INDICE





LAS MEMORIAS DE UN NATURALISTA Y CIENTÍFICO QUE CEDIÓ A LA TENTACIÓN DE SER OBSERVADOR Y CRÍTICO SOCIAL

INTRODUCCIÓN

TOMO I

CAPÍTULO I
Mi formación — La Revolución francesa — Napoleón — El espanto de la guerra — Humboldt — Preparativos de viaje.

CAPÍTULO II
Caracas — Los temblores de tierra — Ascención a la silla.

CAPÍTULO III
Valle de Aragua — Lago Tacarigua — Morro de San Juan — Sitio de Puerto cabello— El general Páez— El árbol de la vaca— Aguas termales de la cadena del litoral.

CAPÍTULO IV
Cordillera Oriental de los Andes — Su constitución geológica —Nivelación barométrica — Efectos del temblor de tierra de 1812, observados en diferentes localidades — Sierra Nevada de Mérida —Lago Urao— Pamplona, sus minas de oro— Hierro meteórico de Santa Rosa.

CAPÍTULO V
Explanada de Bogotá — Nación Muisca — Su conquista - Guerras de la Independencia — Descripción de la meseta.

CAPÍTULO VI
Las primeras luchas por la Independencia — Bolívar.

CAPÍTULO VII
Meseta de Bogotá — Constitución geológica — Sal gema — Salinas —Carbón — Minas de esmeraldas.

CAPÍTULO VIII
Bogotá — Situación — Clima — Costumbres — Aventuras — Excursiones por los alrededores.

CAPÍTULO IX
Excursión para determinar los límites del terreno al sur de Bogotá —   Valle del Magdalena entre honda e Ibagué — Observaciones sobre el aumento de la intensidad del sonido durante la noche — Puente natural de Pandi o Icononzo.

TOMO II

CAPÍTULO X
Jugo venenoso del ajuapar— Accidentes que sucedieron mientras analizábamos esa materia — El comandante don Juan con nodriza — Irradiación nocturna en Bogotá.

CAPÍTULO XI
Algunos de mis conocidos en Bogotá — El Libertador Bolívar —Personajes — Sucesos.

CAPÍTULO XII
El Salto de Tequendama — Historia de Manuelita Sáenz.

CAPÍTULO XIII
Expedición de 1824— En los llanos del Meta.

CAPÍTULO XIV
Cordillera Central y Cordillera Oriental— Valle del Cauca— Minas de oro de La Vega de Supía - Provincia de Antioquia.

CAPÍTULO XV
Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

CAPÍTULO XVI
Viaje a la región aurífera y platinífera del Chocó.

CAPÍTULO XVII
Viaje al Ecuador— Estudios sobre la región volcánica.

CAPÍTULO XVIII
Ascensión al volcán del Puracé.

CAPÍTULO XIX
Viaje de Popayán a Pasto — Estancia en Pasto.

CAPÍTULO XX
Viaje de Pasto a Quito.

CAPÍTULO XXI
Ecuador.

CAPÍTULO XXII
Ascensión al volcán de Pichincha.

CAPÍTULO XXIII
Ascensión al Antisana.

CAPÍTULO XXIV
Tertulias y puros.

CAPÍTULO XXV
Ascensión al Chimborazo (1831).

CORRESPONDENCIA 1818-1826
Correspondencia I-X
Correspondencia XI-XVI
Correspondencia XVII-XXII
Correspondencia XXIII-XXIX
Correspondencia XXX-XL
Correspondencia XLI- LI
Correspondencia LII-LXII
Correspondencia LXIII- LXXIII
Correspondencia LXXIV - LXXXI
Correspondencia LXXXII - CII
Correspondencia CIII - CXXIX
CAPÍTULO XXII
 

 

Ascensión al volcán de Pichincha.
 

 

Los picos más elevados en el centro de los cuales se halla el volcán, llevan el nombre de Rucu Pichincha (Pichincha el viejo); sus cimas siempre están cubiertas de nieve y la altitud del punto más elevado sería, de acuerdo con Caldas, de 4.736 metros. Un poco al este del Rucu se ve el pico de Guagua Pichincha (Pichincha el joven). Sobre la pendiente del volcán tuvo lugar el famoso combate de Pichincha, a una altitud cercana a los 4.000 metros; tal vez la primera vez que se combatió a tan gran altura.

El 16 de julio, a las 10, subimos al oeste por un camino muy inclinado, hasta una gran cruz de piedra que se puede ver desde todos los rincones de Quito; luego siguiendo una pendiente suave, llegamos a la base de un cinturón de rocas, de las que sobresale el Guagua Pichincha. Marchábamos lentamente deteniéndonos de cuando en cuando para esperar a los indios portadores de nuestros equipajes y provisiones; tan pronto pasamos el Guagua, cayó una granizada tan abundante que toda la tierra quedó cubierta; felizmente se trataba de granizo seco, sin lluvia y sin rayos; una de esas nevadas tan comunes en las altas regiones, de manera que no nos incomodó, ni siquiera nos mojó. A las 5 de la tarde, después de 7 horas de un continuo ascenso, nos detuvimos en “El Machai” de San Diego, en la base de una enorme masa de traquita que presentaba una excavación. Machai en quechua significa esas especies de abrigos en donde se puede acampar a refugiarse al ser sorprendido por un temporal. Nuestros indios trajeron madera, prendimos fuego y encontramos que las provisiones eran excelentes pues Catita de Valdivieso nos las había enviado. Después de una buena cena y de una excelente charla, tendimos las mantas a las 9 de la noche y nos acostamos fuera del machai, teniendo por encima de nosotros un cielo magnífico lleno de estrellas tan brillantes que iluminaban el campamento.

