INDICE





LAS MEMORIAS DE UN NATURALISTA Y CIENTÍFICO QUE CEDIÓ A LA TENTACIÓN DE SER OBSERVADOR Y CRÍTICO SOCIAL

INTRODUCCIÓN

TOMO I

CAPÍTULO I
Mi formación — La Revolución francesa — Napoleón — El espanto de la guerra — Humboldt — Preparativos de viaje.

CAPÍTULO II
Caracas — Los temblores de tierra — Ascención a la silla.

CAPÍTULO III
Valle de Aragua — Lago Tacarigua — Morro de San Juan — Sitio de Puerto cabello— El general Páez— El árbol de la vaca— Aguas termales de la cadena del litoral.

CAPÍTULO IV
Cordillera Oriental de los Andes — Su constitución geológica —Nivelación barométrica — Efectos del temblor de tierra de 1812, observados en diferentes localidades — Sierra Nevada de Mérida —Lago Urao— Pamplona, sus minas de oro— Hierro meteórico de Santa Rosa.

CAPÍTULO V
Explanada de Bogotá — Nación Muisca — Su conquista - Guerras de la Independencia — Descripción de la meseta.

CAPÍTULO VI
Las primeras luchas por la Independencia — Bolívar.

CAPÍTULO VII
Meseta de Bogotá — Constitución geológica — Sal gema — Salinas —Carbón — Minas de esmeraldas.

CAPÍTULO VIII
Bogotá — Situación — Clima — Costumbres — Aventuras — Excursiones por los alrededores.

CAPÍTULO IX
Excursión para determinar los límites del terreno al sur de Bogotá —   Valle del Magdalena entre honda e Ibagué — Observaciones sobre el aumento de la intensidad del sonido durante la noche — Puente natural de Pandi o Icononzo.

TOMO II

CAPÍTULO X
Jugo venenoso del ajuapar— Accidentes que sucedieron mientras analizábamos esa materia — El comandante don Juan con nodriza — Irradiación nocturna en Bogotá.

CAPÍTULO XI
Algunos de mis conocidos en Bogotá — El Libertador Bolívar —Personajes — Sucesos.

CAPÍTULO XII
El Salto de Tequendama — Historia de Manuelita Sáenz.

CAPÍTULO XIII
Expedición de 1824— En los llanos del Meta.

CAPÍTULO XIV
Cordillera Central y Cordillera Oriental— Valle del Cauca— Minas de oro de La Vega de Supía - Provincia de Antioquia.

CAPÍTULO XV
Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

CAPÍTULO XVI
Viaje a la región aurífera y platinífera del Chocó.

CAPÍTULO XVII
Viaje al Ecuador— Estudios sobre la región volcánica.

CAPÍTULO XVIII
Ascensión al volcán del Puracé.

CAPÍTULO XIX
Viaje de Popayán a Pasto — Estancia en Pasto.

CAPÍTULO XX
Viaje de Pasto a Quito.

CAPÍTULO XXI
Ecuador.

CAPÍTULO XXII
Ascensión al volcán de Pichincha.

CAPÍTULO XXIII
Ascensión al Antisana.

CAPÍTULO XXIV
Tertulias y puros.

CAPÍTULO XXV
Ascensión al Chimborazo (1831).

CORRESPONDENCIA 1818-1826
Correspondencia I-X
Correspondencia XI-XVI
Correspondencia XVII-XXII
Correspondencia XXIII-XXIX
Correspondencia XXX-XL
Correspondencia XLI- LI
Correspondencia LII-LXII
Correspondencia LXIII- LXXIII
Correspondencia LXXIV - LXXXI
Correspondencia LXXXII - CII
Correspondencia CIII - CXXIX

He aquí los sitios escogidos para acelerar el servicio:

 
1o. Río Sucio de Engurumí, cerca de las minas de Quiebralomo, (altitud 1.828 metros, temperatura promedio 20°).  
2o. Vega de Supía, residencia principal sobre el aluvión aurífero; (altitud 1.225 metros, temperatura promedio 23°).  
3o. Marmato, sobre los trabajos dirigidos en los yacimientos de piritas (altitud de la casa en donde habitaba, 1.426 metros, temperatura promedio 21°)

Mientras estaban listas las casas donde debía alojarme, me establecí en una dependencia de las minas de plata abandonadas de Chachafruto (altitud 1.709 metros, temperatura promedio 20,5°) que es una casa aislada en plena selva, a mitad de camino entre Marmato y Supía, cerca de un bonito riachuelo. A la entrada de los subterráneos encontré buena cantidad de “pacos” de donde retiré, por medio de lavado, mercurio argentífero.

