CAPITULO
XXIX
Por consecuencia de este próspero suceso ya quedaba libre todo
el Valle del Cauca, pero debíamos ocupar, como ocupamos
positivamente, a Cali, para hacer allí la base de nuestras
ulteriores operaciones. Una columna siguió a la ligera hacia
Buenaventura a las órdenes del sargento mayor A. Villamarín,
después de haber desalojado de sus posiciones de Las Hojas al resto
de los facciosos que se habían concentrado y parapetado en aquel
punto. Muguerza tuvo la fortuna de encontrar un buque en el puerto
de Buenaventura, en el que se embarcó para Panamá, y no paró hasta
Cartagena.
Con la mitad de nuestra fuerza, ya aumentada con cosa de 400
soldados prisioneros que comprometimos al servicio de las armas
restauradoras, el general Obando se dirigió hacia Cartago, como
vértice del ángulo que forman los caminos del Quindío y Antioquia,
para observar desde allí los movimientos que hiciera el enemigo del
lado de la capital y de esta última provincia, y obrar según
conviniese. Yo quedé en Cali encargado de pacificar el país, y
hacer ocupar las provincias de Buenaventura y el Chocó.
Antes de marchar el general Obando, fueron fusilados en Cali
cuatro de los oficiales prisioneros que habían hecho traición al
gobierno legítimo y causado males de trascendencia. Sensible era
esta medida, pues nunca por nuestra parte se había hecho derramar
más sangre que la necesaria para vencer; pero su severidad debe
atribuirse al imperio de las circunstancias que así lo exigían para
aplacar la ira de muchos de nuestro» subordinados, que, de otra
suerte, hubieran atentado contra la vida de todos los oficiales
prisioneros. Así, esa ejecución se hizo indispensable.
El primer paso que se dio después de la batalla de Palmira fue
poner esta noticia en el conocimiento del vicepresidente de la
república, general Domingo Caicedo, quien se hallaba cerca de
Ibagué, manifestándole al propio tiempo la necesidad de que, como
autoridad constitucional, se declarase, en cualquier parte donde se
encontrase. Encargado del Poder Ejecutivo por el destierro del
presidente, señor Joaquín Mosquera. Esta pieza se hizo seguir
multiplicadamente por todas las vías de comunicación, y ella llegó,
en efecto, a manos del vicepresidente, quien contestó que
"mientras el general Obando o yo no nos situásemos en la
provincia de Neiva con una fuerza respetable, no podría ceder a
nuestras insinuaciones, declarándose en ejercicio del Poder
Ejecutivo, porque no había quién le sostuviera en su puesto contra
el general Rafael Urdaneta, cuya crueldad temía". Esta
comunicación fue recibida a fines de marzo, tiempo en que ya
estábamos bastante desembarazados, y bien podía marchar uno de los
dos, el general Obando o yo; aquél lo dejó a mi voluntad, y yo
resolví seguir a la provincia de Neiva. Pero antes de entrar en la
narración correspondiente a ese período, diré cuál era nuestra
situación, y referiré otros incidentes ocurridos en aquel
tiempo.
El comandante Villamarín, ayudado de algunos patriotas
influyentes, ocupó la provincia de Buenaventura, habiendo entregado
el coronel García a su capital (Iscuandé), en virtud de una
capitulación, y suicidádose luego.
La provincia del Chocó, que nunca había sido hostil a la causa
de la libertad, abrió sus relaciones con nosotros, y por ella
sabíamos el estado de las provincias del Magdalena.
Los liberales de la ciudad de Cartago se rebelaron contra el
general Murgueitio, lo capturaron y lo pusieron a nuestra
disposición. Este general fue destinado a Popayán, en donde a poco
tiempo de su llegada fue generosamente puesto en libertad por el
general Obando, habiéndole yo tratado con una distinción
esmerada.
El cantón de Cali, que había sido el enemigo más declarado de
nuestra causa, se conservaba tranquilo, bien que Collazos y demás
caudillos de la facción habían rehusado presentarse al indulto que
les otorgamos. La guarnición de este cantón constaba de unos pocos
veteranos de los prisioneros de Palmira, y como 400 milicianos de
los pueblos del sur de Popayán, que se manifestaban descontentos
por la larga ausencia de sus familias y querían volver a sus casas
a tomar descanso. Yo los entretenía con la esperanza de que les
permitiría el descanso tan luego como regresasen a Cali 150
veteranos que había conducido consigo el comandante Villamarín, y
que yo le había ordenado los pusiese en marcha para Cali con toda
prontitud. Sin embargo, los oficiales de esas milicias instigaron
la tropa y la amotinaron para irse a sus casas sin esperar mi
orden. Yo confieso que nunca creí que llegase este extremo; porque
siempre me había sabido conciliar el amor y respeto de estas
gentes; pero cuando se me comunicó el motín por el coronel Eusebio
Borrero, y se me aseguró que la tropa estaba decidida a marcharse,
y ya formada con armas y mochilas para salir de la ciudad, me
dirigí al cuartel con mi espada ceñida y logré sofocar el desorden,
poner en prisión a los oficiales rebeldes y reducir la tropa a
permanecer todo el tiempo que fuera necesario. Para lograrlo y
hacer deponer cualquier prevención perniciosa que pudiera abrigar
la tropa, me presenté precipitadamente ante las filas y dije:
"¿Han recibido ustedes una gratificación de un peso a cada
uno que les he mandado ayer por conducto de sus jefes?"
