CAPITULO
XXXIX
Terminado el objeto de mi misión a Cartagena, pedí al gobierno
me permitiese regresar a Bogotá, a ocupar mi puesto de gobernador
de aquella provincia y cumplir mis comprometimientos para con sus
habitantes; y en efecto, se accedió a mi petición con fecha 4 de
abril, y el 17 emprendí el viaje, que rendí a fines de mayo, y me
posesioné de la referida gobernación.
Muy pocos días desempeñé ese destino, pues el nuevo presidente
de la república, doctor Márquez, en la composición de su ministerio
quiso que yo formase parte de él, y me nombró para secretario de
Guerra y Marina, comprometiéndome a aceptar el portafolio a pesar
de mis excusas, fundadas principalmente: 1°, en que siendo civil la
persona elevada a la presidencia, debía su gabinete ser enteramente
homogéneo, para que se ensayase de una vez el régimen gubernativo
sin la concurrencia de los que vestían el uniforme militar, según
lo expresé al señor Márquez; 2°, en el deseo que me animaba de
servir la gobernación de la provincia de Bogotá por algunos meses,
para corresponder a la confianza que en mí habían depositado sus
habitantes; y 3°, porque pensaba aprovechar las felices
circunstancias de la paz y orden públicos que prevalecían en la
república para hacer mi viaje a Europa. No obstante, no acepté sino
pro tempore, porque se me persuadió que mis servicios
podrían ser más útiles a la patria en la Secretaría de Estado que
en la gobernación. El 8 de junio se me dio posesión constitucional
de este empleo, y desde luego me consagré a desempeñarlo apurando
mi poca capacidad para hacer algo de provecho. La memoria que
presenté al Congreso en sus sesiones de 1838 puede dar una idea de
mis ímprobos trabajos.
Este es el caso de decir que serví con acrisolada lealtad la
Secretaría de Estado, no obstante haberse puesto en pugna la
administración con el partido liberal a que yo pertenecía.
Terminada la legislatura de dicho año de 1838, y dados los
decretos en ejecución de las leyes que tenían relación con mi
destino, lo renuncié espontáneamente en 5 de julio. Algo
aventuraron los papeles de la oposición sobre las causas que
pudieran haber influido en mi renuncia, y aun se atrevieron a decir
que yo había sido removido por el presidente en razón de mi
desacuerdo con su política. Pero repito que mi renuncia fue de mi
libre voluntad, pues no quería despreciar la ocasión que se me
presentaba para verificar mi proyectado viaje. Bien pudieran haber
influido algunos disgustos que ocurrieron al fin de las sesiones
del Congreso; bien mi discordancia de opinión en algunas
resoluciones del Ejecutivo; bien la determinación del presidente de
objetar un interesante proyecto de ley adicional a la organización
del ejército, que habían acordado las Cámaras en conformidad con
las demandas del gobierno, con la voluntad y convencimiento del
presidente y con mi parecer, sostenido con constancia; bien, digo,
podían haber influido esas causas, o alguna de ellas; mas ya mi
deliberación estaba tomada cuando acontecieron esas cosas.
Fatigado con la vida que llevaba, hastiado del servicio militar,
pobre y sin esperanzas de variar la situación, había intentado
antes sustraerme legalmente de la obediencia al Poder Ejecutivo,
con la idea de descansar un tanto y poder echar las bases de una
subsistencia independiente, dedicándome a alguna industria
lucrativa. Para conseguirlo, indiqué a mis compatriotas y amigos
políticos de Popayán que deseaba ser electo miembro de una de las
dos Cámaras del Congreso, y mi indicación había sido acogida con
indecible gusto, lo que me daba la seguridad de obtener la elección
sin dificultad, pues mi partido estaba en gran mayoría y la
aceptación había sido unánime en dos períodos eleccionarios. Mas
otros contendores que aspiraban a los puestos que yo optaba con
tanta modestia tuvieron la habilidad bastante a frustrar mi
pretensión, valiéndose, unos, de intrigas y tretas, nada bien
recibidas en una lid decente, y otros lograron engañarme con sus
espontáneos ofrecimientos para adormecerme en la confianza y lograr
su elección en mi lugar.
Estas decepciones inauditas, esos rasgos de hipocresía refinada
y el candor de mis copartidarios, que hasta entonces se mostraban
inocentes y no tenían ni la energía necesaria para rechazar los
manejos torcidos de los que afectaban favorecer mi elección ni la
malicia suficiente para no caer en los lazos que se les tendieran,
contribuyeron a resfriarme y tratar de cambiar mi vida.
Yo no era el adalid calculado para lidiar en terreno tan lleno
de emboscadas, y por lo mismo debí abandonar el campo a los más
hábiles en la contienda llevando conmigo un poco más de
experiencia, una mayor suma de desengaños y un conocimiento mejor
de los hombres. Así es que hacía mucho tiempo aspiraba al reposo y
a la tranquilidad en cuanto me fuera dable, ya que habría sido
extemporáneo pedir mi licencia absoluta que, por otra parte, no se
me habría concedido.
El gobierno admitió mi renuncia, y tanto el presidente como los
secretarios me atestiguaron su sentimiento por mi separación. De
suerte que si había deseos de que yo me separase de la secretaría,
y si se pensaba en que otra persona me reemplazase, yo lo ignoro
hasta hoy, y por prueba de ello manifestaré que nunca se me
consultó, ni privadamente, sobre la persona que debía ocupar mi
puesto, cuyo nombramiento se hizo un día después de mi partida de
Bogotá.
Igualmente se me dieron letras de cuartel, y se me dejó como uno
de los generales en disponibilidad, aunque yo había pedido mi
retiro absoluto. También se me concedió licencia para viajar fuera
de la república.