He aquí los sitios escogidos para acelerar el servicio:
1o. Río Sucio de Engurumí, cerca de las minas de Quiebralomo,
(altitud 1.828 metros, temperatura promedio 20°).
2o. Vega de Supía, residencia principal sobre el aluvión aurífero;
(altitud 1.225 metros, temperatura promedio 23°).
3o. Marmato, sobre los trabajos dirigidos en los yacimientos de
piritas (altitud de la casa en donde habitaba, 1.426 metros,
temperatura promedio 21°)
Mientras estaban listas las casas donde debía alojarme, me
establecí en una dependencia de las minas de plata abandonadas de
Chachafruto (altitud 1.709 metros, temperatura promedio 20,5°) que
es una casa aislada en plena selva, a mitad de camino entre Marmato
y Supía, cerca de un bonito riachuelo. A la entrada de los
subterráneos encontré buena cantidad de “pacos” de donde
retiré, por medio de lavado, mercurio argentífero.
Allí tenía un vecino singular, una serpiente de metro y medio de
largo, una traga-venado, especie de boa; la veía deslizarse,
generalmente por la mañana en el torrente, cuando después de una
cacería nocturna regresaba al sitio que había escogido en una
galería de la mina. Varias veces tuve la idea de matarla, pero como
no me molestaba para nada y como probablemente limpiaba los
alrededores de animales incómodos, la dejé vivir.
En América meridional las grandes serpientes son menos
peligrosas que las especies más pequeñas que tienen, con frecuencia
, colmillos venenosos como pude comprobarlo: me encontraba en Supía
y ofrecía una comida a los oficiales de minas y cuando estábamos en
los postres, el sirviente apoyó de repente su servilleta sobre el
plato lleno de frutas: “una serpiente”, gritó asustado y
nos mostró un delgado reptil, bastante fuerte llamado
“atabacado” debido a su color; se le puso en alcohol y
ahora figura en las colecciones de Historia Natural de París; es
una serpiente cuyo veneno actúa con una gran prontitud, según me
han asegurado.
Después de mi organización definitiva, la hacienda de El Rodeo
era un oasis en donde iba a descansar de los problemas de negocios.
Allí había instalado algo así como un observatorio y un
laboratorio. Fue allí donde creo haber constatado que en la región
ecuatorial, el higrómetro de cabello mantiene una marcha muy
regular. Durante un bello día, desde la salida del sol, la aguja
avanza gradualmente hacia el punto de sequía y luego de permanecer
estacionaria se dirige hacia los 100, máximo de humedad hasta por
la noche. Si por la mañana su movimiento hacia ese punto se
interrumpe, si la aguja permanece estacionaria y con mayor razón,
si marcha hacia la humedad, se puede estar muy seguro de que sea
cual sea el estado del cielo, lloverá en la tarde; el barómetro no
hace prever nada y es al higrómetro que yo consultaba cuando tenía
algún consejo para dar al San Sebastián del padre Bonafonte para
saber si había llegado el momento de pedir la lluvia o la sequía.
El Rodeo fue para mí un sitio de delicias; esa soledad era mi
paraíso, con una serpiente y, hay que confesarlo, con una Eva
encantadora que me asistía en mis observaciones.
Los trabajos relacionados con las minas de Marmato fueron
impulsados activamente; se tumbaron árboles y se establecieron
aserríos para utilizarlos. Se operaba en la parte más alta de la
selva con el fin de hacer llegar, lo más fácilmente posible, los
materiales a los sitios en donde se les daría uso. Aun cuando
estábamos rodeados de bosques, la madera nos resultaba tan cara y
aún más que en Francia, debido al alto precio de la mano de obra y
a las dificultades de transporte.
