La altitud es de 1.818 metros y el promedio de temperatura de
20°; es una explanada poco tendida a donde llegaba por el Sur un
camino que la comunicaba con Cartago; por el Norte el camino
conducía a la población india de Chamí, cerca de los límites del
Chocó. Río Sucio está en la base de una magnífica roca de sienita
porfídica. Las casas, construidas en madera recubierta de tapia,
techadas con hojas de palmera, están dispuestas de manera que
encierran un gran espacio, la plaza, tal como sucede en la mayoría
de las misiones. La iglesia, que no difiere de las habitaciones
sino por su tamaño, tiene una torre en donde está suspendida una
campana.
Me alojé en una casa bastante limpia y necesariamente vacía,
cerca de la cual, en una gran cabaña, pude establecer la oficina
con una mesa de dibujo que fue tallada no sin dificultad, en el
tronco de un árbol varias veces centenario. Me prestaron, del
presbiterio, un sillón del siglo XVI, masa de madera trabajada,
guarnecida de cuero de Córdoba. Para dormir me dieron una
“barbacoa” de guadua y en fin, pude conseguir el aparato
indispensable de toda casa americana; una bella jarra de barro
cocido que puede contener cerca de un hectolitro de agua y
suficientemente permeable para refrescar el líquido al funcionar a
la manera de las alcarazas.
No estaba enterado de que hubiera minas en explotación en Río
Sucio, sino muy cerca de allí, un poco más abajo en Quiebralomo
(altitud 1.868 metros). Las minas que debía visitar estaban
repartidas en la siguiente forma, de Oriente a Occidente:
Altitud
1o. Quiebralomo 1.768 metros
2o. Llanos de La Vega de Supía 1.225 metros
3o. Marmato, Casa Morena 1.474 metros
Las explotaciones estaban cerca de Río Sucio y únicamente el
pésimo estado de los caminos convertía la inspección en asunto
bastante trabajoso. La Vega de Supía, considerada como centro del
distrito minero, está construida en el fondo de un valle estrecho
sobre un aluvión aurífero y atravesada por un torrente que viene
del Noroeste, de las montañas a las que se une Rio Sucio. Este río,
después de haber atravesado en una dirección norte-sur los llanos
de La Vega, sale por un pasaje estrecho, abierto entre dos montadas
de sienita porfídica, y dirigiéndose al este, desemboca en el
Cauca. Marmato, donde se encuentran vetas considerables de pirita
aurífera, está separado de La Vega de Supía por un ramal de
montañas; Marmato se encuentra en el Valle de Cauca, a 800 metros
aproximadamente sobre el nivel del río y sobre una pendiente tan
inclinada que es difícil encontrar terraplenes para montar las
máquinas.
En Río Sucio encontré al doctor Roulin y al notario Escobar,
quienes habían llegado de Bogotá por el Quindío hasta Cartago y de
allí por la selva que va a lo largo del Cauca, ruta que yo he
seguido varias veces y de la cual hablaré más adelante. Escobar
estaba acompañado por su hijo, joven de 18 a 20 años, de ojos
negros con lindas pestañas, tez pálida, tipo de raza blanca
mezclada con un poco de sangre muisca; tenía tan bella figura que a
pesar de su vestido masculino, tuve mis sospechas de que teníamos
delante de nosotros, no al hijo, sino a la mujer del escribano, que
fuera quien fuera, había adquirido las fiebres durante el viaje.
Escobar era un hombre muy hábil, con excelentes relaciones, quien
me tenía mucho aprecio, aun cuando poco faltó para que me matase,
en las circunstancias que aquí relato:
Estábamos en gira en Marmato listos para dejar el lugar y
Escobar, ya a caballo, tenía el fusil apoyado horizontalmente sobre
la silla cargado con balines destinados a un venado que esperábamos
encontrar. En el momento en que yo iba a poner el pie en el
estribo, el caballo de Escobar hizo un movimiento y se disparó el
fusil; por muy pocos centímetros no recibí la carga en la cabeza ya
que los balines me pasaron muy cerca a la cara en donde se
incrustaron algunos granos de pólvora. ¡Había que ver en qué estado
quedó el notario! Creí que se iba a volver loco y nos costó mucho
trabajo convencerlo de que yo estaba vivo todavía.
