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CAPITULO XXXIV

 

Alarmado el presidente del Ecuador con los acontecimientos del Cauca, y temiendo ser invadido en su mismo territorio por las tropas de la Nueva Granada, reforzó su guarnición de Pasto, y aun llegó a concebir la esperanza de conquistar ese departamento por medio de las armas y de las intrigas que ponía en juego por todas partes. A este propósito referiré una de ellas y su resultado.

Como de orden del gobierno granadino tuviese yo que mandar un oficial en comisión cerca del general Flores, que se hallaba en Pasto, y como conociese la viveza y sagacidad de dicho general, escogí al teniente José María López, oficial de mi mayor confianza, y le instruí: que si el general Flores pretendía sacar algún provecho de su misión como lo había hecho en otros casos semejantes, procurase no contrariarlo, y antes si sacar el mejor partido de esa circunstancia, con el objeto de hacer caer a Flores en el lazo que él me tendiera.

Mi previsión se verificó efectivamente: López fue invitado por Flores a obrar una reacción en las tropas y milicias del Cauca, ofreciendo marchar a Patía a la cabeza de las que tenía en Pasto luego que López le avisase que todo estaba dispuesto. Entre las instrucciones que recibió este oficial del general Flores, se contenía la de asegurarse de mi persona cuanto lo primero, poniéndome en estado de no hacer daño. "Si usted deja al general López presentarse a la tropa aun cargado de grillos, esté usted cierto que le hace una contrarrevolución", fueron palabras que muchas veces repitió Flores al teniente López.

Yo continuaba trabajando sobre el plan que me había propuesto y disponiéndolo todo para recibir al general Flores de este lado del Mayo, seguro de que no volverían a repasar el Juanambú ni él ni ninguno de sus soldados, pues contaba con todas las guerrillas bien armadas del país, con las excelentes milicias de Popayán, con dos batallones de línea que habían venido de Bogotá, y con un pequeño escuadrón veterano, de muy buena caballería.

El teniente López, después de haber sostenido una correspondencia seguida y confidencial con el general Flores, avisó a éste que "ya era tiempo de moverse sobre Patía, en donde entregaría las tropas de mi mando y se aclamaría coronel y comandante general del Cauca, como se lo había ofrecido el general Flores, y aun le había dado la seguridad de conferirle esos empleos. El general Flores no se movió de Pasto pero ofreció hacerlo en breves días, pues aguardaba para esto que le llegasen algunas tropas más que le venían del sur, y en estas circunstancias se presentó en Popayán una legación de paz compuesta del obispo doctor Estévez y del doctor José Manuel Restrepo, que por decreto de la Convención Constituyente fueron nombrados para marchar cerca del gobierno ecuatoriano con el objeto de arreglar las desavenencias de los dos países. Fue preciso, en tal evento, revelar por medio de la prensa las tramas que se habían urdido para no dejar al general Flores la esperanza de conquistar el Cauca por medio de la revolución simulada del teniente López, para que, desengañado de que yo estaba apercibido de todo y que la conducta de López no era sino una estratagema, oyese a los ministros de paz y procurase el avenimiento tan necesario a ambas repúblicas.

Sin confiar ciegamente en el buen suceso de la referida misión de paz, todo se preparaba para usar de la fuerza si llegaba el caso; y a principios de abril de 1832 todo estaba dispuesto para abrir la campaña. El gobierno nombró entonces al general Obando comandante general de operaciones, y a mí secretario de Estado en el despacho de Guerra y Marina, previniéndome marchase a la capital a tomar posesión de mi nuevo destino inmediatamente que llegase a Popayán el general Obando, que debía reemplazarme. En mayo se verificó esta llegada, y yo partí para Bogotá, adonde llegué a principios de junio.

Permítaseme una pequeña digresión para decir que dos días antes había expirado en esta ciudad mi idolatrada mujer, y que, por consiguiente, me encargué del portafolios con mi corazón lacerado de dolor por un acontecimiento tan funesto como inesperado.

Encargado de la secretaría, me hallé en el deber de proponer al gobierno la declaratoria explícita de la guerra al general Flores, porque se había negado el gobierno del Ecuador a las medidas de paz propuestas por nuestros comisionados, obstinado en conservar como parte de aquel territorio la provincia de Pasto y parte de la de Buenaventura. Mi opinión prevaleció en el Poder Ejecutivo y Consejo de Estado, y la guerra se declaró. El general Obando marchó sobre Pasto y ocupó esa provincia con la cooperación de sus habitantes y sin mayor obstáculo. El general Flores conoció entonces su verdadera situación, y reconociendo por un tratado solemne los límites de la Nueva Granada en el statu quo del antiguo virreinato, se pusieron los fundamentos de la paz y buena armonía que hoy felizmente reinan entre las dos repúblicas.

Mucho había que hacer para poner en consonancia la legislación militar con la constitución y demás leyes nuevas de la república. Yo hice cuanto me fue posible para lograr este fin, y tengo la satisfacción de haber sostenido en las Cámaras de senadores y representantes la ley orgánica del ejército del año de 1833, que si no era, como no podía ser, un código perfecto, al menos contenía las bases sobre que debía levantarse el edificio legislativo del ejército, que, aunque no se ha concluido todavía, sí se ha adelantando considerablemente en los años posteriores. La parte de esa ley que trata de las recompensas es tan justa como fue necesaria su sanción, y aun cuando no contuviese otra cosa útil, esto es bastante para que mis compañeros de armas se manifiesten agradecidos a la legislatura y a la administración que la sancionaron.

El general Santander, presidente de la república, me nombró miembro de los doce de que se componía la Academia Nacional, sin duda por honrarme, pues mis fuerzas científicas y literarias eran muy débiles para corresponder a tamaña confianza.

El Congreso me eligió Consejero de Estado en 28 de mayo de 1833, destino que no acepté por varias razones, entre otras porque ansiaba hacer un viaje a los Estados Unidos y Europa.

Por la misma causa principalmente renuncié en 4 de junio siguiente, es decir, cuando el Congreso cerró sus sesiones de ese año, la Secretaría de Guerra y Marina, y aunque el presidente de la Nueva Granada se negó a admitirme la renuncia, al fin mi insistencia y la seguridad de mi resolución lo decidieron a admitirla, habiendo dado el decreto de una manera muy honrosa y lisonjera para mí.

En seguida pedí mis letras de retiro, y una licencia de diez y ocho meses para verificar mi proyectado viaje, lo que se me concedió en 2 de julio, aunque no se me libraron las letras de retiro, sino de cuartel, dejándome en el número de los generales en disponibilidad.

A más de las causas arriba expresadas tuve otra que contribuyó a formar mi propósito de retirarme a la vida privada, a saber: un disgusto con el general Santander, cuyo origen y efectos me abstengo de referir, que resfrió momentáneamente nuestra amistad.

Libre de todo cargo público y confiado en que el orden no podía ser turbado por entonces en mi patria empecé mis preparativos de viaje, y estando éstos terminados y ya listos para partir de Bogotá, vino a impedírmelo un acontecimiento que había estado fuera de mi previsión.

 

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