INDICE





LAS MEMORIAS DE UN NATURALISTA Y CIENTÍFICO QUE CEDIÓ A LA TENTACIÓN DE SER OBSERVADOR Y CRÍTICO SOCIAL

INTRODUCCIÓN

TOMO I

CAPÍTULO I
Mi formación — La Revolución francesa — Napoleón — El espanto de la guerra — Humboldt — Preparativos de viaje.

CAPÍTULO II
Caracas — Los temblores de tierra — Ascención a la silla.

CAPÍTULO III
Valle de Aragua — Lago Tacarigua — Morro de San Juan — Sitio de Puerto cabello— El general Páez— El árbol de la vaca— Aguas termales de la cadena del litoral.

CAPÍTULO IV
Cordillera Oriental de los Andes — Su constitución geológica —Nivelación barométrica — Efectos del temblor de tierra de 1812, observados en diferentes localidades — Sierra Nevada de Mérida —Lago Urao— Pamplona, sus minas de oro— Hierro meteórico de Santa Rosa.

CAPÍTULO V
Explanada de Bogotá — Nación Muisca — Su conquista - Guerras de la Independencia — Descripción de la meseta.

CAPÍTULO VI
Las primeras luchas por la Independencia — Bolívar.

CAPÍTULO VII
Meseta de Bogotá — Constitución geológica — Sal gema — Salinas —Carbón — Minas de esmeraldas.

CAPÍTULO VIII
Bogotá — Situación — Clima — Costumbres — Aventuras — Excursiones por los alrededores.

CAPÍTULO IX
Excursión para determinar los límites del terreno al sur de Bogotá —   Valle del Magdalena entre honda e Ibagué — Observaciones sobre el aumento de la intensidad del sonido durante la noche — Puente natural de Pandi o Icononzo.

TOMO II

CAPÍTULO X
Jugo venenoso del ajuapar— Accidentes que sucedieron mientras analizábamos esa materia — El comandante don Juan con nodriza — Irradiación nocturna en Bogotá.

CAPÍTULO XI
Algunos de mis conocidos en Bogotá — El Libertador Bolívar —Personajes — Sucesos.

CAPÍTULO XII
El Salto de Tequendama — Historia de Manuelita Sáenz.

CAPÍTULO XIII
Expedición de 1824— En los llanos del Meta.

CAPÍTULO XIV
Cordillera Central y Cordillera Oriental— Valle del Cauca— Minas de oro de La Vega de Supía - Provincia de Antioquia.

CAPÍTULO XV
Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

CAPÍTULO XVI
Viaje a la región aurífera y platinífera del Chocó.

CAPÍTULO XVII
Viaje al Ecuador— Estudios sobre la región volcánica.

CAPÍTULO XVIII
Ascensión al volcán del Puracé.

CAPÍTULO XIX
Viaje de Popayán a Pasto — Estancia en Pasto.

CAPÍTULO XX
Viaje de Pasto a Quito.

CAPÍTULO XXI
Ecuador.

CAPÍTULO XXII
Ascensión al volcán de Pichincha.

CAPÍTULO XXIII
Ascensión al Antisana.

CAPÍTULO XXIV
Tertulias y puros.

CAPÍTULO XXV
Ascensión al Chimborazo (1831).

CORRESPONDENCIA 1818-1826
Correspondencia I-X
Correspondencia XI-XVI
Correspondencia XVII-XXII
Correspondencia XXIII-XXIX
Correspondencia XXX-XL
Correspondencia XLI- LI
Correspondencia LII-LXII
Correspondencia LXIII- LXXIII
Correspondencia LXXIV - LXXXI
Correspondencia LXXXII - CII
Correspondencia CIII - CXXIX
CAPÍTULO XXV
 

 

Ascensión al Chimborazo (1831).
 

 

Después de 10 años de trabajos continuos yo había realizado los proyectos de mi juventud que me llevaron al Nuevo Mundo. La altura del barómetro había sido determinada en el puerto de La Guayra, se había fijado la posición geográfica de las principales ciudades de Venezuela y de la Nueva Granada, varias nivelaciones hacían conocer el relieve de las cordilleras y yo llevaba los datos más precisos sobre los yacimientos de oro y del platino de Antioquia y del Chocó. En fin, mi laboratorio había sido establecido sucesivamente en los cráteres de los volcanes vecinos del Ecuador y había tenido la suficiente suerte de poder continuar mis investigaciones sobre la disminución del calor en los Andes intertropicales hasta la enorme altura de 5.500 metros.

