CAPÍTULO XIII
Expedición de 1824— En los llanos del Meta.
Las llanuras al este de las cordilleras de la América
intertropical, tienen por límite las selvas impenetrables del Alto
Orinoco y los pantanos de la Guayana; están atravesadas por
numerosos ríos: el Apure, el Guaviare, el Putumayo, ríos
importantes que nacen en las vertientes orientales de las montañas
de Venezuela y de la Nueva Granada. Situadas bajo la zona tórrida,
a poca altitud, esas estepas tienen un clima extremadamente
caliente. Su inmensa extensión y su superficie unida traen a la
mente la imagen del océano, si no fuera por su silencio y por su
movilidad, porque así como lo anota Humboldt: “El desierto es
inanimado y muerto, como podría serlo un planeta
devastado”.
La tierra caliente tiene en realidad dos estaciones: la de las
lluvias y la de las sequías, de tal manera que ofrece el aspecto
bien de una pradera verde, o la de un suelo desnudo, agrietado,
cuyo polvo que levanta el viento, comunica a la atmósfera un calor
asfixiante que llega algunas veces a 40° o 42°. Entonces el suelo
está constantemente descubierto, una fuerte brisa del NE sopla
regularmente desde el amanecer hasta el ocaso. El aire es
relativamente calmado durante la noche; las constelaciones brillan
maravillosamente y entre ellas, la Cruz del Sur, esa guía del
viajero perdido, que cuando se ve por primera vez no deja de causar
cierta emoción.
La proximidad de la estación de lluvias se anuncia con grandes
truenos; las nubes oscurecen el horizonte y la sabana pronto queda
transformada en un gran lago, en mar de agua dulce. Las
comunicaciones se efectúan por medio de embarcaciones; únicamente
los llaneros experimentados se atreven a recoger a caballo el
terreno sumergido, porque para emprender tamaña travesía es
necesario poseer la prudencia del piloto, unida a la habilidad del
jinete consumado. A medida que las aguas invaden las estepas, el
ganado y los caballos dispersos en las praderas, se retiran a las
prominencias, en realidad poco elevadas, pero de gran extensión en
algunos parajes: estas son las mesas y los bancos en donde están
establecidos los “hatos” de las haciendas.
Las estepas son fértiles; es una zona pastoral. En los llanos
del Apure se encuentran algunas ciudades, pueblos y misiones en
donde viven indios catequizados. En Venezuela, los pastizales
ocupan una superficie de 6.695 miriámetros cuadrados, de los cuales
717 se inundan cada año.
Los llanos del Apure y de Barinas, de acuerdo con las
estadísticas del coronel Codazzi, contenían en 1839 un millón de
cabezas de ganado, caballos y mulas; si se tienen en cuenta los
animales que pastan en la Guayana y Barcelona, se llega a la cifra
de 2000.000 cabezas de la raza bovina y caballar.
En el Apure, una superficie de 1.866 leguas cuadradas no
contiene sino 15.500 habitantes. Los llanos de Barinas son más
poblados y se avalúa su población en 115.000 almas. Allí se cultiva
el tabaco, el añil, el cacao, el café y el algodón.
Los llaneros son mulatos y zambos, de una prodigiosa actividad:
desnudos hasta la cintura, pasan su vida a caballo y les es
trabajoso hacer la menor diligencia a pie; armados de una lanza
para defender los rebaños contra los ataques de los tigres, llevan
además, enrollado en la cabeza de la silla, el lazo de cuero para
detener y voltear un toro y, cuando hacen la guerra, desmontar al
enemigo. Estos hombres, cuya ocupación es la de reunir el ganado y
de marcarlo con un hierro al rojo, se alimentan de carne secada al
aire, después de haber sido espolvoreada de sal; la raíz de la yuca
reemplaza al pan.
