CAPÍTULO XXI
Ecuador.
26 de junio. Antes de dejar a Cumbal en donde el frío me impidió
dormir, tomé la temperatura del suelo: 10,6°. Salí a las 11 y
después de 2 horas de marcha llegué al río Carchi; a las 2 llegué
al río de la Juntas, tributario del primero; cerca de las 4 entré a
Tulcán, población situada en la extremidad sur de la Nueva Granada,
con 0°53’ de latitud norte y 80° 12’ 30” de longitud
oeste. Altitud 3.019 metros, temperatura 11,6°.
Me encontraba sobre territorio de la República del Ecuador.
Tulcán se halla a una legua de Carchi. La noche fue desagradable,
pues en la casa en donde me había hospedado había una fiesta. Una
docena de indias borrachas de chicha me divirtieron al principio,
por su locuacidad, pero yo no entendía lo que decían pues hablaban
“quechua”; los indios dormían profundamente y ellas
continuaban riendo como locas, que es su manera de expresarse;
ordené a mi negro que las hiciera entrar en razón y pensé en el
singular efecto que tiene el alcohol, pues si esas indias no
hubiesen estado bajo la influencia de la bebida, no habrían
articulado ni una palabra. Más adelante describiré una escena de
borrachera en la muy alta sociedad del Ecuador. La orgía, el humo
del fogón y los tristes gritos de los curíes, no me permitieron
cerrar los ojos. Temperatura 12°.
27 de junio. A las 8 dejé Tulcán. Ascendí continuamente hasta el
páramo de Boliche (altitud 3.485 metros, temperatura 12°) y de este
sitio se baja hasta Guaco (altitud 3.010, temperatura 16°). Me
dirigí en seguida a Tusá (altitud 2.943 metros, temperatura del
suelo 12,8°). En los alrededores se explotan árboles de quina. En
una localidad llamada el Pun, detrás de la cordillera y entre la
selva, existe una población de indios no cristianizados, más o
menos salvajes, los “yambos”, absolutamente inofensivos,
entre otras cosas. Los principales riachuelos conocidos en la
proximidad de Tusá son: al sur, el Puntal y Guesaca que van al
Chota y al norte varias quebradas que van al Carchi. El negocio de
engordar ganado está muy desarrollado en la región, ya que los
pastos son excelentes.
28 de junio. De Tusá, de donde salí a las 8, el camino no ofrece
nada que valga la pena y seguía siempre sobre la traquita, cuyos
escombros forman aluviones bastante gruesos. Después de haber
atravesado las quebradas de Tusá, Capulí y Honda, me detuve a
mediodía en la venta de Guesaca, cerca de la población de El Puntal
(altitud 2.783 metros, temperatura 23°). El suelo es de extrema
aridez. A las 5 me detuve en la hacienda de Pucará, propiedad de
los padres dominicos, (altitud 2.995 metros, temperatura del suelo
13,3°, bastante elevada si se considera la altura del sitio).
29 de junio. A las 8 dejé la triste hacienda y pronto comenzó
una rápida pendiente que me llevó al río Chota. A mediodía, llegué
al ingenio de San Vicente, en donde reposé una hora y seguí mi
camino; a las 2 pasé el puente de Chota (altitud 1.622 metros,
temperatura 26°); desde allí envié mi equipaje a Ibarra y tomé el
camino de Salinas; un poco más abajo del puente el río Chota se une
al Mira donde pierde su nombre y se vuelve importante; seguí la
orilla izquierda de este nuevo río por un sendero resbaloso,
trazado sobre un terreno escarpado y después de una hora de marcha
se sale del valle para entrar en el de Ambi, y bordear, subiéndolo,
el curso de este torrente, a cuyo lecho se baja por otro camino muy
accidentado y verdaderamente aterrador en muchos sitios. Desde
Puracá me había mantenido sobre este aluvión traquítico y sobre las
orillas del Mira vi un horno de cal que sirve para calcinar un
calcáreo sedimentario, parecido al de Pasto y depositado por una
salina yodífera que sale de una traquita negra de pasta fina que
contiene cristales de feldespato vítreo. Esta roca, muy agrietada,
soporta el aluvión del que hacen parte la arena y la arcilla
salífera del Mira. Después de haber pasado el Ambi, alcancé la
explanada de la población de Salinas, donde llegué un poco antes de
las 6. El alcalde me ofreció alojamiento en su casa.
