CAPITULO III
La mayor parte de los oficiales y cadetes fuimos destinados en
Ibagué a servir como soldados en una compañía suelta de personas
distinguidas de Santafé, que llevaba el nombre de
Voluntarios, y era mandada por el capitán inglés Guillermo
Enrique Vego, que era conocido con el nombre de capitán Virgo.
Serviez me recomendó especialmente a mi capitán, y quiso que yo
viviese en compañía de los dos, de quienes constantemente recibí
protección. A poco siguió Serviez para la ciudad de La Plata, en
donde se hallaba el cuartel general del ejército combinado de las
Provincias Unidas de la Nueva Granada, que mandaba el general
Antonio Nariño. En breves días mi compañía se dirigió al mismo
destino. Llegados allí fueron colocados en .sus clases, en
diferentes cuerpos, los oficiales de la compañía de voluntarios; y
aun los soldados de Santafé fueron refundidos en el ejército. Al
capitán Vego se le dieron 120 reclutas, la mayor parte de la
provincia del Socorro, para organizar con ellos una compañía de
cazadores. El capitán quiso que yo me quedase en ella. Siempre
continuábamos viviendo juntos Serviez, Vego y yo. El mayor Carlos
Ludovico, holandés de nacimiento, que todavía existe, era entonces
soldado asistente. Vego se esmeró en disciplinar la brillante
compañía, que estaba destinada para hacer la descubierta durante la
campaña que iba a emprenderse con un ejército brillante por la
calidad de sus jefes, oficiales y tropa. A este ejército
pertenecía, entre otros oficiales europeos, el distinguido coronel
de ingenieros Campomanes, español de nacimiento, que era el
principal jefe de instrucción de la infantería. Serviez decía con
frecuencia que "con la cuarta parte de las tropas que se
preparaban para obrar sobre el general Sámano, y sin la gruesa
artillería que se llevaba, él destruiría cuatro veces a
Sámanos". Yo estoy cierto que con su manera de obrar,
Serviez se habría colocado en el Juanambú en el término de la
distancia, batiendo todo lo que se le opusiese. El se burlaba de
los aparatos que se hacían para la guerra, y decía que ese ejército
se asimilaba en su tren y lujo a un ejército asiático. Este
imprudente modo de expresarse, aun en presencia de oficiales
favoritos del general Nariño, le costó bien caro, como voy a
decirlo.
Dispuesto estaba ya todo para ponerse en movimiento, cuando un
día fui sorprendido con la orden verbal que me comunicó un oficial,
contraída a que pusiese de manifiesto los papeles y equipaje del
comandante, añadiéndome que éste se hallaba preso, igualmente que
el coronel Campomanes, el Barón de Chambull y otros extranjeros.
"¿Por qué causa?", le dije yo. "Por
traidores, me contestó, y es prohibido a usted el acercarse a su
prisión, pues tiene que declarar en el proceso".
"A fe mía, le repliqué, que soy ignorante de cuanto pueda
haber pasado, y no creo que mi comandante fuese traidor".
Puse a su disposición, como se me ordenaba, los pocos papeles de mi
comandante, que examinados no daban ni la más remota idea de
traición. En seguida se inventarió su equipaje, y se le dejó
depositado en mi poder. A poco rato llegó mi capitán Vego, y me
dijo que estaba admirado de lo que acababa de suceder y que temía
que a él también se le complicase en la calumniosa acusación que se
había hecho contra su amigo Serviez; pero que lo más extraño era
que el calumniador fuese un oficial europeo y protegido por
Serviez. A pocos días fueron dirigidos para Cartagena los jefes
expresados, de quienes hace una ligera reseña la Historia de
Colombia publicada por el doctor José Manuel Restrepo. En mi
opinión, no hubo ni asomos de un delito en la conducta de las
víctimas. Un exceso de celo y emulación de parte del general
Nariño, que, acaso por las críticas que se le habían hecho, creía
que esos oficiales facultativos y llenos de recomendaciones podían
eclipsar su gloria militar. Estéril consideración, e indigna de un
alma grande. ¡Cuantos males nos habrá acarreado la intempestiva
proscripción de Campomanes y Serviez!
