CAPÍTULO XIX
Viaje de Popayán a Pasto — Estancia en Pasto.
Me dirigí a Pasto, pasando por Timbío a donde llegué después de
4 horas de marcha al paso de las mulas. El cura me recibió bien,
pero estando yo sin comer desde Popayán, me pareció que cenaba mal
y muy tarde; la mesa estaba puesta con un espléndido servicio de
plata en el cual no vi sino una sopa aguada y un pedazo de tocino.
Cayéndome de fatiga pude, al fin, extenderme sobre un camastro
(altitud 1.860 metros, temperatura 19.9°). La población está
construida a media ladera, sobre la orilla izquierda del río Timbío
y rodeada de encinas gigantescas (Quercus Humboldii).
El 24 de mayo, a las 11 bajamos a la quebrada de las Piedras y
luego, caminando hasta el alto de las Cueritas (altitud 2.000
metros) bajamos de nuevo al río Quilcacé (altitud 1.377 metros,
temperatura 24,4°). La población de Timbío se halla sobre una
cuchilla que es una prolongación de la Sierra del Tambo, al oeste
de Popayán, línea de separación de las cuencas del Cauca y del
Patía. Este es un río cuyo curso es de lo más extraño y en donde el
viajero está expuesto a cometer errores, debido a los distintos
nombres que le aplican los indios.
Nace en el pretendido volcán del Sotará y, sobre su largo total
que no es menor de 500 kilómetros, recorre 80 kilómetros con el
nombre de río Sotará y de Quilcacé; no toma el nombre de Patía sino
después de la entrada del Timbío; entonces corre entre dos cadenas
de montañas en donde recibe sucesivamente el Guachicono, Mayo,
Juanambú y Guáitara y, como si allí hubiese roto un dique, sube de
pronto hacia el NNO para desembocar en el océano Pacífico.
A las 5 llegué a una posada en la Horqueta, en donde existen
algunas miserables cabañas y donde el mal tiempo me obligó a pasar
todo el día 25. Además las mulas necesitaban descansar, lo mismo
que yo; allí me llamó la atención que en un rayo de Sol que
penetraba en mi choza, más o menos oscura, no vi ninguna de esas
partículas que uno está acostumbrado a ver suspendidas en el aire,
hecho que se debió sin duda a la transparencia del mismo, pues
debido a la lluvia que había caído sin interrupción en las últimas
24 horas, el terreno circundante estaba mojado en una gran
extensión. El 26, la Horqueta (altitud 1.520 metros, temperatura
17,2°). A las 8 dejé con gusto mi habitación en donde había pasado
dos noches bajo un techo que daba abrigo a una mujer muy enferma; a
muchos niños pequeños, a algunas gallinas y a un cerdo. Encontré
que la temperatura del suelo era de 19,2°. A las 10 nos resbalamos
por un camino embarrado hasta la quebrada de Portachuelo; a las 11
pasamos el torrente Esmitá que arrastra bloques de cuarzo,
probablemente arrancados al esquisto micáceo, cerca de la hacienda
de Esmitá (altitud 1.158 metros, temperatura 25,4°) se explota un
calcáreo que se transforma en cal; parece ser un depósito salino y
en efecto, supe más tarde, que en la hacienda de Quilcacé hay
fuentes saladas. Caminando a lo largo del torrente, atravesamos la
quebrada de Salvaleta, cuya arena que proviene de escombros
porfídicos, parece ser aurífera. También se ven, en el lecho de la
quebrada, estratos de ese peculiar depósito arenáceo, que ya señalé
en la Vega de Supía y que cubre las rocas que contienen oro.
Seguimos marchando sobre un suelo árido, expuestos a un Sol muy
ardiente y solamente a las 2 de la tarde llegamos al sitio de los
Árboles, en donde había un rancho rodeado de algunos árboles que
habían crecido en plena sabana; allí acampamos después de haber
tenido buen cuidado de preparar las armas y de alistar la carta del
obispo, porque temíamos un ataque de los bandidos que infestaban la
región. Después de haber apostado a un centinela, dormí
profundamente, gracias al silencio y a la frescura de la noche. En
los Árboles (altitud 1.475 metros, temperatura 29,9°), localicé la
Horqueta al NNE. Al este se ve el camino que conduce a
Almaguer.