Allí tenía un vecino singular, una serpiente de metro y medio de largo, una traga-venado, especie de boa; la veía deslizarse, generalmente por la mañana en el torrente, cuando después de una cacería nocturna regresaba al sitio que había escogido en una galería de la mina. Varias veces tuve la idea de matarla, pero como no me molestaba para nada y como probablemente limpiaba los alrededores de animales incómodos, la dejé vivir.

En América meridional las grandes serpientes son menos peligrosas que las especies más pequeñas que tienen, con frecuencia , colmillos venenosos como pude comprobarlo: me encontraba en Supía y ofrecía una comida a los oficiales de minas y cuando estábamos en los postres, el sirviente apoyó de repente su servilleta sobre el plato lleno de frutas: “una serpiente”, gritó asustado y nos mostró un delgado reptil, bastante fuerte llamado “atabacado” debido a su color; se le puso en alcohol y ahora figura en las colecciones de Historia Natural de París; es una serpiente cuyo veneno actúa con una gran prontitud, según me han asegurado.

Después de mi organización definitiva, la hacienda de El Rodeo era un oasis en donde iba a descansar de los problemas de negocios. Allí había instalado algo así como un observatorio y un laboratorio. Fue allí donde creo haber constatado que en la región ecuatorial, el higrómetro de cabello mantiene una marcha muy regular. Durante un bello día, desde la salida del sol, la aguja avanza gradualmente hacia el punto de sequía y luego de permanecer estacionaria se dirige hacia los 100, máximo de humedad hasta por la noche. Si por la mañana su movimiento hacia ese punto se interrumpe, si la aguja permanece estacionaria y con mayor razón, si marcha hacia la humedad, se puede estar muy seguro de que sea cual sea el estado del cielo, lloverá en la tarde; el barómetro no hace prever nada y es al higrómetro que yo consultaba cuando tenía algún consejo para dar al San Sebastián del padre Bonafonte para saber si había llegado el momento de pedir la lluvia o la sequía. El Rodeo fue para mí un sitio de delicias; esa soledad era mi paraíso, con una serpiente y, hay que confesarlo, con una Eva encantadora que me asistía en mis observaciones.

Los trabajos relacionados con las minas de Marmato fueron impulsados activamente; se tumbaron árboles y se establecieron aserríos para utilizarlos. Se operaba en la parte más alta de la selva con el fin de hacer llegar, lo más fácilmente posible, los materiales a los sitios en donde se les daría uso. Aun cuando estábamos rodeados de bosques, la madera nos resultaba tan cara y aún más que en Francia, debido al alto precio de la mano de obra y a las dificultades de transporte.  

En Marmato monté un laboratorio para las pruebas de oro y de plata, provisto de todos los utensilios necesarios y una fundición para convertir el oro en polvo y en lingotes. Una de mis principales ocupaciones fue la de asegurar el agua necesaria para el servicio; el riachuelo de que disponíamos no era muy abundante; afortunadamente contábamos con una caída de cerca de 1.000 metros, diferencia de nivel entre el río Cauca y la acequia del Agua del Obispo, lo que me permitió superponer las norias y los lavaderos. Me ocupé en hacer limpiar el lecho del río Obispo, cerca del filo de la montaña y procedí a efectuar captaciones importantes. Durante estos trabajos sobrevino un derrumbe de tierra mueble que nos enterró hasta las rodillas; esto no presentaba peligro inminente, pero Davy, un buen galés constructor de molinos, sufrió un susto tal que le produjo un “volvulos” (obstrucción de los intestinos). El doctor Jervis, a quien llamé inmediatamente, juzgó desesperado el estado si el enfermo no consentía en dejarse operar. El pobre hombre se rehusó y el mal hizo rápidos progresos: expiró llamando a su mujer y a sus hijos que había dejado en su país; fue una triste escena y me reprocharé siempre no haberlo hecho operar sin su consentimiento. En mi situación yo podía actuar como lo considerara mejor; no lo hice y procedí mal.

