CAPITULO
XXVI
No hacía muchos días que había llegado a Neiva (en el mes de
septiembre de 1829) cuando recibí varios avisos fidedignos en que
se me participaba que en el acto en que el general Rafael Urdaneta,
presidente entonces del Consejo de Ministros, supo que yo había
sido nombrado gobernador de aquella provincia, que había aceptado y
puéstome en marcha, comisionó al general Francisco de P. Vélez para
que volase con una fuerte escolta de caballería, me capturase de
sorpresa y me llevara preso a Bogotá. Ya había tomado yo posesión
de la gobernación, y con este aviso previo, que me llegó en muy
poco tiempo, tuve lugar de ponerme en guardia para no ser
sorprendido y oponer una resistencia moral y material, para lo que
contaba con los excelentes patriotas habitantes de esa ciudad, o,
en el último caso, evadirme de la persecución, ocultándome y
marchando a Popayán clandestinamente hasta ver el producto del
Congreso inmediato. Mi plan estaba bien trazado, y tenía medios
para ponerlo en ejecución; pero, cuando extrañaba la tardanza del
general Vélez, se me anunció que se había enfermado en Anapoima, a
la segunda jornada de Bogotá, y que se había visto obligado a
regresar. Después se me ha asegurado que ese general se supuso
enfermo, porque la comisión le era odiosa, y creo que así sucedería
por las demostraciones de afecto que le he merecido posteriormente,
y porque él dio pruebas de pertenecer al partido
antidictatorial.
Frustrados así los proyectos del general Urdaneta, no le quedó
otro arbitrio que el de sondear mis intenciones, y a este fin
entabló conmigo una correspondencia bien lata, iniciada por una
carta que yo le escribí, en la cual, como en otras, le aseguraba
que yo era inocente del cargo de complicidad en la revolución del
general Córdoba, y le daba mis razones, manifestándole a la vez mis
sentimientos de paz y tranquilidad, de adhesión particular a la
persona del general Bolívar por lo bien que me había tratado, y por
la confianza que de mí había hecho al nombrarme para ese destino y,
últimamente, mis esperanzas en el Congreso Constituyente, con otras
reflexiones a este mismo propósito.
En ese tiempo llegó a Popayán el general Bolívar, a quien
también me dirigí con el mismo objeto que al general Urdaneta, y
aunque recibí de aquel respuestas satisfactorias, tengo motivos
para creer que estaba poco contento del destino que me había dado,
y que se desconfiaba de mí. Tal me lo persuadió la circunstancia de
que, habiéndome anunciado su marcha a la capital por el valle de
Neiva, y estando todo dispuesto para recibirle, súbitamente varió
de ideas y se dirigió por el del Cauca y montaña del Quindío.
Incapaz como soy de una felonía, el general Bolívar estaba bien
seguro pasando por el territorio que había puesto a mis órdenes,
como lo estuvo cuando llegó a Popayán de regreso del Perú, y cuando
entró en Pasto en el mes de marzo, pues en ambas ocasiones estuvo
en mis manos atentar contra su persona; pero lejos de mí hasta el
pensamiento de una acción infame, jamás le habría perseguido sino
en guerra galana, frente a frente, y espada contra espada. Es
verdad que yo reforzaba por medio del raciocinio la opinión muy
bien dispuesta de los neivanos, y aun los preparaba para oponer la
fuerza a la fuerza, si no se nos daba una buena Constitución, pero
también lo es que mis exhortaciones no eran sediciosas ni
criminales.
Antes de continuar la narración de los acontecimientos por lo
que mira a la parte política, voy a dar cuenta de una aventura que
no carece de interés.
