INDICE





LAS MEMORIAS DE UN NATURALISTA Y CIENTÍFICO QUE CEDIÓ A LA TENTACIÓN DE SER OBSERVADOR Y CRÍTICO SOCIAL

INTRODUCCIÓN

TOMO I

CAPÍTULO I
Mi formación — La Revolución francesa — Napoleón — El espanto de la guerra — Humboldt — Preparativos de viaje.

CAPÍTULO II
Caracas — Los temblores de tierra — Ascención a la silla.

CAPÍTULO III
Valle de Aragua — Lago Tacarigua — Morro de San Juan — Sitio de Puerto cabello— El general Páez— El árbol de la vaca— Aguas termales de la cadena del litoral.

CAPÍTULO IV
Cordillera Oriental de los Andes — Su constitución geológica —Nivelación barométrica — Efectos del temblor de tierra de 1812, observados en diferentes localidades — Sierra Nevada de Mérida —Lago Urao— Pamplona, sus minas de oro— Hierro meteórico de Santa Rosa.

CAPÍTULO V
Explanada de Bogotá — Nación Muisca — Su conquista - Guerras de la Independencia — Descripción de la meseta.

CAPÍTULO VI
Las primeras luchas por la Independencia — Bolívar.

CAPÍTULO VII
Meseta de Bogotá — Constitución geológica — Sal gema — Salinas —Carbón — Minas de esmeraldas.

CAPÍTULO VIII
Bogotá — Situación — Clima — Costumbres — Aventuras — Excursiones por los alrededores.

CAPÍTULO IX
Excursión para determinar los límites del terreno al sur de Bogotá —   Valle del Magdalena entre honda e Ibagué — Observaciones sobre el aumento de la intensidad del sonido durante la noche — Puente natural de Pandi o Icononzo.

TOMO II

CAPÍTULO X
Jugo venenoso del ajuapar— Accidentes que sucedieron mientras analizábamos esa materia — El comandante don Juan con nodriza — Irradiación nocturna en Bogotá.

CAPÍTULO XI
Algunos de mis conocidos en Bogotá — El Libertador Bolívar —Personajes — Sucesos.

CAPÍTULO XII
El Salto de Tequendama — Historia de Manuelita Sáenz.

CAPÍTULO XIII
Expedición de 1824— En los llanos del Meta.

CAPÍTULO XIV
Cordillera Central y Cordillera Oriental— Valle del Cauca— Minas de oro de La Vega de Supía - Provincia de Antioquia.

CAPÍTULO XV
Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

CAPÍTULO XVI
Viaje a la región aurífera y platinífera del Chocó.

CAPÍTULO XVII
Viaje al Ecuador— Estudios sobre la región volcánica.

CAPÍTULO XVIII
Ascensión al volcán del Puracé.

CAPÍTULO XIX
Viaje de Popayán a Pasto — Estancia en Pasto.

CAPÍTULO XX
Viaje de Pasto a Quito.

CAPÍTULO XXI
Ecuador.

CAPÍTULO XXII
Ascensión al volcán de Pichincha.

CAPÍTULO XXIII
Ascensión al Antisana.

CAPÍTULO XXIV
Tertulias y puros.

CAPÍTULO XXV
Ascensión al Chimborazo (1831).

CORRESPONDENCIA 1818-1826
Correspondencia I-X
Correspondencia XI-XVI
Correspondencia XVII-XXII
Correspondencia XXIII-XXIX
Correspondencia XXX-XL
Correspondencia XLI- LI
Correspondencia LII-LXII
Correspondencia LXIII- LXXIII
Correspondencia LXXIV - LXXXI
Correspondencia LXXXII - CII
Correspondencia CIII - CXXIX
CAPÍTULO XIX
 

 

Viaje de Popayán a Pasto — Estancia en Pasto.
 

 

Me dirigí a Pasto, pasando por Timbío a donde llegué después de 4 horas de marcha al paso de las mulas. El cura me recibió bien, pero estando yo sin comer desde Popayán, me pareció que cenaba mal y muy tarde; la mesa estaba puesta con un espléndido servicio de plata en el cual no vi sino una sopa aguada y un pedazo de tocino. Cayéndome de fatiga pude, al fin, extenderme sobre un camastro (altitud 1.860 metros, temperatura 19.9°). La población está construida a media ladera, sobre la orilla izquierda del río Timbío y rodeada de encinas gigantescas (Quercus Humboldii).

