CAPÍTULO XV
Paso de la Cordillera Central por el Quindío.
Había cruzado la cordillera por el Nare y Marinilla, a 6° de
latitud norte; luego un grado más al sur, por Herveo, yendo de
Mariquita a Supía. En 1827 tuve la ocasión de pasar el Quindío
rumbo a Cartago y de esta ciudad a la Vega de Supía, donde acababa
de ser nombrado superintendente con la misión de organizar y de
ampliar la explotación de minas de oro. Se utilizarían materiales y
personal traídos de Inglaterra para trabajar en un sitio en donde
no existía ningún recurso.
Al penetrar al Cauca por el Quindío podía llevar a cabo
reconocimientos en Cartago y Río Sucio, caminando por la Cordillera
Central en forma paralela al río. El paso del Quindío es la vía
preferida para el transporte de las telas bastas fabricadas en el
Socorro, que tienen gran consumo en las provincias del sur. Me
instalé en Ibagué con el fin de preparar mi expedición, lugar donde
se consiguen los cargueros y allí reposé algunos días de las
fatigas que había sufrido en mis repetidos viajes por la meseta de
Cundinamarca.
Ibagué goza de un clima delicioso y no sin tristeza deja uno ese
gran pueblo. Es un oasis de agradable temperatura en el centro de
las regiones ardientes del valle del Magdalena y de los lugares
fríos de las montañas que alcanzan la altura de nieves perpetuas,
sobre los nevados de Tolima, Santa Isabel y Ruiz. En Ibagué se
dispone de víveres en abundancia y cantidades considerables de agua
limpia.
En el momento cuando iba a internarme en el Quindío, recibí la
orden de vender un aprovisionamiento de alimentos en conserva,
destinados a una expedición que debía haber llevado a Santiago de
Veragua, al oeste de Panamá, pero que fue suspendida. En
consecuencia, abrí un almacén, después de haber hecho anunciar por
medio de tambor que se procedería a la venta de conservas, de
jamones y de lenguas ahumadas, a precio fijo. El botánico señor
Goudot se ocupó del mostrador y yo me mantuve detrás de la puerta,
con una gran caña de azúcar a la que había retirado sus hojas. A la
hora señalada los compradores se presentaron: eran indios, mestizos
y todos rechazaban con desdén las conservas en sus cajas de metal,
pero sí apetecían los jamones; desgraciadamente comenzaron a
regatear. Fue entonces cuando salí de mi escondite y apliqué a esos
compradores un buen golpe de mi caña, diciéndoles: “¿Ah,
conque regateando, no?” Al día siguiente ya no había clientes;
parte de los víveres los llevamos a la selva y el resto fue enviado
a los oficiales de las minas de Santa Ana.
Tan pronto supieron que yo iba a entrar en la montaña, los
cargueros me ofrecieron sus servicios; por casualidad tengo a mano
una lista del personal que enganché y que reproduzco como documento
interesante, porque allí se encuentran los precios que se pagaban a
los que transportaron nuestros equipajes.
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Nombre
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Carga
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Bautista Medina
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4 arr. 17 lbs.
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baúles
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Antonio
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3
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bulto
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Juan José Escandón
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5
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caja
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Jacinto Forero
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4
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baúl
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Juan José Ruperto
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4,25
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alimentos
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Bernardino Vanegas
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5,12
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caja
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Santiago García
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3,3
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caja
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Andrés Saavedra
|
3,3
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ropa
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José Vanegas
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3,10
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caja
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Marcos Aguilar
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3,12
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baúl
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Ruperto (niño)
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1,2
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hojas de bijao y olla
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Total
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41 arr. 9 lbs.
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Se pagan 8 piastras por 4 arrobas = a 100 libras
españolas. Las 41 arrobas 9 libras costaron 80 piastras y 6
reales.
