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CAPITULO XXXVIII

 

A principios de diciembre, cuando volvía de Popayán a Bogotá, recibí cerca de Neiva una comunicación del gobierno, dirigida apresuradamente, por la cual me ordenaba seguir volando a la capital por exigirlo así el servicio de la patria, sin expresarme ni remotamente en qué consistía esta exigencia. Obedeciendo, como siempre, a las órdenes superiores, continué sin perder un momento y llegué a Bogotá el 12 del mismo diciembre. El 13 recibí el nombramiento de jefe militar de la provincia de Cartagena y comandante en jefe de la segunda columna del ejército y de todas las tropas que debían reunirse en las provincias de Cartagena, Santa Marta y Riohacha, con instrucciones para defenderlas de una invasión con que amenazaba el gobierno inglés a consecuencia de la cuestión suscitada en Panamá por causa del cónsul Rusell, británico. El 16 emprendí mi marcha y el 24 estuve en los muros de Cartagena. Dejo a la consideración de mis lectores, que conocen ese tránsito, las penalidades que sufrí en tan precipitado viaje.

Impuestos como están ya los que hayan hojeado estas Memorias, de la manera con que fui tratado en aquella plaza cuando ejercí la gobernación, podrán considerar la magnitud del sacrificio que hice en haberme encargado de estos nuevos destinos, y me harán la justicia de creer que sólo el patriotismo más puro podía haberme resuelto a no excusarme. El honor nacional ultrajado y un nuevo campo de gloria que se me presentaba eran pensamientos que debían subordinar toda otra consideración.

La plaza estaba indefensa: la artillería que yo había montado otra vez, se hallaba inútil por haberse dejado podrir sus montajes sobre los muros, y en fin, todo permanecía en el mismo estado que tenía cuando la cuestión con Francia. A esto se agregaba que yo iba solamente con el mando de las armas, sujeto en todo a los gobernadores políticos de las provincias, conforme a nuestras leyes, de suerte que yo no podía dar un paso sin su autorización, ni disponer de un real sin que previamente fuese decretado por ellos. Los recursos que éstos tenían a su disposición eran muy mezquinos y la autorización para franquearlos, aun en casos urgentísimos, era, como en otro tiempo, llena de trabas y condiciones. Sin embargo, la justicia exige que yo manifieste en este lugar que el gobernador de Cartagena, señor Vicente Ucrós, obró siempre en consonancia con mis proyectos, me facilitó todos los medios que le eran posibles y conservó la mejor armonía conmigo, no obstante los precedentes de que en otra parte he hablado. Los gobernadores de las otras provincias guarnecidas con tropas de mi mando tampoco me dieron motivo alguno de queja, y procuraron con laudable empeño ocurrir a todas las exigencias de la época, hasta donde les fue dable.

Los trabajos se comenzaron con la actividad posible, la artillería se montaba, las fortificaciones se reparaban, algunas nuevas se hacían en el cerro de La Popa, el campo se despejaba arrasando los bosques que lo cubrían, los cuerpos de guardia nacional se instruían y el entusiasmo que reinaba en toda la república prometía que, aun cuando se perdiese la costa por la inmensa superioridad de fuerzas y de toda clase de recursos de que disponía el gobierno inglés, al menos se salvaría el honor nacional y el interior de la república sería preservado de la invasión.

El gobierno me había nombrado igualmente su comisionado para transigir las diferencias con el almirante del gobierno inglés, o con cualquiera otra persona que viniese autorizada. Al efecto, se me dieron instrucciones detalladas y entre ellas se comprendía la de no consentir en la extradición del cónsul Rusell, que estaba bajo la autoridad del juzgado competente en Panamá, quien le seguía el proceso por delitos escandalosos de que era acusado, cuya condición, igualmente que otras que no es del caso expresar, contenían el sine qua non del avenimiento. En fin, mi conducta debía arreglarse a lo que mi gobierno había manifestado al ministro de Su Majestad Británica en la correspondencia que se había entablado.

