INDICE





LAS MEMORIAS DE UN NATURALISTA Y CIENTÍFICO QUE CEDIÓ A LA TENTACIÓN DE SER OBSERVADOR Y CRÍTICO SOCIAL

INTRODUCCIÓN

TOMO I

CAPÍTULO I
Mi formación — La Revolución francesa — Napoleón — El espanto de la guerra — Humboldt — Preparativos de viaje.

CAPÍTULO II
Caracas — Los temblores de tierra — Ascención a la silla.

CAPÍTULO III
Valle de Aragua — Lago Tacarigua — Morro de San Juan — Sitio de Puerto cabello— El general Páez— El árbol de la vaca— Aguas termales de la cadena del litoral.

CAPÍTULO IV
Cordillera Oriental de los Andes — Su constitución geológica —Nivelación barométrica — Efectos del temblor de tierra de 1812, observados en diferentes localidades — Sierra Nevada de Mérida —Lago Urao— Pamplona, sus minas de oro— Hierro meteórico de Santa Rosa.

CAPÍTULO V
Explanada de Bogotá — Nación Muisca — Su conquista - Guerras de la Independencia — Descripción de la meseta.

CAPÍTULO VI
Las primeras luchas por la Independencia — Bolívar.

CAPÍTULO VII
Meseta de Bogotá — Constitución geológica — Sal gema — Salinas —Carbón — Minas de esmeraldas.

CAPÍTULO VIII
Bogotá — Situación — Clima — Costumbres — Aventuras — Excursiones por los alrededores.

CAPÍTULO IX
Excursión para determinar los límites del terreno al sur de Bogotá —   Valle del Magdalena entre honda e Ibagué — Observaciones sobre el aumento de la intensidad del sonido durante la noche — Puente natural de Pandi o Icononzo.

TOMO II

CAPÍTULO X
Jugo venenoso del ajuapar— Accidentes que sucedieron mientras analizábamos esa materia — El comandante don Juan con nodriza — Irradiación nocturna en Bogotá.

CAPÍTULO XI
Algunos de mis conocidos en Bogotá — El Libertador Bolívar —Personajes — Sucesos.

CAPÍTULO XII
El Salto de Tequendama — Historia de Manuelita Sáenz.

CAPÍTULO XIII
Expedición de 1824— En los llanos del Meta.

CAPÍTULO XIV
Cordillera Central y Cordillera Oriental— Valle del Cauca— Minas de oro de La Vega de Supía - Provincia de Antioquia.

CAPÍTULO XV
Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

CAPÍTULO XVI
Viaje a la región aurífera y platinífera del Chocó.

CAPÍTULO XVII
Viaje al Ecuador— Estudios sobre la región volcánica.

CAPÍTULO XVIII
Ascensión al volcán del Puracé.

CAPÍTULO XIX
Viaje de Popayán a Pasto — Estancia en Pasto.

CAPÍTULO XX
Viaje de Pasto a Quito.

CAPÍTULO XXI
Ecuador.

CAPÍTULO XXII
Ascensión al volcán de Pichincha.

CAPÍTULO XXIII
Ascensión al Antisana.

CAPÍTULO XXIV
Tertulias y puros.

CAPÍTULO XXV
Ascensión al Chimborazo (1831).

CORRESPONDENCIA 1818-1826
Correspondencia I-X
Correspondencia XI-XVI
Correspondencia XVII-XXII
Correspondencia XXIII-XXIX
Correspondencia XXX-XL
Correspondencia XLI- LI
Correspondencia LII-LXII
Correspondencia LXIII- LXXIII
Correspondencia LXXIV - LXXXI
Correspondencia LXXXII - CII
Correspondencia CIII - CXXIX