El 24 de mayo, a las 11 bajamos a la quebrada de las Piedras y luego, caminando hasta el alto de las Cueritas (altitud 2.000 metros) bajamos de nuevo al río Quilcacé (altitud 1.377 metros, temperatura 24,4°). La población de Timbío se halla sobre una cuchilla que es una prolongación de la Sierra del Tambo, al oeste de Popayán, línea de separación de las cuencas del Cauca y del Patía. Este es un río cuyo curso es de lo más extraño y en donde el viajero está expuesto a cometer errores, debido a los distintos nombres que le aplican los indios.

Nace en el pretendido volcán del Sotará y, sobre su largo total que no es menor de 500 kilómetros, recorre 80 kilómetros con el nombre de río Sotará y de Quilcacé; no toma el nombre de Patía sino después de la entrada del Timbío; entonces corre entre dos cadenas de montañas en donde recibe sucesivamente el Guachicono, Mayo, Juanambú y Guáitara y, como si allí hubiese roto un dique, sube de pronto hacia el NNO para desembocar en el océano Pacífico.

A las 5 llegué a una posada en la Horqueta, en donde existen algunas miserables cabañas y donde el mal tiempo me obligó a pasar todo el día 25. Además las mulas necesitaban descansar, lo mismo que yo; allí me llamó la atención que en un rayo de Sol que penetraba en mi choza, más o menos oscura, no vi ninguna de esas partículas que uno está acostumbrado a ver suspendidas en el aire, hecho que se debió sin duda a la transparencia del mismo, pues debido a la lluvia que había caído sin interrupción en las últimas 24 horas, el terreno circundante estaba mojado en una gran extensión. El 26, la Horqueta (altitud 1.520 metros, temperatura 17,2°). A las 8 dejé con gusto mi habitación en donde había pasado dos noches bajo un techo que daba abrigo a una mujer muy enferma; a muchos niños pequeños, a algunas gallinas y a un cerdo. Encontré que la temperatura del suelo era de 19,2°. A las 10 nos resbalamos por un camino embarrado hasta la quebrada de Portachuelo; a las 11 pasamos el torrente Esmitá que arrastra bloques de cuarzo, probablemente arrancados al esquisto micáceo, cerca de la hacienda de Esmitá (altitud 1.158 metros, temperatura 25,4°) se explota un calcáreo que se transforma en cal; parece ser un depósito salino y en efecto, supe más tarde, que en la hacienda de Quilcacé hay fuentes saladas. Caminando a lo largo del torrente, atravesamos la quebrada de Salvaleta, cuya arena que proviene de escombros porfídicos, parece ser aurífera. También se ven, en el lecho de la quebrada, estratos de ese peculiar depósito arenáceo, que ya señalé en la Vega de Supía y que cubre las rocas que contienen oro. Seguimos marchando sobre un suelo árido, expuestos a un Sol muy ardiente y solamente a las 2 de la tarde llegamos al sitio de los Árboles, en donde había un rancho rodeado de algunos árboles que habían crecido en plena sabana; allí acampamos después de haber tenido buen cuidado de preparar las armas y de alistar la carta del obispo, porque temíamos un ataque de los bandidos que infestaban la región. Después de haber apostado a un centinela, dormí profundamente, gracias al silencio y a la frescura de la noche. En los Árboles (altitud 1.475 metros, temperatura 29,9°), localicé la Horqueta al NNE. Al este se ve el camino que conduce a Almaguer.

El 27 salimos a las 8. A mediodía llegamos a quebrada del Limoncito, (altitud 1.086, temperatura 28°). Por la tarde teníamos el río Guachicono, a la izquierda, formado por los ríos San Pedro, Limoncito y San Antonio y a las 5 estábamos en El Bordo, desde donde se domina el valle del Patía. Allí no se encuentran sino algunas casas habitadas por mulatos famosos durante la guerra de la Independencia, por las atrocidades que cometieron con las tropas de la República y por su devoción a la causa realista. Para mí, que no disimulaba mi cargo, era un vecindario peligroso. Allí es donde reside ordinariamente el cura de Patía a quien hice una visita. Ya sabía de mi llegada y me pidió noticias de mi amigo el obispo de Popayán: el pillo me dio su bendición como un sapo que lanza su veneno; a mi parecer tenía ante mí a un verdadero jefe de bandidos; nunca habría logrado hacerme una idea exacta de la ignorancia de este miserable, si no me hubiera llenado de preguntas: apenas entré, me averiguó si París era más grande que Francia, si había correos en mi país, si los soldados franceses sabían utilizar la bayoneta, si a los ingleses les estaba permitido entrar en Roma, etc. Compadecía a los ingleses por su herejía.

