El doctor Roulin, viendo que mi estado se agravaba, pensó que
debía llevarme a un clima templado, tan pronto fuera posible. Me
acostaron en una canoa que me pareció más un féretro y en compañía
del cabo Jacobo y cuatro remeros remontamos el río. El doctor me
recomendó expresamente no tomar ningún alimento y mantener una
dieta absoluta. Las ideas de Broussais de tratar todas las
enfermedades por el hambre, eran adoptadas entonces por los jóvenes
médicos. Cuántos días seguí embarcado, no lo sé. Cuando volví en
mí, me encontré en una hamaca, en la casa cural de Giramena; allí
pasé dos días bebiendo limonada. Me puse en camino en dirección de
“tierra fría”, cuando se consiguieron unos caballos, es
decir, que para salir de los llanos tomé el mismo camino que
habíamos seguido para entrar. Me dirigí hacia Apiay al paso, bajo
un sol ardiente. El acceso de fiebre fue tan fuerte que me vi
obligado a detenerme en una miserable choza en donde pasé la noche.
También estaba allí un hombre horriblemente herido en una pierna
por un machetazo: ¡cómo gemía el infeliz y qué infección producía
la supuración! Al día siguiente, muy temprano, me subieron al
caballo y el cabo tuvo la precaución de amarrarme a la silla; el
llano estaba ardiente y pronto terminé mi provisión de agua. Por la
tarde llegamos a Apiay y me instalé en una casa construida con
guadua; supe que toda la familia que allí habíamos visto, había
muerto. Me arrastré al presbiterio y como lo había dicho antes, mi
joven monje estaba ya enterrado; puse una pequeña cruz sobre su
tumba.
De Apiay fui al vivaque de Gramalote; el abrigo se encontraba
como lo habíamos dejado; este sitio me pareció más fresco, pero
toda la noche el cabo tuvo que tirar piedra a los jaguares,
atraídos por nuestros caballos. De ahí se comienza a subir
insensiblemente, anduvimos a la sombra de las palmeras y fue un
gran alivio escapar a la insolación, pero persistía la fiebre y a
cada paso del caballo yo sentía fuertes dolores en los
miembros.
Al llegar al sitio de Servitá y tratar de bajar del caballo,
tuve un desvanecimiento; lo que sentí no fue doloroso: la vista se
oscureció de repente y cuando volví en mí, estaba tendido sobre la
hierba, con mi cabeza apoyada sobre el seno de una muchacha
arrodillada, que me hacía tragar un huevo tibio. Mi cabo maldecía
en alemán y español, atribuyendo mi extrema debilidad a la dieta y
decía que de ahí en adelante todo cambiaría, porque si me obstinaba
en no comer nada, no llegaría jamás a Bogotá.
De Servitá, en donde pasé la noche bien cuidado por la joven
mestiza que me hizo tomar no sé qué infusión, esperaba llegar a la
hacienda de la Cabuya, lo cual no se pudo, pues la fiebre fue tan
intensa que tuvimos que pasar la noche en la selva, tan espesa en
ese sitio, que nos fue imposible prender fuego para alejar a los
tigres. Mi hamaca fue suspendida entre dos árboles; el cabo cargó
de nuevo su carabina, prendió su pipa y se sentó sobre una piedra.
La luz de la luna penetraba a través de las hojas y esta escena
nocturna debía tener algo de fantasmal: un joven oficial moribundo,
velado por un veterano de las guerras de la Independencia, ¡con una
dedicación maternal! Frecuentemente yo pedía de beber, el cabo me
daba algunas gotas de agua, luego sentía que me ponía en la boca un
pedacito de algo resistente que tragaba con mucha satisfacción y me
gustaba: él continuaba alimentándome y así me dormía. Al despertar,
pedía de beber para recibir al mismo tiempo lo que creía ser una
píldora.
—“Jacobo, es increíble cómo lo que me das de comer sabe
a ron”, le dije.
