Mi padre me decía frecuentemente que en su juventud no había
conocido sino la miseria; así tenía que ser puesto que la familia
se componía de catorce hijos. Mi abuelo era un hombre instruido, de
costumbres severas y respetado de todos a pesar de su pobreza. Se
había casado dos veces: la última con una señorita Boiron, hermana
de un financista, quien por haberse opuesto a este matrimonio,
nunca socorrió a mi abuela. Algunos de los catorce niños fueron
educados por un hermano de mi abuelo, quien también ocupaba un
empleo en las haciendas del rey y cuya historia es suficientemente
singular para ser contada.
Había en un seminario de Picardía una beca establecida a
perpetuidad a favor de un miembro de nuestra familia. En efecto,
varios jóvenes ingresaron a las órdenes: uno de ellos y el más
notable de todos, fue el reverendo padre Boussingault, religioso de
la Orden de la Santa Cruz, quien publicó un itinerario muy
interesante de su viaje a Flandes. Es una obra escrita con talento,
de la cual poseo un ejemplar, en donde se lee una descripción muy
curiosa de la ciudad de París. El reverendo padre había nacido en
esta ciudad, puesto que se da el tratamiento de
parisiense.
Mi tío abuelo era becario del seminario. Había terminado sus
estudios y al punto de ser ordenado sacerdote, vino a pasar algunos
días en Hesdin. Por esta visita se habían reunido a comer la
familia y los amigos. Se esperaba la llegada del seminarista para
pasar a la mesa, cuando se oyó el ruido de un sable que se
arrastraba y vieron entrar un soldado de caballería: el seminarista
se había alistado y su padre le dijo con una voz firme: “hijo
mío, prefiero verte hecho un buen soldado que un mal
sacerdote”, y se procedió a comer alegremente. Fue el único
reproche que se le hizo. Mi tío abuelo, el soldado de caballería,
estuvo en dos campañas bajo el mariscal de Saxe y llegó a
suboficial, único grado que podía ambicionar en ese entonces un
hombre, por instruido que fuera, cuando no pertenecía a la nobleza.
El buen tío era poeta y por consiguiente, un poquito loco; muy
apreciado por sus jefes como se puede ver en una biografía en donde
se dice que publicó un poema sobre las victorias del mariscal de
Saxe, poema que se menciona en el “Annuaire Litteraire”
de 1756. Yo hice lo posible, sin éxito, para conseguir esta obra.
Comprendo que el autor le tuviera cariño al cariscal de Saxe,
quien probablemente le salvó la vida en las siguientes
circunstancias:
Ya he dicho que el poeta era algo alocado. Un día la compañía en
la cual servía en su calidad de suboficial, llegó a Cambrai, hizo
alto en la plaza de la catedral a la espera de que se le
suministraran las raciones para los hombres y los caballos. El
pueblo se había amontonado, como sucede siempre a la llegada de un
cuerpo de tropa, pero de víveres y de forraje no se hablaba. Fue
entonces cuando mi tío llevó su caballo a la entrada de la iglesia
para hacerlo beber en la pila de agua bendita. Cocotte se la tomó
toda y se levantó entonces un rumor general: el pueblo habría
masacrado al imprudente suboficial si la tropa no hubiese tomado
las armas. Fue un problema muy desagradable, un acto de herejía
flagrante y si el mariscal, quien era herético, no hubiera
intervenido, la jurisdicción eclesiástica, probablemente, habría
ordenado quemar al tío, ya que por menos muchos otros fueron
quemados.
Después de haber hecho varias campañas, el tío obtuvo por
recomendación del mariscal un empleo bastante importante en las
haciendas del rey en Oudenarde, a donde llevó consigo dos de sus
sobrinas. Una de ellas fue la tía Duhamel quien me contó por lo
menos trescientas veces este episodio, sin la menor
variación.
Es fácil de entender que para mi abuelo fuera difícil dar una
educación aceptable a sus numerosos hijos. Los niños iban a la
escuela de los Hermanos de grandes sombreros, donde se aprendía a
leer, escribir y calcular; mi padre no tuvo ninguna otra educación.
En cuanto a sus otros dos hermanos, el uno se alistó en la
artillería de marina y murió en un duelo en Guadalupe, donde servía
en calidad de suboficial; el otro, Luis, más joven, tenía un cierto
gusto literario y trabajaba en una notaría. En
cuanto a las niñas, tres o cuatro de ellas aprendieron a escribir a
medias, con la excepción de la mayor, Mariana, quien estudió en un
convento y pasó a Inglaterra como institutriz; nunca volvimos a oír
hablar de ella.
