CAPITULO
VIII
El 30 se puso en marcha el ejército real para Popayán, adonde
llegó el 1° de julio al medio día. Los oficiales prisioneros fuimos
conducidos bajo una cuerda estrechamente atados de los brazos, y en
la plaza de aquella ciudad se nos paseó de esta manera, ostentando
con crueldad los trofeos de un triunfo más glorioso aún para los
vencidos que para los vencedores. Los prisioneros de tropa que no
estaban heridos fueron conducidos a Quito, con excepción de uno
solo que merece una particular mención. Este se llamaba Florencio
Ximénez, hijo de Venezuela, a quien se intimó de salir de entre los
oficiales, puesto que no era sino un soldado voluntario y no debía
confundirse con los que iban a sufrir las penas que merecían,
mientras que la tropa prisionera iba a mejorar su suerte en Quito.
Todos aconsejamos a Ximénez que así lo hiciese para librarse de los
sufrimientos que nos esperaban a los oficiales; pero éste declaró
resueltamente que "él prefería estos sufrimientos, y la
probabilidad de la muerte con que estábamos amenazados, porque de
esto le resultaba honra". Se obstinó en su resolución, y
generosamente corrió nuestra suerte. Ya tendré ocasión de ocuparme
de este individuo en otra parte de mis memorias, y allí se verá que
aunque por una ciega fatalidad llegó a ser mi enemigo en nuestras
disensiones civiles, no por eso debo dejar de hacerle la justicia
que se merece y que le hace tanto honor a él como al Ejército del
Sur.
Se nos depositó en los calabozos de la cárcel pública de
Popayán. En los primeros días fueron fusilados y colgados en la
horca nuestros compañeros Rosas, España y Lataza, sin fórmula de
juicio; todos tres murieron con el valor que habían tantas veces
acreditado.
En uno de esos primeros días sucedió lo siguiente: habiéndose
avistado por el páramo de Guanacas algunos soldados con dirección a
Popayán, se creyó que fuese Monsalve con su batallón, a cuya
noticia el general Sámano hizo tocar la generala por todas las
calles y se preparó a recibirlo en la plaza principal. Entre tanto,
se redobló la guardia de la cárcel, se nos hizo formar en un largo
corredor y se colocó a nuestro frente una escolta de soldados que,
cargando sus fusiles en nuestra presencia, nos previnieron que nos
pusiésemos con Dios, pues íbamos a morir al primer tiro que se
oyese de parte de Monsalve. Así estuvimos por más de dos horas
esperando con indiferencia esa muerte, que ya era por nosotros
deseada porque con ella acababan nuestros sufrimientos. Pasado ese
término, fue un ayudante de Sámano a prevenir al comandante de la
escolta que se retirase, pues los soldados avistados eran
pertenecientes al ejército real. El expresado comandante nos dijo
al despedirse: "Han vuelto ustedes de la eternidad por
esta vez". Muy luego supimos lo siguiente: que el
comandante Monsalve, con poco más de 100 hombres que le quedaban,
había presentado combate en la ciudad de La Plata a una columna de
700 hombres mandada por el teniente coronel Carlos Tolrá; que aquél
había hecho una gallarda resistencia, pero que habiendo pasado el
enemigo 300 hombres por un vado que se les indicó por un granadino
traidor en el río de La Plata, perdida ya una parte de los soldados
patriotas, y casi exhaustas sus municiones, había sido preciso a
Monsalve abandonar el campo al enemigo y retirarse con algunos
pocos a la cima de los Andes, en donde habían sido capturados,
igualmente que el general García Revira y el comandante Mejía con
los pocos que se habían salvado en la batalla de La Cuchilla. La
llegada de Tolrá, que se verificó al día siguiente, nos confirmó
las noticias que se nos habían dado de su triunfo sobre Monsalve.
Mi hermano Laureano, hoy teniente coronel de infantería en servicio
activo, y entonces abanderado del batallón Bravos del Socorro, se
distinguió en tan desigual combate, y con otros fue hecho
prisionero en el mismo campo en donde terminó el nunca bien
ponderado Ejército del Sur. También llegaron a Popayán en esos días
con sus respectivas columnas el coronel Warleta y el comandante
Plaa.
Nosotros seguíamos sufriendo en los calabozos el hambre, la
desnudez, los vilipendios y otras muchas penalidades consiguientes,
pero la incertidumbre de la suerte que nos esperaba, y que no podía
sernos favorable, era lo que más nos atormentaba, no obstante
nuestra resignación. Amigo como soy de hacer justicia a quien la
merece, y naturalmente agradecido por cualquier favor que se me
dispense, debo en este lugar manifestar que en medio de nuestras
privaciones y penalidades encontrábamos un lenitivo cuando entraba
de comandante de nuestra guardia el teniente Custodio Rivera, hijo
de Pasto, y hoy teniente coronel del ejército de Nueva Granada.
Este oficial, tan valiente como honrado y compasivo, nos permitía
cuantos desahogos eran posibles durante las veinticuatro horas de
su facción, y, si mal no recuerdo, a él debimos otra vez no haber
sido víctimas del furor bien marcado de nuestros enemigos. Veamos
cómo sucedió esto.
El sargento prisionero Luis Vedon, que por estar herido no había
sido llevado a Quito, se entretenía un día con el cabo de la
guardia jugando medio real. Una disputa se armó entre los dos
jugadores sobre un lance de la partida, y el valiente Vedon,
quitando al cabo la vara de ordenanza con que le amenazaba, le dio
un fuerte golpe tras la cabeza, que le derribó en tierra privado de
todos sentidos. En el acto se dio cuenta de la novedad al oficial
de guardia, y el sargento de ella, diciendo improperios contra los
prisioneros, nos amenazó con una muerte cierta luego que viniera la
orden del general Sámano, por consecuencia de tal acontecimiento.
Era más que probable, era seguro, que el irritable y feroz Sámano
habría dado la orden de matarnos tan pronto como se le hubiese dado
cuenta del suceso de Vedon. El capitán José Joaquín Quijano, el más
respetable de los prisioneros de la cárcel, suplicó al oficial de
guardia que hiciese moderar al sargento, pues no tenía derecho a
insultarnos y amenazarnos de la manera que lo hacía, cuando, por
otra parte, todos éramos inocentes, a excepción de Vedon.
El oficial de guardia oyó las insinuaciones del capitán Quijano
y ordenó al sargento que se callase. Quijano aprovechando las
buenas maneras del oficial de guardia, le dijo que "no
diera parte de lo que había sucedido, a cuya condición nos
empeñábamos todos ¡os presos a dar una gratificación pecuniaria a
la guardia y otra al cabo, luego que se restableciese, quedando
además, obligados por esta conducta". Así lo prometió y
cumplió el oficial, disponiendo que a Vedon no se le permitiese
nunca salir de su calabozo. Como diez pesos se recogieron entre
todos para salir del apuro. Yo no di ni un cuarto, porque no lo
tenía.
