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CAPITULO VIII

 

El 30 se puso en marcha el ejército real para Popayán, adonde llegó el 1° de julio al medio día. Los oficiales prisioneros fuimos conducidos bajo una cuerda estrechamente atados de los brazos, y en la plaza de aquella ciudad se nos paseó de esta manera, ostentando con crueldad los trofeos de un triunfo más glorioso aún para los vencidos que para los vencedores. Los prisioneros de tropa que no estaban heridos fueron conducidos a Quito, con excepción de uno solo que merece una particular mención. Este se llamaba Florencio Ximénez, hijo de Venezuela, a quien se intimó de salir de entre los oficiales, puesto que no era sino un soldado voluntario y no debía confundirse con los que iban a sufrir las penas que merecían, mientras que la tropa prisionera iba a mejorar su suerte en Quito. Todos aconsejamos a Ximénez que así lo hiciese para librarse de los sufrimientos que nos esperaban a los oficiales; pero éste declaró resueltamente que "él prefería estos sufrimientos, y la probabilidad de la muerte con que estábamos amenazados, porque de esto le resultaba honra". Se obstinó en su resolución, y generosamente corrió nuestra suerte. Ya tendré ocasión de ocuparme de este individuo en otra parte de mis memorias, y allí se verá que aunque por una ciega fatalidad llegó a ser mi enemigo en nuestras disensiones civiles, no por eso debo dejar de hacerle la justicia que se merece y que le hace tanto honor a él como al Ejército del Sur.

Se nos depositó en los calabozos de la cárcel pública de Popayán. En los primeros días fueron fusilados y colgados en la horca nuestros compañeros Rosas, España y Lataza, sin fórmula de juicio; todos tres murieron con el valor que habían tantas veces acreditado.

En uno de esos primeros días sucedió lo siguiente: habiéndose avistado por el páramo de Guanacas algunos soldados con dirección a Popayán, se creyó que fuese Monsalve con su batallón, a cuya noticia el general Sámano hizo tocar la generala por todas las calles y se preparó a recibirlo en la plaza principal. Entre tanto, se redobló la guardia de la cárcel, se nos hizo formar en un largo corredor y se colocó a nuestro frente una escolta de soldados que, cargando sus fusiles en nuestra presencia, nos previnieron que nos pusiésemos con Dios, pues íbamos a morir al primer tiro que se oyese de parte de Monsalve. Así estuvimos por más de dos horas esperando con indiferencia esa muerte, que ya era por nosotros deseada porque con ella acababan nuestros sufrimientos. Pasado ese término, fue un ayudante de Sámano a prevenir al comandante de la escolta que se retirase, pues los soldados avistados eran pertenecientes al ejército real. El expresado comandante nos dijo al despedirse: "Han vuelto ustedes de la eternidad por esta vez". Muy luego supimos lo siguiente: que el comandante Monsalve, con poco más de 100 hombres que le quedaban, había presentado combate en la ciudad de La Plata a una columna de 700 hombres mandada por el teniente coronel Carlos Tolrá; que aquél había hecho una gallarda resistencia, pero que habiendo pasado el enemigo 300 hombres por un vado que se les indicó por un granadino traidor en el río de La Plata, perdida ya una parte de los soldados patriotas, y casi exhaustas sus municiones, había sido preciso a Monsalve abandonar el campo al enemigo y retirarse con algunos pocos a la cima de los Andes, en donde habían sido capturados, igualmente que el general García Revira y el comandante Mejía con los pocos que se habían salvado en la batalla de La Cuchilla. La llegada de Tolrá, que se verificó al día siguiente, nos confirmó las noticias que se nos habían dado de su triunfo sobre Monsalve. Mi hermano Laureano, hoy teniente coronel de infantería en servicio activo, y entonces abanderado del batallón Bravos del Socorro, se distinguió en tan desigual combate, y con otros fue hecho prisionero en el mismo campo en donde terminó el nunca bien ponderado Ejército del Sur. También llegaron a Popayán en esos días con sus respectivas columnas el coronel Warleta y el comandante Plaa.

Nosotros seguíamos sufriendo en los calabozos el hambre, la desnudez, los vilipendios y otras muchas penalidades consiguientes, pero la incertidumbre de la suerte que nos esperaba, y que no podía sernos favorable, era lo que más nos atormentaba, no obstante nuestra resignación. Amigo como soy de hacer justicia a quien la merece, y naturalmente agradecido por cualquier favor que se me dispense, debo en este lugar manifestar que en medio de nuestras privaciones y penalidades encontrábamos un lenitivo cuando entraba de comandante de nuestra guardia el teniente Custodio Rivera, hijo de Pasto, y hoy teniente coronel del ejército de Nueva Granada. Este oficial, tan valiente como honrado y compasivo, nos permitía cuantos desahogos eran posibles durante las veinticuatro horas de su facción, y, si mal no recuerdo, a él debimos otra vez no haber sido víctimas del furor bien marcado de nuestros enemigos. Veamos cómo sucedió esto.

El sargento prisionero Luis Vedon, que por estar herido no había sido llevado a Quito, se entretenía un día con el cabo de la guardia jugando medio real. Una disputa se armó entre los dos jugadores sobre un lance de la partida, y el valiente Vedon, quitando al cabo la vara de ordenanza con que le amenazaba, le dio un fuerte golpe tras la cabeza, que le derribó en tierra privado de todos sentidos. En el acto se dio cuenta de la novedad al oficial de guardia, y el sargento de ella, diciendo improperios contra los prisioneros, nos amenazó con una muerte cierta luego que viniera la orden del general Sámano, por consecuencia de tal acontecimiento. Era más que probable, era seguro, que el irritable y feroz Sámano habría dado la orden de matarnos tan pronto como se le hubiese dado cuenta del suceso de Vedon. El capitán José Joaquín Quijano, el más respetable de los prisioneros de la cárcel, suplicó al oficial de guardia que hiciese moderar al sargento, pues no tenía derecho a insultarnos y amenazarnos de la manera que lo hacía, cuando, por otra parte, todos éramos inocentes, a excepción de Vedon.

El oficial de guardia oyó las insinuaciones del capitán Quijano y ordenó al sargento que se callase. Quijano aprovechando las buenas maneras del oficial de guardia, le dijo que "no diera parte de lo que había sucedido, a cuya condición nos empeñábamos todos ¡os presos a dar una gratificación pecuniaria a la guardia y otra al cabo, luego que se restableciese, quedando además, obligados por esta conducta". Así lo prometió y cumplió el oficial, disponiendo que a Vedon no se le permitiese nunca salir de su calabozo. Como diez pesos se recogieron entre todos para salir del apuro. Yo no di ni un cuarto, porque no lo tenía.