Entré en contacto con los propietarios de las minas, tan pronto
estuve instalado y después de haber colocado las señales para la
triangulación que se iba a llevar a cabo como base del plan del
distrito de Supía.
Las minas de Quiebralomo eran explotadas a mano por mestizos y
mulatos, a veces ayudados por un esclavo o una esclava; en América
era muy curiosa esta asociación de amo y esclavo para el trabajo:
el amo hubiera obtenido toda la utilidad si la costumbre no hubiera
dado al esclavo dos jornadas semanales que éste podía emplear como
quisiera, especialmente en el lavado de arenas auríferas. En
realidad, en Supía, un negro o una negra que hubiesen llegado a la
edad de 25 a 30 años, poseía en oro una suma suficiente para
comprar su libertad, como lo permitía la ley, muy humana, de la
manumisión; generalmente la recompra no se llevaba a cabo: la
esclavitud es soportable mientras sea voluntaria, lo cual quiere
decir que ya no existe.
El propietario de las minas más importantes del distrito era don
Francisco de Lemos, administrador del correo y personaje que merece
una mención especial: él había recibido por herencia de una tía, la
señora Moreno, las minas y los esclavos; cuando lo conocí en su
triste habitación del Guamal, podía tener unos 30 años; vestía de
paño pardo claro y usaba en la cabeza para abrigar su completa
calvicie, un pañuelo de algodón. Su rostro agradable habría sido
muy atractivo sin un tinte brioso que mostraba una afección
hepática. Estaba sentado ante una pequeña mesa que le servía de
escritorio y allí permanecía clavado de la mañana hasta la noche.
Su oficio era de lo más sencillo: recibía y expedía 2 ó 3 correos
por semana. Frente a la miserable habitación del Guamal se
encontraba una fila de chozas, semejante a un pueblo africano, que
alojaba un número bastante elevado de esclavos. Los negros y las
negras trabajaban todo el día lavando aluviones. Don Francisco
enviaba a la casa de moneda de Popayán solamente una parte del oro,
pues consideraba prudente disimular su riqueza, en una época en la
que el gobierno levantaba fuertes impuestos a los ricos, así que no
le gustaba ausentarse.
Sin embargo, vino a hacerme una visita a Río Sucio. Era un
solterón amable, bien educado no sé cómo, que sabía escribir muy
correctamente aun cuando no había leído jamás nada a excepción de
algún periódico. Sus principales ocupaciones eran fumar y amontonar
oro; hacía más de 20 años que permanecía inmóvil en su silla,
alimentándose principalmente de chocolate, de un poco de carne seca
y de algunos bananos y bebiendo únicamente agua.
Este hombre no era casado y su familia consistía en una muy
bonita muchacha y un arrogante muchacho, fruto de los amores de
doña Moreno, su tía, con un equilibrista de los que rara vez
aparecen en las ciudades y más aún en los pueblos de América del
Sur y quienes por sus piruetas, sus mallas y sus lentejuelas, hacen
perder la cabeza a las más grandes damas. Obtuve estos detalles del
doctor Hervis, cirujano de las minas, quien se convirtió en el
equilibrista de otra señorita de nombre Escolástica.
Afortunadamente para don Francisco esos niños eran bastardos y no
tenían ningún derecho a la herencia de la señora Moreno.
Escolástica se destacaba entre su raza: morena, alegre, bien hecha,
ágil y de una audacia increíble; una noche cuando yo iba a recoger
mi caballo que se había quedado en Guamal, pasé el puente de
guaduas sobre el Supia y allí me encontré con un hombre que se
lanzó sobre mí, sable en mano; yo me puse en guardia e iba a darle
un golpe cuando mi agresor soltó una gran risotada: era Escolástica
que iba a donde Hervis, como sucedía desde un tropiezo que él había
tenido y lo había determinado a no volver a hacer este paseo
nocturno. Un día, poco antes de la salida del sol, yendo a la Vega,
vi los perros del Guamal que ladraban furiosamente cerca de un
horno para hacer pan. Me apeé del caballo para averiguar lo que los
enfurecía —todos los perros eran amigos míos— cuando una
voz lamentable que salía del interior del horno gritó:
—“don Juan, sáqueme de aquí, estos malditos animales hace
tres horas que me tienen acorralado”. Era Hervis, a quien las
circunstancias habían obligado a meterse allí en espera de un
instante más propicio para sus amores.
