INDICE





LAS MEMORIAS DE UN NATURALISTA Y CIENTÍFICO QUE CEDIÓ A LA TENTACIÓN DE SER OBSERVADOR Y CRÍTICO SOCIAL

INTRODUCCIÓN

TOMO I

CAPÍTULO I
Mi formación — La Revolución francesa — Napoleón — El espanto de la guerra — Humboldt — Preparativos de viaje.

CAPÍTULO II
Caracas — Los temblores de tierra — Ascención a la silla.

CAPÍTULO III
Valle de Aragua — Lago Tacarigua — Morro de San Juan — Sitio de Puerto cabello— El general Páez— El árbol de la vaca— Aguas termales de la cadena del litoral.

CAPÍTULO IV
Cordillera Oriental de los Andes — Su constitución geológica —Nivelación barométrica — Efectos del temblor de tierra de 1812, observados en diferentes localidades — Sierra Nevada de Mérida —Lago Urao— Pamplona, sus minas de oro— Hierro meteórico de Santa Rosa.

CAPÍTULO V
Explanada de Bogotá — Nación Muisca — Su conquista - Guerras de la Independencia — Descripción de la meseta.

CAPÍTULO VI
Las primeras luchas por la Independencia — Bolívar.

CAPÍTULO VII
Meseta de Bogotá — Constitución geológica — Sal gema — Salinas —Carbón — Minas de esmeraldas.

CAPÍTULO VIII
Bogotá — Situación — Clima — Costumbres — Aventuras — Excursiones por los alrededores.

CAPÍTULO IX
Excursión para determinar los límites del terreno al sur de Bogotá —   Valle del Magdalena entre honda e Ibagué — Observaciones sobre el aumento de la intensidad del sonido durante la noche — Puente natural de Pandi o Icononzo.

TOMO II

CAPÍTULO X
Jugo venenoso del ajuapar— Accidentes que sucedieron mientras analizábamos esa materia — El comandante don Juan con nodriza — Irradiación nocturna en Bogotá.

CAPÍTULO XI
Algunos de mis conocidos en Bogotá — El Libertador Bolívar —Personajes — Sucesos.

CAPÍTULO XII
El Salto de Tequendama — Historia de Manuelita Sáenz.

CAPÍTULO XIII
Expedición de 1824— En los llanos del Meta.

CAPÍTULO XIV
Cordillera Central y Cordillera Oriental— Valle del Cauca— Minas de oro de La Vega de Supía - Provincia de Antioquia.

CAPÍTULO XV
Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

CAPÍTULO XVI
Viaje a la región aurífera y platinífera del Chocó.

CAPÍTULO XVII
Viaje al Ecuador— Estudios sobre la región volcánica.

CAPÍTULO XVIII
Ascensión al volcán del Puracé.

CAPÍTULO XIX
Viaje de Popayán a Pasto — Estancia en Pasto.

CAPÍTULO XX
Viaje de Pasto a Quito.

CAPÍTULO XXI
Ecuador.

CAPÍTULO XXII
Ascensión al volcán de Pichincha.

CAPÍTULO XXIII
Ascensión al Antisana.

CAPÍTULO XXIV
Tertulias y puros.

CAPÍTULO XXV
Ascensión al Chimborazo (1831).

CORRESPONDENCIA 1818-1826
Correspondencia I-X
Correspondencia XI-XVI
Correspondencia XVII-XXII
Correspondencia XXIII-XXIX
Correspondencia XXX-XL
Correspondencia XLI- LI
Correspondencia LII-LXII
Correspondencia LXIII- LXXIII
Correspondencia LXXIV - LXXXI
Correspondencia LXXXII - CII
Correspondencia CIII - CXXIX

La altitud es de 1.818 metros y el promedio de temperatura de 20°; es una explanada poco tendida a donde llegaba por el Sur un camino que la comunicaba con Cartago; por el Norte el camino conducía a la población india de Chamí, cerca de los límites del Chocó. Río Sucio está en la base de una magnífica roca de sienita porfídica. Las casas, construidas en madera recubierta de tapia, techadas con hojas de palmera, están dispuestas de manera que encierran un gran espacio, la plaza, tal como sucede en la mayoría de las misiones. La iglesia, que no difiere de las habitaciones sino por su tamaño, tiene una torre en donde está suspendida una campana.

