Si se exceptúa la compañía siempre agradable de las mujeres, la
ciudad no ofrecía ningún otro recurso. Yo me ocupé en las
observaciones meteorológicas; el estudio geológico de los terrenos
habría tenido muy poco interés si no me hubiesen llamado la
atención algunos raros depósitos silíceos.
El suelo del Valle del Cauca entre Cartago y Anserma Nuevo, es
un relleno depositado en el fondo de un lago. Llaman la atención
sobre toda la llanura, montículos aislados formados de estratos de
arena y de arcilla arenosa con la superficie recubierta por 30
centímetros de una sustancia blanca, la “tierra blanca”,
utilizada para blanquear las casas cuando se ha disuelto en agua,
previamente hecha pegajosa por medio de la savia de algunas
plantas, casi siempre el cacto. Esta tierra, muy liviana y
quebradiza es un sílice impalpable, casi puro, parecido al que
depositan las aguas calientes del Quindío y no es improbable que
también tengan un origen termal; la extensión superficial de este
yacimiento de sílice es considerable y su espesor es muy
pequeño.
Yo utilizaba como combustible en las lámparas de mi laboratorio
portátil un aceite extraído del fruto de una palmera “palma
real”, obtenido por medio de la ebullición. Este aceite tiene
un sabor agradable, se usa para freír y podría conseguirse en
cantidades considerables; es el aceite cosmético que las bellas
caucanas ponen en su pelo.
Entre los personajes originales que conocí en Cartago, citaré
dos: el uno era un joven sacerdote, quien en su infancia había
caído desde lo alto del campanario de Anserma Nuevo y se había
desplazado la mandíbula en tal forma que la boca se encontraba en
el sitio de la oreja, de manera que cuando comulgaba parecía que se
ponía la hostia detrás de la cabeza. El otro era un fiscal acusador
público quien había perdido la razón a consecuencia de un hecho
trágico: gracias a su requisitonía un asesino había sido condenado
a muerte y cuando el hombre iba a ser ejecutado, una columna
española entró en la provincia; el condenado era un realista
exaltado que esperaba ser puesto en libertad por el comandante
ibérico, contando como único motivo que la sentencia había sido
proferida por un tribunal republicano; el acusador público estaba
persuadido de que sería acusado ante los españoles y por ende
perseguido y condenado y estaba tan convencido de ello que llegó a
la cárcel y mató al prisionero de un lanzazo así que el juez se
convirtió en verdugo. La impresión que tuvo fue tremenda y perdió
la razón sin poderla recobrar jamás; ¡el pobre hombre era un
alucinado! Cada vez que me encontraba preguntaba si no había
cumplido con su deber matando al asesino juzgado por el tribunal.
Naturalmente yo siempre aprobaba su resolución para tranquilizarlo,
pero era en vano; el miserable a quien había matado se convirtió en
un espectro que lo persiguió por todas partes.
Anotaré dos incidentes que me sucedieron durante mi permanencia
en Cartago: estaba en casa del señor de la Roche, mi compatriota,
cuando el señor Durán, su vecino, llegó todo asustado con una taza
de chocolate en la mano, dentro de la cual había una cuchara de
plata ennegrecida; su cocinera, una negra esclava, acababa de
servirle el chocolate, cuando notó la alteración que había sufrido
el metal y no fue difícil reconocer que el brebaje contenía
sublimado corrosivo: habían tenido la intención de envenenarlo. El
señor Durán hizo aplicar 25 fuetazos sobre las grandes nalgas de la
negra y todo terminó. Estoy convencido de que los casos de
envenenamiento son muy frecuentes en América meridional,
especialmente en las localidades aisladas donde el criminal está
seguro de la impunidad.
El otro incidente tuvo un carácter político: era en 1830 y
acabábamos de enterarnos de la muerte del Libertador, la cual me
causó grande pena. El partido demagógico se alegró de este triste
suceso y sus miembros no tuvieron vergüenza de ofrecer un baile,
actitud que me hirió, lo mismo que a uno de mis camaradas, además
de que tuvieron la frescura de invitarnos. Por la tarde nos pusimos
nuestros uniformes con una banda negra en el brazo para ir a la
invitación; una vez dentro de la sala y habiendo dado francamente
nuestra opinión sobre la inconveniencia de esta fiesta en un día de
duelo público, desenfundamos nuestras espadas y apagamos las velas.
Las mujeres se pusieron a llorar y los caballeros a gruñir, pero en
un instante la sala quedó evacuada. ¡Acabábamos de cometer una
imprudencia que podía habernos costado la vida, pero no hay nada
como la audacia!.
