Pero en esos gastos entraban algunos de montaje, que no deberían
haber figurado ahí, tales como los que ocasionaron la construcción
de edificios, colocación de máquinas, gastos de viaje de los
mineros alemanes y los considerables aprovisionamientos de mercurio
que se hallaban almacenados en Honda.
Mi informe sobre el yacimiento argentífero fue
favorable.
Después de algunos años de trabajo bien dirigidos, se obtuvieron
buenos resultados. En primer lugar, cosa prudente, el mineral
lavado fue expedido a Inglaterra para su tratamiento, el que más
tarde pudo hacerse en la ruina. Se consiguieron y todavía se
logran, utilidades satisfactorias.
Santa Ana, después del abandono de los trabajos, cayó en una
miseria extrema. La población, muy disminuida, se redujo a algunas
familias miserables. Si no hubiese sido por la invasión de la
vegetación, cosa que sucede siempre cuando la población disminuye y
a la insalubridad resultante, el clima habría sido mejor que el de
Mariquita.
En el curso de una de las numerosas visitas que hice a la
desamparada población, asistí a una escena bastante
divertida: estaba acompañado por mi excelente amigo el
canónigo Céspedes, un botánico infatigable. Me mostraba
entusiasmado las plantas más raras a los ojos de un europeo; por
ejemplo, los árboles de caucho y no pudo resistir el deseo de
pedirme que yo sangrara uno, rogándome darle algunos sablazos al
tronco. La savia corrió inmediatamente y cuando tenía alrededor de
un metro de largo coaguló súbitamente y así nos procuramos
alrededor de 1/2 kilo de bandas de goma elásticas.
Nuestra entrada a la población fue sensacional: ¡El comandante
don Juan había traído un cura! ¡Hacía tanto que no veíamos uno y
llegaba precisamente la víspera de la fiesta de la santa
patrona!” De manera que apenas nos habíamos desmontado, el
alcalde y los personajes importantes vinieron a suplicar a Céspedes
que dijese una misa en honor de la santa, al día siguiente, ya que
era su fiesta. El buen cura aceptó encantado, añadiendo que yo
sería su acólito.
—“Pero Ud. sabe muy bien que yo no tengo ni idea de lo
que tengo que hacer y que además no creo en la misa”, le
dije.
—“Da lo mismo, yo le soplaré y será muy
divertido”.
El cielo afortunadamente decidió que yo me escapara de una
situación incómoda; nos hospedamos en el presbiterio y después de
una comida digna de un canónigo, compuesta por una tortilla de
fríjoles y aguardiente, nos acostamos sobre cueros de buey
extendidos en el suelo y nos dormimos después de que el experto
botánico me hubo descrito los nombres de las especies nuevas que
había encontrado durante nuestra excursión. Me desperté a la salida
del sol por el movimiento del cura, quien preparaba su misa y lo vi
que bebía, “por distracción”, dos vasos de ron que se
sirvió de una botella que había quedado sobre la mesa. De inmediato
cerré los ojos y el buen sacerdote me miró diciendo
suavemente: —“¡Don Juan!, ¡don Juan!” No pude
mantener mi seriedad y al verme sonreír, exclamó: "¡Ah! no
duerme, entonces no hay misa, me he tomado imprudentemente “la
mañana” (un trago). De ahí deduje que si hubiese estado
dormido, habría dicho su misa tranquilamente y habría comulgado.
Cuando las autoridades municipales llegaron a buscar al canónigo,
supieron que Santa Ana tendría que contentarse con un rosario, para
su fiesta. En efecto, se cantó interminablemente, se echó incienso
y el horroroso pedazo de madera pintada que representaba a la
santa, no dio ninguna muestra de descontento. Se aprovechó nuestra
presencia para preparar un hectolitro de agua
bendita.
Para llevar a cabo la misión que había sido confiada, tuve que
recorrer en varias direcciones la porción del valle de la Magdalena
comprendida entre Mariquita e Ibagué y aún más al sur, hasta las
cercanías de Neiva.
