La mina del Revenidero, en el sitio conocido como El Chuscal,
situada arriba de la población, se encuentra en una sienita
porfídica alterada. Se seguía un filón donde abundaba el cuarzo que
ofrecía la particularidad de que al romperlo se encontraban algunas
veces, cavidades llenas de numerosos cristales pequeños de cuarzo
hialino aislados y de una cristalización muy nítida. Las dos
extremidades del prisma terminaban en pirámides hexagonales. Estas
especies de geodas (masa mineral hueca tapizada de cristales),
frecuentemente están llenas de azufre cristalizado. Un poco más
abajo, en la mina de Pantalio, se ve el cinabrio en proporción
bastante fuerte en los residuos de lavado, razón por la cual pude
encontrar cerca de un kilogramo.
Habiendo terminado mi misión especial, comencé mis preparativos
para el regreso. La parte interior del Valle del Cauca es rica en
minas de oro, cuyo estudio no entraba en mis instrucciones; el
clima es tan malsano en esta región que nadie había pensado
establecer allí negocios para los europeos. Los lavados del Zinze y
del Nechí, las minas de Remedios y de Cáceres, son sin duda alguna,
de una riqueza excepcional, si juzgamos por las bellas y pesadas
pepitas que vienen de esas localidades que fueron siempre la
atracción de los conquistadores de la Nueva Granada.
Los indios explotaban estos yacimientos mucho antes de la
llegada de los españoles y fue violando las sepulturas de los
indígenas, como se consiguieron cantidades considerables de oro que
allí estaban acumuladas en forma de objetos trabajados
artísticamente. Durante largo tiempo los europeos se limitaron a
hurgar las tumbas o guacas —todavía se hace— y mi amigo
el original doctor Jervis cuando dejó el servicio de la Colombian
Mining Association, se convirtió en entusiasta guaquero. De él
recibí en París, para una exposición universal y en un canasto
abierto, objetos de arte provenientes de guacas que había abierto y
“pepitas” que pesaban más de un kilogramo, por valor de
unos 30.000 francos.
Estando en Medellín recibí la singular visita de un francés de
nombre Bousseau, nacido en Burdeos, antiguo panadero en la guardia
imperial. Hacía algunos años vivía cerca de Remedios en donde
extraía oro.
—“¿Cuáles son los medios de explotación?” le
pregunté.
—“De los más sencillos, tengo una docena de indias
ocupadas en moler y lavar el mineral y les pago con objetos
comprados en Cartagena”, contestó el viejo militar.
—“Y con los indios qué hace?”
—“No tengo, son unos perezosos; mis indias no tienen más
hombre que yo”.
—“Tanto peor para ellas, viejo miserable” y con
esas palabras saqué a mi compatriota.
Salí de Río Negro acompañado de una gran cabalgata que debía
escoltarme hasta Marinilla, de donde debía llegar al río Nare,
bajar por él y llegar al Magdalena. Marinilla está a una hora de
camino al noreste de Río Negro, cuenta con 5.000 habitantes
(altitud 518 metros) y es allí en donde se depositan las mercancías
que vienen o van por el río Magdalena y cuyo transporte hasta Nare
se hace a lomo de hombre.
Fui a pasar la noche en la Ceja de Guatapé, pasando por El
Peñol, sobre la orilla derecha del Río Negro (altitud 1.920
metros). Este sitio obtiene su nombre de una especie de pirámide y
sienita. La Ceja de Guatapé tiene una altitud de 1.935 metros y es
allí donde comienza el monte por donde se entra para llegar a
Canoas, infeliz pueblucho habitado por cargueros cuya profesión es
la de transportar sobre sus espaldas la mercancía y las personas
que no pueden viajar a pie. Este sitio cuenta apenas con 800 almas
y me sorprendió allí un billar sobre el cual jugaban algunos
cargueros, cuyos hombros mostraban rastros de los pesos que habían
transportado. Decidí atravesar la selva sobre una mula; para subir
a Canoas, desde La Ceja de Guatapé, se atraviesa el alto del Páramo
(altitud 2.311 metros); de este lugar se divisa el Río Grande de la
Magdalena. El camino no se hace de una sola jornada, se debe pasar
la noche en la selva, muy mal alojado. En las Falditas (altitud
1.446 metros) fuimos devorados por un insecto conocido con el
nombre de “naibi” que causa rasquiñas intolerables.