El 17, al despuntar el sol que era espléndido, el termómetro marcaba 0,6°; la hierba estaba cubierta de escarcha y en las cavidades del suelo el agua se había congelado. La roca del machai es una traquita de pasta fina, gris, con numerosos cristales de feldespato blanco medio vítreo y algunos otros de piroxeno. Después de haber atravesado un riachuelo, subimos una pendiente que nos llevó a un filo de traquita con feldespato vidrioso y al bajar del lado opuesto vimos el arenal, a donde llegamos a las 8; allí nos apeamos para seguir al volcán. La subida fue muy penosa porque caminábamos sobre fragmentos de traquita que tenían el aspecto de piedra pómez, en las cuales se resbalaba fácilmente porque el terreno era muy suelto. A las 8:30 habíamos llegado a una tronera que se encontraba en un muro de la roca. Desde el sitio a donde habíamos llegado veíamos el volcán Rucu Pichincha, al fondo de una especie de pozo de gran diámetro, de 1.500 a 1.600 metros, evaluados a simple ojo. Alrededor de 400 metros de profundidad debajo del sitio donde estábamos, veíamos una zona de donde se desprendían vapores con fuerte olor a gas de ácido sulfuroso que indicaban la combustión del azufre. Desde la tronera hasta las bocas volcánicas, los restos de traquita y de pómez formaban un talud que habría sido peligroso tratar de franquear, debido a la extrema movilidad del suelo. De todas maneras ensayé, pero habiendo bajado 15 o 20 metros, tuve que reconocer que el terreno huía bajo mis pies y que habría llegado a la abertura ígnea, más rápidamente de lo deseado. Hall y Jameson me suplicaron que renunciara a mi ascensión, pues ya me era imposible, inclusive, volver a subir; apenas había logrado un metro, fui arrastrado por las piedras que resbalaban debajo de mis pies; por fin Hall me lanzó una cuerda que tuve la felicidad de agarrar y así desapareció todo el peligro y muy a tiempo, porque se presentó una niebla tal, que me encontré en la oscuridad. De todas maneras la expedición había tenido el resultado de poder afirmar que el Pichincha estaba en actividad, tanto como el volcán de Pasto, pero menos que el Cumbal.

Para llegar a las bocas del Pichincha habríamos tenido que seguir el riachuelo por donde bajan las aguas fluviales que reciben los terrenos donde se hallan los cráteres. El recinto está limitado por muros de traquita muy elevados que parecen cortados verticalmente y cuyas cimas he recorrido para reconocer la constitución, que por cierto difiere poco de la que presenta la roca del machai. Los cristales de piroxeno son más numerosos y dispuestos por bancos de tal simetría que la roca parece formada de cintas. En los bloques de rocas aisladas, dispersos sobre el arenal, se reconoce la traquita y acercándose al Mirador, desde donde se ve el fenómeno volcánico, son pedazos de piedra pómez, de tamaño suficientemente reducido para constituir la gravilla móvil sobre la cual es tan difícil caminar. Es impasible indicar el origen de esas traquitas de pómez que no se ven in situ en ninguna parte. ¿Serán fragmentos que han sido dejados en ese sitio por el volcán? Para gozar de la vista de los cráteres es necesario llegar al Mirador muy temprano en la mañana, porque a menudo después de levantarse el Sol, la gran cavidad donde quema el azufre se llena frecuentemente de una espesa niebla que fue lo que sucedió cuando me pescó Hall. Más allá del Mirador, desaparece esta niebla, como si se hubiese disuelto en el aire.

He aquí cómo explico el fenómeno: el viento soplaba del Este, lo que generalmente es el caso en las altas montañas del Ecuador cuando hace buen tiempo. El aire pasa rápidamente sobre la cresta de las rocas en donde nos encontrábamos; ese viento frío, al entrar en contacto con el aire cargado de humedad que se eleva de los cráteres, determina de inmediato una precipitación de vapor y la consiguiente formación de niebla que la corriente arrastra hacia el Oeste. Se habría podido pensar que era del filo de la traquita de donde salían los vapores, pero tan pronto cesaba el viento del Este, la niebla desaparecía y entonces se podía ver muy claramente la combustión del azufre.

Al abrir el barómetro en el Mirador a las 10, encontré que la altitud es de 4.800 metros y la temperatura de 5° Al tomar como profundidad del cráter 400 metros, se puede calcular que la altura total de 4.400 metros, se encuentre a 1.480 metros por encima de la plaza mayor de Quito, pero esas cifras son aproximadas.