Mi abuelo murió poco tiempo antes de la revolución y toda esta
desafortunada familia se dispersó. Varios hermanos se volvieron a
encontrar, por casualidad, en París, algunos años después; mi padre
vino por primera vez a esta ciudad para ocupar un empleo en la
oficina de recaudos; su nombramiento, el cual yo tuve en las manos,
estaba firmado por Lavoisier, en su calidad de administrador
general de las haciendas del rey. El mismo día en que mi padre
llegó a París, el pueblo quemó todas las oficinas de
recaudación.
En el peor instante de la revolución mi padre se encontraba en
el ejército en Valenciennes, bombardeada en ese momento por los
austriacos; allí se encontró con su hermano Luis, quien tendría de
16 a 18 años y que había sido obligado por una triste
circunstancia, a dejar París.
Cuando Luis salió de Amiens había entrado como aprendiz donde un
notario de la capital y vivía donde su hermana, la señora Bertaud;
una noche, le sacaron de su portafolio unos valores que había
cobrado para su patrón y no se atrevió a regresar al trabajo;
después de haber escrito para explicar su desventura, partió hacia
el Norte en donde se encontró con mi padre. El señor Dubois Aymé
director de aduana de Valenciennes, cuya familia hacía tiempo que
era amiga de la nuestra, le dio una posición en sus oficinas. Más
tarde emigró y sirvió en la caballería de Enghien, en el ejército
de Condé.
En cuanto a mi padre, ayudado por la revolución, se encontró un
día como director de los hospitales militares dc Sambre-et-Meuse y
como tal servía bajo las órdenes de Hoche y de Marceau; se halló en
la retirada de Jourdan, en donde fue gravemente herido
por un sablazo que casi le cercena las manos y fue evacuado a
Wetzlar. En esta ciudad conoció a mi madre, hija del burgomaestre
señor Münch; se hizo amigo íntimo de esta familia y pidió y obtuvo
la mano de la hija, señorita Elisabeth.
Mi padre era un hombre notoriamente hermoso, de tez muy fresca,
ojos azules, muy fuerte y con cabellos negros, muy gracioso y de
maneras cultas que no eran raras en la pequeña burguesía anterior a
la revolución. La rudeza y el desenfado de las costumbres del 93 no
habían llegado aún. Agrego que mi padre no hablaba ni una palabra
de alemán y mi madre, ni una palabra de francés en ese momento. Se
debieron prendar de sus cualidades exteriores; no me explico, de
otra manera, su matrimonio.
Tan pronto como mi padre se repuso de sus heridas, los esposos
fueron a París en época de invierno; el viaje de ocho días, lo que
necesitaba la diligencia para ir de Frankfurt a París, estuvo lleno
de penalidades. En París, como ya lo he contado, mi padre obtuvo el
empleo de almacenista de los cuarteles de la primera división
militar; mi madre me contó muchas veces lo que había sufrido en
este cambio de posición.
El tren de vida que mi madre llevaba en Wetzlar donde tenía
coches, sirvientes, etc., fue sucedido por una escasez, rayana en
la miseria. Los sueldos no se pagaban con puntualidad, ni se comía
convenientemente y fue una fortuna para él que tan pronto hubo
llegado a París, pudiera invertir los 10 o 15.000 francos que le
restaban de su pasado esplendor, en la adquisición de una casa cuya
renta era escasamente suficiente para existir. Esta situación debía
ser más penosa para mi madre, en cuyo país su familia gozaba de una
situación desahogada que era común en la burguesía alemana de las
pequeñas ciudades. Su padre era campesino propietario de viñedos y
había muerto hacia algunos años; es probable que si
hubiese vivido, el matrimonio no habría tenido lugar.
En cuanto a la fortuna del viejo Münch podía haber sido de
180.000 francos, lo que era bastante importante en esta época. Mi
abuela Münch nos enviaba, cada año, algunas joyas para Pascua pero
infortunadamente la guerra terminó con las relaciones de la
familia.
