CAPITULO XLI
Pero antes de salir de Roma me resta dar idea de algunas de las
cosas curiosas que he visto en Italia y que me parecen dignas de
publicarse. No se crea por esto que voy a describir las galerías de
cuadros y estatuas, a hablar del Coliseo, de la columna Trajana,
del
Forum romanum, de las villas, de los paseos, de los
palacios, de las basílicas, del Vesubio, de la Pompeya, de la
Herculana y de tantas otras maravillas con que el arte ha
embellecido esos países renombrados, y que los fenómenos de la
naturaleza los ha hecho admirables. No, nada de eso, pues no quiero
hacer el papel ridículo de plagiarlo publicando lo que ya han hecho
tantos otros peritos en la materia. Acostumbrado a llevar un
memorándum de todo cuanto veo y observo, que llame la
atención, lo he consultado en mi cartera de bolsillo para
entresacar de ella lo que en mi juicio valga la pena de
comunicarse, y después de leer lo ya escrito hasta aquí, he
advertido que se me quedaban en el tintero algunos incidentes
italianos, con cuya relación daré término a esta parte de mis
memorias, pues pienso publicarlas en París cuando, a mi regreso,
pase por esa capital, y acaso no ocurra nada que agregar sino la
fecha de su impresión.
Nápoles me ha parecido una ciudad admirable desde el punto de
vista de las artes y de la naturaleza, y después de haber recorrido
casi todo el reino de las dos Sicilias e informádome de cuanto hay
en él digno de la atención de un curioso, y que merezca referirse,
me he formado el juicio siguiente:
El gobierno es despótico en la extensión de la palabra. Allí no
hay garantías de ningún género para sus habitantes, salvo las que
se derivan del derecho del más fuerte en las relaciones
internacionales. La corrupción de las costumbres es tal, que no
hallo cómo calificarla. Más de 40.000
lazzaroni, que es
gente la más soez, ignorante y perezosa de cuantas hay en la
tierra, vagan por las calles o duermen a pierna tendida sobre las
murallas, en las plazas públicas y hasta sobre los muladares,
satisfechos de obtener, a beneficio de su destino de hombres de
cordel (cargueros del lugar), un
baioco con qué comprar
macarroni (fideos) que, siendo sumamente baratos, es el
alimento ordinario de los pobres, y felices son si pueden conseguir
cómo procurarse un poco de vino ordinario, que también es muy
barato. Estos holgazanes, cubiertos de asquerosos andrajos, hacen
parte de la fuerza pública en las graves necesidades, y entonces
son mantenidos por las rentas reales, de suerte que ellos anhelan
por revueltas, porque entonces la subsistencia les es más holgada.
Fanáticos y supersticiosos hasta el extremo, y crueles por falta de
cultura y civilización, son capaces de los mayores atentados, y
Dios libre al que caiga en sus garras cuando se hallan con un arma
que les haya dado el gobierno. Algunas personas con quienes hablé
de esto me indicaron que no sería difícil conseguir colonias de
emigrados entre esa clase de gente, mas yo les contesté que no
quería ni abrigar semejante idea, pues no era tan indolente que me
atreviera a llevar a mi país una semilla tan perniciosa.
No creo que el gobierno de las dos Sicilias pueda continuar por
largo tiempo bajo la forma que hoy tiene, y no me parece dudoso que
se haga, no muy tarde, un cambio político favorable al pueblo,
conforme a las ideas del siglo y a las conquistas que hace la
civilización, ni hallo que los soldados suizos, en quienes descansa
principalmente la confianza del rey de Nápoles, dejen de buscar en
otras ocupaciones más honrosas y lucrativas el trabajo que les
escasea en su pequeña pero afortunada república. Los suizos,
sobrios como son, fuertes, valerosos y democráticos, hallarían en
la América española tierras de labor hasta en los límites de la
nieve perpetua, análogas a su país, y lugares en donde pudieran
ejercer con gran provecho muchos ramos de industria en que son tan
hábiles. Una emigración de esa clase de gentes sí admitiríamos con
mucho gusto en la Nueva Granada.
