INDICE





LAS MEMORIAS DE UN NATURALISTA Y CIENTÍFICO QUE CEDIÓ A LA TENTACIÓN DE SER OBSERVADOR Y CRÍTICO SOCIAL

INTRODUCCIÓN

TOMO I

CAPÍTULO I
Mi formación — La Revolución francesa — Napoleón — El espanto de la guerra — Humboldt — Preparativos de viaje.

CAPÍTULO II
Caracas — Los temblores de tierra — Ascención a la silla.

CAPÍTULO III
Valle de Aragua — Lago Tacarigua — Morro de San Juan — Sitio de Puerto cabello— El general Páez— El árbol de la vaca— Aguas termales de la cadena del litoral.

CAPÍTULO IV
Cordillera Oriental de los Andes — Su constitución geológica —Nivelación barométrica — Efectos del temblor de tierra de 1812, observados en diferentes localidades — Sierra Nevada de Mérida —Lago Urao— Pamplona, sus minas de oro— Hierro meteórico de Santa Rosa.

CAPÍTULO V
Explanada de Bogotá — Nación Muisca — Su conquista - Guerras de la Independencia — Descripción de la meseta.

CAPÍTULO VI
Las primeras luchas por la Independencia — Bolívar.

CAPÍTULO VII
Meseta de Bogotá — Constitución geológica — Sal gema — Salinas —Carbón — Minas de esmeraldas.

CAPÍTULO VIII
Bogotá — Situación — Clima — Costumbres — Aventuras — Excursiones por los alrededores.

CAPÍTULO IX
Excursión para determinar los límites del terreno al sur de Bogotá —   Valle del Magdalena entre honda e Ibagué — Observaciones sobre el aumento de la intensidad del sonido durante la noche — Puente natural de Pandi o Icononzo.

TOMO II

CAPÍTULO X
Jugo venenoso del ajuapar— Accidentes que sucedieron mientras analizábamos esa materia — El comandante don Juan con nodriza — Irradiación nocturna en Bogotá.

CAPÍTULO XI
Algunos de mis conocidos en Bogotá — El Libertador Bolívar —Personajes — Sucesos.

CAPÍTULO XII
El Salto de Tequendama — Historia de Manuelita Sáenz.

CAPÍTULO XIII
Expedición de 1824— En los llanos del Meta.

CAPÍTULO XIV
Cordillera Central y Cordillera Oriental— Valle del Cauca— Minas de oro de La Vega de Supía - Provincia de Antioquia.

CAPÍTULO XV
Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

CAPÍTULO XVI
Viaje a la región aurífera y platinífera del Chocó.

CAPÍTULO XVII
Viaje al Ecuador— Estudios sobre la región volcánica.

CAPÍTULO XVIII
Ascensión al volcán del Puracé.

CAPÍTULO XIX
Viaje de Popayán a Pasto — Estancia en Pasto.

CAPÍTULO XX
Viaje de Pasto a Quito.

CAPÍTULO XXI
Ecuador.

CAPÍTULO XXII
Ascensión al volcán de Pichincha.

CAPÍTULO XXIII
Ascensión al Antisana.

CAPÍTULO XXIV
Tertulias y puros.

CAPÍTULO XXV
Ascensión al Chimborazo (1831).

CORRESPONDENCIA 1818-1826
Correspondencia I-X
Correspondencia XI-XVI
Correspondencia XVII-XXII
Correspondencia XXIII-XXIX
Correspondencia XXX-XL
Correspondencia XLI- LI
Correspondencia LII-LXII
Correspondencia LXIII- LXXIII
Correspondencia LXXIV - LXXXI
Correspondencia LXXXII - CII
Correspondencia CIII - CXXIX
CAPÍTULO XIII
 

 

Expedición de 1824— En los llanos del Meta.
 

 

Las llanuras al este de las cordilleras de la América intertropical, tienen por límite las selvas impenetrables del Alto Orinoco y los pantanos de la Guayana; están atravesadas por numerosos ríos: el Apure, el Guaviare, el Putumayo, ríos importantes que nacen en las vertientes orientales de las montañas de Venezuela y de la Nueva Granada. Situadas bajo la zona tórrida, a poca altitud, esas estepas tienen un clima extremadamente caliente. Su inmensa extensión y su superficie unida traen a la mente la imagen del océano, si no fuera por su silencio y por su movilidad, porque así como lo anota Humboldt: “El desierto es inanimado y muerto, como podría serlo un planeta devastado”.