Ya estábamos a mediados de agosto, y nada podíamos trascender del destino que se nos diera. Decían vagamente que se esperaban órdenes del general don Toribio Montes, quien se hallaba en Quito, como lo he dicho en otros lugares. En uno de esos días me previno el oficial de guardia saliese del calabozo a hablar en otro cuarto con mi abuela materna, pues tenía orden superior para el efecto. Yo fui recibido por mi respetable y virtuosa abuela con los brazos abiertos, y, estrechándome en ellos y vertiendo lágrimas de gozo, me dijo: "¡Hijo mío! Dios te ha mirado con ojos de piedad: ya he logrado del señor Sámano tu entero perdón; y sólo exige para otorgártelo que salgas a pregonar un bando real que va a publicarse en la ciudad dentro de una hora. Esta leve pena en que te conmuta otras más graves, que me ha dicho tienen que sufrir los otros prisioneros, es nada para ti. Yo he venido a darte este plausible anuncio, para lo cual el mismo señor Sámano me ha permitido entrar a esta cárcel por poco rato. Conque prepárate a salir esta noche a tu casa a consolar a tus infelices hermanos, y da gracias al cielo por este inesperado suceso". "¿Yo debo servir de pregonero o de escribano, dije yo a mi abuela, para el bando que se va a publicar?" "De pregonero, me contestó, y el bando sólo se publica en las cuatro esquinas de la plaza mayor". "¿Y no sabe usted, le repliqué, que el oficio de pregonero es tenido por infame ? ¿ Cómo quiere usted que yo me degrade hasta este extremo? Prefiero la muerte, si la redención me ha de envilecer. ¡Qué dirían mis compañeros si yo fuese tan bajo! No, señora: yo agradezco infinito los cuidados que se toma por mi libertad, pero mi honor no me permite aceptar la gracia que se me ofrece si la he de optar a un precio tan subido". "Déjate ahora de esas delicadezas, me dijo mi sencilla abuela: sólo el oficio de verdugo es infamante, y aquí no se trata de que seas verdugo sino un simple pregonero, por una sola vez. Reflexiona que eres el mayor de tus hermanos, y que debes procurar la conservación de tu vida por todos los medios posibles para servirles de apoyo en su orfandad. Conque resuélvete, hijo mío, y dame el consuelo de que te veré esta tarde libre ya de tantos padecimientos y acaso de perder la vida en un suplicio". "No, señora, le insinué, yo no quiero una vida vilipendiada; de ninguna manera quiero la gracia que se me ofrece: Dios velará por mis días si así le place, y si no, que se cumpla su voluntad". "¡Qué obstinación de niño! ¿Y qué digo yo al señor Sámano, después de haber ablandado su corazón y conseguido tu perdón? Reflexiona bien, hijo mío, por el amor de Dios acepta la gracia, que ninguna infamia te sobreviene: mira que mayor infamia resulta a ti y a tu familia de morir ahorcado: ¿qué diré yo al señor Sámano para no irritarlo?" "Dígale usted que estoy muy constipado; que el estado de ronquera en que me encuentro no me permite alzar la voz como deben hacerlo los pregoneros, y que me hallo en un estado de debilidad que no me permite andar por mis pies; dígale usted que me cambie la pena por otra que yo pueda soportar, y si esto se consigue, usted logrará el verme en mi casa al lado de mis hermanos, y al general seré deudor de mi vida en esta vez". Así se terminó este diálogo, después del cual se retiró mi buena abuela toda confusa y llorosa, encargándome, por último, que me encomendase a Dios, mientras iba a hablar con el señor Sámano.

Una hora después manifestó el oficial de guardia a todos los oficiales prisioneros, a quienes yo había referido lo pasado, que el general indultaba al que quisiese salir a publicar un bando como pregonero. ¡Admirable conducta la de mis compañeros! No hubo uno solo que contestase a las repetidas insinuaciones que hizo el oficial de guardia. Nadie quiso degradarse Yo no volví a ver más a mi abuela.

Esta circunstancia nos haría temer con sobrado fundamento que la irritación de Sámano subiera de punto y así se verificó. El 18 del mismo agosto, a las 9 de la mañana, se presentó en la cárcel el mayor general Ximénez, rodeado de frailes de diferentes órdenes, y nos previno que formásemos por el orden de la lista, pues se iba a proceder a sortearnos para que muriese uno de cada cinco. Esto era lo menos que podíamos temer. Las repetidas instancias de uno de nuestros compañeros, el capitán Pedro José Mares, a pretexto de que no era oficial sino un simple paisano que habiendo emigrado de Venezuela se le había obligado a entrar en las filas para irse a batir en La Cuchilla (en donde se condujo muy bien y fue atravesado en el vientre por una bala), estas instancias repetidas con las súplicas más humildes, hicieron que la operación se difiriese hasta las dos de la tarde, habiendo excluido del sorteo a Mares, no sólo por consideración a lo que aseguraba falsamente que no era oficial, sino también porque prometió casarse con una señora con quien estaba comprometido, y que era hija de un señor Maza, amigo íntimo de Sámano cuando éste mandaba, antes de la revolución, la guarnición de Santafé, en calidad de coronel del regimiento del auxiliar. Semejante tardanza nos ocasionaba una gran molestia, pues teníamos que sostenernos de pie firme todo ese tiempo, con cuyo motivo yo me exalté y dije a Mares, cuando dirigió su última instancia, que "yo me ofrecía a morir por él, caso que le tocase la suerte y a mí no". Todos a una manifestamos a Mares nuestro disgusto por el entorpecimiento que causaban sus reiteradas instancias, pero él nos contestó que la vida era muy amable y que para conservarla debía emplear todos los medios lícitos que estuvieran en su poder. Por su fortuna, el mayor general Ximénez era americano, hijo de Panamá, y tuvo bastante paciencia para llevar sus recados al general Sámano, quien otorgó a Mares la gracia de no entrar en el sorteo.

