CAPÍTULO XVIII
Ascensión al volcán del Puracé.
La cima nevada del volcán se ve desde Popayán con el aspecto de
una masa semiesférica y se calcula que se halla a 27 kilómetros al
este de la ciudad.
A las 9 tomé el camino de Coconuco y a las 10:30 me detuve para
esperar mi equipaje en un sitio llamado Samenga (altitud 210)
metros, temperatura 18,3°). A mediodía llegué al alto de la
Poblazón, desde donde se ve la aldea de Puracé (altitud 2.381
metros, temperatura 23°). Al bajar cerca de 600 metros desde el
alto de la Poblazón, se llega al río Cauca que corre por un valle
estrecho, habitado por indios que cultivan maíz y papa. Se sube en
seguida por un sendero hasta el alto de los Pesares, para bajar
hasta el río que se cruza por un puente, caminando sobre una roca
terrosa, con cristales de feldespato, fragmentos de cuarzo vidrioso
y de cuarzo de lidita, de un bello color negro. Entonces se entra
en una garganta, sitio de Coconuco, atravesada por un torrente que
sale de las nieves del volcán y desemboca en el río Cauca.
Había llovido toda la tarde y me alojé cerca al torrente en casa
de un mestizo, el señor Manuel Prado. Por la noche sentí frío y al
día siguiente a las 7 el termómetro marcaba 11,6°. Visité la fuente
termal cercana que se halla a unos 400 o 500 m por encima del
pueblito. Esta fuente, muy abundante, es conocida con el nombre de
Cobaló y sale de la cima de un cono de fragmentos de traquitas,
aglomerados por una concreción calcárea, cubierta de una película
carmelita, casi negra. En el interior, el calcáreo es blanco,
fibroso, traslúcido, y tiene algunas veces apariencia de la goma;
en algunas partes, está revestido de azufre pulverulento.
El traquito es una pasta gris que encierra cristales alargados
de piroxeno. La disposición del cono de Cobaló hace creer que fue
quebrado y levantado por la erupción de la fuente termal. La salida
de gas de ácido carbónico y de ácido sulfhídrico es tan abundante y
tan sostenida, que da la impresión de que el agua estuviera en
plena ebullición, aun cuando su temperatura no pase de los 73°. El
volumen de agua es considerable; 24 años después de mi paso, mi
amigo el coronel Codazzi encontró que la temperatura de esta fuente
era de 79°, es decir, que en ese intervalo habría habido un aumento
de 6. No puede haber incertidumbre en cuanto al sitio donde se tomó
la temperatura; fue necesariamente en los borbotones que se
levantan 102 decímetros sobre el nivel del cono, donde se debe
colocar el termómetro. Por lo demás, no se ha demostrado hasta el
presente, que la temperatura de una fuente termal sea invariable y
se puede suponer lo contrario, de acuerdo con las observaciones
hechas en la cadena del litoral de Venezuela en las fuentes de
Mariara y de las Trincheras, cerca de Puerto Cabello.
He aquí la comparación de las cifras del señor Humboldt con las
mías:
|
Año
|
Mariara
|
Las Trincheras
|
|
1800
|
59,2°
|
90,4°
|
|
1829
|
64°
|
96,9°
|
|
Diferencia
|
4,8°
|
6,5°
|
En el mismo sitio donde brota la fuente de agua termal de
Cobaló, cerca de Coconuco, hice un análisis de un litro de agua
|
(1)
que dio el
siguiente resultado:
|
Gramos
|
|
Sulfato de soda
|
3,89
|
|
Cloruro de sodio
|
2,75
|
|
Bicarbonato de soda
|
0,69
|
|
Carbonato de calcio
|
0,10
|
|
Carbonato de magnesia
|
indicios
|
|
Carbonato de manganeso
|
—
|
|
Gas de ácido carbónico
|
cantidades
|
|
Gas de ácido sulfhídrico
|
indeterminadas
|
|
Nitrógeno
|
|
Más tarde en París, examiné la composición calcárea
depositada tan abundantemente por el agua caliente y encontré lo
siguiente:
|
Gramos
|
|
Carbonato de calcio
|
74,2
|
|
Carbonato de manganeso
|
21
|
|
Carbonato de magnesia
|
4
|
|
Sales alcalinas
|
0,8
|
|
Total
|
100
|
Yo había descubierto una especie de nuevo mineral, una dolomita,
dentro de la cual la mayor parte del carbonato de magnesio estaba
reemplazado por carbonato de manganeso. La presencia del manganeso
explica cómo la superficie de la composición producida por el agua
termal adquiere un tinte negro brillante. Es una oxidación, en
contacto con el aire, del manganeso que entra en calidad de
protóxido, en la constitución del carbonato.
