INDICE





LAS MEMORIAS DE UN NATURALISTA Y CIENTÍFICO QUE CEDIÓ A LA TENTACIÓN DE SER OBSERVADOR Y CRÍTICO SOCIAL

INTRODUCCIÓN

TOMO I

CAPÍTULO I
Mi formación — La Revolución francesa — Napoleón — El espanto de la guerra — Humboldt — Preparativos de viaje.

CAPÍTULO II
Caracas — Los temblores de tierra — Ascención a la silla.

CAPÍTULO III
Valle de Aragua — Lago Tacarigua — Morro de San Juan — Sitio de Puerto cabello— El general Páez— El árbol de la vaca— Aguas termales de la cadena del litoral.

CAPÍTULO IV
Cordillera Oriental de los Andes — Su constitución geológica —Nivelación barométrica — Efectos del temblor de tierra de 1812, observados en diferentes localidades — Sierra Nevada de Mérida —Lago Urao— Pamplona, sus minas de oro— Hierro meteórico de Santa Rosa.

CAPÍTULO V
Explanada de Bogotá — Nación Muisca — Su conquista - Guerras de la Independencia — Descripción de la meseta.

CAPÍTULO VI
Las primeras luchas por la Independencia — Bolívar.

CAPÍTULO VII
Meseta de Bogotá — Constitución geológica — Sal gema — Salinas —Carbón — Minas de esmeraldas.

CAPÍTULO VIII
Bogotá — Situación — Clima — Costumbres — Aventuras — Excursiones por los alrededores.

CAPÍTULO IX
Excursión para determinar los límites del terreno al sur de Bogotá —   Valle del Magdalena entre honda e Ibagué — Observaciones sobre el aumento de la intensidad del sonido durante la noche — Puente natural de Pandi o Icononzo.

TOMO II

CAPÍTULO X
Jugo venenoso del ajuapar— Accidentes que sucedieron mientras analizábamos esa materia — El comandante don Juan con nodriza — Irradiación nocturna en Bogotá.

CAPÍTULO XI
Algunos de mis conocidos en Bogotá — El Libertador Bolívar —Personajes — Sucesos.

CAPÍTULO XII
El Salto de Tequendama — Historia de Manuelita Sáenz.

CAPÍTULO XIII
Expedición de 1824— En los llanos del Meta.

CAPÍTULO XIV
Cordillera Central y Cordillera Oriental— Valle del Cauca— Minas de oro de La Vega de Supía - Provincia de Antioquia.

CAPÍTULO XV
Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

CAPÍTULO XVI
Viaje a la región aurífera y platinífera del Chocó.

CAPÍTULO XVII
Viaje al Ecuador— Estudios sobre la región volcánica.

CAPÍTULO XVIII
Ascensión al volcán del Puracé.

CAPÍTULO XIX
Viaje de Popayán a Pasto — Estancia en Pasto.

CAPÍTULO XX
Viaje de Pasto a Quito.

CAPÍTULO XXI
Ecuador.

CAPÍTULO XXII
Ascensión al volcán de Pichincha.

CAPÍTULO XXIII
Ascensión al Antisana.

CAPÍTULO XXIV
Tertulias y puros.

CAPÍTULO XXV
Ascensión al Chimborazo (1831).

CORRESPONDENCIA 1818-1826
Correspondencia I-X
Correspondencia XI-XVI
Correspondencia XVII-XXII
Correspondencia XXIII-XXIX
Correspondencia XXX-XL
Correspondencia XLI- LI
Correspondencia LII-LXII
Correspondencia LXIII- LXXIII
Correspondencia LXXIV - LXXXI
Correspondencia LXXXII - CII
Correspondencia CIII - CXXIX
CAPÍTULO XXI
 

 

Ecuador.
 

 

26 de junio. Antes de dejar a Cumbal en donde el frío me impidió dormir, tomé la temperatura del suelo: 10,6°. Salí a las 11 y después de 2 horas de marcha llegué al río Carchi; a las 2 llegué al río de la Juntas, tributario del primero; cerca de las 4 entré a Tulcán, población situada en la extremidad sur de la Nueva Granada, con 0°53’ de latitud norte y 80° 12’ 30” de longitud oeste. Altitud 3.019 metros, temperatura 11,6°.

Me encontraba sobre territorio de la República del Ecuador. Tulcán se halla a una legua de Carchi. La noche fue desagradable, pues en la casa en donde me había hospedado había una fiesta. Una docena de indias borrachas de chicha me divirtieron al principio, por su locuacidad, pero yo no entendía lo que decían pues hablaban “quechua”; los indios dormían profundamente y ellas continuaban riendo como locas, que es su manera de expresarse; ordené a mi negro que las hiciera entrar en razón y pensé en el singular efecto que tiene el alcohol, pues si esas indias no hubiesen estado bajo la influencia de la bebida, no habrían articulado ni una palabra. Más adelante describiré una escena de borrachera en la muy alta sociedad del Ecuador. La orgía, el humo del fogón y los tristes gritos de los curíes, no me permitieron cerrar los ojos. Temperatura 12°.

