CAPITULO
XXXVIII
A principios de diciembre, cuando volvía de Popayán a Bogotá,
recibí cerca de Neiva una comunicación del gobierno, dirigida
apresuradamente, por la cual me ordenaba seguir volando a la
capital por exigirlo así el servicio de la patria, sin expresarme
ni remotamente en qué consistía esta exigencia. Obedeciendo, como
siempre, a las órdenes superiores, continué sin perder un momento y
llegué a Bogotá el 12 del mismo diciembre. El 13 recibí el
nombramiento de jefe militar de la provincia de Cartagena y
comandante en jefe de la segunda columna del ejército y de todas
las tropas que debían reunirse en las provincias de Cartagena,
Santa Marta y Riohacha, con instrucciones para defenderlas de una
invasión con que amenazaba el gobierno inglés a consecuencia de la
cuestión suscitada en Panamá por causa del cónsul Rusell,
británico. El 16 emprendí mi marcha y el 24 estuve en los muros de
Cartagena. Dejo a la consideración de mis lectores, que conocen ese
tránsito, las penalidades que sufrí en tan precipitado viaje.
Impuestos como están ya los que hayan hojeado estas Memorias, de
la manera con que fui tratado en aquella plaza cuando ejercí la
gobernación, podrán considerar la magnitud del sacrificio que hice
en haberme encargado de estos nuevos destinos, y me harán la
justicia de creer que sólo el patriotismo más puro podía haberme
resuelto a no excusarme. El honor nacional ultrajado y un nuevo
campo de gloria que se me presentaba eran pensamientos que debían
subordinar toda otra consideración.
La plaza estaba indefensa: la artillería que yo había montado
otra vez, se hallaba inútil por haberse dejado podrir sus montajes
sobre los muros, y en fin, todo permanecía en el mismo estado que
tenía cuando la cuestión con Francia. A esto se agregaba que yo iba
solamente con el mando de las armas, sujeto en todo a los
gobernadores políticos de las provincias, conforme a nuestras
leyes, de suerte que yo no podía dar un paso sin su autorización,
ni disponer de un real sin que previamente fuese decretado por
ellos. Los recursos que éstos tenían a su disposición eran muy
mezquinos y la autorización para franquearlos, aun en casos
urgentísimos, era, como en otro tiempo, llena de trabas y
condiciones. Sin embargo, la justicia exige que yo manifieste en
este lugar que el gobernador de Cartagena, señor Vicente Ucrós,
obró siempre en consonancia con mis proyectos, me facilitó todos
los medios que le eran posibles y conservó la mejor armonía
conmigo, no obstante los precedentes de que en otra parte he
hablado. Los gobernadores de las otras provincias guarnecidas con
tropas de mi mando tampoco me dieron motivo alguno de queja, y
procuraron con laudable empeño ocurrir a todas las exigencias de la
época, hasta donde les fue dable.
Los trabajos se comenzaron con la actividad posible, la
artillería se montaba, las fortificaciones se reparaban, algunas
nuevas se hacían en el cerro de La Popa, el campo se despejaba
arrasando los bosques que lo cubrían, los cuerpos de guardia
nacional se instruían y el entusiasmo que reinaba en toda la
república prometía que, aun cuando se perdiese la costa por la
inmensa superioridad de fuerzas y de toda clase de recursos de que
disponía el gobierno inglés, al menos se salvaría el honor nacional
y el interior de la república sería preservado de la invasión.
El gobierno me había nombrado igualmente su comisionado para
transigir las diferencias con el almirante del gobierno inglés, o
con cualquiera otra persona que viniese autorizada. Al efecto, se
me dieron instrucciones detalladas y entre ellas se comprendía la
de no consentir en la extradición del cónsul Rusell, que estaba
bajo la autoridad del juzgado competente en Panamá, quien le seguía
el proceso por delitos escandalosos de que era acusado, cuya
condición, igualmente que otras que no es del caso expresar,
contenían el
sine qua non del avenimiento. En fin, mi
conducta debía arreglarse a lo que mi gobierno había manifestado al
ministro de Su Majestad Británica en la correspondencia que se
había entablado.