Me alojé en una casa bastante limpia y necesariamente vacía, cerca de la cual, en una gran cabaña, pude establecer la oficina con una mesa de dibujo que fue tallada no sin dificultad, en el tronco de un árbol varias veces centenario. Me prestaron, del presbiterio, un sillón del siglo XVI, masa de madera trabajada, guarnecida de cuero de Córdoba. Para dormir me dieron una “barbacoa” de guadua y en fin, pude conseguir el aparato indispensable de toda casa americana; una bella jarra de barro cocido que puede contener cerca de un hectolitro de agua y suficientemente permeable para refrescar el líquido al funcionar a la manera de las alcarazas.

No estaba enterado de que hubiera minas en explotación en Río Sucio, sino muy cerca de allí, un poco más abajo en Quiebralomo (altitud 1.868 metros). Las minas que debía visitar estaban repartidas en la siguiente forma, de Oriente a Occidente:  

Altitud 
 1o. Quiebralomo                        1.768 metros
 2o. Llanos de La Vega de Supía    1.225 metros
 3o. Marmato, Casa Morena          1.474 metros   

Las explotaciones estaban cerca de Río Sucio y únicamente el pésimo estado de los caminos convertía la inspección en asunto bastante trabajoso. La Vega de Supía, considerada como centro del distrito minero, está construida en el fondo de un valle estrecho sobre un aluvión aurífero y atravesada por un torrente que viene del Noroeste, de las montañas a las que se une Rio Sucio. Este río, después de haber atravesado en una dirección norte-sur los llanos de La Vega, sale por un pasaje estrecho, abierto entre dos montadas de sienita porfídica, y dirigiéndose al este, desemboca en el Cauca. Marmato, donde se encuentran vetas considerables de pirita aurífera, está separado de La Vega de Supía por un ramal de montañas; Marmato se encuentra en el Valle de Cauca, a 800 metros aproximadamente sobre el nivel del río y sobre una pendiente tan inclinada que es difícil encontrar terraplenes para montar las máquinas.

En Río Sucio encontré al doctor Roulin y al notario Escobar, quienes habían llegado de Bogotá por el Quindío hasta Cartago y de allí por la selva que va a lo largo del Cauca, ruta que yo he seguido varias veces y de la cual hablaré más adelante. Escobar estaba acompañado por su hijo, joven de 18 a 20 años, de ojos negros con lindas pestañas, tez pálida, tipo de raza blanca mezclada con un poco de sangre muisca; tenía tan bella figura que a pesar de su vestido masculino, tuve mis sospechas de que teníamos delante de nosotros, no al hijo, sino a la mujer del escribano, que fuera quien fuera, había adquirido las fiebres durante el viaje. Escobar era un hombre muy hábil, con excelentes relaciones, quien me tenía mucho aprecio, aun cuando poco faltó para que me matase, en las circunstancias que aquí relato:

Estábamos en gira en Marmato listos para dejar el lugar y Escobar, ya a caballo, tenía el fusil apoyado horizontalmente sobre la silla cargado con balines destinados a un venado que esperábamos encontrar. En el momento en que yo iba a poner el pie en el estribo, el caballo de Escobar hizo un movimiento y se disparó el fusil; por muy pocos centímetros no recibí la carga en la cabeza ya que los balines me pasaron muy cerca a la cara en donde se incrustaron algunos granos de pólvora. ¡Había que ver en qué estado quedó el notario! Creí que se iba a volver loco y nos costó mucho trabajo convencerlo de que yo estaba vivo todavía.