Salinas de Mira es triste y árido: arena sin árboles, pero sin
embargo reina allí cierta animación, debido a la extracción de la
sal marina por un proceso de los más primitivos. La tierra, tomada
de la superficie del suelo, apenas tiene un sabor salobre y se la
lava a través de filtros hechos de cuero de res; cuando se juzga
que el agua tiene suficiente sal, se le evapora en calderas de
cobre (fondos). El residuo salino es granulado, de color gris y se
le moldea en pequeños sacos de tela, para darle la forma de
panecillos oblongos, que pesan de 2 a 3 libras; para consolidar
estos panes de sal se les cocina en un horno a una temperatura que
me pareció que es apenas comenzando el rojo y así adquieren una
dureza suficiente para soportar el transporte sin desbaratarse. Se
les exporta hasta Pasto, en donde no se consume otra clase de sal y
es posible que se deba a su uso la carencia de cotos entre los
pastusos, pues la sal del Mira es yodífera. La carga, que pesa 10
arrobas, se vende a 10 piastras en las salinas, venta que produce
anualmente alrededor de 40.000 piastras. La tierra lavada se
devuelve al suelo y se asegura que algunos meses después se la
puede volver a lavar con buena utilidad. De acuerdo con los indios
salineros la sal se formaría espontáneamente, pero lo más lógico es
suponer que no habiendo sido completa la lavada, la masa contenga
todavía sal que, en razón de sus propiedades
“trepadoras”, se reúne con el tiempo en la superficie de
la arena. En cuanto al mismo origen de la sal, la atribuyo a
fuentes producidas en las traquitas que soportan el aluvión. Estas
aguas saladas penetran en las partes terrosas por empapamiento, ya
que se opera en la superficie del terreno a consecuencia de una
evaporación, una especie de concentración salina. Los llanos
salados están circunscritos al centro de la enorme planicie del
nevado de Cotocachi, que yo veía por primera vez. Como no tenía mi
barómetro no pude determinar la altitud del Mira.
Es curioso que el clima de las salinas sea malsano: las fiebres
son frecuentes de acuerdo con el clérigo que me acompañaba; habrían
muerto allí 5 curas en 8 años. ¿Será debido a la humedad que
impregna el suelo? Lo cierto es que los habitantes tienen muy mal
aspecto, sin exceptuar al alcalde que me había ofrecido su
hospitalidad: el pobre hombre sufría de una grave enfermedad en el
hígado. Después de la cena me invitó a acostarme, mostrándome una
especie de cama de campaña sobre la cual se tendió medio desnudo
para que su mujer le aplicara, sobre el lado derecho, un gran
cataplasma de olor penetrante; luego, habiendo fajado al paciente,
se acostó cerca de él, invitándome a tomar el lugar de la derecha,
lo cual hice conservando mi uniforme, mis botas y mis espuelas.
Gracias a mi poncho tuve una cobija: el hombre y la mujer
comenzaron a recitar las letanías y todos nos dormimos.
30 de junio. Al día siguiente ensillé mi montura y sin despertar
a nadie salí antes del amanecer, a las 5 de la mañana. El camino
estaba en buen estado porque lo frecuentaban los salineros. Pasé el
río Ambí mucho más arriba de donde lo había atravesado al dirigirme
a Mira. A la 1 todavía en ayunas, hice mi entrada en Ibarra, en
donde me encontré con mis mulas de carga que llegaron
simultáneamente conmigo. Esta población fue fundada en 1606, en una
bella planicie entre los ríos de Taguando y Agavi, por 0° 24’
de latitud norte y 80° 37’ 30” de longitud oeste, del
meridiano de París; sus calles son anchas y rectilíneas y las
casas, generalmente construidas en adobe, están cubiertas de teja;
contiene algunos edificios importantes que son: la matriz
(catedral) que forma un lado de la plaza mayor, los conventos de la
Compañía de Jesús, de Santo Domingo, de La Merced y de San
Francisco en donde se encuentra el colegio, el monasterio de las
Concepcionistas, escuela primaria para niñas, la casa del gobierno
y un hospital. Se calcula que la población es de unas 14.000
almas.
De Ibarra se divisa al OSO, a 16 millas de distancia, el
Cotocachi, cuya cima, cubierta de nieve, llega a una altitud de
5.165 metros. Al pie de la pendiente sur de la montaña, se
encuentra la laguna de Cuicocha y el lago de Agutí. Al norte de la
ciudad hay otro lago, el Yaguarcocha, o lago de sangre. Al SE se
divisa el nevado de Cayambo: una observación con teodolito dio un
ángulo vertical de 5°4’. El alcalde me alojó en una
encantadora habitación que pertenecía a una señora de edad mediana.