En Coconuco, la altitud 2.481 metros, temperatura 17,7°. A
mediodía salí para la misión del Puracé, a donde llegué a la 1:30,
después de haber atravesado el torrente de Coconuco y el de Anambió
que se une al Pasambió o río Vinagre. Cuando atravesé el Anambió me
mostraron los rastros de la gran creciente que tuvo lugar durante
la terrible erupción del Puracé, en 1827. Las aguas se elevaron a
más de 20 metros por encima del lecho del río, arrastrando una
mezcla de lodo y de azufre. Un poco más tarde, el Pasambió sufrió
una creciente igualmente fuerte, durante otra erupción del
volcán.
El cura Figueroa a quien había sido recomendado, me acogió
cordialmente. Era un hombre de 60 años, todavía muy vivo y alerta y
que había dado asilo a Humboldt. “Comandante, sabía de su
llegada y le he preparado un alojamiento en mi granero, en donde
usted puede disponer convenientemente sus instrumentos, va a estar
muy bien y cada día tendrá tres comidas”, me dijo. Me había
recibido en la plaza de la iglesia y me instaló de inmediato, pero
se las arregló para prohibirme la entrada a su casa. ¿Por qué? Lo
supe más tarde: tenía en la casa a una joven y bonita mestiza, su
hija, según lo supe por una indiscreción; me tenía agobiado con sus
prevenciones y con frecuencia iba a visitarme y a mirarme trabajar,
cosa que le gustaba.
“Esto me recuerda al Barón, a quien yo acompañaba en sus
excursiones”, me dijo.
Allí tenía a mi servicio a una anciana negra, de pelo blanco,
mujer excelente que me cuidó como sí yo hubiera sido un niño.
Después de haber montado mi laboratorio, comencé el análisis del
agua de Cobaló. En el Puracé sentí frío aun cuando me acostaba
sobre muy buenos colchones de lana. Mis sondeos indicaron que la
temperatura promedio era de 12,8° y en el aire de La Trocha, el
termómetro se mantenía entre l6° y 18°, altitud tomada en la granja
del cura, un poco más abajo que la plaza de la iglesia, 2.651
metros, temperatura 16,2°. Por una altura meridiana del Sol, tomada
con teodolito, obtuve para el Norte del Puracé una latitud de
2°19’14”.
Fui al río Pasambió o del Vinagre que baja del volcán y que está
profundamente encajado en una traquita. La cascada del Pasambió cae
en una sola cortina, desde una altura calculada en 80 metros y es
un espectáculo extraordinario. Como el terreno está cortado a pico,
para llegar al hemiciclo pasé el río bastante aguas abajo de la
caída, luego lo remonté por un camino muy escabroso trazado a 20
metros por encima de su nivel. Para llegar al pie de la cascada
tuve que descalzarme porque el terreno era muy resbaloso; al llegar
al fondo me mojó una lluvia fina acidulada, incómoda para los ojos,
que era el resultado del agua arrastrada por el aire. Aforé el río
Vinagre que vertió ese día 34.765 metros cúbicos en 24 horas (400
litros por segundo). A mi regreso a la finca comencé el análisis
del río Vinagre con gran admiración de mi buen cura, quien me decía
viéndome trabajar: “así trabajaba el señor barón...”
inmediatamente me di cuenta de la fuerte acidez del agua, pues al
dejarle caer limadura de zinc, inmediatamente soltaba hidrógeno
|
(2)
.