Verdaderos bosques de palmeras (palmichales) se encuentran en los alrededores de San Martín de los Llanos: ofrecen grandes recursos por las frutas comestibles que producen y también por los animales que albergan. Del “cularo”, palmera muy común de tronco espinoso y hojas digitales, se hacen bastones e instrumentos de música. El “unama” produce una especie de nuez que contiene una almendra comestible; con las fibras los indios preparan “birotas”, flechas livianas, cuya punta untada de “cumare” sirve para matar pájaros al ser lanzada con la cerbatana; del cumare, la más alta de las palmeras, se obtienen fibras para hacer hamacas; el “pipiral” produce frutos harinosos; cada año el “chiquichiqui” produce una especie de cabellera con la que se preparan encordados de notable solidez y elasticidad. Pero, entre las plantas que producen gran sorpresa por la importancia y amplitud de sus aplicaciones, se debe colocar en primera fila la palmera “moricho” (caucus mauritia) conocida por los misioneros con él expresivo nombre del árbol de la vida. Además de sus nutritivos frutos, que antes de llegar a la madurez ofrecen un alimento amiláceo y cuando están maduros se extrae de ellos aceite también los cogollos son alimenticios. De la parte fibrosa de su corteza se hacen telas y hamacas, con la hoja verde se trenzan sombreros y velas para las embarcaciones y hasta la corteza de sus frutos procura a los indios un vestido muy adecuado. La savia, rica en materias azucaradas, produce al fermentarse un licor embriagante; el tronco antes de la fructificación, contiene una médula de la cual se hace pan y cuando aquella se putrifica, nacen gusanos blancos en grandes cantidades, que los caribes consideran un bocado delicioso: en fin, el tronco del mauritia produce excelente madera de construcción.

Los palmichales, dispersos en los llanos a manera de oasis ofrecen naturalmente un asilo a los animales y les aseguran su alimentación. En esos bosques se encuentran bandas de pecaríes, cerdos almizclados, que pasan como un torrente, derribando los que encuentren a su paso; ¡desafortunado aquel que por casualidad se encuentre ante un rebaño lanzado a toda velocidad! Sería volteado y pisoteado. Se atribuyen las carreras locas de estos animales a la persecución de los tigres, cosa que me parece dudosa. Un tigre, en un instante, mataría suficientes cerdos salvajes para comer durante muchos días. Sea lo que fuera lo que causa el paso de los pecaríes, los indios tan pronto lo saben, establecen un puesto fijo sobre un árbol al pie del cual pasará la manada, armados de chuzos que entierran en el lomo de los animales; cuando ha pasado el torrente, recogen los muertos y se los llevan, si no están lejos de su vivienda; de lo contrario, permanecen en el sitio de la cacería hasta saciarse de carne de cerdo.

Una mañana, cerca de San Martín, encontré un coreguaje chuzo en mano y cargado de un pecar; lo seguí a su casa en donde asistí al asado del animal, lo cual se hizo sin haberle quitado el cuero. El indio no reparaba en mi presencia, como si yo fuese el hombre invisible y cuando el asado estuvo a punto yo corté un pedazo; es una carne extremadamente grasosa, cuyo olor me repugnó; el indio y su mujer devoraron la ración; el pecarí pesaba a lo sumo de 12 a 15 kilogramos.

En los palmichales hay tapires, dantas, gacelas y varias especies de tigres y jaguares. Las frutas atraen también a los monos y a los pájaros.  

Yo tenía muchos deseos de asistir a una cacería con birotas, esas finas flechas que tienen su punta mojada en curare. El buen cura me consiguió un indio coreguaje, que tenía una cerbatana de 1,50 m de largo y llevaba a la espalda un carcaj lleno de flechas envenenadas. Tan pronto llegamos al bosque vimos un pájaro del tamaño de una gallina, especie de paujil, parado sobre una rama; llegados a una distancia de 6 a 8 metros, mi cazador lanzó una flecha que se clavó en el muslo del animal, que cayó muerto cinco minutos después de haber sido herido. En ese momento, el indio, con la cerbatana apoyada en el piso, me hizo entender pon un gesto imperioso, que yo debía recoger el ave. Durante un momento admiré la postura del coreguaje y la belleza de sus formas, pero reflexioné que me estaba faltando al respeto y le apliqué sobre las nalgas una sonora palmada. Es por cierto fácil azotar a una persona sin pantalones. Con un gesto significativo, mucho menos plástico que el suyo, le ordené recoger el producto de la caza, lo cual hizo caminando lentamente con gracia y dignidad. De regreso a San Martín, el cabo Jacobo preparó un muy buen guisado de paujil. De cuando en cuando yo hacía una excursión a Iraca, situado a una legua al norte de San Martín, cerca del río Ariari, perteneciente a la cuenca hidrográfica del Amazonas. 

