Las ñapangas son mujeres blancas, de costumbres ligeras, que se
visten elegantemente, pero sin zapatos y que usan anillos algunas
veces de gran valor, en los dedos de los pies. Estas mujeres, muy
bonitas en general, se apresuran a visitar a los extranjeros desde
que llegan a Popayán; afortunadamente a mí me vigilaba muy bien mi
mulata, un verdadero perro de guardia: ¿Cómo se había instalado en
mi casa este cancerbero? Lo ignoro. Todo lo que yo sabía es que era
una esclava de la familia Varela; ¿su dueña le habría dado como
misión la de protegerme contra las provocaciones del bello sexo?
Así lo creo. Un día, al volver a mi casa, asistí a una escena que
habría podido ser trágica: encontré a Juana en la escalera, con una
navaja en la mano y agarrada con una ñapanga y si no hubiera sido
por la intervención de mi buen Vicente, habría corrido sangre. De
resto, mi sirvienta no me molestaba en nada; cuando yo tomaba el
desayuno en la casa, preparaba el chocolate y nunca dejaba de
recitar el “benedicte”. Muy por la mañana se arrodillaba
y rezaba en voz alta a las primeras campanadas de maitines, luego
volvía a subir a su canapé, después de asegurarse que las pulgas no
me atormentaban. Mientras me hallaba ausente de la ciudad, ella
permanecía sola al cuidado de la casa, tendida sobre un cuero de
cordero, cerca de un baúl en donde sabía que había oro; era muy
discreta y no tenía sino un solo defecto muy excusable: el de
exigir que le admirara los senos, por cieno irreprochables ya que
ella tenía el sentido de su valor. La buena muchacha se ausentaba
ordinariamente algunas horas, probablemente para rendir su informe
a la señora Varela.
Fue durante una de sus ausencias que recibí la visita de una
ñapanga célebre por su belleza y por su inmoralidad, a quien
llamaban “Bayonetica”. Trabajaba con su madre, otra
ñapanga todavía joven, llamada “Bayoneta”. Vicente, quien
no era un cancerbero, se divirtió mucho con su presencia, aunque
temiendo el regreso de la sirvienta, quien tuvo la buena idea de
demorarse hasta que la visitante se había retirado, sin conseguir
el préstamo que había venido a hacerme. Tan pronto entró en mi
habitación, Juana cayó en la cuenta, por el perfume, que una mujer
acababa de salir y Vicente le dijo quién era la ñapanga. Nada tan
divertido como la furia de la mulata encargada de protegerme.
—“Es la más despreciable de la mujeres, figúrese usted
don Juan, que el obispo se acuesta entre ‘Bayoneta’ y
‘Bayonetica’. Qué monstruosidad, madre e hija”. No
logré convencerla de que lo que decía era una calumnia y Vicente no
logró callarla sino mostrándole mi fusta. ¡Singulares costumbres!
Otro ejemplo:
Un guerrillero de Pasto famoso por sus crímenes, y soporte de
Obando, el comandante Zarria, un zambo, se apresuró a presentarse
en mi casa cuando supo que yo era amigo del obispo; era un hombre
grosero, de mirada falsa y me ofreció sus servicios que yo no
acepté pues no tenía a quien eliminar. Corría entonces el rumor de
una atroz venganza llevada a cabo por este miserable. He aquí los
hechos perfectamente comprobados:
La mujer de Zarria tenía como amante a un buen y simpático
muchacho; esto no tenía nada de extraordinario, conociendo las
costumbres de la región. El comandante hizo el simulacro de partir
para una expedición que debía durar varios días, pero la misma
noche de su partida de Popayán, se introdujo silenciosamente en su
casa y encontró a su esposa, quien dormía el sueño de la inocencia
en los brazos de su querido amigo: el despertar fue emocionante, la
dama huyó y entonces Zarria hizo coger al joven por 4 de sus
soldados y le dijo: “no temas nada, no te haré sufrir, te voy
a castrar; la época es favorable y sé este oficio porque antes de
entrar al servicio fui un hábil capador”. Dicho esto, operó al
infeliz y metiendo los testículos en una botella de aguardiente,
los envió a la señora Zarria. Cuando se supo esta horrible
venganza, no se oyó sino un grito de indignación. Las mujeres
estaban furiosas; yo conocí al “mártir” quien se había
recuperado rápidamente; estaba un poco más gordo y su voz se había
aflautado, pero lo más singular es que la señora Zarria lo amó con
frenesí, en la misma forma en que Eloisa amó a Abelardo y todavía
más curioso es que las señoras buscaban al castrado por una razón
bien conocida por los fisiólogos. “Oh, querida amiga, decía
una mujer liviana, es verdaderamente delicioso este pobre inútil,
te aseguro que se debería hacer castrar a nuestros
maridos”.
