo oficial de caballería, de quien se decía que una bala le había volado parte de la nalga derecha. El hecho es que estaba rellena de algodón y los chicos se divertían pinchándola con alfileres, pero, ¡desgraciado de aquél que se equivocara de nalga!.

De “sexto”, en donde entendía muy poco, pasé a “quinto” en donde entendía menos; luego a “cuarto” y a “tercero” donde no entendía absolutamente nada. Los profesores me trataban como si yo hubiese sido un estúpido; nueve de cada diez alumnos estaban en la misma situación. Tuve como profesor de griego a Burnouf, sin jamás haber aprendido una palabra de esta bella lengua; pasábamos de clase en clase como una barra de hierro por un laminador. Estábamos entre 1812 y 1813 y los acontecimientos políticos perturbaban por completo nuestros insignificantes y estériles estudios. Los alumnos mayores no siempre esperaban pasar por la Escuela Militar, ya que la mayoría entraba al ejército corno sargentos mayores. Ya había terminado mis estudios de literatura, había hecho mi “tercero” y “segundo” y sin embargo, no sabía nada de nada, ni siquiera lo que sabe un novicio de los Hermanos Cristianos. He aquí la prueba: mi padre me encargó escribir al cervecero para hacer un pedido, cosa muy sencilla para un joven que había oído hablar de las cartas de Cicerón, pero ¡qué suplicio! imposible escribir mi carta al cervecero; fue mi madre quien me sacó del atolladero.

Mis padres pensaban proporcionarme una posición y mientras tanto, yo ayudaba en la casa y trabajaba. Papá, quien había comparado el precio de la harina con el de los bizcochos, creía que la profesión de pastelero debía ser muy lucrativa, pero en sus cálculos había olvidado ¡la mantequilla! Y además, pastelero, ¡cuando se han hecho estudios! En ese entonces se llamaba, como hoy día, haber hecho sus estudios el haber pasado por el laminador del liceo.

Yo no era un incapaz, pero mi paso por el liceo había atrofiado mi inteligencia. Quedarse todos los días, dos o tres horas en presencia de un palurdo pedante y ridículo, rodeado de pobres muchachos a quienes torturaba y el resto del tiempo, hasta las seis de la tarde, marchitándose delante de un pasante abominable, era suficiente para idiotizarse.

Una vez al aire libre me sentía renacer por el ejercicio y el trabajo, reemplazo a esta reclusión malsana que mataba o, por lo menos, embrutecía a tantos muchachos infelices, a tantas inteligencias jóvenes. Yo pasaba mi tiempo en la calle, en la plaza de Saint-Séverin, jugando bolas y otros entretenimientos con los pelafustanes del barrio; entonces, por una suerte que ha tenido tanta influencia sobre mi destino, encontré a Loubry, mi amigo de la escuela de la calle de Jardinet, mayor que yo unos dos o tres años, hijo natural de un antiguo miembro de la Convención, el señor Aubry, me parece; su madre era planchadora y lavandera y trabajaba con una hermana, quien tomó parte valerosamente ante las miserias de la familia, para aliviarla con sus sacrificios. Las dos mujeres vivían en la miseria: un gran cuarto en el tercer piso de la calle Saint-Jacques, cerca al Colegio Duplessis, con una gran tina para lavar la ropa, una mesa para aplanchar, un hornillo para la cocina, una cama doble para las dos pobres mujeres y un pequeño catre para el chico. Cada día llegaba un enorme bulto de ropa que debía ser llevado al Sena y depositado en el barco de las lavanderas. Estas dos infelices jamás se quejaban y su única meta era la de educar al niño, quien ante tanta abnegación, no lograba distinguir cuál era su propia madre.

No se cómo el joven Loubry entró en el laboratorio de Thénard para aprender química, que confiaba poder aplicar más tarde cuando fuera empleado en una fábrica. Lo único que puedo pensar es que la madre de Loubry planchaba para algunos profesores del barrio, entre otros para el señor Thénard, profesor del |College de France. |

Fue así como me inicié: yo trabajaba lo más posible con mi camarada, pero además hacía algo que a él no se le ocurría hacer: estudiaba física en el mostrador de la tabaquería con un ardor increíble y especialmente por la noche, lo que hacía que Loubry dijese: “no serás nunca más que un teórico”.

Hay que ser justo con mis padres quienes, viéndome estudiar con un ánimo y un placer tan persistentes me dejaron en completa libertad. Papá, siempre práctico, veía la posibilidad de convertirme en un farmaceuta militar; mamá me daba dinero para comprar libros: |25 francos de una sola vez para conseguir la primera edición en cuatro tomos del “Tratado de Química de Thénard”. ¡Qué sacrificio para esta pobre mujer!.