Nunca supe cómo después de la muerte de mi abuelo Boussingault,
varios de los hijos encontraron a mi padre en París. Mi tía Colombe
vivía con nosotros antes de mi nacimiento; mi madre la describía
como la mayor perezosa que se pudiera imaginar, pues gastaba todo
el día en leer novelas. Ella se había casado con un natural de
Wetzlar, el señor Luther, quien después de haber desertado del
ejército prusiano sirvió en Francia en el batallón de cazadores, de
donde se retiró por haber recibido un lanzazo en la garganta; era
un hombre alto, delgado, callado, sobrio, y extremadamente
laborioso; era sastre y en mis primeros recuerdos lo veo trepado
sobre su mostrador confeccionando uniformes militares. Mi tía
Colombe, para ese entonces había cambiado completamente: trabajaba
de sol a sol y a pesar de que este matrimonio trabajó sin descanso,
permaneció toda su vida en la pobreza; tuvieron dos hijos, mis
primas Teresa y Juanita, que les ayudaban en sus quehaceres; ambas
fueron exageradamente religiosas y llenaron de amargura los últimos
días de su padre por la insistencia con que trataron de hacerlo
adoptar la religión católica, pero el señor Luther era un celoso
protestante, tanto que ya viejo y casi ciego y cuando le era
difícil trabajar, venía con frecuencia donde mi madre a llorar a
causa de los sufrimientos que sus hijas le causaban. Después de su
muerte a la que pronto sucedió la de su esposa, Juanita, la menor
entró a un convento y Teresa vivió de una pequeña renta que
provenía de una herencia.
Otra hermana de mi padre que conocí en mi infancia porque pasaba
la mayor parte de su tiempo en mi casa, fue la tía Duhamel, viuda
de un militar con quien se había casado no sé cómo; al estallar la
revolución su marido era sargento en el regimiento de la reina. En
1792 era capitán en el regimiento de cazadores de infantería y en
una batalla que tuvo lugar en las afueras de Lille recibió una bala
en una rodilla; lo estaban curando en una ambulancia cuando la
artillería enemiga tumbó un muro que sepultó a cirujanos y
enfermos. Mi tío Duhamel cuya estatura era de seis pies pudo agitar
la mano por encima de las minas y fue socorrido, retirado todavía
vivo y transportado al hospital de Lille, en donde murió algunos
días después. Lo singular que se supo después fue que este hospital
estaba dirigido por mi padre.
Mi tía Duhamel obtuvo una pensión de 900 francos como viuda de
capitán. Era una mujer singular, de constitución fuerte, morena,
marcada de viruela y sin embargo con un rostro agradable y de
actitudes completamente militares. Fue ella quien me enseñó a
maldecir, era excelente narradora y por ella supe toda la historia
de su marido: en un principio fue dependiente de cervecería en
Flandes, luego soldado, sargento, experto en sable, duelista,
capitán de 24 años y, agregaba ella, futuro mariscal de Francia si
no lo hubiesen matado. Me gustaba mucho conversar con esta tía,
ella me llevaba frecuentemente a su casa, calle de Sonnerie, cerca
del muelle de la Ferraille; allí me sentaba en el suelo junto a un
cajón donde tenía lo que llamaba sus reliquias más preciosas: las
charreteras del pobre capitán, uno de cuyos flecos había sido
volado por una bala, su alza-cuello que tenía estampado un gorro
frigio, su cinturón, sus granadas y sus pistolas. Nunca me cansé de
hurgar todos esos objetos que hicieron mis delicias durante muchos
años. Mi tía jugaba a la lotería y me prometía todo lo
que yo deseara si se ganaba el premio mayor: un cabriolé de
oro macizo sobre el que montaría detrás como un paje, anhelo que
jamás se cumplió puesto que el premio mayor nunca fue para ella; el
número 73 era el que debía traernos la suerte, ilusión que aumentó
mi tía durante los 86 años de su vida; la muerte le sobrevino antes
de que la lotería fuera suprimida.
Fue en su casa en la calle de la Barillerie donde tuve la
ocasión de ver a la hermana de Marat, vieja de atroz fisonomía,
bigotes grises y voz masculina; me asustaba aun cuando entonces yo
ignoraba quién era su hermano. Ella me mostró una bella colección
de mariposas, preparadas por Marat.
La hermana del “padre del pueblo” vivía con una
señorita de edad que tenía un expendio de papel timbrado, persona
encantadora que perteneció a la antigua corte, como doncella de
María Antonieta. ¿Cómo dos seres tan opuestos se habían unido bajo
un mismo techo?.
Fue hacia 1808 o 1809 cuando comenzó mi educación. Me pusieron
externo donde el señor Deslyons, antiguo oratoriano
y
|
sacerdote casado. El pensionado se encontraba en la calle
du Jardinet y se pagaban 12 francos mensuales, lo que era costoso
para nosotros. Comencé el latín. Entre mis condiscípulos recuerdo a
Bachelier, hijo del librero y a Loubry, a quien debo nombrar por
ser, como se verá más adelante, quien decidió mi carrera
científica.
Dejé el pensionado Deslyons por el Liceo Imperial a donde entré
a “sexto”; tuve como profesor al señor Couenne, antiguo
oficial de caballería, de quien se decía que una bala le había
volado parte de la nalga derecha. El hecho es que estaba rellena de
algodón y los chicos se divertían pinchándola con alfileres, pero,
¡desgraciado de aquél que se equivocara de nalga!.
