INDICE

 

CAPITULO IV

 

Libre entonces todo el norte de la antigua provincia de Popayán, se daba al ejército en esa capital el vigor necesario para continuar sus operaciones sobre Pasto y Quito. Se organizó, en vez de una compañía, un pequeño batallón de 300 cazadores, dando el mando a Vego, que fue ascendido a teniente coronel. Yo fui colocado en la primera compañía de ese cuerpo, que mandaba el ilustrado y valeroso capitán Juan de Dios Ortiz, hijo de la provincia de Neiva. Mientras se aprontaban todos los elementos suficientes para seguir las operaciones, mi cuerpo, reforzado algunas veces por otros, escaramuceaba al sur de Popayán las guerrillas realistas, que, como siempre, obraban con obstinación, sacando partido del terreno tan a propósito para el efecto; pero procurando evitar las ocasiones que pudieran costarles algo caro. La guerra se hacía entonces a muerte contra los guerrilleros, y éstos, a su tumo, no perdonaban uno solo que cayese en su poder.

En el mes de marzo siguiente abrió nuestro ejército sus operaciones serias sobre Pasto, sin que hubiera ocurrido nada de particular hasta que tomamos posiciones en La Cañada del Juanambú, es decir, sobre los riscos inaccesibles de la banda derecha de ese río, mientras el ejército enemigo, reforzado con nuevos cuerpos y mandado por el general Aymerich, defendía en buenos atrincheramientos el difícil paso de Juanambú y sus formidables posiciones. En sus fortalezas de campaña se notaba la obra del arte, que, ayudada por la calidad de la naturaleza del país, imponía respeto y hacía parecer imposible el superar por la fuerza tantas dificultades. No obstante esto, el general ordenó a pocos días el forzar el paso del río por un asalto a la madrugada, encargando de su ejecución al intrépido coronel Cabal; pero el enemigo nos sintió cuando los primeros soldados habían llegado al río, y frustrado así el proyecto, no reportamos ninguna utilidad de esta empresa audaz. Nuestra artillería, desde La Cañada, dirigió sus fuegos con mucho acierto, principalmente la batería que estaba bajo la inmediata dirección del capitán Pedro Murgueitio, hoy general de la Nueva Granada.

Como ni el valor ni el prestigio de nuestras tropas era ya bastante para forzar las posiciones de Juanambú, el general ocurrió a los medios estratégicos, únicos que nos podían poner en posesión de los puntos que ocupaba el enemigo. Dispuso, por tanto, que el comandante Monsalve, a la cabeza del batallón Bravos del Socorro, que mandaba, marchase cautelosamente por la noche a reconocer el río abajo, y ver si había algún acceso por esa parte, pues que siendo enemigos los habitantes del país, no teníamos una sola persona que nos diese noticias exactas o nos instruyese de su topografía. Monsalve cumplió su comisión e informó a nuestro general que "aunque con algunas dificultades, era posible pasar el río y atacar por la retaguardia la posición del Boquerón, de cuya audaz empresa se encargaba él mismo". El general Nariño asintió a esta proposición y ordenó ejecutarla, disponiendo igualmente que un batallón y otras compañías de diferentes cuerpos estuviesen prontos para descender al río por una difícil senda que descubríamos a nuestro flanco derecho, para apoyar el ataque del comandante Monsalve. Al otro día se verificó éste, pero fue malogrado también por un incidente casual. Del batallón Bravos del Socorro no habían podido pasar el Juanambú y coronar la altura sino 40 hombres, a órdenes del alférez Vanegas, durante la noche, porque era preciso hacer esta operación por medio de una tarabita o cabuya que había costado mucha pena el colocarla, y para montar a la altura era necesario trepar riscos muy escarpados, haciendo escalas con las bayonetas y corriendo graves peligros de precipitarse. Sin embargo, en la noche siguiente esperaba Monsalve haber vencido las dificultades y coronado sus fatigas del mejor suceso; pero un soldado enemigo, en busca de un caballo que se le había perdido, llegó a descubrir la partida de Vanegas, que estaba oculta en unos barrancos, y voló a dar parte de esta novedad. Vanegas, que se comprendió descubierto, no pudiendo tocar retirada porque tal operación era larga y muy dificultosa, o por mejor decir, no le dejaba esperanzas de salvarse, resolvió, en el conflicto, atacar más de 300 hombres con sólo sus 40, antes que aquellos viniesen sobre él. Fue tan impetuosa la carga que obligó al enemigo a abandonarle sus posiciones, su artillería y sus pertrechos; mas viendo los realistas en retirada que no era sino un puñado de hombres el que los había atacado, y que éste se había disminuido por las pérdidas de un tercio durante el combate, volvieron caras y reocuparon sus posiciones disputadas heroicamente por Vanegas, quien, después de inutilizar uno de los dos cañones de a 4, que había tomado, y mucha parte de las municiones, se salvó con 364 solamente de sus soldados por el mismo camino del Boquerón y pasando el río a nado.

