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CAPITULO VII

 

No podíamos, sin embargo, emprender una campana seria sobre Pasto, porque, a más de ser nuestras fuerzas muy pequeñas, los triunfos que adquirían los españoles por la parte del Norte del Magdalena, no sólo no permitían que se nos mandasen refuerzos sino que se llamó a Bogotá al coronel Serviez. Nos limitamos, pues, a combatir las infatigables guerrillas del Patía, de donde sacábamos por la fuerza casi todo el ganado que consumía el ejército, y esto lo hacíamos, unas veces, marchando pequeñas columnas con paso rápido para tomar de repente lo que necesitábamos con urgencia, y otras, situando fuerzas en los pueblos inmediatos para proteger los movimientos que eran indispensables. Lo más notable que ocurrió durante nueve meses fue la marcha que hizo el teniente coronel Ignacio Torres, a la cabeza como de 600 hombres, hasta la ciudad de Almaguer, con el objeto de observar al enemigo, que habiéndose puesto de nuevo en estado de tomar la ofensiva se sabía que se preparaba ya a marchar sobre Popayán, conducido por el general Sámano, el mismo a quien batimos en Calibío. Nada hizo de provecho ni intentó hacer la tal columna, que constantemente permaneció estacionaria en Almaguer por cosa de dos meses, después de los cuales, con las noticias que el enemigo se movía de Pasto, replegó sobre Popayán. Esta expedición, sin utilidad conocida, me fue muy calamitosa a causa de habérseme irritado mi herida hasta el extremo de haberme amenazado el cáncer y haber sido atacado de unas tercianas violentas, todo 10 cual me puso al borde del sepulcro, reduciéndome al estado de un esqueleto. Apenas tenía alientos para sostenerme sobre el caballo, ayudado de mi asistente.

El gobierno general de las provincias de la Nueva Granada, extenuado por las disensiones civiles y amenazado por formidables ejércitos españoles que todos los días adquirían nuevas ventajas sobre las tropas independientes, ordenó que el batallón Bravos del Socorro, a las órdenes de su comandante Monsalve, marchase en su auxilio a Santafé, con cuyo acontecimiento nuestras fuerzas, llamadas Ejército del Sur, quedaron reducidas como a 700 hombres, privándonos así del mejor cuerpo que teníamos entonces. En una nueva organización que se le había dado con motivo de la muerte del coronel Vego, mi compañía fue refundida en el de que acabo de hablar. Yo debí haber seguido a Santafé, pero el estado de mi salud y el aniquilamiento de mis fuerzas no me lo permitían. Serviez también había sido llamado por el gobierno nacional.

A mediados de junio de 1816 supimos que el general Sámano se fortificaba en La Cuchilla del Tambo con más de 2.000 hombres de línea, protegido inmediatamente por 800 guerrilleros de los pueblos situados entre Popayán y Juanambú. Al mismo tiempo supimos que el general español don Pablo Morillo, después de haber ocupado a Cartagena, marchaba sobre Santafé; que el general Calzada se aproximaba también a la capital, que el coronel Warleta, después de pequeños combates, había ocupado la provincia de Antioquia y marchaba sobre nosotros por el Valle del Cauca; que el comandante Plaa se había apoderado de la provincia del Chocó y se dirigía igualmente sobre Popayán. En una palabra, en ese tiempo supimos que ya no había en la república más fuerza independiente que la nuestra, el batallón del comandante Monsalve, que no habiendo llegado oportunamente para tomar parte en la batalla de Cachiri, perdida por los patriotas mandados por el general García Rovira, se retiraba sobre Popayán, disminuido a menos de la mitad de su fuerza (200 hombres) por las enfermedades y la deserción, y como 700 hombres que se habían retirado hacia Casanare con el general Serviez, y de cuya suerte se auguraba mal, y con mucha razón. Todas estas noticias fueron confirmadas por la llegada a Popayán del señor doctor José Fernández Madrid, presidente de la república, con algunos individuos de las reliquias de Cachiri y de su guardia de honor, y por otros oficiales escapados en las acciones que en diferentes provincias habían sostenido contra los españoles que se unieron a nosotros como la última tabla de salvamento. De nuestra parte no había más elementos que patriotismo, honor, resolución, sufrimiento y ambición de gloria. Fuera de esto, todo nos faltaba: hacía mucho tiempo que no tomábamos sueldo. La cantidad de las raciones se disminuía progresivamente, y muchos días no se nos daba ni este pequeño socorro. Nuestro jefe Cabal, hombre tan valiente como bondadoso, no tomaba ninguna clase de medidas enérgicas para aliviar la suerte del miserable soldado, que se veía en la precisión de cortar leña en los bosques o de trabajar como jornalero en los pocos momentos que se lo permitían sus faenas militares, para ganar alguna cosa con qué alimentarse y atender a sus más imperiosas necesidades. Por todas partes nos amenazaba una horrible tempestad; pero en medio de tantas privaciones y rodeados de tantos y tan inminentes peligros, los soldados del Ejército del Sur estaban contentos y no respiraban sino el deseo de obrar maravillas, despejando el horizonte político con sus solos esfuerzos, bien persuadidos que, hasta entonces, nunca los enemigos habían resistido cuerpo a cuerpo sus resueltas cargas a la bayoneta.

