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CAPITULO XXVII

 

Un acontecimiento extraordinario vino en esos días a complicar mis atenciones: la muerte del gran mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, asesinado en la montaña de Berruecos cuando regresaba a Quito, como exrepresentante al Congreso Constituyente. Mi primer deber al comunicarme tan inesperada nueva fue el de comisionar al teniente coronel Juan Gregorio López para que el escuadrón de Patía que mandaba siguiese en el momento al lugar de ese trágico suceso, me informase de cuanto supiese sobre él y persiguiese a los asesinos, que consideraba eran de los de las antiguas bandas de salteadores que en tiempos pasados habían cometido crímenes semejantes en aquellas montañas. Muy luego recibí una comisión del comandante general del departamento en que me noticiaba desde Pasto esa novedad, y me prevenía tomase del lado del Mayo todas las medidas conducentes a descubrir los asesinos y perseguirlos, anunciándome que él había mandado ya un fuerte destacamento del batallón Vargas con el mismo objeto.

Los resultados de las primeras investigaciones me hicieron inferir que la muerte del general Sucre no había sido causada por los facinerosos de Berruecos, pues no se le había despojado de ninguna de las prendas que llevaba consigo, ni se le había quitado su equipaje, fin único con que se habían cometido ante esta clase de asesinatos en esos lugares. Era la política probablemente la que había descargado su furioso celo sobre el corazón del héroe de Ayacucho, y hasta hoy abrigo esa creencia, después de haber recogido multitud de datos que la corroboran, y que han visto la luz pública en los manifiestos dados por el general Obando y por mí. Un solo documento yace inédito en un archivo de Bogota, el del escribano Porras, porque él fue recogido cuando ya había calmado la fuerte e interesada palestra que se agitó en aquellos días. Quizá el tiempo descubrirá evidentemente al autor del horrendo crimen, pero si él quedase oculto en el fondo del misterio, la posteridad hará su imparcial juicio, y, libre de pasiones y de intereses materiales, podrá con seguro criterio descubrir el agresor y rasgar el velo que le cubre entre los contemporáneos (19) .

También sucedió por el mismo tiempo que el general Luis Urdaneta, acompañado de otro jefe y un oficial, se presentasen en Popayán, de tránsito para el Sur, con el objeto ostensible de ir a recaudar dinero que aseguraban tener en Guayaquil. Pocos hombres me eran tan sospechosos como aquel general, y aun los que le acompañaban. En tal virtud, resolví detenerlos y asegurarles que de ninguna manera les permitiría seguir adelante, cargando sobre mí toda la responsabilidad. Casualmente, cuando esto sucedía, recibí una comunicación del comandante general, en que me ordenaba tomar una declaración a dicho general Urdaneta sobre el contenido de una carta que dirigía al general Flores, y que se le había interceptado en Pasto. La declaración fue recibida en debida forma, y ella suministró uno de los documentos publicados por el general Obando para justificar su conducta con respecto a la muerte del general Sucre. En fin, Urdaneta y sus compañeros se resignaron a regresar, desesperados de no poder seguir al Sur por la vía de Popayán, y aquel en su rabia se ocupó los pocos días que permaneció en Bogotá, en probar mil calumnias por medio de la prensa, que ya crujía rudamente en la capital contra el nuevo gobierno y sus sostenedores.

Mas no era esto bastante para aplacar la ira de Urdaneta: él debía a todo trance marcharse al Sur como misionero de la revuelta política que debía verificarse en aquella parte para ensalzar otra vez a Bolívar, investido de la dictadura militar, y a este fin consiguió pasaporte del gobierno para dirigirse por la vía de Cartagena a Guayaquil, dejando entablada su acusación de responsabilidad contra mí por no haberlo dejado pasar de Popayán. Mientras mis lectores se informan de lo que obró aquel general en el Sur, les referiré lo que me acontecía en el puesto que ocupaba.

