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CAPITULO XXXI

 

Entré, pues, en la capital, en los primeros días de mayo, cuando todavía los facciosos se mantenían en sus puestos y aun activaban la instrucción de sus tropas, como que pasé a casa del vicepresidente por el medio del batallón Callao, que maniobraba en guerrilla en la plazuela y calle de San Agustín. Muy poco después de mi entrada fui felicitado por el general Florencio Ximénez, con parte de sus oficiales, pero noté que faltaban casi todos los jefes que figuraban en aquel ejército. En consecuencia, ordené que se reuniesen en la casa de dicho general Ximénez, adonde me dirigí a la hora prevenida, y allí, juntos los generales, jefes y oficiales del usurpador, excepto el general Rafael Urdaneta, que ya no tomaba parte en nada, les dirigí un breve discurso por el cual les manifesté mis mejores deseos de una franca y completa reconciliación, la generosidad del gobierno en haberles concedido una plena amnistía cuando podía haberlos forzado a perecer o rendirse a discreción, y últimamente les exhorté a la obediencia al gobierno, y a mi autoridad como general en jefe de sus tropas, protestándoles que yo estaría siempre de su lado para hacer que los tratados de Apulo tuviesen su más puntual cumplimiento, aunque para esto fuese necesario emplear la fuerza contra cualquiera que intentase quebrantar lo estipulado en ellos, con tal que de su parte no diesen motivo para otra cosa.

Por toda respuesta se me dijo muy fríamente por su general Ximénez, que "ellos estaban prontos a sostener el gobierno y obedecer mi autoridad, siempre que yo no les ordenase nada contra los tratados de Apulo; pero que, habiendo sabido que las tropas que yo conducía no habían prestado el juramento explícito y formal de sostener esos tratados, creían que esto podía haber sido omitido con el ánimo de no ligar a mis tropas con el solemne comprometimiento de sujetarse a los convenios expresados". Yo bien conocí todo el sentido de esta respuesta, pero procuré disimularlo porque así me convenía, y me contenté con proponer que se nombrase un jefe para que, como comisario, fuese en mi compañía a mi cuartel general de Serrezuela, a presenciar el juramento que se echaba de menos, y que yo no había exigido con materialidad a las tropas de mi mando porque los tratados no lo exigían textualmente, y porque ya se suponía, en el mismo hecho de haberlos ratificado el gobierno legítimo, que ellos tenían fuerza de ley desde que se publicaron. Ximénez me respondió que el juramento era de imperiosa necesidad, como que sus tropas lo habían prestado ya. Yo no puedo asegurar si esta exigencia era efecto de su ignorancia supina, de su recelo, o de una suspicacia meditada que era lo más probable.

Efectivamente, ese mismo día se había recibido a las tropas que estaban bajo el mando de Ximénez el juramento referido; pero varias personas que presenciaron ese acto en la plaza de San Victorino me refirieron que "todo había sido una farsa, pues aun se había preguntado a los cuerpos del modo siguiente: "¿Juráis sostener el gobierno de Apulo?" en vez de: "¿Juráis obedecer y sostener al gobierno constitucional de la república, representado por el vicepresidente encargado del poder ejecutivo, y todas las cláusulas contenidas en los tratados de Apulo?" Pero aquel juego de palabras tan equívoco, y acompañado como había sido de la burla, manifestaba bien a las claras las miras insidiosas de sus autores, miras que se descubrieron por otros muchos hechos que iremos viendo en el curso de este capítulo.

Habiéndoseme asegurado con datos que tenían el carácter de la verosimilitud, que uno de los planes de Ximénez, en caso que no les diese yo la ocasión de batirnos en detalle, era el de hacer montar sus tropas de a dos hombres en un caballo, y seguir a marchas forzadas hacia Cúcuta, en donde se hallaba todavía el general Carrillo con una columna de facciosos, con el fin de poder emprender nuevas operaciones, ya reunidos a Carrillo, bien sobre el territorio de Nueva Granada o bien sobre el de Venezuela, cuyo gobierno había hecho cubrir su línea del Táchira con una división, y que para lograr este fin debían salir de Bogotá al cerrar la noche y tomar el camino de La Cabrera, que los alejaba de la observación del general Moreno, acampado en Zipaquirá, a cuya prevención tenía Ximénez algunos depósitos de caballos, y entre ellos como 300 ó 400 empotrerados cerca de Funza, ordené, de consiguiente, al coronel Posada, que se echase sobre estos últimos para remontar nuestra caballería y entrar en Bogotá con algún lucimiento.