A principios de diciembre del mismo año de 1813 emprendimos la
marcha sobre Popayán por la montaña de Guanacas, mientras que otra
división atravesaba por la del Quindío. A mi compañía le cupo la
gloria de hacer la descubierta. Los oficiales y soldados eran
inmejorables. Siempre marchábamos una pequeña jornada delante del
ejército, y llevábamos con nosotros algunas personas de Popayán,
prácticas del camino. Por primera vez tuve yo el orgullo de usar un
fusil de munición y llevar mi mochila a las espaldas como los demás
soldados.
Nada ocurrió digno de notarse durante el tránsito, hasta que los
cazadores ocupamos el Alto del Obispo, mientras el general Nariño
vivaqueaba con el ejército en La Laguna, que es la cima de los
Andes. La ocupación del referido Alto del Obispo, lugar en extremo
frío, se verificó a media noche. Yo estaba de guardia, y mi primer
cuarto de centinela me tocó en el lugar más avanzado, a más de 150
varas del puesto de la guardia. Una hora habría pasado cuando sentí
que venía de la parte del enemigo un tropel de caballos: hacía una
luna hermosa: yo preparé mi fusil, y cuando distinguí bien la
partida, que sería como a cien varas, di el ¿quién vive?, y se me
contestó: "España". Yo les disparé un tiro,
conforme las órdenes que tenía, y la partida enemiga, sin
contestármelo, volvió caras a toda prisa. Al día siguiente supimos
que era la partid a de guerrilla mandada por el famoso Simón Muñoz
que había venido a observarnos en unión de un tal Lino Hurtado. Si
sobre el tiro que les hice hubieran cargado sobre mí,
infaliblemente me hubieran sacrificado, porque el terreno no se
prestaba a favorecerme, y yo no debía abandonar mi puesto.
Al segundo día nos proporcionó esta misma guerrilla una
diversión entre Paniquitá y Palacé Alto: se había emboscado en una
altura que dominaba el camino por donde nosotros marchábamos, y
repentinamente nos hizo una descarga de carabinas y continuó su
fuego graneado, sin habernos causado otro mal que dos soldados
heridos: la primera cuarta de mi compañía, de que yo era parte, fue
suficiente para desalojar al enemigo y hacerlo replegar sobre las
alturas del lado izquierdo del Palacé, en donde nos esperaba el
general Sámano. Nosotros nos mantuvimos al lado derecho mientras
llegaba el general en jefe del ejército. Esto verificado, el
general dispuso, después de reconocer al enemigo, que se esperase
la artillería para batirlo con sola esta arma: mientras tanto
Sámano hizo avanzar una compañía de infantería, con el objeto de
entretenernos hasta hacer cortar el puente del río. Nuestro
general, por su, parte, previno que mi compañía despejase el campo;
y habiendo marchado en ejecución de esta orden, llegamos bajo los
fuegos, no sólo de la compañía, que arrollamos, sino de todo el
enemigo, hasta cerca del puente. Nuestro general, que nos veía así
comprometidos, dispuso que el coronel Cabal siguiese nuestro
movimiento con 400 hombres. Apenas observamos nosotros este
movimiento, y nos persuadimos se había dado la señal del combate
general. Era preciso aprovechar la ocasión antes que el puente
fuese enteramente destruido. Así fue como sin orden ninguna di yo
la voz de a la bayoneta, y en pelotón se arrojó mi compañía sobre
el puente, habiéndome cabido la gloria de ser el primero que lo
pasé por sólo dos vigas ya dislocadas que no tuvieron tiempo los
trabajadores del enemigo para arrojar al río, como lo habían ya
hecho con las otras. El coronel Cabal logró todavía tomar parte en
esta acción, en que triunfamos completamente de Sámano y de 500 o
600 hombres con que nos disputaba el paso del río. La posición del
enemigo era muy ventajosa. Este combate nos valió a los vencedores
un escudo de premio. El coronel Cabal persiguió con una columna
montada al general Sámano hasta el Puente Real de Cauca. El enemigo
perdió en esta acción dos cañones de a 2, todo su bagaje, y la
mitad de su fuerza personal. Nuestra pérdida fue insignificante. Yo
fui abrazado en medio del ejército por mi capitán, y recomendado
por mi distinguido porte. Pernoctamos sobre el campo de batalla, y
al día siguiente entramos en Popayán como de paseo, pues debíamos
evacuar la ciudad el mismo día. Allí encontramos los edificios de
la plaza publica muy deteriorados a causa de la explosión que había
hecho la víspera un barril de pólvora inflamado por causa de los
esfuerzos que hacían los realistas para salvarlo.