Ya estábamos a mediados de agosto, y nada podíamos trascender
del destino que se nos diera. Decían vagamente que se esperaban
órdenes del general don Toribio Montes, quien se hallaba en Quito,
como lo he dicho en otros lugares. En uno de esos días me previno
el oficial de guardia saliese del calabozo a hablar en otro cuarto
con mi abuela materna, pues tenía orden superior para el efecto. Yo
fui recibido por mi respetable y virtuosa abuela con los brazos
abiertos, y, estrechándome en ellos y vertiendo lágrimas de gozo,
me dijo: "¡Hijo mío! Dios te ha mirado con ojos de piedad:
ya he logrado del señor Sámano tu entero perdón; y sólo exige para
otorgártelo que salgas a pregonar un bando real que va a publicarse
en la ciudad dentro de una hora. Esta leve pena en que te conmuta
otras más graves, que me ha dicho tienen que sufrir los otros
prisioneros, es nada para ti. Yo he venido a darte este plausible
anuncio, para lo cual el mismo señor Sámano me ha permitido entrar
a esta cárcel por poco rato. Conque prepárate a salir esta noche a
tu casa a consolar a tus infelices hermanos, y da gracias al cielo
por este inesperado suceso". "¿Yo debo servir de
pregonero o de escribano, dije yo a mi abuela, para el bando que se
va a publicar?" "De pregonero, me contestó, y el
bando sólo se publica en las cuatro esquinas de la plaza
mayor". "¿Y no sabe usted, le repliqué, que el
oficio de pregonero es tenido por infame ? ¿ Cómo quiere usted que
yo me degrade hasta este extremo? Prefiero la muerte, si la
redención me ha de envilecer. ¡Qué dirían mis compañeros si yo
fuese tan bajo! No, señora: yo agradezco infinito los cuidados que
se toma por mi libertad, pero mi honor no me permite aceptar la
gracia que se me ofrece si la he de optar a un precio tan
subido". "Déjate ahora de esas delicadezas, me
dijo mi sencilla abuela: sólo el oficio de verdugo es infamante, y
aquí no se trata de que seas verdugo sino un simple pregonero, por
una sola vez. Reflexiona que eres el mayor de tus hermanos, y que
debes procurar la conservación de tu vida por todos los medios
posibles para servirles de apoyo en su orfandad. Conque resuélvete,
hijo mío, y dame el consuelo de que te veré esta tarde libre ya de
tantos padecimientos y acaso de perder la vida en un
suplicio". "No, señora, le insinué, yo no quiero
una vida vilipendiada; de ninguna manera quiero la gracia que se me
ofrece: Dios velará por mis días si así le place, y si no, que se
cumpla su voluntad". "¡Qué obstinación de niño!
¿Y qué digo yo al señor Sámano, después de haber ablandado su
corazón y conseguido tu perdón? Reflexiona bien, hijo mío, por el
amor de Dios acepta la gracia, que ninguna infamia te sobreviene:
mira que mayor infamia resulta a ti y a tu familia de morir
ahorcado: ¿qué diré yo al señor Sámano para no irritarlo?"
"Dígale usted que estoy muy constipado; que el estado de
ronquera en que me encuentro no me permite alzar la voz como deben
hacerlo los pregoneros, y que me hallo en un estado de debilidad
que no me permite andar por mis pies; dígale usted que me cambie la
pena por otra que yo pueda soportar, y si esto se consigue, usted
logrará el verme en mi casa al lado de mis hermanos, y al general
seré deudor de mi vida en esta vez". Así se terminó este
diálogo, después del cual se retiró mi buena abuela toda confusa y
llorosa, encargándome, por último, que me encomendase a Dios,
mientras iba a hablar con el señor Sámano.
Una hora después manifestó el oficial de guardia a todos los
oficiales prisioneros, a quienes yo había referido lo pasado, que
el general indultaba al que quisiese salir a publicar un bando como
pregonero. ¡Admirable conducta la de mis compañeros! No hubo uno
solo que contestase a las repetidas insinuaciones que hizo el
oficial de guardia. Nadie quiso degradarse Yo no volví a ver más a
mi abuela.
Esta circunstancia nos haría temer con sobrado fundamento que la
irritación de Sámano subiera de punto y así se verificó. El 18 del
mismo agosto, a las 9 de la mañana, se presentó en la cárcel el
mayor general Ximénez, rodeado de frailes de diferentes órdenes, y
nos previno que formásemos por el orden de la lista, pues se iba a
proceder a sortearnos para que muriese uno de cada cinco. Esto era
lo menos que podíamos temer. Las repetidas instancias de uno de
nuestros compañeros, el capitán Pedro José Mares, a pretexto de que
no era oficial sino un simple paisano que habiendo emigrado de
Venezuela se le había obligado a entrar en las filas para irse a
batir en La Cuchilla (en donde se condujo muy bien y fue atravesado
en el vientre por una bala), estas instancias repetidas con las
súplicas más humildes, hicieron que la operación se difiriese hasta
las dos de la tarde, habiendo excluido del sorteo a Mares, no sólo
por consideración a lo que aseguraba falsamente que no era oficial,
sino también porque prometió casarse con una señora con quien
estaba comprometido, y que era hija de un señor Maza, amigo íntimo
de Sámano cuando éste mandaba, antes de la revolución, la
guarnición de Santafé, en calidad de coronel del regimiento del
auxiliar. Semejante tardanza nos ocasionaba una gran molestia, pues
teníamos que sostenernos de pie firme todo ese tiempo, con cuyo
motivo yo me exalté y dije a Mares, cuando dirigió su última
instancia, que "yo me ofrecía a morir por él, caso que le
tocase la suerte y a mí no". Todos a una manifestamos a
Mares nuestro disgusto por el entorpecimiento que causaban sus
reiteradas instancias, pero él nos contestó que la vida era muy
amable y que para conservarla debía emplear todos los medios
lícitos que estuvieran en su poder. Por su fortuna, el mayor
general Ximénez era americano, hijo de Panamá, y tuvo bastante
paciencia para llevar sus recados al general Sámano, quien otorgó a
Mares la gracia de no entrar en el sorteo.
