INDICE





LAS MEMORIAS DE UN NATURALISTA Y CIENTÍFICO QUE CEDIÓ A LA TENTACIÓN DE SER OBSERVADOR Y CRÍTICO SOCIAL

INTRODUCCIÓN

TOMO I

CAPÍTULO I
Mi formación — La Revolución francesa — Napoleón — El espanto de la guerra — Humboldt — Preparativos de viaje.

CAPÍTULO II
Caracas — Los temblores de tierra — Ascención a la silla.

CAPÍTULO III
Valle de Aragua — Lago Tacarigua — Morro de San Juan — Sitio de Puerto cabello— El general Páez— El árbol de la vaca— Aguas termales de la cadena del litoral.

CAPÍTULO IV
Cordillera Oriental de los Andes — Su constitución geológica —Nivelación barométrica — Efectos del temblor de tierra de 1812, observados en diferentes localidades — Sierra Nevada de Mérida —Lago Urao— Pamplona, sus minas de oro— Hierro meteórico de Santa Rosa.

CAPÍTULO V
Explanada de Bogotá — Nación Muisca — Su conquista - Guerras de la Independencia — Descripción de la meseta.

CAPÍTULO VI
Las primeras luchas por la Independencia — Bolívar.

CAPÍTULO VII
Meseta de Bogotá — Constitución geológica — Sal gema — Salinas —Carbón — Minas de esmeraldas.

CAPÍTULO VIII
Bogotá — Situación — Clima — Costumbres — Aventuras — Excursiones por los alrededores.

CAPÍTULO IX
Excursión para determinar los límites del terreno al sur de Bogotá —   Valle del Magdalena entre honda e Ibagué — Observaciones sobre el aumento de la intensidad del sonido durante la noche — Puente natural de Pandi o Icononzo.

TOMO II

CAPÍTULO X
Jugo venenoso del ajuapar— Accidentes que sucedieron mientras analizábamos esa materia — El comandante don Juan con nodriza — Irradiación nocturna en Bogotá.

CAPÍTULO XI
Algunos de mis conocidos en Bogotá — El Libertador Bolívar —Personajes — Sucesos.

CAPÍTULO XII
El Salto de Tequendama — Historia de Manuelita Sáenz.

CAPÍTULO XIII
Expedición de 1824— En los llanos del Meta.

CAPÍTULO XIV
Cordillera Central y Cordillera Oriental— Valle del Cauca— Minas de oro de La Vega de Supía - Provincia de Antioquia.

CAPÍTULO XV
Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

CAPÍTULO XVI
Viaje a la región aurífera y platinífera del Chocó.

CAPÍTULO XVII
Viaje al Ecuador— Estudios sobre la región volcánica.

CAPÍTULO XVIII
Ascensión al volcán del Puracé.

CAPÍTULO XIX
Viaje de Popayán a Pasto — Estancia en Pasto.

CAPÍTULO XX
Viaje de Pasto a Quito.

CAPÍTULO XXI
Ecuador.

CAPÍTULO XXII
Ascensión al volcán de Pichincha.

CAPÍTULO XXIII
Ascensión al Antisana.

CAPÍTULO XXIV
Tertulias y puros.

CAPÍTULO XXV
Ascensión al Chimborazo (1831).

CORRESPONDENCIA 1818-1826
Correspondencia I-X
Correspondencia XI-XVI
Correspondencia XVII-XXII
Correspondencia XXIII-XXIX
Correspondencia XXX-XL
Correspondencia XLI- LI
Correspondencia LII-LXII
Correspondencia LXIII- LXXIII
Correspondencia LXXIV - LXXXI
Correspondencia LXXXII - CII
Correspondencia CIII - CXXIX
CAPÍTULO XVII
 

 

Viaje al Ecuador- Estudios sobre la región volcánica.
 

 

Cuando me resolví a explorar el Sur de Colombia, la república parecía próspera; ya en 1822, cuando desembarqué en La Guayra, los españoles vencidos en los llanos del Apure y del Orinoco, así como en la Cordillera Oriental de los Andes, no ocupan sino dos puntos importantes del litoral: Puerto Cabello y Maracaibo. La plaza de Cartagena, todo el curso del río de la Magdalena, Bogotá y la Provincia de Popayán, en una palabra el territorio de Venezuela y de la Nueva Granada estaban libres hasta Pasto.