¿Qué habría sido de mí sin la libertad de que gozaba y de la cual jamás abusé? Me habrían encerrado de nuevo en un estudio en un bufete, donde habría vegetado tristemente y seguramente habría perdido todas mis capacidades. En lugar de esto, tan pronto había terminado el trabajo en la casa, estaba completamente libre para ir donde yo quisiera. Yo tenía furor por los cursos públicos: seguía los de química de Thénard, de física con Biot, Lefevbre, Guineau, Gay-Lussac; corría al jardín de Plantas para oír a Cuvier estudiar botánica, mineralogía, matemáticas, etc. ¡que horrible revoltillo de ciencias! Luego Villemain en el Colegio Duplessis y el bueno de Andrieux en el |College de France, de quien jamás perdía una lección. Lo veo todavía subido en una mesa, las manos entre los bolsillos de su levita, cuyas colas separaba como para mostrar el fondo desgastado de su pantalón de terciopelo y dejaba ver sus medias de algodón azul; con su voz ronca leía y comentaba algunos cuentos de Voltaire ¡qué verbo! Lo prefería sin duda a Villemain, con su tono dogmático.

He dicho que la libertad de mis estudios producía una mezcolanza, es cierto, pero las para mí felices consecuencias fueron que podía comprender todo o casi todo, mientras que en el liceo no comprendía absolutamente nada y que llegué a amar el estudio con pasión, después de haberlo detestado cuando me era impuesto por malos profesores.

Después de dos o tres años de esta educación singular aprendí la química y la física de la época, conocí los minerales, gracias a las lecciones del abate Hauy; los principios generales de botánica y de fisiología vegetal por las lecciones de Desfontaines y había surgido en mí el gusto literario; me encantaba leer a nuestros grandes poetas: Voltaire y sobre todo, Molieré. Los historiadores me gustaban menos; una historia de Francia imposible, la de Anquetil estaba concebida para hacer perder el gusto por los estudios históricos. Después de todo yo no tenía sino 14 o 16 años y me quedaba tiempo para digerir todo lo que había aprendido.

Ahora voy a rememorar los acontecimientos que más llamaron mi atención en el curso de mis estudios “libres” es decir, de 1813 a 1816 o 1817.

La situación de mi familia permanecía igual: mi padre con su tabaquería y sus casas, recibía una renta de 3 a 4.000 francos; en el barrio nos consideraban ricos; ricos y felices, efectivamente, en comparación con la miseria y la desgracia de aquellos que nos rodeaban. No había más trabajo para los viejos obreros, ni para las mujeres: todos los jóvenes iban al ejército. En 1812, un año antes de que yo comenzara mis estudios “libres”, había tenido lugar la expedición de Rusia. La llegada de boletines era señal de profundas emociones. El imperio tocaba a su fin y fue cuando se supo el desastre de Moscú. Entonces tuvo lugar la conspiración de Malet, Lahorie y Guidal, de la cual, aunque niño pude seguir algunas fases, gracias a mi profesor de armas, cabo de los veteranos y centinela del consejo de guerra de la primera división militar. Esta conspiración fue como un rayo, que iluminó y desapareció. Una mañana se decía por todas partes que Napoleón había muerto; algunas horas después se sabía que estaba muy bien y próximo a llegar: todos los conspiradores habían sido apresados.

Yo asistí a una sesión del consejo de guerra: de todos los acusados uno sólo me llamó la atención. ¿Por qué? ¿Por qué | llevaba anteojos? ¿Quién era? No sabría decirlo. El espectáculo era tan nuevo para mí y me encontraba tan estupefacto que no entendía ni las preguntas del presidente, ni las respuestas de los acusados. No oí a Malet hablando a sus jueces, cuando les dijo: “¡Oh! un cuarto de hora más y habrían estado todos ustedes a mis pies!” Sin embargo, estas palabras fueron pronunciadas por él, de acuerdo con lo que aseguran; posiblemente fue en una sesión a la que yo no asistí.

En nuestro barrio contaban que los conjurados habían apresado al general Hulin, gobernador de París a quien le habían disparado a quemarropa en la cara; desde entonces, siempre he oído llamarlo “tragabalas”. Entre los conspiradores se nombraba a un cabo Rapp, ascendido a edecán; se decía que la guardia de infantería, décima tropa de París se había plegado a Malet. El coronel de esta guardia era un señor Soulié, padre de un niño quien más tarde fue el novelista Federico Soulié.