Desde el día en que llegué a Cartagena se presenté al frente de
la plaza una escuadra considerable, y manifestó por sus movimientos
el estado hostil con que venía. Ya en Jamaica se había publicado
que "
las costas de Colombia se declaraban en estado de
bloqueo por las fuerzas navales británicas", Sin duda
se ignoraba en Inglaterra que Colombia se había disuelto hacía
algunos años.
Yo hice entender al cónsul inglés en Cartagena, mister Kelli,
conforme se me había prevenido por mi gobierno, que tenía
autorización e instrucciones para entenderme con algún comisionado
británico a efecto de transigir las desavenencias que nos agitaban.
El cónsul lo puso en conocimiento del jefe de la escuadra inglesa,
quien me comunicó que "hallándose él igualmente autorizado
para el mismo fin, podíamos entablar nuestras comunicaciones
oficiales". En tal virtud, lo cité para conferenciar a
bordo de una de sus fragatas, permitiéndole la entrada en la bahía
con sólo el buque que lo condujese, para facilitar más nuestras
relaciones, cuya propuesta fue aceptada.
Al día siguiente me trasladé a bordo de la fragata
"Madagascar", en donde se hallaba el comodoro sir
John Peyton, comandante de la flota inglesa, y se me recibió con
mucha cortesía. Entramos inmediatamente en conferencia auxiliados
de intérpretes de ambas partes. Sir Peyton me manifestó que
"no se hallaba autorizado para levantar el bloqueo sino
con las condiciones que me iba a proponer, y a que yo debía
contestar categóricamente
si o
no, pues su deber no
le permitía entrar en explicaciones de ningún género". Mí
respuesta fue que "para entendernos mejor era preciso
explicarnos; que mis respuestas serían categóricas pero que en caso
de que ellas no le satisfaciesen, daría brevemente las razones en
que me fundaba; que al efecto iba provisto de documentos que acaso
eran desconocidos del comodoro y podían hacerle variar su
propósito, y que, como creía que él debía estar, como yo lo estaba,
animado de los mejores deseos de un avenimiento honroso para
nuestras naciones, esperaba que tuviese la bondad de oírme antes de
tomar sus últimas resoluciones.
Después de algún altercado sobre esto el comodoro me leyó un
papel que contenía las siguientes condiciones: "primera,
que el cónsul Rusell fuese puesto en libertad y reinstalado
solemnemente en el consulado; segunda, que el archivo del consulado
se le entregase por el gobernador de Panamá, y que en este acto
pronunciase dicho gobernador un discurso apologético del gobierno
británico; tercera, que el cónsul Rusell fuese indemnizado de todos
los daños y perjuicios que reclamase; cuarta, que el gobernador de
Panamá fuese depuesto por el Poder Ejecutivo, con expresión de que
esto se haría para dar una plena satisfacción al gobierno de Su
Majestad Británica por la mala conducta que había usado dicho
gobernador, permitiendo que el cónsul inglés fuese ultrajado;
quinta, que el juez de Panamá, que había puesto en prisión al
cónsul, fuese igualmente depuesto y castigado, lo mismo que todos
cuantos habían tenido parte en el atropellamiento".
Yo contesté con la moderación debida que "las
proposiciones no eran asequibles ni yo podía acceder a ellas porque
de este modo iba a poner sobre mi patria el sello de la infamia;
que antes la expondría a un, sacrificio seguro que firmar su
humillación; que sin duda el comodoro no estaba exactamente
informado de los acontecimientos del cónsul Rusell, para lo cual le
ofrecía las piezas oficiales publicadas en nuestra
Gaceta;
que la extradición del cónsul Rusell no podía tener lugar porque al
Ejecutivo de la república le era prohibida semejante cosa; que
todavía se agitaba la cuestión de si el cónsul podía ser o no
juzgado por un tribunal de la Nueva Granada, y que sólo en el caso
de que se resolviese por la negativa sería entregado a las
autoridades británicas para su juzgamiento, pero que no podía
reinstalársele en el consulado sino cuando fuese declarado
inocente, esto es, si mi gobierno lo permitía; que no había
inconveniente en la entrega del archivo, pues que si éste se
hallaba en poder de una autoridad de Panamá era en razón de que
Rusell lo había dejado abandonado, y que por hacerle un servicio se
habían tomado las llaves y puesta el sello en la puerta; que
tampoco había un inconveniente en que, al tiempo de entregar dicho
archivo, el escribano o el comisionado al efecto pronunciase un
discurso por el cual se manifestase que "el gobierno
granadino no había tenido la menor intención de irrogar una ofensa
al de Su Majestad Británica"; que sólo en el caso de que
la sentencia definitiva de Rusell lo declarase inocente podría éste
reclamar los daños y perjuicios de quien hubiese lugar, mas no del
gobierno, porque él era inculpable de su prisión; que el gobernador
de Panamá era considerado inocente en este caso, pero que, aun
cuando fuese culpable, el gobierno de la república no lo podría
deponer, porque esto era contrario a la Constitución, pues la
deposición envolvía una pena y la pena no podía ser impuesta sino
por el tribunal competente; y, por último, que lo mismo podía decir
del juez de Panamá que había puesto en prisión a Rusell, y de
cuantos habían tomado parte en el atropellamiento que se
suponía".