Dispuestos, pues, por el orden de la lista, los 21 oficiales
prisioneros que estábamos en la cárcel, inclusive el voluntario
Florencio Ximénez, que ni en este caso quiso hacer valer su
legítima excusa de no ser oficial se introdujeron en una vasija 17
boletas blanca
s y cuatro con esta inscripción:
Muerte. Un niño como de ocho años había sido conducido a
sacar las boletas. Se empezó la operación, y al primero de la
lista, que era el capitán José Joaquín Quijano, le tocó boleta
blanca. Este salió de la fila y mostrando su boleta con la mano
derecha en una actitud heroica, dijo con tono grave: "No
quiero vivir, y propongo el cambio de mi boleta por el primero a
quien toque la de muerte". El mayor general se le acercó y
le aconsejó que se moderase. Este jefe era, a la verdad, humano,
prudente y compasivo. El segundo de la lista, alférez Mariano
Posse, boleta de muerte, salió de la fila a esperar a sus
compañeros. El tercero, teniente Rafael Cuervo, muerte, y salió
igualmente a unirse a Posse. El cuarto, alférez Diego Pinzón,
blanca. El quinto, José Hilario López, muerte, salí a unirme a mis
compañeros. El sexto, alférez Alejo Sabaraín, muerte, y con esta
boleta se terminó la operación, no habiendo alcanzado a sortear
sino 6
(te 21, lo que fue bien singular, y todavía fue más
raro que tocase la mala suerte a los más jóvenes. El mayor general
tomó la vasija y la dio contra el suelo impetuosamente,
manifestándonos así con una acción tan rara entre los oficiales
realistas la pena que sentía por la suerte que nos esperaba; ordenó
que entrásemos en capilla y nos preparásemos para morir a las nueve
de la mañana del día siguiente. Yo, que conservaba mi boleta de
muerte, la hice un cigarrillo diciendo que era preciso sacar de
todo el mejor partido y que, por otra parte, era el destino que
merecía el instrumento que había decidido de suerte. Encendí mi
cigarrillo y con él entré a capilla acompañado de las otras tres
víctimas, protestando todos que moriríamos con resolución y
dignidad.
Como no son muchos los que habiendo escapado de la muerte en los
últimos momentos de su existencia, después de sufrida la capilla, y
dispuesto todo el aparto de la ejecución, pueden referir cuanto les
ha pasado, me propongo yo interesar a mis lectores con la relación
detallada de este acontecimiento, uno de los más trágicos de mi
vida.
Entramos en la capilla, nos rodearon los frailes proponiéndonos
que eligiésemos de entre ellos nuestros respectivos confesores. Así
lo hicimos. Yo escogí a un padre Lugo, hijo de Chile, varón muy
respetable, virtuoso e instruido. Retirándonos con nuestros
sacerdotes a los cuatro ángulos de la reducida capilla, empezamos
nuestros oficios religiosos: era preciso hacer una confesión
general, que debía terminarse a las diez de la noche, hora en que
debíamos recibir la Eucaristía. El asunto era bastante arduo, tanto
más cuanto era preciso dar lugar a la reflexión y hacer algún acto
testamentario. No obstante, mi buen confesor me animó con la idea
de que no estaba yo obligado sino a poner los medios para
disponerme bien a recibir la muerte. Yo le supliqué que se
interesase para que viniese un escribano, pues quería hacer una
memoria testamentaria que era de conciencia. El padre no pudo
obtener sino que se me permitiese recado de escribir para que
hiciera mis apuntamientos, a condición de que los debía entregar al
comandante de la guardia, quien, después de leerlos, los pasaría a
quien yo dispusiese, si en ellos no decía nada contra la causa de
S. M. C. Yo acepté la oferta, y me ocupé de mi memoria. Por ella
instituía mi albacea a mi tío Lorenzo Lemos, a quien encargaba con
encarecimiento cuidase de la suerte y educación de mis hermanos. Le
daba las gracias por algunos socorros que me había hecho en el
tiempo de mi prisión, y le suplicaba las diese a mi prima Rosalía
Fajardo, niña entonces de doce años, y que después fue mi esposa,
por los regalos que me había mandado en tiempo tan oportuno,
ofreciéndole que en el cielo, adonde estaría dentro de catorce
horas, la recordaría siempre y rogaría a Dios por ella. Ultimamente
le decía a mi tío que cuidase también de mi abuela materna, y de
que se estableciese con alguna ventaja mi única hermana, ya de edad
de catorce años, recomendando mi memoria a aquellos de mis
parientes que se hubieran conducido bien conmigo, y otorgando carta
de libertad a una esclava que tenía. Yo leí este apuntamiento al
padre, en calidad de comunicado, por si acaso no llegaba mi escrito
a manos de mi tío.
Más que el temor de perder la vida a la temprana edad de diez y
ocho años, me atormentaban las siguientes ideas. Primera, la
orfandad en que dejaba a mis tiernos hermanos. Segunda, la de no
haber llegado a la edad correspondiente para casarme con mi prima,
a quien idolatraba y con quien había consentido unir mi suerte
cuando ambos pudiésemos disponer de nuestra voluntad, como sucedió
a los siete años de este acontecimiento. Tercera, el no dejar
hijos, herederos de mi nombre. Cuarta, el no haber llegado al
último grado del ejército, es decir, al de general, a que yo
aspiraba desde que tomé mi pequeño fusil. Confieso que todas estas
ideas, y cada una de por sí, labraban mucho mi corazón.
Deseaba también que mi suerte fuese marcada por algunos rasgos
que mereciesen colocar mi nombre en la historia. ¿Y cuáles podrían
ser éstos? Voy a repetir lo que a este propósito me ocurrió.
Yo había oído elogiar a uno porque había tomado un vaso de vino
al tiempo de sacarlo al cadalso, soplándole la espuma para que no
le hiciese daño al hígado. Me propuse, pues, salir al banquillo
comiendo pan y no dejar de comerlo hasta expirar. Deseaba también
hacerme tomar el pulso al estar ya sentado sobre el banquillo, para
que se viese que no estaba alterado. Tenía la intención de suplicar
al oficial de la escolta que me concediese la gracia de no vendarme
y de mandar yo mismo hacerme fuego. Y, últimamente, estaba resuelto
a pronunciar en alta voz un pequeño discurso vituperando a los
españoles, ensalzando la causa de la independencia y libertad de la
América y recomendando mi memoria. Yo consultaba mis fuerzas y
hallaba que era capaz de verificar todo el plan que me había
propuesto, y por algunos de mis procedimientos se verá si tenía yo
bastante resolución y sangre fría para ser consecuente a mi
propósito.
Al anunciarnos el sorteo fuimos informados que nuestro general
Cabal, el mayor general José María Quijano, hermano del capitán que
entró en el sorteo, y el teniente coronel Francisco Matute, que,
entre otros, habían sido hechos prisioneros en el Valle del Cauca,
se hallaban en capilla para ser ejecutados en unión nuestra, sin
fórmula de juicio, como cabecillas. Estos señores, con otros muchos
patriotas militares, eclesiásticos y civiles, se hallaban presos en
los diferentes cuarteles de los enemigos.