En esos días lograron los españoles hacer introducir en nuestros cuarteles sus proclamas y amnistías, en las cuales se ofrecía el perdón de la vida, y aun la conservación de los empleos, a los que desertasen de nuestras banderas e hiciesen traición a sus deberes; mas no produjeron estos documentos sino una suma mayor de encono contra nuestros enemigos, sin que se hubiera presentado entre nuestros inigualables soldados de Popayán un solo acto de felonía ni debilidad. El 24 de junio supimos que el comandante Murgueitio, destinado con una partida volante a observar al enemigo en Cartago, había capitulado con el coronel Warleta y entregádole los efectos de guerra que estaban a su disposición, bajo ciertas condiciones favorables a Murgueitio (éste era el primer caso de debilidad que se había presentado en el Sur); que por todas direcciones marchaban cuerpos del enemigo sobre nosotros, y que nuestra situación era sumamente crítica a la vez que nuestro general Cabal no tomaba una sola medida que indicase procurar salir del embarazo, pues parece que se había resignado a dejarse sacrificar en su puesto. Se decía que a la llegada del comandante Monsalve, que regresaba de Popayán, nos pondríamos en disposición de obrar enérgicamente. El 26 fuimos informados que el enemigo se aproximaba y que Sámano mismo había resuelto salir de sus atrincheramientos de la Cuchilla del Tambo a estrecharnos en Popayán, para lo cual esperaba ser reforzado por una columna que se había puesto en movimiento de Pasto, mientras que por nuestra parte no había esperanza de la pronta llegada del comandante Monsalve. En tales circunstancias, los oficiales resolvimos reunimos en junta de guerra, cuya medida fue principalmente promovida por el teniente coronel Liborio Mejía, comandante de la infantería de Antioquia, y por el capitán Silvestre Ortiz, ayudante de campo del general Cabal y encargado provisoriamente de nuestro Estado Mayor. En esta junta iniciaron la sesión los expresados Mejía y Ortiz con discursos tan persuasivos, que nos convencieron de la medida única que debiera tomarse para ponernos en disposición de batir al enemigo por donde más conviniese. La proposición estaba reducida a deponer al general Cabal del mando, y confiarlo en el oficial de nuestra elección. Yo fui también en esta vez el primero que votó, manifestando mi asentimiento a todo lo que se proponía, lo que debiera llevarse a efecto en el acto mismo. La opinión fue unánime en este sentido; y, en consecuencia, se invistió del mando en jefe al referido teniente coronel Liborio Mejía, dándole facultades dictatoriales mientras durasen las circunstancias en que nos hallábamos. El comandante Mejía aceptó el mando y protestó desempeñarlo fielmente, manifestándonos que si sus medidas no eran acertadas, al menos no nos dejaría perecer sin gloria y por inanición. Ordenó que todos fuésemos a nuestros puestos a recibir órdenes, lo que así ejecutamos.