Hace alrededor de un siglo, en junio de 1742, La Condamine y Bouguer habían hecho una ascensión al Pichincha, con la esperanza de ver el volcán que llamaban el “Vesubio de Quito”. Fue una empresa desafortunada que tuvo su lado simpático: su primera tentativa se llevó a cabo el 12 de junio; salieron de la ciudad a las 2 de la tarde y un poco antes de la puesta del Sol, los dos académicos llegaran al punto más alto que se puede alcanzar a caballo, lo cual indudablemente debió ser cerca a San Diego. Había caído tanta nieve las noches anteriores que no se veía ni rastro del sendero. Los guías desorientados huyeron, mientras que La Condamine trataba de reconocer el espesor de la nieve acumulada en una hondonada que había que atravesar para llegar a la tienda de las observaciones, donde se hallaba Bouguer. La mula estaba a cargo de un joven indio y se trataba de llegar a una hacienda situada mucho más abajo. La noche sorprendió a La Condamine y a las 8 juzgó conveniente tomar la delantera para ir en busca de socorro; pero la niebla era tan espesa que le fue imposible encontrar la dirección: entró en un pantano y se caía a cada paso que daba, era media noche y esta triste situación duraría todavía 6 horas; aprovechando una claridad, nuestro viajero vio la cruz de piedra e hizo esfuerzos increíbles para llegar allí, confiando en que le sería más fácil orientarse. La niebla redoblaba y cuando había llegado a la zona en donde ya no nevaba, comenzó a llover. Al fin pudo llegar a la cruz, pero las tinieblas habían aumentado desde que la Luna se había puesto y temiendo perderse se detuvo en el centro de un montón de hierba. Su estado era indescriptible: sin víveres y completamente mojado. Aquí dejo hablar al académico:

“Me acurruqué envuelto en mi capa, habiendo pasado el brazo por la brida de la mula para dejarla pacer más libremente; así dejé pasar la noche, con el cuerpo mojado y con los pies en la nieve fundida; en vano los agitaba para procurarles calor por medio del movimiento. Hacia las 4 de la mañana no los volví a sentir y creí que se habían congelado totalmente y estoy convencido todavía de que no habría escapado a este peligro difícil de prever en un volcán, si no se me hubiese ocurrido un medio que me dio resultado: los calenté por medio de un baño natural que dejo adivinar al lector; el frío aumentó al amanecer y con los primeros rayos de luz vi a mi mula y la creí petrificada. Al fin, hacia las 7, todo cubierto de escarcha, pude bajar a la hacienda; el mayordomo estaba ausente y su mujer, asustada con mi aspecto, salió corriendo”. La Condamine hizo encender fuego, volvió a reunirse con su gente, que lo había abandonado, y quienes llegaron totalmente secos, en comparación con lo empapado que él estaba. Desde que habían visto la niebla, se habían detenido, encontraron un abrigo, habían cenado a discreción con sus provisiones y habían pasado buena noche. El francés regresó a Quito de donde salió al día siguiente a las 7 de la mañana. Después de una marcha penosa encontró a Bouguer, quien lo esperaba desde hacía 2 días. El 17 de junio, los dos académicos, después de tremendas dificultades, llegaron a la cima de una roca, desde donde divisaron con facilidad la boca del volcán, una abertura redonda, del lado oriente (La Condamine estimó su diámetro entre 800 a 900 toesas) bordeadas de rocas escarpadas, cuyas cimas estaban cubiertas de nieve. Esta gran hondonada estaba separada en dos por una especie de muralla y no se distinguían rastros de humo. Un viento glacial que les helaba los pies y las manos, obligó a los científicos a regresar a su tolda; después de haber asistido a una erupción del Cotopaxi, regresaron a Quito. Como cosa curiosa se debe anotar que cuando la ascensión de Bouguer y La Condamine, los bordes del Pichincha se hallaban bajo la nieve, mientras que en julio de 1831, no la había. Los académicos notaron sobre esta nieve huellas de algunos animales especialmente los leones. Yo recuerdo que cuando acampaba en la base del Tolima fui importunado, durante una noche, por los rugidos de los tigres.

Bouguer y La Condamine, Humboldt y yo, habíamos logrado llegar a la cima del Pichincha y habíamos podido confirmar la presencia de fuego en las profundidades que dominábamos pero se debe a los señores Visse y García Moreno, una descripción completa del volcán a cuyos cráteres llegaron en el curso de viajes efectuados en enero de 1845 y en agosto de 1846. Resumiré aquí el informe que dirigí a la Academia de Ciencias, basándome en la memoria de estos intrépidos exploradores, pero ante todo, quiero presentarlos: ambos fueron mis amigos y murieron prematuramente; el uno, García Moreno fue mi discípulo y nació en Quito. Llegó a Francia para estudiar ciencias y de regreso a su patria entró en la vida política y fue presidente, o más bien director de la República del Ecuador: después de haber pacificado el país y dominado el militarismo, mantuvo el orden durante 15 años, pero fue asesinado por una banda de demagogos, en las escalinatas del altozano un día que salía de la catedral. García había hecho regresar a los jesuitas a Quito, pues era un clerical determinado y convencido; después de su muerte no se ha podido volver a gobernar el Ecuador. Era hombre de voluntad de hierro y es extraño que no habiendo pertenecido al ejército, haya podido dominar todas esas ambiciones malsanas de los jefes militares que habían gozado hasta allí de una gran influencia.