Para el transporte de una persona, un carguero exige 16 piastras
y la comida; “el sillero” debe tener un paso suave, pues
su carga viva está sentada sobre una silla de caña, suspendida por
una banda que lleva sobre la frente el portador. El transportado
debe permanecer inmóvil, mirando hacia atrás y con los pies
reposando en un travesaño; en los sitios escabrosos como al
atravesar un torrente sobre un tronco a manera de puente, el
sillero recomienda al patrón que tiene sobre la espalda, cerrar los
ojos. Es cierto que nunca sucede un accidente, pero da lástima ver
al carguero sudando gruesas gotas a la subida y oírlo respirar,
emitiendo un silbido tremendo; a pesar de las ofertas que me hizo
un sillero de los más reputados preferí pasar la cordillera a
pie.
El bastimento que debíamos llevar consistía en tiras de carne
seca de res, bizcochos de maíz, huevos duros, azúcar en bruto
(panela), chocolate, ron, pedazos de sal que se conocen con el
nombre de “piedras” y resisten a la humedad, y cigarros.
Yo debía alimentar solamente a los cargueros que llevaban los
víveres, la cama y las hojas de bijao; los otros llevaban su propia
alimentación o sea “tasajo”, panela, chocolate, arepas y
sobre todo “fifí”, bananos verdes secados al horno,
cortados en tajadas longitudinales, todavía harinosos al punto que
adquieren la dureza y la consistencia del cuerno; para comer
“fifí” en vez de pan, se le rompe con una piedra y se
remoja en agua esta curiosa preparación, que no he visto hacer sino
por los cargueros de Ibagué, es absolutamente resistente al ataque
de los insectos y una ración pesa la cuarta parte de lo que habría
pesado fresca.
En mi equipaje llevaba la suma de 45.000 francos en onzas de oro
e indico esta circunstancia porque, lejos de disimularla, recomendé
el precioso metal a la atención de los cargueros que iban a
llevarla; yo no tenía ni la menor sombra de duda sobre la probidad
de estos hombres y sin embargo íbamos a pasar días y noches en la
selva, lejos de toda habitación y de cualquier socorro.
He tenido la ocasión de cruzar tres veces el paso del Quindío, y
daré detalles del diario de esta primera experiencia, reservándome
el hacer conocer, como complemento, los incidentes sobrevenidos en
el curso de los otros dos viajes.
El 23 de mayo de 1827, a las 7 de la mañana, salí de Ibagué
después de haber atravesado el Combeima sobre un puente de guadua.
El torrente era muy fuerte, la temperatura del agua 16° y la
altitud 1.282 metros. A las 8 estábamos al pie de la Cuesta
(altitud 1.384 metros); la escalada fue muy penosa a causa del
ardor del sol y de la movilidad de esos singulares granitos
desagregados, sin estar descompuestos, de los que hablé en mi
excursión al volcán del Tolima. A las 9 observé el barómetro en las
Amarillas, (altitud 1.548 metros, temperatura 22°); en las Ánimas,
cerca de allí, nos detuvimos para almorzar; a la 1 estábamos en
Guayaral, (altitud 2.073 metros, temperatura 20°); siguiendo por la
cresta del terreno llegué hacia las 3 a la Palmilla (altitud 2.135
metros) en donde establecí el campamento. De allí se domina el
llano de Ibagué; la pendiente es muy abrupta y uno queda separado
de la ciudad por un profundo valle por donde corre el Combeima.
Cuando sopla el viento del Este aparecen masas de vapor y sobre una
de estas nos vimos proyectados y rodeados, el señor Goudot y yo, de
una magnífica aureola irisada. “Es como una gloria”, dijo
Bouguer, quien observó este fenómeno sobre el Pamba marca. En este
sitio estábamos rodeados de bellas palmeras de cera (ceroxylon
andícola), quinquinas blancas descritas por Mutis y helechos
arborescentes. Vino una fuerte tempestad del Sur y llovió toda la
noche sobre el campamento, lo que no me impidió dormir
profundamente.
El 24 de mayo nos encontramos en una triste situación: el
huracán había deshecho nuestro campamento y nos pusimos en camino
bastante tarde. A la 1 llegamos a la Cara de Perro, (altitud 2.591
metros, temperatura 19°) con una lluvia fuerte que nos había
perseguido desde la salida. El sendero, trazado en un delgado
esquisto descompuesto, era impracticable. De Cara de Perro se baja
hacia la casa de las Tapias (altitud 2.003 metros, temperatura
15,7°) en donde me acosté bajo techo esperando a mis cargueros.