Dejé a Cartago para ir al distrito de la Vega de Supía por la
selva que bordea la orilla izquierda del Cauca; éste es un trayecto
difícil puesto que hay que atravesar torrentes impetuosos y
barrizales y además es el camino de las recuas de mulas que van de
la Provincia de Popayán a la de Antioquia.
Río Sucio, a donde se llega saliendo de la selva, estaría en
línea recta a 12 o 13 leguas al norte de Cartago. Sin embargo son
tales las dificultades que presenta el camino, que en mula se
gastan de 5 a 8 jornadas.
Extraigo de mi diario un trayecto entre Cartago y Río Sucio, con
tiempo favorable:
De Cartago a Río Sucio
| Días |
Localidades |
Altitud |
| 1 |
Pasé a la orilla izquierda del
Cauca (acampé en el río Santa Catalina) |
986 metros |
| 2 |
Pasé el río Cañaveral |
1.002 |
| 2 |
Pasé el alto de Cañaveral |
1.200 |
| 2 |
Acampé en la quebrada del Rey |
939 |
| 3 |
Pasé el río Tutuy |
1.031 |
| 3 |
Pasé el río Apía |
995 |
| 3 |
Acampé en Las Colas |
|
| 4 |
Alto de Honda |
1.326 |
| 4 |
Quebradahonda |
1.061 |
| 4 |
Acampé en el río Guarinó |
1.177 |
| 5 |
Pasé el río Sopinga o Risaralda |
1.086 |
| 5 |
Quebrada Chatapa |
1.094 |
| 5 |
Quebrada Papayal |
1.111 |
| 5 |
Quebrada del Diablo |
1.511 |
| 5 |
Quebrada Tusa |
1.604 |
| 5 |
Quebrada Caula |
1.531 |
| 6 |
Pasé por Ansermaviejo |
1.788 |
| 6 |
Acampé en el Tabuyo |
|
| 6 |
Alto de Villalobos |
2.007 |
| 6 |
Pasé el río Opirama |
1.276 |
| 6 |
Población de Quinchía |
1.776 |
| 6 |
Alto de Quinchía |
1.672 |
| 6 |
Alto del Higo |
1.717 |
| 6 |
Quebrada del Higo |
1.691 |
| 6 |
Alto del Aguacatal |
2.128 |
| 6 |
Torrente del Río Sucio |
1.698 |
| 8 |
Llegada a Río Sucio de Engurumí |
1.818 |
El punto más elevado de la ruta es el alto del Aguacatal,
cerca de Río Sucio de Engurumí. Los numerosos cursos de agua que se
encuentran, bajan de la Cordillera Occidental. Se pasa a poca
distancia de su desembocadura en el Cauca y si el camino no está
más cerca a este río es con el objeto de evitar los guaduales, los
barrizales y también para encontrar vados que los cargamentos
puedan pasar sin demasiado peligro.
La impetuosidad de los torrentes es tal que arrastra a una mula
cuando el agua le llega a la cincha; el animal da una vuelta sobre
sí mismo y no siempre puede ser salvado. Algunas veces sucede que
el viajero debe demorar varios días debido a las crecientes del
Cañaveral, del Apía, del Sopinga y del Opirama.
Las rocas que se pueden observar son aquellas de las que ya
hablé en la Cordillera Central y la Vega: esquistos, sienitas y
grünstein porfídico. Las observaciones geológicas, por
consiguiente, no presentan sino un mínimo interés; nada tan
monótono como el recorrido de esta gran selva que cubre los
contrafuertes de la Cordillera Occidental; el viajero se encuentra
en la soledad, luchando contra los torrentes y los pantanos, cerca
de Anserma Viejo y del Quindío.
Anserma Viejo “el dueño de la sal” fue en otro tiempo
una localidad importante. Los caciques hacían explotar sus aguas
saladas que salían de las rocas porfídicas; de allí también se
extraía oro de la Mina Rica, cuyo rastro se perdió; allí me alojé
en casa de un alcalde indígena, quien me dio lo que vanamente había
buscado hasta allí, es decir, la fecha de la famosa lluvia de
cenizas que venían del Este y que cayó también en Cartago y en el
Chocó: 14 de marzo de 1805, entre la 1 y las 3 de la tarde, cuando
el cielo, de una gran pureza se oscureció de pronto. En Anserma se
esperaba una lluvia muy fuerte, pero lo que cayó fue una ceniza
negra de olor sulfuroso, lanzada por un volcán del páramo del Ruiz
que cubrió toda la región. Dos años después, en 1807, se transfirió
la Anserma fundada durante la Conquista, al sitio en donde se
encuentra hoy día con el nombre de Anserma Nuevo. Los indios de
raza pura permanecieron en la antigua localidad; Quinchía, cerca de
Río Sucio, estaba habitado por tribus antropófagas, de acuerdo con
la tradición.