Los habitantes de Quito habían conservado el recuerdo de los padres de la Compañía de Jesús: y leí en las salas de sesiones del congreso, en enormes caracteres trazados sobre el muro, la frase “¡Honor a los jesuitas!” Así que cuando regresaron fueron vivamente aclamados y con felicidad de todos se vio que García los había colocado a la cabeza de la educación. 

La iniciación de la carrera del señor Visse fue extraordinariamente penosa: de familia pobre de Pont-a-Mousson, se presentó en el ejército para ayudar a su madre que en ese entonces se hallaba en la miseria. Fue incorporado en la artillería, en donde pudo seguir con éxito la escuela regimentana, debido a que era inteligente y que había recibido instrucción primaria y pronto fue nombrado sargento mayor. Como gozaba de la estimación de sus jefes, fue propuesto varias veces para el grado de oficial de los inspectores generales, solicitud que siempre fracasó ante el prejuicio de que había entrado al ejército como soldado raso. No se tuvo en cuenta el afecto a su madre: si había entrado así, era que se había vendido. Habiendo expirado su contrato, Visse se retiró del servicio y después de haber trabajado en el laboratorio del College de France, entró como jefe de obras en Puentes y Calzadas; ocupaba esta posición cuando Regnault lo presentó a García Moreno, entonces presidente del Ecuador, quien se había dirigido al gobierno de Francia para conseguir un ingeniero instruido. Visse llevó a su familia a Quito, donde vivió algunos años en excelente situación; aprovechando sus conocimientos científicos hizo llegar al museo una bella colección geológica del nuevo país y envió a Regnault muestras de aire atmosférico, obtenido de las cordilleras, el cual fue analizado por el ilustre físico. En medio de sus trabajos y cuando gozaba de una honorabilidad muy bien adquirida, y de una vida muy activa, sufrió una congestión cerebral que lo llevó a la tumba. Sus últimos pensamientos fueron para mí en agradecimiento a los modestos servicios que le había podido prestar; no tuvo tranquilidad sino hasta cuando consiguió los pescaditos “preñadillos” (pimelodes cyclopum) que viven en los riachuelos que bajan del Cotopaxi y que Humboldt ha descrito: era una promesa que me había hecho cuando yo le conté, un día en París, cómo me había perdido las muestras que me disponía a llevar a Europa. Yo había puesto buena cantidad de “preñadillos” en un bocal con ron,. pero al atravesar las selvas del Chocó, el indio a quien se los había confiado, no pudo resistir el deseo de beber el ron y según lo confesó, encontró tan delicioso el primer pescadito, que acabó por comérselos todos. Tal vez tenía razón el indio: los peces “al licor” deben ser un alimento muy delicado. Hay que tener en cuenta que los japoneses son de paladar menos refinado, ya que se comen los peces crudos. Mientras tanto y gracias a Visse, hice muy felices a los naturalistas de Estocolmo y de Cristianía, al hacerles llegar especimenes de los “preñadillos”.

El 14 de enero de 1845 a las 3 de la tarde Visse y García salieron para pasar la noche en una pequeña choza en Sloa (sic) al pie del Pichincha, a donde llegaron a las 7:30. El 15 salieron de allí a las 7 de la mañana y se apearon en el limite de la vegetación para subir una fuerte pendiente, cubierta de una pómez muy fina; los viajeros llegaron a las 11:30 al punto más elevado; infortunadamente la niebla les impidió ver el fondo del cráter; se encontraban a una altura absoluta de 4.775 metros; el agua hervía a 85,16° y la temperatura del aire era de 8,1°. La altitud era muy cercana a la que yo había registrado en el Mirador. Al levantarse la niebla ellos vieron claramente el muro de rocas en dirección del NNE al SSO que separa el cráter en dos partes: era mediodía cuando Visse bajó por el terreno movedizo hasta el cráter oriental, al que encontró ser de una altitud absoluta de 4.447 metros, es decir, inferior a 328 metros a la del pico donde había hecho hervir el agua; atravesaron la muralla que separa los dos cráteres, pasando por el punto de más fácil acceso en un sitio en donde la altitud no excede de 4.597 metros; fue entonces cuando se comenzó a sentir el olor del ácido sulfuroso. En seguida bajaron dentro del cráter occidental, cuyo piso tendría 4.172 metros de altura absoluta, o sea, 275 metros menos que la altura del piso del cráter oriental. Una vez sobre el filo de la separación de los cráteres se nota dentro del occidental, un montículo de donde salen numerosas fumarolas; su cima tiene una altitud absoluta de 4.322 metros, o sea una altura de 150 metros por encima del fondo.

