El artesano, indio o mestizo, ejerce su oficio con una seriedad
increíble. He aquí un ejemplo: una bella dama cuyo marido
comerciaba con la China, me regaló una pieza de lino de Nankin.
Hice venir un sastre quechua, pura sangre, vestido a la usanza de
los incas; pantalón, poncho negro, camiseta y sombrerito de paja, y
le pregunté si podía hacerme un pantalón. Contestó en tal forma que
creí que me decía que podía hacer dos. “Con la mayor
facilidad”, me respondió. Viéndolo como con tanta facilidad y
no teniendo ninguna idea del tamaño de la pieza, contraté con el
maestro la hechura de cuatro pantalones. Estuvo de acuerdo y como
le dijera que tomara mis medidas me aseguró que no era necesario:
diré que debía tener un excelente ojo y ocho días después el
artista estaba en mi casa, abriendo un paquete en el que había
cuatro pantalones para niño. Le di las gracias y le pagué lo
convenido. Admiré la impasividad de este indio. La raza cobriza
disimula perfectamente sus sentimientos. Ulloa cuenta que iban a
ahorcar en Quito a dos malhechores, un criollo y un indio; mientras
que el blanco se desesperaba ante el cadalso, el quechua no
manifestaba la menor emoción.
El indio es de constitución vigorosa y hay ancianos centenarios,
todavía bastante robustos, atribuyéndose esta larga vida a la
sobriedad.
El clima de las cordilleras es saludable y la enfermedad más
temida es la viruela; es esporádica y aparece cada 7 u 8 años, así
para la absorción de ciertos miasmas no se renueva sino en épocas
bastante distantes unas de otras (Humboldt “Nueva
España”, t.1). En México esta enfermedad (matlazahuatl) demora
el crecimiento de la población. En 1770 se llevó a 9.000 habitantes
de la capital; una parte de la juventud mexicana pereció en este
año fatal. En 1797 una epidemia fue menos mortal debido al interés
con que se había propagado la inoculación, porque no fue sino en
1804 cuando se difundió la vacuna: los barcos de la marina real la
llevaron a las colonias de América. Humboldt consigna un hecho
importante: hasta el mes de noviembre de 1802 no se conocía la
vacuna en Lima. La viruela hacía su agosto en las costas del mar
del Sur cuando el “Santo Domingo de la Calzada” que iba
de España a Manila con alimentos conservados, atracó en el Callao,
el doctor Unanue, profesor de anatomía, tuvo la feliz idea de
vacunar a varios individuos en Lima. No se vio crecer ninguna
pústula: el virus parecía alterado. El doctor Unanue observó que
los que habían sido vacunados tuvieron una viruela especialmente
benigna y se sirvió de esta vacuna para tratar que la epidemia
fuera menos funesta por inoculación ordinaria. Reconoció así, por
vía indirecta, los efectos de una vacunación que se había creído
fallida. Así comprobó que la vacuna conservada no producía pústulas
en la piel, sino una erupción comparable a la de una ligera
varicela y fue con estos enfermos que el doctor Unanue trató con
éxito la viruela. Humboldt dice que si la vacuna o la inoculación
ordinaria hubiesen sido conocidas en el Nuevo Mundo desde el siglo
XVI, varios millones de indios no habrían perecido víctimas de esta
epidemia.