A pesar de la sencillez del mobiliario de las principales
familias, se veían objetos que habrían sido muy estimados en
Europa: sillones que databan de la Conquista, magníficas tapicerías
en cuero de Córdoba, vajillas espléndidas y en cantidades que
databan del siglo XVI.
Los temblores de tierra son muy frecuentes en Popayán, debido a
la vecindad del volcán Puracé y en el curso del siglo pasado
llegaron a contarse 120. El 17 de mayo de 1831 a las 4:05 de la
tarde, la tierra tembló durante varios segundos y la sacudida fue
suficientemente intensa para alarmar a la población. Era una
invitación a salir de la casa: el gentío afluía a la plaza mayor
con el terror pintado en los rostros; los rangos y las castas se
confundían; se rezaba y se entonaban cánticos; unos besaban la
tierra, otros se confesaban en voz alta; era una escena digna del
fin del mundo; grandes damas y ñapangas fraternizaban a los pies
del obispo. Después de la oscilación el temor se disipó y cada uno
regresó a su casa. Encontré a Juana rezando fervorosamente cerca de
mi baúl, pues decía ella que no había querido abandonar el tesoro
que se imaginaba, estaba confiado a su cuidado. A las 7 y media de
la noche la tierra tembló de nuevo, tan suavemente que nadie se
alarmó. La gran sacudida de las 4:05 que movió la tierra en sentido
vertical, no causó ningún daño sino el de desplazar los muebles en
las casas.
Yo efectué numerosas excursiones: fui a ver los prismas
porfidicos de Pisojé. Me perdí en el camino y llegué a la cantera
de Yanaconas, a una legua de la ciudad; de allí se extrae una
piedra para construcción que está formada por una traquita de pasta
terrosa, de gris claro, que encierra cristales de feldespato vítreo
y de mica negra hexagonal. La roca está fracturada en todos los
sentidos y no pude reconocer la relación de este yacimiento con el
de los pórfidos de Popayán. Hacia la tarde, con un magnifico cielo
que dejaba ver las nieves del Puracé, tomé desde la plaza un ángulo
de altura del nevado: 5° 50’.
Yo tenía gran interés de confirmar si el pico del Sotará era
realmente un volcán: salí a las nueve hacia Pisimbalá y marchando
al sur, después de haber atravesado dos quebradas, seguí el camino
de las Estrellas. A mediodía había llegado a la hacienda de
Chiribío (altitud 2.096, temperatura 20,5°) cerca del riachuelo de
los Robles. Al salir de allí se entra en la montaña por el más
horrible camino que hubiese tenido que usar, sin exceptuar los
pantanos del Quindío; no se entiende cómo pueden pasar las mulas
por tales barrizales y trepar una pendiente bastante fuerte,
formada por una fila de hoyos llenos de agua. Gracias al vigor de
mi mula a las 2 había llegado al alto de las Estrellas (altitud
2.664 metros, temperatura 17,7°). La lluvia no había cesado y este
alto parece ser la continuación del alto de los Robles. La bajada
de las Estrellas es tan mala como la subida, un poco menos, quizás;
estaba sobre un esquisto en tal estado de alteración que no se
podía especificar su naturaleza. A las 5 me detuve para pasar la
noche en el molino de Pisimbalá: la lluvia y la fatiga me habían
producido una fuerte fiebre. Una mujer me instaló en una especie de
cocina y me dijo: —“si el señor blanco viene, lo podremos
alojar en la casa”. El “blanco” llegó; pasé a la
hermosa casa a la que le faltaban puertas y ventanas, me acosté
sobre una tierra húmeda y el señor blanco se apellidaba Caldas y
era sobrino del infortunado mártir, que había sido llevado a Bogotá
en donde los españoles lo pasaron por las armas. No pude dormir por
la fiebre, las pulgas, el frío y la lluvia que el viento empujaba
dentro de la habitación. Los alrededores de Pisimbalá son muy
arborizados; a las 9 me puse en camino hacia la hacienda de Sotará,
a pesar de la fiebre que no me había dejado. En el riachuelo de la
chorrera se ve el grünstein porfidico y a las 11, al pasar el río
de Danta Salada, encontré un esquisto micáceo, con concreciones de
cuarzo; el esquisto estaba dispuesto en capas verticales en
dirección este-oeste.
