CAPÍTULO XXV
Ascensión al Chimborazo (1831).
Después de 10 años de trabajos continuos yo había realizado los
proyectos de mi juventud que me llevaron al Nuevo Mundo. La altura
del barómetro había sido determinada en el puerto de La Guayra, se
había fijado la posición geográfica de las principales ciudades de
Venezuela y de la Nueva Granada, varias nivelaciones hacían conocer
el relieve de las cordilleras y yo llevaba los datos más precisos
sobre los yacimientos de oro y del platino de Antioquia y del
Chocó. En fin, mi laboratorio había sido establecido sucesivamente
en los cráteres de los volcanes vecinos del Ecuador y había tenido
la suficiente suerte de poder continuar mis investigaciones sobre
la disminución del calor en los Andes intertropicales hasta la
enorme altura de 5.500 metros.
Me encontraba en Riobamba descansando de mis últimas excursiones
al Tunguragua y al Cotopaxi. Quería contemplar tranquilamente,
saciar la vista, por así decirlo, en esos glaciares majestuosos que
me habían deparado con frecuencia las emociones de la ciencia y a
los que pronto iba a decir un eterno adiós. La ciudad es tal vez el
más singular diorama del univero; allí no hay nada que la destaque.
Está colocada sobre una de las mesetas áridas tan comunes en los
Andes y que a esa gran elevación tienen un aspecto invernal
característico que imprime al viajero una cierta sensación de
tristeza. Esto se debe, sin duda, a que para llegar allí se pasa
primero por los sitios más pintorescos y es con pena que se deja el
clima de los trópicos por los fríos del Norte. Desde mi casa podía
ver el Capac-Urcu, el Tunguragua, el Cubilli, el Cargairaguay al
norte el Chimborazo, además de otras montañas de los páramos, las
cuales, sin tener nieves eternas, no son menos dignas del interés
de un geólogo. Este vasto anfiteatro de nieves que limita el
horizonte de Riobamba por todas partes, se presta a observaciones
variadas. Es curioso observar el aspecto de estos glaciares a
diferentes horas del día y ver variar su altura aparente de un
momento a otro por efecto de las refracciones atmosféricas. Es con
verdadero interés como se ven producir, en un espacio tan estrecho,
¡todos los grandes fenómenos de la meteorología! Aquí una de esas
nubes inmensas que Saussure ha definido tan bien con el nombre de
“nubes parásitas” que se adhieren a las piedras y ni el
viento que sopla con fuerza puede moverlas; pronto revienta la
tempestad en esas masas de vapor, granizo mezclado con lluvia
inunda la base de la montaña, mientras que su cima nevada está
vivamente iluminada por el Sol; más allá la cima espigada cubierta
de hielo y resplandeciente de luz que se dibuja claramente sobre el
azul del cielo, dejando distinguir los contornos y todos los
accidentes; la atmósfera es de una pureza notable y sin embargo
esta cima de nieve se cubre con una nube que parece emanar de su
seno como si fuera humo. Esta nube no se ve sino como un ligero
vapor que pronto desaparece, pero a poco se reproduce para volver a
borrarse. Esta formación intermitente de nubes es un fenómeno muy
frecuente sobre las cimas cubiertas de nieve; se le puede observar
principalmente en épocas serenas, siempre algunas horas después de
la caída del Sol. En esas condiciones los glaciares pueden ser
comparados a condensadores lanzados hacia las altas regiones para
secar el aire por medio de frío y traer así a la superficie de la
tierra el agua que se encuentra en estado de vapor.
Esas mesetas rodeadas de glaciares presentan a veces un aspecto
lúgubre y es cuando un viento sostenido trae un aire de las
regiones calientes. Las montañas se tornan invisibles, el horizonte
desaparece oculto por una línea de nubes que parecen tocar la
tierra, el día es frío y húmedo porque esta masa de vapor es
impenetrable a la luz solar, es un largo crepúsculo, el único que
se conoce en los trópicos porque en la zona ecuatorial la noche
sucede repentinamente al día: parece que el Sol se apague al
acostarse.
Yo no podía terminar de mejor manera mis investigaciones sobre
las traquitas de las cordilleras, sino con un estudio especial del
Chimborazo. Para esto era suficiente llegar hasta su base; pero lo
que me hizo pasar el límite bajo de las nieves, fue la esperanza de
obtener la temperatura promedio en un sitio extremadamente elevado.
Pues bien, aunque esa esperanza se frustró, la excursión no dejará
por eso de tener alguna utilidad. Dejo así expuestas las razones
que me llevaron al Chimborazo porque no estoy de acuerdo con las
expediciones peligrosas a las montañas, cuando no se llevan a cabo
con un interés científico. A pesar de las numerosas ascensiones que
se han hecho desde la época de Saussure, este célebre sabio es el
único que ha publicado resultados importantes. A sus imitadores
nada se les debe ya que no han aportado algo que justifique los
peligros de su empresa.