De “sexto”, en donde entendía muy poco, pasé a
“quinto” en donde entendía menos; luego a
“cuarto” y a “tercero” donde no entendía
absolutamente nada. Los profesores me trataban como si yo hubiese
sido un estúpido; nueve de cada diez alumnos estaban en la misma
situación. Tuve como profesor de griego a Burnouf, sin jamás haber
aprendido una palabra de esta bella lengua; pasábamos de clase en
clase como una barra de hierro por un laminador. Estábamos entre
1812 y 1813 y los acontecimientos políticos perturbaban por
completo nuestros insignificantes y estériles estudios. Los alumnos
mayores no siempre esperaban pasar por la Escuela Militar, ya que
la mayoría entraba al ejército corno sargentos mayores. Ya había
terminado mis estudios de literatura, había hecho mi
“tercero” y “segundo” y sin embargo, no sabía
nada de nada, ni siquiera lo que sabe un novicio de los Hermanos
Cristianos. He aquí la prueba: mi padre me encargó escribir al
cervecero para hacer un pedido, cosa muy sencilla para un joven que
había oído hablar de las cartas de Cicerón, pero ¡qué suplicio!
imposible escribir mi carta al cervecero; fue mi madre quien me
sacó del atolladero.
Mis padres pensaban proporcionarme una posición y mientras
tanto, yo ayudaba en la casa y trabajaba. Papá, quien había
comparado el precio de la harina con el de los bizcochos, creía que
la profesión de pastelero debía ser muy lucrativa, pero en sus
cálculos había olvidado ¡la mantequilla! Y además, pastelero,
¡cuando se han hecho estudios! En ese entonces se llamaba, como hoy
día, haber hecho sus estudios el haber pasado por el laminador del
liceo.
Yo no era un incapaz, pero mi paso por el liceo había atrofiado
mi inteligencia. Quedarse todos los días, dos o tres horas en
presencia de un palurdo pedante y ridículo, rodeado de pobres
muchachos a quienes torturaba y el resto del tiempo, hasta las seis
de la tarde, marchitándose delante de un pasante abominable, era
suficiente para idiotizarse.
Una vez al aire libre me sentía renacer por el ejercicio y el
trabajo, reemplazo a esta reclusión malsana que mataba o, por lo
menos, embrutecía a tantos muchachos infelices, a tantas
inteligencias jóvenes. Yo pasaba mi tiempo en la calle, en la plaza
de Saint-Séverin, jugando bolas y otros entretenimientos con los
pelafustanes del barrio; entonces, por una suerte que ha tenido
tanta influencia sobre mi destino, encontré a Loubry, mi amigo de
la escuela de la calle de Jardinet, mayor que yo unos dos o tres
años, hijo natural de un antiguo miembro de la Convención, el señor
Aubry, me parece; su madre era planchadora y lavandera y trabajaba
con una hermana, quien tomó parte valerosamente ante las miserias
de la familia, para aliviarla con sus sacrificios. Las dos mujeres
vivían en la miseria: un gran cuarto en el tercer piso de la calle
Saint-Jacques, cerca al Colegio Duplessis, con una gran tina para
lavar la ropa, una mesa para aplanchar, un hornillo para la cocina,
una cama doble para las dos pobres mujeres y un pequeño catre para
el chico. Cada día llegaba un enorme bulto de ropa que debía ser
llevado al Sena y depositado en el barco de las lavanderas. Estas
dos infelices jamás se quejaban y su única meta era la de educar al
niño, quien ante tanta abnegación, no lograba distinguir cuál era
su propia madre.
No se cómo el joven Loubry entró en el laboratorio de Thénard
para aprender química, que confiaba poder aplicar más tarde cuando
fuera empleado en una fábrica. Lo único que puedo pensar es que la
madre de Loubry planchaba para algunos profesores del barrio, entre
otros para el señor Thénard, profesor del
|College de
France.
|
Fue así como me inicié: yo trabajaba lo más posible con mi
camarada, pero además hacía algo que a él no se le ocurría hacer:
estudiaba física en el mostrador de la tabaquería con un
ardor increíble y especialmente por la noche, lo que hacía que
Loubry dijese: “no serás nunca más que un teórico”.
Hay que ser justo con mis padres quienes, viéndome estudiar con
un ánimo y un placer tan persistentes me dejaron en completa
libertad. Papá, siempre práctico, veía la posibilidad de
convertirme en un farmaceuta militar; mamá me daba dinero para
comprar libros:
|25 francos de una sola vez para conseguir la
primera edición en cuatro tomos del “Tratado de Química de
Thénard”. ¡Qué sacrificio para esta pobre
mujer!.
