CAPÍTULO XXII
Ascensión al volcán de Pichincha.
Los picos más elevados en el centro de los cuales se halla el
volcán, llevan el nombre de Rucu Pichincha (Pichincha el viejo);
sus cimas siempre están cubiertas de nieve y la altitud del punto
más elevado sería, de acuerdo con Caldas, de 4.736 metros. Un poco
al este del Rucu se ve el pico de Guagua Pichincha (Pichincha el
joven). Sobre la pendiente del volcán tuvo lugar el famoso combate
de Pichincha, a una altitud cercana a los 4.000 metros; tal vez la
primera vez que se combatió a tan gran altura.
El 16 de julio, a las 10, subimos al oeste por un camino muy
inclinado, hasta una gran cruz de piedra que se puede ver desde
todos los rincones de Quito; luego siguiendo una pendiente suave,
llegamos a la base de un cinturón de rocas, de las que sobresale el
Guagua Pichincha. Marchábamos lentamente deteniéndonos de cuando en
cuando para esperar a los indios portadores de nuestros equipajes y
provisiones; tan pronto pasamos el Guagua, cayó una granizada tan
abundante que toda la tierra quedó cubierta; felizmente se trataba
de granizo seco, sin lluvia y sin rayos; una de esas nevadas tan
comunes en las altas regiones, de manera que no nos incomodó, ni
siquiera nos mojó. A las 5 de la tarde, después de 7 horas de un
continuo ascenso, nos detuvimos en “El Machai” de San
Diego, en la base de una enorme masa de traquita que presentaba una
excavación. Machai en quechua significa esas especies de abrigos en
donde se puede acampar a refugiarse al ser sorprendido por un
temporal. Nuestros indios trajeron madera, prendimos fuego y
encontramos que las provisiones eran excelentes pues Catita de
Valdivieso nos las había enviado. Después de una buena cena y de
una excelente charla, tendimos las mantas a las 9 de la noche y nos
acostamos fuera del machai, teniendo por encima de nosotros un
cielo magnífico lleno de estrellas tan brillantes que iluminaban el
campamento.
El 17, al despuntar el sol que era espléndido, el termómetro
marcaba 0,6°; la hierba estaba cubierta de escarcha y en las
cavidades del suelo el agua se había congelado. La roca del machai
es una traquita de pasta fina, gris, con numerosos cristales de
feldespato blanco medio vítreo y algunos otros de piroxeno. Después
de haber atravesado un riachuelo, subimos una pendiente que nos
llevó a un filo de traquita con feldespato vidrioso y al bajar del
lado opuesto vimos el arenal, a donde llegamos a las 8; allí nos
apeamos para seguir al volcán. La subida fue muy penosa porque
caminábamos sobre fragmentos de traquita que tenían el aspecto de
piedra pómez, en las cuales se resbalaba fácilmente porque el
terreno era muy suelto. A las 8:30 habíamos llegado a una tronera
que se encontraba en un muro de la roca. Desde el sitio a donde
habíamos llegado veíamos el volcán Rucu Pichincha, al fondo de una
especie de pozo de gran diámetro, de 1.500 a 1.600 metros,
evaluados a simple ojo. Alrededor de 400 metros de profundidad
debajo del sitio donde estábamos, veíamos una zona de donde se
desprendían vapores con fuerte olor a gas de ácido sulfuroso que
indicaban la combustión del azufre. Desde la tronera hasta las
bocas volcánicas, los restos de traquita y de pómez formaban un
talud que habría sido peligroso tratar de franquear, debido a la
extrema movilidad del suelo. De todas maneras ensayé, pero habiendo
bajado 15 o 20 metros, tuve que reconocer que el terreno huía bajo
mis pies y que habría llegado a la abertura ígnea, más rápidamente
de lo deseado. Hall y Jameson me suplicaron que renunciara a mi
ascensión, pues ya me era imposible, inclusive, volver a subir;
apenas había logrado un metro, fui arrastrado por las piedras que
resbalaban debajo de mis pies; por fin Hall me lanzó una cuerda que
tuve la felicidad de agarrar y así desapareció todo el peligro y
muy a tiempo, porque se presentó una niebla tal, que me encontré en
la oscuridad. De todas maneras la expedición había tenido el
resultado de poder afirmar que el Pichincha estaba en actividad,
tanto como el volcán de Pasto, pero menos que el Cumbal.