En Marmato monté un laboratorio para las pruebas de oro y de
plata, provisto de todos los utensilios necesarios y una fundición
para convertir el oro en polvo y en lingotes. Una de mis
principales ocupaciones fue la de asegurar el agua necesaria para
el servicio; el riachuelo de que disponíamos no era muy abundante;
afortunadamente contábamos con una caída de cerca de 1.000 metros,
diferencia de nivel entre el río Cauca y la acequia del Agua del
Obispo, lo que me permitió superponer las norias y los lavaderos.
Me ocupé en hacer limpiar el lecho del río Obispo, cerca del filo
de la montaña y procedí a efectuar captaciones importantes. Durante
estos trabajos sobrevino un derrumbe de tierra mueble que nos
enterró hasta las rodillas; esto no presentaba peligro inminente,
pero Davy, un buen galés constructor de molinos, sufrió un susto
tal que le produjo un “volvulos” (obstrucción de los
intestinos). El doctor Jervis, a quien llamé inmediatamente, juzgó
desesperado el estado si el enfermo no consentía en dejarse operar.
El pobre hombre se rehusó y el mal hizo rápidos progresos: expiró
llamando a su mujer y a sus hijos que había dejado en su país; fue
una triste escena y me reprocharé siempre no haberlo hecho operar
sin su consentimiento. En mi situación yo podía actuar como lo
considerara mejor; no lo hice y procedí mal.
Creo que ya he dicho cómo era el trabajo ejecutado por los
negros para extraer el oro de la pirita; un lavado y una
trituración con molino movido por rueda de canjillones, luego el
mineral en un estado de pulverización era arrojado en una especie
de canal de madera que recibía un débil chorrito de agua; el
lavador devolvía la pirita hacia la cabeza del canal hasta que la
juzgaba suficientemente concentrada y enriquecida y entonces se
extraía el oro en polvo, lavando en pequeñas cantidades en un plato
cónico de madera llamado batea.
¿Cuál era la pérdida del oro en este proceso de una lentitud
desesperante? Es imposible saberlo; algunas de las tentativas que
hice para enterarme dieron resultados que no inspiraban ninguna
confianza. Para tomar de nuevo el asunto en las manos, esperé a que
una trituradora estuviera terminada y conduje entonces una larga y
penosa serie de investigaciones hasta que, independientemente de la
trituradora, instalé un laboratorio bien organizado, provisto de
sus instrumentos de precisión, de manera que pudiera llevar a cabo
los ensayos de oro y plata con la misma exactitud con que lo hacían
en los laboratorios de las casas de moneda.
El metal en polvo, muy impuro necesariamente, extraído por el
lavado final a la batea, era fundido en lingotes que determinaban
el tenor o ley de oro y plata. No sabría describir los trabajos que
ejecuté con el decidido concurso de la gente bajo mis órdenes. Me
limitaré a dar alguna información general sobre la riqueza
—sería más exacto decir sobre la pobreza— de los
minerales sometidos a tratamiento. En efecto su tenor de oro no
pasa de 0,00005.
Sobre los “tyes” ingleses, mesas o cajas para lavar el
material triturado, este contenido subía a 0,00012; sin embargo la
ventaja de este enriquecimiento desaparecía durante el lavado final
hecho a mano, de manera que esta operación fue reemplazada por la
de amalgamar la pirita concentrada en un “arrastre”
mexicano. Se redujeron las pérdidas por este medio, pero aún no se
retiraban sino 0,60 del oro contenido. Fue lo que se estableció por
medio de un experimento llevado a cabo sobre 4.113 toneladas
inglesas salidas de las minas del Salto. El rendimiento máximo fue
de 0,71 y el mínimo de 0,30. La pérdida promedio en oro de 0,40 es
la suma de las pérdidas parciales que sucedieron al total de las
operaciones: por el procedimiento de trituración, por el lavado
sobre las mesas o “tyes” y amalgamación en el arrastre.