Creo que ya he dicho cómo era el trabajo ejecutado por los negros para extraer el oro de la pirita; un lavado y una trituración con molino movido por rueda de canjillones, luego el mineral en un estado de pulverización era arrojado en una especie de canal de madera que recibía un débil chorrito de agua; el lavador devolvía la pirita hacia la cabeza del canal hasta que la juzgaba suficientemente concentrada y enriquecida y entonces se extraía el oro en polvo, lavando en pequeñas cantidades en un plato cónico de madera llamado batea.

¿Cuál era la pérdida del oro en este proceso de una lentitud desesperante? Es imposible saberlo; algunas de las tentativas que hice para enterarme dieron resultados que no inspiraban ninguna confianza. Para tomar de nuevo el asunto en las manos, esperé a que una trituradora estuviera terminada y conduje entonces una larga y penosa serie de investigaciones hasta que, independientemente de la trituradora, instalé un laboratorio bien organizado, provisto de sus instrumentos de precisión, de manera que pudiera llevar a cabo los ensayos de oro y plata con la misma exactitud con que lo hacían en los laboratorios de las casas de moneda.

El metal en polvo, muy impuro necesariamente, extraído por el lavado final a la batea, era fundido en lingotes que determinaban el tenor o ley de oro y plata. No sabría describir los trabajos que ejecuté con el decidido concurso de la gente bajo mis órdenes. Me limitaré a dar alguna información general sobre la riqueza —sería más exacto decir sobre la pobreza— de los minerales sometidos a tratamiento. En efecto su tenor de oro no pasa de 0,00005.

Sobre los “tyes” ingleses, mesas o cajas para lavar el material triturado, este contenido subía a 0,00012; sin embargo la ventaja de este enriquecimiento desaparecía durante el lavado final hecho a mano, de manera que esta operación fue reemplazada por la de amalgamar la pirita concentrada en un “arrastre” mexicano. Se redujeron las pérdidas por este medio, pero aún no se retiraban sino 0,60 del oro contenido. Fue lo que se estableció por medio de un experimento llevado a cabo sobre 4.113 toneladas inglesas salidas de las minas del Salto. El rendimiento máximo fue de 0,71 y el mínimo de 0,30. La pérdida promedio en oro de 0,40 es la suma de las pérdidas parciales que sucedieron al total de las operaciones: por el procedimiento de trituración, por el lavado sobre las mesas o “tyes” y amalgamación en el arrastre.  

Como prueba de la actividad que tenía lugar en la construcción de las fábricas y en la explotación en el curso del año de 1831 se habían extraído y tratado en Marmato 4.168 toneladas de piritas, allí en donde un año antes no existía ni la menor construcción. El aluvión de llano de Supía continuaba siendo lavado por esclavos negros, cuyos jornales eran pagados a sus amos. Como lo había previsto, los lavadores de mineral de estaño venidos de Inglaterra, no pudieron soportar este rudo e insalubre trabajo; los utilizamos en el laboreo de la pirita. Bajo mi administración comenzamos la explotación de los yacimientos de Quiebralomo. Algunos años más tarde produjeron grandes cantidades de oro, lo que demostró que la opinión que yo había emitido en mis informes sobre la importancia de esas minas, era justificada. Al echar un vistazo sobre los planos y cortes del cerro, se podrá comprender la actividad desarrollada en los trabajos de Marmato. Allí, donde sobre una pendiente abrupta no se veían sino algunas miserables chozas de esclavos, vimos surgir una fábrica que producía mensualmente en 1832, 32 libras de oro en lingotes.  

La población negra ya no alcanzaba para el trabajo; se trajo mano de obra de la Provincia de Antioquia y llegaban, trayendo con ellos, víveres para 15 días y luego regresaban para volver de nuevo. Para tener obreros fijos, había necesidad de asegurar su subsistencia y fue así como se comenzó el gran cultivo de bananos en la hacienda de Cucurusapé, en las orillas del Cauca. Se comenzó a talar el bosque para sembrar maíz, yuca y leguminosas, y el comercio de Antioquia pronto aportó harina de trigo, cacao y café. Al organizar esta agricultura tropical, comprendí que se debían pedir a la tierra los alimentos indispensables para la población, en una palabra, que había que cultivar para vivir. De esta época datan mis estudios de agronomía. 