La tierra caliente tiene en realidad dos estaciones: la de las lluvias y la de las sequías, de tal manera que ofrece el aspecto bien de una pradera verde, o la de un suelo desnudo, agrietado, cuyo polvo que levanta el viento, comunica a la atmósfera un calor asfixiante que llega algunas veces a 40° o 42°. Entonces el suelo está constantemente descubierto, una fuerte brisa del NE sopla regularmente desde el amanecer hasta el ocaso. El aire es relativamente calmado durante la noche; las constelaciones brillan maravillosamente y entre ellas, la Cruz del Sur, esa guía del viajero perdido, que cuando se ve por primera vez no deja de causar cierta emoción.

La proximidad de la estación de lluvias se anuncia con grandes truenos; las nubes oscurecen el horizonte y la sabana pronto queda transformada en un gran lago, en mar de agua dulce. Las comunicaciones se efectúan por medio de embarcaciones; únicamente los llaneros experimentados se atreven a recoger a caballo el terreno sumergido, porque para emprender tamaña travesía es necesario poseer la prudencia del piloto, unida a la habilidad del jinete consumado. A medida que las aguas invaden las estepas, el ganado y los caballos dispersos en las praderas, se retiran a las prominencias, en realidad poco elevadas, pero de gran extensión en algunos parajes: estas son las mesas y los bancos en donde están establecidos los “hatos” de las haciendas.

Las estepas son fértiles; es una zona pastoral. En los llanos del Apure se encuentran algunas ciudades, pueblos y misiones en donde viven indios catequizados. En Venezuela, los pastizales ocupan una superficie de 6.695 miriámetros cuadrados, de los cuales 717 se inundan cada año.

Los llanos del Apure y de Barinas, de acuerdo con las estadísticas del coronel Codazzi, contenían en 1839 un millón de cabezas de ganado, caballos y mulas; si se tienen en cuenta los animales que pastan en la Guayana y Barcelona, se llega a la cifra de 2000.000 cabezas de la raza bovina y caballar.

En el Apure, una superficie de 1.866 leguas cuadradas no contiene sino 15.500 habitantes. Los llanos de Barinas son más poblados y se avalúa su población en 115.000 almas. Allí se cultiva el tabaco, el añil, el cacao, el café y el algodón.

Los llaneros son mulatos y zambos, de una prodigiosa actividad: desnudos hasta la cintura, pasan su vida a caballo y les es trabajoso hacer la menor diligencia a pie; armados de una lanza para defender los rebaños contra los ataques de los tigres, llevan además, enrollado en la cabeza de la silla, el lazo de cuero para detener y voltear un toro y, cuando hacen la guerra, desmontar al enemigo. Estos hombres, cuya ocupación es la de reunir el ganado y de marcarlo con un hierro al rojo, se alimentan de carne secada al aire, después de haber sido espolvoreada de sal; la raíz de la yuca reemplaza al pan.

La inundación de los llanos coincide con las crecidas del Orinoco, el equinoccio de primavera, hacia el fin de marzo, cuando la brisa ya no se siente. La creciente no es continua sino intermitente; el río baja algunas veces en abril y llega al máximo de su altura en julio y permanece lleno hasta los últimos días de agosto, para disminuir lenta y gradualmente en enero y febrero.

