CAPITULO
XXXII
El 15 de mayo tuvo lugar mi entrada en Bogotá, a la cabeza de un
ejército de 6.000 hombres, el mayor que se había visto reunido en
esa capital. El júbilo del pueblo era inexplicable. Los balcones y
ventanas, y aun los techos de muchas casas, estaban cubiertos de
espectadores, que celebraban con vítores continuados el día fausto
de su redención; una lluvia de flores caía sobre nuestras cabezas,
arrojadas por las manos de un pueblo entero que bendecía a sus
libertadores; las campanas, las orquestas y los cohetes resonaban
por todas partes en medio del regocijo universal. Yo arengué al
ejército manifestándole en breves palabras que "estaba ya
completa la obra de nuestra misión gloriosa- y que no nos restaba
más que realizar con nuestra moderación en los cuarteles, con
nuestra ciega obediencia al gobierno y con nuestra sumisión a la
ley, el mérito que habíamos contraído en los campos de
batalla".
Llegado a la plaza principal me presenté con el Estado Mayor al
vicepresidente para felicitarle, a nombre del ejército, pedirle
órdenes y darle cuenta que iba a proceder a la disolución del
batallón Callao, en presencia del jefe de la administración, del
pueblo y de las tropas. En seguida se verificó esta operación
solemne en la misma plaza, y dejó de existir el nombre del cuerpo
que primero se sustrajo a la obediencia de las autoridades legales
y sirvió de base a la detestable conspiración que en agosto del año
pasado derrotó al gobierno, y con él la Constitución del mismo año.
La bandera de este batallón fue remitida por mí al Concejo
Municipal de Popayán para que se conservase en su sala como
perpetuo recuerdo de que al patriotismo y denuedo de los hijos de
ese país se debía principalmente el restablecimiento de la
libertad, y de que habían ellos sabido cumplir su palabra de morir
o anonadar la tiranía. Este día es, sin duda alguna, uno de los más
faustos de mi vida, y espero que la posteridad lo recordará con
beneplácito.
En medio de un ejército tan numeroso era imposible que no
hubiese algunos mal intencionados, que halagados con la esperanza
del botín que se les había escapado de las manos, gracias a mis
esfuerzos apoyados por algunos de mis ilustres compañeros, era
imposible, repito, que no ocurriesen sucesos desagradables.
Efectivamente, una pandilla de la caballería de Casanare cometió
algunos robos y aun causó dos muertes para el logro de su intento;
pero mis investigaciones activas descubrieron bien pronto a los
perpetradores de tan horrendos crímenes y personalmente pasé a su
cuartel, los hice prender y entregar al juez civil correspondiente,
bajo cuyo tribunal fueron juzgados y condenados a muerte y
ejecutados. Sea dicho, sin embargo, en honor del ejército, que
éstos fueron los únicos excesos que se cometieron, y que el castigo
condigno siguió muy luego al atentado.
La entrada de los restauradores en la capital no era todo lo que
deseaba el partido republicano, sino también la plena seguridad por
la conducta que temer por parte de los bolivianos, a quienes debía
ponerse en incapacidad de amenazar la existencia del orden legal.
Así es que el celo de los liberales se exaltaba demasiado viendo al
encargado del Poder Ejecutivo todavía rodeado de las personas que
habían figurado en las escenas pasadas, ya al lado del dictador
Bolívar, ya al del usurpador Urdaneta, mientras que los generales,
jefes y oficiales que habían servido a las Órdenes de este último
aun se paseaban ufanos en la ciudad, no obstante la promesa que se
había hecho de que todos ellos saldrían del país inmediatamente. En
consecuencia de esto, y de otros motivos que referiré muy luego, se
calentaban las cabezas de los exaltados, se tenían juntas secretas
presididas por el general Moreno, con presencia de la mayor parte
de los jefes y oficiales y de personas muy notables de las otras
clases de la sociedad, y en ellas se tramaban planes proditorios y
escandalosos. Yo, que era informado puntualmente de estas cosas,
estaba en guardia continuamente, contando con la fidelidad de un
batallón y un escuadrón de la división Cundinamarca, cuyos jefes no
tomaban parte en el complot, y al mismo tiempo daba cuenta al
vicepresidente de cuanto llegaba a mi noticia, proponiéndole tomar
algunas medidas que tranquilizasen los ánimos exaltados. El
vicepresidente oía mis insinuaciones, y me daba seguridad de que
todo se haría sin estrépito y en el tiempo oportuno; que Urdaneta y
demás oficiales peligrosos saldrían del país luego que hubiesen
arreglado sus asuntos, para lo cual les había permitido permanecer
por el tiempo puramente indispensable, y que el Ministerio se
cambiaría, lo mismo que el Consejo de Estado, a cuyo efecto estaba
haciendo sus combinaciones, de modo que el partido liberal quedase
contento y el vencido no le atribuyese abuso de autoridad; y
últimamente, que el general José María Obando, muy próximo ya a la
capital, estaba designado para Ministro de Guerra y Marina, cuyo
nombramiento no podía ser más satisfactorio para el partido
vencedor.