Las noches habrían sido monótonas, probablemente, por la razón
de que el alumbrado producido por una vela de cera (mirica
cerífera) no permitía escribir; pero para distraerme, la negra me
contaba la historia de los santos más renombrados en la localidad,
a quienes se invocaba para salir de los insectos malignos, para
curarse de ciertas enfermedades, para conjurar el granizo y el
rayo; ¡nada tan emocionante como esta fe sincera! El cura me daba
informaciones interesantes sobre el gran temblor de tierra que tuvo
lugar a las 6 de la tarde, un día del año de 1827 y al día
siguiente, por la mañana a las 11. Hacía cuatro años la iglesia de
la población se había desplomado, la cabaña de un indio osciló
durante un rato; el suelo tembló durante cerca de una hora y la
terrible sacudida que acabó con la iglesia se sintió en Pasto, pero
no alcanzó hasta Quito, mientras que al E-NE, el temblor causó
desastres en Timaná y en Neiva; se sintió en Santa Fe de Bogotá y
en Tunja, sin causar daños a los edificios. Al norte, en la
Provincia de Antioquia, no se sintió nada.
De esas coordenadas resulta que el centro de acción se
encontraba en el volcán del Puracé, el cual, como ya lo he dicho,
arrojó enormes masas de lodo líquido y sulfuroso.
El 20 de abril comencé mi ascensión al volcán, a las 8 de la
mañana , en vista de que los indios habían juzgado que el tiempo
sería bueno. Me acompañaban 2 guías y yo iba a caballo: nos
dirigimos hacia el Este y después de haber pasado a Belén y el
Tabor, penetramos en una selva que era un verdadero barrizal. Todas
las selvas de las tierras frías son semejantes y comunican al
viajero un profundo sentimiento de tristeza: árboles torcidos,
enclenques, cubiertos de líquenes y musgo. A las 9:30 entramos y
salimos a las 10:30 para subir una cuesta que llevaba a Pajonales.
La vegetación arborescente había desaparecido y fue necesario
apearse, como lo había hecho en la selva y andar penosamente en un
barro espeso. Al salir de las gramíneas, encontré la traquita in
situ y pronto llegamos a la región de las espeletias fraylejón, en
cuyo centro podíamos ver bloques de rocas traquíticas; ese lugar es
conocido como Cascajal y avanzábamos en dirección SE. Apenas
entrábamos allí, donde pude volver a montar, fuimos sorprendidos
por una tempestad que soltaba torrentes de lluvia y granizos de más
de 1 centímetro de diámetro y el viento soplaba del Sur con tal
violencia, que casi me arrastra.
Es curioso que 30 años antes en ese mismo lugar, Humboldt
estuviera en otra terrible tempestad de granizo y que 24 años
después, siempre en la misma localidad, el coronel Codazzi fuera
sorprendido por otra parecida.
Más allá de Cascajal bajé del caballo para subir la pendiente
que llevaba la azufrera del Boquerón de donde salían columnas de
vapor: marchábamos sobre azufre y yo estaba en un triste estado,
porque después del granizo había sobrevenido una nieve, lanzada por
un viento impetuoso que me enceguecía; avanzábamos hacia el Sur y
para poder respirar era necesario mirar hacia el Norte; al fin, al
mediodía suspendimos la marcha en el azufral, sintiéndonos bien
pues nos calentábamos y secábamos al calor que salía del volcán.
Por debajo del suelo se oía el ruido que hubiera producido un
líquido en ebullición.
La pendiente nor-oeste del Puracé, debajo de la línea de las
nieves, está llena de fisuras, especie de orificios, por donde
salen vapores con un ruido aterrador; estos vapores están mezclados
con gas de ácido carbónico y azufre que se deposita en numerosos
cristales.
Una vez caliente y seco, procedí a llevar a cabo los
experimentos: primero sobre un punto en donde el chorro de vapor
salía por una abertura de 30 centímetros de diámetro, coloqué la
superficie exterior de un vaso lleno de nieve y observé que el agua
que se condensó tenía una particularidad notable al no tener
rastros de ácido clorhídrico, contrariamente a lo que Gay-Lussac
había encontrado en el Vesubio. Un termómetro sujetado por un
alambre y suspendido en la corriente de vapor, marcó 86,5° de
temperatura; nos encontrábamos en una altitud de 4.360 metros y el
mercurio en el barómetro se sostenía a 459 milímetros, la tensión
del vapor se reconoce en 458,7 milímetros de mercurio. Así que el
vapor emitido en ese lugar del Boquerón estaba a la temperatura del
agua hirviendo. A la altitud en que estábamos, el terreno trepidaba
incesantemente. A 5 metros del re3piradero el termómetro se
mantenía en 49, como se ve, a 86 no fue fácil recoger el gas que
acompañaba el vapor acuoso, pero logré hacerlo y encontré que ese
gas está formado, en su mayor parte por ácido carbónico mezclado
con un poco de ácido sulfhídrico y de nitrógeno: eso ya lo había
comprobado yo en el Tolima y después en los volcanes del Ecuador.