Nuestra columna descendió al primer tiro que oímos del lado del Boquerón, y ya había pasado una parte de ella al otro lado, por medio de maromas de cuerdas, cuando nos vimos atacados por el enemigo, a quien creíamos perdido, en la suposición de que todo el batallón del comandante Monsalve se había empeñado en la refriega. Entre los proyectiles que se nos arrojaban, el más temible consistía en una cantidad inmensa de piedras mecánicamente colocadas sobre sus alturas para hacerlas rodar fácilmente, y por primera vez ensayaron sobre mi columna este terrible arbitrio. Era un espectáculo verdaderamente imponente ver rodar por esos riscos espantosos una multitud de esas piedras, y algunas de ellas que hacían estremecer la tierra, levantando en cada uno de sus rebotes una cantidad inmensa de guijarros a manera de metralla. Viéndonos forzados a repasar el río los que lo habíamos ya pasado, tuvimos la suerte de verificarlo sin haber perdido en toda la tarde sino como 40 hombres. El destacamento con que atacó el alférez Vanegas pereció casi todo gloriosamente, luchando uno contra 20, pero sin rendirse ninguno de ellos. En este día se representaron escenas que honran mucho nuestra historia: al alférez Vanegas le valió su bizarro comportamiento el grado de teniente. En Europa le habría valido una fortuna y un renombre imperecederos.