Puerto Cabello y Maracaibo capitularon, pero las provincias de Pasto y del Patía permanecieron mucho tiempo como un obstáculo infranqueable que detenía la marcha del ejército republicano hacia el Sur. Los pastusos después de una terca resistencia en los desfiladeros de Juanambú, fueron atacados y derrotados varias veces, pero reaparecían prontamente. No fue sino después de una sucesión de combates sangrientos, seguidos de terribles represalias, como Bolívar pudo llegar a Quito. Sin embargo el sentimiento realista persistía en Pasto y desgraciado del oficial colombiano que se aventurase por esas montañas sin escolta.

La ciudad fue saqueada e incendiada, pero de todas maneras los habitantes jamás dejaron de estar listos para el levantamiento contra el gobierno republicano al grito de: "Dios y el Rey". En realidad los pastusos jamás fueron sometidos totalmente: no cedían sino a la fuerza.

Por ese entonces una gran parte del territorio de la América meridional estaba libre de la dominación española y ya no se trataba sino de consolidar la Conquista para organizarla. Un movimiento de insurrección contra España provocado por el general San Martín, estalló en Lima y Bolívar fue llamado para establecer allí la república. El Libertador se apresuró a responder el llamado de los peruanos, lo que fue un error, pero él no era un político y no soñaba sino con la gloria militar.

Colombia, Venezuela, Bogotá y Quito no eran fáciles de unificar debido a las distancias que separaban los tres estados cuyos habitantes, además, no eran de la misma raza. De hecho, la fusión jamás tuvo lugar.

Bolívar, a la cabeza de las divisiones colombianas que condujo hasta el Sur, derroto a los españoles, fomentó la revolución y llegó prontamente al apogeo de su reputación. Se le proclamó "Libertador" de Colombia, del Perú y fundador de Bolivia, república de la cual Sucre fue nombrado presidente vitalicio. El prestigio del Libertador fue inmenso, aun en Euro­pa; fácilmente se pudo contraer un empréstito en Inglaterra que permitió, afortunadamente, pagar lo que se debía, porque aun victoriosos y comandados por un héroe, éramos más pobres que las ratas.

¡Una admiración exagerada no dura jamás! La aureola que rodeaba a la persona de Bolívar, desapareció rápidamente. Los partidarios del rey se agitaban sordamente en Lima; el descubrimiento de una conspiración produjo el arresto y la condena de un personaje importante por su nacimiento, su fortuna y sus relaciones: el conde de Torretagle, quien fue pasado por las armas.

Con la vista puesta hacia el Perú, nosotros podíamos prever las situaciones que traería un ejército indisciplinado comandado por jefes incapaces. Las tropas auxiliares de la II División abandonaron su bandera; varios regimientos se rebelaron contra sus oficiales a quienes enviaron prisioneros al Ecuador y el ejército quedó completamente desorganizado. Bolívar, de regreso a Quito, encontró su poder tambaleante en Colombia. La dictadura era imposible y se dirigió hacia Bogotá en donde un congreso debía presidir la elección de un presidente. No sin peligro atravesó el Libertador las provincias de Patía y de Pasto, ya bastante agitadas desde que se había conocido lo que se podría llamar el desastre del Perú, confirmado por la fuga del general Sucre, herido en una revuelta en Bolivia. Venezuela, en donde se había logrado mantener el general Páez, se separó de la Nueva Granada, lo mismo que Quito.

Colombia se encontraba así dividida en tres estados independientes. El partido democrático bien pronto ejerció una reacción sobre el militarismo. Bolívar, asqueado y enfermo murió en Santa Marta, de paso para Caracas, de donde tenía la intención de pasar a Europa. Murió pobre el 17 de septiembre (sic) de 1830, a la edad de 47 años, 4 meses y 23 días, después de haber sacrificado su gran fortuna por la causa de la Independencia. Fue un hombre honrado, valiente y perseverante y en la guerra era un infatigable guerrillero. En realidad, no podría haber sido sino soldado, teniendo en cuenta el ambiente en donde se había colocado con la firme intención de sustraer a su país de la dominación española.

