INDICE

  

 

CAPITULO IX

 

Sin habernos dicho una sola palabra de que se nos había perdonado, continuamos en nuestro calabozo con las mismas seguridades y precauciones con que se nos había tenido antes del 18 y 19 de agosto, pero no era terminado este mes cuando se nos previno que todos íbamos a ser conducidos a Santafé a disposición del general en jefe del ejército expedicionario de Costa Firme, don Pablo Morillo. Positivamente empezaron a marchar partidas de presos de todas clases y categorías, aun los soldados heridos de La Cuchilla que ya se habían curado. A mí me tocó marchar en la tercera cuerda, a principios de septiembre, conducida por una escolta de 200 hombres a las órdenes del comandante español don José Polit. Mi herida antigua aún no había cicatrizado, y mi robustez no era muy lozana; a más de eso, era preciso llevar a cuestas las cobijas, algo de ropa y víveres, principalmente para atravesar la helada y desierta montaña de Guanacas. Yo me abastecí de lo que me era posible soportar, a excepción de ropa para mudarme, porque no tenía más que la de encima, ni medios con qué proporcionármela. Llegados a la ciudad de La Plata, el señor Francisco Borrero, con cuya familia estaba ya relacionada la mía, y con quien me habían ligado los vínculos de colegio y amistad de la niñez, condolido de mi situación me dio una mula ensillada, con cuatro alforjas llenas de comestibles, más algunos reales. Para aceptar la mula tuve yo cuidado de preguntar si se me permitiría continuar la marcha sobre ella, y se me contestó que sí; pero no había andado un cuarto de legua cuando se me significó por un oficial que "era una insolencia el que yo fuese en mula mientras el caballo que se le había dado a él, que era un oficial del rey, y no un prisionero insurgente como yo, era malísimo, y que al momento echase pie a tierra y le entregase mi mula. Yo le contesté que tenía licencia por el estado de mi salud... pero el oficial me dijo que si le respiraba una palabra más me pasaría con su espada". Eché, pues, pie a tierra, y entregué al oficial mi mula, sin haberme atrevido a reclamar ni los comestibles que se contenían en las alforjas, pues diferentes ejemplos me habían probado que todos los oficiales realistas podían matar impunemente a los prisioneros, considerándose dueños de nuestras vidas y haciendas. En la misma ciudad de La Plata habían sido asesinados en esos días algunos prisioneros por sus conductores. Me era, por tanto, forzoso recoger mis débiles fuerzas para poder sufrir las marchas a pie, so pena de morir a palos si me cansaba, como sucedió poco después a dos de mis compañeros cuya anécdota voy a referir.

Al tercer día de marcha de La Plata llegamos al sitio llamado Tambo del Hobo, en donde debíamos pernoctar. Se pasó la lista de costumbre a los prisioneros, y al llamar a don Martín Correa (alférez, hijo de Antioquia), respondió un sargento: "es muerto"; continuó la lista y al llamar a otro soldado prisionero, de cuyo nombre no me acuerdo, contestó el mismo sargento: "es muerto". Terminada la lista se preguntó al sargento de qué accidente habían muerto Correa y el soldado, y él respondió: "Cayeron muertos de sus pies". "¿Y en dónde?", le dijo un oficial. "Cerca de aquí", contestó el sargento. El oficial fue a dar parte de esta novedad al comandante Polit, quien le ordenó fuese con el mismo sargento, 4 soldados y 2 prisioneros a verificar la identidad de las personas muertas, con sólo el fin de exonerar al sargento del terrible cargo que se le hacía si los dos presos se le habían fugado. Partió, pues, el oficial con la comitiva, y regresó a un cuarto de hora dando por razón que había visto los 2 muertos y que, reconocidos por él, por los 4 soldados y 2 prisioneros, resultaba que eran los mismos de que se había dado parte. Inmediatamente nos informaron nuestros 2 compañeros que Correa y el soldado habían sido asesinados a golpes de culata y bayoneta, pues los cuerpos estaban cubiertos de heridas y contusiones. Poco después el sargento asesino decía "que no había hecho sino llenar su deber matando a los 2 prisioneros porque se habían cansado, y que ésta era la orden que tenía". Esos 2 desgraciados se habían enfermado, y no pudiendo marchar al paso que nosotros, se les había dejado atrás con una escolta y las órdenes precisas de matarlos si se fatigaban. En un clima tan ardiente como el que fue teatro de su horrible fin, se fatigaron en extremo, y no pudiendo rendir la jornada sufrieron la severidad de la orden. Esto era muy común en aquellos tiempos, y si el sargento no lo hubiera hecho así, corría también el riesgo de ser fusilado.

