INDICE





LAS MEMORIAS DE UN NATURALISTA Y CIENTÍFICO QUE CEDIÓ A LA TENTACIÓN DE SER OBSERVADOR Y CRÍTICO SOCIAL

INTRODUCCIÓN

TOMO I

CAPÍTULO I
Mi formación — La Revolución francesa — Napoleón — El espanto de la guerra — Humboldt — Preparativos de viaje.

CAPÍTULO II
Caracas — Los temblores de tierra — Ascención a la silla.

CAPÍTULO III
Valle de Aragua — Lago Tacarigua — Morro de San Juan — Sitio de Puerto cabello— El general Páez— El árbol de la vaca— Aguas termales de la cadena del litoral.

CAPÍTULO IV
Cordillera Oriental de los Andes — Su constitución geológica —Nivelación barométrica — Efectos del temblor de tierra de 1812, observados en diferentes localidades — Sierra Nevada de Mérida —Lago Urao— Pamplona, sus minas de oro— Hierro meteórico de Santa Rosa.

CAPÍTULO V
Explanada de Bogotá — Nación Muisca — Su conquista - Guerras de la Independencia — Descripción de la meseta.

CAPÍTULO VI
Las primeras luchas por la Independencia — Bolívar.

CAPÍTULO VII
Meseta de Bogotá — Constitución geológica — Sal gema — Salinas —Carbón — Minas de esmeraldas.

CAPÍTULO VIII
Bogotá — Situación — Clima — Costumbres — Aventuras — Excursiones por los alrededores.

CAPÍTULO IX
Excursión para determinar los límites del terreno al sur de Bogotá —   Valle del Magdalena entre honda e Ibagué — Observaciones sobre el aumento de la intensidad del sonido durante la noche — Puente natural de Pandi o Icononzo.

TOMO II

CAPÍTULO X
Jugo venenoso del ajuapar— Accidentes que sucedieron mientras analizábamos esa materia — El comandante don Juan con nodriza — Irradiación nocturna en Bogotá.

CAPÍTULO XI
Algunos de mis conocidos en Bogotá — El Libertador Bolívar —Personajes — Sucesos.

CAPÍTULO XII
El Salto de Tequendama — Historia de Manuelita Sáenz.

CAPÍTULO XIII
Expedición de 1824— En los llanos del Meta.

CAPÍTULO XIV
Cordillera Central y Cordillera Oriental— Valle del Cauca— Minas de oro de La Vega de Supía - Provincia de Antioquia.

CAPÍTULO XV
Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

CAPÍTULO XVI
Viaje a la región aurífera y platinífera del Chocó.

CAPÍTULO XVII
Viaje al Ecuador— Estudios sobre la región volcánica.

CAPÍTULO XVIII
Ascensión al volcán del Puracé.

CAPÍTULO XIX
Viaje de Popayán a Pasto — Estancia en Pasto.

CAPÍTULO XX
Viaje de Pasto a Quito.

CAPÍTULO XXI
Ecuador.

CAPÍTULO XXII
Ascensión al volcán de Pichincha.

CAPÍTULO XXIII
Ascensión al Antisana.

CAPÍTULO XXIV
Tertulias y puros.

CAPÍTULO XXV
Ascensión al Chimborazo (1831).

CORRESPONDENCIA 1818-1826
Correspondencia I-X
Correspondencia XI-XVI
Correspondencia XVII-XXII
Correspondencia XXIII-XXIX
Correspondencia XXX-XL
Correspondencia XLI- LI
Correspondencia LII-LXII
Correspondencia LXIII- LXXIII
Correspondencia LXXIV - LXXXI
Correspondencia LXXXII - CII
Correspondencia CIII - CXXIX

Pero en esos gastos entraban algunos de montaje, que no deberían haber figurado ahí, tales como los que ocasionaron la construcción de edificios, colocación de máquinas, gastos de viaje de los mineros alemanes y los considerables aprovisionamientos de mercurio que se hallaban almacenados en Honda.

