CAPÍTULO XVII
Viaje al Ecuador- Estudios sobre la región volcánica.
Cuando me resolví a explorar el Sur de Colombia, la república
parecía próspera; ya en 1822, cuando desembarqué en La Guayra, los
españoles vencidos en los llanos del Apure y del Orinoco, así como
en la Cordillera Oriental de los Andes, no ocupan sino dos puntos
importantes del litoral: Puerto Cabello y Maracaibo. La plaza de
Cartagena, todo el curso del río de la Magdalena, Bogotá y la
Provincia de Popayán, en una palabra el territorio de Venezuela y
de la Nueva Granada estaban libres hasta Pasto.
Puerto Cabello y Maracaibo capitularon, pero las provincias de
Pasto y del Patía permanecieron mucho tiempo como un obstáculo
infranqueable que detenía la marcha del ejército republicano hacia
el Sur. Los pastusos después de una terca resistencia en los
desfiladeros de Juanambú, fueron atacados y derrotados varias
veces, pero reaparecían prontamente. No fue sino después de una
sucesión de combates sangrientos, seguidos de terribles
represalias, como Bolívar pudo llegar a Quito. Sin embargo el
sentimiento realista persistía en Pasto y desgraciado del oficial
colombiano que se aventurase por esas montañas sin escolta.
La ciudad fue saqueada e incendiada, pero de todas maneras los
habitantes jamás dejaron de estar listos para el levantamiento
contra el gobierno republicano al grito de: "Dios y el Rey". En
realidad los pastusos jamás fueron sometidos totalmente: no cedían
sino a la fuerza.
Por ese entonces una gran parte del territorio de la América
meridional estaba libre de la dominación española y ya no se
trataba sino de consolidar la Conquista para organizarla. Un
movimiento de insurrección contra España provocado por el general
San Martín, estalló en Lima y Bolívar fue llamado para establecer
allí la república. El Libertador se apresuró a responder el llamado
de los peruanos, lo que fue un error, pero él no era un político y
no soñaba sino con la gloria militar.
Colombia, Venezuela, Bogotá y Quito no eran fáciles de unificar
debido a las distancias que separaban los tres estados cuyos
habitantes, además, no eran de la misma raza. De hecho, la fusión
jamás tuvo lugar.
Bolívar, a la cabeza de las divisiones colombianas que condujo
hasta el Sur, derroto a los españoles, fomentó la revolución y
llegó prontamente al apogeo de su reputación. Se le proclamó
"Libertador" de Colombia, del Perú y fundador de Bolivia, república
de la cual Sucre fue nombrado presidente vitalicio. El prestigio
del Libertador fue inmenso, aun en Europa; fácilmente se pudo
contraer un empréstito en Inglaterra que permitió, afortunadamente,
pagar lo que se debía, porque aun victoriosos y comandados por un
héroe, éramos más pobres que las ratas.
¡Una admiración exagerada no dura jamás! La aureola que rodeaba
a la persona de Bolívar, desapareció rápidamente. Los partidarios
del rey se agitaban sordamente en Lima; el descubrimiento de una
conspiración produjo el arresto y la condena de un personaje
importante por su nacimiento, su fortuna y sus relaciones: el conde
de Torretagle, quien fue pasado por las armas.
Con la vista puesta hacia el Perú, nosotros podíamos prever las
situaciones que traería un ejército indisciplinado comandado por
jefes incapaces. Las tropas auxiliares de la II División
abandonaron su bandera; varios regimientos se rebelaron contra sus
oficiales a quienes enviaron prisioneros al Ecuador y el ejército
quedó completamente desorganizado. Bolívar, de regreso a Quito,
encontró su poder tambaleante en Colombia. La dictadura era
imposible y se dirigió hacia Bogotá en donde un congreso debía
presidir la elección de un presidente. No sin peligro atravesó el
Libertador las provincias de Patía y de Pasto, ya bastante agitadas
desde que se había conocido lo que se podría llamar el desastre del
Perú, confirmado por la fuga del general Sucre, herido en una
revuelta en Bolivia. Venezuela, en donde se había logrado mantener
el general Páez, se separó de la Nueva Granada, lo mismo que
Quito.