A mediodía llegué a la hacienda donde me acosté en una cama
aceptable, muy abatido por la fiebre; allí fui cuidado por una
muchacha blanca que no dejaba de hacerme tomar leche caliente. ¡Qué
bien me trató esta niña! 24 horas después de mi llegada resolví
subir al Sotará para asegurarme de que no era un volcán. Había
necesitado 3 días para llegar a la hacienda. Nadie me quiso
acompañar; los indios me aseguraban que se corrían los peores
peligros al aproximarse al pico y que era suficiente gritar o
silbar para determinar la formación de una tempestad inmediatamente
o para hacer caer el granizo. La muchacha blanca, mi nodriza, me
abrazó como si no me volviese a ver nunca. A las 8 pasamos el río
Quilcacé, cuyas aguas van al Pacífico, después de haber recorrido
el valle del Patía; el sitio en donde nos hallábamos era un
torrente tan impetuoso que habría sido imprudente atravesarlo a
caballo; así que se estableció un puente formado de troncos. Al
salir de Quilcacé se asciende una cuesta que sigue el curso del
torrente. A mediodía, llegamos a la quebrada de las Flautas, en
donde se observa la traquita. Después de haber atravesado la región
de los pajonales, se descubre el pico del Sotará como una masa
oscura; dejando un sendero que lleva al pueblo de Rioblanco, nos
dirigimos en línea recta hacia el pico. A mediodía nos desmontamos
y a la una y treinta estábamos en la base traquítica del Sotará. Al
explorarlo pudimos verificar que ese cono no es un volcán, ni
siquiera un volcán apagado. Al pie del Sotará: altitud 3.544
metros, temperatura 13°.
A las 4 encontramos nuevamente nuestras mulas y nos encaminamos
a la hacienda bajo una fuerte lluvia. La noche nos sorprendió antes
de llegar al Quilcacé: el torrente rugía debido a una creciente
súbita; los bloques de traquita arrastrados por las aguas hacían un
ruido espantoso; el puente de troncos se sacudía y nuestra
situación fue singular al atravesar el abismo en completa oscuridad
y todavía no sé cómo nuestras mulas pudieron pasar el río sin
accidente; probablemente el mestizo conocía el sitio de donde debía
lanzarlas a la orilla opuesta. A las 8 de la noche llegamos a la
hacienda, ¡pero en qué estado! Mi joven nodriza, después de haberme
administrado un baño de pies, me hizo acostar y me trajo un tazón
de leche caliente que tuve que tomar; decididamente me estaba
tratando con biberón; ¡la misma estaba provista de un magnífico
aparato mamario! Al día siguiente ya estaba bien y fui a examinar
el otro lado del río Molino, que corre cerca de la hacienda por una
montaña de un raro aspecto: la mina Zurco, una roca anfibólica en
la cual, poco después de la Conquista, se ha explotado el oro
porque contiene cristales de pirita; esta roca se relaciona con el
esquisto micáceo.