Como a las siete de la noche entró a la capilla un oficial de
carpintero y me hizo saber que iba por disposición de mi abuela a
tomarme medida para hacerme el ataúd en que debía ser sepultado. Mi
confesor, que se había retirado a su convento por una hora, regresó
y me dijo que mi citada abuela había obtenido licencia para que se
me sepultase en la iglesia de Santo Domingo, en lugar de hacerlo en
el cementerio público como reo, y que todo estaba ya dispuesto para
que mi entierro se hiciese con la decencia que correspondía a mi
nacimiento. Yo le manifesté que estaba muy reconocido al empeño que
a este fin había hecho mi abuela, pero que me era indiferente que
se me sepultase en una iglesia o en el cementerio público, porque
mi delito no era vergonzoso. Mi director espiritual, que era
españolista, pero moderado, me dijo: esto es verdad, pero los que
son enterrados en las iglesias gozan de muchas indulgencias que
pueden servirle a usted de sufragios para su alma.
A las nueve de la noche se presentó en la capilla una procesión
de un Santo Cristo con algunos sacerdotes y devotos caritativos,
que iban a mover nuestra contrición. Nuestros confesores nos
hicieron poner de rodillas, y en la misma actitud todos los
circunstantes, se entonó, al son de tétricas flautas, el Salmo del
Miserere, y concluido éste, se siguió el símbolo de los
apóstoles. La ceremonia era tocante a la verdad. Luego se rezó el
rosario y se nos dejó acabándonos de disponer para recibir la
Eucaristía. En el intervalo se presentaron diversos sacerdotes con
correas y escapularios, y sucesivamente se nos enroló entre los
hermanos de las respectivas cofradías, ciñéndonos los cintos y
vistiéndonos los escapularios y otras reliquias santas, dando
término a las ceremonias con encomendar el alma a Dios.
La procesión de la Eucaristía llegó por fin poco después de las
diez, con mucha pompa y acompañamiento, a estilo de cuando se
administra a un gran personaje: se nos recibió la protestación o
auto de le y se nos dio la comunión, retirándose después el viático
y su solemne acompañamiento.
Ya entonces se nos permitió comer cuanto quisiéramos, pues, como
es de costumbre, los monasterios nos habían mandado en abundancia
manjares exquisitos. Tuvimos también licencia para beber vino con
moderación. Los oficiales españoles entraban frecuentemente a la
capilla, que estaba cubierta de centinelas, y a más de eso había en
la puerta 8 soldados de retén.
El calabozo de nuestros compañeros oficiales, que era un salón
bastante grande, sólo estaba dividido de la capilla por una reja de
hierro, con su respectiva puerta, la cual se abría los días de
fiesta para que los presos oyeran la misa que allí se les
decía.
Nuestros capellanes se retiraron para volver a la madrugada, y
desde entonces ya era permitido a todos los sacerdotes entrar a
exhortarnos y ayudarnos a bien morir. Uno de éstos, el presbítero
Nicolás Quintana, que hoy existe, entró precipitadamente y comenzó
sus exhortaciones como un energúmeno; ellas estaban contraídas a
afirmarnos que "el mayor de nuestros pecados consistía en
haber sido enemigos del rey de España, y que si no nos
arrepentíamos y pedíamos en público perdón de esta ofensa grave a
los ojos de Dios, el infierno iba a ser infaliblemente nuestra
morada". Casualmente habían entrado dos religiosos
dominicos, los Padres Fr. Pedro y Fr. Mariano Rodríguez, hijos de
Quito, y muy patriotas, los cuales, a hurtadillas, para no ser
observados del presbítero Quintana o de los centinelas, nos hacían
señas de no creer lo que se nos decía. Cuando les era lícito nos
hacían arrodillar uno en pos de otro, para afirmarnos en secreto, y
en la actitud de confesarnos, que lejos de ser un crimen el haber
pertenecido a las tropas independientes, era una virtud que Dios
nos recompensaría, pues nuestro comportamiento había sido en todo
conforme a los principios del Evangelio. Nosotros, que no
necesitábamos de las amonestaciones de los padres Rodríguez para
despreciar la aserción del padre Quintana, no hacíamos sino
suplicar a éste que nos dejase reposar un poco, pues el término de
la noche se acercaba, lo mismo que el de nuestra vida. Yo, por mi
parte, me acosté resuelto a dormir hasta que amaneciese, y a no
haber sido por Quintana, que entró muchas veces a predicarnos en el
mismo sentido con que había comenzado, mi sueno no habría sido
interrumpido; pero aunque ya me había familiarizado, por decirlo
así, con su eco monótono e impertinente, este sacerdote, en su
frenesí, viéndome dormir y que no hacía caso de sus palabras,
llegaba a mi cama, que era en el suelo, me movía y hasta me quitaba
de encima la cubierta con que estaba abrigado. "¡Hermano
López!, me decía, ya se acercan los instantes en que va usted a dar
cuenta a su Creador de todas las acciones de su vida: ¿y es posible
que usted pierda estos preciosos momentos? ¿Es posible que usted se
mantenga empedernido, entregado al sueño, cuando debiera estar
postrado pidiendo a Dios misericordia de sus pecados,
principalmente del de haber sido enemigo de nuestro católico
soberano, que representa al mismo Dios en la tierra? Levántese,
hermano, no sea que su alma se pierda miserablemente por no
aprovechar los momentos que le restan". Yo me sentaba
algunas veces, y así permanecía por algún rato, pero el sueno, más
poderoso que toda otra consideración, volvía a rendirme y recobraba
mi actitud primera. En una de esas ocasiones, yo no pude soportar
la impertinencia del energúmeno Quintana, y le dije, enfadado:
"Déjeme usted, padre, dormir, pues así estoy tranquilo y
no ofendo a Dios, mientras que cada vez que usted me despierta me
siento poseído de disgusto y cometo un pecado de ira. Si usted
sigue molestándome con sus necias exhortaciones, yo le prometo que
no le atenderé, y usted será responsable ante Dios de las faltas a
que me induce su imprudencia. Estoy resuelto a no levantar la
cabeza hasta el día siguiente, aunque la trompeta del día del
juicio suene en mis oídos". La manera con que hice esta
reprimenda al orador influyó, seguramente, pues desde entonces ya
bajó un poco su tono ronco y fastidioso y no volvió a moverme ni a
acercarse a mi cabecera. Serían entonces las dos de la mañana.
Mis compañeros reposaban también por intervalos; pero el joven
Cuervo, casi no cerraba los ojos ni dejaba de decir algún chiste.