Para dar más fuerza a mis razones hice leer varios artículos de
la Constitución y otros documentos que tenían relación con el
asunto. Peyton me dijo entonces que "todo era terminado, y
que desde ese instante se estrecharía más el bloqueo, el cual
continuaría hasta haber obtenido las satisfacciones que demandaba a
nombre de su gobierno". Yo le contesté que "en
ese caso el bloqueo sería eterno, porque nunca se daría una
satisfacción tan humillante para mi país y tan oprobiosa para las
autoridades, tanto más cuanto mi gobierno no había irrogado ningún
agravio al de Su Majestad Británica; que, por consiguiente, los
males que se causaran serían de cargo de la nación británica y
nunca de la Nueva Granada; y, finalmente, que la gloria, cualquiera
que fuese el resultado, pertenecería a mi nación, pues sus medios
de defensa eran infinitamente inferiores a los elementos de todo
género que podía poner en acción el poderoso gobierno inglés, pero
que con nuestra resolución probaríamos al mundo que sabíamos
apreciar nuestro honor nacional". Otros breves discursos
hice por el estilo de éste, durante mi permanencia a bordo de la
"Madagascar". Por último, el comodoro Peyton me
preguntó que "si los súbditos de Su Majestad Británica y
los bienes de éstos serían respetados en Cartagena durante la
cuestión, agregándome que de otro modo los haría ir a bordo de su
flota". Yo le contesté que "conforme a nuestra
Constitución, todo extranjero era admitido en mi patria y gozaba de
la más completa seguridad en su persona y propiedades, siempre que
respetase las leyes del país a que estaba sujeto".
Entonces Peyton me significó su satisfacción por mi respuesta, me
brindó la última copa, pues había comido en su mesa, me propuso que
si quería mandar a Panamá a algún buque del Estado con el objeto de
informarme sobre el resultado de la competencia que allí se
ventilaba, sobre si correspondía o no a nuestros juzgados emprender
el conocimiento de la causa de Rusell, él me lo permitiría. Yo
acepté la oferta, que positivamente tuvo lugar, y me despedí para
la plaza.
En ella hice saber al gobernador el resultado de la conferencia,
manifestándole que nos hallábamos en el caso de redoblar nuestros
trabajos y aumentar nuestros miserables medios de defensa, en lo
que convino dicho gobernador. Yo di una proclama a las tropas del
ejército permanente y de la guardia nacional que estaban bajo mi
mando, anunciándoles el mismo resultado y exhortándolos a llenar
sus deberes en la contienda; esta proclama fue acogida no sólo por
las tropas sino por todos los granadinos con el mayor
entusiasmo.
Las tareas se redoblaron, en efecto, y una de las nuevas
disposiciones que se tomaron fue la de comprar y armar en guerra
cuantos bongos fuera posible y poner una respetable escuadrilla de
fuerzas sutiles para hacer con ella la guerra ventajosamente en
nuestros esteros y ciénagas, a manera de la guerra de montañas en
tierra, que en mi opinión hace invencible al país que quiere
defenderse con denuedo y abnegación observando ese sistema.