Monté a caballo a las 8 en la hacienda de Sotará (altitud 2.256
metros, temperatura 16,9°). Después de haber atravesado varias
veces el río Paispambá, que iba al Quilcacé, me encontraba a la 1
en la hacienda de Riofrío, de donde se sube para bajar de nuevo
hacia Timbío; a las 3 dejamos el poblado al sur para llegar al alto
de los Robles (altitud 2.049 metros, temperatura 24,4°). A las 5
quebrada de las Lajas, a las 6 las Dos Quebradas a las que les
sirve como lecho pórfido con cristales de feldespato que sirve para
pavimentación; a las 7 llegaba a Popayán bien mojado y bien
cansado.
El Sotará se halla a algunas millas al sur-este de Popayán y al
oeste se divisa la cordillera de Monchique, que va hasta el Chocó.
La cadena de los Robles limita la vista al sur. De acuerdo con
Humboldt, Monchique está asentado sobre sienita en la que se
encuentran numerosos cristales de cuarzo que a veces llenan
cavernas enteras. Varios de esos cristales contienen especies
minerales, como feldespato, cinabrio y anfibol, además de manchas
cuya naturaleza ignoro. El señor Varela se había casi arruinado
explotando esas cavernas de cuarzo que pretendía ser diamante. Como
sucede con frecuencia, comenzó por ser engañado y terminó siendo un
estafador. Su mujer nunca le perdonó haber gastado tanto dinero en
una empresa que juzgaba quimérica y el pobre hombre me mostraba una
linda colección de cristales de roca, afirmándome que lo que veía
eran diamantes de un precio inestimable. No logré desengañarlo y le
dije: “si esto es diamante, venga conmigo a la casa de moneda
y si arden y desaparecen en la mufla de los encargados de los
ensayos, admitiré que sí son diamantes”. El no quiso ensayar
esta prueba y terminó ofreciéndome por 50.000 francos los cristales
que me mostraba y que valían, a su parecer, varios millones, lo que
me convenció de que se trataba de un alucinado.
Cuando me fui para Pasto, el señor Varela me entregó una caja
que contenía un kilogramo de cuarzo, cuyo valor, decía él, era
1’000.000. de piastras, pidiéndome que yo sacara de él el
mejor partido posible cuando lo llevara a Francia. Como el paquete
aumentaba inútilmente el peso de mi equipaje, boté ese tesoro en el
río Molino. Pero aquí comienza la estafa: yo había depositado en la
casa de moneda un pequeño lingote de oro para hacer fabricar unas
medallas y autoricé a Varela para retirarlas y enviármelas a donde
yo le indicara; algunos meses más tarde, en la mesa del general
Flórez, me entregaron una cajita con fragmentos de cuarzo y una
carta de Varela, en donde me informaba que me reembolsaba el
producto del lingote de oro , con varias libras de diamantes de la
mejor calidad. Los presentes se rieron mucho, cada uno cogió
algunos “diamantes” para utilizarlos como piedras de
yesca. Esta gracia me costo algunos centenares de francos.
Una excursión interesante fue la que hice a los Ubales, para ver
la Tetilla de Julumito. Después de haber atravesado el torrente de
Pandiguando, cerca al lugar en donde desemboca el río Molino,
llegué al Cauca que corre dentro de un canal muy profundo, en una
hora de marcha; dos horas después entraba en la hacienda de los
Ubales, sobre terreno porfídico descompuesto. En la tierra de todos
los campos cultivados se encuentran cantidad de pequeños trozos de
obsidiana, cuyo origen es difícil de establecer: el Puracé no los
lanza, el Sotará tampoco y los indios pretenden que estas curiosas
esquirlas cayeron de “arriba” y les dan el nombre de
“piedras de rayo” de las cuales hice una bonita
colección. Entre esas obsidianas hay algunas absolutamente
incoloras, transparentes, de un bello reflejo y que por su dureza
podrían ser utilizadas en joyería.
Cerca de Ubales se encuentra la Tetilla, que como su nombre
indica, tiene la forma de un seno y está formada por una roca negra
compacta que se puede tomar por basalto, si no tuviera piritas.
Probablemente es un grünstein porfídico, muy anfibólico.
Sorprendido por una tempestad, regresé a Popayán.