Desde el día en que llegué a Cartagena se presenté al frente de la plaza una escuadra considerable, y manifestó por sus movimientos el estado hostil con que venía. Ya en Jamaica se había publicado que " las costas de Colombia se declaraban en estado de bloqueo por las fuerzas navales británicas", Sin duda se ignoraba en Inglaterra que Colombia se había disuelto hacía algunos años.

Yo hice entender al cónsul inglés en Cartagena, mister Kelli, conforme se me había prevenido por mi gobierno, que tenía autorización e instrucciones para entenderme con algún comisionado británico a efecto de transigir las desavenencias que nos agitaban. El cónsul lo puso en conocimiento del jefe de la escuadra inglesa, quien me comunicó que "hallándose él igualmente autorizado para el mismo fin, podíamos entablar nuestras comunicaciones oficiales". En tal virtud, lo cité para conferenciar a bordo de una de sus fragatas, permitiéndole la entrada en la bahía con sólo el buque que lo condujese, para facilitar más nuestras relaciones, cuya propuesta fue aceptada.

Al día siguiente me trasladé a bordo de la fragata "Madagascar", en donde se hallaba el comodoro sir John Peyton, comandante de la flota inglesa, y se me recibió con mucha cortesía. Entramos inmediatamente en conferencia auxiliados de intérpretes de ambas partes. Sir Peyton me manifestó que "no se hallaba autorizado para levantar el bloqueo sino con las condiciones que me iba a proponer, y a que yo debía contestar categóricamente si o no, pues su deber no le permitía entrar en explicaciones de ningún género". Mí respuesta fue que "para entendernos mejor era preciso explicarnos; que mis respuestas serían categóricas pero que en caso de que ellas no le satisfaciesen, daría brevemente las razones en que me fundaba; que al efecto iba provisto de documentos que acaso eran desconocidos del comodoro y podían hacerle variar su propósito, y que, como creía que él debía estar, como yo lo estaba, animado de los mejores deseos de un avenimiento honroso para nuestras naciones, esperaba que tuviese la bondad de oírme antes de tomar sus últimas resoluciones.

Después de algún altercado sobre esto el comodoro me leyó un papel que contenía las siguientes condiciones: "primera, que el cónsul Rusell fuese puesto en libertad y reinstalado solemnemente en el consulado; segunda, que el archivo del consulado se le entregase por el gobernador de Panamá, y que en este acto pronunciase dicho gobernador un discurso apologético del gobierno británico; tercera, que el cónsul Rusell fuese indemnizado de todos los daños y perjuicios que reclamase; cuarta, que el gobernador de Panamá fuese depuesto por el Poder Ejecutivo, con expresión de que esto se haría para dar una plena satisfacción al gobierno de Su Majestad Británica por la mala conducta que había usado dicho gobernador, permitiendo que el cónsul inglés fuese ultrajado; quinta, que el juez de Panamá, que había puesto en prisión al cónsul, fuese igualmente depuesto y castigado, lo mismo que todos cuantos habían tenido parte en el atropellamiento".

Yo contesté con la moderación debida que "las proposiciones no eran asequibles ni yo podía acceder a ellas porque de este modo iba a poner sobre mi patria el sello de la infamia; que antes la expondría a un, sacrificio seguro que firmar su humillación; que sin duda el comodoro no estaba exactamente informado de los acontecimientos del cónsul Rusell, para lo cual le ofrecía las piezas oficiales publicadas en nuestra Gaceta; que la extradición del cónsul Rusell no podía tener lugar porque al Ejecutivo de la república le era prohibida semejante cosa; que todavía se agitaba la cuestión de si el cónsul podía ser o no juzgado por un tribunal de la Nueva Granada, y que sólo en el caso de que se resolviese por la negativa sería entregado a las autoridades británicas para su juzgamiento, pero que no podía reinstalársele en el consulado sino cuando fuese declarado inocente, esto es, si mi gobierno lo permitía; que no había inconveniente en la entrega del archivo, pues que si éste se hallaba en poder de una autoridad de Panamá era en razón de que Rusell lo había dejado abandonado, y que por hacerle un servicio se habían tomado las llaves y puesta el sello en la puerta; que tampoco había un inconveniente en que, al tiempo de entregar dicho archivo, el escribano o el comisionado al efecto pronunciase un discurso por el cual se manifestase que "el gobierno granadino no había tenido la menor intención de irrogar una ofensa al de Su Majestad Británica"; que sólo en el caso de que la sentencia definitiva de Rusell lo declarase inocente podría éste reclamar los daños y perjuicios de quien hubiese lugar, mas no del gobierno, porque él era inculpable de su prisión; que el gobernador de Panamá era considerado inocente en este caso, pero que, aun cuando fuese culpable, el gobierno de la república no lo podría deponer, porque esto era contrario a la Constitución, pues la deposición envolvía una pena y la pena no podía ser impuesta sino por el tribunal competente; y, por último, que lo mismo podía decir del juez de Panamá que había puesto en prisión a Rusell, y de cuantos habían tomado parte en el atropellamiento que se suponía".