Al desaparecer Bolívar, la anarquía fue general. Cada jefe militar apareció como una especie de potentado. Yo viví durante un tiempo en el centro de esta tempestad política. Es cierto que tanto el general Flórez, al tomar el poder en Quito como lo había hecho el general Páez en Caracas, lograron mantener el orden en los dos extremos de la antigua Colombia. Los miserables conflictos que tuvieron lugar durante el efímero reino de esos pequeños déspotas, no merecen mención alguna. Este fue un caos indescriptible que no vacilo en atribuir a la indiferencia absoluta de lo que llamamos el pueblo americano, por tal o cual forma de gobierno. Los indios, los mestizos, los zambos y los negros tienen tendencia de someterse al más fuerte y así se convierten en los instrumentos inconscientes de las castas superiores, a las cuales obedecen mientras no les sea posible escapar. Triste país aquel en donde no se encuentra la clase media reguladora que es la verdadera fuerza de una nación.

No contaré por orden cronológico los incidentes de los que fui algunas veces testigo y algunas veces actor, pero hablaré de ellos a medida que el recuerdo llegue a mi memoria, es decir que trazaré un simple itinerario de mi travesía del Valle del Cauca al Ecuador, recordando que tenía por principal objetivo el estudio de los fenómenos naturales y, como accesorio, la descripción de la sociedad mezclada con la que conviví en las cordilleras. Esas serán, si se me permite decirlo, las indiscreciones del viajero.

Salí de la Vega de Supía el 8 de diciembre de 1830 para llegar a Quito; en ocho días atravesé a caballo la selva pantanosa y el 17 de diciembre entré a Anserma nuevo en donde debía hacer los preparativos de viaje y llevar a cabo algunas observaciones para relacionar la cima del Nevado del Tolima con las cimas nevadas de los páramos del Ruiz y Santa Isabel. Bogotá y Anserma nuevo, cuyas posiciones eran conocidas, se convertían entonces en la base de un inmenso triángulo. Los acontecimientos políticos me retuvieron tres meses en Anserma, en donde había pensado demorarme solamente unos días. El camino hacia el Sur no era utilizable durante el caos del cual he hablado, en el que se veía nacer y morir un congreso, mientras que la revolución era permanente y los asesinatos frecuentes. Sucedió que el general Urdaneta estableció en Bogotá la sombra de una administración, soñando siempre en la reconstrucción de Colombia y en el restablecimiento de la preponderancia militar. El Colegio de San Bartolomé fue convertido en cuartel: era una ciudadela en el centro de la capital, ocupada por Urdaneta y los veteranos, restos del ejército de Bolívar. El resultado fue un desagrado general en toda la Nueva Granada que encontró eco, especialmente, en el Sur. Anteriormente, por una de esos movimientos repen­tinos que tienen lugar durante los alzamientos civiles, la guarnición de Bogotá había aclamado a Obando y a López como jefes absolutos.

Con el objeto de reprimir las tentativas que Obando pudiese hacer para tomar el poder como resultado de esta aclamación el general Mosquera marchó sobre Ibagué con una columna que debía reunirse con las milicias del Valle del Cauca, comandadas por Murgueitio y hostiles a Obando y a López. Pero sin pérdida de tiempo estos generales habían conseguido partidarios desde el Patía hasta Popayán, contra lo que llamaban la tiranía y la usurpación de Urdaneta. Así lograron reunir y armar una columna de 600 hombres, formada por infantería y caballería, a la que fueron incorporados los antiguos e intrépidos guerrilleros realistas que siempre habían conservado relaciones con Obando.

Este ejército de la libertad se encontraba el 9 de diciembre concentrado en Palmira y allí fue donde Murgueitio resolvió atacarlo. Desgraciadamente el lobo se encontraba en el rebaño y el batallón de cazadores de Bogotá pasó en gran parte al enemigo; el resto, después de haber combatido valientemente, sucumbió ante una fuerza superior; los jefes además eran hostiles al gobierno que servían, Obando atrajo prontamente las tropas divididas de Urdaneta, las que, después de su derrota, se incorporaron al ejército de la libertad, siguiendo el sistema de "lanzadera" que los combatientes de América practican con tanta frecuencia, desde la Conquista. Sesenta infelices quedaron en el campo de batalla de la hacienda el Papayal, cerca de Palmira.