Luego que Ximénez supo que esos caballos estaban en poder de nuestras tropas, reclamó del procedimiento ante el vicepresidente, quien me hizo llamar para que le informara sobre el particular en presencia de Ximénez, y se entabló el dialogo siguiente:

El vicepresidente, dirigiéndose a mí: "Quiero saber lo que hay sobre los caballos que se han tomado en un potrero de Funza".

El general López: "Sabiendo que esos caballos existían allí, y necesitándolos para que nuestra caballería entre con más decencia en la capital, ordené al coronel Posada que los tomase con cuenta y razón".

El general Ximénez, dirigiéndose a mí: "Pero usted no ha debido tomar esos caballos sin mi conocimiento, porque ellos pertenecen a la división de mi mando".

El general López: "Como la división que usted ha mandado está ya bajo mis órdenes como general en jefe del ejército, y como, por otra parte, esos caballos son de propiedad de la república, yo no he tenido inconveniente en disponer de ellos para un acto del servicio, tanto más cuanto usted no los necesita".

El vicepresidente, dirigiéndose a mí: "Lo que extraña el general Ximénez no es que se hayan tomado los caballos, sino que no se le hubiese dado un aviso previo, como que estaban bajo su responsabilidad".

El general López: "Yo no considero que ésta sea una falta; pero si V. E. la considera tal, le suplico me excuse en consideración a las buenas intenciones que la han motivado".

El general Ximénez, durante el diálogo, manifestaba su rabia con mil movimientos alterados y fuertes contorsiones, llevando sus manos a la cabeza y haciendo ademanes de tirar su sombrero contra el suelo, pero sin replicar más se retiró precipitadamente y casi sin despedirse.

Este suceso aumentó mis temores de que se pusiese en obra alguna felonía para desembarazarse de mi persona, lo que signifiqué al vicepresidente, y en su virtud se dieron órdenes al oficial de su guardia, capitán Manuel Urdaneta, joven que, aunque servía a los facciosos, nos garantizaba su fidelidad; se dieron órdenes, digo, de que observase precauciones y repeliese la fuerza con la fuerza, caso de algún atentado contra la casa del vicepresidente, previniéndole al mismo tiempo que si se le iba a relevar, manifestase "que tenía órdenes de Su Excelencia para continuar de plantón, y no abandonase el puesto".

El general Juan Gómez (que también servía en el ejército usurpador) con quien había tenido yo una buena amistad desde el año de 1819 que le conocí en el Apure, y que desde el principio de nuestras desgraciadas disensiones intestinas me había hecho ofertas de ayudar al sostenimiento de la libertad, acaso por gratitud a un oportuno servicio que había recibido de mí, tuvo ocasiones de recordarme sus antiguos ofrecimientos en circunstancias en que podía positivamente acreditarlo. Yo le había instruido que preparase con cautela la opinión de la tropa y que si se trataba de no cumplir con mis órdenes, o desconocer de hecho la autoridad del gobierno, obrase de modo que pudiera hacer se pasase a nuestro campo uno de los cuerpos de infantería sobre que él tenía más influencia, y así me lo había prometido.

A más de esto, yo tenía espías de confianza aun entre los cuarteles y pabellones de los rebeldes, que me noticiaban de cuanto merecía mi consideración, y me manifestaban de continuo sus recelos de la mala fe de los jefes y oficiales, de sus secretas juntas, de las murmuraciones contra mí y de sus disimulados aparatos de movimiento. Los avisos de infinidad de personas de la capital se multiplicaban incesantemente, asegurándome que se me acechaba, y rogándome me guardase bien para no ser asesinado. Entre otras cosas se me decía que "el general Justo Briceño, con los restos de su división derrotada en Cerinza, acampado del lado de San Victorino en el sitio llamado Garzón, se había encargado de matarme poniendo, al efecto, una partida oculta en uno de los fosos laterales al camino de Fontibón, que debía disparar sus fusiles sobre mí y mi estado mayor al pasar para Serrezuela.