Para dar más fuerza a mis razones hice leer varios artículos de la Constitución y otros documentos que tenían relación con el asunto. Peyton me dijo entonces que "todo era terminado, y que desde ese instante se estrecharía más el bloqueo, el cual continuaría hasta haber obtenido las satisfacciones que demandaba a nombre de su gobierno". Yo le contesté que "en ese caso el bloqueo sería eterno, porque nunca se daría una satisfacción tan humillante para mi país y tan oprobiosa para las autoridades, tanto más cuanto mi gobierno no había irrogado ningún agravio al de Su Majestad Británica; que, por consiguiente, los males que se causaran serían de cargo de la nación británica y nunca de la Nueva Granada; y, finalmente, que la gloria, cualquiera que fuese el resultado, pertenecería a mi nación, pues sus medios de defensa eran infinitamente inferiores a los elementos de todo género que podía poner en acción el poderoso gobierno inglés, pero que con nuestra resolución probaríamos al mundo que sabíamos apreciar nuestro honor nacional". Otros breves discursos hice por el estilo de éste, durante mi permanencia a bordo de la "Madagascar". Por último, el comodoro Peyton me preguntó que "si los súbditos de Su Majestad Británica y los bienes de éstos serían respetados en Cartagena durante la cuestión, agregándome que de otro modo los haría ir a bordo de su flota". Yo le contesté que "conforme a nuestra Constitución, todo extranjero era admitido en mi patria y gozaba de la más completa seguridad en su persona y propiedades, siempre que respetase las leyes del país a que estaba sujeto". Entonces Peyton me significó su satisfacción por mi respuesta, me brindó la última copa, pues había comido en su mesa, me propuso que si quería mandar a Panamá a algún buque del Estado con el objeto de informarme sobre el resultado de la competencia que allí se ventilaba, sobre si correspondía o no a nuestros juzgados emprender el conocimiento de la causa de Rusell, él me lo permitiría. Yo acepté la oferta, que positivamente tuvo lugar, y me despedí para la plaza.

En ella hice saber al gobernador el resultado de la conferencia, manifestándole que nos hallábamos en el caso de redoblar nuestros trabajos y aumentar nuestros miserables medios de defensa, en lo que convino dicho gobernador. Yo di una proclama a las tropas del ejército permanente y de la guardia nacional que estaban bajo mi mando, anunciándoles el mismo resultado y exhortándolos a llenar sus deberes en la contienda; esta proclama fue acogida no sólo por las tropas sino por todos los granadinos con el mayor entusiasmo.

Las tareas se redoblaron, en efecto, y una de las nuevas disposiciones que se tomaron fue la de comprar y armar en guerra cuantos bongos fuera posible y poner una respetable escuadrilla de fuerzas sutiles para hacer con ella la guerra ventajosamente en nuestros esteros y ciénagas, a manera de la guerra de montañas en tierra, que en mi opinión hace invencible al país que quiere defenderse con denuedo y abnegación observando ese sistema.