Respecto de los Estados Pontificios me he formado la misma
opinión que de las dos Sicilias. No es posible consentir en que un
gobierno despótico y teocrático pueda subsistir dominando
indefinidamente un pueblo que no olvida su antiguo pasado, y que
habiendo sido el centro de las ciencias y las artes y la cuna de la
raza y civilización latinas, hoy no tenga otro blasón que el de las
llaves de San Pedro, ni otra importancia política que la de estar
allí el trono del Sumo Pontífice. Hoy día el imperio romano, tan
suntuoso en tiempo de los Césares y tan orgulloso en el de la
república, se sostiene solamente por la influencia preponderante
del Austria y su intervención armada, y por la fuerte guarnición de
soldados suizos, que no sé por qué aberración venden sus leales
servicios a ciertos príncipes tiranos, a quienes la opinión pública
tiene proscritos irrevocablemente. Salgan los austríacos y los
suizos de Roma, y el cambio de su gobierno se verificará en el acto
bajo las mejores condiciones, dejando al Papa independiente de la
autoridad mundana y colocado en el excelso trono que le ha erigido
la religión del Crucificado.
Para dar una idea de la arbitrariedad de este gobierno, de su
tiranía y falta de buena fe, voy a traer a cuento dos hechos de que
soy testigo, pudiendo referir millares de anécdotas históricas en
la misma comprobación, si no temiera alejarme demasiado del punto
de partida enunciado en el epígrafe de esta obra, y muy
especialmente del que lleva por mote este capítulo.
Visitando el fuerte de Civita-Vecchia, en que se halla
perpetuamente enjaulado bajo barreras de hierro el famoso bandolero
Gasparoni, de quien la historia y las leyendas adulteradas han
hecho conocer sus proezas y maldades, quise satisfacer mi
curiosidad provocándolo a referirme aquellos de sus hechos más
notables y el modo como se le había desarmado. Durante dos horas me
entretuvo el tristemente célebre personaje sin dejarme qué desear,
y concluyó diciéndome poco más o menos que "el Papa lo
había engañado proponiéndole se rindiera sin temor ninguno bajo las
condiciones de que quedarían él y sus sesenta compañeros en plena
libertad, aunque con la obligación de retirarse al
extranjero, para cuyo viaje se les daría todos los recursos
necesarios, y, a más, algunos miles de escudos para la base de su
establecimiento en el lugar que eligieran para su residencia, y
que, creyendo que el Papa no le faltaría a su palabra sagrada ni
dejaría de cumplir sus promesas tantas veces y tan solemnemente
repetidas, se había rendido, cuando, conocedor como era del país y
contando con su gente, que no le cedía en valor y destreza, se
hubiera sostenido con ventajas, como lo había hecho durante mucho
tiempo y contra ejércitos enteros que se habían destacado en su
persecución, tanto de la parte de Roma como de la de Nápoles, pero
que el Papa los había engañado
infamemente, pues los tenía a
perpetuidad confinados a esa estrecha prisión, en donde había visto
morir a la mayor parte de sus compañeros, de los cuales no existían
ya sino once valetudinarios (que también vi), cuya existencia sería
muy corta", Al terminar Gasparoni esta narración,
exaltándose como un energúmeno, prorrumpió en maldiciones al Papa,
a los cardenales y obispos, sus intermediarios, que lo había
engañado tan miserablemente, pues que de antemano tenía motivos
para conocer su carácter falaz y su pérfida astucia.
"Vivimos aquí tan sólo por la caridad de algunos
extranjeros curiosos que nos visitan y nos pagan con usura estos
gorros de dormir, que es lo único que podemos hacer. De otra
suerte, ha mucho tiempo que los gusanos nos habrían
comido", fueron sus últimas palabras. Yo le pagué también
mi tributo, y me retiré preocupado con las tristes reflexiones que
me suministró la sincera relación del pobre Gasparoni.