La inundación de los llanos coincide con las crecidas del
Orinoco, el equinoccio de primavera, hacia el fin de marzo, cuando
la brisa ya no se siente. La creciente no es continua sino
intermitente; el río baja algunas veces en abril y llega al máximo
de su altura en julio y permanece lleno hasta los últimos días de
agosto, para disminuir lenta y gradualmente en enero y febrero.
La tierra que ha absorbido agua, se reviste pronto de diversas
familias de gramíneas y de sensitivas; parece un hierbazal inmenso
en donde los rebaños encuentran en abundancia un alimento que no
tenían en las mesas a donde se habían retirado para escapar a la
invasión de las aguas. Las crecientes y el desbordamiento de los
ríos son ocasionados por la abundancia de las lluvias, las cuales,
en la estación del invierno caen en la cuenca hidrográfica del
Orinoco, cuya extensión, de acuerdo con el coronel Codazzi sería de
9.628 miriámetros cuadrados. Yo añadiría que la cuenca del Orinoco
se relaciona con la del Amazonas. La comunicación entre los dos
ríos ha sido, durante mucho tiempo, motivo de discusiones entre los
geógrafos. Se preguntaban si era realmente posible ir de un río al
otro transportando las embarcaciones por tierra y sin tener que
arrastrar las embarcaciones por los “arrastraderos”. Ya
en un mapa elaborado en 1599 se encuentran indicados los sitios de
transporte de embarcaciones por tierra entre el Esequibo, el Caroni
y el Rioblanco. En 1739, Horneman había atravesado en tres jornadas
de marcha un arrastradero que iba del río Sauri al río Rupunuri,
pero la comunicación directa entre los dos mayores ríos de América,
siguió siendo incierta y controvertida hasta el descubrimiento
inesperado del Casiquiare, por el padre Román. Este religioso, en
el curso de un viaje efectuado en 1744 para inspeccionar las
misiones del Alto Orinoco, se encontró con una piragua montada por
europeos a la altura del Guaviare. En las soledades del nuevo
mundo, en esas espesas selvas en donde se está continuamente en
guardia contra los animales feroces, lo más temido por el hombre y
lo que en él despierta los temores más vivos, es la aparición de un
semejante. Justamente alarmado, el misionero se apresuró a
enarbolar una señal de paz: una cruz. El padre había encontrado
unos portugueses que quedaron sorprendidos de saber que navegaban
sobre las aguas del Orinoco. El jefe de las misiones los acompañó
por el Casiquiare hasta los establecimientos del río Negro. La
noticia de este increíble encuentro se regó rápidamente y algunos
meses después La Condamine anunciaba el descubrimiento del
Casiquiare en el curso de una sesión pública de la Academia de
Ciencias.
Desde entonces la comunicación directa con el Amazonas dejó de
ser dudosa. La Comisión de Límites bajo la dirección de Solano
comenzó la exploración del Casiquiare y del río Negro. Más tarde
Humboldt estudió, con mucho cuidado, la bifurcación del Orinoco a
la misión de Esmeralda. Resultaría, de acuerdo con las
observaciones del coronel Codazzi, que por el Casiquiare, cerca de
un tercio del volumen de las aguas del Orinoco van al río Negro y
luego al Amazonas
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(1)
.
En Angostura, capital de la Guyana, se ha tratado de cubicar el
volumen de las aguas del Orinoco. En ese punto el río baja encajado
en un lecho muy angosto, de un ancho de no más de 6.688 metros
(sic). Una roca que se encuentra en el centro de la corriente es un
verdadero “treconómetro”. En ese estrecho, en estiaje, el
coronel Codazzi constató que pasan 882,7 metros cúbicos de agua por
segundo. Se debe tener en cuenta que en Angostura el río no ha
recibido todavía al río Caroní, de manera que después de un
recorrido de 222 miriámetros, en las cercanías de Piacoa, su
anchura es considerable: es allí donde comienza el Delta, laberinto
interminable de canales de una superficie de 133 miriámetros
cuadrados.