Iraca es una misión sin misionero: la iglesia estaba vacía. Los habitantes son coreguajes que tienen pequeños cultivos de maíz y algunas chacras en la selva; tienen un intercambio comercial permanente con los indios bravos del interior que traen hamacas, flechas y aún puntas de lanzas hechas en metal, que consiguen en las misiones del alto Orinoco. Pero los objetos de intercambio más apreciados en Iraca son el curare, preparado en el Río Negro, arriba de los raudales y el achiote pigmento rojo. Las razas de América tienen la costumbre de teñirse la piel de rojo y en algunos casos rompen la uniformidad de este tinte, por medio de dibujos amarillos, azules o negros. Los indios del Orinoco y de sus afluentes usan dos materias colorantes: la bija u onoto, que se obtiene de la superficie de los granos de la bixa orellana, árbol muy conocido en las colonias, y el achiote, fécula que se retira de las hojas de una planta enredadera de climas calientes, la bignonia chica que vi en el jardín del cura de San Martín. Cuando se mastican las hojas de bignonia, la saliva adquiere un color rojo. Para extraer el achiote, sus hojas se hacen hervir en agua y se pasa a través de una tela el líquido que condene en suspensión la fécula roja; para apresurar la precipitación se añaden algunos pedazos de la corteza de un arbusto llamado “arayumo”; la fécula se lava y con ella se hacen galletas redondas de 5 a 6 pulgadas de diámetro, por 3 de altura y luego se pone a secar.

Existe un gran consumo de ese pigmento y me han asegurado que los indios, para aplicar el achiote sobre la piel, lo trituran con aceite de huevos de tortuga. La ventaja que presenta el achiote sobre el onoto en la pintura aplicada sobre el cuerpo, es que resiste la acción de la luz, mientras que el último desaparece rápidamente cuando se expone al sol. Esta tendencia a pintarse me hizo divertir en Iraca: no hacía dos horas que había llegado, cuando varios indios desnudos vinieron a visitarme, con sus cuernos teñidos de manera que imitaban mi vestido de levita azul con cuello rojo, adornos rojos, solapas negras, botones de plata, pantalón rojo y botas, todo pintado sobre la piel; desde luego el pantalón era muy ceñido.

En San Martín tuvimos la ocasión de observar un oso hormiguero que es un curioso animal. Introduce su muy larga lengua en los hormigueros para que ésta se recubra de insectos, los cuales devora después. Es comprensible que por los servicios que presta destruyendo las hormigas, este animal sea tan bien apreciado. El doctor Roulin tuvo el inatajable deseo conseguir un animal para hacer su anatomía; comenzó la cacería que fue terrible; el oso hormiguero tiene patas dotadas de uñas formidables; se dice que una vez tendido sobre el lomo, es capaz de destrozar un jaguar, de lo cual dudo, ya que su mandíbula es nula. Sin embargo, sí destrozaría a un hombre y el doctor, al quererlo agarrar, escapó de un grave peligro, gracias a un habitante de San Martín quien mató al oso de un lanzazo.

Acompañado por el comandante de las milicias, visité la región comprendida entre San Martín e Iraca; allí se ven cultivos de poca importancia y bastante ganado; en una hacienda fuimos recibidos por el propietario, un mestizo casi blanco. El comandante no quiso aceptar nada de lo que allí se nos ofrecía y caí en la cuenta de que se las arregló de manera de no darle la mano al hacendado. Tuve la explicación a esta reserva, cuando salimos de la propiedad; el hombre que habíamos dejado tenía fama en la región de haber asesinado a su mujer y entregado su cadáver a los gallinazos.