El número de soldados de Obando se dobló por la defección de los bogotanos y este jefe de partido se convirtió en amo del Valle del Cauca: la ruta de Popayán a la capital de la Nueva Granada, quedaba abierta y todas las ciudades del valle declararon que se unían al Estado del Ecuador. Obando estableció su cuartel general en Cartago y fue allí en donde lo conocí: era un hombre notable, dedicado en cuerpo y alma a España, que sabía disimular perfectamente; amable y elegante oficial que escondía, bajo maneras afables, una increí­ble ferocidad. Nuestras relaciones fueron agradables y no se apartaba de mí y creo que en Anserma nuevo nos acostamos en la misma cama con botas y espuelas. Me pidió que lo acompañase a Bogotá y le respondí que mi contrato con el gobierno de Colombia, firmado en 1822, había expirado y que yo había decidido regresar a Francia, después de pasar al Ecuador, donde me llamaban la atención algunos trabajos científicos. Comprendió mi natural repugnancia a hacer la guerra a mis amigos de Bogotá y me exigió que le prometiera visitarlo a mi paso por Popayán; también me aseguró que me ayudarla en mi viaje al sur, lo cual cumplió.

Obando era el más encantador de los asesinos que yo haya conocido ¡que no son pocos! De estatura elevada, esbelto y a no ser porque tenía cabellos y bigotes rojizos, nuestro parecido hubiera sido perfecto y nos habrían podido confundir. Su humor era divertido, de lo cual tuve pruebas un día que lo acompañaba cuando se dirigía sobre Buga y marchábamos los dos, delante de un escuadrón de patianos que nos seguía a media legua de distancia. Al llegar cerca de una población cuyo nombre he olvidado, vimos salir una mujer asustada y cargada de petacas; el cielo estaba oscuro y el trueno sonaba amenazante; el general le dijo: -"¿A dónde va usted, buena mujer? ¡La tempestad va a estallar!". Ella le respondió: -"No voy a ninguna parte, huyo de Obando, ese asesino que debe llegar". El general me miró sonriente: -"¡Vea don Juan la clase de reputación de que gozo!", y botándole una piastra a la mujer, seguimos nuestro camino.

Su fama se fundaba en que él había tomado parte activa en todos los movimientos de insurrección del Patía y de Pasto. Nacido en Popayán de un padre que ejercía la profesión de barbero, especie de cirujano a la manera de Fígaro, había recibido una educación clerical; muy joven se distinguió en las bandas realistas sostenidas por la clerecía. Los hombres que comandaba antes de la guerra de Independencia, cuan do no había ni realistas ni republicanos, robaban y mataban a los comerciantes que no tenían una escolta suficiente para protegerse en los desfiladeros por donde era obligatorio transitar en el Sur porque en Pasto se era bandido, contrabandista, o guerrillero. Así pudo organizar fácilmente una banda que más de una vez persiguió y desmanteló columnas del ejército colombiano. Hubo de procederse con vigor con­tra este bandidaje.  

Bolívar logró conquistar a Obando al admitirlo en el ejército republicano. Gracias a su conocimiento de la región de Pasto y a sus continuas relaciones con los montañeses, pudo prestar servicios en algunas circunstancias, pero nunca rompió sus relaciones con los enemigos de la república; las disimuló. 

"Yo me dejaba estimar del Libertador", me decía un día y me contó que cuando Bolívar lo encontró en Popayán, de regreso del Perú, lo abrazó y pareciendo extrañado de verlo solamente como comandante, le puso las insignias de coronel.

A pesar mío había pasado tres meses entre Cartago y Anserma, sin aburrirme, es cierto y varías veces he dicho que el tiempo no pasa en los países donde no hay estaciones. Además tenía amigos y especialmente amigas que me vieron partir no sin una cierta tristeza.

Sin embargo no permanecí inactivo: había observado cuidadosamente la poca profundidad en donde, desde un sitio abrigado, se puede encontrar la temperatura promedio, deduciéndola de una observación única y me había preparado para la exploración del valle alto del Cauca. Iba a dejar Cartago (latitud norte 4°45, longitud 0,78° 26' 48") a la orilla del río de La Vieja y a cuatro kilómetros del Cauca. Esta ciudad fue fundada por el conquistador Robledo en 1540, a 4 ó 5 leguas al norte del punto que ocupa hoy. Su altitud es de 980 metros y la temperatura promedio de 24,5°. La población es de 7.000 almas aproximadamente con castas bastante mezcladas, pero donde se encuentran bonitas mujeres blancas; hay varias iglesias, siendo la principal la del convento de San Francisco, en la plaza mayor.