Mi exploración se extendió por toda la base de la Cordillera
Central. El terreno cristalino siguió siendo metalífero, como en
Santa Ana y en Malpaso. En el valle de San Juan, cerca a Ibagué, se
ha explotado cobre de piritas lo mismo que en pueblo de Minas. La
ganga del mineral es un granate verde de bellos cristales. Las
capas de areniscas con conchas, en el valle de San Juan, son muy
inclinadas hacia el Este y reposan sobre roca granitoide. Se puede
cubrir con la mano el punto de superposición. Exactamente en esos
parajes está el límite occidental del terreno de la meseta de
Bogotá. Este límite es la Cordillera Central.
En el valle de San Antonio en donde se ve la arenisca que sigue
hacia el Este, se encuentra la mina El Sapo, alguna vez explotada
por Mutis. Yo pude penetrar en una galería perforada en un granito
sienítico, con el fin de explotar un filón de blenda y de sulfuro
de plomo argentífero. Pude observar allí una roca formada de
granate y de calcáreo. Los edificios donde se hacía la amalgama
todavía existen.
Al acercarse a Ibagué, desaparecen los depósitos aislados de
escombros de neis, de granito, de traquita, de un espesor algunas
veces considerable, que de lejos presentan el aspecto de castillos
fuertes y que le dan a la llanura un aspecto
particular.
Esos inmensos depósitos de aluviones tienen su procedencia de
las cimas de las montañas elevadas que limitan al oeste el valle
del Magdalena y cuyas aguas dan lugar a torrentes tributarios de
ese gran río.
El viaje de Mariquita a Ibagué es bastante penoso; un sol
ardiente y una extrema sequía se experimentan tan pronto como uno
se aleja de las corrientes de agua, las cuales hay que atravesar
con muchos peligros, no por su profundidad, sino a causa de su
extrema rapidez y especialmente por crecientes súbitas que no hay
manera de prevenir. Esos ríos torrentosos al acercarse al Magdalena
corren hacia el Este, alimentados por muchos riachuelos; los
principales, desde Mariquita, son: los ríos Guayabal, Sabandija,
Viejo, Lagunilla, Venadillo, el Totare que recibe la China y el
Alvarado, cerca de Ibagué.
Poblaciones poco importantes se establecen ordinariamente a
pequeña distancia de los ríos, cuyo nombre llevan. Los vados se
encuentran difícilmente durante la estación de lluvias y entonces
se debe detener, o bien buscar otro punto vadeable, acercándose a
la cordillera. En efecto, siempre que el agua llegue a la cincha
del caballo, no se debe uno aventurar a atravesar un torrente.
Recuerdo que un día al llegar al río Lagunilla, se juzgó que el
vado era impracticable y se resolvió a hacer “un puente”,
operación curiosa a la que he asistido más de una vez. Todo el
mundo se desvistió y los guías fueron a buscar pedruscos que
pesaran de 15 a 20 kilos; cada persona tomó uno que mantuvo
sobre la cabeza con una mano; luego sostenido por un práctico a
cuyos hombros había sido atada una gran piedra, entramos uno por
uno en el torrente, cuya anchura era superior a 25 m. No se debían
levantar demasiado los pies, sino tratar de resbalar sobre las
piedras del fondo; un bastón para apoyarse habría sido, en esta
situación, bastante peligroso porque, por poco que uno se apoyara,
perdería pie y sería arrastrado.
La sensación es bastante inquietante cuando se pasa así por
primera vez. Debido a una ilusión fácil de comprender, uno se cree
transportado, río abajo a gran velocidad; el ruido es ensordecedor
y es imposible hablar a quien a uno lo sostiene, aún menos de
hacerle un gesto, ya que los brazos se usan para mantener la
“piedra puente” sobre la cabeza. El guía, además, lo
mantiene a uno muy sólidamente y se siente una gran satisfacción
cuando se llega a la orilla opuesta. No hay nadador que pueda
resistir la corriente; si uno se cayera, correría gran peligro de
ser arrastrado.