Unas veces llamaba la atención de los oficiales salvos, tocando la
puerta de la reja y diciéndoles: "Duerman ustedes,
camaradas, ya que a nosotros no se nos permite este
alivio". Otras: "No se aflijan, compañeros, por
nuestra suerte: sólo les encargamos nuestra memoria y otra cosa que
no puedo decirles", y acercándose a nuestro oído nos
decía: "la venganza". Otras, haciendo todo el
ruido posible, les decía: "No es justo que ustedes duerman
mientras nosotros velamos,
vigilate et orate, quia nescitis diem
ñeque horam". A lo que acompañaba risotadas y agudezas
propias de la escena bufa. Cada vez que nos dejaban los sacerdotes,
o cuando estaban solamente los padres Rodríguez, Cuervo nos llamaba
a brindar con un vaso de vino. Muy presentes tengo los brindis que
hicimos esa noche fatal, que me parecen bastante interesantes para
no omitirlos en esta narración. Cuervo: "Brindo por que
los siete que vamos mañana a entrar en el Empíreo suframos la
muerte con tal denuedo y dignidad, que el poderoso Júpiter no sepa
a cuál de nosotros deba dar el lugar preferente". López:
"Por que los siete que estamos en capilla seamos las
últimas víctimas del inmortal Ejército del Sur, y que nuestros
compañeros conserven su vida para vengarnos y perpetúen nuestra
memoria". Sabaraín: "Brindo por el
restablecimiento de la América Libre". Posse:
"Brindo por la pronta muerte de los españoles, empezando
por la de Fernando VII". Otros varios pensamientos se
emitieron a este tenor, y todos eran celebrados con vivas y burras
de nuestra parte, bien sea que los brindis los hacíamos formados en
círculo y en voz baja, no porque nosotros tuviésemos nada que temer
de ser escuchados sino por miedo de comprometer la suerte de los
compañeros que nos sobrevivieran.
De las dos a las cinco reinó más quietud y tranquilidad: a esta
última hora se me despertó para oír misa, que ya había comenzado mi
director espiritual. Cuando levanté la cabeza ya estaba en el
Confíteor. Terminada ésta, me dijo el sacerdote:
"Usted ha dormido muy bien, pues cuando entré observé que
hasta roncaba". Yo le repuse: "Sí, señor, gracias
a que el padre Quintana tuvo la bondad de permitírmelo; no sólo he
dormido bien sino que no habría querido despertar, pues estaba
soñando muy agradablemente: soñaba que estaba en capilla, que había
salido al suplicio y que había sido perdonado".
"Sueño, a la verdad, lisonjero, me dijo el padre, pero
desgraciadamente sin esperanzas de que se realice la última parte;
pero ¡qué digo desgraciadamente!, afortunadamente debiera decir,
porque está escrito que los cristianos que mueren en el suplicio
gozarán de la bienaventuranza, pues imitan la muerte de nuestro
Salvador. Usted, hijo mío, es más feliz que yo, pues sabe la hora
en que ha de morir, prerrogativa especial de la divina gracia, y va
a subir al cielo dentro de breve tiempo; mientras que yo, yo,
miserable pecador, vil gusanillo de la tierra, ignoro el momento de
mi postrer suspiro y temo que la muerte me asalte cuando menos la
espere, y presentarme ante la presencia del Todopoderoso sin haber
tenido tiempo para aplacar su ira por el medio expiatorio de la
compunción y la penitencia. Ruegue usted, hijo mío, cuando esté
allá en el cielo, ruegue usted que el Dios de las misericordias me
conceda la gracia de prevenirme el instante crítico en que debo
desprenderme de este valle de lágrimas, para que, conociéndolo,
pueda prepararme a bien morir.. . Demos, pues, gracias al
Omnipotente porque ha mirado a usted con ojos de piedad, marcándole
con el sello de la feliz predestinación". A este tiempo
nos arrodillamos ante el altar, y rezamos algunas oraciones
jaculatorias, concluidas las cuales me ordenó el padre hacer un
cuarto de hora de oración mental, encargándome que prescindiese de
lo que había soñado, y lo desechase como una asechanza del demonio
para embriagar mis sentidos y distraerme de la penitencia.
Serían las siete y media cuando se nos introdujeron almuerzos
tan exquisitos y abundantes, que habrían podido satisfacer el
hambre de cincuenta personas. Mis compañeros y yo procurábamos
tomar de todo una pequeña parte para que no se nos quedase nada sin
gustarlo por la última vez. Mi director, que había ido a llenar sus
deberes conventuales para volver a ejercer el acto de piedad
conduciéndome al suplicio, regresó a las ocho y media,
anunciándonos que se había logrado del señor Sámano el que no se
nos fusilase hasta por la tarde, para que se completasen las
veinticuatro horas de capilla. Nos era ya igual el ser fusilados a
las nueve de la mañana o por la tarde. Yo, al menos, me creía ya
bien dispuestos, y deseaba ejecutar mi plan de muerte; así es que
esta noticia no me halagó, pero ella fue acompañada de la
prevención consolatoria de que ese tiempo nos lo concedía Dios para
mejor disponernos a comparecer ante su juicio. Cuervo fue el único
que contestó al padre: "Sea enhorabuena, porque entonces
sí tiene lugar el zapatero de terminarme los zapatos de la última
gala". El elegante Cuervo era romántico en todas sus
cosas, y efectivamente había encargado unos zapatos para salir al
suplicio.
Lo mismo que había sucedido en la noche, continuaron entrando
sacerdotes a exhortarnos y orar por nosotros. A la una se nos
sirvió una comida espléndida. A esa hora supliqué yo al padre Lugo
se fuese a informar de la situación de mis hermanos y los
consolase. A las dos vino el padre a decirme que mi hermana estaba
privada de sus sentidos en los brazos de una esclava fiel que le
prodigaba todos los cuidados posibles, y que mis tiernos hermanos
que la rodeaban no hacían sino llorar, pero que ya había cumplido
mi encargo y no cesaría de visitarlos después de mi muerte para
consolarlos y resignarlos a conformarse con la voluntad divina.
Son las dos y medía, y ya oímos que los instrumentos marciales
dan las señas de marchar las tropas a la plaza pública a presenciar
la ejecución. Son los tres cuartos para las tres, y el ruido de los
tambores militares nos anuncian la llegada de las escoltas que
debían ejecutarnos. Son las tres en punto, y el lúgubre tañido de
las campanillas de la tercera orden de penitencia nos indica la
aproximación del postrer momento. La procesión de esta orden llega
hasta las puertas de la capilla con un crucifijo y dos ciriales; mi
director espiritual y los de mis tres compañeros nos hacen
arrodillar y rezar los actos de fe, un
Credo y un acto de
contrición, mientras que las campanas de todas las iglesias tocan
rogativas y plegarias por nuestras almas. El comandante de la
guardia entra en la capilla seguido de cuatro cabos, cada uno con
una soga, y nos hace atar los brazos por las espaldas, terminado lo
cual empieza la procesión fúnebre, al son de marcha con cajas y
pífanos a la sordina. Cuervo era el primero, yo era el segundo,
Posse el tercero y Sabaraín el último. Nuestros compañeros se
habían agolpado a la puerta del gran calabozo para contestar
nuestro último adiós, a cuyo fin así lo habíamos prevenido. Yo tomé
una gran rosca de pan, y como me lo había propuesto, salí
comiéndola. Al dar yo mi adiós a los compañeros observé que ellos
estaban tristes, y aun llorosos, con cuyo motivo les di una mirada
de reprobación, manifestándoles con ella que debieran mostrarse más
tranquilos y resignados. Al salir a la calle se nos colocó en medio
de nuestras respectivas escoltas, a las cuales pedimos que no se
nos tirase a la cabeza sino al pecho o vientre; a esta condición yo
ofrecí a la mía y Cuervo a la suya la ruana o cobertura que
llevábamos. A esta escolta pertenecía Bonifacio Cárdenas, que había
sido cadete nuestro y desertó al enemigo. Todavía existe.
