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CAPITULO XXVIII

 

Poco hacía que yo había llegado a Popayán, en donde me ocupaba de reunir las milicias para volver positivamente sobre Neiva, en el caso que la columna Vargas se hubiese conservado fiel; pero no sucedió así: esta columna se pronunció en Inzá por la dictadura, a excepción de su comandante, el capitán Lizarde, quien habiendo querido oponerse a ese acto de infidencia, fue obligado con amenazas de muerte a guardar silencio y regresar a Popayán. La columna siguió para La Plata a ponerse a las Órdenes inmediatas del coronel Posada, dictatorial, que ya ocupaba ese cantón.

El general Obando, que había sido nombrado director de la guerra por aclamación de los jefes y oficiales veteranos y de milicias, de acuerdo conmigo, que conservaba mi rango de comandante general del Cauca, se ocupó en tomar medidas defensivas mientras el tiempo nos hacía capaces de tomar la ofensiva.

Para hacer más crítica y desesperada nuestra posición, sobrevino un suceso tan alarmante como inesperado. El coronel José del Carmen López, que era el jefe del Estado Mayor, abusando del puesto y encargo que se le había dado de dirigir como jefe instructor la academia de las clases de las milicias de Popayán, tramaba una sedición en favor de la dictadura, y aunque el general Obando y yo nos habíamos apercibido de la frialdad de las milicias, y de su repugnancia en asistir a sus cuarteles, a pesar del entusiasmo que en otras circunstancias habían manifestado, nunca lo atribuímos a infidelidad, y sí a lo angustiado de las circunstancias. Por una indecible fortuna el arcano del complot llegó a los oídos de un eclesiástico patriota, benemérito, ilustrado y celoso de nuestra existencia. Este sacerdote nos hizo inmediatamente la revelación del secreto, ocultándonos el autor o autores de la denuncia, por cuanto a él le había sido revelado bajo el sigilo de la confesión, pero la referencia que se le había hecho y que nos transmitió era tan detallada, que no nos quedó una duda de la existencia del complot. El coronel López fue puesto en prisión y juicio, y al siguiente día ya encontramos un poco de más fervor en nuestras milicias de Popayán, única fuerza con que contábamos para oponernos a la dictadura.

En el propio tiempo se reunió en Buga la asamblea convenida en Japio; y resolvió por una pequeña mayoría reconocer la autoridad suprema del general Bolívar, poniendo algunas condiciones en cuanto a sujetarse a su lugarteniente, el general Rafael Urdaoneta. Los diputados de Popayán y Calote cumplieron con todos sus deberes, y llenaron dignamente su misión, oponiéndose a un acto que sólo era producido por el temor, y de ningún modo por la libre voluntad de la mayor parte de sus colegas. Quedó por tanto roto el armisticio con Cali.

Uno de los medios que se jugaban por los dictatoriales era el de desacreditar al general Obando y a mí para quitarnos el prestigio de que gozábamos, y a este fin se publicaba por todas partes: "que siendo nosotros culpables del asesinato del general Sucre, para sustraernos del juicio y de la pena habíamos resuelto sostenernos a todo trance, y que, por consiguiente, no defendíamos ninguna causa racional, sino solamente nuestras personas". ¿Tan pronto podrían olvidar los pueblos que el año de 1828, cuando nos levantamos del mismo modo contra la tiranía doméstica, ni había muerto Sucre, ni se nos podía imputar un solo crimen? Pero así convenía a los protervos partidarios y sostenedores de la dictadura y de la usurpación más escandalosa e injusta que pueda referir la historia del universo. El general Rafael Urdaneta, teniente de Bolívar, había expedido un acto llamándonos a responder en juicio a los cargos que se nos hacían, y habiendo despreciado nosotros semejante mandato emanado de una autoridad usurpadora, le ocurrió la idea, tan propia de los señores de la Edad Media, de proscribimos por el mismo hecho que no le obedecíamos, y de autorizar a todo el mundo para que nos quitase la vida sin mas fórmula ni obligación que las de comprobar la identidad de las personas. ¡Peregrino recurso, a la verdad, y el único que en su rabia podía ser sugerido al déspota mandatario! ¿Podría haber consentido siquiera ese general que nosotros le obedeciésemos ciegamente, y marchásemos al suplicio como humildes corderos? ¿Nos consideraría tan imbéciles que por sólo su querer nos fuésemos a presentar ante jueces parciales que nos aborrecían de muerte, y que nos consideraban los escollos más peligrosos en donde debía naufragar la nave de su criminoso plan? ¿Se imaginaria que nuestro patriotismo podía subordinarse a una delicadeza mal entendida, y que, en tal hipótesis, nosotros le abandonásemos el campo para completar así su pérfida conquista? ¿No advertiría que teníamos en nuestro poder muchos arbitrios legales para desvanecer la calumnia, y que usábamos de ellos para poner en claro el verdadero designio de su acto de proscripción?