El cura de Río Sucio nos dio la bienvenida con una gran comida
que se sirvió en Quiebralomo. Las autoridades municipales, toda
gente de color, asistieron convenientemente vestidos aunque
descalzos. La cena fue pantagruélica, digna del siglo XV y tuvo
lugar en una casa cubierta de teja, relativamente un palacio. Lo
que sirvieron fue grandioso: se comenzó por “ollas
podridas” (pucheros) excelentes, pero que nos hicieron sonreír
porque para servirlos utilizaron vasos de noche de porcelana de
Wegdwood a manera de soperas, los cuales estaban
“vírgenes” porque se ignoraba su legítimo destino. Ante
cada invitado fueron colocados pequeños platos de barro que
contenían una gran cantidad de alimentos arreglados a la española.
Todo fue muy bueno, pero en demasía. Se nos sirvió al estilo ruso.
El postre fue curioso y suculento: compotas de frutas que nos eran
desconocidas. Se tomó vino seco de España, importado por el Chocó;
ron preparado en la región, por medio de la destilación del jugo de
caña fermentado. El capitán Walker se emborrachó, pero todo estuvo
correcto. El anfitrión permaneció de pie, ocupado en dirigir el
servicio, ayudado por una criolla, Manuela, conocida como la
maicera, su ama de llaves, mujer muy digna a quien vi luego
atendiendo a enfermos y convalecientes, sobre todo cuando eran
jóvenes.
El cura, padre Bonafonte, era un hombre muy caritativo, nacido
en el Socorro; contaré aquí cómo llegó a la misión de Río Sucio de
Engurumí: primero fue militar y dejó el servicio; era un
empedernido jugador y se hizo sacerdote. Cuando lo conocí tenía 68
años, bajo de cuerpo, bien conformado, con ojos azules de
sorprendente vivacidad, siempre alerta, lo veo leyendo su breviario
en su casa, con todas las puertas abiertas y expuesto a todos los
vientos. Nunca nos separábamos y me daba informaciones preciosas
sobre la región, especialmente sobre los indios chami, sus vecinos,
cuyas costumbres observé a fondo, ya que me encontraba diariamente
entre ellos.
El buen cura se lanzaba en toda clase de empresas: era un hombre
instruido y poseía una biblioteca de más de 60 volúmenes, entre
otros “El Teatro Crítico del Padre Feijó”, un jesuita
creo, que tenía una buena reputación en España. El padre Bonafonte
me mostró con orgullo mi nombre citado en la obra arriba
mencionada; era un artículo del reverendo padre Adán Boussingault,
religioso de la Orden de la Santa Cruz.
Un domingo, me invitó a asistir a una misa, en mi calidad de
católico, lo cual poco me interesaba; insistió y para serle
agradable, acepté. Después de la ceremonia dominical creyó su deber
pronunciar un sermón contra Voltaire y Rousseau durante el cual
argumentaba sobre cuál de estos dos impíos era el peor. Los indios
no entendían nada en absoluto, pues jamás he visto un indio
converso que atienda a un sermón. Una vez más asistí al servicio
divino, pero declaré que prefería quedarme en mi casa; el cura no
se molestó, solamente para lograr conciliar todo, me hizo esta
aburrida sugerencia: “don Juan, no tendrá que volver a la
misa, pero para hacer un acto de buen católico, hágame el favor de
tocar la campana para llamar a los fieles”. Todas las veces
que yo estuve en Río Sucio en domingo, nunca fallé en mis funciones
de campanero. Walker aseguraba que yo lo hacía a la perfección,
pero él era quien se tomaba los refrescos que el cura no dejaba de
enviar al campanero. Roulin decía que yo parecía el campanero de
Saint Paul, héroe de un melodrama famoso. Aun cuando las burlas no
faltaban, yo campaneaba de todas maneras.