Mis hombres, buenos prácticos, pasaron las sillas y los
equipajes, poniéndoles peso con las respectivas piedras y luego
pasaron los caballos. Casi todos esos pobres animales al llegar al
centro del río, caían de medio lado y algunos daban vueltas; pero
un pasador colocado en la orilla opuesta los mantenía con una
cuerda sólidamente amarrada a los arreos que jamás se dejaban de
llevar cuando se viaja por las cordilleras. El paso del Lagunilla
duró cerca de dos horas.
Al acercarse a Venadillo se encuentra uno con un bosque de palma
real, una palmera cuyo porte es magnífico y que produce una especie
de vino. El cura del pueblo me hizo asistir a una
“vendimia”.
A mediodía tumbaron uno de esos gigantes que medía 20 metros.
Una vez en tierra se hizo una cavidad, como una artesa, de
capacidad de alrededor de 15 litros, cerca de la extremidad
inferior del tronco y se la cubrió con hojas. Al día
siguiente, por la mañana, a las 10, la artesa estaba casi llena de
un líquido en plena fermentación, de un sabor agridulce y
alcohólico. Esta bebida es agradable; sin embargo, aun cuando las
palmeras son abundantes, los habitantes de Venadillo no las
utilizan: prefieren el guarapo de caña de azúcar
fermentado.
En los alrededores del pueblo se conocen pozos bastante
importantes de neme; esas exudaciones de asfalto consistente, se ve
desde Boca Neme, arriba de Mariquita, se desprenden de
conglomerados traquíticos, lo que las acercaría en cuanto a origen,
al asfalto de Pont-de-Chateau en Auvernia, formación que no he
encontrado en los conglomerados del Valle del Cauca.
Después del río Venadillo viene el río Totare, cuyo afluente
principal es la China de Alvarado que se debe atravesar para llegar
al río Chipalo, que viene de Ibagué. Más al sur, al dirigirse hacia
los valles de San Juan y de San Antonio, se encuentran los ríos
Opía, Coello y Saldaña.
Se puede observar que hay numerosos ríos que bajan de la
Cordillera Central hacia el valle del Alto Magdalena; cuánta
fertilidad dieran a las tierras si estuvieran controlados y
utilizados para la irrigación, pues dejados a sí mismos, son
arrasadores; durante las crecientes que son frecuentes, se
desbordan y arrastran todo lo que encuentran a su paso, dejando
sobre la tierra restos de rocas.
El padre Acosta
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cuenta en su crónica que el 12 de
marzo de 1595 a la una de la mañana, durante una erupción de los
volcanes del Tolima y del Ruiz, los ríos Gualí y Lagunilla
acarreaban barro, cenizas, bloques de piedra del tamaño
de un cuarto de casa y habiéndose salido de sus lechos, inundaron
la sabana, ahogando todo el ganado disperso, hasta 4 o 5 leguas de
Mariquita. Ese es realmente el origen de esas masas de aluviones y
de conglomerados traquíticos que se observan en el llano; fue tal
la abundancia de piedras y de materias angosas traídas por esos
ríos que sus aguas todavía estaban cargadas de ellos cuando
entraron al Magdalena.
Acosta visitó la Provincia de Mariquita dos años después de esta
erupción y pudo constatar las ruinas que había
causado.
Es probable que las acumulaciones de escombros traquíticos y de
cantos que se encuentran en el Alto Valle fueron traídas por los
ríos de la cordillera cuando las grandes inundaciones determinadas
por erupciones, tanto más que al sur, adelante de Ibagué, en donde
no hay volcanes, no se observan esos conglomerados.
Durante el invierno (estación de lluvias) los llanos son
praderas; durante el verano (estación seca) el ganado se retira
hacia los ríos porque los seres vivos no pueden estar sin
agua.
Los reptiles abundan en los sitios frescos, de lo cual pude
convencerme: viajando de noche y habiéndome extraviado, me protegí
en una miserable cabaña construida en un bosquecillo y tuve que
acostarme sin comer; a las 4 de la mañana ya estaba a caballo y a
las 7 llegaba a un sitio de nombre Picota, rodeado de bellos
cauchos. Cerca de una fuente vi una serpiente en la hierba: un niño
de unos 10 años se apresuró a cortar una rama y habiéndole quitado
las hojas dio resueltamente un golpe al reptil, el cual murió
después de haberse agitado unos instantes: era una serpiente de
cascabel, de cerca de 1 m de largo y tenía 8 cascabeles en la cola.