El coronel Azin, segundo de Sámano, y el mejor de sus jefes,
estaba en el Valle del Cauca con cerca de 1.000 hombres selectos, y
a marchas redobladas replegaba a Popayán. Debíamos por
consiguiente, salirle al encuentro, y con tal motivo ocupamos el
camino principal, acampándonos en Palacé Bajo, sobre el mismo
terreno en donde se ganó la primera batalla de la independencia por
el general Baraya, de que ya he hecho mención. Al día siguiente
observamos el campo enemigo situado en la hacienda de Calibío. El
coronel Cabal fue destinado con 300 hombres, entre los cuales iba
mi compañía, a observar al enemigo, lo que verificamos sin
obstáculo alguno, y replegamos por la noche a nuestro campo,
habiendo quedado mi compañía de avanzada entre la quebrada de
Victoria y el río Cofre. Al otro día intimó nuestro general la
rendición al del enemigo, por medio del capitán con grado de
teniente coronel Francisco Urdaneta; el jefe enemigo recibió muy
mal a nuestro parlamentario, que fue insultado y amenazado por
todas sus tropas, habiendo dado una respuesta insolente. Durante la
noche se movió Azin de su campo, y por una senda extraviada del
camino principal pasó el Palacé y se acampó en la hacienda de
Calibío, en donde lo esperaba Sámano con una fuerza casi igual. Mi
compañía, como de constumbre, fue destinada al amanecer al
reconocimiento de la dirección que había tomado Azin, y habiendo
regresado al campo con informes ciertos, salió luego con 300
hombres más a las órdenes del coronel Cabal en observación del
enemigo, y marchando hasta la portada, a menos de tiro de cañón,
sin encontrar un solo enemigo, y sin que éste se hubiera dado
cuenta de nuestro movimiento, pues no hacía una señal de alarma,
envió el coronel Cabal un oficial cerca del general Nariño para
darle cuenta de estas circunstancias y pedirle permiso de atacar de
sorpresa, asegurándole el buen suceso. El oficial regresó a escape
con la orden de retirarnos al campo, lo que verificamos.
Desde el día siguiente, el enemigo desplegó una suma vigilancia,
y destacaba partidas para observarnos y molestarnos. Nuestro
general esperaba la llegada de la columna que había marchado por el
Quindío para dar la batalla. Entre tanto, Sámano recibió refuerzos
de Pasto y Patía y se fortificaba en dicha hacienda de Calibío.
Una tarde de ésas se aproximó una partida enemiga de infantería
y caballería, y el general dio orden al capitán Vego de marchar con
sus cazadores por entre bosques a uno y otro lado del camino, con
el fin de hacer prisionera la guerrilla enemiga. El capitán Vego
marchó por la derecha con 40 hombres, y el práctico del ejército y
excelente patriota Juan María Medina fue comisionado para dirigir
otros cuarenta hombres por el lado izquierdo. El golpe nos parecía
seguro, pero el enemigo se había retirado, fuese porque hubiera
observado parte de nuestro movimiento o fuese por la aproximación
de la noche. Ignorantes nosotros de que la partida que acechábamos
había abandonado el terreno, marchábamos con el mayor sigilo, y a!
salir al punto dado nuestras dos partidas se supusieron
recíprocamente la del enemigo, y nos rompimos el fuego. Como el
objeto era cortar la retirada a los realistas, yo di la voz de
"avancen", "al camino",
"que se nos escapan", "ya
corren", y al mismo tiempo me arrojé a la mitad del camino
sobre la partida de Medina, que hacía sus fuegos emboscada. A este
tiempo quiso mi fortuna que el citado Medina me reconociese, y
mandando cesar el fuego, a grandes voces insinuamos que éramos
todos unos, con lo que terminó este divertimiento sin habernos
costado, gracias al bosque, sino algunos heridos. Nuestro general,
que veía desde el campo esta catástrofe, mandó volando edecanes,
entre los cuales creo que fue uno su hijo, el actual teniente
coronel Antonio Nariño, pero cuando éstos llegaron ya estaba todo
concluido. Medina me aseguró que a tiempo de dispararme su
escopeta, a 12 pasos de distancia, me había reconocido, pues de
otro modo me habría muerto infaliblemente. Noticioso el general de
mi arrojo, lo aplaudió, y muchas veces, o mejor diré, cuantas me
veía, recordaba el suceso y repetía alguna de las voces que yo daba
al tiempo que fui reconocido.
