CAPITULO XXX
Tal era el estado de cosas el 6 de abril, día en que emprendí mi
marcha para la provincia de Neiva con sola una compañía veterana y
mis ayudantes de campo, los capitanes Gaitán, y mi secretario el
teniente coronel Vicente Anaya. El coronel Eusebio Borrero quedó en
Cali encargado de la comandancia general del Cauca, con solo la
guarnición de milicias de Popayán en ese cantón, aunque podía
disponer de las demás tropas que estaban situadas en toda la
extensión de ese valle, y de la que regresaba de Iscuandé y que
todavía no había llegado. Los indígenas de los pueblos de
Tierradentro, Ibito y Guainas, habían sorprendido de orden mía,
cerca de Lame, un pequeño destacamento que el coronel Posada había
establecido, y no dejaron escapar ni un solo soldado.
El director de la guerra, general Obando, luego que se
desocupase de las atenciones que le detenían en el Valle, debía
seguir a Popayán con el fin de reunir las milicias y marchar contra
la capital. Algunos de esos pelotones de milicias habían obtenido
licencia para descansar en sus casas, mientras se les llamaba de
nuevo al servicio activo.
Previamente di órdenes al teniente coronel José Antonio Quijano
para que se avanzase con sus partidas de observación hasta La
Plata, en consecuencia de haber sido evacuado ese cantón por el
coronel Posada, y, en efecto, al llegar yo a esa ciudad ya estaba
Quijano en ella con cosa de 70 milicianos.
En el mismo punto se me presentó el coronel Vicente Vanegas,
enviado por muchos jefes y oficiales liberales que habían logrado
escaparse de la capital, a insinuarme la necesidad de adelantar mis
marchas y noticiarme de las buenas disposiciones que había en todo
el interior para restablecer el gobierno legítimo, etc. En
consecuencia, resolví seguir el mismo día, dejando órdenes a
Quijano y Prieto, que era el capitán de la compañía veterana, para
que continuasen hacia el centro de Neiva, avanzando a medida que yo
les hiciese las prevenciones convenientes, según lo exigiesen las
circunstancias.
Al tercer día llegué a Neiva, en donde los patriotas, todos
amigos míos, me recibieron con las más grandes demostraciones de
contento. Ya se habían pronunciado explícitamente, y aun había
marchado un escuadrón de milicias a Purificación, después de haber
tenido algunas diferencias con el coronel Posada, que marchaba con
la misma dirección por la ribera izquierda del Magdalena, y cuya
conducta les había parecido misteriosa, o poco franca.
Después de haber tomado algunas disposiciones en Neiva, seguí
para Purificación el 14 de abril y llegué a mi destino la noche del
día siguiente, habiendo encontrado sobre la marcha el hospital y
parque de la columna Posada, que se dirigía en retirada hacia
Neiva. Procuré entrar en Purificación por el cuartel en donde
estaba la infantería y habiéndome detenido en la puerta, y
anunciádome, observé el contento que recibían con mi presencia los
soldados de Vargas, a quienes distribuí discrecionalmente como
ochenta pesos que llevaba en mi bolsillo con este fin, y tuve la
complacencia de oírme vitorear con entusiasmo por esos mismos
soldados que poco antes me habían hecho traición por las
sugestiones de sus oficiales. El objeto de este paso debe ser
advertido del lector: captarme la benevolencia de esos soldados y
asegurarme de su fidelidad. Igual conducta observé con el resto de
la tropa veterana perteneciente a esa columna.
El vicepresidente Caicedo, que había expedido ya su memorable
decreto declarándose en ejercicio del poder ejecutivo, me recibió
con el cariño que le es característico y me manifestó, con muchas
demostraciones, la satisfacción que sentía con mi presencia. Loa
jefes y oficiales todos, entre ellos el coronel Posada, se
apresuraron a felicitarme, y aun los habitantes de Purificación,
siempre buenos patriotas, me manifestaron el gozo que sentían con
mi llegada.