Los conspiradores fueron condenados a muerte y fusilados en la llanura de Grenelle. El batallón de veteranos acuartelado en la calle du Foin había sido requerido para asistir a la ejecución, mantener el orden, hacer calle y, naturalmente, yo acompañaba al batallón. Los condenados que creo eran doce, llegaron en coche a Grenelle, fueron colocados en una sola línea; los pelotones que debían fusilarlos pertenecían a los fusileros de la guardia joven, niños sacados de los cuarteles. El hombre de los anteojos llamó la atención de nuevo, como en la sesión del consejo. Sonaron los disparos y escasamente vi caer a los infelices: el humo impedía distinguir algo; oía gritos desgarradores; luego una sucesión de disparos para rematarlos. Los veteranos, con quienes yo estaba a una gran distancia del sitio de la ejecución, decían que los condenados habían sido masacrados porque los fusileros no sabían disparar. El movimiento de tropas, el ruido de la gente que “nosotros” los veteranos manteníamos a distancia, los tambores y todo ese conjunto era tremendamente excitante; no tuve ojos sino para mirar al condenado de los anteojos, a quien el humo de la pólvora me impidió ver caer; de regreso a casa yo estaba muy pálido, muy agitado y mis padres adivinaron que había seguido a nuestros veteranos a Grenelle y fui severamente reprendido.

Creo recordar que la guardia de París, vestidos con guerreras blancas de solapas azules, asistía sin armas a la ejecución. Esta guardia fue licenciada y los hombres trasladados a otros regimientos.

En mi barrio, habitado por gente baja, ni la conspiración, ni el castigo de los acusados, tuvo ningún efecto. Nadie hablaba del asunto por miedo a quedar comprometido. Mientras duró el Gran Imperio, siempre oí hablar a la gente sobre los acontecimientos políticos en voz muy baja aun en familia. Todo individuo que hablase en voz alta, sin temor, era considerado un soplón.

Desde la derrota del ejército en Rusia, la miseria había aumentado; se veían figuras famélicas; varios de nuestros vecinos, sin trabajo, murieron literalmente de necesidad. El invierno era crudo y no había dinero para comprar leña. El viejo Enault quemaba en su estufa las planchas de madera que habían sido grabadas para imprimir los papeles de colgadura. Un día lo vi en una camilla, hecho un andrajo, cuando lo llevaban al hospital, primera etapa hacia el cementerio; su hijo quien sostenía su miseria, estaba en el ejército.

Cuántos infelices murieron durante este espantoso invierno desde 1812 a 1813. Solamente quienes vimos tanta desolación podemos creerlo y es inconcebible que el hombre pueda soportarla durante algún tiempo.

Como ejemplo de esas situaciones tan dolorosas en ese entonces, habría que entrar en el cuarto del viejo Soyer, a quien llamábamos “Prechi-Precha” porque hablaba sin cesar de la creación del mundo. Era un antiguo servidor del conde de Artois y se había establecido como vendedor de minerales sobre el parapeto del puente Saint-Michel. El abate Haüy le regalaba los desechos de las colecciones del Jardín de Plantas, lo que habría botado a la calle. Yo era cliente de Prechi-Precha: todos los centavos que recibía los cambiaba por piedras y terminé con una colección interesante en mi poder; así fue como aprendí a conocer los minerales.

Un día, al no encontrar a Prechi-Precha en su puesto de ventas fui a su casa, calle de La Harpe, en donde ocupaba un cuartucho que daba sobre un patiecito, detrás de la especiería que tenía por nombre “La cabeza negra”. Allí encontré al pobre anciano tendido en un camastro con su vieja levita por toda manta; no tenía ni sillas, ni mesas; sobre la chimenea un tarro con agua congelada, algunas migajas de pan demasiado duras para ser comidas y sin una gota de agua líquida para remojarlas. Se mantenía entre la cama para no enfriarse porque el frío exterior era demasiado riguroso para salir a la calle. Su voz era ronca, ya no tenía fuerza para hablar y le dejé los 30 céntimos que había traído en mi bolsillo y salí aterrado. Algunos días después supe que el infeliz había sido llevado al cementerio en el carro de los pobres.

Un gran filántropo había inventado sopas económicas que hacía distribuir a los desgraciados; a falta de otra sustancia, tenía 2 arenques para 60 raciones.

