Verdaderos bosques de palmeras (palmichales) se encuentran en
los alrededores de San Martín de los Llanos: ofrecen grandes
recursos por las frutas comestibles que producen y también por los
animales que albergan. Del “cularo”, palmera muy común de
tronco espinoso y hojas digitales, se hacen bastones e instrumentos
de música. El “unama” produce una especie de nuez que
contiene una almendra comestible; con las fibras los indios
preparan “birotas”, flechas livianas, cuya punta untada
de “cumare” sirve para matar pájaros al ser lanzada con
la cerbatana; del cumare, la más alta de las palmeras, se obtienen
fibras para hacer hamacas; el “pipiral” produce frutos
harinosos; cada año el “chiquichiqui” produce una especie
de cabellera con la que se preparan encordados de notable solidez y
elasticidad. Pero, entre las plantas que producen gran sorpresa por
la importancia y amplitud de sus aplicaciones, se debe colocar en
primera fila la palmera “moricho” (caucus mauritia)
conocida por los misioneros con él expresivo nombre del árbol de la
vida. Además de sus nutritivos frutos, que antes de llegar a la
madurez ofrecen un alimento amiláceo y cuando están maduros se
extrae de ellos aceite también los cogollos son alimenticios. De la
parte fibrosa de su corteza se hacen telas y hamacas, con la hoja
verde se trenzan sombreros y velas para las embarcaciones y hasta
la corteza de sus frutos procura a los indios un vestido muy
adecuado. La savia, rica en materias azucaradas, produce al
fermentarse un licor embriagante; el tronco antes de la
fructificación, contiene una médula de la cual se hace pan y cuando
aquella se putrifica, nacen gusanos blancos en grandes cantidades,
que los caribes consideran un bocado delicioso: en fin, el tronco
del mauritia produce excelente madera de construcción.
Los palmichales, dispersos en los llanos a manera de oasis
ofrecen naturalmente un asilo a los animales y les aseguran su
alimentación. En esos bosques se encuentran bandas de pecaríes,
cerdos almizclados, que pasan como un torrente, derribando los que
encuentren a su paso; ¡desafortunado aquel que por casualidad se
encuentre ante un rebaño lanzado a toda velocidad! Sería volteado y
pisoteado. Se atribuyen las carreras locas de estos animales a la
persecución de los tigres, cosa que me parece dudosa. Un tigre, en
un instante, mataría suficientes cerdos salvajes para comer durante
muchos días. Sea lo que fuera lo que causa el paso de los pecaríes,
los indios tan pronto lo saben, establecen un puesto fijo sobre un
árbol al pie del cual pasará la manada, armados de chuzos que
entierran en el lomo de los animales; cuando ha pasado el torrente,
recogen los muertos y se los llevan, si no están lejos de su
vivienda; de lo contrario, permanecen en el sitio de la cacería
hasta saciarse de carne de cerdo.
Una mañana, cerca de San Martín, encontré un coreguaje chuzo en
mano y cargado de un pecar; lo seguí a su casa en donde asistí al
asado del animal, lo cual se hizo sin haberle quitado el cuero. El
indio no reparaba en mi presencia, como si yo fuese el hombre
invisible y cuando el asado estuvo a punto yo corté un pedazo; es
una carne extremadamente grasosa, cuyo olor me repugnó; el indio y
su mujer devoraron la ración; el pecarí pesaba a lo sumo de 12 a 15
kilogramos.
En los palmichales hay tapires, dantas, gacelas y varias
especies de tigres y jaguares. Las frutas atraen también a los
monos y a los pájaros.