Mi informe sobre el yacimiento argentífero fue favorable.

Después de algunos años de trabajo bien dirigidos, se obtuvieron buenos resultados. En primer lugar, cosa prudente, el mineral lavado fue expedido a Inglaterra para su tratamiento, el que más tarde pudo hacerse en la ruina. Se consiguieron y todavía se logran, utilidades satisfactorias.

Santa Ana, después del abandono de los trabajos, cayó en una miseria extrema. La población, muy disminuida, se redujo a algunas familias miserables. Si no hubiese sido por la invasión de la vegetación, cosa que sucede siempre cuando la población disminuye y a la insalubridad resultante, el clima habría sido mejor que el de Mariquita.

En el curso de una de las numerosas visitas que hice a la desamparada población, asistí a una escena bastante divertida: estaba acompañado por mi excelente amigo el canónigo Céspedes, un botánico infatigable. Me mostraba entusiasmado las plantas más raras a los ojos de un europeo; por ejemplo, los árboles de caucho y no pudo resistir el deseo de pedirme que yo sangrara uno, rogándome darle algunos sablazos al tronco. La savia corrió inmediatamente y cuando tenía alrededor de un metro de largo coaguló súbitamente y así nos procuramos alrededor de 1/2 kilo de bandas de goma elásticas.

Nuestra entrada a la población fue sensacional: ¡El comandante don Juan había traído un cura! ¡Hacía tanto que no veíamos uno y llegaba precisamente la víspera de la fiesta de la santa patrona!” De manera que apenas nos habíamos desmontado, el alcalde y los personajes importantes vinieron a suplicar a Céspedes que dijese una misa en honor de la santa, al día siguiente, ya que era su fiesta. El buen cura aceptó encantado, añadiendo que yo sería su acólito.

—“Pero Ud. sabe muy bien que yo no tengo ni idea de lo que tengo que hacer y que además no creo en la misa”, le dije.

—“Da lo mismo, yo le soplaré y será muy divertido”.

El cielo afortunadamente decidió que yo me escapara de una situación incómoda; nos hospedamos en el presbiterio y después de una comida digna de un canónigo, compuesta por una tortilla de fríjoles y aguardiente, nos acostamos sobre cueros de buey extendidos en el suelo y nos dormimos después de que el experto botánico me hubo descrito los nombres de las especies nuevas que había encontrado durante nuestra excursión. Me desperté a la salida del sol por el movimiento del cura, quien preparaba su misa y lo vi que bebía, “por distracción”, dos vasos de ron que se sirvió de una botella que había quedado sobre la mesa. De inmediato cerré los ojos y el buen sacerdote me miró diciendo suavemente: —“¡Don Juan!, ¡don Juan!” No pude mantener mi seriedad y al verme sonreír, exclamó: "¡Ah! no duerme, entonces no hay misa, me he tomado imprudentemente “la mañana” (un trago). De ahí deduje que si hubiese estado dormido, habría dicho su misa tranquilamente y habría comulgado. Cuando las autoridades municipales llegaron a buscar al canónigo, supieron que Santa Ana tendría que contentarse con un rosario, para su fiesta. En efecto, se cantó interminablemente, se echó incienso y el horroroso pedazo de madera pintada que representaba a la santa, no dio ninguna muestra de descontento. Se aprovechó nuestra presencia para preparar un hectolitro de agua bendita.

Para llevar a cabo la misión que había sido confiada, tuve que recorrer en varias direcciones la porción del valle de la Magdalena comprendida entre Mariquita e Ibagué y aún más al sur, hasta las cercanías de Neiva.