27 de junio. A las 8 dejé Tulcán. Ascendí continuamente hasta el páramo de Boliche (altitud 3.485 metros, temperatura 12°) y de este sitio se baja hasta Guaco (altitud 3.010, temperatura 16°). Me dirigí en seguida a Tusá (altitud 2.943 metros, temperatura del suelo 12,8°). En los alrededores se explotan árboles de quina. En una localidad llamada el Pun, detrás de la cordillera y entre la selva, existe una población de indios no cristianizados, más o menos salvajes, los “yambos”, absolutamente inofensivos, entre otras cosas. Los principales riachuelos conocidos en la proximidad de Tusá son: al sur, el Puntal y Guesaca que van al Chota y al norte varias quebradas que van al Carchi. El negocio de engordar ganado está muy desarrollado en la región, ya que los pastos son excelentes.

28 de junio. De Tusá, de donde salí a las 8, el camino no ofrece nada que valga la pena y seguía siempre sobre la traquita, cuyos escombros forman aluviones bastante gruesos. Después de haber atravesado las quebradas de Tusá, Capulí y Honda, me detuve a mediodía en la venta de Guesaca, cerca de la población de El Puntal (altitud 2.783 metros, temperatura 23°). El suelo es de extrema aridez. A las 5 me detuve en la hacienda de Pucará, propiedad de los padres dominicos, (altitud 2.995 metros, temperatura del suelo 13,3°, bastante elevada si se considera la altura del sitio).

29 de junio. A las 8 dejé la triste hacienda y pronto comenzó una rápida pendiente que me llevó al río Chota. A mediodía, llegué al ingenio de San Vicente, en donde reposé una hora y seguí mi camino; a las 2 pasé el puente de Chota (altitud 1.622 metros, temperatura 26°); desde allí envié mi equipaje a Ibarra y tomé el camino de Salinas; un poco más abajo del puente el río Chota se une al Mira donde pierde su nombre y se vuelve importante; seguí la orilla izquierda de este nuevo río por un sendero resbaloso, trazado sobre un terreno escarpado y después de una hora de marcha se sale del valle para entrar en el de Ambi, y bordear, subiéndolo, el curso de este torrente, a cuyo lecho se baja por otro camino muy accidentado y verdaderamente aterrador en muchos sitios. Desde Puracá me había mantenido sobre este aluvión traquítico y sobre las orillas del Mira vi un horno de cal que sirve para calcinar un calcáreo sedimentario, parecido al de Pasto y depositado por una salina yodífera que sale de una traquita negra de pasta fina que contiene cristales de feldespato vítreo. Esta roca, muy agrietada, soporta el aluvión del que hacen parte la arena y la arcilla salífera del Mira. Después de haber pasado el Ambi, alcancé la explanada de la población de Salinas, donde llegué un poco antes de las 6. El alcalde me ofreció alojamiento en su casa.

Salinas de Mira es triste y árido: arena sin árboles, pero sin embargo reina allí cierta animación, debido a la extracción de la sal marina por un proceso de los más primitivos. La tierra, tomada de la superficie del suelo, apenas tiene un sabor salobre y se la lava a través de filtros hechos de cuero de res; cuando se juzga que el agua tiene suficiente sal, se le evapora en calderas de cobre (fondos). El residuo salino es granulado, de color gris y se le moldea en pequeños sacos de tela, para darle la forma de panecillos oblongos, que pesan de 2 a 3 libras; para consolidar estos panes de sal se les cocina en un horno a una temperatura que me pareció que es apenas comenzando el rojo y así adquieren una dureza suficiente para soportar el transporte sin desbaratarse. Se les exporta hasta Pasto, en donde no se consume otra clase de sal y es posible que se deba a su uso la carencia de cotos entre los pastusos, pues la sal del Mira es yodífera. La carga, que pesa 10 arrobas, se vende a 10 piastras en las salinas, venta que produce anualmente alrededor de 40.000 piastras. La tierra lavada se devuelve al suelo y se asegura que algunos meses después se la puede volver a lavar con buena utilidad. De acuerdo con los indios salineros la sal se formaría espontáneamente, pero lo más lógico es suponer que no habiendo sido completa la lavada, la masa contenga todavía sal que, en razón de sus propiedades “trepadoras”, se reúne con el tiempo en la superficie de la arena. En cuanto al mismo origen de la sal, la atribuyo a fuentes producidas en las traquitas que soportan el aluvión. Estas aguas saladas penetran en las partes terrosas por empapamiento, ya que se opera en la superficie del terreno a consecuencia de una evaporación, una especie de concentración salina. Los llanos salados están circunscritos al centro de la enorme planicie del nevado de Cotocachi, que yo veía por primera vez. Como no tenía mi barómetro no pude determinar la altitud del Mira.

