INDICE





LAS MEMORIAS DE UN NATURALISTA Y CIENTÍFICO QUE CEDIÓ A LA TENTACIÓN DE SER OBSERVADOR Y CRÍTICO SOCIAL

INTRODUCCIÓN

TOMO I

CAPÍTULO I
Mi formación — La Revolución francesa — Napoleón — El espanto de la guerra — Humboldt — Preparativos de viaje.

CAPÍTULO II
Caracas — Los temblores de tierra — Ascención a la silla.

CAPÍTULO III
Valle de Aragua — Lago Tacarigua — Morro de San Juan — Sitio de Puerto cabello— El general Páez— El árbol de la vaca— Aguas termales de la cadena del litoral.

CAPÍTULO IV
Cordillera Oriental de los Andes — Su constitución geológica —Nivelación barométrica — Efectos del temblor de tierra de 1812, observados en diferentes localidades — Sierra Nevada de Mérida —Lago Urao— Pamplona, sus minas de oro— Hierro meteórico de Santa Rosa.

CAPÍTULO V
Explanada de Bogotá — Nación Muisca — Su conquista - Guerras de la Independencia — Descripción de la meseta.

CAPÍTULO VI
Las primeras luchas por la Independencia — Bolívar.

CAPÍTULO VII
Meseta de Bogotá — Constitución geológica — Sal gema — Salinas —Carbón — Minas de esmeraldas.

CAPÍTULO VIII
Bogotá — Situación — Clima — Costumbres — Aventuras — Excursiones por los alrededores.

CAPÍTULO IX
Excursión para determinar los límites del terreno al sur de Bogotá —   Valle del Magdalena entre honda e Ibagué — Observaciones sobre el aumento de la intensidad del sonido durante la noche — Puente natural de Pandi o Icononzo.

TOMO II

CAPÍTULO X
Jugo venenoso del ajuapar— Accidentes que sucedieron mientras analizábamos esa materia — El comandante don Juan con nodriza — Irradiación nocturna en Bogotá.

CAPÍTULO XI
Algunos de mis conocidos en Bogotá — El Libertador Bolívar —Personajes — Sucesos.

CAPÍTULO XII
El Salto de Tequendama — Historia de Manuelita Sáenz.

CAPÍTULO XIII
Expedición de 1824— En los llanos del Meta.

CAPÍTULO XIV
Cordillera Central y Cordillera Oriental— Valle del Cauca— Minas de oro de La Vega de Supía - Provincia de Antioquia.

CAPÍTULO XV
Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

CAPÍTULO XVI
Viaje a la región aurífera y platinífera del Chocó.

CAPÍTULO XVII
Viaje al Ecuador— Estudios sobre la región volcánica.

CAPÍTULO XVIII
Ascensión al volcán del Puracé.

CAPÍTULO XIX
Viaje de Popayán a Pasto — Estancia en Pasto.

CAPÍTULO XX
Viaje de Pasto a Quito.

CAPÍTULO XXI
Ecuador.

CAPÍTULO XXII
Ascensión al volcán de Pichincha.

CAPÍTULO XXIII
Ascensión al Antisana.

CAPÍTULO XXIV
Tertulias y puros.

CAPÍTULO XXV
Ascensión al Chimborazo (1831).

CORRESPONDENCIA 1818-1826
Correspondencia I-X
Correspondencia XI-XVI
Correspondencia XVII-XXII
Correspondencia XXIII-XXIX
Correspondencia XXX-XL
Correspondencia XLI- LI
Correspondencia LII-LXII
Correspondencia LXIII- LXXIII
Correspondencia LXXIV - LXXXI
Correspondencia LXXXII - CII
Correspondencia CIII - CXXIX

Los operarios que conocí eran de raza india y los procedimientos de aplicación del barniz, lo mismo que el arte de hilar la lana, de tejerla y de teñirla, seguramente son anteriores a la Conquista. Las telas confeccionadas en Pasto no dejan nada qué desear. Poseo un poncho de una gran belleza, que fue regalado a Bolívar por los pastusos; el general se lo regaló a Manuelita, quien me lo lanzó sobre los hombros como un recuerdo, el día que montaba a caballo para dirigirme hacia el Sur.

