CAPITULO
XXXVI
El 23 del mismo enero marché a Cartagena, adonde llegué el
primero de febrero siguiente, tomando posesión en el acto del nuevo
destino. No fueron pocas las molestias y los peligros que arrostré
navegando día y noche, sin descanso, en el río Magdalena. Me sobran
datos para sospechar que los bogas de Mompós para abajo tuvieron
intención de hacerme naufragar, y que si no lo ejecutaron fue por
haberles impuesto temor con las amenazas que les hice armado de mis
pistolas y espada. Ellos habían sido instigados por dos de mis
enemigos políticos para hacerme perecer. Desde Honda hasta la
referida Mompós, me acompañaron los señores Davison y Eusebio
Bernal, pero allí me abandonaron por no sufrir más incomodidades y
riesgos de loa que habían experimentado en mi viaje inusitado y
bárbaro. Tenían mucha razón esos señores en no querer acompañarme
por más tiempo, y harto arrepentidos quedaron de haberse asociado a
mí en tan penosa peregrinación.
Tomé inmediatamente conocimiento de los medios de defensa que
había en aquella plaza y emprendí todas las obras posibles para
fortificarla de una manera imponente. No faltaban elementos en ella
con qué hacer una lucida resistencia, pero estaban desorganizados e
inservibles por el momento. Casi toda la artillería se hallaba
desmontada. Los muros del principal recinto se encontraban bastante
deteriorados, y las fortificaciones exteriores en un estado
lamentable. No había sino muy pocos artilleros propiamente dichos,
pues aunque existía un pequeño cuerpo de esta arma en el mejor pie
para obrar como infantería, eran pocos los soldados instruidos y
ejercitados en el manejo de artillería, y el cuerpo de ingenieros,
tan indispensable para el ataque y defensa de una plaza fuerte,
estaba reducido a sólo un jefe facultativo. La guarnición no
alcanzaba a 1.000 hombrea, que es la sexta parte calculada para
defenderla vigorosamente contra un enemigo poderoso, los recursos
pecuniarios eran muy escasos y las facultades para disponer de
ellos limitadísimas, condicionales hasta el escrúpulo y en sumo
grado entrabadas (las que yo tenía como gobernador político no
estaban, como no están todavía, detalladas para esos casos, siendo
contrario a la Constitución reasumir el mando militar en el civil,
y
viceversa) nuestra marina de guerra estaba reducida a la
menor expresión posible, o, por mejor decir, era insignificante aun
en presencia de una nación débil, pues no constaba sino de 2
pailebots viejos y casi inútiles que hacían el servicio de
guardacostas y correos del Istmo de Panamá e islas granadinas del
lado del Atlántico, y un hongo y tres falúas para el servicio del
puerto y castillos de Bocachica. En fin, todo estaba de tal modo
que yo no podía responder ciño de salvar el honor nacional y el
lustre de nuestras armas en caso de un ataque bien dirigido, mas no
de repeler la invasión ni de preservar la plaza de caer en manos
del enemigo, pues a la gran distancia en que se halla Cartagena de
la capital de la república y con la dificultad suma que en aquel
tiempo había para los transportes, era moral y físicamente
imposible recibir oportunamente auxilios eficaces.
Pero no eran éstas las únicas dificultades que hacían crítica mi
posición: otras no menos graves me rodeaban y complicaban mis
atenciones. De ellas paso a ocuparme.
El gobierno me había entregado un pliego sellado, con prevención
de no abrirlo hasta haberme posesionado de la gobernación. Cuando
esto se verificó, abrí el pliego, que contenía la orden perentoria
de hacer salir para Mompós al señor Vicente Piñeres, que estando
confinado en esta última ciudad había obtenido una licencia por dos
meses para pasar a Cartagena, y habiendo expirado el término,
continuaba allí abusando de la gracia del gobierno y fomentando la
discordia de cuantas maneras podía. Era, pues, de mi obligación,
dar cumplimiento a la orden del Poder Ejecutivo, a cuyo fin la
transcribí al jefe político del cantón, como el órgano natural que
debía darle ejecución. Piñeres se quejó al Tribunal de Apelaciones
pretendiendo hacer valer contra mí el delito de abuso de autoridad;
la imprenta se desenfrenó en los papeles de la oposición, que eran
redactados o dirigidos por el mismo Piñeres, con el principal fin
de despopularizarme en un lugar en donde yo no era bastante
conocido; las más negras calumnias e improperios se produjeron
contra mí, y se intentó poner en problema mi reputación,
particularmente entre algunos jóvenes vanos, presuntuosos e
inexpertos a quienes había fascinado Piñeres. Es verdad que el
partido liberal tomó mi defensa con empeño, pero tal era el ímpetu
de las pasiones que esto no podía redundar sino en daño de la cosa
pública; el abuso de la imprenta era desmesurado, y la impunidad de
los que abusaban era tan segura que no dejaba otro arbitrio a los
liberales que el de las recriminaciones.