Cuando todo esto acontecía; cuando hasta el cantón de Iscuandé, perteneciente a la provincia de Popayán, había sido fascinado por el coronel Francisco García que lo ocupaba; cuando la libertad no tenía en su apoyo sino un puñado de hombres en la provincia de Casanare mandados por el ilustre general Moreno, y otro puñado en Popayán; cuando todos los buenos patriotas desesperaban de que el gobierno legítimo y la Constitución fuesen restablecidos: cuando los usurpadores multiplicaban sus tropas y dirigían divisiones enteras para someter los pocos lugares que resistían, o para conservar en la más estricta obediencia a los que habían sojuzgado; cuando, en fin, la antorcha de la esperanza estaba en sus últimos destellos, como por encanto se empezó a cambiar la escena.

Ya podíamos disponer en Popayán de 1.000 hombres de infantería y caballería, pertenecientes a las milicias de ese cantón y del de Almaguer, fuerza suficiente no sólo para mantener la defensiva sino también para tomar la ofensiva que meditábamos maduramente; ya algunos patriotas en la provincia del Socorro hacían su deber para combatir la tiranía; ya el general Moreno había podido organizar fuerzas de alguna consideración para defender el interior de la provincia de Casanare; y ya algunos patriotas aletargados volvían en sí, y recobraban ánimo para siquiera darnos algunas noticias que nos pusiesen al corriente de lo que pasaba más allá de un radio de treinta leguas de Popayán (21) .

Pero no era esto sólo lo que indicaba una segura reacción: otro suceso eminentemente interesante vino a despejar un poco el horizonte político, a dar una fuerza mágica a la buena causa, y a desmoralizar a la vez a los sectarios de la dictadura: ¡la muerte de Bolívar!

Bajo estos auspicios tan favorables a la libertad se presentó la aurora del año de 1831. La reacción de los principios republicanos debía obrarse con el mismo grado de fuerza con que ellos habían sido abatidos en los últimos seis meses del año de 30. Ya no existía el talismán con que se embaucaba a los pueblos para forzarlos a ponerse bajo su dominio. No había un solo hombre en la nación que reuniera los títulos de Bolívar y su prestigio: Urdaneta, colocado provisionalmente en la silla de la dictadura, no habría podido sostenerse en ella sino con la esperanza de que el héroe proclamado viniese a ocuparla; mas, rota la cadena de esta áncora, y sumida ella misma en el insondable abismo, ¿podría Urdaneta aspirar a llenar el vacío que dejaba Bolívar? De ningún modo: todo esfuerzo era inútil, y no habría producido otro efecto que el de convertirse en su daño. Pero el amor propio estaba interesado en la cuestión, y no permitía al jefe interino de la administración usurpadora volver sobre sus pasos, restableciendo a los magistrados legítimos, poniendo en vigor la Constitución que había hollado, y restaurando, en fin, todo el cuadro de la república en la forma que tenía antes de la malhadada revolución del batallón Callao. Este era el único paso que debía haber dado, si no por patriotismo, al menos por honor; y así habría restablecido un tanto su perdida reputación; habría justificado de alguna manera que había sido obligado a ocupar ese puesto, como lo dijo cuando se posesionó de él, y habría ahorrado la sangre que se derramó para despojarlo del poder.

La sola idea que le ocurrió fue la de convocar un nuevo Congreso Constituyente para la ciudad de Leiva, remedio débil para el mal que aquejaba a la nación. Ni era oportuno aplicarlo, ni los pueblos querían por más tiempo ser el juguete de su maquiavelismo o la¿ víctimas de su ambición. Ellos habían abierto los ojos, aunque un poco tarde, y su estupor desaparecía: no pensaban ya sino en reconquistar sus derechos arrebatados con insolencia, y en dar una lección terrible al tirano y a la tiranía, haciendo sufrir a ése la condigna pena del taitón y manifestando a ésta que no volvería nunca jamás a ocupar el puesto consagrado en esta tierra a la libertad.