Frustrada así nuestra segunda tentativa para apoderarnos del lado izquierdo del Juanambú. fue necesario ocurrir a otro arbitrio estratégico en circunstancias en que el fuerte clima, las fatigas sin interrupción y la casi total escasez de víveres, abrumaban ya demasiado al ejército. Se ordenó, en consecuencia, que el comandante Vego, con una columna de 600 a 700 hombres, entre los cuales se contaba mi batallón, marchase por la noche y con el mayor sigilo hacia el Tablón de los Gómez, arriba de nuestro campo, con el designio de salir al enemigo por la espalda en sus atrincheramientos de Buesaco, debiendo el general Nariño atacarle por el frente, luego que se diese por parte de Vego la señal combinada. El terreno por donde debíamos marchar, paralelo a la línea del enemigo, era muy escabroso, y apenas se presentaba una senda estrecha y peligrosísima para desfilar a uno en fondo. Era preciso, para no ser descubiertos, observar el mayor silencio: un tiro que se hubiera escapado por casualidad, o un soldado o un fusil que hubiera rodado por esas breñas, habrían sido bastantes para dar la alarma a los realistas y hacer malograr el último recurso para desalojar al enemigo y continuar nuestras operaciones. Nos fue imposible en la primera noche llegar al Tablón, y al amanecer nos ocultamos en un bosque, en donde pasamos el día; al volver la oscuridad continuamos la marcha, y a las cinco de la mañana ocupamos la fuerte posición del Tablón, sin haber encontrado sino un pequeño destacamento que no opuso mayor resistencia. Sin detenernos un momento descendimos al río a evitar el que se nos quitase el único puente de madera que se encontraba en todo él, pero nos fue imposible. Cuando llegamos ya estaba destruido. Nos fue preciso ocurrir al arbitrio de maromas para pasar el río, y sin perder un instante, pues el tiempo era muy crítico, logramos atravesarlo a eso de las cuatro de la tarde, bajo los fuegos de 100 hombres que defendían la posición. En esta operación perdimos algunos hombres ahogados y heridos. Cuando llegamos a la cima oímos el fuego en el campo enemigo, y habiendo redoblado nuestra marcha, exhaustos de hambre y de cansancio, llegamos a un punto llamado El Naranjo, ya cerrando la noche. Desde allí observamos que del campo enemigo se encaminaban hacia Pasto muchas bestias cardadas y escoltadas por soldados; no nos quedó, pues, duda de que Aymerich abandonaba sus posiciones. Estábamos distantes del pueblo de Buesaco poco más de un tiro de fusil en línea recta, pero más de dos horas de tiempo, en razón de tener que descender a una profundidad para después subir la pesada cuesta de su pueblo. Vego resolvió, por tanto, pasar la noche en El Naranjo. No podía ser de otro modo. A la aurora del día siguiente ya empezábamos a subir sin observar un solo hombre que se nos opusiera, lo que nos confirmó en la idea de que el enemigo se había retirado; a las siete y media de la mañana ocupábamos el campo que Aymerich había abandonado durante la noche, sin haber encontrado más que un cordón de centinelas que había dejado el general enemigo para pasar la palabra y atizar los fogones con el fin de ocultar su movimiento retrógrado; estos hombres eran escogidos entre los más prácticos del país, y desaparecieron por los riscos sin que hubiéramos podido coger uno solo siquiera, por más esfuerzos que hicimos. El campo estaba cubierto de muertos y moribundos de ambas partes, aunque los de la del enemigo eran pocos. Desplegando sobre las alturas nuestras banderas y haciendo batir dianas a nuestras bandas, anunciamos a nuestro general que éramos dueños del Juanambú. Veamos ahora lo que había pasado la víspera por esa parte.

Oído en nuestro campo de La Cañada el fuego que se hizo durante nuestros pasos de la quebrada de Sanajanacatú para ocupar el Tablón de los Gómez y el río Juanambú, fuego que había sido repetido por toda la serie de guardias y destacamentos enemigos para avisar en su campo la aproximación de la columna de Vego, creyó el general Nariño que ya nosotros comenzábamos el ataque por la retaguardia, y mandó avanzar casi todo el resto del ejército por el frente, en dirección de Buesaco. El río fue pasado por medio de barbacoas elásticas afianzadas de la otra parte por medio de nadadores, y no obstante la vigorosa resistencia del enemigo, fue éste obligado a dejar sus primeros atrincheramientos en poder de nuestras tropas, replegando a su segunda línea de defensa, que consistía en una gran trinchera y foso, todo bien construido y defendido, además, por dos cañones de a 4. Allí se hizo general el combate, pero nuestros valientes soldados, sin poder pasar el foso ni escalar el parapeto, no hacían sino encontrar una muerte casi segura, sin el consuelo de poder vender caramente su vida. Agregado esto a nuestra imprescindible tardanza, fue preciso que los que sobrevivieron repasasen el río y replegasen a La Cañada. Más de 300 hombres quedaron por nuestra parte fuera de combate en esta gloriosa acción, entre ellos los ilustres oficiales capitán Isaac Calvo y teniente Girardot, muertos, y prisionero el capitán francés Beauben. Entre nuestros heridos, que eran muchos, se contó al capitán Miguel Malo y al teniente Joaquín París.