Para llegar a las bocas del Pichincha habríamos tenido que
seguir el riachuelo por donde bajan las aguas fluviales que reciben
los terrenos donde se hallan los cráteres. El recinto está limitado
por muros de traquita muy elevados que parecen cortados
verticalmente y cuyas cimas he recorrido para reconocer la
constitución, que por cierto difiere poco de la que presenta la
roca del machai. Los cristales de piroxeno son más numerosos y
dispuestos por bancos de tal simetría que la roca parece formada de
cintas. En los bloques de rocas aisladas, dispersos sobre el
arenal, se reconoce la traquita y acercándose al Mirador, desde
donde se ve el fenómeno volcánico, son pedazos de piedra pómez, de
tamaño suficientemente reducido para constituir la gravilla móvil
sobre la cual es tan difícil caminar. Es impasible indicar el
origen de esas traquitas de pómez que no se ven in situ en ninguna
parte. ¿Serán fragmentos que han sido dejados en ese sitio por el
volcán? Para gozar de la vista de los cráteres es necesario llegar
al Mirador muy temprano en la mañana, porque a menudo después de
levantarse el Sol, la gran cavidad donde quema el azufre se llena
frecuentemente de una espesa niebla que fue lo que sucedió cuando
me pescó Hall. Más allá del Mirador, desaparece esta niebla, como
si se hubiese disuelto en el aire.
He aquí cómo explico el fenómeno: el viento soplaba del Este, lo
que generalmente es el caso en las altas montañas del Ecuador
cuando hace buen tiempo. El aire pasa rápidamente sobre la cresta
de las rocas en donde nos encontrábamos; ese viento frío, al entrar
en contacto con el aire cargado de humedad que se eleva de los
cráteres, determina de inmediato una precipitación de vapor y la
consiguiente formación de niebla que la corriente arrastra hacia el
Oeste. Se habría podido pensar que era del filo de la traquita de
donde salían los vapores, pero tan pronto cesaba el viento del
Este, la niebla desaparecía y entonces se podía ver muy claramente
la combustión del azufre.
Al abrir el barómetro en el Mirador a las 10, encontré que la
altitud es de 4.800 metros y la temperatura de 5° Al tomar como
profundidad del cráter 400 metros, se puede calcular que la altura
total de 4.400 metros, se encuentre a 1.480 metros por encima de la
plaza mayor de Quito, pero esas cifras son aproximadas.
Hace alrededor de un siglo, en junio de 1742, La Condamine y
Bouguer habían hecho una ascensión al Pichincha, con la esperanza
de ver el volcán que llamaban el “Vesubio de Quito”. Fue
una empresa desafortunada que tuvo su lado simpático: su primera
tentativa se llevó a cabo el 12 de junio; salieron de la ciudad a
las 2 de la tarde y un poco antes de la puesta del Sol, los dos
académicos llegaran al punto más alto que se puede alcanzar a
caballo, lo cual indudablemente debió ser cerca a San Diego. Había
caído tanta nieve las noches anteriores que no se veía ni rastro
del sendero. Los guías desorientados huyeron, mientras que La
Condamine trataba de reconocer el espesor de la nieve acumulada en
una hondonada que había que atravesar para llegar a la tienda de
las observaciones, donde se hallaba Bouguer. La mula estaba a cargo
de un joven indio y se trataba de llegar a una hacienda situada
mucho más abajo. La noche sorprendió a La Condamine y a las 8 juzgó
conveniente tomar la delantera para ir en busca de socorro; pero la
niebla era tan espesa que le fue imposible encontrar la dirección:
entró en un pantano y se caía a cada paso que daba, era media noche
y esta triste situación duraría todavía 6 horas; aprovechando una
claridad, nuestro viajero vio la cruz de piedra e hizo esfuerzos
increíbles para llegar allí, confiando en que le sería más fácil
orientarse. La niebla redoblaba y cuando había llegado a la zona en
donde ya no nevaba, comenzó a llover. Al fin pudo llegar a la cruz,
pero las tinieblas habían aumentado desde que la Luna se había
puesto y temiendo perderse se detuvo en el centro de un montón de
hierba. Su estado era indescriptible: sin víveres y completamente
mojado. Aquí dejo hablar al académico:
“Me acurruqué envuelto en mi capa, habiendo pasado el brazo
por la brida de la mula para dejarla pacer más libremente; así dejé
pasar la noche, con el cuerpo mojado y con los pies en la nieve
fundida; en vano los agitaba para procurarles calor por medio del
movimiento. Hacia las 4 de la mañana no los volví a sentir y creí
que se habían congelado totalmente y estoy convencido todavía de
que no habría escapado a este peligro difícil de prever en un
volcán, si no se me hubiese ocurrido un medio que me dio resultado:
los calenté por medio de un baño natural que dejo adivinar al
lector; el frío aumentó al amanecer y con los primeros rayos de luz
vi a mi mula y la creí petrificada. Al fin, hacia las 7, todo
cubierto de escarcha, pude bajar a la hacienda; el mayordomo estaba
ausente y su mujer, asustada con mi aspecto, salió corriendo”.