Yo tenía muchos deseos de asistir a una cacería con birotas,
esas finas flechas que tienen su punta mojada en curare. El buen
cura me consiguió un indio coreguaje, que tenía una cerbatana de
1,50 m de largo y llevaba a la espalda un carcaj lleno de flechas
envenenadas. Tan pronto llegamos al bosque vimos un pájaro del
tamaño de una gallina, especie de paujil, parado sobre una rama;
llegados a una distancia de 6 a 8 metros, mi cazador lanzó una
flecha que se clavó en el muslo del animal, que cayó muerto cinco
minutos después de haber sido herido. En ese momento, el indio, con
la cerbatana apoyada en el piso, me hizo entender pon un gesto
imperioso, que yo debía recoger el ave. Durante un momento admiré
la postura del coreguaje y la belleza de sus formas, pero
reflexioné que me estaba faltando al respeto y le apliqué sobre las
nalgas una sonora palmada. Es por cierto fácil azotar a una persona
sin pantalones. Con un gesto significativo, mucho menos plástico
que el suyo, le ordené recoger el producto de la caza, lo cual hizo
caminando lentamente con gracia y dignidad. De regreso a San
Martín, el cabo Jacobo preparó un muy buen guisado de paujil. De
cuando en cuando yo hacía una excursión a Iraca, situado a una
legua al norte de San Martín, cerca del río Ariari, perteneciente a
la cuenca hidrográfica del Amazonas.
Iraca es una misión sin misionero: la iglesia estaba vacía. Los
habitantes son coreguajes que tienen pequeños cultivos de maíz y
algunas chacras en la selva; tienen un intercambio comercial
permanente con los indios bravos del interior que traen hamacas,
flechas y aún puntas de lanzas hechas en metal, que consiguen en
las misiones del alto Orinoco. Pero los objetos de intercambio más
apreciados en Iraca son el curare, preparado en el Río Negro,
arriba de los raudales y el achiote pigmento rojo. Las razas de
América tienen la costumbre de teñirse la piel de rojo y en algunos
casos rompen la uniformidad de este tinte, por medio de dibujos
amarillos, azules o negros. Los indios del Orinoco y de sus
afluentes usan dos materias colorantes: la bija u onoto, que se
obtiene de la superficie de los granos de la bixa orellana, árbol
muy conocido en las colonias, y el achiote, fécula que se retira de
las hojas de una planta enredadera de climas calientes, la bignonia
chica que vi en el jardín del cura de San Martín. Cuando se
mastican las hojas de bignonia, la saliva adquiere un color rojo.
Para extraer el achiote, sus hojas se hacen hervir en agua y se
pasa a través de una tela el líquido que condene en suspensión la
fécula roja; para apresurar la precipitación se añaden algunos
pedazos de la corteza de un arbusto llamado “arayumo”; la
fécula se lava y con ella se hacen galletas redondas de 5 a 6
pulgadas de diámetro, por 3 de altura y luego se pone a secar.
Existe un gran consumo de ese pigmento y me han asegurado que
los indios, para aplicar el achiote sobre la piel, lo trituran con
aceite de huevos de tortuga. La ventaja que presenta el achiote
sobre el onoto en la pintura aplicada sobre el cuerpo, es que
resiste la acción de la luz, mientras que el último desaparece
rápidamente cuando se expone al sol. Esta tendencia a pintarse me
hizo divertir en Iraca: no hacía dos horas que había llegado,
cuando varios indios desnudos vinieron a visitarme, con sus cuernos
teñidos de manera que imitaban mi vestido de levita azul con cuello
rojo, adornos rojos, solapas negras, botones de plata, pantalón
rojo y botas, todo pintado sobre la piel; desde luego el pantalón
era muy ceñido.
En San Martín tuvimos la ocasión de observar un oso hormiguero
que es un curioso animal. Introduce su muy larga lengua en los
hormigueros para que ésta se recubra de insectos, los cuales devora
después. Es comprensible que por los servicios que presta
destruyendo las hormigas, este animal sea tan bien apreciado. El
doctor Roulin tuvo el inatajable deseo conseguir un animal para
hacer su anatomía; comenzó la cacería que fue terrible; el oso
hormiguero tiene patas dotadas de uñas formidables; se dice que una
vez tendido sobre el lomo, es capaz de destrozar un jaguar, de lo
cual dudo, ya que su mandíbula es nula. Sin embargo, sí destrozaría
a un hombre y el doctor, al quererlo agarrar, escapó de un grave
peligro, gracias a un habitante de San Martín quien mató al oso de
un lanzazo.