La lluvia caía mezclada con granizo; los riachuelos se convirtieron en torrentes, por todas partes aparecían cascadas que arrastraban bloques de rocas, la situación se había convertido en peligrosa y los viajeros resolvieron regresar al pico en donde habían hecho hervir el agua, a donde llegaron a las 7 de la noche; los indios y las mulas habían desaparecido. Visse y García anduvieron errantes en la oscuridad hasta que encontraron una cabaña en donde pudieron pasar la noche cerca del fuego. Al día siguiente los exploradores regresaron a Quito, prometiéndose llevar a cabo otra excursión antes de la época de las lluvias, pero este proyecto no se realizó sino al año siguiente en 1846.

El 11 de agosto fueron a pasar la noche a El Corral (altitud 3.693 metros). El 12 llegaron a caballo al arenal y luego subieron por un piso movedizo de piedra pómez, una pendiente de 25° a 35°; necesitaron hora y media para subir 470 metros y poder llegar al filo del cráter, en donde comenzaron el levantamiento del plano y regresaron por la tarde a El Corral. El 13 subieron a caballo hasta la punta, cargados de instrumentos; un indio llevaba víveres, vino y hielo; bajaron al cráter oriental; a las 2:30 llegaron a su destino, después de haber bajado 320 metros. El fondo del cráter oriental no es sino una hondonada seca que se convierte en torrente cuando llueve; allí se estableció el campamento a una altitud de 4.400 metros. Por la noche la temperatura del aire fue de -2°. El 14 emplearon toda el día en levantar el curso del torrente; el 15, remontaron el lecho seco hasta una altitud de 4.547 metros, que es el punto más bajo del muro que separa los dos cráteres; por allí bajaron los exploradores a la parte occidental del volcán. Este cráter, más o menos circular y de un diámetro cercano a los 450 metros, tiene la apariencia de un embudo; sus paredes son inclinadas en 50° a 70°; por el fondo corren dos torrentes que se unen hacia el Oeste para salir por una abertura. En la extremidad occidental se eleva un cono, cuyo punto culminante tiene una altitud absoluta de 4.178 metros, o sea una altura de 80 metros por encima del fondo. Este montículo está rodeado por los dos torrentes, de manera que cuando cae una fuerte lluvia, aparece como una isla. Es sorprendente encontrar en este abismo tierra vegetal cubierta de juncos, especialmente una planta vigorosa la “achupalla” de los quechuas, de la familia de las bromeliáceas y que se parece a las piñas. Todas las bocas volcánicas, activas o apagadas, están situadas en la protuberancia que Visse ha designado con el nombre de “cono de erupción”, no muy acertadamente según mi opinión. Estas bocas o más bien orificios, se hallan agrupados en un círculo de 25 metros de diámetro, aproximadamente. Al llegar a la parte superior del cono se ve el grupo más considerable de orificios, dentro de un embudo de 80 metros de diámetro y de 20 metros de profundidad, que muestra el índice de los cataclismos más aterradores: pedazos de roca hasta de 4 metros en sus 3 dimensiones, a pilados y de donde salían abundantes chorros de vapor. 

El francés contó 70, que arrastraban gas de ácido sulfuroso y gas sulfhídrico; creo que se debe añadir gas de ácido carbónico y vapor acuoso que mi amigo no especifica por no tener a su disposición otro sistema de análisis que el olfato. Los vapores salen de algunos orificios con silbidos comparables a los que provienen de las locomotoras. La superficie de las rocas en contacto con los gases producidos por el fuego volcánico, estaba tapizada de cristales aciculares de azufre o recubierta de azufre fundido en una especie de escoria de color verde, depositada en placas semividriosas de 2 centímetros de espesor. Visse y García Moreno salieron del cráter occidental a las 3 de la tarde con tanta niebla que les fue imposible reconocer el camino que habían seguido en la mañana; para colmo de desgracias comenzó a caer una lluvia que duró el resto del día y toda la noche. Al subir una hondonada el último corrió un serio peligro: un trueno espantoso retumbó en las alturas e inmediatamente pasaron a dos metros de su cabeza, fragmentos de roca disparados como proyectiles con silbidos horribles; podría haber sido arrastrado por este alud que el rayo había desencadenado desde la cima de la montaña. Aquí recordaré que sobre la pendiente del Tolima, Goudot y yo corrimos un peligro análogo, pues durante los 10 minutos que nos costó atravesar un espacio abierto, estuvimos expuestos a los proyectiles que parecía lanzar la nieve del volcán; a las 5 de la tarde Visse y García se hallaban en el cráter oriental, teniendo por toda comida pedazos de hielo; la lluvia no les permitió acostarse, pasaron la noche acurrucados cerca de una roca, con la cabeza entre las rodillas, al estilo de los indios. El 16 tomaron de nuevo el camino al despuntar el día y llegaron a las 9 a la cima del volcán y en la tarde se hallaban de regreso en Quito.