Me encontraba en Riobamba descansando de mis últimas excursiones al Tunguragua y al Cotopaxi. Quería contemplar tranquilamente, saciar la vista, por así decirlo, en esos glaciares majestuosos que me habían deparado con frecuencia las emociones de la ciencia y a los que pronto iba a decir un eterno adiós. La ciudad es tal vez el más singular diorama del univero; allí no hay nada que la destaque. Está colocada sobre una de las mesetas áridas tan comunes en los Andes y que a esa gran elevación tienen un aspecto invernal característico que imprime al viajero una cierta sensación de tristeza. Esto se debe, sin duda, a que para llegar allí se pasa primero por los sitios más pintorescos y es con pena que se deja el clima de los trópicos por los fríos del Norte. Desde mi casa podía ver el Capac-Urcu, el Tunguragua, el Cubilli, el Cargairaguay al norte el Chimborazo, además de otras montañas de los páramos, las cuales, sin tener nieves eternas, no son menos dignas del interés de un geólogo. Este vasto anfiteatro de nieves que limita el horizonte de Riobamba por todas partes, se presta a observaciones variadas. Es curioso observar el aspecto de estos glaciares a diferentes horas del día y ver variar su altura aparente de un momento a otro por efecto de las refracciones atmosféricas. Es con verdadero interés como se ven producir, en un espacio tan estrecho, ¡todos los grandes fenómenos de la meteorología! Aquí una de esas nubes inmensas que Saussure ha definido tan bien con el nombre de “nubes parásitas” que se adhieren a las piedras y ni el viento que sopla con fuerza puede moverlas; pronto revienta la tempestad en esas masas de vapor, granizo mezclado con lluvia inunda la base de la montaña, mientras que su cima nevada está vivamente iluminada por el Sol; más allá la cima espigada cubierta de hielo y resplandeciente de luz que se dibuja claramente sobre el azul del cielo, dejando distinguir los contornos y todos los accidentes; la atmósfera es de una pureza notable y sin embargo esta cima de nieve se cubre con una nube que parece emanar de su seno como si fuera humo. Esta nube no se ve sino como un ligero vapor que pronto desaparece, pero a poco se reproduce para volver a borrarse. Esta formación intermitente de nubes es un fenómeno muy frecuente sobre las cimas cubiertas de nieve; se le puede observar principalmente en épocas serenas, siempre algunas horas después de la caída del Sol. En esas condiciones los glaciares pueden ser comparados a condensadores lanzados hacia las altas regiones para secar el aire por medio de frío y traer así a la superficie de la tierra el agua que se encuentra en estado de vapor.

Esas mesetas rodeadas de glaciares presentan a veces un aspecto lúgubre y es cuando un viento sostenido trae un aire de las regiones calientes. Las montañas se tornan invisibles, el horizonte desaparece oculto por una línea de nubes que parecen tocar la tierra, el día es frío y húmedo porque esta masa de vapor es impenetrable a la luz solar, es un largo crepúsculo, el único que se conoce en los trópicos porque en la zona ecuatorial la noche sucede repentinamente al día: parece que el Sol se apague al acostarse.

Yo no podía terminar de mejor manera mis investigaciones sobre las traquitas de las cordilleras, sino con un estudio especial del Chimborazo. Para esto era suficiente llegar hasta su base; pero lo que me hizo pasar el límite bajo de las nieves, fue la esperanza de obtener la temperatura promedio en un sitio extremadamente elevado. Pues bien, aunque esa esperanza se frustró, la excursión no dejará por eso de tener alguna utilidad. Dejo así expuestas las razones que me llevaron al Chimborazo porque no estoy de acuerdo con las expediciones peligrosas a las montañas, cuando no se llevan a cabo con un interés científico. A pesar de las numerosas ascensiones que se han hecho desde la época de Saussure, este célebre sabio es el único que ha publicado resultados importantes. A sus imitadores nada se les debe ya que no han aportado algo que justifique los peligros de su empresa.

Mi amigo el coronel Hall, quien ya me había acompañado a la cima del Antisana y del Cotopaxi, no tuvo inconveniente de venir conmigo en esta expedición, con el objeto de aumentar las informaciones que tenía sobre la topografía de la Provincia de Quito y el de continuar sus investigaciones sobre la geografía de las plantas.