El 24 de marzo a mediodía, tomé al fin la ruta del Sur y recorrí la hacienda la Guabina, en donde se encuentra un grünstein parecido al de la quebrada del Diablo. Se sigue, remontándolo, el curso del río Cauca y se encuentra la misma roca, un poco más lejos, en la quebrada del Yunque. A las dos llegué al Altillo, en donde fui recibido por una fuerte lluvia que me acompañó hasta Toro, a donde llegué a las cinco. En este pueblo todo el mundo estaba ocupado en la extracción de aceite o de mantequilla del fruto de la palmera corozo, al precio de un real la libra, Toro, fundada por el conquistador Juan José del Toro, se halla a la orilla de un río (altitud 958 metros, temperatura promedio 24,4°).

25 de marzo. A las 9 salí hacia Roldanillo; durante algún tiempo se sigue el río que arrastra guijarros de grünstein compacto y de esquistos arcillosos, de la misma clase que se encuentra desde Anserma nuevo hasta Nóvita; antes de llegar a las Juntas de Tamaná en el Chocó, se pasa un río Toro, en el punto llamado la cueva; ¿será la fuente del Toro que desemboca en el Cauca? Esto parece dudoso, pero es cierto que es la misma roca de que está formada la Cordillera Occidental. Antes de llegar a Roldanillo, salió de un bosquecillo, como una aparición, una bonita y vigorosa mestiza quien me invitó a reposar junto a ella. ¡Qué reposo! A las 4 llegué a Roldanillo, situado entre dos riachuelos que parten del Sipi, afluente del San Juan. La roca dominante es fonolita, de las más sonoras que contiene muchos cristales de pirita. Nos encontrábamos sobre la vertiente occidental de la cordillera del mismo nombre, de lo cual yo no tenía ni idea. La cordillera tiene que estar muy deprimida en esos parajes, de allí sale un camino que lleva a San Agustín, Chocó, el cual es poco frecuentado. A las tres, al noroeste, pasamos por la población de Cajamarca junto al río cuyas aguas desembocan en el San Juan.

27 de marzo. Hacienda de Sabaletas. Salimos a las 9 y pasando por el alto del Lobo vimos el anfibol compacto y sonoro. Remontando la orilla izquierda del Cauca, llegamos a mediodía a la orilla derecha, pasando la barcaza de Mona. A la 1 seguimos el camino hacia Tuluá, a través del bello bosque de Morra. A las 6 de la tarde, vadeando el río Buga, lo atravesamos sin dificultad y a las 7 la oscuridad nos obligó a detenernos en la hacienda de Sabaletas. Nos fue mal: tuvimos problemas con una legión de zancudos atrozmente desagradables y nos ácompañó un huésped de lo más charlatán que se pueda encontrar. Estábamos a 2 leguas del Cauca.

28 de marzo. Buga. Habiendo salido de Sabaletas a las 7 llegamos a Tuluá a las 10, (altitud 1.039 metros, temperatura 27°). Al dejar esta población a nuestra derecha, tomamos la ruta de Buga, a donde llegué a las 4 sin mi equipaje. Tendí mi hamaca en una casa cercana al río y fui a presentarme al general Obando, quien se mostró encantado de volverme a ver y me aseguró que toda la Provincia del Cauca estaba pacificada y que pronto marcharía sobre Bogotá. Tomé el chocolate en compañía de ese bribón de general.

El río Buga sale de las montañas situadas al este y arrastra guijarros de sienita.

29 de marzo. El cerrito. Había llovido durante la noche y me fue imposible pasar el río Buga antes de las 11 de la mañana; en la población la altitud es de 985 metros y la temperatura de 25,5°; llegué a la quebrada de Sonso a la 1 y allí me demoré para esperar mi equipaje, ya que los soldados de la libertad no me inspiraban suficiente confianza para dejarlos demasiado atrás. A las 4 dejé el río Sonso y después de haber atravesado varios riachuelos que van al Cauca como las Guayas, las Paporrinas, el Sabaleta, llegué a las 6 al caserío de El Cerrito en donde me alojé en la escuela (altitud 1.053 metros, temperatura 23°).