Acompañado por el comandante de las milicias, visité la región
comprendida entre San Martín e Iraca; allí se ven cultivos de poca
importancia y bastante ganado; en una hacienda fuimos recibidos por
el propietario, un mestizo casi blanco. El comandante no quiso
aceptar nada de lo que allí se nos ofrecía y caí en la cuenta de
que se las arregló de manera de no darle la mano al hacendado. Tuve
la explicación a esta reserva, cuando salimos de la propiedad; el
hombre que habíamos dejado tenía fama en la región de haber
asesinado a su mujer y entregado su cadáver a los gallinazos.
En esas residencias aisladas los crímenes permanecen impunes.
“¿Concibe usted hacer devorar tres mujeres por aves de
rapiña?”, decía el comandante, pues esta circunstancia era un
agravante del crimen, lo que me recordó una historia que tuvo lugar
en una región vecina del Casiquiare: un indio sáliva estaba
convencido de que su mujer lo engañaba; la estableció
confortablemente en el interior de la selva, la alimentó bien y
cuando estuvo “en su punto”, la mató y se la comió en
diferentes cenas. En una palabra, procedió contra la infiel como,
en su calidad de antropófago, lo hubiera hecho con un enemigo.
En el curso de esta excursión tuve la oportunidad de constatar
la gran abundancia del rocío en los llanos, cuando las condiciones
meteorológicas son favorables a su aparición. Nos acostamos varias
veces al aire libre, sobre la hierba y me envolvía en una cobija
para defenderme de la picadura de los zancudos. El cielo estaba
claro durante la noche; la atmósfera absolutamente calmada; al
levantarse el sol mi cobija estaba tan mojada que al torcerla
chorreaba agua; se sabe que la lana es uno de los cuerpos cuya
temperatura baja más durante la irradiación nocturna; como ya dije,
la hierba del llano estaba cubierta de abundante rocío.
En los llanos de San Juan los bosquecillos de palmeras son muy
frecuentes y contienen mucha caza. Los ciervos son muy comunes y
era un espectáculo interesante ver a esos animales aparecer en los
claros, mirar en todas direcciones y salir corriendo hacia otro
palmichal; nada más gracioso que su paso, la vivacidad y la
elegancia de sus movimientos. Me detuve inmóvil para admirar estos
bellos cuadrúpedos y rara vez vi más de dos juntos. En los llanos,
donde vienen a terminar las pendientes de la cordillera, no hay
motivo para temer a las inundaciones y es probablemente, por la
seguridad que brindan, que los palmichales se convierten en un
lugar de refugio para los animales.
San Martín está a 432 metros por encima del nivel del mar y por
consiguiente a más de 200 metros por encima del Meta, en una de las
partes más elevadas de su recorrido. Se habían impartido órdenes al
gobernador de la provincia para que se nos procuraran embarcaciones
y estábamos listos para salir. Yo había tenido buena suerte en la
observación del primer satélite de Júpiter y su inmersión, lo mismo
que una buena altura meridiana de la constelación de la Cabra: la
posición geográfica de la población estaba por lo tanto
convenientemente establecida. Durante la observación meridiana de
la estrella, me sucedió algo bastante desagradable: nada que
sorprendiera más a los indios que verme observar un astro con el
anteojo. Estaba rodeado de varios coreguajes, silenciosos como
siempre, inmóviles y disimulando su curiosidad. La altura doble
había sido tomada afortunadamente porque, cuando entré a mi
alojamiento para guardar el sextante, los indios comenzaron a
mirarse en el mercurio del horizonte artificial, haciendo grandes
esfuerzos para coger el metal.
Hubo una disputa y cuando salí para recoger los instrumentos,
encontré el horizonte volteado, el mercurio perdido y los indios
desaparecidos. Por suerte tenía mercurio de reserva; pero no hay
nada más triste que perder un objeto útil cuando se está en la
imposibilidad de reemplazarlo fácilmente.
Yo había hecho algunas observaciones sobre las variaciones
barométricas diurnas, sobre la temperatura y sobre el estado
higrométrico del aire. El higrómetro de Saussure se mantenía entre
72° y 84°; el termómetro entre 20,4° y 31°. Esta temperatura
relativamente baja se puede atribuir al viento que soplaba
constantemente durante el día.