La flota inglesa recibía continuamente refuerzos; la carestía de los víveres subía en proporción que éstos venían a ser un poco escasos; las gentes inermes de la plaza, y aun algunos jóvenes de la oposición (que no debieran haberlo hecho), abandonaron la plaza; loa bloqueadores maniobraban todos los días, y aun aparentaban hacer desembarcos en varios puntos accesibles de esa extensa costa; ninguna clase de auxilios se recibía del interior; a mí no me era lícito disponer de un solo bote para un asunto del servicio sin pedirlo al gobernador político, porque, según nuestras leyes, ni en este caso depende la marina del jefe encargado de la defensa, y, por consiguiente, falta la unidad de acción y se compromete el secreto de las combinaciones con las fuerzas de tierra, tan necesario para el acierto de las operaciones. En fin, se puede decir que no hay sistema, y que cuando las piezas de una máquina se hallan dislocadas, y que en vez de uno son muchos los que la dirigen y sobre quienes pesa la responsabilidad, no hay fuerza en este caso. Esa responsabilidad no debe gravitar sino sobre una sola persona, jamás dividirse ni hacerse solidaria entre varias, porque, a más de los perjuicios que trae consigo, el resultado es que ella se hace ilusoria; hablo sólo del mando militar en casos de guerra. Yo no podía disponer de un maravedí para pagar un espía, un posta, un hombre que se informara y me noticiara con oportunidad si el enemigo hacía positivamente desembarcos. Para todo esto era preciso pedir recursos al gobernador político, y éste tenía que captar el beneplácito de la Junta de Hacienda, quedando acaso divulgado un arcano interesante para el éxito de la defensa. ¡Y sin embargo de todo esto, yo estaba encargado de repeler la invasión y dejar bien puesto el honor de las armas! ¡Quiera Dios que nunca se halle la república en un conflicto serio mientras no se den leyes que sin desmedrar la autoridad de los gobernadores civiles den facultades suficientes al jefe militar encargado de operaciones! No es la primera vez que expreso estos votos; ellos han sido elevados al Poder Ejecutivo y al Congreso cuando he tenido oportunidad de hacerlo, y cada vez crece mi convicción sobre esa imperiosa necesidad, por más que los hombres inexpertos, aunque bien intencionados seguramente, se empeñen en sostener lo contrario. Una dolorosa experiencia será lo único que los disuada cuando la patria lamente la imprevisión de sus hijos. Mi civismo no puede revertirse a duda, pero no soy de los que llevan ciertos principios, incoherentes con la existencia de la sociedad, hasta un extremo tal que llega a ser absurdo, y, por lo mismo, produce un efecto contrario al que se propone. Si fuéramos invulnerables, si nuestro derecho se respetara siempre, si no tuviéramos el deber de defendernos contra las irrupciones de los poderosos y de los piratas, si no fuera conveniente hacernos respetar, no sólo por la justicia sino también por la fuerza, cuando no es un Areópago el llamado a decidir nuestras contiendas; si los enemigos con quienes tuviéramos que habérnoslas fuesen tan débiles como nosotros y tan escasos de la ciencia marcial que día por día hace progresos admirables en las naciones civilizadas y se cultiva con interés como un medio necesario para su seguridad; si tuviéramos la garantía de conservarnos en paz perpetua con todo el mundo, entonces sí convengo en que debemos prescindir de todo aparato bélico y de todo elemento conducente a la defensa de nuestra nacionalidad, de nuestra libertad, de nuestro honor, de nuestras vidas, de nuestras propiedades y de cuanto hay de más sagrado sobre la tierra; mas como, desgraciadamente, no podemos contar con esos privilegios de la Providencia, forzoso nos es sufrir un mal necesario para evitar otros mayores y emplear los elementos y medios que emplean todos los Estados, sin excepción de uno solo, para conservar nuestra existencia política e individual y preservar incólumes nuestros derechos, lo que no lograríamos sin procurar igualarnos en lo posible a las demás naciones, adoptando los principios del arte de la guerra en cuanto sean compatibles con nuestras instituciones y recursos, so pena de ser la víctima o el ludibrio del primero que quiera molestarnos contando con encontrarnos inermes y desprevenidos. Conozco bien a mis compatriotas para no dudar que en cualquier caso tendrán la abnegación, el patriotismo y el valor suficientes para disputar heroicamente sus derechos, pero estoy persuadido que esas cualidades, sin el auxilio del arte, no serían suficientemente eficaces para asegurar el éxito, o que aun cuando lo fueran alguna vez, el triunfo mismo sería lamentable a vista de los sacrificios inmensos que él costara, sacrificios superiores en mucho a los que se hicieran si los invasores los encontraran preparados debidamente a la resistencia.