Todo en la casa daba la impresión de gran holgura: 4 lindos niños
de 5 a 10 años admiraban mis instrumentos y la dama, al responder a
un cumplido que le dirigí sobre la amabilidad de su joven familia,
me dijo ingenuamente, que ella no era casada y que sus hijos tenían
4 padres diferentes. Se imaginarán que no me permití ninguna
reflexión, pero he encontrado en el Ecuador a varias mujeres ricas,
dueñas de tierras, que habían conservado una independencia similar.
De todas maneras, eran excelentes madres, pero sin maridos, lo que
se comprende cuando se sabe cómo algunos hombres disipan la fortuna
de sus esposas: casi todos son jugadores y su conducta es poco
ejemplar, con honorables excepciones; pero en ninguna parte del
mundo existen tantas madres solteras como en las antiguas
posesiones españolas. Los “amancebados”, gentes que viven
en concubinato, se ven en todas las clases de la sociedad.
Ibarra me recordó una historia bastante curiosa que hizo algún
ruido en una época y que no había sido olvidada. Era cuando el
ejército de la República de Colombia, enviado para dar la libertad
al Perú, comenzaba a encontrarse con decepciones: en las provincias
del Sur había un cambio de opinión en favor de los peruanos; se
temía un levantamiento que no se realizó. El gobierno colombiano,
deseando conocer el estado de los espíritus en las ciudades
importantes del Ecuador, aprovechó una misión científica confiada a
un joven ingeniero para encargarlo de llevar al mismo tiempo una
especie de encuesta sobre las tendencias políticas de la población.
Naturalmente Ibarra fue designada como uno de los puntos de la
encuesta. Las instrucciones ya estaban redactadas cuando el general
Bolívar añadió verbalmente una singular posdata: “a propósito,
hay en Ibarra un funcionario casado con una señora de lo más
agradable y quien podrá comunicarle información útil. Por necesidad
será usted recibido en esta casa”. Pero era difícil hablar en
serio de asuntos públicos con la señora en cuestión, encantadora,
pero poco comunicativa y se trataba de hablar con ella sin
testigos. El ingeniero se encontró muy embarazado para llevar a
cabo una relación íntima, ya que había resuelto no escribir una
sola línea, cuando recibió, muy oportunamente, a una de esas
visitantes que, en las ciudades americanas, esperan a los
extranjeros para hacerles ciertas propuestas: son las alcahuetas,
generalmente vestidas con hábito de alguna orden religiosa; la
intermediaria de que tratamos llevaba el hábito de la Concepción.
El ingeniero, después de haber pasado una pieza de oro a la mano de
la beata proxeneta, que es el nombre que se da a esta especie, le
pidió conseguirle una cita con la dama en cuestión, a lo cual la
beata se persignó varias veces y le dijo que esto era algo de lo
cual no podía encargarse:
—“Bien, entonces no hablemos más”.
Pasado algún tiempo, nueva visita de la beata para anunciarle
que la dama había reflexionado y que el joven ingeniero debía
asistir a la misa del domingo siguiente y arreglarse de manera de
ofrecerle agua bendita después del servicio divino y que si
aceptaba quería decir que consentía en una entrevista. Así se hizo:
apenas el sacerdote pronunció el Ite Misa est que el enamorado, o
más bien el diplomático, dio una gratificación al repartidor de
agua bendita y agarró el hisopo que presentó a la dama a la salida
de la iglesia. Bajando la esquina de su mantilla con el arte que
únicamente poseen las mujeres del Sur y lanzando una mirada oblicua
sobre el joven, parecía vacilar: al fin, mojó su dedo e hizo el
signo de la cruz. La causa había sido ganada. Fue entonces cuando
sobrevino un incidente lamentable: en la felicidad excesiva en que
se hallaba, podríamos decir su delirio, el ingeniero mojó varias
veces el hisopo en la pila del agua bendita, se puso a rosear en
tal forma al sacristán, que lo empapó y el efecto de esta ablución
exagerada fue que el pobre viejito pegó un estornudo formidable.
¡Nunca había visto ni oído estornudar en esa forma! La gente rodeó
al pobre hombre y costó enorme trabajo tranquilizarlo. El joven
loco que había ocasionado este accidente, temiendo una
manifestación hostil, juzgó prudente, de acuerdo con el consejo de
sus amigos, desaparecer durante algunos días, yéndose al campo. El
asunto no tuvo consecuencias, pero de él se habló largo tiempo en
Popayán y en Quito. El resto no merece ser contado: la diplomacia
no sacó ningún provecho de los coloquios de la señora con el
oficial, pues no tenía ninguna idea de la opinión del país, o si la
tenía, no reveló nada. Fue amable y eso fue todo.