Entré en contacto con los propietarios de las minas, tan pronto estuve instalado y después de haber colocado las señales para la triangulación que se iba a llevar a cabo como base del plan del distrito de Supía.

Las minas de Quiebralomo eran explotadas a mano por mestizos y mulatos, a veces ayudados por un esclavo o una esclava; en América era muy curiosa esta asociación de amo y esclavo para el trabajo: el amo hubiera obtenido toda la utilidad si la costumbre no hubiera dado al esclavo dos jornadas semanales que éste podía emplear como quisiera, especialmente en el lavado de arenas auríferas. En realidad, en Supía, un negro o una negra que hubiesen llegado a la edad de 25 a 30 años, poseía en oro una suma suficiente para comprar su libertad, como lo permitía la ley, muy humana, de la manumisión; generalmente la recompra no se llevaba a cabo: la esclavitud es soportable mientras sea voluntaria, lo cual quiere decir que ya no existe.

El propietario de las minas más importantes del distrito era don Francisco de Lemos, administrador del correo y personaje que merece una mención especial: él había recibido por herencia de una tía, la señora Moreno, las minas y los esclavos; cuando lo conocí en su triste habitación del Guamal, podía tener unos 30 años; vestía de paño pardo claro y usaba en la cabeza para abrigar su completa calvicie, un pañuelo de algodón. Su rostro agradable habría sido muy atractivo sin un tinte brioso que mostraba una afección hepática. Estaba sentado ante una pequeña mesa que le servía de escritorio y allí permanecía clavado de la mañana hasta la noche. Su oficio era de lo más sencillo: recibía y expedía 2 ó 3 correos por semana. Frente a la miserable habitación del Guamal se encontraba una fila de chozas, semejante a un pueblo africano, que alojaba un número bastante elevado de esclavos. Los negros y las negras trabajaban todo el día lavando aluviones. Don Francisco enviaba a la casa de moneda de Popayán solamente una parte del oro, pues consideraba prudente disimular su riqueza, en una época en la que el gobierno levantaba fuertes impuestos a los ricos, así que no le gustaba ausentarse.

Sin embargo, vino a hacerme una visita a Río Sucio. Era un solterón amable, bien educado no sé cómo, que sabía escribir muy correctamente aun cuando no había leído jamás nada a excepción de algún periódico. Sus principales ocupaciones eran fumar y amontonar oro; hacía más de 20 años que permanecía inmóvil en su silla, alimentándose principalmente de chocolate, de un poco de carne seca y de algunos bananos y bebiendo únicamente agua.

Este hombre no era casado y su familia consistía en una muy bonita muchacha y un arrogante muchacho, fruto de los amores de doña Moreno, su tía, con un equilibrista de los que rara vez aparecen en las ciudades y más aún en los pueblos de América del Sur y quienes por sus piruetas, sus mallas y sus lentejuelas, hacen perder la cabeza a las más grandes damas. Obtuve estos detalles del doctor Hervis, cirujano de las minas, quien se convirtió en el equilibrista de otra señorita de nombre Escolástica. Afortunadamente para don Francisco esos niños eran bastardos y no tenían ningún derecho a la herencia de la señora Moreno. Escolástica se destacaba entre su raza: morena, alegre, bien hecha, ágil y de una audacia increíble; una noche cuando yo iba a recoger mi caballo que se había quedado en Guamal, pasé el puente de guaduas sobre el Supia y allí me encontré con un hombre que se lanzó sobre mí, sable en mano; yo me puse en guardia e iba a darle un golpe cuando mi agresor soltó una gran risotada: era Escolástica que iba a donde Hervis, como sucedía desde un tropiezo que él había tenido y lo había determinado a no volver a hacer este paseo nocturno. Un día, poco antes de la salida del sol, yendo a la Vega, vi los perros del Guamal que ladraban furiosamente cerca de un horno para hacer pan. Me apeé del caballo para averiguar lo que los enfurecía —todos los perros eran amigos míos— cuando una voz lamentable que salía del interior del horno gritó: —“don Juan, sáqueme de aquí, estos malditos animales hace tres horas que me tienen acorralado”. Era Hervis, a quien las circunstancias habían obligado a meterse allí en espera de un instante más propicio para sus amores.