Mi amigo el coronel Hall, quien ya me había acompañado a la cima
del Antisana y del Cotopaxi, no tuvo inconveniente de venir conmigo
en esta expedición, con el objeto de aumentar las informaciones que
tenía sobre la topografía de la Provincia de Quito y el de
continuar sus investigaciones sobre la geografía de las
plantas.
El Chimborazo presenta desde Riobamba dos pendientes con
inclinaciones muy diferentes. La que mira hacia el Arenal es muy
abrupta y se aprecian varios picos de traquita debajo de los
hielos; la otra que baja hacia el sitio llamado Chillapulcu, no
lejos de Mocha, es por el contrario, poco inclinada pero
considerablemente extensa. Después de haber examinado
cuidadosamente los alrededores de la montaña, escogimos ésta última
para subir. El 14 de diciembre de 1831 fuimos a pasar la noche en
la hacienda del Chimborazo y tuvimos la suficiente suerte de
encontrar paja seca para acostarnos y algunas pieles de cordero
para protegernos del frío. La finca se encuentra a 3.800 metros de
altura, las noches son frías y la estancia bastante desagradable ya
que es difícil prender fuego porque la madera es escasa. Ya
estábamos en la región de las gramíneas (pajonales) las que se
atraviesan antes de llegar al límite de las nieves perpetuas y allí
termina la vegetación leñosa. El 15 de diciembre a las 7 de la
mañana nos pusimos en camino, guiados por un indio de la hacienda;
los indios de las mesetas por lo general son muy malos guías porque
ellos casi nunca pasan el límite de las nieves y por esto conocen
muy poco de los caminos que llegan a la cima de los glaciares. Para
subir seguimos remontando el río encajonado entre dos muros de
traquita; pronto dejamos esta hondonada para dirigirnos hacia
Mocha, a lo largo de la base del Chimborazo. Subíamos
insensiblemente; nuestras mulas andaban con dificultad entre los
restos de roca que se habían acumulado al pie de la montaña. Debido
a que la pendiente era muy rápida, el piso no era firme y las mulas
se detenían a cada momento para una larga pausa; la respiración de
los animales era rápida y entrecortada; estábamos a 4.808 metros,
altura del Monte Blanco. Después de habernos cubierto la cara con
caretas de tafetán liviano, comentamos a ascender una cuchilla que
llega a un punto bastante elevado del glaciar. Era mediodía;
subíamos lentamente y a medida que entrábamos en la nieve, se hacía
sentir más apremiante la dificultad de respirar mientras
caminábamos; restablecíamos las fuerzas deteniéndonos, sin
sentarnos cada 8 o 10 pasos; creo haber anotado que a una altura
igual se respira más difícilmente sobre la nieve que sobre una roca
y trataré de explicar esto más adelante. Pronto llegamos a una roca
negra, que se elevaba un poco más adelante y continuamos
ascendiendo un poquito durante unos instantes, pero sintiendo mucha
fatiga ocasionada por la poca consistencia de un suelo nevado que
se hundía bajo nuestros pies, llegando a hundirnos hasta la
cintura. A pesar de todos nuestros esfuerzos, nos convencimos de la
imposibilidad de seguir adelante; en efecto, un poco más allá de la
roca negra la nieve tenía más de 4 pies de profundidad. Fuimos a
reposar sobre un bloque de traquita que parecía una isla en el
centro de un mar de nieve. Nos encontrábamos a 5.115 metros de
altura; la temperatura del aire era de 2,9° y era la 1 y media. Así
que, después de muchas fatigas nos habíamos elevado únicamente 307
metros sobre el punto en donde nos habíamos apeado. En ese lugar
llené una botella con nieve con el objeto de hacer un examen
químico del aire encerrado en sus poros y pronto se verá con qué
objeto llevaría yo a cabo esa investigación.
En algunos instantes habíamos bajado a donde se encontraban
nuestras mulas y utilicé algunos momentos para examinar esta parte
de la montaña y recoger algunas rocas; a las 3:30 nos pusimos en
camino y a las 6 habíamos llegado a la hacienda. El tiempo había
sido magnífico y jamás nos había parecido tan majestuoso el
Chimborazo, pero después de nuestra infructuosa expedición no
podíamos mirarlo sino con un sentimiento de frustración.
Resolvimos intentar nuevamente la ascensión por el lado abrupto,
es decir, por la pendiente que mira hacia el Arenal.