Después de haberme nombrado comandante general del Cauca, se me nombró en 15 de julio ministro plenipotenciario para la república de Bolivia, y el señor de Molina, que había sido enviado por aquel gobierno cerca del de Colombia, en su regreso a su país, que debía verificar, como verificó, por Buenaventura, me tributó la cortesía de ir a Popayán a suplicarme que aceptase ese empleo, en los intereses de Colombia y Bolivia. Semejante circunstancia me hizo sospechar: primero, que una misión tan inesperada podía contener el designio de separarme del país para desembarazarse de mi persona, de la que el partido boliviano debía temer una oposición decidida a sus ulteriores revueltas y a sus constantes maquinaciones; mis justos recelos provenían del ningún conocimiento personal que tenía del señor Molina, que, por otra parte, era adicto al general Bolívar; y, segundo, que el nuevo gobierno, un poco preocupado con las ideas de la reconciliación de los partidos políticos, podía juzgar mi presencia en el país como perniciosa, por mi exaltado celo republicano, y que había resuelto en sus consejos alejarme honrosamente del teatro político, pues yo merecía la estimación y las consideraciones de las personas que componían el Poder Ejecutivo, y no podía atribuirlo a otra causa. Esta conjetura se fundaba en que yo no era diplomático, ni la misión a Bolivia era de naturaleza tan urgente e importante que exigiese mandar una legación. Yo había solicitado, es verdad, en tiempos anteriores, un destino subalterno diplomático en Europa con el objeto de aprovechar la ocasión para satisfacer mi curiosidad de conocer el mundo antiguo; pero jamás me había venido el pensamiento de pretender un empleo de primer orden, y menos para las naciones de América, y mucho menos me había imaginado dejar a Colombia en lo más fuerte de su crisis, cuando yo veía a todas horas que la libertad peligraba, y mi deber, mi honor y mi amor a la patria demandaban mi permanencia en la república.

Mas los acontecimientos hicieron muy luego variar la resolución del gobierno, que en 21 de julio me revocó los poderes para Bolivia, y me nombró comandante general del departamento del Istmo, ordenándome me pusiese en marcha inmediatamente para aquel destino, en consecuencia de varios hechos de disociación que habían tenido lugar en Panamá, provocados y dirigidos por el general Espinar, que era entonces el comandante general. Varias cartas de los sujetos más prominentes de la administración me interesaban a que no vacilase en aceptar este puesto, y que volase a ocuparlo, pues tenían fuertes motivos para creer que el general Bolívar pensaba situarse en Panamá, de cuyo punto partirían los rayos revolucionarios a todo el círculo de la república. Esta comisión verdaderamente era peligrosa, y a más, infructuosa. ¿Cómo se podía esperar que un general tan marcado por su adhesión a la ley y a les principios constitucionales fuese recibido y reconocido voluntariamente por una guarnición pronunciada en sentido contrario? ¿Cómo se podía creer que sin llevar una escolta siquiera, yo pudiera imponer respeto a una tropa amotinada con un general a la cabeza, con oficiales aguerridos en sus filas, y con el prestigio de Bolívar por divisa? ¡Más acertado y más prudente hubiera sido que el gobierno me llamara a la capital, donde habría podido ayudarle eficazmente en las angustias en que se hallaba, y que muy pronto le agobiaron hasta el extremo de derrocarle!

Sin embargo de lo arriesgado de mi comisión al Istmo, no vacilé en marchar al sacrificio, y al intento despaché a mi ayudante de campo, el teniente Domingo Gaitán (hoy sargento mayor), al puerto de Buenaventura, a fletar el primer buque que se presentase de los que rarísimas veces arriban a ese puerto, con instrucciones de no reparar en precio, y avisarme con celeridad el resultado para volar a embarcarme. Mi ayudante llenó su comisión con puntualidad, y él mismo regresó a darme el aviso de estar el buque listo y contratado; pero a su regreso ya encontró en Cali fecundando el germen revolucionario que en seguida brotó, creció y echó raíces profundas. Al mismo tiempo el batallón Callao con su comandante, el coronel F. Ximénez, destinado a Tunja por el gobierno, había conspirado sobre la marcha, y, apoyado de otros jefes sediciosos y de muchos de los incautos habitantes de la sabana de Bogotá, amenazaba la existencia del gobierno y de la Constitución, y los departamentos del Sur se erigen en república independiente.