Las crecientes promedio del Orinoco a Angostura no pasan los 8
metros. Al hacer retroceder los ríos tributarios hacia sus fuentes,
modifican el régimen y así concurren con las lluvias ecuatoriales
de la estación, a la inundación de las partes menos elevadas de las
estepas. El límite del ascenso de las aguas del llano hacia las
cordilleras, depende naturalmente de la pendiente del lecho de los
ríos y el suelo de los llanos se eleva insensiblemente hacia las
montañas. De manera que al comparar las observaciones barométricas
hechas durante nuestra expedición en el Meta, desde el embarcadero
superior hasta su unión con el Orinoco, se encontró una diferencia
de nivel de 139 metros sobre una distancia de 430 millas
geográficas (147 leguas colombianas)
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(2)
o sea una pendiente media de cerca de
0,35 metros por milla, pero la pendiente del lecho del río está
lejos de ser uniforme en todo su recorrido; disminuye a medida que
se aleja del nacimiento. Así, el Apure y el Meta tienen corrientes
tan poco pronunciadas al acercarse a su desembocadura que a veces
su dirección parece incierta. Con pendientes tan suaves se puede
concebir que la creciente del Orinoco penetre tanto dentro de los
otros ríos que los hace salir de sus lechos. Por ejemplo, en el
Meta hemos encontrado que la diferencia de altura entre la boca del
Casanare y el de su punto de unión con el río es de 37 metros y la
distancia de 225 millas; así se obtiene 1,06 metros por la
pendiente por milla. La altitud de la misión de San Simón por
encima del punto de unión es nula y la distancia es de 205 millas.
Ocurrió que hasta esta distancia las aguas del Meta siguieron en el
llano el movimiento ascendente de las aguas del Orinoco y que se
regaron en las estepas, como sucede generalmente cuando un río no
está encañonado; de esto resultaron desbordamientos que formaron
una capa de agua que se extendió más en la medida que la pendiente
del terreno es menor.
A una altitud absoluta de 200 metros los pueblos escapan a las
inundaciones; éste es el caso para los llanos poco alejados de las
montañas, como donde está situada la ciudad de San Martín. Los
principales ríos que desembocaban en el Orinoco son el Apure y el
Arauca que vienen de la Sierra Nevada de Mérida; el Meta y el
Guaviare, originarios de las cordilleras de Cundinamarca; y al sur
del ecuador los ríos del Caquetá y el Putumayo que salen de los
Andes de Pasto y corren hacia el Amazonas. El comercio de los
llanos de Venezuela que exporta sus productos como carnes saladas,
mulas, etc. hacia la Guayana y las Antillas, se hace por el río
Apure.
El Meta ha sido considerado durante largo tiempo como la vía más
conveniente para la exportación de las harinas producidas en las
mesetas de la Nueva Granada. Los jesuitas apoyaron con ese objeto,
el establecimiento de misiones sobre sus riberas; hasta el
presente, no se ha practicado este tránsito de manera permanente.
En primer lugar las tierras temperadas de Bogotá y de Tunja, no han
tenido sino cultivos de cereales apenas suficientes para el consumo
del país; en segundo lugar es más racional llegar al mar por el río
Grande de la Magdalena, ruta directa cuyo embarcadero se halla en
Honda, que el camino de la navegación del Meta, a través de
extensiones desérticas y luego la travesía del Orinoco. Los llanos,
por su inmensidad, su aspecto tan variable de acuerdo con las
diversas épocas del año, los bellos ríos que los atraviesan para
desembocar en uno de los más grandes ríos conocidos, ofrece un
increíble espectáculo que apenas yo había entrevisto en mis
excursiones de Maracay a las ciudades de San Carlos y de Cura y fue
con una viva curiosidad que recorrí los llanos de Calabozo, pero el
proyecto que había concebido de penetrar hacia el interior de las
estepas no se pudo realizar sino en 1824.