Sabíamos que el señor Humboldt había subido por ese lado y desde
Riobamba nos habían mostrado el punto a donde él había llegado; nos
fue imposible obtener información exacta sobre la ruta que había
seguido, pues los indios que acompañaron a este intrépido viajero,
ya no existían. A las 7 de la mañana del día siguiente tomamos la
ruta del Arenal; el cielo estaba clarísimo y al este podíamos ver
el famoso volcán de Sanyay, en la Provincia de Machas, el cual
había sido visto por La Condamine en estado de permanente
incandescencia, un siglo antes. A medida que avanzábamos, el
terreno se elevaba de una manera sensible; en general las mesetas
traquíticas que soportan los picos aislados se inclinan, poco a
poco, hacia la base de esos picos. Las hondonadas que cruzan por
todas partes, parecen venir todas de un centro común; no se podrían
comparar mejor que con las fisuras de un vidrio que ha recibido un
impacto. A las 9 nos detuvimos para almorzar a la sombra de un
enorme bloque de traquita al que dimos el nombre de Piedrón del
Almuerzo. Allí hice una observación barométrica y tenía el deseo de
repetirla a las 4 de la tarde, para anotarla y conocer a esta
altura la variación diurna del barómetro. El Piedrón tiene una
elevación de 4.335 metros y pasamos el límite de las nieves
montados en nuestras mulas. Nos encontrábamos a 4.945 metros,
cuando nos apeamos. El terreno era totalmente impracticable para
los animales que parecían hacemos comprender el cansancio que
sentían; las orejas, ordinariamente rectas y atentas, estaban
abatidas y durante las frecuentes pausas no cesaban de mirar hacia
la llanura. Pocos jinetes han llevado a sus monturas a tal
elevación.
Después de haber examinado la región, nos dimos cuenta que para
llegar a un filo que iba hacia la cima del Chimborazo, primero
teníamos que subir una pendiente excesivamente rápida, formada en
su mayor parte por bloques de roca de todo tamaño, cubierto de
hielo en algunos sitios. Claramente se veía que esas piedras
reposaban sobre la nieve endurecida; esas caídas de rocas que son
frecuentes en los glaciares, son peligrosísimas porque de allí se
desprenden los aludes en los cuales hay más piedras que nieve. Eran
las 10:45 cuando dejamos nuestras mulas y mientras caminábamos
sobre las rocas no había muchas dificultades, se podría decir que
subíamos por una escalera en mal estado y lo fatigante era la
necesidad de una atención continua para escoger la piedra sobre la
que se pondría el pie; hacíamos pausas cada 6 u 8 pasos, pero sin
sentamos y a veces ese descanso se utilizaba para desprender
muestras geológicas; cuando llegábamos a una superficie nevada, el
calor del Sol era sofocante, nuestra respiración se hacía difícil y
por consiguiente eran necesarios los descansos más frecuentes.
A las 11:45 terminamos de atravesar una extensión de hielo sobre
la cual cortamos escalones. Este paso presentaba un peligro pues un
resbalón nos habría costado la vida; de nuevo estábamos sobre la
traquita que para nosotros era tierra firme y desde entonces
pudimos ascender más rápidamente; marchábamos en fila, yo a la
cabeza, luego el coronel Hall y mi negro en seguida, quien vigilaba
nuestros pasos con el fin de no arriesgar la seguridad de los
instrumentos. Guardábamos un silencio absoluto durante la marcha,
pues la experiencia nos había enseñado que no hay nada tan
extenuante como una conversación al aire libre; durante nuestras
pausas, si intercambiábamos unas palabras, era en voz muy baja y a
esta precaución atribuyo, en gran parte, el estado de salud de que
he gozado constantemente durante mis excursiones a los volcanes y
por considerarla saludable, la imponía a mis compañeros, se puede
decir, de manera despótica. A un indio que no atendió esta orden en
el Antisana y llamó al coronel Hall con toda la fuerza de sus
pulmones, mientras atravesábamos una nube, sufrió de vértigo y de
un principio de hemorragia. A poco llegamos al filo que debíamos
seguir y que era diferente a como lo habíamos supuesto desde lejos;
tenía poca nieve, pero presentaba dificultades para ser escalado:
se necesitaban esfuerzos increíbles y la gimnasia es penosa en esas
altitudes; al fin llegamos cerca de un muro de traquita cortado a
pico, de varios centenares de metros de altura; tuvimos un momento
de desfallecimiento cuando el barómetro nos mostró que estábamos
solamente a 5.680 metros, lo que era poco para nosotros, puesto que
en el Cotopaxi habíamos subido más, lo mismo que Humboldt en el
Chimborazo. Los exploradores de montaña cuando pierden su valor,
siempre están dispuestos a sentarse y fue lo que hicimos en la
estación de Peña Colorada y era el primer descanso que nos
permitíamos; teníamos una sed atormentadora, así que nuestra
primera ocupación fue la de chupar pedazos de hielo.