En las divertidas veladas pasadas en el convento de los Agustinos, pude formarme una idea del personal monástico; muy pronto me di cuenta de que estos monjes eran tan sacerdotes como soldados; todos sabían guerrear y uno de ellos, de fisonomía siniestra, me confesó que había participado en una matanza en la que fue derrotado un oficial de gran valor, a quien llamábamos “cola de caballo” debido a la crin que llevaba su casco de dragón. De él ya he hablado cuando dije que lo conocí a mi llegada a Bogotá, precisamente cuando él iba a salir para la Provincia de Pasto, en donde fue hecho prisionero por los insurgentes; lo dedicaron al oficio de pintar las celdas y limpiar viejos cuadros y cuando yo le pregunté al monje qué había pasado con él y dónde estaba, se hizo un gran silencio, evidencia de que habían hecho desaparecer a este infortunado oficial. 

Hice mis preparativos para llevar a cabo la ascensión al famoso volcán de Pasto y para ello fui a entenderme con el cura a quien estaba recomendado, para que me procurase guías y he aquí lo que fue convenido: cuando yo dejara la ciudad, mi soldado español vigilaría mi equipaje y no lo dejaría ni un solo instante; yo iría a pie acompañado de mi asistente hasta el sitio de Genoy, situado en la base de la montaña donde encontraría cuatro hombres de toda confianza: responderían de mí y suministrarían los víveres necesarios. Así fue: dos días después me puse en camino; el padre Urbano, un hermano, don Pedro Gallardo y el gobernador de Pasto, el coronel Gutiérrez, habían resuelto acompañarme con gran entusiasmo, pero afortunadamente ninguno se presentó. A las 4 de la tarde tomé un encantador camino que lleva a Genoy, a lo largo de la orilla izquierda del río Pasto, que desemboca en el Juanambú, a una legua de la ciudad. Mí equipaje se componía de un barómetro, una brújula y un laboratorio portátil; dos horas después de mi salida llegué a Chorrera de Genoy, algo maravilloso: me encontraba en presencia de la caída de una enorme masa de agua, casi tan ácida como la del río Vinagre, que se precipitaba desde una gran altura formando 4 cascadas superpuestas que saltaban de roca en roca, produciendo un ruido ensordecedor; no podía retirar la vista de este espectáculo, pero tenía que llegar a mí posada; el Sol ya se había escondido detrás de las montañas gigantescas que nos dominaban. En la casa a donde entré había, en una sola habitación, una fábrica de sombreros, una cocina y un corral de gallinas, sin hablar de una verdadera carnada de cerdos de las Indias. El bastimento no faltaba, cosa bien importante, pero lo que más me llamó la atención fue una india, muy anciana, que apenas tenía aspecto humano, acostada cerca al fuego dentro de una nube de humo y quien era el fuelle de la cocina; la pobre mujer tenía la piel apergaminada y los ojos ulcerados; me dijo que estaba acostumbrada y que dormía sobre un cuero que me mostró pues hacía más de 30 años que no había cambiado de sitio y me dijo que ni siquiera iba a la misa, pues estaba muy lejos para sus piernas. La cocinera fuelle preparó una espléndida cena compuesta de una mezcla de pollo, de cerdo de las Indias y de papas, todo muy picante, preparado con ají; tomamos chicha a discreción, pues el cura de Pasto había dispuesto muy bien las cosas. Comí todo revuelto, sentado en el suelo, cerca de la pobre anciana y manifesté mi sorpresa por la abundancia de la cena, a lo cual “el fuelle” contestó que todavía faltaban otras personas para comer; me volví y vi en la oscuridad a cuatro mocetones de buena estatura: los hice acercar y vi que eran mulatos o zambos, envueltos en trapos sucios con fisonomías verdaderamente patibularias; cada uno tenía un machete y eran los guías que habían sido enviados por el cura.