En esas residencias aisladas los crímenes permanecen impunes. “¿Concibe usted hacer devorar tres mujeres por aves de rapiña?”, decía el comandante, pues esta circunstancia era un agravante del crimen, lo que me recordó una historia que tuvo lugar en una región vecina del Casiquiare: un indio sáliva estaba convencido de que su mujer lo engañaba; la estableció confortablemente en el interior de la selva, la alimentó bien y cuando estuvo “en su punto”, la mató y se la comió en diferentes cenas. En una palabra, procedió contra la infiel como, en su calidad de antropófago, lo hubiera hecho con un enemigo.

En el curso de esta excursión tuve la oportunidad de constatar la gran abundancia del rocío en los llanos, cuando las condiciones meteorológicas son favorables a su aparición. Nos acostamos varias veces al aire libre, sobre la hierba y me envolvía en una cobija para defenderme de la picadura de los zancudos. El cielo estaba claro durante la noche; la atmósfera absolutamente calmada; al levantarse el sol mi cobija estaba tan mojada que al torcerla chorreaba agua; se sabe que la lana es uno de los cuerpos cuya temperatura baja más durante la irradiación nocturna; como ya dije, la hierba del llano estaba cubierta de abundante rocío.

En los llanos de San Juan los bosquecillos de palmeras son muy frecuentes y contienen mucha caza. Los ciervos son muy comunes y era un espectáculo interesante ver a esos animales aparecer en los claros, mirar en todas direcciones y salir corriendo hacia otro palmichal; nada más gracioso que su paso, la vivacidad y la elegancia de sus movimientos. Me detuve inmóvil para admirar estos bellos cuadrúpedos y rara vez vi más de dos juntos. En los llanos, donde vienen a terminar las pendientes de la cordillera, no hay motivo para temer a las inundaciones y es probablemente, por la seguridad que brindan, que los palmichales se convierten en un lugar de refugio para los animales.

San Martín está a 432 metros por encima del nivel del mar y por consiguiente a más de 200 metros por encima del Meta, en una de las partes más elevadas de su recorrido. Se habían impartido órdenes al gobernador de la provincia para que se nos procuraran embarcaciones y estábamos listos para salir. Yo había tenido buena suerte en la observación del primer satélite de Júpiter y su inmersión, lo mismo que una buena altura meridiana de la constelación de la Cabra: la posición geográfica de la población estaba por lo tanto convenientemente establecida. Durante la observación meridiana de la estrella, me sucedió algo bastante desagradable: nada que sorprendiera más a los indios que verme observar un astro con el anteojo. Estaba rodeado de varios coreguajes, silenciosos como siempre, inmóviles y disimulando su curiosidad. La altura doble había sido tomada afortunadamente porque, cuando entré a mi alojamiento para guardar el sextante, los indios comenzaron a mirarse en el mercurio del horizonte artificial, haciendo grandes esfuerzos para coger el metal.  

Hubo una disputa y cuando salí para recoger los instrumentos, encontré el horizonte volteado, el mercurio perdido y los indios desaparecidos. Por suerte tenía mercurio de reserva; pero no hay nada más triste que perder un objeto útil cuando se está en la imposibilidad de reemplazarlo fácilmente.  

Yo había hecho algunas observaciones sobre las variaciones barométricas diurnas, sobre la temperatura y sobre el estado higrométrico del aire. El higrómetro de Saussure se mantenía entre 72° y 84°; el termómetro entre 20,4° y 31°. Esta temperatura relativamente baja se puede atribuir al viento que soplaba constantemente durante el día. 