Había sido invitado por las autoridades municipales para asistir
a las fiestas de colocación de la iglesia de Aipe, a seis leguas de
la ciudad de Neiva, y hallándome en ese pueblo, sucedió que uno de
los fiesteros, llamado Esquivel, joven colosal y de fuerza
atlética, irritado contra el jefe político del cantón, se
manifestaba iracundo y amenazaba destruir el lugar incendiándolo y
matando a sus enemigos. Cuando se me dio parte de esta novedad me
dirigí hacia la calle en donde Esquivel se campeaba prorrumpiendo
en amenazas y logré con mis exhortaciones calmarlo, protestándome
que prescindiría de la causa de su irritación. Al día siguiente me
hallaba almorzando en la misma casa del jefe político, y dispuesto
a regresar a Neiva, cuando se me dijo que Esquivel, hecho una
furia, recorría las calles y perseguía con sable en mano a todo el
mundo, y al mismo tiempo me consultaban varias personas lo que
debieran hacer para librarse de ese furioso. Exhórteles, en
consecuencia, a capturarlo por todos los medios posibles, y aun
usar de la fuerza en caso necesario. Con esta autorización
partieron más de 25 hombres a caballo con el lazo armado unos, y
otros con garrochas y machetes, resueltos a capturar a Esquivel,
que infundía un terror pánico en el lugar; mas a pocos momentos
observo que pasan por frente a la casa en que me hallaba, no sólo
los que me habían pedido instrucciones para coger a Esquivel, sino
varios grupos, todos a caballo y huyendo a escape. En consecuencia
de semejante espectáculo me asomo a la puerta de la calle y veo a
ese hombre, casi desnudo, con el sable levantado, los ojos
centelleantes y la boca cubierta de espuma, que perseguía
ardorosamente a los que de él huían. Yo le hice una insinuación
para que se moderara, y aunque así me lo prometió, en el acto se
arrojó sobre mí, que me hallaba enteramente desarmado, y como yo
reculase tras de una hamaca, se encontró embarazado para
descargarme el golpe fatal, a tiempo que un señor Rojas, hijo del
jefe político, que almorzaba conmigo, opuso el brazo para parar el
golpe, y lo perdió tronchado del furibundo sablazo, y en seguida,
con otro golpe, dividió una oreja y el carril a un joven, llamado
Prieto, que también estaba en la mesa. Yo pude proporcionarme un
débil palito con el cual me propuse dar un golpe en los ojos a
nuestro agresor, único recurso que tenía para librarme de esa
fiera; mas Esquivel salió precipitadamente por otra puerta y se
dirigió hacia la plaza, siempre amenazando, al paso que más de 700
hombres que podían asegurarlo y librar al pueblo de ese demonio
encarnado, no hacían sino huir y hasta precipitarse al río
Magdalena, llenos de pavor. Las casas del pueblo se hallaban
cerradas y los que se encontraban en ellas, poseídos de un horror
inexplicable y esperando el último instante, dirigían oraciones al
Todopoderoso, pidiéndole la remisión de su pecados, como si hubiera
sonado el clarín del juicio final. Increíble parece lo que refiero,
y temería pasar por exagerado si no existiesen testigos
presenciales dignos de todo crédito, entre los cuales recuerdo al
doctor Joaquín Cardoso y al señor Pedro Duran. Yo mismo me pregunto
algunas veces si aquello era un ensueño, y quedo estupefacto al
convencerme de que fue una realidad. ¡Más de 700 hombres a caballo
huyendo despavoridos de un solo hombre a pie! ¡Un pueblo entero
amenazado de incendio por un frenético, sin tener valor para
evitarlo, no obstante la autorización que yo había dado y el
derecho que les daba la necesidad de su propia conservación!
Ya he dicho que yo no tenía ninguna clase de armas, pues contra
mi costumbre, y por distracción, había ido a Aipe inerme, lo que
también me produce admiración, a la vez que interpreto esa
circunstancia como un misterio, pues al haberme encontrado armado
cuando Esquivel se arrojó sobre mí en la casa de Rojas, yo habría
opuesto resistencia, y Dios sabe lo que hubiera resultado del
combate, que siempre habría influido contra mí. Vencedor,
probablemente, Esquivel habría muerto, y en ese tiempo de pasiones,
mis enemigos políticos, aprovechando la ocasión, me acusarían de
asesino. Vencido, yo habría perdido la vida evidentemente y sin
gloria.