Colombia se encontraba así dividida en tres estados
independientes. El partido democrático bien pronto ejerció una
reacción sobre el militarismo. Bolívar, asqueado y enfermo murió en
Santa Marta, de paso para Caracas, de donde tenía la intención de
pasar a Europa. Murió pobre el 17 de septiembre (sic) de 1830, a la
edad de 47 años, 4 meses y 23 días, después de haber sacrificado su
gran fortuna por la causa de la Independencia. Fue un hombre
honrado, valiente y perseverante y en la guerra era un infatigable
guerrillero. En realidad, no podría haber sido sino soldado,
teniendo en cuenta el ambiente en donde se había colocado con la
firme intención de sustraer a su país de la dominación
española.
Al desaparecer Bolívar, la anarquía fue general. Cada jefe
militar apareció como una especie de potentado. Yo viví durante un
tiempo en el centro de esta tempestad política. Es cierto que tanto
el general Flórez, al tomar el poder en Quito como lo había hecho
el general Páez en Caracas, lograron mantener el orden en los dos
extremos de la antigua Colombia. Los miserables conflictos que
tuvieron lugar durante el efímero reino de esos pequeños déspotas,
no merecen mención alguna. Este fue un caos indescriptible que no
vacilo en atribuir a la indiferencia absoluta de lo que llamamos el
pueblo americano, por tal o cual forma de gobierno. Los indios, los
mestizos, los zambos y los negros tienen tendencia de someterse al
más fuerte y así se convierten en los instrumentos inconscientes de
las castas superiores, a las cuales obedecen mientras no les sea
posible escapar. Triste país aquel en donde no se encuentra la
clase media reguladora que es la verdadera fuerza de una
nación.
No contaré por orden cronológico los incidentes de los que fui
algunas veces testigo y algunas veces actor, pero hablaré de ellos
a medida que el recuerdo llegue a mi memoria, es decir que trazaré
un simple itinerario de mi travesía del Valle del Cauca al Ecuador,
recordando que tenía por principal objetivo el estudio de los
fenómenos naturales y, como accesorio, la descripción de la
sociedad mezclada con la que conviví en las cordilleras. Esas
serán, si se me permite decirlo, las indiscreciones del
viajero.
Salí de la Vega de Supía el 8 de diciembre de 1830 para llegar a
Quito; en ocho días atravesé a caballo la selva pantanosa y el 17
de diciembre entré a Anserma nuevo en donde debía hacer los
preparativos de viaje y llevar a cabo algunas observaciones para
relacionar la cima del Nevado del Tolima con las cimas nevadas de
los páramos del Ruiz y Santa Isabel. Bogotá y Anserma nuevo, cuyas
posiciones eran conocidas, se convertían entonces en la base de un
inmenso triángulo. Los acontecimientos políticos me retuvieron tres
meses en Anserma, en donde había pensado demorarme solamente unos
días. El camino hacia el Sur no era utilizable durante el caos del
cual he hablado, en el que se veía nacer y morir un congreso,
mientras que la revolución era permanente y los asesinatos
frecuentes. Sucedió que el general Urdaneta estableció en Bogotá la
sombra de una administración, soñando siempre en la reconstrucción
de Colombia y en el restablecimiento de la preponderancia militar.
El Colegio de San Bartolomé fue convertido en cuartel: era una
ciudadela en el centro de la capital, ocupada por Urdaneta y los
veteranos, restos del ejército de Bolívar. El resultado fue un
desagrado general en toda la Nueva Granada que encontró eco,
especialmente, en el Sur. Anteriormente, por una de esos
movimientos repentinos que tienen lugar durante los alzamientos
civiles, la guarnición de Bogotá había aclamado a Obando y a López
como jefes absolutos.