El cura de Río Sucio nos dio la bienvenida con una gran comida que se sirvió en Quiebralomo. Las autoridades municipales, toda gente de color, asistieron convenientemente vestidos aunque descalzos. La cena fue pantagruélica, digna del siglo XV y tuvo lugar en una casa cubierta de teja, relativamente un palacio. Lo que sirvieron fue grandioso: se comenzó por “ollas podridas” (pucheros) excelentes, pero que nos hicieron sonreír porque para servirlos utilizaron vasos de noche de porcelana de Wegdwood a manera de soperas, los cuales estaban “vírgenes” porque se ignoraba su legítimo destino. Ante cada invitado fueron colocados pequeños platos de barro que contenían una gran cantidad de alimentos arreglados a la española. Todo fue muy bueno, pero en demasía. Se nos sirvió al estilo ruso. El postre fue curioso y suculento: compotas de frutas que nos eran desconocidas. Se tomó vino seco de España, importado por el Chocó; ron preparado en la región, por medio de la destilación del jugo de caña fermentado. El capitán Walker se emborrachó, pero todo estuvo correcto. El anfitrión permaneció de pie, ocupado en dirigir el servicio, ayudado por una criolla, Manuela, conocida como la maicera, su ama de llaves, mujer muy digna a quien vi luego atendiendo a enfermos y convalecientes, sobre todo cuando eran jóvenes.

El cura, padre Bonafonte, era un hombre muy caritativo, nacido en el Socorro; contaré aquí cómo llegó a la misión de Río Sucio de Engurumí: primero fue militar y dejó el servicio; era un empedernido jugador y se hizo sacerdote. Cuando lo conocí tenía 68 años, bajo de cuerpo, bien conformado, con ojos azules de sorprendente vivacidad, siempre alerta, lo veo leyendo su breviario en su casa, con todas las puertas abiertas y expuesto a todos los vientos. Nunca nos separábamos y me daba informaciones preciosas sobre la región, especialmente sobre los indios chami, sus vecinos, cuyas costumbres observé a fondo, ya que me encontraba diariamente entre ellos.

El buen cura se lanzaba en toda clase de empresas: era un hombre instruido y poseía una biblioteca de más de 60 volúmenes, entre otros “El Teatro Crítico del Padre Feijó”, un jesuita creo, que tenía una buena reputación en España. El padre Bonafonte me mostró con orgullo mi nombre citado en la obra arriba mencionada; era un artículo del reverendo padre Adán Boussingault, religioso de la Orden de la Santa Cruz.  

Un domingo, me invitó a asistir a una misa, en mi calidad de católico, lo cual poco me interesaba; insistió y para serle agradable, acepté. Después de la ceremonia dominical creyó su deber pronunciar un sermón contra Voltaire y Rousseau durante el cual argumentaba sobre cuál de estos dos impíos era el peor. Los indios no entendían nada en absoluto, pues jamás he visto un indio converso que atienda a un sermón. Una vez más asistí al servicio divino, pero declaré que prefería quedarme en mi casa; el cura no se molestó, solamente para lograr conciliar todo, me hizo esta aburrida sugerencia: “don Juan, no tendrá que volver a la misa, pero para hacer un acto de buen católico, hágame el favor de tocar la campana para llamar a los fieles”. Todas las veces que yo estuve en Río Sucio en domingo, nunca fallé en mis funciones de campanero. Walker aseguraba que yo lo hacía a la perfección, pero él era quien se tomaba los refrescos que el cura no dejaba de enviar al campanero. Roulin decía que yo parecía el campanero de Saint Paul, héroe de un melodrama famoso. Aun cuando las burlas no faltaban, yo campaneaba de todas maneras. 