A las 12:45 sentimos mucho frío (0,4°) y nos encontrábamos
entonces dentro de una nube; el higrómetro de cabello indicaba 91°
y cuando ésta se disipó, marcó 84°. Una humedad así parecerá
extraordinaria a tal elevación, pero con frecuencia la he observado
sobre los glaciares de los Andes y tiene una explicación muy
natural: durante el día la superficie de las nieves es húmeda
ordinariamente; la roca de la Peña Colorada estaba mojada y el aire
ambiente cerca del glaciar podía estar saturado de un vapor acuoso.
Saussure vio su higrómetro mantenerse entre 59° y 51°, con la
temperatura que variaba de 0,5° a 2,3° Reamur sobre el Monte
Blanco. En las cordilleras, las grandes sequías se observan en las
mesetas de 2.000 a 3.500 metros. En Quito y en Bogotá hemos visto
el higrómetro de Saussure bajar a 26°.
Los inconvenientes que experimenta el hombre al estar en los
glaciares, tales como la alteración profunda de la piel del rostro,
de acuerdo con mis informaciones, provienen no solamente de la
extrema sequía del aire, sino que parece según mis observaciones,
que provienen de la luz demasiado fuerte ya que para evitar las
grietas es suficiente cubrirse con una simple tela de color. Es
evidente que un tejido tan liviano no puede evitar del todo el
contacto con el aire, pero es suficiente para atenuar la luz y me
han asegurado que es suficiente teñirse la cara de negro para
defenderla; no dejo de creerlo ya que mi negro, en el Antisana,
tuvo como yo una terrible inflamación de ojos por haber olvidado
ponerse la careta, pero la piel de su cara no sufrió como la
mía.
Cuando se disipó la nube donde nos hallábamos, examinamos
nuestra situación: a nuestra derecha teníamos un abismo espantoso y
a la izquierda se alcanzaba a distinguir una roca avanzada que
parecía un mirador y a la que era necesario llegar con el fin de
saber si era posible darle la vuelta a la Peña Colorada. El acceso
parecía difícil, pero pude llegar con la ayuda de mis dos
compañeros; entonces me di cuenta de que si podíamos ascender una
superficie de nieve muy inclinada que se apoyaba a una pared de
roca opuesta al lado donde nos encontrábamos, podíamos llegar a una
elevación considerable. Para hacerse a una idea bastante clara del
Chimborazo, es necesario imaginar una inmensa roca sostenida por
todas partes por arbotantes; estos son los filos o cuchillas que
salen de la llanura y parecen apoyarse en este enorme bloque para
sostenerlo. Antes de emprender este paso peligroso, ordené a mi
negro “ensayar” la nieve: era de una consistencia
conveniente. Hall y el negro lograron dar la vuelta al pie de la
Peña Colorada y me reuní con ellos cuando se habían establecido
convenientemente para recibirme, porque para alcanzarlos hube de
descender, resbalando más o menos 25 pies de hielo. En el momento
de ponernos en marcha, una piedra se soltó de lo alto de la montaña
y cayó muy cerca del coronel Hall, quien cayó a tierra; lo creí
herido y me tranquilicé cuando lo vi levantarse y examinar con su
lupa la muestra de roca tan brutalmente sometida a su
investigación; esa traquita era idéntica a la que teníamos bajo
nuestros pies.
Avanzábamos con precauciones: a la derecha podíamos apoyarnos en
la roca, a la izquierda la pendiente era aterradora y antes de
entrar y seguir adelante, comenzamos a familiarizarnos con el
precipicio. Esta es una precaución que jamás se debe dejar de tomar
en cuenta, cada vez que haya que pasar por un sitio peligroso en
las montañas Saussure lo dijo hace tiempos, pero es bueno repetirlo
y en mis expediciones por las cimas de los Andes nunca he olvidado
este sabio precepto. Comenzábamos a sentir, más que nunca antes, el
efecto de la falta de aire. Nos deteníamos cada dos o tres pasos y
a veces nos acostábamos durante algunos segundos: una vez sentados
nos aliviábamos; nuestro sufrimiento no tenía lugar sino cuando
estábamos en movimiento. Pronto la nieve presentó una consistencia
que transformó nuestra marcha en lenta y peligrosa: no había sino 3
o 4 pulgadas de nieve y por debajo se encontraba un hielo duro y
resbaloso; nos vimos obligados a tallarla para asegurar nuestros
pasos y el negro iba adelante haciendo los escalones, trabajo que
lo dejaba exhausto. Quise pasar adelante para ayudarlo y resbalé,
pero felizmente me retuvieron con fuerza mis compañeros. Durante un
instante corrimos todos un peligro inminente y este incidente nos
hizo vacilar un instante, pero resolvimos continuar. La nieve se
tomó más favorable; hicimos un último esfuerzo y a 1:45 estábamos
sobre el filo al cual deseábamos llegar. Allí nos convencimos de
que era imposible hacer más: nos encontrábamos al pie de un prisma
de traquita, cuya parte superior, cubierta de una cúpula de nieve,
forma la cima del Chimborazo. El filo donde nos hallábamos tenía
pocos metros de ancho, por todas partes estábamos rodeados de
precipicios y nuestros alrededores ofrecían los accidentes más
curiosos: el color oscuro de la roca contrastaba con la blancura de
la nieve, largas estalagmitas de hielo parecían suspendidas sobre
nuestras cabezas: se habría podido pensar en una magnífica cascada
que acabara de congelarse; el tiempo era admirable y solamente se
veían unas pequeñas nubes al oeste; el aire estaba en perfecta
calma y nuestra vista abarcaba una inmensa extensión; la situación
era novedosa y sentíamos una muy viva satisfacción: estábamos a
6.004 metros de altura absoluta que creo es la más grande elevación
a que los hombres hayan llegado en las montañas, por ahora.