No habíamos aun dejado los umbrales de la puerta cuando oímos
una descarga de fusilería y cambiarse en dobles de
muertos
el tañido de
agonías con que sonaban las campanas. Un
confuso susurro hizo entender que acababan de ser fusilados Cabal,
Quijano y Matute. Poco después continuaron los bronces tocando
plegarias. Mi casa estaba situada en la misma esquina de la cárcel,
y debía pasar por su frente, con el deseo de que mis hermanos
estuviesen en alguna ventana para hacer un signo de la eterna
despedida; pero luego observé que la puerta de la calle y las
ventanas estaban todas cerradas. Casi al frente de la puerta vi a
una persona que no me era indiferente, y quise darle mi adiós:
ella, que se enteró de que yo la había visto, se ocultó tras una
puerta, pero yo, inclinando el cuerpo y la cabeza cuanto me era
permitido, logré mi intento y tuve la satisfacción de ver a esa
persona bañada en lágrimas y sin valor para contestar mi despedida.
Mi director no pudo soportar esta acción y me la reprobó,
duplicando sus exhortaciones con el Santo Cristo que apoyaba a mi
pecho. "Ya no es tiempo de pensar en este mundo, me decía
con voz firme y enérgica: un desliz solo puede ocasionar su
perdición. Son pocos los instantes que le restan de vida, y éstos
deben consagrarse con todas sus potencias y sentidos a invocar el
perdón de sus pecados", y continuó exhortándome con el
tono patético que es de costumbre. No faltaba a este varón
evangélico la unción y elocuencia bastantes para estos casos.
Doscientas cincuenta varas habíamos andado; ya llegábamos a la
plaza, y veíamos pendientes de las horcas los cadáveres
ensangrentados de nuestros jefes Cabal, Quijano y Matute. Otros
cordeles destinados para nosotros estaban colgados de las mismas
horcas. Siete banquillos en fila se presentaban a nuestro frente.
Las tropas todas estaban formadas y sus bandas batían el bando de
costumbre. Los curiosos espectadores cubrían todos los lados de la
plaza y las ventanas y balcones. Nuestros sacerdotes alzaban más la
voz y redoblaban sus piadosas deprecaciones. Todo el mundo tenía
los ojos fijos sobre nosotros, y ya llegábamos al cadalso, a poner
término a nuestra vida. Las campanas de la vieja catedral, que está
en un ángulo de la plaza, tocaban con más prontitud los tañidos de
agonía, que repetían doce torres más, para anunciar la aproximación
del terrible lance. . . De repente se oyen murmullos en el pueblo,
y éste se precipita en tropel hacia nosotros, precedido de un jefe
de gran uniforme, que agitado venía apresuradamente. Este era el
mayor general Ximénez, quien dio orden al oficial de la escolta de
Cuervo de "hacer un cuarto de conversión sobre la
derecha". Esta orden fue obedecida, pero antes de dar tres
pasos la escolta se encontraba embarazada de seguir adelante y
marcaba el paso contra el pretil de la catedral. Ximénez, que se
había distraído haciendo a un ayudante ciertas prevenciones en
secreto, observando que la primera escolta marcaba el paso, porque
al dar el cuarto de conversión que se le había ordenado encontraba
a su frente el mencionado pretil que no le permitía continuar la
marcha, dijo al oficial: "¿No he ordenado a usted que
contramarche?" A lo que el oficial contestó:
"Usted sólo me ordenó dar un cuarto de conversión sobre la
derecha, y no contramarchar". El hecho era exacto y yo
podía haberlo certificado; pero Ximénez pudo equivocarse, distraído
con la combinación que sin duda hacía para volvernos a la capilla,
sin que concibiésemos que se podía haber resuelto nuestro perdón,
por el humano deseo de que no sufriésemos una impresión que, según
dicen, suele ser mortal cuando súbitamente se comunica una nueva
tan interesante. Se verificó, pues, la contramarcha, aunque se
continuó siempre marchando a la sordina, y exhortándonos nuestros
sacerdotes. En la vocería del pueblo, yo alcancé a oír:
"¡A la plaza de San Camilo!" "¡En San
Camilo se les va a fusilar!" ¡A San Camilo!"
"¡No es hasta mañana!" En medio de esta algazara
oí a un niño como de siete años que, caminando en nuestra misma
dirección a la izquierda de mi escolta, decía: "¡Dizque
los perdonan!" A esta voz yo llamé al niño, que por su
traza era un pobrecito, y alargando la mano, le di un pedazo del
pan que aun no había alcanzado a comerme, manifestándole que era
cuanto yo tenía con qué premiarlo por la noticia del perdón: al
momento empezó el niño, lleno de contento por el premio, a devorar
el pan. Mi intolerante director llevó también a mal esta acción,
por lo cual me reconvino agriamente, tomándome de un brazo y
sacudiéndome involuntariamente con tanta fuerza que pudo haberme
causado la dislocación de un hueso. "Estos no son
momentos, señor, me decía, estos no son momentos de pensar en nada
que esté fuera del cielo; ya lo he dicho a ustedes otras veces: el
tiempo es muy precioso para despreciarlo; esas distracciones de
usted son otros tantos delitos graves contra su Divina Majestad, a
quien debe usted consagrar todo su pensamiento sin separarlo de la
pasión y muerte de nuestro Redentor Jesucristo, a quien tiene usted
ante sus ojos, que nunca debiera haberlos separado de sus llagas y
su sangre, invocándolas para aplacar la ira del Dios
Justiciero..." Con un aire que no creo el de un penitente,
pues el fuerte movimiento de mi director espiritual me había
molestado un poco, aunque en tono mesurado, le dije:
"Padre, no creo que sea un crimen haber dado a un niño
inocente un pedazo de pan, en premio de haber pronunciado la voz de
perdón» Vea usted pues cómo se lo come, con qué apetito, lo
que prueba que tenía hambre, y yo estoy seguro de haber hecho una
obra de misericordia". "¿Y porque ese tierno niño
haya pronunciado
perdón, cree usted, me replicó el padre,
que esto tenga algún fundamento? No, señor, esto no es más que
tiempo que Dios les concede para que lloren más sus culpas e
invoquen su clemencia..." "Puede ser lo que vuesa
paternidad dice, pero yo repito que, se nos perdone o no, yo he
hecho una obra de misericordia". "Sea usted
dócil, hijo mío, a mis insinuaciones, y no me replique, pues yo no
tengo otro interés que el de la salvación de su alma redimida al
precio de la sangre del Hijo de Dios..."
