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CAPITULO VI


Después de haber descansado algún tiempo en Popayán, recibió órdenes el comandante Vego, a quien se dio el grado de coronel, de marchar con el cuadro esqueletado de su batallón, a crear y disciplinar uno nuevo en la villa de Palmira (Valle del Cauca) y esta comisión fue cumplida puntualmente. Muy en breve supimos que el coronel Cabal había resuelto retirarse con las tropas al Valle del Cauca, en consecuencia de la ofensiva que hacía el enemigo marchando de Pasto con un ejército respetable. El comandante Monsalve, con las reliquias de su batallón y de otros cuerpos, fue encargado de situarse en las alturas de Ovejas, en observación, mientras el coronel Cabal estableció su cuartel general en la dicha villa de Palmira. El batallón Cundinamarca fue destinado a reorganizarse en Cali. Una pequeña columna de infantería y caballería vino en nuestro auxilio desde la provincia de Antioquia, y nuestros cuerpos todos se rehicieron y disciplinaron regularmente. El coronel Serviez (ascendido ya a este grado), revivido con la caída del general Nariño, vino también a dar tono a nuestro ejército, en calidad de jefe del Estado Mayor General. El coronel Carlos Montúfar fue otro de nuestros auxiliares en el empleo de cuartel maestre general.

En fines de junio de 1815 emprendió el enemigo su marcha de Popayán; nuestro cuartel general se había trasladado a la margen izquierda del río Palo, sobre el mismo camino principal, en donde se reconcentraron oportunamente nuestras fuerzas de línea, apoyadas por algunas partidas de patriotas voluntarios, que generosamente quisieron participar de los peligros y glorias de la nueva campaña. Monsalve, que permanecía en Ovejas, como lo acabamos de decir, no quiso abandonar el campo sin disputarlo con la bravura que le caracterizaba. A pesar de su inferioridad, pues no tenía 400 hombres, resistió el combate a más de 2.000 enemigos, batiéndose en retirada en el mejor orden hasta cerca del pueblo de Quilichao, en donde recibió órdenes de replegar al Palo, escarmentando a sus contendores, quienes lo dejaron de perseguir desde el sitio de Mondomo. Al segundo día acampó el ejército real del otro lado del Palo, a nuestra vista. Su jefe era el general Vidaurrázaga, que había relevado a Aymerich. Yo, que me hallaba con licencia curando mi herida en un estado grave y peligroso, en la hacienda de El Espejuelo, perteneciente a unos primos míos, al saber la aproximación del enemigo marché al cuartel general, adonde llegué en el mismo día. Los coroneles Cabal y Serviez no aprobaron mi procedimiento por el mal estado de mi salud, y por lo extenuado que me hallaba, y me propusieron que me retirase a continuar mi curación. Yo les manifesté que aunque a pie no podía batirme, sí lo podía hacer a caballo, en cuya virtud, aplaudiendo mi resolución, me destinaron a la partida de caballería Voluntarios de Buga, que había conducido y mandaba nuestro antiguo oficial del ejército Pedro Pablo Cabal (que existe), sobrino del comandante en jefe, con dependencia del comandante Dufour (francés, que también vive hoy en Santa Marta), que mandaba el único escuadrón veterano que allí teníamos, y a quien se dio el mando en jefe de toda la caballería; es decir, a más de su escuadrón, de las partidas de voluntarios, haciendo una fuerza como de 160 hombres de esta arma. Nuestro ejército tenía como 1.300 hombres de fuerza total.

Al día siguiente, al empezar la aurora, el enemigo, que había pasado el río, no por el paso principal, que habíamos puesto en estado de defensa, y por donde lo esperábamos, sino por Pílame, de la parte de abajo, empezó sus fuegos con nuestra avanzada, que constaba de una compañía de infantería a las órdenes del capitán Pedro Murgueitio (hoy general). Este oficial se condujo bizarramente en su retirada hasta el campo, procurando embarazar al enemigo para dar tiempo a disponernos a recibirlo por un lado que no lo esperábamos. El terreno sobre que se iba a empeñar la batalla es una explanada hermosa, con algunas desigualdades y ninguno de los contendores tenía ventajas en sus respectivas posiciones. Inmediatamente se formaron dos cuerpos en el orden siguiente: la infantería se colocó en batalla por cuerpos, en línea paralela a la del enemigo, apoyando su izquierda en unos barrancos del lado del río, y la caballería a la derecha, distante de la infantería como 200 varas: algunas partidas de cazadores fueron destacadas a molestar al enemigo por el centro de las dos armas. Este avanzaba en el mismo orden de batalla, por el centro, y una columna de caballería por su izquierda, a la vez que las guerrillas de Joaquín de Paz, como en número de 200 hombres, pasando el río por el paso principal, es decir, sobre nuestro flanco izquierdo, nos llamaban la atención por esa parte, dirigiendo sus fuegos con bastante precisión, principalmente sobre nuestra infantería, que sufriéndolos de firme, y cubriendo los claros, por órdenes que al efecto daba el intrépido Serviez, no le era permitido todavía disparar sus armas, no obstante que el enemigo estaba ya a medio tiro de fusil. A esta distancia hizo alto continuando siempre sus fuegos. Una pequeña partida de nuestra caballería, a las órdenes del valiente capitán Solís, salió a ensayarse con otra del enemigo, y habiendo aquélla triunfado se encarnizó en la persecución hasta casi llegar a las manos con su infantería, en cuyas circunstancias murió Solís, y su partida corrió, casi toda, la misma suerte. Desde el momento que el enemigo hizo alto, ya era de presumirse que la firmeza con que se le esperaba le había impuesto respeto. Recordando yo el suceso de Calibío dirigí al comandante Dufour la voz de "avanzar", que fue apoyada por el oficial Pedro Pablo Cabal, y por todos los voluntarios de Buga, que formaban a la izquierda del escuadrón de Antioquia. Dufour manifestó que no podía avanzar sin que se le diera la orden por los superiores, a cuyo efecto mandó a su ayudante Gamba a solicitarla. Entre tanto nuestra infantería empezó sus Fuegos con una descarga simultánea de todo su frente; el enemigo se movió paso atrás, y su izquierda formó Martillo. Era, pues, llegado el momento de empeñar la caballería, y con tal objeto yo insistí en la carga, y, moviéndome hacia adelante con los voluntarios de Buga a la voz de "avancen", se vio Dufour comprometido a seguir la impulsión de la caballería, y se verifico la carga antes de recibirse la orden. En el momento mismo nuestra infantería cargaba impetuosamente, y sin más maniobra, el enemigo se desordenó, volvió caras a escape y su derrota fue completa, habiendo perdido en las dos horas que duró la función la mayor parte de su ejército con sus mejores oficiales, entre los cuales se cuenta al segundo en jefe, coronel Cucalón, y al comandante Joaquín de Paz. Nosotros tuvimos entre muertos y heridos como 190 hombres, oficiales y soldados.

Continuando sin cesar la persecución de Vidaurrázaga y de los que lograron escaparse, lo que fue encargado a Serviez con la caballería y 200 infantes, no paramos hasta más allá de Alegrías, en donde pasamos la noche, para continuar la marcha al día siguiente sobre Popayán, reunida toda nuestra tropa, y al tercer día entramos en la ciudad (el 7 de julio de 1815) sin haber encontrado la menor resistencia durante la marcha.


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