Yo salía, sin embargo, a la calle, y paseaba manifestando confianza e ignorancia de cuanto se tramaba. Para mí no había ya una duda de que se meditaban nuevos golpes funestos a la patria, al gobierno, a mi persona y a las de mi comitiva; pero a cada instante esperaba saber la llegada del general Moreno con su división a Serrezuela, como se lo había yo prevenido, satisfecho de que esta circunstancia debía frustrar los malignos proyectos de mis enemigos y asegurar la existencia del régimen legal, ya porque así se daban pruebas por parte de Moreno de obedecer mis órdenes emanadas de una autoridad legítima, y ya porque estando compactas las fuerzas del sur y norte era imposible al enemigo intentar atacarlas con la esperanza de vencerlas. Pero el general Moreno no se movía de Zipaquirá ni contestaba mis notas sino en términos ambiguos y sospechosos, circunstancias que me decidieron a salir de la capital al tercer día de mi llegada y dirigirme cerca de él.

Para evadirme de los lazos que bien podían haberme tendido los facciosos en la vía directa para Serrezuela, ordené que algunos de nuestros asistentes, con los pequeños equipajes que conducían, saliesen ostensiblemente por el camino de Fontibón, que es el que conduce en rectitud para Serrezuela, y que propalasen que "yo les seguía después por el mismo camino". Esto verificado, esperé que se aproximase la noche y entonces salí en la propia dirección hasta San Victorino y desde allí me desvié a todo galope guiado por un buen práctico, y atravesando potreros y pantanos, pues entonces llovía a cántaros y estaba toda ¡a sabana inundada, llegué a la hacienda de Fute, en donde pasé el resto de la noche con algunas precauciones, en medio de sus propietarios los señores Quijanos, que me hicieron mil atenciones, como servicios habían prestado a la patria, y continuaron prestando. Yo estaba muy enfermo, necesitaba de reposo, la noche era oscurísima y el tiempo malo.

Al día siguiente (8 de mayo) estuve muy temprano en Serrezuela, en donde se habían ya concentrado el general Antonio Obando y el teniente coronel Joaquín Barriga con las columnas que mandaban, y a más se habían reunido un escuadrón de milicias de Facatativá y otros patriotas de diferentes partes, en términos que ya esa división constaba de unos 1.200 a 1.300 hombres.

Durante mi ausencia había ocurrido la novedad siguiente, que refiero como una nueva prueba de que los enemigos trabajaban activamente y de todas maneras para sobreponerse al gobierno legal.

El coronel Posada había ordenado marchase a la vanguardia el batallón Vargas, a las órdenes de su comandante José Fermín Vargas, autor del motín de las compañías que se pasaron al usurpador desde el pueblo de Inzá, suceso de que ya me he ocupado en otra parte. Este jefe, que tenía órdenes de hacer alto en la Boca del Monte, o sea Barroblanco, hasta que llegase allí el resto de la división y su comandante general, lejos de obedecer redobló su marcha y se adelantó hacia la capital por el camino de Fute, que hace un arisco recto con el que debía tomar la división hacia Serrezuela, suponiendo el vértice en Barroblanco. Cuando el coronel Posada salió a ese punto y se informó de esta novedad, bien persuadido que el designio de Vargas no podía ser otro que el de entregar ese cuerpo al enemigo, y quitarnos de este modo la única infantería buena de que podíamos disponer, resolvió seguir a escape las huellas del batallón, y habiéndole dado alcance en la hacienda de Fute, con firme resolución se puso a la cabeza del cuerpo, que sin duda era inocente del procedimiento de Vargas; depuso a éste de sus funciones de comandante, lo redujo a prisión, y así lo mandó a los pueblos de retaguardia.

Después de haber dado al general Antonio Obando, en su carácter de mi segundo, las instrucciones para todo caso, seguí en el mismo día para Zipaquirá, no obstante las lluvias sin interrupción y el mal estado de de mi salud. Al llegar a esa villa, a eso de las nueve de la noche, un centinela de guardias avanzadas del general Moreno nos dio el ¿quien vive?, y sin esperar respuesta nos hizo fuego, con la fortuna de haber errado, no obstante la pequeña distancia.

Allí encontré al general Moreno reducido a la cama por sus enfermedades, y ninguna cosa me indicaba que esa división pensase en moverse. Como las circunstancias eran urgentes, pedí al general Moreno que hiciese retirar la multitud de gente que le rodeaba a efecto de conferenciar con él, lo que se verificó. El resultado fue persuadirle de la necesidad de obedecer mis órdenes con sumisión y confianza, replegar inmediatamente su división a Serrezuela, y prevenirlo contra las sugestiones de algunas cabezas demasiado acaloradas que lo imbuían a no obedecer ninguna clase de autoridad hasta después de haber destruido el antiguo partido boliviano; no obstante que desde la muerte de su jefe, el general Bolívar, habían desertado muchos de sus adeptos y colocádose del lado de la antigua oposición. Hubo quienes hubieran propuesto al general Moreno declararse dictador, movidos sólo por el deseo de una implacable venganza. A mí mismo se me habían hecho en La Mesa de Juan Díaz indicaciones por medio de un enviado de Zipaquirá, de tomar la palma de la dictadura; pero el desdén que yo mostré poniendo en ridículo semejante atrevimiento hizo encallar de mi lado el maligno proyecto. El general Moreno era buen patriota y de excelentes intenciones; pero convenía celarlo mucho, para que algunos de sus consejeros no le obligasen a dar pasos impolíticos y perniciosos estimulándolo con la idea de que así obraba rectamente.