Como nuestra artillería, compuesta en la mayor parte de cañones de a 4, reforzados, y obuses de a 6 pulgadas, era sumamente pesada, se necesitaron dos días para reunir el ejército sobre el Boquerón del Juanambú. Al tercero seguimos la marcha, llevando la vanguardia la columna Vego, con sólo 400 hombres, y la descubierta, como siempre, mi compañía; al cuarto día la columna de vanguardia, marchando a más de dos leguas de distancia del resto del ejército, fue obligada a hacer alto al pie del cerro de Cebollas, por haber observado dos hombres de a caballo que hacían algunas señales. El comandante Vego dio inmediatamente cuenta al general en jefe, manifestando sus sospechas, de que el enemigo estuviera oculto tras la cima de dicho cerro, como en efecto sucedió. Esperaba solamente Aymerich que nosotros empezásemos a marchar en una garganta que no permitía sino desfilar a dos de fondo, para caer repentinamente sobre nosotros, envolvernos y destruirnos infaliblemente; pero los dos hombres de \ que he hablado, por haberse dejado ver de nosotros I sin necesidad, nos preservaron de la asechanza. Advirtiendo el enemigo por nuestro alto que habíamos sospechado su existencia y la trampa que nos había armado, resolvió darnos el golpe, aun cuando no hubiésemos llegado al desfiladero, por temor de que se le escapase la presa con la llegada de las tropas de retaguardia, y súbitamente se arrojó sobre nosotros una masa de más de 2.000 hombres dando gritos de muerte, en medio de la confusión y el desorden. Nosotros, no obstante nuestra pequeña fuerza comparada con la del enemigo, lo recibimos a pie firme, y si fuimos forzados a ir cediendo el terreno que nos era imposible defender, lo hicimos en orden y sosteniendo un fuego bien dirigido, hasta que, gastadas casi todas nuestras municiones, y perdida la cuarta parte de la columna sin esperanza de ser socorridos por el ejército, abandonamos el campo, circunvalado por los realistas, abriéndonos paso a golpes de culata y bayoneta. Nuestro jefe, Vego, quedó todo estropeado, y lo juzgábamos perdido para siempre. El general en jefe no podía disimular la pena que le causaba esta sensible pérdida, cuando uno de nuestros soldados se presentó al general diciendo que él había visto precipitar al comandante Vego a culatazos por una barranca que desde allí descubríamos, y que habiendo a su pie un bosque muy espeso, él se atrevía a sacarlo vivo o muerto. El general ordenó al soldado que inmediatamente fuese-en solicitud de Vego, ofreciéndole una propina pecuniaria si lo hallaba vivo. Arrostrando mil peligros cumplió este soldado su palabra, y es imposible describir el contento de todo el ejército cuando ese atleta se presentó entre nosotros con tan precioso rescate. El general repetía en alta voz: "Nada hemos perdido, pues se ha salvado Vego". Todos nos dábamos los parabienes más expresivos por la salvación milagrosa de nuestro comandante. Al soldado se dio la propina ofrecida. Entre los recomendados por mi jefe, merecí un lugar distinguido. El enemigo tuvo que lamentar entre sus pérdidas la de su oficial más justamente amado por su intrepidez, el capitán Juan María de la Villota.