En este invierno riguroso París parecía deshabitado; tal era por lo menos, el efecto producido en los barrios miserables como el mío. De resto durante los tristes años del fin | del imperio, los barrios habitados antes de la revolución por las clases ricas, por los magistrados, como el Marais, parecían estar totalmente desiertos. Había mansiones espléndidas en donde no se encontraba sino al portero y vi entonces a propietarios casi reducidos a la mendicidad; en las calles Saint-Louis y Pas-de-la-Mule sobre la plaza de Vosges, la hierba crecía entre los adoquines, tanto, que en primavera se podía creer que se estaba en un prado; la actividad no comenzaba a manifestarse sino a partir de la calle Saint-Antoine.

Al fin llegó el famoso vigésimo-noveno boletín de la Grande Armée y así se pudo conocer la extensión de nuestros desastres: la retirada de Moscú, el paso de Beresina, la disolución del ejército en Wilna, la fuga clandestina del emperador en Morghoni, su llegada a París, la consecución de hombres para formar un nuevo ejército, la llamada a banderas de los conscriptos liberados, el decreto que anticipaba la llamada de un contingente de soldados, muchos de 19 años la llamada para poner en pie de guerra al segundo batallón y el segundo bando de la guardia nacional que, de acuerdo con la ley, no debía salir de territorio francés.

Estos acontecimientos produjeron una inmensa sensación, aun entre la clase baja; el descontento era general y por la primera vez desde el establecimiento del imperio, nadie se molestó en esconder sus impresiones, sobre todo las madres que llegaban a una audacia increíble: según decían ellas, lo que querían era enviar a sus hijos a la carnicería. El emperador fue insultado por el populacho en el curso de una visita que hizo al distrito Saint-Marceau. Los policías eran atacados y maltratados, los conscriptos refractarios que habían sido arrestados, fueron liberados por el pueblo. La tristeza se veía en todas las caras; ¡cuántas imprecaciones no oí yo en el círculo muy burgués de nuestros conocidos!.

Sin embargo, la miseria de los obreros pareció disminuir un tanto. La enorme cantidad de material de guerra que se estaba fabricando en París y en Versalles se convirtió en una fuente de trabajo para todas las profesiones: se vio renacer una cierta animación en los talleres. En cuanto a los conscriptos, una vez separados del lado de su familia, desfilaban gritando: “viva el emperador”. Así vi partir para no volver, varios muchachos de nuestro barrio. ¡Qué cantidad de dolor, cuántas lágrimas vi derramar a nuestros vecinos!.

Al menor éxito del nuevo ejército el comisario de policía venía a obligarnos, bajo pena de multas, a iluminar las fachadas. Yo era quien ponía sobre el poyo de las ventanas, 4 o 5 pedacitos de vela, lo cual era demasiado para lo descontentos que estábamos.

El emperador había reorganizado un ejército donde se enrolaban todos los hombres capaces, pero nuestras victorias se compraban a alto precio. Ocasionalmente los niños de la calle Saint-Jacques, se reunían para seguir el cortejo de un general, alguna vez de un mariscal de Francia, que eran conducidos al Panteón: “La Patria reconocida, a sus grandes hombres”. El pueblo permanecía indiferente pues pensaba que muchos de los suyos habían muerto; no se llevaban al Panteón ni a sus hermanos, ni a sus hijos, ni a sus amigos.

Yo vi pasar antes de la nueva guerra por la calle Saint-Jacques al duque de Montebello, y después de los acontecimientos de 1813, al mariscal Bessiéres, muerto en Lutzen, cerca a Napoleón. Entre los curiosos no faltaba quien dijese que la misma bala debería habérselos llevado a ambos.

Después del desastre de Moscú, las lenguas se soltaron; se abstenían menos de hablar y hasta se hacía en voz bastante alta.

Los chicos del barrio todavía alcanzaron a ver pasar por la calle Saint Jacques, el cortejo de Duroc, gran mariscal de palacio, muerto en Wurtschen.

Se habló mucho de paz pero no se hizo. Después de Lutzen y Bautzen, la guerra continuó sin descanso. Desastrosa para nosotros, marcó la victoria de Dresden y la derrota de Leipzig, en donde murió el general Delmas, quien, como los otros, se fue al Panteón, pasando por la calle Saint Jacques. Fue en la batalla de Dresden donde Moreau, quien servía en el ejército ruso, perdió las dos piernas, arrancadas por una bala francesa. Se habló mucho de Moreau en París: su proceso había sido muy sonado; en el mismo ejército tenía muchos simpatizantes. Cuando se supo su muerte, los unos se alegraron y los otros, recordando sus grandes servicios, su republicanismo, sus talentos militares, su gran retirada, dejaban ver, bastante públicamente, sus simpatías.