La primera que se nos dio fue la de disponernos a marchar a la primera señal; la segunda estaba contraída a ocurrir donde los respectivos habilitados por una paga; la tercera fue la de marchar al amanecer del día siguiente; por la cuarta nos dirigía una alocución patriótica marcial y nos ofrecía varias clases de premios y recompensas, según el grado de mérito que se contrajese en la ardua empresa que íbamos a acometer.

El 27 emprendimos la marcha con dirección a los atrincheramientos del general Sámano. Toda nuestra fuerza estaba reducida a unos 580 infantes, 30 artilleros con dos piezas ligeras de a 4, y como 70 de caballería, la mitad veteranos y la otra mitad voluntarios de Popayán, que generosamente nos acompañaron, mandados por el valiente capitán de milicias Juan María Medina, nuestro antiguo práctico, de quien he hablado en la relación de la campaña de La Plata a Calibío. El 28 acampamos en una altura, cerca del pueblo de Piagua, a dos horas distantes del enemigo. En este día se escaramucearon las descubiertas de ambas partes, quedando la ventaja por la nuestra. El enemigo no dejó de molestarnos en esa noche, pero estábamos bien persuadidos que, a pesar de su superioridad, no se atrevería a presentarnos un lance formal fuera de sus posiciones. El 29, a las seis de la mañana, marchamos a dar la batalla, divididos en dos secciones iguales: la primera seguía por el camino real con dirección al pueblo del Tambo, y a ella correspondía la caballería; la segunda se encaminaba casi paralelamente por la misma Cuchilla, y a ésta correspondía la artillería. Dos columnas enemigas que observaban nuestros movimientos y oponían resistencia a nuestra marcha, fueron rechazadas hasta su campo. Yo pertenecía a la descubierta de la segunda sección. El enemigo nos esperaba en sus fortificaciones, que se componían de un parapeto de Días de siete pies de elevación y cuatro de espesor, en forma de pentágono irregular, con su respectivo foso que no estaba concluido. Sus fuerzas eran de más de 2.000 hombres bien armados y municionados. Nuestra columna llegó hasta el último mamalón, a medio tiro de fusil del campo enemigo, y allí colocó sus dos cañones, esperando que la primera sección se aproximase Y se diese la orden del asalto por el comandante en jefe que marchaba por el lado del Tambo. Verificada ésta, se dio la señal deseada, a la cual arremetimos violentamente sobre los parapetos, en donde se nos recibió con un fuego de artillería y mosquetería mortífera; pero no por esto dejamos de fijar nuestras banderas al mismo pie de sus atrincheramientos. Sin ninguna clase de instrumentos aparentes, no nos fue posible escalarlos, mas no por eso dejamos de redoblar nuestros esfuerzos, que sólo eran frustrados por la muerte de nuestros valientes compañeros. El enemigo nos temía a pesar de esto, y no se atrevía a hacer una salida sobre nosotros. Un solo oficial se paró denodadamente sobre un parapeto, y yo le quité la vida de un pistoletazo. Por nuestro lado el enemigo había colocado un cañón al extremo del parapeto; el capitán de Antioquia José María Pino, que se condujo bizarramente en esta batalla, me dio orden para que con el alférez Diego Pinzón y cosa de 10 soldados que nos hallábamos casi recostados sobre las trincheras enemigas, tomásemos el referido cañón. Yo obedecí a pesar de la temeridad de la empresa, pero al desembocar a la tronera de dicho cañón, mis soldados cayeron muertos, acribillados de balas. Sólo quedamos vivos el alférez Pinzón, herido, y yo contuso, que fuimos hechos prisioneros por una partida que por primera vez se atrevía a salir de su fuerte, al cual se nos introdujo en el mismo acto y se nos presentó al general Sámano, quien se hallaba a la sazón con un anteojo mirando hacia el pueblo del Tambo. Ya nuestros fuegos apenas se dejaban sentir, y nuestra caballería, que había sido colocada a retaguardia en el camino de Los Aguacates, único punto de retirada del enemigo, perdía terreno lentamente, y Sámano daba orden de salir en su persecución. A pocos instantes cesaron enteramente nuestros fuegos, y los vivas y algazara de los enemigos aplaudían el triunfo, que soto debieron a sus fortificaciones y a la poca previsión de nuestro comandante en jefe, que creyó, sin duda, que sin escalas pudiéramos subir sobre los parapetos enemigos.