Dispuestos, pues, por el orden de la lista, los 21 oficiales prisioneros que estábamos en la cárcel, inclusive el voluntario Florencio Ximénez, que ni en este caso quiso hacer valer su legítima excusa de no ser oficial se introdujeron en una vasija 17 boletas blanca s y cuatro con esta inscripción: Muerte. Un niño como de ocho años había sido conducido a sacar las boletas. Se empezó la operación, y al primero de la lista, que era el capitán José Joaquín Quijano, le tocó boleta blanca. Este salió de la fila y mostrando su boleta con la mano derecha en una actitud heroica, dijo con tono grave: "No quiero vivir, y propongo el cambio de mi boleta por el primero a quien toque la de muerte". El mayor general se le acercó y le aconsejó que se moderase. Este jefe era, a la verdad, humano, prudente y compasivo. El segundo de la lista, alférez Mariano Posse, boleta de muerte, salió de la fila a esperar a sus compañeros. El tercero, teniente Rafael Cuervo, muerte, y salió igualmente a unirse a Posse. El cuarto, alférez Diego Pinzón, blanca. El quinto, José Hilario López, muerte, salí a unirme a mis compañeros. El sexto, alférez Alejo Sabaraín, muerte, y con esta boleta se terminó la operación, no habiendo alcanzado a sortear sino 6 (te 21, lo que fue bien singular, y todavía fue más raro que tocase la mala suerte a los más jóvenes. El mayor general tomó la vasija y la dio contra el suelo impetuosamente, manifestándonos así con una acción tan rara entre los oficiales realistas la pena que sentía por la suerte que nos esperaba; ordenó que entrásemos en capilla y nos preparásemos para morir a las nueve de la mañana del día siguiente. Yo, que conservaba mi boleta de muerte, la hice un cigarrillo diciendo que era preciso sacar de todo el mejor partido y que, por otra parte, era el destino que merecía el instrumento que había decidido de suerte. Encendí mi cigarrillo y con él entré a capilla acompañado de las otras tres víctimas, protestando todos que moriríamos con resolución y dignidad.

Como no son muchos los que habiendo escapado de la muerte en los últimos momentos de su existencia, después de sufrida la capilla, y dispuesto todo el aparto de la ejecución, pueden referir cuanto les ha pasado, me propongo yo interesar a mis lectores con la relación detallada de este acontecimiento, uno de los más trágicos de mi vida.

Entramos en la capilla, nos rodearon los frailes proponiéndonos que eligiésemos de entre ellos nuestros respectivos confesores. Así lo hicimos. Yo escogí a un padre Lugo, hijo de Chile, varón muy respetable, virtuoso e instruido. Retirándonos con nuestros sacerdotes a los cuatro ángulos de la reducida capilla, empezamos nuestros oficios religiosos: era preciso hacer una confesión general, que debía terminarse a las diez de la noche, hora en que debíamos recibir la Eucaristía. El asunto era bastante arduo, tanto más cuanto era preciso dar lugar a la reflexión y hacer algún acto testamentario. No obstante, mi buen confesor me animó con la idea de que no estaba yo obligado sino a poner los medios para disponerme bien a recibir la muerte. Yo le supliqué que se interesase para que viniese un escribano, pues quería hacer una memoria testamentaria que era de conciencia. El padre no pudo obtener sino que se me permitiese recado de escribir para que hiciera mis apuntamientos, a condición de que los debía entregar al comandante de la guardia, quien, después de leerlos, los pasaría a quien yo dispusiese, si en ellos no decía nada contra la causa de S. M. C. Yo acepté la oferta, y me ocupé de mi memoria. Por ella instituía mi albacea a mi tío Lorenzo Lemos, a quien encargaba con encarecimiento cuidase de la suerte y educación de mis hermanos. Le daba las gracias por algunos socorros que me había hecho en el tiempo de mi prisión, y le suplicaba las diese a mi prima Rosalía Fajardo, niña entonces de doce años, y que después fue mi esposa, por los regalos que me había mandado en tiempo tan oportuno, ofreciéndole que en el cielo, adonde estaría dentro de catorce horas, la recordaría siempre y rogaría a Dios por ella. Ultimamente le decía a mi tío que cuidase también de mi abuela materna, y de que se estableciese con alguna ventaja mi única hermana, ya de edad de catorce años, recomendando mi memoria a aquellos de mis parientes que se hubieran conducido bien conmigo, y otorgando carta de libertad a una esclava que tenía. Yo leí este apuntamiento al padre, en calidad de comunicado, por si acaso no llegaba mi escrito a manos de mi tío.

Más que el temor de perder la vida a la temprana edad de diez y ocho años, me atormentaban las siguientes ideas. Primera, la orfandad en que dejaba a mis tiernos hermanos. Segunda, la de no haber llegado a la edad correspondiente para casarme con mi prima, a quien idolatraba y con quien había consentido unir mi suerte cuando ambos pudiésemos disponer de nuestra voluntad, como sucedió a los siete años de este acontecimiento. Tercera, el no dejar hijos, herederos de mi nombre. Cuarta, el no haber llegado al último grado del ejército, es decir, al de general, a que yo aspiraba desde que tomé mi pequeño fusil. Confieso que todas estas ideas, y cada una de por sí, labraban mucho mi corazón.

Deseaba también que mi suerte fuese marcada por algunos rasgos que mereciesen colocar mi nombre en la historia. ¿Y cuáles podrían ser éstos? Voy a repetir lo que a este propósito me ocurrió.

Yo había oído elogiar a uno porque había tomado un vaso de vino al tiempo de sacarlo al cadalso, soplándole la espuma para que no le hiciese daño al hígado. Me propuse, pues, salir al banquillo comiendo pan y no dejar de comerlo hasta expirar. Deseaba también hacerme tomar el pulso al estar ya sentado sobre el banquillo, para que se viese que no estaba alterado. Tenía la intención de suplicar al oficial de la escolta que me concediese la gracia de no vendarme y de mandar yo mismo hacerme fuego. Y, últimamente, estaba resuelto a pronunciar en alta voz un pequeño discurso vituperando a los españoles, ensalzando la causa de la independencia y libertad de la América y recomendando mi memoria. Yo consultaba mis fuerzas y hallaba que era capaz de verificar todo el plan que me había propuesto, y por algunos de mis procedimientos se verá si tenía yo bastante resolución y sangre fría para ser consecuente a mi propósito.

Al anunciarnos el sorteo fuimos informados que nuestro general Cabal, el mayor general José María Quijano, hermano del capitán que entró en el sorteo, y el teniente coronel Francisco Matute, que, entre otros, habían sido hechos prisioneros en el Valle del Cauca, se hallaban en capilla para ser ejecutados en unión nuestra, sin fórmula de juicio, como cabecillas. Estos señores, con otros muchos patriotas militares, eclesiásticos y civiles, se hallaban presos en los diferentes cuarteles de los enemigos.

