CAPITULO
XXXIII
Estábamos ya en el mes de septiembre y todo presentaba la más
bella perspectiva, sin que me hubiese ocurrido otra cosa de notable
que el haber sido nombrado representante al Congreso del Ecuador
por la provincia del Chocó, en 25 de julio, destino que acepté,
aunque me era imposible marchar a esa legislatura en aquel año, y
así lo hice presente al gobernador de aquella provincia y a la
misma Cámara, de la que recibí oportunamente una respuesta
satisfactoria.
El gobierno del Ecuador, mal aconsejado sin duda, había dirigido
una fuerte columna a Popayán, que no podía tener por objeto sino
afianzar para lo sucesivo la incorporación condicional del
departamento del Cauca al Estado ecuatoriano. Ninguna noticia tuve
yo de semejante expedición hasta que se supo en Bogotá lo
siguiente: "Que a la aproximación a Popayán de una de
nuestras pequeñas columnas partidas de Bogotá, mandada por el
teniente coronel José A. Quijano, había sabido éste que aquella
ciudad estaba ocupada por un batallón y un escuadrón del Ecuador, a
las órdenes del coronel Zubiría; que desde la llegada de esas
tropas se perseguía a todos los oficiales y soldados de las
milicias de aquel cantón (Popayán), habiendo llegado el caso de
amenazarles porque no entregaban las armas que estaban
acostumbrados a conservar en su poder, y que no querían entregar
por temor de que se les causase algún daño cuando se les viera
desarmados, pues las tropas de Quito se habían presentado con un
carácter hostil, sin saber la causa, distinguiéndose entre los más
brutales perseguidores el coronel Otamendi, jefe del Ecuador; que
el coronel Sarria había sido atropellado, conducido a un calabozo y
mantenido allí con un par de grillos; que en consecuencia el
comandante Quijano no había podido entrar en la ciudad y se había
acampado en sus inmediaciones; que los milicianos de la ciudad
habían venido a incorporársele, muchos de ellos con sus armas,
significándole el modo insultante y amenazador que usaban las
tropas ecuatorianas con todos aquellos que habían tomado parte en
la restauración de la libertad en el centro de Colombia; que los
pueblos del sur de Popayán se habían alarmado en consecuencia y
acercádose a la ciudad algunas partidas exigiendo la libertad del
coronel Sarria y el regreso al Ecuador de la columna Zubiría; que
Quijano había hecho conocer esta misma resolución de dicho Zubiría;
que la masa del pueblo de Popayán se había pronunciado en el mismo
sentido y en actitud imponente; que en virtud de todo esto, Zubiría
se había visto obligado a encerrarse en un cuartel con sus tropas,
y desde allí había propuesto, por la intervención del obispo,
acceder a cuanto se le proponía con tal que no se le hostilizase en
su regreso a Pasto; y últimamente, que Sarria había sido puesto en
libertad y Zubiría había regresado a Pasto con la columna de su
mando.
Semejantes acontecimiento, que se supieron en Bogotá a
principios de octubre, exigían mi presencia en Popayán para tratar
de aquietar los ánimos y buscar pacíficamente los medios de
conciliación sin escándalo ninguno. El gobierno del centro me había
exonerado ya del mando del ejército, en consecuencia de haberse
terminado las operaciones, pero me había nombrado subjefe del
Estado Mayor General, que era el destino de más categoría militar,
y a la vez consejero de Estado, destinos de cuya aceptación me
excusé, ya porque uno de ellos era incompatible con mi calidad de
ecuatoriano, ya porque consideraba necesaria y urgente mi presencia
en Popayán, y habiéndoseme admitido la renuncia y dádoseme las
gracias por todos los servicios que había prestado al país, se me
libró el pasaporte correspondiente, y el 13 del mismo octubre me
puse en marcha, habiendo llegado a dicha ciudad de Papayán a fines
de ese mes.
La víspera de mí partida de Bogotá se instaló la Convención
Constituyente, y tengo la gloria de haber sido el autor de la
representación que los generales y oficiales de esa plaza dirigimos
a ese augusto cuerpo, renunciando el fuero militar, paso que tanto
nos honra, y que fue repetido por las demás guarniciones. Esta fue
toda la gracia que solicité de la Convención granadina.
Como yo no había sido exonerado de la comandancia general del
Cauca, por el gobierno del Ecuador, a cuya república correspondía
ese departamento, continué ejerciendo allí mi autoridad, que fue
corroborada por nombramiento expreso que me hizo el presidente
Flores, remitiéndome el título correspondiente.