Se vadea el río del Arenal para llegar al alto de Piedras
Blancas (altitud 1.593 metros), desde donde se domina un estrecho
valle que tiene lavaderos de oro llamados Matasanos sitio tan
insalubre que es suficiente pasar algunas horas allí para
enfermarse de fiebres perniciosas, de manera que los lavaderos, a
pesar de su riqueza, están abandonados. Los puntos más destacados
que debíamos subir son: El alto del Totumo (altitud 1.556 metros),
el alto de Aguado (altitud 1.277 metros) en donde nos mostraron la
Teta de la Vieja, que tiene su leyenda: una anciana señora habría
vivido algunos años al pie del pico sienítico de la Teta en donde
habría recogido mucho oro.
Al bajar hacia Canoas el calor se hizo muy fuerte, ya no
estábamos abrigados por la vegetación. Canoas tiene una altitud de
850 metros; latitud N 6°15’, longitud al oeste de Bogotá
0$48’. Estábamos cerca de la bodega establecida en la unión de
los ríos Nare y Sámano, depósito de las mercancías destinadas a la
Provincia de Antioquia. La altitud en la unión de los dos ríos no
es sino de 215 mts; temperatura 27,5°; allí nos comieron los
chinches. Desde Marinilla habíamos seguido siempre sobre rocas
sieníticas alteradas. Bajamos el río Nare en un bongo donde nos
amontonaron como a mercancías, condenados a una inmovilidad
absoluta, tuvimos que soportar temperaturas de 30° a 32°.
El río corre por una garganta estrecha, una fisura; los bordes
escarpados gozan de espléndida vegetación y no hay sino dos
escollos a los cuales temer: la Angostura y los Remolinos. Al
acercamos al río Magdalena, el Nare se ensancha y estábamos
literalmente cocinados cuando llegamos a la triste población de
Nare, habitada por muleros y zambos.
Desde la bodega se ve una caliza granular gris azulosa en capas
más o menos verticales. Gastamos cuatro horas bajando el Nare.
Encontré que la altitud del Magdalena es de 190 metros y a las seis
de la tarde el termómetro marcaba 28,5°.
En Nare vi el cedrón, fruto de un árbol de 8 a 10 metros de
altura; este fruto tiene una gran reputación y cada quien lleva
pedazos de la fruta entre el bolsillo; su sabor amargo es
comparable al de la quinina y se emplea contra la mordedura de
serpientes. Me dieron también el fruto de una palmera, el marfil
vegetal
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, del que se
hacen bonitos objetos, cuyo uso se difunde en Europa.
Obligado a pasar un día en Nare con el fin de organizar la
embarcación en que íbamos a remontar el Magdalena, tomé una serie
de distancias de la luna al sol que colocaron esta localidad a 5h-
12’ 1O” de longitud oeste del meridiano de París. Por la
tarde, a las seis, la temperatura sube a 29°. Por la noche tuvimos
una de esas tremendas tempestades conocidas solamente por quien
haya vivido en los valles más calientes de las regiones
equinocciales. Los rayos se sucedían sin la menor interrupción, al
punto que la claridad que producían me permitía leer mis notas. El
ruido del trueno era formidable; durante más de dos horas, nadie se
pudo oír sino hablándose directamente al oído. El viento fue tan
violento que la casa se inundó, ya que ninguna de las puertas pudo
resistirlo.
Al día siguiente por la mañana el cielo era de una gran pureza;
sin embargo, no pudimos ponernos en camino; el bongo estaba lleno
de agua; fue necesario vaciarlo y solo hasta mediodía los bogas
consintieron en subir a bordo.
Nuestra navegación río arriba no ofreció nada interesante.
Tuvimos, naturalmente, que soportar los numerosos inconvenientes de
la vida en común con los bogas, que son los seres más caprichosos,
insubordinados y estúpidos que sea posible encontrar; son ladrones
cuando la ocasión se presenta y no vacilan en utilizar el cuchillo
o el machete en sus peleas. Sin embargo, hay que perdonarles mucho
teniendo en cuenta la miserable existencia que llevan: ejercen un
rudo trabajo muscular, desnudos a pleno sol, con temperaturas de
29° a 35°, alimentados abundantemente, pero con alimentos poco
finos. Para subir el río lo bordean apoyando su larga vara
terminada en tenedor sobre los árboles, las rocas y con la otra
extremidad colocada un poco más arriba del hombro derecho; la
embarcación sube a medida que mueven sus pies como si marcharan.
Debido al movimiento del bongo, un boga que empuje, en proa, pronto
se encuentra en popa sin haberse movido; entonces levanta los
brazos y manteniendo su vara en forma horizontal corre a colocarse
en la proa, en donde vuelve a comenzar su maniobra: 6,8012 bogas,
depende de la longitud del bongo, ejecutan con precisión los mismos
movimientos, cantando un ritmo monótono para marcar el paso.