Como a las siete de la noche entró a la capilla un oficial de carpintero y me hizo saber que iba por disposición de mi abuela a tomarme medida para hacerme el ataúd en que debía ser sepultado. Mi confesor, que se había retirado a su convento por una hora, regresó y me dijo que mi citada abuela había obtenido licencia para que se me sepultase en la iglesia de Santo Domingo, en lugar de hacerlo en el cementerio público como reo, y que todo estaba ya dispuesto para que mi entierro se hiciese con la decencia que correspondía a mi nacimiento. Yo le manifesté que estaba muy reconocido al empeño que a este fin había hecho mi abuela, pero que me era indiferente que se me sepultase en una iglesia o en el cementerio público, porque mi delito no era vergonzoso. Mi director espiritual, que era españolista, pero moderado, me dijo: esto es verdad, pero los que son enterrados en las iglesias gozan de muchas indulgencias que pueden servirle a usted de sufragios para su alma.

A las nueve de la noche se presentó en la capilla una procesión de un Santo Cristo con algunos sacerdotes y devotos caritativos, que iban a mover nuestra contrición. Nuestros confesores nos hicieron poner de rodillas, y en la misma actitud todos los circunstantes, se entonó, al son de tétricas flautas, el Salmo del Miserere, y concluido éste, se siguió el símbolo de los apóstoles. La ceremonia era tocante a la verdad. Luego se rezó el rosario y se nos dejó acabándonos de disponer para recibir la Eucaristía. En el intervalo se presentaron diversos sacerdotes con correas y escapularios, y sucesivamente se nos enroló entre los hermanos de las respectivas cofradías, ciñéndonos los cintos y vistiéndonos los escapularios y otras reliquias santas, dando término a las ceremonias con encomendar el alma a Dios.

La procesión de la Eucaristía llegó por fin poco después de las diez, con mucha pompa y acompañamiento, a estilo de cuando se administra a un gran personaje: se nos recibió la protestación o auto de le y se nos dio la comunión, retirándose después el viático y su solemne acompañamiento.

Ya entonces se nos permitió comer cuanto quisiéramos, pues, como es de costumbre, los monasterios nos habían mandado en abundancia manjares exquisitos. Tuvimos también licencia para beber vino con moderación. Los oficiales españoles entraban frecuentemente a la capilla, que estaba cubierta de centinelas, y a más de eso había en la puerta 8 soldados de retén.

El calabozo de nuestros compañeros oficiales, que era un salón bastante grande, sólo estaba dividido de la capilla por una reja de hierro, con su respectiva puerta, la cual se abría los días de fiesta para que los presos oyeran la misa que allí se les decía.

Nuestros capellanes se retiraron para volver a la madrugada, y desde entonces ya era permitido a todos los sacerdotes entrar a exhortarnos y ayudarnos a bien morir. Uno de éstos, el presbítero Nicolás Quintana, que hoy existe, entró precipitadamente y comenzó sus exhortaciones como un energúmeno; ellas estaban contraídas a afirmarnos que "el mayor de nuestros pecados consistía en haber sido enemigos del rey de España, y que si no nos arrepentíamos y pedíamos en público perdón de esta ofensa grave a los ojos de Dios, el infierno iba a ser infaliblemente nuestra morada". Casualmente habían entrado dos religiosos dominicos, los Padres Fr. Pedro y Fr. Mariano Rodríguez, hijos de Quito, y muy patriotas, los cuales, a hurtadillas, para no ser observados del presbítero Quintana o de los centinelas, nos hacían señas de no creer lo que se nos decía. Cuando les era lícito nos hacían arrodillar uno en pos de otro, para afirmarnos en secreto, y en la actitud de confesarnos, que lejos de ser un crimen el haber pertenecido a las tropas independientes, era una virtud que Dios nos recompensaría, pues nuestro comportamiento había sido en todo conforme a los principios del Evangelio. Nosotros, que no necesitábamos de las amonestaciones de los padres Rodríguez para despreciar la aserción del padre Quintana, no hacíamos sino suplicar a éste que nos dejase reposar un poco, pues el término de la noche se acercaba, lo mismo que el de nuestra vida. Yo, por mi parte, me acosté resuelto a dormir hasta que amaneciese, y a no haber sido por Quintana, que entró muchas veces a predicarnos en el mismo sentido con que había comenzado, mi sueno no habría sido interrumpido; pero aunque ya me había familiarizado, por decirlo así, con su eco monótono e impertinente, este sacerdote, en su frenesí, viéndome dormir y que no hacía caso de sus palabras, llegaba a mi cama, que era en el suelo, me movía y hasta me quitaba de encima la cubierta con que estaba abrigado. "¡Hermano López!, me decía, ya se acercan los instantes en que va usted a dar cuenta a su Creador de todas las acciones de su vida: ¿y es posible que usted pierda estos preciosos momentos? ¿Es posible que usted se mantenga empedernido, entregado al sueño, cuando debiera estar postrado pidiendo a Dios misericordia de sus pecados, principalmente del de haber sido enemigo de nuestro católico soberano, que representa al mismo Dios en la tierra? Levántese, hermano, no sea que su alma se pierda miserablemente por no aprovechar los momentos que le restan". Yo me sentaba algunas veces, y así permanecía por algún rato, pero el sueno, más poderoso que toda otra consideración, volvía a rendirme y recobraba mi actitud primera. En una de esas ocasiones, yo no pude soportar la impertinencia del energúmeno Quintana, y le dije, enfadado: "Déjeme usted, padre, dormir, pues así estoy tranquilo y no ofendo a Dios, mientras que cada vez que usted me despierta me siento poseído de disgusto y cometo un pecado de ira. Si usted sigue molestándome con sus necias exhortaciones, yo le prometo que no le atenderé, y usted será responsable ante Dios de las faltas a que me induce su imprudencia. Estoy resuelto a no levantar la cabeza hasta el día siguiente, aunque la trompeta del día del juicio suene en mis oídos". La manera con que hice esta reprimenda al orador influyó, seguramente, pues desde entonces ya bajó un poco su tono ronco y fastidioso y no volvió a moverme ni a acercarse a mi cabecera. Serían entonces las dos de la mañana.