El Chimborazo presenta desde Riobamba dos pendientes con inclinaciones muy diferentes. La que mira hacia el Arenal es muy abrupta y se aprecian varios picos de traquita debajo de los hielos; la otra que baja hacia el sitio llamado Chillapulcu, no lejos de Mocha, es por el contrario, poco inclinada pero considerablemente extensa. Después de haber examinado cuidadosamente los alrededores de la montaña, escogimos ésta última para subir. El 14 de diciembre de 1831 fuimos a pasar la noche en la hacienda del Chimborazo y tuvimos la suficiente suerte de encontrar paja seca para acostarnos y algunas pieles de cordero para protegernos del frío. La finca se encuentra a 3.800 metros de altura, las noches son frías y la estancia bastante desagradable ya que es difícil prender fuego porque la madera es escasa. Ya estábamos en la región de las gramíneas (pajonales) las que se atraviesan antes de llegar al límite de las nieves perpetuas y allí termina la vegetación leñosa. El 15 de diciembre a las 7 de la mañana nos pusimos en camino, guiados por un indio de la hacienda; los indios de las mesetas por lo general son muy malos guías porque ellos casi nunca pasan el límite de las nieves y por esto conocen muy poco de los caminos que llegan a la cima de los glaciares. Para subir seguimos remontando el río encajonado entre dos muros de traquita; pronto dejamos esta hondonada para dirigirnos hacia Mocha, a lo largo de la base del Chimborazo. Subíamos insensiblemente; nuestras mulas andaban con dificultad entre los restos de roca que se habían acumulado al pie de la montaña. Debido a que la pendiente era muy rápida, el piso no era firme y las mulas se detenían a cada momento para una larga pausa; la respiración de los animales era rápida y entrecortada; estábamos a 4.808 metros, altura del Monte Blanco. Después de habernos cubierto la cara con caretas de tafetán liviano, comentamos a ascender una cuchilla que llega a un punto bastante elevado del glaciar. Era mediodía; subíamos lentamente y a medida que entrábamos en la nieve, se hacía sentir más apremiante la dificultad de respirar mientras caminábamos; restablecíamos las fuerzas deteniéndonos, sin sentarnos cada 8 o 10 pasos; creo haber anotado que a una altura igual se respira más difícilmente sobre la nieve que sobre una roca y trataré de explicar esto más adelante. Pronto llegamos a una roca negra, que se elevaba un poco más adelante y continuamos ascendiendo un poquito durante unos instantes, pero sintiendo mucha fatiga ocasionada por la poca consistencia de un suelo nevado que se hundía bajo nuestros pies, llegando a hundirnos hasta la cintura. A pesar de todos nuestros esfuerzos, nos convencimos de la imposibilidad de seguir adelante; en efecto, un poco más allá de la roca negra la nieve tenía más de 4 pies de profundidad. Fuimos a reposar sobre un bloque de traquita que parecía una isla en el centro de un mar de nieve. Nos encontrábamos a 5.115 metros de altura; la temperatura del aire era de 2,9° y era la 1 y media. Así que, después de muchas fatigas nos habíamos elevado únicamente 307 metros sobre el punto en donde nos habíamos apeado. En ese lugar llené una botella con nieve con el objeto de hacer un examen químico del aire encerrado en sus poros y pronto se verá con qué objeto llevaría yo a cabo esa investigación.

En algunos instantes habíamos bajado a donde se encontraban nuestras mulas y utilicé algunos momentos para examinar esta parte de la montaña y recoger algunas rocas; a las 3:30 nos pusimos en camino y a las 6 habíamos llegado a la hacienda. El tiempo había sido magnífico y jamás nos había parecido tan majestuoso el Chimborazo, pero después de nuestra infructuosa expedición no podíamos mirarlo sino con un sentimiento de frustración.

Resolvimos intentar nuevamente la ascensión por el lado abrupto, es decir, por la pendiente que mira hacia el Arenal.

Sabíamos que el señor Humboldt había subido por ese lado y desde Riobamba nos habían mostrado el punto a donde él había llegado; nos fue imposible obtener información exacta sobre la ruta que había seguido, pues los indios que acompañaron a este intrépido viajero, ya no existían. A las 7 de la mañana del día siguiente tomamos la ruta del Arenal; el cielo estaba clarísimo y al este podíamos ver el famoso volcán de Sanyay, en la Provincia de Machas, el cual había sido visto por La Condamine en estado de permanente incandescencia, un siglo antes. A medida que avanzábamos, el terreno se elevaba de una manera sensible; en general las mesetas traquíticas que soportan los picos aislados se inclinan, poco a poco, hacia la base de esos picos. Las hondonadas que cruzan por todas partes, parecen venir todas de un centro común; no se podrían comparar mejor que con las fisuras de un vidrio que ha recibido un impacto. A las 9 nos detuvimos para almorzar a la sombra de un enorme bloque de traquita al que dimos el nombre de Piedrón del Almuerzo. Allí hice una observación barométrica y tenía el deseo de repetirla a las 4 de la tarde, para anotarla y conocer a esta altura la variación diurna del barómetro. El Piedrón tiene una elevación de 4.335 metros y pasamos el límite de las nieves montados en nuestras mulas. Nos encontrábamos a 4.945 metros, cuando nos apeamos. El terreno era totalmente impracticable para los animales que parecían hacemos comprender el cansancio que sentían; las orejas, ordinariamente rectas y atentas, estaban abatidas y durante las frecuentes pausas no cesaban de mirar hacia la llanura. Pocos jinetes han llevado a sus monturas a tal elevación.

Después de haber examinado la región, nos dimos cuenta que para llegar a un filo que iba hacia la cima del Chimborazo, primero teníamos que subir una pendiente excesivamente rápida, formada en su mayor parte por bloques de roca de todo tamaño, cubierto de hielo en algunos sitios. Claramente se veía que esas piedras reposaban sobre la nieve endurecida; esas caídas de rocas que son frecuentes en los glaciares, son peligrosísimas porque de allí se desprenden los aludes en los cuales hay más piedras que nieve. Eran las 10:45 cuando dejamos nuestras mulas y mientras caminábamos sobre las rocas no había muchas dificultades, se podría decir que subíamos por una escalera en mal estado y lo fatigante era la necesidad de una atención continua para escoger la piedra sobre la que se pondría el pie; hacíamos pausas cada 6 u 8 pasos, pero sin sentamos y a veces ese descanso se utilizaba para desprender muestras geológicas; cuando llegábamos a una superficie nevada, el calor del Sol era sofocante, nuestra respiración se hacía difícil y por consiguiente eran necesarios los descansos más frecuentes. 