Después de mi paso por allí, la ciudad de Ibarra fue destruida
totalmente por un temblor de tierra
|
(1)
. Más de 5.000 de sus habitantes quedaron
sepultados entre las ruinas y entre ellos, muchos de mis buenos
amigos. Salí de allí a las 10 de la mañana y pasé la quebrada de
San Antonio; una hora después, hacia mediodía, almorcé en la
población de ese nombre (altitud 2.475 metros). Se tiene la
impresión de estar rodeando al Imbabura (altitud 4.930 metros)
montaña que parece estar aislada de la cordillera, a 9 millas al
SSE. de Ibarra y que se considera como un antiguo volcán como
parece indicarlo su nombre indígena. En lengua quechua
“imba” significa “pequeño pez negro” y
“bura” criadero. Se asegura que durante las erupciones
acuosas del volcán, salían de allí cantidades de peces
(preñadillos) del Ecuador. Que yo sepa, jamás se ha hablado de una
erupción volcánica del Imbabura y en cuanto al nombre del pequeño
pez, proviene sin duda de que los “preñadillos” son
abundantes en las aguas que corren sobre la vertiente de la
montaña.
A las 4 pasamos cerca de la población de Otavalo, la que dejamos
a nuestra derecha (altitud 2.500 metros, latitud N 0°, 15’;
longitud 0,80° 47’ 30”); la población no pasa de 8.000
almas y sin embargo se encuentran 5 iglesias y 2 capillas de
peregrinaci6n. A las 5 llegamos al espléndido valle de San Pablo,
localizado cerca de un gran lago. Debía escoger entre dos senderos
trazados en el llano, en donde vi por primera vez llamas criadas
como bestias de carga y conducidas por un indio con poncho de lana
negra, pantalón de algodón y sombrero de paja de rara forma con las
alas pequeñas. Me acerqué al hombre para preguntarle cuál de los
dos caminos debía seguir para llegar al pueblo, pero él no hablaba
español y yo ignoraba el quechua; comprendió sin embargo la
pregunta y con gestos me indicó el camino de San Pablo (altitud
2.760 metros). Acababa de presenciar una escena anterior a la
Conquista, un quechua que conducía llamas. El lago también se
conoce con el nombre de Chilpacón, debido a las nutrias que allí
viven; se dice que las aguas contienen abundancia de
“preñadillos”. San Pablo se halla al SS O en la base del
Imbabura; es una localidad poco importante y llama la atención el
gran número de chozas indígenas diseminadas sobre el borde del
lago, en donde la vida es fácil por la abundancia de peses y de
aves acuáticas. En ninguna parte de las cordilleras he visto una
situación más atrayente que la de este gran valle de San Pablo, con
suave clima (temperatura promedio 14°) con fértiles praderas que
permiten los cultivos de Europa y el engorde de ganado,
especialmente de los merinos que en todas partes de las regiones
altas, han hecho desaparecer las llamas.
1 de julio. Al salir de San Pablo a las 8, bajé a Tabacundo en
donde me demoré de las 12 a las 2, para esperar mi equipaje
(altitud 2.980 metros, latitud N 0° 7’; longitud 0). Tabacundo
es una población india de 2.000 almas. A las 4 atravesamos el
riachuelo Fachicanya, que arrastraba bloques de traquita. A las 6
me alojé en la hacienda de La Chorrera, cerca de una casa de nombre
Cocherqui, extremidad norte del arco medido por los académicos
franceses. Me encontraba en el valle del río Pisque. Desde
Tabacundo hasta La Chorrera se encuentran en la arena fragmentos de
obsidiana parecidos a los de los Ubales, cerca de Popayán.
2 de julio. En La Chorrera (altitud 2.493 metros, temperatura
del suelo 11,7°). El terreno pertenece a este aluvión, o si se
quiere al conglomerado traquítico que nivela toda la región y cuyas
capas superiores consisten en arena fina poco coloreada, que
alterna con las capas formadas por una arena negra débilmente
aglutinada. Al llegar a la quebrada vi una magnífica columnata de
basalto prismático de gran altura que soportaba el aluvión y
constaté que las columnas de basalto con formas pentagonales, en
varios puntos, recubren parte de un conglomerado de granos muy
finos de color amarillento. Esta masa basáltica, que no parece
tener gran extensión, se encuentra hasta el río Pisque. Había
dejado La Chorrera a las 8 y a las 9 había llegado al puente de
Pisque; seguí la orilla izquierda del río hasta la población de
Guaillabamba, a donde llegué a mediodía. Habría continuado si mi
negro, extasiado ante un cordero colgado en la puerta de una
carnicería, no me hubiese suplicado por bien de mi salud, comer
costillas de este animal, haciéndome ver que había comido muy mal
los últimos días; me rendí ante esta excelente razón y el negro
descolgó el cordero. Durante este coloquio yo seguía a caballo y me
di cuenta que unos 12 indios se aproximaban a mi montura:saqué mi
sable, lo que fue suficiente para hacerlos desaparecer. Después de
una buena comida, durante la cual mis hombres y yo dimos buena
cuenta del cordero, seguimos la marcha. La cuenta por pagar no era
muy alta: 2 francos, sin contar la chicha. A las 2 pasé el río
Guaillabamba por un puente; sus aguas entran más abajo en el río
Pisque, para formar el Perucho, afluente del Esmeraldas que
desemboca en el Pacífico. Fue en ese puente donde, algunos meses
más tarde, asesinaron a mi amigo el coronel White. Quiere decir que
actué prudentemente al hacer huir lejos de mí a los indios que
querían acariciar mi mula. Un desperfecto sucedido a uno de los
tornillos de mi barómetro, me impidió verificar la altitud del paso
de Guaillabamba, cosa que lamenté. Después de haber subido durante
2 horas una cuesta rápida, desemboqué en la explanada de Quito. Me
alojé en la hacienda de Las Carretas: el cielo estaba límpido y por
primera vez pude ver las cimas nevadas del Cotopaxi y del Antisana.