Es curioso que el clima de las salinas sea malsano: las fiebres son frecuentes de acuerdo con el clérigo que me acompañaba; habrían muerto allí 5 curas en 8 años. ¿Será debido a la humedad que impregna el suelo? Lo cierto es que los habitantes tienen muy mal aspecto, sin exceptuar al alcalde que me había ofrecido su hospitalidad: el pobre hombre sufría de una grave enfermedad en el hígado. Después de la cena me invitó a acostarme, mostrándome una especie de cama de campaña sobre la cual se tendió medio desnudo para que su mujer le aplicara, sobre el lado derecho, un gran cataplasma de olor penetrante; luego, habiendo fajado al paciente, se acostó cerca de él, invitándome a tomar el lugar de la derecha, lo cual hice conservando mi uniforme, mis botas y mis espuelas. Gracias a mi poncho tuve una cobija: el hombre y la mujer comenzaron a recitar las letanías y todos nos dormimos.

30 de junio. Al día siguiente ensillé mi montura y sin despertar a nadie salí antes del amanecer, a las 5 de la mañana. El camino estaba en buen estado porque lo frecuentaban los salineros. Pasé el río Ambí mucho más arriba de donde lo había atravesado al dirigirme a Mira. A la 1 todavía en ayunas, hice mi entrada en Ibarra, en donde me encontré con mis mulas de carga que llegaron simultáneamente conmigo. Esta población fue fundada en 1606, en una bella planicie entre los ríos de Taguando y Agavi, por 0° 24’ de latitud norte y 80° 37’ 30” de longitud oeste, del meridiano de París; sus calles son anchas y rectilíneas y las casas, generalmente construidas en adobe, están cubiertas de teja; contiene algunos edificios importantes que son: la matriz (catedral) que forma un lado de la plaza mayor, los conventos de la Compañía de Jesús, de Santo Domingo, de La Merced y de San Francisco en donde se encuentra el colegio, el monasterio de las Concepcionistas, escuela primaria para niñas, la casa del gobierno y un hospital. Se calcula que la población es de unas 14.000 almas.

De Ibarra se divisa al OSO, a 16 millas de distancia, el Cotocachi, cuya cima, cubierta de nieve, llega a una altitud de 5.165 metros. Al pie de la pendiente sur de la montaña, se encuentra la laguna de Cuicocha y el lago de Agutí. Al norte de la ciudad hay otro lago, el Yaguarcocha, o lago de sangre. Al SE se divisa el nevado de Cayambo: una observación con teodolito dio un ángulo vertical de 5°4’. El alcalde me alojó en una encantadora habitación que pertenecía a una señora de edad mediana. Todo en la casa daba la impresión de gran holgura: 4 lindos niños de 5 a 10 años admiraban mis instrumentos y la dama, al responder a un cumplido que le dirigí sobre la amabilidad de su joven familia, me dijo ingenuamente, que ella no era casada y que sus hijos tenían 4 padres diferentes. Se imaginarán que no me permití ninguna reflexión, pero he encontrado en el Ecuador a varias mujeres ricas, dueñas de tierras, que habían conservado una independencia similar. De todas maneras, eran excelentes madres, pero sin maridos, lo que se comprende cuando se sabe cómo algunos hombres disipan la fortuna de sus esposas: casi todos son jugadores y su conducta es poco ejemplar, con honorables excepciones; pero en ninguna parte del mundo existen tantas madres solteras como en las antiguas posesiones españolas. Los “amancebados”, gentes que viven en concubinato, se ven en todas las clases de la sociedad.

Ibarra me recordó una historia bastante curiosa que hizo algún ruido en una época y que no había sido olvidada. Era cuando el ejército de la República de Colombia, enviado para dar la libertad al Perú, comenzaba a encontrarse con decepciones: en las provincias del Sur había un cambio de opinión en favor de los peruanos; se temía un levantamiento que no se realizó. El gobierno colombiano, deseando conocer el estado de los espíritus en las ciudades importantes del Ecuador, aprovechó una misión científica confiada a un joven ingeniero para encargarlo de llevar al mismo tiempo una especie de encuesta sobre las tendencias políticas de la población. Naturalmente Ibarra fue designada como uno de los puntos de la encuesta. Las instrucciones ya estaban redactadas cuando el general Bolívar añadió verbalmente una singular posdata: “a propósito, hay en Ibarra un funcionario casado con una señora de lo más agradable y quien podrá comunicarle información útil. Por necesidad será usted recibido en esta casa”. Pero era difícil hablar en serio de asuntos públicos con la señora en cuestión, encantadora, pero poco comunicativa y se trataba de hablar con ella sin testigos. El ingeniero se encontró muy embarazado para llevar a cabo una relación íntima, ya que había resuelto no escribir una sola línea, cuando recibió, muy oportunamente, a una de esas visitantes que, en las ciudades americanas, esperan a los extranjeros para hacerles ciertas propuestas: son las alcahuetas, generalmente vestidas con hábito de alguna orden religiosa; la intermediaria de que tratamos llevaba el hábito de la Concepción. El ingeniero, después de haber pasado una pieza de oro a la mano de la beata proxeneta, que es el nombre que se da a esta especie, le pidió conseguirle una cita con la dama en cuestión, a lo cual la beata se persignó varias veces y le dijo que esto era algo de lo cual no podía encargarse:

—“Bien, entonces no hablemos más”. 