El gobierno deseaba conocer exactamente el curso del Meta y la
posición astronómica de su confluencia con el Orinoco. Humboldt,
por medio de sus observaciones cronométricas había fijado la
longitud en 7°4'29"; pero el estado del cielo no le
permitió obtener la latitud de esta estación.
Una expedición formada por el señor Mariano de Rivero, el doctor
Roulin y yo, fue encargada de llenar el vacío dejado por Humboldt y
de explorar esta región principiando por nivelar, con la ayuda del
barómetro, la pendiente Este de la cordillera que llevaba a los
llanos de San Martín. Nos acompañó un piquete de soldados al mando
de un suboficial con el objeto de rechazar, en caso de necesidad, a
los indios no sometidos todavía al gobierno.
Los preparativos quedaron hechos rápidamente, los barómetros en
orden y establecida la marcha de los cronómetros. Nuestros amigos
estaban lejos de felicitarnos por la misión que el gobierno nos
confiaba. Para todo habitante de las regiones frías la permanencia
en los llanos del Este era con frecuencia mortal. Se nos despedía
como si no nos fueran a volver a ver; en cuanto a nosotros,
partíamos con toda la despreocupación de la juventud. La víspera de
la salida el ministro me rogó acompañar a un monje de San Francisco
para instalarlo en un curato que debía ocupar en los llanos de San
Martín; era un exilio provocado por una conducta más que ligera,
escandalosa. Religioso encantador de una figura encantadora, muy
buscado por las mujeres, jugador y libertino, llegó puntualmente a
la cita. —Yo debía ser su custodio— excelente compañero
después de todo y muy divertido. En camino, cantaba canciones
imposibles de traducir; en el vivaque jugaba con los soldados y les
enseñaba a marcar las cartas, nos contaba historias escabrosas,
luego —a la oración— decía sus plegarias con mucha
unción.
La ruta que íbamos a tomar para bajar al llano era precisamente
aquella por donde llegaron Federmán y su tropa miserable,
extenuados a donde los muiscas, después de haber andado errantes
durante más de un año, buscando el Dorado.
El 13 de enero de 1824 salimos de Bogotá hacia Chipaque a eso de
las 12 y pasamos el Boquerón hacia las 3, a una altitud de 2.595
metros. Era el punto más elevado que íbamos a encontrar. A partir
de allí comenzó el descenso y al oscurecer llegamos a Chipaque, a
una aldea india, de cabañas circulares, cubiertas de paja como en
la época de la conquista. Altitud alrededor de 2.491 m.
El 14 bajamos a la quebrada Munare (altitud 2.219 metros), luego
entramos en el valle del Cáqueza, en donde nos llamó la atención el
aspecto irregular de las capas de arenisca y de caliza, a veces
horizontales y a veces fuertemente inclinadas y onduladas. Ese
desorden de los estratos es general; siguiendo el valle de oeste a
este, llegamos al Alto de la Cruz (altitud 2.130 metros) para
volver a bajar al lecho del Cáqueza. Cerca del puente, antes de
entrar en el pueblo, se observa un esquisto negro, cubierto de
eflorescencias de sulfato de magnesia; (sobre el puente altitud
1.611 metros) llegamos a Cáqueza a medio día, altitud 1.745 metros;
esquistos que contienen caliza con conchas. La jornada del 15 la
pasamos en la consecución de mulas; salimos el 16 y subimos el Alto
de Ubaque (altitud 1.917 metros) luego pasamos por El Potrerito
(altitud 1.884 metros) por el Alto de Cara de Perro (altitud 1.544
metros) antes de llegar a Ranchería (altitud 1.534 metros) en donde
pasamos la noche; esto es una cabaña aislada por encima de la unión
del río Negro y del río Samaná o Fosca, una posada para que pasaran
la noche los pocos viajeros que iban a los llanos.