Me hizo un gran elogio de la nación española, la más rica y la más poderosa del mundo y me dijo: “Si mañana yo gritara ¡viva el rey! vería usted comandante, que todos los habitantes del valle del Patía me rodearían y con este grito los muertos resucitarían”, y para mi gran sorpresa me preguntó si había leído a “Telémaco” y habiéndole traducido “Calypso no podía consolarse de la partida de Ulyses”, el cura gritaba: “Ha leído Telémaco”.

Sobre la ruta que seguí, varios curas me hicieron la misma pregunta: “¿Ha leído a Telémaco?”, cosa que me sorprendía, pero la explicación fue fácil cuando supe que un vendedor que me había precedido llevaba un cargamento de “Telémaco” | (1) que vendía por el camino. El cura de Patía parecía un espectro, efecto del clima, según él: hacía meses que no podía montar a caballo debido a encordes (hemorroides); le aconsejé un tratamiento que le haría un gran bien. Rehusé la cena que me ofreció este poco agradable personaje y fui a acostar­me en la cabaña de un viejo guerrillero; antes de subir a la hamaca reemplacé, delante de él, las cargas de mis armas. El Bordo (altitud 1.011 metros, temperatura 23,5°).

28 de mayo. Noche muy desagradable la que pasé en el Bordo; tenía como compañeros de habitación algunas negras y negritos, tendidos en el suelo y que exhalaban un olor repugnante. Varios cerdos habían invadido la habitación y lo peor era que una parte de la familia ocupaba, encima de mí, una barbacoa, especie de una buhardilla, de donde caía un polvo sospechoso; como la lluvia me impedía acostarme afuera, me puse a fumar para conjurar los miasmas. A las 9 bajé hacia el valle, siguiendo un río ya mediodía entraba en el Patía. ¡Qué habitantes! El calor era asfixiante; en una casa en donde almorcé, el propietario, enfermo, me confundió con un español, lo que me cuidé mucho de negar. El Patía tiene un clima mortífero, nadie puede aclimatarse y se vive entre un pantano; el agua que se bebe es caliente, causa primordial de insalubridad, de acuerdo con mi experiencia. (Altitud 697 metros, Temp. 30,5°).

Bajando hacia el río Guachicono, la roca parecía un grünstein en fragmentos globulares que creo que pertenezca a un depósito aluvial que encierra, además, cantos de esquisto micáceo, de granito y de pórfido. A las 5 atravesamos el río cuyas aguas estaban muy altas, pasando por un vado seguro. Al borde el Guachicono altitud 635 metros, temperatura 24,4°. El San Jorge que debíamos atravesar de primero, está dividido en tres ramas, generalmente poco profundas, aunque poco faltó para que hubiésemos naufragado. Nuestro arriero quiso pasar el primer brazo que era vadeable: lancé mi mula y me di cuenta de los grandes esfuerzos que hacía para resistir la corriente, pero como el agua no le llegaba a la cincha, consideré que no había ningún peligro; una de la mulas de carga que seguía de cerca, pero que no era suficientemente alta, fue arrastrada, dio varias vueltas sobre sí misma y la creíamos perdida; su cargamento consistía en dos baúles que contenían mi ropa, mi diario e instrumentos preciosos, además de mi dinero; afortunadamente la corriente la llevó a una playa en donde logró hacer pie. Mientras que yo consideraba con tristeza la pérdida que iba a sufrir, el arriero gritó con desesperación: “que todo se pierda, pero por amor a Dios; apresúrese a pasar el río que está creciendo y si nos demoramos, moriremos todos.” El grito fue muy a tiempo porque el peligro era inminente: me boté al otro brazo, las mulas me siguieron y al fin el paso del tercer brazo se llevó a cabo en la misma forma.

Todo fue a tiempo: si nos hubiésemos demorado algunos minutos, nos habríamos ahogado. Apenas habíamos llegado a la orilla opuesta, la playa de donde salimos estaba inundada y los tres brazos formaban uno solo y el torrente crecía a ojos vistas con un terrible rugido causado por las piedras que rodaban. La lluvia caía con acompañamiento de truenos: era una escena espantosa. Al huir de la inundación encontramos en el centro de un barrizal, una cañada miserable donde vivía la familia de un negro: el padre, la madre y los niños estaban afectados de una enfermedad venérea y cubiertos de horribles “bubas”. Logramos colgar mi hamaca en el rancho y fue una gran suerte, pues en el suelo croaban asquerosos sapos.