-"No, mi general".- "Pues les aseguro
que así sucede con cuanto doy para ustedes, y de hoy en adelante
toda distribución de dinero y cualesquiera otros efectos se hará
por mí mismo, pues sus comandantes se usurpan siempre cuanto
destino para ustedes". Al mismo tiempo les dije que
"en ese acto les iba a dar yo mismo la gratificación, y,
en efecto, se la hice dar; les manifesté también que consideraba
inocente a la tropa del acto de insubordinación a que se la había
arrastrado por sus oficiales, las funestas consecuencias que
resultarían de abandonarme y dejarme solo en un pueblo enemigo; el
escándalo de un atentado semejante, el deshonor que caería sobre
ellos y las esperanzas próximas de irse a descansar inmediatamente
que me llegasen los soldados que ya debían estar en marcha de
Iscuandé". Algunos de los soldados, y casi todos los
oficiales subalternos, me contestaron que "ellos no
querían abandonarme en ningún caso, ni cometer el escándalo de
desertar; que pensaban que su marcha a Popayán en ese día era
dispuesta por mí, pues sus jefes no les habían declarado otra cosa
sino que ya debían retirarse; que positivamente desconfiaban de la
honrosidad de dichos jefes en la distribución de los intereses que
yo les ordenaba dar", y otras cosas a ese tenor. Los
comandantes Anaya y Reina quisieron muchas veces hablar, pero yo
les prohibí bajo pena de la vida proferir una sola palabra en ese
acto. Y, por último, hice amarrar a estos dos jefes y ponerlos en
un calabozo, custodiados por la misma tropa, con advertencia de que
ya no eran sus comandantes y que yo me entendería con los soldados
para todo, etc. De este modo sofoqué completamente el motín, y
quedé bien seguro de ser obedecido por los milicianos, cuya
condición conocía perfectamente y, por lo mismo, el modo de
manejarlos.
El general Obando había ocupado todo el país, hasta la vega de
Supía, y desde Cartago dirigía proclamas y cartas a algunos
patriotas de la provincia de Antioquia y del interior de la Nueva
Granada, para que cooperasen a la obra de la redención. Intimó
también rendición al general Rafael Urdaneta.
El coronel Posada había emprendido, con la columna de su mando,
un movimiento en la dirección de Popayán, simulando seguir a tomar
esa ciudad, para lo que había pedido raciones a los pueblos del
tránsito. Bien persuadido yo de que esa operación no podía ser sino
un simulacro, porque era indudable que si Posada pasaba la
cordillera iba a entregarse al sacrificio, no me alarmé, pero para
no despreciar enteramente la noticia destaqué al coronel Sarria con
la columna de Timbío, a observar las maniobras de Posada por el
camino de Pitayó, y obrar según los casos, para lo cual le di las
instrucciones correspondientes. En efecto, el designio de Posada no
había sido otro que el de llamamos la atención por esa parte cuando
supo nuestra marcha sobre Muguerza, ignorando que ya habríamos
triunfado en Palmira. Luego que se desengañó, volvió sobre sus
pasos y procuró ponerse en inteligencia con nosotros, asegurándonos
que estaba dispuesto a pronunciarse contra Urdaneta y que obraría
en este sentido, disponiéndolo todo para cuando llegase el caso. A
este efecto comisionó, por último, al presbítero José Joaquín
Geraldino, para asegurarnos de la buena fe de sus protestas, y que
esperaba nuestra aproximación para pronunciarse explícitamente. Yo
había sabido también por varios conductos que la tropa de Vargas,
que se había pasado e incorporado a la columna Posada, estaba mal
contenta por falta de sueldo, y recordaba el tiempo que había
estado a mis órdenes, en que le sobraba todo, haciendo elogios de
mi comportamiento en cuanto al esmero con que asistía al soldado.
Efectivamente, siempre que he mandado tropas he velado por su buena
asistencia, y jamás me he desayunado antes que lo hayan hecho mis
soldados. Mi caballo ha servido muchas veces al enfermo, aun cuando
yo haya marchado pie a tierra, y mi rancho y mi bolsillo no han
estado nunca privados para la tropa. Como he sido soldado he
sentido el peso de sus necesidades, estudiado en la experiencia su
corazón y sabido tocar a tiempo los resortes que lo estimulen al
buen comportamiento y lo hagan sufrir sin murmuración. El ejemplo
es el mejor móvil para hacer al soldado bueno, y quién sabe si a
esto debo el no haber sido nunca vencido cuando he mandado en jefe,
en grande o en pequeño.
En el Ecuador se restablecía el orden y el general Luis Urdaneta
deponía las armas ante el general Flores, a cuyo resultado
contribuyó no poco el triunfo de Palmira y la actitud imponente con
que nos presentábamos en el Cauca.
En las provincias del Magdalena se pensaba sacudir el yugo, y
aun habían ocurrido algunos hechos de que no estábamos todavía
informados.
En Casanare se organizaba una fuerte división y se preparaba a
tomar la ofensiva. En el departamento de Boyacá se notaban ya
algunos síntomas de preparativos hostiles contra el usurpador.
La provincia de Neiva sólo esperaba la presencia del general
Obando o mía para alzarse en masa contra la tiranía, y ya empezaba
a hacer manifestaciones a este fin. Los habitantes de la capital
comisionaron cerca de mí al capitán Alejandro Gaitán para
significarme sus buenas disposiciones.
En los cantones del Valle del Cauca se publicó la Constitución
ecuatoriana, habiéndose reunido a esa república en los mismos
términos que lo había hecho Popayán.