El cuartel general estaba situado en el sitio de Chacapamba, posición muy militar, pues allí confluyen los tres principales caminos que conducen a Pasto, a saber: el del pueblo del Monte, por la izquierda; el de la montaña de Meneses, por la derecha; y el de Tacines, por el centro. El enemigo ocupaba con todas sus fuerzas el camino del centro, y en los laterales no tenia sino partidas de observación. Verdad es que él había perdido el terreno de sus mejores posiciones pero también lo es que nos había costado muy cara esta adquisición, pues habíamos ya perdido más de un tercio de nuestro personal. No teníamos reserva, ni esperanza de llenar las bajas. Nuestras municiones de guerra estaban casi consumidas, y las de boca enteramente exhaustas. El país que ocupábamos y el que dejábamos a nuestra retaguardia, todo era enemigo, y estaba infestado de guerrillas; nuestra gravosa artillería entorpecía enteramente nuestros movimientos; el enemigo, se puede decir que estaba intacto y aun reforzado por los auxilios frecuentes que recibía de Quito. Así, nuestra situación era violenta, y desde este día se empezaron a oír susurros de retirada a Popayán. El general en jefe, que se enteró de esta novedad, reunió a todos los oficiales en j unta de guerra y allí propuso las siguientes cuestiones, manifestando que todos tenían libertad completa para dar su opinión. Primera. ¿Debemos continuar nuestras operaciones? Segunda. En caso de afirmativa, ¿por cuál de los tres caminos que conducen a Pasto debemos emprender la marcha? Tercera. ¿Será conveniente retirarnos a Popayán? Establecidas estas proposiciones, ordenó que se comenzase a emitir los pareceres por el oficial menos antiguo de la clase de subtenientes. Cabalmente me tocaba a mí dar la iniciativa. Entonces tenía 16 años, y ni mis constantes ocupaciones en la descubierta y los puestos avanzados más peligrosos me daban lugar a rozarme con los oficiales más al corriente del estado de las cosas y oír sus conversaciones, ni mi carácter personal me permitía vacilar cuando se trataba de morir gloriosamente o salvar la vida por medio de una retirada. Quién sabe si en la perspicacia del general, que ya había tenido muchos motivos para conocerme, había entrado esta consideración al disponer que comenzase la votación por el subteniente menos antiguo. Yo contesté, redondamente, a la primera cuestión: "Debemos continuar las operaciones"; a la segunda: "La marcha debe hacerse por donde disponga el general", y a la tercera: "No nos conviene retirarnos a Popayán". Seis u ocho oficiales después de mí hablaron en mi mismo sentido. El alférez A. Sabaraín discrepó sólo en la circunstancia de que debíamos marchar por el pueblo del Monte. Continuaron los pareceres de otros Oficiales en los mismos términos que el mío, hasta el del capitán José J. Rengifo (hoy coronel graduado), e1 que empezó su discurso por un exordio, que no habiendo gustado al general, y antes de que Rengifo diese su parecer, fue bruscamente intimado a guardar silencio, expresándole el general en los términos más ásperos que ni había tiempo ni quería oír discursos sino una opinión categórica sobre las proposiciones que había hecho, y añadió: "Yo sé que usted y el alférez Sabaraín no se han conducido bien en el encuentro de Cebollas; por consiguiente, no merecen estar en el círculo de oficiales de honor. Declaro a usted y a Sabaraín cobardes, y los depongo de sus empleos hasta que en la clase de soldados me acrediten lo contrario, en cuyo caso los repondré a las clases a que han pertenecido indignamente; retírense ustedes sin hablar palabra si no quieren ser fusilados en este instante". Estos dos oficiales, tan cruel e injustamente tratados, y sólo porque así convenía a los ulteriores designios del general, se retiraron protestando que con el fusil vindicarían su reputación. Tocó el turno al capitán Salazar, amigo y pariente de Nariño. Este oficial, instruido y dotado de talentos superiores, no obstante lo que acababa de presenciar, se expresó en los términos siguientes: "Para dar mi opinión en un asunto tan delicado, necesitaría tener a la vista un estado del personal y material del ejército..." Iba a continuar, pero el general le interrumpió en voz alta, y saliendo de su puesto al centro del círculo, se expresó así: "Ya he dicho que no quiero discursos, ni menos oír a bachilleres. Un sí o un no redondo son los que deben darse. ¿Es posible que haya uno solo de mis oficiales que vacile siquiera en que no tenemos otra salvación ni otra gloria que marchando adelante? Supóngase que no tenemos sino 1.000 soldados; supóngase que éstos no tienen sino el cartucho en su fusil; después de haber hecho retirar al enemigo de sus inaccesibles posiciones, ¿no cosa segura que nos sobran nuestras espadas y bayonetas para destruirlo dondequiera que se nos presente? ¿Y habría quien prefiriese una retirada vergonzosa, abandonando en tal evento nuestra artillería y demás aparatos de campaña, que no nos sería fácil conducir, pues todos saben las dificultades que ha costado traer hasta aquí esos elementos? Yo, por mi parte, reputo bajo y cobarde al que intente semejante desatino y con 10 que me quedaren de mis granaderos todavía haría esfuerzos para ocupar a Pasto, antes que emprender una retirada tan vergonzosa como perjudicial". El capitán Salazar, inmutado, aunque venciendo su ímpetu dijo con moderación y en voz baja pero firme e inteligible: "Creí, excelentísimo señor, que V. E. nos había dado libertad para emitir nuestras opiniones; pero puesto que me he equivocado, pido a V. E. me disculpe y me permita retirarme a mi tienda. Muy pronto recibirá V. E. pruebas de mi honor. V. E. es arbitro para dar las órdenes de marchar sobre el enemigo si así lo halla por conveniente; nosotros, sus oficiales, le obedecemos gustosos, porque no sabemos sino llenar nuestro deber". "Bien, dijo el general, es ya tarde y tengo que ocuparme de negocios graves". Así se terminó la junta de guerra, sin que se hubiera sabido cuál era la opinión de la mayoría y de la parte más ilustrada de los que la componían. Talvez el general previo que los jefes no eran de su acuerdo, y quiso poner de este modo un término a la discusión. A lo menos así lo pienso yo, convencido, por otros accidentes que expresaré en el hilo de la campana de Pasto, de que me voy ocupando.