Había uno especialmente que me obligaba a no seguir adelante: era
el muchacho cargado de hojas de bijao, nuestro abrigo portátil,
indispensable con un tiempo tan lluvioso. El 25 de mayo arrancamos
a las 7 de la mañana y llegué a la casa del Moral a las 8 (altitud
2.033 metros, temperatura 18°). Un poco después bajé el estrecho
valle del Azufral, descrito en mi “Ascensión al Tolima”.
Con mucho placer volví a ver la bonita cascada y tomé un baño frío
de ácido carbónico para calentarme. Tomé el desayuno a la orilla
del río, donde se sentía el olor del ácido sulfhídrico.
Desde mi visita anterior se había trabajado mucho y los
azufreros fundían el azufre extraído de una galería perforada en un
esquisto micáceo carburado, donde estaban obligados a contener la
respiración mientras trabajaban, para no asfixiarse con el ácido
carbónico. Establecí mi campamento, por encima del Azufral, en
Buenavista (altitud 2.100 metros, temperatura 14°) sobre el
esquisto micáceo, en un pequeño sitio en donde me incomodaron
cruelmente los mosquitos. No cesaba de llover y percibíamos un olor
de letrinas que indicaba el vecindario de un azufral. Es posible
que los esquistos micáceos empujados hacia arriba por la traquita
del volcán del Tolima, contengan azufre.
El 26 de mayo desde las 7 de la mañana los cargueros se hacían
oír en la selva porque tienen la costumbre de lanzar gritos
alentadores cuando se ponen en camino. A las 8 llegábamos a
Contadero de Chachafruto (altitud 2.319 metros, la temperatura
15,3°). A las 8 y media estábamos en Aguacaliente (altitud 2.276
metros); la temperatura del agua de la fuente caliente era de 53,3°
y me sorprendió esta indicación porque recordaba que en mi anterior
excursión al Tolima había encontrado 58,8°. La cuenca tiene
solamente una capacidad de algunos litros y creo que la temperatura
de las fuentes termales poco voluminosas no es invariable. El
termómetro marcaba 16,1°, al aire. Arriba de Aguacaliente hay un
depósito de calcáreo blanco fibroso en bandas de alrededor de un
centímetro de espesor; más arriba se ve una hermosa roca que
considero es traquita.
Al dejar a Aguacaliente se sube por una pendiente suave hasta el
alto del Machin (altitud 2.435 metros, temperatura 17°). El camino
era muy resbaloso, un esquisto descompuesto que formaba un barro
espeso. Al llegar al alto sentí una sed ardiente y mis guías me
dijeron que conocían una fuente cerca de allí, pero que no era
posible beber de esa agua por su sabor picante (ácido), es decir,
“que sabía a ají”. Cuál no fue mi alegría cuando pude
calmar mi sed con un agua muy gaseosa, ligeramente ferruginosa. Mis
cargueros no se decidieron a beber pues les repugnaba esa agua.
Del alto se baja al río San Juan, al sitio en donde se une con
la quebrada de Machin (altitud 1.955 metros, temperatura 19°); este
torrente toma el nombre de Coello antes de entrar al Magdalena,
bastante más abajo de Ibagué.
La lluvia no había cesado y cuando llegamos al San Juan se
transformó en uno de esos aguaceros que solamente conocen quienes
han viajado por las regiones ardientes del ecuador. Seguíamos a lo
largo del río, remontándolo y caminando por un sendero cubierto de
barro; yo sufría de los pies en tal forma que había tenido que
descalzarme, estaba mojado al máximo, pero gracias a una camisa de
franela basta que llevaba en épocas de lluvia, el frío ocasionado
por la humedad fue tolerable.