Después de un proceso tan ruidoso el Tribunal me exigió la orden
original en virtud de la cual había yo obrado, y a su vista declaró
mi inocencia, y Piñeres se vio obligado a regresar a Mompós,
después de haberse desahogado furibundamente en sus folletos contra
quien no era sino un simple ejecutor de una orden irrevocable. Esto
me quitó mucho tiempo, que pudiera haber empleado en los
preparativos de defensa, y entorpeció todos los trabajos que se
habían emprendido para librar siquiera la plaza de un golpe de
mano, que podía intentarse de un día a otro por alguna fuerza naval
de Francia, que antes de mi llegada a Cartagena se había presentado
ya al frente de sus muros de una manera amenazante; y si había
desaparecido de sus aguas, era de presumirse que se reforzaba en
las Antillas para volver con más decisión, como después lo
hizo.
Otro caso ocurrido: habiendo el gobierno nombrado dos oficiales
supernumerarios en la secretaría de la Gobernación de Cartagena
para ayudar a sus trabajos
mientras se considerasen
necesarios, me vi. en la precisión de despedir a uno de ellos,
porque lo consideraba
innecesario y porque no merecía mi
confianza.
Este era impresor y tenía a su cargo la tipografía de los
herederos de Juan Antonio Calvo, por lo que ya se puede inferir
cuáles serían las producciones de esa prensa en desagravio de la
despedida del oficial de pluma. Pero no era esto todo.
Un manejo escandaloso reinaba en algunos empleados de hacienda,
autorizados por el abuso que se había hecho desde mucho tiempo
atrás en la aplicación de los fondos públicos que se explotaban con
el más descarado atrevimiento, monopolizándose el agio por
determinadas personas que poseían alguna influencia y que habían
pertenecido a las malas causas de la dictadura y la usurpación.
Entre estos manejos se comprendía el de comprar por un precio
ínfimo las libretas de ajustamientos de la tropa, las cuales eran
presentadas a la tesorería como vales pagaderos o billetes de banco
y amortizados por ella, sin embargo de una circular del Poder
Ejecutivo dada bajo mi firma, siendo secretario de Guerra, que
prohibía el que estos pagos se hiciesen por otros que por los
respectivos habilitados de los cuerpos. Entre estas libretas muchas
eran falsificadas, pero sin examen ninguno eran admitidas y pagadas
las sumas por la tesorería. Yo puse en vigor el decreto ejecutivo,
que debió ofender a cuantos hacían ese indebido negocio, y
aumentar, por tanto, el número de mis enemigos.
Descubrí también la fabricación fraudulenta de algunas libretas
y acusé a un sargento, que en mi presencia se confesó culpable del
hecho e imploró el perdón, pero estando tantas gentes y tantos
intereses comprometidos en esta investigación, el sargento fue
declarado inocente por el Tribunal civil, a quien competía su
juzgamiento. ¡Así debía suceder!
El sistema de maestranzas, tan ruinoso al erario público, lo era
más en la plaza de Cartagena, en donde, naturalmente, hay más obras
que hacer. Yo procuré sustituirle el de contratas, que me había
probado el beneficio de la economía en cuantas partes lo había
ensayado desde el año de 1821, y como esta providencia, tan
favorable al fisco, afectaba muchos intereses de los agiotistas, ya
puede suponerse cuánta oposición me creara, cuántos enemigos me
hiciera y cuantos sinsabores me costara.
Otro extraordinario suceso vino en seguida a envenenar más mi
situación y a poner a prueba de fuego mis sufrimientos y mi
energía. Vergüenza me causa el referirlo, pero su omisión usurparía
a mi conducta pública uno de los rasgos culminantes de los que más
la honran por haber tenido lugar en circunstancias tan angustiadas,
cuando habría sido imposible dominar la situación a quien no
poseyera el genio calculado para hacer frente a tantas decepciones
y allanar tan grandes inconvenientes. Paso al asunto.