Mi primer cuidado fue el de informarme esa misma noche del
estado de cosas, y el resultado fue el siguiente, según las
noticias que se me dieron:
El general Urdaneta podía disponer de cosa de 4.000 veteranos de
todas armas, y otros tantos milicianos de la sabana de Bogotá, que
le era adicta. En caso urgente podía poner en pie en la capital
10.000 hombres. Una columna veterana, compuesta de sus mejores
tropas, se hallaba en Tocaima, y aun se le suponía haber pasado ya
el Magdalena y estar en la villa de El Guamo, a cuatro horas a lo
más de Purificación. Por el temor de esta fuerza era que se habían
puesto en retirada el hospital y el parque. Del lado de Casanare se
hacían algunas incursiones sobre la provincia de Tunja. El coronel
Neira había asaltado, en su cuartel de Ubaté, a la cabeza de un
grupo de patriotas, una partida enemiga, y se hallaba haciendo la
guerra de partidas en aquellos páramos. El general Antonio Obando y
el teniente coronel Joaquín Barriga, también a la cabeza de
partidas de patriotas, habían logrado ventabas sobre algunos
destacamentos enemigos en ¡a provincia de Mariquita. Del Magdalena
se confirmaban las noticias de que los pueblos y aun una parte de
las tropas conspiraban contra las autoridades usurpadoras, y, en
fin, por todas partes se hacía alguna vitalidad para restablecer el
gobierno legítimo y se manifestaban las mejores disposiciones para
llenar este deber. El general Urdaneta tenía esperanzas de reunir
el Congreso de Leiva, pero el decreto del señor Caicedo debía
hacerle desesperar del suceso. En sus malignos consejos el general
Urdaneta había desterrado en los últimos días muchas personas
notables, y los cuarteles estaban llenos de presos políticos.
Varias columnas enemigas se habían destacado a la provincia de
Tunja para perseguir las partidas de patriotas y defender por esa
parte el país de las tropas de Casanare. A mí se me consideraba
muerto por una emboscada de fracciosos después de la batalla de
Palmira, treta de los dictatoriales.
La columna, llamada ya división Cundinamarca, que se hallaba en
Purificación, se componía de unos 200 infantes que llevaban el
nombre de Batallón Vargas, un escuadrón veterano de húsares con
cosa de 100 hombres y otro de las milicias de Neiva con una fuerza
igual. Además, se podía reunir un escuadrón de 150 hombres en esa
misma villa de Purificación, pero no estaban acuartelados. Un grupo
de jefes y oficiales sueltos que habían salido a escape de Bogotá
hacían también parte de esa fuerza.
Al día siguiente (16 de abril) fui presentado oficialmente al
vicepresidente por su secretario del Interior y Relaciones
Exteriores, señor Pedro Mosquera, previa una conferencia en la cual
declaré que "me presentaba como un general del Ecuador,
auxiliar del centro de Colombia hasta el restablecimiento del
gobierno legítimo". Yo no podía hacerlo de otro modo sin
faltar a mis comprometimientos, y aunque se consideraba ésta una
dificultad para el mando en jefe del ejército que se me iba a
confiar, después de haber cambiado algunas palabras con mi
interlocutor todo quedó arreglado en la sustancia. El
vicepresidente me nombró en seguida general en jefe del ejército de
operaciones, que yo designé con el nombre de "Ejército del
Cauca y Cundinamarca", porque no les parecía bien que
usase de la calificación de
"combinado del Ecuador
y del Centro", en razón de no haber sido reconocida
aquella república; pero de esta manera se conciliaron las
dificultades de las palabras. El coronel José Manuel Montoya, que
era uno de los escapados de la capital, fue nombrado, por
insinuación mía, jefe de Estado Mayor General del ejército. El
coronel Posada conservó su empleo de comandante en jefe de la
división Cundinamarca.
Reconocido en este carácter de general en jefe, en el instante
mismo mandé hacer requisiciones de caballos, pues a pesar de la
abundancia de ellos que hay en el país, los escuadrones estaban
casi a pie. Procuré cerciorarme sobre las noticias que se daban de
la existencia de una fuerte columna enemiga en El Guamo, y nada
pude adelantar sobre esto porque estos rumores eran vagos; no había
un solo espía sobre el enemigo, porque no tenían con qué pagarlo,
según se me respondió. Di órdenes para que regresase el parque que
estaba en retirada, y para que el teniente coronel Quijano y
capitán Prieto siguiesen a marchas redobladas hasta donde me
encontrasen, a menos que les diese orden en contrario; y, en fin,
tomé cuantas medidas estaban a mi alcance para obrar activamente,
aprovechando la oportunidad que se presentaba, y el efecto que
debía hacer sobre el enemigo mi inesperada aparición en sus
cercanías, cuando se había divulgado la falsa noticia de mi
muerte.
A las cinco de la mañana del 17 ya tenía un número
superabundante de caballos para remontar los escuadrones, pues
habían sido colectadas hasta las caballerías del vicepresidente. Di
órdenes de que me siguiesen 150 hombres de ambos escuadrones, y con
el pretexto de reconocer los pasos del río Saldaña, que estaban
guardados por algunos pequeños destacamentos, pasé esa noche aquel
río para reconocer al enemigo, y aun asaltarlo si estaba
descuidado; pero llegué al Guamo sin novedad, y no pude adelantar
otra cosa sino que en esos días habían venido como 200 hombres del
batallón Callao hasta El Espinal, inmediato a El Guamo, y que se
decía se habían retirado. Al día siguiente muy de mañana ocupé El
Espinal, y después de haber prevenido que bajasen hasta el paso de
La Boca de Fusagasugá las barquetas que había en el Magdalena
arriba, me dirigí a dicho paso. Previne al mismo tiempo que el
resto de la división se pusiese en marcha sin perder momento hasta
alcanzarme, y expedí una proclama anunciándome, y anunciando mi
aproximación a la capital.
