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CAPITULO XXXV

 

El ex-general José Sarda, enconado con el gobierno porque no lo había reinscrito en la lista militar de que había sido borrado por un decreto de la Convención Constituyente, intentó trastornar el orden público y sobreponerse a las leyes, para obtener por la fuerza lo que el derecho le había negado. Logró seducir algunos de los incautos moradores de la llanura de Bogotá y alistar entre los conspiradores otros jefes y oficiales que se hallaban en su mismo caso. Su bárbaro proyecto debía comenzar por apoderarse de los cuarteles, en donde había logrado hacerse a algunos traidores, y en seguida asesinar al general Santander, y a mí y a otras personas que le eran odiosas por la categoría de sus posiciones, porque se habían negado a su reinscripción y porque podrían dañarle en lo venidero. Ciego con el deseo de la venganza, y preocupado con la seguridad del suceso, resolvió verificar la conspiración la noche del 23 del mismo julio. El gobierno fue instruido al acercarse la noche, aunque anónimamente, de lo que se tramaba contra su existencia y de los demás pormenores del diabólico plan que, como todos los de esa especie, se apoyaba en la religión, pretexto traído por los cabellos, pues no había ni remoto temor de que ésta sufriera el más pequeño daño.

El presidente me llamó al palacio a las seis de la tarde, y comunicándome en abstracto, por la premura del tiempo, el peligro que corría la patria, me ordenó pasase al cuartel del batallón número 1° y me pusiese a la cabeza de la tropa que allí existiera, con órdenes de repeler la fuerza con la fuerza, ofreciéndome poner en mi noticia los detalles de la conspiración y darme instrucciones escritas y circunstanciadas luego que se lo permitiera el tiempo, que con preferencia debía aprovechar en tomar todas las medidas de precaución y seguridad que el negocio requería. Yo obedecí, como era de mi deber, y mientras salía de la sala dije al presidente que "nada había ya que temer; que. yo obraría enérgicamente; que era necesario usar de mucha prudencia y disimulo para que los facciosos no se enterasen de que estaban denunciados y apoderarnos de todos ellos, sin sangre ni alboroto, evitando males a la patria; y, últimamente, que esperaba me comunicase los detalles de la conspiración y las instrucciones correspondientes para arreglar a ellas mis operaciones".

Llegué al cuartel, y aunque yo no figuraba como autoridad militar para que se me prestase obediencia por el batallón, las secretas insinuaciones que hice a los oficiales y la confianza que les inspiraba, fueron suficientes móviles para ponerse bajo mi mando y protestarme hacer cuanto ordenase. Con el mayor silencio hice reunir la fuerza disponible, que no pasaba de 80 individuos, pues el batallón había dado ese día el servicio de la plaza, circunstancia con que contaban los facciosos, porque ése era el mejor cuerpo, el más numeroso de la guarnición, y capaz él solo de haber destruido a los conspiradores por más numerosos que hubieran sido. En seguida hice cargar las armas y disponerlo todo para lo que debía ocurrir muy pronto. Ninguno de fuera pudo conocer la alarma que había en aquel cuartel, porque se procedió sin ruido, mientras en el cuerpo de guardia se aparentaba la más completa tranquilidad.

Eran las ocho de la noche y aun no había yo recibido las noticias e instrucciones del presidente. Entre tanto, me hallaba virtualmente a las órdenes del coronel José Manuel Montoya, como que este jefe era el que mandaba en lo militar la provincia de Bogotá y las tropas de sus guarniciones. Pocos instantes después oí un tiro como de fusil a distancia, y no me quedó duda de que ya se había empezado a obrar. Esperaba la repetición de ese tiro para salir con mis 80 hombrea dondequiera que el peligro se presentase, bien que sin plan combinado ninguno, cuando llegó al cuartel un oficial a caballo a darme parte que el coronel Montoya había sido alevosamente asesinado por el oficial Pedro Arjona, uno de los traidores. En seguida se me comunicó este acontecimiento con sus pormenores por el jefe de día y otros oficiales. Mas luego me llegó el nombramiento oficial de jefe militar de esa provincia y comandante en jefe de la primera columna del ejército que la guarnecía, en consecuencia de la muerte del coronel Montoya.