29 de mayo. Los zancudos, un ejército de cucarachas y el croar de los batracios me privaron de un sueño que me habría venido muy bien, después de una jornada tan fatigante. Se habían perdido dos mulas, así que no pude salir sino hasta la 1 y utilicé la mañana para hacer secar, gracias a un pálido Sol, los papeles y libros que se habían mojado. Siempre encontrábamos los espesos aluviones estratificados en el fondo de los valles.

A las 5 nos detuvimos en el alto de la Mojarra, en donde obtuvimos carne fresca, chicha excelente y sin moscas; habíamos atravesado tres ríos: el Poturito, el Cangrejo y el Mojarra que van al Patía.  

30 de mayo. Tuve una buena noche en el alto de la Mojarra (altitud 1.018, temperatura 22°); a las 9 salimos caminando siempre sobre los aluviones estratificados; me parecía estar en los llanos de Mariquita y de Ibagué sobre la orilla izquierda del Magdalena, pues era el mismo paisaje, el mismo calor y la misma miseria. A mediodía llegamos a la población de Mercaderes (altitud 1.236, temperatura 27,7°). Desde el río Guachicono marchábamos en dirección sur-occidente; a las 4, para protegernos del violento Sol, nos alojamos en el sitio de Sombrerillo, en una cabaña llena de enfermos y de moribundos (altitud 1.271 metros, temperatura 29,7°). 

1 de junio. Salimos de Sombrerillos a las 9 y anduvimos constantemente sobre el aluvión estratificado. En el valle del río Mayo, este aluvión atrajo mi atención por la enorme cantidad de traquita blanca porosa, con hojillas de mica negro; estos fragmentos de pómez son de forma ovoide; bajando hacia el salto de Mayo me mostraron la casa de Erazo, uno de los más famosos bandidos del Patía. A mediodía estaba sobre el puente del río Mayo (altitud 1.187 metros, temperatura 27,7°). Allí me demoré para contemplar la belleza del lugar. El puente está construido en piedras, a más de 13 metros por encima del río, encajado entre dos muros tallados a pico: hacia arriba una de las rocas presenta una saliente tan cercana a la roca opuesta, que parecería que fácilmente se podría saltar de una a otra; entre esas dos rocas de traquita se precipita el torrente formando una bella catarata, un poco arriba del puente: éste es el salto de Mayo. El esplendor de la vegetación, la cascada que cae con ruido presentan un espectáculo imponente; ¡allí uno no se siente solo! Decidí tomar la delantera y no tardé en desaparecer de mi gente; mi dirigí hacia las cuchillas cuando me encontré con un hombre de semblante poco atractivo; ¿sería Erazo? En todo caso, amablemente me indicó el camino que debía tomar, pues yo había andado inútilmente durante 2 horas. La dueña de la venta a donde llegué, mujer excelente, demostró una viva inquietud a la vista del cuello rojo de mi uniforme y me dijo: “entre usted en esta pieza y no importa lo que oiga esta noche, no se mueva” e hizo esconder mi silla y mis baúles en alguna parte de la casa. Había un “angelito”, un encantador niño muerto, colocado sobre una mesa, rodeado de flores y con su madre acongojada sentada cerca de él, mientras que se bailaba un “fandango” endemoniado y se bebía en exceso para celebrar el viaje del alma del querubín hacia el paraíso. Nada más triste que el contraste que hace un dolor profundo y una loca alegría; varias veces me tocó asistir a esta triste escena del “angelito”. Hacia medianoche oí gritar: “¿quién vive? y una voz desde el exterior contestó: “el rey”. Comprendí en seguida que me encontraba en medio de una partida de realistas y que esto era un conciliábulo de pastusos insurrectos. Discutieron con vehemencia, pero a través de la puerta de mi cuarto no pude comprender nada de lo que dijeron; una hora después todos se habían ido. Cuando desperté, la buena posadera me anunció que podía salir a desayunarme y añadió que quien había contestado “el rey” era el famoso Erazo. El hecho fue que la excelente mujer había tenido mi vida en sus manos y más tarde supe que había pasado la noche en la misma habitación en donde se había acostado el gran mariscal Sucre, la víspera de su asesinato. A propósito de este terrible acontecimiento debo remontarme algunos años:

Después de los desastres del Perú, los Estados que por su unión constituían la República de Colombia—Venezuela, Nueva Granada y Ecuador— manifestaron la intención de separarse para formar tres estados independientes. Venezuela tuvo su congreso y luego Bogotá. El Ecuador, administrado por el general Juan José Flórez, resolvió también emanciparse y además asimilar al nuevo Estado la Provincia de Pasto. El general Mosquera, elegido presidente de la República del centro (Bogotá), ordenó al comandante general de Popayán, ocupar lo más pronto posible a Pasto con el regimiento Varylas, para dar al traste con los proyectos de Flórez. Sucre, el gran mariscal de Ayacucho, se encontraba en Bogotá disponiéndose a ir a Quito para reunirse con su familia. Prometió al vicepresidente Caicedo, utilizar toda su influencia para evitar la separación de los departamentos del Sur y salió de la capital por la ruta de Popayán a Pasto, aun cuando varios de sus amigos le aconsejaron tomar el camino del Valle del Cauca y embarcarse en Buenaventura con destino a Guayaquil; temían por su vida si atravesaba las provincias de Pasto y de Patía, llenas de miserables entre los cuales se contaban muchos enemigos personales, debidos a la implacable guerra de 1822 a 1823. El gran mariscal fue inflexible; llegó sin problemas a Popayán y después supo que tan pronto llegó allí, el estado mayor envió un correo al comandante general de Pasto, Obando. Se solicitó de nuevo a Sucre ir por Buenaventura, pero el deseo de volver a ver a su mujer y a su hija, le hizo rechazar esta sensata proposición y sin pedir una escolta, se puso en camino acompañado solamente por García Trelles, diputado de Cuenca y de dos sirvientes. Debo añadir que fue gracias a circunstancias especiales que yo no me hallaba con el gran mariscal, pues habíamos convenido en que yo le seguiría a Quito.

En el salto del río Mayo, el 2 de junio Sucre pasó la noche en casa de Erazo; no había recorrido sino dos leguas, cuando llegó a la venta y le sorprendió encontrar a Erazo, a quien había dejado atrás. Algunas horas después llegó el comandante Zarria que venía de Pasto; Sucre comprendió rápidamente que el encuentro de esos dos miserables no era fortuito y que su vida estaba amenazada y aun cuando Zarria le aseguró que iba a Popayán en una misión urgente, le ordenó a sus asistentes preparar las armas. El 4 a las 8 de la mañana, Sucre y su compañero salieron de la venta para entrar en la espesa selva de Berruecos; apenas habían recorrido media legua, cuando en la angostura de la Jacoba en donde el camino es muy angosto, salió un disparo de fusil de la espesura y el mariscal gritó: “una bala” y en el mismo momento hubo tres disparos más, hechos de los dos lados del camino. El infortunado general cayó golpeado por cuatro balas, su asistente principal que le seguía de cerca, voló a su socorro pero lo encontró muerto; bajó a la venta para buscar hombres y llevar allí el cuerpo del infortunado; los asesinos le seguían ocultos en la selva y le gritaron que no tenía nada que temer; de la venta nadie osó seguirlo para entrar al monte y solamente a la mañana del día siguiente, Sucre fue enterrado muy cerca del sitio en donde fue atacado; allí se colocó una cruz sobre su tumba. Su muerte produjo gran conmoción y se le atribuyó, no sin razón en mi opinión, a los generales Flórez y Obando, quienes tenían interés en la desaparición del gran mariscal; Zarria y Erazo fueron los ejecutores.

Sucre fue uno de los hombres realmente más importantes entre los libertadores de América del Sur. Poseía, en el mayor grado, el espíritu militar. La victoria sobre los españoles de Ayacucho, fue decisiva; el ejército castellano comandado por Espartero, entregó las armas y por su capitulación obtuvo la facultad de embarcarse hacia la madre patria; los oficiales que así lo desearon pudieron entrar al ejército de la República.

El 4 de junio de 1831, precisamente un año después del asesinato, salí de la venta a las 7 para entrar en la selva de Berruecos. A las 8 pasé cerca de un claro, a la derecha del camino, llamado La Capilla porque ahí hubo alguna vez una capilla, pero en ese entonces no había sino una gran cruz formada por dos troncos de árbol: en ese sitio enterraban a quienes encontraban muertos en la selva y allí reposa el cuerpo del infortunado gran mariscal. Me apeé y me descubrí; mis gentes se arrodillaron para rezar. Pronto llegamos a la Jacoba en la angostura, en donde los asesinos se habían emboscado para disparar sobre Sucre. A la una estábamos en el Arenal, el punto más elevado de la selva en donde almorcé de pie, bajo una fuerte lluvia (altitud 2.779 metros, Temp. 16,2°).

El descenso fue difícil porque seguimos una hondonada llena de cantos rodados de grünstein.

