INDICE

 

CAPITULO XL

 

En consecuencia, salí de Bogotá para Neiva el 6 de julio, y allí me hallaba reuniendo mis escasos recursos para proporcionarme los medios necesarios con que hacer mi viaje, cuando se me sorprendió con la noticia de mi designación en consejo de gobierno para Encargado de Negocios de la república cerca de la Santa Sede, para cuyo nombramiento el presidente tuvo la cortesía de captar mi voluntad, e interesarse en que lo aceptase, y habiéndome allanado después de algunos días y bajo ciertas condiciones, se me libró el diploma correspondiente, con acuerdo del Consejo de Estado, en 30 de noviembre del expresado año de 1838. Debo aquí anotar que de la escasa dotación de ese destino todavía se cercenaron 1.000 pesos anuales, y que en tal virtud yo hube de comprometer mis recursos particulares para sostener mi puesto con la decencia correspondiente. Antes de partir tenía el proyecto de atravesar por un desierto el ramo central de la cordillera de los Andes, animado con las noticias que se dieron de que algunos habitantes de la ciudad de La Plata habían podido descubrir que podía hacerse por allí un buen camino para evitar el pésimo de Guanacas, por donde se comunican las dos provincias de Popayán y Neiva. Positivamente, ejecuté este designio en siete días, andando pie a tierra con uno de los que habían pasado y tres mozos más, habiendo obtenido el más satisfactorio resultado, sobre lo cual di al gobierno oficiosamente informes tan detallados como me era posible.

Desembarazado de mis quehaceres partí de Neiva el 12 de febrero de 1839, y me embarqué en Cartagena el 14 de marzo con dirección a Nueva York, y habiendo visitado parte de lo mejor de los Estados Unidos, hasta la modesta tumba del inmortal Washington en MontoVernon, partí para Londres en el mayor vapor entonces conocido, el Great Western. Después de haber recorrido algo de Inglaterra, conocido su capital, presentádome a la Reina Victoria y sido acogido con muchas cortesías por lord Palmerston, ministro de Relaciones Exteriores, seguí para París, en donde me presenté igualmente al rey de los franceses, Luis Felipe I, quien me recibió con atenciones y benevolencia. De París partí para Roma, habiendo hecho el viaje por el Mediterráneo hasta Civita-Vecchia. El 3 de julio llegué a Roma, presenté después mis credenciales al secretario de Estado, que me recibió bien, y también merecí del Papa una audiencia privada, que no me dejó muy satisfecho, pues al manifestarle cortésmente las respetuosas consideraciones de mi gobierno a la Santa Sede, el señor Gregorio XVI me increpó la contradicción de mis palabras con los hechos, a causa de no haber otorgado el pase oficial a las bulas en que el señor obispo Balufi, internuncio de Su Santidad en Nueva Granada, era autorizado en lo relativo a negocios eclesiásticos. Yo repliqué al Papa que ''conforme a nuestra ley de patronato, ninguna bula, breve o rescripto pontificio debía cumplirse sin el exequatur del Poder Ejecutivo; que éste no tendría inconveniente en otorgarlo a las bulas en cuestión, siempre que no contuvieran algunas cláusulas contrarias a nuestros fueros y regalías, y que para obtener el pase le fueran presentadas (las bulas) por el internuncio, quien, no obstante, en su carácter diplomático, había sido bien recibido, y por su carácter privado era tratado con todas las consideraciones debidas; pero que yo consideraba éste un asunto extraño de mi misión, pues no se me habían dado instrucciones para el caso, en razón a que mi gobierno no había sido excitado oficialmente por el señor Balufi a dar el pase a sus poderes apostólicos". El Papa me repuso que "se prometía de la religiosidad del gobierno neogranadino llegar a la mejor inteligencia con la Santa Sede", y con esto se puso término a mi visita y me despedí urbanamente.