Con el objeto de reprimir las tentativas que Obando pudiese
hacer para tomar el poder como resultado de esta aclamación el
general Mosquera marchó sobre Ibagué con una columna que debía
reunirse con las milicias del Valle del Cauca, comandadas por
Murgueitio y hostiles a Obando y a López. Pero sin pérdida de
tiempo estos generales habían conseguido partidarios desde el Patía
hasta Popayán, contra lo que llamaban la tiranía y la usurpación de
Urdaneta. Así lograron reunir y armar una columna de 600 hombres,
formada por infantería y caballería, a la que fueron incorporados
los antiguos e intrépidos guerrilleros realistas que siempre habían
conservado relaciones con Obando.
Este ejército de la libertad se encontraba el 9 de diciembre
concentrado en Palmira y allí fue donde Murgueitio resolvió
atacarlo. Desgraciadamente el lobo se encontraba en el rebaño y el
batallón de cazadores de Bogotá pasó en gran parte al enemigo; el
resto, después de haber combatido valientemente, sucumbió ante una
fuerza superior; los jefes además eran hostiles al gobierno que
servían, Obando atrajo prontamente las tropas divididas de
Urdaneta, las que, después de su derrota, se incorporaron al
ejército de la libertad, siguiendo el sistema de "lanzadera" que
los combatientes de América practican con tanta frecuencia, desde
la Conquista. Sesenta infelices quedaron en el campo de batalla de
la hacienda el Papayal, cerca de Palmira.
El número de soldados de Obando se dobló por la defección de los
bogotanos y este jefe de partido se convirtió en amo del Valle del
Cauca: la ruta de Popayán a la capital de la Nueva Granada, quedaba
abierta y todas las ciudades del valle declararon que se unían al
Estado del Ecuador. Obando estableció su cuartel general en Cartago
y fue allí en donde lo conocí: era un hombre notable, dedicado en
cuerpo y alma a España, que sabía disimular perfectamente; amable y
elegante oficial que escondía, bajo maneras afables, una increíble
ferocidad. Nuestras relaciones fueron agradables y no se apartaba
de mí y creo que en Anserma nuevo nos acostamos en la misma cama
con botas y espuelas. Me pidió que lo acompañase a Bogotá y le
respondí que mi contrato con el gobierno de Colombia, firmado en
1822, había expirado y que yo había decidido regresar a Francia,
después de pasar al Ecuador, donde me llamaban la atención algunos
trabajos científicos. Comprendió mi natural repugnancia a hacer la
guerra a mis amigos de Bogotá y me exigió que le prometiera
visitarlo a mi paso por Popayán; también me aseguró que me ayudarla
en mi viaje al sur, lo cual cumplió.
Obando era el más encantador de los asesinos que yo haya
conocido ¡que no son pocos! De estatura elevada, esbelto y a no ser
porque tenía cabellos y bigotes rojizos, nuestro parecido hubiera
sido perfecto y nos habrían podido confundir. Su humor era
divertido, de lo cual tuve pruebas un día que lo acompañaba cuando
se dirigía sobre Buga y marchábamos los dos, delante de un
escuadrón de patianos que nos seguía a media legua de distancia. Al
llegar cerca de una población cuyo nombre he olvidado, vimos salir
una mujer asustada y cargada de petacas; el cielo estaba oscuro y
el trueno sonaba amenazante; el general le dijo: -"¿A dónde va
usted, buena mujer? ¡La tempestad va a estallar!". Ella le
respondió: -"No voy a ninguna parte, huyo de Obando, ese asesino
que debe llegar". El general me miró sonriente: -"¡Vea don Juan la
clase de reputación de que gozo!", y botándole una piastra a la
mujer, seguimos nuestro camino.
Su fama se fundaba en que él había tomado parte activa en todos
los movimientos de insurrección del Patía y de Pasto. Nacido en
Popayán de un padre que ejercía la profesión de barbero, especie de
cirujano a la manera de Fígaro, había recibido una educación
clerical; muy joven se distinguió en las bandas realistas
sostenidas por la clerecía. Los hombres que comandaba antes de la
guerra de Independencia, cuan do no había ni realistas ni
republicanos, robaban y mataban a los comerciantes que no tenían
una escolta suficiente para protegerse en los desfiladeros por
donde era obligatorio transitar en el Sur porque en Pasto se era
bandido, contrabandista, o guerrillero. Así pudo organizar
fácilmente una banda que más de una vez persiguió y desmanteló
columnas del ejército colombiano. Hubo de procederse con vigor
contra este bandidaje.