La altura promedio de la meseta del estado del Ecuador en donde
se encuentran Ibarra, Quito, Cuenca, Riobamba, Latacunga y otras
poblaciones, es de 2.500 a 3.000 metros. El terreno dominante es la
traquita: en varios puntos esta roca parece salir del neis, del
esquisto micáceo y del granito. Bocas ignívomas indican una fuerte
intensidad volcánica. La composición de la traquita no difiere de
la que se encuentra al norte del Tolima, el Puracé y el Pasto. He
visto en esos volcanes obsidiana que no se encuentra sino
accidentalmente en fragmentos diseminados. En cambio en Ecuador se
han señalado desde hace tiempo yacimientos importantes que se
explotan como antes de la Conquista para fabricar espejos e
instrumentos cortantes; me informaron que había un depósito
abundante de vidrio volcánico cerca de Siccipamba, a una legua de
Quito. Fui a visitar esta localidad en compañía de los coroneles
Hall y Datz; salimos por la mañana y llegamos a la 1 a Guapulo, a
las 2 a Combaima, después de haber pasado el río Tumaco (es el río
Guaillabamba). A las 3 atravesamos el Tumaco cerca del torrente de
Chiche que corre en una hondonada cortada a pico y que mide 60
metros de profundidad. A las 4 entramos en la hacienda en donde se
cultiva la caña de azúcar y después de un descanso subimos a pie al
Siccipamba, en la base de la cadena de montañas que cierran por el
Este el valle de Quito. Al día siguiente a las 6 tomamos el camino
del Páramo; en el sitio de El Corral hay una traquita negra y
porosa y sin embargo bastante sonora; su pasta lleva cristales de
feldespato blanco vítreo que está dispuesto en columnas
prismáticas. Por encima encontramos varios bloques casi todos
formados de obsidiana; al sur la traquita es negra y compacta: es
el “estanco” o mas bien la “cueva del estanco”
que tiene ese nombre debido a una gran cavidad que abrieron los
indios en otras épocas y la obsidiana, de poco color, se halla en
el centro de una especie de perlita. También hay obsidiana negra en
el estanco, la cual es opaca y está acompañada de una variedad
curiosa por su color rojo y carmelita que le dan apariencia de
ágata; más allá del riachuelo de San Lorenzo se ve una traquita de
pasta azul llena de feldespato blanco y en varios puntos la
obsidiana está mezclada con una especie de perlita. Desde por la
mañana estaba cayendo nieve; en el valle y en la cordillera el
termómetro marcaba más de 33; llegamos al Machay de Guillacé,
localidad que la tradición designaba como la explotación más
importante llevada a cabo por los quechuas: era una roca sobre la
pendiente de la montaña, en cuya base había una saliente en donde
se abrigaban hombres y animales. Una abertura que comunicaba con el
interior permitía examinar la posición del vidrio volcánico.
En primer lugar la masa tiene cintas de arcilla y después ya no
se ve sino la obsidiana en grandes piezas esféricas. Regresamos a
Siccipamba, caminando sobre la nieve y recibiendo una granizada tan
fuerte que nos dolía el rostro; cenamos copiosamente en la
hacienda, gracias a la previsión de Catita Valdivieso. Al este del
páramo, las aguas van al Amazonas. Al dejar Siccipamba, fuimos a
visitar la llanura de Yaruqui donde los académicos franceses en
1736 midieron una base que debía servir de fundamento para sus
operaciones trigonométricas. Después de 2 horas de marcha, llegamos
a la hacienda de Oyambaro, extremidad sur de la base. Allí se había
elevado una pirámide de la cual no vi sino los restos de una
inscripción, servía a una molinera para treparse sobre la mula. A
las 2 llegamos a Quito y se consideró que la expedición había sido
un éxito. La obsidiana había sido encontrada in situ, en relación
con la traquita, pero lejos un foco en actividad. Este mineral, a
pesar de su apariencia vidriosa, no parece haber estado en forma
fluida, antes de su consolidación. Existe, sin embargo, una
analogía entre su composición y la de la traquita; así de acuerdo
con Bunsen, la traquita normal contendría:
|
Sílice
|
76,67
|
|
|
Alúmina y hierro
|
14,23
|
|
|
Cal
|
1,44
|
|
|
Magnesio
|
0,28
|
100
|
|
Potasio
|
3,20
|
|
|
Soda
|
4,18
|
|
Se dosificó en:
Obsidiana negra de Obsidiana incolora de
|
Islandia (Bunsen)
|
Puracé (Boussingault)
|
|
Sílice
|
75,8
|
75,0
|
|
Alúmina
|
10,3
|
10,7
|
|
Hierro
|
3,8
|
2,7
|
|
Cal
|
1,8
|
2,7
|
|
Magnesio
|
0,3
|
3,0
|
|
Potasio
|
2,5
|
4,9
|
|
Soda
|
5,5
|
3,0
|
|
Cloro
|
5,5
|
indicación
|
En efecto, la obsidiana expuesta a la acción del fuego, presenta
un curioso fenómeno: al rojo cereza, no muestra ningún cambio, pero
entre el rojo naranja y el rojo blanco, se infla de pronto, se
vuelve esponjosa, incolora y llena de cavidades; se parece a la
piedra pómez. A una temperatura más elevada, el producto inflado
cae y filtra en fusión. Esta forma de inflarse de la obsidiana ha
sido comprobada desde hace tiempo: en Quito, Humboldt hizo ensayos
interesantes a ese propósito, con el señor Larrea. Por mi parte,
tuve la ocasión de comprobar que al inflarse la obsidiana no pierde
sino una pequeña cantidad de materia.