A las 11:45 terminamos de atravesar una extensión de hielo sobre la cual cortamos escalones. Este paso presentaba un peligro pues un resbalón nos habría costado la vida; de nuevo estábamos sobre la traquita que para nosotros era tierra firme y desde entonces pudimos ascender más rápidamente; marchábamos en fila, yo a la cabeza, luego el coronel Hall y mi negro en seguida, quien vigilaba nuestros pasos con el fin de no arriesgar la seguridad de los instrumentos. Guardábamos un silencio absoluto durante la marcha, pues la experiencia nos había enseñado que no hay nada tan extenuante como una conversación al aire libre; durante nuestras pausas, si intercambiábamos unas palabras, era en voz muy baja y a esta precaución atribuyo, en gran parte, el estado de salud de que he gozado constantemente durante mis excursiones a los volcanes y por considerarla saludable, la imponía a mis compañeros, se puede decir, de manera despótica. A un indio que no atendió esta orden en el Antisana y llamó al coronel Hall con toda la fuerza de sus pulmones, mientras atravesábamos una nube, sufrió de vértigo y de un principio de hemorragia. A poco llegamos al filo que debíamos seguir y que era diferente a como lo habíamos supuesto desde lejos; tenía poca nieve, pero presentaba dificultades para ser escalado: se necesitaban esfuerzos increíbles y la gimnasia es penosa en esas altitudes; al fin llegamos cerca de un muro de traquita cortado a pico, de varios centenares de metros de altura; tuvimos un momento de desfallecimiento cuando el barómetro nos mostró que estábamos solamente a 5.680 metros, lo que era poco para nosotros, puesto que en el Cotopaxi habíamos subido más, lo mismo que Humboldt en el Chimborazo. Los exploradores de montaña cuando pierden su valor, siempre están dispuestos a sentarse y fue lo que hicimos en la estación de Peña Colorada y era el primer descanso que nos permitíamos; teníamos una sed atormentadora, así que nuestra primera ocupación fue la de chupar pedazos de hielo.

A las 12:45 sentimos mucho frío (0,4°) y nos encontrábamos entonces dentro de una nube; el higrómetro de cabello indicaba 91° y cuando ésta se disipó, marcó 84°. Una humedad así parecerá extraordinaria a tal elevación, pero con frecuencia la he observado sobre los glaciares de los Andes y tiene una explicación muy natural: durante el día la superficie de las nieves es húmeda ordinariamente; la roca de la Peña Colorada estaba mojada y el aire ambiente cerca del glaciar podía estar saturado de un vapor acuoso. Saussure vio su higrómetro mantenerse entre 59° y 51°, con la temperatura que variaba de 0,5° a 2,3° Reamur sobre el Monte Blanco. En las cordilleras, las grandes sequías se observan en las mesetas de 2.000 a 3.500 metros. En Quito y en Bogotá hemos visto el higrómetro de Saussure bajar a 26°.

Los inconvenientes que experimenta el hombre al estar en los glaciares, tales como la alteración profunda de la piel del rostro, de acuerdo con mis informaciones, provienen no solamente de la extrema sequía del aire, sino que parece según mis observaciones, que provienen de la luz demasiado fuerte ya que para evitar las grietas es suficiente cubrirse con una simple tela de color. Es evidente que un tejido tan liviano no puede evitar del todo el contacto con el aire, pero es suficiente para atenuar la luz y me han asegurado que es suficiente teñirse la cara de negro para defenderla; no dejo de creerlo ya que mi negro, en el Antisana, tuvo como yo una terrible inflamación de ojos por haber olvidado ponerse la careta, pero la piel de su cara no sufrió como la mía.

Cuando se disipó la nube donde nos hallábamos, examinamos nuestra situación: a nuestra derecha teníamos un abismo espantoso y a la izquierda se alcanzaba a distinguir una roca avanzada que parecía un mirador y a la que era necesario llegar con el fin de saber si era posible darle la vuelta a la Peña Colorada. El acceso parecía difícil, pero pude llegar con la ayuda de mis dos compañeros; entonces me di cuenta de que si podíamos ascender una superficie de nieve muy inclinada que se apoyaba a una pared de roca opuesta al lado donde nos encontrábamos, podíamos llegar a una elevación considerable. Para hacerse a una idea bastante clara del Chimborazo, es necesario imaginar una inmensa roca sostenida por todas partes por arbotantes; estos son los filos o cuchillas que salen de la llanura y parecen apoyarse en este enorme bloque para sostenerlo. Antes de emprender este paso peligroso, ordené a mi negro “ensayar” la nieve: era de una consistencia conveniente. Hall y el negro lograron dar la vuelta al pie de la Peña Colorada y me reuní con ellos cuando se habían establecido convenientemente para recibirme, porque para alcanzarlos hube de descender, resbalando más o menos 25 pies de hielo. En el momento de ponernos en marcha, una piedra se soltó de lo alto de la montaña y cayó muy cerca del coronel Hall, quien cayó a tierra; lo creí herido y me tranquilicé cuando lo vi levantarse y examinar con su lupa la muestra de roca tan brutalmente sometida a su investigación; esa traquita era idéntica a la que teníamos bajo nuestros pies.