Mis compañeros reposaban también por intervalos; pero el joven Cuervo, casi no cerraba los ojos ni dejaba de decir algún chiste. Unas veces llamaba la atención de los oficiales salvos, tocando la puerta de la reja y diciéndoles: "Duerman ustedes, camaradas, ya que a nosotros no se nos permite este alivio". Otras: "No se aflijan, compañeros, por nuestra suerte: sólo les encargamos nuestra memoria y otra cosa que no puedo decirles", y acercándose a nuestro oído nos decía: "la venganza". Otras, haciendo todo el ruido posible, les decía: "No es justo que ustedes duerman mientras nosotros velamos, vigilate et orate, quia nescitis diem ñeque horam". A lo que acompañaba risotadas y agudezas propias de la escena bufa. Cada vez que nos dejaban los sacerdotes, o cuando estaban solamente los padres Rodríguez, Cuervo nos llamaba a brindar con un vaso de vino. Muy presentes tengo los brindis que hicimos esa noche fatal, que me parecen bastante interesantes para no omitirlos en esta narración. Cuervo: "Brindo por que los siete que vamos mañana a entrar en el Empíreo suframos la muerte con tal denuedo y dignidad, que el poderoso Júpiter no sepa a cuál de nosotros deba dar el lugar preferente". López: "Por que los siete que estamos en capilla seamos las últimas víctimas del inmortal Ejército del Sur, y que nuestros compañeros conserven su vida para vengarnos y perpetúen nuestra memoria". Sabaraín: "Brindo por el restablecimiento de la América Libre". Posse: "Brindo por la pronta muerte de los españoles, empezando por la de Fernando VII". Otros varios pensamientos se emitieron a este tenor, y todos eran celebrados con vivas y burras de nuestra parte, bien sea que los brindis los hacíamos formados en círculo y en voz baja, no porque nosotros tuviésemos nada que temer de ser escuchados sino por miedo de comprometer la suerte de los compañeros que nos sobrevivieran.

De las dos a las cinco reinó más quietud y tranquilidad: a esta última hora se me despertó para oír misa, que ya había comenzado mi director espiritual. Cuando levanté la cabeza ya estaba en el Confíteor. Terminada ésta, me dijo el sacerdote: "Usted ha dormido muy bien, pues cuando entré observé que hasta roncaba". Yo le repuse: "Sí, señor, gracias a que el padre Quintana tuvo la bondad de permitírmelo; no sólo he dormido bien sino que no habría querido despertar, pues estaba soñando muy agradablemente: soñaba que estaba en capilla, que había salido al suplicio y que había sido perdonado". "Sueño, a la verdad, lisonjero, me dijo el padre, pero desgraciadamente sin esperanzas de que se realice la última parte; pero ¡qué digo desgraciadamente!, afortunadamente debiera decir, porque está escrito que los cristianos que mueren en el suplicio gozarán de la bienaventuranza, pues imitan la muerte de nuestro Salvador. Usted, hijo mío, es más feliz que yo, pues sabe la hora en que ha de morir, prerrogativa especial de la divina gracia, y va a subir al cielo dentro de breve tiempo; mientras que yo, yo, miserable pecador, vil gusanillo de la tierra, ignoro el momento de mi postrer suspiro y temo que la muerte me asalte cuando menos la espere, y presentarme ante la presencia del Todopoderoso sin haber tenido tiempo para aplacar su ira por el medio expiatorio de la compunción y la penitencia. Ruegue usted, hijo mío, cuando esté allá en el cielo, ruegue usted que el Dios de las misericordias me conceda la gracia de prevenirme el instante crítico en que debo desprenderme de este valle de lágrimas, para que, conociéndolo, pueda prepararme a bien morir.. . Demos, pues, gracias al Omnipotente porque ha mirado a usted con ojos de piedad, marcándole con el sello de la feliz predestinación". A este tiempo nos arrodillamos ante el altar, y rezamos algunas oraciones jaculatorias, concluidas las cuales me ordenó el padre hacer un cuarto de hora de oración mental, encargándome que prescindiese de lo que había soñado, y lo desechase como una asechanza del demonio para embriagar mis sentidos y distraerme de la penitencia.

Serían las siete y media cuando se nos introdujeron almuerzos tan exquisitos y abundantes, que habrían podido satisfacer el hambre de cincuenta personas. Mis compañeros y yo procurábamos tomar de todo una pequeña parte para que no se nos quedase nada sin gustarlo por la última vez. Mi director, que había ido a llenar sus deberes conventuales para volver a ejercer el acto de piedad conduciéndome al suplicio, regresó a las ocho y media, anunciándonos que se había logrado del señor Sámano el que no se nos fusilase hasta por la tarde, para que se completasen las veinticuatro horas de capilla. Nos era ya igual el ser fusilados a las nueve de la mañana o por la tarde. Yo, al menos, me creía ya bien dispuestos, y deseaba ejecutar mi plan de muerte; así es que esta noticia no me halagó, pero ella fue acompañada de la prevención consolatoria de que ese tiempo nos lo concedía Dios para mejor disponernos a comparecer ante su juicio. Cuervo fue el único que contestó al padre: "Sea enhorabuena, porque entonces sí tiene lugar el zapatero de terminarme los zapatos de la última gala". El elegante Cuervo era romántico en todas sus cosas, y efectivamente había encargado unos zapatos para salir al suplicio.

Lo mismo que había sucedido en la noche, continuaron entrando sacerdotes a exhortarnos y orar por nosotros. A la una se nos sirvió una comida espléndida. A esa hora supliqué yo al padre Lugo se fuese a informar de la situación de mis hermanos y los consolase. A las dos vino el padre a decirme que mi hermana estaba privada de sus sentidos en los brazos de una esclava fiel que le prodigaba todos los cuidados posibles, y que mis tiernos hermanos que la rodeaban no hacían sino llorar, pero que ya había cumplido mi encargo y no cesaría de visitarlos después de mi muerte para consolarlos y resignarlos a conformarse con la voluntad divina.

Son las dos y medía, y ya oímos que los instrumentos marciales dan las señas de marchar las tropas a la plaza pública a presenciar la ejecución. Son los tres cuartos para las tres, y el ruido de los tambores militares nos anuncian la llegada de las escoltas que debían ejecutarnos. Son las tres en punto, y el lúgubre tañido de las campanillas de la tercera orden de penitencia nos indica la aproximación del postrer momento. La procesión de esta orden llega hasta las puertas de la capilla con un crucifijo y dos ciriales; mi director espiritual y los de mis tres compañeros nos hacen arrodillar y rezar los actos de fe, un Credo y un acto de contrición, mientras que las campanas de todas las iglesias tocan rogativas y plegarias por nuestras almas. El comandante de la guardia entra en la capilla seguido de cuatro cabos, cada uno con una soga, y nos hace atar los brazos por las espaldas, terminado lo cual empieza la procesión fúnebre, al son de marcha con cajas y pífanos a la sordina. Cuervo era el primero, yo era el segundo, Posse el tercero y Sabaraín el último. Nuestros compañeros se habían agolpado a la puerta del gran calabozo para contestar nuestro último adiós, a cuyo fin así lo habíamos prevenido. Yo tomé una gran rosca de pan, y como me lo había propuesto, salí comiéndola. Al dar yo mi adiós a los compañeros observé que ellos estaban tristes, y aun llorosos, con cuyo motivo les di una mirada de reprobación, manifestándoles con ella que debieran mostrarse más tranquilos y resignados. Al salir a la calle se nos colocó en medio de nuestras respectivas escoltas, a las cuales pedimos que no se nos tirase a la cabeza sino al pecho o vientre; a esta condición yo ofrecí a la mía y Cuervo a la suya la ruana o cobertura que llevábamos. A esta escolta pertenecía Bonifacio Cárdenas, que había sido cadete nuestro y desertó al enemigo. Todavía existe.