Volvamos a ocupamos del general Luis Urdaneta, que va a hacer un papel muy señalado. Ese general había llegado a Guayaquil y seducido las tropas de aquel departamento, a la cabeza de las cuales se movía sobre Quito, con el proyecto de echar abajo al jefe del Ecuador, que era el general Juan José Flores, y continuar su movimiento hacia Bogotá. Por supuesto, Urdaneta había desconocido la autoridad del gobierno constitucional y proclamado dictador al general Bolívar. El gobierno había recibido anuncios, que pronto se confirmaron, de que el general Montilla, que mandaba las armas en el departamento del Magdalena, intentaba hacer pronunciar la guarnición de Cartagena en favor de la dictadura de Bolívar, y con este paso imponente comprometer las tropas de los otros puntos y los mismos pueblos, a secundar el pronunciamiento en iguales términos, lo que tuvo lugar en breve tiempo. A más de esto, todo el Centro y Sur de la república se puso en una general conflagración, exceptuando solamente una parte de la provincia de Popayán con su capital, y la provincia de Casanare, que se mantuvieron firmes resistiendo denodadamente los embates de las más inicuas intrigas, de las traiciones más pérfidas y de las amenazas más insolentes de los bolivianos.

El coronel Justo Briceño, abusando de la confianza del general Antonio Obando, obró en la provincia del Socorro la revolución contra el gobierno, a la cabeza del regimiento de Húsares de Ayacucho. El coronel Whitlle, que mandaba la guarnición de Pasto, inspiraba suma desconfianza por su ciega consagración al general Bolívar, y todo pronosticaba la ruina entera del país, y la violencia que se hiciera al pueblo para adherirlo al carro de un gobierno militar, el más despótico que se hubiera visto. Esta era la situación de la república en el mes de agosto.

A principios de septiembre llegó a Popayán la triste nueva de que las tropas del gobierno habían sido completamente batidas en El Cerrito del Santuario, cerca de Bogotá, por las de los facciosos, capitaneadas por el coronel Florencio Ximénez, y que el gobierno había sido, en consecuencia, derrotado, aclamado el general Bolívar como señor absoluto, y puestas las riendas de la administración interina en manos del general Rafael Urdaneta, mientras Bolívar, que se hallaba a la sazón en Santa Marta, venía a ocupar su puesto; que casi todas las provincias estaban sojuzgadas por las tropas dictatoriales, y que ya se movían columnas sobre la de Popayán con el fin de completar la conquista.

En tan críticas y apuradas circunstancias tuve la inspiración, bien fecunda a la verdad en favorables consecuencias, de proponer a muchas personas notables de Popayán, agregarnos al Ecuador condicionalmente, puesto que el gobierno de Colombia no existía. Aceptada mi proposición, se puso en obra el proyecto, y reunido el pueblo deliberó de acuerdo. Mi plan tenía por objeto: primero, pertenecer a un gobierno, que aunque establecido de hecho, nos prometía garantías, y un orden de cosas regular; segundo, comprometer al pueblo a que no se dejase dominar por el mandatario dictatorial; tercero, dar fuerza moral al Ecuador para ayudarle a resistir los embates del general Luis Urdaneta, que ya casi ocupaba todo aquel territorio con un cuerpo de ejército muy respetable, en términos que hasta el general Flores había desesperado ya de conservarse en el puesto (20) ; cuarto, recibir del mismo modo el apoyo moral del Ecuador, ya que no nos era posible auxiliarnos recíprocamente con fuerzas materiales; y quinto, garantizar mutuamente la provincia de Pasto, que habría sido nuestro baluarte en el último caso.

El jefe de las armas de esta última provincia se pronunció muy pronto con el batallón Vargas, no en el sentido estricto del pueblo de Popayán, sino en el muy ambiguo de ponerse bajo las órdenes de la autoridad de Quito, a cuya capital se puso luego en marcha con el cuerpo de su mando, del cual estaban bajo mis órdenes inmediatas dos compañías, única fuerza veterana que había quedado en la provincia de Popayán, pero que no representaba bastante confianza para hacer uso de ella en esos momentos. Una de estas compañías, que hacía la guarnición de la ciudad de Cali, después de haber opuesto una resistencia mediocre a los facciosos de ese lugar, capituló, y emprendió retirada hacia Popayán con sólo un tercio de su fuerza, pues el resto prefirió quedarse con los sediciosos. La otra compañía, reducida a menos de la mitad de su fuerza, estaba en Popayán.