La flota inglesa recibía continuamente refuerzos; la carestía de
los víveres subía en proporción que éstos venían a ser un poco
escasos; las gentes inermes de la plaza, y aun algunos jóvenes de
la oposición (que no debieran haberlo hecho), abandonaron la plaza;
loa bloqueadores maniobraban todos los días, y aun aparentaban
hacer desembarcos en varios puntos accesibles de esa extensa costa;
ninguna clase de auxilios se recibía del interior; a mí no me era
lícito disponer de un solo bote para un asunto del servicio sin
pedirlo al gobernador político, porque, según nuestras leyes, ni en
este caso depende la marina del jefe encargado de la defensa, y,
por consiguiente, falta la unidad de acción y se compromete el
secreto de las combinaciones con las fuerzas de tierra, tan
necesario para el acierto de las operaciones. En fin, se puede
decir que no hay sistema, y que cuando las piezas de una máquina se
hallan dislocadas, y que en vez de uno son muchos los que la
dirigen y sobre quienes pesa la responsabilidad, no hay fuerza en
este caso. Esa responsabilidad no debe gravitar sino sobre una sola
persona, jamás dividirse ni hacerse solidaria entre varias, porque,
a más de los perjuicios que trae consigo, el resultado es que ella
se hace ilusoria; hablo sólo del mando militar en casos de guerra.
Yo no podía disponer de un maravedí para pagar un espía, un posta,
un hombre que se informara y me noticiara con oportunidad si el
enemigo hacía positivamente desembarcos. Para todo esto era preciso
pedir recursos al gobernador político, y éste tenía que captar el
beneplácito de la Junta de Hacienda, quedando acaso divulgado un
arcano interesante para el éxito de la defensa. ¡Y sin embargo de
todo esto, yo estaba encargado de repeler la invasión y dejar bien
puesto el honor de las armas! ¡Quiera Dios que nunca se halle la
república en un conflicto serio mientras no se den leyes que sin
desmedrar la autoridad de los gobernadores civiles den facultades
suficientes al jefe militar encargado de operaciones! No es la
primera vez que expreso estos votos; ellos han sido elevados al
Poder Ejecutivo y al Congreso cuando he tenido oportunidad de
hacerlo, y cada vez crece mi convicción sobre esa imperiosa
necesidad, por más que los hombres inexpertos, aunque bien
intencionados seguramente, se empeñen en sostener lo contrario. Una
dolorosa experiencia será lo único que los disuada cuando la patria
lamente la imprevisión de sus hijos. Mi civismo no puede revertirse
a duda, pero no soy de los que llevan ciertos principios,
incoherentes con la existencia de la sociedad, hasta un extremo tal
que llega a ser absurdo, y, por lo mismo, produce un efecto
contrario al que se propone. Si fuéramos invulnerables, si nuestro
derecho se respetara siempre, si no tuviéramos el deber de
defendernos contra las irrupciones de los poderosos y de los
piratas, si no fuera conveniente hacernos respetar, no sólo por la
justicia sino también por la fuerza, cuando no es un Areópago el
llamado a decidir nuestras contiendas; si los enemigos con quienes
tuviéramos que habérnoslas fuesen tan débiles como nosotros y tan
escasos de la ciencia marcial que día por día hace progresos
admirables en las naciones civilizadas y se cultiva con interés
como un medio necesario para su seguridad; si tuviéramos la
garantía de conservarnos en paz perpetua con todo el mundo,
entonces sí convengo en que debemos prescindir de todo aparato
bélico y de todo elemento conducente a la defensa de nuestra
nacionalidad, de nuestra libertad, de nuestro honor, de nuestras
vidas, de nuestras propiedades y de cuanto hay de más sagrado sobre
la tierra; mas como, desgraciadamente, no podemos contar con esos
privilegios de la Providencia, forzoso nos es sufrir un mal
necesario para evitar otros mayores y emplear los elementos y
medios que emplean todos los Estados, sin excepción de uno solo,
para conservar nuestra existencia política e individual y preservar
incólumes nuestros derechos, lo que no lograríamos sin procurar
igualarnos en lo posible a las demás naciones, adoptando los
principios del arte de la guerra en cuanto sean compatibles con
nuestras instituciones y recursos, so pena de ser la víctima o el
ludibrio del primero que quiera molestarnos contando con
encontrarnos inermes y desprevenidos. Conozco bien a mis
compatriotas para no dudar que en cualquier caso tendrán la
abnegación, el patriotismo y el valor suficientes para disputar
heroicamente sus derechos, pero estoy persuadido que esas
cualidades, sin el auxilio del arte, no serían suficientemente
eficaces para asegurar el éxito, o que aun cuando lo fueran alguna
vez, el triunfo mismo sería lamentable a vista de los sacrificios
inmensos que él costara, sacrificios superiores en mucho a los que
se hicieran si los invasores los encontraran preparados debidamente
a la resistencia.