¿Qué habría sido de mí sin la libertad de que gozaba y de la
cual jamás abusé? Me habrían encerrado de nuevo en un estudio en un
bufete, donde habría vegetado tristemente y seguramente habría
perdido todas mis capacidades. En lugar de esto, tan pronto había
terminado el trabajo en la casa, estaba completamente libre para ir
donde yo quisiera. Yo tenía furor por los cursos públicos: seguía
los de química de Thénard, de física con Biot, Lefevbre, Guineau,
Gay-Lussac; corría al jardín de Plantas para oír a Cuvier estudiar
botánica, mineralogía, matemáticas, etc. ¡que horrible revoltillo
de ciencias! Luego Villemain en el Colegio Duplessis y el bueno de
Andrieux en el
|College de France, de quien jamás perdía una
lección. Lo veo todavía subido en una mesa, las manos entre los
bolsillos de su levita, cuyas colas separaba como para mostrar el
fondo desgastado de su pantalón de terciopelo y dejaba ver sus
medias de algodón azul; con su voz ronca leía y comentaba algunos
cuentos de Voltaire ¡qué verbo! Lo prefería sin duda a Villemain,
con su tono dogmático.
He dicho que la libertad de mis estudios producía una
mezcolanza, es cierto, pero las para mí felices consecuencias
fueron que podía comprender todo o casi todo, mientras que en el
liceo no comprendía absolutamente nada y que llegué a amar el
estudio con pasión, después de haberlo detestado cuando me era
impuesto por malos profesores.
Después de dos o tres años de esta educación singular aprendí la
química y la física de la época, conocí los minerales, gracias a
las lecciones del abate Hauy; los principios generales de botánica
y de fisiología vegetal por las lecciones de Desfontaines y había
surgido en mí el gusto literario; me encantaba leer a nuestros
grandes poetas: Voltaire y sobre todo, Molieré. Los historiadores
me gustaban menos; una historia de Francia imposible, la de
Anquetil estaba concebida para hacer perder el gusto por los
estudios históricos. Después de todo yo no tenía sino 14 o 16 años
y me quedaba tiempo para digerir todo lo que había aprendido.
Ahora voy a rememorar los acontecimientos que más llamaron mi
atención en el curso de mis estudios “libres” es decir,
de 1813 a 1816 o 1817.
La situación de mi familia permanecía igual: mi padre con su
tabaquería y sus casas, recibía una renta de 3 a 4.000 francos; en
el barrio nos consideraban ricos; ricos y felices, efectivamente,
en comparación con la miseria y la desgracia de aquellos que nos
rodeaban. No había más trabajo para los viejos obreros, ni para las
mujeres: todos los jóvenes iban al ejército. En 1812, un año antes
de que yo comenzara mis estudios “libres”, había tenido
lugar la expedición de Rusia. La llegada de boletines era señal de
profundas emociones. El imperio tocaba a su fin y fue cuando se
supo el desastre de Moscú. Entonces tuvo lugar la conspiración de
Malet, Lahorie y Guidal, de la cual, aunque niño pude seguir
algunas fases, gracias a mi profesor de armas, cabo de los
veteranos y centinela del consejo de guerra de la primera división
militar. Esta conspiración fue como un rayo, que iluminó y
desapareció. Una mañana se decía por todas partes que Napoleón
había muerto; algunas horas después se sabía que estaba
muy bien y próximo a llegar: todos los conspiradores habían sido
apresados.
Yo asistí a una sesión del consejo de guerra: de todos los
acusados uno sólo me llamó la atención. ¿Por qué? ¿Por
qué
|
llevaba anteojos? ¿Quién era? No sabría decirlo. El
espectáculo era tan nuevo para mí y me encontraba tan estupefacto
que no entendía ni las preguntas del presidente, ni las respuestas
de los acusados. No oí a Malet hablando a sus jueces, cuando les
dijo: “¡Oh! un cuarto de hora más y habrían estado todos
ustedes a mis pies!” Sin embargo, estas palabras fueron
pronunciadas por él, de acuerdo con lo que aseguran; posiblemente
fue en una sesión a la que yo no asistí.
En nuestro barrio contaban que los conjurados habían apresado al
general Hulin, gobernador de París a quien le habían disparado a
quemarropa en la cara; desde entonces, siempre he oído llamarlo
“tragabalas”. Entre los conspiradores se nombraba a un
cabo Rapp, ascendido a edecán; se decía que la guardia de
infantería, décima tropa de París se había plegado a Malet. El
coronel de esta guardia era un señor Soulié, padre de un niño quien
más tarde fue el novelista Federico Soulié.