Con estas seguridades se acallaban un poco los que manifestaban
temores que no estaban enteramente desnudos de fundamento; pero no
quedaba bien satisfecho a causa de la tardanza en las medidas que
esperaban.
Otra de las prendas de seguridad que el vicepresidente presentó
al partido liberal fue el decreto que convocaba una Convención para
reconstituir el país con entera libertad, puesto que Venezuela
había resistido a la invitación que le hizo el Congreso de 30, de
adherir a la Constitución reincorporándose a Colombia, y puesto que
los departamentos del sur se habían constituido en un Estado
separado. Pero los descontentos dedujeron argumentos de este mismo
decreto para aumentar su desconfianza, fundándose: primero, en que
siendo demasiada la base de población que se había determinado para
cada representante, el país no sería suficientemente representado
como lo exigían las circunstancias; y segundo, que habiéndose
fijado, entre otras cualidades, la de tener 30 años por lo menos
para ser diputado a la Convención, la patria se iba a privar de las
luces de muchos ciudadanos que no habían llegado todavía a esa edad
y sin embargo eran de mucho provecho y merecían bien ocupar una
silla en la Constituyente.
Este conjunto de razones estimuló con más fuerza el fervor de
los liberales, en términos que, reunidos en una asamblea muy
concurrida, y presidida por el general Moreno, se había tomado ya
la resolución de echarse sobre Urdaneta y sus oficiales, quien sabe
si para sacrificarlos, y probablemente (lo que no puedo asegurar)
se había deliberado no obedecer más al gobierno y nombrar un
dictador hasta la reunión de la Convención, debiendo comenzar éste
por modificar el decreto convocatorio, al contento de los que lo
elevaron a ese puesto. Yo sé de una manera evidente que se había
ofrecido al general José María Obando la dictadura, y que éste la
rehusó con dignidad.
Uno de los puntos acordados en aquella Junta era el de hacerme
comparecer para intimarme su resolución y comprometerme a tomar
parte en sus malignas deliberaciones. Esto sucedía como a las ocho
de la noche.
Después de haber dado órdenes para que el batallón y escuadrón
de que he hablado se dispusiese a rechazar la fuerza con la fuerza
en caso de tumulto, y haber puesto en noticia del vicepresidente lo
que ocurría, tomé sus instrucciones y me encaminé a la casa de la
junta, en donde encontré reunidos casi todos los jefes del
ejército, muchos otros ciudadanos de respetabilidad e influencia, y
el general Moreno presidiendo el acto muy formalmente. Manifesté
luego que "cediendo a sus deseos me había presentado allí,
aunque ignoraba el objeto de esa reunión". El general
Moreno tomó la palabra y después de haberme expresado todo cuanto
he referido, concluyó por decirme que "el vicepresidente
no merecía la confianza del ejército y de los demás ciudadanos,
porque nada ejecutaba de cuanto prometía, y que en tal extremo era
necesario tomar por sí mismos las medidas capaces de alejar a los
enemigos de la libertad y asegurar la república hasta ponerla en
manos de la Convención". Muchos otros sujetos tomaron la
palabra en el mismo sentido, sin darme tiempo a replicar, y
pronunciaron discursos tan sanguinarios como sediciosos y
subversivos del orden. Cuando, a repetidas instancias mías, se me
permitió hablar, lo hice en los términos siguientes, o
semejantes:
"Señores, yo participo del mismo celo que anima a
ustedes para conservar sin temores ni sobresaltos los preciosos
bienes que hemos reconquistado; tampoco cedo a ustedes el lugar del
patriotismo, pues toda mi vida pasada puede presentarse como
testimonio de mi amor a la república y a los principios
democráticos. Pero difiero de ustedes en cuanto a los medios que
debieran adoptarse para la consecución de los fines que ustedes se
proponen, y sin investigar qué medidas serán las que se adopten, me
basta saber que ellas serían tomadas por ustedes mismos, como se ha
dicho, para no conformarme con esta idea tan fuera de propósito
como escandalosa.