La Condamine hizo encender fuego, volvió a reunirse con su gente,
que lo había abandonado, y quienes llegaron totalmente secos, en
comparación con lo empapado que él estaba. Desde que habían visto
la niebla, se habían detenido, encontraron un abrigo, habían cenado
a discreción con sus provisiones y habían pasado buena noche. El
francés regresó a Quito de donde salió al día siguiente a las 7 de
la mañana. Después de una marcha penosa encontró a Bouguer, quien
lo esperaba desde hacía 2 días. El 17 de junio, los dos académicos,
después de tremendas dificultades, llegaron a la cima de una roca,
desde donde divisaron con facilidad la boca del volcán, una
abertura redonda, del lado oriente (La Condamine estimó su diámetro
entre 800 a 900 toesas) bordeadas de rocas escarpadas, cuyas cimas
estaban cubiertas de nieve. Esta gran hondonada estaba separada en
dos por una especie de muralla y no se distinguían rastros de humo.
Un viento glacial que les helaba los pies y las manos, obligó a los
científicos a regresar a su tolda; después de haber asistido a una
erupción del Cotopaxi, regresaron a Quito. Como cosa curiosa se
debe anotar que cuando la ascensión de Bouguer y La Condamine, los
bordes del Pichincha se hallaban bajo la nieve, mientras que en
julio de 1831, no la había. Los académicos notaron sobre esta nieve
huellas de algunos animales especialmente los leones. Yo recuerdo
que cuando acampaba en la base del Tolima fui importunado, durante
una noche, por los rugidos de los tigres.
Bouguer y La Condamine, Humboldt y yo, habíamos logrado llegar a
la cima del Pichincha y habíamos podido confirmar la presencia de
fuego en las profundidades que dominábamos pero se debe a los
señores Visse y García Moreno, una descripción completa del volcán
a cuyos cráteres llegaron en el curso de viajes efectuados en enero
de 1845 y en agosto de 1846. Resumiré aquí el informe que dirigí a
la Academia de Ciencias, basándome en la memoria de estos
intrépidos exploradores, pero ante todo, quiero presentarlos: ambos
fueron mis amigos y murieron prematuramente; el uno, García Moreno
fue mi discípulo y nació en Quito. Llegó a Francia para estudiar
ciencias y de regreso a su patria entró en la vida política y fue
presidente, o más bien director de la República del Ecuador:
después de haber pacificado el país y dominado el militarismo,
mantuvo el orden durante 15 años, pero fue asesinado por una banda
de demagogos, en las escalinatas del altozano un día que salía de
la catedral. García había hecho regresar a los jesuitas a Quito,
pues era un clerical determinado y convencido; después de su muerte
no se ha podido volver a gobernar el Ecuador. Era hombre de
voluntad de hierro y es extraño que no habiendo pertenecido al
ejército, haya podido dominar todas esas ambiciones malsanas de los
jefes militares que habían gozado hasta allí de una gran
influencia.
Los habitantes de Quito habían conservado el recuerdo de los
padres de la Compañía de Jesús: y leí en las salas de sesiones del
congreso, en enormes caracteres trazados sobre el muro, la frase
“¡Honor a los jesuitas!” Así que cuando regresaron fueron
vivamente aclamados y con felicidad de todos se vio que García los
había colocado a la cabeza de la educación.
La iniciación de la carrera del señor Visse fue
extraordinariamente penosa: de familia pobre de Pont-a-Mousson, se
presentó en el ejército para ayudar a su madre que en ese entonces
se hallaba en la miseria. Fue incorporado en la artillería, en
donde pudo seguir con éxito la escuela regimentana, debido a que
era inteligente y que había recibido instrucción primaria y pronto
fue nombrado sargento mayor. Como gozaba de la estimación de sus
jefes, fue propuesto varias veces para el grado de oficial de los
inspectores generales, solicitud que siempre fracasó ante el
prejuicio de que había entrado al ejército como soldado raso. No se
tuvo en cuenta el afecto a su madre: si había entrado así, era que
se había vendido. Habiendo expirado su contrato, Visse se retiró
del servicio y después de haber trabajado en el laboratorio del
College de France, entró como jefe de obras en Puentes y Calzadas;
ocupaba esta posición cuando Regnault lo presentó a García Moreno,
entonces presidente del Ecuador, quien se había dirigido al
gobierno de Francia para conseguir un ingeniero instruido. Visse
llevó a su familia a Quito, donde vivió algunos años en excelente
situación; aprovechando sus conocimientos científicos hizo llegar
al museo una bella colección geológica del nuevo país y envió a
Regnault muestras de aire atmosférico, obtenido de las cordilleras,
el cual fue analizado por el ilustre físico. En medio de sus
trabajos y cuando gozaba de una honorabilidad muy bien adquirida, y
de una vida muy activa, sufrió una congestión cerebral que lo llevó
a la tumba. Sus últimos pensamientos fueron para mí en
agradecimiento a los modestos servicios que le había podido
prestar; no tuvo tranquilidad sino hasta cuando consiguió los
pescaditos “preñadillos” (pimelodes cyclopum) que viven
en los riachuelos que bajan del Cotopaxi y que Humboldt ha
descrito: era una promesa que me había hecho cuando yo le conté, un
día en París, cómo me había perdido las muestras que me disponía a
llevar a Europa. Yo había puesto buena cantidad de
“preñadillos” en un bocal con ron,. pero al atravesar las
selvas del Chocó, el indio a quien se los había confiado, no pudo
resistir el deseo de beber el ron y según lo confesó, encontró tan
delicioso el primer pescadito, que acabó por comérselos todos. Tal
vez tenía razón el indio: los peces “al licor” deben ser
un alimento muy delicado. Hay que tener en cuenta que los japoneses
son de paladar menos refinado, ya que se comen los peces crudos.