Al día siguiente se dio la orden de marchar por el camino del centro, y habiendo ocupado sin oposición la altura de Cebollas, vivaqueamos allí la noche, mientras el enemigo nos esperaba atrincherado en el cerro de los Tacines, a distancia de tiro de cañón de nuestro campo. A las cinco de la mañana del otro día se dio la orden para la batalla, y antes de las seis se rompió el fuego por ambas partes. El general en jefe dirigía personalmente la batalla, a la cabeza de poco más o menos 1.000 hombres, habiendo dejado en la reserva como 500. Nuestras primeras cargas, aunque impetuosas, encallaron al pie de los parapetos del enemigo, que a mansalva nos hacía una horrible carnicería, colocados como en anfiteatro. Ya habíamos perdido muchos buenos oficiales y más de un tercio de nuestros soldados cuando, observando el general nuestra crítica situación, hizo el último esfuerzo para vencer: se colocó a la cabeza del ejército y ordenando que le siguiesen los que quisieran morir con gloria, haciendo que nuestra caballería desfilase al mismo tiempo por la falda del cerro, a la derecha del enemigo, nos arrojamos ciegamente sobre los parapetos y logramos, por el ejemplo del general, desalojar al enemigo, aunque del triunfo no reportamos otra utilidad que la gloria de haber rechazado al enemigo de otra de sus posiciones, después de una sangrienta batalla. Entre los oficiales que perdimos en ella recuerdo a los comandantes Bonilla, Concha y Vernaza, al capitán Salazar (que sin orden salió de su compañía para ser el primero en la lid y cumplir lo que había ofrecido en la junta de guerra); los tenientes Vanegas y Molina y el alférez Macario Rojas. De la columna de Vego no entró en acción sino mi compañía; el resto quedó en la reserva. El capitán Rengifo y el alférez Sabaraín se distinguieron peleando como simples soldados, y fueron restablecidos a sus empleos.