Pasado algún tiempo, nueva visita de la beata para anunciarle que la dama había reflexionado y que el joven ingeniero debía asistir a la misa del domingo siguiente y arreglarse de manera de ofrecerle agua bendita después del servicio divino y que si aceptaba quería decir que consentía en una entrevista. Así se hizo: apenas el sacerdote pronunció el Ite Misa est que el enamorado, o más bien el diplomático, dio una gratificación al repartidor de agua bendita y agarró el hisopo que presentó a la dama a la salida de la iglesia. Bajando la esquina de su mantilla con el arte que únicamente poseen las mujeres del Sur y lanzando una mirada oblicua sobre el joven, parecía vacilar: al fin, mojó su dedo e hizo el signo de la cruz. La causa había sido ganada. Fue entonces cuando sobrevino un incidente lamentable: en la felicidad excesiva en que se hallaba, podríamos decir su delirio, el ingeniero mojó varias veces el hisopo en la pila del agua bendita, se puso a rosear en tal forma al sacristán, que lo empapó y el efecto de esta ablución exagerada fue que el pobre viejito pegó un estornudo formidable. ¡Nunca había visto ni oído estornudar en esa forma! La gente rodeó al pobre hombre y costó enorme trabajo tranquilizarlo. El joven loco que había ocasionado este accidente, temiendo una manifestación hostil, juzgó prudente, de acuerdo con el consejo de sus amigos, desaparecer durante algunos días, yéndose al campo. El asunto no tuvo consecuencias, pero de él se habló largo tiempo en Popayán y en Quito. El resto no merece ser contado: la diplomacia no sacó ningún provecho de los coloquios de la señora con el oficial, pues no tenía ninguna idea de la opinión del país, o si la tenía, no reveló nada. Fue amable y eso fue todo.

Después de mi paso por allí, la ciudad de Ibarra fue destruida totalmente por un temblor de tierra | (1) . Más de 5.000 de sus habitantes quedaron sepultados entre las ruinas y entre ellos, muchos de mis buenos amigos. Salí de allí a las 10 de la mañana y pasé la quebrada de San Antonio; una hora después, hacia mediodía, almorcé en la población de ese nombre (altitud 2.475 metros). Se tiene la impresión de estar rodeando al Imbabura (altitud 4.930 metros) montaña que parece estar aislada de la cordillera, a 9 millas al SSE. de Ibarra y que se considera como un antiguo volcán como parece indicarlo su nombre indígena. En lengua quechua “imba” significa “pequeño pez negro” y “bura” criadero. Se asegura que durante las erupciones acuosas del volcán, salían de allí cantidades de peces (preñadillos) del Ecuador. Que yo sepa, jamás se ha hablado de una erupción volcánica del Imbabura y en cuanto al nombre del pequeño pez, proviene sin duda de que los “preñadillos” son abundantes en las aguas que corren sobre la vertiente de la montaña.

A las 4 pasamos cerca de la población de Otavalo, la que dejamos a nuestra derecha (altitud 2.500 metros, latitud N 0°, 15’; longitud 0,80° 47’ 30”); la población no pasa de 8.000 almas y sin embargo se encuentran 5 iglesias y 2 capillas de peregrinaci6n. A las 5 llegamos al espléndido valle de San Pablo, localizado cerca de un gran lago. Debía escoger entre dos senderos trazados en el llano, en donde vi por primera vez llamas criadas como bestias de carga y conducidas por un indio con poncho de lana negra, pantalón de algodón y sombrero de paja de rara forma con las alas pequeñas. Me acerqué al hombre para preguntarle cuál de los dos caminos debía seguir para llegar al pueblo, pero él no hablaba español y yo ignoraba el quechua; comprendió sin embargo la pregunta y con gestos me indicó el camino de San Pablo (altitud 2.760 metros). Acababa de presenciar una escena anterior a la Conquista, un quechua que conducía llamas. El lago también se conoce con el nombre de Chilpacón, debido a las nutrias que allí viven; se dice que las aguas contienen abundancia de “preñadillos”. San Pablo se halla al SS O en la base del Imbabura; es una localidad poco importante y llama la atención el gran número de chozas indígenas diseminadas sobre el borde del lago, en donde la vida es fácil por la abundancia de peses y de aves acuáticas. En ninguna parte de las cordilleras he visto una situación más atrayente que la de este gran valle de San Pablo, con suave clima (temperatura promedio 14°) con fértiles praderas que permiten los cultivos de Europa y el engorde de ganado, especialmente de los merinos que en todas partes de las regiones altas, han hecho desaparecer las llamas.