Debo manifestar mi opinión sobre esta batalla, después de haber oído la de muchos de mis compañeros. Otras dos faltas cometió nuestro comandante en jefe, ofuscado por su impetuosidad: primera, haber hecho situar la caballería ostensiblemente en el solo punto de retirada del enemigo, con cuya imprudente medida se obligaba a éste a sostenerse con más obstinación; segunda, haber atacado a Sámano en sus posiciones atrincheradas, pues siendo el objeto de la campaña atravesar rápidamente hacía Quito, debimos verificar la marcha por otro de tantos caminos que conducen a Pasto; y, en este caso, si Sámano, como era regular, trataba de interponérsenos, lo hubiéramos batido infaliblemente, o podíamos ganar bastante terreno, de modo que Sámano no pudiera oponer obstáculo a nuestra marcha, y en esta última hipótesis perdíamos solamente a Popayán, cuya resolución estaba ya hecha, pero ganábamos un ciento por uno con la ocupación de los principales puntos de la actual república del Ecuador, en donde hubiéramos ensanchado nuestro teatro de guerra, encontrado recursos abundantes, vencido al general Montes, presidente de Quito, y formado allí la base de nuestras siguientes operaciones, puéstonos en comunicación con el general San Martín y desconcertado por esta atrevida operación todos los planes de los generales españoles.

Para terminar la relación de este día, réstame referir algunos pormenores peculiares.

Al hacerme prisionero un cabo de artillería, me pidió mi espada, que yo le entregué, y mientras me la desabrochaba de la cinta, otro soldado artillero preparó su fusil para matarme; pero yo me abracé del cabo, y por temor de herir a éste no me descargó el soldado el tiro con que me asestaba. Durante esta especie de lucha se cayeron afortunadamente de mis bolsillos algunos reales, que el soldado se apresuró a recoger, y mientras tanto yo les dije que "tenía como cien pesos, los cuales se los regalaría con algunas otras cosas que llevaba", a cuya voz el cabo, el soldado y dos soldados más se lanzaron a despojarme de mi dinero y de mi vestido, dejándome en camisa. Mientras yo era así tratado, dije al cabo que "si me salvaba la vida yo le daría todo mi equipaje que tenía en Popayán", a cuya oferta, que aceptó el cabo, ordenó que se me devolviesen mis pantalones y se me dejasen algunos tabacos de los que se me habían quitado, ofreciéndome al mismo tiempo que no me dejaría matar. En efecto, el cabo fue obedecido, mis pantalones recobrados y devueltos cuatro de mis cigarros. Restablecida así la esperanza de la conservación de mi vida por esos momentos, yo tuve la audacia de encender uno de mis cigarros en el botafuego del cañón, con licencia del cabo. Este continuó manejándose muy bien conmigo, y aun dándome aleo que comer hasta la entrada en Popayán, en donde le cumplí mi palabra regalándole lo muy poco que poseía, consistente en una montura, una escopeta, un caballo y algunas prendas de vestuario maltratadas.

A la tarde se me trasladó del cuartel de artillería a la barraca que servía a su guardia principal, y allí vi casi 20 de mis compañeros que habían sido hechos prisioneros; ellos me aseguraron que me contaban por muerto. Muchos de ellos estaban heridos.