El 27 salimos a las 8. A mediodía llegamos a quebrada del
Limoncito, (altitud 1.086, temperatura 28°). Por la tarde teníamos
el río Guachicono, a la izquierda, formado por los ríos San Pedro,
Limoncito y San Antonio y a las 5 estábamos en El Bordo, desde
donde se domina el valle del Patía. Allí no se encuentran sino
algunas casas habitadas por mulatos famosos durante la guerra de la
Independencia, por las atrocidades que cometieron con las tropas de
la República y por su devoción a la causa realista. Para mí, que no
disimulaba mi cargo, era un vecindario peligroso. Allí es donde
reside ordinariamente el cura de Patía a quien hice una visita. Ya
sabía de mi llegada y me pidió noticias de mi amigo el obispo de
Popayán: el pillo me dio su bendición como un sapo que lanza su
veneno; a mi parecer tenía ante mí a un verdadero jefe de bandidos;
nunca habría logrado hacerme una idea exacta de la ignorancia de
este miserable, si no me hubiera llenado de preguntas: apenas
entré, me averiguó si París era más grande que Francia, si había
correos en mi país, si los soldados franceses sabían utilizar la
bayoneta, si a los ingleses les estaba permitido entrar en Roma,
etc. Compadecía a los ingleses por su herejía.
Me hizo un gran elogio de la nación española, la más rica y la
más poderosa del mundo y me dijo: “Si mañana yo gritara ¡viva
el rey! vería usted comandante, que todos los habitantes del valle
del Patía me rodearían y con este grito los muertos
resucitarían”, y para mi gran sorpresa me preguntó si había
leído a “Telémaco” y habiéndole traducido “Calypso
no podía consolarse de la partida de Ulyses”, el cura gritaba:
“Ha leído Telémaco”.
Sobre la ruta que seguí, varios curas me hicieron la misma
pregunta: “¿Ha leído a Telémaco?”, cosa que me
sorprendía, pero la explicación fue fácil cuando supe que un vendedor que me había
precedido llevaba un cargamento de “Telémaco”
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que vendía por el camino.
El cura de Patía parecía un espectro, efecto del clima, según él:
hacía meses que no podía montar a caballo debido a encordes
(hemorroides); le aconsejé un tratamiento que le haría un gran
bien. Rehusé la cena que me ofreció este poco agradable personaje y
fui a acostarme en la cabaña de un viejo guerrillero; antes de
subir a la hamaca reemplacé, delante de él, las cargas de mis
armas. El Bordo (altitud 1.011 metros, temperatura 23,5°).
28 de mayo. Noche muy desagradable la que pasé en el Bordo;
tenía como compañeros de habitación algunas negras y negritos,
tendidos en el suelo y que exhalaban un olor repugnante. Varios
cerdos habían invadido la habitación y lo peor era que una parte de
la familia ocupaba, encima de mí, una barbacoa, especie de una
buhardilla, de donde caía un polvo sospechoso; como la lluvia me
impedía acostarme afuera, me puse a fumar para conjurar los
miasmas. A las 9 bajé hacia el valle, siguiendo un río ya mediodía
entraba en el Patía. ¡Qué habitantes! El calor era asfixiante; en
una casa en donde almorcé, el propietario, enfermo, me confundió
con un español, lo que me cuidé mucho de negar. El Patía tiene un
clima mortífero, nadie puede aclimatarse y se vive entre un
pantano; el agua que se bebe es caliente, causa primordial de
insalubridad, de acuerdo con mi experiencia. (Altitud 697 metros,
Temp. 30,5°).