Al undécimo día después de éste, pernoctamos en el pueblo de Funza, a cuatro leguas de Santafé: en esta última jornada debí yo ser víctima de la ferocidad de nuestros enemigos; la gravedad de mi úlcera, el cansancio, y talvez la mutación repentina de temperatura, me habían reducido a tal desfallecimiento, que no pudiendo seguir a la par de los otros, se me dejó atrás con el oficial de milicias, prisionero José Agustín Ulloa, escoltados por un cabo y 4 soldados, con las órdenes de tabla que se acostumbraba a dar en semejantes casos; al subir a la cumbre del Monte de La Mesa, o Barroblanco, me sentí desvanecido y caí en tierra. El cabo me intimó que me levantase para continuar la marcha. Yo nada le respondí. Volvió a intimarme, en la actitud de darme con la culata del fusil. Yo le contesté, haciendo un esfuerzo: "Un favor me hará usted con quitarme la vida, pues ya me es imposible soportarla; haga usted lo que quiera de mí, yo no me muevo de este puesto, porque no tengo aliento para pararme". "¡Picaro insurgente!", replicó el cabo... y ya iba a descargarme el golpe de muerte cuando mi primo Ulloa se interpuso. "¡Por Dios, no mate usted a mi primo! Mire usted que está muy débil, déjelo usted recobrarse un minuto, y después seguiremos a tomar pan y chicha en esa venta (esta venta estaba a cosa de 100 varas de distancia); allí se acabará de restablecer y podrá continuar la marcha. Yo gratificaré a usted y a la escolta con tal que no se maltrate a mi primo. . .", y volviéndose hacia mí me dijo: "ánimo, primo". El cabo consintió en esperar un pequeño rato, protestando "que si yo no podía seguir, se desembarazaría de mí para no atrasarse tanto". Ulloa le propuso que "alquilaría una bestia para conducirme, y además le daría cuatro pesos al cabo y un peso a cada soldado a condición de que me permitiesen seguir a caballo hasta Funza". El cabo contestó que "le era prohibido el dejar montar a los prisioneros, pero que si le daba ocho pesos y dos a cada soldado, él quitaría una bestia al primer transeúnte, sin que se le pagase el flete a su dueño, y que me conduciría con las precauciones debidas, para que ningún oficial viese que se me había dejado montar en una bestia, porque en este caso él era responsable, y cuando menos perdería sus galones, que le habían costado cinco años de guerra". Ulloa accedió a la propuesta y me libertó de una muerte segura, pero que yo habría sufrido con agrado en el estado lastimoso en que me encontraba. Sostenido por el mismo Ulloa pude ponerme en pie y seguir hasta la primera venta, en donde me restablecí un tanto después de haber tomado pan y chicha. Mientras eso, un pobre hombre pasaba montado en una yegua, que casi era un esqueleto; el cabo la demandó con autoridad, y en ella, sobre una albarda, pude ir hasta más allá de Balsillas, en donde se me obligó a echar pie a tierra porque ya nos acercábamos a Funza y el cabo temía que se me viese a caballo. Ya mis fuerzas me permitieron, por fortuna, llegar en mis pies al término de la jornada, en donde pasamos la noche.