Allí me ocupaba en aconsejar de todos modos a los que pretendían
romper de hecho los vínculos que unían ese departamento a la
república del Ecuador, exhortándoles a permanecer tranquilos hasta
que por los mismos medios que se había hecho la agregación se
verificase la separación, si ésta era la voluntad de la mayoría de
sus habitantes. No faltaban entre éstos muchos que deseaban se
formase del Cauca un Estado en los mismos términos que el del
Ecuador, y otros querían que se proclamase el sistema federal, en
virtud del cual esperaban que el sur y el centro de Colombia, es
decir, el antiguo virreinato de la Nueva Granada y la antigua
presidencia de Quito se constituirían en una sola república. A
todos amonestaba yo a permanecer quietos, en la confianza de que
sus opiniones serían ventiladas en una asamblea de representantes
del departamento, la cual deliberaría lo conveniente. Mis
exhortaciones produjeron por entonces el efecto deseado, y el Cauca
continuó obedeciendo al gobierno del Ecuador.
Para lograr mis fines me dirigí al presidente de aquella
república poniéndole de presente el estado del Cauca y
proponiéndole que diese un decreto convocatorio de una Asamblea de
diputados de este departamento con el fin de resolver la cuestión
que lo agitaba y salir de los embarazos que se presentaban para que
ese territorio continuase bajo la dependencia del gobierno
ecuatoriano, como único medio que había para salir del paso con
honor y dignidad del pueblo y del gobierno. En mis cartas al
general Flores le hablaba con franqueza, exponiéndole todas las
razones que militaban en el particular, y la necesidad de acceder a
mi propuesta, con cuya medida se evitaría el escándalo de una
separación de hecho en la mayor parte de las provincias del
departamento, así como una guerra con la Nueva Granada, que no
consentía en que el Cauca perteneciese al Ecuador, y se preparaba a
incorpóralo por la fuerza de las armas. Yo me esforcé cuanto pude y
con las mejores intenciones para que se adoptase mi plan, que era
apoyado por la opinión pública, y en esta seguridad descansaban
tranquilos los cancanos.
Por desgracia el general Flores no me oyó con entera confianza,
pues no adoptó sino a medias mí propuesta, accediendo a la
convocatoria de la Asamblea del Cauca, pero excluyendo a la
provincia de Pasto y parte de la de Buenaventura, que quería se
conservasen definitivamente como parte integrante del territorio
ecuatoriano. Al mismo tiempo se fomentaba la discordia en los
cantones de Iscuandé, Raposo, Cali, Palmira y Buga, haciendo
introducir en ellos agentes perversos para armar de nuevo a los
antiguos facciosos, principalmente a los de Cali, estimulándolos a
defender el partido ecuatoriano, en odio a los que los habíamos
vencido en la batalla de Palmira. La intriga no abrazaba sólo esos
puntos, pues se había extendido a toda la provincia de Pasto y a
los cantones de Popayán y Almaguer, a cuyos oficiales de milicias
se les ofrecían ascensos y recompensas con tal que se pronunciasen
y sostuviesen en favor del Ecuador y desobedeciesen mi autoridad.
En la misma ciudad de Popayán había un partido muy pronunciado en
aquel sentido y compuesto de personas de representación e influjo,
como el prefecto Manuel José Castrillón, el doctor José Cornelio
Valencia, el deán doctor Mariano Urrutia y otros, que no querían en
ningún caso que el Cauca perteneciese a la Nueva Granada, y
empleaban todo su influjo a fin de evitar la Asamblea, de la que
temían una decisión contraria a sus opiniones y designios.
Aquí es del caso referir otros acontecimientos importantes que
he omitido intencionalmente en su lugar cronológico para colocarlos
en éste a propósito del asunto que estoy relacionando.
Cuando el general Obando y yo nos hallábamos en el Valle del
Cauca ocupados en la obra del restablecimiento de la libertad,
aprovechando nuestra ausencia el general Flores sustrajo de mi
autoridad al coronel osé del Carmen López, que, como lo he dicho en
otra parte, se hallaba preso en Popayán, en donde se le debía
juzgar por delito de conspiración, y lo hizo ir a Quito, dejándolo
impune, con burla de las leyes y con desaire de la autoridad
correspondiente.
Cuando el gobierno provisorio del Ecuador asintió a la
incorporación del Cauca, le pedimos el miserable auxilio de una
turquesa o máquina de hacer balas, y un clarín (instrumento) que
necesitábamos con urgencia, pero en vano esperamos que nos llegase
ese auxilio, pues hasta que vencimos en Palmira no se nos contestó
siquiera.
Cuando dábamos parte al presidente del Ecuador de que los
facciosos de Cali tomaban incremento, y que el general Rafael
Urdaneta dirigía expediciones sobre Popayán, pidiéndole a este
efecto facultades para obrar fuera de los límites de ese cantón,
que eran hasta entonces los del Ecuador por la parte del norte, el
general Flores nos contestaba que no pasásemos aquellos límites y
nos mantuviésemos a la defensiva.