Estos hombres completamente desnudos chorrean sudor y todos
tienen, en la parte del hombro donde apoyan la vara, una especie de
encallecimiento que con frecuencia degenera en cáncer; una vez en
tierra se entregan a toda clase de excesos; en cuanto a su
alimentación, nadie tiene idea de lo que es capaz de comer un boga
embarcado; yo asistí varias veces a sus comidas y observé lo
siguiente: salíamos a las 6 y nos deteníamos a las 8 para el
desayuno; nuestros bogas instalaban a la orilla del río una enorme
olla de barro, en la cual, desde la víspera, habían cocido unos 100
bananos con carnes de puerco salada, ajo, etc.; este sancocho,
debido a la temperatura de la noche, había adquirido un olor
fuertemente amoniacal; una vez recalentado, los bogas lo comían con
avidez, sin pronunciar una sola palabra. Después de esta ración
bebían el agua tibia del río, lanzaban eructos y limpiaban muy bien
su olla antes de subirla a bordo; como punto de comparación,
nosotros tomábamos chocolate. Todos los días se llevaba a cabo la
misma maniobra: por la tarde, preparación de plátanos y de carne
salada para la cena y se guardaba algo para el día siguiente.
Cuando acampábamos a la orilla del río, se dejaba un fuego prendido
durante toda la noche, para alejar a los tigres.
La navegación no ofreció nada de particular a no ser por lo que
sucedió en una isla de arena que llaman la Playa de los Capuchinos
porque dicen que allí, en la noche, viene el fantasma de uno de
ellos a contarles los dientes a los que están dormidos. Allí un
murciélago vampiro me mordió cruelmente un pie y perdí mucha
sangre. Todas las noches teníamos la compañía de caimanes que
salían a respirar a corta distancia del campamento, manteniéndose
cerca del agua; al botarles un palo se precipitaban en el río y a
nosotros no nos preocupaba su presencia. Varias veces nuestro bongo
fue rodeado por grandes serpientes de agua (mapanare) una de las
cuales fue muerta por los bogas en el momento en que trataba de
subir a bordo.
Hicimos un reconocimiento de la boca del Río Negro sobre la
orilla derecha del Magdalena. Este río nace cerca de las minas de
esmeralda de Muzo en donde se le conoce como el río Minero. A
medida que remontábamos el río hacia Honda, su corriente se hacía
más rápida y se comienza a ver la Cordillera Oriental en
Buenavista, población bastante grande, en donde pudimos admirar la
belleza de las palmeras, de los cocoteros y de los platanales. Uno
queda maravillado al contemplar la vegetación espléndida que hay en
las orillas de un río majestuoso, especialmente cuando se sale de
una región montañosa.
A la altura del Piñón del Conejo se alcanza a ver la arenisca
cuarzosa de los alrededores de Bogotá en capas horizontales que
semejan las formas más fantásticas que parecen ruinas de
fortificaciones. Esa es la arenisca que Bouguer comparaba con muros
construidos por la mano de los hombres.
Después de haber pasado varios saltos (cascadas) en donde
nuestros bogas desarrollaron una actividad sorprendente,
desembarcamos para seguir a pie hasta la desembocadura del Guarínó,
mientras que el bongo pasaba los raudales. Con mucho placer volví a
ver este río que había remontado hasta su fuente, al atravesar la
cordillera por el páramo de Herveo. En la boca del Guarinó tomamos
sus aguas frescas y límpidas que nos parecieron deliciosas en
comparación con las aguas tibias y turbias del Magdalena. Algunas
horas después llegamos a la bodega de Honda, donde recibí la orden
de trasladarme urgentemente a Bogotá.
Envié a Mariquita al capitán Walker y monté a caballo, dejando
el equipaje al cuidado de mi asistente. Se podrá juzgar la premura
con la cual anduve, por el hecho de que al tercer día entraba en la
capital de la Nueva Granada: Guaduas, Villeta, Bogotá, distancia
que en circunstancias ordinarias se recorre en 4 ó 5 días. También
se puede dar una idea de la lentitud de los viajes en la Provincia
de Antioquia y sobre el río Magdalena, por el tiempo que gasté para
ir de Río Negro a Honda. De Río Negro a Nare, 5 días, siendo la
distancia en línea recta de 21 leguas de 20; de Nare a Honda
navegué 6 días y medio, distancia en línea recta 25 leguas.