Spallanzani había establecido, con anterioridad a estas
investigaciones y con la sagacidad que caracteriza todos sus
trabajos, los efectos de un fuerte calor sobre los productos
volcánicos. Las burbujas que se ven en las lavas y en la obsidiana
de Lipari, las consideraba el ilustre naturalista, como engendradas
por fluidos aeriformes o por vapores que no había logrado extraer,
pero notó un hecho interesante: que a una temperatura muy elevada,
siempre se obtiene un poco de agua acidulada por el ácido
clorhídrico. Con el señor Damour llevé a cabo una serie de
experimentos para determinar el motivo de la tumefacción. Evaluamos
así: primero, la pérdida que la obsidiana sufre por la aplicación
del fuego; segundo, si durante la aplicación del fuego hay emisión
de gas; tercero, las cantidades de agua y de ácido clorhídrico
eliminadas; cuarto, las proporciones de cloro contenidas en la
obsidiana antes y después de la inflada. He aquí algunos de los
resultados:
Pérdida durante la tumefacción
Obsidiana de Puracé 0,0055
México, con reflejos metálicos 0,0063
Islandia 0,0046
Lipari 0,0073
Siccipamba 0,0024
Generalmente las obsidianas, al inflarse, aumentan de 2 a 7
veces su volumen inicial y la rapidez con que el mineral llega al
rojo, tiene influencias sobre esta expansión. Por ejemplo, al
arrojar un fragmento de obsidiana entre una retorta de platino a
temperatura de la fusión del hierro, se sopla instantáneamente y la
materia así inflada, extremadamente liviana, ocupa un volumen de 15
a 20 veces más considerable; al trabajar con vasos de porcelana
impermeable no pudimos retirar un gas permanente, pero obtuvimos
una pequeña cantidad de un líquido incoloro y límpido: era agua
acidulada por ácido clorhídrico.
Se ha logrado extraer un gramo de materia:
|
Agua
|
Ácido clorhídrico
|
|
Obsidiana tornasolada de México
|
0.00636
|
0.00112
|
|
Obsidiana de Islandia
|
394
|
38
|
|
Obsidiana de Lipari
|
471
|
144
|
|
Obsidiana de Siccipamba
|
121
|
19
|
El ácido clorhídrico, que no estaba en estado libre, es
producido por la acción que ejerce el sílice, a una temperatura
elevada, sobre los cloruros, en presencia de vapor de agua. Después
de haber sido inflada, la obsidiana debe contener menos cloro,
según lo ha mostrado el análisis. El agua necesariamente es
expulsada durante la inflación; sin embargo al rojo cereza, es
decir a una temperatura cercana a los 800°, permanece en el
mineral. Aunque su tensión sea considerable, cuando el calor es
suficientemente intenso para evitar la cohesión (rojo naranja) se
escapa este vapor y el gas clorhídrico de la obsidiana ya
ablandada, aun cuando todavía con suficiente consistencia para
conservar la disposición celular. Se necesita que la temperatura
esté al rojo blanco, para licuarla.