De acuerdo con las observaciones hechas por Visse, resulta que el diámetro total de los dos cráteres es de 1.500 metros en la parte superior y de 700 metros el del fondo. Las paredes gigantescas del volcán ennegrecidas por el tiempo, la débil luz que recibe el fondo del abismo en donde los rayos del Sol no penetran sino de las 9 de la mañana a las 3 de la tarde, los vapores que salen de una profundidad de 750 metros dan al Pichincha un aspecto siniestro característico. ¡Un volcán en el fondo de un pozo! La piedra pómez en fragmentos y las cenizas, debido a su liviandad, pueden ser lanzadas por encima de los muros de traquita y arrastradas a grandes distancias; en cuanto a los bloques de roca, si admitimos aún que pueden ser lanzadas a grandes alturas en las erupciones, vuelven a caer al sitio de donde salieron y allí se amontonan. En esta interesante descripción del Pichincha, caigo en la cuenta que no se hace mención de incandescencia. De los orificios sale un vapor recalentado, determinado por la combustión de azufre, ya que hay formación de ácido sulfuroso; pero la combustión tiene lugar en el interior; en una palabra, el vapor del azufre quemaría por dentro, para emplear la expresión usada en los laboratorios para indicar que en una boquilla el gas quema sin luz aparente en la parte superior. De manera que estos exploradores no dieron cuenta de las luces errantes, parecidas a fuegos fatuos, ya señaladas por Humboldt, ni de las llamas que Hall y yo podíamos ver claramente desde lo alto del Mirador, en el cráter occidental. Es así como en el volcán de Pasto no observé ningún fenómeno ígneo, aun cuando el vapor de los orificios fuera la suficientemente caliente para fundir el estaño, pero no el plomo. El Pichincha tiene sus analogías con el Azufral de Túquerres por la producción de azufre y de gas, sin ninguna apariencia de fuego. El único volcán, verdaderamente incandescente que he observado, es el de Cumbal, de resto los volcanes tienen su estado de reposo y sus paroxismos.

Las aguas que recibe el Pichincha corren hacia el Noroeste y entran en el Yana Yacu (río de fuego), en el Nambilbo y se reúnen en el río Blanco, uno de los afluentes del Guaillabamba, que desemboca, como ya lo he dicho, en el mar del Sur.

Visse me ha hecho llegar, con la descripción de sus dos exploraciones del Pichincha, vistas de los cráteres tomadas desde diversos puntos y un mapa muy detallado de los alrededores de Quito, que contiene cotas de altitud muy numerosas que permiten formarse una idea precisa de la topografía de ese terreno volcánico. Por el camino de Guaillabamba a Quito, encuentro como altitud de la población 2.140 metros; las altitudes que se encuentran en la meseta son las siguientes:

        2.796  Chinguillina
           2.797  Ina Quito
           2.821  La Carolina

Se puede decir que Quito está en la base del Rucu Pichincha y que la distancia en línea recta no excede de 10.700 metros que es lo que explica la frecuencia con que se sienten temblores en esta ciudad y también cuando se conoce la singular conformación del volcán se entiende la rareza de las erupciones, que hubieran ocasionado grandes desastres. Independientemente de lo que digan las crónicas, es posible que nunca haya habido erupciones volcánicas, diferentes a las lluvias de piedra pómez y de cenizas. Humboldt dice que cuando se trata de discutir la veracidad de los fenómenos de los que se conservan recuerdos en el Nuevo Continente, es difícil remontarse más allá del Descubrimiento y de la Conquista española. Estas fechas sí podrían darse por ciertas cuando los sucesos tuvieron lugar bajo el reino de los incas. En lo que se refiere al Pichincha, se citan erupciones de 1534 a 1660.

De la primera da fe el conquistador mexicano Pedro de Alvarado quien tuvo la temeridad de subir a la cabeza de 230 jinetes, desde el puesto de Pueblo Viejo, sobre el mar del Sur, hasta la meseta de Quito, a través de espesas selvas; llegó a Riobamba, después de haber perdido la mayor parte de su escolta, hombres y caballos. Los españoles se espantaron por una lluvia de cenizas que cegaba y que salía de la cima de la montaña en efervescencia. Durante varios días el aire estuvo lleno de polvo que vomitaban las llamas con acompañamiento de truenos subterráneos; después de todos los sufrimientos causados por el hambre y el frío en su rápido camino para llegar a la meseta de Quito, Alvarado a quien los mexicanos llamaban “el hijo del Sol”, debido a sus cabellos rubios, fue dolorosamente impresionado al ver huellas de herraduras sobre un terreno arenoso; perdió la esperanza de ser el primero en llegar a robar los tesoros de Quito; otros aventureros que seguían a Belalcázar lo habían precedido. El 17 de octubre de 1566, el Pichincha vomitó durante 24 horas una lluvia de cenizas que cubrió todas las llanuras de la provincia; un mes después del 17 de octubre, las cenizas cayeron más abundantemente; los indios se refugiaban en las montañas para escapar de esta calamidad y durante todo el siglo XVI todos los Andes, Chile, Quito y Guatemala, se encontraron en un estado temible de irritación volcánica.