En la travesía de la selva me sucedieron algunos incidentes: yo
había salido de Cartago con una recua de mulas que portaban
equipajes, víveres, etc. Después de un desayuno en el río Apía, se
estableció el campamento cerca de la quebrada de las Coles, en un
claro que ofrecía muy buen pastaje a las bestias. El cielo estaba
magnífico, el aire tranquilo y me sorprendió oír llover
abundantemente en la selva; podría decir que veía caer la lluvia:
veía escurrir el agua, a la luz de la luna, desde la superficie de
las hojas; era un fenómeno curioso que he observado varias veces al
acampar en las selvas de las regiones cálidas. Es el efecto del
enfriamiento ocasionado por la radiación nocturna, un rocío de
abundancia excepcional. En la selva llovía fuertemente y a unos
pocos metros de allí, donde acampábamos en el Contadero de las
Coles, no caía ni una gota de agua.
He sido testigo de una fuerte aparición de rocío inclusive fuera
de la selva: era en el litoral del océano Pacífico, en una zona
donde no llueve jamás. Un poco antes de la salida del sol el rocío
caía y se podía recoger en suficiente cantidad, de las hojas de un
plátano; los habitantes de la región creían que la planta extraía
el agua del suelo, pero ésta es una condensación de vapor de la
atmósfera por medio de las hojas que se enfrían y que además tiene
el papel importante de contribuir a formar los ríos. A una cierta
altitud en las montañas, gracias al agua condensada y por su
extensión, los pantanos que se hallan en la base de lo páramos del
Quindío y de Herveo, son realmente las fuentes de estos torrentes.
Las regiones boscosas al tiempo que llevan a la tierra la humedad
que las hojas sustraen al aire, atenúan también la evaporación con
su sombra. Así dan nacimiento y conservan el agua de los meteoros
que han caído al suelo.
Tuve necesidad de ir de Cartago a la Vega de Supía en tiempo
lluvioso y fue necesario superar varios obstáculos, además de tener
encuentros bastante inesperados. Desde mi salida de Anserma Nuevo
no había dejado de llover y al entrar en lo más espeso de la selva,
las mulas avanzaban con dificultad: tomé la delantera acompañado de
mi asistente; al llegar al río Cañaveral apresuré la marcha con la
esperanza de arribar al río Apia antes de una creciente; caminaba
lentamente en los barrizales de Villalobos bajo una especie de
techo de guaduas gigantescas, cuando vi a un hombre acurrucado
cocinando alimentos; se enderezó y se dirigió a mí, manteniendo en
la mano un largo cuchillo; yo desenfundé la “aguja” y
colocándome en posición le ordené detenerse si no quería que le
tumbara el brazo; bajó entonces su arma y permaneció inmóvil: era
un anciano de barba blanca, un europeo o un mestizo; me contó que
venía de Cartagena hacia Popayán, le di una moneda y un cigarro y
le advertí que tuviera cuidado con mi asistente; el infeliz volvió
a su marmita; se sospechó que fuera un galeote, evadido de
prisión.
La lluvia redoblaba y el trueno se oía a lo lejos; era
absolutamente indispensable atravesar el Apía o correr el riesgo de
quedar demorado por una creciente; casi anochecía cuando llegué al
río, el agua estaba alta y el mugido que se oía río arriba y las
piedras que se desplazaban anunciaban la creciente; no había un
instante que perder y empujé resueltamente mi mula que cayó al agua
para levantarse de inmediato; el agua no le llegaba a la cincha y
mantenida por mi ayudante llegó a la orilla opuesta sin accidentes.
La noche era profunda, los rayos nos alumbraban y completamente
mojados no encontramos otro abrigo que un rancho; la tempestad
reventó en forma violenta y nos protegimos habiendo amarrado
sólidamente la mula a un árbol. Después de una marcha tan
fatigante, no teníamos nada qué comer y ni siquiera la posibilidad
de fumar pues mi morral se había mojado. Nuestro olor atrajo una
nube de zancudos y para proteger de las picaduras mis pies
desnudos, se me ocurrió envolverlos en la tela encerada que
protegía mi sombrero. En esta triste situación, empapado, muriendo
de hambre, permanecí 12 horas sentado sobre una piedra y expuesto a
la tempestad; fue una de las noches más tristes que pasé en el
curso de mis viajes.