Mientras devoraban los restos, bastante copiosos, de mi cena, les hice algunas preguntas: “¿quiénes son ustedes? ¿De dónde vienen?” Uno de ellos contestó: “somos antiguos soldados del rey, nos escondemos en las cavernas del volcán desde la ‘rebusca’ (desde que nos persiguen); recogemos azufre que llevamos a vender”. Después de darlas gracias, dichas por uno de estos hombres al margen de la ley, se acostaron en el suelo, yo al lado del viejo “fuelle” que olía fuertemente a creosota. Pronto se durmieron todos los presentes. Excepto yo que fumaba un cigarro pero al fin también dormí, arrullado por los ruidos que hacían los curíes que habían escapado de formar parte de mi cena; muy por la mañana mis guías dieron la señal de salida, los puse en fila y le dije al primero: “tú llevarás mi sable”, al segundo le confié mi bolsa y la caja de reactivos, al tercero le confié el barómetro y al cuarto una brújula y las cobijas; yo me reservé mi abrigo y en cuanto a los víveres, los repartí. Al entregarles a esos bandidos mis armas y mi dinero, procedí prudentemente: era una muestra de confianza que daba a aquellos a cuya merced me iba a encontrar. Después del chocolate nos pusimos en camino a las 5:15; el viejo “fuelle” dándome la bendición me prometió rezar por mí, lo que le agradecí afectuosamente. Como la noche había sido clara, hacía frío y anduvimos a través de unos matorrales donde los guías abrieron una trocha con sus machetes: ese era un trabajo rudo y subíamos lentamente.

Tres horas después, a las 8, habíamos logrado pasar lo más espeso de la selva y nos encontrábamos en un claro llamado El Salado; luego vimos los pajonales y más arriba, con gran sorpresa mía, entramos a un lugar de helechos arborescentes. A las 9 habíamos llegado a la base de un muro de traquita, la piedra Rumichaca, con fisuras en todos los sentidos, especialmente en forma horizontal, de manera que a distancia aparecía estratificada. La piedra está cubierta de bloques de roca y la traquita en este punto es una pasta negra, compacta, brillante que contiene cristales de feldespato blanco vidrioso; sobre algunos fragmentos la roca tiene el aspecto de pómez y contiene agujas de piroxenos; allí nos detuvo una hondonada muy profunda llena de bloques de roca y teníamos que atravesar este obstáculo para llegar, por una pendiente muy suave, hasta el volcán. La dificultad consistía en bajar al abismo, empresa que no dejaba de tener peligros, debido a la profundidad que calculé en 400 metros.

La opinión de los guías se hallaba dividida. De acuerdo con unos debía atravesar por donde estábamos, pero los otros calculaban que era peligroso caminar por un piso tan movedizo, así que pensaban que era preferible llegar hasta el Guáitara que se alcanzaba a divisar en el Sur y de allí subir, por el lecho del torrente, por una pendiente relativamente suave que terminaba en el volcán y creían que una jornada sería suficiente para llevar a cabo sus proyectos. En el estado de incertidumbre en que me encontraba, pedí a 2 guías que ensayasen el paso directo: a gritos nos avisarían cuando hubiesen llegado al fondo del precipicio. Los dos hombres co­menzaron a bajar sin ninguna vacilación y una hora después de su salida, la señal convenida anunció que podíamos seguirlos, lo que hicimos marchando con mucha precaución. De pronto se soltaron algunas piedras que se veían rodar a una velocidad increíble hasta el fondo del abismo; los guías enviados adelante y que ya se hallaban al lado opuesto, nos observaban; con la voz y el gesto trataban de indicarnos la dirección que debíamos tomar, pero poco los oíamos porque en las regiones elevadas la voz pierde intensidad y sus gestos se distinguían mal, debido a la distancia. Al seguir caminando nos encontramos, de pronto, en un paso escabroso arriba de un lugar escarpado de mas de 60 metros de altura; una saliente, especie de cornisa permitía el paso; pero estaba compuesta de arcilla mojada y resbalosa: uno de los guías que se aventuró por ahí, no se pudo mantener sino hundiendo con fuerza los dedos de sus pies en el barro y no se atrevió a dar un paso mas hacia adelante. En ese momento los guías que se encontraban al otro lado, lanzaron grandes gritos de alarma y gesticularon de manera de hacernos comprender que había que pasar mas arriba. En efecto, seguimos sus indicaciones y nos dimos cuenta de que por encima de nosotros había una roca en donde nos fue posible apoyarnos y agarrarnos, lo que nos permitió llegar al fondo de la hondonada del Rumichaca.