Bolívar logró conquistar a Obando al admitirlo en el ejército
republicano. Gracias a su conocimiento de la región de Pasto y a
sus continuas relaciones con los montañeses, pudo prestar servicios
en algunas circunstancias, pero nunca rompió sus relaciones con los
enemigos de la república; las disimuló.
"Yo me dejaba estimar del Libertador", me decía un día y me
contó que cuando Bolívar lo encontró en Popayán, de regreso del
Perú, lo abrazó y pareciendo extrañado de verlo solamente como
comandante, le puso las insignias de coronel.
A pesar mío había pasado tres meses entre Cartago y Anserma, sin
aburrirme, es cierto y varías veces he dicho que el tiempo no pasa
en los países donde no hay estaciones. Además tenía amigos y
especialmente amigas que me vieron partir no sin una cierta
tristeza.
Sin embargo no permanecí inactivo: había observado
cuidadosamente la poca profundidad en donde, desde un sitio
abrigado, se puede encontrar la temperatura promedio, deduciéndola
de una observación única y me había preparado para la exploración
del valle alto del Cauca. Iba a dejar Cartago (latitud norte 4°45,
longitud 0,78° 26' 48") a la orilla del río de La Vieja y a cuatro
kilómetros del Cauca. Esta ciudad fue fundada por el conquistador
Robledo en 1540, a 4 ó 5 leguas al norte del punto que ocupa hoy.
Su altitud es de 980 metros y la temperatura promedio de 24,5°. La
población es de 7.000 almas aproximadamente con castas bastante
mezcladas, pero donde se encuentran bonitas mujeres blancas; hay
varias iglesias, siendo la principal la del convento de San
Francisco, en la plaza mayor.
El 24 de marzo a mediodía, tomé al fin la ruta del Sur y recorrí
la hacienda la Guabina, en donde se encuentra un grünstein parecido
al de la quebrada del Diablo. Se sigue, remontándolo, el curso del
río Cauca y se encuentra la misma roca, un poco más lejos, en la
quebrada del Yunque. A las dos llegué al Altillo, en donde fui
recibido por una fuerte lluvia que me acompañó hasta Toro, a donde
llegué a las cinco. En este pueblo todo el mundo estaba ocupado en
la extracción de aceite o de mantequilla del fruto de la palmera
corozo, al precio de un real la libra, Toro, fundada por el
conquistador Juan José del Toro, se halla a la orilla de un río
(altitud 958 metros, temperatura promedio 24,4°).
25 de marzo. A las 9 salí hacia Roldanillo; durante algún tiempo
se sigue el río que arrastra guijarros de grünstein compacto y de
esquistos arcillosos, de la misma clase que se encuentra desde
Anserma nuevo hasta Nóvita; antes de llegar a las Juntas de Tamaná
en el Chocó, se pasa un río Toro, en el punto llamado la cueva;
¿será la fuente del Toro que desemboca en el Cauca? Esto parece
dudoso, pero es cierto que es la misma roca de que está formada la
Cordillera Occidental. Antes de llegar a Roldanillo, salió de un
bosquecillo, como una aparición, una bonita y vigorosa mestiza
quien me invitó a reposar junto a ella. ¡Qué reposo! A las 4 llegué
a Roldanillo, situado entre dos riachuelos que parten del Sipi,
afluente del San Juan. La roca dominante es fonolita, de las más
sonoras que contiene muchos cristales de pirita. Nos encontrábamos
sobre la vertiente occidental de la cordillera del mismo nombre, de
lo cual yo no tenía ni idea. La cordillera tiene que estar muy
deprimida en esos parajes, de allí sale un camino que lleva a San
Agustín, Chocó, el cual es poco frecuentado. A las tres, al
noroeste, pasamos por la población de Cajamarca junto al río cuyas
aguas desembocan en el San Juan.