No habíamos aun dejado los umbrales de la puerta cuando oímos una descarga de fusilería y cambiarse en dobles de muertos el tañido de agonías con que sonaban las campanas. Un confuso susurro hizo entender que acababan de ser fusilados Cabal, Quijano y Matute. Poco después continuaron los bronces tocando plegarias. Mi casa estaba situada en la misma esquina de la cárcel, y debía pasar por su frente, con el deseo de que mis hermanos estuviesen en alguna ventana para hacer un signo de la eterna despedida; pero luego observé que la puerta de la calle y las ventanas estaban todas cerradas. Casi al frente de la puerta vi a una persona que no me era indiferente, y quise darle mi adiós: ella, que se enteró de que yo la había visto, se ocultó tras una puerta, pero yo, inclinando el cuerpo y la cabeza cuanto me era permitido, logré mi intento y tuve la satisfacción de ver a esa persona bañada en lágrimas y sin valor para contestar mi despedida. Mi director no pudo soportar esta acción y me la reprobó, duplicando sus exhortaciones con el Santo Cristo que apoyaba a mi pecho. "Ya no es tiempo de pensar en este mundo, me decía con voz firme y enérgica: un desliz solo puede ocasionar su perdición. Son pocos los instantes que le restan de vida, y éstos deben consagrarse con todas sus potencias y sentidos a invocar el perdón de sus pecados", y continuó exhortándome con el tono patético que es de costumbre. No faltaba a este varón evangélico la unción y elocuencia bastantes para estos casos.

Doscientas cincuenta varas habíamos andado; ya llegábamos a la plaza, y veíamos pendientes de las horcas los cadáveres ensangrentados de nuestros jefes Cabal, Quijano y Matute. Otros cordeles destinados para nosotros estaban colgados de las mismas horcas. Siete banquillos en fila se presentaban a nuestro frente. Las tropas todas estaban formadas y sus bandas batían el bando de costumbre. Los curiosos espectadores cubrían todos los lados de la plaza y las ventanas y balcones. Nuestros sacerdotes alzaban más la voz y redoblaban sus piadosas deprecaciones. Todo el mundo tenía los ojos fijos sobre nosotros, y ya llegábamos al cadalso, a poner término a nuestra vida. Las campanas de la vieja catedral, que está en un ángulo de la plaza, tocaban con más prontitud los tañidos de agonía, que repetían doce torres más, para anunciar la aproximación del terrible lance. . . De repente se oyen murmullos en el pueblo, y éste se precipita en tropel hacia nosotros, precedido de un jefe de gran uniforme, que agitado venía apresuradamente. Este era el mayor general Ximénez, quien dio orden al oficial de la escolta de Cuervo de "hacer un cuarto de conversión sobre la derecha". Esta orden fue obedecida, pero antes de dar tres pasos la escolta se encontraba embarazada de seguir adelante y marcaba el paso contra el pretil de la catedral. Ximénez, que se había distraído haciendo a un ayudante ciertas prevenciones en secreto, observando que la primera escolta marcaba el paso, porque al dar el cuarto de conversión que se le había ordenado encontraba a su frente el mencionado pretil que no le permitía continuar la marcha, dijo al oficial: "¿No he ordenado a usted que contramarche?" A lo que el oficial contestó: "Usted sólo me ordenó dar un cuarto de conversión sobre la derecha, y no contramarchar". El hecho era exacto y yo podía haberlo certificado; pero Ximénez pudo equivocarse, distraído con la combinación que sin duda hacía para volvernos a la capilla, sin que concibiésemos que se podía haber resuelto nuestro perdón, por el humano deseo de que no sufriésemos una impresión que, según dicen, suele ser mortal cuando súbitamente se comunica una nueva tan interesante. Se verificó, pues, la contramarcha, aunque se continuó siempre marchando a la sordina, y exhortándonos nuestros sacerdotes. En la vocería del pueblo, yo alcancé a oír: "¡A la plaza de San Camilo!" "¡En San Camilo se les va a fusilar!" ¡A San Camilo!" "¡No es hasta mañana!" En medio de esta algazara oí a un niño como de siete años que, caminando en nuestra misma dirección a la izquierda de mi escolta, decía: "¡Dizque los perdonan!" A esta voz yo llamé al niño, que por su traza era un pobrecito, y alargando la mano, le di un pedazo del pan que aun no había alcanzado a comerme, manifestándole que era cuanto yo tenía con qué premiarlo por la noticia del perdón: al momento empezó el niño, lleno de contento por el premio, a devorar el pan. Mi intolerante director llevó también a mal esta acción, por lo cual me reconvino agriamente, tomándome de un brazo y sacudiéndome involuntariamente con tanta fuerza que pudo haberme causado la dislocación de un hueso. "Estos no son momentos, señor, me decía, estos no son momentos de pensar en nada que esté fuera del cielo; ya lo he dicho a ustedes otras veces: el tiempo es muy precioso para despreciarlo; esas distracciones de usted son otros tantos delitos graves contra su Divina Majestad, a quien debe usted consagrar todo su pensamiento sin separarlo de la pasión y muerte de nuestro Redentor Jesucristo, a quien tiene usted ante sus ojos, que nunca debiera haberlos separado de sus llagas y su sangre, invocándolas para aplacar la ira del Dios Justiciero..." Con un aire que no creo el de un penitente, pues el fuerte movimiento de mi director espiritual me había molestado un poco, aunque en tono mesurado, le dije: "Padre, no creo que sea un crimen haber dado a un niño inocente un pedazo de pan, en premio de haber pronunciado la voz de perdón» Vea usted pues cómo se lo come, con qué apetito, lo que prueba que tenía hambre, y yo estoy seguro de haber hecho una obra de misericordia". "¿Y porque ese tierno niño haya pronunciado perdón, cree usted, me replicó el padre, que esto tenga algún fundamento? No, señor, esto no es más que tiempo que Dios les concede para que lloren más sus culpas e invoquen su clemencia..." "Puede ser lo que vuesa paternidad dice, pero yo repito que, se nos perdone o no, yo he hecho una obra de misericordia". "Sea usted dócil, hijo mío, a mis insinuaciones, y no me replique, pues yo no tengo otro interés que el de la salvación de su alma redimida al precio de la sangre del Hijo de Dios..."