Los conspiradores fueron condenados a muerte y fusilados en la
llanura de Grenelle. El batallón de veteranos acuartelado en la
calle du Foin había sido requerido para asistir a la ejecución,
mantener el orden, hacer calle y, naturalmente, yo acompañaba al
batallón. Los condenados que creo eran doce, llegaron en coche a
Grenelle, fueron colocados en una sola línea; los pelotones que
debían fusilarlos pertenecían a los fusileros de la guardia joven,
niños sacados de los cuarteles. El hombre de los anteojos llamó la
atención de nuevo, como en la sesión del consejo. Sonaron los
disparos y escasamente vi caer a los infelices: el humo impedía
distinguir algo; oía gritos desgarradores; luego una sucesión de
disparos para rematarlos. Los veteranos, con quienes yo estaba a
una gran distancia del sitio de la ejecución, decían que los
condenados habían sido masacrados porque los fusileros no sabían
disparar. El movimiento de tropas, el ruido de la gente que
“nosotros” los veteranos manteníamos a distancia, los
tambores y todo ese conjunto era tremendamente excitante; no tuve
ojos sino para mirar al condenado de los anteojos, a quien el humo
de la pólvora me impidió ver caer; de regreso a casa yo estaba muy
pálido, muy agitado y mis padres adivinaron que había seguido a
nuestros veteranos a Grenelle y fui severamente reprendido.
Creo recordar que la guardia de París, vestidos con guerreras
blancas de solapas azules, asistía sin armas a la ejecución. Esta
guardia fue licenciada y los hombres trasladados a otros
regimientos.
En mi barrio, habitado por gente baja, ni la conspiración, ni el
castigo de los acusados, tuvo ningún efecto. Nadie hablaba del
asunto por miedo a quedar comprometido. Mientras duró el Gran
Imperio, siempre oí hablar a la gente sobre los acontecimientos
políticos en voz muy baja aun en familia. Todo individuo que
hablase en voz alta, sin temor, era considerado un
soplón.
Desde la derrota del ejército en Rusia, la miseria había
aumentado; se veían figuras famélicas; varios de nuestros vecinos,
sin trabajo, murieron literalmente de necesidad. El invierno era
crudo y no había dinero para comprar leña. El viejo Enault quemaba
en su estufa las planchas de madera que habían sido grabadas para
imprimir los papeles de colgadura. Un día lo vi en una camilla,
hecho un andrajo, cuando lo llevaban al hospital, primera etapa
hacia el cementerio; su hijo quien sostenía su miseria, estaba en
el ejército.
Cuántos infelices murieron durante este espantoso invierno desde
1812 a 1813. Solamente quienes vimos tanta desolación podemos
creerlo y es inconcebible que el hombre pueda soportarla durante
algún tiempo.
Como ejemplo de esas situaciones tan dolorosas en ese entonces,
habría que entrar en el cuarto del viejo Soyer, a quien llamábamos
“Prechi-Precha” porque hablaba sin cesar de la creación
del mundo. Era un antiguo servidor del conde de Artois y se había
establecido como vendedor de minerales sobre el parapeto del puente
Saint-Michel. El abate Haüy le regalaba los desechos de las
colecciones del Jardín de Plantas, lo que habría botado a la calle.
Yo era cliente de Prechi-Precha: todos los centavos que
recibía los cambiaba por piedras y terminé con una colección
interesante en mi poder; así fue como aprendí a conocer los
minerales.
Un día, al no encontrar a Prechi-Precha en su puesto de ventas
fui a su casa, calle de La Harpe, en donde ocupaba un cuartucho que
daba sobre un patiecito, detrás de la especiería que tenía por
nombre “La cabeza negra”. Allí encontré al pobre anciano
tendido en un camastro con su vieja levita por toda manta; no tenía
ni sillas, ni mesas; sobre la chimenea un tarro con agua congelada,
algunas migajas de pan demasiado duras para ser comidas y sin una
gota de agua líquida para remojarlas. Se mantenía entre la cama
para no enfriarse porque el frío exterior era demasiado riguroso
para salir a la calle. Su voz era ronca, ya no tenía fuerza para
hablar y le dejé los 30 céntimos que había traído en mi bolsillo y
salí aterrado. Algunos días después supe que el infeliz había sido
llevado al cementerio en el carro de los pobres.
Un gran filántropo había inventado sopas económicas que hacía
distribuir a los desgraciados; a falta de otra sustancia, tenía 2
arenques para 60 raciones.