—“No tiene nada de raro, porque yo masco la carne y tomo
un poco de aguardiente encima”.
El buen soldado pasó toda la noche haciéndome tragar carne
masticada y me encontré tan bien que cuando amaneció pude montar a
caballo sin ayuda.
El cabo estaba orgulloso de esta curación; yo tenía todavía un
poco de fiebre y la frescura de la mañana me hizo sentir una
sensación agradable. Llegamos temprano a Cabuyaro, en donde me
acostaron sobre un cuero de res. Me sentía muy mal, el camino me
había cansado y me rodearon las mujeres de la hacienda; ellas
aparecen siempre cuando hay dolor.
A la vieja mamá le costó gran trabajo reconocerme y decía:
-“Vean cómo ha cambiado, a todos les sucede cuando regresan
de los llanos”, y se alejó gritando: “¡rápidamente que se
le dé de comer, si no, va a morir!” Pronto me trajeron un
tazón de sopa de arroz que tomé en presencia del cabo, quien
después colocó cerca de mi cama, o más bien, de mi cuero de buey,
una calabaza llena de agua. La noche llegó y con ella una fiebre
violenta; tomé ávidamente el agua de mi protector, que en realidad
era guarapo, bebida alcohólica de jugo de caña fermentado. Por lo
menos tomé tres litros y me dormí en un estado cercano a la
borrachera. Al despertar me sentía mejor pero muy débil; llegué a
Cáqueza en donde una buena mujer me ofreció hospitalidad,
diciéndome: —“Entre a mi casa, yo le cuidaré porque veo
que está muy enfermo”. Inmediatamente procedió a prepararme un
excelente caldo, aun cuando le hubiera advertido que no tenía ni un
cuartillo en el bolsillo.
Decididamente la fiebre me había dejado y me sentía un poco más
fuerte. ¿Sería el efecto del clima templado o porque, gracias al
cabo, había contravenido las recomendaciones de Roulin, al romper
la dieta? No lo sé. De todas maneras me mantenía a caballo y llegué
de un jalón, de Cáqueza a Chipaque. Había llegado a la meseta; me
detuve en una cabaña de indios en donde pasé la noche en mi hamaca,
aun cuando hacía bastante frío (12°) y bien me convino.
Efectivamente, por la mañana al levantarme, vi al cabo acostado
sobre una estera, durmiendo profundamente. Al acercarme para
despertarlo me di cuenta de que su uniforme de paño azul estaba
completamente blanco, cubierto de grandes piojos, en prodigiosa
cantidad. Cuando el buen hombre se levantó llovían insectos. Se
consoló regañando al dueño de casa. En las regiones frías, bajo el
régimen de los incas, de los zaques y de los muiscas, el indio
convivía con los piojos; sigue siendo así todavía. Después de todo,
el piojo es mucho menos incómodo que la pulga.
Hice mi entrada a Bogotá montado sobre uno de esos caballitos
(macho) de la cordillera, que no conocen otro paso sino el del
galope. Una vez instalado en mi alojamiento, la casa de Mutis, me
hice una limpieza muy necesaria para salir de los parásitos que
había traído de Chipaque; fui en seguida a hacer una visita a la
señora R.... ¡Cómo era de linda! ¡Qué felicidad volvernos a ver!
Una comida fina y un postre delicioso, pero esto era demasiado para
un convaleciente, porque me creía convaleciente. Al día siguiente,
después de haber tomado mi café, me vino un violento acceso de
fiebre, con unos fríos aterradores: ¡mis dientes castañeteaban y no
recordaba haber sufrido tanto en los llanos! Luego vino el sudor y
el acceso de calor. Tuve una extraña visita cuando la fiebre estaba
bajando: la pieza que yo habitaba era muy espaciosa y tenía por
mobiliario un camastro, mis baúles y algunos asientos; vi entonces
entrar a un hombre envuelto en una sábana, que andaba sin mirarme y
se dirigía hacia una alacena de donde retiró algunos cubiertos de
plata; este hombre, amarillo y flaco, que se arrastraba con
dificultad, era Bourdon, el naturalista, que nos había llevado a
San Martín los despachos del gobierno. No había pasado más de dos
días en los llanos y sin embargo las fiebres se habían manifestado
a su regreso a las regiones templadas. Al verlo le dije:
—“Bourdon, no he muerto todavía”.