Por nuestra parte redoblábamos nuestros trabajos, preparándonos a la ejecución del plan trazado. Nuestras milicias se disciplinaban, el entusiasmo subía de punto en ellas y en la masa del pueblo, y todo se colocaba en armonía para dar golpes seguros a la hidra, y ahuyentarla para siempre. Justo es decir que el obispo de Popayán, doctor Salvador Ximénez nos ayudó eficazmente y de cuantas maneras le fue posible para hacernos llegar a una posición respetable, cuando en el mes de septiembre del año de 30 no contábamos sino con algunos oficiales del Estado Mayor, y retirados, y con un tambor y un pífano inválidos, ocupados inútilmente en recorrer las calles y las plazas tocando llamada, mientras el general Obando y yo nos paseábamos públicamente para hacer mas ostensible la ironía de nuestro bélico aparato.

Yo redacté en esa crisis un pequeño periódico intitulado Boletín político y militar, que se publicaba en Popayán, en el sentido que convenía a las circunstancias, periódico que, en mi ausencia, continuó bajo otros redactores.

A fines de enero todo estaba pronto para ponerlo en acción, y así lo resolvimos. El general Obando, con la mitad de la fuerza, se dirigió al pueblo de Guambia con el objeto de hacer un entretenimiento a la columna Posada, que se hallaba en La Plata, simulando marchar sobre ella, al paso que yo marchaba sobre el Valle del Cauca, y me situaba en. la hacienda de Mondóme, punto convenido de reunión. Mientras ésta se verificaba yo mandé una partida al paso de La Balsa, en el río Cauca, con el fin de simular por esa parte el paso hacia el lado de Cali y distraer o dividir la fuerza del enemigo, cuya estratagema surtió el efecto deseado.

Reunido el general Obando el 4 de febrero en Monodomo, marchamos de frente el 5 con nuestra fuerza, compuesta de unos 200 hombres de caballería y 800 de infantería, todos de las milicias de los cantones de Popayán y Almaguer, dejando algunas partidas de observación a las órdenes del teniente coronel José Antonio Quijano sobre los caminos de Pitayó y Guanacas, que conducen a La Plata.

El sargento mayor Juan Antonio Ibarra fue destinado de comandante de armas de Popayán, con las instrucciones necesarias para todo evento.

El coronel Zornoza, mi ayudante de campo, fue comisionado cerca del general rebelde con la intimación de rendirse.

Hasta entonces ignorábamos la situación positiva del enemigo, pero íbamos resueltos a buscarle de frente, en la seguridad de que, siendo sus fuerzas superiores, no nos excusaría una batalla, y era con el fin de no dejarle reunir todas sus fuerzas que nos propusimos descender rápidamente sobre el Valle del Cauca hasta lograr el objeto deseado. En Caloto dejamos al coronel Murray, nuestro jefe de Estado Mayor, encargado de velar ese punto con las milicias que debía reunir, asegurar la línea de comunicación y verificar otros negocios importantes.

El 7 logramos sorprender con una partida de caballería un destacamento de observación de la misma arma que el enemigo había situado sobre el río El Palo, habiendo hecho prisioneros al oficial y la tropa que mandaba, con excepción de uno o dos soldados que se escaparon por los bosques. Allí supimos que el general de los facciosos, Pedro Muguerza, tenía su cuartel general en Santa Ana o Candelaria; que el escuadrón a que pertenecía el destacamento sorprendido estaba situado en la hacienda de Los Frisoles; que la división que mandaba constaba de 800 veteranos, a saber: el batallón Cazadores de Bogotá con 600 plazas, el escuadrón Húsares con 150, y como 50 individuos del batallón Vargas. A más de esto nos informamos que Muguerza sabía ya nuestro movimiento, y que podía reunir como 1.000 hombres más de las milicias de Cali y demás cantones del Valle del Cauca, a cuyo efecto había ya dado las órdenes convenientes. En consecuencia, resolvimos marchar toda la noche con la esperanza de sorprender al escuadrón, batir al otro día el batallón Cazadores y una parte de las milicias de Cali que se habían concentrado en el cuartel del general enemigo, antes que el general Pedro Murgueitio se incorporase con las de Buga, Cartago, Palmira y demás cantones del norte.