A las 2 logramos salir del monte y reconocí la sienita porfídica, en un todo parecida a la roca negra de las minas de oro de Marmato. A las 5 llegamos bien mojados a una choza en un sitio conocido con el nombre de Olaya, en donde resolví pasar la noche; las mulas no habrían podido seguir adelante. En el centro de la cabaña habla un fogón y muy cerca una mujer ocupada en tejer un poncho o algunas ruanas; la obra me pareció perfecta, ¡pero cuánto trabajo para manufacturarla! Hilar la lana, teñirla, tejerla, no menos de tres meses de trabajo; el poncho se vende entre 16 a 20 pesos (80 o 100 francos); hablando de la tintura debo decir que el azul proviene del añil, el rojo de la cochinilla, el amarillo de una planta muy común en la región y como alcalificante usan orina fermentada. En cuanto al alumbre utilizado como mordiente, se encuentra por todas partes en abundancia. Cerca de la cabaña se veían muros inaccesibles, de una roca de blancura enceguecedora y de la cual se encontraban bloques en el riachuelo vecino; yo nunca había visto una roca similar. Estaba compuesta de una pasta de un grano muy fino, en la que se encontraban diseminados cristales de feldespato alterado y de cuarzo. En Olaya (altitud 1.800 metros, temperatura 19°).

5 de junio. El humo me hizo salir de mi hamaca, pero no pude salir de Olaya antes de mediodía, debido a que dos mulas se habían extraviado en el monte por la noche. Seguimos la cresta de una cuhilla que llevaba al torrente, muy encajonado, de las Mazamorras, en donde se ve entrar la quebrada de Olaya. A la 1:30 comimos un estupendo sancocho de papa en La Cañada, casa de bella apariencia. Hasta el torrente de las Mazamorras no habíamos dejado de caminar sobre sienita porfidica, rica en piritas, probablemente auríferas; nos volvimos a encontrar con el poderoso y singular aluvión estratificado del Patía (altitud de La Cañada 1.517 metros, temperatura 29,7°). Temperatura subterránea de La Cañada 200. Me fue imposible salir ese día, pues mi equipaje no llegó sino a las 4.

6 de junio. Había llovido toda la noche. La creciente del Juanambú era tan fuerte que el arriero no se atrevió a tratar de pasar; pernoctamos de nuevo en La Cañada y supe que el propietario de esta casa y su hijo habían sido asesinados.  

7 de junio. Ya había escampado y el Juanambú podía ser vadeado por las mulas; necesitamos una hora para bajar al Paso. El torrente viene, puede decirse que cae, del páramo de Apunto. Corre ruidosamente entre dos muros de pórfido, perpendiculares, que forman un estrecho canal; su rapidez es tal que el agua, violentamente agitada por las rocas que arrastra, parece una masa de espuma. Es un espectáculo seductor que es frecuente en las cordilleras y que no deja de admirarse, como sucede con las cataratas. El Juanambú se atraviesa con ayuda de tarabitas, diferentes de aquellas que ya he descrito y que por un accidente del terreno son en realidad dos, colocadas paralelamente y que van en sentido contrario, cada una con su punto de salida más alto que el de llegada, es decir que las cuerdas, o más bien, las tiras de cuero están tendidas, formando un plano inclinado, único, por encima del río: el pasajero, una vez colocado en la silla se desliza de una orilla a otra, muy rápidamente. Por mi parte, experimenté una sensación agradable con este sistema de transporte, mientras que en las tarabitas ordinarias, la cantidad de tiras de cuero tendidas horizontalmente, no permiten sino deslizarse primero por el efecto del peso hasta el centro de la carrera, sitio a partir del cual el pasero de la playa opuesta, tira de una cuerda para que el pasajero pueda llegar. La tarabita de Juanambú, como plano inclinado, podría encontrar otros usos (altitud 1.179 metros, temperatura 23,3°). 

Los hombres y el equipaje pasan por la tarabita y los caballos y las mulas atraviesan el torrente. Se debe obligarlos a pasar por entre el agua; nunca pensé que pudieran luchar contra la impetuosidad de la corriente; primero desaparecían por un instante para aparecer en seguida del otro lado, pero mucho más abajo del sitio por donde se habían lanzado. Los pobres animales no solamente deben vencer la rapidez del torrente sino que también están expuestos a golpearse contra las piedras que se hallan en la corriente; mi buena mula, la infatigable, sufrió un accidente de esa clase; se hirió en el casco de una de sus manos y hubo que hacerle una sangría y desde luego no pude volverla a montar hasta que estuvo completamente curada. El arriero a quien le pregunté sobre el peligro de ese paso para las bestias de carga me aseguró que no había ningún accidente que temer, mientras que el animal no estuviera ensillado. A las 3, ascendimos una cuesta de las más fatigantes, debido a los pedruscos; nuestras mulas quedaron cojas; yo subí a pie muy difícilmente y llegados a una explanada desde donde se ve el curso del Juanambú, divisamos a Ortega donde se cultiva la caña de azúcar. Esquisto inclinado hacia el Este (altitud 1.836 metros, temperatura 18,9°) temperatura del suelo 12,4°).