Luego que Esquivel salió de la casa, en donde quedaban dos
hombres horriblemente mutilados, yo monté en mi mula, que estaba
ensillada, y salí volando en su persecución. A pocos pasos me
encontré una lanza empatada en una pequeña asta, que alguno de los
que huían había abandonado allí, y tomándola, continué a galope
tras el malhechor, que descerrajando la puerta de la iglesia sin
más instrumento que sus brazos herculanos y su cabeza de bronce, se
entró en ella, y fingiéndose loco, o estándolo positivamente (sobre
lo que acontecimientos ulteriores mostraron que se hallaba en su
juicio), arremetió y maltrató las estatuas de santos que había en
ella. Yo llegué a la plaza enteramente solo, pues ni mi presencia,
ni el grave comprometimiento en que me hallaba, habían podido
reanimar a esos fiesteros cobardes -que a distancia miraban la
escena. A ese tiempo, un hombre a pie se presentó en una esquina de
la plaza tras una barrera (pues como se jugaban toros por la tarde
la plaza estaba cercada), y armado de una escopeta me ofreció su
cooperación, que yo acepté, instruyéndole que permaneciese en su
puesto y que sólo en el caso de trabar un combate con Esquivel
usase de su arma. Acercándome a la iglesia intimé rendición a
Esquivel, si no quería morir, y saliendo éste al atrio me manifestó
que se me rendiría siempre que no se le quitara la vida en ese
pueblo, sobre cuya condición le di seguridades, y arrojando su
sable y lanzándose sobre mí como un rayo, me obligó a abandonar la
brida para tomarlo con mi mano izquierda del cuello y con la
derecha levantar la lanza y enristrársela, amenazándole de herirlo,
si intentaba ofenderme. Esquivel conoció su peligrosa situación y
no hizo sino invocar mi indulgencia. Entonces sí llegaron en gran
tropel los perseguidos que, apoderándose del perseguidor, y
envolviéndolo por todas partes con sus sogas, porque todavía no se
creían seguros, tal era el terror que los había sobrecogido, no
faltaron quienes quisieron atentar contra la existencia de
Esquivel, principalmente los dolientes de las dos víctimas; mas yo
les eché en cara su bajeza y a fuerza de golpes con el asta
conseguí hacerme respetar y preservar a la vez la vida del agresor.
Este hombre, despechado y forzudo como el que más, en la prisión
probó mejor sus fuerzas, pues con facilidad rompía con los dientes
el candado de un pesado cepo en donde había sido colocado, y pudo
haberse salido de la cárcel sin el celo redoblado de sus
custodios.
Otra vez, ya en Neiva Esquivel, asegurado con un par de robustos
grillos, desarmó al centinela de vista y se apoderó de las armas de
la guardia, habiendo sido necesaria mi intervención personal para
desarmarlo y sujetarlo. La causa se le seguía en debida forma, pero
nunca se pronunció la sentencia, porque los acontecimientos
políticos la interrumpieron, y al fin el coronel Joaquín Barriga,
gobernador de esa provincia, lo indultó a condición de servir de
soldado en las filas constitucionales. Cuatro años después me
encontré una noche con Esquivel, y pudo ocurrirme un lance
desagradable si no me hubiera hecho respetar. No relato el
acontecimiento porque no vale la pena, y porque ya es tiempo de
recobrar el hilo de los sucesos políticos.
Cuando el general Bolívar llegó a Bogotá, ya se había verificado
en Venezuela el último acto por el cual se separó de Colombia,
erigiéndose en república independiente. Un suceso de tanta entidad
ocupaba de preferencia la atención del gobierno y del Congreso
Constituyente, ya reunido, distrayendo a estos dos poderes de su
principal fin, que era el de reconstituir el país bajo bases
permanentes y liberales, como lo anhelaban los pueblos. Sea que la
segregación inesperada de Venezuela sirviese de pretexto para
confirmar lo que ya se había dicho, a saber, que el Congreso
Constituyente pensaba dejar en manos del general Bolívar la palma
de la dictadura, o sea que este proyecto se abrigaba en muchos
representantes decididos a condescender con las miras de los que
preconizaban un gobierno fuerte y vigoroso, en odio al partido
liberal, más bien que por amor a la patria; sea lo que fuere, lo
cierto es que loa síntomas pronosticaban un porvenir fatal, que de
antemano habían preparado varias producciones de la prensa, entre
otras la de las
Meditaciones Colombianas, cuya tendencia era
a todas luces la de establecer una monarquía en el país. Con tal
motivo se excitó el celo de los republicanos, y todos nos pusimos
en guardia e hicimos entender de cuantas maneras lícitas nos fue
posible la disposición en que nos hallábamos de oponernos a las
tentativas de los monarquistas.