El aparato continuó así hasta la puerta de la cárcel, en donde
se aparentó que se nos iba a fusilar, pues se hizo despejar el
frente del edificio y colocarnos en distancias como de a ocho pasos
uno de otro, con nuestras escoltas al frente y los fusiles
preparados, pero con los capellanes al lado nuestro, sin hacerlos
retirar, lo que yo esperaba que sucediese para suplicar que se me
permitiera mandar mi escolta, y antes de eso dar vivas a la
libertad. Dos minutos después de esta ceremonia se mandó que
entrásemos en la cárcel, en donde tendría lugar la ejecución. Con
efecto, en uno de los corredores se repitió la misma ceremonia, y
luego se nos dijo que entrásemos en la capilla porque se había
dispuesto no fusilarnos hasta el día siguiente, en razón de haber
ya ejecutado tres en ese día. Entramos, pues, en capilla, y se nos
hizo arrodillar para dar gracias a Dios por el mayor tiempo que nos
permitía, a fin de hallarnos bien dispuestos y dignos de recibir la
corona celestial.
Para mí ya todas esas cosas no eran sino simples ceremonias,
pues desde la contramarcha había consentido en que no se nos
fusilaba, y esta idea vino a fortalecerse con la voz de
perdón pronunciada por aquel sino inocente, que debió antes
haberla oído de otra persona. Me reía por tanto de todo lo que
observaba, y en nada menos pensaba yo que en morir.
Terminada nuestra acción de gracias, vi que el oficial de
guardia hacía señas a nuestros capellanes de salir al corredor, lo
que verificaron. Yo dije a mis compañeros: "No hay duda
que el sueño que yo tuve se ha verificado milagrosamente, como
ustedes lo verán". Cuervo me contestó: "Bien
dices milagrosamente pues de un tigre como Sámano no debemos
esperar ninguna gracia; ésta nos viene del cielo o de Quito, si es
que se nos perdona, lo que todavía es para mi dudoso: acaso quieren
tomarnos alguna declaración, o quién sabe si Bolívar o Serviez les
han dado en el Norte algún gran golpe y ocupado la capital, o
cualquiera otro accidente que pronto sabremos..."
Continuaba Cuervo haciendo sus observaciones, cuando entró el padre
Lugo acompañado de un primo hermano mío (Pedro José Velasco y
Valdés, que existe), quien llevaba una gran botella de cristal
llena de vino, diciéndome que nuestra abuela y su madre me mandaban
ese vino. Yo le previne que no se retirase hasta que me lo hubiera
bebido con mis compañeros. El padre, que antes nos había prohibido
el tomar licores con exceso, nos invitó a que nos bebiésemos el que
se nos presentaba. Yo le dije que "nos lo tomaríamos con
mucho gusto, pero que debía darnos el ejemplo el mismo padre
tomando primero que nosotros, pues no había sino un solo
vaso". "Con mucho gusto", nos dijo el
padre, y se tomó su copa, a pesar de su moderación; nosotros
hicimos otro tanto, y dimos fin a la botella. Yo quise saber el
estado en que se encontraba mi hermana, y a este efecto hice la
pregunta correspondiente a mi referido primo, que tendría entonces
unos doce años; pero el padre dijo que le estaba prohibido a mi
primo hablar otra cosa que lo que me había dicho al presentarme el
vino, y tomándolo del brazo se retiraron ambos de la capilla.
Este acontecimiento confirmaba ya, a no quedar duda, la noticia
del perdón; pero Cuervo desconfiaba todavía. "¡Esperemos
el reflujo!, decía. ¡Esto me parece un sueño agradable después de
una pesadilla, como sucedió a López esta mañana. .."
"Y yo estoy persuadido, le contestaba, de que el sueño se
ha realizado: ¿qué quieren decir todas estas ceremonias? ¿Qué
significan estas entradas y salidas del padre? ¿A qué fin dejar
entrar a mi primo e instamos el mismo padre que nos bebiésemos el
vino que aquél nos trajo, cuando antes nos aconsejaba no tomar sino
muy poco? Se quiere, sin duda, que nos embriaguemos para que la
noticia de
perdón no nos cause algún mal efecto. Con licor o
sin él, yo me hallo dispuesto a recibir esa noticia con la misma
frescura con que he marchado hasta el patíbulo y con que estoy
dispuesto a marchar si lo quiere la suerte..." Así
discurría, cuando entró otra vez mi director, y, bajando la cabeza
e introduciendo sus manos entre las mangas de su hábito, dijo:
"Veneremos los decretos de la Providencia..."
Después de una reticencia nos dirigió la vista y con una voz
balbuciente y baja, y entrecortando las palabras, pronunció las
siguientes: "Se ha dispuesto que salgan ustedes a su
cuarto". Cuervo, que no pudo distinguir bien estas
palabras, entendió que se había dispuesto que muriese uno de los
cuatro, y con el tono arrogante que le era habitual manifestó al
padre que "todos cuatro estábamos dispuestos a morir; que
no debiera atormentársenos más haciéndonos fluctuar entre el temor
y la esperanza, después de habérsenos hecho sufrir todas las
calamidades de la muerte, y aun la muerte misma, moralmente
hablando, pues ya no faltaba por cumplirse sino el accidente de
dispararnos los fusiles, y que, por tanto, él manifestaba (y creía
que sus compañeros participaban de sus sentimientos) que renunciaba
la gracia de la vida, si se había dispuesto que por la suerte
debiera morir uno de los cuatro", "No, señor,
dijo el padre, lo que se ha dispuesto es que salgan ustedes a su
cuarto". "¡Al calabozo!", replicó
Cuervo. "Sí, señor", contestó el padre.
" ¡ Ah, esa es otra cosa!, en la cárcel se llaman
calabozos los que en otras casas se llaman cuartos". El
padre nos abrazó a todos cuatro, en términos que los cinco
formábamos un grupo estrecho entrelazados todos por algunos
instantes; nos exhortó a que diésemos gracias a Dios y a su Madre
Santísima por el singular beneficio que acababa de concedernos. Yo
le pregunté "si sabía la causa por que no se nos había
fusilado", y me contestó que "ignoraba
absolutamente las razones que podía haber tenido el señor Sámano
para determinarlo así, pero que todo era obra del Altísimo; un
milagro reconocido que no deben ustedes olvidar en lo
venidero". Y me agregó: "Su sueño de usted ha
sido misterioso: aproveche usted esta inspiración divina. Dios lo
ha visto con ojos de piedad. Adiós, hijo mío; cuando me lo permitan
mis deberes volveré a visitar a usted". Y se salió
dejándonos en nuestro calabozo recibiendo los parabienes de
nuestros compañeros y de algunos amigos y parientes míos que
lograron licencia para darnos la enhorabuena desde afuera del
postigo de la cárcel.