En mis hipótesis no he querido, intencionalmente, hacer figurar la de que debiéramos preferir nuestro oprobio y aniquilamiento, a manera de cuáqueros, antes que usar de la fuerza bien dirigida y combinada para repeler la invasora, porque no consiento que los neogranadinos pudieran abrigar esta idea insensata por más optimistas y ascéticos que ellos fueran.

No seamos jamás gratuitos invasores y evitemos por todos los medios que aconseja la civilización las querellas con extraños: que nuestro derecho se presente siempre a la vanguardia en las cuestiones que se susciten sin culpa nuestra, enhorabuena; pero que, previsores como debemos serlo, procuremos hacernos considerar no sólo por la justicia de nuestra causa y nuestra propia dignidad sino también por la fuerza, en último recurso, nada más natural, nada más legítimo, nada más conveniente. Estas son mis íntimas convicciones en el particular, y por lo mismo, no he debido despreciar la ocasión que se presenta para manifestarlas con franqueza. Perdóneseme, por tanto, esta digresión a que he sido estimulado por el amor a la patria, sin que haya sido dictada por el apego a mi profesión ni inspirada por otro cálculo bastardo. Y aunque mucho más pudiera decir sobre esto, me veo obligado a abstenerme, por no interrumpir demasiado el hilo de mi narración histórica, que voy a recobrar.

El 1° de febrero me hizo entender el comodoro Peyton que "el cónsul Rusell se hallaba a bordo de la "Madagascar", y que estando resuelto este punto de la cuestión, no restaba arreglar sino los demás, para lo cual se hallaba dispuesto a entablar nuevas conferencias". Yo accedí a esta propuesta, y, en los mismos términos que la primera vez, permití al comodoro la entrada en la bahía a bordo de su fragata. Las conferencias se renovaron, y la civilidad del comisionado inglés me dio esperanzas de un acomodamiento. No obstante, sus exigencias eran tenaces, pretendiendo que yo accediese a las demás demandas que me había hecho desde un principio. Mi negativa fue igualmente obstinada, como debía serio, y ya estaba yo al punto de partir para la plaza sin haber adelantado nada, cuando Mr. Ayton, negociante inglés casado en Cartagena, me propuso delante de toda la concurrencia que "si yo daba 5.GOO pesos que se exigían de indemnización particular por los perjuicios que había sufrido Rusell, el bloqueo se levantaría, y los demás artículos exigidos en satisfacción por el gobierno de Su Majestad Británica se referirían al ministro inglés en Bogotá, para que éste los arreglase con el gabinete granadino". Yo contesté que "no podía disponer del tesoro público, pero que aun cuando pudiera hacerlo, no me era lícito dar 5.000 pesos porque con esto contrariaba mis instrucciones y causaba una humillación a mi gobierno, que era inocente de cuanto había pasado en Panamá con el cónsul Rusell". Entonces me replicó Ayton que "aunque yo no diese la cantidad referida tomándola del tesoro público, creía que algunos comerciantes de Cartagena, interesados como estaban en la restitución de cinco buques mercantes que habían sido capturados por la escuadra británica y estaban detenidos, me facilitarían la suma sin dificultad". De esta propuesta saqué yo todo el partido que debía, y, apreciándola en su verdadero valor, dije a Ayton: "¿Usted, que es un comerciante, pudiera prestarme los 5.000 pegos bajo mi personal responsabilidad y con un corto plazo, mientras los hago venir de Bogotá?" Ayton me dijo: "Con mucho gusto prestaría a usted esta suma, pero ahora no tengo dinero contante; haga usted la propuesta a la plaza y yo creo que se le facilitarán los 5.000 pesos sin dificultad".