Antes de dejar San Martín visité de nuevo las casas de varias
familias: habían tenido una pesca milagrosa de manera que encontré
a los indios tendidos apaciblemente en sus hamacas, comiendo
pescado cocido en agua, sin ningún condimento, mientras que las
mujeres mantenían vivas las llamas. Tuve la oportunidad de ver
preparar el pan, o más bien la torta de casabe, y de conocer la
yuca, cuya raíz es muy venenosa cuando está cruda, pero cocinada en
agua o asada, ya no tiene más veneno; se asegura que el tóxico es
ácido prúsico, que el calor expulsa debido a su gran volatilidad.
Para hacer la torta de casabe se toma la raíz cruda y se raspa con
un rallo muy curioso un pedazo de tronco de palmera en cuya
superficie se han implantado fragmentos de cuarzo; la pulpa se
coloca en una larga manga hecha de hojas de palmera trenzadas; el
jugo escurre gota a gota y como es ligeramente azucarado atrae las
moscas que mueren tan pronto lo han probado. La pulpa, una vez
escurrida, se cuece sobre un plato de arcilla muy caliente; las
tortas, una vez cocidas tenían un diámetro de 33 centímetros, por
un espesor de 3 a 5 milímetros y estaban ligeramente tostadas en la
superficie. Hicimos una buena provisión de ellas, ya que se
conservan bien en los climas húmedos y reemplazan perfectamente el
pan y el bizcocho de maíz que los indios poco utilizan, ya que
prefieren llevar maíz tostado en sus peregrinaciones.
El 4 de febrero, después de haber pasado once días en San
Martín, nos despedimos del cura Joaquín Guazi y en compañía del
comandante Castro, salimos hacia el río Meta. Cerca de las nueve
montamos a caballo; antes de llegar al río Humadea, habíamos pasado
la quebrada Rubiana. Más allá del Humadea, encontramos uno de sus
afluentes, el río Guano; eran las cinco cuando nos detuvimos en
Machica, casa aislada en donde debíamos pasar la noche. En un
pequeño bosque, a poca distancia del Humadea, nos mostraron una
magnífica orquídea, cuya flor parece un reloj.
En Machica, gracias al comandante, tuvimos una excelente cena;
pero en la noche los zancudos cenaron con nosotros y no nos dejaron
dormir; además todos habíamos soportado durante el día, una penosa
insolación, Por la tarde conseguí la latitud de Machica, tomando
una altura de la Cabra. Yo era el especialista de las observaciones
de estrellas y Rivero; se había reservado la de la preparación del
café, utilizando como filtro uno de mis calcetines que a veces
dejaba de lavar, aun cuando los hubiese usado durante varios días.
Después de una noche sin sueño y una tasa de café con leche,
tomamos los caballos al despuntar el Sol.
El día estaba espléndido y al fin teníamos a la vista los
llanos, que recordaban el océano por su inmensa extensión.
Encontramos varias manadas de caballos salvajes que huían a nuestra
vista. Cuando no se ha visto el caballo libre en la estepa no puede
hacerse una idea completa de la belleza y de la gracia de
movimientos de este noble animal. Los grupos al galope,
desaparecieron en un instante. Qué diferencia con el ganado,
acostado tranquilamente al sol y al que nada asusta, rumiando al
aire aceptan con satisfacción a los garrapateros, (crotophaga
major) aves que se alimentan de garrapatas y de otros insectos que
tienen en la piel o que se esconden en el pelo. Hacia el mediodía,
la insolación era insoportable; a pesar de una brisa noreste y de
nuestros sombreros de jipijapa, todos sufríamos y deseábamos
fervientemente un abrigo. En la lejanía, algo móvil se vio en el
horizonte y pronto creímos distinguir algunos niños, pero eran tres
hombres armados de flechas que iban de cacería. A las 5 entrábamos
a Giramena, en donde pronto nos rodearon los indios, quienes traían
bananos, casabe, caña de azúcar y una gran cantidad de huevos secos
de tortuga, cuya cáscara arrugada tiene la apariencia de una
vejiga; comí en exceso porque me parecieron excelentes.
La hija del alcalde tenía las pantorrillas pintadas con achiote.