Otra de las cuestiones graves que agitaban al Congreso y a los
pueblos era la de nombrar o no al general Bolívar presidente, en
virtud de la nueva Constitución, en el caso que ésta contuviese
bases contrarias a las ideas de los partidarios de aquel personaje,
de quien ellos habrían querido más bien recibir una
carta,
Pero bien pronto se reanimó la mayoría del Congreso con algunos
acontecimientos notables que ocurrieron en esas circunstancias de
temor e incertidumbres para los buenos patriotas, y se puede decir
que se obró una reacción política en el sentido de la causa
republicana, en consecuencia de aquellos sucesos, que paso a
referir.
La parte ilustrada del pueblo de Popayán, sobreponiéndose a toda
otra consideración que no estuviese en armonía con sus principios
eminentemente patrióticos, se reunió, y deliberó dirigir al
Congreso una enérgica representación solicitando que no se hiciese
la guerra a Venezuela. Otra representación igual se hizo en la
capital de la provincia de Neiva, que yo mandaba civil y
militarmente, y la opinión pública se manifestó por todas partes en
el mismo sentido. Jamás se hubiera dado un golpe más acertado al
partido boliviano. El Congreso se reanimó con el apoyo del pueblo y
tuvo la firmeza bastante para sancionar una Constitución, en lo
general bastante buena, para resolver que no se hiciese la guerra a
Venezuela, y, lo que es más, para nombrar presidente de la
república al doctor Joaquín Mosquera, y vicepresidente al general
Domingo Caicedo. Estos actos fueron aceptados con unánime voluntad
por los republicanos.
En consecuencia, yo hice la renuncia de la gobernación y
comandancia de armas de la provincia de Neiva, que fue aceptada por
el gobierno. Pero antes de dejar el puesto sucedió que pasando para
el Sur un jefe, el teniente coronel Forero, no sólo le impedí el
tránsito, sino que le obligué a regresar a Bogotá, habiéndome
expuesto a los azares de la improbación del gobierno y aun de un
lance personal con aquel jefe, por la petulancia con que reclamó el
derecho de continuar su marcha. Muchas razones de política y
conveniencia pública tuve para tomar esta y otras medidas
semejantes, que referiré en su lugar respectivo.
Después veremos si yo estaba fundado, y entre tanto examinemos
rápidamente los motivos que me obligaron a esta clase de
providencias.
Todos mis corresponsales de la capital de la república y de
otros lugares inmediatos se acordaban en noticiarme cuanto sigue:
Primero.-Que aunque el general Bolívar estaba resuelto a partir,
asegurando que iba a salir de la república, temían que nunca
abandonaría nuestras playas, con la esperanza de que el ejército y
sus demás partidarios, todos en connivencia, obrasen una asonada
general para echar abajo el nuevo orden de cosas y aclamarlo
nuevamente dictador. Segundo.-Que al efecto se diseminarían por
todas partes generales, jefes y oficiales de su confianza para
obrar simultáneamente la reacción. Tercero.-Que estos recelos los
habían tomado de buen origen, y que muchos de los pasos que se
daban en la capital los confirmaban, a no dejar duda. "El
amor propio de Bolívar, me decía uno, ofendido en esta vez como
nunca lo había sido, no puede tolerar que otro mande en la nación
mientras él exista, y así es necesario no aletargarse en la
confianza: ¡alerta, amigo mío, alerta!, pues todavía hay muchos
elementos antisociales, y no hay una" duda que todos se
pondrán en acción para disolver lo que ha hecho el Congreso, y
entregar de nuevo esta tierra al Dictador vencido en el Congreso
Constituyente".
En efecto, todo persuadía que no se pensaba de buena fe en
sostener la nueva Constitución y las leyes dadas por el
constituyente. Las intrigas más pérfidas &e ponían en juego
para crear una nueva necesidad, en virtud de la cual se disolviese
la república, y que el temor de la anarquía obligase a los pueblos
a ocurrir otra vez al general Bolívar,
como el único redentor,
el único piloto que pudiera conducir la nave al puerto de
salvamento. No se necesitaba de un gran criterio para conocer
que algunas personas de notabilidad, que recientemente se suponían
enemigas del general Bolívar, lo harían solamente con el designio
de infundir confianza al partido liberal, y obtener por este medio
colocaciones en que poder obrar más a mansalva la reacción
combinada con tanta astucia.