Queriendo probar fortuna con esta tropa, que por todo alcanzaba a unos 80 soldados, y siete oficiales, me propuse seguir al Valle del Cauca, con la esperanza de reunir algunos milicianos del cantón de Caloto que siempre ha marchado en armonía con el de Popayán, y con esa fuerza ocupar nuevamente el cantón de Cali, destruir esa facción y preservar el resto del Cauca de tomar parte en el escándalo. A las tres jornadas, es decir, en Quilichao, se me anunció que el pueblo de Cali enviaba cerca de mí una misión compuesta del general Murgueitio y del doctor José María Caicedo y Cuero. Yo acepté la propuesta y emplacé la misión de Cali para la hacienda de Japio, en donde efectivamente nos reunimos y conferenciamos, habiéndome acompañado el benemérito patriota y eclesiástico doctor Mariano del Campo Larraondo. Como yo no tenía nada que perder, fuese cual fuese el término del negocio, porque mi situación no podía ser más aflictiva, y antes sí podía esperar sacar algún partido de esta embajada, no tuve inconveniente en oír sus proposiciones, habiendo dirigido previamente un destacamento a la ciudad de Caloto y puesto de observación algunas personas de mi entera confianza, porque el único mal que podían hacerme era el de apoderarse de mi persona por medio de una sorpresa, nada extraña en aquel tiempo, y entre aquellas gentes, o seducirme la tropa de Vargas, que se hallaba en disposición de ceder a la más indirecta propuesta que se le hubiera hecho por parte de los facciosos de Cali, como que, en efecto, el ayudante del general Murgueitio marchó clandestinamente a Caloto, durante la conferencia, y no hay duda que llevaba el ánimo de amotinarme la tropa, lo que habría conseguido sin el celo de mi ayudante Gaitán y demás personas que había destacado para vigilar y para preservarme de estos rastreros procedimientos.

El resultado de este asunto fue haber extendido y firmado un tratado por el cual se estipuló un armisticio entre el cantón de Cali y el de Popayán, hasta que una asamblea de diputados del departamento deliberase lo que convenía a los pueblos en esas circunstancias.

Estos desmayaban o temían, y ya no era posible esperar de ellos ninguna cooperación. En tal virtud, luego que me desengañé de que, no teniendo nada que esperar de los habitantes del Valle del Cauca, no era prudente seguir adelante, resolví marchar con mi pequeña columna a la provincia de Neiva, que aun no había sido ocupada en su totalidad por las tropas usurpadoras, y previamente ordené que se me remitiesen al Pedregal, por la vía de Guanacas, fusiles y municiones del parque de Popayán, para armar algunas partidas de patriotas con que oponerme a la columna que a las órdenes del coronel Posada venía de la capital hacia La Plata. La dificultad que tuve en procurarme caballerías en Caloto para atravesar la cordillera de Pitayó me obligó a suspender el movimiento por más de un día, tiempo de mucho valor que perdí a pesar de mi actividad, porque todo conspiraba entonces contra la buena causa. Así es que, habiéndose adelantado, contra mis órdenes, hasta cerca de La Plata, los auxilios que había hecho marchar de Popayán, tuvieron ocasión los habitantes de aquel lugar, único en toda la provincia que se declaró explícitamente por la dictadura, instigado por el clérigo Rafael González, tuvieron ocasión, digo, de hacer su mérito, sorprendiendo al oficial Salvador Solarte en el sitio de Las Cuevitas, quitándole las municiones que conducía. El jefe de los facciosos, que era Manuel María Borrero, a quien yo había nombrado comandante de armas del cantón de La Plata cuando yo lo era de esa provincia, fascinado por el clérigo González y faltando así a la confianza con que yo lo había honrado, me escribió una carta manifestándome que "con las fuerzas respetables que tenía a sus órdenes no permitiría que yo entrase a La Plata, y que me lo advertía para mi gobierno y en obsequio de la amistad". Igualmente supe que Posada se adelantaba, y que los buenos patriotas de la ciudad de Neiva se habían visto en el caso de plegarse a las circunstancias, y obedecían ya a la autoridad del usurpador. Estas y otras noticias, a cual más desagradables, me llegaron estando ya en el pueblo de Avirama, a dos jornadas de tropa de La Plata, y ellas llegaron también a oídos de mis oficiales y soldados.

