Los operarios que conocí eran de raza india y los procedimientos
de aplicación del barniz, lo mismo que el arte de hilar la lana, de
tejerla y de teñirla, seguramente son anteriores a la Conquista.
Las telas confeccionadas en Pasto no dejan nada qué desear. Poseo
un poncho de una gran belleza, que fue regalado a Bolívar por los
pastusos; el general se lo regaló a Manuelita, quien me lo lanzó
sobre los hombros como un recuerdo, el día que montaba a caballo
para dirigirme hacia el Sur.
En las divertidas veladas pasadas en el convento de los
Agustinos, pude formarme una idea del personal monástico; muy
pronto me di cuenta de que estos monjes eran tan sacerdotes como
soldados; todos sabían guerrear y uno de ellos, de fisonomía
siniestra, me confesó que había participado en una matanza en la
que fue derrotado un oficial de gran valor, a quien llamábamos
“cola de caballo” debido a la crin que llevaba su casco
de dragón. De él ya he hablado cuando dije que lo conocí a mi
llegada a Bogotá, precisamente cuando él iba a salir para la
Provincia de Pasto, en donde fue hecho prisionero por los
insurgentes; lo dedicaron al oficio de pintar las celdas y limpiar
viejos cuadros y cuando yo le pregunté al monje qué había pasado
con él y dónde estaba, se hizo un gran silencio, evidencia de que
habían hecho desaparecer a este infortunado oficial.
Hice mis preparativos para llevar a cabo la ascensión al famoso
volcán de Pasto y para ello fui a entenderme con el cura a quien
estaba recomendado, para que me procurase guías y he aquí lo que
fue convenido: cuando yo dejara la ciudad, mi soldado español
vigilaría mi equipaje y no lo dejaría ni un solo instante; yo iría
a pie acompañado de mi asistente hasta el sitio de Genoy, situado
en la base de la montaña donde encontraría cuatro hombres de toda
confianza: responderían de mí y suministrarían los víveres
necesarios. Así fue: dos días después me puse en camino; el padre
Urbano, un hermano, don Pedro Gallardo y el gobernador de Pasto, el
coronel Gutiérrez, habían resuelto acompañarme con gran entusiasmo,
pero afortunadamente ninguno se presentó. A las 4 de la tarde tomé
un encantador camino que lleva a Genoy, a lo largo de la orilla
izquierda del río Pasto, que desemboca en el Juanambú, a una legua
de la ciudad. Mí equipaje se componía de un barómetro, una brújula
y un laboratorio portátil; dos horas después de mi salida llegué a
Chorrera de Genoy, algo maravilloso: me encontraba en presencia de
la caída de una enorme masa de agua, casi tan ácida como la del río
Vinagre, que se precipitaba desde una gran altura formando 4
cascadas superpuestas que saltaban de roca en roca, produciendo un
ruido ensordecedor; no podía retirar la vista de este espectáculo,
pero tenía que llegar a mí posada; el Sol ya se había escondido
detrás de las montañas gigantescas que nos dominaban. En la casa a
donde entré había, en una sola habitación, una fábrica de
sombreros, una cocina y un corral de gallinas, sin hablar de una
verdadera carnada de cerdos de las Indias. El bastimento no
faltaba, cosa bien importante, pero lo que más me llamó la atención
fue una india, muy anciana, que apenas tenía aspecto humano,
acostada cerca al fuego dentro de una nube de humo y quien era el
fuelle de la cocina; la pobre mujer tenía la piel apergaminada y
los ojos ulcerados; me dijo que estaba acostumbrada y que dormía
sobre un cuero que me mostró pues hacía más de 30 años que no había
cambiado de sitio y me dijo que ni siquiera iba a la misa, pues
estaba muy lejos para sus piernas. La cocinera fuelle preparó una
espléndida cena compuesta de una mezcla de pollo, de cerdo de las
Indias y de papas, todo muy picante, preparado con ají; tomamos
chicha a discreción, pues el cura de Pasto había dispuesto muy bien
las cosas. Comí todo revuelto, sentado en el suelo, cerca de la
pobre anciana y manifesté mi sorpresa por la abundancia de la cena,
a lo cual “el fuelle” contestó que todavía faltaban otras
personas para comer; me volví y vi en la oscuridad a cuatro
mocetones de buena estatura: los hice acercar y vi que eran mulatos
o zambos, envueltos en trapos sucios con fisonomías verdaderamente
patibularias; cada uno tenía un machete y eran los guías que habían
sido enviados por el cura.