El aparato continuó así hasta la puerta de la cárcel, en donde se aparentó que se nos iba a fusilar, pues se hizo despejar el frente del edificio y colocarnos en distancias como de a ocho pasos uno de otro, con nuestras escoltas al frente y los fusiles preparados, pero con los capellanes al lado nuestro, sin hacerlos retirar, lo que yo esperaba que sucediese para suplicar que se me permitiera mandar mi escolta, y antes de eso dar vivas a la libertad. Dos minutos después de esta ceremonia se mandó que entrásemos en la cárcel, en donde tendría lugar la ejecución. Con efecto, en uno de los corredores se repitió la misma ceremonia, y luego se nos dijo que entrásemos en la capilla porque se había dispuesto no fusilarnos hasta el día siguiente, en razón de haber ya ejecutado tres en ese día. Entramos, pues, en capilla, y se nos hizo arrodillar para dar gracias a Dios por el mayor tiempo que nos permitía, a fin de hallarnos bien dispuestos y dignos de recibir la corona celestial.

Para mí ya todas esas cosas no eran sino simples ceremonias, pues desde la contramarcha había consentido en que no se nos fusilaba, y esta idea vino a fortalecerse con la voz de perdón pronunciada por aquel sino inocente, que debió antes haberla oído de otra persona. Me reía por tanto de todo lo que observaba, y en nada menos pensaba yo que en morir.

Terminada nuestra acción de gracias, vi que el oficial de guardia hacía señas a nuestros capellanes de salir al corredor, lo que verificaron. Yo dije a mis compañeros: "No hay duda que el sueño que yo tuve se ha verificado milagrosamente, como ustedes lo verán". Cuervo me contestó: "Bien dices milagrosamente pues de un tigre como Sámano no debemos esperar ninguna gracia; ésta nos viene del cielo o de Quito, si es que se nos perdona, lo que todavía es para mi dudoso: acaso quieren tomarnos alguna declaración, o quién sabe si Bolívar o Serviez les han dado en el Norte algún gran golpe y ocupado la capital, o cualquiera otro accidente que pronto sabremos..." Continuaba Cuervo haciendo sus observaciones, cuando entró el padre Lugo acompañado de un primo hermano mío (Pedro José Velasco y Valdés, que existe), quien llevaba una gran botella de cristal llena de vino, diciéndome que nuestra abuela y su madre me mandaban ese vino. Yo le previne que no se retirase hasta que me lo hubiera bebido con mis compañeros. El padre, que antes nos había prohibido el tomar licores con exceso, nos invitó a que nos bebiésemos el que se nos presentaba. Yo le dije que "nos lo tomaríamos con mucho gusto, pero que debía darnos el ejemplo el mismo padre tomando primero que nosotros, pues no había sino un solo vaso". "Con mucho gusto", nos dijo el padre, y se tomó su copa, a pesar de su moderación; nosotros hicimos otro tanto, y dimos fin a la botella. Yo quise saber el estado en que se encontraba mi hermana, y a este efecto hice la pregunta correspondiente a mi referido primo, que tendría entonces unos doce años; pero el padre dijo que le estaba prohibido a mi primo hablar otra cosa que lo que me había dicho al presentarme el vino, y tomándolo del brazo se retiraron ambos de la capilla.

Este acontecimiento confirmaba ya, a no quedar duda, la noticia del perdón; pero Cuervo desconfiaba todavía. "¡Esperemos el reflujo!, decía. ¡Esto me parece un sueño agradable después de una pesadilla, como sucedió a López esta mañana. .." "Y yo estoy persuadido, le contestaba, de que el sueño se ha realizado: ¿qué quieren decir todas estas ceremonias? ¿Qué significan estas entradas y salidas del padre? ¿A qué fin dejar entrar a mi primo e instamos el mismo padre que nos bebiésemos el vino que aquél nos trajo, cuando antes nos aconsejaba no tomar sino muy poco? Se quiere, sin duda, que nos embriaguemos para que la noticia de perdón no nos cause algún mal efecto. Con licor o sin él, yo me hallo dispuesto a recibir esa noticia con la misma frescura con que he marchado hasta el patíbulo y con que estoy dispuesto a marchar si lo quiere la suerte..." Así discurría, cuando entró otra vez mi director, y, bajando la cabeza e introduciendo sus manos entre las mangas de su hábito, dijo: "Veneremos los decretos de la Providencia..." Después de una reticencia nos dirigió la vista y con una voz balbuciente y baja, y entrecortando las palabras, pronunció las siguientes: "Se ha dispuesto que salgan ustedes a su cuarto". Cuervo, que no pudo distinguir bien estas palabras, entendió que se había dispuesto que muriese uno de los cuatro, y con el tono arrogante que le era habitual manifestó al padre que "todos cuatro estábamos dispuestos a morir; que no debiera atormentársenos más haciéndonos fluctuar entre el temor y la esperanza, después de habérsenos hecho sufrir todas las calamidades de la muerte, y aun la muerte misma, moralmente hablando, pues ya no faltaba por cumplirse sino el accidente de dispararnos los fusiles, y que, por tanto, él manifestaba (y creía que sus compañeros participaban de sus sentimientos) que renunciaba la gracia de la vida, si se había dispuesto que por la suerte debiera morir uno de los cuatro", "No, señor, dijo el padre, lo que se ha dispuesto es que salgan ustedes a su cuarto". "¡Al calabozo!", replicó Cuervo. "Sí, señor", contestó el padre. " ¡ Ah, esa es otra cosa!, en la cárcel se llaman calabozos los que en otras casas se llaman cuartos". El padre nos abrazó a todos cuatro, en términos que los cinco formábamos un grupo estrecho entrelazados todos por algunos instantes; nos exhortó a que diésemos gracias a Dios y a su Madre Santísima por el singular beneficio que acababa de concedernos. Yo le pregunté "si sabía la causa por que no se nos había fusilado", y me contestó que "ignoraba absolutamente las razones que podía haber tenido el señor Sámano para determinarlo así, pero que todo era obra del Altísimo; un milagro reconocido que no deben ustedes olvidar en lo venidero". Y me agregó: "Su sueño de usted ha sido misterioso: aproveche usted esta inspiración divina. Dios lo ha visto con ojos de piedad. Adiós, hijo mío; cuando me lo permitan mis deberes volveré a visitar a usted". Y se salió dejándonos en nuestro calabozo recibiendo los parabienes de nuestros compañeros y de algunos amigos y parientes míos que lograron licencia para darnos la enhorabuena desde afuera del postigo de la cárcel.