A los pocos días me ordenó mi gobierno presentar al Santo Padre una nota del Ecuador, por defecto de un ministro de esa república en Roma, interesándome para el favorable despacho de su contenido, que consistía en varias observaciones que el gobierno ecuatoriano hacía a Su Santidad contra su resistencia a preconizar como obispo de Cuenca al doctor Pedro Antonio Torres, que había sido presentado para esa mitra. Obtenida la audiencia solicitada por mí, me presenté y entregué al Sumo Pontífice el pliego referido, haciendo la apología del doctor Torres, etc. Ya podía yo expresarme en italiano, y concluido mi discurso, descendiendo el Papa de su trono me felicitó porque ya hablaba su idioma, esforzándome a continuar hablando en esa lengua sin encogimiento y dándome un estrecho abrazo, me añadió: "Mi querido generale ( caro mio generale) : estoy muy contento porque usted hable ya italiano, pues ahora sí nos podremos entender mejor y conversar algunas veces de esas remotas regiones de las Indias Occidentales, y principalmente de la Colombia, por cuya república he tenido fuertes simpatías, que usted no desconocerá; siendo todavía cardenal yo procuré el nombramiento de sus obispos, y elevado a la silla papal reconocí su gobierno, y en prueba de mi amor paternal les he mandado un internuncio apostólico. En cuanto a la recomendación que se me hace del señor Torres para que le preconice obispo de Cuenca, haré lo que convenga más a la Iglesia, y a su tiempo tendrá usted el resultado, que no dudo le complacerá". Esta recepción, infinitamente más cortés que la primera, me hizo variar de opinión respecto del carácter personal del señor Gregorio XVI, que no hay duda tiene un buen corazón y otras prendas distinguidas. Yo me despedí, dejando entender al Papa mi satisfacción por la buena acogida que me había hecho esta vez.

A propósito de esta recomendación diré que "la causa del señor Torres se hallaba en muy mal pie a virtud de informes que habían llegado a la curia romana contradiciendo el proceso canónico de vita et moribus, que se había formulado y remitido a la curia romana con nota de su presentación para el obispado referido. Por mi parte, y cito como testigo al señor Fernando de Lorenzana, secretario de esta Legación, he hecho cuanto me ha sido posible para el mejor desempeño de mi misión,ya acercándome al secretario de Estado, cardenal Lambruschini, ya al secretario de Breves, monseñor Brunelli, ya pasando notas a aquél, con el objeto de desvanecer las impresiones desfavorables que habían producido en la curia los informes secretos de personas respetabilísimas del Ecuador contra la conducta del doctor Torres (expresiones textuales de monseñor Brunelli), ya haciendo una protesta solemne sobre la fe religiosa del señor Torres, con instrucciones y por recomendación del interesado, ya, en fin, recordando a cada paso el despacho del negocio y aun exigiendo la respuesta a mis notas, por medio del comisionado Radici, pero nada se me ha querido contestar categóricamente y desconfío de obtener un resultado satisfactorio en el poco tiempo que debo permanecer en Roma.

Me he visto obligado a hacer este relato con detalles minuciosos porque, habiendo discrepado en opiniones políticas con el doctor Pedro A. Torres, con quien, no obstante, he guardado la mejor armonía en lo privado, y aun dispensándole consideraciones en circunstancias solemnes, temo que mi conducta pueda parecerle dudosa o que sospeche que no he procurado hacer en su favor todo cuanto era de mi deber.

Volviendo a mis relaciones con la Santa Sede, manifestaré que casi todo cuanto he pedido para la Nueva Granada me ha sido concedido sin mayores dificultades, recibiendo muy buena acogida por parte de los personajes públicos a quienes me he acercado, y muy especialmente de monseñor Cappacini, en quien he encontrado reunidas la ciencia del hombre público y la filosofía del hombre privado. ¡Ojalá este excelente y modesto prelado ocupe un día la silla de San Pedro para bien del mundo cristiano!

No debo pasar por alto que no merecí mucho acatamiento por parte de algunos, que no me sería difícil calificar. Voy a explicarme: con frecuencia se arrojaban inmundicias durante la noche sobre el escudo de armas de la república que tengo colocado sobre el frontis del palacio que habito, y este abuso no cesó hasta que propalé que "iba yo mismo a velar con mis pistolas para descubrir a los autores de esa fechoría". Por fortuna, esta amenaza fue suficiente a imponer respeto a los asquerosos burlones, y el hecho no volvió a repetirse.