 Mi padre y sus antiguos compañeros, quienes como él, habían pertenecido al ejército del Rhin, bajo la República, al mando de Moreau, le echaban de menos; se le consideraba como el único hombre capaz de oponerse a Bonaparte. Yo oía afirmar a los viejos militares, que era por celos que Napoleón lo había hecho acusar de ser cómplice de Pichegru, que deseaba su muerte y que había visto con disgusto que el general Moreau escapaba a la pena capital. Los partidarios del emperador decían lo contrario: que si Moreau hubiese sido condenado a muerte, el primer cónsul habría conmutado su pena. Los otros respondían: “¡cómo no! Napoleón lo habría dejado fusilar”.

La pérdida de las batallas de Leipzig, la terrible catástrofe del puente del Elster, en donde una gran parte del ejército en retirada fue hecho prisionero, produjeron una profunda emoción, inclusive en nuestro barrio. Se afirmaba a voz en cuello, que Napoleón era quien había dado la orden de hacer saltar el puente una vez que él lo hubiere pasado, para escapar de la persecución del enemigo. Todos estaban convencidos que el emperador era capaz de cometer un acto tan infame, lo cual muestra, hasta qué punto, estaba sobreexitada la imaginación de las gentes. También exasperaban a la población los 60.000 soldados muertos en esas terribles jornadas y la certidumbre de nuevos reclutamientos por venir.

Además de todo esto supimos la defección de nuestros aliados los bávaros, después de haber sufrido la de los sajones. El ejército se retiraba o más bien huía hacia el Rhin, lo que constituía una derrota, en vez de una retirada. En las familias había duelo general; se sabía por algunas cartas que no habían sido interceptadas, que una multitud de pobres muchachos había muerto de necesidades, abandonados sobre los caminos de Alemania. Tres de mis camaradas, con quienes había estado jugando no hacía un año, Thibaudier, Fournier y otro, murieron de fatiga; tenían escasamente 19 años.

Cuando el comisario de policía pasaba por un barrio, los pelafustanes le gritaban: “¿Habrá que iluminar? y huían a toda velocidad.

Cuando se supo que Francia había sido invadida, que los austriacos entraban por Suiza y que los prusianos y los rusos iban a pasar el Rhin, reinó la consternación; se habló de la restauración de los Borbones; para nosotros el recuerdo de la monarquía no existía, sino por la ejecución de Luis XVI, de la reina, de madame Elisabeth... El pueblo, las gentes de nuestro barrio estaban persuadidos que el último de los Borbones había sido asesinado por Napoleón en la persona del duque de Enghien, puesto que no se llamaba sino asesinato, su ejecución en los fosos de Vincennes.

El emperador pedía soldados, no había fusiles y la fabricación de armas tomó gran importancia. La miseria aumentaba diariamente, la agitación era grande, la policía llevaba a cabo numerosos arrestos. El emperador partió para la guerra, la emperatriz fue nombrada regente y en las Tullerías, algunas veces, se mostraba al pueblo el pequeño rey de Roma por alguna de las ventanas de los apartamentos del primer piso; también lo paseaban por la terraza, al borde del agua. Los pelafustanes del barrio iban a verlo, era un lindo niño y yo solamente vi una vez a la emperatriz, el día de su matrimonio, cuando me llevaron a ver el cortejo que iba a |Notre Dame y nosotros estábamos en el Mercado Nuevo, a la altura de la Morgue.

El año de 1814 comenzó muy tristemente, era tal la preocupación, que los estudios habían sido interrumpidos de hecho. Como en épocas de calamidad, vivíamos en la calle esperando noticias. Primero rumores de victoria en los cuales no creíamos: los cosacos de Fontainebleau, luego el brillante combate de Brienne, dirigido por Champaubert, el cuerpo de ejército de Blucher cortado en Vauchamps, en donde los franceses le hicieron perder cerca de 10.000 hombres entre muertos y heridos. Continuaba la duda; se necesitó la entrada a París de 18.000 prisioneros prusianos para que al fin creyéramos en el éxito. Vi entrar estos prisioneros por el distrito Saint-Martin, haraposos y miserables: había algunos que se arrancaban los cabellos.

El pueblo, lejos de insultarlos, les daba limosna.

Mi tía Duhamel, que no creía en victorias, me decía: “mira, nuestros soldados son demasiado jóvenes y no resistirán la campaña; esto lo he visto en el ejército del norte; estos pobres muchachos combatirán bien si se les apoya, pero la fatiga los matará”. 

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