8 de junio. A las 9 llegamos a una explanada, gracias a que hicimos una rápida subida desde donde vi el esquisto que buza hacia el Este, inclinado en 80°; es plateado y abundante en capas de cuarzo granular blanco y se hunde bajo los aluviones. Estuvimos en Meneses a la 1:30, ya en la tierra fría (altitud 2.503 metros, temperatura 14,4°). Un riachuelo corre cerca del camino y a poca distancia de allí, emerge de la tierra vegetal una masa de traquita. La entrada de la choza en donde pasé la noche en Meneses, estaba cerrada por un cuero de buey. Siempre el hogar al centro de la pieza, salía el humo por una abertura hecha en el techo. Me encontré en compañía de una pava y de una gallina con sus polluelos, del indio y de su mujer, de 4 niños y de 6 extranjeros, sin yo entrar en la cuenta. Por primera vez caí en la cuenta de que había una numerosa familia de cerdos de las Indias. La superficie de la cabaña era de 16 metros cuadrados, tal como el Arca de Noé, con sus piojos y sus pulgas; allí hice extender mi hamaca, la noche estaba muy bella y por consiguiente, fría: el termómetro suspendido a 1,50 m. Por encima del suelo, marcaba 6,7°. Otro, depositado sobre la hierba cubierta por un fuerte rocío, indicaba 4,4°. Esta baja temperatura se debía a la irradiación nocturna.

9 de junio. A las 8 salimos de Meneses, dejando allí mi mula coja que recomendé al indio. Pronto penetramos en la selva para subir continuamente por un camino pedregoso y espantoso. A las 10:30 estábamos en el tambo del Obispo (altitud 2.931 metros, temperatura 16,1°). Perdimos una hora mientras desfilaba un convoy de mulas que llevaban a Popayán harina de trigo y de maíz. A las tres llegamos al alto de Aranda (altitud 3.076 metros, temperatura 16,5°) una bella vista sobre una vasta extensión de pradera, desde donde se puede ver a Pasto. Después de una bajada tan penosa como lo había sido la subida, hice mi entrada en la ciudad. Eran las 4:30. Las ciudades de las regiones frías siempre me han parecido tristes. Pasto estaba entonces en un estado lamentable. La población estimada en 20.000 almas en la época de su esplendor había quedado reducida a 8.000. Por todas partes las mismas ruinas que yo había visto en una época anterior en lo más fuerte de la guerra; las casas tienen sin embargo una bella apariencia y la mayoría de ellas estaban deshabitadas. La industria del tejido de las telas de lana, la confección de sombreros de paja antaño tan activas, estaban lejos de ser prósperas.  

Fundada hacia 1539 por Belalcázar, uno de los tenientes de Pizarro, Pasto encierra edificios bastante notables; la iglesia de Santo Domingo, la catedral de la plaza mayor y varios conventos. Por su altura y su posición, el clima de Pasto se acerca bastante al de Santa Fe de Bogotá (altitud 2.610 metros, temperatura promedio 14,7°, latitud N 1° 13’ 5”, longitud 0,79°41’40”). Al día siguiente a mi llegada a las 6 de la mañana, el termómetro se mantenía a 6,7°.

Presenté la carta del obispo de Popayán al cura, quien me dio una agradable acogida y me dijo: “lo esperaba”. Decididamente yo estaba bajo la protección de la clerecía. Me había hecho preparar una gran casa y puso a mi disposición a un antiguo soldado español, para que la cuidase durante mis ausencias. Mis comidas debía tomarlas en el convento de los Agustinos: todo estaba previsto.