Recogí diversas variedades de traquitas, entre otras una roca blanca, compacta, que toma las características de la alunita y procedentes de un espeso yacimiento de mineral de alumbre. Tuvimos más dificultades en salir de la hondonada, de las que habíamos tenido al bajar; en efecto, el piso era poco estable y la pendiente más fuerte. Necesitamos 2 horas para ascender. Nos encontrábamos sobre el volcán: se veían surgir los vapores y las rocas estaban pintadas de azufre y lo que era más curioso, se veían masas enormes de yeso anhidrita granular, con estructura sacaroidal; se podrían haber confundido con bloques de mármol de carrara; el yeso contenía azufre, de manera que el sulfato de calcio es un producto del volcán de Pasto. Continuando la ascensión llegamos al cráter, que no es de erupción, formado por la expansión de la lava; esta cavidad que se encontraba entre muros de traquitas, tiene una dirección NE-SO. Describir este sitio sería imposible; en una longitud de varias centenas de metros hay una acumulación de fragmentos de roca de toda dimensión, entre los cuales aparecen grandes fisuras, verdaderos orificios, de donde salen chorros de vapor de azufre con un silbido formidable; el suelo temblaba bajo nuestros pies. La situación era singular: un cielo azul oscuro, una atmósfera sulfurosa que hacía difícil la respiración, una calma perfecta y, a pesar del calor subterráneo, un aire frío, pues a una veintena de metros de las fisuras, el termómetro marcaba 3,9° y el barómetro indicaba una altitud de 4.085 metros, con temperatura de 6,1°.  

Allí me instalé a conveniente distancia de una fumarola, para sentir calor sin correr el riesgo de quemarme. Mis bandidos me cuidaban como si fueran nodrizas y después de haber tendido mis cobijas procedieron a cocinar prendiendo fuego con leña cortada en el bosque de helechos; luego uno de ellos bajó, no sé a dónde, para tratar de encontrar agua que no fuera sulfurosa. Dormí profundamente durante una hora y luego almorcé: eran las 2. Habían pasado 9 horas de violentos ejercicios, sin que hubiera tomado más que una taza de chocolate antes de salir de Genoy. Una vez reposado, examiné el terreno: cerca del orificio principal, las traquitas, excesivamente porosas, están constituidas en parte por una aglomeración de tenues cristales de piroxeno mezclado con feldespato vitroso; por todas partes se encuentran pedazos poco voluminosos de una especie de pómez, de gris sucio, de una densidad superior a la del pómez ordinario; con frecuencia la roca tiene cristales de azufre de color naranja cuando está caliente que recupera su color amarillo pálido al enfriarse. Aquí y allá, recogí obsidiana negra y translúcida; algunos fragmentos tenían la particularidad de que estaban tumefactos. La traquita in situ no difería mucho de la que habíamos visto. Era tal el calor en la boca del orificio principal que no logré obtener gases; tuve que limitarme a reconocer que los vapores emitidos estaban evidentemente sobrecalentados por su contacto con las rocas del interior porque a la altitud en que me encontraba, el mercurio se sostenía en el tubo barométrico a 472 milímetros y a esta presión el agua hierve a 87°. Un termómetro colocado en el vapor, subió rápidamente a 102° y se habría roto sino lo hubiese retirado inmediatamente; tuve que reconocer que a muy poca profundidad el estaño entraba en fusión, lo que no sucedía con el plomo que tenía preparado. Como resultado encontré que la temperatura fue un poco superior a los 235° sin llegar a 332°. Para obtener gas necesité apelar al vapor de un orificio menos caliente, ya que el vapor no pasaba de 91°, tuve la seguridad de que estaba mezclado con aire frío; sin embargo, contenía 78 panes por 100 de gas de ácido carbónico gaseoso y muestras de ácido sulfhídrico. No encontré ácido clorhídrico en el vapor, lo que me demostró que, como en los volcanes del Tolima y de Puracé, las emanaciones gaseosas son formadas por vapor de agua, ácido carbónico y ácido sulfhídrico.