El dibujo representaba bastante bien un zapato y sus hombros eran
azules. Conseguí entonces el secreto de esa pintura: se produce con
la fruta de un árbol llamada “yagua” y es una especie de
manzana de pulpa blanca, con la que se frota el cuerno; poco a poco
aparece el color azul índigo, pero sobre un papel o sobre una tela
no se manifiesta la coloración; se necesita que sea sobre la piel y
probablemente con sudor. Fue con ayuda de la “yagua” que
en Iraca habían imitado mi uniforme. Me teñí un brazo frotándolo
con la “yagua”; la coloración azul apareció en menos de
dos horas y persistió durante varios días. Este tinte no desaparece
con el Sol, sino por la renovación de la epidermis.
La iglesia de Giramena nos pareció curiosa: algunos pedazos de
marcos dorados, revestidos con pieles de animales, eran los únicos
objetos de veneración. No había crucifijo, ni confesionario, ni
cura, pues los indios rehusaban terminantemente confesarse. Son
pésimos cristianos que no admiten el sacramento del matrimonio,
pero son muy industriosos y fabrican, con fibras de palmera, unos
sombreros que son muy apreciados.
Por la noche, aun cuando me sintiera indispuesto, tomé una
altura meridiana de Canopus; durante el día, a las 2, el termómetro
marcaba 34,5°. Los indios son una mezcla de achaguas y de
amarizanos, al igual que entre Iraca y San Martín, son los
pobladores de Tamas, de Omoas y de Pamiguas, clanes insignificantes
que no habría ni siquiera mencionado, si no presentaran la
particularidad de que, aun cuando muy vecinos y de la misma raza,
no hablen el mismo idioma. Lo mismo ocurre en el alto Orinoco. En
cuanto a la fisonomía, pertenecen a la raza cobriza y si en las
misiones se encuentran narices europeas, las atribuyo a la
influencia de los curas, todos de raza blanca o mestiza. Si alguien
duda de la influencia de los monjes sobre las características de la
comunidad, diré que mi amigo Gutiérrez, cura de Guaduas y después
canónigo de Bogotá, reunía en su mesa 20 niños que había tenido con
mujeres blancas, indias, negras, mestizas, zambas o mulatas
indudablemente era un buen padre de familia.
De acuerdo con las informaciones obtenidas del comandante, anoto
aquí unos datos de San Martín:
Giramena: 12 leguas castellanas de 3 millas al
este.
Iraca: 5 leguas castellanas de 3 millas
al SSE.
San Juan: 10 leguas castellanas de 3 millas al
SSE.
La Concepción: 30 leguas castellanas de 3 millas al
sur.
Encontré que Giramena tiene una altitud de 216 metros que es
exactamente la del río Humadea, en el punto de su unión con el río
Nare, en donde debíamos embarcamos. En realidad, Giramena es el
embarcadero del alto Meta, aun cuando la navegación no sea factible
para las grandes canoas y las piraguas de vela sino a partir de
Marayal. Aquí el Meta es ya un gran río, más ancho que el Sena,
aguas abajo de París; la corriente era rápida, aun cuando luchaba
contra un fuerte viento del Este.
Con frecuencia yo iba por la mañana a tenderme sobre la playa
del río para fumar un cigarro, gozando del fresco; un día noté las
idas y venidas de gentes, cosa que no me explicaba: un indio o una
india pasaban dignamente, entraban en el agua hasta la cintura,
miraban al oeste aguas arriba, permanecían inmóviles durante
algunos minutos, luego salían del río y regresaban al pueblo.
Descubrí por fin que esos indios entraban en el Meta para
satisfacer una necesidad, para sentir, de acuerdo con la expresión
del doctor Alambest “el único placer que no dejaba malos
recuerdos”.
Convengamos en que no todo el mundo tiene un excusado tan
grandioso. Por lo demás, es un instinto particular de las razas
nómadas disimular sus excrementos a fin de despistar al
enemigo.
Estos indios eran amarizanos y achaguas, de un carácter muy
suave, como los de Iraca. Mientras medía a algunos de ellos,
estaturas entre 1,50 y 1,60 metros, sentí un violento dolor en
todos mis miembros que me obligó a tirarme en la hamaca, donde
sufrí un terrible acceso de fiebre. Durante toda la noche los
indios mantuvieron el fuego encendido en la casa donde yo habitaba,
cosa bastante incómoda. Siempre he observado que al hombre desnudo
le gusta calentarse, durante la noche, aún en los climas más
calientes. Desde mi hamaca veía las caras de tres indias, sentadas
sobre un banco y a quienes mis gemidos hacían reír a carcajadas; le
pedí al cabo Jacobo que bajara con el fin de no ver los rostros de
estas mujeres, pero fue peor porque ahora veía reír los vientres.