Peyton, que escuchaba todo esto, me dijo: "Facilíteme usted, de cualquier modo, los 5.000 pesos, y en el acto declararé levantado el bloqueo". Yo le contesté: "Como no soy más que un soldado, y no tengo propiedades de valor, se me dificulta encontrar la suma demandada, pues usted sabe que en el comercio se piden muchas prendas y garantías para hacer estos empréstitos, y yo no puedo ofrecer otras que las de mi palabra. Voy a escribir a un amigo para que me proporcione el dinero, pero es preciso que antes convengamos de una manera positiva en lo que se ha de hacer por parte de usted, como comisionado de Su Majestad Británica, pues en las transacciones de esta naturaleza es necesario que de ambas partes se den pruebas ostensibles de cordial avenimiento". "Bien, me dijo Peyton, ¿qué quiere usted que yo haga por mi parte?" "Enarbolar a bordo de la "Madagascar", le contesté, el pabellón granadino, y saludarlo con una salva clásica, con todas las demás ceremonias que usted quiera por su parte agregar". "No tengo inconveniente, me repuso. En el acto que usted me dé los 5.000 pesos se hará por mi parte lo que usted desea".

Escribí luego una carta particular al gobernador Ucrós manifestándole el estado de la conferencia, y la seguridad de que el bloqueo sería levantado inmediatamente si se me facilitaban bajo mi personal responsabilidad las 1.000 libras esterlinas de que he hablado, y remití esta carta con el teniente Francisco A. Uribe, adjunto al Estado Mayor, que me acompañaba en clase de ayudante de campo.

Al cabo de dos horas volvió este oficial, y en presencia de cuantas personas de ambas partes estaban a bordo de la "Madagascar" en la expectativa del resultado, me dijo: "El señor Ucrós contesta a usted que puede disponer de los 5.000 pesos". Yo le pregunté si no me traía alguna respuesta por escrito, y me contestó que no, pues sólo se le había prevenido me dijese de palabra lo que acababa de proferir.

Era, pues, llegado el caso de anunciar al comodoro que estaba allanada la dificultad, y que, por tanto, debía él cumplir con lo prometido. Este me repuso que "cuando tuviese a bordo las 1.000 libras esterlinas daría, por su parte, cumplimiento a lo estipulado". Yo me molesté con esta réplica y mostré con mis gestos y expresiones que no era indiferente al agravio que se me irrogaba dudando de mi palabra y esperando a que se llenase la materialidad de la entrega de las 1.000 libras, pues que bastaba que hubiese asegurado que estaba vencida la dificultad para que el comodoro no pusiese la menor duda sobre esto y diese por recibida la cantidad. El cónsul británico y otros ingleses de los que allí había hicieron entrar al comodoro a su cámara y le dieron seguridades de mi promesa, haciéndole ver que no era decente ni decoroso que esperase a contar el dinero para enarbolar y saludar el pabellón granadino, etc. Penetrado de la fuerza de estas reflexiones, sir Peyton salió precipitadamente y me dijo: "Doy por recibidas las mil libras, y en tal virtud paso a cumplir lo que me toca". Efectivamente, el pabellón granadino fue tremolado en el lugar de preferencia, y saludado con una salva plena de artillería; a mí se me hicieron los honores debidos y se dieron las órdenes por medio del telégrafo a toda la escuadra para que se levantase el bloqueo, que positivamente quedó levantado el 2 de febrero de 1837, y los buques apresados fueron devueltos. Yo lo anuncié a las tropas de mi mando para que cesase desde el momento el servicio de campana que se estaba haciendo desde que se declararon por el comodoro bloqueadas interior y exteriormente todas nuestras costas.

El resultado de la transacción fue redactado primitivamente en inglés, y reformado muchas veces, a causa de contener períodos que alteraban el sentido en perjuicio de la Nueva Granada, como que en una de esas ocasiones yo cometí la imprudencia de rasgar el borrador en presencia de toda la asamblea, porque, siendo el tercero que se rehacía; contenía casi los mismos defectos que los anteriores, disfrazándolo con otras palabras. La redacción era pésima, pero no pudiendo mis observaciones obrar ningún buen efecto en la razón de sir Peyton, cuyos alcances en estas materias eran muy limitados; tuve que sacrificar estas faltas a la sustancia del convenio, y así lo advertí al Poder Ejecutivo en el protocolo de las conferencias que elevé con los otros documentos, por conducto de la Secretaría del Interior y Relaciones Exteriores.