Cuando, más adelante, me convertí en habitante de La Vega, en mi calidad de superintendente de minas, mis relaciones con el padre Bonafonte continuaron, pues mientras más conocía al buen misionero, más lo estimaba. Era un apóstol y yo admiraba su celo religioso; sin importar la hora, cuando lo buscaban para asistir a un moribundo salía con buen o mal tiempo y algunas veces se internaba dentro de la selva, expuesto a encuentros peligrosos con indios desconocidos o con negros cimarrones del Chocó. Supe por su sacristán que había estado en peligro varias veces; desde ese entonces, le ofrecí acompañarlo cuando fuera a sitios peligrosos, lo que aceptó confesándome que temía que le robaran su crucifijo de plata, pues era el único que tenía y además lo apreciaba mucho.

Las gentes pudientes de Río Sucio habitaban en casas cubiertas de paja que formaban una gran plaza. Los pobres, los indios puros y los zambos vivían aislados en los claros de las selvas, cultivando maíz y criando gallinas; estas chacras se extendían a grandes distancias. Los días de fiesta estos dispersos habitantes, se reunían en el pueblo y traían sus productos: gallinas, huevos y raíces de yuca. Estas reuniones eran curiosas: cada persona tenía en su rostro un tinte característico de su raza; entre esta agrupación de familias, dignamente paseaban desnudos los indios chamis, mis buenos amigos, con los cartílagos de la nariz, las orejas o los labios adornados con anillos de oro y portando un arco o una cerbatana, con su provisión de flechas envenenadas.

Me había vuelto muy popular como campanero: el padre, siempre calzado con botas de montar, estaba listo tan pronto lo vinieran a buscar para atender los últimos momentos de uno de sus feligreses, y me rogaba que lo acompañase si debía ir muy lejos; yo tomaba mi “aguja”, un espadón formidable y nos poníamos en camino, ¡y qué caminos!, fumando constantemente hasta llegar a nuestro destino que generalmente era una miserable cabaña; después de haber confesado y dado la extremaunción, regresábamos al pueblo. “Otra alma salvada”, no dejaba de decirme mi venerable compañero cuando poníamos el pie en el estribo. Yo era su guardaespaldas y su gendarme; animado del celo religioso más puro y, puedo añadir, el más desinteresado, el excelente misionero no conocía la fatiga; digo el celo más desinteresado porque sus feligreses que habitaban a grandes distancias no tenían absolutamente nada que ofrecerle. El curato de mi viejo amigo, visto en conjunto, era muy pobre; no recibía nada o casi nada y en cambio daba mucho y me tomó bastante tiempo descubrir de dónde provenían sus recursos.

De todas las empresas que había ensayado el padre Bonafonte, una sola había tenido verdadero éxito y era el mantenimiento de un burro reproductor, cuyo oficio era el de procrear muletos. El animal, que era horrible, con pelos largos y embarrados, ocupaba un pequeño cercado con muy buena hierba y era allí a donde le llevaban las yeguas que debía servir y cumplía su oficio infatigablemente; cuando vacilaba, se le administraban unos garrotazos y en seguida comenzaba una carrera desenfrenada contra la bestia que huía y qué de patadas recibía el asno, antes de lograr su victoria; su cuerpo estaba cubierto de cicatrices. El cura recibía una piastra (cinco francos) por cada logro del burro y en los buenos momentos, cuando se le daba maíz, producía hasta 12 piastras en un día, lo cual era todo para los pobres. Hoy día, cuando en una iglesia de París el sacerdote me tiende su bolsa para la limosna y dice: “para los pobres y los gastos del culto”, no puedo evitar pensar en el burro del cura de Río Sucio.