Por fin llegó la columna esperada al decimotercio día de
habernos acampado en Palacé, y al siguiente, 15 de enero de 1814,
se dio la batalla de Calibío. Marchando mi compañía a vanguardia,
tenía el deber de hacer los reconocimientos. A este efecto se
comisionó al práctico Juan María Medina a que observase las
primeras disposiciones que tomara el enemigo a vista de nuestros
movimientos; yo me ofrecí a ir en su compañía, lo que se me
permitió. Por entre bosques y zanjas logramos acercarnos a la casa
de la hacienda sin ser notados, pero no pudiendo descubrir los
movimientos del ejército real, que era el principal objeto de
nuestra arriesgada comisión, nos vimos precisados a ocupar un punto
prominente, marchando lo menos trescientas varas por un terreno
llano y limpio. Llegados allí nos encontramos a medio tiro de fusil
de los enemigos, que habían salido a esperar el ataque fuera de la
casa y formaban un cuadrilongo. En el momento fuimos observados,
tiroteados y perseguidos por 5 hombres de caballería; pero por
fortuna había de por medio un zanjón, que para pasarlo era preciso
hacer un rodeo considerable, lo que, unido a nuestra agilidad, a
los fosos y bosques, nos valió la salvación. Tan luego como
informamos el estado del enemigo, se dispuso y emprendió el combate
de la manera siguiente: al coronel Cabal se dio el mando de una
columna que debía obrar por nuestra derecha; al comandante
Monsalve, el de otra sección que debía obrar por la izquierda, y el
general Nariño, con su segundo el brigadier Leiva, y más de los dos
tercios del ejército, por el centro. Mi compañía pertenecía a la
sección del coronel Cabal. El fuego se empeñó por el centro y la
izquierda, empezando por el de artillería de ambas partes. La
columna de la derecha permanecía descansando sobre las armas en una
pequeña hondura, en donde no era vista del enemigo, mientras
llegaba el tiempo oportuno de manifestarse y tomar la parte que le
correspondía. Media hora habría pasado después de haberse comenzado
el ataque, cuando Cabal recibió órdenes de empeñarse; al instante
nos dejamos ver del enemigo formados en batalla, a menos de tiro de
fusil. No esperando Sámano ser atacado por su izquierda, se
desconcertó bastante con nuestra aparición, y los fuegos de su
artillería y de más de un tercio de su infantería se dirigieron
sobre nosotros en medio de la algazara y remolino de sus tropas;
nosotros rompimos el nuestro en buen orden. Estaba, pues, indicado
el instante preciso de la carga, y yo fui el primero que saliendo
de las filas di la voz de "a la bayoneta",
marchando adelante. Cabal la ordenó en seguida, y el enemigo,
acabado de desordenar, y atacado por todas direcciones, fue
derrotado completamente, perdiendo más de 400 hombres sobre el
campo de batalla, y, entre otros buenos oficiales, a su segundo
Azin. Este triunfo fue completo y espléndido. El enemigo no salvó
la mitad de sus fuerzas, consistentes en 2.000 hombres poco más o
menos. Nuestro ejército, casi igual al del enemigo, perdió pocos.
Yo fui recomendado particularmente por mi capitán y el coronel
Cabal, y esta conducta me valió el ascenso a subteniente, llenando
el despacho no con las fórmulas comunes sino con las expresiones
más honoríficas para mí, pues se encabezaba así:
"Atendiendo al mérito y servicios del cadete de la
compañía de cazadores, J. H. López, a su intrepidez y actividad en
el servicio, he venido en ascenderlo a subteniente de la misma
compañía, etc.". El doctor Alejandro Osorio, entonces
secretario del general en jefe, autorizó este despacho que tanto me
honra. Esta batalla nos valió a los vencedores un escudo de honor,
y las damas de Bogotá obsequiaron también al ejército con algunas
cintas en que se contenía una inscripción honrosa, que fueron
distribuidas por Nariño. Yo fui de los privilegiados.