Consignaré ahora los sucesos acaecidos durante mi residencia en el distrito de la Vega de Supía y las observaciones que pude hacer sobre la meteorología de esta región, una de las más húmedas de América meridional.

Las tempestades son frecuentes y se manifiestan sobre todo en las épocas cuando a mediodía, el Sol pasa casi al cenit, es decir, cuando la declinación boreal es de 5° a 7°. Las descargas eléctricas ocasionan graves accidentes; el ruido del trueno es formidable y prolongado, efecto que se debe a los ecos de las montañas, como lo admiten los físicos. Tuve la prueba a principios de septiembre, en el curso de una tempestad espantosa que estalló a mediodía: el ruido del trueno persistía durante 10, 15 y 20 segundos. Al fin el tiempo aclaró y por la noche el cielo estaba lleno de estrellas. Entonces hice disparar algunos tiros de fusil que produjeron un ruido igual de prolongado al del trueno: se oyeron perfectamente las explosiones de las armas en Río Sucio de Engurumí, situado muy por arriba de La Vega; eran las 9 y el termómetro marcaba 16° y el higrómetro de cabello 84°.

Cerca de la Vega de Supía se señala un sitio conocido por la frecuencia de las caídas de rayos: es Tumbabarreto, sobre el camino de la mina de Botafuego, cerca de Quiebralomo. Aseguran que muchos habitantes habían perdido allí la vida y yo tuve la triste ocasión de dar fe sobre esta opinión: al pasar por Tumbabarreto me sorprendió una tempestad a mitad de camino; tronaba fuertemente y yo estaba rodeado de rayos por todos lados; mi caballo ya no obedecía cuando vi caer a un joven negro que me precedía a pocos pasos; me desmonté inmediatamente para socorrerlo, pero todo fue inútil; había quedado fulminado. Al llegar un poco más lejos a una casa, envié gente para recoger al infeliz y hacerlo enterrar. En la Vega de Supía el rayo cayó una noche sobre mi residencia e incendió el techo de paja; María, una esclava negra, murió en su cama; la pobre muchacha iba a ser liberada al día siguiente y tenía en sus brazos a su hijo de 3 años, quien se hallaba bien y profundamente dormido sobre el cadáver de su madre. En El Rodeo, en el curso de una tempestad que estalló a las 5 de la tarde, el rayo cayó a 200 pasos de mi habitación, sobre unos matorrales: yo me hallaba precisamente en mi puerta, admirando el espectáculo; durante 10 minutos oí claramente, entre trueno y trueno, un chasquido que recuerda el de las chispas que salen de una poderosa máquina eléctrica. En el Valle del Cauca las tempestades llegan a tener proporciones grandiosas y aterradoras, desde Popayán hasta Antioquia, en donde los siniestros causados por el rayo son muy comunes. La cantidad de personas que mueren a causa de las tempestades es verdaderamente considerable si se tiene en cuenta la poca densidad de la población.

En una oportunidad me encontraba en Marmato y la lluvia no había dejado de caer desde hacía 15 días; tronaba continuamente y el Cauca había crecido en tal forma, que el ruido de sus aguas que arrastraban enormes bloques de piedra, no nos dejaba dormir a pesar de que estábamos a más de 700 metros por encima de la hacienda de Maraga.  

Las oscilaciones de la tierra son tan frecuentes que puedo afirmar que de las montañas de California a las de Chile, la tierra está en un estado de agitación incesante. Las trepidaciones fuertes son las que se notan, porque son las únicas que se perciben claramente; pero la aguja imantada, suspendida de hilos de seda no trenzados, evidencia los movimientos de la tierra casi todos los días, como lo observé al ver las variaciones magnéticas diurnas con una brújula de Gambey, instalada primero en El Rodeo y luego en Marmato. Únicamente mencionaré dos temblores de tierra notables por su duración y su intensidad: ya describí la terrible situación en que me encontré cuando inspeccionaba los trabajos de las minas de oro de El Salto, en donde tuve la buena suerte de lograr mantener el orden y de sacar a la superficie a unos 100 mineros, aterrados, haciéndolos pasar, uno a uno por una estrecha galería de 300 metros de largo donde habrían muerto todos si yo no hubiera podido disipar el terror que les causaban los bramidos siniestros y los ruidos subterráneos a los cuales se unían los clamores, los rezos y los cantos fúnebres de una multitud enloquecida. Un temblor de tierra, en una mina, es todavía más aterrador al considerar que uno está rodeado y envuelto por una masa de rocas en movimiento; ¡el minero tiene ante sí la imagen de la tumba donde quedará sepultado!.