La tierra que ha absorbido agua, se reviste pronto de diversas familias de gramíneas y de sensitivas; parece un hierbazal inmenso en donde los rebaños encuentran en abundancia un alimento que no tenían en las mesas a donde se habían retirado para escapar a la invasión de las aguas. Las crecientes y el desbordamiento de los ríos son ocasionados por la abundancia de las lluvias, las cuales, en la estación del invierno caen en la cuenca hidrográfica del Orinoco, cuya extensión, de acuerdo con el coronel Codazzi sería de 9.628 miriámetros cuadrados. Yo añadiría que la cuenca del Orinoco se relaciona con la del Amazonas. La comunicación entre los dos ríos ha sido, durante mucho tiempo, motivo de discusiones entre los geógrafos. Se preguntaban si era realmente posible ir de un río al otro transportando las embarcaciones por tierra y sin tener que arrastrar las embarcaciones por los “arrastraderos”. Ya en un mapa elaborado en 1599 se encuentran indicados los sitios de transporte de embarcaciones por tierra entre el Esequibo, el Caroni y el Rioblanco. En 1739, Horneman había atravesado en tres jornadas de marcha un arrastradero que iba del río Sauri al río Rupunuri, pero la comunicación directa entre los dos mayores ríos de América, siguió siendo incierta y controvertida hasta el descubrimiento inesperado del Casiquiare, por el padre Román. Este religioso, en el curso de un viaje efectuado en 1744 para inspeccionar las misiones del Alto Orinoco, se encontró con una piragua montada por europeos a la altura del Guaviare. En las soledades del nuevo mundo, en esas espesas selvas en donde se está continuamente en guardia contra los animales feroces, lo más temido por el hombre y lo que en él despierta los temores más vivos, es la aparición de un semejante. Justamente alarmado, el misionero se apresuró a enarbolar una señal de paz: una cruz. El padre había encontrado unos portugueses que quedaron sorprendidos de saber que navegaban sobre las aguas del Orinoco. El jefe de las misiones los acompañó por el Casiquiare hasta los establecimientos del río Negro. La noticia de este increíble encuentro se regó rápidamente y algunos meses después La Condamine anunciaba el descubrimiento del Casiquiare en el curso de una sesión pública de la Academia de Ciencias.

Desde entonces la comunicación directa con el Amazonas dejó de ser dudosa. La Comisión de Límites bajo la dirección de Solano comenzó la exploración del Casiquiare y del río Negro. Más tarde Humboldt estudió, con mucho cuidado, la bifurcación del Orinoco a la misión de Esmeralda. Resultaría, de acuerdo con las observaciones del coronel Codazzi, que por el Casiquiare, cerca de un tercio del volumen de las aguas del Orinoco van al río Negro y luego al Amazonas | (1) .  

En Angostura, capital de la Guyana, se ha tratado de cubicar el volumen de las aguas del Orinoco. En ese punto el río baja encajado en un lecho muy angosto, de un ancho de no más de 6.688 metros (sic). Una roca que se encuentra en el centro de la corriente es un verdadero “treconómetro”. En ese estrecho, en estiaje, el coronel Codazzi constató que pasan 882,7 metros cúbicos de agua por segundo. Se debe tener en cuenta que en Angostura el río no ha recibido todavía al río Caroní, de manera que después de un recorrido de 222 miriámetros, en las cercanías de Piacoa, su anchura es considerable: es allí donde comienza el Delta, laberinto interminable de canales de una superficie de 133 miriámetros cuadrados. 

Las crecientes promedio del Orinoco a Angostura no pasan los 8 metros. Al hacer retroceder los ríos tributarios hacia sus fuentes, modifican el régimen y así concurren con las lluvias ecuatoriales de la estación, a la inundación de las partes menos elevadas de las estepas. El límite del ascenso de las aguas del llano hacia las cordilleras, depende naturalmente de la pendiente del lecho de los ríos y el suelo de los llanos se eleva insensiblemente hacia las montañas. De manera que al comparar las observaciones barométricas hechas durante nuestra expedición en el Meta, desde el embarcadero superior hasta su unión con el Orinoco, se encontró una diferencia de nivel de 139 metros sobre una distancia de 430 millas geográficas (147 leguas colombianas) | (2) o sea una pendiente media de cerca de 0,35 metros por milla, pero la pendiente del lecho del río está lejos de ser uniforme en todo su recorrido; disminuye a medida que se aleja del nacimiento. Así, el Apure y el Meta tienen corrientes tan poco pronunciadas al acercarse a su desembocadura que a veces su dirección parece incierta. Con pendientes tan suaves se puede concebir que la creciente del Orinoco penetre tanto dentro de los otros ríos que los hace salir de sus lechos. Por ejemplo, en el Meta hemos encontrado que la diferencia de altura entre la boca del Casanare y el de su punto de unión con el río es de 37 metros y la distancia de 225 millas; así se obtiene 1,06 metros por la pendiente por milla. La altitud de la misión de San Simón por encima del punto de unión es nula y la distancia es de 205 millas. Ocurrió que hasta esta distancia las aguas del Meta siguieron en el llano el movimiento ascendente de las aguas del Orinoco y que se regaron en las estepas, como sucede generalmente cuando un río no está encañonado; de esto resultaron desbordamientos que formaron una capa de agua que se extendió más en la medida que la pendiente del terreno es menor.  