30 de marzo. Palmira. Salimos del cerrito a las 7 de la mañana con dirección de Palmira; a las 10 pasé el río Amaime que sale del páramo cuya cima algunas veces se cubre de nieve, lo que implica una altura de 4.000 metros y luego atravesamos el torrente de Nima que desemboca en el Amaime. A la 1 y media llegamos a Palmira (altitud 1.085 con temperatura de 23,8°). He visto muchos cotos en Palmira, especialmente en las mujeres; allí se bebe agua de una acequia o canal que deriva del Himo, cerca al lugar donde ese torrente entra en una planada muy extensa. Esta agua tiene arcilla blanca en suspensión y se le deja reposar durante un día antes de beberla; sin embargo todavía se ve lechosa. En Palmira, cuya posición fue fijada por Humboldt, determiné la inclina­ción de la aguja imantada, así como la intensidad del magnetismo. Me alojé en una gran casa cubierta de teja; en el suelo el termómetro indicaba 23° y la temperatura del aire, a las 11 de la mañana era de 24, 2°.

2 de abril. Quebradaseca. Salí a las 8 y llegué a las 6 de la tarde a Quebradaseca, después de haber atravesado los riachuelos de Honda, de Aguaclara y el río del Bolo; mi equipaje se quedó en un sitio llamado Santa Ana. Las montañas, al oriente de Quebradaseca deben estar formadas de esquistos micáceos.

3 de abril. Río del Palo. Tuvimos que caminar de 11 de la mañana a 6 de la tarde al paso de las mulas, para llegar al río del Palo que desemboca en el Cauca, 2 o 3 leguas más abajo. Este río nace en el Nevado del Huila, en la Cordillera Central y lo que caracteriza los guijarros arrastrados al Valle del Cauca por los riachuelos es la ausencia de traquitas. Altitud del río del Palo 1.111 metros, temperatura 23,3°.

4 de abril. Mandirá. A las 8 de la mañana me dirigí del río Palo a Caloto, miserable caserío en donde gracias al salvoconducto que me había otorgado Obando pude cambiar las mulas de carga sin ninguna dificultad, ya que el jefe político me tomó por un horroroso obandista. De allí salí a las 10 y necesité dos horas para llegar a Quilichao, en donde quería examinar los lavaderos auríferos. El oro que se retira de un terreno porfidico descompuesto tiene una ley muy elevada, de 21 a 22 kilates; estos lavaderos me recordaban las de Santa Rosa de Antioquia y me pesaron los trabajos que sufrí para llegar allí, donde fui testigo de una tempestad espantosa. De todas maneras, tuve la oportunidad de verificar un hecho interesante: se trataba de una arenisca estratificada superpuesta, en capas poco espesas, a la roca de grünstein porfídico, exactamente como en Supía y en algunos lugares de la Provincia de Antioquia. Ese granito, especie de ortosa, encierra un esquisto extremadamente carburado y es tan fiable que fue imposible tomar una muestra. Mandirá: altitud 1.427 metros, temperatura 24,4°. Llegamos a la quebrada en donde me alojé en una cabaña.

5 de abril. Venta del Cabuyo. Antes de partir, constaté que la quebrada Mandirá corre al noroeste, hacia el Cauca. Al pasar la quebrada de Cascabel se ve una arenisca estratificada, cuárcica, que reposa sobre una roca porfidica descompuesta. Este terreno es aurífero, pero infortunadamente falta casi siempre el agua necesaria para establecer los lavaderos. A mediodía pasé la quebrada Mondomó, después de haber atravesado un barrizal donde sufrí una peligrosa caída de la mula; tuve la fortuna de poderme soltar a tiempo, puesto que de otra manera habría sido aplastado por mi montura. A la 1 y media atravesé el río Ovejas (altitud 1.363 metros, temperatura 26,7°), afluente del Mondomó; a las 4 y media el río Pescador; subí al alto del Fabullo, donde me alojé en una venta (altitud 1.637 metros, temperatura 20,5°).

6 de abril. Durante la noche hubo una tremenda tempestad en Cabullo, de donde salí a las 9 bajo una fuerte lluvia. Almorcé a las 2 y media en Piendamó y de este lugar (altitud 1.974 metros, temperatura 19,4°) llegué a las 6 completamente mojado, a la venta de Cajibío en donde no encontré nada para comer (altitud 1.919 metros, temperatura 16,6°). El río Piendamó sale del páramo de Guanacas, se une con el de Aguas Claras y va al Cauca.

7 de abril. Popayán. A pesar de una fuerte lluvia y después de un insomnio motivado por la falta de comida, salí a las 8 de Cajibío; a mediodía llegué al sitio de Palacé en donde pude desayunar; atravesé la quebrada del Cofre y el río Aguasblancas. A las 2 estaba en Popayán. Pasé el río Molino sobre un viejo puente; este río rodea la ciudad antes de correr hacia el Cauca. Habíamos marchado constantemente sobre un pórfido en descomposición.  