Antes de dejar San Martín visité de nuevo las casas de varias familias: habían tenido una pesca milagrosa de manera que encontré a los indios tendidos apaciblemente en sus hamacas, comiendo pescado cocido en agua, sin ningún condimento, mientras que las mujeres mantenían vivas las llamas. Tuve la oportunidad de ver preparar el pan, o más bien la torta de casabe, y de conocer la yuca, cuya raíz es muy venenosa cuando está cruda, pero cocinada en agua o asada, ya no tiene más veneno; se asegura que el tóxico es ácido prúsico, que el calor expulsa debido a su gran volatilidad. Para hacer la torta de casabe se toma la raíz cruda y se raspa con un rallo muy curioso un pedazo de tronco de palmera en cuya superficie se han implantado fragmentos de cuarzo; la pulpa se coloca en una larga manga hecha de hojas de palmera trenzadas; el jugo escurre gota a gota y como es ligeramente azucarado atrae las moscas que mueren tan pronto lo han probado. La pulpa, una vez escurrida, se cuece sobre un plato de arcilla muy caliente; las tortas, una vez cocidas tenían un diámetro de 33 centímetros, por un espesor de 3 a 5 milímetros y estaban ligeramente tostadas en la superficie. Hicimos una buena provisión de ellas, ya que se conservan bien en los climas húmedos y reemplazan perfectamente el pan y el bizcocho de maíz que los indios poco utilizan, ya que prefieren llevar maíz tostado en sus peregrinaciones.

El 4 de febrero, después de haber pasado once días en San Martín, nos despedimos del cura Joaquín Guazi y en compañía del comandante Castro, salimos hacia el río Meta. Cerca de las nueve montamos a caballo; antes de llegar al río Humadea, habíamos pasado la quebrada Rubiana. Más allá del Humadea, encontramos uno de sus afluentes, el río Guano; eran las cinco cuando nos detuvimos en Machica, casa aislada en donde debíamos pasar la noche. En un pequeño bosque, a poca distancia del Humadea, nos mostraron una magnífica orquídea, cuya flor parece un reloj.

En Machica, gracias al comandante, tuvimos una excelente cena; pero en la noche los zancudos cenaron con nosotros y no nos dejaron dormir; además todos habíamos soportado durante el día, una penosa insolación, Por la tarde conseguí la latitud de Machica, tomando una altura de la Cabra. Yo era el especialista de las observaciones de estrellas y Rivero; se había reservado la de la preparación del café, utilizando como filtro uno de mis calcetines que a veces dejaba de lavar, aun cuando los hubiese usado durante varios días. Después de una noche sin sueño y una tasa de café con leche, tomamos los caballos al despuntar el Sol.

El día estaba espléndido y al fin teníamos a la vista los llanos, que recordaban el océano por su inmensa extensión. Encontramos varias manadas de caballos salvajes que huían a nuestra vista. Cuando no se ha visto el caballo libre en la estepa no puede hacerse una idea completa de la belleza y de la gracia de movimientos de este noble animal. Los grupos al galope, desaparecieron en un instante. Qué diferencia con el ganado, acostado tranquilamente al sol y al que nada asusta, rumiando al aire aceptan con satisfacción a los garrapateros, (crotophaga major) aves que se alimentan de garrapatas y de otros insectos que tienen en la piel o que se esconden en el pelo. Hacia el mediodía, la insolación era insoportable; a pesar de una brisa noreste y de nuestros sombreros de jipijapa, todos sufríamos y deseábamos fervientemente un abrigo. En la lejanía, algo móvil se vio en el horizonte y pronto creímos distinguir algunos niños, pero eran tres hombres armados de flechas que iban de cacería. A las 5 entrábamos a Giramena, en donde pronto nos rodearon los indios, quienes traían bananos, casabe, caña de azúcar y una gran cantidad de huevos secos de tortuga, cuya cáscara arrugada tiene la apariencia de una vejiga; comí en exceso porque me parecieron excelentes.

La hija del alcalde tenía las pantorrillas pintadas con achiote. El dibujo representaba bastante bien un zapato y sus hombros eran azules. Conseguí entonces el secreto de esa pintura: se produce con la fruta de un árbol llamada “yagua” y es una especie de manzana de pulpa blanca, con la que se frota el cuerno; poco a poco aparece el color azul índigo, pero sobre un papel o sobre una tela no se manifiesta la coloración; se necesita que sea sobre la piel y probablemente con sudor. Fue con ayuda de la “yagua” que en Iraca habían imitado mi uniforme. Me teñí un brazo frotándolo con la “yagua”; la coloración azul apareció en menos de dos horas y persistió durante varios días. Este tinte no desaparece con el Sol, sino por la renovación de la epidermis.