Antes de las doce del siguiente día entramos en la capital, y en la plaza pública, cayendo un fuerte aguacero, se nos hizo esperar por más de dos horas nuestro destino. Desde los pueblos del tránsito se nos había. anunciado que los presos que se destinaban al Colegio del Rosario no salían de allí sino al patíbulo, mientras que los que iban a las cárceles y a los cuarteles no eran considerados sino como reos de segundo orden, y no tenían mucho riesgo de que se les quitase la vida. Con esta prevención, esperábamos otra vez, como en el sorteo del quinto, la suerte que nos estaba reservada, cuando se presentaron varios oficiales con listas en la mano y empezaron a llamarnos y separarnos. Los más de mis compañeros fueron conducidos a las cárceles, y 5 fuimos llevados al Rosario, que, como acabo de referir, era la prisión de mal agüero. A mí se me colocó en el calabozo en donde estaban los siguientes sujetos: doctor Vicente Azuero, José María Tejada y su hijo (que existen), y N. Navia, que ya es muerto. Por primera vez conocía a estos señores, quienes me recibieron bien y me brindaron algo de comer, pues cabalmente se ocupaban de esto, y la oportunidad era plausible para mí.

Inmediatamente les informé quién era yo, y les referí algunos pormenores sobre que se interesaba su curiosidad, pues hacía mucho tiempo que no sabían de! mundo en el estado de incomunicación en que se hallaban. Ellos me dijeron que positivamente en ese Colegio se encontraban los reos de Estado, y que de continuo salían muchos al suplicio, sin que hubiese ejemplar de que se hubiera salvado hasta entonces sino el señor N.. .. Ibáñez, que la víspera había tenido la fortuna de escaparse de la prisión disfrazado con el traje de un soldado; pero que desde entonces se les maltrataba y supervigilaba más, sin permitirles siquiera la luz de las ventanas, pues éstas habían sido condenadas; y que a cada instante se esperaba la muerte, bien por un asesinato general, con que se les había amenazado repetidas veces, o bien porque se les matase con las apariencias de formas jurídicas, por sentencias de los consejos de guerra en que se les juzgaba, o por la simple voluntad del general Morillo o de su segundo Enrile. Terminada la comida, los señores Tejada y Navia me invitaron a rezar el rosario. "Esto es nuestro único consuelo, me decían: debemos implorar el auxilio divino por la intercesión de la Virgen Santísima, y prepararnos a recibir la muerte como cristianos". Cuando el rosario se concluyó, yo observé que en la misma pieza había un cuartito oscuro y muy reducido, destinado al brasero en donde se hacía el chocolate, y después de haberlo examinado, dije a mis socios: "podemos también prepararnos a recibir una muerte más gloriosa pugnando contra nuestros verdugos, caso que vengan a asesinarnos; aquí tenemos los ladrillos de ese cuartito, que debemos arrancar del suelo y tenerles preparados para recibir a los asesinos, y morir con la sangre caliente, y no como humildes corderos. Entre los 5 bien podemos matar algún godo, y siempre disminuiremos su número y libramos al mundo de una de tantas fieras". Mis compañeros celebraron mi proyecto, y aunque los; señores Tejada y Navia no hicieron oposición, temían que, en una de tantas requisas que se nos harían, se descubriese que los ladrillos estaban dislocados y nos resultara por esto un nuevo cargo. Yo me puse en obra, y repetí mis reflexiones: "tenemos tiempo a prepararnos, porque estando nuestro calabozo en un ángulo dictante de la escalera, el asesino debe comenzar por los otros que nos preceden, y algo hemos de sentir de alarmante antes que nos toque el turno". El señor Tejada (padre) me dijo entonces: "cada vez que oímos el ruido de los mazos de llaves y el tropel de los soldados y oficiales que vienen a hacer la requisa nos parece que ha sonado ya nuestro último momento". Yo lo esforcé a esperar con valor este último momento y a hacer una cosa digna de republicanos. Creo que, si llega el caso, habríamos muerto batiéndonos a ladrillazos, pues la resolución estaba hecha.