27 de marzo. Hacienda de Sabaletas. Salimos a las 9 y pasando
por el alto del Lobo vimos el anfibol compacto y sonoro. Remontando
la orilla izquierda del Cauca, llegamos a mediodía a la orilla
derecha, pasando la barcaza de Mona. A la 1 seguimos el camino
hacia Tuluá, a través del bello bosque de Morra. A las 6 de la
tarde, vadeando el río Buga, lo atravesamos sin dificultad y a las
7 la oscuridad nos obligó a detenernos en la hacienda de Sabaletas.
Nos fue mal: tuvimos problemas con una legión de zancudos
atrozmente desagradables y nos ácompañó un huésped de lo más
charlatán que se pueda encontrar. Estábamos a 2 leguas del
Cauca.
28 de marzo. Buga. Habiendo salido de Sabaletas a las 7 llegamos
a Tuluá a las 10, (altitud 1.039 metros, temperatura 27°). Al dejar
esta población a nuestra derecha, tomamos la ruta de Buga, a donde
llegué a las 4 sin mi equipaje. Tendí mi hamaca en una casa cercana
al río y fui a presentarme al general Obando, quien se mostró
encantado de volverme a ver y me aseguró que toda la Provincia del
Cauca estaba pacificada y que pronto marcharía sobre Bogotá. Tomé
el chocolate en compañía de ese bribón de general.
El río Buga sale de las montañas situadas al este y arrastra
guijarros de sienita.
29 de marzo. El cerrito. Había llovido durante la noche y me fue
imposible pasar el río Buga antes de las 11 de la mañana; en la
población la altitud es de 985 metros y la temperatura de 25,5°;
llegué a la quebrada de Sonso a la 1 y allí me demoré para esperar
mi equipaje, ya que los soldados de la libertad no me inspiraban
suficiente confianza para dejarlos demasiado atrás. A las 4 dejé el
río Sonso y después de haber atravesado varios riachuelos que van
al Cauca como las Guayas, las Paporrinas, el Sabaleta, llegué a las
6 al caserío de El Cerrito en donde me alojé en la escuela (altitud
1.053 metros, temperatura 23°).
30 de marzo. Palmira. Salimos del cerrito a las 7 de la mañana
con dirección de Palmira; a las 10 pasé el río Amaime que sale del
páramo cuya cima algunas veces se cubre de nieve, lo que implica
una altura de 4.000 metros y luego atravesamos el torrente de Nima
que desemboca en el Amaime. A la 1 y media llegamos a Palmira
(altitud 1.085 con temperatura de 23,8°). He visto muchos cotos en
Palmira, especialmente en las mujeres; allí se bebe agua de una
acequia o canal que deriva del Himo, cerca al lugar donde ese
torrente entra en una planada muy extensa. Esta agua tiene arcilla
blanca en suspensión y se le deja reposar durante un día antes de
beberla; sin embargo todavía se ve lechosa. En Palmira, cuya
posición fue fijada por Humboldt, determiné la inclinación de la
aguja imantada, así como la intensidad del magnetismo. Me alojé en
una gran casa cubierta de teja; en el suelo el termómetro indicaba
23° y la temperatura del aire, a las 11 de la mañana era de 24,
2°.
2 de abril. Quebradaseca. Salí a las 8 y llegué a las 6 de la
tarde a Quebradaseca, después de haber atravesado los riachuelos de
Honda, de Aguaclara y el río del Bolo; mi equipaje se quedó en un
sitio llamado Santa Ana. Las montañas, al oriente de Quebradaseca
deben estar formadas de esquistos micáceos.
3 de abril. Río del Palo. Tuvimos que caminar de 11 de la mañana
a 6 de la tarde al paso de las mulas, para llegar al río del Palo
que desemboca en el Cauca, 2 o 3 leguas más abajo. Este río nace en
el Nevado del Huila, en la Cordillera Central y lo que caracteriza
los guijarros arrastrados al Valle del Cauca por los riachuelos es
la ausencia de traquitas. Altitud del río del Palo 1.111 metros,
temperatura 23,3°.