En esta hacienda hay cultivos de trigo y de papa, y se cría ganado.
La pieza en donde me hospedé estaba invadida por curíes con los
cuales, naturalmente, prepararon la comida; los que escaparon a la
masacre me impidieron dormir por el ruido que hacían.
4 de julio. Dejé Las carretas a las 9 de la mañana (altitud
2.773 metros, temperatura 16°). El camino es muy monótono y después
de 2 horas de marcha divisé Quito. En la calle principal encontré a
muchas personas que se detenían para observarme. Estaba limpio y
nadie podía pensar que acababa de hacer tan largo viaje; antes de
mediodía me apeé en casa del señor Valdivieso, ministro de
Relaciones Exteriores. Allí vi a una dama encantadora, quien me
miró de pies a cabeza, luego llegaron los paseantes, que me habían
observado, mis futuros amigos y amigas: el coronel Demarquet,
primer edecán del Libertador y la señora Demarquet, bella mujer, el
general Barriga, cuya familia yo había conocido en Zipaquirá y que
acababa de casarse con la viuda del gran mariscal Sucre, quien se
hallaba allí completamente consolada. La señora Dumarquet, era una
mujer hermosa y nada más. Se había puesto a mi disposición el
palacio del arzobispo de Quito en la plaza mayor, el señor Lasso,
que había visto en Bogotá en el congreso, un hombre santo de una
perfecta ignorancia; acababa de morir, de manera que estuve solo en
su inmenso palacio: una cama magnífica, sin colchón, algunos
sillones y una mesa. Ningún otro lujo.
La señora Valdivieso me dijo, con una gracia encantadora, que no
debía dejar de ir a comer a su casa en donde no se sentarían a la
mesa sin mí. Yo conocía hacía bastante tiempo la reputación de esta
dama, de quien tendré la oportunidad de hablar algunas veces. Su
fisonomía me pareció simpática desde el principio; sin ser bonita
en el verdadero sentido de la palabra, era agradable, tenía una
piel mate y ojos azules o verdes, de acuerdo con la luz; mediana
estatura con pies microscópicos; sus manos no dejaban nada que
desear y tenía la elasticidad andaluza, con un cuerpo que no está
aprisionado por un corsé; sus cabellos eran de bella tonalidad;
difícil de describir, parecían de un bello castaño dorado.
Todas estas personas formaban una curiosa asamblea que la
casualidad había reunido a mi llegada a Quito; todas ellas ya han
muerto, con excepción creo de Barriga. He pronunciado algunas
palabras de despedida sobre la tumba de mi camarada el coronel
Demarquet, en el cementerio del Pére Lachaise; así mismo vi morir a
su esposa en París y supe que los esposos Valdivieso murieron
algunos años después de mi regreso a Francia.
La misma tarde de mi llegada me retiré al arzobispado y me había
sentado en uno de los grandes sillones de cuero de Córdoba del
siglo XVI, cerca de una mesa en donde escribía mi diario, cuando
sentí por dos veces que mi silla se movía. Cuál no sería mi
sorpresa al ver detrás de mí a una joven mestiza, pasablemente
presentada, con un par de cejas arqueadas de un negro profundo que
hacían juego con las trenzas del mismo color.
—“¿Quién eres, qué haces aquí?”
—“Lo he seguido, pertenezco a la casa de la señora
Catita” (señora Valdivieso).
—“¿Qué quieres?”
—“Nada”.