Mientras estuve en la plaza pública pude remitir a mi tío Rafael Fernández de Córdoba, mayor de plaza de Santafé, hermano de mi abuela, una carta de recomendación, que esta señora le escribía, y otra al doctor Tomás Tenorio, que le dirigían con el mismo fin unas sobrinas suyas y primas mías (4) . Al día siguiente fue mi tío a visitarme, y con su semblante y tono naturalmente adustos, en vez de consolarme u ofrecerme algún auxilio, me dio un regaño severo, manifestando "que no debía Sámano haber perdonado a ningún insurgente, y menos a mí, que por mi cuna estaba llamado a ser defensor del católico monarca..." Esto me pareció una necedad, o más bien una chochera de mi tío, y es la única vez que he sufrido un denuesto sin irritarme. No sucedió así con el doctor Tenorio, quien, informado de mis circunstancias, me hizo firmar y dirigir al general en jefe, don Pablo Morillo, una representación muy bien fundada, y redactada por el mismo Tenorio, suplicándole me hiciese poner en libertad en consideración a la pena de muerte que ya había sufrido moralmente, y citando muchos casos semejantes en que se había indultado de toda pena al que por cualquier accidente o gracia se había librado de la muerte, después de haber sobrellevado todos sus accidentes, y pasado por los trámites del horrendo aparato ... Al tercer día supe que el general Morillo había decretado que informase el general Sámano, quien ya estaba en Santafé; al sexto día me hizo saber mi tío Córdoba el seco decreto de Morillo, concebido en estos términos: "No ha lugar". Decreto que había dictado en consecuencia del informe de Sámano, contraído a manifestar que "era cierto todo el relato de mi memorial, menos la aserción de que había sido perdonado, pues él no había hecho otra cosa que suspender la ejecución, en virtud de órdenes recibidas del general Montes, hasta que S. E. el general en jefe del ejército pacificador de Costa Firme, a cuya disposición me había puesto, resolviese lo que fuere de su mayor agrado". En este mismo sentido se encuentra una nota puesta en uno de los boletines que se publicaron en Quito, y que después llegó a mi poder, como que todavía lo conservo.

Es de inferirse que no sólo perdí las esperanzas de ser puesto en libertad, sino que debieron renovarse mis temores de ser ejecutado en Santafé, pues todo conspiraba a dar pábulo a esta idea. Ya eran los primeros días de octubre del mismo año de 1816, y mi situación no variaba, ni la ferocidad de los españoles del expedicionario presentaba un solo signo de conmiseración. Víctimas y más víctimas sacrificadas a su furor eran la perspectiva que se presentaba del porvenir; hasta que en uno de esos días se apareció otra vez mi tío a notificarme que se me había sentenciado por el capitán general al presidio urbano por tiempo indeterminado. Poco después, el 14 de dicho mes, se me anunció que por clemencia del general Morillo, y en celebridad del cumpleaños de Fernando VII, se me había conmutado la pena de presidio en la de servir de soldado, también por tiempo ilimitado. El mismo día se me filió en la compañía de granaderos del tercer batallón de Numancia, a las órdenes del teniente coronel don Ildefonso Arce. La misma suerte corrieron muchos de mis compañeros del Ejército del Sur, mientras otros sufrieron la muerte y algunos fueron a los presidios o a lugares remotos, deportados.

Como yo continuaba enfermo de mi antigua herida, lo representé al sargento de mi compañía, pidiéndole la baja para ir al hospital, y se me condujo al Militar del convento de Las Aguas, en donde apenas hubo una cama para acomodarme, pues se hallaba lleno de militares enfermos; allí pasé algún tiempo sufriendo todas las calamidades y miserias de un establecimiento de esa naturaleza, del cual se me trasladó al hospital de San Fernando. En medio del teatro de horror y de las inmundicias, recibía, sin embargo, el consuelo de los médicos doctores Merizalde, Osorio y Lazo, que habían sido obligados a servir gratis en sus profesiones, y habiéndome hecho conocer de ellos, les inspiré las simpatías de compatriotas, y merecí, con otros de mis compañeros, que en la receta de alimentos se nos asignasen los mejores que podían prescribirse, y que se nos indicase también el ejercicio corporal, para poder salir siquiera al patio principal a renovar los aires pestilentes.