La iglesia de Giramena nos pareció curiosa: algunos pedazos de marcos dorados, revestidos con pieles de animales, eran los únicos objetos de veneración. No había crucifijo, ni confesionario, ni cura, pues los indios rehusaban terminantemente confesarse. Son pésimos cristianos que no admiten el sacramento del matrimonio, pero son muy industriosos y fabrican, con fibras de palmera, unos sombreros que son muy apreciados.

Por la noche, aun cuando me sintiera indispuesto, tomé una altura meridiana de Canopus; durante el día, a las 2, el termómetro marcaba 34,5°. Los indios son una mezcla de achaguas y de amarizanos, al igual que entre Iraca y San Martín, son los pobladores de Tamas, de Omoas y de Pamiguas, clanes insignificantes que no habría ni siquiera mencionado, si no presentaran la particularidad de que, aun cuando muy vecinos y de la misma raza, no hablen el mismo idioma. Lo mismo ocurre en el alto Orinoco. En cuanto a la fisonomía, pertenecen a la raza cobriza y si en las misiones se encuentran narices europeas, las atribuyo a la influencia de los curas, todos de raza blanca o mestiza. Si alguien duda de la influencia de los monjes sobre las características de la comunidad, diré que mi amigo Gutiérrez, cura de Guaduas y después canónigo de Bogotá, reunía en su mesa 20 niños que había tenido con mujeres blancas, indias, negras, mestizas, zambas o mulatas indudablemente era un buen padre de familia.

De acuerdo con las informaciones obtenidas del comandante, anoto aquí unos datos de San Martín:  

Giramena:                   12 leguas castellanas de 3 millas al este.
Iraca:                          5 leguas castellanas de 3 millas al SSE.
San Juan:                   10 leguas castellanas de 3 millas al SSE.
La Concepción:            30 leguas castellanas de 3 millas al sur.    

Encontré que Giramena tiene una altitud de 216 metros que es exactamente la del río Humadea, en el punto de su unión con el río Nare, en donde debíamos embarcamos. En realidad, Giramena es el embarcadero del alto Meta, aun cuando la navegación no sea factible para las grandes canoas y las piraguas de vela sino a partir de Marayal. Aquí el Meta es ya un gran río, más ancho que el Sena, aguas abajo de París; la corriente era rápida, aun cuando luchaba contra un fuerte viento del Este. 

Con frecuencia yo iba por la mañana a tenderme sobre la playa del río para fumar un cigarro, gozando del fresco; un día noté las idas y venidas de gentes, cosa que no me explicaba: un indio o una india pasaban dignamente, entraban en el agua hasta la cintura, miraban al oeste aguas arriba, permanecían inmóviles durante algunos minutos, luego salían del río y regresaban al pueblo. Descubrí por fin que esos indios entraban en el Meta para satisfacer una necesidad, para sentir, de acuerdo con la expresión del doctor Alambest “el único placer que no dejaba malos recuerdos”.

Convengamos en que no todo el mundo tiene un excusado tan grandioso. Por lo demás, es un instinto particular de las razas nómadas disimular sus excrementos a fin de despistar al enemigo.