"¿Hay aquí un solo patriota que, ultrajando al gobierno
legítimo y la santidad de las leyes, intentara abrogarse facultades
que no le han sido otorgadas constitucionalmente, y tomase en su
virtud medidas de hecho, para aterrar a nuestros antiguos enemigos?
¿Hay uno solo que quisiese hollar la Constitución, y con la espada
en la mano amenazase las garantía sociales, se sobrepusiese a la
autoridad constituida, y obrase apasionadamente por el estéril como
vergonzoso deseo de una venganza criminosa? Pues digo a ustedes que
el que tal pensase no es patriota, no ama el país, ni quiere el
honor y lustre del Ejército Libertador. Ningún argumento más fuerte
de retorsión pudiera ofrecerse a nuestros enemigos, ninguna
justificación más completa pudiera presentárseles. ¿Por qué es que
los hemos combatido, por qué hemos venido hasta esta ciudad
trayendo en triunfo el pabellón nacional? ¿No ha sido porque
nuestros adversarios despreciaron las leyes y derrocaron el
gobierno? ¿No ha sido por restablecer el imperio de esas mismas
leyes, y reinstalar a ese mismo gobierno en el puesto que le habían
usurpado el despotismo militar y una ambición desenfrenada? ¿Y no
es por esta conducta por la que hoy se cubre de honor y gloria el
Ejército Restaurador? Y obrando en contrario, qué se diría de
nosotros? Nada menos se diría, sino que nuestras intenciones no
habían sido otras que reemplazar a los anteriores mandatarios y
gobernar como ellos, a nuestro antojo; que nuestro objeto no había
sido restablecer la libertad sino oprimir al pueblo,
invocándola.
"Se quejan ustedes de la bondad con que obra el
vicepresidente, y yo convengo en que ella es excesiva; pero al
mismo tiempo no desconocerán ustedes, como no desconozco yo, que la
conducta del señor Caicedo no encubre ninguna intención siniestra;
que ella es el natural producto de su genio siempre inclinado a
obrar el bien y no afligir ni a sus mortales enemigos; que este
mismo genio nos ofrece la facilidad de sacar partido de su
contemporización; y que no dudo lo sacaremos, sin necesidad de
ocurrir a medios violentos que nos harían perder en un instante la
suma de reputación que hemos ganado en tantos años y nos arrojaría
en un océano de calamidades y deshonra. Yo me comprometo a ser el
mediador entre ustedes y el gobierno, y me atrevo a asegurarles que
el vicepresidente hará todo cuanto le sea posible hacer,
principalmente alejar a los que nos han rendido las armas, porque
esta providencia está en los mismos intereses de ellos, que no
deben querer residir en un lugar en donde, si no se consideran
amenazados, al menos no pueden desconocer que se les aborrece por
su conducta pasada".
Apenas acabé de hablar, cuando uno y repetidos discursos, aun
más amenazantes que los primeros, se pronunciaron por los mismos
oradores, protestando "que nada había que esperar del
general Caicedo, y que de allí no podían separarse, como no se
separarían, sin haber deliberado obrar por sí mismos, antes que sus
gargantas fuesen cortadas por la cuchilla de los enemigos a quienes
patrocinaba el vicepresidente, con desprecio y mengua de los
ciudadanos ilustres y beneméritos".
Yo, que me había colocado intencionalmente al lado del general
Moreno, le hablé al oído mientras se desahogaban los oradores
demagogos, y le hice presente que "si no se mantenía fiel
a sus juramentos, lo precipitarían los que se llamaban sus amigos y
le harían perder su honor y su crédito; que el vicepresidente era
dócil y no dudaba que tomarían medidas enérgicas en cuanto
estuviese en sus facultades, y que se suspendiese toda deliberación
en aquella junta hasta obtener la respuesta del vicepresidente, que
yo me encargaba de transmitirle. Como el general Moreno era
accesible, logré arrancarle la promesa de que así iba a proponerlo,
lo que me tranquilizó bastante, pues no era poco lo que había
conseguido.