El 9 de mayo, es decir, al otro día de mi entrevista con el general Moreno, partí muy temprano para mi cuartel general de Serrezuela después de haber dejado ya en acción los preparativos para marchar en el mismo día las tropas de la división Casanare, que, según los informes, constaban de unos 1.800 hombres de infantería y caballería, siendo de esta última arma la mayor parte. Di cuenta al gobierno del satisfactorio resultado de mi entrevista, y, en consecuencia, el vicepresidente me previno que el 11 por la mañana vendría a Fontibón con el general Florencio Ximénez para que, de acuerdo con el general Moreno y conmigo, se arreglase el modo de hacer nuestra entrada en la capital.

El 11 se reunió la división Casanare a la de Cundinamarca en Cuatro Esquinas y Serrezuela.

El mismo día se verificó la entrevista referida, la cual no fue muy plausible para mí, porque algunos jefes y otras personas que no querían dejar solo al general Moreno, se tomaron la libertad de dirigir diatribas al general Florencio Ximénez, en presencia del vicepresidente y mía, lo que me disgustó extremadamente; pero yo no podía en ese caso hacer otra cosa que aconsejar la moderación y la tolerancia, de temor de agriar más los ánimos de aquellas personas y causar talvez una sedición que hubiera sido deplorable si yo hubiera tomado otro tono del que convenía. El general Ximénez corría, por otra parte, un riesgo inminente de perder la vida si le faltaba mi protección y apoyo, que imploró de mí, y que yo le prometí. Esto hubiera sido un descrédito para el Ejército Libertador, cuya mancha no se habría lavado en los siglos. Otros disgustos semejantes ocurrían entre algunos oficiales de la comitiva de Ximénez y los nuestros. Sin embargo, se convino en que el ejército debía entrar en la capital al día siguiente, y que, para verificarlo, los cuerpos que obedecían a Ximénez saldrían alternativamente de la plaza a mi aproximación, con el objeto de incorporarlos al ejército para que la ceremonia de la entrada fuese más espléndida, y se diese una prueba de bulto de la refusión de los partidos confundiéndose unos con otros los beligerantes. El 12 me moví con las dos divisiones hacia Bogotá, y pernocté en Techo, distante de aquella ciudad como legua y media.

Durante mis correrías en la explanada de Bogotá, infundía en aquellos habitantes que habían sido tan hostiles a la causa de la libertad, los principios republicanos, la justicia de la causa que yo defendía, el poder de la opinión pública pronunciada contra los usurpadores del gobierno legítimo, y la necesidad de la paz, y procuraba hacerme conocer de ellos para inspirarles confianza, pues los enemigos me habían pintado con los colores más negros. Puedo jactarme de haber sacado un buen partido de esas gentes, pues aunque los usurpadores intentaron reunirías de nuevo en contra del Ejército Libertador, no pudieron conseguirlo.

El 13 por la mañana continué mi marcha, satisfecho de que se verificaría en ese día la entrada del ejército en la capital. Al llegar al llano de Garzón, que se puede decir es uno de los arrabales de Bogotá, se presentó el general de los rebeldes, Vicente Piñeres, enviado por su general Ximénez, a intimarme oficialmente que "se había resuelto morir con las armas en la mano antes que obedecer mis órdenes de que salle-sen los cuerpos alternativamente a incorporarse con el ejército, y que me preparase al combate, para el cual todo estaba dispuesto, y no se esperaba sino su regreso a la plaza para salir a batirse". Yo le contesté: "diga usted a su general que si tal es su loca resolución, el campo que ocupo servirá de tumba a él y a los que le obedecen; que aunque yo había creído de buena fe que ese día era el de mi gloria, el término honroso y pacífico de nuestras disensiones domésticas, ya no sería sino el de la venganza que tanto habían provocado los enemigos, cuanto yo había tratado de evitar. Diga usted, por ultimo, a su general, que espero cumplirá en esta vez su palabra, si tiene bastante valor para medirse con mi invencible ejército". Piñeres me replicó: "Señor general: no hay ejército ninguno que pueda ser invencible: la suerte de la guerra es varia". "Bien, le dije, cumpla usted con su encargo, y al hacerlo, persuádase usted que el ejército de mi mando es hoy invencible". Piñeres se despidió, y siguió a galope a dar cuenta del resultado de su comisión, pero regresando hacia mí, me preguntó: "¿Serán bien recibidos los que abandonando las tropas de la plaza vengan a incorporarse a las del gobierno?" "Sí, señor", le respondí.