En este invierno riguroso París parecía deshabitado; tal era por
lo menos, el efecto producido en los barrios miserables como el
mío. De resto durante los tristes años del fin
|
del imperio,
los barrios habitados antes de la revolución por las clases ricas,
por los magistrados, como el Marais, parecían estar totalmente
desiertos. Había mansiones espléndidas en donde no se encontraba
sino al portero y vi entonces a propietarios casi reducidos a la
mendicidad; en las calles Saint-Louis y Pas-de-la-Mule sobre la
plaza de Vosges, la hierba crecía entre los adoquines, tanto, que
en primavera se podía creer que se estaba en un prado; la actividad
no comenzaba a manifestarse sino a partir de la calle
Saint-Antoine.
Al fin llegó el famoso vigésimo-noveno boletín de la Grande
Armée y así se pudo conocer la extensión de nuestros desastres: la
retirada de Moscú, el paso de Beresina, la disolución del ejército
en Wilna, la fuga clandestina del emperador en Morghoni, su llegada
a París, la consecución de hombres para formar un nuevo ejército,
la llamada a banderas de los conscriptos liberados, el decreto que
anticipaba la llamada de un contingente de soldados, muchos de 19
años la llamada para poner en pie de guerra al segundo batallón y
el segundo bando de la guardia nacional que, de acuerdo con la ley,
no debía salir de territorio francés.
Estos acontecimientos produjeron una inmensa sensación, aun
entre la clase baja; el descontento era general y por la primera
vez desde el establecimiento del imperio, nadie se molestó en
esconder sus impresiones, sobre todo las madres que llegaban a una
audacia increíble: según decían ellas, lo que querían era enviar a
sus hijos a la carnicería. El emperador fue insultado por el
populacho en el curso de una visita que hizo al distrito
Saint-Marceau. Los policías eran atacados y maltratados, los
conscriptos refractarios que habían sido arrestados, fueron
liberados por el pueblo. La tristeza se veía en todas las caras;
¡cuántas imprecaciones no oí yo en el círculo muy burgués de
nuestros conocidos!.
Sin embargo, la miseria de los obreros pareció disminuir un
tanto. La enorme cantidad de material de guerra que se estaba
fabricando en París y en Versalles se convirtió en una fuente de
trabajo para todas las profesiones: se vio renacer una cierta
animación en los talleres. En cuanto a los conscriptos, una vez
separados del lado de su familia, desfilaban gritando: “viva
el emperador”. Así vi partir para no volver, varios muchachos
de nuestro barrio. ¡Qué cantidad de dolor, cuántas lágrimas vi
derramar a nuestros vecinos!.
Al menor éxito del nuevo ejército el comisario de policía venía
a obligarnos, bajo pena de multas, a iluminar las fachadas. Yo era
quien ponía sobre el poyo de las ventanas, 4 o 5 pedacitos de vela,
lo cual era demasiado para lo descontentos que
estábamos.
El emperador había reorganizado un ejército donde se enrolaban
todos los hombres capaces, pero nuestras victorias se compraban a
alto precio. Ocasionalmente los niños de la calle Saint-Jacques, se
reunían para seguir el cortejo de un general, alguna vez de un
mariscal de Francia, que eran conducidos al Panteón: “La
Patria reconocida, a sus grandes hombres”. El pueblo
permanecía indiferente pues pensaba que muchos de los suyos habían
muerto; no se llevaban al Panteón ni a sus hermanos, ni a sus
hijos, ni a sus amigos.
Yo vi pasar antes de la nueva guerra por la calle Saint-Jacques
al duque de Montebello, y después de los acontecimientos de 1813,
al mariscal Bessiéres, muerto en Lutzen, cerca a Napoleón. Entre
los curiosos no faltaba quien dijese que la misma bala debería
habérselos llevado a ambos.
Después del desastre de Moscú, las lenguas se soltaron; se
abstenían menos de hablar y hasta se hacía en voz bastante
alta.
Los chicos del barrio todavía alcanzaron a ver pasar por la
calle Saint Jacques, el cortejo de Duroc, gran mariscal de palacio,
muerto en Wurtschen.
Se habló mucho de paz pero no se hizo. Después de Lutzen y
Bautzen, la guerra continuó sin descanso. Desastrosa para nosotros,
marcó la victoria de Dresden y la derrota de Leipzig, en donde
murió el general Delmas, quien, como los otros, se fue al Panteón,
pasando por la calle Saint Jacques. Fue en la batalla de Dresden
donde Moreau, quien servía en el ejército ruso, perdió las dos
piernas, arrancadas por una bala francesa. Se habló mucho de Moreau
en París: su proceso había sido muy sonado; en el mismo ejército
tenía muchos simpatizantes. Cuando se supo su muerte, los unos se
alegraron y los otros, recordando sus grandes servicios, su
republicanismo, sus talentos militares, su gran retirada, dejaban
ver, bastante públicamente, sus simpatías.
