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CAPITULO V

 

Yo, aunque levemente herido, me hallaba mandando el puesto avanzado compuesto de 16 hombres, cuando recibí, a eso de las siete y media, la orden de replegar a un troje de trigo que nos había servido de hospital de sangre y en donde estaba el general con los restos de la división. Inmediatamente que me presenté pidiendo órdenes, hizo el general que los oficiales nos acercásemos, y nos manifestó la resolución de volver a Tacines a reunirse con la reserva, que sobre no parecer, corría el riesgo de ser batida aisladamente. A los heridos que no podían emprender la marcha les manifestó que se mantuviesen en el troje hasta muy a la madrugada del día siguiente, en que se proponía estar otra vez allí. A mí me previno marchar con mis 16 hombres a retaguardia para sostener la retirada y no permitir que se quedase ningún individuo atrasado. En este orden nos pusimos en movimiento por un bosque muy espeso, sin senda alguna. La noche era demasiado oscura, y como el enemigo no se enteró de nuestra retirada, pudimos hacerla sin ser inquietados. Como siempre sucede en semejantes casos, y deben haberlo experimentado los que han hecho esta clase de marchas nocturnas por entre bosques, yo me encontré atrasado con mi partida a eso de la media noche, y sin saber la dirección que llevaban el general y la tropa, pues no tenía arbitrios ni para observar las huellas, en cuya penosa situación fue preciso resolver que pasásemos el resto de la noche de pie firme, hasta que, con el día, pudiéramos descubrir la dirección del general. El teniente de mi compañía, Antonio Ortiz, hijo de Anserma, en el Valle del Cauca, se había atrasado por su estropeo y refundídose en mi partida. Al amanecer del siguiente día pudimos reconocer las huellas del ejército, y, siguiéndolas, descubrimos a poco trecho unas alturas limpias y erizadas de hombres, que luego conocimos eran enemigos, pues se les veía hacer fuego hacia adelante. Yo estaba cortado, y en la alternativa de rendirme o perecer con honra haciendo un esfuerzo extraordinario, no vacilé en tomar esta última resolución, que comuniqué a mis soldados y al teniente Ortiz, quien la aprobó. Como estábamos todavía entre el bosque, no habíamos sido descubiertos por los enemigos, sobre los que marchamos sigilosamente, y, rompiendo el fuego a quemarropa, sin darles lugar para calcular nuestro número, logramos dispersarlos y abrirnos un paso, que era presumible nos habría costado la vida si se nos disputa. El enemigo creyó seguramente que ésta era una emboscada que intencionalmente se había quedado para seguirles a su retaguardia mientras les hacían cara las tropas del frente, y a esta feliz casualidad debí por entonces mi salvación, sin haber perdido más que 2 de mis soldados.

A poca distancia di alcance, ya en el campo de Tacines, a la división. Yo esperaba que allí encontraríamos nuestra fuerza de reserva pronta a rehacer lo que habíamos perdido; pero ¡cuál fue mi sorpresa al ver nuestra artillería clavada, sus montajes inutilizados, nuestras tiendas de campaña despedazadas, y muchos de los heridos de esa memorable batalla exhalando su último aliento, por la gravedad de las heridas, por el hambre y por el frío! No veía por parte alguna uno solo de nuestros compañeros de reserva en estado de llevar armas, y este espectáculo, verdaderamente lastimoso y extraño, me hizo juzgar al principio que dicha división había sido atacada y batida, como lo había temido el general; mas luego me desengañé al saber que las noticias que había dado el comandante Monsalve, de quien ya he hablado más arriba, habían dado lugar a una Junta de guerra compuesta de los jefes que allí estaban, y que éstos, juzgándonos perdidos a los de vanguardia, habían deliberado inutilizar todo lo que no podían llevar, abandonar hasta sus equipajes y salvarse por una pronta retirada antes que el enemigo cayese sobre ellos, y que todo lo habían puesto en ejecución desde la víspera. Los jefes que tal resolución tomaron fueron el coronel Ignacio Rodríguez y los comandantes Cancino, Vego y Monsalve.