Cuando triunfamos en Palmira y le pedimos autorización para
continuar las operaciones hasta echar abajo al usurpador, que
amenazaba la existencia misma del Ecuador, el general Flores nos
rehusaba esta autorización o la restringía con las condiciones que
nos impusiera.
Así correspondía el general Flores mezquinamente a la fuerza
moral que le habíamos prestado en sus más críticas circunstancias;
así correspondía a quien ]e había ofrecido un apoyo eficaz y un
baluarte fuerte en Popayán o Pasto, cuando, desde Ambato, me
participó que "había dejado de existir el Ecuador apenas
había nacido, a consecuencia del poder que presentaba el ejército
mandado por el general Luis Urdaneta, a quien ya no se podía oponer
una resistencia después que casi todos los cuerpos que obedecían al
gobierno habían sido infieles, y engrosado la enorme masa del
enemigo".
Estas consideraciones deben tenerse presentes para juzgarme por
la conducta que me vi. obligado a observar, y de que paso a
instruir a los lectores.
El prefecto Castrillón, con quien en otras circunstancias había
conservado la mejor inteligencia y guardado la más completa
armonía, hizo todo lo posible para disgustarme, sin duda por malas
inspiraciones, y para hacer que se perdiese el equilibrio entre su
autoridad y la mía, que era tan necesario en aquel tiempo y que yo
me esforcé en mantener por todos los medios imaginables hasta que
perdí las esperanzas del buen suceso. Dos casos referiré que lo
comprueban.
Habiéndole anunciado que mandaba en comisión importante a la
provincia del Chocó al coronel Guevara, pidiéndole le hiciese dar
los auxilios de costumbre, me contestó que "desconocía la
facultad que tenía yo para dar semejante comisión, negando, en tal
concepto, los auxilios que se le pedían". Revestido de
moderación y con el mejor modo le manifesté que "la
autoridad militar estaba en posesión de sus facultades, y que entre
éstas, una de ellas era colocar las fuerzas que estaban a sus
órdenes donde lo creyese más útil, en los términos del distrito de
su mando; que estando el coronel Guevara en servicio activo, y
perteneciendo la provincia del Chocó al departamento del Cauca, era
incuestionable que en mis facultades estaba la de dar esta
comisión, y que en semejantes casos jamás se había controvertido
esta autorización". El prefecto se obstinó en hacerme
oposición, y al fin yo tuve que dar los auxilios correspondientes
al coronel Guevara para que marchase a su destino pues era de suma
importancia tener en el Chocó un jefe de confianza en consecuencia
de las amenazas de los facciosos de Cali y Buenaventura.
El otro hecho es el siguiente: habiéndose presentado en Popayán
un comandante Dorronzoro, antiguo oficial de Colombia, pretendiendo
derechos como oficial del Ecuador, yo se los negué, fundado en que
él no pertenecía al ejército de esta república, pues no sólo no
había jurado su Constitución sino que había hecho servicios en
favor de la dictadura y la usurpación, habiendo sido comisionado
por no sé qué provincia para llevar a Bogotá los votos que una
fracción había hecho para derrocar el gobierno legitimo, despedazar
la Constitución y entronizar el despotismo. El prefecto Castrillón
sostenía las pretensiones de Dorronzoro con el fútil sofisma de que
los oficiales de Colombia lo eran por el mismo hecho del Ecuador.
Yo le repliqué moderada pero enérgicamente que su aserción no era
exacta, pues por ningún acto había el gobierno ecuatoriano
declarado que todos los oficiales de Colombia que no se habían
adherido a las instituciones ecuatorianas eran oficiales de esa
república, y que por lo mismo yo no reconocía a Dorronzoro como tal
oficial, pues el argumento del prefecto era para mí tan infundado
en el presente caso como si dijera que un oficial de Constantinopla
era oficial del Ecuador, sin haber sido admitido a su servicio.
Apoyé mis reflexiones de mil maneras, manifestando al prefecto que
el nuevo orden de cosas en el Ecuador había modificado o anulado la
legislación colombiana en todo aquello que no se había ordenado
quedase vigente, y que, en tal virtud, se necesitaba un acto
expreso del gobierno (a quien se consultaría) que declarase a
Dorronzoro como oficial del ejército ecuatoriano o lo admitiese a
su servicio; que si yo, por ejemplo, iba a Venezuela, no sería
reconocido como general en aquella república mientras no se me
admitiese al servicio, según sus leyes, porque ya Venezuela no era
parte de Colombia, y que la misma paridad de razones obraba
respecto del Ecuador. El prefecto se encaprichó, declaró que
Dorronzoro era oficial ecuatoriano y dirimió así la cuestión sin
mas fundamento que su voluntad.