Dos de los que iban a mi lado me significaron que los de Vargas habían formado secretamente sus grupos, y que hablaban entre sí a cada instante, desconfiándose de Gaitán, Lemos y Galindo, que eran oficiales de mi confianza, lo que, agregado a otros antecedentes, y a los recelos que me inspiraban esos hombres enteramente dedicados al general Bolívar, me persuadió de que se tramaba contra mí algún plan maligno. En tal inteligencia me fue preciso excogitar el modo de separarme de la columna y regresar a Popayán, combinando esta idea con la de poner todavía a prueba el grado de fidelidad de esa columna. Al efecto, dispuse: primero, que los oficiales de mi confianza entretuviesen esa noche a los de Vargas en una partida de juego, para lo que les di algún dinero; segundo, que el cura de la parroquia y el alcalde me ocultasen nueve mulas de las que les había pedido de auxilio, y que ostensiblemente me manifestasen al otro día muy temprano que se les había dificultado conseguir oportunamente dichas mulas, pero que las esperaban dentro de dos horas; que yo fingiría molestarme con ellos por la falta de bagajes, pero que disimularían todo lo posible porque de esto dependía mi salvación; tercero, que con este motivo podía ordenar la marcha de la columna sin hacerles sospechar que había resuelto regresar, insinuando en alta voz que inmediatamente que llegasen las caballerías me pondría en marcha en alcance de la columna; cuarto, que tan luego como la expresada columna se hubiese perdido de vista de aquel pueblo, yo emprendería mi marcha a Popayán; quinto, que en el mismo tiempo pondría un oficio al comandante de la columna manifestándole que las circunstancias me obligaban a regresar a Popayán a tomar allí 200 ó 300 milicianos para volver con ellos a incorporarme a la columna Vargas, y emprender operaciones serias sobre el enemigo; que entre tanto se mantuviese dicha columna en observación en el pueblo de Inzá, que es una posición estratégica, dando cuenta de cuanto ocurriese; y, últimamente, que le mandaría una cantidad para la subsistencia de la columna mientras yo me incorporaba, que sería en breves días.

Mi plan, ejecutado en todas sus partes, tuvo el mejor suceso, y por lo que ocurrió muy luego y por otras cosas que llegaron a mi conocimiento, se verá si mis temores eran bien fundados y que si no obro así es muy probable que en esa noche o al día siguiente yo hubiera sido sacrificado por los traidores del batallón Vargas.

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19. Aunque yo quedé completamente vindicado ante la opinión pública y ante los tribunales competentes, todavía hubo historiador que se atreviera a dejar en problema mi reputación. ¡A tanta osadía le condujera la diabólica política! Mas posteriormente el señor don Antonio José Irizarri, que ha escrito la historia crítica de ese acontecimiento, declara mi absoluta inculpabilidad e inocencia a vista de la multitud de documentos que consultó, entre ellos un cuaderno que publiqué en Popayán a fines de 1839. Para probar la pasión de los que me han zaherido tan injustamente, pretendiendo que yo pude tener parte en ese atentado, me bastaría probar la coartada, como dicen los jurisconsultos, y esto no me fuera difícil, pues todos saben que yo me hallaba, cuando eso aconteció, a más de diez jornadas de marcha del punto del suceso, sobre cuyo territorio no ejercía yo autoridad alguna ni tenía relaciones Íntimas con él. Temerarias fueron, por tanto, las sospechas de los que me calumniaron, como fue flagrante el anacronismo.
20. Tan cierto es esto, que pocos días después de haber recibido el general Flores la adhesión de Popayán al Ecuador, me comunicó su ministro, de orden del Presidente, que ya no era posible la defensa contra la invasión de Urdaneta, y que habiendo muerto esa república poco después de su nacimiento, lo avisaba así para inteligencia de los pueblos que la habían constituido. De suerte que con este "sálvese quien pueda", los vínculos que nos unían al Ecuador quedaban por el mismo hecho rotos; los ecuatorianistas del Cauca, aunque lo hubiéramos sido por la fuerza de los acontecimientos, desde entonces quedamos autorizados para procurar por otra parte nuestras conveniencias sociales, desengañados de que Flores no era el hombre de Estado aparente para dominar una situación crítica.

 

 

 


 

 

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