Cuando llegué a acostarme me puse una camisa seca, pero al día
siguiente volví a utilizar la húmeda de la víspera; es posible
andar con ropa mojada sin que sea perjudicial para la salud, a
condición de no detenerse pues el peligro no se manifiesta sino
cuando se siente el frío; si uno va a caballo, debe apearse y
caminar. A pesar de lo triste de mi estado, visité una fuente
gaseosa caliente, cerca de San Juan, en la orilla derecha. La
abertura tenía un metro de largo por medio metro de ancho; el agua
parecía hervir, pero al meter allí la mano la temperatura era poco
elevada, pues la agitación del líquido provenía de un fuerte
desprendimiento de gas carbónico. El termómetro se mantenía a 35,6°
y encontré que el agua era agradable para beber, con un sabor
ligeramente agrio parecido al de la fuente del alto del Machin; no
se veía la salida del agua, pero los cargueros decían que el pozo
era profundo porque no habían alcanzado el fondo hundiendo allí
guaduas de 13 metros de largo; yo no encontré en el agua gaseosa de
Toche sino rastros de protóxido de hierro y de sales alcalinas.
Tuvimos dificultades para atravesar el vado de San Juan: la
lluvia continuaba y el torrente, cuyas aguas venían con mucha
fuerza, transportaba bloques de traquita. Atravesé el río sobre los
hombros de un carguero que se apoyaba en dos bastones, protegido
por otros dos hombres que se mantenían a un metro de distancia para
romper la corriente y para estar listos a socorrernos en caso de un
accidente. Pasamos afortunadamente, aturdidos completamente por el
ruido del torrente y dándonos un baño de pies bastante desagradable
debido a los 13° del agua. A las 4 llegamos al Tambo de Toche, una
posada en donde los viajeros encuentran un techo bajo el cual
pueden abrigarse y cocinar, si es que tienen provisiones; bajo esta
ramada abierta por todos lados, quedamos expuestos a un viento
acompañado de ráfagas de lluvia.
Antes de llegar al Tambo nos encontramos a un pobre soldado que
caminaba entre el barro e iba a Cali para reclamar la sucesión de
su padre; estaba medio muerto de frío y lo invité a que siguiera en
mi caravana; no me cabe duda de que hubiera sucumbido sin la
asistencia que le presté.
El 27 de mayo habíamos soportado un frío intenso bajo el Tambo y
a las 7 de la mañana el termómetro marcaba 12°, temperatura poco
agradable cuando el aire está húmedo y fuertemente agitado. A las
8, con una lluvia sostenida, comenzamos a subir a Toche por un
camino tan resbaloso que con frecuencia había que darle forma a la
arcilla blanca para que el pie se pudiera sostener. A las 11
llegamos al alto de la Sepultura, en donde había sido enterrado un
carguero, muerto de fatiga; mis hombres aseguraban que por la noche
se oía en la selva su alma pidiendo socorro; de allí (altitud 2.620
metros, temperatura 13°) fui a Yerbabuena, en donde sin abrigo y
con buena lluvia, almorcé con muy buen apetito. Noté la aparición
del esquisto anfibólico. A la una estaba en la quebrada de las
Cruces, (altitud 2.383 metros, temperatura 14°) y a las 2 en el
alto de las Cruces (altitud 2.663 metros, temperatura 13,7°). Desde
este sitio la vista descansa sobre un horizonte de verdura, donde
se levanta la gigantesca palmera de cera (ceroxilon) en grupos
numerosos parecidos a blancas columnas; a lo lejos estas columnas
paralelas hacen el efecto de mástiles de buques anclados en una
rada. El descenso del alto fue tan penosa como la subida; huecos
llenos de barro líquido y una lluvia incesante. Vimos aparecer
entre ese barrizal a un negro que acababa de ser juzgado en Buga e
iba con las manos esposadas, llevando sobre la cabeza una provisión
de plátano y así avanzaba dando tumbos a cada paso, apenas
sostenido por dos “cabos de justicia”. Este negro había
cometido un asesinato, sin embargo tenía un aspecto tan infeliz,
que sentí mucho no poder darle una limosna, pues yo estaba
necesariamente desprovisto de dinero, ya que no tenía sino mi ropa
embarrada. ¡Quién iba a pensar que encontraría una miseria para
aliviar en las soledades del Quindío!.
A las 5 de la tarde llegué al torrente de Tochecito, cuya agua
me pareció glacial (9°) al atravesar el vado; el sitio tenía un
aspecto salvaje y allí establecí el campamento (altitud 2.576
metros, temperatura 10°); nos encontrábamos sobre esquisto
micáceo.