Mientras tanto y gracias a Visse, hice muy felices a los
naturalistas de Estocolmo y de Cristianía, al hacerles llegar
especimenes de los “preñadillos”.
El 14 de enero de 1845 a las 3 de la tarde Visse y García
salieron para pasar la noche en una pequeña choza en Sloa (sic) al
pie del Pichincha, a donde llegaron a las 7:30. El 15 salieron de
allí a las 7 de la mañana y se apearon en el limite de la
vegetación para subir una fuerte pendiente, cubierta de una pómez
muy fina; los viajeros llegaron a las 11:30 al punto más elevado;
infortunadamente la niebla les impidió ver el fondo del cráter; se
encontraban a una altura absoluta de 4.775 metros; el agua hervía a
85,16° y la temperatura del aire era de 8,1°. La altitud era muy
cercana a la que yo había registrado en el Mirador. Al levantarse
la niebla ellos vieron claramente el muro de rocas en dirección del
NNE al SSO que separa el cráter en dos partes: era mediodía cuando
Visse bajó por el terreno movedizo hasta el cráter oriental, al que
encontró ser de una altitud absoluta de 4.447 metros, es decir,
inferior a 328 metros a la del pico donde había hecho hervir el
agua; atravesaron la muralla que separa los dos cráteres, pasando
por el punto de más fácil acceso en un sitio en donde la altitud no
excede de 4.597 metros; fue entonces cuando se comenzó a sentir el
olor del ácido sulfuroso. En seguida bajaron dentro del cráter
occidental, cuyo piso tendría 4.172 metros de altura absoluta, o
sea, 275 metros menos que la altura del piso del cráter oriental.
Una vez sobre el filo de la separación de los cráteres se nota
dentro del occidental, un montículo de donde salen numerosas
fumarolas; su cima tiene una altitud absoluta de 4.322 metros, o
sea una altura de 150 metros por encima del fondo.
La lluvia caía mezclada con granizo; los riachuelos se
convirtieron en torrentes, por todas partes aparecían cascadas que
arrastraban bloques de rocas, la situación se había convertido en
peligrosa y los viajeros resolvieron regresar al pico en donde
habían hecho hervir el agua, a donde llegaron a las 7 de la noche;
los indios y las mulas habían desaparecido. Visse y García
anduvieron errantes en la oscuridad hasta que encontraron una
cabaña en donde pudieron pasar la noche cerca del fuego. Al día
siguiente los exploradores regresaron a Quito, prometiéndose llevar
a cabo otra excursión antes de la época de las lluvias, pero este
proyecto no se realizó sino al año siguiente en 1846.