La primera ceremonia que presencié fue la Octava de Corpus: altares arreglados en las calles, tropas bajo las armas, indios disfrazados de marqueses del antiguo régimen danzando cadenciosamente delante de la procesión y casi todos borrachos, tomando chicha todo el día y en la noche rellenándose de “locro” (papas) y de su cacería favorita, el cuy. Hice la observación de que los fusiles de los milicianos estaban en muy buen estado y se me contestó: “sí, porque están al servicio de la Iglesia: pero que se les solicite para otro servicio no habrá ni milicianos, ni fusiles”. El padre Urbano, prior de los Agustinos, vino a buscarme para llevarme al convento ocupado por 8 o 10 hermanos. La primera comida fue excelente, ceremoniosa, grave, aburrida y no terminaban el benedícite, ni las gracias. Me formé el proyecto de cocinar en mi domicilio, pero poco a poco se rompió el hielo y pronto, al momento de ir a la cena, los reverendos padres se hicieron servir por indias y mulatas; ya no estaban intimidados por la presencia del comandante; yo bebía bien el vino de las misas y oía sin ruborizarme los chistes más alegres y las canciones más o menos obscenas. Fueron los monjes quienes me enseñaron “La molinera”; agradables monjes, después de todo. Por la noche el padre Urbano, disfrazado, me llevaba con él para cantar, acompañándose de una bandolina, bajo el balcón de una señora. Era el erudito de la comunidad, por ejemplo, me hizo un día esta reflexión: “era bien curioso que al evadirse Napoleón de la isla de Elba, hubiese desembarcado en Cannes, precisamente en donde Aníbal había derrotado al ejército romano”. El prior era doctor en filosofía, graduado de la Universidad de Quito, tenía una bella figura y una edad cercana a los 40 años; sabía tomar la actitud de un venerable prelado, cuando la ocasión lo demandaba, de lo cual juzgaremos:

Algunos meses más tarde me encontraba en Quito en donde se festejaba yo no sé qué aniversario de un acontecimiento político. Durante 8 días hubo corridas de toros en la plaza mayor, transformada en un amplio anfiteatro, ocupado por la gente elegante; hubo en esos días en casa de Flórez, presidente del Ecuador, una gran recepción: yo pertenecía a su estado mayor y debí permanecer en gran uniforme; me encontraba al lado del jefe del Estado cuando un religioso llegó a presentarle sus respetos: era el prior de los Agustinos de Pasto, el padre Urbano. Cuando levantó los ojos que había mantenido bajos en señal de humildad, se manifestó un poco sorprendido al reconocer, bajo mi brillante uniforme, al oficial que había hospedado en su monasterio, enseñándole las cosas más mundanas; luego ofreciéndome la mano en la forma más afectuosa, me recordó los momentos felices que había pasado conmigo. Admiré al buen padre, pero una vez terminada la recepción, le conté toda la historia al general Flórez, cosa que lo divirtió muchísimo.

Visité en Pasto las raras industrias que todavía estaban en actividad: tinturas y textiles; una de ellas me interesó vivamente. El barniz de las obras de madera con el sistema conocido como “de Pasto”. La sustancia conocida con el nombre de “barniz” es traído por los indios de Mocoa, es verde y tiene la apariencia de una goma que dicen ser producida por la Elaega utillis de la familia de las rubiáceas. No se puede pulverizar y para poderla analizar tuve que rasparla con cuchillo. Esta goma no se disuelve en el alcohol, ni siquiera en el éter, pero sí infla enormemente como si fuera caucho. Tiene una carac­terística específica curiosa: pierde la dureza con el calor, pero no se disuelve y la aplican aprovechando esta plasticidad que permite estirarla en una membrana delgada transparente, cuando está caliente.

He aquí la forma como operan los indios para barnizar: los objetos de madera como calabazas, cajas y recipientes dedicados a guardar vino o aguardiente, se pintan de diversos colores. El barniz, tal como viene de Mocoa, se somete a la acción del agua hirviendo; al cabo de un instante está lo suficientemente blando para ser estirado en una lámina delgada que se aplica cuando todavía está caliente, teniendo cuidado de afirmarlo con un trapo para que adhiera a la madera; luego, con un carbón al rojo, sostenido con una tenaza, que se pasa muy cerca del objeto decorado, se hacen desaparecer las burbujas: en esa forma se obtiene una superficie unida, brillante y transparente, a través de la cual aparecen las pinturas con toda la vivacidad de sus colores, mejorados con oro y plata algunas veces. Este barniz es de una solidez notable, ya que es resistente al agua, al alcohol y a los aceites fijos y volátiles, lo que lo distingue del caucho.  

Las soluciones alcalinas son las únicas que lo atacan.

El análisis elemental que hice de este barniz, arrojó como resultado:  

Carbono 71,4
Hidrógeno 9,6
Oxígeno 19
  100

  

 

(1) En español, en el original.(Regresar a 1)

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