Era una adhesión espontánea, en absoluto incómoda. La muchacha
podía tener de 16 a 17 años y por ella supe, cada mañana, lo que
sucedía en la ciudad. Lo divertido fue que corrió el ruido, desde
que yo habitaba el palacio, que el arzobispo aparecía por la noche
envuelto en una gran capa blanca y el portero juraba que lo había
visto varias veces. La joven mestiza se cubría con una mantilla o
rebozo blanco para sus expediciones nocturnas. En el arzobispado me
hallaba cómodamente instalado y mi negro dormía en la antecámara
que abría sobre una galería exterior; las ventanas de mi
apartamento daban a la plaza mayor, en el centro de la cual se
elevaba una fuente, donde también se encuentra la catedral. La
señora Valdivieso había enviado algunos objetos de cocina, lo que
permitía a mi negro preparar el desayuno con chocolate y
espléndidos trozos de carne, fuertemente condimentados.
Generalmente trabajaba en mi casi hasta la 1 y luego iba a
almorzar donde mis huéspedes. La mesa estaba dividida así: arriba,
los dueños, los niños, los extranjeros distinguidos y abajo: un
monje franciscano, dos pobres estudiantes de teología, etc. Nos
servían muy bien algunas indias y la comida muy abundante,
consistía en carne proveniente de las haciendas, un pan muy blanco
como no se conoce en Europa, legumbres variadas, confituras, quesos
y para beber agua clara; el monje decía el “benedicite” y
la acción de gracias. Después de comer cada uno se retiraba. La
señora se ocupaba de atender al administrador de las haciendas, el
esposo iba a su ministerio y el ejército de jóvenes mestizas y de
mulatas, trabajaban en obras de aguja o hilaban algodón o lana. Por
la tarde, entre 7 y 8, había tertulia, una religión sin ceremonia a
la que no faltaban los amigos de la casa. La tertulia tiene un
carácter particular y la charla no es general; se forman grupos
separados y en un momento dado se sirve el chocolate con una cena
escogida que cada uno consume donde se encuentre y recibe las
porciones de carne mechada, de locro y de sancocho.
Jamás se jugaba en casa de la señora Valdivieso. Se contaban
historias y cuentos divertidos; los hombres dominaban en las
reuniones, pues las mujeres en Quito y se puede decir que en las
grandes ciudades de la América meridional, no salen sino por la
noche, cuando están invitadas a un baile o a una fiesta, ya que
cada una de ellas, tiene tertulia en su casa, lo que se puede
definir así: reunión íntima en un apartamento mal iluminado. Hacía
las 10 u 11 de la noche se retiran los participantes y como la
ciudad no tiene iluminación, cada uno se hace acompañar de
sirvientes que llevan linternas, además de machetes. Yo jamás me he
aburrido en una tertulia; allí se encuentran magníficos
conversadores, arte que los españoles tomaron de los orientales.
Frecuentaba la casa de la señora de Valdivieso un anciano
presidente de la Alta Corte de Justicia, quien era un verdadero
maestro de la conversación: el doctor Quintana me hizo pasar ratos
muy agradables y lamento no haber anotado sobre el papel algunos de
sus historias.
Quito, como todas las ciudades situadas en las cordilleras,
tiene un carácter profundamente monástico. Aun cuando su población
se asegura es de 60.000 habitantes, no se encuentran en las calles
sino monjes y sacerdotes. El coronel Demarquet se apresuró a
advertirme que, por mi propio interés, debía hacer acto de
presencia en la iglesia, aun cuando no fuera sino una sola vez, con
el fin de establecer que, aunque extranjero, no era un herético. El
siguiente domingo, en gran uniforme, acompañé a Demarquet a la misa
mayor en la catedral; lo mismo que en Caracas y que en Bogotá, las
señoras se sentaban al estilo morisco, sobre un tapete con los pies
debajo del trasero, acompañadas de una esclava negra o de una india
que no parecían convencidas con el servicio divino. Allí estaba yo
bastante incómodo conmigo mismo, pero todo llega a su fin: a la
salida, Demarquet me presentó algunas de las amigas de su familia,
muchas de ellas lindísimas.
Creo que Quito es una de las ciudades de los Andes más ricas en
edificios: en primer lugar la catedral con un bello portal, luego
el arzobispado (mi residencia), la casa de Gobierno, el convento de
la Compañía de Jesús, el Colegio de los Jesuitas que comprende
algunos establecimientos importantes; la universidad donde se
encuentra grabado sobre una pieza de mármol el resultado de las
observaciones llevadas a cabo por los académicos franceses en 1736
y en donde se ve un cuadrante solar construido por los mismos
sabios, pero que las oscilaciones del suelo debidas a los temblores
de tierra han desplazado de la línea meridiana. Una parte de la
inmensa construcción ha sido entregada al seminario de San Luis y
contiene una biblioteca de 15.000 volúmenes. Más lejos se ha
establecido la casa de moneda. En la época de mi visita se
fabricaba allí, ostensiblemente, moneda falsa; el director falsario
era un excelente anciano: en una palabra, el convento había sido
utilizado de varias maneras y no faltaban sino los jesuitas que
habían sido expulsados, ya no sé en qué año
|
(2)
.