Mi exploración se extendió por toda la base de la Cordillera Central. El terreno cristalino siguió siendo metalífero, como en Santa Ana y en Malpaso. En el valle de San Juan, cerca a Ibagué, se ha explotado cobre de piritas lo mismo que en pueblo de Minas. La ganga del mineral es un granate verde de bellos cristales. Las capas de areniscas con conchas, en el valle de San Juan, son muy inclinadas hacia el Este y reposan sobre roca granitoide. Se puede cubrir con la mano el punto de superposición. Exactamente en esos parajes está el límite occidental del terreno de la meseta de Bogotá. Este límite es la Cordillera Central.

En el valle de San Antonio en donde se ve la arenisca que sigue hacia el Este, se encuentra la mina El Sapo, alguna vez explotada por Mutis. Yo pude penetrar en una galería perforada en un granito sienítico, con el fin de explotar un filón de blenda y de sulfuro de plomo argentífero. Pude observar allí una roca formada de granate y de calcáreo. Los edificios donde se hacía la amalgama todavía existen.

Al acercarse a Ibagué, desaparecen los depósitos aislados de escombros de neis, de granito, de traquita, de un espesor algunas veces considerable, que de lejos presentan el aspecto de castillos fuertes y que le dan a la llanura un aspecto particular.

Esos inmensos depósitos de aluviones tienen su procedencia de las cimas de las montañas elevadas que limitan al oeste el valle del Magdalena y cuyas aguas dan lugar a torrentes tributarios de ese gran río.

El viaje de Mariquita a Ibagué es bastante penoso; un sol ardiente y una extrema sequía se experimentan tan pronto como uno se aleja de las corrientes de agua, las cuales hay que atravesar con muchos peligros, no por su profundidad, sino a causa de su extrema rapidez y especialmente por crecientes súbitas que no hay manera de prevenir. Esos ríos torrentosos al acercarse al Magdalena corren hacia el Este, alimentados por muchos riachuelos; los principales, desde Mariquita, son: los ríos Guayabal, Sabandija, Viejo, Lagunilla, Venadillo, el Totare que recibe la China y el Alvarado, cerca de Ibagué.

Poblaciones poco importantes se establecen ordinariamente a pequeña distancia de los ríos, cuyo nombre llevan. Los vados se encuentran difícilmente durante la estación de lluvias y entonces se debe detener, o bien buscar otro punto vadeable, acercándose a la cordillera. En efecto, siempre que el agua llegue a la cincha del caballo, no se debe uno aventurar a atravesar un torrente. Recuerdo que un día al llegar al río Lagunilla, se juzgó que el vado era impracticable y se resolvió a hacer “un puente”, operación curiosa a la que he asistido más de una vez. Todo el mundo se desvistió y los guías fueron a buscar pedruscos que pesaran de 15 a 20 kilos; cada persona tomó uno que mantuvo sobre la cabeza con una mano; luego sostenido por un práctico a cuyos hombros había sido atada una gran piedra, entramos uno por uno en el torrente, cuya anchura era superior a 25 m. No se debían levantar demasiado los pies, sino tratar de resbalar sobre las piedras del fondo; un bastón para apoyarse habría sido, en esta situación, bastante peligroso porque, por poco que uno se apoyara, perdería pie y sería arrastrado. 

La sensación es bastante inquietante cuando se pasa así por primera vez. Debido a una ilusión fácil de comprender, uno se cree transportado, río abajo a gran velocidad; el ruido es ensordecedor y es imposible hablar a quien a uno lo sostiene, aún menos de hacerle un gesto, ya que los brazos se usan para mantener la “piedra puente” sobre la cabeza. El guía, además, lo mantiene a uno muy sólidamente y se siente una gran satisfacción cuando se llega a la orilla opuesta. No hay nadador que pueda resistir la corriente; si uno se cayera, correría gran peligro de ser arrastrado.

Mis hombres, buenos prácticos, pasaron las sillas y los equipajes, poniéndoles peso con las respectivas piedras y luego pasaron los caballos. Casi todos esos pobres animales al llegar al centro del río, caían de medio lado y algunos daban vueltas; pero un pasador colocado en la orilla opuesta los mantenía con una cuerda sólidamente amarrada a los arreos que jamás se dejaban de llevar cuando se viaja por las cordilleras. El paso del Lagunilla duró cerca de dos horas.