El 28 de mayo a las 7 tomamos un sendero muy visible que llevaba
al páramo; el tiempo era muy bueno y sentí una sensación de
bienestar que no había experimentado desde mi entrada en la selva.
Atravesamos un bosque de ceroxilones adornados de racimos de frutos
rojos; la vegetación era espléndida a medida que volvíamos a
encontrar las plantas alpestres del altiplano de Bogotá. A mediodía
abrí el barómetro sobre el punto más elevado del páramo y obtuve
una altitud de 3.390 metros; el termómetro al aire libre indicaba
11,7°. Desde Ibagué habíamos recorrido 10 leguas de 6.660 varas, de
acuerdo con una medición de la ruta, llevada a cabo por orden del
gobierno. La cima del páramo está formada por esquistos micáceos,
parecidos a los de la Vega de Supía. Después de haber almorzado en
El Alto, comenzamos a bajar con lluvia y por caminos tan estrechos,
profundos y cerrados, que en ciertos sitios uno hubiera creído
estar en la galería de una mina. Después de 4 horas de una marcha
fatigante al más alto grado, llegamos a Mataficua (altitud 2.200
metros, temperatura 15°) en donde reconocí un esquisto talcoso que
alternaba con el esquisto micáceo, el esquisto anfibólico y el
grünstein que observé un poco más abajo. Alcanzamos al Contadero de
Cruzgorda (altitud 1.950 metros, temperatura 13°) en donde debía
pernoctar; infortunadamente no había llegado el portador de las
hojas de bijao, de manera que la lluvia me obligó a tomar abrigo
momentáneo en el tronco hueco de un hura crepitams, el reloj de
arena de la Antillas.
El 29 de mayo encontramos que el terreno para llegar de
Cruzgorda al río Quindío era un pantano; en 3 horas de marcha
llegamos a la orilla (altitud 1.816 metros, temperatura 16°) y
pasamos el río sin accidente. En seguida subimos hasta el alto de
Lara Ganao (altitud 2.067 metros), luego seguimos hasta El Roble
(altitud 2.114 metros, temperatura 16°). Al salir de allí me picó
cruelmente en el pie una avispa brava; un carguero me trató por
medio de la aplicación de tabaco mascado sobre la picadura y el
alivio fue inmediato; pude continuar la marcha. Acampamos en el
Socorro (altitud 1.880 metros, temperatura 17°).
El 30 de mayo fui a desayunar a Buenavista (altitud 1.837
metros, temperatura 17°). Allí comienza la peor parte del camino;
uno camina en los guaduales expuesto a las espinas de esas
gigantescas gramíneas y en un barro que llega a las rodillas; en
camino me refrescaba con el agua que se obtiene de las guaduas,
practicando una abertura por encima de uno de los nudos de la vara;
con una sola punción obtuve 1/4 de litro de líquido; agua clara,
fresca y como lo demostró después el análisis, casi pura. Este es
un gran recurso para los que atraviesan los largos guaduales y
calman su sed con agua límpida; allí donde no hay en el suelo sino
agua barrosa que es necesario esperar que decante. Por la tarde
llegué cansado, mojado y cubierto de barro al sitio de La Balsa
(altitud 1.279 metros, temperatura 22°). Me alojé en una cabaña en
donde esperé la llegada de mis cargueros; la mayor parte de ellos
estaban retrasados y es fácil imaginar que con sus cargas, en una
estación de lluvias, no me podían seguir por lenta que fuera mi
marcha. Llegaron el 1o. de junio, pero faltaba el que traía los
45.000 francos en oro. Envié a dos de mis hombres a buscarlo y
regresaron pronto con el tesoro; el pobre diablo a quien se lo
había confiado tuvo que regresar a Ibagué porque lo habían atacado
las fiebres.