Como prueba de la actividad que tenía lugar en la construcción
de las fábricas y en la explotación en el curso del año de 1831 se
habían extraído y tratado en Marmato 4.168 toneladas de piritas,
allí en donde un año antes no existía ni la menor construcción. El
aluvión de llano de Supía continuaba siendo lavado por esclavos
negros, cuyos jornales eran pagados a sus amos. Como lo había
previsto, los lavadores de mineral de estaño venidos de Inglaterra,
no pudieron soportar este rudo e insalubre trabajo; los utilizamos
en el laboreo de la pirita. Bajo mi administración comenzamos la
explotación de los yacimientos de Quiebralomo. Algunos años más
tarde produjeron grandes cantidades de oro, lo que demostró que la
opinión que yo había emitido en mis informes sobre la importancia
de esas minas, era justificada. Al echar un vistazo sobre los
planos y cortes del cerro, se podrá comprender la actividad
desarrollada en los trabajos de Marmato. Allí, donde sobre una
pendiente abrupta no se veían sino algunas miserables chozas de
esclavos, vimos surgir una fábrica que producía mensualmente en
1832, 32 libras de oro en lingotes.
La población negra ya no alcanzaba para el trabajo; se trajo
mano de obra de la Provincia de Antioquia y llegaban, trayendo con
ellos, víveres para 15 días y luego regresaban para volver de
nuevo. Para tener obreros fijos, había necesidad de asegurar su
subsistencia y fue así como se comenzó el gran cultivo de bananos
en la hacienda de Cucurusapé, en las orillas del Cauca. Se comenzó
a talar el bosque para sembrar maíz, yuca y leguminosas, y el
comercio de Antioquia pronto aportó harina de trigo, cacao y café.
Al organizar esta agricultura tropical, comprendí que se debían
pedir a la tierra los alimentos indispensables para la población,
en una palabra, que había que cultivar para vivir. De esta época
datan mis estudios de agronomía.
Consignaré ahora los sucesos acaecidos durante mi residencia en
el distrito de la Vega de Supía y las observaciones que pude hacer
sobre la meteorología de esta región, una de las más húmedas de
América meridional.
Las tempestades son frecuentes y se manifiestan sobre todo en
las épocas cuando a mediodía, el Sol pasa casi al cenit, es decir,
cuando la declinación boreal es de 5° a 7°. Las descargas
eléctricas ocasionan graves accidentes; el ruido del trueno es
formidable y prolongado, efecto que se debe a los ecos de las
montañas, como lo admiten los físicos. Tuve la prueba a principios
de septiembre, en el curso de una tempestad espantosa que estalló a
mediodía: el ruido del trueno persistía durante 10, 15 y 20
segundos. Al fin el tiempo aclaró y por la noche el cielo estaba
lleno de estrellas. Entonces hice disparar algunos tiros de fusil
que produjeron un ruido igual de prolongado al del trueno: se
oyeron perfectamente las explosiones de las armas en Río Sucio de
Engurumí, situado muy por arriba de La Vega; eran las 9 y el
termómetro marcaba 16° y el higrómetro de cabello 84°.
Cerca de la Vega de Supía se señala un sitio conocido por la
frecuencia de las caídas de rayos: es Tumbabarreto, sobre el camino
de la mina de Botafuego, cerca de Quiebralomo. Aseguran que muchos
habitantes habían perdido allí la vida y yo tuve la triste ocasión
de dar fe sobre esta opinión: al pasar por Tumbabarreto me
sorprendió una tempestad a mitad de camino; tronaba fuertemente y
yo estaba rodeado de rayos por todos lados; mi caballo ya no
obedecía cuando vi caer a un joven negro que me precedía a pocos
pasos; me desmonté inmediatamente para socorrerlo, pero todo fue
inútil; había quedado fulminado. Al llegar un poco más lejos a una
casa, envié gente para recoger al infeliz y hacerlo enterrar. En la
Vega de Supía el rayo cayó una noche sobre mi residencia e incendió
el techo de paja; María, una esclava negra, murió en su cama; la
pobre muchacha iba a ser liberada al día siguiente y tenía en sus
brazos a su hijo de 3 años, quien se hallaba bien y profundamente
dormido sobre el cadáver de su madre. En El Rodeo, en el curso de
una tempestad que estalló a las 5 de la tarde, el rayo cayó a 200
pasos de mi habitación, sobre unos matorrales: yo me hallaba
precisamente en mi puerta, admirando el espectáculo; durante 10
minutos oí claramente, entre trueno y trueno, un chasquido que
recuerda el de las chispas que salen de una poderosa máquina
eléctrica. En el Valle del Cauca las tempestades llegan a tener
proporciones grandiosas y aterradoras, desde Popayán hasta
Antioquia, en donde los siniestros causados por el rayo son muy
comunes. La cantidad de personas que mueren a causa de las
tempestades es verdaderamente considerable si se tiene en cuenta la
poca densidad de la población.