En mis entrevistas con monseñor Brunelli hube de hacerle presente, en varias conferencias, el derecho en cuya posesión nos hallábamos, derivado del tratado de patronato eclesiástico que se celebró entre el rey de España y el Santo Padre; más Brunelli, con una risa sardónica, me contestaba siempre que "en Roma no se reconoce nuestro derecho conforme a ese tratado, y que los concilios y demás disposiciones de la Iglesia autorizados por el Santo Padre, son las únicas reglas de conducta que reconoce la Curia romana en las relaciones con los gobiernos de las antiguas colonias españolas que se han independizado de la Metrópoli9'. Yo le he preguntado si sería posible celebrar directamente un tratado de concordato entre el Papa y mi gobierno, y él me ha contestado con cierto desdén ofensivo: "Eso no se puede siquiera proponer, ni el Papa consentiría en semejante cosa". A mi tumo le repuse: "Pues si tal es la resolución del gobierno pontificio, desde ahora puedo asegurar a monseñor que el lazo que nos une no puede ser de larga duración".

Al entrar la cuaresma, tiempo dedicado en Roma -hablo de la corte- al recogimiento religioso, y en que las oficinas de la alta jerarquía están, por lo común, cerradas, sin dar evasión sino a los grandes negocios de Estado, yo quise aprovechar mi tiempo haciendo un viaje a Oriente para conocer los lugares tan renombrados por los clásicos latinos, en que yo había aprendido a traducir medianamente ese idioma, y llevando esos libros en mi mano junto con los Viajes de Lamartine al Oriente y el Itinerario de Chateaubriand a Jerusalén, etc., recorrí la isla de Malta, la Grecia y la mayor parte de la Turquía, acompañado del señor Andrés Rivas Tobar, de Caracas. Tuve la pena de no haber podido penetrar en la Palestina por habérmelo impedido la peste que reina actualmente en Egipto, en donde están interrumpidas las caravanas, y es muy difícil, por no decir imposible, encontrar siquiera un cicerone en estas circunstancias, a más del riesgo inminente que se corre en esos desiertos cuando se marcha sin una escolta, y del peligro no meaos grave con que es uno amenazado por el contagio de esa terrible enfermedad. Muchos esfuerzos hice, y aun a pesar de esos inconvenientes ya había formado mi resolución de viajar a la Siria y la Palestina, pero el capitán del vapor en que yo iba me exhortó a no pisar la tierra de Alejandría ni las demás riberas del Egipto porque me exponía a no encontrar ni en donde alojarme, a causa de hallarse todo el mundo en cuarentena por resolución de su gobierno. Entonces supe con asombro que MehemetoAli, virrey de aquella comarca casi independiente del gobierno turco, es un hombre bastante ilustrado, que sin respetar la preocupación del fatalismo, que es un dogma del Corán, profesado por todos los musulmanes, había prescrito varias medidas de policía que preservaran la población del contagio pestífero, lo que estaba produciendo muy buenos resultados y que casi todo el mundo, principalmente las personas de comodidad, se habían encerrado en sus casas como en estado de sitio.

Desesperado, pues, de no poder lograr mi vehemente objeto, regresé a Roma a principios de junio del año de 1840, sin que valga la pena de referirse de mi viaje a Oriente sino lo que voy a poner en conocimiento de mis lectores.