Bajando hacia el río Guachicono, la roca parecía un grünstein en
fragmentos globulares que creo que pertenezca a un depósito aluvial
que encierra, además, cantos de esquisto micáceo, de granito y de
pórfido. A las 5 atravesamos el río cuyas aguas estaban muy altas,
pasando por un vado seguro. Al borde el Guachicono altitud 635
metros, temperatura 24,4°. El San Jorge que debíamos atravesar de
primero, está dividido en tres ramas, generalmente poco profundas,
aunque poco faltó para que hubiésemos naufragado. Nuestro arriero
quiso pasar el primer brazo que era vadeable: lancé mi mula y me di
cuenta de los grandes esfuerzos que hacía para resistir la
corriente, pero como el agua no le llegaba a la cincha, consideré
que no había ningún peligro; una de la mulas de carga que seguía de
cerca, pero que no era suficientemente alta, fue arrastrada, dio
varias vueltas sobre sí misma y la creíamos perdida; su cargamento
consistía en dos baúles que contenían mi ropa, mi diario e
instrumentos preciosos, además de mi dinero; afortunadamente la
corriente la llevó a una playa en donde logró hacer pie. Mientras
que yo consideraba con tristeza la pérdida que iba a sufrir, el
arriero gritó con desesperación: “que todo se pierda, pero por
amor a Dios; apresúrese a pasar el río que está creciendo y si nos
demoramos, moriremos todos.” El grito fue muy a tiempo porque
el peligro era inminente: me boté al otro brazo, las mulas me
siguieron y al fin el paso del tercer brazo se llevó a cabo en la
misma forma.
Todo fue a tiempo: si nos hubiésemos demorado algunos minutos,
nos habríamos ahogado. Apenas habíamos llegado a la orilla opuesta,
la playa de donde salimos estaba inundada y los tres brazos
formaban uno solo y el torrente crecía a ojos vistas con un
terrible rugido causado por las piedras que rodaban. La lluvia caía
con acompañamiento de truenos: era una escena espantosa. Al huir de
la inundación encontramos en el centro de un barrizal, una cañada
miserable donde vivía la familia de un negro: el padre, la madre y
los niños estaban afectados de una enfermedad venérea y cubiertos
de horribles “bubas”. Logramos colgar mi hamaca en el
rancho y fue una gran suerte, pues en el suelo croaban asquerosos
sapos.
29 de mayo. Los zancudos, un ejército de cucarachas y el croar
de los batracios me privaron de un sueño que me habría venido muy
bien, después de una jornada tan fatigante. Se habían perdido dos
mulas, así que no pude salir sino hasta la 1 y utilicé la mañana
para hacer secar, gracias a un pálido Sol, los papeles y libros que
se habían mojado. Siempre encontrábamos los espesos aluviones
estratificados en el fondo de los valles.
A las 5 nos detuvimos en el alto de la Mojarra, en donde
obtuvimos carne fresca, chicha excelente y sin moscas; habíamos
atravesado tres ríos: el Poturito, el Cangrejo y el Mojarra que van
al Patía.
30 de mayo. Tuve una buena noche en el alto de la Mojarra
(altitud 1.018, temperatura 22°); a las 9 salimos caminando siempre
sobre los aluviones estratificados; me parecía estar en los llanos
de Mariquita y de Ibagué sobre la orilla izquierda del Magdalena,
pues era el mismo paisaje, el mismo calor y la misma miseria. A
mediodía llegamos a la población de Mercaderes (altitud 1.236,
temperatura 27,7°). Desde el río Guachicono marchábamos en
dirección sur-occidente; a las 4, para protegernos del violento
Sol, nos alojamos en el sitio de Sombrerillo, en una cabaña llena
de enfermos y de moribundos (altitud 1.271 metros, temperatura
29,7°).