Avanzábamos con precauciones: a la derecha podíamos apoyarnos en la roca, a la izquierda la pendiente era aterradora y antes de entrar y seguir adelante, comenzamos a familiarizarnos con el precipicio. Esta es una precaución que jamás se debe dejar de tomar en cuenta, cada vez que haya que pasar por un sitio peligroso en las montañas Saussure lo dijo hace tiempos, pero es bueno repetirlo y en mis expediciones por las cimas de los Andes nunca he olvidado este sabio precepto. Comenzábamos a sentir, más que nunca antes, el efecto de la falta de aire. Nos deteníamos cada dos o tres pasos y a veces nos acostábamos durante algunos segundos: una vez sentados nos aliviábamos; nuestro sufrimiento no tenía lugar sino cuando estábamos en movimiento. Pronto la nieve presentó una consistencia que transformó nuestra marcha en lenta y peligrosa: no había sino 3 o 4 pulgadas de nieve y por debajo se encontraba un hielo duro y resbaloso; nos vimos obligados a tallarla para asegurar nuestros pasos y el negro iba adelante haciendo los escalones, trabajo que lo dejaba exhausto. Quise pasar adelante para ayudarlo y resbalé, pero felizmente me retuvieron con fuerza mis compañeros. Durante un instante corrimos todos un peligro inminente y este incidente nos hizo vacilar un instante, pero resolvimos continuar. La nieve se tomó más favorable; hicimos un último esfuerzo y a 1:45 estábamos sobre el filo al cual deseábamos llegar. Allí nos convencimos de que era imposible hacer más: nos encontrábamos al pie de un prisma de traquita, cuya parte superior, cubierta de una cúpula de nieve, forma la cima del Chimborazo. El filo donde nos hallábamos tenía pocos metros de ancho, por todas partes estábamos rodeados de precipicios y nuestros alrededores ofrecían los accidentes más curiosos: el color oscuro de la roca contrastaba con la blancura de la nieve, largas estalagmitas de hielo parecían suspendidas sobre nuestras cabezas: se habría podido pensar en una magnífica cascada que acabara de congelarse; el tiempo era admirable y solamente se veían unas pequeñas nubes al oeste; el aire estaba en perfecta calma y nuestra vista abarcaba una inmensa extensión; la situación era novedosa y sentíamos una muy viva satisfacción: estábamos a 6.004 metros de altura absoluta que creo es la más grande elevación a que los hombres hayan llegado en las montañas, por ahora.

A las 2 el mercurio se sostenía en el barómetro a 371 mm (13 pulgadas 5,5 líneas, el termómetro del barómetro marcaba 7,8°; a la sombra de una roca, el termómetro libre indicó también 7,8°9. Busqué en vano una cueva donde pudiese tomar la temperatura promedio; a un pie bajo la nieve el termómetro marcó 0°, pero esta nieve estaba en estado de fusión y el instrumento debía mostrar la temperatura del hielo. Después de algunos instantes de reposo nos encontramos completamente descansados, ninguno tuvo los problemas que han tenido la mayoría de las personas que han ascendido las altas montañas; 45 minutos después de nuestra llegada, mi pulso y el del coronel Hall latían a 106 pulsaciones por minuto; teníamos sed y evidentemente estábamos bajo una influencia febril, estado que en ningún caso era desagradable. La alegría de mi amigo era expansiva: no cesaba de decir las cosas más picantes, aun cuando estuviera ocupado en dibujar lo que él llamaba el infierno de hielo. La intensidad del sonido estaba atenuada de una manera notable y la voz de mis compañeros era tan modificada, que en otra circunstancia me habría sido imposible reconocerla. Nos llamó la atención el poco ruido que producían los martillazos que dábamos contra la roca; el enrarecimiento del aire produce generalmente en las personas que suben las altas montañas, efectos muy marcados, por ejemplo, sobre la cima del Monte Blanco, Saussure se sintió muy mal; sus guías, todos habitantes de Chamonix tuvieron la misma sensación; este estado aumentó cuando se movía un poco o cuando fijaba su atención en sus instrumentos. Los primeros españoles que subieron las altas montañas de América, de acuerdo con el informe de Acosta, sufrieron de náuseas y de mal de estómago. Bouguer tuvo varias hemorragias en las cordilleras de Quito y el mismo accidente le sucedió al señor Zumstein en el Monte Rosa; Humboldt y Bonpland, sobre el Chimborazo durante su ascensión del 23 de junio de 1802, sintieron deseos de vomitar y su sangre salió de sus encías y de sus labios.