Dejando siempre la división de reserva, el general continuó la persecución del enemigo con los restos de los que acababan de vencer a sus inmediatas órdenes. Aunque los realistas no habían perdido en la batalla ni una veintena de hombres, en la retirada se dispersaban a los bosques y esperábamos que más de la mitad, o más bien todos los que no eran prácticos, se nos presentarían muy luego, porque no tenían otro arbitrio, lo que hubiera sucedido si otros accidentes imprevistos no hubieran venido a conjurarse también contra nosotros para acabar de probar nuestra constancia y sufrimiento. Cuando íbamos en el páramo continuando la persecución y resueltos a entrar en Pasto, para lo cual teníamos tiempo suficiente en el resto del día, nos cayó una fuerte granizada a la vez que hacía un huracán violentó. El frío, la niebla y el granizo que nos azotaba hasta los ojos por la fuerza del viento, nos obligaron a hacer alto por más de una hora, sin podernos mover del punto en donde nos envolvió este horrible torbellino, mientras que los enemigos dispersos, huyendo por entre los bosques, no sufrían lo que nosotros y ganaban terreno en la dirección de Pasto, que era naturalmente el punto de reunión. Todo esto, la debilidad que sentíamos, pues hacía dos días que no comíamos, y el estropeo del combate y de la marcha, nos obligaron a detener la marcha ya casi con la noche, a la entrada de la última montañuela que hay para llegar a la expresada ciudad. Algunos de nuestros soldados sucumbieron al rigor del frío. El general mandó desde allí una intimación al general Aymerich con uno de nuestros soldados prácticos del camino. Este regresó con la respuesta por la cual, lejos de querer entrar el jefe enemigo en un avenimiento, nos auguraba nuestra ruina tan luego como llegásemos a Pasto. Después de una noche fatal llegó el día tan deseado, porque esperábamos llegar adonde hubiese algo que comer. A eso de las seis de la mañana ordenó nuestro general que nos preparásemos para continuar la marcha, previniendo al capitán Acevedo, del batallón del Socorro, muy acreditado por su valor, que tomase 40 hombres de su compañía y marchase a la descubierta; este oficial manifestó al general que no tenía casi cartuchos y que los fusiles estaban inservibles, pero que en breve rato los haría limpiar y alistar para obedecer las órdenes que se le daban. El general se manifestó ofendido de esta observación, y dirigiéndose al comandante Monsalve, jefe también de un valor a toda prueba, le dijo: "Marche usted a la descubierta". Monsalve le contestó haciendo la misma observación que el capitán Acevedo y suplicando al general que permitiese 40 minutos para poner en regla sus fusiles, pero el general, irritado y sin contestar palabra, tomó el camino, diciendo con tono de energía: "Síganme mis granaderos". Con lo cual se precipitaron Monsalve y Acevedo a tomar la descubierta, y así se emprendió la marcha de toda la división.