Estos resultados generales han sido confirmados por los viajeros
que han observado las bocas ignívomas y las solfataras. En América,
desde California hasta Chile, en Europa y en Asia, se encuentra
constantemente en los cráteres y en las fumarolas, el vapor acuoso
asociado al ácido carbónico, al ácido sulfhídrico y al ácido
sulfuroso; algunas veces, como en el Vesubio, al ácido clorhídrico
y a gases combustibles.
Terminé mis experimentos llevados a cabo en condiciones muy
difíciles porque mientras de un lado bocanadas de vapor me
quemaban, del otro me congelaba un viento glacial que varias veces
estuvo a punto de hacer volar mis instrumentos; después subí hasta
la nieve , en donde encontré a una india que la recogía para
llevarla a Popayán en donde se la pagaban a dos pesos la carga de
100 kilos.
Mis guías se negaron a subir al glaciar, pero al final uno se
decidió a seguirme; la ascensión era más y más difícil: dos veces
me tumbó el viento hasta que después de muchos trabajos llegué a
200 metros de la cima del volcán. La nieve estaba tan sólida y
resbalosa que habría sido imprudente continuar el camino ascendente
y la pendiente era tan fuerte que una caída me habría costado la
vida. Allí abrí el barómetro y encontré una altitud de 4.669 metros
y una temperatura de 7,8° aceptando que la cima esté a 5.000 metros
de altura absoluta, me encontraba entonces a 300 metros de la boca
del volcán. Por debajo del límite de las nieves, muy bajas en ese
entonces, se encontraban bloques de traquita estratificada.
Un higrómetro de Saussure fijado en una estaca enterrada en la
nieve, marcó entre 9Y y 97, lo que se puede considerar como humedad
máxima, observación que me sorprendió en un principio, pero que
pensándolo bien, comprendí que no podía ser de otra manera: el pelo
del instrumento, lo mismo que mis cabellos, estaba cubierto de
gotas de rocío formado por el vapor que al elevarse de regiones
inferiores, se condensa por el enfriamiento. Eso explica también
por qué, durante mi permanencia sobre la nieve, de un momento a
otro quedaba envuelto en la niebla liviana que desaparecía para
reaparecer en seguida; varias veces he visto esas brumas
intermitentes manifestarse sobre los glaciares.
El azufral del Boquerón, incluyendo los varios respiraderos que
lo rodean y que lanzan con un ruido a veces formidable, gases y
vapores, no presentaba ningún caso de ignición: era una solfatara.
Los bloques de traquitas con aspecto de escoria y fundidos en
algunos puntos, era lo único que mostraba la intervención del
fuego. Ahora bien, en la cordillera, una solfatara no es un volcán
muerto, es un estado de reposo al que puede suceder, sin que nada
lo haga presentir, una terrible y prodigiosa actividad. Así que el
Puracé, tan calmado cuando lo visité, en el curso del año 1859,
tuvo una serie de erupciones. Los terrenos circundantes fueron
inundados por un barro líquido que al consolidarse formaba una
cerca circular de unos cien metros de diámetro, en el punto de
emisión, un verdadero cráter de derrame. En los años siguientes los
temblores de tierra fueron frecuentes en la Provincia de Popayán,
siendo los precursores de la catástrofe del 4 de octubre de
1869.
Ese día, a las 3 de la mañana, el Puracé tuvo una erupción
formidable: piedras incandescentes y cenizas fueron lanzadas a
muchas leguas de distancia. Los lechos del Anambió y del Pasambió
se llenaron de barro sulfuroso; la misión de Puracé fue destruida y
dos días después, el 6 de octubre a las 3 de la tarde hubo una
segunda erupción: los proyectiles llegaron a la ciudad de Popayán,
situada a más de 27 kilómetros, a vuelo de pájaro. Masas
considerables de materias negras, mezcladas de azufre, devastaron
toda la región. Estas emisiones de lodo, estas “mogas”,
no son raras y los montañeses de los Andes dicen que sus volcanes
lanzan fuego y agua a la vez.