En una oportunidad me encontraba en Marmato y la lluvia no había
dejado de caer desde hacía 15 días; tronaba continuamente y el
Cauca había crecido en tal forma, que el ruido de sus aguas que
arrastraban enormes bloques de piedra, no nos dejaba dormir a pesar
de que estábamos a más de 700 metros por encima de la hacienda de
Maraga.
Las oscilaciones de la tierra son tan frecuentes que puedo
afirmar que de las montañas de California a las de Chile, la tierra
está en un estado de agitación incesante. Las trepidaciones fuertes
son las que se notan, porque son las únicas que se perciben
claramente; pero la aguja imantada, suspendida de hilos de seda no
trenzados, evidencia los movimientos de la tierra casi todos los
días, como lo observé al ver las variaciones magnéticas diurnas con
una brújula de Gambey, instalada primero en El Rodeo y luego en
Marmato. Únicamente mencionaré dos temblores de tierra notables por
su duración y su intensidad: ya describí la terrible situación en
que me encontré cuando inspeccionaba los trabajos de las minas de
oro de El Salto, en donde tuve la buena suerte de lograr mantener
el orden y de sacar a la superficie a unos 100 mineros, aterrados,
haciéndolos pasar, uno a uno por una estrecha galería de 300 metros
de largo donde habrían muerto todos si yo no hubiera podido disipar
el terror que les causaban los bramidos siniestros y los ruidos
subterráneos a los cuales se unían los clamores, los rezos y los
cantos fúnebres de una multitud enloquecida. Un temblor de tierra,
en una mina, es todavía más aterrador al considerar que uno está
rodeado y envuelto por una masa de rocas en movimiento; ¡el minero
tiene ante sí la imagen de la tumba donde quedará sepultado!.
Los dos temblores de tierra de que hablaré ahora fueron
observados por mí, en La Vega, en plena tranquilidad, ya que mi
casa estaba cubierta con pamiche y no corría ningún peligro. El
primero tuvo lugar el 10 de octubre de 1827 a las 4:25; la sacudida
fue instantánea y sumamente fuerte; el movimiento parecía venir del
sureste al noroeste; el segundo se presentó el 16 de noviembre del
mismo año, a las 6 de la tarde. Yo me hallaba escribiendo y mi casa
se remeció; como el movimiento continuaba salí y vi a mis
sirvientes rezando y entonando el famoso cántico: “Santo Dios,
Santo fuerte, Santo inmortal, líbranos de todo mal...”.
Regresé a la casa y comencé a contar el tiempo en mi cronómetro;
la tierra todavía tembló durante 3 minutos; no creo exagerar
diciendo que las oscilaciones horizontales de sureste a noroeste
duraron 6 minutos en total. Después supe que en Bogotá, a la misma
hora, había temblado, durante 8 minutos.