Por la mañana salí del lecho del Apía sobre mi mula, para seguir
una cuesta en suave pendiente, que llevaba a Anserma Viejo. La
niebla obligaba a andar al paso, cuando de pronto apareció una
banda de indios armados, quienes se detuvieron, lo mismo que hice
yo, sable en mano con mi asistente armado de su húmedo fusil; nos
observábamos cuando un indio avanzó hacia mí llamándome
“compadre don Juan”; era el cacique de mis buenos amigos
los chami, de Río Sucio, quienes iban de cacería; les hice
comprender por un gesto que estábamos sin recursos e inmediatamente
todos nos dieron galletas de casabe; desfilaron delante de mí con
ese porte digno que tienen los hombres de su raza. Así quedé
abastecido por estos buenos indios, mis compadres.
Al salir del Apía se enrumba hacia el Este para acercarse así a
la Cordillera Central; el camino empapado y resbaloso me impidió
llegar al río Sopinga, en donde tenía la intención de acampar, lo
que fui forzado a hacer en el torrente del Diablo, viejo conocido y
llamado así por su impetuosidad y por los bloques de una fanolita,
roca negra y sonora que arrastra. Nada más curioso que esos enormes
fragmentos que dan a la playa un aspecto lúgubre; parecen menhires
y algunos de ellos tienen las formas más raras. Había claro de luna
y estábamos acostados, sin abrigo, mojados, con frío y con hambre
al pie de una roca, estado favorable a las alucinaciones. Creímos
ver un hombre escondido detrás de una roca espiándonos a unos 100
metros de nuestro fuego; envié mi asistente a mirar y resultó ser
una ilusión. Las apariencias de movimiento de este ser fantástico
provenían del desplazamiento de las sombras originadas en la luz de
la luna; la fatiga era la causa de esas impresiones; tranquilizados
hubiéramos podido dormir si no hubiese sido por una invasión de
jejenes, moscas microscópicas, cuyo ataque es incesante.
Al día siguiente salimos de El Diablo; llovía, yo iba a pie y
llegados al río Sopinga, que encontramos en plena creciente;
tuvimos que esperar 6 horas para que bajaran las aguas. Allí estaba
esperando, desde hacía 2 días, un mulero que llevaba una carga de
cacao. Cuando el torrente me pareció vadeable me desvestí y me
arriesgué: la mula vaciló al principio, pero al fin llegó sin
accidentes a la orilla opuesta; también logramos pasar la carga del
mulero y el buen hombre me llenó de bendiciones y me recomendó a
todos los santos. La demora que sufrimos en el río Sopinga me
impidió ir hasta Quinchía y entonces me alojé en la estancia de
Juan Romero, en donde mi mula pudo llenarse de caña de azúcar. La
buena bestia se merecía un forraje de esa calidad.
Después de haber atravesado a pie los barrizales profundos,
llegué con fuerte lluvia a un alto de donde bajé al valle del río
Opirama, dejándome resbalar, por lo cual quedé cubierto de una
arcilla rojiza y en un estado indescriptible; una india de edad
madura, de unos 25 años, ayudó a desvestirme y logró desembarrarme;
luego llamó a su marido para que pudiera admirar la blancura de mi
piel, en lo cual no había ningún inconveniente, ya que los tres
estábamos en el mismo estado de desnudez.
Estaba tan cerca de alcanzar el objetivo de mi viaje que era Río
Sucio, que no tenía afán de ponerme en camino; además tenía que
hacer secar mi ropa. Había dormido bien, aun cuando acostado en una
simple estera, utilizando como sábana un periódico inglés el
“Morning Herald” que había preservado de la humedad
durante mi viaje; allí se leía la lista de los alimentos consumidos
en el curso de un banquete ofrecido al alcalde por la corporación
de los sastres: sopa de tortuga, roast-beef, patés, etc.; era como
una ironía... un bizcocho de casabe y una tortilla de maíz me
parecieron también muy agradables, además tenía chicha, el vino de
los indígenas, y tabaco.
Algunos indios me hicieron una visita; su fisonomía era bastante
ruda porque sus antepasados eran antropófagos, pero eran buena
gente y muy serviciales.