1 de junio. Salimos de Sombrerillos a las 9 y anduvimos
constantemente sobre el aluvión estratificado. En el valle del río
Mayo, este aluvión atrajo mi atención por la enorme cantidad de
traquita blanca porosa, con hojillas de mica negro; estos
fragmentos de pómez son de forma ovoide; bajando hacia el salto de
Mayo me mostraron la casa de Erazo, uno de los más famosos bandidos
del Patía. A mediodía estaba sobre el puente del río Mayo (altitud
1.187 metros, temperatura 27,7°). Allí me demoré para contemplar la
belleza del lugar. El puente está construido en piedras, a más de
13 metros por encima del río, encajado entre dos muros tallados a
pico: hacia arriba una de las rocas presenta una saliente tan
cercana a la roca opuesta, que parecería que fácilmente se podría
saltar de una a otra; entre esas dos rocas de traquita se precipita
el torrente formando una bella catarata, un poco arriba del puente:
éste es el salto de Mayo. El esplendor de la vegetación, la cascada
que cae con ruido presentan un espectáculo imponente; ¡allí uno no
se siente solo! Decidí tomar la delantera y no tardé en desaparecer
de mi gente; mi dirigí hacia las cuchillas cuando me encontré con
un hombre de semblante poco atractivo; ¿sería Erazo? En todo caso,
amablemente me indicó el camino que debía tomar, pues yo había
andado inútilmente durante 2 horas. La dueña de la venta a donde
llegué, mujer excelente, demostró una viva inquietud a la vista del
cuello rojo de mi uniforme y me dijo: “entre usted en esta
pieza y no importa lo que oiga esta noche, no se mueva” e hizo
esconder mi silla y mis baúles en alguna parte de la casa. Había un
“angelito”, un encantador niño muerto, colocado sobre una
mesa, rodeado de flores y con su madre acongojada sentada cerca de
él, mientras que se bailaba un “fandango” endemoniado y
se bebía en exceso para celebrar el viaje del alma del querubín
hacia el paraíso. Nada más triste que el contraste que hace un
dolor profundo y una loca alegría; varias veces me tocó asistir a
esta triste escena del “angelito”. Hacia medianoche oí
gritar: “¿quién vive? y una voz desde el exterior contestó:
“el rey”. Comprendí en seguida que me encontraba en medio
de una partida de realistas y que esto era un conciliábulo de
pastusos insurrectos. Discutieron con vehemencia, pero a través de
la puerta de mi cuarto no pude comprender nada de lo que dijeron;
una hora después todos se habían ido. Cuando desperté, la buena
posadera me anunció que podía salir a desayunarme y añadió que
quien había contestado “el rey” era el famoso Erazo. El
hecho fue que la excelente mujer había tenido mi vida en sus manos
y más tarde supe que había pasado la noche en la misma habitación
en donde se había acostado el gran mariscal Sucre, la víspera de su
asesinato. A propósito de este terrible acontecimiento debo
remontarme algunos años:
Después de los desastres del Perú, los Estados que por su unión
constituían la República de Colombia—Venezuela, Nueva Granada
y Ecuador— manifestaron la intención de separarse para formar
tres estados independientes. Venezuela tuvo su congreso y luego
Bogotá. El Ecuador, administrado por el general Juan José Flórez,
resolvió también emanciparse y además asimilar al nuevo Estado la
Provincia de Pasto. El general Mosquera, elegido presidente de la
República del centro (Bogotá), ordenó al comandante general de
Popayán, ocupar lo más pronto posible a Pasto con el regimiento
Varylas, para dar al traste con los proyectos de Flórez. Sucre, el
gran mariscal de Ayacucho, se encontraba en Bogotá disponiéndose a
ir a Quito para reunirse con su familia. Prometió al vicepresidente
Caicedo, utilizar toda su influencia para evitar la separación de
los departamentos del Sur y salió de la capital por la ruta de
Popayán a Pasto, aun cuando varios de sus amigos le aconsejaron
tomar el camino del Valle del Cauca y embarcarse en Buenaventura
con destino a Guayaquil; temían por su vida si atravesaba las
provincias de Pasto y de Patía, llenas de miserables entre los
cuales se contaban muchos enemigos personales, debidos a la
implacable guerra de 1822 a 1823. El gran mariscal fue inflexible;
llegó sin problemas a Popayán y después supo que tan pronto llegó
allí, el estado mayor envió un correo al comandante general de
Pasto, Obando. Se solicitó de nuevo a Sucre ir por Buenaventura,
pero el deseo de volver a ver a su mujer y a su hija, le hizo
rechazar esta sensata proposición y sin pedir una escolta, se puso
en camino acompañado solamente por García Trelles, diputado de
Cuenca y de dos sirvientes. Debo añadir que fue gracias a
circunstancias especiales que yo no me hallaba con el gran
mariscal, pues habíamos convenido en que yo le seguiría a
Quito.