El río Negro recibe al río Umadea; estos dos torrentes nacen en
los páramos de Sumapaz y de Chingaza y se consideran las fuentes
del Meta; en Ranchería se ve la grauvaca, junto con esquistos
negros. Pasamos dos días en la posada, organizando nuestros
transportes. El 19 salimos por el paso del Caballo, atravesando el
Alto del Santuario (altitud 2.342 metros) y Lagunita (altitud 1.867
metros); a las 4 de la tarde llegamos a nuestro destino, una
hacienda sobre el río Negro (altitud 984 metros). La naturaleza del
terreno no había cambiado; seguía siendo el esquisto mezclado con
fragmentos de granito y de rocas talcosas. Por la noche obtuve una
muy buena altura meridiana de “Canopus” para fijar la
latitud de esta estación.
En el paso del Caballo el río Negro corre al SSE, y recibe el
torrente del río Blanco. El 20 de enero, por la mañana, la
temperatura era de 19° cuando dejamos la granja del paso del
Caballo. Al salir del valle se sube una fuerte pendiente hasta el
sitio de San Miguel (altitud 1.631 metros); una hora después
atravesábamos la quebrada de Chiraga (altitud 1.561 metros) y dos
horas más tarde, ya a medio día, al paso de las mulas llegamos a
Suzumuco, (altitud 894 metros). Una hora y 45 minutos después
llegamos a Corrales, cabaña aislada (altitud 1.134). A las 3 y
cuarto a la quebrada Pipiral (altitud 807 metros); a las 5 llegamos
al Alto de Servitá, desde donde se ven los llanos (altitud 1.194
metros). Habíamos andado sobre terreno esquistoso y nos detuvimos
en una barraca llamada Servitá (altitud 979 metros). Desde este
sitio se podía seguir el curso del río Negro en dirección SSO y en
seguida hacia el OSO; después de un gran recorrido vuelve a tomar
la dirección ESE que conserva al llegar al llano.
El 21 de enero por la mañana la temperatura era de 24° en
Servitá. Subimos la cuesta de Buenavista en donde reconocimos la
arenisca de Santa Fe que contiene numerosas acumulaciones de
mineral de hierro; las capas arenáceas están inclinadas hacia el
NO.
Después de 4 horas de ruta, llegamos al Alto de Buenavista
(altitud 1.226 metros). Establecimos nuestro campamento cerca de un
riachuelo, en un sitio de la selva llamado Gramalote, debido a la
abundancia de una gramínea muy alta (altura:483m); por la noche los
zancudos no nos dejaron dormir; cuando estaba preparando mi
horizonte artificial para tomar una altura meridiana de Canopus,
fui rodeado por 3 ó 4 tigres que saltaban alrededor del fuego; me
apresuré a resguardarme y desde luego no hubo observación. Los
rugidos de estos animales eran insoportables; felizmente nuestras
mulas escaparon al peligro, ya que su instinto las había hecho
aproximarse a las fogatas que manteníamos para espantar a los
animales salvajes. Por la mañana nos dimos cuenta de que habíamos
sido invadidos por termitas, una especie de hormigas muy pequeñas
que destruyeron por completo un morral de cacería. En ese momento
el termómetro marcaba 23°. El día anterior, después de una fuerte
lluvia, había marcado 32° hacia las 5 de la tarde.
Dos horas más tarde nos detuvimos con la intención de almorzar
cerca de un río encantador; el Ocoa, cuya agua era límpida y
fresca; nos encontrábamos entre palmeras esbeltas y magníficas;
colocamos nuestros petates, encima de bizcochos de maíz y un
estupendo jamón de York que el doctor Roulin se dedicó a trinchar.
Ya estábamos dispuestos a comer, cuando de pronto nos inundó una
espesa nube de mosquitos y fuimos literalmente devorados, de manera
que tomamos los caballos y en un instante nos alejamos del sitio.