Hallándome en San Fernando, el español don José Gaicano, que era contralor general y tenía su oficina en dicho hospital, me preguntó un día si yo era el sobrino de sus padrinos, don José Solís y doña María Ignacia Hurtado, y habiéndole contestado afirmativamente, me contó que sus padrinos le habían escrito recomendándome y que estaba dispuesto a favorecerme en cuanto pudiera. Le di las gracias más expresivas y le referí brevemente lo que pudiera interesarle en mi favor, y luego me contestó que él estaba autorizado para nombrar los cabos de sala, y que si yo quería estaba dispuesto a nombrarme, en lo que recibiría algún alivio. Yo acepté y empecé a funcionar. Muy en breve vacó el destino de contralor subalterno del hospital de convalecencia, y con mi beneplácito me nombró Gaicano para este puesto, en el cual mi suerte había cambiado notablemente, pues ya me veía de jefe de un establecimiento en donde me estaban subordinados, en cuanto a lo económico, hasta los oficiales que iban allí a convalecer. Pero este halago de la fortuna no me duró muchos días. Un reumatismo general vino a postrarme, y era necesario marchar a Tocaima a curarme en aquel hospital militar. El señor Gaicano me recomendó a su subalterno en aquella ciudad, sin hacer referencia de que yo era soldado, sino diciendo puramente que era el contralor del hospital de convalecencia de Santafé. Con esta recomendación recibí muy buena acogida, pues se me alojó en una casa particular (5) . Mi restablecimiento se verificó antes de dos meses, pero continué algunos días más, y aun llegué a consentir que se me olvidase, y poder regresar a mi país con un pasaporte de la autoridad civil de Tocaima, que no me era difícil conseguir, porque para ello hubiera interesado a los principales sujetos del lugar con quienes había contraído amistad en razón del patriotismo. Entre estos sujetos cito a los señores Afanadores, cuya amistad no interrumpida data desde aquel tiempo. Mis esperanzas fueron, sin embargo, desde entonces, burladas, como otras veces. Se presentó un oficial con el carácter de comisionado del inspector general, y por mi desgracia éste llevaba listas de los enfermos dejados por los cuerpos que habían seguido al Norte, y mi nombre estaba allí comprendido. Como yo no tenía otro modo de vivir, estaba obligado a tomar mi ración, y por consiguiente anotado en los registros del comandante militar, que era entonces el español capitán don Francisco Fernández Vignoni, célebre en la historia por haber hecho traición en Puerto Cabello al coronel Simón Bolívar. El día que menos lo esperaba se me presentó un sargento a intimarme, de orden del subinspector, marchar a Santafé con el piquete de convalecidos, y sin arbitrio alguno se verifico la marcha el mismo día.

Llegados a Santafé se me condujo al cuartel del segundo batallón de Numancia y se me incorporó en su compañía de granaderos. Mis fuerzas eran ya bastantes para soportar los nuevos trabajos que se me esperaban, mientras la Providencia me abría las puertas de mi rescate, y me resigné a los posteriores sufrimientos. Ya tenía libertad para pasearme en los pocos ratos que me lo permitían las faenas de mi clase, y aprovechándolos podía ver con frecuencia a mi tía política, la señora Eusebia Caicedo y Santamaría de Valencia, que se complacía en prodigar a manos llenas toda especie de socorros a los desgraciados patriotas, y muy especialmente a los hijos de Popayán y parientes de su difunto esposo don Gaspar de Valencia. Tan patriota como virtuosa, respetable y generosa, la señora Caicedo tomaba un interés vivo por la suerte de mi hermano Laureano (que también había sido condenado a servir de soldado raso) y por la mía, en términos que hacía las veces de nuestra segunda madre, en cuyo lugar la reputé desde entonces. Muchos son los favores que debí a mi madre putativa, de los cuales haré una ligera reseña en los lugares oportunos, y mientras logro esta satisfacción y pago un justo tributo a su memoria, referiré un accidente muy importante que marca bastante su carácter patriótico y bondadoso.