En dos raras biografías dedicadas a las obras milagrosas de la beata Mariana de Jesús, cuyo nombre místico era “Azucena de Quito”, escritas por dos jesuitas, Jacinto Morán de Butrón y Tomás de Gijón, hablan del Pichincha, pero no contienen detalles sino de la erupción de 1660.

Dice Butrón: “desde la aterradora escena de 1580 el volcán estaba en descenso; pero el 27 de octubre de 1660, entre las 7 y las 8 de la mañana, la ciudad de Quito se encontró en gran peligro en medio de tremendos crujidos, parecidos a truenos. Pedazos de roca, torrentes de resma y de azufre bajaban al mar a lo largo del Rucu Pichincha. Las llamas se elevaban por encima del cráter; pero la lluvia de ceniza que caía en Quito y la misma situación de la ciudad, no permitían verlas. A la ciudad no llegaban sino cenizas y ‘lapilli’ (cascajo); el suelo de las calles subía y bajaba como las olas del mar y a los hombres y a los animales les costaba trabajo mantenerse en pie. Esas erupciones duraron 8 a 9 horas sin interrupción y al mismo tiempo la lluvia de ceniza envolvía la ciudad en una oscuridad profunda. Todo el mundo corría por las calles con linternas, pero las llamas quemaban difícilmente y no iluminaban sino los objetos cercanos. Los pájaros caían muertos en el suelo, asfixiados por el aire espeso y negro” (Humboldt, segunda Memoria sobre los Volcanes del Altiplano de Quito). En este cuadro, tal vez un poco subido de color, el índice de la erupción fue únicamente la lluvia de cenizas que cayó sobre la ciudad; lo amenazante para los habitantes fue un espantoso temblor de tierra y ellos no fueron conscientes de lo que sucedía en el fondo del abismo en donde están situadas las bocas volcánicas. Los productos de la erupción como bloques de roca y barro sulfuroso, fueron arrastrados por los torrentes, cuyas aguas se dirigían hacia el mar del Sur.

Quito se halla en la base de un volcán, pero lo que le da seguridad es la situación de los cráteres, colocados a gran profundidad dentro de un recinto circular formado por rocas; así que en ninguna parte, en las cercanías de la ciudad, se ven vestigios de erupción, salvo algunos depósitos de piedra pómez. Esta es una seguridad que no tienen otras ciudades; cuando la boca del volcán se halla cerca de la cima, las erupciones de barro bajan hacia la base, destruyendo todo lo que encuentran a su alcance. Por ejemplo, las cercanías de Popayán fueron destruidas por masas de lodo sulfuroso salidas del Puracé; en una época anterior el valle del Magdalena, en diversos puntos, tuvo que sufrir por torrentes de lodo y de nieve fundida que bajaban de los volcanes del Tolima y del Ruiz. En los cataclismos atribuidos a fuegos subterráneos se agita generalmente el suelo y en el curso de los desastres a los que se asiste, no siempre se distinguen los efectos ocasionados por las materias volcánicas y los que han sido resultado de las trepidaciones del suelo causadas por temblores de tierra.

De acuerdo con Ulloa, el Pichincha estaría a 25 leguas de las costas del mar del Sur. Quito está construido entre dos llanuras: al norte la de Maquito y al sur la de Turubamba. Son vastas llanuras de un largo de dos a tres leguas; al llegar a la ciudad, ambas se estrechan y es cerca de la protuberancia del Panecillo, donde tiene lugar la unión. La Provincia del Ecuador se extiende sobre esta llanura de los Andes, siguiendo bien una línea única, o bien sobre tres líneas paralelas, unidas por estrechas cadenas que forman cuencas de una altitud promedio de 2.600 metros, pero dominadas por montañas de tal elevación, que ofrecen el curioso espectáculo de cimas cubiertas de nieve, junto con las llamas de los volcanes. Considerado en conjunto el estado ecuatorial, comienza al norte de Popayán y se extiende al sur hasta Piura, presentando la zona volcánica, cuya existencia está marcada por el Puracé, el Pasto, el Túquerres, el Tunguragua, el Pichincha, el Antisana, el Cotopaxi y el Sangay, línea que se ve interceptada por el Cayambe y el Chimborazo.

La raza india domina en toda la región. En Quito se considera que es la tercera parte de la población; los mestizos corresponden a otra tercera parte. Los quechuas recuerdan, por su fisonomía, a los muiscas de Bogotá: tez cobriza, cabellos abundantes, rudos y negros, imberbes, sin vello; nariz pequeña y delgada, que se curva hacia el labio superior. El quechua, como el muisca, es ceremonioso, perezoso e indiferente a todas las comodidades que ofrece la vida; hace trabajar a su mujer, quien hila y teje la ropa. Como en toda la cordillera, la habitación es una cabaña en la que se encuentran ollas de barro, algunas gallinas, un cerdo y algunos cuyes. La familia no se desviste jamás y duerme acurrucada sobre pieles de oveja.