Nosotros, en verdad, habíamos sentido dificultad al respirar y un cansancio extremo mientras ascendíamos, pero esos inconvenientes cesaron al detenernos; estando en reposo creíamos sentimos en nuestro estado normal; tal vez se debe atribuir a nuestra permanencia prolongada en las ciudades altas de los Andes, la causa de nuestra insensibilidad a los efectos del enrarecimiento del aire. Cuando se ha visto el movimiento que hay en ciudades como Bogotá, Micupampa y Potosí, alturas de 2.600 a 4.000 metros; cuando se ha sido testigo de la fuerza y de la prodigiosa agilidad de los terneros en las corridas de Quito, a 3.000 metros; cuando se han visto mujeres jóvenes y delicadas, bailar durante noches enteras en localidades tan elevadas como el Monte Blanco, allí donde Saussure encontraba apenas suficiente fuerza para consultar sus instrumentos y en donde vigorosos montañeses desfallecían abriendo un hueco en la nieve, y si añado además que un combate célebre como el de Pichincha tuvo lugar a una altura poco diferente de la del Monte Rosa, estarán de acuerdo en que el hombre puede acostumbrarse a respirar el aire escaso de las más altas montañas, según creo. En todas las excursiones que he emprendido en las cordilleras siempre he tenido una sensación infinitamente más penosa, a igual altura, al subir una pendiente cubierta de nieve, que sobre una roca desnuda; sufrimos mucho más escalando el Cotopaxi que subiendo el Chimborazo; y es que en el primero permanecimos constantemente sobre la nieve.

Los indios del Antisana nos aseguraban que sentían un ahogo cuando marchaban durante largo tiempo en una llanura nevada y yo confieso que al considerar las incomodidades a las que Saussure y sus guías se encontraron expuestos al acampar en el Monte Blanco a una altura de 4.000 metros, las atribuyo, por lo menos en parte, a la acción de la nieve, todavía desconocida, porque ese campamento ni siquiera llegaba a tener la altura de Cajamarca y de Potosí. Sobre las altas montañas del Perú y en los Andes de Quito, los viajeros y las mulas sienten algunas veces y casi súbitamente, una gran dificultad para respirar y se asegura haber visto caer a los animales en un estado cercano a la asfixia. Este efecto no es constante; en muchos casos parece independiente del aire enrarecido y esto se observa especialmente cuando la nieve abundante cubre las montañas y el tiempo está tranquilo. Aquí se puede anotar que Saussure se sentía mejor en el Monte Blanco, cuando soplaba una ligera brisa. En América se conoce bajo el nombre de “soroche” el estado meteorológico que afecta fuertemente los órganos de la respiración. “Soroche” en el idioma de los mineros americanos significa pirita, nombre que indica que se atribuye este estado a las emanaciones subterráneas, cosa que no es imposible. La sofocaci6n que yo sentí en varias oportunidades al subir por la nieve calentada por los rayos del Sol, me ha hecho suponer que de allí puede salir, por acción del calor, aire sensiblemente viciado. Lo que me sostenía en esta idea singular era una experiencia de Saussure, por medio de la cual creyó aprender que el aire que salía de la nieve contenía menos oxígeno que el de la atmósfera y que dicho aire había sido recogido en los intersticios nevados del paso del Gigante.

El análisis fue hecho por Sennebier por medio de gas nitroso y en comparación con aire de Ginebra. Hacía tiempo que yo tenía deseo de repetir esta experiencia porque al suponer que fuera cierta y admitiendo que el aire aprisionado en la nieve de las montañas contuviese menos oxigeno que el aire ordinario, se podría concebir cómo este aire impuro, liberado por la acción del Sol, podía al extenderse en la atmósfera, incomodar a las personas expuestas a respirarlo. Con este objeto llené una botella con nieve del sitio de Chillapullu; cuando llegamos a la hacienda del Chimborazo, la nieve se había derretido completamente y el agua ocupaba alrededor de 1/8 de la botella; por consiguiente los 7/8 restantes estaban ocupados por el aire que provenía de la nieve; yo analicé este aire con mucho cuidado por medio del eudiómetro de fósforo y obtuve el siguiente resultado: 82 partes dejaron como residuo 68 partes de nitrógeno, así que 14 partes de oxígeno habían desaparecido y no quedaba por 100 partes de aire, sino 16 de oxígeno. 