Habiendo llegado a la isla de Sciros, una de las de la Grecia, cuya población está dividida entre católicos romanos y cristianos cismáticos, visitando, como de costumbre, lo que había de más curioso, llegué con mi compañero Rivas al Colegio Seminario católico, que forma la corona del cerro, todo poblado a estilo oriental; allí fui recibido por el rector, que es un clérigo joven, y habiéndole dicho, provocados por una pregunta de él, que éramos colombianos, con una admiración que debía sorprenderme, exclamó: "¡Colombianos! ¡De la América meridional! ¡De la patria de Bolívar! ¿Y por dónde han venido ustedes? ¿Y cuántos años han gastado en su viaje?" A todo lo cual respondí de una manera que aumentó la estupefacción del clérigo, pues no podía considerar cómo habíamos podido venir en tan poco tiempo, cómo no habíamos perecido en el océano, cómo no habíamos caído en manos de los descomunales piratas, por qué misterio íbamos a la Grecia, y quién había podido inspirarnos, allá en esas regiones casi fabulosas, el conocimiento de que existía esa nación recién salida del dominio turco. Yo no sólo le satisfice sino que le señalé mi Virgilio y otros libros que llevaba conmigo. Entonces fue cuando el rector, poniéndose la mano sobre su frente y echándose para atrás, me dijo en tono bajo y articulando las palabras como embarazado para pronunciarlas: "¡Dios mío! ¡Y es posible que los sudamericanos sepan latín y francés, a más del italiano en que ustedes hablan! ¿Quién puede haber llevado a tan remotas y casi ignoradas regiones las lenguas que ustedes conocen? ¿O acaso ustedes las han aprendido en Europa?" Riéndome, como era natural, de la ignorancia de mi interlocutor, le hice comprender que no estábamos tan atrasados como se creía por acá, dándole una idea de aquellos países. Entonces el clérigo entró a un aposento, sacó una botella de un licor suave y una tasa de dulce de limón, y llenando una copita de lo primero, nos dijo: "Nosotros acostumbramos celebrar en familia los acontecimientos más plausibles, y empezamos por recibir de la persona que hace los honores de la casa la distinción más cumplida, que consiste en tomar todos de una sola copa el licor que se nos brinda; quiero dar a ustedes esta prueba del gozo que experimento con tan honrados huéspedes, acaso los primeros sudamericanos que hayan pisado esta tierra", y llevando a sus labios la copa y haciéndonos con su propia mano beber un poquito de licor, hizo lo mismo con la compota de limón, introduciéndonos una pequeña cucharada en nuestra boca, después de lo cual nos previno tomásemos a discreción de ambas cosas. Concluida esta ceremonia nos suplicó el rector inscribiéramos nuestros nombres en un gran libro, en que los visitantes curiosos de este establecimiento ponían el suyo con el aditamento de su edad, su empleo o profesión, y el lugar de su nacimiento, asegurándonos que eran los primeros nombres de las Indias Occidentales que figuraban en su catastro. Nos despedimos luego con la mayor cordialidad, y el rector nos hizo al día siguiente una visita, que nosotros le correspondimos.

Nos hallábamos en Atenas recorriendo los antiguos monumentos derruidos por el tiempo y por las guerras, y entre los pocos nuevos que existían se presentaba un hospital militar que nos llamó la atención; y en donde nuestro cicerone nos aseguró había también una cantina en que podíamos refocilarnos. Nos dirigimos a ese establecimiento, en cuya entrada había varios oficiales haciendo libaciones a Baco, y, habiéndonos oído hablar español, se acercaron a nosotros para informarse de lo que pasaba en la península española con respecto a la guerra de sucesión que allí hacía don Carlos. Nosotros les contestamos que, aunque éramos de origen español V de la lengua castellana, habíamos nacido en la América meridional, a lo que siguió el diálogo siguiente:

Un capitán griego: -¿Ustedes de la América meridional? ¡Esto es increíble!

Uno de nosotros: -Sí, señor, somos americanos del sur.

Capitán: -¿Y cuánto tiempo han empleado ustedes en venir a Europa?

Uno de nosotros: -Menos de 20 días, en vapor. Capitán: -¡Menos de 20 días! ¡Esto es asombroso! Otro oficial: -Ustedes serán de la Colombia, ¿no es verdad?

Uno de nosotros: -Precisamente somos de la Colombia.

-Oficial: -¿De la patria de Bolívar? López: -Sí, señor, y yo soy uno de los oficiales generales de Colombia.

Capitán: -¡Es posible! ¡Usted ha combatido en el heroico ejército de Bolívar en la lucha con los españoles! ¿Y cómo ha podido salvarse y venir a este país?