En el salto del río Mayo, el 2 de junio Sucre pasó la noche en
casa de Erazo; no había recorrido sino dos leguas, cuando llegó a
la venta y le sorprendió encontrar a Erazo, a quien había dejado
atrás. Algunas horas después llegó el comandante Zarria que venía
de Pasto; Sucre comprendió rápidamente que el encuentro de esos dos
miserables no era fortuito y que su vida estaba amenazada y aun
cuando Zarria le aseguró que iba a Popayán en una misión urgente,
le ordenó a sus asistentes preparar las armas. El 4 a las 8 de la
mañana, Sucre y su compañero salieron de la venta para entrar en la
espesa selva de Berruecos; apenas habían recorrido media legua,
cuando en la angostura de la Jacoba en donde el camino es muy
angosto, salió un disparo de fusil de la espesura y el mariscal
gritó: “una bala” y en el mismo momento hubo tres
disparos más, hechos de los dos lados del camino. El infortunado
general cayó golpeado por cuatro balas, su asistente principal que
le seguía de cerca, voló a su socorro pero lo encontró muerto; bajó
a la venta para buscar hombres y llevar allí el cuerpo del
infortunado; los asesinos le seguían ocultos en la selva y le
gritaron que no tenía nada que temer; de la venta nadie osó
seguirlo para entrar al monte y solamente a la mañana del día
siguiente, Sucre fue enterrado muy cerca del sitio en donde fue
atacado; allí se colocó una cruz sobre su tumba. Su muerte produjo
gran conmoción y se le atribuyó, no sin razón en mi opinión, a los
generales Flórez y Obando, quienes tenían interés en la
desaparición del gran mariscal; Zarria y Erazo fueron los
ejecutores.
Sucre fue uno de los hombres realmente más importantes entre los
libertadores de América del Sur. Poseía, en el mayor grado, el
espíritu militar. La victoria sobre los españoles de Ayacucho, fue
decisiva; el ejército castellano comandado por Espartero, entregó
las armas y por su capitulación obtuvo la facultad de embarcarse
hacia la madre patria; los oficiales que así lo desearon pudieron
entrar al ejército de la República.
El 4 de junio de 1831, precisamente un año después del
asesinato, salí de la venta a las 7 para entrar en la selva de
Berruecos. A las 8 pasé cerca de un claro, a la derecha del camino,
llamado La Capilla porque ahí hubo alguna vez una capilla, pero en
ese entonces no había sino una gran cruz formada por dos troncos de
árbol: en ese sitio enterraban a quienes encontraban muertos en la
selva y allí reposa el cuerpo del infortunado gran mariscal. Me
apeé y me descubrí; mis gentes se arrodillaron para rezar. Pronto
llegamos a la Jacoba en la angostura, en donde los asesinos se
habían emboscado para disparar sobre Sucre. A la una estábamos en
el Arenal, el punto más elevado de la selva en donde almorcé de
pie, bajo una fuerte lluvia (altitud 2.779 metros, Temp.
16,2°).
El descenso fue difícil porque seguimos una hondonada llena de
cantos rodados de grünstein.
A las 2 logramos salir del monte y reconocí la sienita
porfídica, en un todo parecida a la roca negra de las minas de oro
de Marmato. A las 5 llegamos bien mojados a una choza en un sitio
conocido con el nombre de Olaya, en donde resolví pasar la noche;
las mulas no habrían podido seguir adelante. En el centro de la
cabaña habla un fogón y muy cerca una mujer ocupada en tejer un
poncho o algunas ruanas; la obra me pareció perfecta, ¡pero cuánto
trabajo para manufacturarla! Hilar la lana, teñirla, tejerla, no
menos de tres meses de trabajo; el poncho se vende entre 16 a 20
pesos (80 o 100 francos); hablando de la tintura debo decir que el
azul proviene del añil, el rojo de la cochinilla, el amarillo de
una planta muy común en la región y como alcalificante usan orina
fermentada. En cuanto al alumbre utilizado como mordiente, se
encuentra por todas partes en abundancia. Cerca de la cabaña se
veían muros inaccesibles, de una roca de blancura enceguecedora y
de la cual se encontraban bloques en el riachuelo vecino; yo nunca
había visto una roca similar. Estaba compuesta de una pasta de un
grano muy fino, en la que se encontraban diseminados cristales de
feldespato alterado y de cuarzo. En Olaya (altitud 1.800 metros,
temperatura 19°).