Cuando el padre Bonafonte iba a mi casa, lo que más admiraba eran mis instrumentos; el teodolito, las brújulas, el sextante, los barómetros y los termómetros. Su sorpresa fue extrema cuando al mostrarle el higrómetro de Saussure le dije que el pelo tendido que veía, indicaba la cantidad de humedad contenida en el aire y que si éste se alargaba más o menos, se podía predecir la lluvia o el buen tiempo; en efecto, yo había observado que desde el despuntar del sol hasta mediodía, a la una o aún a las dos, con un cielo puro y poco nublado, la aguja del higrómetro andaba con gran regularidad indicando “seco” y que cuando, la aguja, hacia las diez o las once, en vez de seguir avanzando hacia “seco”, es decir hacia el 0 de la graduación, permanecía estacionaria y con más razón aún, si retrocedía, se debía esperar lluvia o tempestad.

Algunos días después vi llegar al cura con aire preocupado y me preguntó qué decían los instrumentos en relación con el tiempo. Terminó al fin por confesarme que reinaba una sequía muy perjudicial para los cultivos y que sus feligreses insistían en que se hicieran plegarias y procesiones con el fin de recibir la lluvia; el buen padre añadió: “mi iglesia se halla bajo la protección de San Sebastián y no tendría ningún inconveniente en hacer lo que se me pide, si no temiera comprometer la reputación del santo, así que don Juan, cuénteme si de acuerdo con sus instrumentos tendremos lluvia”.

En el momento de la consulta eran las once y la aguja avanzaba rápidamente hacia el 0, el cielo estaba sin nubes así que aconsejé dejar al santo en su nicho; sin embargo, la sequía continuaba y los feligreses exigían una procesión; el padre Bonafonte quien creía moderadamente en el poder de la intercesión del santo, venía todas las mañanas a preguntarme qué decía el barómetro y si se podía sacar a San Sebastián; mi respuesta siempre estaba sometida a las indicaciones del higrómetro. Al fin un día famoso para el patrón de la iglesia de Río Sucio, mi respuesta fue: “¡suelten al santo!” De inmediato se organizó una procesión: la imagen de San Sebastián, una imagen horrorosa, fue paseada durante una hora y, a mediodía, un trueno anunció la tempestad. Desde entonces, cada vez que se pedían procesiones para solicitar lluvia o sequía, el cura no dejaba de consultarme, preguntando: “don Juan, ¿podemos sacar a San Sebastián?” y mi respuesta dependía del estado higrométrico de la atmósfera.

Yo comencé a pasar inspección a las minas adquiridas provisionalmente; mis ocupaciones fueron numerosas y mis relaciones con la parroquia sufrieron necesariamente. Para poderse formar una idea de la localización de los yacimientos en explotación que yo debía examinar, trazaré en seguida un corte de terreno, de oriente a occidente, desde Río Sucio hasta el río Cauca, paso real de Bufú, que se halla un poco por debajo del paso de Velásquez. 

La distancia de Río Sucio a Marmato es de cerca de tres leguas en dirección occidente-oriente. Aunque las diferencias de altitud son moderadas, el espacio comprendido entre los dos puntos extremos es muy accidentado, pues el terreno es ondulado. Río Sucio se encuentra sobre sienita pofídica; se sigue esta roca más o menos modificada, más allá de Quiebralomo, en donde desaparece bajo un depósito de apariencia arenácea con partículas finas de cuarzo, de feldespatos y de anfibol, una arenisca con capas inclinadas sobre las pendentes de sienita. He vuelto a encontrar casi en todas partes esos depósitos singulares que se presentan como en pedazos. Me ha costado mucho trabajo fijar su edad y aún no lo he logrado; allí no se encuentran restos de seres orgánicos. Sin embargo, cerca de Río Sucio, se han encontrado delgadas capas de lignito; ¿serían esas areniscas arcosas derivadas de los pórfidos? Es posible. Para los mineros esta es una roca estéril, en donde jamás se encuentran filones metálicos.

Antes de llegar a Río Sucio, ya se está sobre el aluvión aurífero, que cubre el fondo del valle con altitudes de 500 a 600 metros por encima del Cauca.  