El 11 de agosto fueron a pasar la noche a El Corral (altitud
3.693 metros). El 12 llegaron a caballo al arenal y luego subieron
por un piso movedizo de piedra pómez, una pendiente de 25° a 35°;
necesitaron hora y media para subir 470 metros y poder llegar al
filo del cráter, en donde comenzaron el levantamiento del plano y
regresaron por la tarde a El Corral. El 13 subieron a caballo hasta
la punta, cargados de instrumentos; un indio llevaba víveres, vino
y hielo; bajaron al cráter oriental; a las 2:30 llegaron a su
destino, después de haber bajado 320 metros. El fondo del cráter
oriental no es sino una hondonada seca que se convierte en torrente
cuando llueve; allí se estableció el campamento a una altitud de
4.400 metros. Por la noche la temperatura del aire fue de -2°. El
14 emplearon toda el día en levantar el curso del torrente; el 15,
remontaron el lecho seco hasta una altitud de 4.547 metros, que es
el punto más bajo del muro que separa los dos cráteres; por allí
bajaron los exploradores a la parte occidental del volcán. Este
cráter, más o menos circular y de un diámetro cercano a los 450
metros, tiene la apariencia de un embudo; sus paredes son
inclinadas en 50° a 70°; por el fondo corren dos torrentes que se
unen hacia el Oeste para salir por una abertura. En la extremidad
occidental se eleva un cono, cuyo punto culminante tiene una
altitud absoluta de 4.178 metros, o sea una altura de 80 metros por
encima del fondo. Este montículo está rodeado por los dos
torrentes, de manera que cuando cae una fuerte lluvia, aparece como
una isla. Es sorprendente encontrar en este abismo tierra vegetal
cubierta de juncos, especialmente una planta vigorosa la
“achupalla” de los quechuas, de la familia de las
bromeliáceas y que se parece a las piñas. Todas las bocas
volcánicas, activas o apagadas, están situadas en la protuberancia
que Visse ha designado con el nombre de “cono de
erupción”, no muy acertadamente según mi opinión. Estas bocas
o más bien orificios, se hallan agrupados en un círculo de 25
metros de diámetro, aproximadamente. Al llegar a la parte superior
del cono se ve el grupo más considerable de orificios, dentro de un
embudo de 80 metros de diámetro y de 20 metros de profundidad, que
muestra el índice de los cataclismos más aterradores: pedazos de
roca hasta de 4 metros en sus 3 dimensiones, a pilados y de donde
salían abundantes chorros de vapor.
El francés contó 70, que arrastraban gas de ácido sulfuroso y
gas sulfhídrico; creo que se debe añadir gas de ácido carbónico y
vapor acuoso que mi amigo no especifica por no tener a su
disposición otro sistema de análisis que el olfato. Los vapores
salen de algunos orificios con silbidos comparables a los que
provienen de las locomotoras. La superficie de las rocas en
contacto con los gases producidos por el fuego volcánico, estaba
tapizada de cristales aciculares de azufre o recubierta de azufre
fundido en una especie de escoria de color verde, depositada en
placas semividriosas de 2 centímetros de espesor. Visse y García
Moreno salieron del cráter occidental a las 3 de la tarde con tanta
niebla que les fue imposible reconocer el camino que habían seguido
en la mañana; para colmo de desgracias comenzó a caer una lluvia
que duró el resto del día y toda la noche. Al subir una hondonada
el último corrió un serio peligro: un trueno espantoso retumbó en
las alturas e inmediatamente pasaron a dos metros de su cabeza,
fragmentos de roca disparados como proyectiles con silbidos
horribles; podría haber sido arrastrado por este alud que el rayo
había desencadenado desde la cima de la montaña. Aquí recordaré que
sobre la pendiente del Tolima, Goudot y yo corrimos un peligro
análogo, pues durante los 10 minutos que nos costó atravesar un
espacio abierto, estuvimos expuestos a los proyectiles que parecía
lanzar la nieve del volcán; a las 5 de la tarde Visse y García se
hallaban en el cráter oriental, teniendo por toda comida pedazos de
hielo; la lluvia no les permitió acostarse, pasaron la noche
acurrucados cerca de una roca, con la cabeza entre las rodillas, al
estilo de los indios. El 16 tomaron de nuevo el camino al despuntar
el día y llegaron a las 9 a la cima del volcán y en la tarde se
hallaban de regreso en Quito.
De acuerdo con las observaciones hechas por Visse, resulta que
el diámetro total de los dos cráteres es de 1.500 metros en la
parte superior y de 700 metros el del fondo. Las paredes
gigantescas del volcán ennegrecidas por el tiempo, la débil luz que
recibe el fondo del abismo en donde los rayos del Sol no penetran
sino de las 9 de la mañana a las 3 de la tarde, los vapores que
salen de una profundidad de 750 metros dan al Pichincha un aspecto
siniestro característico. ¡Un volcán en el fondo de un pozo! La
piedra pómez en fragmentos y las cenizas, debido a su liviandad,
pueden ser lanzadas por encima de los muros de traquita y
arrastradas a grandes distancias; en cuanto a los bloques de roca,
si admitimos aún que pueden ser lanzadas a grandes alturas en las
erupciones, vuelven a caer al sitio de donde salieron y allí se
amontonan. En esta interesante descripción del Pichincha, caigo en
la cuenta que no se hace mención de incandescencia. De los
orificios sale un vapor recalentado, determinado por la combustión
de azufre, ya que hay formación de ácido sulfuroso; pero la
combustión tiene lugar en el interior; en una palabra, el vapor del
azufre quemaría por dentro, para emplear la expresión usada en los
laboratorios para indicar que en una boquilla el gas quema sin luz
aparente en la parte superior. De manera que estos exploradores no
dieron cuenta de las luces errantes, parecidas a fuegos fatuos, ya
señaladas por Humboldt, ni de las llamas que Hall y yo podíamos ver
claramente desde lo alto del Mirador, en el cráter occidental. Es
así como en el volcán de Pasto no observé ningún fenómeno ígneo,
aun cuando el vapor de los orificios fuera la suficientemente
caliente para fundir el estaño, pero no el plomo. El Pichincha
tiene sus analogías con el Azufral de Túquerres por la producción
de azufre y de gas, sin ninguna apariencia de fuego. El único
volcán, verdaderamente incandescente que he observado, es el de
Cumbal, de resto los volcanes tienen su estado de reposo y sus
paroxismos.