Roulin, al huir, mantenía el jamón, por encima de su cabeza, así
que fue seguido por los insectos durante 1 o 2 kilómetros; cuando
estuvimos fuera de su alcance, pudimos almorzar, pero,
desgraciadamente, no hubo qué beber.
En este sitio encontramos que el río Ocoa tiene 405 metros de
altitud; dos horas después de haberlo atravesado, desembocamos en
la sabana; habíamos llegado a los llanos de San Martín con un
tiempo espléndido; el piso estaba cubierto de rica vegetación y nos
detuvimos ante un pequeño estanque en donde nadaban algunas
tortugas; el agua estaba caliente: 38°, pájaros de rico plumaje
permitían que uno se les acercara y un ciervo bebía. La escena
recordaba, bastante bien, la carátula de la obra del abate Pluche
que representa al hombre en el centro de la creación.
Hacia la una llegamos a la misión de Apiay, si esto puede
llamarse población cuando las casas se encuentran a 1 ó 2
kilómetros, una de otra. Nos alojamos en una habitación construida
a cielo abierto de guaduas y en la cual vivía una familia de pobres
gentes palúdicas, todos con los hígados voluminosos y tan cubiertos
de picaduras de insectos que su piel parecía atigrada; nada tan
triste como verlos agitarse y golpearse para espantar las moscas
que no les daban ni un minuto de reposo.
En Apiay debía residir mi joven monje, le di un abrazo al
despedirme de él; le prometí visitarlo al regreso de las
expedición; el pobre joven tenía lágrimas en los ojos y me decía:
“ya no me encontrará”. Tenía razón; a mi regreso, él
estaba muerto y yo moribundo. Ya empezaba como nuestros infelices
huéspedes, a espantar los mosquitos; nosotros hacíamos lo mismo y
por la noche nos devoraron. Por la mañana teníamos los labios
hinchados y las manos en un estado lamentable. Por primera vez era
víctima de los insectos, pues todavía no había navegado por el
Magdalena, ni vivido en las selvas pantanosas del Chocó, pues había
llegado a la meseta de Cundinamarca, siguiendo la Cordillera
Oriental de los Andes.
Para no reiterar los increíbles sufrimientos que el viajero
enfrenta en las regiones en donde la atmósfera está infestada de
esos terribles insectos, contaré su historia de acuerdo con
Humboldt, quien estuvo expuesto a sus ataques con tanta frecuencia,
durante su memorable navegación por el Alto Orinoco:
En las selvas calientes y húmedas en donde el higrómetro de
Saussure se mantiene ordinariamente entre 78° y 85°, para uno
resulta un terrible tormento los mosquitos y los jejenes durante el
día y los últimos son pequeñas moscas o simúlidos venenosos; por la
noche los zancudos que son temibles por su voracidad. Estos
insectos abundan especialmente en las capas inferiores de la
atmósfera, hasta una altura de 4 a 5 metros, de manera que los
misioneros construyen un andamio, cuando tienen los medios, en
donde les sea posible respirar libremente. Cuando uno se encuentra
encerrado en un sitio oscuro y mira hacia afuera, percibe como una
nube animada. Humboldt calcula en un millón la cantidad de
mosquitos encerrados en un metro cúbico de aire. En una selva
atravesada por un río, los insectos disminuyen a medida que uno se
aleja de la orilla y la diferencia es considerable. Así que los
indios huyen de las misiones colocadas cerca de una corriente de
agua y prefieren el interior de la selva. En efecto, sobre el
Orinoco y sus afluentes se vive dentro de una verdadera nube de
insectos y un indio Saliva le decía al padre Gumillo: “se debe
vivir feliz en la luna porque al verla tan bella y tan clara debe
ser porque está libre de mosquitos”.