1 de julio. Al salir de San Pablo a las 8, bajé a Tabacundo en donde me demoré de las 12 a las 2, para esperar mi equipaje (altitud 2.980 metros, latitud N 0° 7’; longitud 0). Tabacundo es una población india de 2.000 almas. A las 4 atravesamos el riachuelo Fachicanya, que arrastraba bloques de traquita. A las 6 me alojé en la hacienda de La Chorrera, cerca de una casa de nombre Cocherqui, extremidad norte del arco medido por los académicos franceses. Me encontraba en el valle del río Pisque. Desde Tabacundo hasta La Chorrera se encuentran en la arena fragmentos de obsidiana parecidos a los de los Ubales, cerca de Popayán.

2 de julio. En La Chorrera (altitud 2.493 metros, temperatura del suelo 11,7°). El terreno pertenece a este aluvión, o si se quiere al conglomerado traquítico que nivela toda la región y cuyas capas superiores consisten en arena fina poco coloreada, que alterna con las capas formadas por una arena negra débilmente aglutinada. Al llegar a la quebrada vi una magnífica columnata de basalto prismático de gran altura que soportaba el aluvión y constaté que las columnas de basalto con formas pentagonales, en varios puntos, recubren parte de un conglomerado de granos muy finos de color amarillento. Esta masa basáltica, que no parece tener gran extensión, se encuentra hasta el río Pisque. Había dejado La Chorrera a las 8 y a las 9 había llegado al puente de Pisque; seguí la orilla izquierda del río hasta la población de Guaillabamba, a donde llegué a mediodía. Habría continuado si mi negro, extasiado ante un cordero colgado en la puerta de una carnicería, no me hubiese suplicado por bien de mi salud, comer costillas de este animal, haciéndome ver que había comido muy mal los últimos días; me rendí ante esta excelente razón y el negro descolgó el cordero. Durante este coloquio yo seguía a caballo y me di cuenta que unos 12 indios se aproximaban a mi montura:saqué mi sable, lo que fue suficiente para hacerlos desaparecer. Después de una buena comida, durante la cual mis hombres y yo dimos buena cuenta del cordero, seguimos la marcha. La cuenta por pagar no era muy alta: 2 francos, sin contar la chicha. A las 2 pasé el río Guaillabamba por un puente; sus aguas entran más abajo en el río Pisque, para formar el Perucho, afluente del Esmeraldas que desemboca en el Pacífico. Fue en ese puente donde, algunos meses más tarde, asesinaron a mi amigo el coronel White. Quiere decir que actué prudentemente al hacer huir lejos de mí a los indios que querían acariciar mi mula. Un desperfecto sucedido a uno de los tornillos de mi barómetro, me impidió verificar la altitud del paso de Guaillabamba, cosa que lamenté. Después de haber subido durante 2 horas una cuesta rápida, desemboqué en la explanada de Quito. Me alojé en la hacienda de Las Carretas: el cielo estaba límpido y por primera vez pude ver las cimas nevadas del Cotopaxi y del Antisana. En esta hacienda hay cultivos de trigo y de papa, y se cría ganado. La pieza en donde me hospedé estaba invadida por curíes con los cuales, naturalmente, prepararon la comida; los que escapa­ron a la masacre me impidieron dormir por el ruido que hacían.

4 de julio. Dejé Las carretas a las 9 de la mañana (altitud 2.773 metros, temperatura 16°). El camino es muy monótono y después de 2 horas de marcha divisé Quito. En la calle principal encontré a muchas personas que se detenían para observarme. Estaba limpio y nadie podía pensar que acababa de hacer tan largo viaje; antes de mediodía me apeé en casa del señor Valdivieso, ministro de Relaciones Exteriores. Allí vi a una dama encantadora, quien me miró de pies a cabeza, luego llegaron los paseantes, que me habían observado, mis futuros amigos y amigas: el coronel Demarquet, primer edecán del Libertador y la señora Demarquet, bella mujer, el general Barriga, cuya familia yo había conocido en Zipaquirá y que acababa de casarse con la viuda del gran mariscal Sucre, quien se hallaba allí completamente consolada. La señora Dumarquet, era una mujer hermosa y nada más. Se había puesto a mi disposición el palacio del arzobispo de Quito en la plaza mayor, el señor Lasso, que había visto en Bogotá en el congreso, un hombre santo de una perfecta ignorancia; acababa de morir, de manera que estuve solo en su inmenso palacio: una cama magnífica, sin colchón, algunos sillones y una mesa. Ningún otro lujo.

La señora Valdivieso me dijo, con una gracia encantadora, que no debía dejar de ir a comer a su casa en donde no se sentarían a la mesa sin mí. Yo conocía hacía bastante tiempo la reputación de esta dama, de quien tendré la oportunidad de hablar algunas veces. Su fisonomía me pareció simpática desde el principio; sin ser bonita en el verdadero sentido de la palabra, era agradable, tenía una piel mate y ojos azules o verdes, de acuerdo con la luz; mediana estatura con pies microscópicos; sus manos no dejaban nada que desear y tenía la elasticidad andaluza, con un cuerpo que no está aprisionado por un corsé; sus cabellos eran de bella tonalidad; difícil de describir, parecían de un bello castaño dorado.