Dispuse el ejército para el combate, en términos que no se escapase uno solo de los enemigos: hice abatir algunas paredes y allanar fosos; bien seguro del triunfo que me prometía una legión que, aunque compuesta en su mayor parte de ciudadanos sin disciplina, era muy superior en número al enemigo, y su moral se aumentaba en proporción que se disminuía la de éste. Ya contaba yo con más de 3.500 hombres, y mi caballería era excelente: a cada instante se aumentaban mis fuerzas con la llegada de grupos de patriotas armados y de algunos oficiales y soldados pasados de la plaza. Si hubiera tenido armas me habría sido fácil reunir lo menos 2.000 hombres más, pero la falta de éstas me había obligado a prevenir que no admitiría en el ejército sino las partidas que viniesen armadas del modo que les fuera posible: no tenía, por otra parte, necesidad de más hombres, que en este caso me habrían embarazado y multiplicado los gastos en la subsistencia, sin producir provecho alguno.

Todo estaba dispuesto para esperar la salida de las tropas de la plaza, cuando recibí órdenes del vicepresidente para no dar un paso adelante, anunciándome que iba a salir en persona a mi campo para arreglar el asunto. En seguida se presentó Su Excelencia con algún acompañamiento, y fue recibido con los honores correspondientes.

Reunidos en una casa de San Victorino el vicepresidente, acompañado del doctor José María del Castillo, que era uno de sus ministros, conferenció conmigo en presencia de varios jefes del ejército de mi mando. El vicepresidente y el señor Castillo me significaron que "los jefes de la plaza abrigaban desconfianzas y temían ser víctimas del Ejército Libertador; que se fundaban: primero, en mi rápida aparición sobre la capital, cuando no esperaban mi entrada hasta esa tarde o el día siguiente; segundo, en que no había despedido para sus casas los cuerpos de milicias, cuando ya todo estaba transado y nada tenía que temer de las tropas que habían sido enemigas; y tercero, en la conducta que la víspera habían observado con el general Ximénez y los que le seguían, varias de las personas de mis tropas; que para hacer cesar estos temores era preciso que yo me retirase a Fontibón, mientras se disponía la salida de los cuerpos en los términos en que se había convenido, pues sin esta circunstancia era difícil que Ximénez obedeciese, y que en este caso sería necesario derramar más sangre y originar otras malas consecuencias9'. Yo manifesté en contestación: "primero, que en una distancia tan corta como la que había de Serrezuela a Bogotá no era motivo de extrañeza el que al día siguiente de lo convenido en Fontibón se verificase la entrada del ejército, verificada la cual serían más antes licenciados los cuerpos de milicias, y se ahorrarían los gastos que en ello se hicieran mientras más retardara dicha entrada; segundo, que de ninguna manera habría sido prudente despedir en esas circunstancias los cuerpos de milicias ya porque no se había perfeccionado el restablecimiento del gobierno y del orden constitucional, que era el objeto que los había conducido, ya porque los milicianos deseaban, por vanidad, entrar armados en la capital, y merecían bien que se les otorgase esta gracia; tercero, que la conducta observada la víspera con Ximénez y algunos de sus compañeros había sido improbada por mí, y que de este desahogo imprudente no se deducía que el Ejército Libertador intentase cometer un acto de felonía, pues en tal suposición, Ximénez habría sido sacrificado desde el día anterior; cuarto, que no me parecía honroso ni útil el retirarme a Fontibón después de haberme presentado en las puertas de la ciudad; y quinto, que persuadido el gobierno de que yo sabía apreciar mi reputación, podía dar a los jefes de la plaza las seguridades necesarias de que serían respetados en sus vidas y propiedades, siempre que se sometiesen a lo últimamente convenido en Fontibón".