Sabedores los jefes españoles que la casa de mi tía era frecuentada por muchos patriotas proscritos, le intimaron so las más graves penas que no nos admitiese en su casa; la buena señora contestó "que ella no podía prescindir de recibir en su casa a sus parientes, y que si esto se consideraba un delito estaba resuelta a sufrir cuantas penas se quisiera imponerle, y hasta la del suplicio mismo". Inmediatamente hizo llamar a mi hermano y a mí, y nos manifestó lo que le había ocurrido, exhortándonos a que por consideración a ella no dejásemos de ir a su casa, pues un honor le resultaría de que los tiranos la persiguiesen y molestasen por esta causa. "No sólo suplico a ustedes, nos dijo, sino que les prevengo me visiten con más frecuencia que acostumbran; esos verdugos de nuestros parientes, de tantas personas respetables y del género humano todo, no me intimidan con sus amenazas ni sus hechos; capaces son de atropellarme y aun de despedazarme, pero se engañan los tigres si creen amedrentarme, o si esperan de mi parte un acto de humillación, respetando sus temerarias órdenes". Nosotros le ofrecimos cumplir sus prevenciones, pero, ya por consideración a nuestra tía, ya porque temíamos ser maltratados por los españoles si nos veían entrar, procurábamos hacerle nuestras visitas a hurtadillas y con precauciones para no ser observados.

Recobraré el hilo de mi narración. Entre las personas con quienes me relacioné inmediatamente introducido por otros compañeros de infortunio, cuento a los Almeidas y a la célebre Pola. Aquellos meditaban un plan de revolución en Santafé, y para verificarlo contaban con todos los proscritos y procuraban imprudentemente ganar prosélitos entre la tropa española, lo que ocasionó fuesen denunciados ya en los momentos de dar el golpe. Muchos de les fautores, y entre ellos el principal, Ambrosio Almeida, fueron puestos en prisión, y todos los cómplices temíamos ser descubiertos y ahorcados. Para evitar esto último se me hizo avisar por conducto de otro granadero comprometido, José María Céspedes, que esa noche misma debíamos desertar hacia los llanos de Casanare, llevándonos cuantas armas y municiones nos fuese posible. Al instante busqué a mi hermano para prevenirle que se alistase e indicarle la hora y el punto de reunión. Casualmente yo estaba nombrado ordenanza de la casa de la Comisión de Secuestros, y me era fácil llevarme mi fusil y mis municiones. A las siete de la noche, estando ya listo con mi hermano para partir al lugar en donde debían juntarse lo menos 25 personas comprometidas a la marcha, me atacó una fiebre maligna, de que ya estaba afectado, y me fue del todo imposible reunirme a los demás, que efectivamente lograron escaparse a Casanare. Mi hermana no quiso abandonarme, y en esta situación se me mandó al hospital de San Juan de Dios y se me colocó entre los febricitantes, cuya sala estaba a cargo del doctor Félix Merizalde. La enfermedad hizo progresos rápidos al tercer día, y ya el médico, temiendo una próxima muerte, me había desahuciado y mandado confesar, cosa que no alcancé a cumplir por haberme privado a pocas horas, antes de lo cual ya se me había puesto el Santo Cristo en la cabecera, como signo fatal de mi próximo fin; al décimo día empezó la crisis, y debo confesar que en esta vez soy deudor de mi vida a los cuidados del doctor Merizalde y del doctor Manuel María Quijano, mi compatriota y compañero de infortunio condenado a presidio. Este señor, no pudiendo asistirme personalmente, tomaba informes de mi estado, que, siéndole desconsolantes, ordenó se me exprimiese en la boca de cuando en cuando el zumo de naranjas dulces, pinas y ciruelas, pues que no pudiendo verme ni asistirme, y según la pintura que se le hacía de mi desesperada situación, era lo único que podía indicarme. Cuando empecé a recobrar la razón, lo primero que vi fue una criada de mi tía Eusebia que me estaba haciendo la aplicación prescrita por el doctor Quijano, aunque para entrar necesitaba del favor de un fraile Uscátegui, que había sido cirujano del Ejército del Sur. Mi restablecimiento completo se obró en cosa de mes y medio, y después supe que la enfermedad que me acometió fue una fiebre tifoidea.