Después de haber pasado el llano, se llega a la ramificación que lo separa del Cauca. Al dejar este depósito al Norte, se encuentra y se sigue la sienita porfídica hasta su punto culminante, la boca del monte, en donde uno se encuentra sobre una roca esquistosa, esquisto micáceo y esquisto sienítico, el cual un poco más abajo, descendiendo por el río, está en contacto con el pórfido. La roca esquistosa parece engastada en la roca cristalina; se la puede seguir hacia el riachuelo de Cascadel, por encima del cual, subiendo hacia Marmato, aparece la sienita porfídica que baja hasta la hacienda de Muruyá | * .  

Allí la roca toma las características de la sienita propiamente dicha por la presencia del cuarzo y de la mica, bastante raros entre los pórfidos.

Las rocas dominantes del terreno del distrito de La Vega, comenzando por su parte inferior, el Cauca, son entonces:  

lo.   Esquistos micáceos, talcosos o arcillosos;  
2o.  Sienita porfídica;  
3o.  Depósitos arenáceos (¿arcosas?) dispuestos en jirones;  
4o.  Un aluvión aurífero formado de restos de sienita porfidica.  

La sienita porfidíca de Engurumí es la variedad dominante; es una pasta de feldespato compacta (“petro-sílex”) en la cual están diseminados bellos cristales de anfibol y de feldespato blanco (ortosa). No se ve cuarzo y muy rara vez se encuentra mica.

Yendo de Río Sucio de Engurumí a Quiebralomo, se modifica esta roca que es de un blanco opaco; siempre es una pasta feldespática que encierra una multitud de cristales de feldespato; su aspecto es terroso y rara vez se ve el anfibol, pero sí se encuentran pequeños cristales de hierro oxidulado y de piritas; así como todas las rocas que pertenecen a los terrenos de sienita y de grünstein porfídico, producen una ligera eflorescencia en contacto con ácidos.

Los filones auríferos son numerosos en el pórfido de Quiebralomo. Su dirección me ha parecido ser generalmente de sur a oeste, casi vertical, de poco espesor. La ganga consiste en cuarzo granulado, cal carbonatada y arcilla blanca. Allí se encuentran, independientes, oro nativo, pirita, antimonio sulfurado, blenda y algunas veces cinabrio. Todos estos sulfuros son auríferos; la riqueza de estos yacimientos a veces es muy grande, aunque muy variable; sucede que una vena explotada con provecho se estrecha de repente y desaparece para reaparecer en seguida. Me mostraron un filón sobre el cual una galería llevada a 2 metros rindió 1.000 pesos oro; a esta variación en los productos se debe el nombre de “minas de tope” (minas de la suerte) dado por los mineros a los yacimientos de Quiebralomo.

Las minas son explotadas en galerías que se abren sobre el río de Santa Inés y el trabajo se ejecuta con barra, instrumento de hierro que tiene en su extremidad una punta para picar y en la otra un filo cortante, herramienta de los mineros en toda la América meridional, que manipulada por un hombre robusto, reemplaza ventajosamente los picos que se usan en Europa.

Los trabajos ejecutados sobre algunos filones de poca riqueza no tienen más de 1 metro de altura; se trabaja acostado y el techo se sostiene con troncos de madera muy dura, cuando la poca cohesión de la roca así lo exige. El minero apenas puede respirar en la posición en que se encuentra, lo que pude confirmar al examinar un filón muy rico.

La mena “caliche” sale de la mina en sacos de cuero; primero se retira la ganga, luego es triturado con molino de rueda por mujeres y después se lava en la batea, especie de plato cónico. El oro en polvo y en laminillas se recoge en el fondo de la batea, mezclado con una arena negra en gran parte hierro con titanífero, y se somete a una segunda lavada en un recipiente hecho de cuerno de res; este es el procedimiento general de extracción de oro en todas las minas de La Vega.