Las aguas que recibe el Pichincha corren hacia el Noroeste y
entran en el Yana Yacu (río de fuego), en el Nambilbo y se reúnen
en el río Blanco, uno de los afluentes del Guaillabamba, que
desemboca, como ya lo he dicho, en el mar del Sur.
Visse me ha hecho llegar, con la descripción de sus dos
exploraciones del Pichincha, vistas de los cráteres tomadas desde
diversos puntos y un mapa muy detallado de los alrededores de
Quito, que contiene cotas de altitud muy numerosas que permiten
formarse una idea precisa de la topografía de ese terreno
volcánico. Por el camino de Guaillabamba a Quito, encuentro como
altitud de la población 2.140 metros; las altitudes que se
encuentran en la meseta son las siguientes:
2.796 Chinguillina
2.797 Ina Quito
2.821 La Carolina
Se puede decir que Quito está en la base del Rucu Pichincha y
que la distancia en línea recta no excede de 10.700 metros que es
lo que explica la frecuencia con que se sienten temblores en esta
ciudad y también cuando se conoce la singular conformación del
volcán se entiende la rareza de las erupciones, que hubieran
ocasionado grandes desastres. Independientemente de lo que digan
las crónicas, es posible que nunca haya habido erupciones
volcánicas, diferentes a las lluvias de piedra pómez y de cenizas.
Humboldt dice que cuando se trata de discutir la veracidad de los
fenómenos de los que se conservan recuerdos en el Nuevo Continente,
es difícil remontarse más allá del Descubrimiento y de la Conquista
española. Estas fechas sí podrían darse por ciertas cuando los
sucesos tuvieron lugar bajo el reino de los incas. En lo que se
refiere al Pichincha, se citan erupciones de 1534 a 1660.
De la primera da fe el conquistador mexicano Pedro de Alvarado
quien tuvo la temeridad de subir a la cabeza de 230 jinetes, desde
el puesto de Pueblo Viejo, sobre el mar del Sur, hasta la meseta de
Quito, a través de espesas selvas; llegó a Riobamba, después de
haber perdido la mayor parte de su escolta, hombres y caballos. Los
españoles se espantaron por una lluvia de cenizas que cegaba y que
salía de la cima de la montaña en efervescencia. Durante varios
días el aire estuvo lleno de polvo que vomitaban las llamas con
acompañamiento de truenos subterráneos; después de todos los
sufrimientos causados por el hambre y el frío en su rápido camino
para llegar a la meseta de Quito, Alvarado a quien los mexicanos
llamaban “el hijo del Sol”, debido a sus cabellos rubios,
fue dolorosamente impresionado al ver huellas de herraduras sobre
un terreno arenoso; perdió la esperanza de ser el primero en llegar
a robar los tesoros de Quito; otros aventureros que seguían a
Belalcázar lo habían precedido. El 17 de octubre de 1566, el
Pichincha vomitó durante 24 horas una lluvia de cenizas que cubrió
todas las llanuras de la provincia; un mes después del 17 de
octubre, las cenizas cayeron más abundantemente; los indios se
refugiaban en las montañas para escapar de esta calamidad y durante
todo el siglo XVI todos los Andes, Chile, Quito y Guatemala, se
encontraron en un estado temible de irritación volcánica.
En dos raras biografías dedicadas a las obras milagrosas de la
beata Mariana de Jesús, cuyo nombre místico era “Azucena de
Quito”, escritas por dos jesuitas, Jacinto Morán de Butrón y
Tomás de Gijón, hablan del Pichincha, pero no contienen detalles
sino de la erupción de 1660.