En Quito, los indios, especialmente los mestizos, se convierten en hábiles obreros y aun en artistas, pintores y escultores, dotados de una gran aptitud de imitación. Lo único que hace salir al quechua de su alelamiento habitual es una fiesta. Su inclinación a la ebriedad es tal, que es un triste espectáculo el fin de una orgía. Todos caen entremezclados, sin preocuparse si están cerca de la mujer de otro o de su propia hermana o de su hija, de manera que olvidan todo. Los curas vienen ordinariamente a terminar el escándalo, rompiendo las ollas llenas de chicha. También se encuentra entre la población blanca el gusto desenfrenado de la danza, casi al mismo grado que en las castas inferiores. Los fandangos son más frecuentes y más licenciosos que en cualquier otra parte y acompañados de las posturas más extravagantes.

La base de la alimentación de los quechuas es el maíz en arepas o transformado en “machea”, obtenido al tostarlo después de haberlo molido; el maíz es el alimento de la raza cobriza. Lo he visto consumir por los indios del Cauca durante los viajes; llevan la “machea” en un taleguito de tela, llamado “cicrito”. Se llevan a la boca, sucesivamente, dos o tres cucharadas y la pasan, después de haberla conservado algún tiempo; en seguida beben agua o chicha. El idioma de los incas, el quechua, es todavía el de los indios que no hablan español cuando viven aislados y que sólo hablan con dificultad en las ciudades. En Quito, los hijos de los blancos no comprenden sino el quechua por la razón de que sus nodrizas y generalmente los sirvientes, son de raza india.

El cristianismo —de acuerdo con la opinión de los misioneros que he consultado— no ha progresado en absoluto entre los quechuas. No les desagradan las ceremonias del culto; les gusta bailar en las iglesias al son de la pandereta, lo que les es permitido en el curso de las fiestas, costumbre que se ha conservado casi en todas partes en las cordilleras. En lo que se refiere a las prácticas religiosas, los indios no se someten sino por la fuerza. En la confesión niegan todos sus pecados y el sacerdote se ve obligado, para hacerles hablar, de decirles lo que deben haber hecho y de ahí resultan las confusiones menos castas. El neófito aprende de su confesor cosas que habría podido ignorar; todos los trabajos que cuesta en las misiones, catequizar a los indios jóvenes, se pierden. No se logra hacerles aprender los más sencillos principios de la religión. Lo que saben son las tradiciones de la religión de los incas: un poderoso espíritu, invisible, que llena el mundo y que no se puede encerrar en un templo; tradiciones delimitadas por el tiempo transcurrido. Lo que sí es cierto es la indiferencia y posiblemente, el desprecio que el quechua siente por la Iglesia cristiana. Los monjes hacen todo lo que pueden para inculcar la doctrina, trabajo difícil cuando se trata de instruir por la palabra. En los campos, cada cura tiene un indio ciego, cuya función consiste en repetir la doctrina sin cesar; está colocado en el centro de la escuela en donde, en un tono que va entre la oración y el cántico, recita las oraciones que el auditorio repite. Ulloa, al establecer este hecho en un informe al gobierno español, añade que con ese sistema de instrucción los indios de 60 años no tienen más conocimiento de la religión del que pueden tener los niños chiquitos. 

Los matrimonios de los quechuas tienen lugar como los de los muiscas de Bogotá: el indio vive algunos meses en concubinato con su novia; si les conviene, el cura los casa y si no, se separan para un nuevo ensayar. El indio es ladrón y el quechua es, sobre todo, un pillo hábil; por la tarde puede robarle el sombrero a un viandante y robar en la iglesia, mostrando en la abertura anterior de su poncho un par de manos juntas en cera, mientras le roba a su vecino. La habilidad del quechua es grande cuando de robar se trata; así sucedió que el coronel Hall y yo estando sentados a la puerta de un potrero, vimos pasar dos indios que llevaban una magnífica mula blanca, parecida por su tamaño y su aspecto a la mula negra que yo había dejado allí; así se lo comuniqué a Hall, quien de inmediato arrestó al indio. Era mi mula negra, sobre la que habían aplicado una capa de pintura blanca. Después de haberla hecho lavar, el color negro reapareció y los ladrones se retiraron no sin haber recibido un buen castigo.

El quechua aislado es cobarde, pero vale la pena desconfiar de un grupo de estos indios. Se vuelven agresivos y son capaces de llegar a todos los excesos, cosa que tuve oportunidad de constatar porque, si Hall y yo no hubiéramos tenido las costumbres de la vida militar, habríamos seguramente sido víctimas de un tropel de quechuas. Explorábamos el campo al sur de Quito y al llegar a la salida del llano de Turubamba, subíamos montados en excelentes caballos un camino que desemboca en un bosque; íbamos al paso y vimos que se acercaban a nosotros algunos indios, cada uno con un garrote; la cantidad aumentó y pronto pude contar una quincena de individuos, uno de los cuales tuvo la osadía de golpear mi caballo. Le dije a Hall: “¡sable en mano y carguemos!” En un instante salimos de los importunos, quienes se refugiaron sobre los montículos, hasta donde no podíamos llegar. Así pudimos continuar nuestro camino sin que nos molestaran.

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