Cuando pude ya levantarme por primera vez, aunque con mil dificultades por el estado de extenuación y debilidad a que me hallaba reducido, mi primer intento fue bajar a la sala de presos a informarme del estado de cosas, y si se sabía que yo estuviera complicado en la causa de conspiración, pero al abrir la mampara de mi salón me acometió un dolor de cabeza tan fuerte, que no alcancé a regresar a mi cama sin haber caído desmayado, en cuyo estado permanecí por ocho horas. Esta es la única vez en toda mi vida que he experimentado lo que se llama dolor de cabeza. Con tal motivo me era necesario guardar la cama por algunos días más, hasta cobrar un poco de fuerzas, pero mi ansiedad por saber lo que pasaba me atormentaba más que los mismos males de que adolecía. En este período de convalecencia se me envió un cabo, también convaleciente, y me dijo "que yo debía de ser muy patriota, pues mi delirio incesante en el tiempo de la fiebre había sido contra los godos". Yo le dije "que efectivamente había sido patriota, y oficial prisionero, y que como había sufrido tanto, no era extraño que, en mis delirios, hubiese dicho algo contra los españoles, y que le suplicaba no refiriese a nadie lo que había oído, ofreciéndole mi gratitud y amistad". Así me lo prometió el cabo, y estoy cierto que si él hubiera revelado lo que dije cuando deliraba, esto habría sido bastante para aumentar las sospechas que inspirábamos los que habíamos sido condenados al servicio, y quién sabe si de ello me hubiera resultado un cargo que me costara la vida.

En fin, cuando me fue posible bajé a la sala de presos, en donde, entre otros, se hallaban los señores Isaza, de Antioquia, y Uscátegui, de Venezuela, condenados a presidio por ser patriotas, a quienes conocía anteriormente. Estos señores me refirieron lo que había llegado a su noticia, pero no sabían que a mí se me hubiese comprendido entre los que se juzgaban como conspiradores, haciéndome la reflexión que, si tal hubiera sido, se me habría bajado a la sala do presos indudablemente, y a la verdad que esta observación era de mucho peso. El hecho es que positivamente a mí no se me comprendió entre los conspiradores, y hasta hoy me admiro de no haber sido denunciado, pues era de los que con más calor y empeño se habían comprometido con los Almeidas, lo que sabían bien muchos de los que estaban en juicio y habían tenido la debilidad de hacer denuncia de los demás cómplices. Este escape debo atribuirlo a la circunstancia de hallarme en el hospital, y por lo mismo no haberme tenido presente los que pudieran haberme denunciado. En fin, este fue un milagro del Todopoderoso de tantos que había obrado en favor de mi existencia.

Por resultado de mi enfermedad quedé lisiado de echar sangre por las narices con bastante frecuencia, y esto me valió haberme quedado en el hospital por muchos meses, hasta que cesó esta causa, y el nuevo inspector de hospitales, doctor Reguera, me hizo salir al cuartel.

A poco tiempo se nos puso arrestados a todos los condenados al servicio militar, haciéndonos entender que esta medida era causada por las sospechas que se habían concebido contra nosotros, pero después de muchos sermones y amenazas, se nos puso en libertad como a los ocho días del arresto. Es de saberse que casi un tercio de la compañía a que yo pertenecía era de patriotas penados, y en las otras compañías también se hallaban muchos de ellos.

Muy pocos días habían transcurrido cuando se denunció el complot de la Pola, y fueron puestos en prisión todos los denunciados, a consecuencia de los papeles que habían tomado a Sabaraín en su escape hacia los llanos, en cuyo tránsito fue prendido. Como este procedimiento se ejecutó de repente, me habría sido imposible librarme si la Providencia no hubiese querido todavía guardar mis días milagrosamente. Yo era uno de tantos patriotas que concurrían a la casa de la Pola, en donde se comunicaban las noticias que se tenían de los de Venezuela y Casanare, y se celebraban cuando ellas eran buenas, pues esa mujer, valiente y entusiasta por la libertad, se sacrificaba para adquirir con qué obsequiar a los desgraciados patriotas, y no pensaba ni hablaba de otra cosa que de venganza y restablecimiento de la patria, pero como al tiempo de sus últimas reuniones estaba yo en el hospital, no se había puesto mi nombre en las listas que formaban el cuerpo del delito. Sin embargo se me sospechaba y no se me permitía salir sin un soldado de confianza que respondiese de mi persona. La famosa causa de la Pola se siguió con actividad y muy pronto condenaron al suplicio a esa ilustre granadina y a muchos de mis compañeros. Testigo presencial de sus últimas veinticuatro horas de vida, debo referir cuanto pasó durante ese tiempo, no porque la historia no se haya ocupado de la heroína, que bien merece páginas de oro, sino por la relación que tienen conmigo esos interesantes acontecimientos.