4 de abril. Mandirá. A las 8 de la mañana me dirigí del río Palo
a Caloto, miserable caserío en donde gracias al salvoconducto que
me había otorgado Obando pude cambiar las mulas de carga sin
ninguna dificultad, ya que el jefe político me tomó por un
horroroso obandista. De allí salí a las 10 y necesité dos horas
para llegar a Quilichao, en donde quería examinar los lavaderos
auríferos. El oro que se retira de un terreno porfidico
descompuesto tiene una ley muy elevada, de 21 a 22 kilates; estos
lavaderos me recordaban las de Santa Rosa de Antioquia y me pesaron
los trabajos que sufrí para llegar allí, donde fui testigo de una
tempestad espantosa. De todas maneras, tuve la oportunidad de
verificar un hecho interesante: se trataba de una arenisca
estratificada superpuesta, en capas poco espesas, a la roca de
grünstein porfídico, exactamente como en Supía y en algunos lugares
de la Provincia de Antioquia. Ese granito, especie de ortosa,
encierra un esquisto extremadamente carburado y es tan fiable que
fue imposible tomar una muestra. Mandirá: altitud 1.427 metros,
temperatura 24,4°. Llegamos a la quebrada en donde me alojé en una
cabaña.
5 de abril. Venta del Cabuyo. Antes de partir, constaté que la
quebrada Mandirá corre al noroeste, hacia el Cauca. Al pasar la
quebrada de Cascabel se ve una arenisca estratificada, cuárcica,
que reposa sobre una roca porfidica descompuesta. Este terreno es
aurífero, pero infortunadamente falta casi siempre el agua
necesaria para establecer los lavaderos. A mediodía pasé la
quebrada Mondomó, después de haber atravesado un barrizal donde
sufrí una peligrosa caída de la mula; tuve la fortuna de poderme
soltar a tiempo, puesto que de otra manera habría sido aplastado
por mi montura. A la 1 y media atravesé el río Ovejas (altitud
1.363 metros, temperatura 26,7°), afluente del Mondomó; a las 4 y
media el río Pescador; subí al alto del Fabullo, donde me alojé en
una venta (altitud 1.637 metros, temperatura 20,5°).
6 de abril. Durante la noche hubo una tremenda tempestad en
Cabullo, de donde salí a las 9 bajo una fuerte lluvia. Almorcé a
las 2 y media en Piendamó y de este lugar (altitud 1.974 metros,
temperatura 19,4°) llegué a las 6 completamente mojado, a la venta
de Cajibío en donde no encontré nada para comer (altitud 1.919
metros, temperatura 16,6°). El río Piendamó sale del páramo de
Guanacas, se une con el de Aguas Claras y va al Cauca.
7 de abril. Popayán. A pesar de una fuerte lluvia y después de
un insomnio motivado por la falta de comida, salí a las 8 de
Cajibío; a mediodía llegué al sitio de Palacé en donde pude
desayunar; atravesé la quebrada del Cofre y el río Aguasblancas. A
las 2 estaba en Popayán. Pasé el río Molino sobre un viejo puente;
este río rodea la ciudad antes de correr hacia el Cauca. Habíamos
marchado constantemente sobre un pórfido en descomposición.
Popayán me hizo el efecto de una ciudad muerta y contaba en ese
entonces con 4.000 almas. Me alojé en donde un viejo original,
Manuel Varela, a quien iba recomendado; allí dormí la primera
noche. Al día siguiente me apresuré a buscar habitación distante,
por las siguientes razones: en primer lugar me desagradaba dormir
en la misma alcoba donde lo hacía Varela, a quien una negra
friccionaba continuamente para calmarle los dolores reumáticos y en
segundo lugar porque la señora de Varela se permitía conmigo
familiaridades comprometedoras. Continué tomando mis alimentos en
casa de estas buenas personas, pero me alojé en una casa grande,
cuyo único habitante era una pobre señora muy enferma, cuidada por
una negra que jamás dejaba de persignarse cuando me veía, por temor
a la presencia de un hereje. Una mulata joven, de la familia
Varela, se había venido a esta casa, en su calidad de sirvienta
para atenderme.