Existen pocos ejemplos de temblores de tierra tan prolongados y
la circunstancia de haber podido seguir la aguja de un cronómetro
es suficiente para establecer, de la manera más precisa, que el
fenómeno tuvo una duración anormal. Mientras la tierra temblaba,
tuve la oportunidad de observar varios animales: dos cabras
permanecieron tranquilamente echadas, dos mulas y un caballo
siguieron pastando, un perro cuyo triste fin pronto contaré,
continuó durmiendo y un gato que aprovechó el desorden, robó de la
cocina un pedazo de carne destinado para la comida. Anoté estos
detalles porque siempre se ha pretendido que los animales se
asustan durante los temblores de tierra. Un jinete me aseguró que
el caballo que montaba se había parado cuando tembló; nada similar
sucedió a mi alrededor el 16 de noviembre.
Apenas había llegado, un sirviente me pidió que saliera porque
el cielo producía un ruido que no era de trueno. Efectivamente oí
detonaciones parecidas al ruido lejano del cañón, pero secas. No se
veía ningún resplandor; el intervalo de tiempo entre dos
detonaciones era muy regular: alrededor de 30 segundos, conté 10
detonaciones y la gente que estaba afuera, había oído 6 antes de
que yo las oyese; el cielo estaba despejado.
El correo que llegó del Sur el 25 de noviembre me informó que el
temblor de tierra había sido muy fuerte en Cartago, Buga y sobre
todo en Popayán. De Cartago me escribieron que cada detonación
sonaba como un cañonazo de 24. Más al sur, la intensidad del sonido
fue menor y no hubo señales de erupción en el volcán de Pasto. La
causa de estos ruidos en el aire no ha sido explicada.
Prometí contar la triste historia del perro que dormía durante
el temblor de tierra. Hela aquí: es el primer caso de rabia canina
que yo haya visto: Azor había acompañado una partida de mineros que
venía de Inglaterra y había remontado el Río Grande de la Magdalena
y atravesado la Cordillera Central por la ruta del páramo de
Herveo; era un magnífico danés amarillo, muy manso, que se había
convertido en el amigo de todo el mundo, pero vivía especialmente
conmigo y tenía gran cariño por mi caballo. Un día lo encontré
acostado bajo un banco en mi casa de El Rodeo: lo llamé y el animal
de ordinario tan obediente, no se movió; quise entonces echarlo
afuera y se abalanzó furioso contra mí, mordiendo el palo de que me
había servido y lo hizo tan fuertemente que pude alzarlo y
arrojarlo con todo y palo; mi buen caballo se hallaba afuera, como
de costumbre, esperando que le permitiera entrar al comedor porque
cuando yo estaba solo cenábamos juntos y él se comía todo el
postre. Azor se botó sobre la pobre bestia mordiéndola cruelmente
en el cuello, luego perro y caballo desaparecieron a toda
velocidad; por el camino el primero mordió a un niño negro y a
varias vacas que pacían en la pradera. Yo había dado orden de matar
al perro, lo que hizo un minero inglés. Visité al pobre negrito,
quien murió de la rabia al cabo de algunos días, lo mismo que
varias vacas; a mi excelente caballo no lo volví a ver y solamente
a los 2 meses se encontraron sus restos, que pudimos identificar
por ser el único caballo herrado en la región y las herraduras
estaban entre sus huesos.
De este suceso se concluye que la rabia se había desarrollado
probablemente en forma espontánea en el perro, único que existía en
los alrededores; digo probablemente porque el animal podía haber
sido mordido en Europa o durante el viaje y se sabe con qué
lentitud, algunas veces, el virus rábico se insinúa en el
organismo. La rabia se manifestó en el caballo, en el negrito y en
las vacas inmediatamente después de la mordedura. Se afirmaba que
antes de desaparecer, el caballo había mordido a varias vacas; si
el hecho hubiera sido bien observado, lo que dudo, resultaría que
la rabia se comunica del caballo a la especie bovina.
En Marmato sufrimos un accidente que habría podido tener
terribles consecuencias: era el 23 de octubre de 1828 a las 2 de la
tarde; un bloque de roca de varios metros cúbicos se separo de la
parte más elevada de la montaña y bajó a tumbos por encima de las
fábricas para llegar a orillas del Cauca; nadie sufrió y los daños
se redujeron a poca cosa. Estas caídas de roca son frecuentes en
los terrenos de grünstein y de roca porfídica. Ya he contado atrás
de un derrumbe de este estilo, cuando cayó el cerro de Tacón que
sepultó a todos los habitantes de un villorrio indio.