5 de junio. El humo me hizo salir de mi hamaca, pero no pude
salir de Olaya antes de mediodía, debido a que dos mulas se habían
extraviado en el monte por la noche. Seguimos la cresta de una
cuhilla que llevaba al torrente, muy encajonado, de las Mazamorras,
en donde se ve entrar la quebrada de Olaya. A la 1:30 comimos un
estupendo sancocho de papa en La Cañada, casa de bella apariencia.
Hasta el torrente de las Mazamorras no habíamos dejado de caminar
sobre sienita porfidica, rica en piritas, probablemente auríferas;
nos volvimos a encontrar con el poderoso y singular aluvión
estratificado del Patía (altitud de La Cañada 1.517 metros,
temperatura 29,7°). Temperatura subterránea de La Cañada 200. Me
fue imposible salir ese día, pues mi equipaje no llegó sino a las
4.
6 de junio. Había llovido toda la noche. La creciente del
Juanambú era tan fuerte que el arriero no se atrevió a tratar de
pasar; pernoctamos de nuevo en La Cañada y supe que el propietario
de esta casa y su hijo habían sido asesinados.
7 de junio. Ya había escampado y el Juanambú podía ser vadeado
por las mulas; necesitamos una hora para bajar al Paso. El torrente
viene, puede decirse que cae, del páramo de Apunto. Corre
ruidosamente entre dos muros de pórfido, perpendiculares, que
forman un estrecho canal; su rapidez es tal que el agua,
violentamente agitada por las rocas que arrastra, parece una masa
de espuma. Es un espectáculo seductor que es frecuente en las
cordilleras y que no deja de admirarse, como sucede con las
cataratas. El Juanambú se atraviesa con ayuda de tarabitas,
diferentes de aquellas que ya he descrito y que por un accidente
del terreno son en realidad dos, colocadas paralelamente y que van
en sentido contrario, cada una con su punto de salida más alto que
el de llegada, es decir que las cuerdas, o más bien, las tiras de
cuero están tendidas, formando un plano inclinado, único, por
encima del río: el pasajero, una vez colocado en la silla se
desliza de una orilla a otra, muy rápidamente. Por mi parte,
experimenté una sensación agradable con este sistema de transporte,
mientras que en las tarabitas ordinarias, la cantidad de tiras de
cuero tendidas horizontalmente, no permiten sino deslizarse primero
por el efecto del peso hasta el centro de la carrera, sitio a
partir del cual el pasero de la playa opuesta, tira de una cuerda
para que el pasajero pueda llegar. La tarabita de Juanambú, como
plano inclinado, podría encontrar otros usos (altitud 1.179 metros,
temperatura 23,3°).
Los hombres y el equipaje pasan por la tarabita y los caballos y
las mulas atraviesan el torrente. Se debe obligarlos a pasar por
entre el agua; nunca pensé que pudieran luchar contra la
impetuosidad de la corriente; primero desaparecían por un instante
para aparecer en seguida del otro lado, pero mucho más abajo del
sitio por donde se habían lanzado. Los pobres animales no solamente
deben vencer la rapidez del torrente sino que también están
expuestos a golpearse contra las piedras que se hallan en la
corriente; mi buena mula, la infatigable, sufrió un accidente de
esa clase; se hirió en el casco de una de sus manos y hubo que
hacerle una sangría y desde luego no pude volverla a montar hasta
que estuvo completamente curada. El arriero a quien le pregunté
sobre el peligro de ese paso para las bestias de carga me aseguró
que no había ningún accidente que temer, mientras que el animal no
estuviera ensillado. A las 3, ascendimos una cuesta de las más
fatigantes, debido a los pedruscos; nuestras mulas quedaron cojas;
yo subí a pie muy difícilmente y llegados a una explanada desde
donde se ve el curso del Juanambú, divisamos a Ortega donde se
cultiva la caña de azúcar. Esquisto inclinado hacia el Este
(altitud 1.836 metros, temperatura 18,9°) temperatura del suelo
12,4°).