Para tomar la temperatura de los orificios, me había colocado sobre una gran piedra que formaba un puente sobre la fisura; quise hacer cocer un pedazo de carne amarrado a una pita, al calor del volcán; la piedrapuente se movía constantemente y estábamos rodeados de fumarolas, nos ensordecían los rugidos y los bramidos subterráneos que es el ruido que procede o acompaña los temblores de tierra. El guía cocinero mostraba su inquietud y me dijo a media voz: “¿y si escupiese?” Le contesté que estaríamos perdidos y entonces con una calma absoluta me contestó: “es lo que me parece”. No había duda: además todo anunciaba una gran actividad volcánica: el movimiento continuo del suelo, los silbidos de los chorros de vapor, el ruido del agua hirviente que alcanzábamos a oír debajo de nosotros, parecían anunciar una catástrofe: mis hombres, habitantes de Pasto, sabían del asunto, pero no se veía ningún indicio de un fenómeno ígneo. Parece que es durante las erupciones propiamente dichas, cuando el fuego se manifiesta.

Bloques de traquita incandescentes son entonces lanzados a una altura prodigiosa: el general Flórez fue testigo un día que dirigía una columna armada sobre Pasto: “El aire estaba lleno de globos de fuego y las detonaciones recordaban el ruido de cañones de gran calibre”, me dijo. Me mostraron en los pajonales, cerca de Rumichaca, bloques de una traquita negra, porosa, escarificada, enterrados en la tierra hasta 1 metro de profundidad. Se debe imaginar la altura que alcanzaron las piedras incandescentes para haber penetrado tan profundamente al caer en un terreno tan resistente.

El volcán de Pasto lanza también cenizas que los vientos llevan a grandes distancias durante ciertas erupciones; las plantas están recubiertas de ellas. Yo me había instalado confortablemente entre los bloques de roca, sobre un piso caliente y al abrigo del viento a más de 4.000 metros por encima del nivel del mar; muerto de fatiga y mecido por el canto de mis guías, caí en un profundo sueño. Puedo decir, sin metáfora, que dormí sobre un volcán. Al terminar mis observaciones resolví bajar por una pendiente diferente a aquella por donde había subido. A las 3 encontramos una fisura muy profunda en donde, afortunadamente existía un puente de piedra construido antes de la Conquista, según me aseguraron el puente de Rumichaca, muy cercano al abismo que habíamos atravesado con tantas dificultades: por este camino, debíamos haber subido, haciendo sin duda una gran vuelta, pero de más fácil acceso. Si no lo hice así, fue porque mis guías de raza india, prefirieron marchar en línea recta, sin dejarse detener por los obstáculos.

En el puente de Rumichaca: Altitud 3.076 metros, temperatura 11,6°.

Así que por una pendiente bastante suave habíamos bajado a metros por debajo del punto de nuestro volcán: 2 horas después entrábamos en el pueblo de Genoy. La traquita sobre la que habíamos andado presentaba un aspecto distinto de la del cráter, una pasta gris claro con cristales alargados de feldespato azul. Para reposar bien, fui a dormir a la cabaña del indio; el viejo “fuelle” encantado de yerme, atribuyó a sus rezos una buena parte de mi feliz viaje, alegría de la cual fueron víctimas los curíes pues tuvimos un excelente sancocho. Al día siguiente, a las 7 me despedía del indio y de la vieja india. Hice poner en fila a mis guías y a cada uno le di una piastra; estos pobres proscritos me agradecieron con una efusión que me emocionó; me rogaron acordarme de ellos si regresaba al volcán; yo había sido su huésped y estos hombres endurecidos por el sufrimiento y quienes me colmaron de los más afectuosos cuidados, habrían robado y seguramente hasta asesinado sin el menor escrúpulo, al oficial republicano si no les hubiese sido recomendado por el obispo de Popayán.