Dice Butrón: “desde la aterradora escena de 1580 el volcán
estaba en descenso; pero el 27 de octubre de 1660, entre las 7 y
las 8 de la mañana, la ciudad de Quito se encontró en gran peligro
en medio de tremendos crujidos, parecidos a truenos. Pedazos de
roca, torrentes de resma y de azufre bajaban al mar a lo largo del
Rucu Pichincha. Las llamas se elevaban por encima del cráter; pero
la lluvia de ceniza que caía en Quito y la misma situación de la
ciudad, no permitían verlas. A la ciudad no llegaban sino cenizas y
‘lapilli’ (cascajo); el suelo de las calles subía y
bajaba como las olas del mar y a los hombres y a los animales les
costaba trabajo mantenerse en pie. Esas erupciones duraron 8 a 9
horas sin interrupción y al mismo tiempo la lluvia de ceniza
envolvía la ciudad en una oscuridad profunda. Todo el mundo corría
por las calles con linternas, pero las llamas quemaban difícilmente
y no iluminaban sino los objetos cercanos. Los pájaros caían
muertos en el suelo, asfixiados por el aire espeso y negro”
(Humboldt, segunda Memoria sobre los Volcanes del Altiplano de
Quito). En este cuadro, tal vez un poco subido de color, el índice
de la erupción fue únicamente la lluvia de cenizas que cayó sobre
la ciudad; lo amenazante para los habitantes fue un espantoso
temblor de tierra y ellos no fueron conscientes de lo que sucedía
en el fondo del abismo en donde están situadas las bocas
volcánicas. Los productos de la erupción como bloques de roca y
barro sulfuroso, fueron arrastrados por los torrentes, cuyas aguas
se dirigían hacia el mar del Sur.
Quito se halla en la base de un volcán, pero lo que le da
seguridad es la situación de los cráteres, colocados a gran
profundidad dentro de un recinto circular formado por rocas; así
que en ninguna parte, en las cercanías de la ciudad, se ven
vestigios de erupción, salvo algunos depósitos de piedra pómez.
Esta es una seguridad que no tienen otras ciudades; cuando la boca
del volcán se halla cerca de la cima, las erupciones de barro bajan
hacia la base, destruyendo todo lo que encuentran a su alcance. Por
ejemplo, las cercanías de Popayán fueron destruidas por masas de
lodo sulfuroso salidas del Puracé; en una época anterior el valle
del Magdalena, en diversos puntos, tuvo que sufrir por torrentes de
lodo y de nieve fundida que bajaban de los volcanes del Tolima y
del Ruiz. En los cataclismos atribuidos a fuegos subterráneos se
agita generalmente el suelo y en el curso de los desastres a los
que se asiste, no siempre se distinguen los efectos ocasionados por
las materias volcánicas y los que han sido resultado de las
trepidaciones del suelo causadas por temblores de tierra.
De acuerdo con Ulloa, el Pichincha estaría a 25 leguas de las
costas del mar del Sur. Quito está construido entre dos llanuras:
al norte la de Maquito y al sur la de Turubamba. Son vastas
llanuras de un largo de dos a tres leguas; al llegar a la ciudad,
ambas se estrechan y es cerca de la protuberancia del Panecillo,
donde tiene lugar la unión. La Provincia del Ecuador se extiende
sobre esta llanura de los Andes, siguiendo bien una línea única, o
bien sobre tres líneas paralelas, unidas por estrechas cadenas que
forman cuencas de una altitud promedio de 2.600 metros, pero
dominadas por montañas de tal elevación, que ofrecen el curioso
espectáculo de cimas cubiertas de nieve, junto con las llamas de
los volcanes. Considerado en conjunto el estado ecuatorial,
comienza al norte de Popayán y se extiende al sur hasta Piura,
presentando la zona volcánica, cuya existencia está marcada por el
Puracé, el Pasto, el Túquerres, el Tunguragua, el Pichincha, el
Antisana, el Cotopaxi y el Sangay, línea que se ve interceptada por
el Cayambe y el Chimborazo.
La raza india domina en toda la región. En Quito se considera
que es la tercera parte de la población; los mestizos corresponden
a otra tercera parte. Los quechuas recuerdan, por su fisonomía, a
los muiscas de Bogotá: tez cobriza, cabellos abundantes, rudos y
negros, imberbes, sin vello; nariz pequeña y delgada, que se curva
hacia el labio superior. El quechua, como el muisca, es
ceremonioso, perezoso e indiferente a todas las comodidades que
ofrece la vida; hace trabajar a su mujer, quien hila y teje la
ropa. Como en toda la cordillera, la habitación es una cabaña en la
que se encuentran ollas de barro, algunas gallinas, un cerdo y
algunos cuyes. La familia no se desviste jamás y duerme acurrucada
sobre pieles de oveja.
En Quito, los indios, especialmente los mestizos, se convierten
en hábiles obreros y aun en artistas, pintores y escultores,
dotados de una gran aptitud de imitación. Lo único que hace salir
al quechua de su alelamiento habitual es una fiesta. Su inclinación
a la ebriedad es tal, que es un triste espectáculo el fin de una
orgía. Todos caen entremezclados, sin preocuparse si están cerca de
la mujer de otro o de su propia hermana o de su hija, de manera que
olvidan todo. Los curas vienen ordinariamente a terminar el
escándalo, rompiendo las ollas llenas de chicha. También se
encuentra entre la población blanca el gusto desenfrenado de la
danza, casi al mismo grado que en las castas inferiores. Los
fandangos son más frecuentes y más licenciosos que en cualquier
otra parte y acompañados de las posturas más extravagantes.