8 de junio. A las 9 llegamos a una explanada, gracias a que
hicimos una rápida subida desde donde vi el esquisto que buza hacia
el Este, inclinado en 80°; es plateado y abundante en capas de
cuarzo granular blanco y se hunde bajo los aluviones. Estuvimos en
Meneses a la 1:30, ya en la tierra fría (altitud 2.503 metros,
temperatura 14,4°). Un riachuelo corre cerca del camino y a poca
distancia de allí, emerge de la tierra vegetal una masa de
traquita. La entrada de la choza en donde pasé la noche en Meneses,
estaba cerrada por un cuero de buey. Siempre el hogar al centro de
la pieza, salía el humo por una abertura hecha en el techo. Me
encontré en compañía de una pava y de una gallina con sus
polluelos, del indio y de su mujer, de 4 niños y de 6 extranjeros,
sin yo entrar en la cuenta. Por primera vez caí en la cuenta de que
había una numerosa familia de cerdos de las Indias. La superficie
de la cabaña era de 16 metros cuadrados, tal como el Arca de Noé,
con sus piojos y sus pulgas; allí hice extender mi hamaca, la noche
estaba muy bella y por consiguiente, fría: el termómetro suspendido
a 1,50 m. Por encima del suelo, marcaba 6,7°. Otro, depositado
sobre la hierba cubierta por un fuerte rocío, indicaba 4,4°. Esta
baja temperatura se debía a la irradiación nocturna.
9 de junio. A las 8 salimos de Meneses, dejando allí mi mula
coja que recomendé al indio. Pronto penetramos en la selva para
subir continuamente por un camino pedregoso y espantoso. A las
10:30 estábamos en el tambo del Obispo (altitud 2.931 metros,
temperatura 16,1°). Perdimos una hora mientras desfilaba un convoy
de mulas que llevaban a Popayán harina de trigo y de maíz. A las
tres llegamos al alto de Aranda (altitud 3.076 metros, temperatura
16,5°) una bella vista sobre una vasta extensión de pradera, desde
donde se puede ver a Pasto. Después de una bajada tan penosa como
lo había sido la subida, hice mi entrada en la ciudad. Eran las
4:30. Las ciudades de las regiones frías siempre me han parecido
tristes. Pasto estaba entonces en un estado lamentable. La
población estimada en 20.000 almas en la época de su esplendor
había quedado reducida a 8.000. Por todas partes las mismas ruinas
que yo había visto en una época anterior en lo más fuerte de la
guerra; las casas tienen sin embargo una bella apariencia y la
mayoría de ellas estaban deshabitadas. La industria del tejido de
las telas de lana, la confección de sombreros de paja antaño tan
activas, estaban lejos de ser prósperas.
Fundada hacia 1539 por Belalcázar, uno de los tenientes de
Pizarro, Pasto encierra edificios bastante notables; la iglesia de
Santo Domingo, la catedral de la plaza mayor y varios conventos.
Por su altura y su posición, el clima de Pasto se acerca bastante
al de Santa Fe de Bogotá (altitud 2.610 metros, temperatura
promedio 14,7°, latitud N 1° 13’ 5”, longitud
0,79°41’40”). Al día siguiente a mi llegada a las 6 de la
mañana, el termómetro se mantenía a 6,7°.
Presenté la carta del obispo de Popayán al cura, quien me dio
una agradable acogida y me dijo: “lo esperaba”.
Decididamente yo estaba bajo la protección de la clerecía. Me había
hecho preparar una gran casa y puso a mi disposición a un antiguo
soldado español, para que la cuidase durante mis ausencias. Mis
comidas debía tomarlas en el convento de los Agustinos: todo estaba
previsto.