Popayán me hizo el efecto de una ciudad muerta y contaba en ese entonces con 4.000 almas. Me alojé en donde un viejo original, Manuel Varela, a quien iba recomendado; allí dormí la primera noche. Al día siguiente me apresuré a buscar habitación distante, por las siguientes razones: en primer lugar me desagradaba dormir en la misma alcoba donde lo hacía Varela, a quien una negra friccionaba continuamente para calmarle los dolores reumáticos y en segundo lugar porque la señora de Varela se permitía conmigo familiaridades comprometedoras. Continué tomando mis alimentos en casa de estas buenas personas, pero me alojé en una casa grande, cuyo único habitante era una pobre señora muy enferma, cuidada por una negra que jamás dejaba de persignarse cuando me veía, por temor a la presencia de un hereje. Una mulata joven, de la familia Varela, se había venido a esta casa, en su calidad de sirvienta para atenderme. 

Los habitantes de Popayán, generalmente instruidos, tienen un barniz de pedantería, son presumidos; se pretende que Don Quijote de la Mancha se halla enterrado en el centro de la inmensa plaza mayor, invadida por la hierba y rodeada de casas de dos pisos que tienen un carácter anticuado. Esta ciudad fue fundada en 1538 por Belalcázar, quien se había establecido en Quito; es sede episcopal y tiene edificios nota­bles, entre los cuales están la catedral, construida por los jesuitas, como todas las catedrales de la América meridional, cuatro conventos, dos de monjas, y el monasterio de San Francisco, en donde hay una biblioteca de 5.000 volúmenes. (Latitud norte 2° 26', longitud 0,79° 98, altitud 1.809 metros, temperatura 18,9°). Dos estaciones lluviosas, de marzo a mayo y de octubre a diciembre. ¡Popayán es, se asegura, la tierra del rayo! Cada año mueren varias personas por su causa; allí, como lo he observado varias veces en diferentes puntos de las cordilleras, las nubes se acumulan en las mañanas a lo largo de la cadena de montañas que domina la planicie y se hacen más densas al tiempo que bajan a un cierto nivel; comienza entonces la lluvia y el trueno: es la tempestad que estalla generalmente después del paso del Sol por el meridiano.

Yo pasaba agradablemente mi tiempo: el clima de Popayán es delicioso con una temperatura permanente de 18° a 19°, mi instalación era conveniente y cuando regresaba en las noches, mi sirvienta me hacía la cama que consistía en una hamaca cubierta por un cuero de oveja; mi mobiliario, increíblemente sencillo, consistía en una mesa coja, un platón y una jarra de barro cocido, una silla y un canapé en cuero de Córdoba, sobre el que se extendía perezosamente Juana, con su pelo crespo y sus 14 años.

Para escapar de las pulgas, flagelo de Popayán, mi negro Vicente me tomaba en sus brazos y me instalaba en la hamaca y una vez acostado, me quitaba las botas de montar que yo mantenía puestas de la mañana hasta la noche, por la siguiente razón: la cantidad de pulgas que existen en las habitaciones es aterradora. Imagino que lo que favorece la reproducción, independientemente del clima, es el modo como enladrillan los pisos: colocan los ladrillos uno cerca del otro sin unirlos, de manera que las pulgas viven y se multiplican en el polvo que llena los intersticios. Para mi sorpresa, estas pulgas pequeñas y planas, no saltaban, sino marchaban. ¿Quiere esto decir que es una especie diferente o serán pulgas ordinarias, debilitadas por una alimentación insuficiente? Desde luego, cuando encuentran un cristiano, lo devoran. No pueden subir por una superficie vertical y lisa, lo que explica el uso de mis botas de montar. Cada habitante de Popayán está lleno de pulgas y cuando se habla con ellos, frecuentemente se les ve agarrar un insecto, aprisionándolo entre el pulgar y el índice para evitar que se mueva y espicharlo entre las uñas y esto que he visto hacer con las pulgas de Popayán, lo hacen en Quito con los piojos.