Mas la furia subía de punto y el calor de los discursos no
dejaba esperanza de aquietar los ánimos. "No perdamos el
tiempo, se decía, no perdamos el tiempo inútilmente. Si el general
en jefe no apoya nuestros proyectos; si nos da la pena de verlo
separar de nuestro lado, discorde en el modo de pensar, que él
tome, enhorabuena, su partido, que nosotros tomaremos el que nos
corresponde y en que ya estamos todos convenidos". El
general Moreno callaba, y su silencio me hacía temer un nuevo acto
de decepción o debilidad que hacía desaparecer la esperanza que yo
había concebido de dominar la situación.
Con tal motivo me exalté, y dije: "Ustedes se
equivocan, señores, si creen que pueden ser secundados por todo el
ejército en medidas que no estén prescritas por la Constitución y
las leyes. La división Cundinamarca sostendrá al gobierno con toda
voluntad, y yo seré el primero en sacrificarme al lado de muchos de
mis compañeros antes que consentir en un solo acto de rebelión o
motín. Y si ustedes se obstinan en su resolución, y a mí no me
fuese dable obrar de otro modo, ya que la fuerza de mis razones no
ha sido bastante para disuadir a ustedes de tan escandalosa misión,
tendrán ustedes no la pena de observarme discorde sino la
satisfacción de verme muerto por mí mismo en esta sala antes que
dar lugar a que se sospechase siquiera que yo había podido tomar
alguna parte en favor de sus ilegales deliberaciones. Este es el
único arbitrio que yo encuentro para librarme de las sospechas y de
la calumnia, y dejar bien puesta mi reputación". Al
expresarme de este modo, y con propósito firme de suicidarme si se
despreciaban mis consejos y amonestaciones, y se insistía en obrar
de su cuenta con desobediencia al gobierno, saqué de mi bolsillo
una pistola y la preparé en medio de la sala. El general Moreno se
paró precipitadamente y dijo que "en virtud de las
seguridades que yo les daba de que el vicepresidente tomaría
medidas mas firmes, era de concepto que se adoptasen mis
indicaciones, y se retirasen todos hasta obtener la
respuesta". Esta proposición fue apoyada por muchos, y en
medio del susurro que producía la general conversación, se
redactaron y se me dieron los apuntamientos de lo que se pretendía
del vicepresidente, en todo acordes con cuanto he referido y que
conservo.
Al dar cuenta al vicepresidente de lo sucedido en la junta, y
manifestarle el objeto de mi comisión, le encarecí que accediese en
cuanto fuera compatible con sus facultades y la dignidad de su
puesto, a las exigencias de los exaltados, para evitar de ese modo
males de funesta trascendencia. Me ofreció que esa noche pensaría
lo que pudiera hacerse y aun empezaría a dar algunos pasos sobre la
ejecución, todo lo cual me comunicaría al día siguiente.
En efecto, el vicepresidente aconsejó e hizo aconsejar esa misma
noche al general Urdaneta y demás oficiales que le habían
obedecido, que procurasen salir cuanto antes del país, lo que se
verificó muy pronto. Asimismo resolvió modificar su decreto
convocatorio de la Convención, rebajando la base de la población y
la edad necesaria para ser diputado, no precisamente en los
términos que los exaltados proponían, pero sí de una manera que
pudiera contentarlos, sin perjuicio de lo que en esta parte le
dictaba su conciencia como hombre público. El ministerio fue
cambiando satisfactoriamente con la llegada del general Obando, que
ocupó el de la Guerra y Marina, y todo, en fin, se reparó a
satisfacción. Uno de los pasos prudentes que dio el general Caicedo
fue el de haber llamado a su casa al general Moreno para
persuadirlo de sus rectas intenciones, y de lo único que podía
hacer racional y legalmente en su carácter de encargado del Poder
Ejecutivo, lo que convenció a dicho Moreno, y en consecuencia, hizo
desistir a sus consejeros de sus miras desmesuradas.
Con este motivo se licenciaron casi todos los cuerpos de
milicias, y sólo quedaron en la capital los veteranos de la
división Cundinamarca, los que habían salido inmediatamente de
Casanare y los del Cauca, pero se disponía todo para que aquéllos y
éstos regresasen a I sus países y fuesen licenciados en ellos,
habiendo dado órdenes para que contramarchasen las columnas que se
estaban poniendo en movimiento de Popayán, a excepción del batallón
de la capital de esa provincia y el escuadrón Patía que había
conducido el general Obando.