Durante largo tiempo tuve a mi servicio a un curioso muchacho,
¡joven indio quinchía! Le encantaba comer monos asados que parecían
niños chiquitos, decía él y reclamaba para sí el interior de las
patas de esos animales; mientras estuvo conmigo no le di librea y
me servía enteramente desnudo; sin embargo en La Vega tuve la
visita de algunas jóvenes y temiendo que les chocara su completa
desnudez, le mandé hacer una camiseta, un pantalón y un chaleco en
calicó. Pero sucedió que tan pronto tuvo bolsillos comenzó a
robarme pequeños objetos sin el menor escrúpulo; así que tuve que
hurgarle la ropa todas las noches y cuando las jóvenes se fueron lo
volví a dejar desnudo. Sin bolsillos no volvió a haber robos. Esta
especie de salvaje tenía una antipatía marcada por ciertos olores.
Una vez que le di una tajada de queso de Chester la escupió
inmediatamente y me preguntó cómo un cristiano como yo podía comer
m...
Antes de salir de Quinchía fui a ver la salina, luego la
iglesia, donde tuve una sorpresa inesperada que me puso de buen
humor. Cuando por primera vez, hace dos años, atravesé la selva de
Anserma, pasé la noche en Quinchía. Tenía entre mis equipajes una
cantina de oficial que contenía todo lo necesario para cocinar y
servir a la mesa en un campamento: marmita, tetera, platos
esmaltados, frascos para licores, etc. y, objeto de mis
predilecciones, un par de candeleros de latón muy portátiles, pues
se ajustaban como una tabaquera: una verdadera joya. Al día
siguiente, en el momento de la partida, eché de menos los
candeleros de latón. Me di cuenta también que me habían robado una
bufanda roja en seda de las Indias y mi cepillo de dientes. Las
investigaciones para descubrir al autor del hurto fueron inútiles
ese año. Cuál no sería mi sorpresa al entrar a la iglesia y ver mis
candeleros sobre el altar al lado de una imagen de la Virgen,
esculpida en madera, que llevaba mi bufanda como manto; también
estaba el cepillo de dientes que la Virgen inmaculada apretaba
contra su corazón. Recuperé mis candelabros, pero no quise despojar
a Nuestra Señora de su manto; también la dejé en posesión de mi
cepillo de dientes. Se ve que el ladrón había actuado con buena y
santa intención.
A las 3 llegué a Río Sucio de Engurumí y llegué a casa de mi
amigo, el cura Bonafonte, quien se apresuró a disponer un estupendo
pavo asado y a hacerme tomar, a pico de botella, el vino de una
decena de misas. Reasumí mis funciones de campanero; ¡nada había
cambiado! Admiré el burro reproductor, un poco más embarrado y
sucio, de cuya industria se obtenía ampliamente el dinero para los
gastos del culto y de la clerecía y como decía la maicera
Manuelita, mostrándome el animal en pleno trabajo: “¡Ah, si
nuestros maridos tuvieran ese ímpetu!”.
Después de un descanso que realmente necesitaba, me puse a
organizar el servicio de las minas. Creo que nunca había
desarrollado tanta actividad ni energía. Una partida de 100 mineros
y obreros enviados desde Inglaterra, habían subido el río
Magdalena, conducidos por el señor Bodmer. La expedición sufrió la
insalubridad del clima: casi todos los hombres tuvieron fiebres; un
joven médico y su mujer murieron en Mompos. El material que
consistía en herramienta, hierros y máquinas, fue enviado de Honda
a Marmato por la montaña de Samaná, cuyo punto culminante es el
páramo de Sonsón, (altitud 3.234 metros). Una mula que lleve 4
arrobas (100 libras españolas = 45.900 kilos) gasta 9 o 10 días
para llegar a la población y otros 4 para llegar a Marmato. El
capitán Walker dirigía el tránsito. El personal siguió el camino de
Herveo, encabezado por el doctor Jervis, quien todavía sufría de
fiebre y estaba convertido, a raíz de sus sufrimientos, en un
asiduo fumador de opio; había llegado antes a Supía y no lo pude
reconocer: su viva inteligencia había desaparecido y se había
convertido en un idiota; afortunadamente el amor lo curó.
No era fácil construir campamentos sobre la pendiente abrupta
del Cerro de Marmato y poder alojar allí a mi gente. En Supía fue
fácil hospedar a los lavadores de estaño, destinados a explotar el
aluvión aurífero por medio de sus procedimientos, pero nos vimos
forzados a hacer rellenos para establecer las trituradoras, los
molinos y, ante todo, los talleres de construcción porque
necesitábamos ruedas de canjillones de gran diámetro. Yo hubiera
debido estar en todas partes: para facilitar la vigilancia construí
tres residencias muy modestas con ayuda de los obreros europeos:
armazón de guadua y helechos arborescentes y tejado en hojas de
palmera; mis muebles consistían en mesas y taburetes y me
encontraba por lo demás muy a gusto en la desnudez de esos
apartamentos.