Visitando otro día, en Roma, el castillo de Santo Angelo, vi.,
entre muchos
presos de Estado, a un sacerdote muy anciano y
venerable por su aspecto y ministerio, y preguntándole la causa de
su prisión, volvió por primera vez la cara hacia mí y con un aire
desdeñoso me hizo apenas con la cabeza un signo negativo, volviendo
a tomar su primitiva posición en forma de un autómata. Entonces el
capitán Balati, que era mi cicerone oficial, me dijo que
"ese infeliz clérigo llevaba ya muchos años de prisión por
haber dicho dos misas en un mismo día sin licencia del
soberano". Pasmado y enternecido, como es de inferirse en
presencia de ese cuadro desolador, que no necesita comentarios,
saqué diez escudos y los puse sobre la mesita que tenía por delante
esa triste víctima de leyes bárbaras; mas ni por esto logré llamar
la atención del clérigo, que continuó impasible y sin parpadear
siquiera. ¿Sería que los hombres le eran ya odiosos y lo habían
convertido en misántropo? ¿Sería que su sensibilidad lo había
abandonado en su dilatado martirio? ¿O sería que le estaba vedado
insinuarse?... Yo no pude interpretar lo que sería, y abandoné
pronto y desagradado este recinto de iniquidad y tormento,
sufriendo moralmente angustias inexplicables. Balati me instaba a
continuar viendo lo que había de más interesante en ese torreón
pagano que sirvió de mausoleo a uno de sus más famosos emperadores,
y hoy se halla convertido en una ciudadela, que sirve, entre otras
cosas, para la detención de los reos políticos y para el refugio
del Papa en sus conflictos y durante la semana de Carnaval, en que
se encierra Su Santidad, de temor de su mismo pueblo, que supone
tan fiel y tan consagrado a su autoridad.
La Toscana se halla bajo mejores auspicios, no por la forma de
su gobierno, que es despótica, sino por los buenos sentimientos, o
por mejor decir, a causa de la buena índole de los grandes duques
que han regido ese país, y gracias, también, a la feracidad de su
suelo, que parece haber recibido la bendición del Todopoderoso. Sin
embargo, ese hermoso Estado merece mejores destinos y no hay duda
que los conquistará cuando suene la hora infalible de la
confederación italiana.
El reino de Cerdeña, aunque no goza tampoco de muchas ventajas
en orden a su sistema político, sí contiene en sí, según las
observaciones que he podido hacer, el germen de la democracia,
pronto a desarrollarse profusamente. Los piamonteses poseen el
sentimiento de su valor y no olvidan la parte gloriosa que les cupo
en la gran lucha que sostuvo Napoleón Bonaparte contra el Austria,
su natural enemiga, y la más reacia en sus pretensiones. El
Píamente cuenta con las simpatías y proximidad de Francia y espera
resignado la hora de su regeneración. De Carlos Alberto, su actual
monarca,
se habla con variedad. Algunos le acusan de haber
sido débil en un complot promovido a su excitación por sus
compatriotas, con el objeto de mejorar las instituciones de aquel
reino y enarbolar la bandera que debe servir un día de punto de
reunión a los italianos, pero se le concede ilustración, denuedo y
sentimientos patrióticos. Se dice que espía la primera oportunidad
que se le presente para obrar en consonancia con sus deseos y que
el pueblo le secundará con la mayor decisión.
Los demás Estados de Italia, insignificantes como entidades
políticas y geográficas, donados a pretendientes surgidos de
robustos vástagos de los del derecho divino en calidad de
patrimonios para vivir con holganza, a título de cuasifeudos, no
deben contar con larga existencia, pues, naturalmente, vendrán a
formar parte de los grandes distritos en que se constituirá aquella
península, ya que por sí mismos no pueden figurar por falta de
elementos y por el modo anómalo con que se hallan incrustados en
ella.
El reino Lombardo-Véneto, que ha sido usurpado por el Austria y
lo conserva a viva fuerza como posición militar y marítima del lado
del Adriático, no está contento con su suerte, agobiado como se
halla bajo el yugo de un bajalato orgulloso e intolerable. Este
bello territorio no volverá a tener participación alguna en su
régimen político hasta que Italia no recobre su nacionalidad, lo
que, a mi modo de ver, no tendrá su cumplido efecto mientras no sea
apoyada decididamente por su Íntima amiga, Francia. La cuestión no
es sino de tiempo
(23).
París, 20 de julio de 1857.
__________
|
23.
|
Téngase presente que esta parte de mis
"Memorias" se publica con la fecha en que las
escribí; mientras que las presentes notas y el prólogo tienen la
data de la publicación.
|