Al acercarse a Venadillo se encuentra uno con un bosque de palma real, una palmera cuyo porte es magnífico y que produce una especie de vino. El cura del pueblo me hizo asistir a una “vendimia”.

A mediodía tumbaron uno de esos gigantes que medía 20 metros. Una vez en tierra se hizo una cavidad, como una artesa, de capacidad de alrededor de 15 litros, cerca de la extremidad

inferior del tronco y se la cubrió con hojas. Al día siguiente, por la mañana, a las 10, la artesa estaba casi llena de un líquido en plena fermentación, de un sabor agridulce y alcohólico. Esta bebida es agradable; sin embargo, aun cuando las palmeras son abundantes, los habitantes de Venadillo no las utilizan: prefieren el guarapo de caña de azúcar fermentado.

En los alrededores del pueblo se conocen pozos bastante importantes de neme; esas exudaciones de asfalto consistente, se ve desde Boca Neme, arriba de Mariquita, se desprenden de conglomerados traquíticos, lo que las acercaría en cuanto a origen, al asfalto de Pont-de-Chateau en Auvernia, formación que no he encontrado en los conglomerados del Valle del Cauca.

Después del río Venadillo viene el río Totare, cuyo afluente principal es la China de Alvarado que se debe atravesar para llegar al río Chipalo, que viene de Ibagué. Más al sur, al dirigirse hacia los valles de San Juan y de San Antonio, se encuentran los ríos Opía, Coello y Saldaña.

Se puede observar que hay numerosos ríos que bajan de la Cordillera Central hacia el valle del Alto Magdalena; cuánta fertilidad dieran a las tierras si estuvieran controlados y utilizados para la irrigación, pues dejados a sí mismos, son arrasadores; durante las crecientes que son frecuentes, se desbordan y arrastran todo lo que encuentran a su paso, dejando sobre la tierra restos de rocas.

El padre Acosta | | * cuenta en su crónica que el 12 de marzo de 1595 a la una de la mañana, durante una erupción de los volcanes del Tolima y del Ruiz, los ríos Gualí y Lagunilla acarreaban barro, cenizas, bloques de piedra del tamaño de un cuarto de casa y habiéndose salido de sus lechos, inundaron la sabana, ahogando todo el ganado disperso, hasta 4 o 5 leguas de Mariquita. Ese es realmente el origen de esas masas de aluviones y de conglomerados traquíticos que se observan en el llano; fue tal la abundancia de piedras y de materias angosas traídas por esos ríos que sus aguas todavía estaban cargadas de ellos cuando entraron al Magdalena.

Acosta visitó la Provincia de Mariquita dos años después de esta erupción y pudo constatar las ruinas que había causado.

Es probable que las acumulaciones de escombros traquíticos y de cantos que se encuentran en el Alto Valle fueron traídas por los ríos de la cordillera cuando las grandes inundaciones determinadas por erupciones, tanto más que al sur, adelante de Ibagué, en donde no hay volcanes, no se observan esos conglomerados.

Durante el invierno (estación de lluvias) los llanos son praderas; durante el verano (estación seca) el ganado se retira hacia los ríos porque los seres vivos no pueden estar sin agua.

Los reptiles abundan en los sitios frescos, de lo cual pude convencerme: viajando de noche y habiéndome extraviado, me protegí en una miserable cabaña construida en un bosquecillo y tuve que acostarme sin comer; a las 4 de la mañana ya estaba a caballo y a las 7 llegaba a un sitio de nombre Picota, rodeado de bellos cauchos. Cerca de una fuente vi una serpiente en la hierba: un niño de unos 10 años se apresuró a cortar una rama y habiéndole quitado las hojas dio resueltamente un golpe al reptil, el cual murió después de haberse agitado unos instantes: era una serpiente de cascabel, de cerca de 1 m de largo y tenía 8 cascabeles en la cola. La metimos en una calabaza con aguardiente y creo que debe figurar todavía hoy en el Museo de Historia Natural de Bogotá. El muchacho nos contó que con mucha frecuencia, en la mañana, mataba una cascabel cerca de la fuente.