Atónitos a la vista del campo y sorprendidos con las noticias inesperadas de la retirada de nuestra reserva, no se recibían ningunas órdenes del general, al paso que los enemigos se engrosaban a nuestra retaguardia y nos hacían un fuego destructor. Tomando entonces la voz el coronel Cabal, dio orden de que todo el mundo entrase en formación, pues todo era desorden. Yo recibí la de hacer regresar una partida de nuestros granaderos que continuaba la retirada discrecionalmente, pero en tales circunstancias de nada podían valer mis insinuaciones, mis preceptos y mis ruegos. Yo fui desobedecido, atropellado y amenazado de muerte si insistía en sujetar a los que huían. Por otra parte, ya continuaban la retirada los demás, y, por consiguiente, no se podía pensar en otra cosa que en salvarse; pero esta salvación no podía lograrse sino en el mejor orden, e importaba inculcar en los soldados este saludable principio. Habíamos ya descendido de las alturas y nos hallábamos cerca de Chacapamba, en el punto mismo en que confluyen los otros caminos que vienen del Juanambú, a saber: el del Boquerón y el de Buesaco, y no sabiendo cuál de los dos tomaría la masa, manifesté esta duda a los que se habían adelantado, lo que produjo al fin el resultado de empeñarlos a hacer alto hasta la reunión de todos. A los pocos minutos se verificó ésta y se propaló el rumor de que el general en jefe no estaba allí y que era preciso no dejarlo caer en poder del enemigo, si se había quedado disperso. Con tal motivo ordenó el coronel Cabal que se hiciese alto y se volviese a retaguardia en solicitud del general, cuyas disposiciones apoyaba con toda la fuerza del amor filial el capitán Antonio Nariño, hijo del general, y de quien ya he hablado en otra parte. Debo decir en obsequio de la justicia y del lustre de ese heroico ejército, que a pesar de que ya no se pensaba sino en ganar tiempo y terreno, antes que la masa del enemigo viniese en nuestra persecución, pues hasta entonces no nos perseguían sino algunas partidas en desorden, a pesar de esto, digo, nuestros soldados, a la noticia de que el general estaba comprometido, oyeron la voz de sus oficiales, entraron en formación y aun marcharon a retaguardia hasta recobrar los primeros puestos que ya ocupaban los realistas, en donde no encontraron a Nariño, y sin esperanzas de rescatarlo, se ordenó nuevamente la retirada por el camino de Buesaco, perseguidos y hostilizados por guerrillas enemigas en todas direcciones, y sin cesar un momento. A más de esto se nos habían puesto obstáculos por dondequiera, destruyendo los puentes de los torrentosos ríos y quebradas, escarpando el terreno y empalizando el camino. Nuestras bajas eran incesantes, y apenas llevaríamos ya unos 250 hombres, resto de la valiente división de vanguardia.

Afortunadamente ya todos estaban convencidos de la necesidad del orden y de la disciplina para no ser víctimas de un enemigo feroz e implacable. El bizarro coronel Cabal, pie a tierra, marchaba siempre a retaguardia, con una sangre fría y un denuedo estoico que reanimaba los espíritus abatidos por tan poderosas causas. No sólo recibía el fuego de los que nos perseguían encarnizados a nuestras espaldas, sino hasta tiros de piedra, que algunas veces le hicieron contusiones; pero nada le inmutaba ni conmovía: quería ser el último en la retirada y correr más peligros que los otros. Yo estoy convencido de que esta conducta de Cabal contribuyó no poco a nuestro salvamento.

De cuando en cuando hacíamos pequeños altos para descansar, y durante la noche para dormir algunos momentos. Al amanecer del día siguiente empezábamos ya a descender al Juanambú cuando vimos nuestra columna de reserva del otro lado de la quebrada de Sanajanacatú próxima a entrar en la montaña de San Lorenzo y a una distancia como de cuatro horas de camino por lo quebrado del terreno. Nuestro jefe hizo que se desplegasen nuestras banderas, que se diesen algunos toques característicos de nuestro ejército, y que se hiciesen algunas descargas para llamar la atención de nuestros compañeros, quienes, habiéndonos reconocido, suspendieron su marcha y se resolvieron a esperarnos. Lo que más debía entorpecer la nuestra era el paso del terrible Juanambú, pero la Providencia vino a consolarnos en este conflicto. Un árbol inclinado hacia la otra parte del río, desde cuya última rama, haciendo un salto, se caía con el agua solamente a la cintura, nos sirvió de puente, y en breve rato ya habíamos superado este grande obstáculo, en cuyo paso, si hubiéramos perdido tres horas de tiempo atravesando el río por maromas, no hay duda que cayendo el enemigo sobre nosotros, todos habríamos perecido indubitablemente durante la operación. Perdimos, no obstante, algunos ahogados.

Antes del medio día ya habíamos alcanzado a nuestros compañeros de reserva, y el mismo día pasamos la montaña de San Lorenzo. Al siguiente llegamos al otro lado del río Mayo. En este día no sólo experimentamos, como los dos anteriores, los fuegos de las partidas que nos acosaban, sino que, cerca del pueblo de La Cruz, fuimos intimados a rendirnos por el famoso comandante del Patía Joaquín de Paz, a la cabeza de 500 hombres con que se presentó en nuestra vanguardia. La contestación que se le dio fue hacer marchar contra él al comandante Vego con el resto de sus cazadores en batalla, que, a pesar de no ser sino como 100, no nos resistieron la carga en línea; pero dispersos en guerrillas, sí hicieron algún daño en los cuerpos, y habría sido mayor si el coronel Cabal no lo hubiera previsto y puesto remedio oportuno. Esperaba Paz que nosotros descendiésemos al Mayo para cargar a nuestra retaguardia, siempre dominándonos; pero nuestro jefe, que por propia experiencia conocía la manera como obraban las guerrillas del Patía, hizo que el comandante Monsalve se emboscase en la altura con cosa de 100 hombres de su cuerpo, y que al descender los patianos sobre nosotros les saliese a su retaguardia y los cargase velozmente. Todo se ejecutó conforme al plan: pocos murieron de los enemigos, y no hubo prisioneros, pues se escaparon como liebres por los riscos, aunque bastante escarmentados. Por nuestra parte tuvimos algunos heridos.