El 2 de junio, muy temprano me puse en camino hacia Cartago, al
oeste, sur-oeste de La Balsa. El camino fue pésimo hasta el río de
La Vieja o del Quindío, en donde me detuve a mediodía, (altitud 972
metros, temperatura 26°). Este río recibe la quebrada de
Piedramoler y es cerca de su unión donde se le atraviesa: existe
confusión de nombres, ya que cada uno le da el suyo, pero en
definitiva es la unión de las aguas que bajan de la vertiente Oeste
del Quindío. Para llegar del Magdalena al Cauca, remontamos el
lecho del río San Juan y llegados al punto culminante del camino,
al páramo, bajamos por el lecho del río del Quindío. Ya lo he
dicho: las rutas naturales para atravesar una cadena de montañas,
son los torrentes que bajan de sus picos.
Llegué a Cartago por la tarde con la más extraña vestimenta que
había ideado para evitar la lluvia: parecía un individuo que
saliera de un baño de barro; mi ayudante, a quien había enviado
adelante, había tomado en alquiler una casa espaciosa de estilo
morisco, con galerías interiores que daban sobre el patio; las
habitaciones que daban a la calle estaban ocupadas por personas
encantadoras entre ellas una sirena de ojos azules. Del páramo a
Cartago, midiendo con cadeneros la distancia, se encontró que hay
12 leguas de 6.660 varas y yo había necesitado 9 días para recorrer
esta distancia. Me limitaré a contar algunos incidentes:
En enero de 1830 pasé el Quindío montado sobre una mula con
tiempo muy favorable. En esta época, una división del ejército
colombiano regresaba del Perú; el general Bolívar que la había
precedido me dio algunas indicaciones. El 26 de enero fui de Ibagué
a las Tapias, el 27 pasé la noche en el Tambo del Toche; cerca de
Aguacaliente encontré un sillero muerto por los golpes que le había
dado un miserable oficial para obligarlo a andar; ¡nadie se
preocupó de este asesinato! A las 3 llegué a la fuente de agua
gaseosa. El 28 de enero llegué al punto culminante de páramo;
durante la subida encontré una compañía de lanceros, camino de
Ibagué, y los oficiales y soldados, andando a pie, quedaron muy
sorprendidos de verme montado; cuando los dejé, entré en uno de
esos caminos sombreados que ya he descrito, cuando de repente mi
mula dio un salto prodigioso a tal punto que con mucha suerte pude
agarrarme de una rama y mantenerme suspendido, mientras que mi
asistente lograba hacer pasar a la bestia el sitio en donde se
había espantado; el animal había metido su pata en el abdomen de un
soldado enterrado y de allí había salido un gas de extrema fetidez;
fue la jornada de las tristes aventuras.
Al llegar allí, donde termina la vegetación arborescente, noté
una fosa que había sido tapada recientemente y observé que la
tierra se movía por debajo: inmediatamente salté de la mula y, con
la ayuda de mi asistente, me dediqué a desenterrar el muerto que se
agitaba; apenas habíamos comenzado, lo vimos sentarse: era un
granadero, tenía los ojos fijos y volteaba lentamente la cabeza a
izquierda y a derecha; lo apoyamos contra un arbusto y acerqué a
sus labios mi cantimplora que contenía ron, pero no tuvo tiempo de
tomarlo porque cayó otra vez pesadamente; su pulso ya no se sentía
y lo volvimos a colocar en su tumba sin cubrirlo de tierra. Pasé la
noche cerca de él en el Paramillo, en donde sentimos frío: el
termómetro bajó a 8º.
El 29 de enero pasé la noche en el Araganal. El 30 estaba en La
Balsa, el 31 entré a Cartago a las 2 de la tarde. Montado en una
mula había pasado el Quindío en 5 días y medio.
Cartago es una de esas poblaciones de las regiones calientes
hermosas, bien construidas, con sus calles centrales que la dividen
en manzanas y bordeadas de casas cubiertas de paja. Una plaza
espaciosa, una iglesia y altas palmeras que dominan las
construcciones. No hay movimiento por su escasa población poco
activa y que vive de poca cosa, pero es uno de los centros
comerciales del Cauca. Comunica por el Norte con la Vega de
Antioquia, por el Sur con Cali y Popayán y por el Oeste con el
Chocó. Hice pocas relaciones con los habitantes, a excepción de un
francés, Gabriel de la Roche Saint-Andre, cuya fe de bautismo tengo
y quien era administrador del estanco de tabaco; había servido con
los guerrilleros realistas de Vendeé de Francia y emigró, durante
la revolución, siendo de los pocos que pasaron a América; en
Cartago se había casado con la hija de un señor Marisinluma,
orgulloso de la nobleza de su familia y tuve a la vista todos los
títulos, escudos, sellos, etc. La señora de la Roche, cuando la
conocí, era todavía una belleza, aun cuando ya era madre de 5 o 6
niños, pero carecía de la más elemental educación. Yo dudo,
inclusive, de que supiera leer y se pasaba la vida confeccionando
cigarros.