No hay nada más penoso que la insolación que se padece al viajar por los llanos. Durante la estación seca, cuando el aire está quieto, el calor es sofocante; escasamente se puede respirar. Esto fue lo que padecí una vez, en forma inquietante, yendo de Venadillo a Piedras. Fuera de mi camino, en la lejanía, había visto una habitación y hacia ella me dirigí al galope de mi caballo. Era una inmensa ramada bajo la cual se secaba carne. Ya al abrigo del sol sentí primero un cierto bienestar, luego una sensación de frescura bastante pronunciada para juzgar prudente ponerme mi poncho le lana. Habiendo instalado el barómetro bajo la rama me sorprendió ver que en la sombra el termómetro marcaba 40º. ¿Cuál había sido entonces la temperatura a la cual yo había estado expuesto al sol para que la de 40º me pareciera fría? Hacia la tarde seguí mi camino con el objeto de pasar la noche en la Cerca de Piedras, especie de posada en donde se detienen los que van a Ibagué o a Neiva. Conseguimos agua fresca, una olla de barro, leña y nada más. En el camino habíamos disparado a una banda de pericos y habían caído dos que yo destinaba para el desayuno, pues ya era muy tarde para pensar en cenar. 

Después de haber hecho desplumar las aves, las puse al fuego con apenas el volumen de agua necesario para obtener un caldo sustancioso; la marmita estaba colocada fuera de la casa sobre 3 piedras, que formaban un trípode; como en la Cerca de Piedras había numerosa compañía, me acosté con mi “aguja” en mano, de manera de hacer respetar mi propiedad en cualquier momento; me dormí profundamente, demasiado profundamente, pues antes de levantarse el sol, al mirar la olla de mi desayuno, me di cuenta de que el contenido había desaparecido. Unos arrieros que iban al sur me habían robado mis pericos. El caldo estaba cocido, pero con un sabor detestable, porque habían olvidado vaciar las aves.

En los llanos de Ibagué y de Neiva se conoce una pequeña araña de bonito aspecto: su espalda es roja y marcada con puntos negros dispuestos simétricamente; hace sus telas en la hierba y la llaman “coya” los habitantes le temen como al animal más peligroso que se pueda encontrar; no acabaría si tuviera que contar todas las desgracias ocasionadas por este insecto. Sería suficiente, por ejemplo, espicharla sobre la piel que recubre un nervio para que sucedan los peores accidentes, inclusive la muerte. El único remedio eficaz para escapar al veneno es comer excrementos humanos. Un animal que se coma una “coya” , sucumbe inmediatamente y nos aseguraron con seriedad que más de una mula había muerto por haber comido hierba donde se encontraba la terrible araña. La “coya” es tan común que los accidentes debían haber sido más frecuentes y como, al contrario, se admitían que eran raros, comencé a creer que todo lo que nos contaban eran fábulas.

En presencia de varios habitantes de Ibagué le hice comer varias “coyas” a un pollo, el cual las despachó ávidamente y no se sintió incómodo en lo más mínimo. También, con gran pavor de los espectadores, espiché algunas “coyas” sobre mi brazo sin que de esto resultara el menor accidente o la más ligera irritación. Creí haber convencido al auditorio de lo inocua de la araña, pero no fue así: pensaban que yo tenía un hechizo que había traspasado al pollo.

Al regreso del ecuador, al pasar por Neiva, Bouguer oyó hablar de la “coya” e hizo sobre mulas y pollos algunos experimentos que probaron, como los míos, que esta araña no es en absoluto venenosa. De eso hacía ya 100 años y sin duda dentro de otros 100 años, algún observador volverá a reproducirlas, pero en los llanos seguirán mirando a la coya como uno de los insectos más peligrosos. La superstición es persistente; yo llevé esta araña a Europa y Audoin la ha descrito en las “Memorias de la Sociedad Entomológica”.