Los físicos han visto en las altas montañas que el color azul del cielo parece más intenso a medida que se está a una mayor elevación. Sobre el Monte Blanco Saussure vio el cielo color azul rey muy pronunciado y durante la noche la Luna brillaba con el más vivo resplandor en medio de un cielo de un negro de ébano. Sobre el paso del Gigante la intensidad del color del cielo era muy marcada y Saussure había inventado un instrumento, el cianómetro, para comparar las observaciones de esta clase. En el Chimborazo observé que el cielo era de una pureza notable, pero no nos pareció más oscuro que en Quito; sin embargo como tuve la oportunidad en alguna ocasión, de ver el cielo casi completamente negro hallándome a menor elevación, informaré sencillamente los hechos como los tengo registrados, así: sobre el Tolima el cielo tenía su tinte ordinario y yo me encontraba a 4.686 metros, un poco por debajo de las nieves; sobre el Cumbal el cielo estaba de un azul añil extremadamente oscuro y en ese momento yo estaba rodeado de nieve y la cúpula del volcán termina en una corona de hielo; durante mi ascensión al Antisana, antes de llegar a la nieve, el cielo tenía su color ordinario, pero una vez que estuve sobre la gran planicie de hielo, me pareció negro como tinta; por la tarde sufrimos, mi negro y yo, una inflamación de los ojos, que nos mantuvo ciegos durante varios días. Cuando subí al Cotopaxi, tanto mi compañero y yo, teníamos anteojos de vidrios de colores y cuando después de haber caminado durante 5 horas sobre la nieve, suspendimos el ascenso a 5.719 metros, el cielo, a simple vista, no nos pareció más oscuro que el de la llanura, lo mismo que ya he dicho del Chimborazo, donde reconocimos el cielo azul igual a Riobamba y Quito.

No pretendo negar que el color del cielo parezca más oscuro sobre las altas montañas que a nivel del mar. Yo no tenía cianómetro, pero estoy dispuesto a admitir los resultados generales obtenidos por Saussure con la ayuda de este instrumento; los montañeses que a él lo acompañaron en su memorable ascensión al Monte Blanco pretendieron haber visto estrellas en pleno día, eso fue a la subida que llevaba a la cima del glaciar. Saussure no las vio pero no duda de la veracidad de sus acompañantes.

Sobre las montañas de los Andes yo he llegado a alturas considerables, pero nunca he visto estrellas durante el día.

Sobre el Chimborazo el cielo se había mantenido muy límpido y hacia las 3 de la tarde alcanzamos a ver algunas nubes sobre la llanura; el trueno estalló pronto debajo de nosotros con un ruido poco intenso que tomamos por el de un bramido o rugido subterráneo; nubes oscuras no tardaron en rodear la base de la montaña, elevándose hacia nosotros con lentitud; no teníamos tiempo qué perder, pues para bajar era necesario llegar a los malos pasos antes de que los cubrieran las nubes, pues de otra manera habríamos corrido grandes peligros, ya que una caída de nieve o una helada eran suficientes para impedir nuestro regreso y no teníamos ninguna provisión. El descenso fue penoso: después de haber bajado unos 300 o 400 metros, entramos en las nubes; un poco más abajo comenzó a lloviznar y se enfrió el aire y en el momento cuando nos encontrábamos con el indio guardián de nuestras mulas, la nube lanzó un granizo suficientemente grueso para hacernos sentir dolor; a las 4:45 abrí mi barómetro en el Piedrón:  

Por la mañana el instrumento se mantenía a  457 mm 6
A las 4:45, encontré 458 mm 2
El termómetro por la mañana, en el suelo  10,6°
El termómetro por la mañana, en el aire    5,6°
El termómetro por la tarde, en el piso    4,8°
El termómetro por la tarde, en el aire    3,9°

La variación diurna había tenido lugar en sentido inverso. A medida que bajábamos, una lluvia helada se mezcló con el granizo y la noche nos sorprendió. A las 8 entramos en la hacienda del Chimborazo.

Las observaciones recogidas durante esta excursión tienden a confirmar las ideas emitidas sobre la naturaleza de las montañas traquíticas que forman la cresta de las cordilleras, porque he visto repetirse sobre el Chimborazo, todos los hechos ya señalados en los volcanes del Ecuador como el Cotopaxi, el Antisana, el Tunguragua y en general, las montañas que erizan las mesetas de los Andes. La masa del Chimborazo está formada por la acumulación de escombros de traquíticos amontonados sin ningún orden. Estos fragmentos de enorme volumen frecuentemente, han sido elevados en estado sólido y sus ángulos son cortantes; nada indica que haya habido fusión o simplemente un estado de blandura. En ninguna parte de los volcanes del Ecuador se ve que haya corrido un río de lava, de esos cráteres no han salido sino deyecciones de lodo y fluidos elásticos o bloques incandescentes, más o menos escoriáceos que a veces son lanzados a grandes distancias. La base del Chimborazo es un altiplano que estudiamos cerca de la hacienda. Aquí también la traquita no está estratificada sino fisurada en todos los sentidos; esta roca es de pasta feldespática, generalmente de color gris, que encierra piroxenos y cristales de feldespato semivítreos. La roca se eleva hacia el Chimborazo; presenta fracturas considerables, más anchas y más profundas a medida que se aproximan a la montaña. Se podría decir que la masa al levantarse ha hecho abombar el altiplano que le sirve de base.