Después de haber impedido el pase al teniente coronel Forero y
obligádolo a regresar a la capital, me puse en marcha para Popayán
a fines de abril de 1830; pero, ya rendida mi primera jornada,
recibí por la noche una comisión de los habitantes de la ciudad de
Neiva, noticiándome que "la tranquilidad pública había
sido turbada en la capital por un motín del batallón Granaderos,
comandado por el coronel Trinidad Portocarrero, y que en tal virtud
era necesario que yo regresase a dicha ciudad de Neiva".
En el acto mismo monté a caballo y me puse en camino para ese
lugar, adonde llegué la misma noche y me cercioré detalladamente
del verdadero estado de las cosas en Bogotá. Supe también que este
motín se atribuía al mismo general Bolívar, pues se aseguraba
haberlo visto en el cuartel de ese cuerpo distribuyendo dinero al
batallón.
Al siguiente día que el pueblo supo mi llegada, lleno de
entusiasmo se reunió con las autoridades y deliberó que
"se me daban todas las facultades de que pudiera ser
necesario usar para mantener el orden en la provincia y repeler la
fuerza con la fuerza en el caso que el batallón Granaderos hiciese
algún movimiento sobre ella; y que estas facultades durarían hasta
que el orden fuese enteramente restablecido". Una prueba
de tan ilimitada confianza influyó, al lado de mi patriotismo, para
resolverme a suspender mi viaje a Popayán y condescender con el
deseo y buenas intenciones de ese pueblo comprometido solemnemente
en la cuestión republicana.
Tomaba yo activamente mis medidas, ayudado por las autoridades y
vecinos de Neiva, para hacer frente a los acontecimientos, pero no
llegó este caso, pues al tercer día se supo que el batallón
Granaderos, después de haber pedido fuertes sumas pecuniarias, y
otorgádoselas el gobierno, se había dirigido a Venezuela, con el
pretexto de que los individuos que lo componían eran oriundos de
aquel país. En una de las piezas en que me anunciaban esos
acontecimientos, se añadía: "Todas éstas no son más que
pantomimas para imponer al gobierno, arrancarle dinero para los
costos de la expedición, y hacer llegar al Granaderos a Venezuela
con el verdadero designio de obrar allá y apoyar una revolución en
favor de Bolívar. Y para que este cuerpo llegue sano y salvo a su
país, los bolivianos han conseguido del gobierno que se haga
marchar a retaguardia de aquel batallón una respetable escolta,
compuesta en la mayor parte de las milicias del país, comandadas
por los generales Juan Gómez y Mariano París, y hasta el general
Rafael Urdaneta está haciendo su papel a maravilla en esta farsa.
Esta escolta no es con otro fin que con el de impedir la deserción
de los granaderos, pues no es exacto que todos sean venezolanos: lo
menos un tercio se compone de granadinos, que naturalmente
desertarían sobre la marcha si no viesen a su retaguardia una
fuerza con que se les amenaza de muerte. Sin embargo, se ostenta
que la tal escolta es para impedir que ese cuerpo se comporte mal
en
los pueblos del tránsito, en los cuales se ha mandado
prepararle alojamientos, bagajes y cuanto pueda necesitar para su
marcha. Se ha hecho el papel por los granaderos de amarrar al
coronel Muguerza como jefe de quien aparentaban desconfiar para su
motín, pero hay muchas razones para creer que todas son
apariencias. No hay que descuidarse: los bolivianos trabajan
activamente para reparar lo perdido, y cuentan para esto con todo
el ejército".
Yo no dudé un punto de cuanto se decía, y en esta inteligencia
me puse en marcha para Popayán, en donde mi presencia debía ser
útil en aquellas circunstancias, tanto más cuanto iba a tomar el
mando de las armas en esa provincia por la ausencia del comandante
general, general José María Obando, que había marchado
precipitadamente a ocupar la provincia de Pasto con el batallón
Vargas, en consecuencia de haberse descubierto síntomas de
disociación de la familia colombiana en los departamentos del
Ecuador, Azuay y Guayas, a imitación de Venezuela. En el tránsito
encontré al señor Joaquín Mosquera, que seguía a la capital a
posesionarse de la presidencia, y este señor me informó
circunstanciadamente del estado de cosas en el Sur, que no era muy
lisonjero.
En tales circunstancias llegué a mi destino y me posesioné de la
comandancia de armas de la provincia de Popayán a principios de
mayo. En ese tiempo recibí el despacho de general de brigada
librado en 20 de abril anterior por el general Caicedo,
vicepresidente de la república encargado interinamente del poder
ejecutivo.