Después de una permanencia de 6 meses en el valle del Alto Magdalena, volví a subir a la meseta de Bogotá. Mi punto de salida fue Ibagué, en donde me había instalado durante algunos días para reposar de las fatigas que había sufrido.

Al salir de esta pequeña ciudad, se sigue la orilla derecha del río Combeima, hasta su unión con el Coello. De Ibagué al sitio de “La Puerta” se observan las areniscas con conchas, una prolongación de los valles de San Juan y de San Antonio. Pasé el río Magdalena por el paso de El Guayacán; era tarde y hubo que dormir en la orilla. Como tenía una provisión de ron que me incomodaba, se me ocurrió dar un baile para disminuirla: la reunión fue numerosa y sin mucha ropa; las damas mulatas o zambas se habrían visto muy bien si todas, sin excepción, no hubieran sido caratosas en el más alto grado; su piel multicolor presentaba un aspecto extraño con unas grandes manchas azuladas, amarillas y rojas sobre un fondo cobrizo.

Los ribereños de los grandes ríos en el trópico son propensos al carate, lo que se atribuye al excesivo uso de pescado como alimento, al maíz comido en galletas y también a la irritación producida sobre la piel por el incesante ataque de los mosquitos.

La alegría fue excesiva: las danzas imposibles, los gritos y los cantos muy subidos de tono y esto con una temperatura de 32º. Mi mulero, un ibaguereño respetable y respetado, alcalde me parece, fue contagiado por el frenesí: primero se quitó el saco, luego su chaleco. Salió después de la camisa y de su pantalón... yo estaba extendido en mi hamaca, suspendido por encima del tumulto. Las mujeres eran las más excitadas; ¡el hombre ebrio es un animal inmundo!.

En el paso del Guayacán, el barómetro da como altitud 371 m; como en Honda la altitud era de 270 m. la diferencia de nivel para una distancia de 9 miriámetros recorrida por el río, sería de 100 m. En el sitio de Guayacán, el curso del Magdalena es muy tranquilo y se dirige, de sur a norte. Algunas leguas más abajo, el río volteará al oeste para tomar de nuevo, a partir Coello, su dirección hacia el norte.

Después de haber atravesado el río Fusagasugá, tomé el camino de Melgar (altitud 366 m) población edificada en medio de palmeras y al pasar el Alto de Portachuelo (altitud 1.400 m) descendí al valle de Pandi, en donde me detuve sobre el puente de Icononzo. ¡Es un increíble espectáculo!.

Un puente natural extendido sobre un profundo y oscuro cañón de 12 a 13 m de ancho, por el cual corre con gran ruido el torrente del río Sumapaz que toma, un poco más abajo, el nombre de Fusagasugá. Este puente es la comunicación de la ruta de Melgar y los indios le han puesto maderos y balaustradas. Desde este sitio no se puede juzgar muy bien el fenómeno geológico; es necesario bajar por un camino inclinado hasta un segundo puente, a 11 metros debajo del primero y mucho más ancho. Allí, por una abertura de 2 m cuadrados que existe en el piso del puente, se puede ver el reflejo de las espumas que el agua lanza al pasar con una velocidad extraordinaria. Siguiendo el muro del cañón sobre una saliente estrecha de la roca, pude, con mi pobre compañero Goudot, avanzar lo suficiente para colocarme en un punto en donde uno está de pie sobre el borde del precipicio, en semi-oscuridad y sin ninguna forma de agarrarse. Un ruido ensordecedor se elevaba del fondo del abismo, lo que nos hacía sentir una viva emoción.