La primera ceremonia que presencié fue la Octava de Corpus:
altares arreglados en las calles, tropas bajo las armas, indios
disfrazados de marqueses del antiguo régimen danzando
cadenciosamente delante de la procesión y casi todos borrachos,
tomando chicha todo el día y en la noche rellenándose de
“locro” (papas) y de su cacería favorita, el cuy. Hice la
observación de que los fusiles de los milicianos estaban en muy
buen estado y se me contestó: “sí, porque están al servicio de
la Iglesia: pero que se les solicite para otro servicio no habrá ni
milicianos, ni fusiles”. El padre Urbano, prior de los
Agustinos, vino a buscarme para llevarme al convento ocupado por 8
o 10 hermanos. La primera comida fue excelente, ceremoniosa, grave,
aburrida y no terminaban el benedícite, ni las gracias. Me formé el
proyecto de cocinar en mi domicilio, pero poco a poco se rompió el
hielo y pronto, al momento de ir a la cena, los reverendos padres
se hicieron servir por indias y mulatas; ya no estaban intimidados
por la presencia del comandante; yo bebía bien el vino de las misas
y oía sin ruborizarme los chistes más alegres y las canciones más o
menos obscenas. Fueron los monjes quienes me enseñaron “La
molinera”; agradables monjes, después de todo. Por la noche el
padre Urbano, disfrazado, me llevaba con él para cantar,
acompañándose de una bandolina, bajo el balcón de una señora. Era
el erudito de la comunidad, por ejemplo, me hizo un día esta
reflexión: “era bien curioso que al evadirse Napoleón de la
isla de Elba, hubiese desembarcado en Cannes, precisamente en donde
Aníbal había derrotado al ejército romano”. El prior era
doctor en filosofía, graduado de la Universidad de Quito, tenía una
bella figura y una edad cercana a los 40 años; sabía tomar la
actitud de un venerable prelado, cuando la ocasión lo demandaba, de
lo cual juzgaremos:
Algunos meses más tarde me encontraba en Quito en donde se
festejaba yo no sé qué aniversario de un acontecimiento político.
Durante 8 días hubo corridas de toros en la plaza mayor,
transformada en un amplio anfiteatro, ocupado por la gente
elegante; hubo en esos días en casa de Flórez, presidente del
Ecuador, una gran recepción: yo pertenecía a su estado mayor y debí
permanecer en gran uniforme; me encontraba al lado del jefe del
Estado cuando un religioso llegó a presentarle sus respetos: era el
prior de los Agustinos de Pasto, el padre Urbano. Cuando levantó
los ojos que había mantenido bajos en señal de humildad, se
manifestó un poco sorprendido al reconocer, bajo mi brillante
uniforme, al oficial que había hospedado en su monasterio,
enseñándole las cosas más mundanas; luego ofreciéndome la mano en
la forma más afectuosa, me recordó los momentos felices que había
pasado conmigo. Admiré al buen padre, pero una vez terminada la
recepción, le conté toda la historia al general Flórez, cosa que lo
divirtió muchísimo.
Visité en Pasto las raras industrias que todavía estaban en
actividad: tinturas y textiles; una de ellas me interesó vivamente.
El barniz de las obras de madera con el sistema conocido como
“de Pasto”. La sustancia conocida con el nombre de
“barniz” es traído por los indios de Mocoa, es verde y
tiene la apariencia de una goma que dicen ser producida por la
Elaega utillis de la familia de las rubiáceas. No se puede
pulverizar y para poderla analizar tuve que rasparla con cuchillo.
Esta goma no se disuelve en el alcohol, ni siquiera en el éter,
pero sí infla enormemente como si fuera caucho. Tiene una
característica específica curiosa: pierde la dureza con el calor,
pero no se disuelve y la aplican aprovechando esta plasticidad que
permite estirarla en una membrana delgada transparente, cuando está
caliente.
He aquí la forma como operan los indios para barnizar: los
objetos de madera como calabazas, cajas y recipientes dedicados a
guardar vino o aguardiente, se pintan de diversos colores. El
barniz, tal como viene de Mocoa, se somete a la acción del agua
hirviendo; al cabo de un instante está lo suficientemente blando
para ser estirado en una lámina delgada que se aplica cuando
todavía está caliente, teniendo cuidado de afirmarlo con un trapo
para que adhiera a la madera; luego, con un carbón al rojo,
sostenido con una tenaza, que se pasa muy cerca del objeto
decorado, se hacen desaparecer las burbujas: en esa forma se
obtiene una superficie unida, brillante y transparente, a través de
la cual aparecen las pinturas con toda la vivacidad de sus colores,
mejorados con oro y plata algunas veces. Este barniz es de una
solidez notable, ya que es resistente al agua, al alcohol y a los
aceites fijos y volátiles, lo que lo distingue del caucho.
Las soluciones alcalinas son las únicas que lo atacan.
El análisis elemental que hice de este barniz, arrojó como
resultado:
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Carbono
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71,4
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Hidrógeno
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9,6
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Oxígeno
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19
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100
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