Nada más espantoso que un estómago riéndose a carcajadas,
contrayendo el ombligo con los movimientos más raros y más
desordenados. El cabo Jacobo logró hacer salir a las indias
inoportunas con algunos fuetazos. Mi fiebre no cesaba; una especie
de sacristán me regaló una medalla con la efigie de Nuestra Señora
del Carmen, de las que preparan y venden los capuchinos de una
misión del Orinoco , como un remedio milagroso contra las fiebres:
la medalla se tritura y se disuelve en agua para beberla. El hecho
es que sentí una momentánea mejoría. ¡Astutos estos capuchinos! Su
imagen bendita es una mezcla de arcilla plástica y de quinina.
Al día siguiente, aun cuando me había tomado toda una Virgen,
aumentó la fiebre. Es que cuando se vive en una atmósfera en donde
la fiebre es común a sus habitantes, sea cual fuere su causa, la
quinina produce poco o ningún efecto y eso lo saben, por cruel
experiencia, los pobres religiosos de las misiones. “¡Tengo 20
años de calenturas!” le decía a Humboldt un misionero del río
Negro, quien no cesaba de temblar. Se sufre sin tomar medicinas y
no se recupera la salud sino huyéndole al foco de infección; la
mejoría es lenta y los accesos son periódicos y no desaparecen sino
después de varios meses de permanecer en un clima sano.
Procedimos a embarcamos cuando llegaron las canoas y nada más
divertido que nuestra mudanza: para llevarla a cabo habían puesto a
nuestra disposición una cincuentena de indios pintarrajeados de
rojo con achiote; cada uno llevaba un solo objeto por pequeño que
fuese; uno cargaba una pluma metálica y se necesitaban dos para
llevar un par de botas; seis libros demandaban seis individuos. La
procesión marchaba ceremoniosamente bajo la inspección de un
regidor pintado de rojo como sus administrados, pero que no llevaba
más que la vara de comandante.
Las mujeres formaban una calle desde el pueblo al río y yo
cerraba el cortejo, sosteniéndome difícilmente. Me acostaron en una
canoa y tuve un acceso tan violento que comencé a delirar. Mis
compañeros que también temblaban, estaban muy inquietos y tenían
tristes presentimientos.
Los ríos, lo mismo que las selvas húmedas y calientes de las
regiones ecuatoriales, son funestos para la salud. Loefling,
discípulo de Linneo, murió en las riberas del Caroní; Humboldt y
Bonpland casi mueren en Angostura, sobre el Orinoco y yo recordaba
que un joven naturalista sueco falleció en pocas horas debido a las
fiebres, al desembarcar en Honda, sobre el río Magdalena. En el
poco equipaje de esta víctima de la ciencia, había algunas plantas
secas y la miniatura de una linda joven, su hermana o su novia;
estaba también el perrito que lo acompañaba y que costó mucho
trabajo retirar del cadáver, ya que sus aullidos provocaban
lágrimas.
Nuestros indios remeros no escaparon a la enfermedad. En el
momento más fuerte del acceso de fiebre y por consiguiente antes
del abundante sudor que sigue a este período, se botaban al agua y
experimentaban mejoría. En Marayal nos transbordaron a grandes
canoas; el viaje por el río había sido lento debido al viento del
Este, lo suficientemente violento para causar olas. Por la tarde
atracábamos, se prendía fuego en la playa y se cocinaba. Rivero,
temblando de fiebre, preparaba siempre el café; yo ya no tomaba la
altura meridiana de las estrellas, pues estaba en un estado de
postración total y no tenía conciencia de lo que sucedía a mí
alrededor. De Giramena en adelante, ya no llevaba el diario. Lo que
voy a contar lo anoté de mis compañeros, porque aun cuando yo
asistía al incidente, no me daba cuenta. Por otra parte nada tan
monótono como una navegación entre dos playas áridas.