Todas estas personas formaban una curiosa asamblea que la casualidad había reunido a mi llegada a Quito; todas ellas ya han muerto, con excepción creo de Barriga. He pronunciado algunas palabras de despedida sobre la tumba de mi camarada el coronel Demarquet, en el cementerio del Pére Lachaise; así mismo vi morir a su esposa en París y supe que los esposos Valdivieso murieron algunos años después de mi regreso a Francia.

La misma tarde de mi llegada me retiré al arzobispado y me había sentado en uno de los grandes sillones de cuero de Córdoba del siglo XVI, cerca de una mesa en donde escribía mi diario, cuando sentí por dos veces que mi silla se movía. Cuál no sería mi sorpresa al ver detrás de mí a una joven mestiza, pasablemente presentada, con un par de cejas arqueadas de un negro profundo que hacían juego con las trenzas del mismo color.

—“¿Quién eres, qué haces aquí?”
—“Lo he seguido, pertenezco a la casa de la señora Catita” (señora Valdivieso).
—“¿Qué quieres?”
—“Nada”.

Era una adhesión espontánea, en absoluto incómoda. La muchacha podía tener de 16 a 17 años y por ella supe, cada mañana, lo que sucedía en la ciudad. Lo divertido fue que corrió el ruido, desde que yo habitaba el palacio, que el arzobispo aparecía por la noche envuelto en una gran capa blanca y el portero juraba que lo había visto varias veces. La joven mestiza se cubría con una mantilla o rebozo blanco para sus expediciones nocturnas. En el arzobispado me hallaba cómodamente instalado y mi negro dormía en la antecámara que abría sobre una galería exterior; las ventanas de mi apartamento daban a la plaza mayor, en el centro de la cual se elevaba una fuente, donde también se encuentra la catedral. La señora Valdivieso había enviado algunos objetos de cocina, lo que permitía a mi negro preparar el desayuno con chocolate y espléndidos trozos de carne, fuertemente condimentados.

Generalmente trabajaba en mi casi hasta la 1 y luego iba a almorzar donde mis huéspedes. La mesa estaba dividida así: arriba, los dueños, los niños, los extranjeros distinguidos y abajo: un monje franciscano, dos pobres estudiantes de teología, etc. Nos servían muy bien algunas indias y la comida muy abundante, consistía en carne proveniente de las haciendas, un pan muy blanco como no se conoce en Europa, legumbres variadas, confituras, quesos y para beber agua clara; el monje decía el “benedicite” y la acción de gracias. Después de comer cada uno se retiraba. La señora se ocupaba de atender al administrador de las haciendas, el esposo iba a su ministerio y el ejército de jóvenes mestizas y de mulatas, trabajaban en obras de aguja o hilaban algodón o lana. Por la tarde, entre 7 y 8, había tertulia, una religión sin ceremonia a la que no faltaban los amigos de la casa. La tertulia tiene un carácter particular y la charla no es general; se forman grupos separados y en un momento dado se sirve el chocolate con una cena escogida que cada uno consume donde se encuentre y recibe las porciones de carne mechada, de locro y de sancocho.

Jamás se jugaba en casa de la señora Valdivieso. Se contaban historias y cuentos divertidos; los hombres dominaban en las reuniones, pues las mujeres en Quito y se puede decir que en las grandes ciudades de la América meridional, no salen sino por la noche, cuando están invitadas a un baile o a una fiesta, ya que cada una de ellas, tiene tertulia en su casa, lo que se puede definir así: reunión íntima en un apartamento mal iluminado. Hacía las 10 u 11 de la noche se retiran los participantes y como la ciudad no tiene iluminación, cada uno se hace acompañar de sirvientes que llevan linternas, además de machetes. Yo jamás me he aburrido en una tertulia; allí se encuentran magníficos conversadores, arte que los españoles tomaron de los orientales. Frecuentaba la casa de la señora de Valdivieso un anciano presidente de la Alta Corte de Justicia, quien era un verdadero maestro de la conversación: el doctor Quintana me hizo pasar ratos muy agradables y lamento no haber anotado sobre el papel algunos de sus historias.

Quito, como todas las ciudades situadas en las cordilleras, tiene un carácter profundamente monástico. Aun cuando su población se asegura es de 60.000 habitantes, no se encuentran en las calles sino monjes y sacerdotes. El coronel Demarquet se apresuró a advertirme que, por mi propio interés, debía hacer acto de presencia en la iglesia, aun cuando no fuera sino una sola vez, con el fin de establecer que, aunque extranjero, no era un herético. El siguiente domingo, en gran uniforme, acompañé a Demarquet a la misa mayor en la catedral; lo mismo que en Caracas y que en Bogotá, las señoras se sentaban al estilo morisco, sobre un tapete con los pies debajo del trasero, acompañadas de una esclava negra o de una india que no parecían convencidas con el servicio divino. Allí estaba yo bastante incómodo conmigo mismo, pero todo llega a su fin: a la salida, Demarquet me presentó algunas de las amigas de su familia, muchas de ellas lindísimas.