Cuando, más adelante, me convertí en habitante de La Vega, en mi
calidad de superintendente de minas, mis relaciones con el padre
Bonafonte continuaron, pues mientras más conocía al buen misionero,
más lo estimaba. Era un apóstol y yo admiraba su celo religioso;
sin importar la hora, cuando lo buscaban para asistir a un
moribundo salía con buen o mal tiempo y algunas veces se internaba
dentro de la selva, expuesto a encuentros peligrosos con indios
desconocidos o con negros cimarrones del Chocó. Supe por su
sacristán que había estado en peligro varias veces; desde ese
entonces, le ofrecí acompañarlo cuando fuera a sitios peligrosos,
lo que aceptó confesándome que temía que le robaran su crucifijo de
plata, pues era el único que tenía y además lo apreciaba mucho.
Las gentes pudientes de Río Sucio habitaban en casas cubiertas
de paja que formaban una gran plaza. Los pobres, los indios puros y
los zambos vivían aislados en los claros de las selvas, cultivando
maíz y criando gallinas; estas chacras se extendían a grandes
distancias. Los días de fiesta estos dispersos habitantes, se
reunían en el pueblo y traían sus productos: gallinas, huevos y
raíces de yuca. Estas reuniones eran curiosas: cada persona tenía
en su rostro un tinte característico de su raza; entre esta
agrupación de familias, dignamente paseaban desnudos los indios
chamis, mis buenos amigos, con los cartílagos de la nariz, las
orejas o los labios adornados con anillos de oro y portando un arco
o una cerbatana, con su provisión de flechas envenenadas.
Me había vuelto muy popular como campanero: el padre, siempre
calzado con botas de montar, estaba listo tan pronto lo vinieran a
buscar para atender los últimos momentos de uno de sus feligreses,
y me rogaba que lo acompañase si debía ir muy lejos; yo tomaba mi
“aguja”, un espadón formidable y nos poníamos en camino,
¡y qué caminos!, fumando constantemente hasta llegar a nuestro
destino que generalmente era una miserable cabaña; después de haber
confesado y dado la extremaunción, regresábamos al pueblo.
“Otra alma salvada”, no dejaba de decirme mi venerable
compañero cuando poníamos el pie en el estribo. Yo era su
guardaespaldas y su gendarme; animado del celo religioso más puro
y, puedo añadir, el más desinteresado, el excelente misionero no
conocía la fatiga; digo el celo más desinteresado porque sus
feligreses que habitaban a grandes distancias no tenían
absolutamente nada que ofrecerle. El curato de mi viejo amigo,
visto en conjunto, era muy pobre; no recibía nada o casi nada y en
cambio daba mucho y me tomó bastante tiempo descubrir de dónde
provenían sus recursos.
De todas las empresas que había ensayado el padre Bonafonte, una
sola había tenido verdadero éxito y era el mantenimiento de un
burro reproductor, cuyo oficio era el de procrear muletos. El
animal, que era horrible, con pelos largos y embarrados, ocupaba un
pequeño cercado con muy buena hierba y era allí a donde le llevaban
las yeguas que debía servir y cumplía su oficio infatigablemente;
cuando vacilaba, se le administraban unos garrotazos y en seguida
comenzaba una carrera desenfrenada contra la bestia que huía y qué
de patadas recibía el asno, antes de lograr su victoria; su cuerpo
estaba cubierto de cicatrices. El cura recibía una piastra (cinco
francos) por cada logro del burro y en los buenos momentos, cuando
se le daba maíz, producía hasta 12 piastras en un día, lo cual era
todo para los pobres. Hoy día, cuando en una iglesia de París el
sacerdote me tiende su bolsa para la limosna y dice: “para los
pobres y los gastos del culto”, no puedo evitar pensar en el
burro del cura de Río Sucio.