Llegado al paso de La Boca de Fusagasugá, supe que positivamente
una pequeña columna enemiga había estado allí, y aun pasado a este
lado, pero que se había retirado a Tocaima a la presencia del
teniente coronel Juan Arrimigas, comandante del escuadrón de Neiva,
que se había adelantado con algunos soldados a reconocer el país y
había tenido la ocasión de disparar algunos carabinazos, uno de los
cuales había herido al comandante de la columna enemiga, capitán
Itúrbide. No encontré en el paso sino una barqueta inútil, en
donde, con mucho riesgo, podían pasar dos o tres hombres a la vez.
En vano esperé largo tiempo la llegada de las barquetas que había
ordenado descender, pues no aparecieron. En estas circunstancias
resolví verificar el paso en la barqueta inútil de que había
hablado, y mientras esto se hacía recibí una insinuación escrita
del vicepresidente, en que me decía que "no pasara el
Magdalena, porque esta operación era peligrosa en esas
circunstancias". También se me hizo entender que la marcha
del resto de la división había sido entorpecida, de temor de que yo
la comprometiese en un lance desigual. Yo contesté al
vicepresidente, significándole la necesidad que había de obrar
activamente, y después de algunas reflexiones le suplicaba me
dejase la libertad de hacer lo que yo creía convenir, puesto que me
había hecho el honor y la confianza de darme el mando del ejército
y la dirección de sus operaciones.
En esos momentos se presentó en el paso una misión del general
Urdaneta, compuesta de los señores doctor Vicente Borrero y
Raimundo Santamaría, la cual tenía por objeto proponer una
suspensión de armas mientras su comitente se podía entender con la
autoridad constitucional a efecto de transigir amistosamente las
desavenencias. Yo recibí a esos señores con la urbanidad debida,
participé su llegada al vicepresidente, y le aseguré, a sus
instancias, que no extendería mis operaciones más allá del río
Funza, hasta obtener órdenes del encargado del poder ejecutivo. Con
antelación había yo prevenido al coronel Ramón Espina marchase con
un piquete de caballería hasta El Peñón de Tocaima, a obtener
noticias positivas del enemigo, y se conservase allí mientras por
algún accidente no fuese obligado a retirarse, pues de este modo
podía hacer valer el
uti possidetis, en el caso de celebrar
el armisticio, y cabalmente la línea de El Peñón de Tocaima era la
que me convenía ocupar en aquellas circunstancias, hasta reunir
allí una fuerza capaz de obrar de firme según lo aconsejasen los
posteriores acontecimientos.
Más oportunamente no podía habérsenos ofrecido el armisticio,
porque yo nunca habría podido todavía dar un paso más allá de
Tocaima. El vicepresidente fue en persona a La Boca de Fusagasugá,
y me hizo venir de El Peñón, en donde ya me hallaba con mi
caballería, para que con intervención mía se celebrase el tratado
de suspensión de hostilidades, que efectivamente se celebró por un
tiempo limitado, quedando convenidas ambas partes a enviar sus
comisionados al sitio de Las Juntas de Apulo para tratar del
principal objeto: el avenimiento.
Entre tanto, situado mi cuartel general en El Peñón de Tocaima,
se incorporaron las dos compañías a las órdenes del comandante
Quijano y capitán Prieto, y algunas partidas de voluntarios de la
provincia de Neiva, el escuadrón de Purificación, que hice situar
en El Paso de Fusagasugá, a seis leguas de mi retaguardia, por la
mejor comodidad para mantener los caballos. Multitud de personas
que huían del usurpador vinieron a ofrecer sus servicios, la mayor
parte jóvenes llenos de entusiasmo, con los cuales se compuso
después otro escuadrón. Es decir, mi fuerza ascendía por todo a
unos 750 hombres, la mitad veteranos.