Mi autoridad quedó de esta manera desairada, y ya no podía yo
contar con ella para conservar el orden tomando aquellas
providencias que estaban en la esfera de mis atribuciones. La buena
fe que me había distinguido en todos mis procedimientos no era
suficiente garantía de mi conducta a los ojos de las autoridades
ecuatorianas. Mi existencia se veía amenazada por efecto de los más
injustos celos y de las sospechas más temerarias. Los medios
racionales, políticos y conciliatorios que había puesto en acción
para resolver la cuestión del Cauca eran ya ineficaces. Yo no
podía, en una palabra, hacer nada de provecho en la situación
violenta y anómala en que la política ecuatoriana me había
colocado, cuando todos mis pasos eran aconsejados por el
patriotismo y la lealtad. La prudencia, la conveniencia pública y
la necesidad, exigían, por tanto, que yo tomase un partido que me
sacara de tan angustiada situación con la dignidad debida. Veamos
qué fue lo que me propuse, qué hice y cuáles fueron las
consecuencias.
Manifesté al prefecto Castrillón que ya me era imposible
continuar en el ejercicio de la comandancia general del Cauca por
las causas que he expresado, y que en tal virtud había resuelto
salir del departamento. Di al efecto los pasos necesarios y me
preparaba para emprender la marcha al día siguiente.
Cuando las milicias del país y la masa del pueblo fueron
informadas de mi resolución, se agolparon a mi casa a manifestarme
enérgicamente que de ninguna manera se me dejaría salir de la
ciudad, pues la tranquilidad del país dependía de mi permanencia en
él, la cual era necesaria mientras se resolvía la cuestión del
Cauca: que yo debía renunciar el proyecto de abandonarlos, porque
era seguro que la anarquía sucedería al estado de orden en esa
provincia, en razón de que no tenía confianza en el que ejercía la
autoridad política; y últimamente, que yo solo era capaz de
mantener la quietud y hacer que continuase un orden regular en
medio de la crisis en que se encontraban. A estas insinuaciones se
siguieron los consejos de personas de la primera respetabilidad
para que no saliese del lugar, expresándome que "puesto
que el general Flores no quería que se reuniese una Asamblea de
todo el departamento para decir a qué Estado quería pertenecer, y
observándome a más de esto los obstáculos que ya se empezaban a
oponer para la reunión de la Asamblea, aun en la hipótesis de que
ésta tuviese lugar sin la concurrencia de los representantes de la
provincia de Pasto y parte de la de Buenaventura, era llegado el
caso de que el pueblo reasumiese sus derechos y cortase así el nudo
gordiano, que de otro modo habría sido fácil desatarlo; que el
pueblo estaba ya convencido de esta exigencia, que se hallaba
dispuesto a reunirse muy pronto para deliberar lo que fuera más
conveniente".
Yo opuse una fuerza de razones para demostrar la necesidad que
tenía de ausentarme de la provincia, pero la insistencia del pueblo
de Popayán y sus milicias al fin vencieron mi obstinación,
prometiéndoles que no los abandonaría por entonces.
El pueblo se reunió y resolvió, entre otras cosas: primero,
separarse del Ecuador, en virtud de haber cesado los motivos que le
obligan a incorporarse a esa república; segundo, reincorporarse a
la Nueva Granada; tercero, que en consecuencia se posesionase del
destino de gobernador el coronel de milicias Rafael Diago, y yo del
de comandante general, ambos empleos conferidos por el gobierno
granadino con antelación al pronunciamiento de Popayán, aunque no
los habíamos querido hacer valer mientras esa provincia dependiese
del Ecuador.
Con este motivo el pueblo y las milicias exaltaron su júbilo
hasta el término de haber podido cometer abusos ultrajando a los
agentes ecuatorianos, pero mis amonestaciones los contuvieron en
sus límites y nunca se oyeron, en medio de la vocería, sino vivas
al gobierno de la Nueva Granada, a las nuevas autoridades que
empezaban a figurar, y a todo cuanto tenía relación con el nuevo
orden de cosas. Si alguno se excedió en el entusiasmo de sus
vítores, bien se acordarán muchos que yo le hice moderar con mis
exhortaciones y amenazas.
Al pronunciamiento de Popayán siguieron en el mismo sentido los
de todos los pueblos del departamento, menos la provincia de Pasto
y parte de la de Buenaventura, que no pudieron por entonces hacerlo
porque se hallaban ocupadas por tropas del Ecuador, más no porque
sus opiniones no fuesen las mismas, como lo comprobaron cuando
tuvieron libertad para hacerlo.