Mientras devoraban los restos, bastante copiosos, de mi cena,
les hice algunas preguntas: “¿quiénes son ustedes? ¿De dónde
vienen?” Uno de ellos contestó: “somos antiguos soldados
del rey, nos escondemos en las cavernas del volcán desde la
‘rebusca’ (desde que nos persiguen); recogemos azufre que
llevamos a vender”. Después de darlas gracias, dichas por uno
de estos hombres al margen de la ley, se acostaron en el suelo, yo
al lado del viejo “fuelle” que olía fuertemente a
creosota. Pronto se durmieron todos los presentes. Excepto yo que
fumaba un cigarro pero al fin también dormí, arrullado por los
ruidos que hacían los curíes que habían escapado de formar parte de
mi cena; muy por la mañana mis guías dieron la señal de salida, los
puse en fila y le dije al primero: “tú llevarás mi
sable”, al segundo le confié mi bolsa y la caja de reactivos,
al tercero le confié el barómetro y al cuarto una brújula y las
cobijas; yo me reservé mi abrigo y en cuanto a los víveres, los
repartí. Al entregarles a esos bandidos mis armas y mi dinero,
procedí prudentemente: era una muestra de confianza que daba a
aquellos a cuya merced me iba a encontrar. Después del chocolate
nos pusimos en camino a las 5:15; el viejo “fuelle”
dándome la bendición me prometió rezar por mí, lo que le agradecí
afectuosamente. Como la noche había sido clara, hacía frío y
anduvimos a través de unos matorrales donde los guías abrieron una
trocha con sus machetes: ese era un trabajo rudo y subíamos
lentamente.
Tres horas después, a las 8, habíamos logrado pasar lo más
espeso de la selva y nos encontrábamos en un claro llamado El
Salado; luego vimos los pajonales y más arriba, con gran sorpresa
mía, entramos a un lugar de helechos arborescentes. A las 9
habíamos llegado a la base de un muro de traquita, la piedra
Rumichaca, con fisuras en todos los sentidos, especialmente en
forma horizontal, de manera que a distancia aparecía estratificada.
La piedra está cubierta de bloques de roca y la traquita en este
punto es una pasta negra, compacta, brillante que contiene
cristales de feldespato blanco vidrioso; sobre algunos fragmentos
la roca tiene el aspecto de pómez y contiene agujas de piroxenos;
allí nos detuvo una hondonada muy profunda llena de bloques de roca
y teníamos que atravesar este obstáculo para llegar, por una
pendiente muy suave, hasta el volcán. La dificultad consistía en
bajar al abismo, empresa que no dejaba de tener peligros, debido a
la profundidad que calculé en 400 metros.
La opinión de los guías se hallaba dividida. De acuerdo con unos
debía atravesar por donde estábamos, pero los otros calculaban que
era peligroso caminar por un piso tan movedizo, así que pensaban
que era preferible llegar hasta el Guáitara que se alcanzaba a
divisar en el Sur y de allí subir, por el lecho del torrente, por
una pendiente relativamente suave que terminaba en el volcán y
creían que una jornada sería suficiente para llevar a cabo sus
proyectos. En el estado de incertidumbre en que me encontraba, pedí
a 2 guías que ensayasen el paso directo: a gritos nos avisarían
cuando hubiesen llegado al fondo del precipicio. Los dos hombres
comenzaron a bajar sin ninguna vacilación y una hora después de su
salida, la señal convenida anunció que podíamos seguirlos, lo que
hicimos marchando con mucha precaución. De pronto se soltaron
algunas piedras que se veían rodar a una velocidad increíble hasta
el fondo del abismo; los guías enviados adelante y que ya se
hallaban al lado opuesto, nos observaban; con la voz y el gesto
trataban de indicarnos la dirección que debíamos tomar, pero poco
los oíamos porque en las regiones elevadas la voz pierde intensidad
y sus gestos se distinguían mal, debido a la distancia. Al seguir
caminando nos encontramos, de pronto, en un paso escabroso arriba
de un lugar escarpado de mas de 60 metros de altura; una saliente,
especie de cornisa permitía el paso; pero estaba compuesta de
arcilla mojada y resbalosa: uno de los guías que se aventuró por
ahí, no se pudo mantener sino hundiendo con fuerza los dedos de sus
pies en el barro y no se atrevió a dar un paso mas hacia adelante.