Los dos temblores de tierra de que hablaré ahora fueron observados por mí, en La Vega, en plena tranquilidad, ya que mi casa estaba cubierta con pamiche y no corría ningún peligro. El primero tuvo lugar el 10 de octubre de 1827 a las 4:25; la sacudida fue instantánea y sumamente fuerte; el movimiento parecía venir del sureste al noroeste; el segundo se presentó el 16 de noviembre del mismo año, a las 6 de la tarde. Yo me hallaba escribiendo y mi casa se remeció; como el movimiento continuaba salí y vi a mis sirvientes rezando y entonando el famoso cántico: “Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, líbranos de todo mal...”.

Regresé a la casa y comencé a contar el tiempo en mi cronómetro; la tierra todavía tembló durante 3 minutos; no creo exagerar diciendo que las oscilaciones horizontales de sureste a noroeste duraron 6 minutos en total. Después supe que en Bogotá, a la misma hora, había temblado, durante 8 minutos.

Existen pocos ejemplos de temblores de tierra tan prolongados y la circunstancia de haber podido seguir la aguja de un cronómetro es suficiente para establecer, de la manera más precisa, que el fenómeno tuvo una duración anormal. Mientras la tierra temblaba, tuve la oportunidad de observar varios animales: dos cabras permanecieron tranquilamente echadas, dos mulas y un caballo siguieron pastando, un perro cuyo triste fin pronto contaré, continuó durmiendo y un gato que aprovechó el desorden, robó de la cocina un pedazo de carne destinado para la comida. Anoté estos detalles porque siempre se ha pretendido que los animales se asustan durante los temblores de tierra. Un jinete me aseguró que el caballo que montaba se había parado cuando tembló; nada similar sucedió a mi alrededor el 16 de noviembre.  

Apenas había llegado, un sirviente me pidió que saliera porque el cielo producía un ruido que no era de trueno. Efectivamente oí detonaciones parecidas al ruido lejano del cañón, pero secas. No se veía ningún resplandor; el intervalo de tiempo entre dos detonaciones era muy regular: alrededor de 30 segundos, conté 10 detonaciones y la gente que estaba afuera, había oído 6 antes de que yo las oyese; el cielo estaba despejado. 

El correo que llegó del Sur el 25 de noviembre me informó que el temblor de tierra había sido muy fuerte en Cartago, Buga y sobre todo en Popayán. De Cartago me escribieron que cada detonación sonaba como un cañonazo de 24. Más al sur, la intensidad del sonido fue menor y no hubo señales de erupción en el volcán de Pasto. La causa de estos ruidos en el aire no ha sido explicada.

Prometí contar la triste historia del perro que dormía durante el temblor de tierra. Hela aquí: es el primer caso de rabia canina que yo haya visto: Azor había acompañado una partida de mineros que venía de Inglaterra y había remontado el Río Grande de la Magdalena y atravesado la Cordillera Central por la ruta del páramo de Herveo; era un magnífico danés amarillo, muy manso, que se había convertido en el amigo de todo el mundo, pero vivía especialmente conmigo y tenía gran cariño por mi caballo. Un día lo encontré acostado bajo un banco en mi casa de El Rodeo: lo llamé y el animal de ordinario tan obediente, no se movió; quise entonces echarlo afuera y se abalanzó furioso contra mí, mordiendo el palo de que me había servido y lo hizo tan fuertemente que pude alzarlo y arrojarlo con todo y palo; mi buen caballo se hallaba afuera, como de costumbre, esperando que le permitiera entrar al comedor porque cuando yo estaba solo cenábamos juntos y él se comía todo el postre. Azor se botó sobre la pobre bestia mordiéndola cruelmente en el cuello, luego perro y caballo desaparecieron a toda velocidad; por el camino el primero mordió a un niño negro y a varias vacas que pacían en la pradera. Yo había dado orden de matar al perro, lo que hizo un minero inglés. Visité al pobre negrito, quien murió de la rabia al cabo de algunos días, lo mismo que varias vacas; a mi excelente caballo no lo volví a ver y solamente a los 2 meses se encontraron sus restos, que pudimos identificar por ser el único caballo herrado en la región y las herraduras estaban entre sus huesos.