Desde esta estación escabrosa, se puede observar lo que yo vi y es que la unión de las dos paredes paralelas y verticales del abismo, no está formada por tres piedras que se encontraron en su caída y al detenerse se sostuvieron recíprocamente, como todos lo dicen. A mí me ha parecido que el puente natural está formado por dos rocas que sobresalen del cañón y que entre esas dos rocas fijas, un enorme bloque que fue detenido en su caída, formó algo así como la piedra angular de la bóveda.

La construcción del puente superior es menos fácil de entender: allí, indudablemente hay bloques cuya caída fue detenida, pero parece que en los trabajos ejecutados para consolidar el paso utilizaron fragmentos de granito. La bóveda natural tendría cerca de 5 m de espesor.

El cañón o garganta de Pandi dirigida de este a oeste, puede tener un largo total de una legua. Desde el puente se prolonga en aproximadamente 1/4 de legua y disminuye gradualmente de altura; el agua corre en un lecho no encajonado, a través de un bosque. Se considera que el ancho promedio es de 10 a 12 m. Al oeste de la población de Pandi y bien abajo de Doa, es donde el río Sumapaz penetra en el cañón del cual sale para llegar al Fusagasugá.

El cañón tiene una profundidad de 93 m entre sus dos paredes verticales, medida desde el puente natural; es una cavidad considerable que por su regularidad Humboldt comparó, con razón, al vacío que resulta de una antigua explotación de minas.

Al mirar hacia el fondo del abismo, desde el puente inferior, se alcanzan a ver sobresalientes de la roca, parecidos a aquellos sobre los que nos aventuramos Goudot y yo. Numerosos nidos circulares que parecen quesos en exhibición en una lechería. Al lanzar una rama al abismo, vimos salir inmediatamente una gran multitud de aves nocturnas que volaban en todos los sentidos. No oímos sus graznido debido al ruido formidable del torrente. Estos volátiles que tiene el tamaño de los grandes vampiros del Ecuador, son una variedad de |caprimulgus “guácharos” de la caverna por donde corre el río subterráneo de Carripo, descrito por Humboldt cuando exploraba la selva de Cumaná. Estos animales están llenos de grasa y de ella se extrae aceite comestible.

Las cavernas de Chaparral en el Alto Magdalena, están también habitadas por “guapacos” parecidos a los guácharos. Es curioso encontrar en esos sitios oscuros y húmedos, separados por grandes distancias, las mismas aves nocturnas y grasosas.

Las areniscas de Icononzo van en capas casi horizontales, cuya inclinación nunca pasa de algunos grados hacia el sur. La roca es amarillo claro, con granos silíceos en capas poderosas que alternan con capas esquistosas; se le puede seguir sin interrupción hasta la meseta.

Yo encontré que la altitud del puente natural es de 840 m; así que la del fondo del abismo sería de 740 m. Si se compara esta última a la del río Fusagasugá en Melgar cerca del río Magdalena a 366 m se puede ver que para una distancia en línea recta de 2 miriámetros, la diferencia de nivel sería de 374 m, o sea una pendiente de 18 a 19 milímetros por metro.

Generalmente es admitido que la garganta de Icononzo se debe a un temblor de tierra. A mí me parece más natural suponer que fue producida durante el levantamiento del terreno arenáceo. Aun cuando infinitamente más grande, nada más sorprendente que el espacio estrecho por el cual corre la quebrada del Obispo entre Monserrate y Guadalupe.

De la población indígena de Pandi (altitud 977 m) subí a la explanada de Bogotá, pasando por la encantadora estación de Fusagasugá (altitud 1.833). Antes de llegar a Barroblanco se atraviesa un torrente sobre un puente de madera muy alto y muy angosto; la impetuosidad de la corriente, la extraña forma de las rocas y la vigorosa vegetación que los enmarca, presentan un cuadro muy pintoresco.

Arriba de Fusagasugá se llega a tierra fría, por Soacha.

* Se trata seguramente del padre fray Pedro de Simón (Noticias Historiales de las Conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales. Bogotá, 1892). Originalmente publicado a principios del siglo XVII en Madrid.(regresar *)

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