A las 3 el cielo tomó un color azul oscuro y hubo que pensar en
regresar al punto de partida. Tratamos de ir a una fuente caliente,
sulfurosa, situada más allá de una hondonada profunda, cortada por
masas de traquitas que tenían aspecto de ruinas de castillos,
marchamos por largo tiempo sobre los bordes de un precipicio. El
sendero, o más bien la cornisa, se hizo tan estrecha que no se
podía avanzar sino muy lentamente y con muchas precauciones debido
a la espesa escarcha. Nos vimos obligados a abandonar nuestro
proyecto, pues ya se avecinaba la noche y así volvimos a los
Pajonales, en donde tomé la altitud que fue de 3.546 metros y la
temperatura de 12,2°. A las 5 llegamos a la misión, después de
haber gozado un instante de la vista que se tiene desde el alto de
Belén. Al cura le encantó yerme y tan pronto me divisó gritó:
“La negra le va a servir tres platos”. Verdaderamente yo
los necesitaba pues había sufrido un gran desgaste en mi excursión.
Al día siguiente continué el análisis del agua ácida del río
Vinagre.
|
Gramos
|
|
|
Ácido sulfúrico
|
1,1 monohidrato
|
1,34171
|
|
Ácido clorhídrico
|
1,2117 cloro
|
1,1784
|
|
Aluminio
|
0,4028
|
|
|
Cal
|
0,1333
|
|
|
Sílice
|
0,0237
|
|
|
2,8715
|
|
A mediodía miré el barómetro colocado sobre la plaza de Puracé
que estaba situada un poco más abajo de la granja. Altitud 2.720
metros, temperatura 16,6°.
El 23 de abril a las 11 me despedí del excelente cura y de
“su familia” y me presentó a la joven mestiza cuando yo
ya estaba a caballo. Seguí la ruta de San Isidoro, bajando primero
al lecho del río Vinagre (altitud 2.297 metros, temperatura 16,8°).
A la 1 dejé este lugar al este ya las 10 atravesé el torrente de
Las Piedras; a las 5 llegué a Popayán bien mojado, pues la lluvia
no había cesado desde Purace.
Seguí observando las costumbres de la región: muchos hombres
casados tienen una amante a quien suministran un negocio para
asegurar su subsistencia. La esposa legítima queda abandonada,
secuestrada como una mujer oriental. Así descubrí, por casualidad,
la niña de la casa de la familia Varela, a quien se mantenía
escondida a todos los ojos, muy bonita por cierto, y cuyo marido
vivía con una ñapanga que atendía una pulpería. El secretario del
obispo tenía también una mujer con negocio: iba a visitarla por la
noche para fumar allí un cigarro.
Dejé a Popayán el 23 de mayo, después de haber pasado un mes y
medio, tiempo que me pareció corto por haber estado muy ocupado y
por la influencia de este clima delicioso , en donde se vive sin
darse cuenta. Tanto el señor Varela como su esposa estaban
emocionados por mi partida, parece que ella sentía por mi un amor
puramente platónico, pero el mayor dolor fue el que me manifestó mi
sirvienta, quien creo que se llamaba Juana y nunca había visto yo
tamaña abundancia de lágrimas; es que un pobre esclavo siente un
cariño sincero por el dueño que lo trata con bondad y me fui
llenándole las manos de monedas plata. A la 1 monté a caballo para
despedirme del obispo, quien me esperaba para testimoniar su
afecto: “usted va a atravesar una región peligrosa,
especialmente por la situación política actual; he aquí una carta
dirigida a los curas de mis diócesis, que le ruego mostrársela,
especialmente a los que le parezcan sospechosos”, me dijo con
emoción; esta carta era en realidad un salvoconducto que decía:
“El teniente coronel don Juan Bautista Boussingault es uno de
mis amigos; va a Quito. Les ruego ayudarlo cuando ello sea
necesario”. Salvador, Obispo de Popayán.
|
(1)
|
Anales de Química y Física, segunda serie, tomo LII, Pág. 181:
“Consideraciones sobre las fuentes termales de las
Cordilleras”. Obra citada: Tomo LIII, Pág. 3966: “Examen
químico de una sustancia mineral depositada por el agua caliente de
Coconuco, cerca de Popayán. (Regresar a 1)
|
|
(2)
|
Anales de Química y Física, segunda serie, Tomo LI, página
107. Análisis del río Vinagre. (Regresar a 2)
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