Me dirigí lentamente a Pasto después de haberme detenido para admirar una vez más la fantástica cascada de Genoy y la espléndida vegetación que la enmarca. Encontré que la altitud en la base de las cascadas es de 2.631 metros y la temperatura de 12,8°. El viento venía del Este, dirección que había observado en la cima del volcán; por lo demás me parece haber tomado nota de que, con buen tiempo, los vientos alisios reinan constantemente en las altas montañas intertropicales.  

Desviándome un poco del camino entré en el caserío de Panciaco, para examinar una fuente termal de la que me habían hablado. Sale a la derecha de un río; tiene agua ácida, gaseosa, ferruginosa y con temperatura de 36,1°, siendo la del aire de 15,6° es abundante y deposita un sedimento calcáreo concrecionado del que está formado el fondo del pequeño valle de Pandiaco. Este calcáreo produce la cal que se usa en Pasto, (altitud 2.511 metros, 16,7°). A las 10 estaba en Pasto en donde encontré a mi soldado español en su puesto, cerca de los equipajes y no aceptó ninguna gratificación, diciendo que había cumplido una orden.

Mis monjes de San Agustín y especialmente el padre Urbano, me acogieron con demostraciones del más vivo afecto y me prometieron una cena deliciosa; me apresuro a agregar que cumplieron su palabra. Me visitaron el cura y el gobernador, quienes me felicitaron por el éxito de mi exploración; a mediodía fui a visitar la iglesia de Jesús, en donde la mayor parte de los habitantes se encierran una vez al mes, por lo menos, para meditar, orar y flagelarse. Creo, sin tener la prueba, que pasan cosas curiosas entre los flagelados y flageladas, porque los sexos se azotan recíprocamente: un devoto me decía: “don Juan, no hay nada que agite los sentidos como esto. Venga conmigo a Jesús y verá...” Le respondí: “¿Pero me flagelarán?”, y me contestó: “Sí pero sin mucha fuerza”. El prior deseaba presentarme a la abadesa de Santa Clara y yo rehusé debido a que había logrado, hasta ese momento, mantener mi incógnito pues yo no era un extraño en el convento: he aquí las circunstancias por las cuales había conocido a la madre abadesa, mujer muy respetable tanto por su edad como por su carácter. Pero para ello tendremos que retroceder unos años.