____________

4.


Las señoras María Manuela y Gertrudis Tenorio, hijas del antiguo alférez real don Antonio Tenorio y primas mías, que fueron de las pocas personas de entre mis parientes que me favorecieron un tanto para no dejarme morir de hambre en mi país natal y en medio de muchos deudos poderosos.

Esta es la ocasión de rendir mi mas expresivo homenaje de admiración y gratitud a una santa mujer, llamada Antonia, esclava heredada de mi padre, que con el más solícito afán y trabajando día y noche sin descanso, con el producto de sus labores y vigilias sostuvo a mis dos hermanos menores y aun les procuró los primeros conocimientos escolares durante más de seis años. A principios de 1823, en que regresé a Popayán y recibí los informes de que acabo de hacer mención, mi primer acto fue abrazar a Antonia bañándola con mis lágrimas, apellidándola segunda madre de mis desvalidos hermanos y dándole la libertad, bien merecida, para satisfacerle así una parte de la suma inmensa de beneficios de que la éramos deudores. En seguida publiqué en su honor un artículo que se insertó también en "El Fósforo", periódico de aquella ciudad. Nunca podré olvidar a esa criatura angelical que aun siendo esclava poseía las virtudes excelsas de la matrona más venerable. ¡Dios la haya colocado entre los escogidos, en premio de tanto mérito!

También debo recordar, agradecido, que mi primo Manuel López y Escovar, pasando de Antioquia para Quito, auxilió a mis hermanos con algunas prendas de ropa para vestirse, según me lo dijo la virtuosa Antonia, cuando ellos se encontraban en tal estado de desnudez que ya no podían asistir a la escuela. Hubo tiempo que, en medio de la espantosa revolución que afligió y desoló a Popayán, la pobre Antonia no alcanzaba a ganar lo suficiente para su manutención y la de sus tiernos hijos adoptivos, a veces por falta de trabajo, pues aquella ciudad tan opulenta y tan valiosa asimismo por su importancia moral, era incesantemente acometida y ocupada por los dos bandos beligerantes, distinguiéndose en depredaciones y crueldad el realista, que entraba en ella a saco, y sus moradores huían hasta donde les era posible para librarse de la muerte y los ultrajes, en términos que en uno de esos interregnos la ciudad quedó tan desierta que no habiendo hombres siquiera para enterrar a los muertos, algunas caritativas mujeres ejercían esas funciones y aun otras más sublimes en las ceremonias religiosas.

Nada o muy poco se ha escrito relativo a las catástrofes terribles de Popayán, y el único historiador clásico, el señor José Manuel Restrepo, que ha dado una débil pincelada en ese cuadro admirable por tantos títulos, mejor hubiera procedido escribiendo tres palabras, semejantes a las que se pusieron sobre el funesto túmulo que formaron las cenizas de la célebre Ilion: "Aquí fue Troya".
¡Jóvenes talentosos de Popayán! Reunid los datos necesarios y escribid la historia de vuestra patria para honrar la memoria de vuestros padres y excitar la emulación universal. Tened presente que Popayán ha producido héroes y heroínas, y que aun medio de las más espantosas tormentas y aun de su miseria misma ha conservado su dignidad y héchose respetar de los ambiciosos de todos los tiempos. Yo os declaro que me enorgullezco cuando recuerdo que soy hijo de ese país, más grande todavía por su historia en medio de su decadencia que por su antigua riqueza proverbial.

5. Esta casa era la de una señora Duque, viuda de un español López.


anterior | índice | siguiente