Los habitantes de Popayán, generalmente instruidos, tienen un
barniz de pedantería, son presumidos; se pretende que Don Quijote
de la Mancha se halla enterrado en el centro de la inmensa plaza
mayor, invadida por la hierba y rodeada de casas de dos pisos que
tienen un carácter anticuado. Esta ciudad fue fundada en 1538 por
Belalcázar, quien se había establecido en Quito; es sede episcopal
y tiene edificios notables, entre los cuales están la catedral,
construida por los jesuitas, como todas las catedrales de la
América meridional, cuatro conventos, dos de monjas, y el
monasterio de San Francisco, en donde hay una biblioteca de 5.000
volúmenes. (Latitud norte 2° 26', longitud 0,79° 98, altitud 1.809
metros, temperatura 18,9°). Dos estaciones lluviosas, de marzo a
mayo y de octubre a diciembre. ¡Popayán es, se asegura, la tierra
del rayo! Cada año mueren varias personas por su causa; allí, como
lo he observado varias veces en diferentes puntos de las
cordilleras, las nubes se acumulan en las mañanas a lo largo de la
cadena de montañas que domina la planicie y se hacen más densas al
tiempo que bajan a un cierto nivel; comienza entonces la lluvia y
el trueno: es la tempestad que estalla generalmente después del
paso del Sol por el meridiano.
Yo pasaba agradablemente mi tiempo: el clima de Popayán es
delicioso con una temperatura permanente de 18° a 19°, mi
instalación era conveniente y cuando regresaba en las noches, mi
sirvienta me hacía la cama que consistía en una hamaca cubierta por
un cuero de oveja; mi mobiliario, increíblemente sencillo,
consistía en una mesa coja, un platón y una jarra de barro cocido,
una silla y un canapé en cuero de Córdoba, sobre el que se extendía
perezosamente Juana, con su pelo crespo y sus 14 años.
Para escapar de las pulgas, flagelo de Popayán, mi negro Vicente
me tomaba en sus brazos y me instalaba en la hamaca y una vez
acostado, me quitaba las botas de montar que yo mantenía puestas de
la mañana hasta la noche, por la siguiente razón: la cantidad de
pulgas que existen en las habitaciones es aterradora. Imagino que
lo que favorece la reproducción, independientemente del clima, es
el modo como enladrillan los pisos: colocan los ladrillos uno cerca
del otro sin unirlos, de manera que las pulgas viven y se
multiplican en el polvo que llena los intersticios. Para mi
sorpresa, estas pulgas pequeñas y planas, no saltaban, sino
marchaban. ¿Quiere esto decir que es una especie diferente o serán
pulgas ordinarias, debilitadas por una alimentación insuficiente?
Desde luego, cuando encuentran un cristiano, lo devoran. No pueden
subir por una superficie vertical y lisa, lo que explica el uso de
mis botas de montar. Cada habitante de Popayán está lleno de pulgas
y cuando se habla con ellos, frecuentemente se les ve agarrar un
insecto, aprisionándolo entre el pulgar y el índice para evitar que
se mueva y espicharlo entre las uñas y esto que he visto hacer con
las pulgas de Popayán, lo hacen en Quito con los piojos.
Los popayanejos no parecen ser muy sensibles a las picaduras de
estos insectos; por ejemplo, Juana tenía el cuerpo lleno de
picaduras, excepto en los senos. Mi negro primero se enfureció con
las pulgas, porque no lo dejaron dormir durante varias noches y
luego ya se acostumbró a ellas. He notado esta particularidad
porque la he comprobado por mí mismo; cuando era presa de las
garrapatas o de los piojos, terminaba siendo insensible a su ataque
por lo cual deduzco que un individuo puede quedar vacunado por el
veneno de algunos insectos. Para demostrar el color sanguinolento
que toma la ropa interior de un hombre atacado por las pulgas, es
suficiente contar que el señor Mollien, cónsul general de Francia
en Colombia, llevó como curiosidad a París, una camisa que había
tenido puesta en Popayán.