El convento de San Francisco es un edificio notable que presenta
una bella fachada; se ve todavía una iglesia rodeada de dos
capillas dedicadas a San Buenaventura y a Santa Cantima (sic).
Siguen las iglesias del Sagrario de Santa Clara, de arquitectura
liviana, los conventos de Santo Domingo, de la Merced y de San
Agustín y los de monjas como las Carmelitas Santa Catalina y de La
Concepción. Los grandes conventos tienen sus conventillos que son
anexos, en las afueras de la ciudad. Además de las iglesias y de
los conventos, hay parroquias servidas por la clerecía secular,
como San Blas, San Roque, San Marcos y San Sebastián, más 22
capillas repartidas en diversos sitios con numerosos oratorios
establecidos en las casas de los particulares: cada uno escoge su
santo y cada santo tiene su clientela. Además en Quito hay 2 o 3
hospitales muy mal tenidos. Cuando, desde lo alto de una montaña,
se alcanzan a ver todos sus conventos, iglesias y capillas, se hace
la reflexión de que esta población debe ser fanática: no hay nada
de eso; lo que sucede es que el pueblo es supersticioso y practica
su religión en la forma que considera más agradable; las ceremonias
del culto les gustan y después de las corridas de toros es allí
donde encuentran mayor placer. Yo conocí más de una bella pecadora
que me decía confidencialmente: “Yo peco, me ponen una
penitencia, no la cumplo y vuelvo a empezar”. Todo se reduce a
práctica exterior y estoy seguro de que especialmente las mujeres,
no tenían la menor idea de la religión que practicaban con tanta
devoción; muchas de ellas no adoraban a la Virgen María; en cuanto
a Dios, las tenía sin cuidado.
Quito está en la base oriental del volcán de Pichincha a 0°
3’ de latitud sur y 81° 5’ de longitud oeste, del
meridiano de París. Su altitud en la plaza mayor es de 2.990 metros
y su temperatura promedio de 15° aproximadamente. El suelo es muy
desigual y en varios puntos se han visto obligados a cubrir las
hondonadas para aplanar el terreno. La ciudad tiene agua abundante
gracias a varios torrentes, el principal de los cuales es el
Machangara que recibe los riachuelos que nacen en las pendientes
del Pichincha y recibe en Quito, el río Jerusalén. El Machangara,
después de reunirse con los ríos San Pedro y Chicha, forma el
Guaillabamba que más al norte, después de haber tomado el nombre de
río de las Esmeraldas, desemboca en el océano Pacífico. A pesar de
la abundancia de agua, los habitantes raramente se bañan y los
indios jamás lo hacen, así que es difícil ver una población más
sucia, que se complace en sus parásitos. Cuando don Quijote le
decía a Sancho Panza que les sería fácil reconocer su llegada a la
línea ecuatorial, porque no encontraría un solo piojo sobre su
persona, se equivocaba. Para darse uno cuenta de la cantidad de
piojos que cubrían a la clase baja de Quito, he aquí el siguiente
relato: la cárcel tenía una abertura enrejada que daba sobre la
plaza mayor y por la cual los prisioneros pedían limosna a los
viandantes: desgraciado aquel que rehusaba darles un óbolo pues
recibía una descarga de piojos y qué descarga, que le lanzaban por
medio de una pluma de cóndor que servía de cerbatana. En un extremo
de la ciudad se encuentra el «Panecillo” (pan de azúcar) de
una altura de 200 metros; es el “Yavirá” de los indios;
allí se había establecido el depósito de pólvora. Al norte y al sur
se extienden dos grandes altiplanos: Ina Quito y Los Ejidos y
también espacios considerables de rumipampas, campos de piedras
cubiertos de bloques de traquitas que la tradición atribuye a
erupciones del Pichincha.
La ciudad está en medio de montañas de gran elevación, desde
donde se goza de un bello panorama de la ramificación de los Andes;
en efecto, se ven varias cimas cubiertas de nieves eternas: el
Cayambe, el Antisana, el Cotopaxi, el Corazón, el Illinisco, el
Pichincha y el Cotocachi; fue erigida sobre el sitio del Reino de
Quito, residencia del Inca Huaynacapac y después capital del
imperio de Atahualpa. El capitán Sebastián de Belalcázar la ocupó
pacíficamente en el año de 1533, y desde allí ese conquistador
dirigió sus expediciones hasta el Valle del Cauca, con el resultado
de la fundación de la ciudad de Popayán, y la conquista de los
jefes indios establecidos sobre una parte de las cordilleras
occidentales y centrales.