Ya nada había que disimular, pues el presidente mismo, incautamente, contra mi parecer, había hecho ostensible el descubrimiento del complot, cuando Sarda se hallaba con sus secuaces cerca de San Victorino, pronto a invadir el cuartel de caballería, del cual debía, según sus cálculos, apoderarse silenciosamente, pues los oficiales de ese cuerpo, Arjona y Anguiano, estaban comprometidos a facilitarle la entrada por sorpresa y poner a su disposición la tropa, que debía formar parte de sus fuerzas. Ya el asesinato del coronel Montoya, cuya vida se hubiera preservado si se obra como debiera haberse obrado, había impuesto a los habitantes de la capital, y a Sarda mismo, de que el gobierno estaba alarmado y era sabedor del plan de conspiración. Por tanto, ordené, sin previo conocimiento del presidente, que toda la guarnición se reconcentrase en la plaza principal hasta el día siguiente, por la mañana, en que debiera saberse la posición del enemigo y las fuerzas con que contaba, para atacarlo en seguida, a cuyo efecto insté por que recogiesen todos los caballos que fuera posible.

El teniente coronel Joaquín María Barriga, que había sido comisionado por el gobierno, con 4 húsares montados, para volar a Zipaquirá y poner en guardia una compañía del batallón número 1° que estaba allí destacada, fue el primero que avisó a la capital haberse encontrado con Sarda y una partida de su caballería a las inmediaciones de Usaquén, no pudiendo saber el número fijo porque la noche no le permitió ver toda la fuerza enemiga.

El 24 se supo a buena hora lo siguiente: que Sarda continuaba su marcha en la dirección de Tunja a la cabeza de unos 40 hombres; que un tal Ignacio Ama-ya había sorprendido en su casa de Facatativá al coronel de la guardia nacional José María Quijano, y lo conducía preso en la misma dirección de Tunja, a la cabeza como de unos 25 hombres, después de haberse apoderado de las pocas armas que allí existían; que Barriga había podido pasar a Zipaquirá y que, en tal virtud, ese lugar no sería sorprendido.

Con estos datos se le dirigieron instrucciones a Barriga para que obrase en persecución de los facciosos con la compañía que guarnecía a Zipaquirá, y se hicieron marchar alternativamente varias partidas ligeras con el mismo fin y por diferentes direcciones, habiéndose tomado otras providencias que aconsejaban las circunstancias, pues aún no se sabía bien cuáles serían los proyectos de los facciosos, los hombres y recursos con que contaran y los demás pormenores consiguientes.

El 25 se supo que Amaya había podido pasar por Gachancipá en pos de Sarda, y que no se había dado alcance a éste por ninguna de las partidas estacadas en su persecución. El gobierno dispuso, por tanto, que yo mismo volase a encargarme de las operaciones, y obedeciendo esta orden al medio día tomé el galope con una escolta de 12 hombres montados y mí ayudante de campo, el capitán Alfonso Acevedo. El 26 llegué a Tunja, por la tarde, no obstante las detenciones que tuve en la marcha para relevar mi caballo y los de mi ayudante y otro hombre, únicos que pudieron acompañarme por haber quedado los otros pie a tierra. En Ventaquemada alcancé la columna de nuestros destacamentos ya reunidos al coronel Posada, a quien dejé órdenes de continuar su. marcha a Tunja al día siguiente.

En ese lugar me informé que el coronel Franco, a la cabeza de un piquete de húsares y de poco más o menos 100 hombres de la guardia nacional de esa ciudad, con algunos jefes y oficiales, había seguido en persecución de Sarda, quien había tomado la dirección de Sogamoso. o Santa Rosa. AI instante pedí un práctico y caballerías para seguir mi marcha, pero, a pesar de la urgencia y mis instancias, no conseguí estos auxilios hasta eso de las ocho de la noche, en que me puse en movimiento, habiéndome visto precisado a detenerme en una hacienda a eso de la media noche porque el oficial que me servía de práctico se había extraviado muchas veces, y me pareció que no era tan conocedor del terreno que en una noche oscura y con el tiempo malo pudiera haberme guiado con seguridad hasta dar con Franco.

El 27 por la mañana seguí hasta el pie del Alto Pelado o del Fraile, en donde fui informado con certeza de lo siguiente: primero, que una columna de milicias de Sogamoso, que marchaba hacia Tunja con el proyecto de hostilizar a Sarda, había sido atacada sobre su marcha y derrotada; segundo, que el coronel Franco había dado alcance a los facciosos en el pueblo de Iza, y que éstos se habían rendido en virtud de la promesa que por la mediación del coronel Quijano, su prisionero, les hizo Franco de que sus vidas no correrían riesgo mientras estuviesen en su poder; y tercero, que Sarda se había ocultado en los bosques con algunos de sus compañeros desde el momento en que ordenó dar la carga contra las milicias de Sogamoso. A pocas horas llegó Franco y me contó todo lo referido.