Después de haberse hecho reflexiones de parte y parte para apoyar lo que se había establecido por base de la conferencia, el vicepresidente resolvió volver a su casa y usar de su genio demasiado bondadoso y contemporizar, para tranquilizar a Ximénez, y persuadirlo de la rectitud de mis intenciones, quedando yo comprometido a no moverme de mi puesto mientras las tropas de la plaza no me obligasen a otra cosa.

Antes que se supiese el efecto que los pasos conciliatorios del vicepresidente hubieran producido en el ánimo de Ximénez y sus jefes, sobrevino otra ocurrencia tan desagradable que pudo haber causado un motín en el ejército, capaz de haberlo trastornado todo y aun hecho cambiar la faz de la suerte por algún tiempo, costado torrentes de sangre y males de mucha trascendencia. Los oficiales Galarza y Toledo, sin licencia mía, y contraviniendo a mis terminantes y repetidas órdenes de conservarse todo el mundo en su puesto, habían entrado en la ciudad animados del deseo de ver a sus familias, y en una de las calles excusadas fueron atacados alevosamente por un grupo de húsares de Ayacucho, pertenecientes a las reliquias de la división del general Justo Briceño, vencida en Cerinza. Galarza murió de dos lanzazos que se le dieron, y Toledo, herido fue conducido prisionero a uno de los cuarteles de los rebeldes. Inmediatamente que este suceso se pro» palo en el ejército, los jefes, oficiales y aun la tropa empezaron a prorrumpir en expresiones de venganza y muerte contra los usurpadores, ardiendo en deseos de asaltarlos en sus cuarteles. Los generales y principales jefes que estaban a mis órdenes, se dirigieron a mí llenos de furor, pidiéndome entrar en la plaza y dar el asalto que se proponían. Yo que participaba de su justa ira, mas no de su proyecto de asalto, recogí todas mis fuerzas para revestirme de la prudencia necesaria y les exhorté de esta manera: "Los oficiales que han sido víctimas de su extrema confianza merecían bien su suerte por su desobediencia, probada con su entrada a la ciudad y el abandono de sus puestos contra las prevenciones que yo he dirigido al ejército; pero no por esto miraré con indiferencia este acontecimiento. Yo reclamaré contra él, pediré que los asesinos sean puestos a mi disposición para hacerles sufrir el juicio y la pena correspondientes, demandaré explicaciones, y si éstas no fuesen satisfactorias, ofrezco a ustedes que el crimen no quedará impune y que obraremos en consecuencia del modo que debe obrarse en semejante caso. Esperemos el resultado de mis reclamaciones, y según él tomaremos las medidas que nos aconsejan nuestro deber, nuestro honor, y el bien de la patria. Entre tanto, es necesario moderarse y acallar las censuras y murmuraciones. ¿Creen ustedes que en la posición ventajosa en que nos encontramos, sin tener nada que temer del enemigo, sería prudente aventurar la suerte del ejército, dando un asalto en sus fuertes cuarteles, cuando tienen fuerzas suficientes, municiones, artillería, y lo que es más, el despecho, para hacer una defensa vigorosa, que según la buena crítica, le produciría ventajas que en ningún otro caso puede reportar? Y aun suponiendo que nosotros cogiésemos la palma de la victoria ¿no consideran ustedes que ella nos costaría una gran cantidad de sangre preciosa, que estamos en el caso de economizar, pues tenemos en nuestras manos mil otros arbitrios para hacer rendir a esos insensatos, quizá sin perder un solo hombre? Ustedes saben bien que las batallas no deben librarse sino cuando las circunstancias urgen y no hay otro medio de vencer; pero nosotros no estamos en ese caso. Si el enemigo es bastante atrevido para presentarnos un combate fuera de sus cuarteles, usaremos de nuestras armas y lo venceremos seguramente; pero de lo contrario, reducido como se halla, abandonado de la opinión y sin esperanza ninguna de recibir socorros de fuera, es evidente que lo rendiremos muy pronto, y tal vez sin disparar un solo tiro. En este instante voy a ocuparme de pedir los reos del asesinato, y las explicaciones del caso, dando cuenta al gobierno de cuanto ha pasado".

Este discurso produjo por el momento el resultado que yo esperaba. Los jefes se retiraron manifestando confianza en mis procedimientos, y la murmuración del ejército se acalló un tanto, o más bien, se disimuló el desagrado cuanto era posible, que era a lo que yo podía aspirar en ese estado de efervescencia. Al momento dirigí la nota del caso y manifesté al vicepresidente el estado de las cosas, proponiéndole saliese de la capital y tomase, si lo quería, el mando del ejército, asumiendo toda la responsabilidad del caso hasta volver a la silla del encargado del poder ejecutivo, cuya autoridad no podía ser ejercida con la libertad debida mientras los rebeldes no fuesen sometidos por la razón o la fuerza.