La metimos en una calabaza con aguardiente y creo que debe figurar
todavía hoy en el Museo de Historia Natural de Bogotá. El muchacho
nos contó que con mucha frecuencia, en la mañana, mataba
una cascabel cerca de la fuente.
No hay nada más penoso que la insolación que se padece al viajar
por los llanos. Durante la estación seca, cuando el aire está
quieto, el calor es sofocante; escasamente se puede respirar. Esto
fue lo que padecí una vez, en forma inquietante, yendo de Venadillo
a Piedras. Fuera de mi camino, en la lejanía, había visto una
habitación y hacia ella me dirigí al galope de mi caballo. Era una
inmensa ramada bajo la cual se secaba carne. Ya al abrigo del sol
sentí primero un cierto bienestar, luego una sensación de frescura
bastante pronunciada para juzgar prudente ponerme mi poncho le
lana. Habiendo instalado el barómetro bajo la rama me sorprendió
ver que en la sombra el termómetro marcaba 40º. ¿Cuál había sido
entonces la temperatura a la cual yo había estado expuesto al sol
para que la de 40º me pareciera fría? Hacia la tarde seguí mi
camino con el objeto de pasar la noche en la Cerca de Piedras,
especie de posada en donde se detienen los que van a Ibagué o a
Neiva. Conseguimos agua fresca, una olla de barro, leña y nada más.
En el camino habíamos disparado a una banda de pericos y habían
caído dos que yo destinaba para el desayuno, pues ya era muy tarde
para pensar en cenar.
Después de haber hecho desplumar las aves, las puse al fuego con
apenas el volumen de agua necesario para obtener un caldo
sustancioso; la marmita estaba colocada fuera de la casa sobre 3
piedras, que formaban un trípode; como en la Cerca de Piedras había
numerosa compañía, me acosté con mi “aguja” en mano, de
manera de hacer respetar mi propiedad en cualquier momento; me
dormí profundamente, demasiado profundamente, pues antes de
levantarse el sol, al mirar la olla de mi desayuno, me di cuenta de
que el contenido había desaparecido. Unos arrieros que iban al sur
me habían robado mis pericos. El caldo estaba
cocido, pero con un sabor detestable, porque habían olvidado vaciar
las aves.
En los llanos de Ibagué y de Neiva se conoce una pequeña araña
de bonito aspecto: su espalda es roja y marcada con puntos negros
dispuestos simétricamente; hace sus telas en la hierba y la llaman
“coya” los habitantes le temen como al animal más
peligroso que se pueda encontrar; no acabaría si tuviera que contar
todas las desgracias ocasionadas por este insecto. Sería
suficiente, por ejemplo, espicharla sobre la piel que recubre un
nervio para que sucedan los peores accidentes, inclusive la muerte.
El único remedio eficaz para escapar al veneno es comer excrementos
humanos. Un animal que se coma una “coya” , sucumbe
inmediatamente y nos aseguraron con seriedad que más de una mula
había muerto por haber comido hierba donde se encontraba la
terrible araña. La “coya” es tan común que los accidentes
debían haber sido más frecuentes y como, al contrario, se admitían
que eran raros, comencé a creer que todo lo que nos contaban eran
fábulas.
En presencia de varios habitantes de Ibagué le hice comer varias
“coyas” a un pollo, el cual las despachó ávidamente y no
se sintió incómodo en lo más mínimo. También, con gran pavor de los
espectadores, espiché algunas “coyas” sobre mi brazo sin
que de esto resultara el menor accidente o la más ligera
irritación. Creí haber convencido al auditorio de lo inocua de
la araña, pero no fue así: pensaban que yo tenía un hechizo que
había traspasado al pollo.
Al regreso del ecuador, al pasar por Neiva, Bouguer oyó hablar
de la “coya” e hizo sobre mulas y pollos algunos
experimentos que probaron, como los míos, que esta araña no es en
absoluto venenosa. De eso hacía ya 100 años y sin duda dentro de
otros 100 años, algún observador volverá a reproducirlas, pero en
los llanos seguirán mirando a la coya como uno de los insectos más
peligrosos. La superstición es persistente; yo llevé esta araña a
Europa y Audoin la ha descrito en las “Memorias de la Sociedad
Entomológica”.