Al segundo día de la entrada del ejército en Bogotá se
recibieron las noticias plausibles de la libertad de todo el
Magdalena, inclusive la plaza de Cartagena, que había sido ocupada
por el general Luque y coronel Vesga, capitulando previamente su
guarnición mandada por el general Montilla. Muy en breve se supo la
disolución completa de la columna Carrillo que ocupaba a Cúcuta, y
por consiguiente, la libertad del norte de la república, de suerte
que ya no restaba sino la del Istmo de Panamá, ocupado todavía por
los facciosos.
El gobierno declaró que todas las tropas que le obedecían en la
extensión de la república estaban a mis órdenes como general en
jefe del ejército, y me autorizó para que dirigiese una expedición
al Istmo. En tal virtud, designé al coronel Tomás Herrera para que,
acompañado de varios jefes y oficiales, siguiese a Cartagena, con
las instrucciones del caso, y tomase las tropas suficientes para
libertar a Panamá, su patria nativa. Este jefe, tan patriota como
hábil y valiente, llenó su comisión del modo más plausible. Muy
pronto se presentó sobre Panamá y derrotó las tropas enemigas,
habiendo hecho prisionero y fusilado en seguida al general Luis
Urdaneta, que después de su capitulación en el sur se había venido
a Panamá y tomado parte activa con los rebeldes que allí se
enseñoreaban, y al coronel Alzuru, que había despojado del mando y
desterrado el general Espinar, y mandaba allí como dictador. Muchos
patriotas del Istmo ayudaron al coronel Herrera al feliz término de
su empresa, y, entre otros, el general Fábrega a la cabeza de una
columna de Veraguas. Sea dicho, en honra del gobierno y mía, que le
ejecución de Urdaneta y Alzuru no procedió de órdenes nuestras.
Mientras esto sucedía yo me ocupaba de la organización y
disciplina del ejército que se había puesto a mis órdenes, y en
visitar, con consentimiento del gobierno, las provincias y pueblos
inmediatos a la capital. En esta correría me encargó muy
especialmente el general José María Obando que persuadiese al
doctor José Ignacio Márquez, hoy presidente de la Nueva Granada, a
ir a Bogotá a encargarse de la secretaría de Hacienda, lo que
verifiqué, y aunque el señor Márquez me presentó repugnancia, al
fin logré me diese la palabra de que se haría cargo del ministerio
por puro patriotismo y deferencia al general Obando y a mí, no
obstante su odio a los destinos públicos y su experiencia de los
desagradables comprometimientos y disgustos que ellos ocasionaban.
Todo el mundo deseaba esta adquisición, y yo pude jactarme de haber
hecho la conquista.
A mi regreso del departamento de Boyacá se verificó la marcha de
la división Casanare y columnas de Popayán, cuyas tropas eran ya
innecesarias para que, como lo he dicho, fuesen licenciadas en los
lugares de su procedencia. El país estaba en perfecta paz, y nada
había que temer a fines de julio. La república de Venezuela, cuya
tranquilidad había sido turbada en varios puntos, principalmente en
la parte del Oriente, había desarmado a los disidentes y
reconquistado la paz, sin la cual la Nueva Granada habría tenido
que conservarse en estado de guerra.
De acuerdo con muchos de mis amigos, y aun del gabinete, creía
importante escribir al general Páez, presidente de Venezuela,
ofreciéndole mis servicios a la cabeza de un cuerpo de ejército,
como auxiliar, si las circunstancias lo exigían; pues debíamos
considerar esa causa como común a los dos países, pero como la
restauración del gobierno legítimo en Bogotá, y el término de
nuestras disensiones en la Nueva Granada influyeron eficazmente en
la pacificación de Venezuela, verificada ésta al recibo de mi
comunicación, me contestó el general Páez, muy amistosamente,
dándome las gracias por mis ofrecimientos y manifestándome que
ellos eran innecesarios por cuanto el orden se había restablecido
en toda la extensión de aquel país, y agregándome otras expresiones
lisonjeras.
El señor Joaquín Mosquera, presidente de Colombia, me envió
desde Nueva York, lugar de su ostracismo, una espada, como
testimonio de su reconocimiento por los servicios que yo acababa de
hacer a la causa de la legalidad.