De esta suerte terminó la loca conspiración del 23 de julio pero su caudillo existía y era necesario prenderlo para que la tranquilidad pública se consolidara. Yo estaba casi seguro que no se me escaparía, pues conociendo la importancia de su captura apuré todos los arbitrios que me sugirió la experiencia, y, en efecto, logré apoderarme de Sarda y sus socios, no habiéndose salvado sino dos de ellos, que muy pronto fueron tomados en Casanare.

Había omitido en el lugar correspondiente referir un acontecimiento harto grave, sin duda, que aunque fue considerado por muchos sujetos como un antecedente o síntoma de una conmoción, yo confieso que nunca lo creí tal y que me equivoqué.

Celebrándose las fiestas de colocación de la iglesia de Las Cruces, en Bogotá, algunos meses antes del 23 de julio, una tarde en que se jugaban toros sucedió que la tropa destinada al despejo de la plaza, perteneciente a la guardia nacional, atropello a unos jóvenes por impedirles descender de la barrera hacia el centro de dicha plaza. A este incidente se siguió un tumulto de soldados contra paisanos y de gente descalza contra gente calzada o de casaca, en términos que el ámbito cercado se llenó de atletas, unos del partido de los jóvenes, que eran de casaca, y otros del lado adverso. Yo que me hallaba en un tablado como simple espectador, me arrojé sobre la multitud, y en medio de la mayor confusión exhortaba a todos a moderarse y salir de la plaza, mas mis incitaciones eran ahogadas por la vocería de ese campo de Agramante. Como no tenía uniforme ni otra insignia que me hiciera distinguir, me anunciaba como el general López, secretario de la guerra, suponiendo que, al ser reconocido, todo el mundo entraría en orden, pero no fue así. El tumulto no daba lugar a mis infructuosos esfuerzos, y la contienda se agitaba hasta el punto de empezar a hacerse uso de las armas y a correr sangre, al paso que el número de los contendores se aumentaba a cada instante. En este conflicto, uno de los soldados tuvo el arrojo de amenazarme y tirarme de firme dos bayonetazos, que yo pude evitar, y, empuñándole el fusil, le desarmé la bayoneta con velocidad, lo que no fue bastante a contenerlo, pues él se esforzaba para que le soltase el fusil, en cuya lucha hube de herirle con su propia bayoneta, que era la única arma de que yo podía disponer para defenderme y hacerme respetar. Atraída mucha gente cerca de mí con este motivo, logré hacerme oír, y entonces tuve una de aquellas felices inspiraciones que vienen muy a propósito en momentos angustiados: di orden para que se soltase a la plaza uno de los toros del coso y que paulatinamente se soltasen otros, con cuya medida logré despejarla, hacer subir sobre la barrera los soldados y dar tiempo para que el doctor Rufino Cuervo, gobernador de esa provincia, fuese con tropa de línea a afianzar el orden y a arrestar a algunos de los perturbadores mal intencionados, que no dejaban de prorrumpir en vivas a la gente de manta y mueras a la de casaca.

Confieso que hice mal en haberme introducido desarmado en medio de ese tropel de hombres ciegos, pues en mi posición no tenía semejante deber, ni era prudente exponerme a ser insultado y aun asesinado, pero como no tengo la sangre fría para moderarme en semejantes casos, el deseo de evitar que la tranquilidad pública se turbase seriamente, cuando se podía cortar en tiempo el mal, me estimuló a obrar de esa manera. Tengo la satisfacción de haber hecho este servicio a la sociedad y ahorrádole males de fatal consecuencia.

Se descubrió que los principales instigadores de esta pueblada fueron de los que tomaron parte con más decisión en el asunto de Sarda, lo que prueba la predisposición que ya existía para levantarse contra el gobierno constitucional.

Terminada mi comisión del lado del norte, regresé a Bogotá y continué ejerciendo mi destino en el mando de las armas, sin otra interrupción que la de 20 días que se me concedieron de licencia para ir a la provincia de Neiva con el objeto de casarme en segundas nupcias con mi actual esposa, la señora Dorotea Duran y Borrero, perteneciente a una familia a que ya estaba ligada la mía de tiempo atrás con estrechas relaciones, que yo había alimentado por medio de una amistad muy antigua.

El 20 de diciembre de 1833 se me nombró gobernador interino de la provincia de Bogotá, en cuyo empleo no permanecí sino hasta el 20 de enero de 34, que se me nombró para igual destino en la provincia de Cartagena con instrucciones para defender aquella plaza contra una escuadra francesa que la amenazaba por consecuencia de la cuestión suscitada por el cónsul Barrot.

 

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