A las 2 el mercurio se sostenía en el barómetro a 371 mm (13
pulgadas 5,5 líneas, el termómetro del barómetro marcaba 7,8°; a la
sombra de una roca, el termómetro libre indicó también 7,8°9.
Busqué en vano una cueva donde pudiese tomar la temperatura
promedio; a un pie bajo la nieve el termómetro marcó 0°, pero esta
nieve estaba en estado de fusión y el instrumento debía mostrar la
temperatura del hielo. Después de algunos instantes de reposo nos
encontramos completamente descansados, ninguno tuvo los problemas
que han tenido la mayoría de las personas que han ascendido las
altas montañas; 45 minutos después de nuestra llegada, mi pulso y
el del coronel Hall latían a 106 pulsaciones por minuto; teníamos
sed y evidentemente estábamos bajo una influencia febril, estado
que en ningún caso era desagradable. La alegría de mi amigo era
expansiva: no cesaba de decir las cosas más picantes, aun cuando
estuviera ocupado en dibujar lo que él llamaba el infierno de
hielo. La intensidad del sonido estaba atenuada de una manera
notable y la voz de mis compañeros era tan modificada, que en otra
circunstancia me habría sido imposible reconocerla. Nos llamó la
atención el poco ruido que producían los martillazos que dábamos
contra la roca; el enrarecimiento del aire produce generalmente en
las personas que suben las altas montañas, efectos muy marcados,
por ejemplo, sobre la cima del Monte Blanco, Saussure se sintió muy
mal; sus guías, todos habitantes de Chamonix tuvieron la misma
sensación; este estado aumentó cuando se movía un poco o cuando
fijaba su atención en sus instrumentos. Los primeros españoles que
subieron las altas montañas de América, de acuerdo con el informe
de Acosta, sufrieron de náuseas y de mal de estómago. Bouguer tuvo
varias hemorragias en las cordilleras de Quito y el mismo accidente
le sucedió al señor Zumstein en el Monte Rosa; Humboldt y Bonpland,
sobre el Chimborazo durante su ascensión del 23 de junio de 1802,
sintieron deseos de vomitar y su sangre salió de sus encías y de
sus labios.
Nosotros, en verdad, habíamos sentido dificultad al respirar y
un cansancio extremo mientras ascendíamos, pero esos inconvenientes
cesaron al detenernos; estando en reposo creíamos sentimos en
nuestro estado normal; tal vez se debe atribuir a nuestra
permanencia prolongada en las ciudades altas de los Andes, la causa
de nuestra insensibilidad a los efectos del enrarecimiento del
aire. Cuando se ha visto el movimiento que hay en ciudades como
Bogotá, Micupampa y Potosí, alturas de 2.600 a 4.000 metros; cuando
se ha sido testigo de la fuerza y de la prodigiosa agilidad de los
terneros en las corridas de Quito, a 3.000 metros; cuando se han
visto mujeres jóvenes y delicadas, bailar durante noches enteras en
localidades tan elevadas como el Monte Blanco, allí donde Saussure
encontraba apenas suficiente fuerza para consultar sus instrumentos
y en donde vigorosos montañeses desfallecían abriendo un hueco en
la nieve, y si añado además que un combate célebre como el de
Pichincha tuvo lugar a una altura poco diferente de la del Monte
Rosa, estarán de acuerdo en que el hombre puede acostumbrarse a
respirar el aire escaso de las más altas montañas, según creo. En
todas las excursiones que he emprendido en las cordilleras siempre
he tenido una sensación infinitamente más penosa, a igual altura,
al subir una pendiente cubierta de nieve, que sobre una roca
desnuda; sufrimos mucho más escalando el Cotopaxi que subiendo el
Chimborazo; y es que en el primero permanecimos constantemente
sobre la nieve.