Los sirvientes del general Ignacio Luque, que era el jefe de las
armas en la provincia de Cartagena y en las demás del litoral del
Atlántico, asaltaron el correo de Bogotá en las inmediaciones de
aquella plaza, asesinando cruelmente al conductor principal de la
valija y dejando gravemente herido al peón que le acompañaba, a
quien creyeron muerto, apoderándose de los considerables intereses
en moneda que conducía. Con la denuncia que se me dio y que tenía
todo el carácter de la verosimilitud contra los autores de ese
atentado, excité a la autoridad competente para que aprehendiese a
los iniciados del crimen e instruyese el proceso con el interés
debido; mas el juez retardaba demasiado el cumplimiento de mi
primera indicación, y ya esos criados se habían dado cuenta de las
sospechas que infundían y se preparaban a escapar, lo que
indudablemente habría tenido lugar si su captura se hubiera
diferido dos minutos más, dando por resultado su impunidad y la
pérdida de muchos miles de pesos. En semejante conflicto me armé
con mis pistolas y espada, y solo, porque no había en la casa otra
persona de confianza que me acompañara, me coloqué en la puerta del
cuarto en donde aquellos sirvientes, que eran tres, armados de un
trabuco, una carabina, sables y lanzas, se disponían a tomar la
fuga. Intimóles la rendición con mis pistolas preparadas, y de una
manera resuelta les previne que dispararía sobre ellos si daban un
paso adelante. Llenos de terror, aunque pertenecían a los valientes
del ejército colombiano, los criados se me sometieron sin
resistencia hasta pocos minutos después en que llegó un piquete de
soldados y los aseguré y entregué al juez respectivo. Debe
advertirse que tanto ellos como el general Luque vivían en la misma
casa que yo habitaba.
Convictos y confesos, denunciaron a su general como ordenador
del atentado, a lo que se agregaba haber visto al mismo Luque
cuando ocultaba en un lugar oscuro parte de los intereses
sustraídos de la valija saqueada, intereses que fueron, igualmente
que casi todo el resto de ellos, encontrados por mi asistente
Delgado, a cuya eficacia en buscarlos y honradez en entregarlos se
debe que sus dueños los hubieran recobrado. El proceso se instruía,
pero, a pesar de tantas pruebas como se habían acumulado, el juez,
débil o corrompido, no se atrevía a decretar el arresto de Luque,
quien continuaba con el mando militar. El había tenido bastante
habilidad para concitar contra mi el odio de mis diferentes y
gratuitos adversarios, pretextando que yo le perseguía para
anularlo y perpetuarme en el mando de la provincia (cosa en que yo
no soñaba siquiera), y tales y tan intensas eran las pasiones de
mis enemigos, que cerrando los ojos a mis precedentes, siempre
puros, acogieron ese pretexto y me dirigieron por la prensa los
ataques más rudos e injustos de que se pueda tener idea,
constituyéndose (los perversos) en patrocinadores de la causa de un
facineroso en momentos que la patria corría el riesgo de ser
invadida por el extranjero.
A fin, gracias a la rectitud del incorruptible doctor José María
del Real, magistrado del Tribunal de Apelaciones del Magdalena,
Luque fue puesto en prisión y condenado a destierro perpetuo,
perdiendo por el mismo hecho el empleo de general que había ganado
con la punta de su espada, derramando su sangre en diferentes
campos de batalla en que combatió en favor de la independencia. Los
tres sirvientes fueron condenados a muerte y ejecutados, habiendo
persistido en su denuncia hasta el último momento. La vindicta
pública se satisfizo, pues, a medias, porque ella y la severa
justicia reclamaban la condigna pena de esos famosos criminales,
pero la chicana, la intriga y toda especie de manejos inicuos se
pusieron en juego para librar del suplicio al hombre que más lo
merecía y lograron ganarse un voto en el Tribunal, sin cuya
concurrencia, según nuestra legislación de entonces» no podía
aplicarse la pena de muerte. Otros incidentes que no carecen de
interés ocurrieron durante aquel célebre proceso; empero, guardaré
sobre ellos silencio por pura moderación.
Vuelvo a llamar la consideración de mis lectores sobre la
importancia de ese drama. Mi reputación, cruelmente lacerada;
inminentes los peligros de la plaza; un partido protervo predicando
la anarquía; los recursos para la defensa de una plaza tan
importante, sumamente débiles e ineficaces; mi responsabilidad
comprometida de una manera extraordinaria, y el jefe de las armas
culpable de un delito atroz, amparado por hombres inmorales, que
procuraban su impunidad aun a costa de una conspiración, que no les
habría sido difícil si la mayor parte de los jefes y oficiales de
la guarnición no hubieran sido tan leales y tan amigos míos. Ahora
que han pasado seis años, yo estoy cierto que mis mayores enemigos
no podrán menos que avergonzarse y justificarme, sintiendo los
remordimientos consiguientes a la injusticia con que me
persiguieron.