López: -Mi salvación es milagrosa, y en el instante que me lo han permitido mis ocupaciones, he venido a conocer la patria de Leónidas, de Temístocles, de Milcíades, de Solón, de Licurgo, de Sócrates, de Platón y de tantos hombres ilustres de los tiempos remotos en que figuraron, y a ver por mis propios ojos a Esparta, en donde fue, a Atenas, las Termopilas, Maratón, Salamina, el Istmo de Corinto, la isla de Chipre...

Interrumpiéndome el capitán, me dijo: -A propósito, tenemos el mejor vino de Chipre, y debemos obsequiar a ustedes con unas copas. ¡Camaradas! (dirigiéndose a sus compañeros), vamos a brindar por el gran Bolívar, que supo conquistar la independencia de su patria.

-Y por su invencible ejército, dijo otro de los oficiales, y apurando las copas y comprometiéndonos a no dejarnos vencer en esa lid como buenos colombianos que éramos, nos entretuvieron por más de dos horas, haciéndonos preguntas incesantes sobre nuestra guerra de independencia y sobre la tiranía de los españoles, que (decían los oficiales) sabemos que ahorcaron a los hombres más ilustres que tenían ustedes, y entre ellos a un sabio, de cuyo nombre no me acuerdo. "Ese sería Caldas", le repuse. "Sí, señor, Caldas, de quien he oído decir que habría rivalizado al barón de Humboldt si hubiera vivido veinte años más". Yo, al oír esta apología de nuestro nunca bien ponderado Caldas, mi paisano y mi pariente, al oír encomiar a ese venerando mártir de nuestra independencia por la boca de un griego y en su propio país, abracé a los once oficiales que nos obsequiaban y derramé algunas lágrimas de ternura. Este rasgo tenía demasiado mérito para que mi corazón no se hubiera conmovido. Los oficiales griegos también fueron tocados, y no se cansaron de hacernos manifestaciones.

El capitán, que era el de superior graduación entre ellos, nos hizo, por conclusión, el discurso que, en sustancia, era como sigue:

"Los colombianos supieron conquistar su independencia a costa de innumerables sacrificios; pero en recompensa gozan hoy de la libertad, habiendo establecido su república sobre los principios democráticos; mas nosotros los griegos, después de haber conquistado nuestra independencia de la Turquía, a fuerza de sangre y heroísmo, hoy se nos ha impuesto un rey, que aunque gobierna conforme a las reglas de las monarquías constitucionales, no es la forma de gobierno que nosotros apetecíamos, pues lo que deseábamos era la república. Sin embargo, estamos contentos en cuanto es posible, porque nuestra condición ha mejorado en un ciento por uno, si se compara a la que ella era ahora ha poco tiempo, cuando dependíamos del Sultán de Constantinopla. A más de eso, Otón es muy buen muchacho (un bambino troppo buono), que nos trata bien, nos complace, por lo común, en cuanto pretendemos, nos da buenas olimpíadas, haciendo los gastos de su peculio e imitando nuestras costumbres, y hasta nuestros trajes. Dios lo librara de no hacerlo así, pues a pesar de la Europa entera, nos sacudiríamos y proclamaríamos la república, o sucumbiríamos con gloria luchando por nuestra libertad".

Nosotros nos retiramos, y habiendo dado nuestra dirección a los oficiales, a petición de ellos, al día siguiente nos visitaron e hicieron mil atenciones, asegurándonos que no perdían la esperanza de visitar algún día la patria de Bolívar y Caldas.

En Grecia vimos cuanto hay que ver que llamara la atención de un viajero, desde el lugar en donde se reunía el Areópago hasta su Acrópolis, su templo de Minerva, el de Júpiter Olímpico y demás ruinas que atestiguan su antiguo esplendor. Recorrimos los campos más notables que aun hoy día son ilustrados por el recuerdo de las batallas memorables que en ellos se dieron, y entre los monumentos modernos no admiramos sino el palacio del rey Otón I, todo de mármol blanco y de un aspecto suntuoso, que contrasta con las cabañas de los miserables y las modestas casas de los hombres de alguna comodidad, que se ha empezado a edificar sobre las ruinas de esa ciudad. En nuestras excursiones nos convencimos de la miseria de la gente desvalida, miseria de que no hay ejemplo, pues con nuestros propios ojos hemos visto a los pobres comer crudos los rabos de las cebollas y las hojas exteriores de las coles, que entre nosotros son arrojadas a un muladar.