En mis hipótesis no he querido, intencionalmente, hacer figurar
la de que debiéramos preferir nuestro oprobio y aniquilamiento, a
manera de cuáqueros, antes que usar de la fuerza bien dirigida y
combinada para repeler la invasora, porque no consiento que los
neogranadinos pudieran abrigar esta idea insensata por más
optimistas y ascéticos que ellos fueran.
No seamos jamás gratuitos invasores y evitemos por todos los
medios que aconseja la civilización las querellas con extraños: que
nuestro derecho se presente siempre a la vanguardia en las
cuestiones que se susciten sin culpa nuestra, enhorabuena; pero
que, previsores como debemos serlo, procuremos hacernos considerar
no sólo por la justicia de nuestra causa y nuestra propia dignidad
sino también por la fuerza, en último recurso, nada más natural,
nada más legítimo, nada más conveniente. Estas son mis íntimas
convicciones en el particular, y por lo mismo, no he debido
despreciar la ocasión que se presenta para manifestarlas con
franqueza. Perdóneseme, por tanto, esta digresión a que he sido
estimulado por el amor a la patria, sin que haya sido dictada por
el apego a mi profesión ni inspirada por otro cálculo bastardo. Y
aunque mucho más pudiera decir sobre esto, me veo obligado a
abstenerme, por no interrumpir demasiado el hilo de mi narración
histórica, que voy a recobrar.
El 1° de febrero me hizo entender el comodoro Peyton que
"el cónsul Rusell se hallaba a bordo de la
"Madagascar", y que estando resuelto este punto
de la cuestión, no restaba arreglar sino los demás, para lo cual se
hallaba dispuesto a entablar nuevas conferencias". Yo
accedí a esta propuesta, y, en los mismos términos que la primera
vez, permití al comodoro la entrada en la bahía a bordo de su
fragata. Las conferencias se renovaron, y la civilidad del
comisionado inglés me dio esperanzas de un acomodamiento. No
obstante, sus exigencias eran tenaces, pretendiendo que yo
accediese a las demás demandas que me había hecho desde un
principio. Mi negativa fue igualmente obstinada, como debía serio,
y ya estaba yo al punto de partir para la plaza sin haber
adelantado nada, cuando Mr. Ayton, negociante inglés casado en
Cartagena, me propuso delante de toda la concurrencia que
"si yo daba 5.GOO pesos que se exigían de indemnización
particular por los perjuicios que había sufrido Rusell, el bloqueo
se levantaría, y los demás artículos exigidos en satisfacción por
el gobierno de Su Majestad Británica se referirían al ministro
inglés en Bogotá, para que éste los arreglase con el gabinete
granadino". Yo contesté que "no podía disponer
del tesoro público, pero que aun cuando pudiera hacerlo, no me era
lícito dar 5.000 pesos porque con esto contrariaba mis
instrucciones y causaba una humillación a mi gobierno, que era
inocente de cuanto había pasado en Panamá con el cónsul
Rusell". Entonces me replicó Ayton que "aunque yo
no diese la cantidad referida tomándola del tesoro público, creía
que algunos comerciantes de Cartagena, interesados como estaban en
la restitución de cinco buques mercantes que habían sido capturados
por la escuadra británica y estaban detenidos, me facilitarían la
suma sin dificultad". De esta propuesta saqué yo todo el
partido que debía, y, apreciándola en su verdadero valor, dije a
Ayton: "¿Usted, que es un comerciante, pudiera prestarme
los 5.000 pegos bajo mi personal responsabilidad y con un corto
plazo, mientras los hago venir de Bogotá?" Ayton me dijo:
"Con mucho gusto prestaría a usted esta suma, pero ahora
no tengo dinero contante; haga usted la propuesta a la plaza y yo
creo que se le facilitarán los 5.000 pesos sin
dificultad".