Cuando el padre Bonafonte iba a mi casa, lo que más admiraba
eran mis instrumentos; el teodolito, las brújulas, el sextante, los
barómetros y los termómetros. Su sorpresa fue extrema cuando al
mostrarle el higrómetro de Saussure le dije que el pelo tendido que
veía, indicaba la cantidad de humedad contenida en el aire y que si
éste se alargaba más o menos, se podía predecir la lluvia o el buen
tiempo; en efecto, yo había observado que desde el despuntar del
sol hasta mediodía, a la una o aún a las dos, con un cielo puro y
poco nublado, la aguja del higrómetro andaba con gran regularidad
indicando “seco” y que cuando, la aguja, hacia las diez o
las once, en vez de seguir avanzando hacia “seco”, es
decir hacia el 0 de la graduación, permanecía estacionaria y con
más razón aún, si retrocedía, se debía esperar lluvia o
tempestad.
Algunos días después vi llegar al cura con aire preocupado y me
preguntó qué decían los instrumentos en relación con el tiempo.
Terminó al fin por confesarme que reinaba una sequía muy
perjudicial para los cultivos y que sus feligreses insistían en que
se hicieran plegarias y procesiones con el fin de recibir la
lluvia; el buen padre añadió: “mi iglesia se halla bajo la
protección de San Sebastián y no tendría ningún inconveniente en
hacer lo que se me pide, si no temiera comprometer la reputación
del santo, así que don Juan, cuénteme si de acuerdo con sus
instrumentos tendremos lluvia”.
En el momento de la consulta eran las once y la aguja avanzaba
rápidamente hacia el 0, el cielo estaba sin nubes así que aconsejé
dejar al santo en su nicho; sin embargo, la sequía continuaba y los
feligreses exigían una procesión; el padre Bonafonte quien creía
moderadamente en el poder de la intercesión del santo, venía todas
las mañanas a preguntarme qué decía el barómetro y si se podía
sacar a San Sebastián; mi respuesta siempre estaba sometida a las
indicaciones del higrómetro. Al fin un día famoso para el patrón de
la iglesia de Río Sucio, mi respuesta fue: “¡suelten al
santo!” De inmediato se organizó una procesión: la imagen de
San Sebastián, una imagen horrorosa, fue paseada durante una hora
y, a mediodía, un trueno anunció la tempestad. Desde entonces, cada
vez que se pedían procesiones para solicitar lluvia o sequía, el
cura no dejaba de consultarme, preguntando: “don Juan,
¿podemos sacar a San Sebastián?” y mi respuesta dependía del
estado higrométrico de la atmósfera.
Yo comencé a pasar inspección a las minas adquiridas
provisionalmente; mis ocupaciones fueron numerosas y mis relaciones
con la parroquia sufrieron necesariamente. Para poderse formar una
idea de la localización de los yacimientos en explotación que yo
debía examinar, trazaré en seguida un corte de terreno, de oriente
a occidente, desde Río Sucio hasta el río Cauca, paso real de Bufú,
que se halla un poco por debajo del paso de Velásquez.
La distancia de Río Sucio a Marmato es de cerca de tres leguas
en dirección occidente-oriente. Aunque las diferencias de altitud
son moderadas, el espacio comprendido entre los dos puntos extremos
es muy accidentado, pues el terreno es ondulado. Río Sucio se
encuentra sobre sienita pofídica; se sigue esta roca más o menos
modificada, más allá de Quiebralomo, en donde desaparece bajo un
depósito de apariencia arenácea con partículas finas de cuarzo, de
feldespatos y de anfibol, una arenisca con capas inclinadas sobre
las pendentes de sienita. He vuelto a encontrar casi en todas
partes esos depósitos singulares que se presentan como en pedazos.
Me ha costado mucho trabajo fijar su edad y aún no lo he logrado;
allí no se encuentran restos de seres orgánicos. Sin embargo, cerca
de Río Sucio, se han encontrado delgadas capas de lignito; ¿serían
esas areniscas arcosas derivadas de los pórfidos? Es posible. Para
los mineros esta es una roca estéril, en donde jamás se encuentran
filones metálicos.
Antes de llegar a Río Sucio, ya se está sobre el aluvión
aurífero, que cubre el fondo del valle con altitudes de 500 a 600
metros por encima del Cauca.