A pocos minutos empezaron las partidas de observación enemigas a tirotearnos y anunciar con sus fuegos nuestra aproximación a la ciudad. De nuestro lado casi no les contestábamos, porque ciertamente no había 50 fusiles útiles en toda la división, y nuestros pocos cartuchos debían economizarse para un caso serio. En breve llegamos al ejido de Pasto sin haber encontrado mayor resistencia. Desde allí veíamos el camino de Quito cubierto de gentes que emigraban, de bestias cargadas y aun de partidas de soldados. El general Aymerich ya se había retirado a Yacuanquer, pueblo situado a tres horas al sur de Pasto y en el mismo camino de Quito. Todo nos presagiaba la ocupación de la ciudad, en donde esperábamos descansar un poco, y, sobre todo, comer, pues ya era el tercer día en que carecíamos absolutamente de víveres. Allí formamos en batalla en una altura que domina la ciudad, teniendo a nuestro frente una chamba o foso paralelo inmediato. En este instante se arrojó sobre nosotros como una masa de 600 pastusos, mientras otras partidas nos molestaban por todas direcciones. Cuando el general observó que el enemigo nos cargaba con resolución, se mostró muy satisfecho y nos dijo que muy pronto tendríamos fusiles útiles y municiones, pues íbamos a tomar los de los que nos atacaban. Ordenó que toda la división, en su mismo orden de batalla, se metiese dentro del foso, y que con las bayonetas se hiciesen escalas para poder cargar con velocidad en el acto en que un tambor de órdenes rompiese el paso de ataque, quedando el general solamente en el campo raso sirviendo de blanco por más de diez minutos a los tiros enemigos. Apenas se aproximaron éstos a medio tiro de pistola sonó la señal anunciada para el ataque, el que fue dado a la bayoneta con la impetuosidad requerida, arrollando cuanto se nos opuso y llevando la carga hasta las primeras calles de Pasto. Allí estábamos ya esperando la orden para ocupar la ciudad, cuando oímos a nuestra retaguardia el toque de llamada, en señal de replegar al punto que se indicaba; distante un tiro de fusil del lugar en donde nos encontrábamos los de la vanguardia. En consecuencia, nos vimos forzados a replegar, y este movimiento, como por encanto, reanimó a los enemigos, pues lo atribuyeron a un efecto de temor. Entonces, reuniéndose de nuevo, y multiplicándose los grupos, nos arremetieron ciegamente por una segunda vez; pero nosotros, ya mejor armados con sus propios fusiles y municiones, los esperamos de firme y volvimos a rechazarlos hasta la ciudad. La operación del repliegue se repitió, porque el general esperaba por momentos parte de nuestra artillería y de la tropa de reserva. Como es de presumirse, el enemigo, lejos de desmayar, multiplicaba sus esfuerzos de todas maneras. El pueblo paseaba en procesión por las calles a la Virgen de Las Mercedes y Santiago, que son sus patrones. Las mujeres arrastraban a los soldados que huían, y aun les quitaban los pantalones y se los ponían ellas, manifestándoles que eran indignos de llevarlos. Una tercera vez nos atacaron, y corrieron la misma suerte. De esta manera pasamos todo el día ocupando y abandonando posiciones con el designio de entretener el tiempo mientras llegaba el deseado refuerzo, que en vano esperamos hasta las ocho de la noche.

En el segundo conato que hizo el enemigo sobre nosotros quedó envuelto el comandante Monsalve con parte de su batallón, y como en esta ocasión tuvimos que luchar cuerpo a cuerpo, y vencer con el arma blanca, habiendo aquél tenido la suerte de desembarazarse, se vio en la necesidad de hacer una retirada por la misma dirección en que habíamos hecho la marcha sobre Pasto, y viéndonos empeñados y confundidos con los enemigos, a la vez que él (Monsalve) era acosado de cerca por fuerzas muy superiores, sin que le fuera posible volver al campo de batalla, se alejó sin haber sabido el resultado del empeño, pero todo le hacía presumir que habíamos sido vencidos, con cuya noticia se presentó a la reserva, que no se había movido del campo de Tacines, y dio las nuevas más desfavorables, que confirmaba con su presencia, pues se le veía retirar con muy pocos de sus soldados, siendo uno de los jefes más denodados del ejército.

Gracias a la resolución de nuestras huestes no había sucedido lo que creía Monsalve: nosotros habíamos vencido y éramos dueños del campo de batalla. En cada carga que dábamos reponíamos nuestras municiones y aun nuestras fuerzas corporales, alimentándonos con los fiambres que tomábamos a los muertos y prisioneros y con mazorcas de maíz tierno que cogíamos en sus sementeras y devorábamos crudas. Empero, nuestro número se disminuía de instante en instante, pues el combate no se interrumpía. No hay duda ninguna que si nos hubiesen llegado dos de nuestras piezas de montaña y 200 hombres para reponer parte de nuestras bajas, la ciudad habría sido ocupada y hubiéramos marchado en triunfo hasta el Guáitara, desembarazándonos por entonces de las atenciones tan delicadas y críticas de que estábamos rodeados. Resignados y llenos de confianza, sosteníamos una lucha tan desigual como obstinada, hasta que, como lo he dicho más arriba, perdimos la esperanza de los auxilios y se dispuso la retirada a las ocho de la noche, habiendo precedido las circunstancias siguientes.

 

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