No pocos fueron los riesgos que corrimos en el interior de Grecia, país plagado de bandas de facinerosos, que sin cesar cometen depredaciones, no obstante que la policía los acecha y persigue cuando por casualidad se dejan ver en algún punto.

La visita de Turquía satisfizo mi curiosidad por cuanto allí la religión, las costumbres, los hábitos y hasta los trajes son peculiares a los mahometanos, quienes ya empiezan a civilizarse, gracias al empeño que su joven Sultán, Medjid, toma, a imitación de su padre, para hacerlos entrar en la vía de las reformas saludables que se han decretado por los dos últimos emperadores, para lo cual todos saben la catástrofe de los sesenta mil genízaros que fue necesario sacrificar sin piedad a la mejora de la situación social del imperio otomano.

Lo más sorprendente, sin duda, es el panorama de Constantinopla, vista desde el Bósforo, cuya descripción ha sido hecha por Lamartine y sería un atrevimiento mío pretender añadir una pincelada más a ese cuadro acabado, hecho por el más afamado de los literatos modernos.

Tuve ocasión de conocer, entre otros personajes, a Reschid Pacha, que, según la opinión de lord Palmerston, hablando conmigo en su gabinete, es el hombre de más provecho de entre los turcos, y el que está llamado a cimentar las reformas acometidas y otras que deben acometerse. También conocí al general en jefe del ejército turco, Tahir Pacha, y tuve la satisfacción de visitarlo en su serrallo, en donde me hizo ver sus baños, sus jardines y sus kioscos, y me presentó algunos de sus hijos, mas no a sus mujeres, porque esto le era prohibido por su religión, (son sus propias palabras). Con este personaje, cuya gloria militar resaltó más en el triunfo que sobre él obtuvieron los aliados en Navarino, tomé varias veces en su diván el rico café de Moca y los delicados sorbetes orientales, y fumé su aromático tabaco en una lujosa pipa de su propio uso. No pude conocer al joven sultán por hallarse enfermo y no haber podido salir a la oración en una de las mezquitas, según lo acostumbra, los días viernes, y aunque el conde de Pontois, embajador de Francia, me ofreció presentarme a su alteza en su serrallo de la Sublime Puerta, yo me excusé porque no había llevado uniforme.

La isla de Malta me pareció muy importante bajo el aspecto de sus fortificaciones, que a mi ver son inexpugnables. Allí permanecí unos 5 días de ida, y más de 25 a la vuelta, pues a causa de la peste que reinaba entonces en Alejandría fuimos obligados a guardar una cuarentena de 18. Fui presentado al gobernador, que, entre otras atenciones, me hizo conocer su quinta de San Antonio, y me regaló un canasto de nísperos del Japón, de los de sus primeras cosechas, que los traje a Roma y los obsequié a varias personas, que me los agradecieron como los primeros que venían a ese lugar, en donde apenas eran conocidos de nombre por los gastrónomos.

Con antelación había solicitado de mi gobierno las letras de retiro de esta Legación para volver a mi país, conforme a la palabra que me había dado el presidente Márquez, de otorgármelo tan luego como lo pidiera, que fue una de las condiciones con que acepté ese empleo, pero por más del tiempo doble de la distancia carecí de la contestación, hasta que, al fin, me llegó la nota en que se me dice haber accedido el gobierno a mi pretensión. Sólo eché menos la carta credencial que, conforme a estilo diplomático, debía haberse dirigido al cardenal Lambruschini, a quien hice presente que sin duda se había extraviado esa pieza, en virtud de cuya observación se me dio el pasaporte como con licencia temporal de mi gobierno para salir de Roma, único modo de cohonestar aquella falta, sobre la que no ha llegado el caso de hacer el comentario correspondiente.