Los indios del Antisana nos aseguraban que sentían un ahogo
cuando marchaban durante largo tiempo en una llanura nevada y yo
confieso que al considerar las incomodidades a las que Saussure y
sus guías se encontraron expuestos al acampar en el Monte Blanco a
una altura de 4.000 metros, las atribuyo, por lo menos en parte, a
la acción de la nieve, todavía desconocida, porque ese campamento
ni siquiera llegaba a tener la altura de Cajamarca y de Potosí.
Sobre las altas montañas del Perú y en los Andes de Quito, los
viajeros y las mulas sienten algunas veces y casi súbitamente, una
gran dificultad para respirar y se asegura haber visto caer a los
animales en un estado cercano a la asfixia. Este efecto no es
constante; en muchos casos parece independiente del aire enrarecido
y esto se observa especialmente cuando la nieve abundante cubre las
montañas y el tiempo está tranquilo. Aquí se puede anotar que
Saussure se sentía mejor en el Monte Blanco, cuando soplaba una
ligera brisa. En América se conoce bajo el nombre de
“soroche” el estado meteorológico que afecta fuertemente
los órganos de la respiración. “Soroche” en el idioma de
los mineros americanos significa pirita, nombre que indica que se
atribuye este estado a las emanaciones subterráneas, cosa que no es
imposible. La sofocaci6n que yo sentí en varias oportunidades al
subir por la nieve calentada por los rayos del Sol, me ha hecho
suponer que de allí puede salir, por acción del calor, aire
sensiblemente viciado. Lo que me sostenía en esta idea singular era
una experiencia de Saussure, por medio de la cual creyó aprender
que el aire que salía de la nieve contenía menos oxígeno que el de
la atmósfera y que dicho aire había sido recogido en los
intersticios nevados del paso del Gigante.
El análisis fue hecho por Sennebier por medio de gas nitroso y
en comparación con aire de Ginebra. Hacía tiempo que yo tenía deseo
de repetir esta experiencia porque al suponer que fuera cierta y
admitiendo que el aire aprisionado en la nieve de las montañas
contuviese menos oxigeno que el aire ordinario, se podría concebir
cómo este aire impuro, liberado por la acción del Sol, podía al
extenderse en la atmósfera, incomodar a las personas expuestas a
respirarlo. Con este objeto llené una botella con nieve del sitio
de Chillapullu; cuando llegamos a la hacienda del Chimborazo, la
nieve se había derretido completamente y el agua ocupaba alrededor
de 1/8 de la botella; por consiguiente los 7/8 restantes estaban
ocupados por el aire que provenía de la nieve; yo analicé este aire
con mucho cuidado por medio del eudiómetro de fósforo y obtuve el
siguiente resultado: 82 partes dejaron como residuo 68 partes de
nitrógeno, así que 14 partes de oxígeno habían desaparecido y no
quedaba por 100 partes de aire, sino 16 de oxígeno.
Los físicos han visto en las altas montañas que el color azul
del cielo parece más intenso a medida que se está a una mayor
elevación. Sobre el Monte Blanco Saussure vio el cielo color azul
rey muy pronunciado y durante la noche la Luna brillaba con el más
vivo resplandor en medio de un cielo de un negro de ébano. Sobre el
paso del Gigante la intensidad del color del cielo era muy marcada
y Saussure había inventado un instrumento, el cianómetro, para
comparar las observaciones de esta clase. En el Chimborazo observé
que el cielo era de una pureza notable, pero no nos pareció más
oscuro que en Quito; sin embargo como tuve la oportunidad en alguna
ocasión, de ver el cielo casi completamente negro hallándome a
menor elevación, informaré sencillamente los hechos como los tengo
registrados, así: sobre el Tolima el cielo tenía su tinte ordinario
y yo me encontraba a 4.686 metros, un poco por debajo de las
nieves; sobre el Cumbal el cielo estaba de un azul añil
extremadamente oscuro y en ese momento yo estaba rodeado de nieve y
la cúpula del volcán termina en una corona de hielo; durante mi
ascensión al Antisana, antes de llegar a la nieve, el cielo tenía
su color ordinario, pero una vez que estuve sobre la gran planicie
de hielo, me pareció negro como tinta; por la tarde sufrimos, mi
negro y yo, una inflamación de los ojos, que nos mantuvo ciegos
durante varios días. Cuando subí al Cotopaxi, tanto mi compañero y
yo, teníamos anteojos de vidrios de colores y cuando después de
haber caminado durante 5 horas sobre la nieve, suspendimos el
ascenso a 5.719 metros, el cielo, a simple vista, no nos pareció
más oscuro que el de la llanura, lo mismo que ya he dicho del
Chimborazo, donde reconocimos el cielo azul igual a Riobamba y
Quito.