Estos indios eran amarizanos y achaguas, de un carácter muy suave, como los de Iraca. Mientras medía a algunos de ellos, estaturas entre 1,50 y 1,60 metros, sentí un violento dolor en todos mis miembros que me obligó a tirarme en la hamaca, donde sufrí un terrible acceso de fiebre. Durante toda la noche los indios mantuvieron el fuego encendido en la casa donde yo habitaba, cosa bastante incómoda. Siempre he observado que al hombre desnudo le gusta calentarse, durante la noche, aún en los climas más calientes. Desde mi hamaca veía las caras de tres indias, sentadas sobre un banco y a quienes mis gemidos hacían reír a carcajadas; le pedí al cabo Jacobo que bajara con el fin de no ver los rostros de estas mujeres, pero fue peor porque ahora veía reír los vientres. Nada más espantoso que un estómago riéndose a carcajadas, contrayendo el ombligo con los movimientos más raros y más desordenados. El cabo Jacobo logró hacer salir a las indias inoportunas con algunos fuetazos. Mi fiebre no cesaba; una especie de sacristán me regaló una medalla con la efigie de Nuestra Señora del Carmen, de las que preparan y venden los capuchinos de una misión del Orinoco , como un remedio milagroso contra las fiebres: la medalla se tritura y se disuelve en agua para beberla. El hecho es que sentí una momentánea mejoría. ¡Astutos estos capuchinos! Su imagen bendita es una mezcla de arcilla plástica y de quinina.

Al día siguiente, aun cuando me había tomado toda una Virgen, aumentó la fiebre. Es que cuando se vive en una atmósfera en donde la fiebre es común a sus habitantes, sea cual fuere su causa, la quinina produce poco o ningún efecto y eso lo saben, por cruel experiencia, los pobres religiosos de las misiones. “¡Tengo 20 años de calenturas!” le decía a Humboldt un misionero del río Negro, quien no cesaba de temblar. Se sufre sin tomar medicinas y no se recupera la salud sino huyéndole al foco de infección; la mejoría es lenta y los accesos son periódicos y no desaparecen sino después de varios meses de permanecer en un clima sano.

Procedimos a embarcamos cuando llegaron las canoas y nada más divertido que nuestra mudanza: para llevarla a cabo habían puesto a nuestra disposición una cincuentena de indios pintarrajeados de rojo con achiote; cada uno llevaba un solo objeto por pequeño que fuese; uno cargaba una pluma metálica y se necesitaban dos para llevar un par de botas; seis libros demandaban seis individuos. La procesión marchaba ceremoniosamente bajo la inspección de un regidor pintado de rojo como sus administrados, pero que no llevaba más que la vara de comandante.

Las mujeres formaban una calle desde el pueblo al río y yo cerraba el cortejo, sosteniéndome difícilmente. Me acostaron en una canoa y tuve un acceso tan violento que comencé a delirar. Mis compañeros que también temblaban, estaban muy inquietos y tenían tristes presentimientos.

Los ríos, lo mismo que las selvas húmedas y calientes de las regiones ecuatoriales, son funestos para la salud. Loefling, discípulo de Linneo, murió en las riberas del Caroní; Humboldt y Bonpland casi mueren en Angostura, sobre el Orinoco y yo recordaba que un joven naturalista sueco falleció en pocas horas debido a las fiebres, al desembarcar en Honda, sobre el río Magdalena. En el poco equipaje de esta víctima de la ciencia, había algunas plantas secas y la miniatura de una linda joven, su hermana o su novia; estaba también el perrito que lo acompañaba y que costó mucho trabajo retirar del cadáver, ya que sus aullidos provocaban lágrimas.

Nuestros indios remeros no escaparon a la enfermedad. En el momento más fuerte del acceso de fiebre y por consiguiente antes del abundante sudor que sigue a este período, se botaban al agua y experimentaban mejoría. En Marayal nos transbordaron a grandes canoas; el viaje por el río había sido lento debido al viento del Este, lo suficientemente violento para causar olas. Por la tarde atracábamos, se prendía fuego en la playa y se cocinaba. Rivero, temblando de fiebre, preparaba siempre el café; yo ya no tomaba la altura meridiana de las estrellas, pues estaba en un estado de postración total y no tenía conciencia de lo que sucedía a mí alrededor. De Giramena en adelante, ya no llevaba el diario. Lo que voy a contar lo anoté de mis compañeros, porque aun cuando yo asistía al incidente, no me daba cuenta. Por otra parte nada tan monótono como una navegación entre dos playas áridas.