En ese momento los guías que se encontraban al otro lado, lanzaron
grandes gritos de alarma y gesticularon de manera de hacernos
comprender que había que pasar mas arriba. En efecto, seguimos sus
indicaciones y nos dimos cuenta de que por encima de nosotros había
una roca en donde nos fue posible apoyarnos y agarrarnos, lo que
nos permitió llegar al fondo de la hondonada del Rumichaca.
Recogí diversas variedades de traquitas, entre otras una roca
blanca, compacta, que toma las características de la alunita y
procedentes de un espeso yacimiento de mineral de alumbre. Tuvimos
más dificultades en salir de la hondonada, de las que habíamos
tenido al bajar; en efecto, el piso era poco estable y la pendiente
más fuerte. Necesitamos 2 horas para ascender. Nos encontrábamos
sobre el volcán: se veían surgir los vapores y las rocas estaban
pintadas de azufre y lo que era más curioso, se veían masas enormes
de yeso anhidrita granular, con estructura sacaroidal; se podrían
haber confundido con bloques de mármol de carrara; el yeso contenía
azufre, de manera que el sulfato de calcio es un producto del
volcán de Pasto. Continuando la ascensión llegamos al cráter, que
no es de erupción, formado por la expansión de la lava; esta
cavidad que se encontraba entre muros de traquitas, tiene una
dirección NE-SO. Describir este sitio sería imposible; en una
longitud de varias centenas de metros hay una acumulación de
fragmentos de roca de toda dimensión, entre los cuales aparecen
grandes fisuras, verdaderos orificios, de donde salen chorros de
vapor de azufre con un silbido formidable; el suelo temblaba bajo
nuestros pies. La situación era singular: un cielo azul oscuro, una
atmósfera sulfurosa que hacía difícil la respiración, una calma
perfecta y, a pesar del calor subterráneo, un aire frío, pues a una
veintena de metros de las fisuras, el termómetro marcaba 3,9° y el
barómetro indicaba una altitud de 4.085 metros, con temperatura de
6,1°.
Allí me instalé a conveniente distancia de una fumarola, para
sentir calor sin correr el riesgo de quemarme. Mis bandidos me
cuidaban como si fueran nodrizas y después de haber tendido mis
cobijas procedieron a cocinar prendiendo fuego con leña cortada en
el bosque de helechos; luego uno de ellos bajó, no sé a dónde, para
tratar de encontrar agua que no fuera sulfurosa. Dormí
profundamente durante una hora y luego almorcé: eran las 2. Habían
pasado 9 horas de violentos ejercicios, sin que hubiera tomado más
que una taza de chocolate antes de salir de Genoy. Una vez
reposado, examiné el terreno: cerca del orificio principal, las
traquitas, excesivamente porosas, están constituidas en parte por
una aglomeración de tenues cristales de piroxeno mezclado con
feldespato vitroso; por todas partes se encuentran pedazos poco
voluminosos de una especie de pómez, de gris sucio, de una densidad
superior a la del pómez ordinario; con frecuencia la roca tiene
cristales de azufre de color naranja cuando está caliente que
recupera su color amarillo pálido al enfriarse. Aquí y allá, recogí
obsidiana negra y translúcida; algunos fragmentos tenían la
particularidad de que estaban tumefactos. La traquita in situ no
difería mucho de la que habíamos visto. Era tal el calor en la boca
del orificio principal que no logré obtener gases; tuve que
limitarme a reconocer que los vapores emitidos estaban
evidentemente sobrecalentados por su contacto con las rocas del
interior porque a la altitud en que me encontraba, el mercurio se
sostenía en el tubo barométrico a 472 milímetros y a esta presión
el agua hierve a 87°. Un termómetro colocado en el vapor, subió
rápidamente a 102° y se habría roto sino lo hubiese retirado
inmediatamente; tuve que reconocer que a muy poca profundidad el
estaño entraba en fusión, lo que no sucedía con el plomo que tenía
preparado. Como resultado encontré que la temperatura fue un poco
superior a los 235° sin llegar a 332°. Para obtener gas necesité
apelar al vapor de un orificio menos caliente, ya que el vapor no
pasaba de 91°, tuve la seguridad de que estaba mezclado con aire
frío; sin embargo, contenía 78 panes por 100 de gas de ácido
carbónico gaseoso y muestras de ácido sulfhídrico. No encontré
ácido clorhídrico en el vapor, lo que me demostró que, como en los
volcanes del Tolima y de Puracé, las emanaciones gaseosas son
formadas por vapor de agua, ácido carbónico y ácido
sulfhídrico.