Mi padre y sus antiguos compañeros, quienes como él, habían
pertenecido al ejército del Rhin, bajo la República, al mando de
Moreau, le echaban de menos; se le consideraba como el único hombre
capaz de oponerse a Bonaparte. Yo oía afirmar a los viejos
militares, que era por celos que Napoleón lo había hecho acusar de
ser cómplice de Pichegru, que deseaba su muerte y que había visto
con disgusto que el general Moreau escapaba a la pena capital. Los
partidarios del emperador decían lo contrario: que si Moreau
hubiese sido condenado a muerte, el primer cónsul habría conmutado
su pena. Los otros respondían: “¡cómo no! Napoleón lo habría
dejado fusilar”.
La pérdida de las batallas de Leipzig, la terrible catástrofe
del puente del Elster, en donde una gran parte del ejército
en retirada fue hecho prisionero, produjeron una
profunda emoción, inclusive en nuestro barrio. Se afirmaba a voz en
cuello, que Napoleón era quien había dado la orden de hacer saltar
el puente una vez que él lo hubiere pasado, para escapar de la
persecución del enemigo. Todos estaban convencidos que el emperador
era capaz de cometer un acto tan infame, lo cual muestra, hasta qué
punto, estaba sobreexitada la imaginación de las gentes. También
exasperaban a la población los 60.000 soldados muertos en esas
terribles jornadas y la certidumbre de nuevos reclutamientos por
venir.
Además de todo esto supimos la defección de nuestros aliados los
bávaros, después de haber sufrido la de los sajones. El ejército se
retiraba o más bien huía hacia el Rhin, lo que constituía una
derrota, en vez de una retirada. En las familias había duelo
general; se sabía por algunas cartas que no habían sido
interceptadas, que una multitud de pobres muchachos había muerto de
necesidades, abandonados sobre los caminos de Alemania. Tres de mis
camaradas, con quienes había estado jugando no hacía un año,
Thibaudier, Fournier y otro, murieron de fatiga; tenían escasamente
19 años.
Cuando el comisario de policía pasaba por un barrio, los
pelafustanes le gritaban: “¿Habrá que iluminar? y huían a toda
velocidad.
Cuando se supo que Francia había sido invadida, que los
austriacos entraban por Suiza y que los prusianos y los rusos iban
a pasar el Rhin, reinó la consternación; se habló de la
restauración de los Borbones; para nosotros el recuerdo de la
monarquía no existía, sino por la ejecución de Luis XVI, de la
reina, de madame Elisabeth... El pueblo, las gentes de nuestro
barrio estaban persuadidos que el último de los Borbones había sido
asesinado por Napoleón en la persona del duque de
Enghien, puesto que no se llamaba sino asesinato, su ejecución en
los fosos de Vincennes.
El emperador pedía soldados, no había fusiles y la fabricación
de armas tomó gran importancia. La miseria aumentaba diariamente,
la agitación era grande, la policía llevaba a cabo numerosos
arrestos. El emperador partió para la guerra, la emperatriz fue
nombrada regente y en las Tullerías, algunas veces, se mostraba al
pueblo el pequeño rey de Roma por alguna de las ventanas de los
apartamentos del primer piso; también lo paseaban por la terraza,
al borde del agua. Los pelafustanes del barrio iban a verlo, era un
lindo niño y yo solamente vi una vez a la emperatriz, el día de su
matrimonio, cuando me llevaron a ver el cortejo que iba a
|Notre
Dame y nosotros estábamos en el Mercado Nuevo, a la altura de
la Morgue.
El año de 1814 comenzó muy tristemente, era tal la preocupación,
que los estudios habían sido interrumpidos de hecho. Como en épocas
de calamidad, vivíamos en la calle esperando noticias. Primero
rumores de victoria en los cuales no creíamos: los
cosacos de Fontainebleau, luego el brillante combate de Brienne,
dirigido por Champaubert, el cuerpo de ejército de Blucher cortado
en Vauchamps, en donde los franceses le hicieron perder cerca de
10.000 hombres entre muertos y heridos. Continuaba la duda; se
necesitó la entrada a París de 18.000 prisioneros prusianos para
que al fin creyéramos en el éxito. Vi entrar estos prisioneros por
el distrito Saint-Martin, haraposos y miserables: había algunos que
se arrancaban los cabellos.
El pueblo, lejos de insultarlos, les daba
limosna.
Mi tía Duhamel, que no creía en victorias, me decía: “mira,
nuestros soldados son demasiado jóvenes y no resistirán la campaña;
esto lo he visto en el ejército del norte; estos pobres muchachos
combatirán bien si se les apoya, pero la fatiga los
matará”.