A una altitud absoluta de 200 metros los pueblos escapan a las inundaciones; éste es el caso para los llanos poco alejados de las montañas, como donde está situada la ciudad de San Martín. Los principales ríos que desembocaban en el Orinoco son el Apure y el Arauca que vienen de la Sierra Nevada de Mérida; el Meta y el Guaviare, originarios de las cordilleras de Cundinamarca; y al sur del ecuador los ríos del Caquetá y el Putumayo que salen de los Andes de Pasto y corren hacia el Amazonas. El comercio de los llanos de Venezuela que exporta sus productos como carnes saladas, mulas, etc. hacia la Guayana y las Antillas, se hace por el río Apure.

El Meta ha sido considerado durante largo tiempo como la vía más conveniente para la exportación de las harinas producidas en las mesetas de la Nueva Granada. Los jesuitas apoyaron con ese objeto, el establecimiento de misiones sobre sus riberas; hasta el presente, no se ha practicado este tránsito de manera permanente. En primer lugar las tierras temperadas de Bogotá y de Tunja, no han tenido sino cultivos de cereales apenas suficientes para el consumo del país; en segundo lugar es más racional llegar al mar por el río Grande de la Magdalena, ruta directa cuyo embarcadero se halla en Honda, que el camino de la navegación del Meta, a través de extensiones desérticas y luego la travesía del Orinoco. Los llanos, por su inmensidad, su aspecto tan variable de acuerdo con las diversas épocas del año, los bellos ríos que los atraviesan para desembocar en uno de los más grandes ríos conocidos, ofrece un increíble espectáculo que apenas yo había entrevisto en mis excursiones de Maracay a las ciudades de San Carlos y de Cura y fue con una viva curiosidad que recorrí los llanos de Calabozo, pero el proyecto que había concebido de penetrar hacia el interior de las estepas no se pudo realizar sino en 1824.

El gobierno deseaba conocer exactamente el curso del Meta y la posición astronómica de su confluencia con el Orinoco. Humboldt, por medio de sus observaciones cronométricas había fijado la longitud en 7°4'29"; pero el estado del cielo no le permitió obtener la latitud de esta estación.

Una expedición formada por el señor Mariano de Rivero, el doctor Roulin y yo, fue encargada de llenar el vacío dejado por Humboldt y de explorar esta región principiando por nivelar, con la ayuda del barómetro, la pendiente Este de la cordillera que llevaba a los llanos de San Martín. Nos acompañó un piquete de soldados al mando de un suboficial con el objeto de rechazar, en caso de necesidad, a los indios no sometidos todavía al gobierno.

Los preparativos quedaron hechos rápidamente, los barómetros en orden y establecida la marcha de los cronómetros. Nuestros amigos estaban lejos de felicitarnos por la misión que el gobierno nos confiaba. Para todo habitante de las regiones frías la permanencia en los llanos del Este era con frecuencia mortal. Se nos despedía como si no nos fueran a volver a ver; en cuanto a nosotros, partíamos con toda la despreocupación de la juventud. La víspera de la salida el ministro me rogó acompañar a un monje de San Francisco para instalarlo en un curato que debía ocupar en los llanos de San Martín; era un exilio provocado por una conducta más que ligera, escandalosa. Religioso encantador de una figura encantadora, muy buscado por las mujeres, jugador y libertino, llegó puntualmente a la cita. —Yo debía ser su custodio— excelente compañero después de todo y muy divertido. En camino, cantaba canciones imposibles de traducir; en el vivaque jugaba con los soldados y les enseñaba a marcar las cartas, nos contaba historias escabrosas, luego —a la oración— decía sus plegarias con mucha unción.