Solicité luego una visita de despedida del Papa, quien no me la otorgó hasta pasados como veinte días de haber recibido el secretario de Estado mi oficio, y supe que la tardanza había consistido en que, al desembarcar en Civita-Vecchia, no había hecho la cuarentena prescrita por los reglamentos romanos y que el Santo Padre, informado de esto, había esperado que pasara un tiempo prudente para poderme recibir sin peligro de ser infectado por la peste que podía yo llevar incubada. Explicaré la causa de ese clandestino desembarco.

El vapor en que llegué a Civita-Vecchia era de guerra francés, que hacía el servicio de correo, y como, al llegar a la cala de ese puerto el mar se hallaba sumamente agitado, no venía pronto a bordo la visita de sanidad, en cuyo caso el capitán resolvió echar al agua su bote para pasar en él a llevar la correspondencia a tierra, y habiéndole propuesto Rivas y yo que nos condujese en el mismo bote, nos fue concedido, después de habernos hecho presente el riesgo que corríamos de naufragar. En tal virtud, pudimos desembarcar felizmente, entrar a un café, en donde había mucha gente que a porfía nos preguntaba qué había de la peste, y nosotros contestábamos que en los lugares de nuestra procedencia no reinaba la epidemia. En seguida fuimos a un teatro, y cuando la policía quiso tomar la medida de ponernos en el lazareto, ya era tarde, pues caso de llevar la peste eran muchos los que la habrían contraído estando en roce con nosotros. Se disimuló, pues, pero se dio cuenta al gobierno de esa ocurrencia, y a esto se debe la tardanza en recibir el Papa mi visita de despedida, pues los italianos tienen un miedo pánico a la peste oriental, y no pierden la tradición de los estragos horribles que les hizo ese huésped destructor muchos años antes.

La visita anunciada tuvo efecto. El Papa me recibió con muestras de particular consideración, y me obsequió con una bula de Oratorio privilegiado para mí y mis descendientes por línea de varón, manifestándome que eran pocos los soberanos y altos personajes que habían merecido esa gracia. En seguida se expresó así: "Diga usted, mi querido general, al presidente de la república Neogranadina, que he apreciado mucho las expresiones benévolas con que me ha saludado por conducto de usted, y las protestas que se me han dirigido de obediencia y respeto a la Santa Sede; que procure por todos los medios posibles que ese pueblo no renuncie jamás al beneficio inmenso de pertenecer a la comunión católica, apostólica, romana, porque prescindiendo de las ventajas morales que ofrece esta religión a sus creyentes, ella es el freno más eficaz para conducir la sociedad por el carril de sus deberes y no dejarla extraviar por los impíos, que sé no faltan, desgraciadamente, en esas regiones". Yo ofrecí a Su Santidad cumplir su recomendación y me despedí en los términos debidos.

Me preparo, pues, para partir a mi país, acompañado de mi antiguo amigo y condiscípulo el presbítero Primitivo María Grueso, a quien he logrado reunirme por recomendación de su buen padre el señor Felipe Grueso, que después de mil instancias, hincado delante de mi a pesar de haber pretendido estorbárselo, me suplicó, mejor diré, me conjuró a que le llevara a su hijo, como el único consuelo en su ancianidad, autorizándome a no evitar medios ningunos para lograr ese fin, en que consistía su quietud y bienestar en los últimos días que le restaban de vida. La empresa no dejaba de ser ardua, pues mi condiscípulo era jesuíta, mas yo me he esforzado en corresponder a la confianza del señor Grueso (padre) y he logrado que su hijo y amigo mío deje los votos de su instituto en los términos debidos, y espero conducirlo sano y salvo a nuestro país y presentarlo a su buen padre, restituyéndolo al país natal y a su sociedad doméstica.

Y al despedirme de esta corte debo dar un testimonio de agradecimiento al señor Fernando de Lorenzana, secretario de la Legación granadina cerca de la Santa Sede, por haberme servido de auxiliar eficaz en el desempeño de mis funciones públicas y porque me ha sido muy útil bajo otros aspectos por las buenas relaciones que conserva en esta capital con sus principales personajes y con el señor Gregorio XVI, que tiene por él un aprecio distinguido. El señor de Lorenzana es, además, un sujeto muy instruido y de una probidad proverbial.

 

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