La abundancia de moscas en Esmeralda y en el Casiquiare hace que
la residencia en esas localidades sea un verdadero suplicio. En las
mezquinas revoluciones que agitan de vez en cuando la orden de San
Francisco, allí es donde el padre guardián envía a un hermano lego
cuando ha cometido una falta.
La aparición de esos temibles insectos depende de circunstancias
locales que son difíciles de apreciar, pero entre las cuales, de
todas maneras, existe la de una temperatura elevada unida a una
fuerte humedad; esto es fácil de concebir ya que estos insectos
viven dentro del agua durante una gran parte de su existencia en
donde depositan sus huevos y llevan a cabo su metamorfosis.
Un hecho notable bien conocido de los misioneros del Orinoco es
el de que las diferentes especies de estos seres maléficos no se
asocian jamás, o más bien, nunca funcionan en conjunto, de donde
resulta que, de acuerdo con las horas del día, siempre lo
atormentan a uno especies distintas. Cada vez que cambia la escena,
se consiguen unos minutos de calma.
De las seis de la mañana a las cinco de la tarde el aire está
lleno de mosquitos que tienen la forma de una pequeña mosca y no la
de sus primos de Europa (culex pipiens). Son los simúlidos de la
familia de los nemóceros del sistema de Latreille. Su dolorosa
picadura deja sobre la piel un punto pardo rojizo de sangre
extravasada y coagulada. Una hora antes de ponerse el sol, los
mosquitos son reemplazados por los tempraneros matinales, así
llamados porque también se ven por la mañana. Los tempraneros ceden
el sitio a los zancudos culex, de patas muy largas y armados de una
trompa que sirve de forro a un aguijón agudo que ocasiona los
dolores más fuertes y produce sobre la piel ronchas que persisten
durante varias semanas. El zumbido de los zancudos es más fuerte
que el de sus primos de Europa y Humboldt trajo consigo 5 especies
del Magdalena y del río Guayaquil. La más temible es el culex
cyanopteras de vientre azul, el cual es un gigante. Hay otra
especie, apenas visible y muy incómoda para el hombre: es el jején;
no es nocturna, sino precrepuscular; alrededor de una fogata no hay
por qué temerles, sino al principio y al fin de la jornada; de
todas maneras, en las habitaciones poco iluminadas en donde de la
mañana hasta la tarde, reina un crepúsculo permanente, se sufre
singularmente por la irritación constante que ejerce sobre la
piel.
Humboldt ha dicho, con la autoridad de un mártir de estos
insectos, que es imposible no distraerse en una investigación
cuando se es molestado por los mosquitos, los tempraneros, los
jejenes y sobre todo por los zancudos que perforan la ropa con su
aguijón en forma de aguja o que provocan la tos y los estornudos al
introducirse en la boca o en la nariz, por muy acostumbrado que se
esté a aguantar el dolor y por vivo que sea el interés que el
viajero tenga por la ciencia.
Me pude convencer del poder del aguijón del zancudo por haber
sido picado a través de un pantalón de cuero y lana: el único medio
de sustraer el cuerpo a los insectos nocturnos es el de usar un
vestido de badana. Un entomólogo de la expedición del señor
Bourdon, llevaba uno de estos que lo preservaba del aguijón de los
zancudos, pero que no pudo resistir por el calor.
De Apiay, en donde permanecimos el 23 (altitud 353 metros)
llegamos en una jornada a San Martín, marchando al este y
atravesando el río Negro que corre al ESE, luego el río Uribe, uno
de sus afluentes. Observé en esos ríos los cantos recubiertos de
una materia que tiene la apariencia de plombagina, la cual Humboldt
vio también que recubría los granitos rodados por el Orinoco; esta
rara sustancia contiene manganeso y anteriormente yo la había
observado en algunos riachuelos de las costas de Venezuela.