Cerca de la mina de San Leandro, sobre el depósito arenáceo que ya describí, me llamó la atención un gran bloque de roca negra que tenía la apariencia del basalto. Después de algunas investigaciones encontré de nuevo esta misma clase de roca superpuesta al pórfido, en las minas de Botafuego y de Sabaleta: allí tenía una altura de unos 20 metros y ofrecía una división en prismas. La superposición al pórfido era evidente, tanto así que en algunos puntos se podía con la mano, cubrir la línea de demarcación entre las dos rocas.

La roca negra es tenaz, sonora al martillo, con quebradura ceroide; en ella se distinguen largos cristales de feldespato vidrioso de un blanco amarillento y muy pequeños cristales de piroxeno; al fundirla con soplete, produce un vidrio negro opaco; no parece ser un basalto, sino más bien una traquita por el feldespato vidrioso y la ausencia de olivina a pesar de la disposición en prismas; no es muy común y parece estar diseminada aquí y allá sobre el pórfido.  

El oro que ha sido extraído de la mina de Botafuego, presenta la particularidad de ser negro oscuro y reconocí por medio de análisis, que la materia negra, que es superficial, consiste en sulfuro de plata y en sulfuro de mercurio. 

El depósito de aluvión aurífero que se encuentra al fondo de la cuenca del Supía, parece reposar sobre terreno sedimentario (arcosa), tiene un espesor de 3 a 5 metros y está formado por cantos rodados de sienita porfidica.

Cuando me encontraba en el valle del Supía, los negros del señor de Lema, trabajaban en la extracción de oro, encauzando una toma del río para atacar el aluvión. Al abrir varias trincheras, los restos arrancados por la impetuosidad de la corriente del agua, con la ayuda de barras, eran dirigidos en canales; cuando los cantos habían sido arrastrados por la corriente quedaba arena fina, negra, la cinta, de donde los negros retiraban el oro por lavado. Este oro tenía un color rojizo por lo que se le conoce con el nombre de “oro colorado”.

Los trabajadores negros no estaban comprendidos en las ventas en proyecto; la asociación se reservaba la posibilidad de alquilarlos a sus amos, sin que esta cláusula hubiera sido especificada en el contrato.

El aluvión aurífero del valle debía ser explotado por lavadores de estaño de Cornualles, pero viendo a los negros pasar la mayor parte del día con las piernas entre el agua fresca del Supía y la cabeza expuesta a un sol ardiente, pensé que los europeos jamás soportarían un régimen semejante, como sucedió más tarde: a los pocos días los lavadores ingleses eran víctimas de las fiebres y varios de ellos sucumbieron, por lo cual hubo que llamar de nuevo a los negros.

El grupo de minas de Marmato es tan importante tanto por el número de yacimientos, como por la composición geológica. Es allí donde la sienita porfídica está más metalizada. Generalmente se explotaba la pirita aurífera en filones de espesor variable que llegaba algunas veces a varios metros aún de 6 a 7, en los abultamientos. La roca es lo suficientemente sólida para que no sea necesario entibarla. Los yacimientos principales tienen una dirección este-oeste, vertical o poco inclinada. El muro y el techo de los filones está formado por pórfido, ligeramente alterado; la ganga es una arcilla blanca, untuosa y fácilmente trabajable. Por la vertiente de la montaña muy inclinada hacia el Cauca, es por donde se entra a las minas, frecuentemente superpuestas sobre el mismo filón por medio de galerías horizontales. En los abultamientos los trabajos se ejecutan en escalones, dejando pilares de mineral para sostener el techo.

Independientemente de la pirita aurífera, se explotaba en Marmato un “paco”, óxido de hierro hidratado, muy rico en oro. También me mostraron un filón de Loaiza que produce diferentes sulfuros: blenda, galena, pirita, burnonita, plata rojiza, plata nativa, verdadera mina argentífera, cuyos trabajos eran por lo demás insignificantes. En este conjunto de minerales encontré un bello arseniato de hierro, cuya descripción y análisis he publicado.

 

* Puede tratarse de Maragá (Regresar a * )

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