En un vivaque nos encontramos al despertar rodeados de un gran número de indios armados que esperaba nuestro despertar; el centinela roncaba pacíficamente cerca de su hijo, acostado sobre la arena. Nos tranquilizamos con la aparición de un monje franciscano, largo, seco y que llevaba un monstruoso sombrero. Nos contó que iba con sus neófitos a recoger huevos de tortuga. Roulin tuvo la cortesía de ofrecerle un frasco de ron a medio llenar, el cual bendijo con mucha compunción y luego, con gran alarma nuestra, tomó hasta la última gota: era lo último de la provisión.  

En ciertas épocas del año las playas de río muestran grandes cantidades de huevos de tortuga cubiertos de arena; sondeando el terreno con una vara, se determina la extensión del depósito. Los puntos principales en donde se reúnen cada año los animales para desovar, están situados en la confluencia del Orinoco y del Apure, donde existen cataratas que no logra remontar la mayor de las especies, la “arrau”. Allá era a donde se dirigían los indios. Una “arrau” pesa de 20 a 25 kilos; sus huevos son más grandes que los de paloma y tienen una forma más esférica; eran los que yo había comido en exceso en Giramena. La tortuga “tseckay” es mucho más pequeña que la “arrau” y su carne es más delicada.

Los grandes desoves tienen lugar cuando bajan las aguas: la misma época de nuestra permanencia en el Meta. Cuando un campamento indio se establece, comienza la explotación bajo la dirección de un misionero. Los huevos, sacados de la arena, se rompen dentro de una artesa llena de agua y se revuelven con una pala, luego se exponen al sol hasta que un aceite amarillo sube a la superficie y se recoge para hervirlo: este aceite límpido, sin olor y escasamente coloreado, es la grasa de la tortuga que se emplea para iluminación y en la cocina. 

He aquí algunas informaciones recogidas por Humboldt sobre la industria del aceite de tortuga: la jarra, con una capacidad de 25 botellas se vende por dos piastras (diez francos). Para conseguir 5.000 jarras de aceite se necesitan 330.000 arraus, que pesan 165.000 quintales (de 4 arrobas) y que ponen 33’000.000 de huevos. El comercio del aceite de tortuga dura 3 semanas. Durante ese tiempo las misiones están en relación con la costa y los vendedores realizan grandes beneficios porque los indios les venden la jarra de aceite al precio de una piastra.

Todas las tardes, hacia las 5 mientras duró la navegación por el Meta, desembarcábamos para cenar; luego, cuando llegaba la noche, nos volvíamos a embarcar para bajar el río en silencio y poder dormir sin prender fuego sobre una playa, algunos kilómetros más abajo que el punto en donde habíamos cocinado. Procedíamos así para disimular nuestro paso a los guahibos, indios muy agresivos que rondaban con frecuencia la región. En una oportunidad, a pleno día, vimos un campamento de indios y desembarcamos para observarlo de cerca; los indios estaban cocinando su “picho” en una olla de barro; Roulin fue a tomar un tizón del fuego para prender un cigarro, cuando uno de ellos, adelantándose, le dijo en francés: —“Señor, aquí hay fuego”. Este singular personaje de pequeña estatura y muy pintado, había nacido en las Antillas: era un marinero que hacía años vivía con una familia india, porque prefería la sociedad del salvaje a la del hombre civilizado. Estos casos son bastante frecuentes; sin embargo, no logramos obtener de este individuo ninguna información útil.

Estábamos midiendo una base sobre la playa para tomar el ancho del Meta, cuando de pronto, sobre la ribera opuesta, vimos aparecer algunos guahibos, quienes nos lanzaron flechas envenenadas. Como lo he relatado varias veces, nada influye tanto sobre la moral de un soldado como el riesgo de ser alcanzado por una flecha que lleve veneno. Hicimos algunos disparos a los agresores para tranquilizar a nuestros hombres, demostrándoles que el fusil tiene infinitamente más alcance que el arco.

Algunos indios debieron quedar gravemente heridos a juzgar por el afán que pusieron en llevarlos, posiblemente algunos muertos. Después se pudo medir tranquilamente el ancho del río.

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