Fue en 1827, poco después de la fatal expedición que hice por los llanos del Apure y del Meta y cuando mi salud estuvo tan comprometida. El ministro del interior, Manuel Restrepo, me había encomendado la tarea de levantar el curso del Río Grande de la Magdalena de Honda a Neiva, misión que no pude cumplir por haber sido llamado por las autoridades militares para nivelar los desfiladeros del Juanambú y del Mayo, tan célebres por los combates que el ejército patriota había tenido con los insurgentes de las provincias de Pasto y del Patía. Hacia el año de 1827, el Libertador derrotó a los realistas en una batalla sangrienta: el enemigo había cometido atrocidades y había asesinado a algunos prisioneros; el castigo que en 1823 Sucre infligió a los pastusos al destruir una parte de la ciudad, no había producido ningún efecto; las bandas de insurrectos eran difíciles de capturar, pues al ser derrotadas, se dispersaban en las montañas, para reagruparse de nuevo. Después de una acción de las más violentas, Pasto fue ocupada y Bolívar, quien deseaba hacer un escarmiento, decidió que la ciudad sería sometida al pillaje durante dos horas. Los habitantes, consternados, enviaron al cura para que suplicase al vencedor que protegiese, por lo menos, al convento de Santa Clara, en donde vivían en paz unas cuantas religiosas inofen­sivas y en donde las mujeres y las jóvenes de las principales familias encontrarían un asilo. El Libertador acogió la solicitud y prometió enviar como salvaguarda a un oficial para que protegiera a la comunidad. Fue así como momentáneamente dejé mi barómetro y mis brújulas y salí con el cura en compañía de un lancero; me presentaron a la superiora y me alojaron en una habitación confortable y pusieron a mi disposición y servicio a una hermana conversa, mientras mi soldado quedó de vigilante en la puerta del monasterio. No describiré las escenas de desorden a las que asistí: felizmente para todos pronto la soldadesca se emborrachó al asaltar todas las chicherías. Esta fue una orgía tremenda; al terminarse el tiempo señalado para el saqueo, tocaron a retirada y cesó el desorden. Parecía que mi misión hubiese terminado, así que ordené a mi lancero que ensillara y fui a despedirme de la madre abadesa: la buena religiosa no quiso dejarme ir, pues por miedo a los asaltantes, deseaba que permaneciese algunos días más. La tranquilicé y le recordé las instrucciones que yo había recibido y debía obedecer, pero como ella había previsto todo, me contó que a solicitud suya el cura me había autorizado a diferir mi partida. Así que seguí en mi celda, sin ninguna inquietud y a falta de oficio, me puse a observar a la hermana conversa; era una morena pálida, mate, con ojos y cejas negros, lo que le daba una fisonomía extraña y además poseía un bigote de lo mejor que yo había visto; su carácter era alegre y me contaba en forma divertida, las insensatas descripciones que hacía de mí a las otras religiosas que no dejaban de inquirirle. Al preguntarle si en vista de sus excelentes bigotes, no tendría ante mi a un muchacho en vez de una mujer, soltó una gran carcajada: ¡evidentemente era una mujer!.

Me encontraba en el convento muy a mi gusto: hacía tiempo que no dormía en una buena cama, la cocina era espléndida, especialmente las confituras que eran deliciosas, como solamente saben prepararlas las monjas: la abadesa venía de cuando en cuando a averiguar cómo estaba yo, al igual que “Bigotilla”, que así llamaba yo a mi ayuda de cámara, pues nunca le conocí su nombre y me confesó que ese era el que le daban. Nada tan divertido como la beata apariencia que afectaba en presencia de la superiora: los ojos bajos sin abrir la boca, a me nos que fuera para contestar alguna pregunta. Al fin, a mi salida del convento, hice pedir a la madre el permiso para ir a besarle su mano: la buena señora me acogió con mucha amabilidad y agradeció mis servicios; pude volver a ver otra vez el rostro ascético, marcado por más de medio siglo de vida monástica; a “Bigotilla” no la volví a ver. ¿Dónde se habría escondido cuando yo salía?

Al llegar al cuartel general fui sometido a un curioso interro­gatorio: el general me preguntó:  

—“¿Qué vio usted en Pasto?”  
—“Borrachos”.  
—“¿Qué ha hecho usted?”  
—“Nada”.  
—“Tiene la cara de un desenterrado, ¿no lo trataron bien las señoras?”  
—“Al contrario, mi general, no vi sino a una religiosa, la venerable abadesa, quien me llenó de atenciones. Cuánto diera para que tuviéramos aquí una cocina como esa de la que gocé allá”.  
—“Pero entonces, ¿por qué está tan pálido? Parece enfermo”.  
—“Ah, mi general, es que para cuidarme me habían asignado como asistente a una hermana conversa, a quien puse por nombre ‘Bigotilla’, debido a sus bellos bigotes negros”.  
—“Bien, bien, parece que lo asistió muy a fondo su asistente”, replicó riendo el general.

Terminado el interrogatorio, regresé a mis instrumentos y de “Bigotilla” jamás volví a oír hablar.  

anterior | índice | siguiente