Después de haber pasado el llano, se llega a la ramificación que
lo separa del Cauca. Al dejar este depósito al Norte, se encuentra
y se sigue la sienita porfídica hasta su punto culminante, la boca
del monte, en donde uno se encuentra sobre una roca esquistosa,
esquisto micáceo y esquisto sienítico, el cual un poco más abajo,
descendiendo por el río, está en contacto con el pórfido. La roca
esquistosa parece engastada en la roca cristalina; se la puede
seguir hacia el riachuelo de Cascadel, por encima del cual,
subiendo hacia Marmato, aparece la sienita porfídica que baja hasta
la hacienda de Muruyá
|
*
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Allí la roca toma las características de la sienita propiamente
dicha por la presencia del cuarzo y de la mica, bastante raros
entre los pórfidos.
Las rocas dominantes del terreno del distrito de La Vega,
comenzando por su parte inferior, el Cauca, son entonces:
lo. Esquistos micáceos, talcosos o arcillosos;
2o. Sienita porfídica;
3o. Depósitos arenáceos (¿arcosas?) dispuestos en jirones;
4o. Un aluvión aurífero formado de restos de sienita porfidica.
La sienita porfidíca de Engurumí es la variedad dominante; es
una pasta de feldespato compacta (“petro-sílex”) en la
cual están diseminados bellos cristales de anfibol y de feldespato
blanco (ortosa). No se ve cuarzo y muy rara vez se encuentra
mica.
Yendo de Río Sucio de Engurumí a Quiebralomo, se modifica esta
roca que es de un blanco opaco; siempre es una pasta feldespática
que encierra una multitud de cristales de feldespato; su aspecto es
terroso y rara vez se ve el anfibol, pero sí se encuentran pequeños
cristales de hierro oxidulado y de piritas; así como todas las
rocas que pertenecen a los terrenos de sienita y de grünstein
porfídico, producen una ligera eflorescencia en contacto con
ácidos.
Los filones auríferos son numerosos en el pórfido de
Quiebralomo. Su dirección me ha parecido ser generalmente de sur a
oeste, casi vertical, de poco espesor. La ganga consiste en cuarzo
granulado, cal carbonatada y arcilla blanca. Allí se encuentran,
independientes, oro nativo, pirita, antimonio sulfurado, blenda y
algunas veces cinabrio. Todos estos sulfuros son auríferos; la
riqueza de estos yacimientos a veces es muy grande, aunque muy
variable; sucede que una vena explotada con provecho se estrecha de
repente y desaparece para reaparecer en seguida. Me mostraron un
filón sobre el cual una galería llevada a 2 metros rindió 1.000
pesos oro; a esta variación en los productos se debe el nombre de
“minas de tope” (minas de la suerte) dado por los mineros
a los yacimientos de Quiebralomo.
Las minas son explotadas en galerías que se abren sobre el río
de Santa Inés y el trabajo se ejecuta con barra, instrumento de
hierro que tiene en su extremidad una punta para picar y en la otra
un filo cortante, herramienta de los mineros en toda la América
meridional, que manipulada por un hombre robusto, reemplaza
ventajosamente los picos que se usan en Europa.
Los trabajos ejecutados sobre algunos filones de poca riqueza no
tienen más de 1 metro de altura; se trabaja acostado y el techo se
sostiene con troncos de madera muy dura, cuando la poca cohesión de
la roca así lo exige. El minero apenas puede respirar en la
posición en que se encuentra, lo que pude confirmar al examinar un
filón muy rico.
La mena “caliche” sale de la mina en sacos de cuero;
primero se retira la ganga, luego es triturado con molino de rueda
por mujeres y después se lava en la batea, especie de plato cónico.
El oro en polvo y en laminillas se recoge en el fondo de la batea,
mezclado con una arena negra en gran parte hierro con titanífero, y
se somete a una segunda lavada en un recipiente hecho de cuerno de
res; este es el procedimiento general de extracción de oro en todas
las minas de La Vega.