Los popayanejos no parecen ser muy sensibles a las picaduras de estos insectos; por ejemplo, Juana tenía el cuerpo lleno de picaduras, excepto en los senos. Mi negro primero se enfureció con las pulgas, porque no lo dejaron dormir durante varias noches y luego ya se acostumbró a ellas. He notado esta particularidad porque la he comprobado por mí mismo; cuando era presa de las garrapatas o de los piojos, terminaba siendo insensible a su ataque por lo cual deduzco que un individuo puede quedar vacunado por el veneno de algunos insectos. Para demostrar el color sanguinolento que toma la ropa interior de un hombre atacado por las pulgas, es suficiente contar que el señor Mollien, cónsul general de Francia en Colombia, llevó como curiosidad a París, una camisa que había tenido puesta en Popayán.

Cada vez que terminaba las observaciones sobre los fenómenos magnéticos y las observaciones barométricas, salía a hacer visitas, a hablar y pedir algunas informaciones. Fue así como pasé algunas veladas con la familia de Obando, cuya esposa era muy amable, aun cuando se descubría una huella de tristeza en su fisonomía que se explicaba por el papel que desempeñaba el general. Esto fue poco después del asesinato del gran mariscal Sucre, en el que se decía en voz baja, Obando había tomado parte. Todavía veo a la joven señora, sentada con nosotros, vigilante, pero silenciosa, y sin aprobar todos los proyectos que se comentaban delante de ella.

La última vez que vi al general estuve con él hasta las 10 de la noche; me acompañó proponiéndome de nuevo, pero inútilmente, marchar sobre. Bogotá. Dos de sus acólitos nos seguían a distancia, temiendo por la seguridad de su jefe, porque él no tenía armas y yo sí. Obando me dio un abrazo y nos separamos. No lo volví a ver jamás. Primero tuvo un gran éxito, luego, un año o dos después, perdió la vida en una escaramuza que tuvo lugar en la meseta de Bogotá. No podía terminar de otra manera, por su amor a la sangre.

Olvidaba decir que cuando lo encontré en Palmira, pocos días antes de que llegase al Cauca la columna enviada por el general Urdaneta, me senté a su mesa. Sabía que varios oficiales del ejército de Bogotá eran sus prisioneros y se me ocurrió decir, por interés hacia esos desdichados, que después de la insigne victoria obtenida por los soldados de la libertad, convenía mostrarse generoso con los vencidos y le recordé lo que acababa de suceder en Francia durante las jornadas de julio. Un joven alférez, mi vecino de mesa, no cesaba de darme codazos para hacerme callar, cosa que hice. Obando aprobaba la conducta de los jefes de las 3 jornadas | (1) gloriosas cuando mi alférez me dijo a media voz: "cállese, por Dios, que ya los pasaron por las armas".  

Un incidente parecido tuvo lugar en otra oportunidad y sobre un escenario más grande: después de la insurrección de El Cairo, Bonaparte ofreció una gran cena a la que asistió el intendente general del ejército de Egipto, a quien conocí como miembro de la Academia de Ciencias. Como yo lo hice en Palmira, el intendente tuvo palabras de clemencia a favor de los jenisarios revoltosos ya tomados prisioneros, excusando su crueldad por su fanatismo; un vecino tocó con el codo al oficial y le dijo: "a estas horas ya están muertos".

Un alto personaje que me ofreció su amistad en Popayán fue el obispo Salvador, español ilustrado y correcto, pero realista furibundo, agente sin duda del gobierno de la Península; cuando lo encontré me dijo: -"Su cubierto estará siempre listo en el arzobispado y beberemos un vaso de buen vino que no encontrará en otra parte, si no es en mi casa". Con frecuencia fui, en efecto, a cenar donde monseñor, cuyo vino era delicioso, el servicio de mesa atendido con el mejor de los gustos y la cocina excelente. También me gustaba mucho su conversación que era muy interesante; era un hombre que se acercaba a los 60 años y quien vivía, honorablemente, con una dama que ya no era de primera juventud; ella no comía con nosotros, yo la veía poco y me pareció bien educada; era indudablemente una sociedad como para monseñor, posiblemente una parienta. El obispo se interesaba en mis trabajos y me hacía muchas preguntas, las que trataba de contestar de la mejor manera; su secretario, antiguo oficial de caballería del ejército español, había tomado las órdenes, era un sacerdote curioso, de una moralidad dudosa y de quien uno debía desconfiar.

 

(1) Se refiere a la revolución de 1830, que puso fin a la Restauración e implantó en Francia la monarquía constitucional de Luis Felipe. (Regresar a 1)

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