Volvamos a la cuestión Barrot. Hallábame esperando el resultado
de la comisión del coronel Juan María Gómez, enviado por el
gobierno granadino cerca del rey de los franceses con el objeto de
arreglar honrosamente las desavenencias en que se hallaban las dos
naciones. Este resultado se supo en Cartagena en el mes de
septiembre, y poco después se presentó el contralmirante barón de
Mackau, a la cabeza de una flota considerable, con instrucciones de
su gobierno para la ejecución del convenio celebrado en París, o
para exigir, por la fuerza, la satisfacción de los ponderados
agravios que pretendía habíamos irrogado a esa nación en la persona
de su cónsul.
Ese personaje tan distinguido me trató desde nuestra primera
entrevista con las más delicadas consideraciones y supo inspirarme
una simpatía cautivadora, y así fue como, mientras él permaneció al
frente de Cartagena esperando que mi gobierno me instruyese sobre
lo que me tocaba hacer, tuve una gran confianza en la conducta del
barón de Mackau y de la escuadra de su mando, confianza que influyó
en conservar la mejor armonía entre los dos, que éramos los
designados por nuestros respectivos gobiernos para la ejecución de
lo estipulado, y que se vio a punto de ser turbada si nuestra buena
inteligencia no hubiera sido tan bien sostenida por nuestras rectas
intenciones.
Al fin recibí las instrucciones del caso, y, en su virtud, mis
relaciones oficiales con el almirante fueron iniciadas en una
conferencia previa para acordarnos en el modo como debían
verificarse las ceremonias de la reconciliación. Como algunas de
éstas eran desdorosas para la Nueva Granada, pude recabar del
comisionado francés su modificación, sin la cual yo no me habría
prestado nunca a ser agente de mi gobierno para este caso, como se
lo protesté con prioridad. El general Pedro A. Herrán, que acababa
de llegar de Europa, fue comisionado por mí cerca del barón de
Mackau para aclarar algunos pormenores un poco oscuros, lo que
desempeñó satisfactoriamente, y habiéndose arreglado todo de una
manera decorosa y digna del gobierno a quien representaba, el 21 de
octubre se dio cumplimiento a lo convenido, y siguieron los
convites de etiqueta. El barón de Mackau me atestiguó siempre su
estimación, asegurándome que al afecto que yo había sabido
granjearme se debía exclusivamente el haber cedido a mis
pretensiones en cuanto a las formulas ostensibles de la
reconciliación de nuestras dos naciones, modificando, basta el caso
de comprometer su responsabilidad, lo expresamente estipulado en
París, y lo que se le prevenía en sus instrucciones, que enseñó al
general Herrán y a mí.
A las funciones se siguió el cambio de nuestras espadas y otras
muestras de nuestra recíproca estimación. El rey Luis Felipe me
hizo después, por conducto de mi respetable amigo el barón de
Mackau, un primoroso regalo, consistente en un elegante fusil de
caza, el cual admití previo el permiso del Congreso.
Habiendo salido con tanta fortuna de mi comisión a Cartagena y
de todos los embarazos que la complicaron, pedí al gobierno me
permitiese volver a Bogotá, y en 20 de noviembre se accedió a mi
solicitud, nombrándome jefe militar de la provincia de Cartagena y
comandante en jefe de la segunda columna del ejército, y
concediéndome cuatro meses de licencia temporal. Pero todavía tuve
mucho que sufrir antes de salir de Cartagena, como voy a
expresarlo.
Había en aquella plaza un oscuro habanero que había ido algunos
años antes con licencia del gobierno para arreglar una mortuoria.
Este individuo pertenecía al partido de los sediciosos y hacia
alarde de su criminal conducta. Varios patriotas me significaron
todo esto y me agregaron que la residencia del habanero era ilegal,
pues se hallaba en vigor el decreto legislativo que prohibía la
entrada en Colombia a los súbditos del rey de España mientras éste
no reconociese nuestra independencia, y que el agraciado llevaba ya
dos años o más de estar en aquella plaza, sin que se le hubiera
prorrogado la licencia de dos meses que se le había concedido.
Informado yo de los hechos hice intimar al extranjero su salida de
la plaza; a sus instancias le concedí un término racional para el
arreglo de sus negocios, pero en vez de agradecer el favor,
interpuso acusación contra mí; publicó papeles insolentes, y, como
había sucedido en los anteriores hechos, todos mis enemigos se
pusieron del lado del habanero y trataron de que se me condenase,
so pretexto de abuso. El Tribunal no pudo menos que declararme
inculpado, por ser mi providencia arreglada a la ley, y en
consecuencia dispuse la salida del súbdito español para el 9 de
diciembre, día en que debía entregar el puesto de gobernador al
señor Vicente Ucrós, nombrado para sucederme.