Sobre la marcha se nos presentó el capitán Guillin con 13 individuos más, todos pertenecientes al escuadrón de Húsares, que habían sido destacados en observación nuestra, y nos manifestaron sus deseos de combatir en nuestras filas, noticiándonos que el escuadrón había recibido órdenes de replegar al cuartel general de Muguerza, y que así lo había verificado esa tarde. El coronel Zornoza regresó con la respuesta de Muguerza, reducida a significar que estaba resuelto a repeler la fuerza con la fuerza.

Al amanecer del 8 llegamos a la hacienda de Quebradaseca, muy inmediata al pueblo de Santa Ana, y resolvimos hacer alto para dar algún descanso a la tropa, esperando que Muguerza vendría a atacamos en ese punto; pero habiendo luego sabido que este jefe se había situado en La Candelaria, a tres o cuatro leguas más allá de Santa Ana, esperando allí que se le reuniese el general Murgueitio, dispusimos seguir adelante por el camino del Espejuelo y Perodias, es decir, por el flanco izquierdo del enemigo, que nos ofrecía un terreno más despejado que el del camino recto, para poder maniobrar fácilmente en el combate. A las siete y media de la noche llegamos al río del Fraile, y pernoctamos allí para dar descanso a nuestros caballos.

El 9 al amanecer seguimos la marcha por la misma dirección, con el proyecto de pasar a retaguardia del enemigo si éste no se atrevía aún a damos la batalla que nosotros le ofrecíamos con nuestro atrevido movimiento. Era imposible dejar de creer que Muguerza no se hubiera movido a interponerse a nuestro tránsito, y en esta inteligencia marchábamos dispuestos al ataque, que esperábamos a cada instante. Pero lejos de esto, se nos dejó pasar sin oposición alguna, casi rozándonos con el enemigo, en pleno día y por un terreno bastante despejado, lo que puede atribuirse al poco conocimiento que tenia Muguerza del país que estaba encargado de defender, o a la confianza que le asistía de que no nos hallábamos en capacidad de emprender operaciones tan serias como audaces. A eso da las cinco de la tarde llegamos a la villa de Palmira V logramos interponemos entre Muguerza, que quedaba a dos leguas a retaguardia, y Murgueitio, que ya llegaba a Palmira con dirección a La Candelaria, a la cabeza de 300 hombres. Este recibió el aviso de nuestra presencia en aquella villa, y, aunque lo dudaba, bien presto se persuadió de la evidencia del hecho y huyó. Si hubiera sido prudente el perseguirlo, no hay duda que con uro de nuestros escuadrones se le habría dado alcance y batídolo en esa noche; pero, por una parte, no debíamos diseminar la fuerza, cuando estábamos tan inmediatos al enemigo, que podía súbitamente atacarnos; y, por otra parte, ya estaba cumplido el fin de no dejar replegar esa fuerza al cuartel general del enemigo, que era lo importante. Pasamos la noche en la hacienda de San Pedro, contigua a la villa, y desde allí comisionamos al teniente coronel Rengifo Palacios, comandante de las milicias de ese cantón y jefe que pertenecía al partido liberal, para que fuese a La Candelaria con el ostensible objeto de huir de nosotros, a dar la noticia de nuestra entrada en Palmira, y si era posible insinuarse con el comandante Bustamante, jefe del batallón de cazadores, de quien teníamos motivos para esperar que obrara alguna cosa en nuestro favor, pero habiéndose Rengifo hecho sospechoso a Murguerza, éste le amenazó y le mandó preso a la guardia del principal, sin que le hubiese sido posible ponerse en inteligencia con Bustamante. Algunos partidarios se nos presentaron esa noche, entre ellos el teniente coronel Ignacio Cabal, y el señor Lino Ospina. Oportunamente nos proporcionaron algunos caballos de remonta, que nos fueron muy útiles. El coronel Eusebio Borrero, huyendo de los bolivianos, también se nos presentó al día siguiente, cuando ya éramos vencedores.