Cuando caen las lluvias torrenciales permanecer sobre la
pendiente abrupta de la montaña de Marmato no deja de tener
peligro. Una vez sucedió lo que llamamos “la noche
triste”. Hacia las 11 estalló una tromba encima del canal de
Agua-Obispo, acompañada de un violento huracán; yo me hallaba en
Marmato, afortunadamente, pues así pude organizar el servicio y
mantener el orden. La lluvia caía en forma tan densa que se hacía
difícil la respiración; la pendiente del cerro estaba desbaratada
por un torrente de piedras; todo el personal se reunió a mi
alrededor y a cada uno le indiqué lo que creí útil para conservar
nuestras construcciones; durante toda la borrasca permanecí trepado
sobre un bloque de roca, sostenido por dos negros vigorosos. Se
abrieron las compuertas, se fortificaron los muros con postes y las
órdenes eran prontamente ejecutadas y puedo decir que con mucha
sangre fría. Muchas trituradoras fueron desmontadas y los lavaderos
trastornados; pero logramos retener los restos del desastre.
Pasé algunas horas en medio de una gran inquietud y fue con viva
satisfacción que comprobé que no faltaba nadie, al llamar a lista
después de la borrasca. Estábamos en un estado indescriptible:
totalmente mojados y cubiertos de barro, pero tuvimos la suerte de
que la lluvia que nos inundó no era fría pues su temperatura no
bajaba de 19° y la del aire era de 22°.
Los trabajadores bajo mis órdenes eran negros esclavos, negros
libres, mulatos y mestizos, lo cual, en mi aislamiento, me daba un
gran sentido de seguridad: gentes sobrias, sumisas y leales que
mantenían a respetuosa distancia los 150 obreros europeos, hombres
turbulentos, aficionados al licor en su mayoría. Con ellos tuve dos
asuntos desagradables: en una oportunidad los ríos crecidos en la
cordillera de Herveo impidieron que llegasen a tiempo los correos
que traían los fondos enviados desde Bogotá, para el pago de los
obreros. Los mineros y los obreros ingleses se declararon en huelga
y me enviaron una delegación para reclamar su dinero; en ese
momento me encontraba en El Rodeo y los vi subir la pendiente que
los llevaba a mi casa; los recibí en ropa de casa y les pedí que se
detuvieran y botaran los palos en los que se apoyaban, lo cual
obedecieron. Expliqué entonces a su portavoz, una mala persona, la
causa de la demora en el pago y se retiraron murmurando que no
volverían al trabajo hasta que se les pagara. Los fondos llegaron
dos días después del reclamo y en el momento del pago se les retuvo
lo correspondiente al tiempo durante el cual se habían ausentado de
sus trabajos.
El segundo asunto fue mucho más serio: a las 4 de la mañana,
hallándome en Río Sucio de Engurumí, fui despertado por un alcalde
que llegó al galope de la Vega de Supía. Los ingleses querían
quemar el pueblo y se paseaban por la calle principal y única, con
antorchas encendidas; no esperaban para ahorcar al cura sino haber
incendiado la iglesia.
—“Pero, el capitán Walker está en Supía, por qué no se
dirigió a él; creo que habría restablecido el orden”, le dije
al alcalde.
—“No lo crea, don Juan, el capitán encabeza a los
revoltosos y está tan borracho que casi no puede tenerse en pie. Si
Ud. se demora Supía será destruido, la iglesia y los santos
quemados y el cura ahorcado”, contestó el pobre magistrado con
voz temblorosa.