Instalé mis instrumentos en una pieza del arzobispado y comencé
por determinar la inclinación de la aguja imantada. El 15 de julio
de 1831 a mediodía, la encontré marcando 16,32°. Mi vida pasaba muy
agradablemente: cada noche una tertulia; mi negro permanecía en mi
domicilio porque sabíamos que los ladrones de Quito, de los que
tendré ocasión de hablar más adelante, eran muy audaces. Después de
un buen descanso, resolví llevar a cabo una expedición al
Pichincha: Humboldt ya había visitado este volcán y después de mí
lo hicieron los señores Visse y Moreno que llegaron al cráter. En
la ciudad tenía como compañeros a 2 señores con quienes hice muy
buena amistad durante mi permanencia en el Ecuador, dos seres
originales, pero muy instruidos: el coronel Hall y el doctor
Jameson. Siguen unas palabras sobre mis dos amigos. Hall llegó al
servicio de Colombia como coronel del estado mayor; tenía unos 40
años, bajo de cuerpo, muy vivo, con la fisonomía parecida a
Sócrates, algo sardónico y había pertenecido al ejército inglés y
como corneta había hecho la guerra en España; fue herido gravemente
por un sablazo que le pegó un dragón francés; estaba casado con una
mujer a quien había dejado por incompatibilidad de humor, pero
conservaba con ella buenas relaciones, como su correspondencia muy
activa lo confirmaba; sostenía pues un amor platónico. El coronel
también tenía un amor en Quito, de lo cual me di cuenta un día
cuando le pregunté por qué venía a verme al arzobispado siempre en
viernes y se quedaba todo el día; me respondió en forma sincera y
muy divertida:
—“Usted sabe que vivo en una casa en las faldas del
Pichincha con la bonita mestiza que usted conoce y ella es la que
atiende la casa: Ana es la mujer de un zapatero, muy buen hombre y
muy devoto, quien consintió en alquilarme a su esposa legítima con
la condición de que un día por semana podría pasarlo con ella y que
ese día yo me iría, saldría de casa y no regresaría sino después de
la ‘oración’ y escogimos el viernes para ese
efecto”.
Hacía tres años que el convenio estaba vigente con gran
satisfacción de los interesados. Hall dejó el servicio activo de
Colombia, para convertirse en periodista “de la
oposición”.
Páez lo había expulsado de Venezuela y él se mudó al Ecuador con
su imprenta. Le hice caer en la cuenta que era muy imprudente
atacar los actos del gobierno y me respondió que existe la libertad
de prensa y que realmente no se podía impedir que escribiera un
periodista, a lo cual le contesté:
—“Sí se puede impedir que escriba”.
—“¿Cómo?”
—“Haciéndolo asesinar”.
Confieso que al pronunciar estas palabras estaba muy lejos de
pensar que mi predicción se realizaría. ¡Pobre y excelente
Hall!
En cuanto al doctor Jameson diré que era un hombre que no vivía
sino para las plantas; un coleccionista agente de la sociedad
botánica de Londres. Obtuve de él un herbario casi completo de los
vegetales de la meseta de Quito, el cual envié a Berlín por
intermedio de Humboldt. Jameson hablaba poco, contestando
lacónicamente a las preguntas que se le dirigían. Hizo llegar a
Europa verdaderos tesoros, una gran cantidad de plantas
desconocidas hasta ese entonces; vivía al aire libre y se acostaba
en donde le cogía la noche. En alguna oportunidad Hall lo recomendó
a una familia de Latacunga a donde llegó un día y golpeó a la
puerta y como no le contestaran se acostó a la entrada y así lo
encontraran por la mañana, profundamente dormido. Una joven le
aseguró que la había pedido en matrimonio y se casó con ella y
siguió viviendo sin perder independencia. Creo que él aún vive en
Quito y añadiré que los dos ingleses eran amigos inseparables y
Jameson era conocido como “el loco” por la singularidad
de su existencia y por su mutismo.
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(1)
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Este temblor de tierra tuvo lugar el 16 de marzo de 1868. (Regresar a 1)
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(2)
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Fueron llamados de nuevo en 1852, bajo la presidencia de mi
antiguo discípulo García Moreno y ocuparon el sitio conocido con el
nombre de convento de los Camilos. (Regresar a
2)
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