Una ocurrencia muy peculiar a Cuervo vino a modificar también
nuestra situación. Llamó al sargento de la escolta que debía
fusilarlo y le dijo con mucha arrogancia: "Mi sargento,
reclamo mi ruana, porque donde hay engaño no hay trato, y nuestro
convenio queda rescindido, puesto que no he sido
fusilado". Efectivamente, el sargento devolvió a Cuervo la
manta y todos celebramos esta ocurrencia.
Yo no reclamé la mía porque no llegó el caso de consignarla, a
causa de haber salido cubierto con ella al banquillo, porque mis
pantalones no estaban muy decentes.
En estas circunstancias se privó Sabaraín, y aun se temió su
muerte, pues habiéndolo picado en diferentes partes para sacarle
sangre, no se pudo conseguir que ésta saliese; así permaneció hasta
el otro día. La privación se repetía con bastante frecuencia. Posse
también sufrió un accidente que hasta hoy se repite, y éste
consiste en referir todo lo que se ha pasado en la capilla, hasta
el caso de confesar sus pecados (durante cuyo período es necesario
taparle la boca con un pañuelo y auxiliarle hasta que se sienta en
el banquillo), y al dispararle los fusiles hace un movimiento
convulsivo y vuelve entonces en sí como si despertara de un
profundo sueño, sin acordarse de lo que le acaba de suceder. De
Cuervo se ha pensado también que sufrió su cerebro cierta
desorganización por algunas extravagancias que se le observaban, y
raptos como de locura; pero yo, que lo conocía muy de cerca, pues
éramos amigos íntimos en el ejército, creo que no sufrió cosa
alguna, porque esas mismas extravagancias y esos mismos raptos
tenía antes del suceso. En cuanto a mí, yo estaba persuadido que
nada había sufrido, aunque algunas personas notaban que me solía
distraer en la conversación y me lo advertían; pero después he
observado que mi memoria no es tan feliz como antes del
acontecimiento, pues sobre costarme mucho trabajo el aprender una
cosa, la olvido fácilmente, al paso que cuanto había aprendido
antes de ese lance, no sólo lo retengo sino que como que se ha
revivido en mi cabeza. De suerte que a pesar de no haber sufrido
sensiblemente ninguna impresión en mi cerebro, es muy probable que
esa distracción (que me ha costado ya más de un disgusto) y la
escasez de memoria, puedan proceder de los acontecimientos
referidos y de la súbita transición de la muerte a la vida, bien
sea que otras ocurrencias trágicas y extraordinarias que me
sucedieron después, y que referiré en sus respectivos lugares,
puedan también haber tenido parte en la producción de este
fenómeno.
Examinaré ahora las causas a que puede atribuirse nuestra
inesperada resurrección. La opinión más común es la de que en ese
día se recibieron órdenes de Quito, del presidente Montes, para que
sufriesen pena de muerte los prisioneros de teniente coronel
arriba, y aun los subalternos que fuesen tachados de cabecillas,
asesinos o incendiarios, y que los oficiales subalternos que
estuviesen exentos de esos cargos se remitiesen a su disposición.
La segunda causa a que se atribuye es la de que mi abuela y mi tía,
doña María Ignacia Hurtado, mujer del que era entonces gobernador,
don José Solís, habían conseguido a fuerza de ruegos y lágrimas
mover el corazón de Sámano y arrancarle la gracia. La tercera, y la
más probable opinión, está contraída a que habiendo Sámano ofrecido
a otras señoras que iba a consultar con algunos jefes si sería
conveniente o no perdonarnos, molestado por las súplicas que se le
hacían, había ordenado al mayor general que se nos ejecutase
pronto, y que el fingiría dar la orden de perdón cuando oyese la
detonación; que el humano Ximénez, muy amigo de mi tía y del
gobernador, había urdido la treta en términos que, sin
comprometerse, se nos librase de morir a los cuatro de la cárcel, y
a este fin había prevenido que se nos sacase y fusilase a medida
que fueran llegando al patíbulo las dos partidas de víctimas,
previendo, como sucedió, que estando más cerca de la plaza Cabal,
Quijano y Matute, éstos iban a ser fusilados primero, y a salvamos,
en consecuencia, los cuatro de la cárcel, lo que habiéndose así
verificado, luego que se dio cuenta Sámano que ya habían sonado los
tiros, éste dijo irónicamente a mi abuela y tía "que
estábamos perdonados", y ordenó al mayor general que
hiciera se cumpliese su voluntad; que Ximénez había salido volando
a realizar lo que en concepto de Sámano no era sino una burla, y
había vuelto a dar cuenta a Sámano de lo que había acontecido,
atribuyéndolo a que su orden no había sido bien entendida por los
ejecutores y haciéndole una explicación de lo que acababa de
suceder, interesando a Sámano a que sostuviese su palabra de perdón
que había dado en presencia de muchas personas, en cuya
consecuencia él (Ximénez) no había podido menos que hacernos
regresar a la capilla; que Sámano, más por no desairar esta última
disposición de Ximénez que por sentimientos de conmiseración, había
ordenado que no se nos ejecutase, pero que tampoco se nos dijera
que estábamos perdonados, pues su intención no era otra que la de
que, por entonces, se suspendiese la ejecución. Muy pronto tendré
oportunidad para presentar una fuerte prueba en favor de esta
última opinión. Pero antes de eso expresaré que el mayor general
Ximénez fue al día siguiente a la cárcel, nos saludó con la
cortesía que acostumbraba, nos preguntó muy cariñosamente por el
estado de nuestra salud, y concluyó con decirnos: "Cosa
rara ha sido, a la verdad, que la suerte negra escogiese por sus
víctimas a los cuatro oficiales más jóvenes, y que no alcanzasen a
sortear más que seis de los veintiuno; estas circunstancias
combinadas me habían inspirado mucho interés por ustedes; no era
regular que ustedes muriesen".
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3.
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El mayor en edad era Sabaraín. y tendría
21 años; yo, one era el menor, no contaba sino
18. A la fecha de esta publicación no existimos
milagrosamente sino Posse y yo, pues Sabaraín
fue al fin fusilado, como se verá después,
y Cuervo murió en el Perú, habiendo
ascendido a coronel después de haberse acreditado
en la campaña y batalla de Ayacucho y haber
merecido una estimación distinguida de parte
de los generales Bolívar y Sucre y de cuantos
le conocieron, pues por su genio jovial, por su talento,
por su valor y por esa sal ática con que sazonaba
su conversación era imposible que hubiese quién
no le amara. |