Mi asistente había ensillado mi mula, mientras yo me vestía,
preparaba la “aguja” y renovaba la carga de mis pistolas;
jamás había bajado yo de Río Sucio a La Vega con tal velocidad;
todavía era de noche cuando llegamos: la iglesia estaba abierta e
iluminada y yo entré a caballo; al desmontarme pregunté por el
capitán Walker, quien llegó con rapidez oscilando visiblemente;
este excelente muchacho tan suave e instruido, se puso a llorar
cuando me vio y aun cuando me era penoso, lo hice poner al
“cepo”. Después de todo era un servicio el que le
prestaba al retirarlo de sus compañeros. Luego comencé sin
detenerme, a interrogar. El primero fue Budge, quien era un
individuo de ojos azules, con la fisonomía de un bribón; dijo que
el cura se había ufanado de haber invitado a los ingleses a tomar
de un aguardiente que le había servido para darse un baño de pies.
Esta historia desagradable indudablemente no era cierta, pero había
exasperado a los extranjeros, la mayoría de los cuales dormían por
el suelo en un estado tal de borrachera que fue imposible
despertarlos. En cuanto al cura, a quien yo quería oír, antes de
enviar un informe a su obispo, no se logró descubrir su escondite.
Lo hice buscar por auxiliares que yo había organizado para el caso
de que los obreros extranjeros hubiesen puesto resistencia.
En el momento en que salía de Río Sucio había enviado a Marmato
orden de reunir a los mineros negros y que los enviaran armados de
sus machetes a la Vega de Supía. Pronto llegaron, pero su
intervención ya no era necesaria; todo terminó en gran calma y a
las 9, el cabildo vino a agradecerme el haber salvado la ciudad del
incendio y del pillaje.
¡Yo no había salvado nada! Había sido un desorden causado por
hombres borrachos que sedujeron a uno de sus jefes, quien en lugar
de hacerlos entrar en razón, se había asociado a su mala conducta.
Walker, una vez en su juicio, me escribió una carta muy emotiva. Lo
hice poner en libertad y lo envié a Sonsón para que vigilara el
transporte del material. Algunos meses después el desdichado joven
murió a consecuencia de sus excesos y tuve la ocasión de verlo una
vez más, antes de su muerte. Estaba irreconocible, al punto que
escribí a un amigo común: “Walker ya no es más que una masa de
carne impregnada de alcohol”.
Debo dejar anotado aquí un rasgo característico de las
costumbres de la región en donde vivía: un domingo por la mañana me
encontraba a la puerta de mi casa de Marmato, cuando me di cuenta
de que dos hombres salían de uno de los campamentos de obreros y
discutían acremente. Uno de ellos sacó su cuchillo y lo hundió
hasta la empuñadura en el corazón de su adversario; la muerte fue
instantánea y el asesino, con el arma en la mano, amenazaba a quien
tratara de detenerlo y llegó, con la velocidad de un ciervo, a la
cima de la montaña en donde desapareció entre un matorral; todas
las búsquedas fueron inútiles. El asesino era un muchacho muy
apreciado, se llamaba Vanegas y era el hijo de un guía muy
experimentado con quien yo había atravesado muchas veces la
Cordillera Central y que también empleaba con frecuencia para
misiones de confianza. El crimen había sido causado por una
querella de juego; la justicia dio su informe y las piezas del
proceso fueron enviadas a Popayán; dos meses después hubo una
sentencia de muerte contra Vanegas y la orden fue trasmitida al
alcalde para la ejecución del culpable, pero el muchacho estaba
libre; nadie había podido, o querido detenerlo; en todas partes se
le acogía y se le protegía; su crimen no era sino un pecadillo:
había tenido un mal momento y, como atenuante: “¡Qué belleza
de puñalada!”.