Reunidos el vicepresidente y el general Rafael Urdaneta en Las
Juntas de Apulo el 26 de abril, y nombrados los comisionados, a
saber: por parte del gobierno su secretario del Interior y
Relaciones Exteriores, señor Pedro Mosquera, el coronel Posada y
yo, y por la del general Urdaneta el doctor José María del
Castillo, el señor Juan García del Río y el general Florencio
Ximénez, se firmó y ratificó un tratado, en virtud del cual los
disidentes reconocían al gobierno legítimo, a quien debían prestar
juramento de obediencia y fidelidad, y el gobierno otorgaba una
completa amnistía general al partido contrario. Estas eran, en
sustancia, las principales cláusulas del convenio; las otras eran
puramente accesorias o referentes a garantizar su cumplimiento: era
cuanto los enemigos podían esperar de la generosidad del gobierno,
y cuanto éste podía racionalmente conceder.
Durante las conferencias de Apulo recibí muchas muestras de
estimación de parte del general Urdaneta, a cuyas órdenes había yo
servido otras veces. Entre estas manifestaciones se contenía la de
un secreto arrepentimiento por su decreto en que me había
proscrito, y que una política mal aconsejada le había arrancado,
según sus propias palabras. Ambos nos separamos reconciliados, y el
general Urdaneta me hizo el presente de un par de magníficas
pistolas que le había regalado el duque de Montebello, con la
recomendación de que este personaje las había llevado de París
destinadas al general Bolívar, a quien no había podido
entregárselas, y a ese tiempo ya era muerto.
Durante el armisticio yo tuve ocasión de dirigir comunicaciones
a todas partes, anunciando mi aproximación, y combinando la manera
de concentrar en un punto dado las fuerzas que obraban en
diferentes direcciones, según lo prescribiesen las
circunstancias.
Cuando se concluyó el tratado de Apulo se me dieron noticias
vagas de que el general Moreno se había avanzado con las tropas de
Casanare hacía la provincia de Tunja, y que había batido en Cerinza
la división usurpadora al mando del general Justo Briceño; que el
coronel Salvador Córdoba, siendo conducido preso a Cartagena con
una fuerte escolta, se había escapado, y con el mismo destacamento
había vuelto sobre el interior de la provincia de Antioquia,
reunido algunos patriotas y batido en Sonsón, Yolombó, Abejorral y
Santuario, las tropas del gobierno intruso, a las órdenes del
coronel Castelli. Estas nuevas tan interesantes se confirmaron
pocos días después.
Al otro día del tratado, el vicepresidente Caicedo siguió a
Bogotá a ocupar la silla del poder ejecutivo, y yo empecé a moverme
hacia el mismo destino, aunque lentamente, para dar lugar a la
concentración oportuna de todas las partidas que obraban del lado
de las provincias de Tunja y Mariquita.
Sobre mi marcha recibí una excitación oficial del gobierno para
que me adelantase y entrase en Bogotá con prontitud, en razón de
los temores que infundía el general Moreno, que había hecho
indicaciones de no obedecer lo estipulado en Apulo. Otra nota,
todavía más exigente, recibí en La Mesa de Juan Díaz, y no pudiendo
resistir a órdenes tan perentorias, determiné entrar en la capital
con sólo el Estado Mayor, mis ayudantes de campo y nuestros
asistentes, dejando al coronel Posada las instrucciones necesarias
para marchar con cautela hasta el pueblo de Serrezuela, distante
unas cinco leguas de Bogotá, en donde debía permanecer mientras yo
no le previniese otra cosa en contrario, o no se lo exigiese algún
acontecimiento imprevisto. Igualmente le dejé otras prevenciones, y
también puse en conocimiento de los generales Morena y Antonio
Obando mi resolución de entrar en Bogotá, previniéndoles lo
conveniente para todo caso. Ya se habían reunido algunos hombres
más, y una partida de La Mesa al mando de los patriotas Olayas, de
suerte que la división constaba como de unos 900 hombres, todos
capaces de llenar su deber llegado el caso, pero no bastantes para
asegurar un triunfo sobre el ejército del usurpador, cuyos jefes
daban, o más bien muchos de ellos, muestras de mal contento por el
tratado de Apulo, y a esto se agregaban los repetidos avisos que me
dirigían multitud de personas de la capital, "de que se
trataba de asesinarme cuando me hallase allí y batir luego en
detalle las tropas que iban a mis inmediatas órdenes y las del
general Moreno que se acercaban a Zipaquirá, siete leguas al norte
de la capital". Obrando como obré lo conciliaba todo:
obedecer al gobierno, aun con riesgo inminente de mi vida, y no
exponer las tropas libertadoras a un fracaso. La prudencia
aconsejaba no aventurar un lance en aquellos momentos, en que todo
se disponía para asegurar el triunfo sin el más remoto peligro,
caso que el enemigo obrara insidiosamente. En mis filas tampoco
faltaban espíritus díscolos que no se conformaban con rendir a
Urdaneta por capitulación, e intentaban precipitarme.