La ruta que íbamos a tomar para bajar al llano era precisamente aquella por donde llegaron Federmán y su tropa miserable, extenuados a donde los muiscas, después de haber andado errantes durante más de un año, buscando el Dorado.

El 13 de enero de 1824 salimos de Bogotá hacia Chipaque a eso de las 12 y pasamos el Boquerón hacia las 3, a una altitud de 2.595 metros. Era el punto más elevado que íbamos a encontrar. A partir de allí comenzó el descenso y al oscurecer llegamos a Chipaque, a una aldea india, de cabañas circulares, cubiertas de paja como en la época de la conquista. Altitud alrededor de 2.491 m.

El 14 bajamos a la quebrada Munare (altitud 2.219 metros), luego entramos en el valle del Cáqueza, en donde nos llamó la atención el aspecto irregular de las capas de arenisca y de caliza, a veces horizontales y a veces fuertemente inclinadas y onduladas. Ese desorden de los estratos es general; siguiendo el valle de oeste a este, llegamos al Alto de la Cruz (altitud 2.130 metros) para volver a bajar al lecho del Cáqueza. Cerca del puente, antes de entrar en el pueblo, se observa un esquisto negro, cubierto de eflorescencias de sulfato de magnesia; (sobre el puente altitud 1.611 metros) llegamos a Cáqueza a medio día, altitud 1.745 metros; esquistos que contienen caliza con conchas. La jornada del 15 la pasamos en la consecución de mulas; salimos el 16 y subimos el Alto de Ubaque (altitud 1.917 metros) luego pasamos por El Potrerito (altitud 1.884 metros) por el Alto de Cara de Perro (altitud 1.544 metros) antes de llegar a Ranchería (altitud 1.534 metros) en donde pasamos la noche; esto es una cabaña aislada por encima de la unión del río Negro y del río Samaná o Fosca, una posada para que pasaran la noche los pocos viajeros que iban a los llanos.

El río Negro recibe al río Umadea; estos dos torrentes nacen en los páramos de Sumapaz y de Chingaza y se consideran las fuentes del Meta; en Ranchería se ve la grauvaca, junto con esquistos negros. Pasamos dos días en la posada, organizando nuestros transportes. El 19 salimos por el paso del Caballo, atravesando el Alto del Santuario (altitud 2.342 metros) y Lagunita (altitud 1.867 metros); a las 4 de la tarde llegamos a nuestro destino, una hacienda sobre el río Negro (altitud 984 metros). La naturaleza del terreno no había cambiado; seguía siendo el esquisto mezclado con fragmentos de granito y de rocas talcosas. Por la noche obtuve una muy buena altura meridiana de “Canopus” para fijar la latitud de esta estación.  

En el paso del Caballo el río Negro corre al SSE, y recibe el torrente del río Blanco. El 20 de enero, por la mañana, la temperatura era de 19° cuando dejamos la granja del paso del Caballo. Al salir del valle se sube una fuerte pendiente hasta el sitio de San Miguel (altitud 1.631 metros); una hora después atravesábamos la quebrada de Chiraga (altitud 1.561 metros) y dos horas más tarde, ya a medio día, al paso de las mulas llegamos a Suzumuco, (altitud 894 metros). Una hora y 45 minutos después llegamos a Corrales, cabaña aislada (altitud 1.134). A las 3 y cuarto a la quebrada Pipiral (altitud 807 metros); a las 5 llegamos al Alto de Servitá, desde donde se ven los llanos (altitud 1.194 metros). Habíamos andado sobre terreno esquistoso y nos detuvimos en una barraca llamada Servitá (altitud 979 metros). Desde este sitio se podía seguir el curso del río Negro en dirección SSO y en seguida hacia el OSO; después de un gran recorrido vuelve a tomar la dirección ESE que conserva al llegar al llano. 

El 21 de enero por la mañana la temperatura era de 24° en Servitá. Subimos la cuesta de Buenavista en donde reconocimos la arenisca de Santa Fe que contiene numerosas acumulaciones de mineral de hierro; las capas arenáceas están inclinadas hacia el NO.