El general Muguerza dudó que toda nuestra fuerza hubiese entrado en Palmira, pues sus espías y avanzadas no le habían dado parte sino de haber visto pasar en esa dirección una partida de 25 hombres de caballería, que era exactamente la que marchaba a la descubierta, a un cuarto de legua de nuestra vanguardia; mas, cuando se desvaneció su duda y supo la retirada de Murgueitio, dispuso asaltarnos esa misma noche en nuestro campo de San Pedro, y marchó positivamente con este intento, habiendo llegado sin ser sentido hasta tiro de fusil, pero, según se nos informó después, el oficial Collazos, jefe de los facciosos de Cali, que se puede decir era la segunda persona de Muguerza, aconsejó a éste que "era mejor esperar el día y presentarnos una batalla, antes que atacarnos en nuestro campo, que nos presentaba la ventaja de estar circunvalado de un cerco de guaduas". Ciertamente que el consejo no era fuera de razón, porque nosotros habíamos tomado medidas para no ser sorprendidos, y estando todo dispuesto para resistir un asalto, la probabilidad de repelerlo estaba en nuestro favor, bien que el asunto hubiera sido muy sangriento, como son todos los de esa naturaleza.

El comandante Rengifo pudo escaparse de la guardia, y, práctico como era del terreno, llegó a nuestro campo al rayar el día del 10 de febrero, y nos advirtió de la aproximación del enemigo que inmediatamente descubrimos en la hacienda de El Papayal, como a una milla de distancia, respaldado de un bosque, cerca del camino que se dirige a La Candelaria, teniendo a su frente un platanar cercado y una chamba o foso antiguo, dentro del cual había colocado como 150 hombres de infantería desplegados en guerrilla. Su caballería estaba a la izquierda en columna por pelotones, y el resto de su infantería a la derecha, formada en batalla y respaldada del bosque. Las milicias de Cali, compuestas de todas armas, ocupaban el centro, que era en donde estaba el platanar.

Al punto mismo nos pusimos en movimiento del modo siguiente: el escuadrón Patía y 40 hombres de caballería de Timbío, llevando todos a su cabeza al coronel Sarria, recibieron órdenes de adelantarse a galope con el fin de hacer un entretenimiento al enemigo, sin comprometerse formalmente, mientras se aproximaba al trote el grueso de nuestras tropas formadas en columna. El campo del lado nuestro era una planicie enteramente a nivel y sin un solo arbusto. Las guerrillas enemigas rompieron su fuego al aproximarse Sarria hacia donde estaba la caballería enemiga, la que tocó a degüello e hizo un ensayo de cargar, que muy luego detuvo. Entre tanto, el batallón Popayán, mandado por el teniente coronel P. A. Sánchez, llegó sobre el centro, y desplegó en guerrilla, en línea paralela al enemigo, su compañía de cazadores, mandada entonces por el teniente Francisco Diago (hoy capitán), y se empeñó luego el combate. Nuestra caballería cargó; el batallón Popayán marchó con denuedo y nuestras otras columnas, a distancias regulares, seguían el movimiento decididamente, según se les ordenaba; el general Obando siguió por nuestra derecha a dirigir los movimientos, y yo me encargué de dar dirección a las operaciones de nuestra izquierda y centro. De suerte que en el término de la distancia fue derrotado el enemigo de la manera más completa. La compañía de Vargas con algunos hijos de Cali, que opusieron por el centro mayor resistencia, fueron arrollados y lanceados. Muguerza huyó, y abandonando su caballo, pudo escaparse pie a tierra a beneficio del bosque, lo misino que Collazos, y muy pocos de sus soldados. De resto, todo quedó en nuestro poder: jefes, oficiales y tropa. Los muertos del enemigo fueron como 80. De nuestra parte tuvimos fuera de combate al teniente coronel José María Cárdenas y 5 soldados muertos, y 16 de estos últimos heridos. Nuestra tropa se comportó con bizarría, principalmente la que tuvo ocasión de batirse. Una victoria tan señalada debía producir los más satisfactorios resultados, como precursora del completo restablecimiento de la libertad, que muy pronto sucedió, como después lo veremos. En esta batalla tuve necesidad de interponerme entre amigos y enemigos para hacer cesar el fuego de nuestra parte, que ya era innecesario, pero que no había podido lograr con órdenes repetidas que había dado al efecto.


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21. Entre estos patriotas se distinguía el señor Miguel María Ortiz Duran, que habitaba en el distrito de La Plata.


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