De este suceso se concluye que la rabia se había desarrollado probablemente en forma espontánea en el perro, único que existía en los alrededores; digo probablemente porque el animal podía haber sido mordido en Europa o durante el viaje y se sabe con qué lentitud, algunas veces, el virus rábico se insinúa en el organismo. La rabia se manifestó en el caballo, en el negrito y en las vacas inmediatamente después de la mordedura. Se afirmaba que antes de desaparecer, el caballo había mordido a varias vacas; si el hecho hubiera sido bien observado, lo que dudo, resultaría que la rabia se comunica del caballo a la especie bovina.

En Marmato sufrimos un accidente que habría podido tener terribles consecuencias: era el 23 de octubre de 1828 a las 2 de la tarde; un bloque de roca de varios metros cúbicos se separo de la parte más elevada de la montaña y bajó a tumbos por encima de las fábricas para llegar a orillas del Cauca; nadie sufrió y los daños se redujeron a poca cosa. Estas caídas de roca son frecuentes en los terrenos de grünstein y de roca porfídica. Ya he contado atrás de un derrumbe de este estilo, cuando cayó el cerro de Tacón que sepultó a todos los habitantes de un villorrio indio.

Cuando caen las lluvias torrenciales permanecer sobre la pendiente abrupta de la montaña de Marmato no deja de tener peligro. Una vez sucedió lo que llamamos “la noche triste”. Hacia las 11 estalló una tromba encima del canal de Agua-Obispo, acompañada de un violento huracán; yo me hallaba en Marmato, afortunadamente, pues así pude organizar el servicio y mantener el orden. La lluvia caía en forma tan densa que se hacía difícil la respiración; la pendiente del cerro estaba desbaratada por un torrente de piedras; todo el personal se reunió a mi alrededor y a cada uno le indiqué lo que creí útil para conservar nuestras construcciones; durante toda la borrasca permanecí trepado sobre un bloque de roca, sostenido por dos negros vigorosos. Se abrieron las compuertas, se fortificaron los muros con postes y las órdenes eran prontamente ejecutadas y puedo decir que con mucha sangre fría. Muchas trituradoras fueron desmontadas y los lavaderos trastornados; pero logramos retener los restos del desastre.  

Pasé algunas horas en medio de una gran inquietud y fue con viva satisfacción que comprobé que no faltaba nadie, al llamar a lista después de la borrasca. Estábamos en un estado indescriptible: totalmente mojados y cubiertos de barro, pero tuvimos la suerte de que la lluvia que nos inundó no era fría pues su temperatura no bajaba de 19° y la del aire era de 22°.

Los trabajadores bajo mis órdenes eran negros esclavos, negros libres, mulatos y mestizos, lo cual, en mi aislamiento, me daba un gran sentido de seguridad: gentes sobrias, sumisas y leales que mantenían a respetuosa distancia los 150 obreros europeos, hombres turbulentos, aficionados al licor en su mayoría. Con ellos tuve dos asuntos desagradables: en una oportunidad los ríos crecidos en la cordillera de Herveo impidieron que llegasen a tiempo los correos que traían los fondos enviados desde Bogotá, para el pago de los obreros. Los mineros y los obreros ingleses se declararon en huelga y me enviaron una delegación para reclamar su dinero; en ese momento me encontraba en El Rodeo y los vi subir la pendiente que los llevaba a mi casa; los recibí en ropa de casa y les pedí que se detuvieran y botaran los palos en los que se apoyaban, lo cual obedecieron. Expliqué entonces a su portavoz, una mala persona, la causa de la demora en el pago y se retiraron murmurando que no volverían al trabajo hasta que se les pagara. Los fondos llegaron dos días después del reclamo y en el momento del pago se les retuvo lo correspondiente al tiempo durante el cual se habían ausentado de sus trabajos.