Creo que Quito es una de las ciudades de los Andes más ricas en edificios: en primer lugar la catedral con un bello portal, luego el arzobispado (mi residencia), la casa de Gobierno, el convento de la Compañía de Jesús, el Colegio de los Jesuitas que comprende algunos establecimientos importantes; la universidad donde se encuentra grabado sobre una pieza de mármol el resultado de las observaciones llevadas a cabo por los académicos franceses en 1736 y en donde se ve un cuadrante solar construido por los mismos sabios, pero que las oscilaciones del suelo debidas a los temblores de tierra han desplazado de la línea meridiana. Una parte de la inmensa construcción ha sido entregada al seminario de San Luis y contiene una biblioteca de 15.000 volúmenes. Más lejos se ha establecido la casa de moneda. En la época de mi visita se fabricaba allí, ostensiblemente, moneda falsa; el director falsario era un excelente anciano: en una palabra, el convento había sido utilizado de varias maneras y no faltaban sino los jesuitas que habían sido expulsados, ya no sé en qué año | (2) .  

El convento de San Francisco es un edificio notable que presenta una bella fachada; se ve todavía una iglesia rodeada de dos capillas dedicadas a San Buenaventura y a Santa Cantima (sic). Siguen las iglesias del Sagrario de Santa Clara, de arquitectura liviana, los conventos de Santo Domingo, de la Merced y de San Agustín y los de monjas como las Carmelitas Santa Catalina y de La Concepción. Los grandes conventos tienen sus conventillos que son anexos, en las afueras de la ciudad. Además de las iglesias y de los conventos, hay parroquias servidas por la clerecía secular, como San Blas, San Roque, San Marcos y San Sebastián, más 22 capillas repartidas en diversos sitios con numerosos oratorios establecidos en las casas de los particulares: cada uno escoge su santo y cada santo tiene su clientela. Además en Quito hay 2 o 3 hospitales muy mal tenidos. Cuando, desde lo alto de una montaña, se alcanzan a ver todos sus conventos, iglesias y capillas, se hace la reflexión de que esta población debe ser fanática: no hay nada de eso; lo que sucede es que el pueblo es supersticioso y practica su religión en la forma que considera más agradable; las ceremonias del culto les gustan y después de las corridas de toros es allí donde encuentran mayor placer. Yo conocí más de una bella pecadora que me decía confidencialmente: “Yo peco, me ponen una penitencia, no la cumplo y vuelvo a empezar”. Todo se reduce a práctica exterior y estoy seguro de que especialmente las mujeres, no tenían la menor idea de la religión que practicaban con tanta devoción; muchas de ellas no adoraban a la Virgen María; en cuanto a Dios, las tenía sin cuidado.

Quito está en la base oriental del volcán de Pichincha a 0° 3’ de latitud sur y 81° 5’ de longitud oeste, del meridiano de París. Su altitud en la plaza mayor es de 2.990 metros y su temperatura promedio de 15° aproximadamente. El suelo es muy desigual y en varios puntos se han visto obligados a cubrir las hondonadas para aplanar el terreno. La ciudad tiene agua abundante gracias a varios torrentes, el principal de los cuales es el Machangara que recibe los riachuelos que nacen en las pendientes del Pichincha y recibe en Quito, el río Jerusalén. El Machangara, después de reunirse con los ríos San Pedro y Chicha, forma el Guaillabamba que más al norte, después de haber tomado el nombre de río de las Esmeraldas, desemboca en el océano Pacífico. A pesar de la abundancia de agua, los habitantes raramente se bañan y los indios jamás lo hacen, así que es difícil ver una población más sucia, que se complace en sus parásitos. Cuando don Quijote le decía a Sancho Panza que les sería fácil reconocer su llegada a la línea ecuatorial, porque no encontraría un solo piojo sobre su persona, se equivocaba. Para darse uno cuenta de la cantidad de piojos que cubrían a la clase baja de Quito, he aquí el siguiente relato: la cárcel tenía una abertura enrejada que daba sobre la plaza mayor y por la cual los prisioneros pedían limosna a los viandantes: desgraciado aquel que rehusaba darles un óbolo pues recibía una descarga de piojos y qué descarga, que le lanzaban por medio de una pluma de cóndor que servía de cerbatana. En un extremo de la ciudad se encuentra el «Panecillo” (pan de azúcar) de una altura de 200 metros; es el “Yavirá” de los indios; allí se había establecido el depósito de pólvora. Al norte y al sur se extienden dos grandes altiplanos: Ina Quito y Los Ejidos y también espacios considerables de rumipampas, campos de piedras cubiertos de bloques de traquitas que la tradición atribuye a erupciones del Pichincha.