Después de una permanencia de 6 meses en el valle del Alto
Magdalena, volví a subir a la meseta de Bogotá. Mi punto de salida
fue Ibagué, en donde me había instalado durante algunos días para
reposar de las fatigas que había sufrido.
Al salir de esta pequeña ciudad, se sigue la orilla derecha del
río Combeima, hasta su unión con el Coello. De Ibagué al sitio de
“La Puerta” se observan las areniscas con conchas, una
prolongación de los valles de San Juan y de San Antonio. Pasé el
río Magdalena por el paso de El Guayacán; era tarde y hubo que
dormir en la orilla. Como tenía una provisión de ron que me
incomodaba, se me ocurrió dar un baile para disminuirla:
la reunión fue numerosa y sin mucha ropa; las damas mulatas o
zambas se habrían visto muy bien si todas, sin excepción, no
hubieran sido caratosas en el más alto grado; su piel multicolor
presentaba un aspecto extraño con unas grandes manchas azuladas,
amarillas y rojas sobre un fondo cobrizo.
Los ribereños de los grandes ríos en el trópico son propensos al
carate, lo que se atribuye al excesivo uso de pescado como
alimento, al maíz comido en galletas y también a la irritación
producida sobre la piel por el incesante ataque de los
mosquitos.
La alegría fue excesiva: las danzas imposibles, los gritos y los
cantos muy subidos de tono y esto con una temperatura de 32º. Mi
mulero, un ibaguereño respetable y respetado, alcalde me parece,
fue contagiado por el frenesí: primero se quitó el saco, luego su
chaleco. Salió después de la camisa y de su pantalón... yo estaba
extendido en mi hamaca, suspendido por encima del tumulto. Las
mujeres eran las más excitadas; ¡el hombre ebrio es un animal
inmundo!.
En el paso del Guayacán, el barómetro da como altitud 371 m;
como en Honda la altitud era de 270 m. la diferencia de nivel para
una distancia de 9 miriámetros recorrida por el río, sería de 100
m. En el sitio de Guayacán, el curso del Magdalena es muy tranquilo
y se dirige, de sur a norte. Algunas leguas más abajo, el río
volteará al oeste para tomar de nuevo, a partir Coello, su
dirección hacia el norte.
Después de haber atravesado el río Fusagasugá, tomé el camino de
Melgar (altitud 366 m) población edificada en medio de palmeras y
al pasar el Alto de Portachuelo (altitud 1.400 m) descendí al valle
de Pandi, en donde me detuve sobre el puente de Icononzo. ¡Es un
increíble espectáculo!.
Un puente natural extendido sobre un profundo y oscuro cañón de
12 a 13 m de ancho, por el cual corre con gran ruido el torrente
del río Sumapaz que toma, un poco más abajo, el nombre de
Fusagasugá. Este puente es la comunicación de la ruta de Melgar y
los indios le han puesto maderos y balaustradas. Desde este sitio
no se puede juzgar muy bien el fenómeno geológico; es necesario
bajar por un camino inclinado hasta un segundo puente, a 11 metros
debajo del primero y mucho más ancho. Allí, por una abertura de 2 m
cuadrados que existe en el piso del puente, se puede ver el reflejo
de las espumas que el agua lanza al pasar con una velocidad
extraordinaria. Siguiendo el muro del cañón sobre una saliente
estrecha de la roca, pude, con mi pobre compañero Goudot, avanzar
lo suficiente para colocarme en un punto en donde uno está de pie
sobre el borde del precipicio, en semi-oscuridad y sin ninguna
forma de agarrarse. Un ruido ensordecedor se elevaba del fondo del
abismo, lo que nos hacía sentir una viva emoción.