El segundo asunto fue mucho más serio: a las 4 de la mañana, hallándome en Río Sucio de Engurumí, fui despertado por un alcalde que llegó al galope de la Vega de Supía. Los ingleses querían quemar el pueblo y se paseaban por la calle principal y única, con antorchas encendidas; no esperaban para ahorcar al cura sino haber incendiado la iglesia.  

—“Pero, el capitán Walker está en Supía, por qué no se dirigió a él; creo que habría restablecido el orden”, le dije al alcalde.  
—“No lo crea, don Juan, el capitán encabeza a los revoltosos y está tan borracho que casi no puede tenerse en pie. Si Ud. se demora Supía será destruido, la iglesia y los santos quemados y el cura ahorcado”, contestó el pobre magistrado con voz temblorosa.

Mi asistente había ensillado mi mula, mientras yo me vestía, preparaba la “aguja” y renovaba la carga de mis pistolas; jamás había bajado yo de Río Sucio a La Vega con tal velocidad; todavía era de noche cuando llegamos: la iglesia estaba abierta e iluminada y yo entré a caballo; al desmontarme pregunté por el capitán Walker, quien llegó con rapidez oscilando visiblemente; este excelente muchacho tan suave e instruido, se puso a llorar cuando me vio y aun cuando me era penoso, lo hice poner al “cepo”. Después de todo era un servicio el que le prestaba al retirarlo de sus compañeros. Luego comencé sin detenerme, a interrogar. El primero fue Budge, quien era un individuo de ojos azules, con la fisonomía de un bribón; dijo que el cura se había ufanado de haber invitado a los ingleses a tomar de un aguardiente que le había servido para darse un baño de pies. Esta historia desagradable indudablemente no era cierta, pero había exasperado a los extranjeros, la mayoría de los cuales dormían por el suelo en un estado tal de borrachera que fue imposible despertarlos. En cuanto al cura, a quien yo quería oír, antes de enviar un informe a su obispo, no se logró descubrir su escondite. Lo hice buscar por auxiliares que yo había organizado para el caso de que los obreros extranjeros hubiesen puesto resistencia.

En el momento en que salía de Río Sucio había enviado a Marmato orden de reunir a los mineros negros y que los enviaran armados de sus machetes a la Vega de Supía. Pronto llegaron, pero su intervención ya no era necesaria; todo terminó en gran calma y a las 9, el cabildo vino a agradecerme el haber salvado la ciudad del incendio y del pillaje.  

¡Yo no había salvado nada! Había sido un desorden causado por hombres borrachos que sedujeron a uno de sus jefes, quien en lugar de hacerlos entrar en razón, se había asociado a su mala conducta. Walker, una vez en su juicio, me escribió una carta muy emotiva. Lo hice poner en libertad y lo envié a Sonsón para que vigilara el transporte del material. Algunos meses después el desdichado joven murió a consecuencia de sus excesos y tuve la ocasión de verlo una vez más, antes de su muerte. Estaba irreconocible, al punto que escribí a un amigo común: “Walker ya no es más que una masa de carne impregnada de alcohol”.

Debo dejar anotado aquí un rasgo característico de las costumbres de la región en donde vivía: un domingo por la mañana me encontraba a la puerta de mi casa de Marmato, cuando me di cuenta de que dos hombres salían de uno de los campamentos de obreros y discutían acremente. Uno de ellos sacó su cuchillo y lo hundió hasta la empuñadura en el corazón de su adversario; la muerte fue instantánea y el asesino, con el arma en la mano, amenazaba a quien tratara de detenerlo y llegó, con la velocidad de un ciervo, a la cima de la montaña en donde desapareció entre un matorral; todas las búsquedas fueron inútiles. El asesino era un muchacho muy apreciado, se llamaba Vanegas y era el hijo de un guía muy experimentado con quien yo había atravesado muchas veces la Cordillera Central y que también empleaba con frecuencia para misiones de confianza. El crimen había sido causado por una querella de juego; la justicia dio su informe y las piezas del proceso fueron enviadas a Popayán; dos meses después hubo una sentencia de muerte contra Vanegas y la orden fue trasmitida al alcalde para la ejecución del culpable, pero el muchacho estaba libre; nadie había podido, o querido detenerlo; en todas partes se le acogía y se le protegía; su crimen no era sino un pecadillo: había tenido un mal momento y, como atenuante: “¡Qué belleza de puñalada!”.