El vicepresidente me contestó que "no se hallaba en el caso de abandonar su puesto; que ya había dado órdenes para que los asesinos de Galarza y Toledo fuesen puestos en prisión, y se diesen las explicaciones del caso, previniéndome no diese un solo paso sin recibir previamente sus órdenes y añadiendo a esta respuesta la insinuación de que era mejor obedecido por las tropas de la plaza que por el ejército de mi mando". Esto último me agravió sobremanera, y confieso que si las circunstancias no hubieran sido tan delicadas, y no hubiese considerado que mi presencia era de vital necesidad a la cabeza de ese ejército, habría dimitido el mando y sujetádome a los azares de la fortuna antes que sufrir con resignación una injuria tan atroz. ¿Qué más podía exigir el gobierno de mí y del ejército en esos momentos de angustias y de irritación? Yo registraba mi conciencia y no hallaba el motivo que me hubiera hecho incurrir en el desagrado del vicepresidente; todo lo contrario, había yo obrado con tal deferencia a su voluntad que hasta hoy conservo el arrepentimiento de no haber sido un poco más inflexible. Así habría evitado, al menos, los continuos riesgos que había corrido y corría mi vida por causa de mi extrema condescendencia. Mi situación era demasiado crítica, y no sé si otro en mi lugar hubiera obrado con más cordura, prudencia, tino y previsión, porque así convenía a los intereses y crédito del gobierno y de sus restauradores. ¿Pretendería acaso el vicepresidente que yo licenciase los milicianos, que el general Moreno retrocediese a Casanare, y que yo solo entrase en la capital con 400 veteranos a recibir la ley de los rebeldes, que aun disponían de más de 2.000 soldados disciplinados y aguerridos? ¿Habría sido esto prudente? ¿Habría sido útil? ¿Habría sido siquiera posible hacer regresar al general Moreno? Creo que no se necesita sino de sentido común para juzgar que no debía obrar sino como obré, conciliándolo todo y acallando, unas veces con buen modo y otras con la energía necesaria, los clamores del ejército, que no pedía sino venganza ni veía en el vicepresidente sino un hombre que con buenas intenciones y con la mejor buena fe comprometía la causa de la restauración, comprometiéndose a sí mismo por el poder de su bondad.

Empero, refrenándome hasta lo sumo, a pesar de mi carácter impetuoso, resolví mandar nuevamente cerca del vicepresidente al coronel José Acevedo, para que le pusiese de manifiesto las circunstancias en que nos hallábamos y la necesidad de hacerse obedecer de las tropas de la plaza, expresándole al mismo tiempo que "si Su Excelencia no obraba así y no salía de la plaza, lo declararía cautivo y obraría, en tal concepto, como más conviniese a la patria, pues yo no podía considerarlo libre mientras se hallase rodeado de los jefes de los rebeldes, y que este juicio se había fortificado con sus últimas insinuaciones, tan fuera de propósito como injustas".

De esta manera agotaba yo los últimos arbitrios de imaginación para estimular al vicepresidente a obrar con más firmeza y convencerlo de que su voluntad no sería ejecutada sino tanto en cuanto estuviese en armonía con el objeto cardinal de restablecer al gobierno legítimo y las instituciones patrias, quitando a los facciosos todo medio de dañar en lo sucesivo. Me conciliaba también la confianza de los jefes que me obedecían, para conservar así mi autoridad hasta la perfección de la obra, pues las murmuraciones por la lenidad con que se obraba no habían desaparecido enteramente, y de esto se me consideraba más culpable que al mismo vicepresidente, porque se veía en mi las riendas del poder material, que existía en el ejército, sin reflexionar que no estaba en nuestro crédito, ni en los intereses bien entendidos de la libertad, obrar como se quería, es decir, discrecionalmente.

Tanto no estaba apaciguado el furor del ejército, que uno de los oficiales de las tropas de Casanare, burlando la vigilancia de mis avanzadas y extraviando calles, había entrado en la ciudad y desafiando a combate singular al general Infante y otros oficiales de los rebeldes, que no quisieron aceptar la lid; y yo no creí prudente hacer al oficial la severa reprensión que merecía, contentándome con manifestarle a solas mi desagrado y aconsejarle que no repitiera tal cosa. Si yo hubiera impuesto una pena al oficial por su inobediencia, es indudable que habría sido desobedecido y que a la desobediencia de mi autoridad hubiera seguido la del gobierno, y al fin todos habrían sido presa de la más terrible anarquía.