A las dos marchas llegamos al pueblo del Trapiche, en donde desde el principio de la revolución se declararon patriotas los más de sus habitantes, porque su cura, el benemérito presbítero Belisario Gómez, lo era muy de corazón. Allí pasamos una buena noche durmiendo con tranquilidad, después de haber comido con abundancia. A la otra marcha fuimos a la ciudad de Almaguer, en donde se nos dio a todos una paga con el dinero restante de la caja del ejército que había salvado la división de reserva. La noticia de esta distribución hizo que abundasen los víveres de que nos abastecimos, aunque a caro precio. La noche siguiente pernoctamos en la viceparroquia de La Vega. En esta marcha mi herida se irritó de tal manera, que temí ser abandonado por no poder marchar a pie; pero por diez y seis pesos que ofrecí de alquiler por una caballería se me proporcionó una mala yegua que talvez yo fui el primero que la cabalgaba. Al siguiente día pasamos el río Guachicono, y al otro llegamos a La Horqueta sin más novedad que la de costumbre (guerrillas por todas partes). En ese punto hicimos prisioneros 3 oficiales de las guerrillas del Patía, que, embriagados de licor, y tomándonos por de los suyos, se entraron a nuestro campo incautamente. Esta adquisición en tales circunstancias nos era muy importante, porque conservándolos en rehenes, podíamos evitar que quitasen los enemigos la vida a nuestros prisioneros, o que no nos persiguiesen más, por temor de hacer daño a sus oficiales, que eran famosos entre ellos. Al siguiente día llegamos a la hacienda de Los Robles, en donde creíamos pasar una buena noche, ya porque no estábamos sino dos horas distantes de Popayán, ya porque siendo de teja la casa de dicha hacienda, con muchos cuartos para acomodarse la gente y circunvalada de buenos cercos, parecía que con tres avanzadas inmediatas a la casa estábamos libres de ser inquietados; mas no sucedió así, pues los patianos, después de haber burlado la vigilancia de nuestros centinelas, se habían entrado hasta el patio de la casa y nos habían herido algunos soldados que salían a tomar agua en una fuente, lo que nos obligó a estar constantemente sobre las armas. Por fin, al octavo día de marcha en retirada, llegamos a Popayán. Hasta este día tuvimos todavía que sufrir las asechanzas de las guerrillas. Inmediato a la casa en donde habíamos pernoctado corre el pequeño río de Los Robles, en cuyo paso fueron asaltados y atrozmente mutilados con armas blancas algunos de nuestros individuos, que, creyéndose ya libres de todo peligro, se habían adelantado como unas 150 varas del ejército. Este es el lugar de decir que cuantos individuos se separaban de las filas, a diez pasos siquiera, eran precisamente sacrificados o cruelmente heridos Con este motivo el coronel Cabal, tan justamente enfurecido por la lastimosa escena que se le presentó a la vista de las víctimas, hizo reunir los oficiales para deliberar sobre la suerte de los tres prisioneros de La Horqueta, los que fueron condenados a ser fusilados inmediatamente, cuya ejecución se verificó en una altura, del otro lado del río. Mejorado yo de mi herida fui nombrado otra vez para marchar a la descubierta, hasta la entrada en Popayán. Allí llegamos como 600 hombres, restos de 3.000 de que constaba el ejército al abrir las operaciones sobre Pasto, y con cuya fuerza, dirigida por un general mas experimentado, aunque no hubiera poseído el grado del valor de Nariño, es probable que hubiéramos libertado, cuando menos, el territorio de la antigua presidencia de Quito (hoy república del Ecuador), cuyos habitantes, en la mayor parte amigos de la independencia, por la que habían hecho sacrificios costosos desde el año de 1809, nos esperaban con los brazos abiertos y nos habrían dado toda clase de recursos en medio de su entusiasmo patriótico.

El general Nariño prefirió, en mi opinión, quedarse espontáneamente en poder de los enemigos, antes que salvarse y sufrir las reconvenciones que le habría hecho la nación y aun los denuestos que le hubieran dirigido sus enemigos políticos. La historia se ha ocupado ya, y aún tiene que ocuparse, de este ilustre personaje, que si, como hombre político, tenía talentos y previsión, y como militar le sobraban valor y energía, en ambos respectos le faltaba la prudencia, un poco de tolerancia y la experiencia, tan necesarias en las circunstancias en que estuvo colocado, y que sólo se adquieren con la práctica de los negocios. Yo respeto mucho la memoria de mi antiguo general, pero temo que, en su calidad de capitán, el fallo de la posteridad eclipse un tanto el brillo de sus hazañas militares, y le haga cargos por la proscripción de Campomanes, Serviez y el Barón de Chambull.

 

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