No pretendo negar que el color del cielo parezca más oscuro
sobre las altas montañas que a nivel del mar. Yo no tenía
cianómetro, pero estoy dispuesto a admitir los resultados generales
obtenidos por Saussure con la ayuda de este instrumento; los
montañeses que a él lo acompañaron en su memorable ascensión al
Monte Blanco pretendieron haber visto estrellas en pleno día, eso
fue a la subida que llevaba a la cima del glaciar. Saussure no las
vio pero no duda de la veracidad de sus acompañantes.
Sobre las montañas de los Andes yo he llegado a alturas
considerables, pero nunca he visto estrellas durante el día.
Sobre el Chimborazo el cielo se había mantenido muy límpido y
hacia las 3 de la tarde alcanzamos a ver algunas nubes sobre la
llanura; el trueno estalló pronto debajo de nosotros con un ruido
poco intenso que tomamos por el de un bramido o rugido subterráneo;
nubes oscuras no tardaron en rodear la base de la montaña,
elevándose hacia nosotros con lentitud; no teníamos tiempo qué
perder, pues para bajar era necesario llegar a los malos pasos
antes de que los cubrieran las nubes, pues de otra manera habríamos
corrido grandes peligros, ya que una caída de nieve o una helada
eran suficientes para impedir nuestro regreso y no teníamos ninguna
provisión. El descenso fue penoso: después de haber bajado unos 300
o 400 metros, entramos en las nubes; un poco más abajo comenzó a
lloviznar y se enfrió el aire y en el momento cuando nos
encontrábamos con el indio guardián de nuestras mulas, la nube
lanzó un granizo suficientemente grueso para hacernos sentir dolor;
a las 4:45 abrí mi barómetro en el Piedrón:
|
Por la mañana el instrumento se mantenía a
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457 mm 6
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A las 4:45, encontré
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458 mm 2
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El termómetro por la mañana, en el suelo
|
10,6°
|
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El termómetro por la mañana, en el aire
|
5,6°
|
|
El termómetro por la tarde, en el piso
|
4,8°
|
|
El termómetro por la tarde, en el aire
|
3,9°
|
La variación diurna había tenido lugar en sentido inverso. A
medida que bajábamos, una lluvia helada se mezcló con el granizo y
la noche nos sorprendió. A las 8 entramos en la hacienda del
Chimborazo.
Las observaciones recogidas durante esta excursión tienden a
confirmar las ideas emitidas sobre la naturaleza de las montañas
traquíticas que forman la cresta de las cordilleras, porque he
visto repetirse sobre el Chimborazo, todos los hechos ya señalados
en los volcanes del Ecuador como el Cotopaxi, el Antisana, el
Tunguragua y en general, las montañas que erizan las mesetas de los
Andes. La masa del Chimborazo está formada por la acumulación de
escombros de traquíticos amontonados sin ningún orden. Estos
fragmentos de enorme volumen frecuentemente, han sido elevados en
estado sólido y sus ángulos son cortantes; nada indica que haya
habido fusión o simplemente un estado de blandura. En ninguna parte
de los volcanes del Ecuador se ve que haya corrido un río de lava,
de esos cráteres no han salido sino deyecciones de lodo y fluidos
elásticos o bloques incandescentes, más o menos escoriáceos que a
veces son lanzados a grandes distancias. La base del Chimborazo es
un altiplano que estudiamos cerca de la hacienda. Aquí también la
traquita no está estratificada sino fisurada en todos los sentidos;
esta roca es de pasta feldespática, generalmente de color gris, que
encierra piroxenos y cristales de feldespato semivítreos. La roca
se eleva hacia el Chimborazo; presenta fracturas considerables, más
anchas y más profundas a medida que se aproximan a la montaña. Se
podría decir que la masa al levantarse ha hecho abombar el
altiplano que le sirve de base.
La roca que constituye en gran parte el terreno de la Provincia
de Quito, ofrece poca variedad. Los bloques amontonados que forman
los conos volcánicos son parecidos, por su naturaleza mineralógica,
a la roca que forma la base. Esos conos, esas montañas que
sobresalen han sido levantados, sin duda, por ruidos elásticos que
han aparecido en los puntos de menor resistencia. La traquita rota
en infinidad de fragmentos, ha surgido en la superficie, levantada
por una emisión de vapores. Después de la erupción, la roca
quebrada debió ocupar un mayor volumen, por necesidad, puesto que
todos los fragmentos no habrán podido regresar al sitio de donde
salieron y se amontonaron por debajo del orificio por donde salen
los ruidos. Precisamente es lo que sucedería si después de haber
perforado un pozo profundo en una roca dura y compacta, se quisiera
rellenarlo con los restos extraídos; pronto la excavación se
llenaría y sí se formaría, por encima de ella, un cono tanto más
elevado cuanto mayor haya sido la profundidad perforada. Es así
como se puede concebir la formación del Cotopaxi, del Tunguragua,
del Chimborazo, etc.