Peyton, que escuchaba todo esto, me dijo: "Facilíteme
usted, de cualquier modo, los 5.000 pesos, y en el acto declararé
levantado el bloqueo". Yo le contesté: "Como no
soy más que un soldado, y no tengo propiedades de valor, se me
dificulta encontrar la suma demandada, pues usted sabe que en el
comercio se piden muchas prendas y garantías para hacer estos
empréstitos, y yo no puedo ofrecer otras que las de mi palabra. Voy
a escribir a un amigo para que me proporcione el dinero, pero es
preciso que antes convengamos de una manera positiva en lo que se
ha de hacer por parte de usted, como comisionado de Su Majestad
Británica, pues en las transacciones de esta naturaleza es
necesario que de ambas partes se den pruebas ostensibles de cordial
avenimiento". "Bien, me dijo Peyton, ¿qué quiere
usted que yo haga por mi parte?" "Enarbolar a
bordo de la "Madagascar", le contesté, el
pabellón granadino, y saludarlo con una salva clásica, con todas
las demás ceremonias que usted quiera por su parte
agregar". "No tengo inconveniente, me repuso. En
el acto que usted me dé los 5.000 pesos se hará por mi parte lo que
usted desea".
Escribí luego una carta particular al gobernador Ucrós
manifestándole el estado de la conferencia, y la seguridad de que
el bloqueo sería levantado inmediatamente si se me facilitaban bajo
mi personal responsabilidad las 1.000 libras esterlinas de que he
hablado, y remití esta carta con el teniente Francisco A. Uribe,
adjunto al Estado Mayor, que me acompañaba en clase de ayudante de
campo.
Al cabo de dos horas volvió este oficial, y en presencia de
cuantas personas de ambas partes estaban a bordo de la
"Madagascar" en la expectativa del resultado, me
dijo: "El señor Ucrós contesta a usted que puede disponer
de los 5.000 pesos". Yo le pregunté si no me traía alguna
respuesta por escrito, y me contestó que no, pues sólo se le había
prevenido me dijese de palabra lo que acababa de proferir.
Era, pues, llegado el caso de anunciar al comodoro que estaba
allanada la dificultad, y que, por tanto, debía él cumplir con lo
prometido. Este me repuso que "cuando tuviese a bordo las
1.000 libras esterlinas daría, por su parte, cumplimiento a lo
estipulado". Yo me molesté con esta réplica y mostré con
mis gestos y expresiones que no era indiferente al agravio que se
me irrogaba dudando de mi palabra y esperando a que se llenase la
materialidad de la entrega de las 1.000 libras, pues que bastaba
que hubiese asegurado que estaba vencida la dificultad para que el
comodoro no pusiese la menor duda sobre esto y diese por recibida
la cantidad. El cónsul británico y otros ingleses de los que allí
había hicieron entrar al comodoro a su cámara y le dieron
seguridades de mi promesa, haciéndole ver que no era decente ni
decoroso que esperase a contar el dinero para enarbolar y saludar
el pabellón granadino, etc. Penetrado de la fuerza de estas
reflexiones, sir Peyton salió precipitadamente y me dijo:
"Doy por recibidas las mil libras, y en tal virtud paso a
cumplir lo que me toca". Efectivamente, el pabellón
granadino fue tremolado en el lugar de preferencia, y saludado con
una salva plena de artillería; a mí se me hicieron los honores
debidos y se dieron las órdenes por medio del telégrafo a toda la
escuadra para que se levantase el bloqueo, que positivamente quedó
levantado el 2 de febrero de 1837, y los buques apresados fueron
devueltos. Yo lo anuncié a las tropas de mi mando para que cesase
desde el momento el servicio de campana que se estaba haciendo
desde que se declararon por el comodoro bloqueadas interior y
exteriormente todas nuestras costas.
El resultado de la transacción fue redactado primitivamente en
inglés, y reformado muchas veces, a causa de contener períodos que
alteraban el sentido en perjuicio de la Nueva Granada, como que en
una de esas ocasiones yo cometí la imprudencia de rasgar el
borrador en presencia de toda la asamblea, porque, siendo el
tercero que se rehacía; contenía casi los mismos defectos que los
anteriores, disfrazándolo con otras palabras. La redacción era
pésima, pero no pudiendo mis observaciones obrar ningún buen efecto
en la razón de sir Peyton, cuyos alcances en estas materias eran
muy limitados; tuve que sacrificar estas faltas a la sustancia del
convenio, y así lo advertí al Poder Ejecutivo en el protocolo de
las conferencias que elevé con los otros documentos, por conducto
de la Secretaría del Interior y Relaciones Exteriores.