Yo iba de La Vega a Marmato en una bella mañana y subía
lentamente la cuesta, cuando al llegar cerca a El Rodeo salió
bruscamente de detrás de unos árboles, un hombre armado de una
lanza y detuvo mi mula, cogiéndola por la brida. Mi primer
movimiento fue el de sacar mi sable, cuando reconocí a Vanegas,
quien botando su arma, me besó las manos. Le informé de su condena
instándolo a que dejase la región, persuadido de que sería fusilado
si llegaran a detenerlo. Me contó entonces cómo vivía: cambiando de
lugar cada mañana, bien acogido en todas partes y añadió que más de
una vez había pasado la noche en mi casa, escondido y bien tratado
por mis sirvientes. Debo confesar que yo lo ignoraba e insistí en
que debía alejarse y le di algún dinero; partió y no lo volví a ver
sino dos años después, en la Provincia de Socorro, donde se había
establecido y había cambiado su nombre; tenía éxito en los negocios
y era un hombre muy apreciado; entonces prometí darle noticias de
él a su padre y el muchacho estuvo encantado de poder pasar algún
rato conmigo.
El tribunal se mostró más indulgente de lo que había sido con
Vanegas, en otro asunto que tenía realmente menor gravedad. Se
trataba de un considerable robo de oro, cometido por un mulato
libre, jefe de los lavaderos de Marmato: escondía el oro en polvo
en el cabello de su cabeza y también en el de otras partes del
cuerpo de las negras lavadoras. El sistema piloso, por su
contextura de lana crespa formaba un escondite en donde se podía
tener en reserva notables cantidades del precioso metal y después
del trabajo, peinaba a las mujeres. Hice vigilar al miserable y
constatamos el delito; las negras confesaron todo y delante de mí
se llevó a cabo un baño de esclavas doradas. El oro disimulado en
esa forma, llegaba a 3 o 4 onzas, en una sola mujer. Mandé al
mulato a la cárcel y se le siguió un proceso y los documentos
fueron enviados a Popayán; el tribunal consideró que un mes de
prisión preventiva era ampliamente suficiente para castigar a un
hombre por haber robado un “poquito” de oro y declaró
suspendido el proceso. En cambio, la justicia local me reprendió
por haber actuado como lo hice, pues de acuerdo con el alcalde se
debía dar de azotes al culpable, hasta que hubiese restituido el
metal robado.
Terminaré lo que concierne a mi administración del distrito de
la Vega de Supía, dando cuenta de una misión que me fue encargada
para enganchar indios del Chocó para trabajar en las minas. Por
esta misión comenzaron mis relaciones con los indios chami. Después
de haberme puesto de acuerdo con el cacique y el cura de la misión,
me enviaron tres delegados chami, quienes durante dos días se
instalaron en Marmato, cerca de los molinos; permanecían sentados
en el suelo, mirando con la apatía particular de la raza cobriza
todas las operaciones que llevaban a cabo nuestros obreros. En la
mañana del tercer día, los indios me encontraron y uno de ellos me
dijo: “no queremos trabajar, nos vamos”. Me pareció que
era gente sensata al preferir su existencia de grandes señores que
gastaban su tiempo en caza y pesca; los despaché con una buena
ración de sal, el mejor regalo que se les pudiera ofrecer. Jamás se
ha logrado que un indio trabaje en las minas, a menos que sea por
medio de la violencia, como lo hicieron los conquistadores.
En diciembre de 1830 dejé la Vega de Supía para no regresar a
pesar de la insistencia del gobierno y de las ventajas pecuniarias
que me fueron ofrecidas.
Cuento aquí un incidente: cuando se decidió mi salida una vieja
negra de nombre Juana me contó que quería comprar su libertad; era
la esclava de una congregación y pasaba su vida sentada en una
silla; la mantenían bien sin pedirle el menor trabajo; me pidió que
la evaluara de acuerdo con la ley de manumisión que permitía
recomprarse a todo esclavo; la evalué en 5 piastras, pero le
aconsejé permanecer en donde estaba, pues era libre de hecho, pero
la vieja no quiso aceptar. Después de haber puesto el grito en el
cielo sobre el poco valor que le atribuía, me dijo que una vez que
yo me hubiese ido, no quería quedarse con los ingleses heréticos.
Le entregué su carta de libertad.