Para tomar la temperatura de los orificios, me había colocado
sobre una gran piedra que formaba un puente sobre la fisura; quise
hacer cocer un pedazo de carne amarrado a una pita, al calor del
volcán; la piedrapuente se movía constantemente y estábamos
rodeados de fumarolas, nos ensordecían los rugidos y los bramidos
subterráneos que es el ruido que procede o acompaña los temblores
de tierra. El guía cocinero mostraba su inquietud y me dijo a media
voz: “¿y si escupiese?” Le contesté que estaríamos
perdidos y entonces con una calma absoluta me contestó: “es lo
que me parece”. No había duda: además todo anunciaba una gran
actividad volcánica: el movimiento continuo del suelo, los silbidos
de los chorros de vapor, el ruido del agua hirviente que
alcanzábamos a oír debajo de nosotros, parecían anunciar una
catástrofe: mis hombres, habitantes de Pasto, sabían del asunto,
pero no se veía ningún indicio de un fenómeno ígneo. Parece que es
durante las erupciones propiamente dichas, cuando el fuego se
manifiesta.
Bloques de traquita incandescentes son entonces lanzados a una
altura prodigiosa: el general Flórez fue testigo un día que dirigía
una columna armada sobre Pasto: “El aire estaba lleno de
globos de fuego y las detonaciones recordaban el ruido de cañones
de gran calibre”, me dijo. Me mostraron en los pajonales,
cerca de Rumichaca, bloques de una traquita negra, porosa,
escarificada, enterrados en la tierra hasta 1 metro de profundidad.
Se debe imaginar la altura que alcanzaron las piedras
incandescentes para haber penetrado tan profundamente al caer en un
terreno tan resistente.
El volcán de Pasto lanza también cenizas que los vientos llevan
a grandes distancias durante ciertas erupciones; las plantas están
recubiertas de ellas. Yo me había instalado confortablemente entre
los bloques de roca, sobre un piso caliente y al abrigo del viento
a más de 4.000 metros por encima del nivel del mar; muerto de
fatiga y mecido por el canto de mis guías, caí en un profundo
sueño. Puedo decir, sin metáfora, que dormí sobre un volcán. Al
terminar mis observaciones resolví bajar por una pendiente
diferente a aquella por donde había subido. A las 3 encontramos una
fisura muy profunda en donde, afortunadamente existía un puente de
piedra construido antes de la Conquista, según me aseguraron el
puente de Rumichaca, muy cercano al abismo que habíamos atravesado
con tantas dificultades: por este camino, debíamos haber subido,
haciendo sin duda una gran vuelta, pero de más fácil acceso. Si no
lo hice así, fue porque mis guías de raza india, prefirieron
marchar en línea recta, sin dejarse detener por los obstáculos.
En el puente de Rumichaca: Altitud 3.076 metros, temperatura
11,6°.