Siguieron los convites de ambas partes, y otras muestras de reconciliación.

He procurado, con toda la claridad posible, referir la historia de estos acontecimientos, que han presenciado multitud de personas, entre otras el coronel Jaime Brun, el intérprete del gobierno, señor Pablo Alcázar, el señor Antonio Benedetti, que me servía de intérprete particular, y el teniente Francisco A. Uribe, adjunto al Estado Mayor.

Mi conducta fue aprobada explícitamente por el gobierno, con la restricción de la cláusula cuarta que contenía la entrega de las 1.000 libras esterlinas, sobre lo que se expresó el Ejecutivo en estos términos: "En cuando a la cláusula cuarta del convenio, sobre cuyo contenido no había dado instrucciones el gobierno a su comisionado, se manifestó en la nota diplomática citada de 7 de diciembre (22), que se accedería a la indemnización de 1.000 libras esterlinas siempre que fuese justa y necesaria, pero faltando sólo cuatro días para la reunión del Congreso, se abstiene el Poder Ejecutivo de dictar resolución y somete a dicha Asamblea constitucional su decisión, a cuyo efecto se le pasarán todos los documentos que suministran los datos correspondientes para juzgar si era necesaria y otorgándola se ha salvado la dignidad nacional".

Como esta resolución a medias dejaba en problema mi leal, y, si me es lícito decirlo, mi hábil comportamiento en este negocio, ocurrí a la Cámara de Representantes por medio de un respetuoso memorial, pidiendo que mi conducta fuese examinada con todo el escrúpulo y severidad necesarios, y se me infligiese la pena a que me hubiera hecho merecedor, caso de haber faltado a mis deberes, para que de este modo quedase salva la dignidad nacional, que jamás había tenido intención de comprometer. La Cámara declaró que "yo no había dado motivo para el juicio que pedía". De este modo se salvó la responsabilidad del Ejecutivo y se tranquilizó su conciencia; se dejó pura mi reputación y se aprobó mi procedimiento, y, lo que es más, quedó bien puesta la dignidad nacional.

Para concluir este artículo me resta examinar tres cuestiones que pongan más en claro la pureza de mi conducta y no permitan jamás que sobre el honor de la Nueva Granada caiga la más ligera mancilla, ya que no sea posible evitar las ligeras censuras de los criticones.

Primera cuestión: ¿era justa la entrega de las 1.000 libras esterlinas, que el gobierno se había comprometido a dar en tal hipótesis, como indemnización de los daños y perjuicios irrogados al excónsul Rusell? Respondo que sí. Declarada la incompetencia de los tribunales granadinos para conocer del juicio iniciado en ellos contra Rusell, se sigue que éste tenía derecho a reclamar sus daños y perjuicios. Un año de prisión le había privado de un sueldo de 5.000 pesos, de que habría gozado como cónsul, y por consiguiente la reclamación de esa cantidad era muy equitativa. Por otra parte, al gobierno le quedaba libre la acción de intentar el reembolso de esa suma por los que hubiesen dado lugar a la prisión y detención del cónsul inglés.

Segunda cuestión: ¿era necesaria y conveniente la entrega de esa cantidad? Respondo que sí. Los inmensos gastos que se hacían en toda la costa para fortificarla; los aparatos bélicos que se desplegaban para rechazar la invasión; la alarma general de la república; la interdicción del comercio, fuente principal de las rentas de la Nueva Granada; la detención por la escuadra bloqueadora de cinco buques mercantes que venían del extranjero cargados de efectos, que, a más de privar al tesoro público de los derechos que causaran, originaban a sus propietarios enormes gastos y les hacían correr el riesgo de perderlos con la continuación del bloqueo; todo esto agregado a las consideraciones sobre el estado de la plaza de Cartagena y nuestras demás ciudades marítimas, manifiesta a todas luces que la entrega de los 5.000 pesos era absolutamente necesaria y conveniente.