Desde esta estación escabrosa, se puede observar lo que yo vi y
es que la unión de las dos paredes paralelas y verticales del
abismo, no está formada por tres piedras que se encontraron en su
caída y al detenerse se sostuvieron recíprocamente, como todos lo
dicen. A mí me ha parecido que el puente natural está formado por
dos rocas que sobresalen del cañón y que entre esas dos rocas
fijas, un enorme bloque que fue detenido en su caída, formó algo
así como la piedra angular de la bóveda.
La construcción del puente superior es menos fácil de entender:
allí, indudablemente hay bloques cuya caída fue detenida, pero
parece que en los trabajos ejecutados para consolidar el paso
utilizaron fragmentos de granito. La bóveda natural tendría cerca
de 5 m de espesor.
El cañón o garganta de Pandi dirigida de este a oeste, puede
tener un largo total de una legua. Desde el puente se prolonga en
aproximadamente 1/4 de legua y disminuye gradualmente de altura; el
agua corre en un lecho no encajonado, a través de un bosque. Se
considera que el ancho promedio es de 10 a 12 m. Al oeste de la
población de Pandi y bien abajo de Doa, es donde el río Sumapaz
penetra en el cañón del cual sale para llegar al
Fusagasugá.
El cañón tiene una profundidad de 93 m entre sus dos paredes
verticales, medida desde el puente natural; es una cavidad
considerable que por su regularidad Humboldt comparó, con razón, al
vacío que resulta de una antigua explotación de
minas.
Al mirar hacia el fondo del abismo, desde el puente inferior, se
alcanzan a ver sobresalientes de la roca, parecidos a aquellos
sobre los que nos aventuramos Goudot y yo. Numerosos nidos
circulares que parecen quesos en exhibición en una lechería. Al
lanzar una rama al abismo, vimos salir inmediatamente una gran
multitud de aves nocturnas que volaban en todos los sentidos. No
oímos sus graznido debido al ruido formidable del torrente. Estos
volátiles que tiene el tamaño de los grandes vampiros del Ecuador,
son una variedad de
|caprimulgus “guácharos” de la
caverna por donde corre el río subterráneo de Carripo, descrito por
Humboldt cuando exploraba la selva de Cumaná. Estos animales están
llenos de grasa y de ella se extrae aceite comestible.
Las cavernas de Chaparral en el Alto Magdalena, están también
habitadas por “guapacos” parecidos a los guácharos. Es
curioso encontrar en esos sitios oscuros y húmedos, separados por
grandes distancias, las mismas aves nocturnas y
grasosas.
Las areniscas de Icononzo van en capas casi horizontales, cuya
inclinación nunca pasa de algunos grados hacia el sur. La roca es
amarillo claro, con granos silíceos en capas poderosas que alternan
con capas esquistosas; se le puede seguir sin interrupción hasta la
meseta.
Yo encontré que la altitud del puente natural es de 840 m; así
que la del fondo del abismo sería de 740 m. Si se compara esta
última a la del río Fusagasugá en Melgar cerca del río Magdalena a
366 m se puede ver que para una distancia en línea recta de 2
miriámetros, la diferencia de nivel sería de 374 m, o sea una
pendiente de 18 a 19 milímetros por metro.
Generalmente es admitido que la garganta de Icononzo se debe a
un temblor de tierra. A mí me parece más natural suponer que fue
producida durante el levantamiento del terreno arenáceo. Aun cuando
infinitamente más grande, nada más sorprendente que el espacio
estrecho por el cual corre la quebrada del Obispo entre Monserrate
y Guadalupe.
De la población indígena de Pandi (altitud 977 m) subí a la
explanada de Bogotá, pasando por la encantadora estación de
Fusagasugá (altitud 1.833). Antes de llegar a Barroblanco se
atraviesa un torrente sobre un puente de madera muy alto y muy
angosto; la impetuosidad de la corriente, la extraña forma de las
rocas y la vigorosa vegetación que los enmarca, presentan un cuadro
muy pintoresco.
Arriba de Fusagasugá se llega a tierra fría, por
Soacha.
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Se trata seguramente del padre fray
Pedro de Simón (Noticias Historiales de las Conquistas de Tierra
Firme en las Indias Occidentales. Bogotá, 1892). Originalmente
publicado a principios del siglo XVII en Madrid.(regresar *)
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