Cada vez que terminaba las observaciones sobre los fenómenos
magnéticos y las observaciones barométricas, salía a hacer visitas,
a hablar y pedir algunas informaciones. Fue así como pasé algunas
veladas con la familia de Obando, cuya esposa era muy amable, aun
cuando se descubría una huella de tristeza en su fisonomía que se
explicaba por el papel que desempeñaba el general. Esto fue poco
después del asesinato del gran mariscal Sucre, en el que se decía
en voz baja, Obando había tomado parte. Todavía veo a la joven
señora, sentada con nosotros, vigilante, pero silenciosa, y sin
aprobar todos los proyectos que se comentaban delante de ella.
La última vez que vi al general estuve con él hasta las 10 de la
noche; me acompañó proponiéndome de nuevo, pero inútilmente,
marchar sobre. Bogotá. Dos de sus acólitos nos seguían a distancia,
temiendo por la seguridad de su jefe, porque él no tenía armas y yo
sí. Obando me dio un abrazo y nos separamos. No lo volví a ver
jamás. Primero tuvo un gran éxito, luego, un año o dos después,
perdió la vida en una escaramuza que tuvo lugar en la meseta de
Bogotá. No podía terminar de otra manera, por su amor a la
sangre.
Olvidaba decir que cuando lo encontré en Palmira, pocos días
antes de que llegase al Cauca la columna enviada por el general
Urdaneta, me senté a su mesa. Sabía que varios oficiales del
ejército de Bogotá eran sus prisioneros y se me ocurrió decir, por
interés hacia esos desdichados, que después de la insigne victoria
obtenida por los soldados de la libertad, convenía mostrarse
generoso con los vencidos y le recordé lo que acababa de suceder en
Francia durante las jornadas de julio. Un joven alférez, mi vecino
de mesa, no cesaba de darme codazos para hacerme callar, cosa que hice. Obando aprobaba la
conducta de los jefes de las 3 jornadas
|
(1)
gloriosas cuando mi alférez me dijo a
media voz: "cállese, por Dios, que ya los pasaron por las armas".
Un incidente parecido tuvo lugar en otra oportunidad y sobre un
escenario más grande: después de la insurrección de El Cairo,
Bonaparte ofreció una gran cena a la que asistió el intendente
general del ejército de Egipto, a quien conocí como miembro de la
Academia de Ciencias. Como yo lo hice en Palmira, el intendente
tuvo palabras de clemencia a favor de los jenisarios revoltosos ya
tomados prisioneros, excusando su crueldad por su fanatismo; un
vecino tocó con el codo al oficial y le dijo: "a estas horas ya
están muertos".
Un alto personaje que me ofreció su amistad en Popayán fue el
obispo Salvador, español ilustrado y correcto, pero realista
furibundo, agente sin duda del gobierno de la Península; cuando lo
encontré me dijo: -"Su cubierto estará siempre listo en el
arzobispado y beberemos un vaso de buen vino que no encontrará en
otra parte, si no es en mi casa". Con frecuencia fui, en efecto, a
cenar donde monseñor, cuyo vino era delicioso, el servicio de mesa
atendido con el mejor de los gustos y la cocina excelente. También
me gustaba mucho su conversación que era muy interesante; era un
hombre que se acercaba a los 60 años y quien vivía, honorablemente,
con una dama que ya no era de primera juventud; ella no comía con
nosotros, yo la veía poco y me pareció bien educada; era
indudablemente una sociedad como para monseñor, posiblemente una
parienta. El obispo se interesaba en mis trabajos y me hacía muchas
preguntas, las que trataba de contestar de la mejor manera; su
secretario, antiguo oficial de caballería del ejército español,
había tomado las órdenes, era un sacerdote curioso, de una
moralidad dudosa y de quien uno debía desconfiar.
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(1)
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Se refiere a la revolución de 1830, que puso fin a la
Restauración e implantó en Francia la monarquía constitucional de
Luis Felipe. (Regresar a 1)
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