Yo iba de La Vega a Marmato en una bella mañana y subía lentamente la cuesta, cuando al llegar cerca a El Rodeo salió bruscamente de detrás de unos árboles, un hombre armado de una lanza y detuvo mi mula, cogiéndola por la brida. Mi primer movimiento fue el de sacar mi sable, cuando reconocí a Vanegas, quien botando su arma, me besó las manos. Le informé de su condena instándolo a que dejase la región, persuadido de que sería fusilado si llegaran a detenerlo. Me contó entonces cómo vivía: cambiando de lugar cada mañana, bien acogido en todas partes y añadió que más de una vez había pasado la noche en mi casa, escondido y bien tratado por mis sirvientes. Debo confesar que yo lo ignoraba e insistí en que debía alejarse y le di algún dinero; partió y no lo volví a ver sino dos años después, en la Provincia de Socorro, donde se había establecido y había cambiado su nombre; tenía éxito en los negocios y era un hombre muy apreciado; entonces prometí darle noticias de él a su padre y el muchacho estuvo encantado de poder pasar algún rato conmigo.

El tribunal se mostró más indulgente de lo que había sido con Vanegas, en otro asunto que tenía realmente menor gravedad. Se trataba de un considerable robo de oro, cometido por un mulato libre, jefe de los lavaderos de Marmato: escondía el oro en polvo en el cabello de su cabeza y también en el de otras partes del cuerpo de las negras lavadoras. El sistema piloso, por su contextura de lana crespa formaba un escondite en donde se podía tener en reserva notables cantidades del precioso metal y después del trabajo, peinaba a las mujeres. Hice vigilar al miserable y constatamos el delito; las negras confesaron todo y delante de mí se llevó a cabo un baño de esclavas doradas. El oro disimulado en esa forma, llegaba a 3 o 4 onzas, en una sola mujer. Mandé al mulato a la cárcel y se le siguió un proceso y los documentos fueron enviados a Popayán; el tribunal consideró que un mes de prisión preventiva era ampliamente suficiente para castigar a un hombre por haber robado un “poquito” de oro y declaró suspendido el proceso. En cambio, la justicia local me reprendió por haber actuado como lo hice, pues de acuerdo con el alcalde se debía dar de azotes al culpable, hasta que hubiese restituido el metal robado.

Terminaré lo que concierne a mi administración del distrito de la Vega de Supía, dando cuenta de una misión que me fue encargada para enganchar indios del Chocó para trabajar en las minas. Por esta misión comenzaron mis relaciones con los indios chami. Después de haberme puesto de acuerdo con el cacique y el cura de la misión, me enviaron tres delegados chami, quienes durante dos días se instalaron en Marmato, cerca de los molinos; permanecían sentados en el suelo, mirando con la apatía particular de la raza cobriza todas las operaciones que llevaban a cabo nuestros obreros. En la mañana del tercer día, los indios me encontraron y uno de ellos me dijo: “no queremos trabajar, nos vamos”. Me pareció que era gente sensata al preferir su existencia de grandes señores que gastaban su tiempo en caza y pesca; los despaché con una buena ración de sal, el mejor regalo que se les pudiera ofrecer. Jamás se ha logrado que un indio trabaje en las minas, a menos que sea por medio de la violencia, como lo hicieron los conquistadores.

En diciembre de 1830 dejé la Vega de Supía para no regresar a pesar de la insistencia del gobierno y de las ventajas pecuniarias que me fueron ofrecidas.

Cuento aquí un incidente: cuando se decidió mi salida una vieja negra de nombre Juana me contó que quería comprar su libertad; era la esclava de una congregación y pasaba su vida sentada en una silla; la mantenían bien sin pedirle el menor trabajo; me pidió que la evaluara de acuerdo con la ley de manumisión que permitía recomprarse a todo esclavo; la evalué en 5 piastras, pero le aconsejé permanecer en donde estaba, pues era libre de hecho, pero la vieja no quiso aceptar. Después de haber puesto el grito en el cielo sobre el poco valor que le atribuía, me dijo que una vez que yo me hubiese ido, no quería quedarse con los ingleses heréticos. Le entregué su carta de libertad.  

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