—“¿Ah! entonces excúseme, volveré más tarde”.
Bourdon era un hombre instruido, pero ladrón por temperamento.
Robaba todo lo que estaba a su alcance. Antiguo cirujano militar
durante la guerra de España, probablemente tenía la costumbre de
despojar a los moribundos.
La fiebre ya no me dejaba, era remitente; cuando bajaba, mi
espíritu estaba bastante lúcido, reconocía a mis amigos y aún
hablaba con ellos. Un día vi entrar al excelente canónigo
Céspedes:
—“Mi hermana me envía para confesarlo, pero
tranquilícese, le hablaré de botánica”. Fue lo que hizo
inútilmente, pues yo no estaba en capacidad de escucharlo. Cuando
mejoré, la hermana del canónigo me decía: —“Si usted no
ha muerto es porque Dios le tuvo piedad, no quiso que muriera sin
confesión”. La señorita Céspedes era una santa mujer; sin
embargo, adquirí la prueba de que ocasionalmente servía de
alcahueta a la esposa de ministro del interior, una excelente y
gorda dama que gustaba de muchachos muy jóvenes.
Mi coronel José María Lanz venía a verme todos los días y aun
varias veces al día. Juzgó que mi caso era tan grave que me hizo
transportar a su casa. Me colocaron en una silla de mano acompañado
por un artillero: en esa clase de vehículo ordinariamente se
llevaba el viático a los agonizantes, de manera que cuando mi
cortejo atravesó la plaza de mercado, todo el mundo se arrodillaba
a mi paso. Me acomodaron en casa de la gorda señora Gertrudis, en
donde tuve una cama con un colchón. Lanz no me dejaba: era un
increíble enfermero y eso era lo que necesitaba porque durante 15
días persistieron las fiebres. En mis momentos lúcidos entreveía a
la señora R .... que lloraba a lágrima viva; no había ningún médico
extranjero en Bogotá, lo cual me salvó; un inglés o un francés, no
se habrían atrevido a administrar la quinina, Ibáñez, un médico de
la facultad de Bogotá, me la dio en fuertes dosis con jarabe de
naranjas agrias, medicina que me hacía tomar el coronel Lanz a
horas fijas, con la precisión matemática que era una de sus
costumbres. Cada 24 horas tomaba 60 gramos de quinina en polvo: la
fiebre cedió en algunos días y entré en convalecencia, ¡pero en qué
estado! Escasamente podía tenerme en pie; había perdido mis
hermosos cabellos rizados. Según el coronel Lanz, estaba reducido a
mi propio eje. Mi memoria se había debilitado tanto como yo
mismo.
Cuando pude hacer algo pasé mis días elaborando extractos de
libros de cocina y no conseguí salir sino unas dos semanas después
de haber dejado la cama. No pensaba sino en comer y entraba
frecuentemente a las confiterías, en donde me llenaba de golosinas.
La señora R... me ofrecía pequeñas comidas finas a las que siempre
asistía el coronel Lanz.
Durante mi convalecencia tuve que cuidar a mi pobre coronel Lanz
quien sufrió una hemorragia pulmonar que sólo se detuvo cuando
trasladamos al enfermo a 1.500 metros por debajo de Bogotá.
Roulin y Rivero regresaron a la meseta con fiebres y el primero
tuvo una grave enfermedad del hígado. ¡Cuántos sufrimientos para
conocer el curso del río Meta! Para mí fue un eclipse de dos meses
en mi existencia. Habiendo recuperado mis fuerzas, volví a trabajar
al principio de junio de 1824. Fue entonces cuando hice mi primera
excursión a las minas de sal de Zipaquirá.