Como no hubiese un buque neutral para hacer salir al habanero
antes que yo dejase la gobernación, y como temiese, con fundamento,
que si la salida no se verificaba entonces mi orden podía ser
evadida y la autoridad desairada, ordené que un buque de guerra del
Estado se encargase de la comisión, dando instrucciones al capitán
para que saliese algunas horas antes que tomase posesión Ucrós, de
modo que cuando esto tuviese lugar ya el buque hubiera desaparecido
de la vista de la plaza. Navarro, que era el capitán escogido por
mí como oficial que me parecía honrado y exacto, pudo ser seducido
por mis tenaces enemigos y entorpeció su salida de las aguas de
Cartagena, de modo que habiendo yo entregado la gobernación al
instante indicado, persuadido que Navarro había tenido tiempo
bastante para alejarse de la vista, en el acto supe que éste hacía
señales de hallarse en algún conflicto y que el gobernador había
aparentado mandar a informarse de lo que sucedía al buque. Muy
pronto se supo que el capitán se había puesto a la capa a causa de
hallarse el cubano sufriendo del mal de mareo, y que el gobernador
Ucrós había ordenado volviese el buque a la bahía y se detuviese
allí hasta otra orden.
Al día siguiente en que yo salí de Cartagena, supe que el
habanero entraba libre a la plaza y que se iba a consultar al
gobierno si debía sostenerse mi providencia, inclinándose Ucrós a
que no se sostuviera. El gobierno resolvió, previos los informes
necesarios, que yo había obrado dentro del círculo de mis
atribuciones y que el cubano debía salir de la Nueva Granada.
De este modo tan indecente se manejó el gobernador Ucrós,
abusando de su autoridad, desairando la mía y ofendiendo mi amor
propio con tanta villanía. No tuvo miramientos ni a mi persona
pública, ni a la ley, ni al modo caballeroso con que yo lo había
tratado. Debió siquiera considerar que si él me hubiese causado una
ligera sospecha en este procedimiento yo habría diferido entregarle
el puesto por algunos días más, pues dependía de mi voluntad, hasta
que mi orden hubiera sido ejecutada al pie de la letra. El objeto
de Ucrós era hacerse popular con los que me odiaban para
recompensarles así el favor que le habían hecho proponiéndole entre
los de la senaria para gobernador, y a esta estéril satisfacción
sacrificó la decencia y la justicia, porque el fin de mis
adversarios era agraviarme con bajeza a falta de ánimo para hacerlo
de otro modo. ¡Qué patriotismo! ¡Qué nobleza de sentimientos! Si
mis enemigos hubieran podido descubrirme un flanco, estoy cierto
que me habrían perdido en Cartagena, pero como no di un solo paso
que no fuera escudado por la ley, sus furibundos esfuerzos se
estrellaron, a su pesar, en el santuario de la justicia, y mi
reputación resaltó más en razón de las manchas que quisieron
imprimirle.
En prueba de mi filantropía y de que no eran miserables pasiones
las que dirigían mi conducta con respecto a los súbditos españoles,
contra quienes ya no existía el rencor que nos animo durante la
guerra de independencia, referiré un caso que habla por sí solo y
muy elocuentemente en mi favor. Habiendo naufragado cerca de
Cartagena el bergantín "México", que creo llevaba
pabellón inglés, pudo salvarse el marqués de Baldehoyos con otro
español y la tripulación, en el único bote que había podido
conservarse; y en tan aflictiva situación se me presentaron
reclamando hospitalidad. Yo la concedí con el mayor gusto, no
obstante hallarse vigente la ley de que he hablado, que prohibía
entrar en el territorio granadino a los súbditos del rey de España,
ofreciendo al marqués un departamento en la casa que yo habitaba y
cuantos recursos pudiera necesitar, cuyos ofrecimientos generosos
no fueron aceptados porque Baldehoyos contaba en aquella plaza con
relaciones y propiedades que poseía en ella. De esto di cuenta al
Poder Ejecutivo, interesándome, además, en que se permitiera a ese
señor residir en el país hasta el definitivo arreglo de sus
intereses, y habiendo obtenido la aprobación de mi conducta logré
lo que pedía, y el marqués no salió de la Nueva Granada sino
espontáneamente, cuando hubo dado punto a sus negocios. Cumplí,
pues, no sólo con lo que prescribe el derecho de gentes para tales
casos, sino también con un deber humanitario, de que he dado tantas
y tan relevantes pruebas.