En un vivaque nos encontramos al despertar rodeados de un gran
número de indios armados que esperaba nuestro despertar; el
centinela roncaba pacíficamente cerca de su hijo, acostado sobre la
arena. Nos tranquilizamos con la aparición de un monje franciscano,
largo, seco y que llevaba un monstruoso sombrero. Nos contó que iba
con sus neófitos a recoger huevos de tortuga. Roulin tuvo la
cortesía de ofrecerle un frasco de ron a medio llenar, el cual
bendijo con mucha compunción y luego, con gran alarma nuestra, tomó
hasta la última gota: era lo último de la provisión.
En ciertas épocas del año las playas de río muestran grandes
cantidades de huevos de tortuga cubiertos de arena; sondeando el
terreno con una vara, se determina la extensión del depósito. Los
puntos principales en donde se reúnen cada año los animales para
desovar, están situados en la confluencia del Orinoco y del Apure,
donde existen cataratas que no logra remontar la mayor de las
especies, la “arrau”. Allá era a donde se dirigían los
indios. Una “arrau” pesa de 20 a 25 kilos; sus huevos son
más grandes que los de paloma y tienen una forma más esférica; eran
los que yo había comido en exceso en Giramena. La tortuga
“tseckay” es mucho más pequeña que la “arrau” y
su carne es más delicada.
Los grandes desoves tienen lugar cuando bajan las aguas: la
misma época de nuestra permanencia en el Meta. Cuando un campamento
indio se establece, comienza la explotación bajo la dirección de un
misionero. Los huevos, sacados de la arena, se rompen dentro de una
artesa llena de agua y se revuelven con una pala, luego se exponen
al sol hasta que un aceite amarillo sube a la superficie y se
recoge para hervirlo: este aceite límpido, sin olor y escasamente
coloreado, es la grasa de la tortuga que se emplea para iluminación
y en la cocina.
He aquí algunas informaciones recogidas por Humboldt sobre la
industria del aceite de tortuga: la jarra, con una capacidad de 25
botellas se vende por dos piastras (diez francos). Para conseguir
5.000 jarras de aceite se necesitan 330.000 arraus, que pesan
165.000 quintales (de 4 arrobas) y que ponen 33’000.000 de
huevos. El comercio del aceite de tortuga dura 3 semanas. Durante
ese tiempo las misiones están en relación con la costa y los
vendedores realizan grandes beneficios porque los indios les venden
la jarra de aceite al precio de una piastra.
Todas las tardes, hacia las 5 mientras duró la navegación por el
Meta, desembarcábamos para cenar; luego, cuando llegaba la noche,
nos volvíamos a embarcar para bajar el río en silencio y poder
dormir sin prender fuego sobre una playa, algunos kilómetros más
abajo que el punto en donde habíamos cocinado. Procedíamos así para
disimular nuestro paso a los guahibos, indios muy agresivos que
rondaban con frecuencia la región. En una oportunidad, a pleno día,
vimos un campamento de indios y desembarcamos para observarlo de
cerca; los indios estaban cocinando su “picho” en una
olla de barro; Roulin fue a tomar un tizón del fuego para prender
un cigarro, cuando uno de ellos, adelantándose, le dijo en francés:
—“Señor, aquí hay fuego”. Este singular personaje de
pequeña estatura y muy pintado, había nacido en las Antillas: era
un marinero que hacía años vivía con una familia india, porque
prefería la sociedad del salvaje a la del hombre civilizado. Estos
casos son bastante frecuentes; sin embargo, no logramos obtener de
este individuo ninguna información útil.
Estábamos midiendo una base sobre la playa para tomar el ancho
del Meta, cuando de pronto, sobre la ribera opuesta, vimos aparecer
algunos guahibos, quienes nos lanzaron flechas envenenadas. Como lo
he relatado varias veces, nada influye tanto sobre la moral de un
soldado como el riesgo de ser alcanzado por una flecha que lleve
veneno. Hicimos algunos disparos a los agresores para tranquilizar
a nuestros hombres, demostrándoles que el fusil tiene infinitamente
más alcance que el arco.
Algunos indios debieron quedar gravemente heridos a juzgar por
el afán que pusieron en llevarlos, posiblemente algunos muertos.
Después se pudo medir tranquilamente el ancho del río.