Después de 4 horas de ruta, llegamos al Alto de Buenavista (altitud 1.226 metros). Establecimos nuestro campamento cerca de un riachuelo, en un sitio de la selva llamado Gramalote, debido a la abundancia de una gramínea muy alta (altura:483m); por la noche los zancudos no nos dejaron dormir; cuando estaba preparando mi horizonte artificial para tomar una altura meridiana de Canopus, fui rodeado por 3 ó 4 tigres que saltaban alrededor del fuego; me apresuré a resguardarme y desde luego no hubo observación. Los rugidos de estos animales eran insoportables; felizmente nuestras mulas escaparon al peligro, ya que su instinto las había hecho aproximarse a las fogatas que manteníamos para espantar a los animales salvajes. Por la mañana nos dimos cuenta de que habíamos sido invadidos por termitas, una especie de hormigas muy pequeñas que destruyeron por completo un morral de cacería. En ese momento el termómetro marcaba 23°. El día anterior, después de una fuerte lluvia, había marcado 32° hacia las 5 de la tarde.

Dos horas más tarde nos detuvimos con la intención de almorzar cerca de un río encantador; el Ocoa, cuya agua era límpida y fresca; nos encontrábamos entre palmeras esbeltas y magníficas; colocamos nuestros petates, encima de bizcochos de maíz y un estupendo jamón de York que el doctor Roulin se dedicó a trinchar. Ya estábamos dispuestos a comer, cuando de pronto nos inundó una espesa nube de mosquitos y fuimos literalmente devorados, de manera que tomamos los caballos y en un instante nos alejamos del sitio. Roulin, al huir, mantenía el jamón, por encima de su cabeza, así que fue seguido por los insectos durante 1 o 2 kilómetros; cuando estuvimos fuera de su alcance, pudimos almorzar, pero, desgraciadamente, no hubo qué beber.

En este sitio encontramos que el río Ocoa tiene 405 metros de altitud; dos horas después de haberlo atravesado, desembocamos en la sabana; habíamos llegado a los llanos de San Martín con un tiempo espléndido; el piso estaba cubierto de rica vegetación y nos detuvimos ante un pequeño estanque en donde nadaban algunas tortugas; el agua estaba caliente: 38°, pájaros de rico plumaje permitían que uno se les acercara y un ciervo bebía. La escena recordaba, bastante bien, la carátula de la obra del abate Pluche que representa al hombre en el centro de la creación.

Hacia la una llegamos a la misión de Apiay, si esto puede llamarse población cuando las casas se encuentran a 1 ó 2 kilómetros, una de otra. Nos alojamos en una habitación construida a cielo abierto de guaduas y en la cual vivía una familia de pobres gentes palúdicas, todos con los hígados voluminosos y tan cubiertos de picaduras de insectos que su piel parecía atigrada; nada tan triste como verlos agitarse y golpearse para espantar las moscas que no les daban ni un minuto de reposo.

En Apiay debía residir mi joven monje, le di un abrazo al despedirme de él; le prometí visitarlo al regreso de las expedición; el pobre joven tenía lágrimas en los ojos y me decía: “ya no me encontrará”. Tenía razón; a mi regreso, él estaba muerto y yo moribundo. Ya empezaba como nuestros infelices huéspedes, a espantar los mosquitos; nosotros hacíamos lo mismo y por la noche nos devoraron. Por la mañana teníamos los labios hinchados y las manos en un estado lamentable. Por primera vez era víctima de los insectos, pues todavía no había navegado por el Magdalena, ni vivido en las selvas pantanosas del Chocó, pues había llegado a la meseta de Cundinamarca, siguiendo la Cordillera Oriental de los Andes.

Para no reiterar los increíbles sufrimientos que el viajero enfrenta en las regiones en donde la atmósfera está infestada de esos terribles insectos, contaré su historia de acuerdo con Humboldt, quien estuvo expuesto a sus ataques con tanta frecuencia, durante su memorable navegación por el Alto Orinoco:

En las selvas calientes y húmedas en donde el higrómetro de Saussure se mantiene ordinariamente entre 78° y 85°, para uno resulta un terrible tormento los mosquitos y los jejenes durante el día y los últimos son pequeñas moscas o simúlidos venenosos; por la noche los zancudos que son temibles por su voracidad. Estos insectos abundan especialmente en las capas inferiores de la atmósfera, hasta una altura de 4 a 5 metros, de manera que los misioneros construyen un andamio, cuando tienen los medios, en donde les sea posible respirar libremente. Cuando uno se encuentra encerrado en un sitio oscuro y mira hacia afuera, percibe como una nube animada. Humboldt calcula en un millón la cantidad de mosquitos encerrados en un metro cúbico de aire. En una selva atravesada por un río, los insectos disminuyen a medida que uno se aleja de la orilla y la diferencia es considerable. Así que los indios huyen de las misiones colocadas cerca de una corriente de agua y prefieren el interior de la selva. En efecto, sobre el Orinoco y sus afluentes se vive dentro de una verdadera nube de insectos y un indio Saliva le decía al padre Gumillo: “se debe vivir feliz en la luna porque al verla tan bella y tan clara debe ser porque está libre de mosquitos”.  

La abundancia de moscas en Esmeralda y en el Casiquiare hace que la residencia en esas localidades sea un verdadero suplicio. En las mezquinas revoluciones que agitan de vez en cuando la orden de San Francisco, allí es donde el padre guardián envía a un hermano lego cuando ha cometido una falta. 

La aparición de esos temibles insectos depende de circunstancias locales que son difíciles de apreciar, pero entre las cuales, de todas maneras, existe la de una temperatura elevada unida a una fuerte humedad; esto es fácil de concebir ya que estos insectos viven dentro del agua durante una gran parte de su existencia en donde depositan sus huevos y llevan a cabo su metamorfosis.

Un hecho notable bien conocido de los misioneros del Orinoco es el de que las diferentes especies de estos seres maléficos no se asocian jamás, o más bien, nunca funcionan en conjunto, de donde resulta que, de acuerdo con las horas del día, siempre lo atormentan a uno especies distintas. Cada vez que cambia la escena, se consiguen unos minutos de calma.

De las seis de la mañana a las cinco de la tarde el aire está lleno de mosquitos que tienen la forma de una pequeña mosca y no la de sus primos de Europa (culex pipiens). Son los simúlidos de la familia de los nemóceros del sistema de Latreille. Su dolorosa picadura deja sobre la piel un punto pardo rojizo de sangre extravasada y coagulada. Una hora antes de ponerse el sol, los mosquitos son reemplazados por los tempraneros matinales, así llamados porque también se ven por la mañana. Los tempraneros ceden el sitio a los zancudos culex, de patas muy largas y armados de una trompa que sirve de forro a un aguijón agudo que ocasiona los dolores más fuertes y produce sobre la piel ronchas que persisten durante varias semanas. El zumbido de los zancudos es más fuerte que el de sus primos de Europa y Humboldt trajo consigo 5 especies del Magdalena y del río Guayaquil. La más temible es el culex cyanopteras de vientre azul, el cual es un gigante. Hay otra especie, apenas visible y muy incómoda para el hombre: es el jején; no es nocturna, sino precrepuscular; alrededor de una fogata no hay por qué temerles, sino al principio y al fin de la jornada; de todas maneras, en las habitaciones poco iluminadas en donde de la mañana hasta la tarde, reina un crepúsculo permanente, se sufre singularmente por la irritación constante que ejerce sobre la piel.

Humboldt ha dicho, con la autoridad de un mártir de estos insectos, que es imposible no distraerse en una investigación cuando se es molestado por los mosquitos, los tempraneros, los jejenes y sobre todo por los zancudos que perforan la ropa con su aguijón en forma de aguja o que provocan la tos y los estornudos al introducirse en la boca o en la nariz, por muy acostumbrado que se esté a aguantar el dolor y por vivo que sea el interés que el viajero tenga por la ciencia.

Me pude convencer del poder del aguijón del zancudo por haber sido picado a través de un pantalón de cuero y lana: el único medio de sustraer el cuerpo a los insectos nocturnos es el de usar un vestido de badana. Un entomólogo de la expedición del señor Bourdon, llevaba uno de estos que lo preservaba del aguijón de los zancudos, pero que no pudo resistir por el calor.