Atravesamos otros torrentes pequeños, los ríos Acacías y Orotoy
que desembocan en el Humadea, que ya es muy grande y ha recibido el
río Negro, y que luego se convierte en el Meta. Habíamos salido de
Apiay a las 7 de la mañana y llegamos al Humadea a las seis de la
tarde; al sorprendernos la noche fuimos obligados a pasarla en una
cabaña abandonada en donde toda la noche tuvimos que defendernos de
gigantescos murciélagos, verdaderos vampiros. Al día siguiente
amanecimos cubiertos de sus excrementos y a las 9 de la mañana
hicimos nuestra entrada en San Martín, en un estado lamentable,
empolvados con ácido úrico.
Nos habíamos demorado 8 días de Bogotá a San Martín, miserable
aldea, pomposamente llamada “La villa de San Martín de los
Blancos”; sin embargo el camino recorrido no excede, en línea
recta, 60 millas geográficas o sea 20 leguas de distancia. Creí mi
deber detallar nuestro itinerario porque los mapas son de una
inexactitud increíble, aún el del coronel Acosta, a quien
comunicamos nuestras observaciones. En gran uniforme hicimos
nuestra visita oficial a las autoridades después de ser instalados
en una gran ramada, la cual es una sala cubierta de hojas. El
alcalde era un indio de la tribu de los coreguajes, desnudo como el
día de su nacimiento, quien no usaba sino la “guagua”,
banda estrecha que llevan sin excepción todos los indios adultos y
como insignia municipal tenía un bastón en cuya empuñadura había
incrustada una cruz de plata.
El cura, un monje franciscano, antiguo jefe de guerrillas, nos
pareció un excelente compañero y la expedición llegó a tiempo para
él porque su mujer, o más bien su india, estaba a punto de dar a
luz. El caso era grave y el doctor Roulin la atendió en el
acontecimiento, no sin grandes dificultades. Yo lo ayudé en la
operación y le hice al niño una pequeña cofia, cortando la punta de
uno de mis dos gorros de algodón y admiré el valor de la
parturienta para soportar los dolores, a pesar de no tener sino 11
años.
El comandante militar era un agricultor de pies desnudos,
muchacho muy amable, mezcla de indio y de blanco, probablemente
producto de un monje y de una coreguaje.
Puse en orden los instrumentos para seguir las variaciones del
barómetro y poder determinar la latitud; pedí que se me limpiara la
habitación, para lo cual me enviaron dos indias muy jóvenes,
acompañadas de un cabo de justicia, algo así como un sub-alcalde,
encargado de vigilar las barrenderas; las indias pusieron manos a
la obra, pero como el representante de la autoridad, armado de su
vara, hacía ademanes de maltratarlas, procedí a sacarlo; apenas
hubo salido de la puerta, regresó por la ventana, sin manifestar la
menor emoción; entonces lo tomé por debajo de los brazos, le di
fuete y lo saqué de nuevo de la sala; creo que obré mal. Sin
embargo las barrenderas se mostraron muy felices y reían a
carcajadas con el ruido de los lapos que resonaban en el trasero de
su vigilante.
El 27 de enero había dispuesto el telescopio de espejo metálico
y había arreglado el cronómetro para observar una inmersión del
primer satélite de Júpiter con el fin de fijar la longitud.
Infortunadamente hacia las 4 de la tarde se presentó una tempestad
y el cielo permaneció cubierto durante la noche.
Las flechas envenenadas con curare son muy utilizadas por los
indios. Matamos un mono araguate con una de esas flechas y comimos
la carne asada, flaca, seca —y, para mi gusto poco
sabrosa—; además el animal se parecía tanto a un niño, que
causaba una fuerte repugnancia.
|
(1)
|
Boussingault. Informe a la Academia sobre los trabajos
geográficos del coronel Codazzi. (Comptes rendus T. XII, Pág.462)
(Regresar a 1)
|
|
(2)
|
Codazzi da como longitud del Meta 210 leguas colombianas; es
un error. (Regresar a 2)
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