La ciudad está en medio de montañas de gran elevación, desde donde se goza de un bello panorama de la ramificación de los Andes; en efecto, se ven varias cimas cubiertas de nieves eternas: el Cayambe, el Antisana, el Cotopaxi, el Corazón, el Illinisco, el Pichincha y el Cotocachi; fue erigida sobre el sitio del Reino de Quito, residencia del Inca Huaynacapac y después capital del imperio de Atahualpa. El capitán Sebastián de Belalcázar la ocupó pacíficamente en el año de 1533, y desde allí ese conquistador dirigió sus expediciones hasta el Valle del Cauca, con el resultado de la fundación de la ciudad de Popayán, y la conquista de los jefes indios establecidos sobre una parte de las cordilleras occidentales y centrales.

Instalé mis instrumentos en una pieza del arzobispado y comencé por determinar la inclinación de la aguja imantada. El 15 de julio de 1831 a mediodía, la encontré marcando 16,32°. Mi vida pasaba muy agradablemente: cada noche una tertulia; mi negro permanecía en mi domicilio porque sabíamos que los ladrones de Quito, de los que tendré ocasión de hablar más adelante, eran muy audaces. Después de un buen descanso, resolví llevar a cabo una expedición al Pichincha: Humboldt ya había visitado este volcán y después de mí lo hicieron los señores Visse y Moreno que llegaron al cráter. En la ciudad tenía como compañeros a 2 señores con quienes hice muy buena amistad durante mi permanencia en el Ecuador, dos seres originales, pero muy instruidos: el coronel Hall y el doctor Jameson. Siguen unas palabras sobre mis dos amigos. Hall llegó al servicio de Colombia como coronel del estado mayor; tenía unos 40 años, bajo de cuerpo, muy vivo, con la fisonomía parecida a Sócrates, algo sardónico y había pertenecido al ejército inglés y como corneta había hecho la guerra en España; fue herido gravemente por un sablazo que le pegó un dragón francés; estaba casado con una mujer a quien había dejado por incompatibilidad de humor, pero conservaba con ella buenas relaciones, como su correspondencia muy activa lo confirmaba; sostenía pues un amor platónico. El coronel también tenía un amor en Quito, de lo cual me di cuenta un día cuando le pregunté por qué venía a verme al arzobispado siempre en viernes y se quedaba todo el día; me respondió en forma sincera y muy divertida:

—“Usted sabe que vivo en una casa en las faldas del Pichincha con la bonita mestiza que usted conoce y ella es la que atiende la casa: Ana es la mujer de un zapatero, muy buen hombre y muy devoto, quien consintió en alquilarme a su esposa legítima con la condición de que un día por semana podría pasarlo con ella y que ese día yo me iría, saldría de casa y no regresaría sino después de la ‘oración’ y escogimos el viernes para ese efecto”.

Hacía tres años que el convenio estaba vigente con gran satisfacción de los interesados. Hall dejó el servicio activo de Colombia, para convertirse en periodista “de la oposición”.

Páez lo había expulsado de Venezuela y él se mudó al Ecuador con su imprenta. Le hice caer en la cuenta que era muy imprudente atacar los actos del gobierno y me respondió que existe la libertad de prensa y que realmente no se podía impedir que escribiera un periodista, a lo cual le contesté:

—“Sí se puede impedir que escriba”.
—“¿Cómo?”
—“Haciéndolo asesinar”.

Confieso que al pronunciar estas palabras estaba muy lejos de pensar que mi predicción se realizaría. ¡Pobre y excelente Hall!

En cuanto al doctor Jameson diré que era un hombre que no vivía sino para las plantas; un coleccionista agente de la sociedad botánica de Londres. Obtuve de él un herbario casi completo de los vegetales de la meseta de Quito, el cual envié a Berlín por intermedio de Humboldt. Jameson hablaba poco, contestando lacónicamente a las preguntas que se le dirigían. Hizo llegar a Europa verdaderos tesoros, una gran cantidad de plantas desconocidas hasta ese entonces; vivía al aire libre y se acostaba en donde le cogía la noche. En alguna oportunidad Hall lo recomendó a una familia de Latacunga a donde llegó un día y golpeó a la puerta y como no le contestaran se acostó a la entrada y así lo encontraran por la mañana, profundamente dormido. Una joven le aseguró que la había pedido en matrimonio y se casó con ella y siguió viviendo sin perder independencia. Creo que él aún vive en Quito y añadiré que los dos ingleses eran amigos inseparables y Jameson era conocido como “el loco” por la singularidad de su existencia y por su mutismo. 

 

(1)  Este temblor de tierra tuvo lugar el 16 de marzo de 1868. (Regresar a 1)
(2) Fueron llamados de nuevo en 1852, bajo la presidencia de mi antiguo discípulo García Moreno y ocuparon el sitio conocido con el nombre de convento de los Camilos. (Regresar a 2)

anterior | índice | siguiente