Tercera cuestión: ¿pude yo hacer esta entrega? Respondo que sí, y voy a fundarme. Si a ninguno le es vedado el rescate de la vida o libertad de un individuo, mientras le sea lícito hacerlo a su costa, con tanto menor razón le debe ser prohibido el rescate de la vida o libertad de una nación, o el hacer un sacrificio individual para librarla del riesgo que la amenaza. Este es el caso práctico. A mí se me propone que dé 5.000 pesos de cuenta del gobierno, y yo me niego absolutamente, porque ni estaba autorizado para hacerlo ni debía verificarlo sin echar un borrón sobre mi patria y mi honor, ni podía disponer del tesoro público. En consecuencia (llevando hábilmente la cuestión al terreno que me convenía) se me dice: "Con tal que usted dé los 5.000 pesos, no nos importa que salgan del tesoro público, ni que se haga la entrega a nombre del gobierno". Yo respondo que "no soy hombre de propiedades, ni tengo créditos". Se me compromete entonces a buscar en el comercio esa suma, y yo accedo. Escribo una carta al gobernador, éste me contesta verbalmente que puedo disponer de la suma, sin decirme de dónde sale, y para otorgarla en Junta de Hacienda (cosa que yo nunca me imaginé) fue preciso que el coronel Juan A. Piñeres, que era el jefe de Estado Mayor del cuerpo del ejército puesto bajo mis órdenes, ofreciese particularmente responder por mí de la cantidad, hipotecando sus propiedades. Luego yo no entregué esa suma a nombre del gobierno, luego la di como de mi bolsillo, pues comprometí mi personal responsabilidad y la de un amigo; luego pude hacerlo; luego, por una conclusión lógica, mi conducta en este negocio debió ser aprobada plausiblemente.

La única responsabilidad que podía habérseme exigido era la de reintegrar en el tesoro público los 5.000 pesos que el gobernador de Cartagena me había franqueado; aun sin haberle yo expresado que me facilitase de las arcas nacionales, circunstancia que, como lo he dicho, ignoraba yo hasta después de haber regresado a la plaza, ya comprometida mi palabra con el comodoro Peyton. A esta responsabilidad yo me sujeté espontáneamente, satisfecho de que mis compatriotas la darían por medio de una suscripción y de que me quedarían reconocidos por mi firmeza, cuando ella fue necesaria, y por mi habilidad en haber sabido conducir la cuestión al punto de resolverla sin comprometer la dignidad nacional. No sé cómo se hubiera podido salir del paso de una manera más decorosa, más honrosa y más útil para la nación, y no sé hasta dónde habrían alcanzado los males que se hubieran seguido de la continuación del bloqueo, si yo, por un escrúpulo mal entendido, o por mejor decir, por imbecilidad, me hubiera obstinado en no conceder 5.000 pesos de mi bolsillo para terminar la contienda. Entonces sí habría merecido las maldiciones y el desprecio no sólo de los granadinos sino de los americanos todos, de todo el mundo culto. Me jacto de haber obrado rectamente y de haberme sabido conducir en tan delicadas circunstancias de una manera correspondiente a mi puesto, superior a mis alcances diplomáticos y conveniente a la república. Todavía sería recomendable mi procedimiento si se reflexiona que en la escasez de mis recursos pecuniarios hice gastos muy considerables de mi bolsa particular para los convites y obsequios que se siguieron a la transacción, sin que el gobierno me hubiese dado un solo real, contra lo que se acostumbra en semejantes casos. Hago mis votos al cielo por que las cuestiones que se susciten en lo venidero entre mi país y otro Estado, fuerte o débil, se transijan como las de Francia e Inglaterra, de que acabo de hablar, y que los agentes de mi patria se conduzcan en ellas con el decoro y firmeza con que yo lo he hecho, sacando mejor partido del que se había propuesto el gobierno, mi comitente, y preservando a la república del cúmulo de males que le habrían sobrevenido con un proceder menos hábil que el mío. Por desgracia, mientras seamos tan débiles como somos, estaremos expuestos cotidianamente a mil sinsabores con los poderosos, quienes rara vez prestan oídos a la voz de la justicia.


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22. Nota dirigida en 7 de diciembre de 1836 por el señor Lino de Pombo, secretario de Estado en el despacho interior y relaciones exteriores de la Nueva Granada, al señor Turner, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de S. M. Británica cerca del gobierno granadino.

 

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