La roca que constituye en gran parte el terreno de la Provincia de Quito, ofrece poca variedad. Los bloques amontonados que forman los conos volcánicos son parecidos, por su naturaleza mineralógica, a la roca que forma la base. Esos conos, esas montañas que sobresalen han sido levantados, sin duda, por ruidos elásticos que han aparecido en los puntos de menor resistencia. La traquita rota en infinidad de fragmentos, ha surgido en la superficie, levantada por una emisión de vapores. Después de la erupción, la roca quebrada debió ocupar un mayor volumen, por necesidad, puesto que todos los fragmentos no habrán podido regresar al sitio de donde salieron y se amontonaron por debajo del orificio por donde salen los ruidos. Precisamente es lo que sucedería si después de haber perforado un pozo profundo en una roca dura y compacta, se quisiera rellenarlo con los restos extraídos; pronto la excavación se llenaría y sí se formaría, por encima de ella, un cono tanto más elevado cuanto mayor haya sido la profundidad perforada. Es así como se puede concebir la formación del Cotopaxi, del Tunguragua, del Chimborazo, etc.

Las emisiones gaseosas al abrirse paso a través de la capa traquítica, después de haberla hecho estallar, han podido establecer una comunicación con vacíos considerables existentes a una profundidad más o menos grande; entonces en lugar de un cono que se eleva por encima del punto de erupción, se producirá una concavidad en la superficie del terreno y así se pudieron formar las notables depresiones que presenta el cráter del Rucu-Pichincha y el Lago Verde del Azufral de Túquerres, cuya descripción ya hice. Por esto considero la aparición de los conos traquíticos de las cordilleras como posterior al levantamiento de la masa de los Andes. Sin embargo, no son estos levantamientos los más recientes que hayan tenido lugar en estas montañas. En las cercanías de los picos más elevados como el Cayambe, el Antisana y el Chimborazo, se pueden ver montículos compuestos de fragmentos, pero de una roca sensiblemente diferente a la traquita ordinaria: es negra, porfídica y en su consistencia lleva cristales feldespáticos vidriosos y tiene coloración procedente del piroxeno. Los cristales feldespáticos son raros y con frecuencia uno se creería encontrar basalto; sin embargo, jamás he encontrado peridota (olivino). Algunas veces esta roca compacta está dispuesta en prismas; algunas veces escoriforme, llena de agujeros, parecería una lava si cubriera un espacio poco extendido, pero siempre se presenta en pedazos que rara vez llegan al tamaño de un puño; este material surgió, evidentemente, en una época reciente. En la Chorrera de Pisque, cerca de Ibarra, se ve una bella columnata que reposa sobre un aluvión. En la hacienda de Lysco, esta roca en estado fragmentario, se abrió un pasaje a través de la traquita al levantarla y es allí donde Humboldt creyó ver una corriente salida del Antisana. Ya he discutido las razones sobre las cuales me baso para no participar de la opinión del ilustre viajero.

El volcán apagado de Calpi que se encuentra en la base del Chimborazo, está compuesto de esta clase de basalto; lo visitamos al regresar de Riobamba. En el centro del piso arenoso que ocupa toda la llanura se nota, cerca del villorrio de Calpi, una colina de color oscuro: es el Yana-Urcu (la montaña negra). En la parte inferior del montículo puede verse la traquita que sale de debajo de la arena. La roca parece haber sido sacudida violentamente y está llena de fisuras y fracturada en todos los sentidos. La pendiente del Yana-Urcu que mira hacia el Calpi está formada por pequeños fragmentos de roca negra y este montón de fragmentos recuerda la erupción pedregosa de Lysco. Parece que esta erupción del Yana-Urcu tuvo lugar posteriormente a la de arena que cubre la planicie, porque su superficie, en los alrededores del volcán está cubierta de esas piedras negras escoriformes. Nuestros guías que eran indios de Calpi, nos llevaron a una hendidura en donde se oía distintamente el ruido de una cascada subterránea; a juzgar por la intensidad del sonido, la masa de agua en movimiento debía ser considerable.

Me había llamado la atención la aridez del suelo desde Latacunga hasta Riobamba y me preguntaba cómo los glaciares y las montañas que dominan ese terreno no daban origen a numerosos torrentes. La sequía de esa meseta es solamente superficial, pues parece que las aguas de las montañas, después de haber penetrado en ese terreno permeable, circulan a mayor o menor profundidad bajo el suelo. La cascada subterránea de Yana-Urcu es una prueba y en varios puntos se ve salir a la superficie agua abundante, al bajar por las gargantas profundas del terreno aluvial de la meseta. Muy cerca de Latacunga, entre esta ciudad y el Cotopaxi, existe una capa de agua que se encontró al perforar algunos metros de profundidad en el conglomerado de piedra pómez y que los indios llaman “Timbo-pollo”. En realidad es un verdadero río subterráneo, porque el agua se renueva sin cesar y se percibe claramente el sentido de la corriente; encontré que su temperatura es de 18,8° centígrados y que la temperatura promedio de Latacunga es de 15,5°C.

El 21 de diciembre estábamos de regreso en Riobamba donde permanecí algunos días más para terminar las observaciones que estaba empeñado en hacer: con curiosidad vi, a una legua de la ciudad, un caserío donde se fabricaba ácido sulfúrico en muy pequeñas cámaras de plomo, es decir, por un procedimiento adoptado actualmente por la industria. Como el tiempo era favorable, tomé varias series de distancias de la Luna a las estrellas, para rectificar la longitud de Riobamba.

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