Una ocurrencia muy peculiar a Cuervo vino a modificar también nuestra situación. Llamó al sargento de la escolta que debía fusilarlo y le dijo con mucha arrogancia: "Mi sargento, reclamo mi ruana, porque donde hay engaño no hay trato, y nuestro convenio queda rescindido, puesto que no he sido fusilado". Efectivamente, el sargento devolvió a Cuervo la manta y todos celebramos esta ocurrencia.

Yo no reclamé la mía porque no llegó el caso de consignarla, a causa de haber salido cubierto con ella al banquillo, porque mis pantalones no estaban muy decentes.

En estas circunstancias se privó Sabaraín, y aun se temió su muerte, pues habiéndolo picado en diferentes partes para sacarle sangre, no se pudo conseguir que ésta saliese; así permaneció hasta el otro día. La privación se repetía con bastante frecuencia. Posse también sufrió un accidente que hasta hoy se repite, y éste consiste en referir todo lo que se ha pasado en la capilla, hasta el caso de confesar sus pecados (durante cuyo período es necesario taparle la boca con un pañuelo y auxiliarle hasta que se sienta en el banquillo), y al dispararle los fusiles hace un movimiento convulsivo y vuelve entonces en sí como si despertara de un profundo sueño, sin acordarse de lo que le acaba de suceder. De Cuervo se ha pensado también que sufrió su cerebro cierta desorganización por algunas extravagancias que se le observaban, y raptos como de locura; pero yo, que lo conocía muy de cerca, pues éramos amigos íntimos en el ejército, creo que no sufrió cosa alguna, porque esas mismas extravagancias y esos mismos raptos tenía antes del suceso. En cuanto a mí, yo estaba persuadido que nada había sufrido, aunque algunas personas notaban que me solía distraer en la conversación y me lo advertían; pero después he observado que mi memoria no es tan feliz como antes del acontecimiento, pues sobre costarme mucho trabajo el aprender una cosa, la olvido fácilmente, al paso que cuanto había aprendido antes de ese lance, no sólo lo retengo sino que como que se ha revivido en mi cabeza. De suerte que a pesar de no haber sufrido sensiblemente ninguna impresión en mi cerebro, es muy probable que esa distracción (que me ha costado ya más de un disgusto) y la escasez de memoria, puedan proceder de los acontecimientos referidos y de la súbita transición de la muerte a la vida, bien sea que otras ocurrencias trágicas y extraordinarias que me sucedieron después, y que referiré en sus respectivos lugares, puedan también haber tenido parte en la producción de este fenómeno.

Examinaré ahora las causas a que puede atribuirse nuestra inesperada resurrección. La opinión más común es la de que en ese día se recibieron órdenes de Quito, del presidente Montes, para que sufriesen pena de muerte los prisioneros de teniente coronel arriba, y aun los subalternos que fuesen tachados de cabecillas, asesinos o incendiarios, y que los oficiales subalternos que estuviesen exentos de esos cargos se remitiesen a su disposición. La segunda causa a que se atribuye es la de que mi abuela y mi tía, doña María Ignacia Hurtado, mujer del que era entonces gobernador, don José Solís, habían conseguido a fuerza de ruegos y lágrimas mover el corazón de Sámano y arrancarle la gracia. La tercera, y la más probable opinión, está contraída a que habiendo Sámano ofrecido a otras señoras que iba a consultar con algunos jefes si sería conveniente o no perdonarnos, molestado por las súplicas que se le hacían, había ordenado al mayor general que se nos ejecutase pronto, y que el fingiría dar la orden de perdón cuando oyese la detonación; que el humano Ximénez, muy amigo de mi tía y del gobernador, había urdido la treta en términos que, sin comprometerse, se nos librase de morir a los cuatro de la cárcel, y a este fin había prevenido que se nos sacase y fusilase a medida que fueran llegando al patíbulo las dos partidas de víctimas, previendo, como sucedió, que estando más cerca de la plaza Cabal, Quijano y Matute, éstos iban a ser fusilados primero, y a salvamos, en consecuencia, los cuatro de la cárcel, lo que habiéndose así verificado, luego que se dio cuenta Sámano que ya habían sonado los tiros, éste dijo irónicamente a mi abuela y tía "que estábamos perdonados", y ordenó al mayor general que hiciera se cumpliese su voluntad; que Ximénez había salido volando a realizar lo que en concepto de Sámano no era sino una burla, y había vuelto a dar cuenta a Sámano de lo que había acontecido, atribuyéndolo a que su orden no había sido bien entendida por los ejecutores y haciéndole una explicación de lo que acababa de suceder, interesando a Sámano a que sostuviese su palabra de perdón que había dado en presencia de muchas personas, en cuya consecuencia él (Ximénez) no había podido menos que hacernos regresar a la capilla; que Sámano, más por no desairar esta última disposición de Ximénez que por sentimientos de conmiseración, había ordenado que no se nos ejecutase, pero que tampoco se nos dijera que estábamos perdonados, pues su intención no era otra que la de que, por entonces, se suspendiese la ejecución. Muy pronto tendré oportunidad para presentar una fuerte prueba en favor de esta última opinión. Pero antes de eso expresaré que el mayor general Ximénez fue al día siguiente a la cárcel, nos saludó con la cortesía que acostumbraba, nos preguntó muy cariñosamente por el estado de nuestra salud, y concluyó con decirnos: "Cosa rara ha sido, a la verdad, que la suerte negra escogiese por sus víctimas a los cuatro oficiales más jóvenes, y que no alcanzasen a sortear más que seis de los veintiuno; estas circunstancias combinadas me habían inspirado mucho interés por ustedes; no era regular que ustedes muriesen". (3)

 

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3.



El mayor en edad era Sabaraín. y tendría 21 años; yo, one era el menor, no contaba sino 18. A la fecha de esta publicación no existimos milagrosamente sino Posse y yo, pues Sabaraín fue al fin fusilado, como se verá después, y Cuervo murió en el Perú, habiendo ascendido a coronel después de haberse acreditado en la campaña y batalla de Ayacucho y haber merecido una estimación distinguida de parte de los generales Bolívar y Sucre y de cuantos le conocieron, pues por su genio jovial, por su talento, por su valor y por esa sal ática con que sazonaba su conversación era imposible que hubiese quién no le amara.


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