Siguieron los convites de ambas partes, y otras muestras de
reconciliación.
He procurado, con toda la claridad posible, referir la historia
de estos acontecimientos, que han presenciado multitud de personas,
entre otras el coronel Jaime Brun, el intérprete del gobierno,
señor Pablo Alcázar, el señor Antonio Benedetti, que me servía de
intérprete particular, y el teniente Francisco A. Uribe, adjunto al
Estado Mayor.
Mi conducta fue aprobada explícitamente por el gobierno, con la
restricción de la cláusula cuarta que contenía la entrega de las
1.000 libras esterlinas, sobre lo que se expresó el Ejecutivo en
estos términos: "En cuando a la cláusula cuarta del
convenio, sobre cuyo contenido no había dado instrucciones el
gobierno a su comisionado, se manifestó en la nota diplomática
citada de 7 de diciembre
(22), que se accedería a la indemnización de
1.000 libras esterlinas siempre que fuese justa y necesaria, pero
faltando sólo cuatro días para la reunión del Congreso, se abstiene
el Poder Ejecutivo de dictar resolución y somete a dicha Asamblea
constitucional su decisión, a cuyo efecto se le pasarán todos los
documentos que suministran los datos correspondientes para juzgar
si era necesaria y otorgándola se ha salvado la dignidad
nacional".
Como esta resolución a medias dejaba en problema mi leal, y, si
me es lícito decirlo, mi hábil comportamiento en este negocio,
ocurrí a la Cámara de Representantes por medio de un respetuoso
memorial, pidiendo que mi conducta fuese examinada con todo el
escrúpulo y severidad necesarios, y se me infligiese la pena a que
me hubiera hecho merecedor, caso de haber faltado a mis deberes,
para que de este modo quedase salva la dignidad nacional, que jamás
había tenido intención de comprometer. La Cámara declaró que
"yo no había dado motivo para el juicio que
pedía". De este modo se salvó la responsabilidad del
Ejecutivo y se tranquilizó su conciencia; se dejó pura mi
reputación y se aprobó mi procedimiento, y, lo que es más, quedó
bien puesta la dignidad nacional.
Para concluir este artículo me resta examinar tres cuestiones
que pongan más en claro la pureza de mi conducta y no permitan
jamás que sobre el honor de la Nueva Granada caiga la más ligera
mancilla, ya que no sea posible evitar las ligeras censuras de los
criticones.
Primera cuestión: ¿era justa la entrega de las 1.000 libras
esterlinas, que el gobierno se había comprometido a dar en tal
hipótesis, como indemnización de los daños y perjuicios irrogados
al excónsul Rusell? Respondo que sí. Declarada la incompetencia de
los tribunales granadinos para conocer del juicio iniciado en ellos
contra Rusell, se sigue que éste tenía derecho a reclamar sus daños
y perjuicios. Un año de prisión le había privado de un sueldo de
5.000 pesos, de que habría gozado como cónsul, y por consiguiente
la reclamación de esa cantidad era muy equitativa. Por otra parte,
al gobierno le quedaba libre la acción de intentar el reembolso de
esa suma por los que hubiesen dado lugar a la prisión y detención
del cónsul inglés.
Segunda cuestión: ¿era necesaria y conveniente la entrega de esa
cantidad? Respondo que sí. Los inmensos gastos que se hacían en
toda la costa para fortificarla; los aparatos bélicos que se
desplegaban para rechazar la invasión; la alarma general de la
república; la interdicción del comercio, fuente principal de las
rentas de la Nueva Granada; la detención por la escuadra
bloqueadora de cinco buques mercantes que venían del extranjero
cargados de efectos, que, a más de privar al tesoro público de los
derechos que causaran, originaban a sus propietarios enormes gastos
y les hacían correr el riesgo de perderlos con la continuación del
bloqueo; todo esto agregado a las consideraciones sobre el estado
de la plaza de Cartagena y nuestras demás ciudades marítimas,
manifiesta a todas luces que la entrega de los 5.000 pesos era
absolutamente necesaria y conveniente.