Así que por una pendiente bastante suave habíamos bajado a
metros por debajo del punto de nuestro volcán: 2 horas después
entrábamos en el pueblo de Genoy. La traquita sobre la que habíamos
andado presentaba un aspecto distinto de la del cráter, una pasta
gris claro con cristales alargados de feldespato azul. Para reposar
bien, fui a dormir a la cabaña del indio; el viejo
“fuelle” encantado de yerme, atribuyó a sus rezos una
buena parte de mi feliz viaje, alegría de la cual fueron víctimas
los curíes pues tuvimos un excelente sancocho. Al día siguiente, a
las 7 me despedía del indio y de la vieja india. Hice poner en fila
a mis guías y a cada uno le di una piastra; estos pobres proscritos
me agradecieron con una efusión que me emocionó; me rogaron
acordarme de ellos si regresaba al volcán; yo había sido su huésped
y estos hombres endurecidos por el sufrimiento y quienes me
colmaron de los más afectuosos cuidados, habrían robado y
seguramente hasta asesinado sin el menor escrúpulo, al oficial
republicano si no les hubiese sido recomendado por el obispo de
Popayán.
Me dirigí lentamente a Pasto después de haberme detenido para
admirar una vez más la fantástica cascada de Genoy y la espléndida
vegetación que la enmarca. Encontré que la altitud en la base de
las cascadas es de 2.631 metros y la temperatura de 12,8°. El
viento venía del Este, dirección que había observado en la cima del
volcán; por lo demás me parece haber tomado nota de que, con buen
tiempo, los vientos alisios reinan constantemente en las altas
montañas intertropicales.
Desviándome un poco del camino entré en el caserío de Panciaco,
para examinar una fuente termal de la que me habían hablado. Sale a
la derecha de un río; tiene agua ácida, gaseosa, ferruginosa y con
temperatura de 36,1°, siendo la del aire de 15,6° es abundante y
deposita un sedimento calcáreo concrecionado del que está formado
el fondo del pequeño valle de Pandiaco. Este calcáreo produce la
cal que se usa en Pasto, (altitud 2.511 metros, 16,7°). A las 10
estaba en Pasto en donde encontré a mi soldado español en su
puesto, cerca de los equipajes y no aceptó ninguna gratificación,
diciendo que había cumplido una orden.
Mis monjes de San Agustín y especialmente el padre Urbano, me
acogieron con demostraciones del más vivo afecto y me prometieron
una cena deliciosa; me apresuro a agregar que cumplieron su
palabra. Me visitaron el cura y el gobernador, quienes me
felicitaron por el éxito de mi exploración; a mediodía fui a
visitar la iglesia de Jesús, en donde la mayor parte de los
habitantes se encierran una vez al mes, por lo menos, para meditar,
orar y flagelarse. Creo, sin tener la prueba, que pasan cosas
curiosas entre los flagelados y flageladas, porque los sexos se
azotan recíprocamente: un devoto me decía: “don Juan, no hay
nada que agite los sentidos como esto. Venga conmigo a Jesús y
verá...” Le respondí: “¿Pero me flagelarán?”, y me
contestó: “Sí pero sin mucha fuerza”. El prior deseaba
presentarme a la abadesa de Santa Clara y yo rehusé debido a que
había logrado, hasta ese momento, mantener mi incógnito pues yo no
era un extraño en el convento: he aquí las circunstancias por las
cuales había conocido a la madre abadesa, mujer muy respetable
tanto por su edad como por su carácter. Pero para ello tendremos
que retroceder unos años.