Las emisiones gaseosas al abrirse paso a través de la capa
traquítica, después de haberla hecho estallar, han podido
establecer una comunicación con vacíos considerables existentes a
una profundidad más o menos grande; entonces en lugar de un cono
que se eleva por encima del punto de erupción, se producirá una
concavidad en la superficie del terreno y así se pudieron formar
las notables depresiones que presenta el cráter del Rucu-Pichincha
y el Lago Verde del Azufral de Túquerres, cuya descripción ya hice.
Por esto considero la aparición de los conos traquíticos de las
cordilleras como posterior al levantamiento de la masa de los
Andes. Sin embargo, no son estos levantamientos los más recientes
que hayan tenido lugar en estas montañas. En las cercanías de los
picos más elevados como el Cayambe, el Antisana y el Chimborazo, se
pueden ver montículos compuestos de fragmentos, pero de una roca
sensiblemente diferente a la traquita ordinaria: es negra,
porfídica y en su consistencia lleva cristales feldespáticos
vidriosos y tiene coloración procedente del piroxeno. Los cristales
feldespáticos son raros y con frecuencia uno se creería encontrar
basalto; sin embargo, jamás he encontrado peridota (olivino).
Algunas veces esta roca compacta está dispuesta en prismas; algunas
veces escoriforme, llena de agujeros, parecería una lava si
cubriera un espacio poco extendido, pero siempre se presenta en
pedazos que rara vez llegan al tamaño de un puño; este material
surgió, evidentemente, en una época reciente. En la Chorrera de
Pisque, cerca de Ibarra, se ve una bella columnata que reposa sobre
un aluvión. En la hacienda de Lysco, esta roca en estado
fragmentario, se abrió un pasaje a través de la traquita al
levantarla y es allí donde Humboldt creyó ver una corriente salida
del Antisana. Ya he discutido las razones sobre las cuales me baso
para no participar de la opinión del ilustre viajero.
El volcán apagado de Calpi que se encuentra en la base del
Chimborazo, está compuesto de esta clase de basalto; lo visitamos
al regresar de Riobamba. En el centro del piso arenoso que ocupa
toda la llanura se nota, cerca del villorrio de Calpi, una colina
de color oscuro: es el Yana-Urcu (la montaña negra). En la parte
inferior del montículo puede verse la traquita que sale de debajo
de la arena. La roca parece haber sido sacudida violentamente y
está llena de fisuras y fracturada en todos los sentidos. La
pendiente del Yana-Urcu que mira hacia el Calpi está formada por
pequeños fragmentos de roca negra y este montón de fragmentos
recuerda la erupción pedregosa de Lysco. Parece que esta erupción
del Yana-Urcu tuvo lugar posteriormente a la de arena que cubre la
planicie, porque su superficie, en los alrededores del volcán está
cubierta de esas piedras negras escoriformes. Nuestros guías que
eran indios de Calpi, nos llevaron a una hendidura en donde se oía
distintamente el ruido de una cascada subterránea; a juzgar por la
intensidad del sonido, la masa de agua en movimiento debía ser
considerable.
Me había llamado la atención la aridez del suelo desde Latacunga
hasta Riobamba y me preguntaba cómo los glaciares y las montañas
que dominan ese terreno no daban origen a numerosos torrentes. La
sequía de esa meseta es solamente superficial, pues parece que las
aguas de las montañas, después de haber penetrado en ese terreno
permeable, circulan a mayor o menor profundidad bajo el suelo. La
cascada subterránea de Yana-Urcu es una prueba y en varios puntos
se ve salir a la superficie agua abundante, al bajar por las
gargantas profundas del terreno aluvial de la meseta. Muy cerca de
Latacunga, entre esta ciudad y el Cotopaxi, existe una capa de agua
que se encontró al perforar algunos metros de profundidad en el
conglomerado de piedra pómez y que los indios llaman
“Timbo-pollo”. En realidad es un verdadero río
subterráneo, porque el agua se renueva sin cesar y se percibe
claramente el sentido de la corriente; encontré que su temperatura
es de 18,8° centígrados y que la temperatura promedio de Latacunga
es de 15,5°C.
El 21 de diciembre estábamos de regreso en Riobamba donde
permanecí algunos días más para terminar las observaciones que
estaba empeñado en hacer: con curiosidad vi, a una legua de la
ciudad, un caserío donde se fabricaba ácido sulfúrico en muy
pequeñas cámaras de plomo, es decir, por un procedimiento adoptado
actualmente por la industria. Como el tiempo era favorable, tomé
varias series de distancias de la Luna a las estrellas, para
rectificar la longitud de Riobamba.