Por el boletín del ejército real consta que en el campo de batalla quedaron de nuestra parte 280 muertos, 78 heridos y 310 prisioneros. Total, 668; es decir, casi la totalidad de los que atacamos. El enemigo no tuvo sino como 16 hombres fuera de combate. Nuestro comandante en jefe, Mejía, se escapó con pocos oficiales y algunos soldados de caballería que no entraron en combate. En breve diré cuál fue la suerte de este puñado de valientes.

A las siete de la noche se apareció a nuestra prisión con una escolta el oficial realista Merchancano, y llamándome por mi nombre y apellido dio orden a otro oficial para que hiciese venir al padre capellán, advirtiéndome que le siguiera, lo que yo cumplí sin proferir palabra y reflexionando cuál sería el motivo por que se me iba a fusilar, entresacándome del grupo de otros oficiales prisioneros, de los cuales la mayor parte eran de superior graduación, edad y representación. Me ocurrió que habría sido denunciado de haber muerto con mi pistola al oficial enemigo, de cuyo suceso ya he hecho mención. Yo no hallaba, a lo menos, otra causa particular, y en verdad que si Sámano hubiera sabido esta circunstancia me habría sacrificado positivamente. Se me condujo a una tienda de campaña, adonde llego a pocos momentos el capellán; luego se me exigió juramento de decir verdad en lo que se me preguntase, advirtiéndome que si así lo hacía se tendrían algunas consideraciones conmigo y no correría la triste suerte que les esperaba a mis compañeros, pero que de lo contrario se me fusilaría esa misma noche. El fiscal era un mayor Dávalos, pastuso. Después de la fórmula acostumbrada en la cabeza de los procesos, se me preguntó "quiénes eran las personas que nos daban noticias de la situación del ejército real". A lo que yo contesté que "ignoraba completamente el contenido de la pregunta". Se me reconvino luego en los términos siguientes: "¿Cómo podía yo ignorar lo que se me preguntaba, cuando el capitán Merchancano, que estaba allí presente, y me conocía y distinguía muy bien, me había oído esa tarde conversando con mis compañeros, diciéndoles que las noticias que se nos daban frecuentemente sobre el estado del ejército real situado en La Cuchilla eran falsas, pues lo habíamos encontrado más fuerte de lo que nos aseguraban nuestros espías, quienes merecían la muerte por su infidelidad y que me eran bien conocidos?" Yo contesté que "seguramente se equivocaba el capitán Merchancano, pues yo no había tenido tal propósito". El capitán Merchancano sostuvo en el careo conmigo, que me había oído la conversación de que se ha hecho mérito, y que estaba cierto de que era yo y no otro quien había tenido esa conversación, a lo que yo repuse que "si tal hubiera sido, ninguna ocasión mejor que esa se me podía presentar para tomar venganza de nuestros espías, pues que, al denunciarlos, serían condenados a muerte, resultándome, por otra parte, la ventaja de las consideraciones que se me habían ofrecido si decía la verdad, de acuerdo con las preguntas, excluyéndome de la suerte triste que se esperaba a mis compañeros; que yo era simple subalterno que nunca me mezclaba en lo que tenía relación con estas cosas, pues no hacía sino obedecer las órdenes que se me daban en asuntos de operaciones, y que, en mi grado y mi edad, no estaba nunca al alcance de los negocios misteriosos como el del espionaje". Estas consideraciones seguramente convencieron a mi fiscal y acusador, pues, saliendo de la tienda, entraron en conferencia. Merchancano se ausentó por algunos minutos, seguramente para dar cuenta a Sámano, y a su vuelta Dávalos me hizo dar una taza de chocolate y dispuso que se me condujese a la prisión, en la cual mis camaradas se admiraron de verme vivo, asegurándome que ya habían encomendado mi alma a Dios desde que, a poco rato de mi salida, habían oído algunos tiros de fusil. El abanderado del batallón de granaderos, Manuel Delgado, fue conducido con el mismo aparato a sufrir igual interrogación, cuyo resultado ignoro: pero Delgado regresó a la prisión a poco rato. Probablemente la semejanza que había entre los dos fue la causa de una equivocación que me azoró bastante y pudo costarme la vida.

 

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