Fue en 1827, poco después de la fatal expedición que hice por
los llanos del Apure y del Meta y cuando mi salud estuvo tan
comprometida. El ministro del interior, Manuel Restrepo, me había
encomendado la tarea de levantar el curso del Río Grande de la
Magdalena de Honda a Neiva, misión que no pude cumplir por haber
sido llamado por las autoridades militares para nivelar los
desfiladeros del Juanambú y del Mayo, tan célebres por los combates
que el ejército patriota había tenido con los insurgentes de las
provincias de Pasto y del Patía. Hacia el año de 1827, el
Libertador derrotó a los realistas en una batalla sangrienta: el
enemigo había cometido atrocidades y había asesinado a algunos
prisioneros; el castigo que en 1823 Sucre infligió a los pastusos
al destruir una parte de la ciudad, no había producido ningún
efecto; las bandas de insurrectos eran difíciles de capturar, pues
al ser derrotadas, se dispersaban en las montañas, para reagruparse
de nuevo. Después de una acción de las más violentas, Pasto fue
ocupada y Bolívar, quien deseaba hacer un escarmiento, decidió que
la ciudad sería sometida al pillaje durante dos horas. Los
habitantes, consternados, enviaron al cura para que suplicase al
vencedor que protegiese, por lo menos, al convento de Santa Clara,
en donde vivían en paz unas cuantas religiosas inofensivas y en
donde las mujeres y las jóvenes de las principales familias
encontrarían un asilo. El Libertador acogió la solicitud y prometió
enviar como salvaguarda a un oficial para que protegiera a la
comunidad. Fue así como momentáneamente dejé mi barómetro y mis
brújulas y salí con el cura en compañía de un lancero; me
presentaron a la superiora y me alojaron en una habitación
confortable y pusieron a mi disposición y servicio a una hermana
conversa, mientras mi soldado quedó de vigilante en la puerta del
monasterio. No describiré las escenas de desorden a las que asistí:
felizmente para todos pronto la soldadesca se emborrachó al asaltar
todas las chicherías. Esta fue una orgía tremenda; al terminarse el
tiempo señalado para el saqueo, tocaron a retirada y cesó el
desorden. Parecía que mi misión hubiese terminado, así que ordené a
mi lancero que ensillara y fui a despedirme de la madre abadesa: la
buena religiosa no quiso dejarme ir, pues por miedo a los
asaltantes, deseaba que permaneciese algunos días más. La
tranquilicé y le recordé las instrucciones que yo había recibido y
debía obedecer, pero como ella había previsto todo, me contó que a
solicitud suya el cura me había autorizado a diferir mi partida.
Así que seguí en mi celda, sin ninguna inquietud y a falta de
oficio, me puse a observar a la hermana conversa; era una morena
pálida, mate, con ojos y cejas negros, lo que le daba una fisonomía
extraña y además poseía un bigote de lo mejor que yo había visto;
su carácter era alegre y me contaba en forma divertida, las
insensatas descripciones que hacía de mí a las otras religiosas que
no dejaban de inquirirle. Al preguntarle si en vista de sus
excelentes bigotes, no tendría ante mi a un muchacho en vez de una
mujer, soltó una gran carcajada: ¡evidentemente era una mujer!.
Me encontraba en el convento muy a mi gusto: hacía tiempo que no
dormía en una buena cama, la cocina era espléndida, especialmente
las confituras que eran deliciosas, como solamente saben
prepararlas las monjas: la abadesa venía de cuando en cuando a
averiguar cómo estaba yo, al igual que “Bigotilla”, que
así llamaba yo a mi ayuda de cámara, pues nunca le conocí su nombre
y me confesó que ese era el que le daban. Nada tan divertido como
la beata apariencia que afectaba en presencia de la superiora: los
ojos bajos sin abrir la boca, a me nos que fuera para contestar
alguna pregunta. Al fin, a mi salida del convento, hice pedir a la
madre el permiso para ir a besarle su mano: la buena señora me
acogió con mucha amabilidad y agradeció mis servicios; pude volver
a ver otra vez el rostro ascético, marcado por más de medio siglo
de vida monástica; a “Bigotilla” no la volví a ver.
¿Dónde se habría escondido cuando yo salía?
Al llegar al cuartel general fui sometido a un curioso
interrogatorio: el general me preguntó:
—“¿Qué vio usted en Pasto?”
—“Borrachos”.
—“¿Qué ha hecho usted?”
—“Nada”.
—“Tiene la cara de un desenterrado, ¿no lo trataron bien
las señoras?”
—“Al contrario, mi general, no vi sino a una religiosa,
la venerable abadesa, quien me llenó de atenciones. Cuánto diera
para que tuviéramos aquí una cocina como esa de la que gocé
allá”.
—“Pero entonces, ¿por qué está tan pálido? Parece
enfermo”.
—“Ah, mi general, es que para cuidarme me habían
asignado como asistente a una hermana conversa, a quien puse por
nombre ‘Bigotilla’, debido a sus bellos bigotes
negros”.
—“Bien, bien, parece que lo asistió muy a fondo su
asistente”, replicó riendo el general.
Terminado el interrogatorio, regresé a mis instrumentos y de
“Bigotilla” jamás volví a oír hablar.