Tercera cuestión: ¿pude yo hacer esta entrega? Respondo que sí,
y voy a fundarme. Si a ninguno le
es vedado el rescate de la
vida o libertad de un individuo, mientras le sea lícito hacerlo a
su costa, con tanto menor razón le debe ser prohibido el rescate de
la vida o libertad de una nación, o el hacer un sacrificio
individual para librarla del riesgo que la amenaza. Este es el caso
práctico. A mí se me propone que dé 5.000 pesos de cuenta del
gobierno, y yo me niego absolutamente, porque ni estaba autorizado
para hacerlo ni debía verificarlo sin echar un borrón sobre mi
patria y mi honor, ni podía disponer del tesoro público. En
consecuencia (llevando hábilmente la cuestión al terreno que me
convenía) se me dice: "Con tal que usted dé los 5.000
pesos, no nos importa que salgan del tesoro público, ni que se haga
la entrega a nombre del gobierno". Yo respondo que
"no soy hombre de propiedades, ni tengo
créditos". Se me compromete entonces a buscar en el
comercio esa suma, y yo accedo. Escribo una carta al gobernador,
éste me contesta verbalmente que puedo disponer de la suma, sin
decirme de dónde sale, y para otorgarla en Junta de Hacienda (cosa
que yo nunca me imaginé) fue preciso que el coronel Juan A.
Piñeres, que era el jefe de Estado Mayor del cuerpo del ejército
puesto bajo mis órdenes, ofreciese particularmente responder por mí
de la cantidad, hipotecando sus propiedades. Luego yo no entregué
esa suma a nombre del gobierno, luego la di como de mi bolsillo,
pues comprometí mi personal responsabilidad y la de un amigo; luego
pude hacerlo; luego, por una conclusión lógica, mi conducta en este
negocio debió ser aprobada plausiblemente.
La única responsabilidad que podía habérseme exigido era la de
reintegrar en el tesoro público los 5.000 pesos que el gobernador
de Cartagena me había franqueado; aun sin haberle yo expresado que
me facilitase de las arcas nacionales, circunstancia que, como lo
he dicho, ignoraba yo hasta después de haber regresado a la plaza,
ya comprometida mi palabra con el comodoro Peyton. A esta
responsabilidad yo me sujeté espontáneamente, satisfecho de que mis
compatriotas la darían por medio de una suscripción y de que me
quedarían reconocidos por mi firmeza, cuando ella fue necesaria, y
por mi habilidad en haber sabido conducir la cuestión al punto de
resolverla sin comprometer la dignidad nacional. No sé cómo se
hubiera podido salir del paso de una manera más decorosa, más
honrosa y más útil para la nación, y no sé hasta dónde habrían
alcanzado los males que se hubieran seguido de la continuación del
bloqueo, si yo, por un escrúpulo mal entendido, o por mejor decir,
por imbecilidad, me hubiera obstinado en no conceder 5.000 pesos de
mi bolsillo para terminar la contienda. Entonces sí habría merecido
las maldiciones y el desprecio no sólo de los granadinos sino de
los americanos todos, de todo el mundo culto. Me jacto de haber
obrado rectamente y de haberme sabido conducir en tan delicadas
circunstancias de una manera correspondiente a mi puesto, superior
a mis alcances diplomáticos y conveniente a la república. Todavía
sería recomendable mi procedimiento si se reflexiona que en la
escasez de mis recursos pecuniarios hice gastos muy considerables
de mi bolsa particular para los convites y obsequios que se
siguieron a la transacción, sin que el gobierno me hubiese dado un
solo real, contra lo que se acostumbra en semejantes casos. Hago
mis votos al cielo por que las cuestiones que se susciten en lo
venidero entre mi país y otro Estado, fuerte o débil, se transijan
como las de Francia e Inglaterra, de que acabo de hablar, y que los
agentes de mi patria se conduzcan en ellas con el decoro y firmeza
con que yo lo he hecho, sacando mejor partido del que se había
propuesto el gobierno, mi comitente, y preservando a la república
del cúmulo de males que le habrían sobrevenido con un proceder
menos hábil que el mío. Por desgracia, mientras seamos tan débiles
como somos, estaremos expuestos cotidianamente a mil sinsabores con
los poderosos, quienes rara vez prestan oídos a la voz de la
justicia.
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22.
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Nota dirigida en 7 de diciembre de 1836 por el señor Lino de
Pombo, secretario de Estado en el despacho interior y relaciones
exteriores de la Nueva Granada, al señor Turner, enviado
extraordinario y ministro plenipotenciario de S. M. Británica cerca
del gobierno granadino.
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