Cerca de la mina de San Leandro, sobre el depósito arenáceo que
ya describí, me llamó la atención un gran bloque de roca negra que
tenía la apariencia del basalto. Después de algunas investigaciones
encontré de nuevo esta misma clase de roca superpuesta al pórfido,
en las minas de Botafuego y de Sabaleta: allí tenía una altura de
unos 20 metros y ofrecía una división en prismas. La superposición
al pórfido era evidente, tanto así que en algunos puntos se podía
con la mano, cubrir la línea de demarcación entre las dos
rocas.
La roca negra es tenaz, sonora al martillo, con quebradura
ceroide; en ella se distinguen largos cristales de feldespato
vidrioso de un blanco amarillento y muy pequeños cristales de
piroxeno; al fundirla con soplete, produce un vidrio negro opaco;
no parece ser un basalto, sino más bien una traquita por el
feldespato vidrioso y la ausencia de olivina a pesar de la
disposición en prismas; no es muy común y parece estar diseminada
aquí y allá sobre el pórfido.
El oro que ha sido extraído de la mina de Botafuego, presenta la
particularidad de ser negro oscuro y reconocí por medio de
análisis, que la materia negra, que es superficial, consiste en
sulfuro de plata y en sulfuro de mercurio.
El depósito de aluvión aurífero que se encuentra al fondo de la
cuenca del Supía, parece reposar sobre terreno sedimentario
(arcosa), tiene un espesor de 3 a 5 metros y está formado por
cantos rodados de sienita porfidica.
Cuando me encontraba en el valle del Supía, los negros del señor
de Lema, trabajaban en la extracción de oro, encauzando una toma
del río para atacar el aluvión. Al abrir varias trincheras, los
restos arrancados por la impetuosidad de la corriente del agua, con
la ayuda de barras, eran dirigidos en canales; cuando los cantos
habían sido arrastrados por la corriente quedaba arena fina, negra,
la cinta, de donde los negros retiraban el oro por lavado. Este oro
tenía un color rojizo por lo que se le conoce con el nombre de
“oro colorado”.
Los trabajadores negros no estaban comprendidos en las ventas en
proyecto; la asociación se reservaba la posibilidad de alquilarlos
a sus amos, sin que esta cláusula hubiera sido especificada en el
contrato.
El aluvión aurífero del valle debía ser explotado por lavadores
de estaño de Cornualles, pero viendo a los negros pasar la mayor
parte del día con las piernas entre el agua fresca del Supía y la
cabeza expuesta a un sol ardiente, pensé que los europeos jamás
soportarían un régimen semejante, como sucedió más tarde: a los
pocos días los lavadores ingleses eran víctimas de las fiebres y
varios de ellos sucumbieron, por lo cual hubo que llamar de nuevo a
los negros.
El grupo de minas de Marmato es tan importante tanto por el
número de yacimientos, como por la composición geológica. Es allí
donde la sienita porfídica está más metalizada. Generalmente se
explotaba la pirita aurífera en filones de espesor variable que
llegaba algunas veces a varios metros aún de 6 a 7, en los
abultamientos. La roca es lo suficientemente sólida para que no sea
necesario entibarla. Los yacimientos principales tienen una
dirección este-oeste, vertical o poco inclinada. El muro y el techo
de los filones está formado por pórfido, ligeramente alterado; la
ganga es una arcilla blanca, untuosa y fácilmente trabajable. Por
la vertiente de la montaña muy inclinada hacia el Cauca, es por
donde se entra a las minas, frecuentemente superpuestas sobre el
mismo filón por medio de galerías horizontales. En los
abultamientos los trabajos se ejecutan en escalones, dejando
pilares de mineral para sostener el techo.
Independientemente de la pirita aurífera, se explotaba en
Marmato un “paco”, óxido de hierro hidratado, muy rico en
oro. También me mostraron un filón de Loaiza que produce diferentes
sulfuros: blenda, galena, pirita, burnonita, plata rojiza, plata
nativa, verdadera mina argentífera, cuyos trabajos eran por lo
demás insignificantes. En este conjunto de minerales encontré un
bello arseniato de hierro, cuya descripción y análisis he
publicado.