El interior de la casa del señor de la Roche puede dar una idea
de la vida en América meridional: construida en adobe y recubierta
de teja, no tenía sino un piso, con una sala inmensa, sin cielo
raso, en donde no había sino una mesa, algunos sillones macizos,
recubiertos de cuero de Córdoba, un tinaja gigantesca colocada en
corriente de aire, en donde el agua por efecto de la evaporación,
tenía constantemente una temperatura inferior —en varios
grados— a la de la atmósfera; dos alcobas en las extremidades
de la sala, cuyas puertas se abrían sobre el patio interior. La
señora y sus hijos andaban descalzos; no se usaban las medias sino
para ir a la iglesia, seguidos de un esclavo que llevaba un tapete
para sentarse a la manera oriental. Las señoras llevaban, todo el
día, flores en sus magníficas cabelleras. El marido comía solo en
la mesa, servido por un niño. El resto de la familia tomaba sus
alimentos en la cocina, en el suelo, cerca del fogón. En cuanto a
la alimentación, era la misma que yo tenía en la selva: tasajo,
bananos, tortillas de maíz y chocolate y agua clara para beber, la
cual se obtenía en el río de La Vieja que baja de los nevados del
Tolima.
Cartago se halla sobre la orilla derecha del Cauca y un poco por
encima de su nivel, cuya altura es 978 metros, la temperatura es de
24,5°. En distintas oportunidades he permanecido bastante tiempo en
esta ciudad que cuenta con algunos millares de habitantes,
hacendados y comerciantes; los esclavos eran muy numerosos. Allí la
vida es fácil y ociosa para los blancos. Conocí poca gente, la
mayoría en los vecindarios de la casa donde vivía. Las mujeres
graciosas más que bonitas, agradables con sus cabellos
entremezclados de flores.
Este adorno puede tener inconvenientes; yo tenía muy buena
amistad con una muchacha joven, fresca, gordita, con hoyuelos al
sonreír y bellos ojos negros y que tenía la increíble facultad de
ver, sin anteojos, el primer satélite de Júpiter. Un día iba yo a
cenar a una hacienda a algunas leguas de Cartago y le di un abrazo
a mi bonita amiga, como era costumbre y luego monté a caballo. Por
la tarde, al regreso, le di otro abrazo, cuando de pronto se
enojaron todos conmigo y se alejaron como si yo fuese un leproso,
haciendo unas expresivas muecas, corno las saben hacer las mujeres
de las tierras calientes. Pregunté la razón de esta acogida tan
singular y la respuesta fue la siguiente:
—“¿Usted abrazó a Gabrielita?”
--“¿Y cómo lo sabe?”
— "Lo sabemos, porque Ud. huele a las flores que
ella usa en sus cabellos”. Me fue imposible negarlo.
Luego vino una curiosa recomendación:
—“ Después de comida no le daremos café”.
—‘‘¿Por qué?”
—“Porque no”.
Debo callar la razón, pues parece que el efecto atribuido al
café está generalmente admitido por las señoras de la América
meridional.
Las señoritas del Valle del Cauca son excelentes bailarinas,
como lo son las damas españolas. Hay que verlas, dentro de un
vestido liviano, con su talle esbelto sin que esté aprisionado por
un corsé, bailando un bolero, un fandango, un molé-molé, sin otra
música que la de un negro que agita su alfandoque, un tubo de bambú
que contiene piedritas, improvisando al mismo tiempo canciones,
algunas veces eróticas o historietas escandalosas; para
refrescarse, ron, del que rara vez se abusa. No es fácil describir
la animación de las bailarinas, ni la vivacidad de las jóvenes en
estas reuniones nocturnas: es algo así como una embriaguez.