La base de la alimentación de los quechuas es el maíz en arepas
o transformado en “machea”, obtenido al tostarlo después
de haberlo molido; el maíz es el alimento de la raza cobriza. Lo he
visto consumir por los indios del Cauca durante los viajes; llevan
la “machea” en un taleguito de tela, llamado
“cicrito”. Se llevan a la boca, sucesivamente, dos o tres
cucharadas y la pasan, después de haberla conservado algún tiempo;
en seguida beben agua o chicha. El idioma de los incas, el quechua,
es todavía el de los indios que no hablan español cuando viven
aislados y que sólo hablan con dificultad en las ciudades. En
Quito, los hijos de los blancos no comprenden sino el quechua por
la razón de que sus nodrizas y generalmente los sirvientes, son de
raza india.
El cristianismo —de acuerdo con la opinión de los
misioneros que he consultado— no ha progresado en absoluto
entre los quechuas. No les desagradan las ceremonias del culto; les
gusta bailar en las iglesias al son de la pandereta, lo que les es
permitido en el curso de las fiestas, costumbre que se ha
conservado casi en todas partes en las cordilleras. En lo que se
refiere a las prácticas religiosas, los indios no se someten sino
por la fuerza. En la confesión niegan todos sus pecados y el
sacerdote se ve obligado, para hacerles hablar, de decirles lo que
deben haber hecho y de ahí resultan las confusiones menos castas.
El neófito aprende de su confesor cosas que habría podido ignorar;
todos los trabajos que cuesta en las misiones, catequizar a los
indios jóvenes, se pierden. No se logra hacerles aprender los más
sencillos principios de la religión. Lo que saben son las
tradiciones de la religión de los incas: un poderoso espíritu,
invisible, que llena el mundo y que no se puede encerrar en un
templo; tradiciones delimitadas por el tiempo transcurrido. Lo que
sí es cierto es la indiferencia y posiblemente, el desprecio que el
quechua siente por la Iglesia cristiana. Los monjes hacen todo lo
que pueden para inculcar la doctrina, trabajo difícil cuando se
trata de instruir por la palabra. En los campos, cada cura tiene un
indio ciego, cuya función consiste en repetir la doctrina sin
cesar; está colocado en el centro de la escuela en donde, en un
tono que va entre la oración y el cántico, recita las oraciones que
el auditorio repite. Ulloa, al establecer este hecho en un informe
al gobierno español, añade que con ese sistema de instrucción los
indios de 60 años no tienen más conocimiento de la religión del que
pueden tener los niños chiquitos.
Los matrimonios de los quechuas tienen lugar como los de los
muiscas de Bogotá: el indio vive algunos meses en concubinato con
su novia; si les conviene, el cura los casa y si no, se separan
para un nuevo ensayar. El indio es ladrón y el quechua es, sobre
todo, un pillo hábil; por la tarde puede robarle el sombrero a un
viandante y robar en la iglesia, mostrando en la abertura anterior
de su poncho un par de manos juntas en cera, mientras le roba a su
vecino. La habilidad del quechua es grande cuando de robar se
trata; así sucedió que el coronel Hall y yo estando sentados a la
puerta de un potrero, vimos pasar dos indios que llevaban una
magnífica mula blanca, parecida por su tamaño y su aspecto a la
mula negra que yo había dejado allí; así se lo comuniqué a Hall,
quien de inmediato arrestó al indio. Era mi mula negra, sobre la
que habían aplicado una capa de pintura blanca. Después de haberla
hecho lavar, el color negro reapareció y los ladrones se retiraron
no sin haber recibido un buen castigo.
El quechua aislado es cobarde, pero vale la pena desconfiar de
un grupo de estos indios. Se vuelven agresivos y son capaces de
llegar a todos los excesos, cosa que tuve oportunidad de constatar
porque, si Hall y yo no hubiéramos tenido las costumbres de la vida
militar, habríamos seguramente sido víctimas de un tropel de
quechuas. Explorábamos el campo al sur de Quito y al llegar a la
salida del llano de Turubamba, subíamos montados en excelentes
caballos un camino que desemboca en un bosque; íbamos al paso y
vimos que se acercaban a nosotros algunos indios, cada uno con un
garrote; la cantidad aumentó y pronto pude contar una quincena de
individuos, uno de los cuales tuvo la osadía de golpear mi caballo.
Le dije a Hall: “¡sable en mano y carguemos!” En un
instante salimos de los importunos, quienes se refugiaron sobre los
montículos, hasta donde no podíamos llegar. Así pudimos continuar
nuestro camino sin que nos molestaran.