El vicepresidente tomó, en efecto, medidas más serias, a consecuencia de mi protesta, y en su virtud se logró casi todo lo que me había propuesto, pues me hizo entender a poco rato que "los húsares culpables del asesinato de los dos oficiales estaban ya presos y serían juzgados por la autoridad competente; que los jefes de las tropas de la plaza eran inocentes del atentado de aquellos soldados, pues éstos habían obrado por su propia voluntad y sin órdenes ningunas; y, finalmente, que dichas tropas serían puestas a mis órdenes esa misma noche, para lo cual yo debía mandar jefes que tomasen el mando de los diferentes cuerpos, pero que, siendo ya muy tarde, suspendiera mi entrada en Bogotá hasta el día siguiente, tanto para que ésta fuera más lucida haciéndola en pleno día, cuanto porque de este modo habría tiempo de preparar cuarteles y alojamientos cómodos para todo el ejército, y que me retirase a pernoctar en Techo sin cuidado alguno".

Esta respuesta, que al momento hice trasmitir al ejército por conducto del jefe de Estado Mayor General, fue causa de un nuevo conato de motín, que se descubrió en todas las clases. Yo me ocupaba de contestar al vicepresidente, que todo sería hecho como Su Excelencia lo prevenía, cuando el expresado jefe de Estado Mayor General me participó que los generales y jefes, colocados en sus respectivos puestos, decían que "de ninguna manera darían un paso atrás y que, por consiguiente, la orden de pernoctar en Techo no sería obedecida, pues todos generalmente protestaban que allí pasarían la noche en pie antes que hacer un movimiento retrógrado, fundándose en que esto los desacreditaba, y que por otra parte, durante la noche podían ser sacrificados no sólo los jefes que iban a tomar el mando de los cuerpos, sino también los patriotas habitantes de la capital, que estaban más comprometidos que nunca por las demostraciones de regocijo que habían hecho a nuestra aproximación". Yo concluí mi nota, monté a caballo resuelto a perecer o hacerme obedecer, y a viva voz ordené que "se emprendiese la contramarcha a Techo, so pena de ser trasladado como conspirador el que se opusiese a esta orden", y previne que se siguiese la marcha en el orden inverso en que estaban los cuerpos, poniéndome yo a la cabeza con mi Estado Mayor. La orden fue obedecida en perfecto silencio, de manera que la marcha parecía más bien un acompañamiento fúnebre que la de un ejército victorioso, que al acercarse a Bogotá lo había hecho con una algaraza tal, que mostraba todo el contento de que iba poseído.

Previamente comisioné los jefes que debían tomar el mando de los cuerpos de la plaza, y dejé muchos espías encargados de comunicarme cuanto observasen. Una de las conjeturas de nuestros celosos oficiales era que los rebeldes habían insistido en que nos alejásemos e la capital para ejecutar su plan de salvarse a caballo por sendas extraviadas, con la esperanza de reunirse en Cúcuta al general Carrillo. Mi opinión era que, aunque esto fuera posible, nuestra distancia no era tanta que no les pudiéramos dar alcance, satisfecho como estaba yo de saber sus movimientos a la medía hora de ponerse en ejecución, y teniendo una caballería tan bien montada. Nunca di ascenso a una presunción semejante, porque en el estado de cosas habría sido una locura de los rebeldes tratar de escaparse de ese modo, en el temor de ser alcanzados y sacrificados infaliblemente, mientras que todos los lugares por donde intentasen pasar los habrían hostilizado y opuéstoles obstáculos en su marcha, pues el entusiasmo era ya general en favor de la libertad y en odio a los mandatarios del tiempo de la usurpación.

En la noche del 13 vivaqueamos en Techo, y por precaución, y porque las casas no eran suficientes para contener todo el ejército, la mayor parte de la caballería pernoctó a campo raso y con las armas en la mano, a pesar del frío y de la lluvia. En ese día se incorporó al ejército una columna de 200 hombres de la provincia de Popayán al mando del coronel Juan Gregorio Sarria.

El 14 lo pasamos en las mismas posiciones a causa de no haberse podido verificar a buena hora la recepción de las tropas de la plaza y de los efectos de guerra que en ella se contenían.

 

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