De Apiay, en donde permanecimos el 23 (altitud 353 metros) llegamos en una jornada a San Martín, marchando al este y atravesando el río Negro que corre al ESE, luego el río Uribe, uno de sus afluentes. Observé en esos ríos los cantos recubiertos de una materia que tiene la apariencia de plombagina, la cual Humboldt vio también que recubría los granitos rodados por el Orinoco; esta rara sustancia contiene manganeso y anteriormente yo la había observado en algunos riachuelos de las costas de Venezuela.

Atravesamos otros torrentes pequeños, los ríos Acacías y Orotoy que desembocan en el Humadea, que ya es muy grande y ha recibido el río Negro, y que luego se convierte en el Meta. Habíamos salido de Apiay a las 7 de la mañana y llegamos al Humadea a las seis de la tarde; al sorprendernos la noche fuimos obligados a pasarla en una cabaña abandonada en donde toda la noche tuvimos que defendernos de gigantescos murciélagos, verdaderos vampiros. Al día siguiente amanecimos cubiertos de sus excrementos y a las 9 de la mañana hicimos nuestra entrada en San Martín, en un estado lamentable, empolvados con ácido úrico.

Nos habíamos demorado 8 días de Bogotá a San Martín, miserable aldea, pomposamente llamada “La villa de San Martín de los Blancos”; sin embargo el camino recorrido no excede, en línea recta, 60 millas geográficas o sea 20 leguas de distancia. Creí mi deber detallar nuestro itinerario porque los mapas son de una inexactitud increíble, aún el del coronel Acosta, a quien comunicamos nuestras observaciones. En gran uniforme hicimos nuestra visita oficial a las autoridades después de ser instalados en una gran ramada, la cual es una sala cubierta de hojas. El alcalde era un indio de la tribu de los coreguajes, desnudo como el día de su nacimiento, quien no usaba sino la “guagua”, banda estrecha que llevan sin excepción todos los indios adultos y como insignia municipal tenía un bastón en cuya empuñadura había incrustada una cruz de plata.

El cura, un monje franciscano, antiguo jefe de guerrillas, nos pareció un excelente compañero y la expedición llegó a tiempo para él porque su mujer, o más bien su india, estaba a punto de dar a luz. El caso era grave y el doctor Roulin la atendió en el acontecimiento, no sin grandes dificultades. Yo lo ayudé en la operación y le hice al niño una pequeña cofia, cortando la punta de uno de mis dos gorros de algodón y admiré el valor de la parturienta para soportar los dolores, a pesar de no tener sino 11 años.

El comandante militar era un agricultor de pies desnudos, muchacho muy amable, mezcla de indio y de blanco, probablemente producto de un monje y de una coreguaje.

Puse en orden los instrumentos para seguir las variaciones del barómetro y poder determinar la latitud; pedí que se me limpiara la habitación, para lo cual me enviaron dos indias muy jóvenes, acompañadas de un cabo de justicia, algo así como un sub-alcalde, encargado de vigilar las barrenderas; las indias pusieron manos a la obra, pero como el representante de la autoridad, armado de su vara, hacía ademanes de maltratarlas, procedí a sacarlo; apenas hubo salido de la puerta, regresó por la ventana, sin manifestar la menor emoción; entonces lo tomé por debajo de los brazos, le di fuete y lo saqué de nuevo de la sala; creo que obré mal. Sin embargo las barrenderas se mostraron muy felices y reían a carcajadas con el ruido de los lapos que resonaban en el trasero de su vigilante.

El 27 de enero había dispuesto el telescopio de espejo metálico y había arreglado el cronómetro para observar una inmersión del primer satélite de Júpiter con el fin de fijar la longitud. Infortunadamente hacia las 4 de la tarde se presentó una tempestad y el cielo permaneció cubierto durante la noche.  

Las flechas envenenadas con curare son muy utilizadas por los indios. Matamos un mono araguate con una de esas flechas y comimos la carne asada, flaca, seca —y, para mi gusto poco sabrosa—; además el animal se parecía tanto a un niño, que causaba una fuerte repugnancia.

 

(1) Boussingault. Informe a la Academia sobre los trabajos geográficos del coronel Codazzi. (Comptes rendus T. XII, Pág.462) (Regresar a 1)
(2)   Codazzi da como longitud del Meta 210 leguas colombianas; es un error. (Regresar a 2)

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